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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __









10.
Ya nadie es feliz

Llegó la tarde de aquel miserable día frío y nuboso. Terminada la jornada de clases y laboral, las calles se llenaron de gente.

Cleven miraba las grises baldosas de la acera pasando bajo sus pies. ¿Qué iban a comprender ellas? Una no era más que otra entre miles, y con las demás formaba el suelo de la ciudad. Y ella no era más que una persona entre miles, formando con ellas aquel conjunto. No obstante, esa tarde era diferente. Ella no encajaba en ese conjunto de personas activas, yendo de un lado a otro con sus quehaceres, motivadas, entretenidas, alegres, incluso estresadas.

Chocaba con ellas constantemente, había tanta... Pero nada le importaba en ese momento. Se sentía tan idiota… utilizada y engañada… Como un juguete de usar y tirar, para ser sustituida por otro nuevo y mejor. No era la primera vez. Se preguntaba si iba a ser así siempre, si nunca conocería a un chico bueno de verdad.

Eran las típicas afirmaciones a las que se aferraban las chicas de su edad, el fin de un amorío suponía el fin del mundo. Podría decirse que todos los adolescentes eran absurdos por creer de verdad que el amor eterno se encontraba a los escasísimos 16 años de vida, en los que el humano se mueve más por los instintos básicos de la necesidad del momento que por la razón y por la conciencia real de lo que era la vida a lo largo del tiempo.

Pero no tenían culpa, no era más que otra reacción química programada en la genética dando como resultado unas expectativas demasiado altas echadas por tierra, como la risa resultada de algo gracioso. Es lo que diría un iris. Pero Cleven era humana y solamente le importaba cómo se sentía ahora, no el porqué.

El caso es… que su hartazgo no sólo era generado por su estado de rabia actual, típico de un corazón roto y pensando en lo decepcionantes que eran los chicos de su edad. Era la vida en general… decepcionándola día tras día en todos los ámbitos… Hasta la comida, una de las cosas que más amaba, cada vez tenía menos sabor.

Aún tenía las mejillas y los ojos húmedos, pero su expresión ya se había calmado, cansada de llorar. Inexpresivamente, miraba el suelo bajo sus pies, no era quién para ir con la cabeza alta. Paso a paso, descendió las escaleras del metro. Sólo quería irse a casa. Sólo quería dormir, para salir de aquel asqueroso mundo un rato.

Las puertas del vagón se cerraron y se sentó en el asiento, dejando que su mochila resbalase por su brazo y se posara en el suelo.

Por alguna razón, dirigió la mirada a su derecha, hacia el asiento vacío que tenía al lado. No supo por qué, pero en algún rincón de su ser deseó ver otra vez a aquel muchacho encapuchado de ayer. Sin embargo, una mujer ocupó ese lugar en ese preciso momento, y apartó la mirada con una nueva decepción. Indiferente, volvió a hundirse en sus pensamientos.

Se dio cuenta entonces de que ese chico, Kyosuke, a quien en el instituto llamaban Kyo, no lo había visto en todo el día de hoy. No había venido a clase. Sin embargo, ni siquiera tuvo ganas de preguntarse qué le habría pasado. Al fin y al cabo, su interés por las cosas de su alrededor se había evaporado.

“Luego no digas que no te lo advertí”. Su padre era un gafe, pensó. Y no era la primera vez que acertaba.


* * * * * *


Esa tarde, Yenkis se encontraba en su habitación, sentado en el suelo, rodeado de un amasijo de chatarra y trabajando ensimismadamente en su nuevo invento, aquel aparatito con forma de cubo hecho con diferentes piezas y materiales. Debía continuar haciéndole mejoras. Ya lo había probado el día anterior, pero, para su decepción, aunque su querido cubo llegó a encenderse y a conectarse al ordenador de su padre con éxito, no cumplió con ninguna función más. Al menos, el primer paso estaba logrado.

En una mano sujetaba un destornillador de punta minúscula, que en ese momento estaba usando con sumo cuidado para atornillar un tornillo diminuto en un pequeño circuito electrónico. Sobre la mesa de su cuarto reposaba un soldador, que había utilizado para fundir los pequeños sectores de estaño del circuito, unos tan juntos de otros y perfectamente predispuestos.

El mérito de esto es que Yenkis no se estaba ayudando de ningún libro ni de ningún tutorial de internet ni nada por el estilo. Era una experimentación propia que él se había empeñado en sacar adelante usando su propia cabeza, mediante el método de “prueba y error”. Él tenía una inexplicable facilidad para entender la lógica física, incluyendo la electrónica y la mecánica.

Lo único que sí estaba aplicando de otra fuente, era la programación de su aparato, es decir, lo que hacía que tuviera unas funciones, un modo de actuar, cuando se encendía y se conectaba a otro dispositivo. Para esto, había ido a la vitrina del sótano y se había hecho con algunos cuadernos antiguos de su madre donde ella creó algunos códigos de programación para dispositivos vinculantes, que era el tipo de dispositivo que Yenkis había fabricado. Pero le faltaba algún trozo de código en alguna parte, y sospechaba que tal vez se debía a que estaba intentando usar una programación antigua en unos dispositivos actuales más modernos. Pensó que en algún lado podía conseguir ese trozo faltante de código para que las funciones se cumplieran hasta el final.

Lo que hacía su cubo, o lo que él intentaba que hiciese, era conectarse a cualquier máquina que funcionara con cualquier tipo de programación –móviles, ordenadores, coches inteligentes, una nevera o una lavadora inteligentes, incluso la maquinaria automatizada de una fábrica–, y ordenarle que copiara y almacenara cualquier cosa que él le pidiera, sin que el otro dispositivo notara en absoluto la conexión de ese cubo. Es decir, que con ese cubo, Yenkis podía ponerlo y encenderlo cerca del ordenador de alguien, conectarse a ese ordenador sin que este lo percibiera ni se enterase, y con sólo susurrarle “copia todos los archivos de tal carpeta”, el cubito lo haría incluso con aquellos archivos que estuvieran protegidos con contraseña. Por tanto, su invento era básicamente un ladrón fantasma; robaba datos y nadie ni nada lo notaba, no dejaba ni un rastro.

Yenkis aspiraba, en un futuro, añadirle una nueva habilidad y convertirlo, no solo en un ladrón fantasma, sino también en un agente fantasma capaz de hacer, modificar, invadir o provocar cualquier cosa dentro de la programación de la otra máquina. Dominar otras máquinas como un titiritero.


