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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __









37.
Todo el mundo esconde algo (2/2)

—¿Y bien? —preguntó Raijin cuando todos se reunieron en la calle—. ¿Por qué no hablar dentro?

—Porque ahí está mi mejor amiga, que es humana, y no es conveniente que me vea con vosotros —contestó Nakuru.

—¡Ah! ¿Es tu mejor amiga? —sonrió Yako—. Qué coincidencia. La conocí antes de ayer en un autobús. Es encantadora.

—Lo sé —sonrió también, pero dio un sobresalto cuando Raijin la cogió de la barbilla y le levantó un poco la cabeza—. ¿Qué...?

—¿Cómo te has hecho eso? —preguntó el rubio, analizando el corte que tenía bajo la mandíbula, y Yako se apresuró a mirar también, preocupado.

—Ha sido el elemento Viento de la MRS —les contó Drasik, apoyándose tranquilamente contra la pared del edificio—. La ha cortado con el viento, pero no hay más daños que ese.

—¿Habéis estado hoy buscando más elementos? —preguntó Yako, mientras Raijin sacaba un pañuelo del bolsillo y le limpiaba la herida a Nakuru.

—Ayer descubrimos al elemento Radiación y al de Electricidad —comentó Nakuru, apretando de vez en cuando los dientes al notar el escozor de la herida.

—¿Cómo os fue entonces? —quiso saber Yako.

—Pues verás, tuvimos problemas, pero al final el viejo Lao nos salvó el pellejo… —le explicó Drasik.

Mientras el chico les contaba a Sam y a Yako la batallita del día anterior, Nakuru miró fijamente a Raijin, con el ceño fruncido, mientras este le ponía una tirita en la herida que había sacado de uno de los bolsillos de sus pantalones.

—Mira el señor médico —sonrió la joven—. ¿Siempre llevas tiritas encima?

—No me queda más remedio —contestó el rubio—. No te muevas.

—Oye... Raijin —titubeó—. Esa chica, mi amiga... ¿La conoces?

—¿La pesada? Sí, desde anteayer, como Yako. Dice que se está emancipando.

—Ahm… ¿Eres tú aquel que se ofreció a hacerle un pequeño recorrido por Shibuya?

—¿Te ha dicho esa pelmaza que yo me ofrecí a ayudarla con su capricho humano innecesario?

—Te forzó Yako —adivinó Nakuru enseguida.

—Pues como siempre —rezongó Raijin.

—¿Pero no hay nada de ella... que te llame la atención? —Nakuru quería averiguar algo muy importante, pero debía tener cuidado con las palabras.

—¿Aparte de su asquerosa manera de engullir la comida? No.

Nakuru lo miró aún más tensa. «De acuerdo... Esto lo confirma. Veo que mi memoria es la única de por aquí que no ha sido retocada» pensó.

—Bueno, ¿y hoy habéis descubierto más? —preguntó Yako cuando Drasik terminó la historia, mirando a Nakuru.

—Hoy nos hemos enfrentado al Viento, a la Oscuridad y a la Arena —le respondió esta, tocándose la herida ya curada—. Bueno, ha sido un enfrentamiento muy breve con ellos. Hemos huido nada más saber sus elementos, no nos han reconocido.

—Y los hemos visto después dividirse para custodiar cada uno un puente del río Ara —añadió Drasik—. Los cinco más cercanos a la bahía.

—Tiene sentido —caviló Raijin—. El río Ara es más ancho que el Edo, les da más margen de acción para detener a Kyo. —Sacó un momento su teléfono móvil para escribirle a Kiyomaro, confirmándole la ubicación—. Kiyomaro va a darle a la policía un falso aviso, de la llegada de varios vehículos con cargamento de drogas que van a entrar en Tokio pasando por esos puentes. Suficiente para que la policía se presente en ellos con un despliegue que ahuyentará a los de la MRS a zonas fuera del ojo público, donde la SRS ya podrá emboscarlos y retenerlos a la fuerza. Entonces, estos son la Radiación, la Electricidad, la Oscuridad, el Viento y la Arena, mientras que los que están detrás de Kyo son el Agua, el Fuego, Animal y Planta.

—Y esta es la última nota que me ha traído un cuervo, con el olor de Kyo nuevamente —les mostró Sam un pequeño trozo de papel—. “Templo Tsukino anochecer”. Ahí es donde piensa hacer el engaño a sus perseguidores. Sé dónde está.

—Ya lo tenemos —concluyó Yako.

—¿Y ahora qué? —preguntó Drasik.

—Yako, Sam y yo partiremos ahora mismo hacia el Templo Tsukino —dijo Raijin—. Vosotros dos —miró a Drasik y a Nakuru—, quiero que vayáis enseguida a la Torre Genki, allí está esperando el Líder de la SRS a que le demos toda esta última información, en persona, para que no haya errores. Decidle que se pongan en posición, preparados para emboscar a los de la MRS cuando se alejen de los puentes. Luego os mantenéis al margen.

—¿¡Qué!? —saltó Drasik—. ¿Al margen? ¡Yo también quiero luchar!

—Ni hablar —replicó Raijin—. Ya habéis cumplido con lo vuestro, no haréis nada más.

—¡Venga ya! —se enfadó—. ¡Si el Líder estuviese aquí, no nos dejaría tirados en lo más interesante!

—El Líder no está aquí, Sui-chan —suspiró Raijin con paciencia—. Y no volverá. Olvídate de él de una maldita vez. ¿Quieres?

—¡Estoy harto de seguir tus órdenes! —le espetó Drasik—. ¡Se supone que Lao es el Segundo al mando, se supone que ahora él sería como el Líder, no tú! ¡Sólo porque Nakuru y yo somos los más jóvenes, no quiere decir que seamos una carga!

—¡No tiene nada que ver! Tengo mis razones, y de esta operación me encargo yo, no Lao, así que trágate tu orgullo por una vez y acata las órdenes sin rechistar.

—¡Deja de darte esos aires, no te soporto! —estalló Drasik, agarrándose de los pelos—. ¡Sólo porque no te caigo bien pasas de mí como la mierda, no me dejas hacer nada y a los demás sí! ¡A Nakuru le dejas hacer más cosas que a mí! ¡Claro, como tú naciste siendo iris, te crees mejor que nadie!

—¡Me estás empezando tocar mucho los cojones tú hoy! —gruñó Raijin, alzando un poco las manos y, arqueando los dedos, generó amenazantes cargas eléctricas. Drasik le contagió el enfado muy deprisa.

—¡Atrévete! —le desafió Drasik, poniéndose en guardia, e hizo que el agua del charco que estaba pisando se elevase por el aire en forma de columnas, la cuales convirtió en pequeñas y afiladas lanzas de hielo.

—¡Ya está bien! —intervino Yako, sujetando a Raijin, y Nakuru hizo lo mismo con Drasik.

