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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __









18.
Entre pesadillas y recuerdos

«Le escocía la garganta por el frío… le dolían las piernas… pero no dejó de correr lo más rápido que podía. Deseaba ser mayor para poder correr más rápido, pero sus piernas todavía eran demasiado cortas, y ella, demasiado pequeña para que la tuvieran en cuenta, pero no para comprender lo que estaba pasando.

A su alrededor no había más que grandes tuberías que se entrelazaban en las paredes y en el techo. Había pequeñas luces de emergencia predispuestas en el frío suelo metálico, pues aquel lugar se había quedado sin corriente eléctrica. No obstante, la oscuridad de ese lugar no la atemorizaba, sino el hecho de no poder avisar al Líder a tiempo.

Lo buscó por todas partes, envuelta en un laberinto de tuberías y cables, en los subterráneos de un grandioso edificio en algún lugar recóndito. Sus pasos hacían eco por los pasillos, y más allá se oían leves explosiones y voces de gente que ella conocía. Sentía que se ahogaba, pero no debía detenerse, no tenía tiempo.

Finalmente, llegó a una salida que daba a un extenso descampado llano y arenoso, rodeado al otro lado por un denso bosque ya oscuro en el anochecer. En él luchaban muchas personas, entre escombros y vehículos, algunos volcados.

Se paró para decidir por dónde debía ir. Aquel lugar era demasiado grande, era un complejo industrial en medio de un campo, lleno de naves, almacenes, grúas, maquinaria… Se guio por las voces que oía más allá, cerca de otro edificio más pequeño, y corrió hacia él. Podía ver destellos fugaces en la lejanía, incluso se oían disparos. Pero ella siguió su camino, exasperada. Notó cómo la tierra tembló por toda la zona durante un instante. Era cegada de vez en cuando por ráfagas de rayos que emanaban del oscuro cielo y caían sobre un mismo lugar. Vio incluso algunos árboles alargando y moviendo sus ramas por sí solos.

Se adentró por las callejuelas que formaban las casetas de almacenes de la zona, esquivando cajas de madera, escombros y un par de cuerpos inertes... Se paró en seco. Retrocedió y se acercó a esos cuerpos. Eran dos hombres. Uno de ellos era uno de los enemigos, estaba ensangrentado y con los ojos abiertos y vacíos. El otro lo reconoció como uno de los aliados de sus conocidos.

Sin mostrar el más mínimo miedo u horror, la niña comprobó que el cuerpo de este aliado seguía templado, pero ya no respiraba ni latía. Acababa de morir. Aun así, la niña posó la mano en su frente y cerró los ojos un momento. Al cabo de unos segundos, la pequeña abrió los ojos de nuevo y se marchó corriendo de ahí para seguir con su búsqueda urgente. El silencio de esa callejuela se vio cortado por un fuerte respingo. Aquel hombre aliado abrió los ojos, despertando con susto.

La niña acabó llegando hasta otro descampado donde peleaban otras tantas personas. Los disparos sonaban cerca, y los rayos, y las bolas de fuego… ella podía ser alcanzada por cualquier ataque humano o inhumano, pero su determinación estaba por encima de su propia seguridad. Se cobijó junto a unos contenedores al comienzo del descampado y buscó rápidamente con la mirada. Pero ninguno de los que estaban luchando ahí era a quien buscaba. El Líder no estaba en esa parte.

Sólo cuando sintió una extraña brisa en el aire, le dio un vuelco el corazón y, atenta como un felino, miró hacia el cielo. Vio cómo más allá, escombros, cajas, hojas y polvo se desprendían del suelo, moviéndose en círculos cada vez más grandes, alzándose a decenas de metros sobre las cabezas de todos los combatientes, que no se inmutaban.

El terrorífico tornado, arrastrando todo cuanto había en su camino, sin acercarse a ninguna persona y haciendo temblar la propia atmósfera por la fuerza que contenía, se dirigía hacia el otro lado de los almacenes que la niña tenía a su derecha.

Tras ver la primera pista que podía conducirle hacia el hombre que buscaba, corrió para allá sin dudar, manteniéndose al borde del descampado, ajena a la batalla. Mientras tanto, contempló cómo el tornado hacía violentos virajes al otro lado del almacén más derruido que había, produciendo estruendos, acompañados por gritos de horror.

Después de correr por otra callejuela, salió hacia la zona donde había sucumbido el tornado. Allí había otra batalla aparte, formada por cuatro hombres. Dos de ellos eran del bando enemigo. Los otros dos, ella los conocía: uno era más viejo, de pelo cano, grandote y muy musculoso. Y el otro, algo más joven, era también un tipo grande, pero más esbelto, de cabello marrón claro y despeinado por el viento. Este era el Líder, y la niña sonrió por haberlo encontrado al fin. Estaban luchando, cada uno con un oponente. Uno de los enemigos se alejó de la zona para coger ventaja, y enseguida el hombre más viejo fue tras él, dejando solos a los otros dos.

La niña se puso a llamar al Líder desde la distancia, resguardada entre unos escombros, a pesar de que él estaba evidentemente ocupado. Ella sólo tenía en mente avisarle de que uno de su compañeros había sido capturado, ella sólo quería que el Líder fuese a salvar a este compañero en peligro cuanto antes. Su angustia no la dejaba ver la realidad de lo que estaba pasando ante sus ojos. La lucha entre él y el otro hombre enemigo era cada vez más brutal.

Lo llamó y lo llamó, y no lo entendía, porque estaba gritando lo suficientemente alto como para que la oyese, pero el Líder no la escuchaba, a diferencia del enemigo, el cual sí llegó a mirar a la pequeña durante un instante, para luego volver al ataque, disparando al otro con su metralleta sin parar porque su oponente esquivaba las balas todo el tiempo con una velocidad inhumana. «El hombre enemigo me oye perfectamente, pero ¿por qué él no?» se preguntaba la niña.

Se le empañaron los ojos de lágrimas, ya se había estado conteniendo demasiado por la angustia. Él no la escuchaba, sólo tenía oídos y ojos para su enemigo, el cual estaba cada vez más débil y sus movimientos se entorpecían por momentos.

