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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __









19.
Un chico raro

Mientras tanto, en otro punto de la ciudad...

—... junto con los hidrocarburos y los demás elementos que he mencionado antes, se obtendrá la sustancia requerida para la mezcla química que os piden en la página... —comentaba el viejo profesor dibujando en la enorme pizarra un complicado esquema de moléculas.

Los alumnos de la facultad de Medicina, sentados en sus pupitres escalonados, apuntaban aplicadamente todo lo que oían, en silencio. Todos aquellos jóvenes mostraban una postura disciplinada y atenta, llena de respeto. Las aulas de la universidad podían abarcar más de cuarenta personas, lo que para un profesor resultaría difícil controlar las malas conductas, no obstante, con aquel profesor nadie se atrevía a hacer nada que pudiera mosquearle.

Nadie excepto un alumno, sentado en una fila del fondo, tendido sobre la mesa y durmiendo profundamente. Las dos personas que estaban a ambos lados del chico lo miraban con inquietud, no por el hecho de que si lo pillaba el profesor podían correr peligro de ser golpeados por una tiza mortal, sino porque hasta durmiendo ese chico emitía un frío aterrador. Les daba miedo, pues ya lo conocían estando despierto, y tenían mucho cuidado de no despertarlo, por si acaso.

Sin embargo, el profesor no pasó eso por alto. Detuvo su charla y le clavó una mirada fiera al joven durmiente. Rechinando los dientes, el viejo se dirigió hacia su mesa y sacó de un cajón una cajita de madera donde había un puñado de tizas gordas. Eran las tizas de lanzamiento. Los alumnos, al ver lo que iba a pasar, se mostraron nerviosos, preguntándose quién iba a ser la víctima por tercera vez en aquella clase de dos horas con ese profesor. Sí, ya había hecho uso de las tizas de lanzamiento dos veces en esa mañana, hacia la misma persona, y dadas las expectativas, la tercera vez tenía el mismo objetivo.

El viejo y menudo profesor se puso en el centro y, apuntando con presteza, lanzó la gorda tiza blanca hacia el joven durmiente, la cual le dio en toda la cabeza. Todos comenzaron a temblar al ver de quién volvía a tratarse, y aún más cuando lo vieron levantar la cabeza lentamente de la mesa, desprendiendo un aura siniestra con la tiza que le había atacado en una mano.

—¡Usted, el rubio! —exclamó el profesor con reproche, apuntándolo con el dedo—. ¡Ya es la tercera vez que le tengo que llamar la atención de esta manera! ¡Aquí no se viene a dormir, joven!

El rubio, que en efecto era Raijin, tenía los ojos clavados en el hombre desde lo alto del aula, y el codo apoyado sobre la mesa, jugueteando con la tiza entre sus dedos. Sólo eso bastaba para que sus compañeros de clase se estremecieran, aunque el profesor permanecía autoritario.

—Váyase ahora mismo al despacho de la orientadora —le ordenó—. ¡Demonios, que ya no está usted en el parvulario! Debería darle vergüenza que tenga que castigarle como si esto fuera el instituto. ¡Vaya ahora mismo!

Raijin, como toda respuesta, apretujó la tiza hasta hacerla polvo en un segundo, y el compañero que tenía al lado se alejó de él unos centímetros, temeroso. Acto seguido se levantó de su sitio, bajó las escaleras y salió del aula después de seguir sintiendo la mirada de desaprobación del profesor.

¿Al despacho de la orientadora? Ay... ¿Cuántas veces lo habían enviado allí desde que empezó la universidad? Esta universidad era así de estricta, pero porque era la más prestigiosa del país y se encargaba de formar a jóvenes impecables en su profesión y también en la conducta ejemplar como ciudadanos modelo. Raijin, a pesar de tener unos modales japoneses perfectos, tenía claros problemas de conducta cuando la falta de sueño lo superaba, que era a menudo. Pero si seguía siendo alumno de esta universidad, era por su extraordinario expediente. Sus notas siempre eran las máximas.

Por eso, podía andar tranquilo y permitirse algunas libertades, como no ir al despacho de la orientadora y, en lugar de eso, salirse a los jardines exteriores que rodeaban el edificio principal, sentarse bajo la sombra de un árbol y echarse a dormir ahí.

Estaba demasiado cansado. Siempre estaba cansado. Tenía muchas responsabilidades, pero él estaba totalmente comprometido con ellas, y no sólo por decisión, sino que también lo tenía en la sangre, en el alma. Porque él había nacido diferente, y por muy duro que fuera cumplir con el deber, para él sería mucho más duro no cumplir con el deber.


* * * * * *


Por fin, el timbre sonó por todo el edificio, indicando el comienzo de la hora de descanso en el instituto. Al poco tiempo, Cleven, Nakuru y Raven ya se habían reunido en los bancos de la zona arbolada, donde estaba la valla que limitaba con el recinto del colegio. Nakuru debía irse la segunda media hora hacia otra reunión que tenía con los del periódico, y Raven también tenía una reunión con su club de moda.

Por ello, Cleven aprovechó la primera media hora para contarles un resumen de lo que había estado haciendo: lo de que se había ido de casa, lo de que estaba buscando a su tío con el que pensaba irse a vivir, y sobre todo...

—No os lo podéis imaginar, es un chico guapísimo, pero, desgraciadamente, nada simpático ni hablador. Tengo unas ganas de volver a verlo, aunque sólo fuese para llamarme “pelmaza” otra vez...

—Oh, pero ¿cómo es? ¿Qué aspecto tiene? ¿Cómo se llama? —preguntó Raven, intrigada.

Sin embargo, Nakuru era la que no estaba escuchando esta historia. Estaba más preocupada por otra cosa que había escuchado.

—Cleven, no sé si ha sido una buena idea eso de irte de casa —le comentó, antes de que respondiera a las preguntas de Raven.