Cuando por fin terminó de hacerle retoques, comenzó a carcajear como el malo de una película, elevando su creación por encima de su cabeza. «Por fin podré empezar a destapar algunas cajas donde guardas tu misterioso pasado, papá» pensó, sin parar de reír como un villano.

Fue entonces cuando vio a su padre en la puerta de su cuarto, contemplándolo con una cara muy preocupada, y el niño enmudeció de inmediato. Yenkis adivinó que su padre, en ese preciso instante, estaba pensando que su hijo pequeño había perdido la cabeza o consumido algo ilegal. El muchacho le mostró su más inocente sonrisa mientras deslizaba su cubito por debajo de la cama con disimulo.

—Oh, padre… ¿Qué puedo hacer por ti? —le preguntó de un modo inusualmente servicial.

Neuval seguía con la boca entreabierta, de pie, con una mano sobre el pomo de la puerta y sólo movió los ojos para fijarse en toda aquella masa de plásticos, alambres, láminas metálicas y herramientas sobre la mesa de la habitación. Sus herramientas.

—¿Mis herramientas? —preguntó Neuval—. ¿Son mis herramientas?

—Es que verás —sonrió Yenkis, poniéndose en pie de un salto y empezando a sentirse aliviado de que su padre no hubiese reparado en su querido cubo bajo la cama—. Nos han mandado hacer algo en el cole, en clase de Tecnología, y claro —chasqueó la lengua, adoptando una actitud de obviedad—. Necesito las herramientas.

Neuval esperó a que dijese algo más, porque aquella contestación sonó escueta, por no decir pésima. Pero Yenkis seguía ahí, frente a él, mirándolo con una sonrisa de oreja a oreja.

—Sé que tus herramientas son sagradas, pero me dijiste que podía usarlas cuando quisiera siempre que las cuidara y las devolviera a su sitio en el garaje. Ahora las pondré en su sitio —añadió el niño, poniéndose nervioso, y esperó a ver si con eso se conformaba.

Pero Neuval cerró los ojos y suspiró pesadamente.

—¿Por qué no lo dejas ya, Yenkis? —murmuró.

Yenkis borró su sonrisa. Comprendió enseguida lo que pasaba, y lo que pasaba era que no funcionaba disimular con su padre, nunca funcionaba. Neuval sabía que Yenkis tramaba cosas a escondidas relacionadas con husmear entre sus secretos o cualquier cosa que revelase algo de su pasado.

—Sospechas —se percató Yenkis.

Neuval se agachó para ponerse a su altura.

—Desde que dejaste de hacerme preguntas —afirmó.

—Porque nunca me las respondías —replicó el niño, serio.

—¿Y eso no era suficiente indirecta para que dejases el tema?

—Te lo preguntaré una última vez, papá. Y obtendré la respuesta a través de ti o a través de mis propios medios —le dijo Yenkis, mirándolo a los ojos con determinación, pero también con una pequeña súplica—. ¿Por qué a veces nos brilla el ojo izquierdo y por qué debe ser un secreto para todos, incluso para Cleven?

Neuval permaneció callado, devolviéndole una mirada tranquila, inexpresiva. Pero el niño estaba dispuesto a esperar lo que hiciera falta.

—No es más que una condición genética…

—Te doy otra oportunidad —le interrumpió Yenkis, pues no le valía escuchar la misma respuesta por centésima vez.

—Deja las cosas estar, Yenkis. Por una vez en tu vida —le rogó su padre, agarrando su hombro—. Hay cosas que no es necesario saber, que no necesitas saber, para llevar una vida normal y feliz. Hay cajas que han de permanecer cerradas por una razón. Hay cajas que, si se abren, pueden arruinar tu vida pacífica, segura y feliz.

—Pe…

—Yenkis —Neuval lo sujetó de ambos hombros esta vez—. Para millones de personas en este mundo, tener una vida pacífica, segura o feliz es un milagro. Un lujo. Incluso para niños más pequeños que tú. Sabiendo esto, ¿quieres seguir arriesgando lo afortunado que eres?

—¿Cuántas veces has arriesgado tú la vida o la armonía o la tranquilidad cada vez que experimentas en tus laboratorios y juegas con las peligrosas leyes de la física? ¿Cuántas veces has decidido ir más allá de lo seguro, sólo para descubrir la verdad, o descubrir algo nuevo, o descubrir si un enlace cuántico podría modificar el comportamiento de la luz para que tenga una proyección limitada y no infinita?

—¿¡Pero cómo cojones sabes tú eso!? —exclamó Neuval con gran pasmo.

Yenkis se quedó petrificado al oírle expresarse así por primera vez. Neuval se llevó un puño a los labios rápidamente, carraspeando con disimulo.

—Se me ha escapado. No está bien decir palabras malsonantes, Yenkis, ¿de acuerdo?

—Papá… no soy tonto —insistió el niño con tristeza—. Sé en lo que trabajas en realidad. Sé lo que más te gusta hacer. Tú no eres un empresario, eres un científico. ¡Y yo soy como tú! —señaló con énfasis todas esas herramientas y trozos de aparatos desperdigados por la habitación—. Nuestro cerebro no está hecho para ignorar cosas, para “dejarlas estar”. ¿De verdad crees que yo seré capaz de seguir viviendo sin indagar en una incógnita que me acompaña todo el tiempo día y noche? ¿De verdad esperas que yo podré vivir en paz, seguro y feliz escogiendo la ignorancia, escogiendo ignorar qué hay dentro de una caja atada a mi espalda desde que nací, sin que me acabe explotando el cerebro?

—Qué dramático…

—¡Papá! —protestó.

—Yenkis, no se trata de cuántas veces yo he arriesgado la seguridad y la felicidad por empeñarme en descubrir algo que podría arruinarlas, sino de cuántas veces me he arrepentido de hacerlo —le explicó, y el niño miró al suelo con desilusión—. Yen… Te lo pido por última vez. Eres el único de esta familia que todavía es feliz y siente ilusión por algo. Por nada en el mundo quiero que algo te arruine todo eso. Quiero que sigas siendo mi pequeño genio alegre… —Neuval lo acercó para sí para abrazarlo.

Yenkis se quedó callado, se sintió extraño. Pero no podía dejar de pensar en ello, y por eso acabó apartándose de él nuevamente para mirarlo a la cara.

—¡No! Papá… Eso es lo que no entiendes. Yo no soy feliz así. Y ya no soy un niño pequeño. Esto es lo que sucede cuando cumplo años, que empiezo a pensar por mí mismo, a darme cuenta de cosas, cosas que no me gustan… ¿Qué pasará cuando alguien descubra que me brilla un ojo? ¿Llamarán a la policía? ¿Me encerrarán? ¿Me perseguirá alguien? ¿Por qué me sucede, y por qué te sucede a ti, por qué sólo a nosotros dos? ¿Y por qué es algo malo?