La pequeña vio cómo el hombre enemigo se desplomaba en el suelo, exhausto, sin fuerzas y sin munición. Vio su mirada, temblando de furia, pero también de miedo, a medida que su contrincante se acercaba a él paso a paso, lentamente, todavía lleno de fuerzas y sin rasguño alguno. La pequeña únicamente podía intuir que algo horrible iba a pasar. Observó al Líder, aquel hombre a quien tanto adoraba, acercándose hacia su indefenso contrincante.

«No...» pensó ella. No sabía por qué estaba tan nerviosa, no podía saber lo que iba a pasar, pero sentía que debía cerrar los ojos y taparse los oídos. Sin embargo, no podía moverse por la tensión. Sólo podía mirar... y escuchar.

—¡Maldito seas! —exclamó el enemigo, arrastrándose por el suelo, haciendo un vano intento de alejarse del otro—. ¿¡Qué coño eres!?

—Soy tu verdugo, miserable criminal —contestó el Líder, con una voz fría, pero con una sonrisa maliciosa.

—Hijo de perra… —rugió el enemigo—. ¡No puedes matarme! ¡Lo tienes prohibido! ¡No soy un condenado de la lista de Alvion!

La niña escuchó aquello con horror. ¿Sería verdad? Entonces, ¿qué pretendía el Líder? ¿Había perdido el control de sí mismo? Ella lo vio agacharse de cuclillas frente al otro. La pequeña no podía verle la cara porque estaba de espaldas, por lo que no podía ver la terrible sonrisa que tenía en ese momento.

—No me gustan... las normas... —susurró el Líder, y agarró la mandíbula del enemigo para obligarle a mirarlo a sus ojos plateados—. Ni los humanos...

La pequeña no pudo creer que aquellas palabras saliesen de la boca de ese hombre. No era él. No era el que ella conocía. Algo iba mal.

Hubo un tenso silencio en la zona. La niña, expectante, no supo la razón por la que la cara del enemigo expresó el triple de terror. Parecía que se había quedado sin voz, sin aliento, contemplando los escalofriantes ojos de su contrincante sin parpadear.

—Tú no eres humano... —sollozó el enemigo—. Ni tampoco un iris de esos... ¡Eres algo peor! ¡No eres de este mundo! ¡Demonio!

El Líder siguió sonriendo con calma mientras soltaba suavemente la cara del enemigo. Y sucedió algo en un instante. El brazo derecho del enemigo se desprendió de su cuerpo como si un cuchillo invisible lo hubiese cortado de una estacada, salpicando sangre por todas partes. El enemigo gritó de dolor, un alarido que a la pequeña le heló la sangre, pero, en el siguiente instante, el otro brazo sufrió lo mismo, acompañado por otro alarido. La niña no podía parpadear, ni respirar, ni moverse. El Líder seguía de cuclillas frente al mutilado, observándolo, quieto como una estatua. Su ojo izquierdo brillaba de una luz blanca.

De pronto, el enemigo soltó un alarido aún más estremecedor, al sentir cómo el aire a su alrededor se hacía insoportablemente pesado, notando cómo la fuerte presión atmosférica se concentraba en él, hasta que... su cabeza reventó como si de un globo de agua se tratara, y todo quedó en silencio. El Líder se quedó mirando los restos de ese criminal con una sonrisa satisfecha, con algunas salpicaduras de sangre manchando su cara.

El grito de una nueva voz rompió el silencio de la zona de nuevo. El Líder se sorprendió y se puso en pie de un salto, alarmado. Se giró sobre sus talones, y el mundo se le vino encima al descubrir allá a la pequeña junto a unos escombros, la cual temblaba de horror con lágrimas en los ojos.

—¡Cleven! —exclamó—. ¿¡Qué estás haciendo aquí!?

No se podía decir quién de los dos estaba más sobrecogido. «Me ha visto, ¡lo ha visto!» pensó el hombre, disgustado. «¿Cómo ha llegado aquí? ¡Joder!». Antes de dar un paso hacia la niña, apareció junto a él el compañero viejo que antes había estado luchando a su lado, dando a entender que también había acabado con su oponente. El viejo apenas se percató de la actual situación, pues se acercó rápidamente a su Líder.

—Tienen a uno de los nuestros capturado en el edificio principal, se trata de Sui-chan —le informó el viejo—. Sui-chan está en peligro, hay que ir a por él.

El otro le respondió con una mirada de silencio y tensión. Si la pequeña no estuviese tan asustada en ese momento, se habría sentido aliviada al ver que alguien ya le había dado al Líder el mensaje que ella iba a transmitirle en un principio. Él fue a coger a la pequeña en brazos, pero cuando ella vio que se le acercaba, se alejó unos pasos.

—¡No te acerques! ¡No! —chilló muerta de miedo.

—¡Cleven! ¿Qué te ocurre? ¡Soy yo! —insistió el hombre, sorprendido por la reacción de la pequeña, volviendo a caminar hacia ella.

—¡Aaah! —chilló de nuevo, cerrando los ojos con fuerza y cubriéndose la cabeza con los brazos—. ¡No! ¡No eres tú! ¡No eres tú! ¡No te acerques!

Dominada por el miedo y un reciente trastorno por lo que había presenciado, comenzó a marearse. No le llegaba oxígeno al cerebro, se le nublaba la vista. Finalmente, cayó desmayada. El Líder corrió a sostenerla en brazos. La estrechó contra él con fuerza, afligido, mientras se maldecía a sí mismo por no haberse dado cuenta antes de que la pequeña estaba ahí.

El viejo, observando la situación, además de ver los desagradables restos del hombre enemigo, comprendió al instante lo que había pasado. Se acercó a su compañero, poniéndole una mano en el hombro, contemplando a la pequeña con pesar.

—Tendrás que borrarle la memoria de esto —le comentó el viejo—. Otra vez.

El otro se quedó en silencio unos segundos.

—Hah... hahah... —empezó reírse el Líder, y miró a su compañero con unos ojos desquiciados—. Hahahah... ¿Has visto lo que le he hecho a ese idiota? Ha explotado como una sandía... hahah... —su sonrisa se hizo más larga y siniestra, pero el viejo de repente lo agarró de los hombros.

—¡Neuval! —le gritó con enfado, zarandeándolo con fuerza—. ¡Contrólate! ¡Vuelve en ti!

—¡No me digas lo que debo hacer! —le rugió con una repentina furia—. ¡Nadie me da órdenes!