—Comprendo que pienses eso, pero no entiendes lo importante que es para mí...

—No se trata de eso —la interrumpió, con cara apenada—. No le puedes hacer eso a tu padre.

—Nak, por favor —bufó con desgana—. En cuanto este asunto esté solucionado, se le pasará. Ya conoces a mi padre.

—Sí... Ya lo conozco... —murmuró Nakuru, desviando la mirada—. Por cierto —volvió a alzar la vista hacia su amiga—, ¿a qué tío dices que estás buscando? ¿Tienes alguno?

—Es el hermano de mi madre, Brey Saehara.

Tras oír eso, Nakuru no dijo nada, ni siquiera se movió. Ni pestañeó. Dejó de respirar por unos segundos.

—Vaya, no sabía que tenías un tío, y menos en esta ciudad —comentó Raven, entusiasmada.

—Yo no lo conozco. De hecho, no sé de él nada más que su nombre. Pero tengo que encontrarlo cuanto antes, necesito conocerlo… me muero de ganas…

Las dos chicas comenzaron a charlar sobre todo este asunto, ilusionadas. Desde luego, a Raven le parecía emocionante lo que Cleven estaba haciendo, a excepción de Nakuru, que seguía ahí, junto a ellas, en silencio, contemplado a Cleven con una mirada preocupada e inquieta. Se preguntó si debía decirle algo o dejar las cosas como estaban. No sabía qué hacer, se sentía responsable de algo...

—Nakuru —la despertó Cleven de sus pensamientos—, y Raven, por favor, ni una palabra de esto a nadie.

—Prometido —saltó Raven al instante, alzando la palma de la mano.

Cleven miró a Nakuru de nuevo, esperando una respuesta.

—Yo... —titubeó—. No quiero que me metas en esto, Cleven.

—Tranquila, no os voy a involucrar en nada, lo único que tienes que hacer es no decírselo a nadie, nada más —le sonrió—. Pero prométemelo.

Hubo una pausa larga. Nakuru estaba contra la espada y la pared, sabía que lo que iba a hacer era lo incorrecto, una irresponsabilidad, un acto irracional, algo que iba en contra de ser iris. Pero no podía defraudar a su mejor amiga, a la que veía tan feliz en ese momento.

—Te lo prometo.

Llegó el momento en que Raven y Nakuru tuvieron que dejar sola a Cleven para asistir a sus respectivas reuniones. Ella todavía no estaba en ninguna actividad extraescolar o club porque los entrenamientos de natación tardaban un poco en comenzar, que era a lo que ella quería apuntarse.

Decidió que era el mejor momento para investigar sobre la supuesta estancia de su tío en el Tomonari como alumno. Iba a ser pan comido, porque la verdad es que no era la primera vez que Cleven se colaba en los ordenadores de Secretaría para intentar ver su propio expediente o las preguntas de un futuro examen…

No es que ella hubiese heredado la suprema habilidad de su madre de manejar o hackear ordenadores, de hecho, Cleven no tenía mucha idea de informática, sólo lo normal. Lo que había heredado era la poca vergüenza y las ideas malignas de su padre. Y los ordenadores de Secretaría eran realmente fáciles de acceder. Ponían poca vigilancia, sobre todo a esta hora, la del café, porque sabían que nadie en su sano juicio se le ocurriría meterse ahí sin permiso. Pero claro, cuando Cleven se obcecaba con un capricho, su sano juicio se iba de vacaciones.

Se abrochó bien el abrigo. Hacía un buen día soleado, pero hacía mucho frío. Se dio prisa por cruzar la zona arbolada para dirigirse a la parte trasera del edificio del instituto, para meterse por una de las puertas del conserje, donde atajaría hasta la Secretaría sin ser vista.

Sin embargo, vio algo que le llamó la atención. Un poco más allá, sobre una alta rama de uno de los árboles, había un chico tumbado sobre ella. Cleven entornó los ojos, curiosa. Parecía estar dormido. Llevaba el uniforme del instituto, pero no lo reconocía como alguien de su clase, ni de su curso. Parecía un poco mayor, por lo que dedujo que podría ser de tercer año.

Se sobresaltó un poco cuando el chico giró levemente la cabeza hacia ella, como si la hubiese detectado a distancia. Cleven se sintió algo inquieta al darse cuenta de que la estaba mirando. Al parecer, no estaba durmiendo, sólo descansando. La joven se hizo la tonta y siguió andando, pero como seguía curiosa, iba echando pequeños vistazos hacia arriba, hacia él, sin prestar atención por donde pisaba… y acabó metiendo el pie en un agujero enorme que había en el suelo.

—¡Juaah!

Vio de antemano la torta que se iba a dar, y cerró los ojos con fuerza. No obstante, sintió cómo alguien la agarraba del brazo y tiraba de ella para alejarla del hoyo del suelo. Cleven notó el tirón y por puro instinto se agarró fuertemente a la camisa de ese alguien, aún con los ojos cerrados. Cuando notó que estaba a salvo, con los pies en tierra firme, abrió los ojos, y tuvo que levantar un poco la cabeza para verle la cara.

Se sonrojó un poco. Era el chico de antes, el que estaba tumbado sobre la rama de un árbol hace unos segundos. ¿Cómo podía haber ido hasta ella en tan poco tiempo? Cleven seguía anonadada observándolo, todavía agarrada a su camisa. No era sólo por su aspecto, era por su mirada. El chico tenía un rostro exótico, de piel algo oscura, nariz ancha y labios carnosos. Tenía el pelo rubio oscuro, muy rapado por los laterales, y bastante largo por arriba y su nuca, cayendo hacia su espalda, con algunas finas trenzas.

La mirada de sus ojos de color café era lo que embelesaba a Cleven. Tenía una expresión serena, casi majestuosa. Como la de un ave grande y rapaz.