—¡Kyo está en peligro! ¿¡Recordáis!? —exclamó Nakuru.

Ambos chicos permanecieron en tensión, mirándose con rabia, diciéndose de todo a través de los ojos, hasta que Drasik relajó los músculos y se soltó de Nakuru con brusquedad. Le lanzó otra mirada fría a Raijin y, dando media vuelta, dio un enorme salto que lo llevó a perderse en lo alto de los edificios, indicando que abandonaba. Los cuatro que quedaban ahí guardaron un rato de incómodo silencio.

—Afloja un poco la cuerda con él, Raijin —le pidió Nakuru entonces.

—¿Aflojar? —repitió incrédulo—. ¡No para de quejarse! Una y otra vez con el mismo tema.

—¡Tienes que entenderlo, Raijin! Se siente muy triste por la marcha de nuestro Líder, aun después de siete años no quiere aceptarlo. Y sé que ninguno de vosotros tampoco —miró fijamente a los tres—. Ni yo tampoco. Pero a Drasik le cuesta más dominar esa tristeza. ¿Por qué no le das una oportunidad y le dejas participar en luchas más serias, Raijin? Quizá sea por eso por lo que no se contiene, porque no le dejas desahogarse en misiones más serias.

—¡Que no, Nakuru! —objetó Raijin, harto—. Deja ya de defenderlo, ¡tiene que madurar! Sé que Drasik es un buen iris, y lo sé mejor que ninguno de vosotros. Si no le dejo participar en estas cosas es porque todavía no quiere reconocer que tiene majin, ¡y no hace nada por intentar curárselo! No es sólo porque pueda peligrar la misión, sino a sí mismo también, y no puedo dejarle que vaya por ahí a encargarse de asuntos más serios con un majin que ha elegido ignorar. Participar en estas luchas no hará más que empeorarlo. Que primero se encargue de controlar su majin, y luego le dejaré hacer todo lo que quiera. Drasik se empeña en creer que sólo quiero joderle, pero el acto de joder a alguien por sentimientos personales es algo completamente irracional. Sabéis que yo no tengo sentimientos personales, todo lo que hago y digo es por una razón de lógica conforme al cumplimiento de mi deber. Tengo que cuidar de cada uno de vosotros y organizaros atendiendo a los problemas particulares y a las capacidades disponibles que tengáis. ¿Entendido?

Nakuru entendió al instante cada palabra que decía, y llevaba la razón, como siempre. Acabó asintiendo con la cabeza, resignada.

—Vámonos —masculló Raijin, emprendiendo la marcha calle arriba.

—Ahm... Nakuru, ve tú a la Torre Genki, ¿vale? —le dijo Yako, siguiendo rápidamente a su amigo para no perderlo de vista.

—Ten cuidado —añadió Sam, marchándose con ellos.

—Lo mismo os digo, "hermanos" —asintió Nakuru, suspirando.

Nada más desaparecer los tres calle arriba, Nakuru dio media vuelta para seguir el camino contrario hacia la Torre Genki. Estaba bastante lejos de donde se encontraba en ese momento, precisamente cerca del río Ara, así que tenía que darse prisa. Pero, nada más dar el primer paso, alguien la llamó.

—¡Hey, Nak! —exclamó Cleven con gran sorpresa, que acababa de salir por la puerta de la cafetería—. ¿Qué haces por aquí? —sonrió.

Nakuru se quedó un momento paralizada, de espaldas a ella, y lo primero que hizo fue ocultar la tirita de su cara tras la bufanda. Se dio la vuelta lentamente y la miró con una sonrisa forzada.

—Ah... Cleven... Hola.

—Tía, qué sorpresa verte por aquí —celebró entusiasmada, cogiéndola de las manos, y miró en derredor—. Vaya, ¿adónde habrán ido estos?

—¿Quiénes?

—Las personas que os dije que conocí el día que me fui de casa —sonrió aún más—. Verás, esa es la cafetería de Yako, el chico que conocí en el autobús. Estaban aquí hace un momento, pero veo que se han vuelto a escapar a saber dónde... —masculló con recelo—. Qué pena, me hubiese gustado presentártelos.

—Esto... Cleven... —titubeó, notando cómo el tiempo seguía corriendo.

—Ah, sobre todo me hubiese gustado presentarte a Raijin —la miró intensamente, apretando sus manos entre las suyas.

Nakuru se olvidó por un momento del asunto de la Torre Genki y miró a su amiga con muchos nervios. «Madre mía, ¡qué entuerto! ¡Y yo en el medio!» pensó.

—Ese… ehm… Cleven, sobre ese Raijin del que nos hablaste a Raven y a mí tan apasionadamente… eh… ¿Qué sabes de él?

—Por ahora, poca cosa, la verdad. Pero poco a poco se va soltando, es muy terco. Pero me gusta tanto... No sabes cómo deseo que haya algo entre nosotros dos.

«Ay, Dios, ay, Dios, ay, Dios...» pensó Nakuru de nuevo, empezando a sudar a 6 grados bajo cero. «No sabe lo que dice... Como se entere de esto el ex-Líder, se va a armar la gorda. No, no sólo eso, ¡me va a matar! Soy yo la responsable de Cleven, mi deber es mantenerla alejada de estas personas, de los asuntos iris. Y es que también conoce a Yako y a Sam, esto no pinta bien... Desde que la conozco, sé de sobra lo mucho que sospecha de las cosas a la mínima. Mierda. ¿Qué hago? ¿Debo seguir dejando que Cleven continúe esta relación esporádica con ellos? ¿O debo hacer algo para que no vuelva a ver a Yako y a los demás nunca más? ¿Cómo haría algo así sin que ella se dé cuenta de que pasa algo muy grande delante de sus narices? Me parece que ya es tarde para disuadirla...».

Empezó a morderse el labio inferior, cada vez más preocupada, mientras su amiga seguía hablando de Raijin sin parar. «¿Se lo digo? ¿He de decírselo?» se preguntaba. «No. No debo. ¿Y si se lo digo al ex-Líder? Tendría que hacerlo antes de que Cleven entre en la boca del lobo del todo. ¿Pero cuándo? El ex-Líder debe saber dónde está Cleven lo primero de todo, seguro que debe de estar buscándola, y lo más importante, con qué personas anda últimamente. A este paso Cleven nos descubrirá a todos».

—¡Oye! ¿¡Qué clase de empanamiento mental es ese!? —saltó Cleven, zarandeándola de los hombros—. ¡Y esa cara apocalíptica que tienes me está empezando a mosquear!

—Ah, perdona —reaccionó, y acto seguido la cogió de las manos y la miró fijamente—. Cleven, lo siento, tengo que irme.

—¿Otra vez? ¿A dónde?

«Una cosa es segura» se decidió Nakuru, «Ahora mismo tengo que zanjar mi misión y dirigirme a la Torre Genki y avisar a Pipi cuanto antes de que se ponga en marcha con sus chicos. Ahora lo que importa es Kyo».

