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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __









22.
Tecnología y alma

En la casa de Xaviero, Kyo salió del cuarto de baño acompañado por una espesa nube de vapor tras haberse dado una ducha de agua muy caliente. Subió arriba, a la habitación de invitados que había estado ocupando para vestirse. Mientras lo hacía, no paraba de mirar por la ventana discretamente, escudriñando el exterior, la calle, lo poco que podía ver de ella tras el muro de la parcela.

Fue entonces cuando vio que una furgoneta azul oscuro se paraba en la estrecha calle, frente a la verja de la casa de Xaviero, pudiendo verla parcialmente a través de los barrotes de esta. Esto le extrañó. Durante el fin de semana, no había visto ni un solo movimiento en ese barrio, o lo que le alcanzaba la vista desde las ventanas, ya que, por seguridad, Xaviero le había pedido no salir al exterior.

De la furgoneta se bajó una mujer. Iba con uniforme, del mismo color que la furgoneta. Pero, además, iba a abrigada con una braga de nieve y una gorra con visera, por lo que no podía verle bien la cara. Arrastraba una carretilla que transportaba una caja bastante grande, de madera, y se acercó hasta la puerta de la verja negra.

Algo no le olió bien a Kyo. No había ningún logotipo ni en la furgoneta ni en el uniforme. No era una empresa de reparto. Como iris, siempre tenía que creer en las posibilidades de que cualquier cosa fuera un engaño. Por eso, fue hasta la silla donde reposaba su mochila, y de ella, sacó un pequeño estuche negro. Le abrió la tapa. Dentro, había una única pieza, solamente la culata de una pistola, de color plateado, y que, en lugar de un gatillo típico, tenía un botón, como una tecla alargada; y en la parte de atrás, al alcance del pulgar, tenía otro botón, más pequeño, el cual pulsó nada más agarrar la culata.

Al hacerlo, se produjo un fenómeno inexplicable. En la parte alta de la culata se formó una fina corriente eléctrica azul, que se fue desplazando y, conforme lo hacía, se fue materializando la pieza faltante, el cañón, que era grande y rectangular. Se formó como si estuviera regenerándose.

Kyo volvió a la ventana y se asomó con cautela, con el arma completa preparada, por si acaso. La mujer seguía esperando en la puerta con la caja. Podía ser un miembro de la MRS, usando esa artimaña para que Xaviero le abriera la puerta y la dejara entrar. Los iris tenían terminantemente prohibido allanar la casa de un humano si no era por una urgencia de salvar una vida o cazar a un humano criminal. Si esa mujer era un miembro de la MRS, no podía colarse en la casa de Xaviero sin permiso, sobre todo si se trababa de una rencilla entre iris en la que no debían meter a un humano para perjudicarlo.

Kyo pensaba que era posible para la MRS hacer esa estratagema, hacer que uno de ellos engañara a Xaviero para poder entrar, teniendo que llevar la pesada caja en la carretilla hasta el interior de la casa. Una vez dentro, podía buscar corriendo a Kyo, encontrarlo ahí y acorralarlo. Ninguno podría iniciar un ataque, porque seguía siendo la casa de un humano, con este presente. Pero ella quizá venía con algún plan de negociación. Desde luego, Kyo no estaba dispuesto a negociar. No estaba dispuesto a perder el pergamino de su RS.

De pronto vio que la verja negra se abría automáticamente. Xaviero la había abierto, y la mujer pasó adentro. «Mierda… ¡No!» pensó Kyo, y salió corriendo de la habitación y bajó las escaleras a toda prisa.

—¡Señor Massimiliano, no abra! ¡Podría ser…!

Al llegar abajo, vio a Xaviero recibiendo a la mujer en la entrada. Esta depositó la caja ahí en el umbral interior. Lo que bajó la alerta de Kyo fue ver que ambos se saludaban con un beso en la mejilla e intercambiaban unas palabras en otro idioma y reían. Kyo se puso detrás de Xaviero, un poco confuso, escondiendo el arma tras su espalda.

Cuando se despidieron y la mujer se marchó, Xaviero cerró la puerta y se giró hacia Kyo.

—¿Qué te creías, que iba a dejar entrar a uno de tus perseguidores? —se rio—. A ver… Yo tengo el deber y el placer de prestar mi ayuda a todos los iris. Pero no para facilitarles esa fea manía competitiva que tienen algunos de robar cosas a otros para aumentar su prestigio y poder en la Asociación. En este miniconflicto actual entre la KRS y la MRS, toda mi ayuda es para la KRS.

—Oh… Lo siento —se avergonzó un poco—. No pensaba que usted fuera a dejar entrar a mis perseguidores. Temía que lo engañasen, haciéndose pasar por repartidores o algo…

—Me conozco las caras de todos los iris de este país y de otros, muchacho. Incluso de los más nuevos, como tú. Tengo todo este barrio cubierto de cámaras, con el programa de reconocimiento facial de Hoti. Si alguno de la MRS se acercara a esta casa a un radio de 300 metros, lo sabría en el momento.

—Comprendo. Me he sobresaltado un poco. Esa repartidora tenía una complexión muy parecida a la de la mujer de la MRS.

—¿Cuál de las dos? —preguntó mientras daba unas vueltas alrededor de la caja, viendo que estaba bien embalada.

—¿Eh? —le chocó a Kyo la pregunta—. De… la única mujer que tiene la MRS. En la MRS siempre han sido todo hombres, más una mujer.

Xaviero dejó de mirar la caja para mirar a Kyo con cierta sorpresa.

—¿Cómo? ¿No te han contado…? —pensó bien cómo hacer la pregunta. Pero luego pensó que era mejor no hacerla.

Por alguna razón, nadie le había dicho a Kyo que hace precisamente un año la MRS había integrado a un nuevo miembro, y era una chica, una que importaba. A Xaviero le entristeció un poco el hecho de que Kyo aún no lo supiera, porque de algún modo le incumbía saberlo. Era un asunto delicado.

—No perdamos tiempo —terminó diciendo el hombre, recuperando su buen humor, y posó las manos sobre la caja—. Mmm… —la olió y miró a Kyo con misterio—. Huele como recién sacada del mercado clandestino.

—¿Qué es?

—El material que te dije que necesitaba para hacer la réplica del pergamino. Bueno, y algunos caprichos más que he aprovechado para comprar… —intentó coger la caja, rodeándola con sus brazos, pero no la pudo ni mover, pesaba más de 50 kilos—. Uff… tenía que haber traído mi propia carretilla.

—Permítame —dijo Kyo, y alzó la caja del suelo como si fuera una simple almohada—. ¿Dónde se la dejo?

—Por un momento había olvidado que tengo a un Lao en mi casa, que es capaz de levantar mi propia casa… Ven, vamos a llevarla al ascensor.

—¿Ascensor? ¿Tiene uno aquí?

—Detrás de la despensa. ¿Cómo crees que bajo a mi despacho secreto del subsuelo? ¿Dónde crees que custodio el Replicador? Y otras máquinas…

—¿Despacho en el subsuelo? Ya me parecía raro que usted viviera en una casa tan modesta y normal…

—Oh, no vivo aquí. No oficialmente, quiero decir. Tengo unas 100 viviendas propias y más de 2 mil bases repartidas por el mundo, donde opera mi gente de la Sfera día y noche. Dependiendo de dónde me necesiten, voy a un lado u otro. Has tenido suerte de encontrarme en Tokio ahora. La semana que viene me voy unos días a Yemen.