El viejo le pegó una bofetada con una breve llamarada de fuego. El otro se quedó de lado, callado y sorprendido.

—¡Vuelve en ti! —le repitió—. Recuerda quién eres. Recupera el control, la razón… Mira a quién tienes en tus brazos… y mírame a mí… Estoy contigo, Neu. Tranquilo.

El otro giró la cabeza lentamente hasta volver a mirar al viejo a los ojos. Seguía con una cara más bien desorientada. Parpadeó un par de veces, confuso.

—¿Papá? —le preguntó.

—Gracias a Dios —suspiró el viejo Lao con gran alivio—. Vamos, céntrate. Tenemos que seguir, Sui-chan corre peligro. Y tienes que arreglar esto —murmuró con tristeza, mirando a la niña que el otro sujetaba en sus brazos.

Neuval también miró a la niña, y la abrazó con más fuerza, lleno de rabia. No podía creer que ella se hubiese asustado tanto cuando intentó acercarse a ella. Era lo peor que le podía pasar, que ella le tuviera miedo. Pero no había tiempo que perder, la batalla continuaba más allá.

—Lao… Ve con los demás a echarles una mano —murmuró con una voz abatida—. Yo iré a por Sui-chan.

El viejo asintió y desapareció del lugar en una fracción de segundo.»


Cleven se despertó de golpe dando un bote en la cama, con los ojos desorbitados de susto, y se cayó al suelo. Se quedó ahí tendida para recuperar el aliento. Estaba sudando, y sus ojos también estaban húmedos. Apoyó una mano en la frente y cerró los ojos.

Había vuelto a tener esa pesadilla, después de tanto tiempo. Ya casi se había acostumbrado a ella, a excepción de que cada vez que se despertaba sentía un extraño malestar por dentro. No sabía de qué iba todo aquello. Recordaba que en esa pesadilla estaba ella cuando era pequeña, y todo lo demás, pero no sabía el porqué de todo aquello, qué podría significar. Lo que no recordaba era el rostro de todas esas personas que de alguna manera ella conocía, ahora eran caras borrosas y sus nombres se habían esfumado, por lo que no sabía quiénes eran.

Siempre había pensado que esa pesadilla era fruto de una película de terror que vio hace tiempo y que la dejó muerta de miedo, por lo que se metió en la ducha con tranquilidad. «Sólo es una pesadilla» se dijo, «Pero ¿por qué sigue sintiéndose tan real? Creía que cuanto más tiempo pasara, más difuminada se sentiría… pero creo que cada vez se hace más nítida… palpable…».

Sólo había un detalle que no la dejaba tranquila. La pesadilla había vuelto a avanzar. Antes, cuando comenzaba a tenerla, solamente veía las escenas del principio, pero a medida que pasaba el tiempo, la pesadilla tenía nuevas escenas, ligadas con las anteriores, como si estuviera reproduciendo una película trozo a trozo. Esta vez, lo nuevo que había visto era el momento en que ese extraño hombre se acercaba a ella y ella le gritaba que se alejase. Después que se desmayaba.

Cuando salió de la ducha, trató de incorporarse en el lugar y en el tiempo en el que estaba. Era lunes por la mañana, y estaba en la habitación del hotel. Hasta eso llegaba. Solo que cuando se adentró de nuevo en la habitación, envuelta en la toalla, miró la hora en el reloj sobre la mesilla de noche.

C’est pas vraiiii ! —gritó con los pelos de punta—. ¡Qué tarde eees!

A esas horas ya debía de estar en el instituto. Cinco minutos después, ya estaba corriendo por las calles de la ciudad como una atleta, con su mochila al hombro. Hubo varias personas que pasaban por ahí que la miraron con desaprobación y otras con una sonrisa.

No sabía qué clase estarían dando ahora sus compañeros, sólo esperó que no fuera Matemáticas, pues el profesor de esta asignatura no era muy tolerante con la impuntualidad. Se quedó horrorizada al imaginarse a sí misma recibiendo la bronca del profesor de Matemáticas delante de todos sus compañeros, además de ser consciente de no llevar encima un paraguas, ya que el hombre escupía cuando gritaba.

Corrió por los vacíos pasillos del instituto, todo el mundo estaba en las aulas. Empezó a rezar por que el profesor que tenía ahora fuese uno comprensivo y no le pusiese un retraso en la lista, porque, si ya estaba creando un mal expediente con sus malas notas desde que comenzó la secundaria superior el año pasado, este tipo de faltas lo empeoraba.

Cuando la puerta del aula se abrió, todo el mundo se quedó mirando a Cleven, quien, en ese momento, estaba tirada en el suelo de la entrada, jadeando, suplicando por su vida. Todos la observaron con sorpresa, unos riéndose y otros comentando la escena con el de al lado. La clase se llenó de barullo, y la mayoría volvió con lo suyo como si nada. Raven y Nakuru fueron las únicas que seguían mirándola con sorpresa, además, Drasik se había levantado de su silla unos centímetros para verla mejor, con mucha curiosidad.

Cleven, ajena a todo esto, sintió la gloria del cielo descendiendo sobre ella al ver a Denzel sentado en la mesa del profesor. «¡Sí! ¡Es Denzel, el más bueno de todos! ¡Me he librado del retraso!».

—¡Uy, retraso! —exclamó Denzel, apuntando rápidamente en la lista de asistencia.

Cleven se quedó de piedra pómez, con una mano alzada hacia él.

—¡Nooo! —exclamó, dirigiéndose a él velozmente—. Oye, por favor, es que he tenido una mala noche, no me pongas ese retraso…

—¿Y jugarme el empleo? —sonrió Denzel—. Si el director se entera de eso, me va a pegar. Créeme, he visto en su cajón secreto unos cuantos garrotes con el nombre de varias personas escrito, y no quiero ver uno con el mío.

—Profesor, de verdad, esto ha sido un accidente. ¿Cambiaría las cosas si te digo que estoy dispuesta a seguir tus consejos del otro día?

Denzel la miró a través de sus gafas negras, con una tierna sonrisa.

—Nnno.

—¡Agh! —exclamó desolada, con una flecha clavada en su alma.

Rendida, se sentó en su sitio. Enseguida sintió la presencia de Raven a su lado y los ojos de Nakuru, que se sentaba delante, puestos en ella.

