1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __
—Chico… ¡Chico! ¡Despierta! ¡Hey!
Kyo abrió los ojos poco a poco al fin, la voz de aquella niña se le estaba clavando en los oídos. Lo primero que vio fue a la chica que le estaba meneando el hombro. Recordó entonces quién era ella, y dónde estaba.
Había estado desde ayer recorriendo unos 50 kilómetros hasta llegar por fin a la ciudad de Funabashi, una pequeña ciudad en la bahía dentro de la prefectura de Chiba, y ya cercana a Tokio. Entre desvíos y distracciones, para hacer que el Dobutsu de la MRS perdiera su rastro algunas horas, había podido permitirse unas horas de sueño en la madrugada en un bar de carretera, en medio de una autopista a las afueras de Funabashi, apartado de la urbe.
El dueño, que vivía ahí con su hija de 10 años, había sido muy amable y había aceptado su estancia allí durante la noche.
Se incorporó lenta y costosamente sobre el asiento donde se quedó dormido, y se sintió abatido. Un iris Ka solía tener una gran cantidad de energía durante mucho tiempo. El problema era el frío. Es como si le arrebatara el calor de sus entrañas sin piedad. Si le hubiera tocado lidiar con esta situación en verano, la MRS ya lo habría perdido bien lejos hace dos días.
Miró por el ventanal de su lado, escudriñando el exterior, pero todo parecía tranquilo ahí fuera. Estaba la autopista, y más allá unos campos de cultivo y árboles. Sobre un cable de un poste eléctrico, estaba posado un cuervo negro, que oteaba los alrededores. Ese cuervo le había estado siguiendo, era de Sam. Desde ahí tenía una amplia visión y, si estaba tranquilo, es porque no detectaba que se acercaran los iris de la MRS, a los que el ave ya sabía reconocer. Si echaba a volar, era señal de que ya venían.
Un poco más lejos, más allá de los campos, Kyo sabía que había un pequeño templo abandonado en mitad de un pequeño bosque, tras preguntarle anoche al dueño qué cosas había ahí por esa zona de Funabashi. Decidió que ese sería un lugar adecuado para dejarse alcanzar por los cuatro iris que le seguían. Lo iban a alcanzar de todos modos antes de llegar a Tokio, así que no quería que ocurriese en cualquier parte donde hubiera gente.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —preguntó la chica, dándole toquecitos en el hombro.
—Ah… —se sobresaltó, esbozando una sonrisa—. Perdona, ¿decías algo?
—Ayer nos pediste que te despertáramos al amanecer, cuando volviéramos a abrir —le dijo alegremente—. Acabamos de abrir. ¿Quieres desayunar?
—Ah… No, gracias, no tengo mucha hambre. Aunque… quizá un chocolate caliente...
—¡Enseguida! —saltó con ímpetu, dándole un susto, y se fue velozmente a la cocina tras la barra del bar.
Kyo observó a su alrededor. El local no era muy grande, pero era alargado y muy luminoso, pues uno de sus laterales entero era una larga cristalera continua. Él estaba en una de las mesas del lugar junto a las ventanas, y era el único que había allí además de un hombre vestido con un peto y con gorra, leyendo un periódico mientras tomaba un té, en la mesa del fondo. Era un granjero normal y corriente, por lo demás, todo estaba tranquilo.
De pronto se llevó la mano al pecho. Suspiró aliviado al sentir los dos rollos de pergamino en el bolsillo interior.
—Aquí tienes, un chocolate calentito —dijo la chica al acercarse a él con una taza, y se la dejó en la mesa—. Ten cuidado, ahora mismo está muy caliente, deja que se temple un poquito, no te vayas a quemar la lengua.
—Ah, tranquila —sonrió—. Muchas gracias.
—Chico, ¿has dormido bien? —le preguntó el dueño del lugar amablemente tras la barra, dirigiéndose a otra puerta que daba al almacén, portando unas cajas.
—Sí. Se lo agradezco.
—¿Cuándo te vas? ¿Te quedas durante la mañana?
—No, me iré en breves.
