1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __
Hana estaba sentada en una butaca del despacho de Neuval, con una taza de café en las manos. Neuval, en cambio, no paraba, ordenando papeles, buscando archivos en su ordenador, apuntando cosas, levantándose cada dos por tres de su silla para ir a revisar los informes predispuestos sobre una mesa junto a una estantería llena de libros y carpetas.
Hana lo observaba con detenimiento. Neuval tenía una cara de no haber pegado ojo en toda la noche y parecía un zombie nervioso. Por eso, ella en verdad estaba atenta, esperando a que metiera la pata. Y así fue. Hana vio que cogía uno de los dos montones de folios que había sobre su mesa para meterlos en la trituradora de papeles, y era el montón equivocado.
—¡Neuval, detente! —saltó como el rayo, haciéndole un placaje para evitar la destrucción de aquellos archivos en el último momento.
Por desgracia, estos papeles se desperdigaron por los aires, cubriendo la mitad de la amplia sala. Surgió un momento de silencio. Hana estaba abrazada a él, mientras que Neuval se había quedado con los brazos en alto y con una cara de infarto, hasta que el último folio se posó suavemente sobre el suelo.
—¡Pero bueno! ¿¡Se puede saber qué te pasa!? —estalló la mujer, era de esperar—. ¡Casi destruyes los archivos que contienen los prototipos! ¡Aún no están digitalizados! ¡Mira que eres torpe!
—¿Ein? —murmuró Neuval, despertando, y observó el estropicio—. Había tiempo de sobra hasta que apretase el botón, no hacía falta que te abalanzases de esa manera contra mí… jugadora de rugby…
Hana entornó los ojos con mosqueo. La verdad es que había sido bastante bruta, pero precisamente la auténtica Hana era así, solo que delante de la gente tenía que fingir ser más educada. Cuando una persona tenía un cierto origen, y uno del que no se enorgullecía, pues le costaba un poco desprenderse de ciertos rasgos una vez había entrado en una vida mejor y más decente. Lo que descubrió es que Neuval le estaba sonriendo en este instante, y era por esto. Era una sonrisa cálida.
Hana se sonrojó con vergüenza, sin borrar esa cara malhumorada, y se soltó de él enseguida para recobrar la compostura. Por su parte, Neuval recuperó su expresión taciturna mientras se recolocaba bien la corbata, y se puso a recoger las hojas en silencio. La mujer se agachó frente a él, pero no para ayudarlo exactamente. Le agarró una mano antes de que cogiese un folio, y él levantó la vista hacia ella con sobresalto.
—¿Qué es lo que te ocurre? —le preguntó seria.
Neuval miró hacia otro lado, dubitativo.
—Es… nada.
—Neuval.
—Es… es que Cleven todavía no ha dado señales. Ni siquiera sé dónde ha pasado la noche.
—Los dos estamos preocupados por eso desde ayer, pero sé que desde esta mañana tienes otra preocupación en la cabeza —le dijo, obligándolo a sostener la mirada—. No puedes ocultarme eso.
Neuval suspiró, cerrando los ojos un momento.
—Es solo que... siento que estoy perdiendo a Cleven del todo —lamentó. Hana relajó los músculos de su cara, adoptando la misma expresión apesadumbrada—. Ya perdí a Lex, yo tuve la culpa de eso, y no soportaría perder ahora a Cleven.
—Neu, no cargues con toda la culpa sobre lo de Lex —lo calmó, apretándole más la mano—. No sé de qué discutisteis exactamente hace siete años, nunca me lo has contado. Pero estoy segura de que en esa época pasasteis por tantos tormentos que era prácticamente imposible que todo permaneciera igual o de una pieza. Es obvio que la muerte de Ekaterina iba a romper algo fuera de vuestro control. Lex y tú no os separasteis, os separaron las circunstancias tan difíciles. No creo que tú le dijeras o le hicieras nada tan malo como para que él decidiera irse de casa y no hablarte más hasta ahora.
—Yo no estoy muy seguro de eso —murmuró para sí.
—Le dije a Misae que, si Cleven volvía hoy a casa mientras ella estaba cocinando y nosotros estamos trabajando, nos lo comunicase enseguida.
—Pero todavía no ha llamado. ¿Y si hoy Cleven ha ido al instituto? No sé si pasarme por ahí ahora y averiguarlo.
—No es mala idea —le sonrió—. Neu, yo me encargaré de tu papeleo entonces, sé a dónde hay que enviar cada informe. Y le diré a Lao que te sustituya en la próxima reunión.
Los dos se miraron, y se sonrieron. Desde que estaban juntos, hace tres años, el apoyo mutuo era lo que había sostenido sus vidas desmoronadas hasta ahora. Hana volvió a ruborizarse.
—Te sientes mal en parte porque crees estar defraudando a Ekaterina, ¿verdad? —le preguntó ella.
Neuval no contestó, pero Hana sabía que sí. Siempre que la mencionaba, Hana era muy respetuosa, hasta el punto de referirse a ella siempre por su nombre completo y formal, en lugar de por el diminutivo “Katya” como hacían los demás.
—No te preocupes, estoy segura de que Ekaterina comprendería tu situación. No es fácil, Neuval, yo lo sé, y lo sabría Ekaterina si te viera ahora. Lo estás haciendo lo mejor posible. Sé que no debe de ser nada fácil cuidar de tres hijos tú solo y al mismo tiempo ser responsable de miles de personas en todo el mundo que constituyen la gran familia de esta empresa. Por eso, yo quiero hacer lo que esté en mi mano para ayudarte. Tú me salvaste la vida y deseo devolverte el favor con todas mis fuerzas. Escucha, Neuval. Cleven es inmadura y rebelde, pero todos hemos sido así a esa edad.