—¿Qué hiciste ayer? —le preguntó Nakuru.

—Sí, te estuve llamando —añadió Raven.

—Ah, eso… —recordó Cleven—. Por favor, esperad a que llegue el recreo, os lo contaré todo.

Sus dos amigas asintieron, conformes, y volvieron con sus ejercicios. Cleven fue a hacer lo mismo, sacando su libro de la mochila, pero sintió un par de ojos sobre ella. Mosqueada, levantó la vista poco a poco, hasta cruzarse con esos espectaculares ojos azules con franjas anaranjadas.

—¿Tú qué miras? —le espetó a Drasik, el cual estaba dado la vuelta sobre su silla.

—La belleza franco-japonesa que irradiáis, princesa —dijo él haciendo una reverencia.

«¿¡Pero este de qué va!?» pensó Cleven, irritada.

—¿A qué viene eso de “franco-japonesa”, pirado?

—Lo siento, Cleven —intervino Nakuru, dándose la vuelta hacia ella—. Pero es que se ha puesto muy pesado y me ha estado preguntando todo acerca de ti y le he contado algunas cositas, como que eres mitad francesa, un cuarto japonesa y un cuarto rusa, y tal…

—¡Madre mía, Nakuru, ¿también le has dicho mi grupo sanguíneo?!

—Le he dejado claro que eres una chica muy difícil y que no te gustan los babosos.

—Suerte que no soy ningún baboso —sonrió Drasik felizmente, apoyando el codo en la mesa de Cleven para apoyar la barbilla en la mano, y levantó las cejitas varias veces.

—Se te ve a la legua que eres todo un caballero —gruñó Cleven, pinchándole el codo con la punta de un lápiz como si estuviera apartando un animal muerto de su mesa.

—Lo soy si tú quieres que lo sea, princesa —insistió Drasik—. Yo me adapto a las necesidades de los demás. Soy como el agua. Si una chica quiere que sea baboso con ella, lo seré. Y si una chica quiere que sea un caballero con ella, seré su más fiel caballero.

—Tú no tienes mucha dignidad, ¿no? —le espetó.

—Soy feliz haciendo felices a las chicas. Estoy seguro de quién soy y me siento a gusto conmigo mismo. Cristalino como el agua, sin miedos ni mentiras. Por eso, no me importa adaptarme a otros recipientes de vez en cuando, experimentar, complacer a los demás o lo que las chicas me pidan.

—¿Y por qué de tres veces que te he pedido que me dejes en paz estás haciendo lo contrario?

—Tu boca pide una cosa, pero tus ojos piden otra muy diferente —susurró Drasik con un tono más seductor.

Esta vez Cleven no supo qué decir, se quedó bloqueada. Se le sonrojaron un poco las mejillas, avergonzada, pero no sabía por qué era, si por cómo él la miraba, o por el tono de su voz, o porque quizá él tenía un poquito de razón y la había descubierto… «¿¡Qué!?» pensó para sí misma, «¡Ni hablar, ni razón ni mejillones en vinagre! ¡Creo que tanto mis ojos como mi boca le están diciendo muy claramente que se vaya a freír espárragos! ¿Quién se ha creído? Esa frase se la ha sacado de algún dorama o de alguna película cursi… ¡Se creerá muy guapo! ¡Pero es un baboso!».

De repente Cleven descubrió a Raven a su lado llorando de la risa a escondidas, tapándose la boca con los brazos, sobre su mesa.

—¿¡Y tú de qué te ríes!? —gruñó Cleven en voz baja.

—Raven lo entiende —dijo Drasik.

—¿Vacilar de esta forma es algo común para vosotros los estadounidenses o qué?

—No, solamente es algo común en la gente relajada y con sentido del humor.

—¿¡Me estás llamando ogro!?

—Me hablas como uno —sonrió Drasik—. Pero eres un ogro muy hermoso.

Cleven ya estaba rechinando los dientes, no podía más con él. «¿¡Cómo hace este chico con pelos de loco para irritarme tan deprisa!?» se dijo con rabia. Nakuru estaba intentando hacer sus ejercicios en su cuaderno, negando pacientemente con la cabeza, ajena.

—Que me dejes en paz de una vez —le dijo Cleven—. ¿Por qué no te vas a acosar a otra, pervertido?

—¡Ah, me ha llamado pervertido! —exclamó Drasik, llevándose una mano hacia el pecho, dolido.

—¡Tú, el pervertido! —se oyó la voz de Denzel, sobresaltando a los cuatro; el resto de la clase miró a Drasik con risas—. Ya que eres tan amigo de Kyosuke Lao, ¿podrías decirme qué le pasa? Hoy tampoco ha venido a clase.

—Ah —se sorprendió Drasik, sentándose bien—. Sí, esto... Kyo tiene un resfriado.

Tanto Drasik como Nakuru pudieron notar cómo Denzel los observaba a través de sus gafas, con una expresión seria, durante unos segundos. Sólo cuando vio que Nakuru le hizo un discreto gesto con las manos, comprendió que en otro momento más adecuado iban a decirle la verdad, así que volvió con lo suyo tranquilamente.

Tenían la hora de la clase de Física para hacer ejercicios de repaso, en lo que nadie se empeñó mucho, ya que en la clase seguía habiendo barullo, unos hablando con otros y levantándose de vez en cuando de sus sitios para acercarse a charlar con un compañero. A Denzel no le importaba aquello, él confiaba en que sus alumnos fuesen conscientes de que dentro de poco tenían un examen, y en sus manos estaba si querían aprobarlo o no.

Y Cleven no era una excepción –porque era pésima en esa asignatura–, pues se pasó casi toda la hora pensando, sin saber por qué, en ese chico con el que se encontró el otro día en el metro, Kyosuke. Hoy no había venido, y se preguntó si era verdad que era cosa de un resfriado, pues recordaba a esas personas con capucha que lo perseguían.

Al oír que Drasik era muy amigo de él, casi se le pasó por la mente preguntarle por Kyosuke, pero no. En su cabeza, “odiar a Drasik” era igual a “no a acercarse a Drasik”. Sin embargo, sí le llamó la atención el apellido del chico. Lao. Le resultaba familiar. «¿Dónde lo he oído antes?» se preguntó.









