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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __









9.
La anciana Agatha

Llegó el mediodía y en el instituto ya habían acabado las clases de la mañana. El edificio fue vaciándose conforme los alumnos se iban a la cafetería a comer. Normalmente, Cleven también comía allí, pero hoy había quedado con Kaoru para comer por la calle, según habían acordado en uno de los cambios de clase.

Generalmente, acordaban sus citas durante el recreo, pero al parecer Kaoru tuvo otra de sus reuniones con el equipo de fútbol en aquel momento. Cleven pensó que su novio tenía últimamente más reuniones de esas de lo normal. La verdad es que le extrañaba mucho, y estuvo dándole vueltas durante las clases que quedaban después del recreo.

Ahí parada, en la puerta del edificio, esperando, se sintió un poco mal consigo misma, creyendo que ya estaba empezando a desconfiar. La desconfianza, gran causa del fracaso de las relaciones. Trató de no pensar más en eso.

Sus dos amigas habían ido a comer a la cafetería del instituto, por lo que ella estaba sola, y cada vez más sola, pues ya casi se había ido todo el mundo. No veía a Kaoru por ninguna parte, estaba tardando demasiado en aparecer y no respondía a los mensajes. Decidió, viendo que era la única alma en la zona, ir a buscarlo por las zonas donde solían encontrarse en sus citas. Tal vez se le había olvidado, pensó, o bien había tenido algún inconveniente.

Mientras caminaba por las calles, fue a llamarlo directamente al móvil. Sin embargo, por alguna extraña razón, su cabeza le aconsejaba que no lo llamase todavía. No sabía… era una intuición, o un presentimiento… A pesar de haberse sentido segura y cómoda con su relación con Kaoru, no había oído hablar muy bien de él en el instituto desde que empezó a salir con él.

Nunca nadie antes había hablado mal de Kaoru en años anteriores. Todo lo contrario. Durante la secundaria inferior, él había tenido fama de buen chico, buen amigo, buen estudiante… Por alguna razón, estos rumores habían empezado hace pocos meses, cuando ya estaban terminando el primer año de la secundaria superior e iniciando ahora el segundo año, y provenían de estudiantes que ya conocían a Kaoru de cursos anteriores, y decían que había cambiado, que estaba distinto, que se había vuelto un poco… no sabían explicarlo. Era como si se sintieran defraudados con el Kaoru actual.

Curiosamente, este sentimiento venía de estudiantes a los que Cleven siempre había considerado más humildes y sin malicia, mientras que los estudiantes menos amables, más prepotentes y arrogantes parecían ser ahora los amigos más cercanos de Kaoru y estar encantados con él.

Y Cleven contrastaba, claro. No era como ellos. Puede que no se llevara bien con su padre, pero al menos él le había inculcado el valor de mostrar siempre entereza, respeto y autocontrol incluso cuando tenía delante a algún o alguna idiota gritándole insultos o pretendiendo humillarla. Por eso, en lugar de perder los nervios y montar un numerito, siempre había aguantado con calma y con simple observación las veces que, por ejemplo, otras chicas la miraban mal y se acercaban con descaro a su chico delante de sus narices para flirtear con él. Y él les seguía la corriente como si todo fuera en broma.

Cleven se sentía mal al presenciar esos momentos, y Kaoru, dándose cuenta, le aseguraba que ella era única para él, que no tenía por qué sentirse celosa.

¿Celos? Se preguntó Cleven entonces. «¿Estoy molesta por los celos, o más bien por la poca consideración que muestra Kaoru delante de mí?» se preguntó. Sí, ella estaba segura de que no era por celos, sino más bien por la actitud de Kaoru. Tenía una forma de comportarse que a veces Cleven no sabía si le gustaba o no esa faceta. Era muy presumido, por ser muy popular en el instituto, por cuidar con esmero su aspecto, dándole quizás demasiada importancia, incluso porque él sabía que todo el mundo conocía su fama entre las chicas y no se cortaba un pelo en alardear de sus éxitos delante de Cleven.

Para ella, todo aquello no lo consideraba una verdadera muestra de confianza y amor. Kaoru le había dicho que ella era lo que más quería, la mejor, irremplazable. Sin embargo, sus palabras no coincidían con sus actos. No, para nada.

Y Cleven empezó a reflexionar, mientras entraba ya en el centro de Shibuya, que era verdad que se veía menos con él, que apenas sabía qué hacía cuando no estaba con ella, que de repente desaparecía y luego venía con alguna excusa. «Él me ha dicho que me quiere, que soy especial para él» se dijo, intentando convencerse a sí misma.

Cleven siempre había sido esa clase de persona que creía en las palabras de los demás, siempre pensaba que no puede existir nadie tan vil como para mentir en algo así, por lo que siguió adelante, segura, esperando encontrarse con Kaoru por allí tarde o temprano, esperándola con una sonrisa.


* * * * * *


Tarareando, la anciana Agatha aceleró un poco el paso, consciente de que se había retrasado. La gente que pasaba por su lado volvía la cabeza hacia ella con sorpresa al percatarse de que la anciana iba con los ojos cerrados, y se paraban, estupefactos, para ver cómo esta se movía por las calles como si tal cosa, esquivando los obstáculos. No obstante, iba lenta, aunque recta, con el caminar propio de una dama inglesa, apoyándose en su bastón negro.

Si tuviera reloj, podría ver que aún tenía tiempo para que los dos niños que la esperaban en el colegio no la recibiesen con quejas por su tardanza. Pero ella no necesitaba reloj. De todas formas, no podía verlo. Cuando fue a cruzar por el paso de cebra, con el semáforo rojo para los peatones, llegó a sus oídos la conversación que estaba teniendo una señora por su teléfono móvil. Era una mujer vestida con elegante falda y chaqueta de trabajo, y llevaba en una mano un maletín moderno con cierre de seguridad.