—Tú sobre todo, que eras una delincuente callejera —sonrió Neuval.
—Sssh, no digas eso en un lugar como este —musitó apurada—. Pero Cleven es una buena persona, Neu. Es una chica muy lista y buena, pero, como todos, tiene que aprender poco a poco, entender este mundo tan complicado, y es normal a su edad empezar a querer hacerlo por su cuenta. No es tu culpa, es la naturaleza, así es como funciona la vida. Se crece cometiendo errores. Pero no temas, no le pasará nada malo, porque a pesar de todo, ella tiene bien aprendido cómo tener cuidado, de tantas veces que se lo has repetido. Por mucho que a ella le molestaran tus sermones, en el fondo ella te escuchaba. Sé que la quieres más que a nada. Ella lo sabrá algún día.
Neuval apoyó las rodillas en el suelo y abrazó a Hana con fuerza, agradecido por sus palabras. Ella se ruborizó del todo, aunque intentó disimularlo.
—Será mejor que vaya ahora mismo al instituto de Cleven —declaró Neuval, haciendo ademán de levantarse, pero Hana lo detuvo antes que nada, agarrando su brazo, y lo acercó.
Lo besó con cariño, sorprendiendo a Neuval por un breve instante, hasta que él cedió al beso. Hana sabía de sobra que jamás sería correspondida. Sabía de sobra que, para Neuval, Katya fue, es, y siempre será el amor de su vida, por encima de todas las demás. Pero se sentía afortunada por poder estar con alguien como él, aunque fuera una relación de cariño y no de amor. Eso era más que suficiente para ella.
De pronto se oyó un estruendo por todo el despacho. Alguien había abierto la puerta de par en par, de manera que casi se rompieron las paredes. Tanto Neuval como Hana se quedaron petrificados del susto, dirigiendo la mirada hacia el viejo Lao, que estaba todavía ahí jadeando como un perro. Lao, al verlos arrodillados en el suelo y bastante pegaditos, dejó de respirar un momento, abriendo los ojos con sorpresa. A continuación, sacó su móvil del bolsillo del traje gris que llevaba puesto y les hizo una foto.
—¡Kei Lian Lao! —saltó Neuval al respecto—. ¡Dame ese móvil ahora mismo!
—¡Ni de coña, jefe! ¿Sabes lo divertido que puede ser circular esta foto tan bonita de vosotros dos por los ordenadores de la empresa? —rio socarronamente.
Neuval estuvo a punto de lanzarse sobre él con la furia de un tigre, pero el grito de una mujer desde el pasillo de fuera les puso a todos la piel de gallina.
—¡Liaaaan!
—Uy… —sollozó Lao, temblando, y corrió a esconderse tras la enorme mesa de su jefe—. ¡Yo no estoy aquí! ¡Por si preguntan!
Tanto Hana como Neuval se quedaron estupefactos, y entonces vieron aparecer a una mujer en la puerta que jadeaba y tenía la cara roja. Era morena, de cabello largo, liso y de puntas onduladas, vestida con un elegante traje de trabajo de pantalones, blusa y chaqueta marrón.
—¿Suzu? —brincó Neuval, mirando el reloj de su muñeca—. ¿Qué haces en Tokio? ¿A estas horas no trabajas en tu oficina de Yokohama?
—¡Neuval! —le gritó furiosa, dándole otro susto; sin cambiar la feroz expresión de su rostro, se acercó a él y le dio un debido abrazo de saludo—. ¡Te veo bien! ¡Hana! —la miró, todavía enfadada—. ¡Encantada de volver a verte! ¡Decidme! ¿¡Dónde se ha metido ese viejo chino loco de 200 kilos!?
—¡Peso 142! —protestó una voz por ahí.
—¡Te he oído! —Suzu se puso en guardia y miró por todo el despacho, no muy segura de dónde provenía, ya que el despacho era muy grande y tenía tres zonas.
—Me cachis… —volvió a oírse esa vocecilla.
—¡Deja de esconderte, Lian! ¡No estoy para juegos! Neuval, ¡ayúdame!
—¡Ja! ¡Él nunca me traicionaría! —volvió a oírse la voz de Lao por ahí—. ¡Porque sabe que lo desheredo!
—Está detrás de mi escritorio —le declaró Neuval tranquilamente a Suzu, sin tardar ni un segundo.
—¡Ahhh! ¡Judas! Ngó wui tung néi aa má góng! —exclamó el viejo Lao, saliendo de su escondite, apuntándole con un dedo furioso y dolido. (= ¡Se lo voy a decir a tu madre!)
—Néi bong ngó laam haa köi laa —contestó Neuval. (= Dale un abracito de mi parte.)
—Lao, en serio, eres un tipo enorme y musculoso, es imposible que te escondas tras un escritorio. Eres más grande que el escritorio —le dijo Hana.
—¡Tú! ¡Dichoso suegro, no te me escapes! —rugió Suzu, corriendo hacia Lao con intenciones asesinas.
—¡Te desheredo! —le amenazó Lao a Neuval mientras esquivaba a la mujer y escapaba por la puerta—. ¡Te desadopto!
—¡Lian! ¡Liaaan! —gritó Suzu, saliendo a por su presa—. ¡Kei Lian, vuelve aquí…!
Hana vio cómo Neuval dejaba salir un larguísimo y profundo suspiro de paciencia, una vez que la calma volvió a reinar en el despacho.