18.
Entre pesadillas y recuerdos

«Le escocía la garganta por el frío… le dolían las piernas… pero no dejó de correr lo más rápido que podía. Deseaba ser mayor para poder correr más rápido, pero sus piernas todavía eran demasiado cortas, y ella, demasiado pequeña para que la tuvieran en cuenta, pero no para comprender lo que estaba pasando.

A su alrededor no había más que grandes tuberías que se entrelazaban en las paredes y en el techo. Había pequeñas luces de emergencia predispuestas en el frío suelo metálico, pues aquel lugar se había quedado sin corriente eléctrica. No obstante, la oscuridad de ese lugar no la atemorizaba, sino el hecho de no poder avisar al Líder a tiempo.

Lo buscó por todas partes, envuelta en un laberinto de tuberías y cables, en los subterráneos de un grandioso edificio en algún lugar recóndito. Sus pasos hacían eco por los pasillos, y más allá se oían leves explosiones y voces de gente que ella conocía. Sentía que se ahogaba, pero no debía detenerse, no tenía tiempo.

Finalmente, llegó a una salida que daba a un extenso descampado llano y arenoso, rodeado al otro lado por un denso bosque ya oscuro en el anochecer. En él luchaban muchas personas, entre escombros y vehículos, algunos volcados.

Se paró para decidir por dónde debía ir. Aquel lugar era demasiado grande, era un complejo industrial en medio de un campo, lleno de naves, almacenes, grúas, maquinaria… Se guio por las voces que oía más allá, cerca de otro edificio más pequeño, y corrió hacia él. Podía ver destellos fugaces en la lejanía, incluso se oían disparos. Pero ella siguió su camino, exasperada. Notó cómo la tierra tembló por toda la zona durante un instante. Era cegada de vez en cuando por ráfagas de rayos que emanaban del oscuro cielo y caían sobre un mismo lugar. Vio incluso algunos árboles alargando y moviendo sus ramas por sí solos.

Se adentró por las callejuelas que formaban las casetas de almacenes de la zona, esquivando cajas de madera, escombros y un par de cuerpos inertes... Se paró en seco. Retrocedió y se acercó a esos cuerpos. Eran dos hombres. Uno de ellos era uno de los enemigos, estaba ensangrentado y con los ojos abiertos y vacíos. El otro lo reconoció como uno de los aliados de sus conocidos.

Sin mostrar el más mínimo miedo u horror, la niña comprobó que el cuerpo de este aliado seguía templado, pero ya no respiraba ni latía. Acababa de morir. Aun así, la niña posó la mano en su frente y cerró los ojos un momento. Al cabo de unos segundos, la pequeña abrió los ojos de nuevo y se marchó corriendo de ahí para seguir con su búsqueda urgente. El silencio de esa callejuela se vio cortado por un fuerte respingo. Aquel hombre aliado abrió los ojos, despertando con susto.

La niña acabó llegando hasta otro descampado donde peleaban otras tantas personas. Los disparos sonaban cerca, y los rayos, y las bolas de fuego… ella podía ser alcanzada por cualquier ataque humano o inhumano, pero su determinación estaba por encima de su propia seguridad. Se cobijó junto a unos contenedores al comienzo del descampado y buscó rápidamente con la mirada. Pero ninguno de los que estaban luchando ahí era a quien buscaba. El Líder no estaba en esa parte.

Sólo cuando sintió una extraña brisa en el aire, le dio un vuelco el corazón y, atenta como un felino, miró hacia el cielo. Vio cómo más allá, escombros, cajas, hojas y polvo se desprendían del suelo, moviéndose en círculos cada vez más grandes, alzándose a decenas de metros sobre las cabezas de todos los combatientes, que no se inmutaban.

El terrorífico tornado, arrastrando todo cuanto había en su camino, sin acercarse a ninguna persona y haciendo temblar la propia atmósfera por la fuerza que contenía, se dirigía hacia el otro lado de los almacenes que la niña tenía a su derecha.

Tras ver la primera pista que podía conducirle hacia el hombre que buscaba, corrió para allá sin dudar, manteniéndose al borde del descampado, ajena a la batalla. Mientras tanto, contempló cómo el tornado hacía violentos virajes al otro lado del almacén más derruido que había, produciendo estruendos, acompañados por gritos de horror.

Después de correr por otra callejuela, salió hacia la zona donde había sucumbido el tornado. Allí había otra batalla aparte, formada por cuatro hombres. Dos de ellos eran del bando enemigo. Los otros dos, ella los conocía: uno era más viejo, de pelo cano, grandote y muy musculoso. Y el otro, algo más joven, era también un tipo grande, pero más esbelto, de cabello marrón claro y despeinado por el viento. Este era el Líder, y la niña sonrió por haberlo encontrado al fin. Estaban luchando, cada uno con un oponente. Uno de los enemigos se alejó de la zona para coger ventaja, y enseguida el hombre más viejo fue tras él, dejando solos a los otros dos.

La niña se puso a llamar al Líder desde la distancia, resguardada entre unos escombros, a pesar de que él estaba evidentemente ocupado. Ella sólo tenía en mente avisarle de que uno de su compañeros había sido capturado, ella sólo quería que el Líder fuese a salvar a este compañero en peligro cuanto antes. Su angustia no la dejaba ver la realidad de lo que estaba pasando ante sus ojos. La lucha entre él y el otro hombre enemigo era cada vez más brutal.

Lo llamó y lo llamó, y no lo entendía, porque estaba gritando lo suficientemente alto como para que la oyese, pero el Líder no la escuchaba, a diferencia del enemigo, el cual sí llegó a mirar a la pequeña durante un instante, para luego volver al ataque, disparando al otro con su metralleta sin parar porque su oponente esquivaba las balas todo el tiempo con una velocidad inhumana. «El hombre enemigo me oye perfectamente, pero ¿por qué él no?» se preguntaba la niña.

Se le empañaron los ojos de lágrimas, ya se había estado conteniendo demasiado por la angustia. Él no la escuchaba, sólo tenía oídos y ojos para su enemigo, el cual estaba cada vez más débil y sus movimientos se entorpecían por momentos.