—¡Ah, lo siento! —dijo apurada, separándose de él, muerta de vergüenza—. Qué susto. Gracias. No sé qué ha pasado…

—Están arreglando una tubería —le dijo el chico con una voz suave y profunda, señalando el gran agujero junto a ellos, algo hondo, donde asomaba una tubería grande con la que Cleven seguramente se habría dado un morrazo.

—Caray, ¿no deberían poner un cartel o una valla o algo?

—Se supone que ningún alumno debería estar caminado por aquí —entornó los ojos con suspicacia.

—O durmiendo sobre la rama de un árbol —le devolvió Cleven la indirecta, pero riendo, de forma amigable.

El chico se quedó callado unos segundos.

—Yo no digo nada si tú no dices nada.

—Hecho —contestó Cleven—. Oye… me suena tu voz de algo. ¿De qué curso eres?

—Tercero —contestó, inclinado levemente la cabeza como señal de extrañeza por la pregunta.

—¿Eres nuevo en este instituto?

—No —respondió, empezando a estar confuso por aquellas preguntas—. ¿Te pasa algo, Cleven?

—¿Eh? —se sorprendió—. ¿Cómo sabes mi nombre?

—Yako te presentó ayer —dijo como si fuera evidente.

—¿Conoces a Yako? —se sorprendió aún más.

El chico ya no contestó, no sabía de qué iba Cleven, y se la quedó mirando con una ceja levantada.

—¿Es que... tú y yo nos conocemos? —preguntó la joven, extrañada.

—Un poco.

—¿Eres amigo de Yako?

—Trabajo en su cafetería... —le dijo con un tono sutil y mirándola fijamente, todo como si fuera obvio.

Cleven se quedó reflexiva, sin apartar la vista de él, estudiándolo. La voz ya le resultaba familiar, pero las dudas acabaron cuando vio que el chico tenía puestos unos guantes negros que ella ya había visto. Pegó un respingo con sorpresa, tapándose la boca y con los ojos como platos, alejándose de él un paso.

—Aaah, ¡no me digas que tú eres...! ¿¡Tú eres Samuel!?

—Puedes llamarme Sam.

Él entendió entonces por qué ella no lo había reconocido antes. Era la primera vez que ella le veía la cara, porque ayer en la cafetería iba muy tapado y abrigado. Cleven volvió a recorrerlo con la mirada, asociando el aspecto de ese chico con el Sam que ella se había imaginado. Jamás se habría esperado que Sam fuese así. En principio, creía que por venir de África su piel sería muy oscura, pero era más bien canela. Y su pelo era claro, y liso.

—No eres negro —declaró Cleven, señalándolo con el dedo, sin salir de su sorpresa.

Sam puso una mueca un poco impactada por el comentario tan repentino, pero volvió a serenarse y empezó a mirarse a sí mismo, descubriéndose los brazos como si estuviera comprobando algo.

—Vaya, juraría que ayer sí lo era —contestó con un sarcasmo bien disimulado.

—¡Ah! Perdona… —se disculpó al percatarse de su poca decencia—. Madre mía… Es que… te imaginaba como el estereotipo africano, después de saber que eres de Uganda…

—Tranquila —sonrió calmado—. Es normal. Mi aspecto es minoritario.

Cleven notó que se le aceleraba el corazón. Durante ese rato, Sam se había mostrado muy serio, esta pequeña sonrisa suya fue inesperada. Casi había creído que su personalidad se parecía mucho a la de Raijin por su forma de hablar, su tono serio y su expresión regia, pero no era como él. Era un chico muy formal, pero también mostraba gestos de amabilidad. «Resulta que Sam no es un tipo tan raro, como me dijo Yako» pensó Cleven.

De pronto, ambos miraron a un lado al oír unos pasos acercándose. Era un profesor, el de Matemáticas, el señor Ishiguro, que además era el nuevo jefe de estudios del instituto de ese año. Dedicaba el tiempo en el que no daba clase, desde que comenzó el curso, a vigilar a los alumnos con esa mirada escrupulosa suya, buscando la más mínima excusa para reprochar a los jóvenes sus malas conductas, tanto como ordenarles que se metieran la camisa en los pantalones, llevasen los zapatos limpios o bien corrigiesen su lenguaje y gestos.

Cleven se preguntó por qué iba derecho a ellos, y se sorprendió al ver que el hombre tenía una fiera mirada clavada en Sam. La joven dirigió la vista hacia este, el cual había recuperado esa serena expresión en la cara, imperturbable.

—¡Usted, joven! —dijo el señor Ishiguro, poniéndose frente a él con los brazos en jarra y con esa mirada de inquisidor—. ¡Señorito Samuel S-... Sena...! Esto... —no tenía ni idea de cómo se decía su apellido.

—Ssewanyana —respondió Sam pacientemente.

—Lo que sea. Esta es la tercera vez desde que comenzó el curso que tengo que llamarle la atención por su aspecto. Le dije que se cortara el pelo como los demás chicos. Debe seguir las normas de este centro de educación como todos.

«Por lo menos no nos está echando la bronca por estar en esta zona…» pensó Cleven, sin atreverse a decirlo en voz alta.

—Mañana quiero verlo sin esa cresta de mechones largos —concluyó el hombre.

Cleven miró a Sam, a ver cómo respondía, pero este seguía mirando al profesor con esa aura sosegada, hasta que, cerrando los ojos un momento, reflexivo, volvió a mirarlo con el doble de seriedad. Ishiguro llegó a estremecerse un poco al ver esos ojos penetrantes sobre él, efecto que Sam siempre causaba cuando se ponía así.

—Señor —murmuró, poniendo un tono grave de melodrama—. Sería una blasfemia cortarme este pelo.

—¿Eh? —se sorprendió el hombre.