—¡Lo siento, tengo prisa! —le dijo Nakuru, echando a correr calle abajo.

—Nakuru... —musitó con sorpresa, quedándose sola en la calle.

Ayer en el instituto también hizo lo mismo. «Bueno» pensó Cleven, entornando los ojos con escama. «Ya sé que no es asunto mío lo que hagan Yako y Raijin, pero ahora que me he convencido de que mi mejor amiga me oculta cosas y se comporta igual que esos dos... Ya es hora de que descubra qué está pasando aquí».

—Hey, pelirroja, échame una mano con esos tres —apareció MJ asomada en la puerta de la cafetería, señalándole con el dedo a los mellizos que estaban montando escándalo con Kain incluido.

—Sí… —suspiró la joven, adentrándose de nuevo en el lugar.


* * * * * *


—¡Kis, espera!

Yenkis se paró en mitad de la acera y dio media vuelta, entonces vio a Evie corriendo calle arriba, jadeando como un perro. Cuando llegó hasta él se desplomó sobre el suelo y recuperó el aliento. Yenkis sonrió.

—¿Cuánto hace que llevas persiguiéndome?

—Heh... Unos cinco minutos. Es que estaba en el parque del oeste y te vi desde lo lejos salir de la tienda del barrio y dije: “¡anda, Kis, voy a saludarlo!” Pero caminabas demasiado deprisa...

—Evie, pero si haces deporte todos los días.

—Estoy resfriada, y congestionada. Tengo el cuerpo débil desde ayer. Ya sabes cómo es cuando estás acatarrado —suspiró, y sacó un pañuelo para sonarse la nariz.

Yenkis puso una mueca un poco contenida, pues no estaba seguro de si debía aclararle a Evie que él no tenía ni idea de cómo era estar resfriado. Yenkis nunca en su vida había estado enfermo. Y él mismo sospechaba que la razón podía estar relacionada con el hecho de que uno de sus ojos brillase con una extraña luz blanca sobrenatural. Él empezó a darse cuenta apenas tres años atrás de que no era como los demás niños, ni como las demás personas, de que había nacido con algo raro o diferente, y de que era lo mismo que tenía su padre, fuera lo que fuese.

Y su propio padre ya le explicó una serie de indicaciones para evitar que alguien viese la luz de su ojo. Le dijo que ese brillo solamente se notaba en la oscuridad y que debía acostumbrarse a guiñar el ojo para ocultarlo cuando estuviese en lugares oscuros o en penumbra. De todas formas, el brillo de la luz en el ojo izquierdo de Yenkis siempre fue sutil, más débil que el que solían emitir los ojos de los demás iris oficiales ya entrenados.

—¿Vas a casa? ¿Qué hacías por el parque? —preguntó el chico.

—Dar una vuelta, nada más —contestó alegremente, recogiéndose un mechón de pelo tras la oreja—. Veo que tú vienes de compras, ¿eh?

La chica miró la bolsa de plástico que Yenkis sujetaba en la mano, donde llevaba un buen puñado de chocolatinas y un par de refrescos.

—Provisiones. Toca tarde de chocolate.

Ella respondió con otra de sus sonrisas. Yenkis vio que tenía la cara muy roja, suponiendo que era a causa de la gran carrera que se había dado, o de estar enferma. Entonces el niño negó con una sonrisa de paciencia, se quitó la bufanda y la ató al cuello de Evie.

—Ahora sé por qué te resfrías tan a menudo, siempre sales desabrigada incluso si fuera está nevando.

—Ah... sí, bueno... soy muy despistada con eso —musitó ella con vergüenza.

Ambos niños emprendieron la marcha calle arriba, Yenkis comiéndose un regaliz tranquilamente, observando su alrededor, e Evie junto a él, mirando a otra parte, agarrando tímidamente uno de los extremos de la bufanda que su amigo le había puesto. Iban por las calles de la enorme urbanización de lujosos chalets de las afueras de Tokio, donde vivía Cleven hasta hace poco. El lugar estaba silencioso, como siempre, apenas había personas caminando por allí, mayoritariamente viejos que sacaban a pasear a sus perros.

—Kis... —lo llamó Evie tras doblar una esquina, y el chico volvió la cabeza hacia ella—. Quería decirte que me ha gustado mucho la nueva canción que has compuesto.

—Ah, gracias —sonrió alegremente—. Y dime, ¿qué te parece el nuevo miembro?

—¿Taiya Miwa? Pues... es muy bueno —afirmó—. Aunque algo callado.

—Sí, no suele hablar mucho —asintió, volviendo a mirar al frente—. Lo he admitido, en parte, porque al tener 14 años puede atraer más público femenino —sonrió con sorna, volviendo la vista hacia ella de nuevo—. ¿Te gusta?

—¿Eh? —se sorprendió—. ¡No! No... A mí los chicos mayores no... Bueno, es que...

—Tranqui, estaba bromeando —se rio—. En fin, los demás del grupo parece que han hecho buenas migas con Taiya. Es... un chico muy interesante —murmuró, entornado los ojos con suspicacia.

Evie era una chica normal y corriente a simple vista. Era compañera de clase de Yenkis y vivía en la casa de al lado. Tenía el cabello del color de las castañas y largo, que solía llevar recogido en una coleta alta, con mechones rebeldes. Sus ojos eran de un marrón verdoso y siempre vestía con un estilo deportivo. Ciertamente, era muy deportista. Ella tocaba la batería en el grupo de Yenkis, mientras este se encargaba de la guitarra y la voz, y Taiya era el nuevo bajista y otra chica tocaba el teclado. Evie llevaba tocando la batería desde que tenía 3 años y su mentor no era un cualquiera, era un viejo baterista famoso de Estados Unidos que vivía actualmente en Tokio y daba clase de percusión a niños, pero a ella le daba clases privadas y de mayor nivel, por lo que Evie con 12 años era una baterista muy cerca del título de profesional.

Su otra pasión era el baloncesto y jugaba en el equipo del colegio también desde pequeña. La verdad es que Evie tenía unos bíceps increíbles. Sin embargo, era un imán para los catarros, por lo que Yenkis y los otros chicos de su grupo de amigos estaban acostumbrados a estar encima de ella constantemente con el tema de abrigarse bien del frío o de tomarse el jarabe. Para sus amigos ya era normal el gesto de prestarle a Evie una bufanda cuando hacía frío y ese tipo de cosas, y para ella también había sido una costumbre, solo que ya, a esta edad, una chica empezaba a interpretar esos gestos de otra manera.

