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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __









3.
Escasa visión del mundo

La tarde estaba realmente gris, tanto en el cielo como en la tierra. En las calles corría la misma rutina de siempre. La gente iba con sus paraguas, en silencio. Sólo se oían los coches, formando el tráfico a medida que se adentraban en Shibuya y salpicando el agua acumulada en charcos de la carretera. En Shibuya había mucha gente por las calles, lo que daba un poco más de calor a aquella grisácea tarde.

—Hey —comentó Raven—, sé que Nakuru ya ha quedado ahora con su misteriosa novia llamada Álex que no quiere presentarnos aún porque después de dos semanas dice que “aún estamos empezando”…

—Jopé… —protestó Nakuru.

—Pero ¿y tú, Cleven? ¿Te apuntas a ver una peli en mi casa? No tenemos muchos deberes —propuso Raven cuando fueron a cruzar un paso de cebra.

—Ah, lo siento, Rav. Yo también he quedado —respondió Cleven.

En ese momento, justo cuando iban a llegar al otro lado de la acera, las sobresaltó el ruido de un frenazo de coche. Las tres saltaron a un lado, asustadas, evitando que el coche las tocara, el cual se había parado en mitad del paso de cebra.

—¡Eh, capullo, ten cuidado! —exclamó Cleven de mala gana, haciéndole un corte de manga al conductor.

—¡Eso, capollo! —la imitó Raven, pero arrugó el ceño—. ¿Lo he pronunciado bien?

—Quitaos de en medio —les dijo el conductor por la ventana medio abierta, sin levantar el tono, pero con una voz tan fría que a Cleven y a Raven se les encogió el alma por un momento. Apenas podían verlo por el reflejo del cristal.

—¡Pues no nos da la gana ahora, idiota! ¡Casi nos matas! —replicó Cleven, pegando un manotazo en el capó, y Raven fue a imitarla, pero Nakuru agarró los brazos de ambas y las arrastró hasta la acera pacientemente.

En una fracción de segundo, Nakuru volvió la vista hacia atrás. Miró al chico rubio que conducía el coche haciéndole un discreto gesto de saludo, y él la miró a ella respondiendo con el mismo gesto y se marchó calle arriba. Nakuru no podía dejar que sus amigas supieran que conocía a ese conductor.

—¿Has visto ese? —decía Cleven, aún enfadada por el susto que se habían llevado, sacudiéndose la falda del uniforme.

—Sí, ¿pero no te has fijado? —sonrió Raven con entusiasmo, dando saltitos—. ¡Estaba tremendo! ¿¡No has visto lo superguapo que era!? ¡Me he enamorado a primera vista!

—¿De quién? ¿Del que ha estado a punto de matarnos?

—En realidad es culpa nuestra, el semáforo ya se había puesto en rojo —dijo Nakuru, aportando su opinión racional como siempre.

—Me da igual —masculló Cleven.

—Era guapísimo... —seguía diciendo Raven—. ¿Será modelo? ¡Y qué rubio!

—No creo que sea para tanto —saltó Cleven, molesta.

—En fin, chicas, yo ya me tengo que ir —declaró Nakuru, mirando su reloj, y se marchó por otra calle—. Nos vemos mañana.

—Hasta mañana —se despidió Cleven.

—¡Que te vaya bien! ¡Mañana nos cuentas! —exclamó Raven—. Y tú, Cleven, me decías antes que también habías quedado, ¿no?

—Sí, con Kaoru. Lo siento.

—No pasa nada, nena, hacemos plan otro día entonces, ¿vale? Yo me voy a la peluquería con mi madre, ¡con esta lluvia mi pelo necesita una urgencia! Así que nos vemos mañana.

—Sí, hasta mañana, Rav —sonrió Cleven, quedándose sola con su paraguas en mitad de la calle.

Repentinamente soltó un suspiro y caminó lentamente por la calle. Había quedado en Shibuya con Kaoru, no había especificado dónde exactamente, pero ya se encontrarían.

Últimamente se sentía rara, se sentía demasiado despistada, y no sabía muy bien por qué. En los últimos días notaba que cada vez era menos ella misma. Ella solía ser una charlatana animada y alegre cuando conseguía olvidarse un rato de la rutina. Y ahora, ni siquiera con eso, se veía más callada, se distraía fácilmente, se le iba la mente a otro lugar… Empezaba a sospechar que se trataba de Kaoru.

Habían empezado a salir desde que empezó el curso. Ya se conocían del año pasado, estaban en la misma clase, pero no solían tratarse, hasta que el primer día de clase de este curso, en el que Cleven había descubierto que Kaoru estaba en la 2-B y no en la suya, este se le acercó en el recreo y le había pedido salir después de charlar un rato a solas, siendo espiados por Nakuru y por Raven a lo lejos. Cleven había aceptado a la primera, sin poder creérselo.

Kaoru era uno de los chicos más populares del instituto, atractivo, alto, buen estudiante y deportista... Tenía fama de haber salido con un montón de chicas, tenía éxito entre ellas. Y Cleven, que se derretía a la primera ante un chico así, conocido o desconocido, dijo que sí a su proposición.