Cleven arqueó una ceja, intrigada. «¿Una blasfemia?».

—Verá, señor —prosiguió Sam—. Esto es porque en mi tribu, el espíritu guerrero Ukrad-Ne ha sido el protector de mi gente durante milenios, un importantísimo símbolo para nosotros que representa la virilidad de los hombres al cumplir una cierta edad. Antes de pasar a formar parte del mundo de los espíritus, fue un grandioso rey proveniente del Reino de Carashu, a los pies la gran montaña Kilimanjaro, destacado por su larga melena, donde se decía que encerraba su fuerza...

—¿Eh? —repitió Ishiguro.

—... y tras la batalla contra los espíritus Ikuza, Mazhue y Goa, él quedó como único superviviente, pues su reino fue arrasado por las fuerzas del otro mundo, impidiendo la entrada a todo mortal. Fue cuando viajó a lo que hoy se conoce como Uganda y fundó un nuevo reino, esperando el momento adecuado para vengarse. Pero pasaron los años, y antes de su muerte le pidió a su hijo Ukrod-Un que llevara a cabo su venganza...

—Espere... —intentó intervenir el hombre, empezando a asustarse—. ¿De qué me está hablando?

—... tuvo que entrenarse durante varios años, dejándose como recuerdo de su padre el cabello largo desde la frente hasta la nuca, donde esperaba que su padre le transmitiera su fuerza. Fue entonces cuando, al cumplir los 15 años, viajó hacia el antiguo reino de su padre, pasando la línea que separaba el mundo mortal y el de los espíritus...

—Oiga, no hace falta que...

—... pero al dar el primer paso hacia la frontera, cuentan que el espíritu Goa fue el primero en enfrentarse a él, pero fue derrotado. Después se enfrentó a Mazhue, y lo derrotó. Finalmente, Ikuza, que estuvo observando los errores de sus hermanos, descubrió la fuente de la fuerza de Ukrod-Un y durante la lucha, consiguió cortarle el pelo, tras lo cual Ukrod-Un murió, aunque se dice que se llevó con él su pelo cortado al mundo de los espíritus, donde, reuniéndose con su padre, se enfrentaron al gran Ikuza...

—Oiga, ten... tengo que irme... —declaró el señor Ishiguro, con lágrimas en los ojos y dando media vuelta para largarse de allí lo antes posible.

Sin embargo, Sam lo detuvo, poniéndole una mano en el hombro, e incluso Cleven se estremeció al ver la soberana expresión en sus ojos.

—Profesor. Aún no le he contado la historia de Carashu.

—¡Está bien, está bien, puede dejarse el pelo largo, no hace falta que se lo corte! ¡Pero déjeme en paz! —exclamó el hombre, muerto de miedo, y se marchó de allí a toda prisa.

Cleven, que tenía la boca abierta de par en par, estupefacta, miró a Sam. Este dio un leve suspiro, mientras se metía las manos en los bolsillos con una tranquilidad increíble.

—Esto... —vaciló Cleven, algo nerviosa—. ¿Es verdad eso del espíritu guerrero que tenía la fuerza en su pelo y que es el símbolo de virilidad en tu tribu? ¿Y que por eso no puedes cortarte el pelo?

Sam bajó la vista hacia ella. A la joven le latía el corazón con fuerza, maravillada con la historia.

—Es la historia más idiota que se me ha ocurrido —contestó el chico, impasible.

Cleven cayó al suelo con una flecha clavada en el alma.

—¿¡Me estás diciendo que te has inventado toda esa historia ahora mismo para deshacerte de Ishiguro!?

—Sep.

Ahora sí que estaba segura. «¡Qué chico más raro!» pensó. No obstante, admiró a Sam por cómo había desarrollado una técnica para asustar al mismísimo Ishiguro, consiguiendo además el permiso de dejarse el pelo como estaba. «Este chico es superlisto».

—Vaya —rio Cleven—. Incluso casi llego a creerme eso de que procedes de una tribu...

—Eso es verdad —terció.

—Ah —se quedó de piedra—. ¿Cómo...?

—Soy mestizo.

—¿Mestizo?

—Como casi todos los alumnos de este centro. Mi madre es blanca, y mi padre negro. Mi madre es de ascendencia inglesa, nació en una de las colonias británicas que se implantaron en Uganda hace unos siglos. Mi padre nació en la tribu indígena de Kikun.

—Oooh... —se asombró—. No tenía ni idea de que...

Antes de que pudiese acabar la frase, un pájaro de plumas negras azuladas y de pico color ocre se posó de pronto sobre el hombro de Sam. Cleven lo miró, sobresaltada, pero Sam, en cambio, ladeó levemente la cabeza hacia el ave y se quedó un momento en sumo silencio, mientras el pájaro emitía unos pequeños graznidos, como si le estuviera susurrando a la oreja. Movía la cabeza rápidamente hacia todas direcciones, como hacían todos los pájaros, y pegaba pequeños saltitos abriendo las alas brevemente.

«¿Qué está pasando?» se preguntó Cleven, «Un pájaro se le ha posado en el hombro…». A los pocos segundos, Sam volvió a levantar la cabeza y el pájaro salió volando hasta perderse de vista junto con una densa bandada formada por los suyos que sobrevoló el instituto en un abrir y cerrar de ojos.

—Disculpa, tengo que irme —le dijo Sam.

—Ah, vale —contestó Cleven, sin salir del todo de la confusión—. Ya nos veremos.

Sam respondió con una inclinación de la cabeza y se marchó, dirigiéndose hacia el edificio. «Qué cosas más raras pasan por aquí...» se dijo Cleven, frunciendo el ceño. «¡Ah, sí! El tío Brey» recordó que tenía una pequeña misión que cumplir antes de que acabara el recreo, y después de asegurarse de que no había nadie más por los alrededores, se coló por una puerta trasera del edificio.









