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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __









8.
El Guardián

Poco antes del mediodía, Hana se encontraba en su despacho de la empresa de Hoteitsuba, una estancia amplia y luminosa, decorada con muebles modernos y paredes blancas con llamativos carteles de publicidad artísticos o pinturas. Sentada frente a su ordenador, trabajaba en unos artículos publicitarios, al mismo tiempo frente al ventanal que ocupaba una pared entera con sus cristaleras, dejando ver los altos edificios de enfrente y el cielo, ya que a ella le gustaba trabajar de cara a ese paisaje. La estancia estaba completamente en silencio, sólo se oía el ruido de la gente de la empresa que pasaba por los pasillos realizando sus quehaceres.

Pese a estar tecleando sin parar, segura de sus palabras y con la mirada fija en la pantalla, usando sus gafas para ver de cerca, se sentía más distraída de lo normal. Había algo que rondaba por su cabeza y que la inquietaba.

Era una mujer de 35 años, no muy alta ni tampoco especialmente atractiva, pero era tenaz y fuerte, dueña de sí misma. Aunque no siempre había sido así. Hana había hecho un cambio radical en sí misma y en su vida desde que conoció a Neuval hace tres años. Antes de eso, su mayor deseo en la vida era conseguir el siguiente chute de heroína, o saltar a las vías del tren... hasta que alguien que la entendía perfectamente la atrapó a tiempo. Su pelo castaño estaba recogido en un elegante peinado moderno, y tenía los ojos del mismo color del café. No llevaba pendientes en las orejas, pero sí que tenía numerosos agujeros en ellas, de un tiempo pasado. Además, tenía una pequeña cicatriz en la frente, ya antigua y casi invisible, de una de las muchas peleas con navajas que tuvo de adolescente. Eso ya era agua pasada. Ahora, era una mujer trabajadora, responsable y feliz.

Suspiró. Acababa de terminar un artículo, y ahora debía empezar otro. Sin más, sin tomarse descanso alguno, se movió a un lado con su silla hacia el extremo de la mesa, donde reposaban dos contundentes montones de informes que sus compañeros le había dejado ahí.

El primero contenía los informes que trataban de la producción de hace tiempo y de la que se seguía haciendo publicidad; los del segundo, trataban en su mayoría de prototipos sobre nuevos aparatos tecnológicos que iban a ponerse en venta en unos meses. Estos eran los que más supervisaba Neuval antes de ser entregados a Hana para sus artículos. Ella no comprendía muy bien por qué él tenía tanto afán en supervisar este tipo de informes, pero no era asunto suyo, por lo que fue a coger uno del primer montón para continuar.

Sin embargo, cuando fue a coger la carpeta que tenía a la vista, se fijó en algo que la dejó algo intrigada. Todas las capetas eran de color rojo, pero había una, en el segundo montón de los prototipos, negra. Nunca había visto una negra, así que la cogió para ver de qué se trataba, pensando que a lo mejor uno de sus compañeros se había confundido.

La abrió y, con cara de sorpresa, no vio el nombre del autor de aquel informe. Buscó entre las hojas, pero no estaba escrito por ninguna parte. Curiosa, echó un vistazo al tema. En cada hoja siempre había algún dibujo esquematizado o algún que otro croquis sobre lo que parecían ser diversos y pequeños aparatitos, realmente extraños. Era una especie de chip, pero no supo adivinar de qué, pues las explicaciones de los dibujos estaban escritas en kanji, solo que se leían de otra forma.

«Debe de estar escrito en chino, entonces» adivinó. Pensó que debía de haber algún error, aunque aquello le intrigaba considerablemente. Siguió ojeando, las descripciones de dichos chips o lo que fuese eran inmensas, por lo que decidió fijarse en los dibujos técnicos, frunciendo el ceño. «¿Sabrá Neuval algo acerca de esto? Tal vez debería ir a preguntarle».

Estaba tan sumergida en aquello que no se percató de que alguien había entrado por la puerta, de espaldas a ella, y se acercaba con sigilo como un felino procurando no ser oído.

—¡Hanaaa! —gritó una voz rugiente.

Cuando Hana se dio la vuelta y vio a ese viejo loco a cinco centímetros de su cara con pose de tigre, chilló de tal manera que retumbó el despacho, pegando tal brinco en la silla que la carpeta negra salió volando hasta caer en un rincón de la sala, y dándole a la mesa tal patada que el ordenador amenazó con volcarse.

Pálida, con una mano en el pecho y recuperando el aliento, le clavó una mirada asesina al viejo, el cual se había quedado petrificado del miedo ante semejante grito de ella.

—¡Serás idiota, infantil, cretino…! —estalló Hana con enfado, agitando los puños—. ¡Estás completamente loco, Kei Lian Lao! ¿¡Cómo se te ocurre asustarme de esa manera!? ¡Te he dicho mil veces que llames a la puerta! ¡Siempre me haces rabiar, para ya!

—Perdón… —murmuró el viejo Lao, agazapado en un rincón del despacho como un pobre perro callejero, mirando con profundo miedo a esa mujer.

—¿¡Qué haces!? ¡Levanta de ahí! ¡No te hagas la víctima ahora, casi me da un infarto! —decía mientras se giraba hacia su mesa para reordenar los papeles—. ¡Maldita sea, ya eres mayorcito, pareces un niño de ocho años! ¿¡Es que...!?