—No, no, no… —dijo Neuval rápidamente, tratando de tranquilizarlo—. No es nada de eso, no es nada malo.

—¿Y por qué es un secreto?

—Es solo que… —Neuval no sabía qué decir, miró hacia el techo, pensando—. Imagina que es como una gigantesca verruga. No es algo malo, pero no es algo que irías mostrando en público. No si quieres evitar constantes miradas, prejuicios y rumores.

—¿¡Me estás hablando en serio!? —brincó Yenkis con incredulidad, y enfadado.

—Ay… —suspiró Neuval con fastidio.

—Ya estoy harto, papá. Olvidémoslo. No te preguntaré más —le dio la espalda y se cruzó de brazos.

—Pues mejor —gruñó Neuval, cruzándose de brazos también—. Tú sabrás si quieres seguir perdiendo el tiempo en tonterías.

—Te aseguro que no pierdo el tiempo. Lo acabaré averiguando, ya lo verás.

Et qu’est-ce que feras-tu? La torture jusqu’à ce que je confesse? —discrepó Neuval, volviendo a erguirse y dando media vuelta. (= ¿Y qué harás? ¿La tortura hasta que confiese?)

—Ya pasé hace tiempo al plan B y opté por preguntarle a Lex.

Eso fue suficiente para que su padre se parase de golpe justo antes de salir por la puerta, como si una ráfaga de gélido viento le hubiese traspasado el cuerpo. Volvió la cabeza hacia el niño con una enorme expresión de disgusto.

—¿A Lex? ¿Le preguntaste a Lex… sobre mi pasado?

—Hmp, tranquilo, no llegó a contarme nada —bufó el niño—. Pero al menos descubrí algo, y es que, a juzgar por cómo me miró y actuó cuando le saqué el tema, por una parte descubrí que, efectivamente, él lo sabe todo. Y por otra parte, que ese es el motivo por el que tú y él no os habláis desde hace siete años. Así que he desarrollado un plan C, y no te lo pienso decir.

Neuval volvió la vista al frente en silencio. Su rostro se tornó triste.

—No debiste sacar ese tema con tu hermano —murmuró.

—¿Por qué? —preguntó directamente—. Parece que Lex y tú ocultáis muchas cosas.

Oyó que su padre suspiraba con cansancio y se fue al piso de abajo sin decir palabra alguna. Yenkis frunció el ceño, pero luego resopló. Se sentía un poco mal por dentro.


* * * * * *


Un cuarto de hora después, se oyó la puerta principal abrirse y cerrarse. Cleven dejó las llaves sobre la mesilla del vestíbulo con desgana. Estaba abatida, no podía ni levantar la vista del suelo. Automáticamente fue a subir las escaleras, a paso lento, para poder encerrarse en su cuarto.

Sin embargo, vio dos pares de pies frente a ella. Alzando un poco la vista, vio a Hana mirándola con severidad y cruzada de brazos, y a su padre igual. Intuyó lo que iba a pasar.

—Me han llamado esta tarde del instituto —dijo Neuval.

—¿Por qué razón no has ido esta tarde a clase? —preguntó Hana con el mismo tono de voz.

Cleven reprimió un lamento y bajó la mirada. No tenía ni pizca de ganas de hablar, y menos de discutir.

—Porque no me apetecía —contestó simplemente, en bajo.

—Pues con esa razón no vas por buen camino —le espetó Hana—. ¿Y te quedas tan tranquila?

—Cleven, en esta casa hay unas normas, y han de cumplirse —dijo su padre con enfado—. ¿Dónde has estado?

—Dando una vuelta.

—¿Y te parece bien, hacer novillos porque sí?

—¡Ya basta! ¿Vale? —exclamó Cleven, harta—. Dejadme en paz.

Fue a subir las escaleras, pero su padre le cerró el paso. Cleven notó que estaba muy, muy enfadado.

—No nos contestes de esa manera. ¡Sólo han pasado dos semanas, Cleven! ¡Dos semanas de curso y ya tienes la primera falta injustificada!

—¡Sólo han sido las dos horas de la tarde! —replicó Cleven.

—¡No podemos volver a esta mala costumbre! —la cortó su padre, tajante—. ¡Igual que el curso pasado! ¿¡Cuántas veces más piensas faltar a clase este año!? ¿¡Diez!? ¿¡Veinte!?

—¡Las que sean necesarias, para que no me estalle la cabeza! —contestó ella.

—¡Te anulo la matrícula entonces! ¿¡Eh!? ¡Y te pones a trabajar! ¿¡Qué te parece!?

—¡Pues me encantaría, así podré largarme de aquí y no veros las caras nunca más!

—¡Cleven! —intervino Hana—. ¡Te decimos esto para que aprendas a ser más responsable, no para fastidiarte! Con este tipo de cosas sólo te creas más problemas a ti misma, ¡y preocupas a quienes te quieren! Sin saber dónde estabas, ¡creíamos que te había pasado algo!

—¡No me llames “Cleven” con tanta ligereza, soy “Cleventine” para ti!

—¡Ya eres mayor para tener esa actitud! —se impuso Neuval.

—¡Vaya, yo creía que aún era una cría! ¡A ver si os decidís! ¡Soy mayor para unas cosas, pero una niña para otras! ¡Siempre para lo que os conviene!

—¡Cuidado con lo que dices! —exclamó Neuval—. Si vives en esta casa, tendrás que comportarte como se te diga. Aquí todos tenemos nuestras responsabilidades y cumplimos las normas para tener una convivencia. No puedes irte por ahí sola sin avisar, tienes que informarme de dónde estás o vas a estar, siempre.

—¿¡Por qué tienes que controlarme tanto!? —estalló Cleven—. ¿¡Te crees que no sé cuidar de mí misma!? ¿¡Que me va a atacar alguien!? ¡Quieres que sea mayorcita, pero me vigilas y me tratas como si tuviera 8 años! ¿Te piensas que voy a hacer algo malo?

—No, Cleven, me pienso que te puede pasar algo malo —le corrigió su padre.

—¡Pues ojalá me pasase algo! ¡Así podría vivir un poco de emoción nueva y no estar embotellada en esta rutina! ¡Me ahogo en esta rutina! —exclamó más fuerte, empezando a brotarle lágrimas en los ojos—. Y no sé por qué... Siento como si esta no fuera la vida que debería tener… Siento como que me he perdido algo… —sollozó.