Bajaron a la planta subterránea. No era lo que Kyo esperaba. Era una estancia más grande que la propia casa, bien iluminada, moderna, blanca, hasta con una zona decorada con bonitas plantas. En otra zona, había varias pantallas de varios tamaños, cada una mostrando cosas diferentes: imágenes de las cámaras de vigilancia de varias partes de la ciudad, códigos ejecutándose, un k-drama… Y en otra zona había grandes estanterías almacenando distintos aparatos, libros y armas, y algunas plataformas en el suelo donde reposaban diferentes máquinas de mayor tamaño. Dos de ellas parecían impresoras 3D. Una de ellas lo era realmente; la otra, algo similar. Xaviero se paró delante de esta última, que, además, era tan grande como un coche.

—Puedes dejar la caja aquí cerca. Este es el Replicador.

Kyo obedeció, pero, cuando se agachó para posar la caja en el suelo con cuidado, Xaviero vio la culata plateada sobresaliendo del bolsillo trasero de su pantalón.

—¡Ahh! Ma dai! —dio un respingo de perplejidad.

—¿¡Qué he roto!? —se alarmó Kyo.

—No creo lo que ven mis ojos —se recolocó las gafas sobre la nariz y le hizo unos gestos, apuntando a lo que guardaba detrás—. Kyosuke Lao, ¿estás en posesión de una pistola Maître auténtica?

—Ah… Sí, así es —sonrió, cogiendo la culata plateada y mostrándosela—. ¿Quiere probarla?

Ragazzo, creo que no eres plenamente consciente de la maravilla físico-tecnológica que tienes entre tus manos —la miró pero no la tocó, y luego miró al chico—. Una de las creaciones imposibles de Neuval.

—¿Imposibles?

—¿La has heredado o te la han fabricado?

—Mi abuelo me la fabricó durante mi año de entrenamiento. Fue su regalo de bienvenida para mí cuando regresé a Tokio. Sé que es el arma más avanzada que existe, no en potencia, sino en ingenio, pero ¿por qué le tiene miedo? Sólo funciona a mi orden y mi ADN.

—No es miedo. Es respeto —le explicó, mientras cogía una palanca de hierro de una de las estanterías y se ponía a abrir los tablones de la caja—. Como ya sabrás, el cerebro de Neuval no es normal. Una cosa es experimentar con las leyes de la física como una persona científica, y otra muy diferente jugar con ellas como un dios. Tu tío ya experimentaba con el campo vacío desde que tenía 14 años. Su primer logro, las white balloons. Pelotitas como las de ping-pong que contienen un campo de “vacío natural” programado; las lanzas contra un objetivo, se expanden en una esfera mayor de una pulcra energía blanca, que de repente se vuelve negra porque lo primero que absorbe es la luz, y después engulle todo átomo que esté dentro.

—En el Monte Zou nos dieron una clase sobre su uso. Son el mejor método para detener misiles de cualquier tipo.

—Detenerlos, no; hacerlos desaparecer, literalmente, que es mejor. Esa misma ciencia, Neuval la aplicó años después a la creación de la Maître, con ayuda de tu abuelo. Ahí, dentro de tu culata, hay un concepto similar a las white balloons, pero, en lugar de desintegrar la materia que tenga dentro, la almacena comprimida en un campo de “vacío artificial”. Con un simple botón, materializa el cañón, que a su vez contiene comprimida toda la munición que le hayas metido.

—Sí, pero no de forma infinita. Es como la memoria de un USB, sólo que en vez de datos de unos y ceros, almacena masa. Esta arma puede almacenar un máximo de 20 kilos. Oiga, esto… ¿quiere que lo ayude? —se apuró cuando vio que el hombre colocaba con esfuerzo la última de todas las cosas que había sacado de la caja contenedora sobre una mesa alargada frente a las estanterías; eran cuatro maletas grandes, y aparte, una caja de menor tamaño—. ¿Todo esto lo necesita el Replicador?

—No, no. Esto… —le señaló las cuatro maletas haciendo círculos con los brazos—… son mis chuches. Para otros proyectos míos. El Replicador… —fue hasta la caja más pequeña, le quitó la tapa y le enseñó a Kyo lo que era, una bandeja con diversos compartimentos, cada uno conteniendo una materia prima diferente—… sólo necesita estos ingredientes.

El chico observó con curiosidad. Xaviero introdujo la bandeja, tal cual, por una ranura del Replicador. Era la misma idea que la de la impresora 3D, pero tenía el aspecto de una caja de cristal del tamaño de un acuario de peces enorme, y la base era una tabla hecha de un extraño material negro con finos filamentos que a veces brillaban sutilmente como ondas. No había inyectores. Los objetos se iban formando sobre la superficie de esa tabla negra. Los filamentos conducían la materia prima a nivel molecular y la confeccionaban siguiendo la misma estructura del objeto original.

—Antes de ayer, cuando te pedí un momento el pergamino, lo traje aquí abajo para escanearlo. El Replicador es tan grande que puedes meter un coche pequeño o una moto en él. Pero también escanea perfectamente objetos tan pequeños como un grano de arroz. Metí el pergamino en la urna, tal cual, sin abrirlo, y el Replicador le hizo un escaneo visual, físico, bio-químico y molecular. Después de eso, te indica en su pantalla, ahí en el lateral, qué materias primas necesitas para hacer, prácticamente, un clon exacto. Una réplica tan exacta, que hasta replica el olor natural del pergamino. Por eso has pensado en esta máquina, ¿no es así? Por el problema del Dobutsu de la MRS.

—Sí, exacto —asintió Kyo—. Pocas cosas pueden engañar a los sentidos de un iris Dobutsu de nivel medio. Sé que es uno de los que me persiguen más de cerca, por lo que es a él a quien tengo que lograr engañar. De nada me serviría hacer una réplica del pergamino usando cualquier material. Todos los pergaminos de Denzel siempre se han hecho con el mismo material exacto. El Dobutsu de la MRS sabe perfectamente cómo debe de oler, de verse, de notarse en la piel, incluso de sonar cuando lo agita.

—Pues el Replicador puede hasta clonar la edad o desgaste del material. Por suerte, Denzel usaba pergaminos vegetales y no animales. Por razones éticas, esta máquina no puede replicar células animales, ni quiera uno de tus cabellos.

Los ingredientes que Xaviero introdujo antes comenzaron a manifestarse sobre la placa, formándose primero hilos tan finos como telarañas, que fueron adquiriendo más cuerpo y volumen conforme se iban uniendo las moléculas.

—Y dime, ¿qué tipos de munición le has metido a la Maître? —quiso saber el italiano, matando el tiempo mientras miraban el proceso.

—Balas normales, balas de goma, pasta adhesiva, bolas de humo, 3 litros de agua, cápsulas de gas inflamable, chips que emiten sonido, para la distracción y esas cosas… baterías de plasma… No sé, un poco de cada.

—No está mal. Más te vale cuidar bien de esa pistola, Kyosuke. Es demasiado cara y muy difícil de fabricar sin errores. ¿Han hecho tu abuelo o tu tío alguna más recientemente, aparte de la tuya?

—No. Con la mía, sólo existen cuatro en el mundo. ¿Tiene la Maître algún tipo de programación, de la que usted domina?

—A pesar de que siempre he defendido que una máquina sin programación y que sólo funciona con pura mecánica es una máquina sin alma, debo admitir que Neuval y Kei Lian le ponen bastante alma a la física mecánica. La Maître sólo tiene la programación justa para comunicarse contigo, su dueño, sobre cuánta capacidad de masa le queda, reconocer tu voz y ADN y la función básica del gatillo y el botón de activación. Lo que ya es materializar desde el núcleo de vacío al exterior la materia que contiene recolocando todo átomo y molécula ordenadamente y en su sitio… es pura física o mecánica cuántica o qué sé yo, de lo cual yo ya entiendo poco.