19.
Un chico raro

Mientras tanto, en otro punto de la ciudad...

—... junto con los hidrocarburos y los demás elementos que he mencionado antes, se obtendrá la sustancia requerida para la mezcla química que os piden en la página... —comentaba el viejo profesor dibujando en la enorme pizarra un complicado esquema de moléculas.

Los alumnos de la facultad de Medicina, sentados en sus pupitres escalonados, apuntaban aplicadamente todo lo que oían, en silencio. Todos aquellos jóvenes mostraban una postura disciplinada y atenta, llena de respeto. Las aulas de la universidad podían abarcar más de cuarenta personas, lo que para un profesor resultaría difícil controlar las malas conductas, no obstante, con aquel profesor nadie se atrevía a hacer nada que pudiera mosquearle.

Nadie excepto un alumno, sentado en una fila del fondo, tendido sobre la mesa y durmiendo profundamente. Las dos personas que estaban a ambos lados del chico lo miraban con inquietud, no por el hecho de que si lo pillaba el profesor podían correr peligro de ser golpeados por una tiza mortal, sino porque hasta durmiendo ese chico emitía un frío aterrador. Les daba miedo, pues ya lo conocían estando despierto, y tenían mucho cuidado de no despertarlo, por si acaso.

Sin embargo, el profesor no pasó eso por alto. Detuvo su charla y le clavó una mirada fiera al joven durmiente. Rechinando los dientes, el viejo se dirigió hacia su mesa y sacó de un cajón una cajita de madera donde había un puñado de tizas gordas. Eran las tizas de lanzamiento. Los alumnos, al ver lo que iba a pasar, se mostraron nerviosos, preguntándose quién iba a ser la víctima por tercera vez en aquella clase de dos horas con ese profesor. Sí, ya había hecho uso de las tizas de lanzamiento dos veces en esa mañana, hacia la misma persona, y dadas las expectativas, la tercera vez tenía el mismo objetivo.

El viejo y menudo profesor se puso en el centro y, apuntando con presteza, lanzó la gorda tiza blanca hacia el joven durmiente, la cual le dio en toda la cabeza. Todos comenzaron a temblar al ver de quién volvía a tratarse, y aún más cuando lo vieron levantar la cabeza lentamente de la mesa, desprendiendo un aura siniestra con la tiza que le había atacado en una mano.

—¡Usted, el rubio! —exclamó el profesor con reproche, apuntándolo con el dedo—. ¡Ya es la tercera vez que le tengo que llamar la atención de esta manera! ¡Aquí no se viene a dormir, joven!

El rubio, que en efecto era Raijin, tenía los ojos clavados en el hombre desde lo alto del aula, y el codo apoyado sobre la mesa, jugueteando con la tiza entre sus dedos. Sólo eso bastaba para que sus compañeros de clase se estremecieran, aunque el profesor permanecía autoritario.

—Váyase ahora mismo al despacho de la orientadora —le ordenó—. ¡Demonios, que ya no está usted en el parvulario! Debería darle vergüenza que tenga que castigarle como si esto fuera el instituto. ¡Vaya ahora mismo!

Raijin, como toda respuesta, apretujó la tiza hasta hacerla polvo en un segundo, y el compañero que tenía al lado se alejó de él unos centímetros, temeroso. Acto seguido se levantó de su sitio, bajó las escaleras y salió del aula después de seguir sintiendo la mirada de desaprobación del profesor.

¿Al despacho de la orientadora? Ay... ¿Cuántas veces lo habían enviado allí desde que empezó la universidad? Esta universidad era así de estricta, pero porque era la más prestigiosa del país y se encargaba de formar a jóvenes impecables en su profesión y también en la conducta ejemplar como ciudadanos modelo. Raijin, a pesar de tener unos modales japoneses perfectos, tenía claros problemas de conducta cuando la falta de sueño lo superaba, que era a menudo. Pero si seguía siendo alumno de esta universidad, era por su extraordinario expediente. Sus notas siempre eran las máximas.

Por eso, podía andar tranquilo y permitirse algunas libertades, como no ir al despacho de la orientadora y, en lugar de eso, salirse a los jardines exteriores que rodeaban el edificio principal, sentarse bajo la sombra de un árbol y echarse a dormir ahí.

Estaba demasiado cansado. Siempre estaba cansado. Tenía muchas responsabilidades, pero él estaba totalmente comprometido con ellas, y no sólo por decisión, sino que también lo tenía en la sangre, en el alma. Porque él había nacido diferente, y por muy duro que fuera cumplir con el deber, para él sería mucho más duro no cumplir con el deber.


* * * * * *


Por fin, el timbre sonó por todo el edificio, indicando el comienzo de la hora de descanso en el instituto. Al poco tiempo, Cleven, Nakuru y Raven ya se habían reunido en los bancos de la zona arbolada, donde estaba la valla que limitaba con el recinto del colegio. Nakuru debía irse la segunda media hora hacia otra reunión que tenía con los del periódico, y Raven también tenía una reunión con su club de moda.

Por ello, Cleven aprovechó la primera media hora para contarles un resumen de lo que había estado haciendo: lo de que se había ido de casa, lo de que estaba buscando a su tío con el que pensaba irse a vivir, y sobre todo...

—No os lo podéis imaginar, es un chico guapísimo, pero, desgraciadamente, nada simpático ni hablador. Tengo unas ganas de volver a verlo, aunque sólo fuese para llamarme “pelmaza” otra vez...

—Oh, pero ¿cómo es? ¿Qué aspecto tiene? ¿Cómo se llama? —preguntó Raven, intrigada.

Sin embargo, Nakuru era la que no estaba escuchando esta historia. Estaba más preocupada por otra cosa que había escuchado.

—Cleven, no sé si ha sido una buena idea eso de irte de casa —le comentó, antes de que respondiera a las preguntas de Raven.