Neuval abrió los ojos con sorpresa al oírla decir eso. No esperaba que llegara el día en que ella comenzara a notar eso, a sentirse así. Se mordió los labios, reprimiéndose de decir algo.

—Tienes que obedecer a tu padre, Cleven —corroboró Hana.

—Para ti, “Cleventine” —le espetó.

Yenkis dejó el cuchillo sobre la madera y puso el oído. Estaba en la cocina ayudando a Misae a hacer la cena, que era la señora que cocinaba en la casa a veces, algunos días a la semana. Era una mujer de ya elevada edad, bajita y gordita, y con cara de buena gente. Dejó de remover en la cazuela para observar a su ayudante. Yenkis seguía quieto, intentando captar las palabras que se vociferaban desde el vestíbulo.

—Parece que ya vuelven a las andadas —lamentó Misae—. Otra vez discutiendo.

—Pero esta vez es diferente —dijo Yenkis, y la otra frunció el ceño—. Papá… Mi padre no está de humor.

—¿Que no está de humor? —repitió con ironía.

—Me refiero… a que pasa algo más. No es como siempre. No sé explicarlo. Mi padre últimamente parece… especialmente agotado. Siento como si algo fuera a… no sé… romperse.

Tras unos minutos, pareció que la discusión había acabado, peor que en otras ocasiones. Había sido más que suficiente para que Cleven subiese a zancadas a su habitación y cerrase la puerta de tal manera que tembló la casa.

—¿Estás preocupado por tu padre, o por tu hermana, pues? —le sorprendió la voz de Misae junto a él, y Yenkis la miró en silencio—. No te preocupes, ya me encargo yo de la cena —le sonrió, haciéndole un gesto con la cabeza.

Yenkis bajó de la banquetilla y salió de la cocina con premura, encontrándose con su padre en el vestíbulo. Hana se había ido al salón para calmarse; su papel de educar a Cleven con Neuval era demasiado para ella.

—¿A dónde crees que vas? —le preguntó su padre de malos humos.

—A ver a Cleven —contestó serio, parándose en el primer escalón.

—Ni hablar, está castigada, y nadie la va a ver el pelo en un buen rato. No vas a subir esas escaleras —le ordenó.

—¿Una nueva norma? Vaya, no se me había informado.

Yenkis subió las escaleras, directo, sin importarle lo que dijera su padre. Desde luego nada le impedía ver a su hermana, tenía todo el derecho del mundo.

Neuval se tapó la cara con las manos, apretando los dientes, intentando calmarse, pero fue en vano. Estaba de los nervios, deseaba explotar. No podía explicarse con palabras cómo se sentía. Decir que estaba peligrosamente estresado no era nada comparado.

Se le había juntado todo, de golpe. Primero, los malditos miembros de la MRS habían vuelto a la carga y estaban molestando a Kyo. Y las cosas que el viejo Lao le dijo anoche en el pub no se le iban de la cabeza. Y Cleven, comportándose así, empezaba a no tener remedio. Por no hablar de Yenkis, volviendo a husmear en temas que no debía, en lo que también entraba Lex. Yenkis le había tenido que recordar la desastrosa situación en que se encontraba con su hijo mayor, y eso ya era la gota que colmaba el vaso. Estaba tan frustrado, tan… de todo, por todo.

Lao tenía razón y odiaba que la tuviera. Estaba harto. Esa máscara que llevaba siete años soportando le estaba pesando demasiado.

Entró rápidamente en su despacho, cerrando la puerta tras él, y se sentó en su silla, apoyando la cabeza en las manos y respirando varias veces. Fuera era de noche, y en esos momentos soplaba un fuerte viento por la zona, haciendo vibrar los cristales de la ventana. Un viento extraño.

«No me domines ahora, no ahora…» pensaba preocupado. «No salgas. Todo me está saliendo mal…» se dijo una y otra vez.

Entonces, abrió un cajón falso, en el borde de su escritorio, lo hizo casi sin pensar. En él había varios papeles, algunas tarjetas gráficas… una pistola y una cajetilla de balas sin abrir… Pero en el rincón del fondo había una pequeña bolsa de plástico que contenía un polvo blanquecino que sin duda le quitaría la ansiedad. La vio, pero no abrió el cajón lo suficiente para cogerla, pues, aunque no lo quiso, enseguida recordó las palabras del viejo Lao la última vez que tuvo problemas con este asunto, hace sólo tres años.

Fue la última vez hasta ahora, pero no la primera en su vida. Y por eso, el viejo Lao le dio un ultimátum cuando descubrió su octava recaída aquella vez, tres años atrás:

«—Tienes derecho a estar harto y triste, Neuval —le hubo dicho Lao aquel día, apretándole la muñeca para impedirle recuperar lo que el viejo había encontrado en su cajón—. No te culpo por estar triste. Pero no podemos volver a esta situación otra vez, ¡ya no eres ese crío de 17 años! Esto ya no se arregla con charlas. Tienes que entender que ahora, en tu vida, hay algo que es más importante que tú mismo. Así que, si no dejas de consumir definitivamente, me llevaré de aquí a Cleven y a Yenkis, los alejaré de ti y vivirán conmigo aunque ellos no recuerden quién soy… hasta que elijas de una vez por todas qué te importa más. No dejaré que mis nietos vean la manera en que su padre huye del dolor y del mundo real, como un hombre débil y cobarde que se ha rendido. Porque tú no eres ese tipo de hombre. Y estoy cansado de tener que recordártelo. No me mires así, Neu, como si no tuviera derecho a decirte esto. Porque el día que te conocí, te prometí que sería un padre para ti, uno de verdad, no como el que tenías antes. Y eso es lo que estoy siendo ahora. Pero tú no. No te conviertas en Jean Vernoux, sabes que no eres como él.»

Finalmente, Neuval cerró el cajón y miró con culpabilidad la foto que estaba junto a su ordenador, donde había una mujer de voluminoso pelo rojo oscuro, devolviéndole la mirada con sus ojos verdes. El viento que soplaba fuera fue cesando. Neuval inspiró aire profundamente una vez más, y después lo soltó con un largo suspiro para sosegarse.

No obstante, su suspiro, a pesar de ser suave, formó varios remolinos en el aire y sus papeles salieron volando por todo el despacho a su alrededor; algunos libros se cayeron de sus estanterías y los cuadros colgados en las paredes se torcieron. Se quedó quieto, tapándose la boca. «Merde…» pensó.