Esas dos semanas saliendo juntos habían sido maravillosas, ella no se despegaba de él cuando caminaban por las calles, se quedaba embobada mirándolo y trataba de abrazarlo constantemente y robarle un beso cada dos por tres; y él otra de lo mismo, solo que no iba embobado con Cleven. Había salido con tantas chicas que ya se comportaba como el no-va-más.

Cleven pensaba que se había enamorado de él y que no podía ser más afortunada, pero justo en este momento, pisando el suelo mojado y envuelta en el ruido de las gotas de la lluvia chocando contra su paraguas, se preguntó por primera vez si Kaoru iba en serio con ella o se trataba de una más en el bote. Se percató de que, hasta entonces, había estado demasiado absorta con su novio, con la guardia demasiado baja, dejando pasar por alto importantes detalles.

Nunca se habían parado a hablar de las cosas, de su relación, sólo se habían dedicado a pasear muy pegaditos y a besarse, a acariciarse, a tomar algo en una cafetería mirándose sin decir nada...

La joven se preguntó si de verdad en eso consistía una relación. Y debería saberlo, porque Cleven no se quedaba corta, también había salido con varios. Tenía mucho éxito entre los chicos –que no suerte–, pues a muchos les atraía el hecho de que fuera mitad francesa.

Sin embargo, todas sus antiguas relaciones nunca duraron mucho y nunca terminaron bien, y no era por ella. Siempre por dos razones: una, ella tenía un don para escoger sólo a los malos y caer totalmente por las caras bonitas, y la relación dejaba de funcionar por sí sola por obvias razones; y dos, aunque encontrara a uno medianamente normal con aparentes buenas intenciones, daba lo mismo, el padre de Cleven terminaba espantándolos igualmente. Y se le daba muy pero que muy bien. Para él, todos eran malos para ella.

Hoy en día, ella empezaba a pensar que su visión en realidad era muy escasa. Sentía que se estaba perdiendo todo un mundo más allá de esos chicos en los que sólo tendía a fijarse; que no todas las personas eran tan iguales, que había más gente, muy diferente, más interesante. Hubo un tiempo, muy lejano, en que a Cleven todavía no le preocupaban los temas de los chicos o del instituto. Un tiempo lejano en el que le importaban las vidas de todas las personas; un tiempo en que se dedicaba a salvarlas de problemas reales; un tiempo que no recordaba.

—Al fin te encuentro —oyó una voz tras ella y se volvió como el rayo, sorprendida.

Antes de que pudiera decir nada, sus labios quedaron sellados por un largo beso de Kaoru, mientras la abrazaba por la cintura. Cuando se separaron, Cleven le sonrió como una tonta, pues el beso la había dejado así.

—¿Dónde te habías metido? Después de las clases te vi saliendo a todo correr del instituto —le dijo al chico.

—Ah, no, es que había quedado con Hiroshi, del Instituto Jouda, para devolverle unos videojuegos que me había prestado y que los quería enseguida...

—Ahm... —entendió, y lo cogió de la mano, mirándolo con una sonrisa cariñosa—. Estás muy guapo con el pelo mojado.

—¿Sí? —preguntó, tocándose su pelo castaño, ensimismado—. No sé si debería dejar que se moje, se me puede estropear. Creo que no realza mi cara como es debido.

—Estás muy bien —le repitió Cleven, suspirando.

—Oye, no puedo quedarme mucho tiempo, tengo que estar dentro de media hora en el instituto para una reunión con los del equipo de fútbol.

—¿Otra vez? —preguntó desanimada—. ¿Por qué no me lo habías dicho antes?

—Me lo acaban de comunicar, lo siento, de verdad, la próxima vez nos vamos a tomar algo, ¿vale?

—Está bien —resopló, con media sonrisa en la cara—. El insti está a quince minutos de aquí, ¿por qué no dedicamos los otros quince despidiéndonos?

—Hm... —sonrió Kaoru abrazándola más y pegando su cuerpo al de ella—. Claro, nena.

Sus labios volvieron a unirse, una y otra vez, mientras Cleven cerraba el paraguas, lo guardaba y lo abrazaba por el cuello. Ya había dejado de llover, y los dos permanecieron ahí, a un lado de la calle, bajo un árbol, siendo observados brevemente por la gente que pasaba. Kaoru recorría con sus manos la cintura y la espalda de Cleven mientras ella le revolvía el pelo y le acariciaba las mejillas.

Así fueron pasando los minutos, y a cada uno Kaoru dirigía sus manos cada vez más cerca del trasero de Cleven. Parecía ansioso por ir al grano, pero ella ya le había pedido que no hiciera eso mientras estuviesen en público, por lo que intentaba disimular e ir poco a poco a ver si caía.