Se calló porque de repente el viejo Lao apareció justo a su lado, mirándola muy de cerca con esos ojos negros, sonriendo tranquilo.

—¿Un niño de ocho años? —repitió Lao—. Querida, ojalá hubiese nacido en el país de Nunca Jamás.

La mujer suspiró con cansancio, intentando calmarse, y volvió a recomponerse sobre su silla, pasando de él. Lao podía ser un poco extravagante a veces. Al menos, delante de la gente de confianza y la familia, porque cuando estaba ante personajes importantes de trabajo, se transformaba en un hombre muy serio y sofisticado. Hana, que había observado ambas facetas de él, no podía negar que el viejo tenía una habilidad increíble para cambiar en un instante su comportamiento y su cara, como si lo llevase entrenando años.

Tampoco entendía cómo alguien de su edad podía tener tanta energía. Él tenía 67 años y a Hana le parecía que tenía muchos menos, tanto por su aspecto como por su actitud. Aunque no era un secreto que, por obvias razones a simple vista, era un hombre que claramente se había pasado la vida ejercitándose. Ni llevando traje pasaba desapercibido el tamaño de sus músculos y su altura.

Lao era demasiado extraño para ella, sobre todo cuando la hacía rabiar. Ella sabía que lo hacía con cariño. Era como lidiar con un suegro bromista, así que no le quedaba más remedio que tenerle paciencia. Además, conocía la historia que había entre él y Neuval. Por eso, en el fondo, Hana admiraba a Lao.

El viejo dejó un par de carpetas rojas, una en cada tipo de montón, a su lado, en la mesa.

—Estos pueden esperar, déjalos para el mes que viene —le sonrió Lao simpáticamente—. Son del Departamento de Cooperación Industrial.

—Vale, ahora déjame trabajar —replicó, aún molesta por el susto.

—Que tengas un buen díaaa… —le dijo Lao con voz cantarina, y desapareció del despacho tras cerrar la puerta.

Hana volvió a suspirar, y se recostó sobre el respaldo de la silla, haciendo una pausa para recuperar la armonía. Se quedó pensando, por alguna razón, en el comentario de Lao sobre el país de Nunca Jamás. Siempre decía cosas por el estilo cuando le mencionaba lo de que era un crío o que ya tenía edad para comportarse. Nunca le había preguntado, pero ya había intuido que a Lao le horrorizaba la idea de envejecer, y pensó entonces que por eso se comportaba de esa manera. Todo el mundo envejece, es lo más normal del mundo, pensaba Hana.

De pronto se acordó de la carpeta negra. Es verdad, la estaba investigando. Cayó entonces en la cuenta. «Vaya, debería haber aprovechado para preguntarle a Lao qué era eso» pensó. Lao era chino, pese a haber vivido en Tokio gran parte de su vida. Había nacido y se había criado en Hong Kong, y sabía hablar varios idiomas. Por eso debería haberle preguntado sobre aquel informe. También podría preguntarle a Neuval, pues él también hablaba muchos idiomas. Para ser exactos, Neuval hablaba unos 18 idiomas. Pero se podría decir que el francés y el chino eran sus lenguas maternas.

Hana se levantó de la silla de un salto y recorrió con la mirada todo el despacho, buscando la carpeta, sin recordar a dónde había ido a parar cuando salió volando de sus manos en el momento del susto. Buscó y rebuscó, pero no estaba en ninguna parte.

Se quedó quieta un momento.

—Lao… —murmuró, entornando los ojos con gran escama—. ¡La ha cogido él!


* * * * * *


—¿Cómo habrás ido a parar al despacho de Hana? —se preguntó Lao, recorriendo los pasillos de la planta general, cruzándose de vez en cuando con algún compañero, pero su atención estaba centrada en la carpeta negra de sus manos.

Mientras caminaba, la abrió para revisar su interior y se sintió aliviado de comprobar que no faltaba nada.

—Ah, te estaba buscando.

Lao reprimió un grito de sorpresa, parándose de golpe. Neuval estaba justo delante de él, con su aire sereno de siempre. Casi automáticamente, Lao escondió la carpeta negra a sus espaldas en un segundo, sonriéndole a su jefe como si fuera el ser más inocente del mundo.

—Me halaga saber que alguien reclama mi grata persona —dijo, pretendiendo no parecer nervioso.

—¿Qué me estás escondiendo ahí? —preguntó Neuval, inclinándose un poco e intentando ver tras su espalda, pero Lao se giró para evitarlo.

—Vale, me has pillado —resopló con cara de culpabilidad—. Es una revista picante. Por favor, no me hagas enseñártela.

Neuval se lo quedó mirando con una mueca desencajada por un momento, estupefacto por la respuesta y extrañado por la actitud evasiva del viejo. Sabía de sobra que era una mentira como una casa, ya conocía a Lao, por lo que sacudió la cabeza para volver a la realidad y lo miró con detenimiento.

—En serio, Lao, ¿qué tienes ahí? —volvió a preguntar—. Sabes que a mí no puedes ocultarme nada, y si es algo ilegal, debería saberlo antes de volver a tener aquí a la maldita policía husmeando en mis laboratorios porque vas perdiendo por ahí cosas que no deberían ver.