—¿Por qué está tu cuñada tan enojada con él, que hasta ha venido desde la ciudad de Yokohama? —preguntó Hana con sorpresa.
—Es… —titubeó Neuval. Lo cierto es que lo único que se le ocurría era que Suzu, como era de esperar, ya se había enterado de la desaparición de Kyo y, al tratarse de un asunto iris, nadie le decía nada porque eran las normas, pero para Suzu no había norma que valiera cuando se trataba de saber qué pasaba con su hijo, sabiendo que el viejo Lao era el único a quien podía sonsacarle la información—. No te preocupes. Ya conoces a Kei Lian. Algo habrá hecho.
—Ya, no me extraña —casi rio Hana—. Vamos, cariño, haz lo que tengas que hacer. Yo vigilaré el fuerte.
Neuval sonrió, reamente agradecido por su apoyo; le dio un último beso en la mejilla como despedida, cogió su chaqueta y se marchó.
* * * * * *
Los hombres y mujeres de toda la empresa, tanto los que andaban por los pasillos como los que estaban en sus despachos o en sus respectivos departamentos, dirigían sus miradas de asombro hacia el viejo Lao y hacia Suzu a medida que pasaban corriendo cerca de ellos, armando escándalo. Los que tenían la cabeza asomada hacia los pasillos desde la puerta de sus despachos preguntaban a otros qué estaba pasando, desconcertados, y recibían como respuesta un encogimiento de hombros.
—¡Vicepresidente! —exclamó un joven empleado al toparse con el viejo en uno de los pasillos, sobresaltado—. ¿Qué ocurre?
—La Yakuza viene a por mí... —contestó Lao, pasando de largo a toda mecha.
El empleado se quedó perplejo, pero al ver que se trataba de una mujer la que perseguía a Lao, puso los ojos en blanco, decidiendo pasar del tema. Casi todos los empleados ya estaban acostumbrados a ver al viejo Lao correteando por los pasillos de vez en cuando perseguido por alguien furioso.
Suzu dobló una esquina y se adentró en una zona de pasillos silenciosos, justo a tiempo para ver cómo una puerta del fondo, la del despacho de su suegro, se cerraba de golpe. Se dirigió allí de inmediato y aporreó la puerta.
—¡Kei Lian, basta de juegos! ¡Sabes por qué he venido! ¡Sabes que no me iré hasta que no me respondas a las preguntas!
—¡No quiero que me hagas esas preguntas! —replicó Lao al otro lado de la puerta.
—¡Kei Lian, por Dios...! —comenzó a sollozar—. ¡Hablo en serio, estoy muy preocupada!
Hubo un momento de silencio, roto de vez en cuando por los sollozos de Suzu, cada vez más fuertes. La mujer dejó de aporrear y cerró los ojos, abatida, apoyándose contra la puerta.
—Yo también hablo en serio —dijo entonces Lao, con un tono más apaciguado—. No quiero que me hagas esas preguntas. No otra vez. Por favor.
—Kei Lian... No voy a poder soportar esta situación de nuevo —lloró la mujer, tapándose la cara con las manos—. Por favor... Dime dónde está mi hijo. ¿Dónde está Kyo? Como le pase algo... Dios, sería el colmo...
Lao, bloqueando la puerta con la espalda apoyada contra ella, se quedó mirando al vacío con una cara seria y apesadumbrada, escuchando los llantos al otro lado de la puerta.
—Ese es un tema en el que no tienes autoridad para involucrarte, aunque seas su madre. Es por tu seguridad.
—¡Solamente quiero saber dónde está, sólo eso! ¡Sé que no puedo involucrarme! Pero necesito saber que Kyo está bien —suplicó Suzu, sin poder contenerse—. Necesito saberlo...
—Kyo está bien —le aseguró el viejo, bajando la mirada.
Hubo otro momento de silencio, en el que Suzu aprovechó para intentar calmarse.
—Lian... No quiero perder a otro hijo, ¿me oyes? —no pudo evitar sacar un resentimiento con el que ya llevaba cargando muchos años—. Ha pasado sólo un año desde que mi Yousuke se fue a una misión y nunca regresó… Y ahora Kyosuke está prácticamente en sus mismos zapatos… ¿Por qué tuvieron que convertirse en lo mismo que tú? ¿Por qué les tocó a ellos, a mis dos niños? Deseaba una vida normal para ellos...
—Suzu… Nosotros no elegimos convertirnos en iris. Es involuntario. Es una desgracia. Simplemente, ocurre.
—Pero sí elegís vivir obsesionados por cumplir una venganza incluso si esta es tan imposible que pierde su sentido.
—¿Venganza sin sentido? —repitió Lao, apretando los dientes—. La venganza es la razón por la que existimos.
—¡De eso nada! —negó Suzu, volviendo a enfrentarse a la puerta—. ¡El sentido de vuestra existencia es la de proteger a los buenos humanos de los malos! La venganza sólo es un asunto personal. Un asunto personal que podéis dejar atrás junto al odio, pero los iris abrazáis ese odio y esa rabia porque creéis que la necesitáis para ser más eficaces protegiendo al mundo. Y por eso os metéis en la boca del lobo, y por eso uno de mis hijos ha muerto.
—Yousuke murió por intentar vengar a su padre, eligió ese camino porque era su deber como iris y su deseo como todo buen chico valiente que quiere a su familia. Yo también quería vengar a Sai. Yousuke tenía derecho a vengar la muerte de su padre y yo la de mi hijo.