La pequeña vio cómo el hombre enemigo se desplomaba en el suelo, exhausto, sin fuerzas y sin munición. Vio su mirada, temblando de furia, pero también de miedo, a medida que su contrincante se acercaba a él paso a paso, lentamente, todavía lleno de fuerzas y sin rasguño alguno. La pequeña únicamente podía intuir que algo horrible iba a pasar. Observó al Líder, aquel hombre a quien tanto adoraba, acercándose hacia su indefenso contrincante.

«No...» pensó ella. No sabía por qué estaba tan nerviosa, no podía saber lo que iba a pasar, pero sentía que debía cerrar los ojos y taparse los oídos. Sin embargo, no podía moverse por la tensión. Sólo podía mirar... y escuchar.

—¡Maldito seas! —exclamó el enemigo, arrastrándose por el suelo, haciendo un vano intento de alejarse del otro—. ¿¡Qué coño eres!?

—Soy tu verdugo, miserable criminal —contestó el Líder, con una voz fría, pero con una sonrisa maliciosa.

—Hijo de perra… —rugió el enemigo—. ¡No puedes matarme! ¡Lo tienes prohibido! ¡No soy un condenado de la lista de Alvion!

La niña escuchó aquello con horror. ¿Sería verdad? Entonces, ¿qué pretendía el Líder? ¿Había perdido el control de sí mismo? Ella lo vio agacharse de cuclillas frente al otro. La pequeña no podía verle la cara porque estaba de espaldas, por lo que no podía ver la terrible sonrisa que tenía en ese momento.

—No me gustan... las normas... —susurró el Líder, y agarró la mandíbula del enemigo para obligarle a mirarlo a sus ojos plateados—. Ni los humanos...

La pequeña no pudo creer que aquellas palabras saliesen de la boca de ese hombre. No era él. No era el que ella conocía. Algo iba mal.

Hubo un tenso silencio en la zona. La niña, expectante, no supo la razón por la que la cara del enemigo expresó el triple de terror. Parecía que se había quedado sin voz, sin aliento, contemplando los escalofriantes ojos de su contrincante sin parpadear.

—Tú no eres humano... —sollozó el enemigo—. Ni tampoco un iris de esos... ¡Eres algo peor! ¡No eres de este mundo! ¡Demonio!

El Líder siguió sonriendo con calma mientras soltaba suavemente la cara del enemigo. Y sucedió algo en un instante. El brazo derecho del enemigo se desprendió de su cuerpo como si un cuchillo invisible lo hubiese cortado de una estacada, salpicando sangre por todas partes. El enemigo gritó de dolor, un alarido que a la pequeña le heló la sangre, pero, en el siguiente instante, el otro brazo sufrió lo mismo, acompañado por otro alarido. La niña no podía parpadear, ni respirar, ni moverse. El Líder seguía de cuclillas frente al mutilado, observándolo, quieto como una estatua. Su ojo izquierdo brillaba de una luz blanca.

De pronto, el enemigo soltó un alarido aún más estremecedor, al sentir cómo el aire a su alrededor se hacía insoportablemente pesado, notando cómo la fuerte presión atmosférica se concentraba en él, hasta que... su cabeza reventó como si de un globo de agua se tratara, y todo quedó en silencio. El Líder se quedó mirando los restos de ese criminal con una sonrisa satisfecha, con algunas salpicaduras de sangre manchando su cara.

El grito de una nueva voz rompió el silencio de la zona de nuevo. El Líder se sorprendió y se puso en pie de un salto, alarmado. Se giró sobre sus talones, y el mundo se le vino encima al descubrir allá a la pequeña junto a unos escombros, la cual temblaba de horror con lágrimas en los ojos.

—¡Cleven! —exclamó—. ¿¡Qué estás haciendo aquí!?

No se podía decir quién de los dos estaba más sobrecogido. «Me ha visto, ¡lo ha visto!» pensó el hombre, disgustado. «¿Cómo ha llegado aquí? ¡Joder!». Antes de dar un paso hacia la niña, apareció junto a él el compañero viejo que antes había estado luchando a su lado, dando a entender que también había acabado con su oponente. El viejo apenas se percató de la actual situación, pues se acercó rápidamente a su Líder.

—Tienen a uno de los nuestros capturado en el edificio principal, se trata de Sui-chan —le informó el viejo—. Sui-chan está en peligro, hay que ir a por él.

El otro le respondió con una mirada de silencio y tensión. Si la pequeña no estuviese tan asustada en ese momento, se habría sentido aliviada al ver que alguien ya le había dado al Líder el mensaje que ella iba a transmitirle en un principio. Él fue a coger a la pequeña en brazos, pero cuando ella vio que se le acercaba, se alejó unos pasos.

—¡No te acerques! ¡No! —chilló muerta de miedo.

—¡Cleven! ¿Qué te ocurre? ¡Soy yo! —insistió el hombre, sorprendido por la reacción de la pequeña, volviendo a caminar hacia ella.

—¡Aaah! —chilló de nuevo, cerrando los ojos con fuerza y cubriéndose la cabeza con los brazos—. ¡No! ¡No eres tú! ¡No eres tú! ¡No te acerques!

Dominada por el miedo y un reciente trastorno por lo que había presenciado, comenzó a marearse. No le llegaba oxígeno al cerebro, se le nublaba la vista. Finalmente, cayó desmayada. El Líder corrió a sostenerla en brazos. La estrechó contra él con fuerza, afligido, mientras se maldecía a sí mismo por no haberse dado cuenta antes de que la pequeña estaba ahí.

El viejo, observando la situación, además de ver los desagradables restos del hombre enemigo, comprendió al instante lo que había pasado. Se acercó a su compañero, poniéndole una mano en el hombro, contemplando a la pequeña con pesar.

—Tendrás que borrarle la memoria de esto —le comentó el viejo—. Otra vez.

El otro se quedó en silencio unos segundos.

—Hah... hahah... —empezó reírse el Líder, y miró a su compañero con unos ojos desquiciados—. Hahahah... ¿Has visto lo que le he hecho a ese idiota? Ha explotado como una sandía... hahah... —su sonrisa se hizo más larga y siniestra, pero el viejo de repente lo agarró de los hombros.

—¡Neuval! —le gritó con enfado, zarandeándolo con fuerza—. ¡Contrólate! ¡Vuelve en ti!

—¡No me digas lo que debo hacer! —le rugió con una repentina furia—. ¡Nadie me da órdenes!