Su amigo Yenkis era quien más le hacía estos gestos y quien más cuidaba de ella. Nadie de sus amigos ni ninguna otra persona se había dado cuenta, tal vez fuese porque aún eran muy niños o porque consideraban a Evie como a una colega más, pero la cosa es que Evie estaba colada por Yenkis desde hacía un tiempo, y nadie lo sabía, porque ella lo ocultaba a toda costa. Toda la confianza que había desarrollado hasta ahora parecía haberse esfumado en los últimos meses, pues la actitud de ella había cambiado un poco a la hora de hablar o estar con ellos, sobre todo con Yenkis. Donde antes había seguridad y espontaneidad, ahora había nervios y timidez.

Los otros aún no lo percibían, lo mucho que cambiaba la actitud de una amiga cuando se enamoraba de un chico del grupo. Cada vez que Yenkis estaba presente, Evie se sentía patosa, se le iba la cabeza a las nubes, tenía más miedo a la hora de decir algo o hacer algo, se preocupaba de su aspecto más que antes...

Cuando se pararon frente a la verja de hierro del jardín de la casa de Yenkis, Evie se quitó la bufanda y se la devolvió al chico.

—Gracias —sonrió—. Bueno... —dio un paso atrás en ademán de dirigirse a su casa, que estaba al lado.

—Hey, espera —la detuvo él mientras abría la puerta con las llaves—. Si no tienes nada que hacer, ¿qué tal si vemos una peli en mi casa?

—¿Eh? ¿En tu casa...? —titubeó, poniéndose roja otra vez, disimulando la vergüenza—. Mm... ¿Quién hay?

—Pues está Hana... y Misae —dijo mirando hacia arriba, pensativo—. No sé si mi padre habrá vuelto de dondequiera que haya ido... —musitó con duda, pero la miró de nuevo con una gran sonrisa y alzando la bolsa a la altura de sus ojos—. Tengo mucho chocolate, ¿qué tal?

—Eh... es que, bueno... yo... —se puso nerviosa, mirando a un lado y otro, jugueteando con los dedos de sus manos.

—Jeje... Pero ¿qué te pasa, Evie? Estás rara.

La chica forzó una sonrisa nerviosa, se sintió muy estúpida. ¿Cuántas tardes habrá pasado jugando con Yenkis en su casa? Incontables. Entonces, ¿por qué se ponía así? ¿Por qué le tenía que dar vergüenza algo que había hecho miles de veces? El amor lo cambia todo, y de eso se dio cuenta, pero por nada en el mundo quería que Yenkis lo supiese, así que decidió no empezar a dar indirectas involuntarias, tenía que actuar como siempre.

—Heh, vale, colega —contestó con toda la naturalidad que pudo fingir, dándole un leve puñetazo amistoso en el hombro y todo.

Yenkis se la quedó mirando un momento, perplejo, pero volvió a reír.

—Estás rara —repitió, abriendo la verja—. Anda, vamos, será mejor que comas chocolate cuanto antes.

Cuando Yenkis pasó por delante, Evie pegó una silenciosa patada al suelo con rabia, maldiciendo lo estúpida que se veía, y siguió a su amigo por detrás cruzando el ya oscuro jardín. Yenkis vio que el coche de su padre seguía ausente frente a la puerta del garaje, lo que quería decir que todavía no había llegado, y eso le mosqueó bastante. El de Hana sí estaba, pero no le sorprendió. Antes de subir las escaleras del porche, se volvió hacia su amiga.

—Puedes quedarte a cenar también, si quieres. Mi hermana no está en casa, por lo que esto se ha convertido en un sitio demasiado aburrido.

—Vale —se encogió de hombros, parándose frente a él y metiéndose las manos en los bolsillos.

Yenkis asintió con la cabeza, contento, y fue a dar media vuelta de nuevo, pero algo le llamó la atención. Su amiga lo estaba observando de una manera muy seria y reservada.

—¿Qué ocurre? —preguntó extrañado.

Evie apartó la mirada un momento, pensativa, y luego volvió a mirarlo.

—Kis —murmuró—. Mm... Tu ojo...

Nada más oír eso, a Yenkis se le puso la piel de gallina y, apurado, abrió la palma de su mano cerca de su ojo izquierdo para ver que, en efecto, se reflejaba en ella esa familiar luz blanca.

—Ah... —casi consiguió pronunciar, sobresaltado, tapándose el ojo con la mano por completo, y miró a su amiga con gran apuro—. De… Debe de estar dándome de reflejo la luz de una farola…

—No hace falta que inventes una excusa. No es la primera vez que la veo, Kis.

—Ah, ¿no? —dijo más sorprendido aún, y ella negó con la cabeza.

—Supongo que nadie más que yo se ha dado cuenta —comentó tímida—. He visto que a veces te brilla ese ojo, cuando tú tampoco pareces darte cuenta. Pero no te preocupes —sonrió levemente—. No sé por qué será, pero a mí no me importa. Me parece muy bonita.

—Eh… —titubeó nervioso, sin destaparse el ojo todavía—. ¿No vas a preguntarme… por qué me pasa esto?

—Bueno, no voy a decir que no me da curiosidad, pero… Si no quieres contármelo no pasa nada. Te digo que no me importa, no voy a pensar que eres un monstruo ni nada por el estilo —casi rio.

Yenkis bajó la mirada, algo reprimido, destapándose el ojo pero manteniéndolo guiñado.

—No se lo digas a nadie —le pidió con timidez.

—Tranquilo.

Al menos le alivió verla sonreír con naturalidad. «¿Brilla a veces?» se preguntó preocupado. «¿Incluso si no estoy en un ambiente oscuro? No suelo estar con ella en lugares con poca luz. ¿Quiere esto decir que también brilla de día? Papá no me advirtió de nada de esto...». Esta cuestión lo dejó realmente intrigado. Él no se había dado cuenta hasta ahora, y se preguntó desde cuándo le pasaba esto nuevo. En todo caso, significaba que debía andar con el doble de cuidado.

—Kis, ¿qué pasa con la peli? —preguntó Evie de pronto, despertándolo de sus pensamientos.

El chico la miró un momento en silencio, algo inquieto, pero acabó calmándose. Esbozó una gentil sonrisa.

—Gracias, Evie.

—¡Ay, venga, que se hace tarde y no nos dará tiempo a verla! —protestó ella, empujándolo escaleras arriba.









37.
Todo el mundo esconde algo (2/2)

—¿Y bien? —preguntó Raijin cuando todos se reunieron en la calle—. ¿Por qué no hablar dentro?

—Porque ahí está mi mejor amiga, que es humana, y no es conveniente que me vea con vosotros —contestó Nakuru.

—¡Ah! ¿Es tu mejor amiga? —sonrió Yako—. Qué coincidencia. La conocí antes de ayer en un autobús. Es encantadora.

—Lo sé —sonrió también, pero dio un sobresalto cuando Raijin la cogió de la barbilla y le levantó un poco la cabeza—. ¿Qué...?