Mientras tanto, en la acera opuesta, bastante distanciada de la otra, se alzaba uno de los muchos rascacielos que recorrían la calle, un poco lejos de la zona central de Shibuya. Era un edificio de oficinas, una empresa muy importante de Tokio de tecnología industrial y de telecomunicaciones. Era una multinacional de gran prestigio, que tenía más empresas repartidas por casi todo el mundo: la Multinacional Hoteitsuba, fundada por un parisino llamado Neuval Vernoux, uno de los mejores ingenieros industriales y de telecomunicaciones del mundo. Por no decir el mejor.

En ese mismo momento, salían del enorme edificio dos hombres trajeados, muy elegantes, portando sus distinguidas carteras. Uno de ellos era Kei Lian Lao, un viejo chino de unos 67 años, de pelo blanco en punta y ojos negros como el azabache, y era el vicepresidente de la multinacional. Un hombre importante, pero no tanto como el que iba a su lado.

El otro era el mismísimo Neuval Vernoux, el presidente de la multinacional, el puesto más alto de la pirámide. Tenía unos 45 años, sin embargo, aparentaba bastantes menos. Tenía el pelo castaño claro, repeinado hacia atrás, y sus ojos eran grises claros. A primera vista se notaba que eran dos hombres muy adinerados. Podían salirles yenes por las orejas. Parecían muy serios, tanto que hasta intimidaban un poco, el viejo sobre todo por su enorme complexión musculosa, y el más joven sobre todo por esos ojos grises que parecían incoloros. No obstante, al viejo de repente se le formó una sonrisa campechana en la cara.

—Vamos a tomarnos una copita antes de regresar a casa, jefe. Aún es pronto.

—Lao, no he salido pronto para tomarme una copita, sino para seguir trabajando en casa con calma —contestó el presidente.

—Neuval, últimamente te atareas demasiado, deberías tomártelo con más calma.

—Cumplo con mis obligaciones, Lao, eres tú el que se toma la vida con demasiada calma —replicó cansado—. He de preparar cinco reuniones para esta semana y revisar media centena de informes.

—Yo también tengo mucho trabajo que hacer, ¿eh? —sonrió—. Pero yo no dejo que me domine de la misma manera que a ti.

—Te cambio el puesto, entonces —le dijo mirándolo a la cara.

—No, gracias —contestó el viejo Lao rápidamente, rindiéndose—. ¿Y Hana? ¿Se ha quedado en la oficina?

—Sí, acabando unos artículos.

—Entonces vas a estar solo en casa.

—No, mis hijos ya deben de estar ahí, hace rato que acabaron sus clases —Neuval miró su reloj, apresurándose para llegar pronto a casa y ponerse a trabajar otra vez.

—Ah, esos dos —sonrió el viejo Lao con nostalgia, meciéndose su blanca barba corta—. Hace tiempo que no los veo. Yenkis es un chaval estupendo, vaya granujilla, y la alocada y avispada de...

—¡Cleventine! —exclamó Neuval de pronto, parándose en seco en mitad de la acera, con la vista clavada en el otro lado de la calle.

Lao se detuvo, sorprendido, y lo miró con extrañeza.

—No hace falta que me grites, ya sé cómo se llama tu hija —se cruzó de brazos, molesto.

—¿¡Qué hace!?

Lao se dio cuenta de que no estaba hablando con él y miró hacia el mismo sitio. Abrió los ojos como platos al reconocer a esa joven de voluminoso cabello medio corto, de color rojo oscuro, dándose el lote con un chico, el cual se había salido con la suya y ya le estaba tocando el trasero a Cleven. El viejo Lao miró a Neuval por el rabillo del ojo, en tensión. «Uy... Le va a dar un telele» pensó.

—¿¡Qué hace, qué hace!? —volvió a decir Neuval, sin salir de su disgusto, dispuesto a saltar a la carretera para ir directo hacia la parejita, sin preocuparse por los coches que pasaban.

—¿¡Qué haces tú, Neuval, te has vuelto loco!? —saltó el viejo Lao, agarrándolo por el brazo, evitando el suicidio imprevisto de su jefe.

—¡Suéltame, Lao! —se enfadó Neuval sin apartar la vista de los dos jóvenes, intentando liberarse el brazo aferrado para salir de nuevo directo a la otra acera—. ¡Ya ha llegado muy lejos! ¡Se la ha ganado! ¡No puedo creerlo! ¡Le voy a decir cuatro cosas a esa niña!

—Jefe, jefe —lo intentó tranquilizar—. ¿De qué te sorprendes? Cleventine ya es mayorcita, es normal que a su edad esté con chicos.

—¡Pero si sólo tiene 16 años, no es más que una cría!

—Para ti lo será todavía, pero ese chico no parece opinar como tú —dijo el viejo, observando la escena al otro lado de la acera—. Eh, ¿ese no es Kaoru? —se rio.

—¡Sí, es él! ¡Razón de más para ir allí y separarlo de…!

—Vaya manos más largas tiene el chaval...

—¡Kei Lian! —saltó Neuval, esta vez mirándolo a él con horror. Sólo lo llamaba por su nombre cuando estaba enfadado con él.

—Lo siento, Neuval, pero es verdad —sonrió con calma—. Tranquilízate, hombre, esto es muy normal entre los jóvenes. ¿Tengo que recordarte que tú...?