10.
Ya nadie es feliz

Llegó la tarde de aquel miserable día frío y nuboso. Terminada la jornada de clases y laboral, las calles se llenaron de gente.

Cleven miraba las grises baldosas de la acera pasando bajo sus pies. ¿Qué iban a comprender ellas? Una no era más que otra entre miles, y con las demás formaba el suelo de la ciudad. Y ella no era más que una persona entre miles, formando con ellas aquel conjunto. No obstante, esa tarde era diferente. Ella no encajaba en ese conjunto de personas activas, yendo de un lado a otro con sus quehaceres, motivadas, entretenidas, alegres, incluso estresadas.

Chocaba con ellas constantemente, había tanta... Pero nada le importaba en ese momento. Se sentía tan idiota… utilizada y engañada… Como un juguete de usar y tirar, para ser sustituida por otro nuevo y mejor. No era la primera vez. Se preguntaba si iba a ser así siempre, si nunca conocería a un chico bueno de verdad.

Eran las típicas afirmaciones a las que se aferraban las chicas de su edad, el fin de un amorío suponía el fin del mundo. Podría decirse que todos los adolescentes eran absurdos por creer de verdad que el amor eterno se encontraba a los escasísimos 16 años de vida, en los que el humano se mueve más por los instintos básicos de la necesidad del momento que por la razón y por la conciencia real de lo que era la vida a lo largo del tiempo.

Pero no tenían culpa, no era más que otra reacción química programada en la genética dando como resultado unas expectativas demasiado altas echadas por tierra, como la risa resultada de algo gracioso. Es lo que diría un iris. Pero Cleven era humana y solamente le importaba cómo se sentía ahora, no el porqué.

El caso es… que su hartazgo no sólo era generado por su estado de rabia actual, típico de un corazón roto y pensando en lo decepcionantes que eran los chicos de su edad. Era la vida en general… decepcionándola día tras día en todos los ámbitos… Hasta la comida, una de las cosas que más amaba, cada vez tenía menos sabor.

Aún tenía las mejillas y los ojos húmedos, pero su expresión ya se había calmado, cansada de llorar. Inexpresivamente, miraba el suelo bajo sus pies, no era quién para ir con la cabeza alta. Paso a paso, descendió las escaleras del metro. Sólo quería irse a casa. Sólo quería dormir, para salir de aquel asqueroso mundo un rato.

Las puertas del vagón se cerraron y se sentó en el asiento, dejando que su mochila resbalase por su brazo y se posara en el suelo.

Por alguna razón, dirigió la mirada a su derecha, hacia el asiento vacío que tenía al lado. No supo por qué, pero en algún rincón de su ser deseó ver otra vez a aquel muchacho encapuchado de ayer. Sin embargo, una mujer ocupó ese lugar en ese preciso momento, y apartó la mirada con una nueva decepción. Indiferente, volvió a hundirse en sus pensamientos.

Se dio cuenta entonces de que ese chico, Kyosuke, a quien en el instituto llamaban Kyo, no lo había visto en todo el día de hoy. No había venido a clase. Sin embargo, ni siquiera tuvo ganas de preguntarse qué le habría pasado. Al fin y al cabo, su interés por las cosas de su alrededor se había evaporado.

“Luego no digas que no te lo advertí”. Su padre era un gafe, pensó. Y no era la primera vez que acertaba.


* * * * * *


Esa tarde, Yenkis se encontraba en su habitación, sentado en el suelo, rodeado de un amasijo de chatarra y trabajando ensimismadamente en su nuevo invento, aquel aparatito con forma de cubo hecho con diferentes piezas y materiales. Debía continuar haciéndole mejoras. Ya lo había probado el día anterior, pero, para su decepción, aunque su querido cubo llegó a encenderse y a conectarse al ordenador de su padre con éxito, no cumplió con ninguna función más. Al menos, el primer paso estaba logrado.

En una mano sujetaba un destornillador de punta minúscula, que en ese momento estaba usando con sumo cuidado para atornillar un tornillo diminuto en un pequeño circuito electrónico. Sobre la mesa de su cuarto reposaba un soldador, que había utilizado para fundir los pequeños sectores de estaño del circuito, unos tan juntos de otros y perfectamente predispuestos.

El mérito de esto es que Yenkis no se estaba ayudando de ningún libro ni de ningún tutorial de internet ni nada por el estilo. Era una experimentación propia que él se había empeñado en sacar adelante usando su propia cabeza, mediante el método de “prueba y error”. Él tenía una inexplicable facilidad para entender la lógica física, incluyendo la electrónica y la mecánica.

Lo único que sí estaba aplicando de otra fuente, era la programación de su aparato, es decir, lo que hacía que tuviera unas funciones, un modo de actuar, cuando se encendía y se conectaba a otro dispositivo. Para esto, había ido a la vitrina del sótano y se había hecho con algunos cuadernos antiguos de su madre donde ella creó algunos códigos de programación para dispositivos vinculantes, que era el tipo de dispositivo que Yenkis había fabricado. Pero le faltaba algún trozo de código en alguna parte, y sospechaba que tal vez se debía a que estaba intentando usar una programación antigua en unos dispositivos actuales más modernos. Pensó que en algún lado podía conseguir ese trozo faltante de código para que las funciones se cumplieran hasta el final.

Lo que hacía su cubo, o lo que él intentaba que hiciese, era conectarse a cualquier máquina que funcionara con cualquier tipo de programación –móviles, ordenadores, coches inteligentes, una nevera o una lavadora inteligentes, incluso la maquinaria automatizada de una fábrica–, y ordenarle que copiara y almacenara cualquier cosa que él le pidiera, sin que el otro dispositivo notara en absoluto la conexión de ese cubo. Es decir, que con ese cubo, Yenkis podía ponerlo y encenderlo cerca del ordenador de alguien, conectarse a ese ordenador sin que este lo percibiera ni se enterase, y con sólo susurrarle “copia todos los archivos de tal carpeta”, el cubito lo haría incluso con aquellos archivos que estuvieran protegidos con contraseña. Por tanto, su invento era básicamente un ladrón fantasma; robaba datos y nadie ni nada lo notaba, no dejaba ni un rastro.

Yenkis aspiraba, en un futuro, añadirle una nueva habilidad y convertirlo, no solo en un ladrón fantasma, sino también en un agente fantasma capaz de hacer, modificar, invadir o provocar cualquier cosa dentro de la programación de la otra máquina. Dominar otras máquinas como un titiritero.