—¿Cómo te has hecho eso? —preguntó el rubio, analizando el corte que tenía bajo la mandíbula, y Yako se apresuró a mirar también, preocupado.

—Ha sido el elemento Viento de la MRS —les contó Drasik, apoyándose tranquilamente contra la pared del edificio—. La ha cortado con el viento, pero no hay más daños que ese.

—¿Habéis estado hoy buscando más elementos? —preguntó Yako, mientras Raijin sacaba un pañuelo del bolsillo y le limpiaba la herida a Nakuru.

—Ayer descubrimos al elemento Radiación y al de Electricidad —comentó Nakuru, apretando de vez en cuando los dientes al notar el escozor de la herida.

—¿Cómo os fue entonces? —quiso saber Yako.

—Pues verás, tuvimos problemas, pero al final el viejo Lao nos salvó el pellejo… —le explicó Drasik.

Mientras el chico les contaba a Sam y a Yako la batallita del día anterior, Nakuru miró fijamente a Raijin, con el ceño fruncido, mientras este le ponía una tirita en la herida que había sacado de uno de los bolsillos de sus pantalones.

—Mira el señor médico —sonrió la joven—. ¿Siempre llevas tiritas encima?

—No me queda más remedio —contestó el rubio—. No te muevas.

—Oye... Raijin —titubeó—. Esa chica, mi amiga... ¿La conoces?

—¿La pesada? Sí, desde anteayer, como Yako. Dice que se está emancipando.

—Ahm… ¿Eres tú aquel que se ofreció a hacerle un pequeño recorrido por Shibuya?

—¿Te ha dicho esa pelmaza que yo me ofrecí a ayudarla con su capricho humano innecesario?

—Te forzó Yako —adivinó Nakuru enseguida.

—Pues como siempre —rezongó Raijin.

—¿Pero no hay nada de ella... que te llame la atención? —Nakuru quería averiguar algo muy importante, pero debía tener cuidado con las palabras.

—¿Aparte de su asquerosa manera de engullir la comida? No.

Nakuru lo miró aún más tensa. «De acuerdo... Esto lo confirma. Veo que mi memoria es la única de por aquí que no ha sido retocada» pensó.

—Bueno, ¿y hoy habéis descubierto más? —preguntó Yako cuando Drasik terminó la historia, mirando a Nakuru.

—Hoy nos hemos enfrentado al Viento, a la Oscuridad y a la Arena —le respondió esta, tocándose la herida ya curada—. Bueno, ha sido un enfrentamiento muy breve con ellos. Hemos huido nada más saber sus elementos, no nos han reconocido.

—Y los hemos visto después dividirse para custodiar cada uno un puente del río Ara —añadió Drasik—. Los cinco más cercanos a la bahía.

—Tiene sentido —caviló Raijin—. El río Ara es más ancho que el Edo, les da más margen de acción para detener a Kyo. —Sacó un momento su teléfono móvil para escribirle a Kiyomaro, confirmándole la ubicación—. Kiyomaro va a darle a la policía un falso aviso, de la llegada de varios vehículos con cargamento de drogas que van a entrar en Tokio pasando por esos puentes. Suficiente para que la policía se presente en ellos con un despliegue que ahuyentará a los de la MRS a zonas fuera del ojo público, donde la SRS ya podrá emboscarlos y retenerlos a la fuerza. Entonces, estos son la Radiación, la Electricidad, la Oscuridad, el Viento y la Arena, mientras que los que están detrás de Kyo son el Agua, el Fuego, Animal y Planta.

—Y esta es la última nota que me ha traído un cuervo, con el olor de Kyo nuevamente —les mostró Sam un pequeño trozo de papel—. “Templo Tsukino anochecer”. Ahí es donde piensa hacer el engaño a sus perseguidores. Sé dónde está.

—Ya lo tenemos —concluyó Yako.

—¿Y ahora qué? —preguntó Drasik.

—Yako, Sam y yo partiremos ahora mismo hacia el Templo Tsukino —dijo Raijin—. Vosotros dos —miró a Drasik y a Nakuru—, quiero que vayáis enseguida a la Torre Genki, allí está esperando el Líder de la SRS a que le demos toda esta última información, en persona, para que no haya errores. Decidle que se pongan en posición, preparados para emboscar a los de la MRS cuando se alejen de los puentes. Luego os mantenéis al margen.

—¿¡Qué!? —saltó Drasik—. ¿Al margen? ¡Yo también quiero luchar!

—Ni hablar —replicó Raijin—. Ya habéis cumplido con lo vuestro, no haréis nada más.

—¡Venga ya! —se enfadó—. ¡Si el Líder estuviese aquí, no nos dejaría tirados en lo más interesante!

—El Líder no está aquí, Sui-chan —suspiró Raijin con paciencia—. Y no volverá. Olvídate de él de una maldita vez. ¿Quieres?

—¡Estoy harto de seguir tus órdenes! —le espetó Drasik—. ¡Se supone que Lao es el Segundo al mando, se supone que ahora él sería como el Líder, no tú! ¡Sólo porque Nakuru y yo somos los más jóvenes, no quiere decir que seamos una carga!

—¡No tiene nada que ver! Tengo mis razones, y de esta operación me encargo yo, no Lao, así que trágate tu orgullo por una vez y acata las órdenes sin rechistar.

—¡Deja de darte esos aires, no te soporto! —estalló Drasik, agarrándose de los pelos—. ¡Sólo porque no te caigo bien pasas de mí como la mierda, no me dejas hacer nada y a los demás sí! ¡A Nakuru le dejas hacer más cosas que a mí! ¡Claro, como tú naciste siendo iris, te crees mejor que nadie!

—¡Me estás empezando tocar mucho los cojones tú hoy! —gruñó Raijin, alzando un poco las manos y, arqueando los dedos, generó amenazantes cargas eléctricas. Drasik le contagió el enfado muy deprisa.

—¡Atrévete! —le desafió Drasik, poniéndose en guardia, e hizo que el agua del charco que estaba pisando se elevase por el aire en forma de columnas, la cuales convirtió en pequeñas y afiladas lanzas de hielo.

—¡Ya está bien! —intervino Yako, sujetando a Raijin, y Nakuru hizo lo mismo con Drasik.

—¡Kyo está en peligro! ¿¡Recordáis!? —exclamó Nakuru.

Ambos chicos permanecieron en tensión, mirándose con rabia, diciéndose de todo a través de los ojos, hasta que Drasik relajó los músculos y se soltó de Nakuru con brusquedad. Le lanzó otra mirada fría a Raijin y, dando media vuelta, dio un enorme salto que lo llevó a perderse en lo alto de los edificios, indicando que abandonaba. Los cuatro que quedaban ahí guardaron un rato de incómodo silencio.

—Afloja un poco la cuerda con él, Raijin —le pidió Nakuru entonces.

—¿Aflojar? —repitió incrédulo—. ¡No para de quejarse! Una y otra vez con el mismo tema.