—Oh, por favor, jefe —rio, negando con la cabeza, mientras intentaba huir por el pasillo con cuidado de que su espalda no estuviese al alcance de los ojos de Neuval, disimulando descaradamente—. Oh, cómo me ofende esta desconfianza…

Neuval no despegaba de él una mirada suspicaz y a la vez aburrida de semejante mal disimulo.

—¿Pero cómo puedes desconfiar de mí? —seguía lamentando el viejo—. Del hombre que te crio cuando no eras más que un niño de 10 años… Oh, ¡qué desilusión! Mi propio hijo cuestionando mi honor… ¿Acaso no me conoces?

—Sí, y por eso desconfío y te pregunto qué me escondes —replicó Neuval, cruzándose de brazos, sin inmutarse de que Lao se estaba escapando poco a poco—. Y por favor, baja la voz, no quiero que la gente se entere de que fui criado por ti. Arruinaría mi imagen.

—¡Ahh, qué cruel! —exclamó Lao completamente ofendido, sin darse cuenta de que había sacado las manos de detrás de la espalda.

—¡Ajá! —saltó Neuval, señalando lo que sostenía en una de ellas.

Lao giró la cabeza de manera que casi se parte el cuello y descubrió que sin querer había sacado a la luz el pastel. Miró por un momento a Neuval, con un nudo en la garganta, y enseguida esbozó una gran sonrisa.

Bye. —El viejo echó a correr por el pasillo a toda pastilla.

—¡Kei Lian! —exclamó Neuval, contrariado, pero ya lo había perdido de vista.

Hizo ademán de ir tras él, pero alguien lo llamó por detrás. Era uno de sus empleados.

—Disculpe, señor Vernoux, pero la reunión con la empresa de Shanghái está a punto de empezar —le recordó; vio que su jefe seguía mirando a la lejanía, sin saber qué hacer—. ¿Señor?

Neuval suspiró con paciencia y se fue con el empleado hacia la sala donde se celebraba dicha reunión con pocas ganas.


* * * * * *


Lao entró en su despacho y cerró bien la puerta. Él también debía participar en aquella reunión, pero le importaba un comino. Siempre se escaqueaba.

Se acercó a uno de los paneles modernos que conformaban una de las paredes, que parecían simples losas de piedra lisa y gris. Se puso frente a una de ellas, respiró hondo, y echó el aire con un largo soplido suave y continuo, saliendo de su boca una llamarada de fuego azul. Cuando la losa se calentó lo suficiente, se desprendió un par de centímetros de la pared. Lao la enganchó con la punta de los dedos por una esquina y la abrió como si fuera una portilla.

Tras la portilla se ocultaba una caja fuerte no muy grande y, después de darle unos giros a la rueda y pulsar un código, la abrió. Dentro no había gran cosa. Sólo algo de dinero, algunos papeles y dos espectaculares pistolas diseñadas y construidas por él mismo. Guardó la carpeta negra ahí dentro y volvió a cerrarlo todo.

Enseguida se fue a sentar a su mesa. Sobre ella, aparte de haber montones de papeles desordenados, informes por acabar, tres ordenadores de última tecnología y un par de tazas de chocolate vacías, había tres marcos de fotos. En una de las fotos había tres jóvenes, sus nietos: una chica mayor, de rasgos delicados y bellos abrazando a dos chicos más pequeños que ella, gemelos, solo que uno sonreía y el otro se mostraba serio.

En otra foto, aparecía solamente una mujer que, actualmente, tenía la misma edad que él, pero esa foto fue tomada hace ya años, cuando ella aún tenía el cabello negro, largo y liso. Para los demás, era simplemente la foto de su exmujer; para él, era la foto de la mujer que nunca había dejado de amar.

Finalmente se fijó en la tercera foto. En ella había un hombre joven, moreno, tan alto y fortachón como él, sentado sobre la barandilla del porche de una casa y mirando hacia otro lugar, con una expresión llena de paz…

Al viejo Lao se le encogió el corazón. Era la foto que más le dolía mirar, pero que no quería dejar de mirar nunca. No quería dejar de verlo y de recordarlo. Ver la foto de su exmujer dolía, pero a ella la había perdido mediante el divorcio. No se podía comparar con ver la foto de su único hijo biológico, al que perdió hace diez años mediante la muerte más injusta.

Decidió hacer lo que en verdad había venido a hacer a su despacho, encerrado y solo. Carraspeó.

—Hoti, llama al rubio otra vez.

—“Voy” —contestó la voz femenina de Hoti, sabiendo de quién hablaba, pues Lao ya había intentado llamarlo otras dos veces esa mañana.

Tras unos eternos pitidos, por fin oyó una voz al otro lado.

—“¿Mmgh…?”

Lao frunció el ceño y se quedó en silencio unos momentos, algo sorprendido.

—¿Ese es un “mmgh” de “estoy en la cuarta hora de clase de la universidad muerto ya del asco” o un “mmgh” de “me acabas despertar y tengo las arrugas de la almohada en la cara”? —dijo con tono de reproche.

—“¿Lao?” —preguntó con somnolencia—. “Mierda… me habías llamado dos veces antes… Perdona…”

—¿Te encuentras bien? —frunció el ceño—. Algo grave debe de pasarte si te estás tomando una mañana para dormir en lugar de ir a la universidad.