—… no hace falta que retrase la reunión, estoy de camino… Es muy importante, sí… El nuevo itinerario de vigilancia e investigación callejera que ha establecido el propio Hatori Nonomiya, por lo que será impuesto para toda la policía de cada distrito… Sí, al parecer el jefe Nonomiya quiere intensificar la actividad policial, por esos que él llama “criminales especiales”… Efectivamente, llevo ahora mismo una copia del nuevo itinerario, para presentarlo en la reunión…

Agatha puso una mueca pensativa y recelosa. Claramente, esa señora trabajaba en el Gobierno, probablemente con el ministerio que controlaba a la policía, y a la anciana no le gustó oír eso de ese “nuevo itinerario de vigilancia e investigación”.

Sabía bien que Hatori Nonomiya, jefe de la Policía de Tokio, tenía por objetivo prioritario perseguir la actividad secreta de los iris y, con suerte, cazar alguno algún día. Precisamente, “criminales especiales” era la forma que Hatori tenía de referirse a los iris cuando tenía que ocultar la propia palabra iris delante de algunos miembros del Gobierno, pues no todos conocían la existencia de los iris y era algo que Hatori debía tratar con confidencialidad, por orden del ministro de Interior, Takeshi Nonomiya, responsable de todos los cuerpos de seguridad y militares del país, quien además era su padre.

Agatha pensó que sería realmente necesario hacerse con ese itinerario para así dárselo a conocer a los iris de Tokio y pudieran aumentar la precaución para no ser descubiertos por los agentes de Hatori cuando estuvieran haciendo alguna actividad iris. Aunque no podía ver, ella sabía de sobra que estas personas del Gobierno siempre utilizaban carteras o maletines con cierre de seguridad.

Así que, sin más dilación, la anciana chocó contra la señora lo más brusca que pudo. Esta se sobresaltó y estuvo a punto de caer al suelo, pero al final lo que se le cayó fueron el móvil y el maletín.

—Oh, ¡cuánto lo siento! —exclamó Agatha, exageradamente avergonzada y apurada, llevándose unas manos temblorosas a la cara—. Oh, Dios mío, ¡perdóneme!

La señora trajeada, todavía aturdida por el impacto, recuperó la compostura con mucho enfado al descubrir su teléfono y su maletín en el suelo. Al móvil no le había pasado nada, pero lo que le preocupaba era el maletín. A veces, a causa de un golpe fuerte, los cierres de seguridad podían quedarse atascados, y si ocurriera este caso, la señora tendría que irse de inmediato a una cerrajería a arreglarlo, porque no podía presentarse en la reunión con un maletín que contenía la información más importante y que no se podía abrir.

Justo cuando fue a gritarle furiosa a Agatha, la señora se dio cuenta de la discapacidad de la anciana y se quedó algo cohibida.

—Ah… No… No es culpa suya, no se preocupe.

—Sí es culpa mía, señora mía —volvió a excusarse Agatha, haciendo que le temblaba la voz e inclinándose ante ella varias veces como muestra de perdón—. Debo ir con más cuidado, no sé a dónde iré a parar un día de estos. Perdone a esta pobre, ciega y miserable anciana, señora mía.

—Le digo que no pasa nada —replicó, empezando a impacientarse.

La mujer trajeada, entonces, se agachó para recuperar su móvil y, sobre todo, comprobar el estado del maletín. Para eso, tuvo que ver si podía abrirlo, justo como Agatha pretendía. Se puso a girar las tres pequeñas ruedas enumeradas para poner el código numérico correcto, y cuando la anciana oyó el sonido del cierre abriéndose, sonrió astuta… y movió una mano.

De pronto, todo se quedó quieto. Todo. Los coches parados en la carretera, toda la gente de las calles como estatuas, los pájaros estáticos en el aire, y hasta el propio aire. El silencio en todo el mundo fue absoluto, pero sólo iba a ser por unos segundos, segundos que Agatha aprovechó para agacharse junto al maletín abierto, palpar su contenido hasta dar con la única carpeta con hojas que había, sacar su teléfono móvil y fotografiar rápidamente todas esas hojas, intuyendo la posición y el enfoque.

Cuando terminó, lo dejó todo tal y como estaba y volvió a su sitio de antes, recuperando la postura corporal que tenía y la cara de pena y disgusto. Dio una palmada, y el tiempo congelado volvió a su movimiento normal.

La señora del traje, aliviada de ver que todo estaba bien con su maletín, volvió a cerrarlo con un suspiro impaciente y cruzó la carretera cuando el semáforo ya se puso en verde, sin mediar más palabra con la anciana, la cual volvió a sonreír con malicia, pensando en lo fácil que siempre era.

Siguió su camino. Antes de llegar a la puerta del colegio, tenía que pasar por la del instituto, que estaba al lado, y mientras se acercaba, oyó una voz familiar. Se detuvo a pocos metros de la puerta del instituto y se apoyó contra el tronco de uno de los árboles de la acera, serena, escuchando con atención.

—¿Qué tienes en contra mía? —decía una joven mujer con voz chillona, portando una carpeta entre los brazos, y a juzgar por cómo vestía debía de ser una profesora del instituto—. Te lo pongo todo en bandeja y no haces más que evitarme.

—No tengo nada en contra suya, señorita Nozawa —se excusaba el joven que tenía delante—. Es solo que no tengo tiempo pa…

—Sólo te pido que comamos juntos —interrumpió, como solía hacer—. ¿Es que no te gusto?

—No es eso.

—Es porque soy mayor que tú, ¿verdad?

—No, no —casi se le escapó una risa—. Eso no me importa, es que… De verdad, no estoy interesado.

—¡Ogh! —exclamó indignada—. Ya sabía yo que no debí haberme fijado en un crío de 26 años como tú, soy mucha mujer para ti.

El hombre se quedó con la palabra en la boca, medio sonriendo.

—¡Sí! —saltó—. Es eso, no tengo lo que hay que tener para salir contigo.