—¡Tienes que entenderlo, Raijin! Se siente muy triste por la marcha de nuestro Líder, aun después de siete años no quiere aceptarlo. Y sé que ninguno de vosotros tampoco —miró fijamente a los tres—. Ni yo tampoco. Pero a Drasik le cuesta más dominar esa tristeza. ¿Por qué no le das una oportunidad y le dejas participar en luchas más serias, Raijin? Quizá sea por eso por lo que no se contiene, porque no le dejas desahogarse en misiones más serias.

—¡Que no, Nakuru! —objetó Raijin, harto—. Deja ya de defenderlo, ¡tiene que madurar! Sé que Drasik es un buen iris, y lo sé mejor que ninguno de vosotros. Si no le dejo participar en estas cosas es porque todavía no quiere reconocer que tiene majin, ¡y no hace nada por intentar curárselo! No es sólo porque pueda peligrar la misión, sino a sí mismo también, y no puedo dejarle que vaya por ahí a encargarse de asuntos más serios con un majin que ha elegido ignorar. Participar en estas luchas no hará más que empeorarlo. Que primero se encargue de controlar su majin, y luego le dejaré hacer todo lo que quiera. Drasik se empeña en creer que sólo quiero joderle, pero el acto de joder a alguien por sentimientos personales es algo completamente irracional. Sabéis que yo no tengo sentimientos personales, todo lo que hago y digo es por una razón de lógica conforme al cumplimiento de mi deber. Tengo que cuidar de cada uno de vosotros y organizaros atendiendo a los problemas particulares y a las capacidades disponibles que tengáis. ¿Entendido?

Nakuru entendió al instante cada palabra que decía, y llevaba la razón, como siempre. Acabó asintiendo con la cabeza, resignada.

—Vámonos —masculló Raijin, emprendiendo la marcha calle arriba.

—Ahm... Nakuru, ve tú a la Torre Genki, ¿vale? —le dijo Yako, siguiendo rápidamente a su amigo para no perderlo de vista.

—Ten cuidado —añadió Sam, marchándose con ellos.

—Lo mismo os digo, "hermanos" —asintió Nakuru, suspirando.

Nada más desaparecer los tres calle arriba, Nakuru dio media vuelta para seguir el camino contrario hacia la Torre Genki. Estaba bastante lejos de donde se encontraba en ese momento, precisamente cerca del río Ara, así que tenía que darse prisa. Pero, nada más dar el primer paso, alguien la llamó.

—¡Hey, Nak! —exclamó Cleven con gran sorpresa, que acababa de salir por la puerta de la cafetería—. ¿Qué haces por aquí? —sonrió.

Nakuru se quedó un momento paralizada, de espaldas a ella, y lo primero que hizo fue ocultar la tirita de su cara tras la bufanda. Se dio la vuelta lentamente y la miró con una sonrisa forzada.

—Ah... Cleven... Hola.

—Tía, qué sorpresa verte por aquí —celebró entusiasmada, cogiéndola de las manos, y miró en derredor—. Vaya, ¿adónde habrán ido estos?

—¿Quiénes?

—Las personas que os dije que conocí el día que me fui de casa —sonrió aún más—. Verás, esa es la cafetería de Yako, el chico que conocí en el autobús. Estaban aquí hace un momento, pero veo que se han vuelto a escapar a saber dónde... —masculló con recelo—. Qué pena, me hubiese gustado presentártelos.

—Esto... Cleven... —titubeó, notando cómo el tiempo seguía corriendo.

—Ah, sobre todo me hubiese gustado presentarte a Raijin —la miró intensamente, apretando sus manos entre las suyas.

Nakuru se olvidó por un momento del asunto de la Torre Genki y miró a su amiga con muchos nervios. «Madre mía, ¡qué entuerto! ¡Y yo en el medio!» pensó.

—Ese… ehm… Cleven, sobre ese Raijin del que nos hablaste a Raven y a mí tan apasionadamente… eh… ¿Qué sabes de él?

—Por ahora, poca cosa, la verdad. Pero poco a poco se va soltando, es muy terco. Pero me gusta tanto... No sabes cómo deseo que haya algo entre nosotros dos.

«Ay, Dios, ay, Dios, ay, Dios...» pensó Nakuru de nuevo, empezando a sudar a 6 grados bajo cero. «No sabe lo que dice... Como se entere de esto el ex-Líder, se va a armar la gorda. No, no sólo eso, ¡me va a matar! Soy yo la responsable de Cleven, mi deber es mantenerla alejada de estas personas, de los asuntos iris. Y es que también conoce a Yako y a Sam, esto no pinta bien... Desde que la conozco, sé de sobra lo mucho que sospecha de las cosas a la mínima. Mierda. ¿Qué hago? ¿Debo seguir dejando que Cleven continúe esta relación esporádica con ellos? ¿O debo hacer algo para que no vuelva a ver a Yako y a los demás nunca más? ¿Cómo haría algo así sin que ella se dé cuenta de que pasa algo muy grande delante de sus narices? Me parece que ya es tarde para disuadirla...».

Empezó a morderse el labio inferior, cada vez más preocupada, mientras su amiga seguía hablando de Raijin sin parar. «¿Se lo digo? ¿He de decírselo?» se preguntaba. «No. No debo. ¿Y si se lo digo al ex-Líder? Tendría que hacerlo antes de que Cleven entre en la boca del lobo del todo. ¿Pero cuándo? El ex-Líder debe saber dónde está Cleven lo primero de todo, seguro que debe de estar buscándola, y lo más importante, con qué personas anda últimamente. A este paso Cleven nos descubrirá a todos».

—¡Oye! ¿¡Qué clase de empanamiento mental es ese!? —saltó Cleven, zarandeándola de los hombros—. ¡Y esa cara apocalíptica que tienes me está empezando a mosquear!

—Ah, perdona —reaccionó, y acto seguido la cogió de las manos y la miró fijamente—. Cleven, lo siento, tengo que irme.

—¿Otra vez? ¿A dónde?

«Una cosa es segura» se decidió Nakuru, «Ahora mismo tengo que zanjar mi misión y dirigirme a la Torre Genki y avisar a Pipi cuanto antes de que se ponga en marcha con sus chicos. Ahora lo que importa es Kyo».

—¡Lo siento, tengo prisa! —le dijo Nakuru, echando a correr calle abajo.

—Nakuru... —musitó con sorpresa, quedándose sola en la calle.

Ayer en el instituto también hizo lo mismo. «Bueno» pensó Cleven, entornando los ojos con escama. «Ya sé que no es asunto mío lo que hagan Yako y Raijin, pero ahora que me he convencido de que mi mejor amiga me oculta cosas y se comporta igual que esos dos... Ya es hora de que descubra qué está pasando aquí».