Cuando por fin terminó de hacerle retoques, comenzó a carcajear como el malo de una película, elevando su creación por encima de su cabeza. «Por fin podré empezar a destapar algunas cajas donde guardas tu misterioso pasado, papá» pensó, sin parar de reír como un villano.

Fue entonces cuando vio a su padre en la puerta de su cuarto, contemplándolo con una cara muy preocupada, y el niño enmudeció de inmediato. Yenkis adivinó que su padre, en ese preciso instante, estaba pensando que su hijo pequeño había perdido la cabeza o consumido algo ilegal. El muchacho le mostró su más inocente sonrisa mientras deslizaba su cubito por debajo de la cama con disimulo.

—Oh, padre… ¿Qué puedo hacer por ti? —le preguntó de un modo inusualmente servicial.

Neuval seguía con la boca entreabierta, de pie, con una mano sobre el pomo de la puerta y sólo movió los ojos para fijarse en toda aquella masa de plásticos, alambres, láminas metálicas y herramientas sobre la mesa de la habitación. Sus herramientas.

—¿Mis herramientas? —preguntó Neuval—. ¿Son mis herramientas?

—Es que verás —sonrió Yenkis, poniéndose en pie de un salto y empezando a sentirse aliviado de que su padre no hubiese reparado en su querido cubo bajo la cama—. Nos han mandado hacer algo en el cole, en clase de Tecnología, y claro —chasqueó la lengua, adoptando una actitud de obviedad—. Necesito las herramientas.

Neuval esperó a que dijese algo más, porque aquella contestación sonó escueta, por no decir pésima. Pero Yenkis seguía ahí, frente a él, mirándolo con una sonrisa de oreja a oreja.

—Sé que tus herramientas son sagradas, pero me dijiste que podía usarlas cuando quisiera siempre que las cuidara y las devolviera a su sitio en el garaje. Ahora las pondré en su sitio —añadió el niño, poniéndose nervioso, y esperó a ver si con eso se conformaba.

Pero Neuval cerró los ojos y suspiró pesadamente.

—¿Por qué no lo dejas ya, Yenkis? —murmuró.

Yenkis borró su sonrisa. Comprendió enseguida lo que pasaba, y lo que pasaba era que no funcionaba disimular con su padre, nunca funcionaba. Neuval sabía que Yenkis tramaba cosas a escondidas relacionadas con husmear entre sus secretos o cualquier cosa que revelase algo de su pasado.

—Sospechas —se percató Yenkis.

Neuval se agachó para ponerse a su altura.

—Desde que dejaste de hacerme preguntas —afirmó.

—Porque nunca me las respondías —replicó el niño, serio.

—¿Y eso no era suficiente indirecta para que dejases el tema?

—Te lo preguntaré una última vez, papá. Y obtendré la respuesta a través de ti o a través de mis propios medios —le dijo Yenkis, mirándolo a los ojos con determinación, pero también con una pequeña súplica—. ¿Por qué a veces nos brilla el ojo izquierdo y por qué debe ser un secreto para todos, incluso para Cleven?

Neuval permaneció callado, devolviéndole una mirada tranquila, inexpresiva. Pero el niño estaba dispuesto a esperar lo que hiciera falta.

—No es más que una condición genética…

—Te doy otra oportunidad —le interrumpió Yenkis, pues no le valía escuchar la misma respuesta por centésima vez.

—Deja las cosas estar, Yenkis. Por una vez en tu vida —le rogó su padre, agarrando su hombro—. Hay cosas que no es necesario saber, que no necesitas saber, para llevar una vida normal y feliz. Hay cajas que han de permanecer cerradas por una razón. Hay cajas que, si se abren, pueden arruinar tu vida pacífica, segura y feliz.

—Pe…

—Yenkis —Neuval lo sujetó de ambos hombros esta vez—. Para millones de personas en este mundo, tener una vida pacífica, segura o feliz es un milagro. Un lujo. Incluso para niños más pequeños que tú. Sabiendo esto, ¿quieres seguir arriesgando lo afortunado que eres?

—¿Cuántas veces has arriesgado tú la vida o la armonía o la tranquilidad cada vez que experimentas en tus laboratorios y juegas con las peligrosas leyes de la física? ¿Cuántas veces has decidido ir más allá de lo seguro, sólo para descubrir la verdad, o descubrir algo nuevo, o descubrir si un enlace cuántico podría modificar el comportamiento de la luz para que tenga una proyección limitada y no infinita?

—¿¡Pero cómo cojones sabes tú eso!? —exclamó Neuval con gran pasmo.

Yenkis se quedó petrificado al oírle expresarse así por primera vez. Neuval se llevó un puño a los labios rápidamente, carraspeando con disimulo.

—Se me ha escapado. No está bien decir palabras malsonantes, Yenkis, ¿de acuerdo?

—Papá… no soy tonto —insistió el niño con tristeza—. Sé en lo que trabajas en realidad. Sé lo que más te gusta hacer. Tú no eres un empresario, eres un científico. ¡Y yo soy como tú! —señaló con énfasis todas esas herramientas y trozos de aparatos desperdigados por la habitación—. Nuestro cerebro no está hecho para ignorar cosas, para “dejarlas estar”. ¿De verdad crees que yo seré capaz de seguir viviendo sin indagar en una incógnita que me acompaña todo el tiempo día y noche? ¿De verdad esperas que yo podré vivir en paz, seguro y feliz escogiendo la ignorancia, escogiendo ignorar qué hay dentro de una caja atada a mi espalda desde que nací, sin que me acabe explotando el cerebro?

—Qué dramático…

—¡Papá! —protestó.

—Yenkis, no se trata de cuántas veces yo he arriesgado la seguridad y la felicidad por empeñarme en descubrir algo que podría arruinarlas, sino de cuántas veces me he arrepentido de hacerlo —le explicó, y el niño miró al suelo con desilusión—. Yen… Te lo pido por última vez. Eres el único de esta familia que todavía es feliz y siente ilusión por algo. Por nada en el mundo quiero que algo te arruine todo eso. Quiero que sigas siendo mi pequeño genio alegre… —Neuval lo acercó para sí para abrazarlo.

Yenkis se quedó callado, se sintió extraño. Pero no podía dejar de pensar en ello, y por eso acabó apartándose de él nuevamente para mirarlo a la cara.

—¡No! Papá… Eso es lo que no entiendes. Yo no soy feliz así. Y ya no soy un niño pequeño. Esto es lo que sucede cuando cumplo años, que empiezo a pensar por mí mismo, a darme cuenta de cosas, cosas que no me gustan… ¿Qué pasará cuando alguien descubra que me brilla un ojo? ¿Llamarán a la policía? ¿Me encerrarán? ¿Me perseguirá alguien? ¿Por qué me sucede, y por qué te sucede a ti, por qué sólo a nosotros dos? ¿Y por qué es algo malo?