—Mi marido, tu hijo, nunca fue iris, y aun así murió a manos de unos criminales, los cuales eran enemigos tuyos por el hecho de que eras iris. Perdimos a Sai… Yousuke lo presenció y con ello se convirtió en un iris. Tú ya decidiste que te harías cargo de la venganza de Sai a pesar de que tu iris no nació de su muerte, y cuando You vino y dijo que esa venganza le correspondía a él, tú no le frenaste, te fuiste con él, de nuevo, contra los mismos asesinos. Y You jamás volvió de esa misión. Y entonces se repitió la desgracia. Kyosuke tuvo que presenciar la muerte de su hermano y sufrir su mismo destino convirtiéndose en otro iris, hace tan sólo un año. Ahora Kyo quiere vengar la muerte de You y la de su padre, ¡acaba de convertirse en iris oficial de la Asociación y ha elegido llevar este mismo camino de lucha y venganza! ¡Y eso es porque sigue tu ejemplo!
—¡No sigue mi ejemplo, Suzu! ¡Ser iris ya arrastra ese deseo dentro, todos los iris del mundo llevamos dentro el instinto de vengarnos! Tú no lo entiendes, tú eres humana, no entiendes que los iris necesitamos la venganza para prevenir la enfermedad del majin, es la cura de aquello que nos puede convertir en monstruos.
—Eres tú quien no lo entiende, Kei Lian —sollozó de nuevo—. Tú ya has olvidado lo que es ser humano. Te convertiste en iris cuando sólo tenías 10 años y ya no recuerdas lo que es ser humano, lo que es vivir una vida normal sin arriesgarla constantemente. No quiero que a Kyo le pase lo mismo, si es que logra sobrevivir más años que su hermano y que su padre. Hemos perdido a muchos seres queridos, Lian —se tapó la cara con más sollozos.
Hubo un rato de silencio, a ambos lados de la puerta. El viejo Lao tenía una expresión triste en los ojos.
—He perdido mucho —murmuró Suzu—. Mi marido… mi hijo… incluso mi mejor amiga. Katya era como una hermana para mí, la echo tanto de menos...
—Yo también la añoro, Suzu —dijo Lao con pesar—. Yo quería a Katya tanto como te quiero a ti, y haré lo posible por que no sufras más, te lo prometo, pero pon un poco de fe, por favor... Confía en Kyo. Él será mucho más fuerte. Porque él tiene más información, mucha más de la que You disponía sobre su venganza. Te juro que a él lo protegeré mejor. Jamás le pasará nada. Pero debes aceptar que él ya ha elegido quién quiere ser y qué quiere hacer. No podemos negarle la libertad de elegir su propia vida. Él podrá entenderme mejor y hacerme más caso cuando le diga cuándo ser prudente. Yo también me convertí en iris por perder a mi hermano gemelo. Sabré cómo guiar a Kyo en su camino de iris.
Al otro lado, Suzu no dijo nada. Pero Lao la oyó tranquilizándose. Finalmente, el viejo abrió la puerta, y Suzu lo abrazó directamente, por lo que él hizo lo mismo.
—Lo siento, Lian —sollozó, cerrando los ojos.
—Yo también, querida —frotó su espalda—. Sé fuerte. Sigues siendo de mi familia, una Lao. Te prometo que te mantendré informada sobre el estado de Kyo. No pasará nada, solamente está metido en un problema estúpido con una RS llena de iris estúpidos. Ya sabes que, aunque algunos iris nos enfrentemos, siempre es por motivos de tener más poder en la Asociación, pero todos seguimos siendo una fraternidad y no podemos matarnos entre nosotros. Lo sacaremos de ahí enseguida. Raijin, Yako y los otros muchachos están en ello.
—De acuerdo —asintió, secándose los ojos y separándose de él—. De acuerdo, eso espero. Por favor, no le cuentes al tonto de Neuval lo que ha pasado aquí ahora. No quiero darle más razones para que se entristezca, lleva ya siete años con esa terrible depresión por la muerte de Katya y no quiero que empeore. Ese tonto ha sufrido ya demasiado, espero que lo estés cuidando bien.
—No te preocupes, Neuval ahora está mucho mejor que hace cuatro años.
—No ha vuelto a recaer en las drogas y otros vicios desde entonces, ¿no?
—No.
—Bien —asintió de nuevo, secándose la nariz—. Eso está bien. Creo que esa Hana de verdad le está influyendo bien, es buena chica. No la hagas rabiar mucho, ¿vale? No sé por qué tienes ese afán por sacar de quicio a las parejas de tus hijos.
—Con lo divertido que es... —se defendió Lao—. Katya y tú aprendisteis demasiado rápido a contraatacarme. Hana aún es una novata en esta familia y tiene que acostumbrarse a mis bromas como requisito de integración —sonrió, bromeando.
—O a lo que queda de nuestra familia —repuso Suzu, con una pequeña sonrisa apenada—. Tengo que volver a Yokohama enseguida. No te preocupes, ya me encargo yo de informar a tu exmujer de que Kyo está bien.
—¿Ming Jie también se ha enterado de este revuelo? —rezongó—. Ella sí que vendrá a matarme. Aunque eso no estaría tan mal, así al menos tiene una excusa para verme y hablarme... —añadió en murmullos, mirando al techo, mientras se sonrojaba como un niño pequeño.
—Ya me ocupo yo de llamarla y de contarle esto. Por favor, tú ve a visitar a Mei Ling y a tranquilizarla, ella también está preocupada por su hermano y nadie le informa de nada. Mejor que le informe su propio abuelo.
—De acuerdo —suspiró resignado—. Mei Ling también querrá matarme —añadió entre dientes—. Todas las Lao quieren matarme...