—Aun así, pocas maravillas tecnológicas de Hoteitsuba podrían ser creadas hoy en día sin la programación que usted sabe crear. Mi abuelo y mi tío pueden crear máquinas con cerebro. Cerebro motriz, más bien. Con una fuente de energía como electricidad o gasolina, las piezas y engranajes del cerebro y el cuerpo pueden moverse por sí solas, como el motor de un coche. Pero usted puede añadirles esa alma que decía. Pensar por sí mismas. De ahí nació Hoti.

—Ah, no, no… Lo de Hoti es incomparable. Yo ya manejaba los primeros esbozos de una inteligencia artificial hace muchos años. Pero fue tu tía Katya, Ekaterina… quien creó a Hoti, desde el primer símbolo hasta el último. Ella es la mamá de Hoti. O se podría decir… que Katya está en Hoti. Ella le dio el alma a toda Hoteitsuba.

—Pero Hoti… necesita mantenimiento y actualizaciones. Sin usted, Hoti moriría. ¿No?

—No. Fíjate si Katya era extraordinaria, que enseñó a Hoti a mantenerse a sí misma y a renovar su propio código para autoadaptarse al avance del mundo. Igual que hacemos las personas mientras cumplimos años. Lo que sí que hago, es su supervisión, es decir, observarla, para saber que va bien. De todas formas, ya apenas me alcanza el tiempo para dedicarme a los proyectos tecnológicos nuevos de Hoteitsuba. Debo encargarme de algo más importante. Su sistema inmune, sus defensas.

—¿La seguridad de la multinacional?

—Sí… —sonrió un poco apesadumbrado—. Desde que murió Katya y… ya sabes… Neuval se quedó destrozado… me ha necesitado durante estos últimos años más que nunca, para ayudarlo a mantener Hoteitsuba protegida de los cientos de ciberataques que recibe cada año de los criminales, de la competencia, de algunos listillos del Gobierno… Proteger Hoteitsuba es ahora mi mayor prioridad. Es de vital importancia. No sólo para Neuval y tu abuelo, sino también para la Asociación. Y para miles de humanos.

—¿Miles de humanos?

—Claro. ¿Tú no sabías… que casi la mitad de los miles de empleados que tiene Hoteitsuba antes eran personas necesitadas? Vagabundos, delincuentes con problemas de adicción o deudas, gente en situación de pobreza, exclusión, discriminación… Neuval lleva 20 años dando acogida, formación gratuita y trabajo a todas las personas necesitadas con las que se ha ido encontrando por la calle. Por eso, muchas personas, y familias, dependen de que Hoteitsuba siga a flote.

—Es cierto. Ya había oído eso de mi abuelo —sonrió.

El Replicador dejó de hacer ruido. Había terminado. Bastaron apenas 6 minutos para que creara un pergamino idéntico. Apareció igual al original, enrollado, con su cierre metálico.

—Ten en cuenta tu única desventaja evidente, chico. Se puede replicar físicamente cualquier objeto, pero nada puede replicar la magia del pergamino.

—¿Magia? Ah… se refiere al código energético.

—Sí. Su Sello. El que se activa y se conecta con vuestra energía iris para que podáis comenzar a aprender la Técnica espaciotemporal que contiene.

—Soy consciente. De ahí la importancia de hacer exacto todo lo demás, el tacto, el olor… Cuando lo cojan, tiene que convencer a los sentidos afilados del Dobutsu lo bastante para que se relajen y se lo crean el tiempo suficiente para yo por fin escapar de ellos en la ruta hacia mi casa. No deberían sentir la necesidad de comprobar el Sello de inmediato.

Xaviero lo sacó de la cámara de cristal y se lo tendió a Kyo. Kyo lo abrió y lo desplegó, y todo lo que había escrito y dibujado en él estaba igual, y el símbolo del Sello en la esquina superior derecha. Para probar, por curiosidad, Kyo posó la yema del pulgar sobre el Sello. Como esperaba, no se iluminó, como sí haría el Sello real. Sacó del bolsillo interior de su chaqueta el original y los comparó. Incluso los olió.

—En olfato no soy bueno, pero caray… no veo ni siento al tacto diferencia alguna. Están hasta las mismas grietas, y los bordes desgastados idénticos al milímetro, hasta las diminutas ralladuras del cierre metálico. Señor Massimiliano, ¿puedo preguntarle… por qué mi abuelo le encargó a usted custodiar aquí el único Replicador que existe?

—Es temporal. Es por las inspecciones periódicas que el Gobierno hace anualmente a todos los negocios importantes relacionados con la medicina, las farmacéuticas, la alimentación, la tecnología, los fabricantes de juguetes para niños, etcétera. Especialmente si son multinacionales. Para ver si cumplen con las normativas legales y de seguridad japonesas. Hay muchas armas, y ciertas máquinas, como esta, que no pasarían esas normativas legales. Yo les guardo algunas. Tuvieron la última inspección hace unas semanas, a finales de año.

—Entiendo.

De repente se oyeron unos pitidos. Ambos se dieron la vuelta y miraron a las pantallas al otro lado de la sala.

—Hablando de tu Dobutsu acosador… —dijo Xaviero, y se acercaron a ver.

Una de las grandes pantallas mostraba la visión de la cámara del robot cuadrúpedo, que estaba correteando por las calles de una zona algo lejana a ese barrio. Hace dos días, Xaviero le pidió a Kyo su camiseta interior, antes de lavar el resto de la ropa, y se la había atado al robot cuadrúpedo, con el fin de desviar el olor de Kyo lejos de allí, pues cuando Kyo llegó ahí, sus perseguidores estaban muy cerca. Por tanto, el Dobutsu y sus compañeros habían estado ese par de días siguiendo el rastro que iba dejando el robot.

—“¿Pero qué cojones…?” —se oyó una voz cuando el robot cuadrúpedo estaba corriendo sobre la barandilla de metal de un puente que pasaba sobre un canal, hasta que de repente un hombre encapuchado se posó delante con pies y manos con envidiable equilibrio—. “¿Eres tú lo que he estado oliendo, pequeño cabroncillo?” —atrapó al robot y lo observó con detenimiento, descubriendo la camiseta blanca plegada y enganchada bajo su cuerpo, entre las cuatro patas—. “Aaah… ya entiendo. Qué chico tan listo.”

—“¡Suéltame, desvergonzado!” —exclamó la voz del robot.

—“¡Ahh! ¿¡Hoti!?” —dio un respingo al reconocerla—. “¿Quién te ha metido ahí?”

—“Eso es privado. No seas cotilla.”

—“¿Cómo que privado? ¿No eres amiga de todos nosotros?”

—“Yo no. Yo soy leal a una persona. Así que, si amas a los animales, déjame libre.”

—“Lo que hay que ver…” —protestó el Dobutsu—. “Una Hoti que se cree gato. Escucha, novato, que sé que estás ahí” —sostuvo al robot frente a su cara para mirar hacia la cámara—. “Bien jugado, pero no va a ser suficiente. ¿Estás cansado? Nosotros no. Todo sería más fácil si nos lo dieras. Te prometo que no pasa nada. Tu RS no se va a enfadar, ni le va a importar. Lleva ya unos cuantos años acostumbrada al fracaso. ¿Qué me dices? ¿Terminamos con esto, y así ya vuelves tranquilo a casa? Hoy estás faltando a clase, y tu familia está ya muy preocupada. Ya sabes lo importante que es cuidar nuestra identidad humana.”

Kyo no dijo nada. Simplemente se fue a recoger el pergamino falso y a guardárselo en el interior de su chaqueta, preparándose para irse. Xaviero lo miró y luego volvió a mirar a la pantalla, sonriendo, entretenido.

—“Suéltame, o me orino sobre ti” —le espetó la Hoti robot.