—Comprendo que pienses eso, pero no entiendes lo importante que es para mí...

—No se trata de eso —la interrumpió, con cara apenada—. No le puedes hacer eso a tu padre.

—Nak, por favor —bufó con desgana—. En cuanto este asunto esté solucionado, se le pasará. Ya conoces a mi padre.

—Sí... Ya lo conozco... —murmuró Nakuru, desviando la mirada—. Por cierto —volvió a alzar la vista hacia su amiga—, ¿a qué tío dices que estás buscando? ¿Tienes alguno?

—Es el hermano de mi madre, Brey Saehara.

Tras oír eso, Nakuru no dijo nada, ni siquiera se movió. Ni pestañeó. Dejó de respirar por unos segundos.

—Vaya, no sabía que tenías un tío, y menos en esta ciudad —comentó Raven, entusiasmada.

—Yo no lo conozco. De hecho, no sé de él nada más que su nombre. Pero tengo que encontrarlo cuanto antes, necesito conocerlo… me muero de ganas…

Las dos chicas comenzaron a charlar sobre todo este asunto, ilusionadas. Desde luego, a Raven le parecía emocionante lo que Cleven estaba haciendo, a excepción de Nakuru, que seguía ahí, junto a ellas, en silencio, contemplado a Cleven con una mirada preocupada e inquieta. Se preguntó si debía decirle algo o dejar las cosas como estaban. No sabía qué hacer, se sentía responsable de algo...

—Nakuru —la despertó Cleven de sus pensamientos—, y Raven, por favor, ni una palabra de esto a nadie.

—Prometido —saltó Raven al instante, alzando la palma de la mano.

Cleven miró a Nakuru de nuevo, esperando una respuesta.

—Yo... —titubeó—. No quiero que me metas en esto, Cleven.

—Tranquila, no os voy a involucrar en nada, lo único que tienes que hacer es no decírselo a nadie, nada más —le sonrió—. Pero prométemelo.

Hubo una pausa larga. Nakuru estaba contra la espada y la pared, sabía que lo que iba a hacer era lo incorrecto, una irresponsabilidad, un acto irracional, algo que iba en contra de ser iris. Pero no podía defraudar a su mejor amiga, a la que veía tan feliz en ese momento.

—Te lo prometo.

Llegó el momento en que Raven y Nakuru tuvieron que dejar sola a Cleven para asistir a sus respectivas reuniones. Ella todavía no estaba en ninguna actividad extraescolar o club porque los entrenamientos de natación tardaban un poco en comenzar, que era a lo que ella quería apuntarse.

Decidió que era el mejor momento para investigar sobre la supuesta estancia de su tío en el Tomonari como alumno. Iba a ser pan comido, porque la verdad es que no era la primera vez que Cleven se colaba en los ordenadores de Secretaría para intentar ver su propio expediente o las preguntas de un futuro examen…

No es que ella hubiese heredado la suprema habilidad de su madre de manejar o hackear ordenadores, de hecho, Cleven no tenía mucha idea de informática, sólo lo normal. Lo que había heredado era la poca vergüenza y las ideas malignas de su padre. Y los ordenadores de Secretaría eran realmente fáciles de acceder. Ponían poca vigilancia, sobre todo a esta hora, la del café, porque sabían que nadie en su sano juicio se le ocurriría meterse ahí sin permiso. Pero claro, cuando Cleven se obcecaba con un capricho, su sano juicio se iba de vacaciones.

Se abrochó bien el abrigo. Hacía un buen día soleado, pero hacía mucho frío. Se dio prisa por cruzar la zona arbolada para dirigirse a la parte trasera del edificio del instituto, para meterse por una de las puertas del conserje, donde atajaría hasta la Secretaría sin ser vista.

Sin embargo, vio algo que le llamó la atención. Un poco más allá, sobre una alta rama de uno de los árboles, había un chico tumbado sobre ella. Cleven entornó los ojos, curiosa. Parecía estar dormido. Llevaba el uniforme del instituto, pero no lo reconocía como alguien de su clase, ni de su curso. Parecía un poco mayor, por lo que dedujo que podría ser de tercer año.

Se sobresaltó un poco cuando el chico giró levemente la cabeza hacia ella, como si la hubiese detectado a distancia. Cleven se sintió algo inquieta al darse cuenta de que la estaba mirando. Al parecer, no estaba durmiendo, sólo descansando. La joven se hizo la tonta y siguió andando, pero como seguía curiosa, iba echando pequeños vistazos hacia arriba, hacia él, sin prestar atención por donde pisaba… y acabó metiendo el pie en un agujero enorme que había en el suelo.

—¡Juaah!

Vio de antemano la torta que se iba a dar, y cerró los ojos con fuerza. No obstante, sintió cómo alguien la agarraba del brazo y tiraba de ella para alejarla del hoyo del suelo. Cleven notó el tirón y por puro instinto se agarró fuertemente a la camisa de ese alguien, aún con los ojos cerrados. Cuando notó que estaba a salvo, con los pies en tierra firme, abrió los ojos, y tuvo que levantar un poco la cabeza para verle la cara.

Se sonrojó un poco. Era el chico de antes, el que estaba tumbado sobre la rama de un árbol hace unos segundos. ¿Cómo podía haber ido hasta ella en tan poco tiempo? Cleven seguía anonadada observándolo, todavía agarrada a su camisa. No era sólo por su aspecto, era por su mirada. El chico tenía un rostro exótico, de piel algo oscura, nariz ancha y labios carnosos. Tenía el pelo rubio oscuro, muy rapado por los laterales, y bastante largo por arriba y su nuca, cayendo hacia su espalda, con algunas finas trenzas.

La mirada de sus ojos de color café era lo que embelesaba a Cleven. Tenía una expresión serena, casi majestuosa. Como la de un ave grande y rapaz.