Hana estaba sentada en una butaca del despacho de Neuval, con una taza de café en las manos. Neuval, en cambio, no paraba, ordenando papeles, buscando archivos en su ordenador, apuntando cosas, levantándose cada dos por tres de su silla para ir a revisar los informes predispuestos sobre una mesa junto a una estantería llena de libros y carpetas.
Hana lo observaba con detenimiento. Neuval tenía una cara de no haber pegado ojo en toda la noche y parecía un zombie nervioso. Por eso, ella en verdad estaba atenta, esperando a que metiera la pata. Y así fue. Hana vio que cogía uno de los dos montones de folios que había sobre su mesa para meterlos en la trituradora de papeles, y era el montón equivocado.
—¡Neuval, detente! —saltó como el rayo, haciéndole un placaje para evitar la destrucción de aquellos archivos en el último momento.
Por desgracia, estos papeles se desperdigaron por los aires, cubriendo la mitad de la amplia sala. Surgió un momento de silencio. Hana estaba abrazada a él, mientras que Neuval se había quedado con los brazos en alto y con una cara de infarto, hasta que el último folio se posó suavemente sobre el suelo.
—¡Pero bueno! ¿¡Se puede saber qué te pasa!? —estalló la mujer, era de esperar—. ¡Casi destruyes los archivos que contienen los prototipos! ¡Aún no están digitalizados! ¡Mira que eres torpe!
—¿Ein? —murmuró Neuval, despertando, y observó el estropicio—. Había tiempo de sobra hasta que apretase el botón, no hacía falta que te abalanzases de esa manera contra mí… jugadora de rugby…
Hana entornó los ojos con mosqueo. La verdad es que había sido bastante bruta, pero precisamente la auténtica Hana era así, solo que delante de la gente tenía que fingir ser más educada. Cuando una persona tenía un cierto origen, y uno del que no se enorgullecía, pues le costaba un poco desprenderse de ciertos rasgos una vez había entrado en una vida mejor y más decente. Lo que descubrió es que Neuval le estaba sonriendo en este instante, y era por esto. Era una sonrisa cálida.
Hana se sonrojó con vergüenza, sin borrar esa cara malhumorada, y se soltó de él enseguida para recobrar la compostura. Por su parte, Neuval recuperó su expresión taciturna mientras se recolocaba bien la corbata, y se puso a recoger las hojas en silencio. La mujer se agachó frente a él, pero no para ayudarlo exactamente. Le agarró una mano antes de que cogiese un folio, y él levantó la vista hacia ella con sobresalto.
—¿Qué es lo que te ocurre? —le preguntó seria.
Neuval miró hacia otro lado, dubitativo.
—Es… nada.
—Neuval.
—Es… es que Cleven todavía no ha dado señales. Ni siquiera sé dónde ha pasado la noche.
—Los dos estamos preocupados por eso desde ayer, pero sé que desde esta mañana tienes otra preocupación en la cabeza —le dijo, obligándolo a sostener la mirada—. No puedes ocultarme eso.
Neuval suspiró, cerrando los ojos un momento.
—Es solo que... siento que estoy perdiendo a Cleven del todo —lamentó. Hana relajó los músculos de su cara, adoptando la misma expresión apesadumbrada—. Ya perdí a Lex, yo tuve la culpa de eso, y no soportaría perder ahora a Cleven.
—Neu, no cargues con toda la culpa sobre lo de Lex —lo calmó, apretándole más la mano—. No sé de qué discutisteis exactamente hace siete años, nunca me lo has contado. Pero estoy segura de que en esa época pasasteis por tantos tormentos que era prácticamente imposible que todo permaneciera igual o de una pieza. Es obvio que la muerte de Ekaterina iba a romper algo fuera de vuestro control. Lex y tú no os separasteis, os separaron las circunstancias tan difíciles. No creo que tú le dijeras o le hicieras nada tan malo como para que él decidiera irse de casa y no hablarte más hasta ahora.
—Yo no estoy muy seguro de eso —murmuró para sí.
—Le dije a Misae que, si Cleven volvía hoy a casa mientras ella estaba cocinando y nosotros estamos trabajando, nos lo comunicase enseguida.
—Pero todavía no ha llamado. ¿Y si hoy Cleven ha ido al instituto? No sé si pasarme por ahí ahora y averiguarlo.
—No es mala idea —le sonrió—. Neu, yo me encargaré de tu papeleo entonces, sé a dónde hay que enviar cada informe. Y le diré a Lao que te sustituya en la próxima reunión.
Los dos se miraron, y se sonrieron. Desde que estaban juntos, hace tres años, el apoyo mutuo era lo que había sostenido sus vidas desmoronadas hasta ahora. Hana volvió a ruborizarse.
—Te sientes mal en parte porque crees estar defraudando a Ekaterina, ¿verdad? —le preguntó ella.
Neuval no contestó, pero Hana sabía que sí. Siempre que la mencionaba, Hana era muy respetuosa, hasta el punto de referirse a ella siempre por su nombre completo y formal, en lugar de por el diminutivo “Katya” como hacían los demás.
—No te preocupes, estoy segura de que Ekaterina comprendería tu situación. No es fácil, Neuval, yo lo sé, y lo sabría Ekaterina si te viera ahora. Lo estás haciendo lo mejor posible. Sé que no debe de ser nada fácil cuidar de tres hijos tú solo y al mismo tiempo ser responsable de miles de personas en todo el mundo que constituyen la gran familia de esta empresa. Por eso, yo quiero hacer lo que esté en mi mano para ayudarte. Tú me salvaste la vida y deseo devolverte el favor con todas mis fuerzas. Escucha, Neuval. Cleven es inmadura y rebelde, pero todos hemos sido así a esa edad.