—“No, estoy bien… Sólo necesitaba unas horas extra de sueño. ¿Qué ocurre?”

Lao dudó un poco. Lo oyó emitir algunos suspiros de agotamiento, seguramente mientras se terminaba de despejar y de sentar sobre la cama. Sabía que no eran unas simples horas de sueño lo que necesitaba. Ese chico tenía una vida muy dura, cargaba con una responsabilidad muy importante, y Lao no podía no sentir lástima y empatía por él, tal como demostró anoche, defendiéndolo ante Neuval.

—“Lao” —se impacientó el chico, sabiendo lo que era ese silencio del viejo—. “Deja de tenerme lástima y dime qué necesitas. Estoy perfectamente.”

—Tan gruñón como tu padre, ay… —suspiró el viejo con nostalgia al recordar a su difunto mejor amigo—. De acuerdo, Guardián, esta es la situación. Se trata de Kyo. Está desaparecido desde ayer y con el móvil totalmente desconectado. Esperaba que tú supieras algo más, pero…

—“¿Desaparecido?” —se sorprendió—. “Dime todo lo que sepas.”

Lao le contó toda la conversación que había tenido con Neuval la noche anterior, sacando todo tipo de conclusiones. Después, tras un largo silencio cavilando, el chico habló por fin.

—“La MRS” —comentó de repente.

—¿Cómo dices? —saltó Lao.

—“Kyo me comentó hace unos días que había visto a algunos miembros de la MRS por la zona del instituto, varias veces, y que le daba la sensación de que lo vigilaban a él desde la lejanía. Me dijo que no estaba totalmente seguro y que no le diera importancia, que ya se encargaría él, pero…”

—Estupendo, así que es esa panda de idiotas —masculló—. ¿Qué buscan? ¿Qué quieren robarnos?

—“Bueno, he estado oyendo rumores de otras RS… Dicen que la MRS andaba últimamente espiando mucho. La Líder de la AoRS le comentó hace poco a su Guardián y su Guardián me comentó a mí que parecían estar intentando averiguar dónde tienen su pergamino. Pero al parecer perdieron interés un tiempo. Y ahora…”

—Y ahora tienen interés en el nuestro —comprendió Lao al fin, y se frotó los ojos con cansancio y fastidio—. Por eso van detrás de Kyo.

—“Es la razón más probable por ahora. Lo que no me explico es cómo han averiguado que nuestro pergamino ya estaba en manos de nuestro novato. Lo pusimos a cargo de Kyo como su primera tarea de responsabilidad, como hemos hecho todos en nuestro primer mes de servicio, y se supone que sólo consiste en salvaguardarlo…”

—Y en apenas sus primeros días Kyo de repente se ve obligado a proteger el pergamino de toda una RS rival —suspiró Lao.

—“Ayer fue cuando Sam le dio el pergamino en el instituto. Kyo tenía que llevarlo hasta su casa, donde, por norma, ya no puede intervenir ninguna RS y donde quedaría protegido. Pero probablemente la MRS lo interceptó en mitad de su regreso a casa, impidiéndole llegar y obligándolo a irse a otra parte. Eso explicaría también por qué ha desconectado por completo su móvil, para que no lo localice el iris Hosha de la MRS.”

—Maldita sea… —masculló, apoyando la cabeza en una mano, abatido—. Ahora lo que hay que saber es dónde está Kyo y si sigue custodiando el pergamino. Y si la MRS sigue en su busca o ya lo han atrapado. ¿En qué están pensando? Esto de las peleas por los recursos entre RS rivales siempre me parecieron de lo más infantil, pero, ¿enfrentarse a nosotros? ¿¡Nosotros!? ¿Han olvidado acaso con qué iris están jugando?

—“Dejamos de ser una RS respetable hace años, Lao.”

El viejo se quedó callado ante esa cruda verdad. Por un momento, miró hacia el techo, hacia donde estaría el despacho de Neuval en la planta superior. Después suspiró con desgana.

—¿Cómo es que ya acechaban a Kyo días antes de ayer, antes de que se le diera el pergamino?

—“De algún modo han descubierto quién de nosotros lo iba a tener apenas una semana después de hacer la rotación.”

—¿Un espía? —supuso Lao.

—“Puede” —afirmó el rubio—. “Déjalo en mis manos y en las de los demás.”

—Bien.

—“Oye, y…” —dijo el rubio antes de que colgara—. “Lo siento. Por no haber previsto este ataque y no haber comprobado si Kyo llegó a casa ayer.”

—Tranquilo, chico. Ha pasado menos de un día, y ya tienes bastantes cosas encima —dijo con media sonrisa—. Yo estoy más aliviado al saber que es un problema entre RS y no otra cosa más grave. Lo único que me importa es que esa panda de idiotas no se propase con Kyo y salga lo menos ileso posible de este entuerto. Mantenme informando.

—“Bien” —asintió, y seguidamente colgó.

Lao, ahora, lo único que tenía que hacer era esperar nuevas noticias, nada más. Él no tenía tanta libertad como para ocuparse del caso. El Gobierno, concretamente, el grupo privado que conocía la existencia de los iris y se dedicaba hace años a intentar cazarlos, lo tenía desde hace tiempo en una lista de sospechosos y necesitaba mantener un perfil bajo hasta que las cosas se calmasen.