El viejo le pegó una bofetada con una breve llamarada de fuego. El otro se quedó de lado, callado y sorprendido.

—¡Vuelve en ti! —le repitió—. Recuerda quién eres. Recupera el control, la razón… Mira a quién tienes en tus brazos… y mírame a mí… Estoy contigo, Neu. Tranquilo.

El otro giró la cabeza lentamente hasta volver a mirar al viejo a los ojos. Seguía con una cara más bien desorientada. Parpadeó un par de veces, confuso.

—¿Papá? —le preguntó.

—Gracias a Dios —suspiró el viejo Lao con gran alivio—. Vamos, céntrate. Tenemos que seguir, Sui-chan corre peligro. Y tienes que arreglar esto —murmuró con tristeza, mirando a la niña que el otro sujetaba en sus brazos.

Neuval también miró a la niña, y la abrazó con más fuerza, lleno de rabia. No podía creer que ella se hubiese asustado tanto cuando intentó acercarse a ella. Era lo peor que le podía pasar, que ella le tuviera miedo. Pero no había tiempo que perder, la batalla continuaba más allá.

—Lao… Ve con los demás a echarles una mano —murmuró con una voz abatida—. Yo iré a por Sui-chan.

El viejo asintió y desapareció del lugar en una fracción de segundo.»


Cleven se despertó de golpe dando un bote en la cama, con los ojos desorbitados de susto, y se cayó al suelo. Se quedó ahí tendida para recuperar el aliento. Estaba sudando, y sus ojos también estaban húmedos. Apoyó una mano en la frente y cerró los ojos.

Había vuelto a tener esa pesadilla, después de tanto tiempo. Ya casi se había acostumbrado a ella, a excepción de que cada vez que se despertaba sentía un extraño malestar por dentro. No sabía de qué iba todo aquello. Recordaba que en esa pesadilla estaba ella cuando era pequeña, y todo lo demás, pero no sabía el porqué de todo aquello, qué podría significar. Lo que no recordaba era el rostro de todas esas personas que de alguna manera ella conocía, ahora eran caras borrosas y sus nombres se habían esfumado, por lo que no sabía quiénes eran.

Siempre había pensado que esa pesadilla era fruto de una película de terror que vio hace tiempo y que la dejó muerta de miedo, por lo que se metió en la ducha con tranquilidad. «Sólo es una pesadilla» se dijo, «Pero ¿por qué sigue sintiéndose tan real? Creía que cuanto más tiempo pasara, más difuminada se sentiría… pero creo que cada vez se hace más nítida… palpable…».

Sólo había un detalle que no la dejaba tranquila. La pesadilla había vuelto a avanzar. Antes, cuando comenzaba a tenerla, solamente veía las escenas del principio, pero a medida que pasaba el tiempo, la pesadilla tenía nuevas escenas, ligadas con las anteriores, como si estuviera reproduciendo una película trozo a trozo. Esta vez, lo nuevo que había visto era el momento en que ese extraño hombre se acercaba a ella y ella le gritaba que se alejase. Después que se desmayaba.

Cuando salió de la ducha, trató de incorporarse en el lugar y en el tiempo en el que estaba. Era lunes por la mañana, y estaba en la habitación del hotel. Hasta eso llegaba. Solo que cuando se adentró de nuevo en la habitación, envuelta en la toalla, miró la hora en el reloj sobre la mesilla de noche.

C’est pas vraiiii ! —gritó con los pelos de punta—. ¡Qué tarde eees!

A esas horas ya debía de estar en el instituto. Cinco minutos después, ya estaba corriendo por las calles de la ciudad como una atleta, con su mochila al hombro. Hubo varias personas que pasaban por ahí que la miraron con desaprobación y otras con una sonrisa.

No sabía qué clase estarían dando ahora sus compañeros, sólo esperó que no fuera Matemáticas, pues el profesor de esta asignatura no era muy tolerante con la impuntualidad. Se quedó horrorizada al imaginarse a sí misma recibiendo la bronca del profesor de Matemáticas delante de todos sus compañeros, además de ser consciente de no llevar encima un paraguas, ya que el hombre escupía cuando gritaba.

Corrió por los vacíos pasillos del instituto, todo el mundo estaba en las aulas. Empezó a rezar por que el profesor que tenía ahora fuese uno comprensivo y no le pusiese un retraso en la lista, porque, si ya estaba creando un mal expediente con sus malas notas desde que comenzó la secundaria superior el año pasado, este tipo de faltas lo empeoraba.

Cuando la puerta del aula se abrió, todo el mundo se quedó mirando a Cleven, quien, en ese momento, estaba tirada en el suelo de la entrada, jadeando, suplicando por su vida. Todos la observaron con sorpresa, unos riéndose y otros comentando la escena con el de al lado. La clase se llenó de barullo, y la mayoría volvió con lo suyo como si nada. Raven y Nakuru fueron las únicas que seguían mirándola con sorpresa, además, Drasik se había levantado de su silla unos centímetros para verla mejor, con mucha curiosidad.

Cleven, ajena a todo esto, sintió la gloria del cielo descendiendo sobre ella al ver a Denzel sentado en la mesa del profesor. «¡Sí! ¡Es Denzel, el más bueno de todos! ¡Me he librado del retraso!».

—¡Uy, retraso! —exclamó Denzel, apuntando rápidamente en la lista de asistencia.

Cleven se quedó de piedra pómez, con una mano alzada hacia él.

—¡Nooo! —exclamó, dirigiéndose a él velozmente—. Oye, por favor, es que he tenido una mala noche, no me pongas ese retraso…

—¿Y jugarme el empleo? —sonrió Denzel—. Si el director se entera de eso, me va a pegar. Créeme, he visto en su cajón secreto unos cuantos garrotes con el nombre de varias personas escrito, y no quiero ver uno con el mío.

—Profesor, de verdad, esto ha sido un accidente. ¿Cambiaría las cosas si te digo que estoy dispuesta a seguir tus consejos del otro día?

Denzel la miró a través de sus gafas negras, con una tierna sonrisa.

—Nnno.

—¡Agh! —exclamó desolada, con una flecha clavada en su alma.

Rendida, se sentó en su sitio. Enseguida sintió la presencia de Raven a su lado y los ojos de Nakuru, que se sentaba delante, puestos en ella.