El hombre le sonrió y se perdió de vista, y su hija fue con él a ayudarlo. Kyo miró la taza humeante, olía muy bien. Realmente estaba muy caliente, recién hecho, y a cualquier otra persona le quemaría la lengua si tomara un sorbo ahora. Pero no a él. Para él, ese chocolate estaba templado. El granjero estaba de espaldas a él, por lo que cogió tranquilamente la taza de chocolate y, con sólo tocarla, al poco rato el líquido empezó a hervir ligeramente.
Mientras se lo bebía poco a poco, fue echando vistazos de vez en cuando al cuervo de fuera, comprobando que seguía ahí posado en los cables. El Dobutsu de la MRS podría estar usando también animales para buscar a Kyo. Se había hecho con su camiseta tras quitársela al robot de Xaviero, y con ella, podía dársela de muestra a perros callejeros para sumar más rastreadores. Pero eso sólo le servía en las zonas urbanas, que los perros no abandonaban, y si la presa se movía lenta o se paraba muchas veces. Con las aves de gran visión como los cuervos no podía contar tampoco porque no podía, sin más, decirle a un cuervo la descripción de una persona.
Un ave no podía razonar descripciones ni aunque el Dobutsu tratara de transmitírselas en su lenguaje. El lenguaje de los animales no funcionaba como el humano. El cuervo necesitaba aprendizaje visual, o una indicación muy básica asociando un sonido o palabra con algo visual para reconocer a alguien. Por ejemplo, ese cuervo de Sam que estaba ahí no iba a reconocer a los de la MRS como enemigos por su aspecto, sino por su comportamiento. El cuervo reconocía a Kyo porque ya había tratado con él y lo tenía visualmente localizado. Si veía a una o más personas acercándose a esa zona con actitud rastreadora típica de un depredador, el cuervo lo entendería como comportamiento hostil para Kyo y lo avisaría con graznidos y echando a volar. Por eso, no se alarmaba con los granjeros o las otras personas que pudieran rondar por ahí con actitud inofensiva.
En una RS, lo normal era que hubiera un iris de cada elemento, siendo nueve en total: el elemento Viento o Fuu dominaba en realidad la materia gaseosa, cualquier gas, por lo que eran inmunes la hora de respirar gases tóxicos, y podían manipular el aire, derribar, mover, elevar o hacer flotar en él todo tipo de cosas, incluso crear tornados, mediante soplidos o sacudidas de las manos, o con una simple orden mental para los más expertos; también, controlar la presión atmosférica, incluso las ondas de sonido propagadas por el aire. Los Fuu eran los iris más ágiles.
El Agua o Sui, que incluía el hielo y todo líquido que contuviese agua, podía generarla de su propio cuerpo desde las manos o la boca o manipular la de cualquier otra fuente, contando con sus estados fríos y sólidos como la nieve o el hielo. Los Sui eran los segundos más ágiles después de los Fuu.
La Arena o Suna podía dominar todo lo relacionado con ella, desde los minerales y las rocas o el hormigón del que estaban hechas las infraestructuras o el suelo, hasta el cristal y el vidrio. Los Suna de mayor nivel podían adquirir la habilidad de dominar los metales.
El Fuego o Ka podía manipular el mismo, incluidas las combustiones, las explosiones y la temperatura a la que lo emitían, por lo que podían controlar qué quemaban y qué no; podían generarlo desde el propio calor de sus cuerpos, controlarlo con las manos o soplándolo por la boca. En la KRS siempre hubo dos iris con este mismo elemento, algo que no es usual. Antes eran el viejo Lao y su nieto Yousuke, pero como este último murió el año pasado, ahora eran Lao y su otro nieto, Kyosuke. Los Ka eran los iris con mayor fuerza física.
El Animal o Dobutsu, además de poder comunicarse con cualquier animal o insecto, permitía el control sobre su propio ADN, la biología animal, las células de su cuerpo, pudiendo modificar la configuración genética de estas y así adoptar rasgos propios de un animal, como escamas, pelaje, plumas, ojos modificados, colmillos, garras, aletas, branquias… Pero hasta ahora nunca ha habido nadie que haya conseguido llegar a la transformación completa, siempre adoptaban rasgos o miembros parciales. Eran los segundos más fuertes después de los Ka.