—¡Ah, lo siento! —dijo apurada, separándose de él, muerta de vergüenza—. Qué susto. Gracias. No sé qué ha pasado…

—Están arreglando una tubería —le dijo el chico con una voz suave y profunda, señalando el gran agujero junto a ellos, algo hondo, donde asomaba una tubería grande con la que Cleven seguramente se habría dado un morrazo.

—Caray, ¿no deberían poner un cartel o una valla o algo?

—Se supone que ningún alumno debería estar caminado por aquí —entornó los ojos con suspicacia.

—O durmiendo sobre la rama de un árbol —le devolvió Cleven la indirecta, pero riendo, de forma amigable.

El chico se quedó callado unos segundos.

—Yo no digo nada si tú no dices nada.

—Hecho —contestó Cleven—. Oye… me suena tu voz de algo. ¿De qué curso eres?

—Tercero —contestó, inclinado levemente la cabeza como señal de extrañeza por la pregunta.

—¿Eres nuevo en este instituto?

—No —respondió, empezando a estar confuso por aquellas preguntas—. ¿Te pasa algo, Cleven?

—¿Eh? —se sorprendió—. ¿Cómo sabes mi nombre?

—Yako te presentó ayer —dijo como si fuera evidente.

—¿Conoces a Yako? —se sorprendió aún más.

El chico ya no contestó, no sabía de qué iba Cleven, y se la quedó mirando con una ceja levantada.

—¿Es que... tú y yo nos conocemos? —preguntó la joven, extrañada.

—Un poco.

—¿Eres amigo de Yako?

—Trabajo en su cafetería... —le dijo con un tono sutil y mirándola fijamente, todo como si fuera obvio.

Cleven se quedó reflexiva, sin apartar la vista de él, estudiándolo. La voz ya le resultaba familiar, pero las dudas acabaron cuando vio que el chico tenía puestos unos guantes negros que ella ya había visto. Pegó un respingo con sorpresa, tapándose la boca y con los ojos como platos, alejándose de él un paso.

—Aaah, ¡no me digas que tú eres...! ¿¡Tú eres Samuel!?

—Puedes llamarme Sam.

Él entendió entonces por qué ella no lo había reconocido antes. Era la primera vez que ella le veía la cara, porque ayer en la cafetería iba muy tapado y abrigado. Cleven volvió a recorrerlo con la mirada, asociando el aspecto de ese chico con el Sam que ella se había imaginado. Jamás se habría esperado que Sam fuese así. En principio, creía que por venir de África su piel sería muy oscura, pero era más bien canela. Y su pelo era claro, y liso.

—No eres negro —declaró Cleven, señalándolo con el dedo, sin salir de su sorpresa.

Sam puso una mueca un poco impactada por el comentario tan repentino, pero volvió a serenarse y empezó a mirarse a sí mismo, descubriéndose los brazos como si estuviera comprobando algo.

—Vaya, juraría que ayer sí lo era —contestó con un sarcasmo bien disimulado.

—¡Ah! Perdona… —se disculpó al percatarse de su poca decencia—. Madre mía… Es que… te imaginaba como el estereotipo africano, después de saber que eres de Uganda…

—Tranquila —sonrió calmado—. Es normal. Mi aspecto es minoritario.

Cleven notó que se le aceleraba el corazón. Durante ese rato, Sam se había mostrado muy serio, esta pequeña sonrisa suya fue inesperada. Casi había creído que su personalidad se parecía mucho a la de Raijin por su forma de hablar, su tono serio y su expresión regia, pero no era como él. Era un chico muy formal, pero también mostraba gestos de amabilidad. «Resulta que Sam no es un tipo tan raro, como me dijo Yako» pensó Cleven.

De pronto, ambos miraron a un lado al oír unos pasos acercándose. Era un profesor, el de Matemáticas, el señor Ishiguro, que además era el nuevo jefe de estudios del instituto de ese año. Dedicaba el tiempo en el que no daba clase, desde que comenzó el curso, a vigilar a los alumnos con esa mirada escrupulosa suya, buscando la más mínima excusa para reprochar a los jóvenes sus malas conductas, tanto como ordenarles que se metieran la camisa en los pantalones, llevasen los zapatos limpios o bien corrigiesen su lenguaje y gestos.

Cleven se preguntó por qué iba derecho a ellos, y se sorprendió al ver que el hombre tenía una fiera mirada clavada en Sam. La joven dirigió la vista hacia este, el cual había recuperado esa serena expresión en la cara, imperturbable.

—¡Usted, joven! —dijo el señor Ishiguro, poniéndose frente a él con los brazos en jarra y con esa mirada de inquisidor—. ¡Señorito Samuel S-... Sena...! Esto... —no tenía ni idea de cómo se decía su apellido.

—Ssewanyana —respondió Sam pacientemente.

—Lo que sea. Esta es la tercera vez desde que comenzó el curso que tengo que llamarle la atención por su aspecto. Le dije que se cortara el pelo como los demás chicos. Debe seguir las normas de este centro de educación como todos.

«Por lo menos no nos está echando la bronca por estar en esta zona…» pensó Cleven, sin atreverse a decirlo en voz alta.

—Mañana quiero verlo sin esa cresta de mechones largos —concluyó el hombre.

Cleven miró a Sam, a ver cómo respondía, pero este seguía mirando al profesor con esa aura sosegada, hasta que, cerrando los ojos un momento, reflexivo, volvió a mirarlo con el doble de seriedad. Ishiguro llegó a estremecerse un poco al ver esos ojos penetrantes sobre él, efecto que Sam siempre causaba cuando se ponía así.

—Señor —murmuró, poniendo un tono grave de melodrama—. Sería una blasfemia cortarme este pelo.

—¿Eh? —se sorprendió el hombre.