—Ya lo intuía. —Sacudió la melena castaña con elegancia—. Tú te lo pierdes. Adiós.

Y con un giro propio de una modelo en una pasarela, se fue calle arriba, con la cabeza bien alta y desprendiendo orgullo por todas partes.

El hombre joven la vio marcharse y por fin pudo relajarse, soltando un largo suspiro de alivio. A esa profesora, de Informática, la conocía desde que empezó a trabajar en el instituto, o sea, hace unas dos semanas. Y desde entonces no había podido quitársela de encima, pues cada dos por tres esta lo arrinconaba en los solitarios pasillos y se le insinuaba con indirectas muy directas, sin cortase un pelo en arrimarse a él y tocarle suavemente el torso, además de ponerle morritos. Y el pobre no era capaz de hacerle entender que le dejara en paz, por lo que la mujer tuvo tiempo para hacerse ilusiones, con lo presumida y creída que era, y con el carácter que tenía… le daba hasta miedo.

—Vaya una pesada —murmuró el hombre, sintiéndose liberado.

¡Pom!

—¡Ah! —exclamó al notar un insoportable dolor en la cabeza y se volvió como el rayo, aturdido, y entonces vio ahí a la anciana Agatha, con su bastón en alto y desafiante—. ¡Pero...!

¡Pom! Otra vez, la anciana le dio con el bastón, y el joven se cubrió la cabeza, temeroso.

—¿Cómo se te ocurre romperle el corazón así a una mujer? —le reprochó la anciana—. Desgraciado, más que desgraciado, que no tienes corazón.

—¿Nos has espiado? —preguntó perplejo, sin atreverse a descubrirse la cabeza—. ¿¡Qué corazón ni qué bollocks!? Esa no tiene corazón, ¡lo que tiene es un ego más grande que mi…!

¡Pom!

—No me repliques, niño.

—¡Vale, para, basta de golpearme, que me dejas sin neuronas! —exclamó, conteniendo las lágrimas por el dolor, dando un paso atrás.

—¡Neuronas es lo que te hace falta, Denzel! You, bloody fool! Mira que desaprovechar esa oportunidad… —le regañó la anciana—. ¿A cuántas mujeres más vas a rechazar? Estoy empezando a pensar que sigues llevando la alianza en tu dedo para espantarlas.

—Para espantarlas nada mejor que tú, maltrata-nietos —le espetó con rabia, asegurándose de que tenía bien sujetas sus extrañas gafas negras sobre la nariz—. ¿Acaso has venido para volver a meterte en mi vida privada?

¡Pom!

—Tú no tienes vida privada, niño, y es lo que deberías tener ya.

—Serás cruel… —gruñó, ahora más dolido por el comentario que por el golpe.

—Tú y yo estamos condenados a buscar la felicidad varias veces, zoquete, a ver si te enteras de una vez —insistió ella, señalándose con el bastón, amenazante—. Eres un taimu, te guste o no. Deja de vivir en el pasado, hazle caso por una vez en tu vida a tu pobre abuela.

Denzel se quedó mirándola, sin atreverse a replicar, pero no porque el bastón seguía en alto, sino porque no quería hablar del tema. Bajó la mirada, incómodo, y la anciana se dio cuenta. ¡Pom!

—¡Ah! ¿¡Y ahora por qué me das!? —dijo, apretando los dientes, harto.

—Porque no sé de ti desde hace un mes, Denzel, ¿dónde te has metido todo ese tiempo, eh?

—Eso no es asunto tuyo, Agatha —contestó molesto—. Ahora, si no te importa, tengo que irme a…

—No me llames por mi nombre. Te he dicho que quiero que me llames “abuela”.

—Si ni siquiera eres mi abuela —replicó Denzel—. Eres mi tátara-tátara-tátara-tátara-tatarabuela.

—Ya que no te he encontrado por ahí, estaba esperando localizarte para advertirte y recordarte que dentro de un mes es mi cumpleaños.

—Oh —a Denzel se le quedó una cara de espanto—. Mierda.

—Sí —asintió Agatha—. Y ya sabes lo que eso significa. Durante tres semanas estaré alimentándome, así que solamente estarás tú disponible para cumplir los recados de Alvion.

—Mierda —repitió Denzel.

—Sí. Así que no puedes escaquearte. Te lo volveré a recordar otro día, por si acaso —concluyó Agatha con firmeza.

Denzel suspiró con desasosiego, pasándose una mano por el pelo.

—¿Cuántos cumples ya?

—Pues ya he girado alrededor del sol 767 veces, surfeando sobre este planeta. Pero ¿desde cuándo te importa?

—Bueno, ¿es que no puedo preguntar? —protestó Denzel—. Qué arisca te pones…

—Toma, anda —le interrumpió la anciana, y le tendió su teléfono móvil. Denzel lo cogió y miró a su abuela sin entender—. Hay 23 fotos recientes que le acabo de hacer a un informe muy importante de una empleada del Gobierno...

—¿Por eso se ha parado el tiempo hace un rato? —protestó de nuevo—. Podrías avisar. Estaba conversando con unos compañeros de trabajo y me he quedado como un idiota hablando delante de sus estatuas.

—Pásalas a tu teléfono, tú que puedes ver lo harás más rápido —le ignoró—. Encárgate tú de enviarles esta información a todos los Líderes de las RS, o a sus Guardianes.

—Ya, claro… —refunfuñó Denzel, enviándose las fotos del móvil de Agatha al suyo lo más rápido que pudo para quitárselo de encima cuanto antes—. Siete siglos y no te cansas de ser tan mandona…

—Y tú con cuatro siglos te cansas demasiado pronto de las cosas —replicó ella.

—Sólo de ti —replicó de vuelta—. Vete a martirizar a otro, que tengo prisa.

Dio media vuelta y se marchó calle abajo, frotándose la cabeza para intentar aliviar el dolor que aún sentía por los bastonazos. La anciana sonrió, negando con la cabeza. Sólo se sobresaltó un poco cuando notó un leve tirón en su larga trenza de su cabello blanco, y se volvió, aún con los ojos cerrados.