8.
El Guardián

Poco antes del mediodía, Hana se encontraba en su despacho de la empresa de Hoteitsuba, una estancia amplia y luminosa, decorada con muebles modernos y paredes blancas con llamativos carteles de publicidad artísticos o pinturas. Sentada frente a su ordenador, trabajaba en unos artículos publicitarios, al mismo tiempo frente al ventanal que ocupaba una pared entera con sus cristaleras, dejando ver los altos edificios de enfrente y el cielo, ya que a ella le gustaba trabajar de cara a ese paisaje. La estancia estaba completamente en silencio, sólo se oía el ruido de la gente de la empresa que pasaba por los pasillos realizando sus quehaceres.

Pese a estar tecleando sin parar, segura de sus palabras y con la mirada fija en la pantalla, usando sus gafas para ver de cerca, se sentía más distraída de lo normal. Había algo que rondaba por su cabeza y que la inquietaba.

Era una mujer de 35 años, no muy alta ni tampoco especialmente atractiva, pero era tenaz y fuerte, dueña de sí misma. Aunque no siempre había sido así. Hana había hecho un cambio radical en sí misma y en su vida desde que conoció a Neuval hace tres años. Antes de eso, su mayor deseo en la vida era conseguir el siguiente chute de heroína, o saltar a las vías del tren... hasta que alguien que la entendía perfectamente la atrapó a tiempo. Su pelo castaño estaba recogido en un elegante peinado moderno, y tenía los ojos del mismo color del café. No llevaba pendientes en las orejas, pero sí que tenía numerosos agujeros en ellas, de un tiempo pasado. Además, tenía una pequeña cicatriz en la frente, ya antigua y casi invisible, de una de las muchas peleas con navajas que tuvo de adolescente. Eso ya era agua pasada. Ahora, era una mujer trabajadora, responsable y feliz.

Suspiró. Acababa de terminar un artículo, y ahora debía empezar otro. Sin más, sin tomarse descanso alguno, se movió a un lado con su silla hacia el extremo de la mesa, donde reposaban dos contundentes montones de informes que sus compañeros le había dejado ahí.

El primero contenía los informes que trataban de la producción de hace tiempo y de la que se seguía haciendo publicidad; los del segundo, trataban en su mayoría de prototipos sobre nuevos aparatos tecnológicos que iban a ponerse en venta en unos meses. Estos eran los que más supervisaba Neuval antes de ser entregados a Hana para sus artículos. Ella no comprendía muy bien por qué él tenía tanto afán en supervisar este tipo de informes, pero no era asunto suyo, por lo que fue a coger uno del primer montón para continuar.

Sin embargo, cuando fue a coger la carpeta que tenía a la vista, se fijó en algo que la dejó algo intrigada. Todas las capetas eran de color rojo, pero había una, en el segundo montón de los prototipos, negra. Nunca había visto una negra, así que la cogió para ver de qué se trataba, pensando que a lo mejor uno de sus compañeros se había confundido.

La abrió y, con cara de sorpresa, no vio el nombre del autor de aquel informe. Buscó entre las hojas, pero no estaba escrito por ninguna parte. Curiosa, echó un vistazo al tema. En cada hoja siempre había algún dibujo esquematizado o algún que otro croquis sobre lo que parecían ser diversos y pequeños aparatitos, realmente extraños. Era una especie de chip, pero no supo adivinar de qué, pues las explicaciones de los dibujos estaban escritas en kanji, solo que se leían de otra forma.

«Debe de estar escrito en chino, entonces» adivinó. Pensó que debía de haber algún error, aunque aquello le intrigaba considerablemente. Siguió ojeando, las descripciones de dichos chips o lo que fuese eran inmensas, por lo que decidió fijarse en los dibujos técnicos, frunciendo el ceño. «¿Sabrá Neuval algo acerca de esto? Tal vez debería ir a preguntarle».

Estaba tan sumergida en aquello que no se percató de que alguien había entrado por la puerta, de espaldas a ella, y se acercaba con sigilo como un felino procurando no ser oído.

—¡Hanaaa! —gritó una voz rugiente.

Cuando Hana se dio la vuelta y vio a ese viejo loco a cinco centímetros de su cara con pose de tigre, chilló de tal manera que retumbó el despacho, pegando tal brinco en la silla que la carpeta negra salió volando hasta caer en un rincón de la sala, y dándole a la mesa tal patada que el ordenador amenazó con volcarse.

Pálida, con una mano en el pecho y recuperando el aliento, le clavó una mirada asesina al viejo, el cual se había quedado petrificado del miedo ante semejante grito de ella.

—¡Serás idiota, infantil, cretino…! —estalló Hana con enfado, agitando los puños—. ¡Estás completamente loco, Kei Lian Lao! ¿¡Cómo se te ocurre asustarme de esa manera!? ¡Te he dicho mil veces que llames a la puerta! ¡Siempre me haces rabiar, para ya!

—Perdón… —murmuró el viejo Lao, agazapado en un rincón del despacho como un pobre perro callejero, mirando con profundo miedo a esa mujer.

—¿¡Qué haces!? ¡Levanta de ahí! ¡No te hagas la víctima ahora, casi me da un infarto! —decía mientras se giraba hacia su mesa para reordenar los papeles—. ¡Maldita sea, ya eres mayorcito, pareces un niño de ocho años! ¿¡Es que...!?