—Kei Lian —le interrumpió, serio.

—Oye, vete a casa, no vayas a montarle el numerito a Cleventine ahora que está ocupada. Luego ya en casa le dices lo que sea, pero ahora déjala en paz, por favor —le pidió mientras tiraba de él calle arriba, en dirección a un aparcamiento junto al rascacielos de su empresa, donde tenían sus coches.

—Pero... —Neuval cedió a la petición del viejo, aunque para ello necesitó seguir estando amarrado a él, pues no dejaba de mirar a su hija a lo lejos y Lao no se atrevía a soltarlo de momento.

Cleven y Kaoru se separaron tras un largo rato, aunque para ella había sido muy breve. Se miraron a los ojos, cogidos de la mano, sonriéndose.

—Nos vemos mañana —le susurró Kaoru con palabras cariñosas, le dio un beso en la mejilla y, dando media vuelta, se marchó en dirección al instituto.

Cleven lo siguió con la mirada hasta que se perdió de vista. Suspiró y permaneció un rato parada en el sitio, y bajó la vista al suelo. Se sentía extraña, sentía que algo raro pasaba. Intuía que algo no iba bien en aquella relación, era un presentimiento, pero no sabría decir si se trataba de ella o de Kaoru.

Necesitaba hablarlo con alguien, necesitaba contarle a alguien lo que sentía, estaba confusa. Pensó en Raven y en Nakuru. Sin embargo, sabía de antemano que ellas le dirían que, si tenía dudas con esta relación y no terminaba de sentirse bien en ella o no encontraba lo que quería, lo dejase, cortara enseguida y dejase de seguir gastando tiempo y energías en algo que no le aportaba nada.

De lo que Cleven no estaba segura era de si el problema estaba en ella, y la solución era más simple y no tenía por qué tomar una medida tan extrema como cortar con Kaoru. Tal vez sólo tenía que cambiar su actitud, o su mentalidad a una más abierta y relajada, y empezaría a sentirse feliz con su relación. No quería perder esa oportunidad si una solución tan sencilla estaba en sus manos. Sólo habían pasado un par de semanas, acababan de empezar. Era pronto para decir si iba mal o bien. Y es que él era un chico que lo tenía todo, popular, guapo, buen estudiante, deportista... Todo el mundo quería estar con él, todos lo aclamaban.

Pero ella, por primera vez en aquellas dos semanas, se preguntaba si de verdad era eso lo que quería de Kaoru. Esas etiquetas tan maravillosas... y tan típicas. ¿Qué buscaba ella realmente en un chico? ¿Y si buscaba lo atípico? ¿Lo que no se veía a simple visa, lo infravalorado por la sociedad? ¿De qué le servía a ella que él fuera guapo y popular? ¿Para presumir de ser su novia ante los demás? ¿Darse importancia a sí misma o sentirse importante a través de él? ¿Qué había pasado con esos otros valores de las personas? La autenticidad... confianza y sinceridad... ser un equipo, ser cómplices, tener respeto mutuo, mostrar gratitud... dejar de confundir el empoderamiento con el egoísmo o el "yoísmo"... compartir lo bueno, y lo malo también... apoyarse, escuchar, comprender... defraudarse a veces también y seguir juntos pese a eso. ¿Dónde estaba eso? ¿Por qué sentía que añoraba con fuerza todas esas cosas, si todavía no las había experimentado nunca con nadie? Que ella supiera...

Esto era lo que la confundía. Pero no sólo con su relación con Kaoru, sino con todo. Con su vida actual, sus amigas, su familia, su rutina, el instituto, la ciudad y su lugar en ella, el mundo y su identidad en él... Tenía sensaciones extrañas. Cosas que sentía haber vivido, o visto, o escuchado... Recuerdos que no encajaban, emociones familiares que venían de la nada...

La mayor sensación que la acompañaba en el día a día era la de haber olvidado algo primordial. Algo extraordinario que ella sabía, y que formaba parte de ella, y que daba sentido a todo, al mundo entero, al universo y a la vida. Hace muchos años, era otra Cleven. Ahora ni siquiera tenía ganas ni de estudiar para un simple examen de Lengua ni de saber qué iba a comer mañana.

Dio media vuelta y bajó las escaleras hacia el metro para volver a casa. Los andenes estaban abarrotados de gente, como siempre. Esperó a que llegara el tren entre toda la masa de gente. Una más. Eso es lo que era, una persona más de entre millones, tan insignificante y normal como todas las demás. Aunque... ¿quién decidía si eran insignificantes? Estaba rodeada de gente, de caras diferentes, con vidas diferentes, historias propias, secretos, pasados, deseos y pensamientos escondidos dentro de cada uno. Aun así... ella no levantaba la vista del suelo.

Si no tenía interés en su alrededor era porque no tenía interés en ella misma. Se sentía vacía desde hace siete años, desde que murió su madre. No sabía por qué. Ella quería a su madre y ya decidió firmemente que viviría la vida por ella provechosamente. Pero sentía que, aparte de su madre, algo dentro de ella, muy importante y único, también se fue lejos.