—Por tu culpa me muero de hambre, señora Agatha —le reprochó la voz de un niño rubio y con cara de malas pulgas—. Llegas tarde otra vez.

—Sí —afirmó la niña que había a su lado, cruzándose de brazos.

—Oh, Clover, Daisuke, perdonadme. He tenido unos contratiempos. Vamos. Para compensaros, os llevaré a comer al Happy Burger.

—¡Bien! —saltaron los dos con ojos brillantes.

—Pero a vuestro papá ni una palabra. Me matará si se entera de que he vuelto a llevaros a comer comida basura.


* * * * * *


Pasado el mediodía, en la prefectura de Chiba, vecina colindante de la prefectura de Tokio al otro lado de la bahía, comenzó a caer una fría nevada, oscureciendo la tarde.

Kyo al fin llegó hasta una zona en concreto, un barrio de modestas casas pequeñas e individuales, con racimos de cables pasando de una a otra, y flanqueadas por muros blancos que hacían de las estrechas calles entre ellas un laberinto angosto y repetitivo.

Iba con la capucha de su parka puesta, y abrazado a sí mismo, pues ni toda la ropa de abrigo que llevaba era suficiente para darle a su cuerpo el calor que necesitaba. Por eso, le costaba andar, y se le cerraban los ojos. Un iris tardaba mucho en agotarse físicamente. En otras circunstancias, podía durar corriendo otros tres días seguidos. El problema era la nieve, la lluvia y el frío, minando su energía cada vez más.

Se paró en una esquina, en una pequeña intersección de calles. No había nadie por la zona, ni siquiera pasaban coches, y sólo se oía el viento. Miró hacia arriba, tiritando, buscando algo… y encontró una cámara de vigilancia en una farola alta, que en ese momento estaba girando, y se detuvo cuando apuntó hacia él. Kyo, entonces, sacó una mano y dijo algo en lenguaje de signos, una clave que hace tiempo le enseñaron.

La cámara siguió quieta. Kyo esperó no haberse equivocado de clave, o que hubiese alguien tras la cámara. Aguardó un minuto ahí, helándose. Cuando pensó en buscar otra cámara por si esta estaba averiada, le sobresaltó la familiar voz femenina de Hoti tras él.

—“¿Quién eres?”

Kyo se dio la vuelta de golpe. No vio a nadie. Hasta que bajó la vista, y descubrió que lo que le hablaba era un robot cuadrúpedo de colores grises metálicos, con una cámara integrada.

—“Identifícate” —insistió el robot.

—Oh… —el chico se agachó a su altura y se quitó la capucha para mostrarse—. Soy Kyosuke Lao. El nieto de Kei Lian Lao. Necesito pedirle a Xaviero Massimiliano un pequeño favor.

El robot ajustó la lente de su cámara integrada, analizando su voz y sus rasgos. De repente, miró hacia el muro que tenían al lado, flexionó las patas de atrás, y saltó dos metros y medio de altura, posándose sobre el muro, por el que comenzó a caminar igual que si fuera un felino.

—“Sígueme.”

Kyo volvió a abrigarse con la capucha y obedeció. Lo condujo por varias calles. Sin embargo, tras unos minutos, cuando el robot se posó de nuevo el suelo delante de la verja de hierro de una de las casas, miró hacia atrás y descubrió que el chico se había quedado unos metros más allá. Estaba arrodillado sobre el suelo, abrazado a sí mismo y cabizbajo. El robot se acercó a él y vio que estaba con los ojos cerrados.

No muy lejos de ahí, a varios metros bajo tierra, en una base subterránea llena de máquinas y ordenadores, un hombre miraba una pantalla grande frente a él, que le mostraba la imagen de Kyo ahora, desde la cámara del robot. Era un hombre algo mayor, delgado, de cabello anaranjado y entrecano, muy corto, pero con muchos remolinos, y patillas largas. Llevaba gafas redondas, y vestía con ropa casual y cómoda.

—¿Qué le pasa? —le preguntó a Hoti.

—“Es un iris Ka. Los iris Fuego se debilitan mucho en entornos de lluvia, nieve, frío o con poco oxígeno. Kyosuke Lao aún es un nivel bajo. Debe de haber estado más tiempo del debido expuesto al frío o a un esfuerzo físico o a ambas cosas. Su iris ha colapsado. Ha entrado en letargo. Si permanece en estas mismas circunstancias de frío y nieve cinco días más, morirá.”

—Bueno, obviamente no va a estar así cinco días. ¿Recomendaciones para reanimar a un Ka? —preguntó mientras se dirigía a un ascensor de esa sala y cogía su abrigo.

—“Lo idóneo: echarlo directamente sobre una fogata. Si no es posible, colocarlo cerca de alguna fuente de calor, cuanto más fuerte, mejor: fuego en una chimenea; un estufa; radiadores. Si no es posible, ponerlo en una bañera con agua muy caliente, preferiblemente hirviendo. Si no es posible, hervir agua o cualquier líquido en una olla y echársela uniformemente por el cuerpo…”

—Ya, ya… Capto la idea.

Xaviero salió al exterior, cruzando la verja de hierro, encontrando allá en medio de la pequeña calle al muchacho arrodillado entre cúmulos de nieve. Primero lo meneó un poco de los hombros, le levantó la cabeza y lo llamó un par de veces. Tras confirmar que no respondía a ningún estímulo y notar la piel de su cara fría –mala señal en un iris Ka–, lo sujetó por debajo de los hombros y se lo llevó arrastrando por el suelo.

—Caray… sí que has crecido, chico… Los Lao sois pura masa muscular… —masculló con esfuerzo, y, tras pasar por la verja al interior de aquella modesta vivienda, esta se cerró automáticamente y el robot cuadrúpedo se marchó por otra parte para seguir vigilando la zona.