—No, no, no… —dijo Neuval rápidamente, tratando de tranquilizarlo—. No es nada de eso, no es nada malo.

—¿Y por qué es un secreto?

—Es solo que… —Neuval no sabía qué decir, miró hacia el techo, pensando—. Imagina que es como una gigantesca verruga. No es algo malo, pero no es algo que irías mostrando en público. No si quieres evitar constantes miradas, prejuicios y rumores.

—¿¡Me estás hablando en serio!? —brincó Yenkis con incredulidad, y enfadado.

—Ay… —suspiró Neuval con fastidio.

—Ya estoy harto, papá. Olvidémoslo. No te preguntaré más —le dio la espalda y se cruzó de brazos.

—Pues mejor —gruñó Neuval, cruzándose de brazos también—. Tú sabrás si quieres seguir perdiendo el tiempo en tonterías.

—Te aseguro que no pierdo el tiempo. Lo acabaré averiguando, ya lo verás.

Et qu’est-ce que feras-tu? La torture jusqu’à ce que je confesse? —discrepó Neuval, volviendo a erguirse y dando media vuelta. (= ¿Y qué harás? ¿La tortura hasta que confiese?)

—Ya pasé hace tiempo al plan B y opté por preguntarle a Lex.

Eso fue suficiente para que su padre se parase de golpe justo antes de salir por la puerta, como si una ráfaga de gélido viento le hubiese traspasado el cuerpo. Volvió la cabeza hacia el niño con una enorme expresión de disgusto.

—¿A Lex? ¿Le preguntaste a Lex… sobre mi pasado?

—Hmp, tranquilo, no llegó a contarme nada —bufó el niño—. Pero al menos descubrí algo, y es que, a juzgar por cómo me miró y actuó cuando le saqué el tema, por una parte descubrí que, efectivamente, él lo sabe todo. Y por otra parte, que ese es el motivo por el que tú y él no os habláis desde hace siete años. Así que he desarrollado un plan C, y no te lo pienso decir.

Neuval volvió la vista al frente en silencio. Su rostro se tornó triste.

—No debiste sacar ese tema con tu hermano —murmuró.

—¿Por qué? —preguntó directamente—. Parece que Lex y tú ocultáis muchas cosas.

Oyó que su padre suspiraba con cansancio y se fue al piso de abajo sin decir palabra alguna. Yenkis frunció el ceño, pero luego resopló. Se sentía un poco mal por dentro.


* * * * * *


Un cuarto de hora después, se oyó la puerta principal abrirse y cerrarse. Cleven dejó las llaves sobre la mesilla del vestíbulo con desgana. Estaba abatida, no podía ni levantar la vista del suelo. Automáticamente fue a subir las escaleras, a paso lento, para poder encerrarse en su cuarto.

Sin embargo, vio dos pares de pies frente a ella. Alzando un poco la vista, vio a Hana mirándola con severidad y cruzada de brazos, y a su padre igual. Intuyó lo que iba a pasar.

—Me han llamado esta tarde del instituto —dijo Neuval.

—¿Por qué razón no has ido esta tarde a clase? —preguntó Hana con el mismo tono de voz.

Cleven reprimió un lamento y bajó la mirada. No tenía ni pizca de ganas de hablar, y menos de discutir.

—Porque no me apetecía —contestó simplemente, en bajo.

—Pues con esa razón no vas por buen camino —le espetó Hana—. ¿Y te quedas tan tranquila?

—Cleven, en esta casa hay unas normas, y han de cumplirse —dijo su padre con enfado—. ¿Dónde has estado?

—Dando una vuelta.

—¿Y te parece bien, hacer novillos porque sí?

—¡Ya basta! ¿Vale? —exclamó Cleven, harta—. Dejadme en paz.

Fue a subir las escaleras, pero su padre le cerró el paso. Cleven notó que estaba muy, muy enfadado.

—No nos contestes de esa manera. ¡Sólo han pasado dos semanas, Cleven! ¡Dos semanas de curso y ya tienes la primera falta injustificada!

—¡Sólo han sido las dos horas de la tarde! —replicó Cleven.

—¡No podemos volver a esta mala costumbre! —la cortó su padre, tajante—. ¡Igual que el curso pasado! ¿¡Cuántas veces más piensas faltar a clase este año!? ¿¡Diez!? ¿¡Veinte!?

—¡Las que sean necesarias, para que no me estalle la cabeza! —contestó ella.

—¡Te anulo la matrícula entonces! ¿¡Eh!? ¡Y te pones a trabajar! ¿¡Qué te parece!?

—¡Pues me encantaría, así podré largarme de aquí y no veros las caras nunca más!

—¡Cleven! —intervino Hana—. ¡Te decimos esto para que aprendas a ser más responsable, no para fastidiarte! Con este tipo de cosas sólo te creas más problemas a ti misma, ¡y preocupas a quienes te quieren! Sin saber dónde estabas, ¡creíamos que te había pasado algo!

—¡No me llames “Cleven” con tanta ligereza, soy “Cleventine” para ti!

—¡Ya eres mayor para tener esa actitud! —se impuso Neuval.

—¡Vaya, yo creía que aún era una cría! ¡A ver si os decidís! ¡Soy mayor para unas cosas, pero una niña para otras! ¡Siempre para lo que os conviene!

—¡Cuidado con lo que dices! —exclamó Neuval—. Si vives en esta casa, tendrás que comportarte como se te diga. Aquí todos tenemos nuestras responsabilidades y cumplimos las normas para tener una convivencia. No puedes irte por ahí sola sin avisar, tienes que informarme de dónde estás o vas a estar, siempre.

—¿¡Por qué tienes que controlarme tanto!? —estalló Cleven—. ¿¡Te crees que no sé cuidar de mí misma!? ¿¡Que me va a atacar alguien!? ¡Quieres que sea mayorcita, pero me vigilas y me tratas como si tuviera 8 años! ¿Te piensas que voy a hacer algo malo?

—No, Cleven, me pienso que te puede pasar algo malo —le corrigió su padre.

—¡Pues ojalá me pasase algo! ¡Así podría vivir un poco de emoción nueva y no estar embotellada en esta rutina! ¡Me ahogo en esta rutina! —exclamó más fuerte, empezando a brotarle lágrimas en los ojos—. Y no sé por qué... Siento como si esta no fuera la vida que debería tener… Siento como que me he perdido algo… —sollozó.