—Hey, pelirroja, échame una mano con esos tres —apareció MJ asomada en la puerta de la cafetería, señalándole con el dedo a los mellizos que estaban montando escándalo con Kain incluido.

—Sí… —suspiró la joven, adentrándose de nuevo en el lugar.


* * * * * *


—¡Kis, espera!

Yenkis se paró en mitad de la acera y dio media vuelta, entonces vio a Evie corriendo calle arriba, jadeando como un perro. Cuando llegó hasta él se desplomó sobre el suelo y recuperó el aliento. Yenkis sonrió.

—¿Cuánto hace que llevas persiguiéndome?

—Heh... Unos cinco minutos. Es que estaba en el parque del oeste y te vi desde lo lejos salir de la tienda del barrio y dije: “¡anda, Kis, voy a saludarlo!” Pero caminabas demasiado deprisa...

—Evie, pero si haces deporte todos los días.

—Estoy resfriada, y congestionada. Tengo el cuerpo débil desde ayer. Ya sabes cómo es cuando estás acatarrado —suspiró, y sacó un pañuelo para sonarse la nariz.

Yenkis puso una mueca un poco contenida, pues no estaba seguro de si debía aclararle a Evie que él no tenía ni idea de cómo era estar resfriado. Yenkis nunca en su vida había estado enfermo. Y él mismo sospechaba que la razón podía estar relacionada con el hecho de que uno de sus ojos brillase con una extraña luz blanca sobrenatural. Él empezó a darse cuenta apenas tres años atrás de que no era como los demás niños, ni como las demás personas, de que había nacido con algo raro o diferente, y de que era lo mismo que tenía su padre, fuera lo que fuese.

Y su propio padre ya le explicó una serie de indicaciones para evitar que alguien viese la luz de su ojo. Le dijo que ese brillo solamente se notaba en la oscuridad y que debía acostumbrarse a guiñar el ojo para ocultarlo cuando estuviese en lugares oscuros o en penumbra. De todas formas, el brillo de la luz en el ojo izquierdo de Yenkis siempre fue sutil, más débil que el que solían emitir los ojos de los demás iris oficiales ya entrenados.

—¿Vas a casa? ¿Qué hacías por el parque? —preguntó el chico.

—Dar una vuelta, nada más —contestó alegremente, recogiéndose un mechón de pelo tras la oreja—. Veo que tú vienes de compras, ¿eh?

La chica miró la bolsa de plástico que Yenkis sujetaba en la mano, donde llevaba un buen puñado de chocolatinas y un par de refrescos.

—Provisiones. Toca tarde de chocolate.

Ella respondió con otra de sus sonrisas. Yenkis vio que tenía la cara muy roja, suponiendo que era a causa de la gran carrera que se había dado, o de estar enferma. Entonces el niño negó con una sonrisa de paciencia, se quitó la bufanda y la ató al cuello de Evie.

—Ahora sé por qué te resfrías tan a menudo, siempre sales desabrigada incluso si fuera está nevando.

—Ah... sí, bueno... soy muy despistada con eso —musitó ella con vergüenza.

Ambos niños emprendieron la marcha calle arriba, Yenkis comiéndose un regaliz tranquilamente, observando su alrededor, e Evie junto a él, mirando a otra parte, agarrando tímidamente uno de los extremos de la bufanda que su amigo le había puesto. Iban por las calles de la enorme urbanización de lujosos chalets de las afueras de Tokio, donde vivía Cleven hasta hace poco. El lugar estaba silencioso, como siempre, apenas había personas caminando por allí, mayoritariamente viejos que sacaban a pasear a sus perros.

—Kis... —lo llamó Evie tras doblar una esquina, y el chico volvió la cabeza hacia ella—. Quería decirte que me ha gustado mucho la nueva canción que has compuesto.

—Ah, gracias —sonrió alegremente—. Y dime, ¿qué te parece el nuevo miembro?

—¿Taiya Miwa? Pues... es muy bueno —afirmó—. Aunque algo callado.

—Sí, no suele hablar mucho —asintió, volviendo a mirar al frente—. Lo he admitido, en parte, porque al tener 14 años puede atraer más público femenino —sonrió con sorna, volviendo la vista hacia ella de nuevo—. ¿Te gusta?

—¿Eh? —se sorprendió—. ¡No! No... A mí los chicos mayores no... Bueno, es que...

—Tranqui, estaba bromeando —se rio—. En fin, los demás del grupo parece que han hecho buenas migas con Taiya. Es... un chico muy interesante —murmuró, entornado los ojos con suspicacia.

Evie era una chica normal y corriente a simple vista. Era compañera de clase de Yenkis y vivía en la casa de al lado. Tenía el cabello del color de las castañas y largo, que solía llevar recogido en una coleta alta, con mechones rebeldes. Sus ojos eran de un marrón verdoso y siempre vestía con un estilo deportivo. Ciertamente, era muy deportista. Ella tocaba la batería en el grupo de Yenkis, mientras este se encargaba de la guitarra y la voz, y Taiya era el nuevo bajista y otra chica tocaba el teclado. Evie llevaba tocando la batería desde que tenía 3 años y su mentor no era un cualquiera, era un viejo baterista famoso de Estados Unidos que vivía actualmente en Tokio y daba clase de percusión a niños, pero a ella le daba clases privadas y de mayor nivel, por lo que Evie con 12 años era una baterista muy cerca del título de profesional.

Su otra pasión era el baloncesto y jugaba en el equipo del colegio también desde pequeña. La verdad es que Evie tenía unos bíceps increíbles. Sin embargo, era un imán para los catarros, por lo que Yenkis y los otros chicos de su grupo de amigos estaban acostumbrados a estar encima de ella constantemente con el tema de abrigarse bien del frío o de tomarse el jarabe. Para sus amigos ya era normal el gesto de prestarle a Evie una bufanda cuando hacía frío y ese tipo de cosas, y para ella también había sido una costumbre, solo que ya, a esta edad, una chica empezaba a interpretar esos gestos de otra manera.

Su amigo Yenkis era quien más le hacía estos gestos y quien más cuidaba de ella. Nadie de sus amigos ni ninguna otra persona se había dado cuenta, tal vez fuese porque aún eran muy niños o porque consideraban a Evie como a una colega más, pero la cosa es que Evie estaba colada por Yenkis desde hacía un tiempo, y nadie lo sabía, porque ella lo ocultaba a toda costa. Toda la confianza que había desarrollado hasta ahora parecía haberse esfumado en los últimos meses, pues la actitud de ella había cambiado un poco a la hora de hablar o estar con ellos, sobre todo con Yenkis. Donde antes había seguridad y espontaneidad, ahora había nervios y timidez.

Los otros aún no lo percibían, lo mucho que cambiaba la actitud de una amiga cuando se enamoraba de un chico del grupo. Cada vez que Yenkis estaba presente, Evie se sentía patosa, se le iba la cabeza a las nubes, tenía más miedo a la hora de decir algo o hacer algo, se preocupaba de su aspecto más que antes...