9.
La anciana Agatha

Llegó el mediodía y en el instituto ya habían acabado las clases de la mañana. El edificio fue vaciándose conforme los alumnos se iban a la cafetería a comer. Normalmente, Cleven también comía allí, pero hoy había quedado con Kaoru para comer por la calle, según habían acordado en uno de los cambios de clase.

Generalmente, acordaban sus citas durante el recreo, pero al parecer Kaoru tuvo otra de sus reuniones con el equipo de fútbol en aquel momento. Cleven pensó que su novio tenía últimamente más reuniones de esas de lo normal. La verdad es que le extrañaba mucho, y estuvo dándole vueltas durante las clases que quedaban después del recreo.

Ahí parada, en la puerta del edificio, esperando, se sintió un poco mal consigo misma, creyendo que ya estaba empezando a desconfiar. La desconfianza, gran causa del fracaso de las relaciones. Trató de no pensar más en eso.

Sus dos amigas habían ido a comer a la cafetería del instituto, por lo que ella estaba sola, y cada vez más sola, pues ya casi se había ido todo el mundo. No veía a Kaoru por ninguna parte, estaba tardando demasiado en aparecer y no respondía a los mensajes. Decidió, viendo que era la única alma en la zona, ir a buscarlo por las zonas donde solían encontrarse en sus citas. Tal vez se le había olvidado, pensó, o bien había tenido algún inconveniente.

Mientras caminaba por las calles, fue a llamarlo directamente al móvil. Sin embargo, por alguna extraña razón, su cabeza le aconsejaba que no lo llamase todavía. No sabía… era una intuición, o un presentimiento… A pesar de haberse sentido segura y cómoda con su relación con Kaoru, no había oído hablar muy bien de él en el instituto desde que empezó a salir con él.

Nunca nadie antes había hablado mal de Kaoru en años anteriores. Todo lo contrario. Durante la secundaria inferior, él había tenido fama de buen chico, buen amigo, buen estudiante… Por alguna razón, estos rumores habían empezado hace pocos meses, cuando ya estaban terminando el primer año de la secundaria superior e iniciando ahora el segundo año, y provenían de estudiantes que ya conocían a Kaoru de cursos anteriores, y decían que había cambiado, que estaba distinto, que se había vuelto un poco… no sabían explicarlo. Era como si se sintieran defraudados con el Kaoru actual.

Curiosamente, este sentimiento venía de estudiantes a los que Cleven siempre había considerado más humildes y sin malicia, mientras que los estudiantes menos amables, más prepotentes y arrogantes parecían ser ahora los amigos más cercanos de Kaoru y estar encantados con él.

Y Cleven contrastaba, claro. No era como ellos. Puede que no se llevara bien con su padre, pero al menos él le había inculcado el valor de mostrar siempre entereza, respeto y autocontrol incluso cuando tenía delante a algún o alguna idiota gritándole insultos o pretendiendo humillarla. Por eso, en lugar de perder los nervios y montar un numerito, siempre había aguantado con calma y con simple observación las veces que, por ejemplo, otras chicas la miraban mal y se acercaban con descaro a su chico delante de sus narices para flirtear con él. Y él les seguía la corriente como si todo fuera en broma.

Cleven se sentía mal al presenciar esos momentos, y Kaoru, dándose cuenta, le aseguraba que ella era única para él, que no tenía por qué sentirse celosa.

¿Celos? Se preguntó Cleven entonces. «¿Estoy molesta por los celos, o más bien por la poca consideración que muestra Kaoru delante de mí?» se preguntó. Sí, ella estaba segura de que no era por celos, sino más bien por la actitud de Kaoru. Tenía una forma de comportarse que a veces Cleven no sabía si le gustaba o no esa faceta. Era muy presumido, por ser muy popular en el instituto, por cuidar con esmero su aspecto, dándole quizás demasiada importancia, incluso porque él sabía que todo el mundo conocía su fama entre las chicas y no se cortaba un pelo en alardear de sus éxitos delante de Cleven.

Para ella, todo aquello no lo consideraba una verdadera muestra de confianza y amor. Kaoru le había dicho que ella era lo que más quería, la mejor, irremplazable. Sin embargo, sus palabras no coincidían con sus actos. No, para nada.

Y Cleven empezó a reflexionar, mientras entraba ya en el centro de Shibuya, que era verdad que se veía menos con él, que apenas sabía qué hacía cuando no estaba con ella, que de repente desaparecía y luego venía con alguna excusa. «Él me ha dicho que me quiere, que soy especial para él» se dijo, intentando convencerse a sí misma.

Cleven siempre había sido esa clase de persona que creía en las palabras de los demás, siempre pensaba que no puede existir nadie tan vil como para mentir en algo así, por lo que siguió adelante, segura, esperando encontrarse con Kaoru por allí tarde o temprano, esperándola con una sonrisa.


* * * * * *


Tarareando, la anciana Agatha aceleró un poco el paso, consciente de que se había retrasado. La gente que pasaba por su lado volvía la cabeza hacia ella con sorpresa al percatarse de que la anciana iba con los ojos cerrados, y se paraban, estupefactos, para ver cómo esta se movía por las calles como si tal cosa, esquivando los obstáculos. No obstante, iba lenta, aunque recta, con el caminar propio de una dama inglesa, apoyándose en su bastón negro.

Si tuviera reloj, podría ver que aún tenía tiempo para que los dos niños que la esperaban en el colegio no la recibiesen con quejas por su tardanza. Pero ella no necesitaba reloj. De todas formas, no podía verlo. Cuando fue a cruzar por el paso de cebra, con el semáforo rojo para los peatones, llegó a sus oídos la conversación que estaba teniendo una señora por su teléfono móvil. Era una mujer vestida con elegante falda y chaqueta de trabajo, y llevaba en una mano un maletín moderno con cierre de seguridad.