3.
Escasa visión del mundo

La tarde estaba realmente gris, tanto en el cielo como en la tierra. En las calles corría la misma rutina de siempre. La gente iba con sus paraguas, en silencio. Sólo se oían los coches, formando el tráfico a medida que se adentraban en Shibuya y salpicando el agua acumulada en charcos de la carretera. En Shibuya había mucha gente por las calles, lo que daba un poco más de calor a aquella grisácea tarde.

—Hey —comentó Raven—, sé que Nakuru ya ha quedado ahora con su misteriosa novia llamada Álex que no quiere presentarnos aún porque después de dos semanas dice que “aún estamos empezando”…

—Jopé… —protestó Nakuru.

—Pero ¿y tú, Cleven? ¿Te apuntas a ver una peli en mi casa? No tenemos muchos deberes —propuso Raven cuando fueron a cruzar un paso de cebra.

—Ah, lo siento, Rav. Yo también he quedado —respondió Cleven.

En ese momento, justo cuando iban a llegar al otro lado de la acera, las sobresaltó el ruido de un frenazo de coche. Las tres saltaron a un lado, asustadas, evitando que el coche las tocara, el cual se había parado en mitad del paso de cebra.

—¡Eh, capullo, ten cuidado! —exclamó Cleven de mala gana, haciéndole un corte de manga al conductor.

—¡Eso, capollo! —la imitó Raven, pero arrugó el ceño—. ¿Lo he pronunciado bien?

—Quitaos de en medio —les dijo el conductor por la ventana medio abierta, sin levantar el tono, pero con una voz tan fría que a Cleven y a Raven se les encogió el alma por un momento. Apenas podían verlo por el reflejo del cristal.

—¡Pues no nos da la gana ahora, idiota! ¡Casi nos matas! —replicó Cleven, pegando un manotazo en el capó, y Raven fue a imitarla, pero Nakuru agarró los brazos de ambas y las arrastró hasta la acera pacientemente.

En una fracción de segundo, Nakuru volvió la vista hacia atrás. Miró al chico rubio que conducía el coche haciéndole un discreto gesto de saludo, y él la miró a ella respondiendo con el mismo gesto y se marchó calle arriba. Nakuru no podía dejar que sus amigas supieran que conocía a ese conductor.

—¿Has visto ese? —decía Cleven, aún enfadada por el susto que se habían llevado, sacudiéndose la falda del uniforme.

—Sí, ¿pero no te has fijado? —sonrió Raven con entusiasmo, dando saltitos—. ¡Estaba tremendo! ¿¡No has visto lo superguapo que era!? ¡Me he enamorado a primera vista!

—¿De quién? ¿Del que ha estado a punto de matarnos?

—En realidad es culpa nuestra, el semáforo ya se había puesto en rojo —dijo Nakuru, aportando su opinión racional como siempre.

—Me da igual —masculló Cleven.

—Era guapísimo... —seguía diciendo Raven—. ¿Será modelo? ¡Y qué rubio!

—No creo que sea para tanto —saltó Cleven, molesta.

—En fin, chicas, yo ya me tengo que ir —declaró Nakuru, mirando su reloj, y se marchó por otra calle—. Nos vemos mañana.

—Hasta mañana —se despidió Cleven.

—¡Que te vaya bien! ¡Mañana nos cuentas! —exclamó Raven—. Y tú, Cleven, me decías antes que también habías quedado, ¿no?

—Sí, con Kaoru. Lo siento.

—No pasa nada, nena, hacemos plan otro día entonces, ¿vale? Yo me voy a la peluquería con mi madre, ¡con esta lluvia mi pelo necesita una urgencia! Así que nos vemos mañana.

—Sí, hasta mañana, Rav —sonrió Cleven, quedándose sola con su paraguas en mitad de la calle.

Repentinamente soltó un suspiro y caminó lentamente por la calle. Había quedado en Shibuya con Kaoru, no había especificado dónde exactamente, pero ya se encontrarían.

Últimamente se sentía rara, se sentía demasiado despistada, y no sabía muy bien por qué. En los últimos días notaba que cada vez era menos ella misma. Ella solía ser una charlatana animada y alegre cuando conseguía olvidarse un rato de la rutina. Y ahora, ni siquiera con eso, se veía más callada, se distraía fácilmente, se le iba la mente a otro lugar… Empezaba a sospechar que se trataba de Kaoru.

Habían empezado a salir desde que empezó el curso. Ya se conocían del año pasado, estaban en la misma clase, pero no solían tratarse, hasta que el primer día de clase de este curso, en el que Cleven había descubierto que Kaoru estaba en la 2-B y no en la suya, este se le acercó en el recreo y le había pedido salir después de charlar un rato a solas, siendo espiados por Nakuru y por Raven a lo lejos. Cleven había aceptado a la primera, sin poder creérselo.

Kaoru era uno de los chicos más populares del instituto, atractivo, alto, buen estudiante y deportista... Tenía fama de haber salido con un montón de chicas, tenía éxito entre ellas. Y Cleven, que se derretía a la primera ante un chico así, conocido o desconocido, dijo que sí a su proposición.