Se calló porque de repente el viejo Lao apareció justo a su lado, mirándola muy de cerca con esos ojos negros, sonriendo tranquilo.

—¿Un niño de ocho años? —repitió Lao—. Querida, ojalá hubiese nacido en el país de Nunca Jamás.

La mujer suspiró con cansancio, intentando calmarse, y volvió a recomponerse sobre su silla, pasando de él. Lao podía ser un poco extravagante a veces. Al menos, delante de la gente de confianza y la familia, porque cuando estaba ante personajes importantes de trabajo, se transformaba en un hombre muy serio y sofisticado. Hana, que había observado ambas facetas de él, no podía negar que el viejo tenía una habilidad increíble para cambiar en un instante su comportamiento y su cara, como si lo llevase entrenando años.

Tampoco entendía cómo alguien de su edad podía tener tanta energía. Él tenía 67 años y a Hana le parecía que tenía muchos menos, tanto por su aspecto como por su actitud. Aunque no era un secreto que, por obvias razones a simple vista, era un hombre que claramente se había pasado la vida ejercitándose. Ni llevando traje pasaba desapercibido el tamaño de sus músculos y su altura.

Lao era demasiado extraño para ella, sobre todo cuando la hacía rabiar. Ella sabía que lo hacía con cariño. Era como lidiar con un suegro bromista, así que no le quedaba más remedio que tenerle paciencia. Además, conocía la historia que había entre él y Neuval. Por eso, en el fondo, Hana admiraba a Lao.

El viejo dejó un par de carpetas rojas, una en cada tipo de montón, a su lado, en la mesa.

—Estos pueden esperar, déjalos para el mes que viene —le sonrió Lao simpáticamente—. Son del Departamento de Cooperación Industrial.

—Vale, ahora déjame trabajar —replicó, aún molesta por el susto.

—Que tengas un buen díaaa… —le dijo Lao con voz cantarina, y desapareció del despacho tras cerrar la puerta.

Hana volvió a suspirar, y se recostó sobre el respaldo de la silla, haciendo una pausa para recuperar la armonía. Se quedó pensando, por alguna razón, en el comentario de Lao sobre el país de Nunca Jamás. Siempre decía cosas por el estilo cuando le mencionaba lo de que era un crío o que ya tenía edad para comportarse. Nunca le había preguntado, pero ya había intuido que a Lao le horrorizaba la idea de envejecer, y pensó entonces que por eso se comportaba de esa manera. Todo el mundo envejece, es lo más normal del mundo, pensaba Hana.

De pronto se acordó de la carpeta negra. Es verdad, la estaba investigando. Cayó entonces en la cuenta. «Vaya, debería haber aprovechado para preguntarle a Lao qué era eso» pensó. Lao era chino, pese a haber vivido en Tokio gran parte de su vida. Había nacido y se había criado en Hong Kong, y sabía hablar varios idiomas. Por eso debería haberle preguntado sobre aquel informe. También podría preguntarle a Neuval, pues él también hablaba muchos idiomas. Para ser exactos, Neuval hablaba unos 18 idiomas. Pero se podría decir que el francés y el chino eran sus lenguas maternas.

Hana se levantó de la silla de un salto y recorrió con la mirada todo el despacho, buscando la carpeta, sin recordar a dónde había ido a parar cuando salió volando de sus manos en el momento del susto. Buscó y rebuscó, pero no estaba en ninguna parte.

Se quedó quieta un momento.

—Lao… —murmuró, entornando los ojos con gran escama—. ¡La ha cogido él!


* * * * * *


—¿Cómo habrás ido a parar al despacho de Hana? —se preguntó Lao, recorriendo los pasillos de la planta general, cruzándose de vez en cuando con algún compañero, pero su atención estaba centrada en la carpeta negra de sus manos.

Mientras caminaba, la abrió para revisar su interior y se sintió aliviado de comprobar que no faltaba nada.

—Ah, te estaba buscando.

Lao reprimió un grito de sorpresa, parándose de golpe. Neuval estaba justo delante de él, con su aire sereno de siempre. Casi automáticamente, Lao escondió la carpeta negra a sus espaldas en un segundo, sonriéndole a su jefe como si fuera el ser más inocente del mundo.

—Me halaga saber que alguien reclama mi grata persona —dijo, pretendiendo no parecer nervioso.

—¿Qué me estás escondiendo ahí? —preguntó Neuval, inclinándose un poco e intentando ver tras su espalda, pero Lao se giró para evitarlo.

—Vale, me has pillado —resopló con cara de culpabilidad—. Es una revista picante. Por favor, no me hagas enseñártela.

Neuval se lo quedó mirando con una mueca desencajada por un momento, estupefacto por la respuesta y extrañado por la actitud evasiva del viejo. Sabía de sobra que era una mentira como una casa, ya conocía a Lao, por lo que sacudió la cabeza para volver a la realidad y lo miró con detenimiento.

—En serio, Lao, ¿qué tienes ahí? —volvió a preguntar—. Sabes que a mí no puedes ocultarme nada, y si es algo ilegal, debería saberlo antes de volver a tener aquí a la maldita policía husmeando en mis laboratorios porque vas perdiendo por ahí cosas que no deberían ver.