—… no hace falta que retrase la reunión, estoy de camino… Es muy importante, sí… El nuevo itinerario de vigilancia e investigación callejera que ha establecido el propio Hatori Nonomiya, por lo que será impuesto para toda la policía de cada distrito… Sí, al parecer el jefe Nonomiya quiere intensificar la actividad policial, por esos que él llama “criminales especiales”… Efectivamente, llevo ahora mismo una copia del nuevo itinerario, para presentarlo en la reunión…

Agatha puso una mueca pensativa y recelosa. Claramente, esa señora trabajaba en el Gobierno, probablemente con el ministerio que controlaba a la policía, y a la anciana no le gustó oír eso de ese “nuevo itinerario de vigilancia e investigación”.

Sabía bien que Hatori Nonomiya, jefe de la Policía de Tokio, tenía por objetivo prioritario perseguir la actividad secreta de los iris y, con suerte, cazar alguno algún día. Precisamente, “criminales especiales” era la forma que Hatori tenía de referirse a los iris cuando tenía que ocultar la propia palabra iris delante de algunos miembros del Gobierno, pues no todos conocían la existencia de los iris y era algo que Hatori debía tratar con confidencialidad, por orden del ministro de Interior, Takeshi Nonomiya, responsable de todos los cuerpos de seguridad y militares del país, quien además era su padre.

Agatha pensó que sería realmente necesario hacerse con ese itinerario para así dárselo a conocer a los iris de Tokio y pudieran aumentar la precaución para no ser descubiertos por los agentes de Hatori cuando estuvieran haciendo alguna actividad iris. Aunque no podía ver, ella sabía de sobra que estas personas del Gobierno siempre utilizaban carteras o maletines con cierre de seguridad.

Así que, sin más dilación, la anciana chocó contra la señora lo más brusca que pudo. Esta se sobresaltó y estuvo a punto de caer al suelo, pero al final lo que se le cayó fueron el móvil y el maletín.

—Oh, ¡cuánto lo siento! —exclamó Agatha, exageradamente avergonzada y apurada, llevándose unas manos temblorosas a la cara—. Oh, Dios mío, ¡perdóneme!

La señora trajeada, todavía aturdida por el impacto, recuperó la compostura con mucho enfado al descubrir su teléfono y su maletín en el suelo. Al móvil no le había pasado nada, pero lo que le preocupaba era el maletín. A veces, a causa de un golpe fuerte, los cierres de seguridad podían quedarse atascados, y si ocurriera este caso, la señora tendría que irse de inmediato a una cerrajería a arreglarlo, porque no podía presentarse en la reunión con un maletín que contenía la información más importante y que no se podía abrir.

Justo cuando fue a gritarle furiosa a Agatha, la señora se dio cuenta de la discapacidad de la anciana y se quedó algo cohibida.

—Ah… No… No es culpa suya, no se preocupe.

—Sí es culpa mía, señora mía —volvió a excusarse Agatha, haciendo que le temblaba la voz e inclinándose ante ella varias veces como muestra de perdón—. Debo ir con más cuidado, no sé a dónde iré a parar un día de estos. Perdone a esta pobre, ciega y miserable anciana, señora mía.

—Le digo que no pasa nada —replicó, empezando a impacientarse.

La mujer trajeada, entonces, se agachó para recuperar su móvil y, sobre todo, comprobar el estado del maletín. Para eso, tuvo que ver si podía abrirlo, justo como Agatha pretendía. Se puso a girar las tres pequeñas ruedas enumeradas para poner el código numérico correcto, y cuando la anciana oyó el sonido del cierre abriéndose, sonrió astuta… y movió una mano.

De pronto, todo se quedó quieto. Todo. Los coches parados en la carretera, toda la gente de las calles como estatuas, los pájaros estáticos en el aire, y hasta el propio aire. El silencio en todo el mundo fue absoluto, pero sólo iba a ser por unos segundos, segundos que Agatha aprovechó para agacharse junto al maletín abierto, palpar su contenido hasta dar con la única carpeta con hojas que había, sacar su teléfono móvil y fotografiar rápidamente todas esas hojas, intuyendo la posición y el enfoque.

Cuando terminó, lo dejó todo tal y como estaba y volvió a su sitio de antes, recuperando la postura corporal que tenía y la cara de pena y disgusto. Dio una palmada, y el tiempo congelado volvió a su movimiento normal.

La señora del traje, aliviada de ver que todo estaba bien con su maletín, volvió a cerrarlo con un suspiro impaciente y cruzó la carretera cuando el semáforo ya se puso en verde, sin mediar más palabra con la anciana, la cual volvió a sonreír con malicia, pensando en lo fácil que siempre era.

Siguió su camino. Antes de llegar a la puerta del colegio, tenía que pasar por la del instituto, que estaba al lado, y mientras se acercaba, oyó una voz familiar. Se detuvo a pocos metros de la puerta del instituto y se apoyó contra el tronco de uno de los árboles de la acera, serena, escuchando con atención.

—¿Qué tienes en contra mía? —decía una joven mujer con voz chillona, portando una carpeta entre los brazos, y a juzgar por cómo vestía debía de ser una profesora del instituto—. Te lo pongo todo en bandeja y no haces más que evitarme.

—No tengo nada en contra suya, señorita Nozawa —se excusaba el joven que tenía delante—. Es solo que no tengo tiempo pa…

—Sólo te pido que comamos juntos —interrumpió, como solía hacer—. ¿Es que no te gusto?

—No es eso.

—Es porque soy mayor que tú, ¿verdad?

—No, no —casi se le escapó una risa—. Eso no me importa, es que… De verdad, no estoy interesado.

—¡Ogh! —exclamó indignada—. Ya sabía yo que no debí haberme fijado en un crío de 26 años como tú, soy mucha mujer para ti.

El hombre se quedó con la palabra en la boca, medio sonriendo.

—¡Sí! —saltó—. Es eso, no tengo lo que hay que tener para salir contigo.