Esas dos semanas saliendo juntos habían sido maravillosas, ella no se despegaba de él cuando caminaban por las calles, se quedaba embobada mirándolo y trataba de abrazarlo constantemente y robarle un beso cada dos por tres; y él otra de lo mismo, solo que no iba embobado con Cleven. Había salido con tantas chicas que ya se comportaba como el no-va-más.

Cleven pensaba que se había enamorado de él y que no podía ser más afortunada, pero justo en este momento, pisando el suelo mojado y envuelta en el ruido de las gotas de la lluvia chocando contra su paraguas, se preguntó por primera vez si Kaoru iba en serio con ella o se trataba de una más en el bote. Se percató de que, hasta entonces, había estado demasiado absorta con su novio, con la guardia demasiado baja, dejando pasar por alto importantes detalles.

Nunca se habían parado a hablar de las cosas, de su relación, sólo se habían dedicado a pasear muy pegaditos y a besarse, a acariciarse, a tomar algo en una cafetería mirándose sin decir nada...

La joven se preguntó si de verdad en eso consistía una relación. Y debería saberlo, porque Cleven no se quedaba corta, también había salido con varios. Tenía mucho éxito entre los chicos –que no suerte–, pues a muchos les atraía el hecho de que fuera mitad francesa.

Sin embargo, todas sus antiguas relaciones nunca duraron mucho y nunca terminaron bien, y no era por ella. Siempre por dos razones: una, ella tenía un don para escoger sólo a los malos y caer totalmente por las caras bonitas, y la relación dejaba de funcionar por sí sola por obvias razones; y dos, aunque encontrara a uno medianamente normal con aparentes buenas intenciones, daba lo mismo, el padre de Cleven terminaba espantándolos igualmente. Y se le daba muy pero que muy bien. Para él, todos eran malos para ella.

Hoy en día, ella empezaba a pensar que su visión en realidad era muy escasa. Sentía que se estaba perdiendo todo un mundo más allá de esos chicos en los que sólo tendía a fijarse; que no todas las personas eran tan iguales, que había más gente, muy diferente, más interesante. Hubo un tiempo, muy lejano, en que a Cleven todavía no le preocupaban los temas de los chicos o del instituto. Un tiempo lejano en el que le importaban las vidas de todas las personas; un tiempo en que se dedicaba a salvarlas de problemas reales; un tiempo que no recordaba.

—Al fin te encuentro —oyó una voz tras ella y se volvió como el rayo, sorprendida.

Antes de que pudiera decir nada, sus labios quedaron sellados por un largo beso de Kaoru, mientras la abrazaba por la cintura. Cuando se separaron, Cleven le sonrió como una tonta, pues el beso la había dejado así.

—¿Dónde te habías metido? Después de las clases te vi saliendo a todo correr del instituto —le dijo al chico.

—Ah, no, es que había quedado con Hiroshi, del Instituto Jouda, para devolverle unos videojuegos que me había prestado y que los quería enseguida...

—Ahm... —entendió, y lo cogió de la mano, mirándolo con una sonrisa cariñosa—. Estás muy guapo con el pelo mojado.

—¿Sí? —preguntó, tocándose su pelo castaño, ensimismado—. No sé si debería dejar que se moje, se me puede estropear. Creo que no realza mi cara como es debido.

—Estás muy bien —le repitió Cleven, suspirando.

—Oye, no puedo quedarme mucho tiempo, tengo que estar dentro de media hora en el instituto para una reunión con los del equipo de fútbol.

—¿Otra vez? —preguntó desanimada—. ¿Por qué no me lo habías dicho antes?

—Me lo acaban de comunicar, lo siento, de verdad, la próxima vez nos vamos a tomar algo, ¿vale?

—Está bien —resopló, con media sonrisa en la cara—. El insti está a quince minutos de aquí, ¿por qué no dedicamos los otros quince despidiéndonos?

—Hm... —sonrió Kaoru abrazándola más y pegando su cuerpo al de ella—. Claro, nena.

Sus labios volvieron a unirse, una y otra vez, mientras Cleven cerraba el paraguas, lo guardaba y lo abrazaba por el cuello. Ya había dejado de llover, y los dos permanecieron ahí, a un lado de la calle, bajo un árbol, siendo observados brevemente por la gente que pasaba. Kaoru recorría con sus manos la cintura y la espalda de Cleven mientras ella le revolvía el pelo y le acariciaba las mejillas.

Así fueron pasando los minutos, y a cada uno Kaoru dirigía sus manos cada vez más cerca del trasero de Cleven. Parecía ansioso por ir al grano, pero ella ya le había pedido que no hiciera eso mientras estuviesen en público, por lo que intentaba disimular e ir poco a poco a ver si caía.