La Planta o Shokubutsu, igual que el anterior, dominaba la biología vegetal, pero, al contrario que el anterior, podía hacerlo tanto sobre otras plantas como en su propio ADN. Por tanto, podían tanto dominar la vida, el crecimiento o movimiento de otras plantas como modificar sus propias células y convertirlas en células vegetales, de modo que podían generar en sus cuerpos atributos como espinas, madera, sustancias o esporas. Con la inmensa presencia de organismos vegetales bajo tierra, podían incluso provocar un terremoto en tierra fértil.
La Electricidad, o Rayo o Den permitía generar la misma a partir de las células nerviosas que recorrían todo el cuerpo, cargar los electrones de cualquier ambiente aumentando la electricidad estática, pudiendo invocar rayos, relámpagos, campos electromagnéticos, y estos iris eran los seres más veloces del mundo.
La Radiación o Hosha dominaba energías como la térmica, la lumínica, la gamma, la ultravioleta, la nuclear e incluso las ondas de radio electromagnéticas. Con esto podían crear efectos secundarios, como modificar el clima, y eran los segundos más veloces después de los Den, pero también peligrosos si no tenían cuidado con las energías radiactivas.
Luego, estaba la Oscuridad o Yami. Se decía que dominaban las sombras y la oscuridad, pero como pasaba con el Viento, esos eran términos inexactos. Lo que dominaban era el vacío, la antimateria, como si fuera una fuerza energética que hacía desaparecer todo lo demás. Podían crear la oscuridad mediante campos de vacío, eliminando la materia lumínica, así como crear la nada absoluta, eliminando cada partícula de luz, aire o polvo de un lugar u objeto. Era un elemento complicado, ya que existían rumores de que, debido a la naturaleza o “personalidad” propia de este poder –pues los iris tenían personalidades o comportamientos propios de su elemento–, el iris Yami padecía una peligrosa tendencia al aislamiento y a la soledad, y este camino era todo lo contrario de lo que representaba ser un iris. Por eso, los iris de la Oscuridad eran más propensos a desarrollar la enfermedad del majin, que conducía a un iris, mediante grados, a convertirse en su opuesto.
—Buenos días —oyó la voz de la niña de antes, despertando a Kyo de sus pensamientos.
El joven giró la cabeza y vio a esta limpiando con un paño la barra, sonriendo al recién llegado. Kyo se dio cuenta de que el granjero ya se había marchado, por lo que era el único cliente además del que acababa de entrar por la puerta. No podía verlo en ese momento, porque había un macetero cuya enorme planta le tapaba la vista, pero tampoco es que le importase mucho, de modo que siguió mirando por la ventana. El cuervo seguía ahí tranquilo.
—¿Qué desea? —preguntó la niña al desconocido, dejando el paño sobre la barra.
Hubo un momento de silencio.
—¿Está tu padre, pequeña? —preguntó entonces el hombre, apoyando los codos sobre la barra y sonriéndole dulcemente. Su voz era igual de suave y bonita.
Kyo sintió de repente un escalofrío que le puso la piel de gallina, pero no supo por qué.
—Sí, ahora lo llamo —contestó la chica, y Kyo vio que esta se metía por la puerta que daba al almacén.
El sitio quedó reinado por un silencio sepulcral, incluso incómodo. Sólo estaban ahí Kyo y ese hombre, y como al muchacho le picó la curiosidad, aprovechó para desplazarse con disimulo un poco más allá en el asiento para verlo. Se quedó paralizado por un momento, pues el hombre ya estaba mirando hacia él, y le estaba sonriendo. Ahí quieto, apoyado de costado en la barra, con una extraña calma.
Kyo apartó la vista al instante y volvió a moverse sobre su asiento para quedar de nuevo tras la planta. Le latía el corazón con rapidez, porque juraría que conocía a ese hombre de algo. Debía de tener veintitantos años. Tenía un cabello rubio de largas rastas bien cuidadas, recogidas en una coleta, y unos amigables ojos verdes. Su nariz era recta y afilada, así como su barbilla bien afeitada. Tenía un aspecto bien aseado, y vestía con ropa casual pero elegante, pantalón negro, zapatos de cordón, camisa blanca y una chaqueta de tela larga color gris oscuro.