—Ya lo intuía. —Sacudió la melena castaña con elegancia—. Tú te lo pierdes. Adiós.

Y con un giro propio de una modelo en una pasarela, se fue calle arriba, con la cabeza bien alta y desprendiendo orgullo por todas partes.

El hombre joven la vio marcharse y por fin pudo relajarse, soltando un largo suspiro de alivio. A esa profesora, de Informática, la conocía desde que empezó a trabajar en el instituto, o sea, hace unas dos semanas. Y desde entonces no había podido quitársela de encima, pues cada dos por tres esta lo arrinconaba en los solitarios pasillos y se le insinuaba con indirectas muy directas, sin cortase un pelo en arrimarse a él y tocarle suavemente el torso, además de ponerle morritos. Y el pobre no era capaz de hacerle entender que le dejara en paz, por lo que la mujer tuvo tiempo para hacerse ilusiones, con lo presumida y creída que era, y con el carácter que tenía… le daba hasta miedo.

—Vaya una pesada —murmuró el hombre, sintiéndose liberado.

¡Pom!

—¡Ah! —exclamó al notar un insoportable dolor en la cabeza y se volvió como el rayo, aturdido, y entonces vio ahí a la anciana Agatha, con su bastón en alto y desafiante—. ¡Pero...!

¡Pom! Otra vez, la anciana le dio con el bastón, y el joven se cubrió la cabeza, temeroso.

—¿Cómo se te ocurre romperle el corazón así a una mujer? —le reprochó la anciana—. Desgraciado, más que desgraciado, que no tienes corazón.

—¿Nos has espiado? —preguntó perplejo, sin atreverse a descubrirse la cabeza—. ¿¡Qué corazón ni qué bollocks!? Esa no tiene corazón, ¡lo que tiene es un ego más grande que mi…!

¡Pom!

—No me repliques, niño.

—¡Vale, para, basta de golpearme, que me dejas sin neuronas! —exclamó, conteniendo las lágrimas por el dolor, dando un paso atrás.

—¡Neuronas es lo que te hace falta, Denzel! You, bloody fool! Mira que desaprovechar esa oportunidad… —le regañó la anciana—. ¿A cuántas mujeres más vas a rechazar? Estoy empezando a pensar que sigues llevando la alianza en tu dedo para espantarlas.

—Para espantarlas nada mejor que tú, maltrata-nietos —le espetó con rabia, asegurándose de que tenía bien sujetas sus extrañas gafas negras sobre la nariz—. ¿Acaso has venido para volver a meterte en mi vida privada?

¡Pom!

—Tú no tienes vida privada, niño, y es lo que deberías tener ya.

—Serás cruel… —gruñó, ahora más dolido por el comentario que por el golpe.

—Tú y yo estamos condenados a buscar la felicidad varias veces, zoquete, a ver si te enteras de una vez —insistió ella, señalándose con el bastón, amenazante—. Eres un taimu, te guste o no. Deja de vivir en el pasado, hazle caso por una vez en tu vida a tu pobre abuela.

Denzel se quedó mirándola, sin atreverse a replicar, pero no porque el bastón seguía en alto, sino porque no quería hablar del tema. Bajó la mirada, incómodo, y la anciana se dio cuenta. ¡Pom!

—¡Ah! ¿¡Y ahora por qué me das!? —dijo, apretando los dientes, harto.

—Porque no sé de ti desde hace un mes, Denzel, ¿dónde te has metido todo ese tiempo, eh?

—Eso no es asunto tuyo, Agatha —contestó molesto—. Ahora, si no te importa, tengo que irme a…

—No me llames por mi nombre. Te he dicho que quiero que me llames “abuela”.

—Si ni siquiera eres mi abuela —replicó Denzel—. Eres mi tátara-tátara-tátara-tátara-tatarabuela.

—Ya que no te he encontrado por ahí, estaba esperando localizarte para advertirte y recordarte que dentro de un mes es mi cumpleaños.

—Oh —a Denzel se le quedó una cara de espanto—. Mierda.

—Sí —asintió Agatha—. Y ya sabes lo que eso significa. Durante tres semanas estaré alimentándome, así que solamente estarás tú disponible para cumplir los recados de Alvion.

—Mierda —repitió Denzel.

—Sí. Así que no puedes escaquearte. Te lo volveré a recordar otro día, por si acaso —concluyó Agatha con firmeza.

Denzel suspiró con desasosiego, pasándose una mano por el pelo.

—¿Cuántos cumples ya?

—Pues ya he girado alrededor del sol 767 veces, surfeando sobre este planeta. Pero ¿desde cuándo te importa?

—Bueno, ¿es que no puedo preguntar? —protestó Denzel—. Qué arisca te pones…

—Toma, anda —le interrumpió la anciana, y le tendió su teléfono móvil. Denzel lo cogió y miró a su abuela sin entender—. Hay 23 fotos recientes que le acabo de hacer a un informe muy importante de una empleada del Gobierno...

—¿Por eso se ha parado el tiempo hace un rato? —protestó de nuevo—. Podrías avisar. Estaba conversando con unos compañeros de trabajo y me he quedado como un idiota hablando delante de sus estatuas.

—Pásalas a tu teléfono, tú que puedes ver lo harás más rápido —le ignoró—. Encárgate tú de enviarles esta información a todos los Líderes de las RS, o a sus Guardianes.

—Ya, claro… —refunfuñó Denzel, enviándose las fotos del móvil de Agatha al suyo lo más rápido que pudo para quitárselo de encima cuanto antes—. Siete siglos y no te cansas de ser tan mandona…

—Y tú con cuatro siglos te cansas demasiado pronto de las cosas —replicó ella.

—Sólo de ti —replicó de vuelta—. Vete a martirizar a otro, que tengo prisa.

Dio media vuelta y se marchó calle abajo, frotándose la cabeza para intentar aliviar el dolor que aún sentía por los bastonazos. La anciana sonrió, negando con la cabeza. Sólo se sobresaltó un poco cuando notó un leve tirón en su larga trenza de su cabello blanco, y se volvió, aún con los ojos cerrados.