Neuval abrió los ojos con sorpresa al oírla decir eso. No esperaba que llegara el día en que ella comenzara a notar eso, a sentirse así. Se mordió los labios, reprimiéndose de decir algo.

—Tienes que obedecer a tu padre, Cleven —corroboró Hana.

—Para ti, “Cleventine” —le espetó.

Yenkis dejó el cuchillo sobre la madera y puso el oído. Estaba en la cocina ayudando a Misae a hacer la cena, que era la señora que cocinaba en la casa a veces, algunos días a la semana. Era una mujer de ya elevada edad, bajita y gordita, y con cara de buena gente. Dejó de remover en la cazuela para observar a su ayudante. Yenkis seguía quieto, intentando captar las palabras que se vociferaban desde el vestíbulo.

—Parece que ya vuelven a las andadas —lamentó Misae—. Otra vez discutiendo.

—Pero esta vez es diferente —dijo Yenkis, y la otra frunció el ceño—. Papá… Mi padre no está de humor.

—¿Que no está de humor? —repitió con ironía.

—Me refiero… a que pasa algo más. No es como siempre. No sé explicarlo. Mi padre últimamente parece… especialmente agotado. Siento como si algo fuera a… no sé… romperse.

Tras unos minutos, pareció que la discusión había acabado, peor que en otras ocasiones. Había sido más que suficiente para que Cleven subiese a zancadas a su habitación y cerrase la puerta de tal manera que tembló la casa.

—¿Estás preocupado por tu padre, o por tu hermana, pues? —le sorprendió la voz de Misae junto a él, y Yenkis la miró en silencio—. No te preocupes, ya me encargo yo de la cena —le sonrió, haciéndole un gesto con la cabeza.

Yenkis bajó de la banquetilla y salió de la cocina con premura, encontrándose con su padre en el vestíbulo. Hana se había ido al salón para calmarse; su papel de educar a Cleven con Neuval era demasiado para ella.

—¿A dónde crees que vas? —le preguntó su padre de malos humos.

—A ver a Cleven —contestó serio, parándose en el primer escalón.

—Ni hablar, está castigada, y nadie la va a ver el pelo en un buen rato. No vas a subir esas escaleras —le ordenó.

—¿Una nueva norma? Vaya, no se me había informado.

Yenkis subió las escaleras, directo, sin importarle lo que dijera su padre. Desde luego nada le impedía ver a su hermana, tenía todo el derecho del mundo.

Neuval se tapó la cara con las manos, apretando los dientes, intentando calmarse, pero fue en vano. Estaba de los nervios, deseaba explotar. No podía explicarse con palabras cómo se sentía. Decir que estaba peligrosamente estresado no era nada comparado.

Se le había juntado todo, de golpe. Primero, los malditos miembros de la MRS habían vuelto a la carga y estaban molestando a Kyo. Y las cosas que el viejo Lao le dijo anoche en el pub no se le iban de la cabeza. Y Cleven, comportándose así, empezaba a no tener remedio. Por no hablar de Yenkis, volviendo a husmear en temas que no debía, en lo que también entraba Lex. Yenkis le había tenido que recordar la desastrosa situación en que se encontraba con su hijo mayor, y eso ya era la gota que colmaba el vaso. Estaba tan frustrado, tan… de todo, por todo.

Lao tenía razón y odiaba que la tuviera. Estaba harto. Esa máscara que llevaba siete años soportando le estaba pesando demasiado.

Entró rápidamente en su despacho, cerrando la puerta tras él, y se sentó en su silla, apoyando la cabeza en las manos y respirando varias veces. Fuera era de noche, y en esos momentos soplaba un fuerte viento por la zona, haciendo vibrar los cristales de la ventana. Un viento extraño.

«No me domines ahora, no ahora…» pensaba preocupado. «No salgas. Todo me está saliendo mal…» se dijo una y otra vez.

Entonces, abrió un cajón falso, en el borde de su escritorio, lo hizo casi sin pensar. En él había varios papeles, algunas tarjetas gráficas… una pistola y una cajetilla de balas sin abrir… Pero en el rincón del fondo había una pequeña bolsa de plástico que contenía un polvo blanquecino que sin duda le quitaría la ansiedad. La vio, pero no abrió el cajón lo suficiente para cogerla, pues, aunque no lo quiso, enseguida recordó las palabras del viejo Lao la última vez que tuvo problemas con este asunto, hace sólo tres años.

Fue la última vez hasta ahora, pero no la primera en su vida. Y por eso, el viejo Lao le dio un ultimátum cuando descubrió su octava recaída aquella vez, tres años atrás:

«—Tienes derecho a estar harto y triste, Neuval —le hubo dicho Lao aquel día, apretándole la muñeca para impedirle recuperar lo que el viejo había encontrado en su cajón—. No te culpo por estar triste. Pero no podemos volver a esta situación otra vez, ¡ya no eres ese crío de 17 años! Esto ya no se arregla con charlas. Tienes que entender que ahora, en tu vida, hay algo que es más importante que tú mismo. Así que, si no dejas de consumir definitivamente, me llevaré de aquí a Cleven y a Yenkis, los alejaré de ti y vivirán conmigo aunque ellos no recuerden quién soy… hasta que elijas de una vez por todas qué te importa más. No dejaré que mis nietos vean la manera en que su padre huye del dolor y del mundo real, como un hombre débil y cobarde que se ha rendido. Porque tú no eres ese tipo de hombre. Y estoy cansado de tener que recordártelo. No me mires así, Neu, como si no tuviera derecho a decirte esto. Porque el día que te conocí, te prometí que sería un padre para ti, uno de verdad, no como el que tenías antes. Y eso es lo que estoy siendo ahora. Pero tú no. No te conviertas en Jean Vernoux, sabes que no eres como él.»

Finalmente, Neuval cerró el cajón y miró con culpabilidad la foto que estaba junto a su ordenador, donde había una mujer de voluminoso pelo rojo oscuro, devolviéndole la mirada con sus ojos verdes. El viento que soplaba fuera fue cesando. Neuval inspiró aire profundamente una vez más, y después lo soltó con un largo suspiro para sosegarse.

No obstante, su suspiro, a pesar de ser suave, formó varios remolinos en el aire y sus papeles salieron volando por todo el despacho a su alrededor; algunos libros se cayeron de sus estanterías y los cuadros colgados en las paredes se torcieron. Se quedó quieto, tapándose la boca. «Merde…» pensó.





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