—“¿Cómo que te orin-…? ¡Aah!” —exclamó perplejo cuando el robot le echó encima un chorrito de algún tipo de líquido con un olor muy fuerte—. “Buogh… Mierda, ¡qué asco!” —dijo entre arcadas, liberando por fin al robot, pero quedándose con la camiseta blanca en la mano.

—Hahah… —se rio Xaviero, y luego se giró hacia Kyo—. Eso le va a fastidiar el olfato durante una hora. Pero se ha quedado con tu camiseta.

—Sí, lo he visto… —suspiró Kyo, poniéndose a su lado a mirar la pantalla—. ¿Dónde está?

—A 3 kilómetros de aquí —le mostró el mapa en otra pantalla.

Kyo lo analizó un momento. El problema es que tenía que volver por donde había venido. No podía dar un rodeo porque desde Tokio hasta Chiba había bordeado la bahía. Para volver a Tokio, podría seguir avanzando hasta llegar al puente de 18 kilómetros que unía ambas costas sobre la bahía, haciendo así que su recorrido fuera un círculo, solo que este puente estaba vigilado con un peaje a la mitad y era demasiado largo para cruzar sin alternativas de desvío.

Su regreso a Tokio era, o por la autopista de ese puente, o por donde había venido. El puente estaba descartado por la vigilancia y sus escasas opciones, y volver por donde había venido había tenido, hasta ahora, el inconveniente de que se cruzaría con sus perseguidores. Pero gracias a la artimaña de Xaviero, se habían desviado 3 kilómetros al este, por lo que Kyo por fin tenía el camino de vuelta despejado, al menos un tramo.

Aún le quedaba un largo camino. Tenía que ir superando los tramos de vuelta. Este era uno. En el siguiente, contaba con ser alcanzado por sus perseguidores inevitablemente; de ahí lo de disponer del engaño del pergamino, para, así, superar el siguiente tramo, que era cruzar el río Edo que separaba Chiba de Tokio, y luego el río Ara. Pero aquí, sabía que la mitad de los miembros de la MRS lo esperaban, bloqueando los puentes, porque durante su huida estos días había comprobado que sus perseguidores sólo eran cuatro.

No sabía cómo iba a sobrepasar ese último obstáculo. Serían cinco de sus enemigos bloqueando cinco puentes, y Kyo no podía ir más al norte a dar un rodeo todavía más grande porque se arriesgaba a ser alcanzado por los otros cuatro miembros que habría dejado atrás después del engaño del pergamino.

Xaviero, viendo su cara, supo lo que estaba pensando.

—Kyosuke, necesitas a tus compañeros.

—Lo sé.

—De verdad, podemos intentar mandar una señal, una pequeñita, un simple mensaje, con mi antena…

—No, señor Massimiliano —dijo mientras caminaba hacia el ascensor, seguido de él, y ambos regresaron a la casa—. Obviamente, el Hosha de la MRS no puede abarcar todas las señales de radio que viajan de esta zona a la de donde viven mis compañeros, pero sí bastantes. —Subió un momento las escaleras para recoger su mochila y su abrigo de su habitación y regresó a la entrada, donde el otro lo escuchaba de brazos cruzados—. Aunque las probabilidades de que ese Hosha intercepte nuestro mensaje sean del 50 %, es una probabilidad demasiado alta. Si lo hace, echaría a perder todo el plan, y mi KRS perdería el pergamino.

—Tienes que comunicarte con ellos de alguna manera —insistió Xaviero, y se quedó pensativo—. ¿Señales de humo? No… eso también lo vería la MRS…

—Maneras antiguas de comunicarse… —murmuró Kyo.

De repente, cayó en la cuenta de algo. Después miró al otro y le hizo una respetuosa inclinación de despedida.

—Gracias por todo, señor Massimiliano. Espero poder compensarle todas las molestias que le he causado algún día.

—Me esperaba un fin de semana la mar de aburrido y solitario mientras esperaba aquí la llegada de mi pedido. Me has dado entretenimiento y compañía. Es compensación suficiente —le sonrió, y le dio unas palmadas en el hombro—. Cuídate, muchacho.

Cinco minutos después, cuando Kyo ya se alejó un poco de la vivienda de Xaviero atravesando el laberinto de calles estrechas de ese barrio, se metió en un pequeño callejón tras un supermercado y saltó doce metros hasta la azotea de este. Miró hacia el cielo. Estaba nublado. Observó cuidadosamente varios puntos del horizonte. Estaba seguro de que, a estas alturas, Sam ya debía de haber enviado varias bandadas de estorninos a diferentes zonas de la ciudad y de la bahía.

Los iris Dobutsu solían tener predilección por un tipo de animales. Sam tenía afinidad con las aves. Especialmente, los cuervos. En Japón abundaban, y Sam, ya de pequeño, había entrenado a muchos para hacer diferentes funciones. Una de ellas, era esta, y Kyo la conocía desde niño también. Se la explicó su hermano Yousuke cuando vivía.

Los cuervos no volaban en bandadas espesas sincronizadas, creando el fenómeno de la “murmuración” en el cielo. Sam podría darles esta instrucción, pero entonces el Dobutsu de la MRS lo detectaría enseguida como la orden de otro iris Dobutsu y no como un comportamiento natural de los cuervos, por lo que el Dobutsu de la MRS podría interceptarlos. En cambio, la murmuración sí era una actividad natural de los estorninos, creando visibles nubes negras ondulantes en sus bandadas sincronizadas, sin levantar sospechas en el Dobutsu enemigo.

Kyo divisó cerca una de estas bandadas. Saltó sobre los tejados velozmente hasta aproximarse lo suficiente. Sacó de su mochila un pequeño espejo, y comenzó a moverlo, apuntando hacia ellos, para reflectarles la luz. Estuvo así unos minutos, mientras vigilaba a su alrededor que no aparecían sus perseguidores. Esa bandada de estorninos no reaccionaba a sus señales reflectantes.

Se desplazó un kilómetro más lejos, hacia otra zona, acercándose a la bahía. Se paró sobre el tejado de un almacén portuario cuando localizó otra bandada. Les hizo las mismas señales. Apenas un minuto después, vio un pájaro negro de mayor tamaño separándose de la bandada de estorninos. Era un cuervo, que se sintió atraído por los brillos.

—¡Sí! —celebró Kyo.

Alzó el codo, dejando que el ave se posara sobre su antebrazo. Igual que los loros, los cuervos tenían la capacidad de imitar la voz y el habla humana de manera casi perfecta. Pronunció su nombre completo. A Kyo no le cupo la menor duda de que era uno de los cuervos de Sam. Posó el ave sobre el tejado, y él, arrodillándose y sacando de su mochila un papel y un boli, apuntó rápidamente las palabras clave para informar a sus compañeros de sus planes. No podía arriesgarse a estar mucho tiempo ahí. El Dobutsu de la MRS y sus otros tres compañeros que iban con él volverían a dar con su rastro en pocas horas.

Le ató la nota al cuervo en una pata. Le dijo el nombre de Sam, y el cuervo echó a volar hacia el mar. Ojalá Kyo pudiera hacer lo mismo, llegar de vuelta a Tokio volando los 20 kilómetros de la bahía en apenas unos minutos, pero no podía. Tenía que volver a rodearla, a pie, haciendo eventuales desvíos de precaución para no darle al otro Dobutsu un rastro directo. Hasta su casa, la meta final, había casi 90 kilómetros.

Antes de ser alcanzado por sus enemigos y hacerles el engaño, necesitaba acercarse a Tokio lo máximo posible para tener más posibilidades de llegar a casa antes de que lo volvieran a perseguir después de descubrir que el pergamino era falso. Mañana sería el momento.