—Por tu culpa me muero de hambre, señora Agatha —le reprochó la voz de un niño rubio y con cara de malas pulgas—. Llegas tarde otra vez.

—Sí —afirmó la niña que había a su lado, cruzándose de brazos.

—Oh, Clover, Daisuke, perdonadme. He tenido unos contratiempos. Vamos. Para compensaros, os llevaré a comer al Happy Burger.

—¡Bien! —saltaron los dos con ojos brillantes.

—Pero a vuestro papá ni una palabra. Me matará si se entera de que he vuelto a llevaros a comer comida basura.


* * * * * *


Pasado el mediodía, en la prefectura de Chiba, vecina colindante de la prefectura de Tokio al otro lado de la bahía, comenzó a caer una fría nevada, oscureciendo la tarde.

Kyo al fin llegó hasta una zona en concreto, un barrio de modestas casas pequeñas e individuales, con racimos de cables pasando de una a otra, y flanqueadas por muros blancos que hacían de las estrechas calles entre ellas un laberinto angosto y repetitivo.

Iba con la capucha de su parka puesta, y abrazado a sí mismo, pues ni toda la ropa de abrigo que llevaba era suficiente para darle a su cuerpo el calor que necesitaba. Por eso, le costaba andar, y se le cerraban los ojos. Un iris tardaba mucho en agotarse físicamente. En otras circunstancias, podía durar corriendo otros tres días seguidos. El problema era la nieve, la lluvia y el frío, minando su energía cada vez más.

Se paró en una esquina, en una pequeña intersección de calles. No había nadie por la zona, ni siquiera pasaban coches, y sólo se oía el viento. Miró hacia arriba, tiritando, buscando algo… y encontró una cámara de vigilancia en una farola alta, que en ese momento estaba girando, y se detuvo cuando apuntó hacia él. Kyo, entonces, sacó una mano y dijo algo en lenguaje de signos, una clave que hace tiempo le enseñaron.

La cámara siguió quieta. Kyo esperó no haberse equivocado de clave, o que hubiese alguien tras la cámara. Aguardó un minuto ahí, helándose. Cuando pensó en buscar otra cámara por si esta estaba averiada, le sobresaltó la familiar voz femenina de Hoti tras él.

—“¿Quién eres?”

Kyo se dio la vuelta de golpe. No vio a nadie. Hasta que bajó la vista, y descubrió que lo que le hablaba era un robot cuadrúpedo de colores grises metálicos, con una cámara integrada.

—“Identifícate” —insistió el robot.

—Oh… —el chico se agachó a su altura y se quitó la capucha para mostrarse—. Soy Kyosuke Lao. El nieto de Kei Lian Lao. Necesito pedirle a Xaviero Massimiliano un pequeño favor.

El robot ajustó la lente de su cámara integrada, analizando su voz y sus rasgos. De repente, miró hacia el muro que tenían al lado, flexionó las patas de atrás, y saltó dos metros y medio de altura, posándose sobre el muro, por el que comenzó a caminar igual que si fuera un felino.

—“Sígueme.”

Kyo volvió a abrigarse con la capucha y obedeció. Lo condujo por varias calles. Sin embargo, tras unos minutos, cuando el robot se posó de nuevo el suelo delante de la verja de hierro de una de las casas, miró hacia atrás y descubrió que el chico se había quedado unos metros más allá. Estaba arrodillado sobre el suelo, abrazado a sí mismo y cabizbajo. El robot se acercó a él y vio que estaba con los ojos cerrados.

No muy lejos de ahí, a varios metros bajo tierra, en una base subterránea llena de máquinas y ordenadores, un hombre miraba una pantalla grande frente a él, que le mostraba la imagen de Kyo ahora, desde la cámara del robot. Era un hombre algo mayor, delgado, de cabello anaranjado y entrecano, muy corto, pero con muchos remolinos, y patillas largas. Llevaba gafas redondas, y vestía con ropa casual y cómoda.

—¿Qué le pasa? —le preguntó a Hoti.

—“Es un iris Ka. Los iris Fuego se debilitan mucho en entornos de lluvia, nieve, frío o con poco oxígeno. Kyosuke Lao aún es un nivel bajo. Debe de haber estado más tiempo del debido expuesto al frío o a un esfuerzo físico o a ambas cosas. Su iris ha colapsado. Ha entrado en letargo. Si permanece en estas mismas circunstancias de frío y nieve cinco días más, morirá.”

—Bueno, obviamente no va a estar así cinco días. ¿Recomendaciones para reanimar a un Ka? —preguntó mientras se dirigía a un ascensor de esa sala y cogía su abrigo.

—“Lo idóneo: echarlo directamente sobre una fogata. Si no es posible, colocarlo cerca de alguna fuente de calor, cuanto más fuerte, mejor: fuego en una chimenea; un estufa; radiadores. Si no es posible, ponerlo en una bañera con agua muy caliente, preferiblemente hirviendo. Si no es posible, hervir agua o cualquier líquido en una olla y echársela uniformemente por el cuerpo…”

—Ya, ya… Capto la idea.

Xaviero salió al exterior, cruzando la verja de hierro, encontrando allá en medio de la pequeña calle al muchacho arrodillado entre cúmulos de nieve. Primero lo meneó un poco de los hombros, le levantó la cabeza y lo llamó un par de veces. Tras confirmar que no respondía a ningún estímulo y notar la piel de su cara fría –mala señal en un iris Ka–, lo sujetó por debajo de los hombros y se lo llevó arrastrando por el suelo.

—Caray… sí que has crecido, chico… Los Lao sois pura masa muscular… —masculló con esfuerzo, y, tras pasar por la verja al interior de aquella modesta vivienda, esta se cerró automáticamente y el robot cuadrúpedo se marchó por otra parte para seguir vigilando la zona.





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