Cleven arqueó una ceja, intrigada. «¿Una blasfemia?».

—Verá, señor —prosiguió Sam—. Esto es porque en mi tribu, el espíritu guerrero Ukrad-Ne ha sido el protector de mi gente durante milenios, un importantísimo símbolo para nosotros que representa la virilidad de los hombres al cumplir una cierta edad. Antes de pasar a formar parte del mundo de los espíritus, fue un grandioso rey proveniente del Reino de Carashu, a los pies la gran montaña Kilimanjaro, destacado por su larga melena, donde se decía que encerraba su fuerza...

—¿Eh? —repitió Ishiguro.

—... y tras la batalla contra los espíritus Ikuza, Mazhue y Goa, él quedó como único superviviente, pues su reino fue arrasado por las fuerzas del otro mundo, impidiendo la entrada a todo mortal. Fue cuando viajó a lo que hoy se conoce como Uganda y fundó un nuevo reino, esperando el momento adecuado para vengarse. Pero pasaron los años, y antes de su muerte le pidió a su hijo Ukrod-Un que llevara a cabo su venganza...

—Espere... —intentó intervenir el hombre, empezando a asustarse—. ¿De qué me está hablando?

—... tuvo que entrenarse durante varios años, dejándose como recuerdo de su padre el cabello largo desde la frente hasta la nuca, donde esperaba que su padre le transmitiera su fuerza. Fue entonces cuando, al cumplir los 15 años, viajó hacia el antiguo reino de su padre, pasando la línea que separaba el mundo mortal y el de los espíritus...

—Oiga, no hace falta que...

—... pero al dar el primer paso hacia la frontera, cuentan que el espíritu Goa fue el primero en enfrentarse a él, pero fue derrotado. Después se enfrentó a Mazhue, y lo derrotó. Finalmente, Ikuza, que estuvo observando los errores de sus hermanos, descubrió la fuente de la fuerza de Ukrod-Un y durante la lucha, consiguió cortarle el pelo, tras lo cual Ukrod-Un murió, aunque se dice que se llevó con él su pelo cortado al mundo de los espíritus, donde, reuniéndose con su padre, se enfrentaron al gran Ikuza...

—Oiga, ten... tengo que irme... —declaró el señor Ishiguro, con lágrimas en los ojos y dando media vuelta para largarse de allí lo antes posible.

Sin embargo, Sam lo detuvo, poniéndole una mano en el hombro, e incluso Cleven se estremeció al ver la soberana expresión en sus ojos.

—Profesor. Aún no le he contado la historia de Carashu.

—¡Está bien, está bien, puede dejarse el pelo largo, no hace falta que se lo corte! ¡Pero déjeme en paz! —exclamó el hombre, muerto de miedo, y se marchó de allí a toda prisa.

Cleven, que tenía la boca abierta de par en par, estupefacta, miró a Sam. Este dio un leve suspiro, mientras se metía las manos en los bolsillos con una tranquilidad increíble.

—Esto... —vaciló Cleven, algo nerviosa—. ¿Es verdad eso del espíritu guerrero que tenía la fuerza en su pelo y que es el símbolo de virilidad en tu tribu? ¿Y que por eso no puedes cortarte el pelo?

Sam bajó la vista hacia ella. A la joven le latía el corazón con fuerza, maravillada con la historia.

—Es la historia más idiota que se me ha ocurrido —contestó el chico, impasible.

Cleven cayó al suelo con una flecha clavada en el alma.

—¿¡Me estás diciendo que te has inventado toda esa historia ahora mismo para deshacerte de Ishiguro!?

—Sep.

Ahora sí que estaba segura. «¡Qué chico más raro!» pensó. No obstante, admiró a Sam por cómo había desarrollado una técnica para asustar al mismísimo Ishiguro, consiguiendo además el permiso de dejarse el pelo como estaba. «Este chico es superlisto».

—Vaya —rio Cleven—. Incluso casi llego a creerme eso de que procedes de una tribu...

—Eso es verdad —terció.

—Ah —se quedó de piedra—. ¿Cómo...?

—Soy mestizo.

—¿Mestizo?

—Como casi todos los alumnos de este centro. Mi madre es blanca, y mi padre negro. Mi madre es de ascendencia inglesa, nació en una de las colonias británicas que se implantaron en Uganda hace unos siglos. Mi padre nació en la tribu indígena de Kikun.

—Oooh... —se asombró—. No tenía ni idea de que...

Antes de que pudiese acabar la frase, un pájaro de plumas negras azuladas y de pico color ocre se posó de pronto sobre el hombro de Sam. Cleven lo miró, sobresaltada, pero Sam, en cambio, ladeó levemente la cabeza hacia el ave y se quedó un momento en sumo silencio, mientras el pájaro emitía unos pequeños graznidos, como si le estuviera susurrando a la oreja. Movía la cabeza rápidamente hacia todas direcciones, como hacían todos los pájaros, y pegaba pequeños saltitos abriendo las alas brevemente.

«¿Qué está pasando?» se preguntó Cleven, «Un pájaro se le ha posado en el hombro…». A los pocos segundos, Sam volvió a levantar la cabeza y el pájaro salió volando hasta perderse de vista junto con una densa bandada formada por los suyos que sobrevoló el instituto en un abrir y cerrar de ojos.

—Disculpa, tengo que irme —le dijo Sam.

—Ah, vale —contestó Cleven, sin salir del todo de la confusión—. Ya nos veremos.

Sam respondió con una inclinación de la cabeza y se marchó, dirigiéndose hacia el edificio. «Qué cosas más raras pasan por aquí...» se dijo Cleven, frunciendo el ceño. «¡Ah, sí! El tío Brey» recordó que tenía una pequeña misión que cumplir antes de que acabara el recreo, y después de asegurarse de que no había nadie más por los alrededores, se coló por una puerta trasera del edificio.





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