Mientras tanto, en la acera opuesta, bastante distanciada de la otra, se alzaba uno de los muchos rascacielos que recorrían la calle, un poco lejos de la zona central de Shibuya. Era un edificio de oficinas, una empresa muy importante de Tokio de tecnología industrial y de telecomunicaciones. Era una multinacional de gran prestigio, que tenía más empresas repartidas por casi todo el mundo: la Multinacional Hoteitsuba, fundada por un parisino llamado Neuval Vernoux, uno de los mejores ingenieros industriales y de telecomunicaciones del mundo. Por no decir el mejor.

En ese mismo momento, salían del enorme edificio dos hombres trajeados, muy elegantes, portando sus distinguidas carteras. Uno de ellos era Kei Lian Lao, un viejo chino de unos 67 años, de pelo blanco en punta y ojos negros como el azabache, y era el vicepresidente de la multinacional. Un hombre importante, pero no tanto como el que iba a su lado.

El otro era el mismísimo Neuval Vernoux, el presidente de la multinacional, el puesto más alto de la pirámide. Tenía unos 45 años, sin embargo, aparentaba bastantes menos. Tenía el pelo castaño claro, repeinado hacia atrás, y sus ojos eran grises claros. A primera vista se notaba que eran dos hombres muy adinerados. Podían salirles yenes por las orejas. Parecían muy serios, tanto que hasta intimidaban un poco, el viejo sobre todo por su enorme complexión musculosa, y el más joven sobre todo por esos ojos grises que parecían incoloros. No obstante, al viejo de repente se le formó una sonrisa campechana en la cara.

—Vamos a tomarnos una copita antes de regresar a casa, jefe. Aún es pronto.

—Lao, no he salido pronto para tomarme una copita, sino para seguir trabajando en casa con calma —contestó el presidente.

—Neuval, últimamente te atareas demasiado, deberías tomártelo con más calma.

—Cumplo con mis obligaciones, Lao, eres tú el que se toma la vida con demasiada calma —replicó cansado—. He de preparar cinco reuniones para esta semana y revisar media centena de informes.

—Yo también tengo mucho trabajo que hacer, ¿eh? —sonrió—. Pero yo no dejo que me domine de la misma manera que a ti.

—Te cambio el puesto, entonces —le dijo mirándolo a la cara.

—No, gracias —contestó el viejo Lao rápidamente, rindiéndose—. ¿Y Hana? ¿Se ha quedado en la oficina?

—Sí, acabando unos artículos.

—Entonces vas a estar solo en casa.

—No, mis hijos ya deben de estar ahí, hace rato que acabaron sus clases —Neuval miró su reloj, apresurándose para llegar pronto a casa y ponerse a trabajar otra vez.

—Ah, esos dos —sonrió el viejo Lao con nostalgia, meciéndose su blanca barba corta—. Hace tiempo que no los veo. Yenkis es un chaval estupendo, vaya granujilla, y la alocada y avispada de...

—¡Cleventine! —exclamó Neuval de pronto, parándose en seco en mitad de la acera, con la vista clavada en el otro lado de la calle.

Lao se detuvo, sorprendido, y lo miró con extrañeza.

—No hace falta que me grites, ya sé cómo se llama tu hija —se cruzó de brazos, molesto.

—¿¡Qué hace!?

Lao se dio cuenta de que no estaba hablando con él y miró hacia el mismo sitio. Abrió los ojos como platos al reconocer a esa joven de voluminoso cabello medio corto, de color rojo oscuro, dándose el lote con un chico, el cual se había salido con la suya y ya le estaba tocando el trasero a Cleven. El viejo Lao miró a Neuval por el rabillo del ojo, en tensión. «Uy... Le va a dar un telele» pensó.

—¿¡Qué hace, qué hace!? —volvió a decir Neuval, sin salir de su disgusto, dispuesto a saltar a la carretera para ir directo hacia la parejita, sin preocuparse por los coches que pasaban.

—¿¡Qué haces tú, Neuval, te has vuelto loco!? —saltó el viejo Lao, agarrándolo por el brazo, evitando el suicidio imprevisto de su jefe.

—¡Suéltame, Lao! —se enfadó Neuval sin apartar la vista de los dos jóvenes, intentando liberarse el brazo aferrado para salir de nuevo directo a la otra acera—. ¡Ya ha llegado muy lejos! ¡Se la ha ganado! ¡No puedo creerlo! ¡Le voy a decir cuatro cosas a esa niña!

—Jefe, jefe —lo intentó tranquilizar—. ¿De qué te sorprendes? Cleventine ya es mayorcita, es normal que a su edad esté con chicos.

—¡Pero si sólo tiene 16 años, no es más que una cría!

—Para ti lo será todavía, pero ese chico no parece opinar como tú —dijo el viejo, observando la escena al otro lado de la acera—. Eh, ¿ese no es Kaoru? —se rio.

—¡Sí, es él! ¡Razón de más para ir allí y separarlo de…!

—Vaya manos más largas tiene el chaval...

—¡Kei Lian! —saltó Neuval, esta vez mirándolo a él con horror. Sólo lo llamaba por su nombre cuando estaba enfadado con él.

—Lo siento, Neuval, pero es verdad —sonrió con calma—. Tranquilízate, hombre, esto es muy normal entre los jóvenes. ¿Tengo que recordarte que tú...?