Cuando se pararon frente a la verja de hierro del jardín de la casa de Yenkis, Evie se quitó la bufanda y se la devolvió al chico.

—Gracias —sonrió—. Bueno... —dio un paso atrás en ademán de dirigirse a su casa, que estaba al lado.

—Hey, espera —la detuvo él mientras abría la puerta con las llaves—. Si no tienes nada que hacer, ¿qué tal si vemos una peli en mi casa?

—¿Eh? ¿En tu casa...? —titubeó, poniéndose roja otra vez, disimulando la vergüenza—. Mm... ¿Quién hay?

—Pues está Hana... y Misae —dijo mirando hacia arriba, pensativo—. No sé si mi padre habrá vuelto de dondequiera que haya ido... —musitó con duda, pero la miró de nuevo con una gran sonrisa y alzando la bolsa a la altura de sus ojos—. Tengo mucho chocolate, ¿qué tal?

—Eh... es que, bueno... yo... —se puso nerviosa, mirando a un lado y otro, jugueteando con los dedos de sus manos.

—Jeje... Pero ¿qué te pasa, Evie? Estás rara.

La chica forzó una sonrisa nerviosa, se sintió muy estúpida. ¿Cuántas tardes habrá pasado jugando con Yenkis en su casa? Incontables. Entonces, ¿por qué se ponía así? ¿Por qué le tenía que dar vergüenza algo que había hecho miles de veces? El amor lo cambia todo, y de eso se dio cuenta, pero por nada en el mundo quería que Yenkis lo supiese, así que decidió no empezar a dar indirectas involuntarias, tenía que actuar como siempre.

—Heh, vale, colega —contestó con toda la naturalidad que pudo fingir, dándole un leve puñetazo amistoso en el hombro y todo.

Yenkis se la quedó mirando un momento, perplejo, pero volvió a reír.

—Estás rara —repitió, abriendo la verja—. Anda, vamos, será mejor que comas chocolate cuanto antes.

Cuando Yenkis pasó por delante, Evie pegó una silenciosa patada al suelo con rabia, maldiciendo lo estúpida que se veía, y siguió a su amigo por detrás cruzando el ya oscuro jardín. Yenkis vio que el coche de su padre seguía ausente frente a la puerta del garaje, lo que quería decir que todavía no había llegado, y eso le mosqueó bastante. El de Hana sí estaba, pero no le sorprendió. Antes de subir las escaleras del porche, se volvió hacia su amiga.

—Puedes quedarte a cenar también, si quieres. Mi hermana no está en casa, por lo que esto se ha convertido en un sitio demasiado aburrido.

—Vale —se encogió de hombros, parándose frente a él y metiéndose las manos en los bolsillos.

Yenkis asintió con la cabeza, contento, y fue a dar media vuelta de nuevo, pero algo le llamó la atención. Su amiga lo estaba observando de una manera muy seria y reservada.

—¿Qué ocurre? —preguntó extrañado.

Evie apartó la mirada un momento, pensativa, y luego volvió a mirarlo.

—Kis —murmuró—. Mm... Tu ojo...

Nada más oír eso, a Yenkis se le puso la piel de gallina y, apurado, abrió la palma de su mano cerca de su ojo izquierdo para ver que, en efecto, se reflejaba en ella esa familiar luz blanca.

—Ah... —casi consiguió pronunciar, sobresaltado, tapándose el ojo con la mano por completo, y miró a su amiga con gran apuro—. De… Debe de estar dándome de reflejo la luz de una farola…

—No hace falta que inventes una excusa. No es la primera vez que la veo, Kis.

—Ah, ¿no? —dijo más sorprendido aún, y ella negó con la cabeza.

—Supongo que nadie más que yo se ha dado cuenta —comentó tímida—. He visto que a veces te brilla ese ojo, cuando tú tampoco pareces darte cuenta. Pero no te preocupes —sonrió levemente—. No sé por qué será, pero a mí no me importa. Me parece muy bonita.

—Eh… —titubeó nervioso, sin destaparse el ojo todavía—. ¿No vas a preguntarme… por qué me pasa esto?

—Bueno, no voy a decir que no me da curiosidad, pero… Si no quieres contármelo no pasa nada. Te digo que no me importa, no voy a pensar que eres un monstruo ni nada por el estilo —casi rio.

Yenkis bajó la mirada, algo reprimido, destapándose el ojo pero manteniéndolo guiñado.

—No se lo digas a nadie —le pidió con timidez.

—Tranquilo.

Al menos le alivió verla sonreír con naturalidad. «¿Brilla a veces?» se preguntó preocupado. «¿Incluso si no estoy en un ambiente oscuro? No suelo estar con ella en lugares con poca luz. ¿Quiere esto decir que también brilla de día? Papá no me advirtió de nada de esto...». Esta cuestión lo dejó realmente intrigado. Él no se había dado cuenta hasta ahora, y se preguntó desde cuándo le pasaba esto nuevo. En todo caso, significaba que debía andar con el doble de cuidado.

—Kis, ¿qué pasa con la peli? —preguntó Evie de pronto, despertándolo de sus pensamientos.

El chico la miró un momento en silencio, algo inquieto, pero acabó calmándose. Esbozó una gentil sonrisa.

—Gracias, Evie.

—¡Ay, venga, que se hace tarde y no nos dará tiempo a verla! —protestó ella, empujándolo escaleras arriba.





Comentarios

  1. Los lapsus mentales de Cleven estan yendo a toda mecha ese dia, ya lleva como tres. Se le va a descuajeringar el cerebro a este paso a la pobre. Es fascinante como es capaz de habalr tambien de cosas que ni siqueira es conciente de donde salen, aunque creo que no es tanto porque lo ha leido sino que es como ese tipo de verdad intrinseca en ella que ni siqueira es capaz de entender, al menos ahora.

    Ahora la conVersación con Yako sobre lo de Raijin, es fascinante como en una misma coNVersacion ocurren dos interpretaciones totalmente diferentes: uno hablando si esta notando algo de Raijin como familia y la otra pensando que esta dandole el visto bueno como pareja. Lo que ocurre cuando no eres claro, aich, que lio mas grande.

    Yaako dejale decir lo que pasa en el estanqueeee...¡madre mia, que se va a liar! ¡Que no va la cosa por donde todos creeis!

    Ay dios, que bochornoso con Yako huyendo de su ex porque le anda pidiendo tener sexo con ella una vez mas, pobre hombre. Imagino que el hecho de que sus prejas cambien tanto su actitud con él, es precisamente por ser un Zou tan cercano a una divinidad, valga la redundancia.

    EL exposeo de la vida de Yako a una Cleven borracha es digno de mencionar, si es que no puedes dejar a nadie solo porque cuenta tu vida a otros xD

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