—Oh, por favor, jefe —rio, negando con la cabeza, mientras intentaba huir por el pasillo con cuidado de que su espalda no estuviese al alcance de los ojos de Neuval, disimulando descaradamente—. Oh, cómo me ofende esta desconfianza…

Neuval no despegaba de él una mirada suspicaz y a la vez aburrida de semejante mal disimulo.

—¿Pero cómo puedes desconfiar de mí? —seguía lamentando el viejo—. Del hombre que te crio cuando no eras más que un niño de 10 años… Oh, ¡qué desilusión! Mi propio hijo cuestionando mi honor… ¿Acaso no me conoces?

—Sí, y por eso desconfío y te pregunto qué me escondes —replicó Neuval, cruzándose de brazos, sin inmutarse de que Lao se estaba escapando poco a poco—. Y por favor, baja la voz, no quiero que la gente se entere de que fui criado por ti. Arruinaría mi imagen.

—¡Ahh, qué cruel! —exclamó Lao completamente ofendido, sin darse cuenta de que había sacado las manos de detrás de la espalda.

—¡Ajá! —saltó Neuval, señalando lo que sostenía en una de ellas.

Lao giró la cabeza de manera que casi se parte el cuello y descubrió que sin querer había sacado a la luz el pastel. Miró por un momento a Neuval, con un nudo en la garganta, y enseguida esbozó una gran sonrisa.

Bye. —El viejo echó a correr por el pasillo a toda pastilla.

—¡Kei Lian! —exclamó Neuval, contrariado, pero ya lo había perdido de vista.

Hizo ademán de ir tras él, pero alguien lo llamó por detrás. Era uno de sus empleados.

—Disculpe, señor Vernoux, pero la reunión con la empresa de Shanghái está a punto de empezar —le recordó; vio que su jefe seguía mirando a la lejanía, sin saber qué hacer—. ¿Señor?

Neuval suspiró con paciencia y se fue con el empleado hacia la sala donde se celebraba dicha reunión con pocas ganas.


* * * * * *


Lao entró en su despacho y cerró bien la puerta. Él también debía participar en aquella reunión, pero le importaba un comino. Siempre se escaqueaba.

Se acercó a uno de los paneles modernos que conformaban una de las paredes, que parecían simples losas de piedra lisa y gris. Se puso frente a una de ellas, respiró hondo, y echó el aire con un largo soplido suave y continuo, saliendo de su boca una llamarada de fuego azul. Cuando la losa se calentó lo suficiente, se desprendió un par de centímetros de la pared. Lao la enganchó con la punta de los dedos por una esquina y la abrió como si fuera una portilla.

Tras la portilla se ocultaba una caja fuerte no muy grande y, después de darle unos giros a la rueda y pulsar un código, la abrió. Dentro no había gran cosa. Sólo algo de dinero, algunos papeles y dos espectaculares pistolas diseñadas y construidas por él mismo. Guardó la carpeta negra ahí dentro y volvió a cerrarlo todo.

Enseguida se fue a sentar a su mesa. Sobre ella, aparte de haber montones de papeles desordenados, informes por acabar, tres ordenadores de última tecnología y un par de tazas de chocolate vacías, había tres marcos de fotos. En una de las fotos había tres jóvenes, sus nietos: una chica mayor, de rasgos delicados y bellos abrazando a dos chicos más pequeños que ella, gemelos, solo que uno sonreía y el otro se mostraba serio.

En otra foto, aparecía solamente una mujer que, actualmente, tenía la misma edad que él, pero esa foto fue tomada hace ya años, cuando ella aún tenía el cabello negro, largo y liso. Para los demás, era simplemente la foto de su exmujer; para él, era la foto de la mujer que nunca había dejado de amar.

Finalmente se fijó en la tercera foto. En ella había un hombre joven, moreno, tan alto y fortachón como él, sentado sobre la barandilla del porche de una casa y mirando hacia otro lugar, con una expresión llena de paz…

Al viejo Lao se le encogió el corazón. Era la foto que más le dolía mirar, pero que no quería dejar de mirar nunca. No quería dejar de verlo y de recordarlo. Ver la foto de su exmujer dolía, pero a ella la había perdido mediante el divorcio. No se podía comparar con ver la foto de su único hijo biológico, al que perdió hace diez años mediante la muerte más injusta.

Decidió hacer lo que en verdad había venido a hacer a su despacho, encerrado y solo. Carraspeó.

—Hoti, llama al rubio otra vez.

—“Voy” —contestó la voz femenina de Hoti, sabiendo de quién hablaba, pues Lao ya había intentado llamarlo otras dos veces esa mañana.

Tras unos eternos pitidos, por fin oyó una voz al otro lado.

—“¿Mmgh…?”

Lao frunció el ceño y se quedó en silencio unos momentos, algo sorprendido.

—¿Ese es un “mmgh” de “estoy en la cuarta hora de clase de la universidad muerto ya del asco” o un “mmgh” de “me acabas despertar y tengo las arrugas de la almohada en la cara”? —dijo con tono de reproche.

—“¿Lao?” —preguntó con somnolencia—. “Mierda… me habías llamado dos veces antes… Perdona…”

—¿Te encuentras bien? —frunció el ceño—. Algo grave debe de pasarte si te estás tomando una mañana para dormir en lugar de ir a la universidad.