—Tú sobre todo, que eras una delincuente callejera —sonrió Neuval.
—Sssh, no digas eso en un lugar como este —musitó apurada—. Pero Cleven es una buena persona, Neu. Es una chica muy lista y buena, pero, como todos, tiene que aprender poco a poco, entender este mundo tan complicado, y es normal a su edad empezar a querer hacerlo por su cuenta. No es tu culpa, es la naturaleza, así es como funciona la vida. Se crece cometiendo errores. Pero no temas, no le pasará nada malo, porque a pesar de todo, ella tiene bien aprendido cómo tener cuidado, de tantas veces que se lo has repetido. Por mucho que a ella le molestaran tus sermones, en el fondo ella te escuchaba. Sé que la quieres más que a nada. Ella lo sabrá algún día.
Neuval apoyó las rodillas en el suelo y abrazó a Hana con fuerza, agradecido por sus palabras. Ella se ruborizó del todo, aunque intentó disimularlo.
—Será mejor que vaya ahora mismo al instituto de Cleven —declaró Neuval, haciendo ademán de levantarse, pero Hana lo detuvo antes que nada, agarrando su brazo, y lo acercó.
Lo besó con cariño, sorprendiendo a Neuval por un breve instante, hasta que él cedió al beso. Hana sabía de sobra que jamás sería correspondida. Sabía de sobra que, para Neuval, Katya fue, es, y siempre será el amor de su vida, por encima de todas las demás. Pero se sentía afortunada por poder estar con alguien como él, aunque fuera una relación de cariño y no de amor. Eso era más que suficiente para ella.
De pronto se oyó un estruendo por todo el despacho. Alguien había abierto la puerta de par en par, de manera que casi se rompieron las paredes. Tanto Neuval como Hana se quedaron petrificados del susto, dirigiendo la mirada hacia el viejo Lao, que estaba todavía ahí jadeando como un perro. Lao, al verlos arrodillados en el suelo y bastante pegaditos, dejó de respirar un momento, abriendo los ojos con sorpresa. A continuación, sacó su móvil del bolsillo del traje gris que llevaba puesto y les hizo una foto.
—¡Kei Lian Lao! —saltó Neuval al respecto—. ¡Dame ese móvil ahora mismo!
—¡Ni de coña, jefe! ¿Sabes lo divertido que puede ser circular esta foto tan bonita de vosotros dos por los ordenadores de la empresa? —rio socarronamente.
Neuval estuvo a punto de lanzarse sobre él con la furia de un tigre, pero el grito de una mujer desde el pasillo de fuera les puso a todos la piel de gallina.
—¡Liaaaan!
—Uy… —sollozó Lao, temblando, y corrió a esconderse tras la enorme mesa de su jefe—. ¡Yo no estoy aquí! ¡Por si preguntan!
Tanto Hana como Neuval se quedaron estupefactos, y entonces vieron aparecer a una mujer en la puerta que jadeaba y tenía la cara roja. Era morena, de cabello largo, liso y de puntas onduladas, vestida con un elegante traje de trabajo de pantalones, blusa y chaqueta marrón.
—¿Suzu? —brincó Neuval, mirando el reloj de su muñeca—. ¿Qué haces en Tokio? ¿A estas horas no trabajas en tu oficina de Yokohama?
—¡Neuval! —le gritó furiosa, dándole otro susto; sin cambiar la feroz expresión de su rostro, se acercó a él y le dio un debido abrazo de saludo—. ¡Te veo bien! ¡Hana! —la miró, todavía enfadada—. ¡Encantada de volver a verte! ¡Decidme! ¿¡Dónde se ha metido ese viejo chino loco de 200 kilos!?
—¡Peso 142! —protestó una voz por ahí.
—¡Te he oído! —Suzu se puso en guardia y miró por todo el despacho, no muy segura de dónde provenía, ya que el despacho era muy grande y tenía tres zonas.
—Me cachis… —volvió a oírse esa vocecilla.
—¡Deja de esconderte, Lian! ¡No estoy para juegos! Neuval, ¡ayúdame!
—¡Ja! ¡Él nunca me traicionaría! —volvió a oírse la voz de Lao por ahí—. ¡Porque sabe que lo desheredo!
—Está detrás de mi escritorio —le declaró Neuval tranquilamente a Suzu, sin tardar ni un segundo.
—¡Ahhh! ¡Judas! Ngó wui tung néi aa má góng! —exclamó el viejo Lao, saliendo de su escondite, apuntándole con un dedo furioso y dolido. (= ¡Se lo voy a decir a tu madre!)
—Néi bong ngó laam haa köi laa —contestó Neuval. (= Dale un abracito de mi parte.)
—Lao, en serio, eres un tipo enorme y musculoso, es imposible que te escondas tras un escritorio. Eres más grande que el escritorio —le dijo Hana.
—¡Tú! ¡Dichoso suegro, no te me escapes! —rugió Suzu, corriendo hacia Lao con intenciones asesinas.
—¡Te desheredo! —le amenazó Lao a Neuval mientras esquivaba a la mujer y escapaba por la puerta—. ¡Te desadopto!
—¡Lian! ¡Liaaan! —gritó Suzu, saliendo a por su presa—. ¡Kei Lian, vuelve aquí…!
Hana vio cómo Neuval dejaba salir un larguísimo y profundo suspiro de paciencia, una vez que la calma volvió a reinar en el despacho.