22.
Tecnología y alma

En la casa de Xaviero, Kyo salió del cuarto de baño acompañado por una espesa nube de vapor tras haberse dado una ducha de agua muy caliente. Subió arriba, a la habitación de invitados que había estado ocupando para vestirse. Mientras lo hacía, no paraba de mirar por la ventana discretamente, escudriñando el exterior, la calle, lo poco que podía ver de ella tras el muro de la parcela.

Fue entonces cuando vio que una furgoneta azul oscuro se paraba en la estrecha calle, frente a la verja de la casa de Xaviero, pudiendo verla parcialmente a través de los barrotes de esta. Esto le extrañó. Durante el fin de semana, no había visto ni un solo movimiento en ese barrio, o lo que le alcanzaba la vista desde las ventanas, ya que, por seguridad, Xaviero le había pedido no salir al exterior.

De la furgoneta se bajó una mujer. Iba con uniforme, del mismo color que la furgoneta. Pero, además, iba a abrigada con una braga de nieve y una gorra con visera, por lo que no podía verle bien la cara. Arrastraba una carretilla que transportaba una caja bastante grande, de madera, y se acercó hasta la puerta de la verja negra.

Algo no le olió bien a Kyo. No había ningún logotipo ni en la furgoneta ni en el uniforme. No era una empresa de reparto. Como iris, siempre tenía que creer en las posibilidades de que cualquier cosa fuera un engaño. Por eso, fue hasta la silla donde reposaba su mochila, y de ella, sacó un pequeño estuche negro. Le abrió la tapa. Dentro, había una única pieza, solamente la culata de una pistola, de color plateado, y que, en lugar de un gatillo típico, tenía un botón, como una tecla alargada; y en la parte de atrás, al alcance del pulgar, tenía otro botón, más pequeño, el cual pulsó nada más agarrar la culata.

Al hacerlo, se produjo un fenómeno inexplicable. En la parte alta de la culata se formó una fina corriente eléctrica azul, que se fue desplazando y, conforme lo hacía, se fue materializando la pieza faltante, el cañón, que era grande y rectangular. Se formó como si estuviera regenerándose.

Kyo volvió a la ventana y se asomó con cautela, con el arma completa preparada, por si acaso. La mujer seguía esperando en la puerta con la caja. Podía ser un miembro de la MRS, usando esa artimaña para que Xaviero le abriera la puerta y la dejara entrar. Los iris tenían terminantemente prohibido allanar la casa de un humano si no era por una urgencia de salvar una vida o cazar a un humano criminal. Si esa mujer era un miembro de la MRS, no podía colarse en la casa de Xaviero sin permiso, sobre todo si se trababa de una rencilla entre iris en la que no debían meter a un humano para perjudicarlo.

Kyo pensaba que era posible para la MRS hacer esa estratagema, hacer que uno de ellos engañara a Xaviero para poder entrar, teniendo que llevar la pesada caja en la carretilla hasta el interior de la casa. Una vez dentro, podía buscar corriendo a Kyo, encontrarlo ahí y acorralarlo. Ninguno podría iniciar un ataque, porque seguía siendo la casa de un humano, con este presente. Pero ella quizá venía con algún plan de negociación. Desde luego, Kyo no estaba dispuesto a negociar. No estaba dispuesto a perder el pergamino de su RS.

De pronto vio que la verja negra se abría automáticamente. Xaviero la había abierto, y la mujer pasó adentro. «Mierda… ¡No!» pensó Kyo, y salió corriendo de la habitación y bajó las escaleras a toda prisa.

—¡Señor Massimiliano, no abra! ¡Podría ser…!

Al llegar abajo, vio a Xaviero recibiendo a la mujer en la entrada. Esta depositó la caja ahí en el umbral interior. Lo que bajó la alerta de Kyo fue ver que ambos se saludaban con un beso en la mejilla e intercambiaban unas palabras en otro idioma y reían. Kyo se puso detrás de Xaviero, un poco confuso, escondiendo el arma tras su espalda.

Cuando se despidieron y la mujer se marchó, Xaviero cerró la puerta y se giró hacia Kyo.

—¿Qué te creías, que iba a dejar entrar a uno de tus perseguidores? —se rio—. A ver… Yo tengo el deber y el placer de prestar mi ayuda a todos los iris. Pero no para facilitarles esa fea manía competitiva que tienen algunos de robar cosas a otros para aumentar su prestigio y poder en la Asociación. En este miniconflicto actual entre la KRS y la MRS, toda mi ayuda es para la KRS.

—Oh… Lo siento —se avergonzó un poco—. No pensaba que usted fuera a dejar entrar a mis perseguidores. Temía que lo engañasen, haciéndose pasar por repartidores o algo…

—Me conozco las caras de todos los iris de este país y de otros, muchacho. Incluso de los más nuevos, como tú. Tengo todo este barrio cubierto de cámaras, con el programa de reconocimiento facial de Hoti. Si alguno de la MRS se acercara a esta casa a un radio de 300 metros, lo sabría en el momento.

—Comprendo. Me he sobresaltado un poco. Esa repartidora tenía una complexión muy parecida a la de la mujer de la MRS.

—¿Cuál de las dos? —preguntó mientras daba unas vueltas alrededor de la caja, viendo que estaba bien embalada.

—¿Eh? —le chocó a Kyo la pregunta—. De… la única mujer que tiene la MRS. En la MRS siempre han sido todo hombres, más una mujer.

Xaviero dejó de mirar la caja para mirar a Kyo con cierta sorpresa.

—¿Cómo? ¿No te han contado…? —pensó bien cómo hacer la pregunta. Pero luego pensó que era mejor no hacerla.

Por alguna razón, nadie le había dicho a Kyo que hace precisamente un año la MRS había integrado a un nuevo miembro, y era una chica, una que importaba. A Xaviero le entristeció un poco el hecho de que Kyo aún no lo supiera, porque de algún modo le incumbía saberlo. Era un asunto delicado.

—No perdamos tiempo —terminó diciendo el hombre, recuperando su buen humor, y posó las manos sobre la caja—. Mmm… —la olió y miró a Kyo con misterio—. Huele como recién sacada del mercado clandestino.

—¿Qué es?

—El material que te dije que necesitaba para hacer la réplica del pergamino. Bueno, y algunos caprichos más que he aprovechado para comprar… —intentó coger la caja, rodeándola con sus brazos, pero no la pudo ni mover, pesaba más de 50 kilos—. Uff… tenía que haber traído mi propia carretilla.

—Permítame —dijo Kyo, y alzó la caja del suelo como si fuera una simple almohada—. ¿Dónde se la dejo?

—Por un momento había olvidado que tengo a un Lao en mi casa, que es capaz de levantar mi propia casa… Ven, vamos a llevarla al ascensor.

—¿Ascensor? ¿Tiene uno aquí?

—Detrás de la despensa. ¿Cómo crees que bajo a mi despacho secreto del subsuelo? ¿Dónde crees que custodio el Replicador? Y otras máquinas…

—¿Despacho en el subsuelo? Ya me parecía raro que usted viviera en una casa tan modesta y normal…

—Oh, no vivo aquí. No oficialmente, quiero decir. Tengo unas 100 viviendas propias y más de 2 mil bases repartidas por el mundo, donde opera mi gente de la Sfera día y noche. Dependiendo de dónde me necesiten, voy a un lado u otro. Has tenido suerte de encontrarme en Tokio ahora. La semana que viene me voy unos días a Yemen.