Al poco rato apareció el dueño del bar. Su hija se había quedado en el almacén para continuar con su limpieza por él. Kyo no volvió a mirar hacia allá, pero sí que tenía la oreja puesta.
—Buenos días, ¿en qué puedo servirle, joven? —le preguntó amablemente el hombre tras la barra, acercándose a él.
—Vengo a recoger un paquete del señor Takizawa —contestó él con un tono de voz muy cortés.
—Oh, sí, ayer me dijo que lo guardara y que alguien lo recogería hoy —comentó el dueño—. Por seguridad, espero que no le importe, pero necesito que me dé su nombre, joven.
—Claro, faltaría más. Soy Izan.
—Correcto —asintió el dueño, y sacó de un armario cerrado con llave de detrás de la barra un pequeño paquete, una caja pequeña de madera sin mucho misterio—. Aquí tiene.
—Muchas gracias.
—Oiga... —titubeó el dueño—. Espero que no sea algo ilegal el contenido de esa caja. Yo... no querría tener problemas. El señor Takizawa siempre suele dejar aquí un pedido que al día siguiente viene a recoger alguien, y por mí encantado de guardarlo mientras tanto, pero... no sé qué es lo que entrega, y...
—Oh, no se preocupe —lo tranquilizó, llevándose una mano al pecho como gesto afectivo—. No es nada que le vaya a traer problemas a usted ni a su hija, se lo prometo.
—¿Qué es? ¿Puedo verlo? —apareció la hija del dueño de repente junto a su padre, sentándose sobre la barra y contemplando con curiosidad la caja de madera.
—Kairi, no seas maleducada —le reprochó su padre—. No es asunto nuestro.
—No importa —terció el joven de las rastas, y alzó la caja a la altura de los ojos de la niña, dedicándole su dulce sonrisa—. No es nada en especial, es que va a ser el cumpleaños de una amiga mía y quería regalarle esto. Le gustan este tipo de cosas.
Entonces abrió la caja con una pequeña llave y comenzó a desprender una bonita melodía. El interior era de terciopelo negro, y dentro había una bola de cristal sobre una base de madera, con purpurina disuelta en el líquido y con un castillo en miniatura sumergido. El joven la sacó y se la tendió a la chica.
—¡Qué bonito! —exclamó maravillada, agitando la bola.
El joven miró, pues, al dueño, y este le dirigió un gesto de agradecimiento.
—Bueno, si me disculpa, he de seguir limpiando el almacén.
—Por supuesto —contestó el rubio amablemente.
—Kairi, no entretengas mucho a este joven, pórtate bien —le dijo su padre antes de perderse de vista.
—¿Te gusta? Se llama “domo de nieve” —le preguntó el joven a la muchacha, posando una mano sobre su pelo.
—¡Sí! —sonrió, contemplando el interior de la bola.
Kyo no se encontraba bien en ese momento. En el mismo instante en que el joven había dicho su nombre, la primera reacción de Kyo fue tratar de escapar de allí lo más rápido posible. Pero antes de poder levantarse del asiento, su cuerpo dejó de responderle. Su corazón se había detenido durante unos cuantos segundos, se le había congelado la sangre. Le costaba mucho respirar, le faltaba el aire. Se miró las manos, y vio que le vibraban incesantemente. Todo su cuerpo temblaba y se le nublaba la vista intermitentemente.
Nunca se había sentido así, no sabía qué le estaba pasando, pero se ahogaba. Era como si le estuviera consumiendo un vacío... Completamente pálido, dirigió su mirada hacia el hombre. No debía hacerlo, pero no podía evitarlo, y de nuevo se encontró con sus ojos verdes, y su dulce sonrisa. Otra vez lo miraba a él. Ya no pudo apartar la vista, estaba en shock al confirmar que era él.
El joven llamado Izan volvió la vista hacia la niña, la cual seguía jugando con la bola, riendo. Kyo vio cómo la mano que Izan tenía sobre la cabeza de Kairi comenzaba a deslizarse lentamente hacia su rostro. Vio cómo sus dedos empezaban a arquearse, y, finalmente, contempló cómo la agarraba de la cara con una fuerza brutal.