—¿Por qué está tu cuñada tan enojada con él, que hasta ha venido desde la ciudad de Yokohama? —preguntó Hana con sorpresa.
—Es… —titubeó Neuval. Lo cierto es que lo único que se le ocurría era que Suzu, como era de esperar, ya se había enterado de la desaparición de Kyo y, al tratarse de un asunto iris, nadie le decía nada porque eran las normas, pero para Suzu no había norma que valiera cuando se trataba de saber qué pasaba con su hijo, sabiendo que el viejo Lao era el único a quien podía sonsacarle la información—. No te preocupes. Ya conoces a Kei Lian. Algo habrá hecho.
—Ya, no me extraña —casi rio Hana—. Vamos, cariño, haz lo que tengas que hacer. Yo vigilaré el fuerte.
Neuval sonrió, reamente agradecido por su apoyo; le dio un último beso en la mejilla como despedida, cogió su chaqueta y se marchó.
* * * * * *
Los hombres y mujeres de toda la empresa, tanto los que andaban por los pasillos como los que estaban en sus despachos o en sus respectivos departamentos, dirigían sus miradas de asombro hacia el viejo Lao y hacia Suzu a medida que pasaban corriendo cerca de ellos, armando escándalo. Los que tenían la cabeza asomada hacia los pasillos desde la puerta de sus despachos preguntaban a otros qué estaba pasando, desconcertados, y recibían como respuesta un encogimiento de hombros.
—¡Vicepresidente! —exclamó un joven empleado al toparse con el viejo en uno de los pasillos, sobresaltado—. ¿Qué ocurre?
—La Yakuza viene a por mí... —contestó Lao, pasando de largo a toda mecha.
El empleado se quedó perplejo, pero al ver que se trataba de una mujer la que perseguía a Lao, puso los ojos en blanco, decidiendo pasar del tema. Casi todos los empleados ya estaban acostumbrados a ver al viejo Lao correteando por los pasillos de vez en cuando perseguido por alguien furioso.
Suzu dobló una esquina y se adentró en una zona de pasillos silenciosos, justo a tiempo para ver cómo una puerta del fondo, la del despacho de su suegro, se cerraba de golpe. Se dirigió allí de inmediato y aporreó la puerta.
—¡Kei Lian, basta de juegos! ¡Sabes por qué he venido! ¡Sabes que no me iré hasta que no me respondas a las preguntas!
—¡No quiero que me hagas esas preguntas! —replicó Lao al otro lado de la puerta.
—¡Kei Lian, por Dios...! —comenzó a sollozar—. ¡Hablo en serio, estoy muy preocupada!
Hubo un momento de silencio, roto de vez en cuando por los sollozos de Suzu, cada vez más fuertes. La mujer dejó de aporrear y cerró los ojos, abatida, apoyándose contra la puerta.
—Yo también hablo en serio —dijo entonces Lao, con un tono más apaciguado—. No quiero que me hagas esas preguntas. No otra vez. Por favor.
—Kei Lian... No voy a poder soportar esta situación de nuevo —lloró la mujer, tapándose la cara con las manos—. Por favor... Dime dónde está mi hijo. ¿Dónde está Kyo? Como le pase algo... Dios, sería el colmo...
Lao, bloqueando la puerta con la espalda apoyada contra ella, se quedó mirando al vacío con una cara seria y apesadumbrada, escuchando los llantos al otro lado de la puerta.
—Ese es un tema en el que no tienes autoridad para involucrarte, aunque seas su madre. Es por tu seguridad.
—¡Solamente quiero saber dónde está, sólo eso! ¡Sé que no puedo involucrarme! Pero necesito saber que Kyo está bien —suplicó Suzu, sin poder contenerse—. Necesito saberlo...
—Kyo está bien —le aseguró el viejo, bajando la mirada.
Hubo otro momento de silencio, en el que Suzu aprovechó para intentar calmarse.
—Lian... No quiero perder a otro hijo, ¿me oyes? —no pudo evitar sacar un resentimiento con el que ya llevaba cargando muchos años—. Ha pasado sólo un año desde que mi Yousuke se fue a una misión y nunca regresó… Y ahora Kyosuke está prácticamente en sus mismos zapatos… ¿Por qué tuvieron que convertirse en lo mismo que tú? ¿Por qué les tocó a ellos, a mis dos niños? Deseaba una vida normal para ellos...
—Suzu… Nosotros no elegimos convertirnos en iris. Es involuntario. Es una desgracia. Simplemente, ocurre.
—Pero sí elegís vivir obsesionados por cumplir una venganza incluso si esta es tan imposible que pierde su sentido.
—¿Venganza sin sentido? —repitió Lao, apretando los dientes—. La venganza es la razón por la que existimos.
—¡De eso nada! —negó Suzu, volviendo a enfrentarse a la puerta—. ¡El sentido de vuestra existencia es la de proteger a los buenos humanos de los malos! La venganza sólo es un asunto personal. Un asunto personal que podéis dejar atrás junto al odio, pero los iris abrazáis ese odio y esa rabia porque creéis que la necesitáis para ser más eficaces protegiendo al mundo. Y por eso os metéis en la boca del lobo, y por eso uno de mis hijos ha muerto.
—Yousuke murió por intentar vengar a su padre, eligió ese camino porque era su deber como iris y su deseo como todo buen chico valiente que quiere a su familia. Yo también quería vengar a Sai. Yousuke tenía derecho a vengar la muerte de su padre y yo la de mi hijo.