—Kei Lian —le interrumpió, serio.

—Oye, vete a casa, no vayas a montarle el numerito a Cleventine ahora que está ocupada. Luego ya en casa le dices lo que sea, pero ahora déjala en paz, por favor —le pidió mientras tiraba de él calle arriba, en dirección a un aparcamiento junto al rascacielos de su empresa, donde tenían sus coches.

—Pero... —Neuval cedió a la petición del viejo, aunque para ello necesitó seguir estando amarrado a él, pues no dejaba de mirar a su hija a lo lejos y Lao no se atrevía a soltarlo de momento.

Cleven y Kaoru se separaron tras un largo rato, aunque para ella había sido muy breve. Se miraron a los ojos, cogidos de la mano, sonriéndose.

—Nos vemos mañana —le susurró Kaoru con palabras cariñosas, le dio un beso en la mejilla y, dando media vuelta, se marchó en dirección al instituto.

Cleven lo siguió con la mirada hasta que se perdió de vista. Suspiró y permaneció un rato parada en el sitio, y bajó la vista al suelo. Se sentía extraña, sentía que algo raro pasaba. Intuía que algo no iba bien en aquella relación, era un presentimiento, pero no sabría decir si se trataba de ella o de Kaoru.

Necesitaba hablarlo con alguien, necesitaba contarle a alguien lo que sentía, estaba confusa. Pensó en Raven y en Nakuru. Sin embargo, sabía de antemano que ellas le dirían que, si tenía dudas con esta relación y no terminaba de sentirse bien en ella o no encontraba lo que quería, lo dejase, cortara enseguida y dejase de seguir gastando tiempo y energías en algo que no le aportaba nada.

De lo que Cleven no estaba segura era de si el problema estaba en ella, y la solución era más simple y no tenía por qué tomar una medida tan extrema como cortar con Kaoru. Tal vez sólo tenía que cambiar su actitud, o su mentalidad a una más abierta y relajada, y empezaría a sentirse feliz con su relación. No quería perder esa oportunidad si una solución tan sencilla estaba en sus manos. Sólo habían pasado un par de semanas, acababan de empezar. Era pronto para decir si iba mal o bien. Y es que él era un chico que lo tenía todo, popular, guapo, buen estudiante, deportista... Todo el mundo quería estar con él, todos lo aclamaban.

Pero ella, por primera vez en aquellas dos semanas, se preguntaba si de verdad era eso lo que quería de Kaoru. Esas etiquetas tan maravillosas... y tan típicas. ¿Qué buscaba ella realmente en un chico? ¿Y si buscaba lo atípico? ¿Lo que no se veía a simple visa, lo infravalorado por la sociedad? ¿De qué le servía a ella que él fuera guapo y popular? ¿Para presumir de ser su novia ante los demás? ¿Darse importancia a sí misma o sentirse importante a través de él? ¿Qué había pasado con esos otros valores de las personas? La autenticidad... confianza y sinceridad... ser un equipo, ser cómplices, tener respeto mutuo, mostrar gratitud... dejar de confundir el empoderamiento con el egoísmo o el "yoísmo"... compartir lo bueno, y lo malo también... apoyarse, escuchar, comprender... defraudarse a veces también y seguir juntos pese a eso. ¿Dónde estaba eso? ¿Por qué sentía que añoraba con fuerza todas esas cosas, si todavía no las había experimentado nunca con nadie? Que ella supiera...

Esto era lo que la confundía. Pero no sólo con su relación con Kaoru, sino con todo. Con su vida actual, sus amigas, su familia, su rutina, el instituto, la ciudad y su lugar en ella, el mundo y su identidad en él... Tenía sensaciones extrañas. Cosas que sentía haber vivido, o visto, o escuchado... Recuerdos que no encajaban, emociones familiares que venían de la nada...

La mayor sensación que la acompañaba en el día a día era la de haber olvidado algo primordial. Algo extraordinario que ella sabía, y que formaba parte de ella, y que daba sentido a todo, al mundo entero, al universo y a la vida. Hace muchos años, era otra Cleven. Ahora ni siquiera tenía ganas ni de estudiar para un simple examen de Lengua ni de saber qué iba a comer mañana.

Dio media vuelta y bajó las escaleras hacia el metro para volver a casa. Los andenes estaban abarrotados de gente, como siempre. Esperó a que llegara el tren entre toda la masa de gente. Una más. Eso es lo que era, una persona más de entre millones, tan insignificante y normal como todas las demás. Aunque... ¿quién decidía si eran insignificantes? Estaba rodeada de gente, de caras diferentes, con vidas diferentes, historias propias, secretos, pasados, deseos y pensamientos escondidos dentro de cada uno. Aun así... ella no levantaba la vista del suelo.

Si no tenía interés en su alrededor era porque no tenía interés en ella misma. Se sentía vacía desde hace siete años, desde que murió su madre. No sabía por qué. Ella quería a su madre y ya decidió firmemente que viviría la vida por ella provechosamente. Pero sentía que, aparte de su madre, algo dentro de ella, muy importante y único, también se fue lejos.





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