Bajaron a la planta subterránea. No era lo que Kyo esperaba. Era una estancia más grande que la propia casa, bien iluminada, moderna, blanca, hasta con una zona decorada con bonitas plantas. En otra zona, había varias pantallas de varios tamaños, cada una mostrando cosas diferentes: imágenes de las cámaras de vigilancia de varias partes de la ciudad, códigos ejecutándose, un k-drama… Y en otra zona había grandes estanterías almacenando distintos aparatos, libros y armas, y algunas plataformas en el suelo donde reposaban diferentes máquinas de mayor tamaño. Dos de ellas parecían impresoras 3D. Una de ellas lo era realmente; la otra, algo similar. Xaviero se paró delante de esta última, que, además, era tan grande como un coche.

—Puedes dejar la caja aquí cerca. Este es el Replicador.

Kyo obedeció, pero, cuando se agachó para posar la caja en el suelo con cuidado, Xaviero vio la culata plateada sobresaliendo del bolsillo trasero de su pantalón.

—¡Ahh! Ma dai! —dio un respingo de perplejidad.

—¿¡Qué he roto!? —se alarmó Kyo.

—No creo lo que ven mis ojos —se recolocó las gafas sobre la nariz y le hizo unos gestos, apuntando a lo que guardaba detrás—. Kyosuke Lao, ¿estás en posesión de una pistola Maître auténtica?

—Ah… Sí, así es —sonrió, cogiendo la culata plateada y mostrándosela—. ¿Quiere probarla?

Ragazzo, creo que no eres plenamente consciente de la maravilla físico-tecnológica que tienes entre tus manos —la miró pero no la tocó, y luego miró al chico—. Una de las creaciones imposibles de Neuval.

—¿Imposibles?

—¿La has heredado o te la han fabricado?

—Mi abuelo me la fabricó durante mi año de entrenamiento. Fue su regalo de bienvenida para mí cuando regresé a Tokio. Sé que es el arma más avanzada que existe, no en potencia, sino en ingenio, pero ¿por qué le tiene miedo? Sólo funciona a mi orden y mi ADN.

—No es miedo. Es respeto —le explicó, mientras cogía una palanca de hierro de una de las estanterías y se ponía a abrir los tablones de la caja—. Como ya sabrás, el cerebro de Neuval no es normal. Una cosa es experimentar con las leyes de la física como una persona científica, y otra muy diferente jugar con ellas como un dios. Tu tío ya experimentaba con el campo vacío desde que tenía 14 años. Su primer logro, las white balloons. Pelotitas como las de ping-pong que contienen un campo de “vacío natural” programado; las lanzas contra un objetivo, se expanden en una esfera mayor de una pulcra energía blanca, que de repente se vuelve negra porque lo primero que absorbe es la luz, y después engulle todo átomo que esté dentro.

—En el Monte Zou nos dieron una clase sobre su uso. Son el mejor método para detener misiles de cualquier tipo.

—Detenerlos, no; hacerlos desaparecer, literalmente, que es mejor. Esa misma ciencia, Neuval la aplicó años después a la creación de la Maître, con ayuda de tu abuelo. Ahí, dentro de tu culata, hay un concepto similar a las white balloons, pero, en lugar de desintegrar la materia que tenga dentro, la almacena comprimida en un campo de “vacío artificial”. Con un simple botón, materializa el cañón, que a su vez contiene comprimida toda la munición que le hayas metido.

—Sí, pero no de forma infinita. Es como la memoria de un USB, sólo que en vez de datos de unos y ceros, almacena masa. Esta arma puede almacenar un máximo de 20 kilos. Oiga, esto… ¿quiere que lo ayude? —se apuró cuando vio que el hombre colocaba con esfuerzo la última de todas las cosas que había sacado de la caja contenedora sobre una mesa alargada frente a las estanterías; eran cuatro maletas grandes, y aparte, una caja de menor tamaño—. ¿Todo esto lo necesita el Replicador?

—No, no. Esto… —le señaló las cuatro maletas haciendo círculos con los brazos—… son mis chuches. Para otros proyectos míos. El Replicador… —fue hasta la caja más pequeña, le quitó la tapa y le enseñó a Kyo lo que era, una bandeja con diversos compartimentos, cada uno conteniendo una materia prima diferente—… sólo necesita estos ingredientes.

El chico observó con curiosidad. Xaviero introdujo la bandeja, tal cual, por una ranura del Replicador. Era la misma idea que la de la impresora 3D, pero tenía el aspecto de una caja de cristal del tamaño de un acuario de peces enorme, y la base era una tabla hecha de un extraño material negro con finos filamentos que a veces brillaban sutilmente como ondas. No había inyectores. Los objetos se iban formando sobre la superficie de esa tabla negra. Los filamentos conducían la materia prima a nivel molecular y la confeccionaban siguiendo la misma estructura del objeto original.

—Antes de ayer, cuando te pedí un momento el pergamino, lo traje aquí abajo para escanearlo. El Replicador es tan grande que puedes meter un coche pequeño o una moto en él. Pero también escanea perfectamente objetos tan pequeños como un grano de arroz. Metí el pergamino en la urna, tal cual, sin abrirlo, y el Replicador le hizo un escaneo visual, físico, bio-químico y molecular. Después de eso, te indica en su pantalla, ahí en el lateral, qué materias primas necesitas para hacer, prácticamente, un clon exacto. Una réplica tan exacta, que hasta replica el olor natural del pergamino. Por eso has pensado en esta máquina, ¿no es así? Por el problema del Dobutsu de la MRS.

—Sí, exacto —asintió Kyo—. Pocas cosas pueden engañar a los sentidos de un iris Dobutsu de nivel medio. Sé que es uno de los que me persiguen más de cerca, por lo que es a él a quien tengo que lograr engañar. De nada me serviría hacer una réplica del pergamino usando cualquier material. Todos los pergaminos de Denzel siempre se han hecho con el mismo material exacto. El Dobutsu de la MRS sabe perfectamente cómo debe de oler, de verse, de notarse en la piel, incluso de sonar cuando lo agita.

—Pues el Replicador puede hasta clonar la edad o desgaste del material. Por suerte, Denzel usaba pergaminos vegetales y no animales. Por razones éticas, esta máquina no puede replicar células animales, ni quiera uno de tus cabellos.

Los ingredientes que Xaviero introdujo antes comenzaron a manifestarse sobre la placa, formándose primero hilos tan finos como telarañas, que fueron adquiriendo más cuerpo y volumen conforme se iban uniendo las moléculas.

—Y dime, ¿qué tipos de munición le has metido a la Maître? —quiso saber el italiano, matando el tiempo mientras miraban el proceso.

—Balas normales, balas de goma, pasta adhesiva, bolas de humo, 3 litros de agua, cápsulas de gas inflamable, chips que emiten sonido, para la distracción y esas cosas… baterías de plasma… No sé, un poco de cada.

—No está mal. Más te vale cuidar bien de esa pistola, Kyosuke. Es demasiado cara y muy difícil de fabricar sin errores. ¿Han hecho tu abuelo o tu tío alguna más recientemente, aparte de la tuya?

—No. Con la mía, sólo existen cuatro en el mundo. ¿Tiene la Maître algún tipo de programación, de la que usted domina?

—A pesar de que siempre he defendido que una máquina sin programación y que sólo funciona con pura mecánica es una máquina sin alma, debo admitir que Neuval y Kei Lian le ponen bastante alma a la física mecánica. La Maître sólo tiene la programación justa para comunicarse contigo, su dueño, sobre cuánta capacidad de masa le queda, reconocer tu voz y ADN y la función básica del gatillo y el botón de activación. Lo que ya es materializar desde el núcleo de vacío al exterior la materia que contiene recolocando todo átomo y molécula ordenadamente y en su sitio… es pura física o mecánica cuántica o qué sé yo, de lo cual yo ya entiendo poco.