—“No, estoy bien… Sólo necesitaba unas horas extra de sueño. ¿Qué ocurre?”

Lao dudó un poco. Lo oyó emitir algunos suspiros de agotamiento, seguramente mientras se terminaba de despejar y de sentar sobre la cama. Sabía que no eran unas simples horas de sueño lo que necesitaba. Ese chico tenía una vida muy dura, cargaba con una responsabilidad muy importante, y Lao no podía no sentir lástima y empatía por él, tal como demostró anoche, defendiéndolo ante Neuval.

—“Lao” —se impacientó el chico, sabiendo lo que era ese silencio del viejo—. “Deja de tenerme lástima y dime qué necesitas. Estoy perfectamente.”

—Tan gruñón como tu padre, ay… —suspiró el viejo con nostalgia al recordar a su difunto mejor amigo—. De acuerdo, Guardián, esta es la situación. Se trata de Kyo. Está desaparecido desde ayer y con el móvil totalmente desconectado. Esperaba que tú supieras algo más, pero…

—“¿Desaparecido?” —se sorprendió—. “Dime todo lo que sepas.”

Lao le contó toda la conversación que había tenido con Neuval la noche anterior, sacando todo tipo de conclusiones. Después, tras un largo silencio cavilando, el chico habló por fin.

—“La MRS” —comentó de repente.

—¿Cómo dices? —saltó Lao.

—“Kyo me comentó hace unos días que había visto a algunos miembros de la MRS por la zona del instituto, varias veces, y que le daba la sensación de que lo vigilaban a él desde la lejanía. Me dijo que no estaba totalmente seguro y que no le diera importancia, que ya se encargaría él, pero…”

—Estupendo, así que es esa panda de idiotas —masculló—. ¿Qué buscan? ¿Qué quieren robarnos?

—“Bueno, he estado oyendo rumores de otras RS… Dicen que la MRS andaba últimamente espiando mucho. La Líder de la AoRS le comentó hace poco a su Guardián y su Guardián me comentó a mí que parecían estar intentando averiguar dónde tienen su pergamino. Pero al parecer perdieron interés un tiempo. Y ahora…”

—Y ahora tienen interés en el nuestro —comprendió Lao al fin, y se frotó los ojos con cansancio y fastidio—. Por eso van detrás de Kyo.

—“Es la razón más probable por ahora. Lo que no me explico es cómo han averiguado que nuestro pergamino ya estaba en manos de nuestro novato. Lo pusimos a cargo de Kyo como su primera tarea de responsabilidad, como hemos hecho todos en nuestro primer mes de servicio, y se supone que sólo consiste en salvaguardarlo…”

—Y en apenas sus primeros días Kyo de repente se ve obligado a proteger el pergamino de toda una RS rival —suspiró Lao.

—“Ayer fue cuando Sam le dio el pergamino en el instituto. Kyo tenía que llevarlo hasta su casa, donde, por norma, ya no puede intervenir ninguna RS y donde quedaría protegido. Pero probablemente la MRS lo interceptó en mitad de su regreso a casa, impidiéndole llegar y obligándolo a irse a otra parte. Eso explicaría también por qué ha desconectado por completo su móvil, para que no lo localice el iris Hosha de la MRS.”

—Maldita sea… —masculló, apoyando la cabeza en una mano, abatido—. Ahora lo que hay que saber es dónde está Kyo y si sigue custodiando el pergamino. Y si la MRS sigue en su busca o ya lo han atrapado. ¿En qué están pensando? Esto de las peleas por los recursos entre RS rivales siempre me parecieron de lo más infantil, pero, ¿enfrentarse a nosotros? ¿¡Nosotros!? ¿Han olvidado acaso con qué iris están jugando?

—“Dejamos de ser una RS respetable hace años, Lao.”

El viejo se quedó callado ante esa cruda verdad. Por un momento, miró hacia el techo, hacia donde estaría el despacho de Neuval en la planta superior. Después suspiró con desgana.

—¿Cómo es que ya acechaban a Kyo días antes de ayer, antes de que se le diera el pergamino?

—“De algún modo han descubierto quién de nosotros lo iba a tener apenas una semana después de hacer la rotación.”

—¿Un espía? —supuso Lao.

—“Puede” —afirmó el rubio—. “Déjalo en mis manos y en las de los demás.”

—Bien.

—“Oye, y…” —dijo el rubio antes de que colgara—. “Lo siento. Por no haber previsto este ataque y no haber comprobado si Kyo llegó a casa ayer.”

—Tranquilo, chico. Ha pasado menos de un día, y ya tienes bastantes cosas encima —dijo con media sonrisa—. Yo estoy más aliviado al saber que es un problema entre RS y no otra cosa más grave. Lo único que me importa es que esa panda de idiotas no se propase con Kyo y salga lo menos ileso posible de este entuerto. Mantenme informando.

—“Bien” —asintió, y seguidamente colgó.

Lao, ahora, lo único que tenía que hacer era esperar nuevas noticias, nada más. Él no tenía tanta libertad como para ocuparse del caso. El Gobierno, concretamente, el grupo privado que conocía la existencia de los iris y se dedicaba hace años a intentar cazarlos, lo tenía desde hace tiempo en una lista de sospechosos y necesitaba mantener un perfil bajo hasta que las cosas se calmasen.





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