—Mi marido, tu hijo, nunca fue iris, y aun así murió a manos de unos criminales, los cuales eran enemigos tuyos por el hecho de que eras iris. Perdimos a Sai… Yousuke lo presenció y con ello se convirtió en un iris. Tú ya decidiste que te harías cargo de la venganza de Sai a pesar de que tu iris no nació de su muerte, y cuando You vino y dijo que esa venganza le correspondía a él, tú no le frenaste, te fuiste con él, de nuevo, contra los mismos asesinos. Y You jamás volvió de esa misión. Y entonces se repitió la desgracia. Kyosuke tuvo que presenciar la muerte de su hermano y sufrir su mismo destino convirtiéndose en otro iris, hace tan sólo un año. Ahora Kyo quiere vengar la muerte de You y la de su padre, ¡acaba de convertirse en iris oficial de la Asociación y ha elegido llevar este mismo camino de lucha y venganza! ¡Y eso es porque sigue tu ejemplo!
—¡No sigue mi ejemplo, Suzu! ¡Ser iris ya arrastra ese deseo dentro, todos los iris del mundo llevamos dentro el instinto de vengarnos! Tú no lo entiendes, tú eres humana, no entiendes que los iris necesitamos la venganza para prevenir la enfermedad del majin, es la cura de aquello que nos puede convertir en monstruos.
—Eres tú quien no lo entiende, Kei Lian —sollozó de nuevo—. Tú ya has olvidado lo que es ser humano. Te convertiste en iris cuando sólo tenías 10 años y ya no recuerdas lo que es ser humano, lo que es vivir una vida normal sin arriesgarla constantemente. No quiero que a Kyo le pase lo mismo, si es que logra sobrevivir más años que su hermano y que su padre. Hemos perdido a muchos seres queridos, Lian —se tapó la cara con más sollozos.
Hubo un rato de silencio, a ambos lados de la puerta. El viejo Lao tenía una expresión triste en los ojos.
—He perdido mucho —murmuró Suzu—. Mi marido… mi hijo… incluso mi mejor amiga. Katya era como una hermana para mí, la echo tanto de menos...
—Yo también la añoro, Suzu —dijo Lao con pesar—. Yo quería a Katya tanto como te quiero a ti, y haré lo posible por que no sufras más, te lo prometo, pero pon un poco de fe, por favor... Confía en Kyo. Él será mucho más fuerte. Porque él tiene más información, mucha más de la que You disponía sobre su venganza. Te juro que a él lo protegeré mejor. Jamás le pasará nada. Pero debes aceptar que él ya ha elegido quién quiere ser y qué quiere hacer. No podemos negarle la libertad de elegir su propia vida. Él podrá entenderme mejor y hacerme más caso cuando le diga cuándo ser prudente. Yo también me convertí en iris por perder a mi hermano gemelo. Sabré cómo guiar a Kyo en su camino de iris.
Al otro lado, Suzu no dijo nada. Pero Lao la oyó tranquilizándose. Finalmente, el viejo abrió la puerta, y Suzu lo abrazó directamente, por lo que él hizo lo mismo.
—Lo siento, Lian —sollozó, cerrando los ojos.
—Yo también, querida —frotó su espalda—. Sé fuerte. Sigues siendo de mi familia, una Lao. Te prometo que te mantendré informada sobre el estado de Kyo. No pasará nada, solamente está metido en un problema estúpido con una RS llena de iris estúpidos. Ya sabes que, aunque algunos iris nos enfrentemos, siempre es por motivos de tener más poder en la Asociación, pero todos seguimos siendo una fraternidad y no podemos matarnos entre nosotros. Lo sacaremos de ahí enseguida. Raijin, Yako y los otros muchachos están en ello.
—De acuerdo —asintió, secándose los ojos y separándose de él—. De acuerdo, eso espero. Por favor, no le cuentes al tonto de Neuval lo que ha pasado aquí ahora. No quiero darle más razones para que se entristezca, lleva ya siete años con esa terrible depresión por la muerte de Katya y no quiero que empeore. Ese tonto ha sufrido ya demasiado, espero que lo estés cuidando bien.
—No te preocupes, Neuval ahora está mucho mejor que hace cuatro años.
—No ha vuelto a recaer en las drogas y otros vicios desde entonces, ¿no?
—No.
—Bien —asintió de nuevo, secándose la nariz—. Eso está bien. Creo que esa Hana de verdad le está influyendo bien, es buena chica. No la hagas rabiar mucho, ¿vale? No sé por qué tienes ese afán por sacar de quicio a las parejas de tus hijos.
—Con lo divertido que es... —se defendió Lao—. Katya y tú aprendisteis demasiado rápido a contraatacarme. Hana aún es una novata en esta familia y tiene que acostumbrarse a mis bromas como requisito de integración —sonrió, bromeando.
—O a lo que queda de nuestra familia —repuso Suzu, con una pequeña sonrisa apenada—. Tengo que volver a Yokohama enseguida. No te preocupes, ya me encargo yo de informar a tu exmujer de que Kyo está bien.
—¿Ming Jie también se ha enterado de este revuelo? —rezongó—. Ella sí que vendrá a matarme. Aunque eso no estaría tan mal, así al menos tiene una excusa para verme y hablarme... —añadió en murmullos, mirando al techo, mientras se sonrojaba como un niño pequeño.
—Ya me ocupo yo de llamarla y de contarle esto. Por favor, tú ve a visitar a Mei Ling y a tranquilizarla, ella también está preocupada por su hermano y nadie le informa de nada. Mejor que le informe su propio abuelo.
—De acuerdo —suspiró resignado—. Mei Ling también querrá matarme —añadió entre dientes—. Todas las Lao quieren matarme...
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