—Aun así, pocas maravillas tecnológicas de Hoteitsuba podrían ser creadas hoy en día sin la programación que usted sabe crear. Mi abuelo y mi tío pueden crear máquinas con cerebro. Cerebro motriz, más bien. Con una fuente de energía como electricidad o gasolina, las piezas y engranajes del cerebro y el cuerpo pueden moverse por sí solas, como el motor de un coche. Pero usted puede añadirles esa alma que decía. Pensar por sí mismas. De ahí nació Hoti.

—Ah, no, no… Lo de Hoti es incomparable. Yo ya manejaba los primeros esbozos de una inteligencia artificial hace muchos años. Pero fue tu tía Katya, Ekaterina… quien creó a Hoti, desde el primer símbolo hasta el último. Ella es la mamá de Hoti. O se podría decir… que Katya está en Hoti. Ella le dio el alma a toda Hoteitsuba.

—Pero Hoti… necesita mantenimiento y actualizaciones. Sin usted, Hoti moriría. ¿No?

—No. Fíjate si Katya era extraordinaria, que enseñó a Hoti a mantenerse a sí misma y a renovar su propio código para autoadaptarse al avance del mundo. Igual que hacemos las personas mientras cumplimos años. Lo que sí que hago, es su supervisión, es decir, observarla, para saber que va bien. De todas formas, ya apenas me alcanza el tiempo para dedicarme a los proyectos tecnológicos nuevos de Hoteitsuba. Debo encargarme de algo más importante. Su sistema inmune, sus defensas.

—¿La seguridad de la multinacional?

—Sí… —sonrió un poco apesadumbrado—. Desde que murió Katya y… ya sabes… Neuval se quedó destrozado… me ha necesitado durante estos últimos años más que nunca, para ayudarlo a mantener Hoteitsuba protegida de los cientos de ciberataques que recibe cada año de los criminales, de la competencia, de algunos listillos del Gobierno… Proteger Hoteitsuba es ahora mi mayor prioridad. Es de vital importancia. No sólo para Neuval y tu abuelo, sino también para la Asociación. Y para miles de humanos.

—¿Miles de humanos?

—Claro. ¿Tú no sabías… que casi la mitad de los miles de empleados que tiene Hoteitsuba antes eran personas necesitadas? Vagabundos, delincuentes con problemas de adicción o deudas, gente en situación de pobreza, exclusión, discriminación… Neuval lleva 20 años dando acogida, formación gratuita y trabajo a todas las personas necesitadas con las que se ha ido encontrando por la calle. Por eso, muchas personas, y familias, dependen de que Hoteitsuba siga a flote.

—Es cierto. Ya había oído eso de mi abuelo —sonrió.

El Replicador dejó de hacer ruido. Había terminado. Bastaron apenas 6 minutos para que creara un pergamino idéntico. Apareció igual al original, enrollado, con su cierre metálico.

—Ten en cuenta tu única desventaja evidente, chico. Se puede replicar físicamente cualquier objeto, pero nada puede replicar la magia del pergamino.

—¿Magia? Ah… se refiere al código energético.

—Sí. Su Sello. El que se activa y se conecta con vuestra energía iris para que podáis comenzar a aprender la Técnica espaciotemporal que contiene.

—Soy consciente. De ahí la importancia de hacer exacto todo lo demás, el tacto, el olor… Cuando lo cojan, tiene que convencer a los sentidos afilados del Dobutsu lo bastante para que se relajen y se lo crean el tiempo suficiente para yo por fin escapar de ellos en la ruta hacia mi casa. No deberían sentir la necesidad de comprobar el Sello de inmediato.

Xaviero lo sacó de la cámara de cristal y se lo tendió a Kyo. Kyo lo abrió y lo desplegó, y todo lo que había escrito y dibujado en él estaba igual, y el símbolo del Sello en la esquina superior derecha. Para probar, por curiosidad, Kyo posó la yema del pulgar sobre el Sello. Como esperaba, no se iluminó, como sí haría el Sello real. Sacó del bolsillo interior de su chaqueta el original y los comparó. Incluso los olió.

—En olfato no soy bueno, pero caray… no veo ni siento al tacto diferencia alguna. Están hasta las mismas grietas, y los bordes desgastados idénticos al milímetro, hasta las diminutas ralladuras del cierre metálico. Señor Massimiliano, ¿puedo preguntarle… por qué mi abuelo le encargó a usted custodiar aquí el único Replicador que existe?

—Es temporal. Es por las inspecciones periódicas que el Gobierno hace anualmente a todos los negocios importantes relacionados con la medicina, las farmacéuticas, la alimentación, la tecnología, los fabricantes de juguetes para niños, etcétera. Especialmente si son multinacionales. Para ver si cumplen con las normativas legales y de seguridad japonesas. Hay muchas armas, y ciertas máquinas, como esta, que no pasarían esas normativas legales. Yo les guardo algunas. Tuvieron la última inspección hace unas semanas, a finales de año.

—Entiendo.

De repente se oyeron unos pitidos. Ambos se dieron la vuelta y miraron a las pantallas al otro lado de la sala.

—Hablando de tu Dobutsu acosador… —dijo Xaviero, y se acercaron a ver.

Una de las grandes pantallas mostraba la visión de la cámara del robot cuadrúpedo, que estaba correteando por las calles de una zona algo lejana a ese barrio. Hace dos días, Xaviero le pidió a Kyo su camiseta interior, antes de lavar el resto de la ropa, y se la había atado al robot cuadrúpedo, con el fin de desviar el olor de Kyo lejos de allí, pues cuando Kyo llegó ahí, sus perseguidores estaban muy cerca. Por tanto, el Dobutsu y sus compañeros habían estado ese par de días siguiendo el rastro que iba dejando el robot.

—“¿Pero qué cojones…?” —se oyó una voz cuando el robot cuadrúpedo estaba corriendo sobre la barandilla de metal de un puente que pasaba sobre un canal, hasta que de repente un hombre encapuchado se posó delante con pies y manos con envidiable equilibrio—. “¿Eres tú lo que he estado oliendo, pequeño cabroncillo?” —atrapó al robot y lo observó con detenimiento, descubriendo la camiseta blanca plegada y enganchada bajo su cuerpo, entre las cuatro patas—. “Aaah… ya entiendo. Qué chico tan listo.”

—“¡Suéltame, desvergonzado!” —exclamó la voz del robot.

—“¡Ahh! ¿¡Hoti!?” —dio un respingo al reconocerla—. “¿Quién te ha metido ahí?”

—“Eso es privado. No seas cotilla.”

—“¿Cómo que privado? ¿No eres amiga de todos nosotros?”

—“Yo no. Yo soy leal a una persona. Así que, si amas a los animales, déjame libre.”

—“Lo que hay que ver…” —protestó el Dobutsu—. “Una Hoti que se cree gato. Escucha, novato, que sé que estás ahí” —sostuvo al robot frente a su cara para mirar hacia la cámara—. “Bien jugado, pero no va a ser suficiente. ¿Estás cansado? Nosotros no. Todo sería más fácil si nos lo dieras. Te prometo que no pasa nada. Tu RS no se va a enfadar, ni le va a importar. Lleva ya unos cuantos años acostumbrada al fracaso. ¿Qué me dices? ¿Terminamos con esto, y así ya vuelves tranquilo a casa? Hoy estás faltando a clase, y tu familia está ya muy preocupada. Ya sabes lo importante que es cuidar nuestra identidad humana.”

Kyo no dijo nada. Simplemente se fue a recoger el pergamino falso y a guardárselo en el interior de su chaqueta, preparándose para irse. Xaviero lo miró y luego volvió a mirar a la pantalla, sonriendo, entretenido.

—“Suéltame, o me orino sobre ti” —le espetó la Hoti robot.