—¿Qué hiciste ayer? —le preguntó Nakuru.

—Sí, te estuve llamando —añadió Raven.

—Ah, eso… —recordó Cleven—. Por favor, esperad a que llegue el recreo, os lo contaré todo.

Sus dos amigas asintieron, conformes, y volvieron con sus ejercicios. Cleven fue a hacer lo mismo, sacando su libro de la mochila, pero sintió un par de ojos sobre ella. Mosqueada, levantó la vista poco a poco, hasta cruzarse con esos espectaculares ojos azules con franjas anaranjadas.

—¿Tú qué miras? —le espetó a Drasik, el cual estaba dado la vuelta sobre su silla.

—La belleza franco-japonesa que irradiáis, princesa —dijo él haciendo una reverencia.

«¿¡Pero este de qué va!?» pensó Cleven, irritada.

—¿A qué viene eso de “franco-japonesa”, pirado?

—Lo siento, Cleven —intervino Nakuru, dándose la vuelta hacia ella—. Pero es que se ha puesto muy pesado y me ha estado preguntando todo acerca de ti y le he contado algunas cositas, como que eres mitad francesa, un cuarto japonesa y un cuarto rusa, y tal…

—¡Madre mía, Nakuru, ¿también le has dicho mi grupo sanguíneo?!

—Le he dejado claro que eres una chica muy difícil y que no te gustan los babosos.

—Suerte que no soy ningún baboso —sonrió Drasik felizmente, apoyando el codo en la mesa de Cleven para apoyar la barbilla en la mano, y levantó las cejitas varias veces.

—Se te ve a la legua que eres todo un caballero —gruñó Cleven, pinchándole el codo con la punta de un lápiz como si estuviera apartando un animal muerto de su mesa.

—Lo soy si tú quieres que lo sea, princesa —insistió Drasik—. Yo me adapto a las necesidades de los demás. Soy como el agua. Si una chica quiere que sea baboso con ella, lo seré. Y si una chica quiere que sea un caballero con ella, seré su más fiel caballero.

—Tú no tienes mucha dignidad, ¿no? —le espetó.

—Soy feliz haciendo felices a las chicas. Estoy seguro de quién soy y me siento a gusto conmigo mismo. Cristalino como el agua, sin miedos ni mentiras. Por eso, no me importa adaptarme a otros recipientes de vez en cuando, experimentar, complacer a los demás o lo que las chicas me pidan.

—¿Y por qué de tres veces que te he pedido que me dejes en paz estás haciendo lo contrario?

—Tu boca pide una cosa, pero tus ojos piden otra muy diferente —susurró Drasik con un tono más seductor.

Esta vez Cleven no supo qué decir, se quedó bloqueada. Se le sonrojaron un poco las mejillas, avergonzada, pero no sabía por qué era, si por cómo él la miraba, o por el tono de su voz, o porque quizá él tenía un poquito de razón y la había descubierto… «¿¡Qué!?» pensó para sí misma, «¡Ni hablar, ni razón ni mejillones en vinagre! ¡Creo que tanto mis ojos como mi boca le están diciendo muy claramente que se vaya a freír espárragos! ¿Quién se ha creído? Esa frase se la ha sacado de algún dorama o de alguna película cursi… ¡Se creerá muy guapo! ¡Pero es un baboso!».

De repente Cleven descubrió a Raven a su lado llorando de la risa a escondidas, tapándose la boca con los brazos, sobre su mesa.

—¿¡Y tú de qué te ríes!? —gruñó Cleven en voz baja.

—Raven lo entiende —dijo Drasik.

—¿Vacilar de esta forma es algo común para vosotros los estadounidenses o qué?

—No, solamente es algo común en la gente relajada y con sentido del humor.

—¿¡Me estás llamando ogro!?

—Me hablas como uno —sonrió Drasik—. Pero eres un ogro muy hermoso.

Cleven ya estaba rechinando los dientes, no podía más con él. «¿¡Cómo hace este chico con pelos de loco para irritarme tan deprisa!?» se dijo con rabia. Nakuru estaba intentando hacer sus ejercicios en su cuaderno, negando pacientemente con la cabeza, ajena.

—Que me dejes en paz de una vez —le dijo Cleven—. ¿Por qué no te vas a acosar a otra, pervertido?

—¡Ah, me ha llamado pervertido! —exclamó Drasik, llevándose una mano hacia el pecho, dolido.

—¡Tú, el pervertido! —se oyó la voz de Denzel, sobresaltando a los cuatro; el resto de la clase miró a Drasik con risas—. Ya que eres tan amigo de Kyosuke Lao, ¿podrías decirme qué le pasa? Hoy tampoco ha venido a clase.

—Ah —se sorprendió Drasik, sentándose bien—. Sí, esto... Kyo tiene un resfriado.

Tanto Drasik como Nakuru pudieron notar cómo Denzel los observaba a través de sus gafas, con una expresión seria, durante unos segundos. Sólo cuando vio que Nakuru le hizo un discreto gesto con las manos, comprendió que en otro momento más adecuado iban a decirle la verdad, así que volvió con lo suyo tranquilamente.

Tenían la hora de la clase de Física para hacer ejercicios de repaso, en lo que nadie se empeñó mucho, ya que en la clase seguía habiendo barullo, unos hablando con otros y levantándose de vez en cuando de sus sitios para acercarse a charlar con un compañero. A Denzel no le importaba aquello, él confiaba en que sus alumnos fuesen conscientes de que dentro de poco tenían un examen, y en sus manos estaba si querían aprobarlo o no.

Y Cleven no era una excepción –porque era pésima en esa asignatura–, pues se pasó casi toda la hora pensando, sin saber por qué, en ese chico con el que se encontró el otro día en el metro, Kyosuke. Hoy no había venido, y se preguntó si era verdad que era cosa de un resfriado, pues recordaba a esas personas con capucha que lo perseguían.

Al oír que Drasik era muy amigo de él, casi se le pasó por la mente preguntarle por Kyosuke, pero no. En su cabeza, “odiar a Drasik” era igual a “no a acercarse a Drasik”. Sin embargo, sí le llamó la atención el apellido del chico. Lao. Le resultaba familiar. «¿Dónde lo he oído antes?» se preguntó.





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