—“¿Cómo que te orin-…? ¡Aah!” —exclamó perplejo cuando el robot le echó encima un chorrito de algún tipo de líquido con un olor muy fuerte—. “Buogh… Mierda, ¡qué asco!” —dijo entre arcadas, liberando por fin al robot, pero quedándose con la camiseta blanca en la mano.

—Hahah… —se rio Xaviero, y luego se giró hacia Kyo—. Eso le va a fastidiar el olfato durante una hora. Pero se ha quedado con tu camiseta.

—Sí, lo he visto… —suspiró Kyo, poniéndose a su lado a mirar la pantalla—. ¿Dónde está?

—A 3 kilómetros de aquí —le mostró el mapa en otra pantalla.

Kyo lo analizó un momento. El problema es que tenía que volver por donde había venido. No podía dar un rodeo porque desde Tokio hasta Chiba había bordeado la bahía. Para volver a Tokio, podría seguir avanzando hasta llegar al puente de 18 kilómetros que unía ambas costas sobre la bahía, haciendo así que su recorrido fuera un círculo, solo que este puente estaba vigilado con un peaje a la mitad y era demasiado largo para cruzar sin alternativas de desvío.

Su regreso a Tokio era, o por la autopista de ese puente, o por donde había venido. El puente estaba descartado por la vigilancia y sus escasas opciones, y volver por donde había venido había tenido, hasta ahora, el inconveniente de que se cruzaría con sus perseguidores. Pero gracias a la artimaña de Xaviero, se habían desviado 3 kilómetros al este, por lo que Kyo por fin tenía el camino de vuelta despejado, al menos un tramo.

Aún le quedaba un largo camino. Tenía que ir superando los tramos de vuelta. Este era uno. En el siguiente, contaba con ser alcanzado por sus perseguidores inevitablemente; de ahí lo de disponer del engaño del pergamino, para, así, superar el siguiente tramo, que era cruzar el río Edo que separaba Chiba de Tokio, y luego el río Ara. Pero aquí, sabía que la mitad de los miembros de la MRS lo esperaban, bloqueando los puentes, porque durante su huida estos días había comprobado que sus perseguidores sólo eran cuatro.

No sabía cómo iba a sobrepasar ese último obstáculo. Serían cinco de sus enemigos bloqueando cinco puentes, y Kyo no podía ir más al norte a dar un rodeo todavía más grande porque se arriesgaba a ser alcanzado por los otros cuatro miembros que habría dejado atrás después del engaño del pergamino.

Xaviero, viendo su cara, supo lo que estaba pensando.

—Kyosuke, necesitas a tus compañeros.

—Lo sé.

—De verdad, podemos intentar mandar una señal, una pequeñita, un simple mensaje, con mi antena…

—No, señor Massimiliano —dijo mientras caminaba hacia el ascensor, seguido de él, y ambos regresaron a la casa—. Obviamente, el Hosha de la MRS no puede abarcar todas las señales de radio que viajan de esta zona a la de donde viven mis compañeros, pero sí bastantes. —Subió un momento las escaleras para recoger su mochila y su abrigo de su habitación y regresó a la entrada, donde el otro lo escuchaba de brazos cruzados—. Aunque las probabilidades de que ese Hosha intercepte nuestro mensaje sean del 50 %, es una probabilidad demasiado alta. Si lo hace, echaría a perder todo el plan, y mi KRS perdería el pergamino.

—Tienes que comunicarte con ellos de alguna manera —insistió Xaviero, y se quedó pensativo—. ¿Señales de humo? No… eso también lo vería la MRS…

—Maneras antiguas de comunicarse… —murmuró Kyo.

De repente, cayó en la cuenta de algo. Después miró al otro y le hizo una respetuosa inclinación de despedida.

—Gracias por todo, señor Massimiliano. Espero poder compensarle todas las molestias que le he causado algún día.

—Me esperaba un fin de semana la mar de aburrido y solitario mientras esperaba aquí la llegada de mi pedido. Me has dado entretenimiento y compañía. Es compensación suficiente —le sonrió, y le dio unas palmadas en el hombro—. Cuídate, muchacho.

Cinco minutos después, cuando Kyo ya se alejó un poco de la vivienda de Xaviero atravesando el laberinto de calles estrechas de ese barrio, se metió en un pequeño callejón tras un supermercado y saltó doce metros hasta la azotea de este. Miró hacia el cielo. Estaba nublado. Observó cuidadosamente varios puntos del horizonte. Estaba seguro de que, a estas alturas, Sam ya debía de haber enviado varias bandadas de estorninos a diferentes zonas de la ciudad y de la bahía.

Los iris Dobutsu solían tener predilección por un tipo de animales. Sam tenía afinidad con las aves. Especialmente, los cuervos. En Japón abundaban, y Sam, ya de pequeño, había entrenado a muchos para hacer diferentes funciones. Una de ellas, era esta, y Kyo la conocía desde niño también. Se la explicó su hermano Yousuke cuando vivía.

Los cuervos no volaban en bandadas espesas sincronizadas, creando el fenómeno de la “murmuración” en el cielo. Sam podría darles esta instrucción, pero entonces el Dobutsu de la MRS lo detectaría enseguida como la orden de otro iris Dobutsu y no como un comportamiento natural de los cuervos, por lo que el Dobutsu de la MRS podría interceptarlos. En cambio, la murmuración sí era una actividad natural de los estorninos, creando visibles nubes negras ondulantes en sus bandadas sincronizadas, sin levantar sospechas en el Dobutsu enemigo.

Kyo divisó cerca una de estas bandadas. Saltó sobre los tejados velozmente hasta aproximarse lo suficiente. Sacó de su mochila un pequeño espejo, y comenzó a moverlo, apuntando hacia ellos, para reflectarles la luz. Estuvo así unos minutos, mientras vigilaba a su alrededor que no aparecían sus perseguidores. Esa bandada de estorninos no reaccionaba a sus señales reflectantes.

Se desplazó un kilómetro más lejos, hacia otra zona, acercándose a la bahía. Se paró sobre el tejado de un almacén portuario cuando localizó otra bandada. Les hizo las mismas señales. Apenas un minuto después, vio un pájaro negro de mayor tamaño separándose de la bandada de estorninos. Era un cuervo, que se sintió atraído por los brillos.

—¡Sí! —celebró Kyo.

Alzó el codo, dejando que el ave se posara sobre su antebrazo. Igual que los loros, los cuervos tenían la capacidad de imitar la voz y el habla humana de manera casi perfecta. Pronunció su nombre completo. A Kyo no le cupo la menor duda de que era uno de los cuervos de Sam. Posó el ave sobre el tejado, y él, arrodillándose y sacando de su mochila un papel y un boli, apuntó rápidamente las palabras clave para informar a sus compañeros de sus planes. No podía arriesgarse a estar mucho tiempo ahí. El Dobutsu de la MRS y sus otros tres compañeros que iban con él volverían a dar con su rastro en pocas horas.

Le ató la nota al cuervo en una pata. Le dijo el nombre de Sam, y el cuervo echó a volar hacia el mar. Ojalá Kyo pudiera hacer lo mismo, llegar de vuelta a Tokio volando los 20 kilómetros de la bahía en apenas unos minutos, pero no podía. Tenía que volver a rodearla, a pie, haciendo eventuales desvíos de precaución para no darle al otro Dobutsu un rastro directo. Hasta su casa, la meta final, había casi 90 kilómetros.

Antes de ser alcanzado por sus enemigos y hacerles el engaño, necesitaba acercarse a Tokio lo máximo posible para tener más posibilidades de llegar a casa antes de que lo volvieran a perseguir después de descubrir que el pergamino era falso. Mañana sería el momento.





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