La niña chilló con todas sus fuerzas, y a Kyo se le cortó la respiración, horrorizado.
La bola de cristal cayó al suelo haciéndose añicos. La chica seguía chillando, mientras empezaban a asomar ríos de sangre por debajo de la mano de Izan, cayendo por el cuello y pecho de la muchacha. Inesperadamente, de una sacudida, Izan le arrancó la cabeza de cuajo, la sangre salpicó los alrededores y el cuerpo mutilado de la chica cayó al suelo, inerte.
Entonces, Kyo parpadeó.
—¡Jaja! ¡Toma, espero que le guste a tu amiga! —sonrió Kairi, devolviéndole la bola al joven.
—Yo también —rio él, guardando la bola en su caja—. Es un bonito regalo.
—¡Sí!
No fue real. No pudo ser real. Kyo se desplomó sobre el sofá en el que estaba sentado, temblando, con la mirada vacía, intentando respirar por su vida. En su mente se repetía la escena en la que Izan le arrancaba la cabeza a la muchacha, una y otra vez, inevitablemente. Había sido una alucinación, pero pareció tan real…
—Bueno, me voy —declaró el joven, acariciando el pelo de Kairi—. Que tengas un buen día, bonita.
—¡Igualmente! —sonrió alegremente, despidiéndose con la mano—. ¡Vuelve otro día!
Kyo consiguió obtener suficiente oxígeno en el cerebro como para levantarse y salir a toda prisa por la puerta trasera del bar, dando tumbos y chocándose con todo lo que había por medio, hasta que al salir al descampado donde había unos contenedores y un par de camiones, vomitó. Casi sintió que se le iba el hígado por la boca, y clavó las rodillas en el suelo, apoyando las manos sobre la tierra. Intentó respirar hondo, pero no podía.
Tenía la vista clavada en el suelo. Y no tardó en aparecer una sombra ahí, una sombra especialmente opaca proyectada en el suelo. Levantó la mirada y se le encogieron las pupilas al instante. El joven de antes estaba ahí, delante de él. Le sonreía. Se inclinó hacia él y le tendió una mano.
—¿Estás bien?
Kyo apartó su mano de una sacudida y se arrastró por el suelo lo más lejos de él que pudo, hasta chocar con uno de los contenedores. A partir de ahí no se atrevió a moverse, y no apartó la vista de él.
—Qué gracioso —rio Izan simpáticamente, volviendo a erguirse y echándose las rastas a un lado—. ¿Te ayudo? No tienes buen aspecto.
Kyo sintió cómo su temblor aumentaba, y sudaba frío.
—Ichi… —masculló—. Sigues vivo… todos estos años…
—Yaaa, me he perdido por ahí durante demasiado tiempo, ¿verdad? —se rascó la nuca inocentemente, fingiendo unas disculpas—. No llamo… No escribo… Han sido unas vacaciones muy largas. Pensé que ya era hora de dejar de holgazanear por el mundo y volver al trabajo.
—¿Trabajo? —repitió Kyo, todavía respirando con dificultad—. ¿En… la Asociación?
—¿Qué? ¡Oh, no, por Dios! —se rio con ganas—. Dimití por una razón. Horario continuo, jefe explotador, clientes desagradecidos… No, no, por favor, yo ya pasé de eso, hahah… Ahora tengo un nuevo proyecto —dijo con una sonrisa más sádica y un tono más áspero, y Kyo notó cómo sus ojos verdes se le clavaban en los suyos—. Oye, ¿seguro que no quieres que te ayude…?
—¡No te acerques a mí! —le gritó, sacudiendo un brazo, y lanzó una llamarada de fuego de advertencia.
—¿Por qué tanta hostilidad hacia un viejo conocido? Vamos, no seas así —dijo felizmente—. Tu abuelo y mis padres eran mejores amigos. Deberíamos llevarnos bien.
—¡Intentas engañarme! Dicen por ahí que…
—¿Qué? —le interrumpió, sonriendo—. ¿Que me largué porque tenía la enfermedad del iris? ¿Que me he vuelto malvado, oscuro y todas esas cosas? ¿Corren rumores de que he llegado a la última y peor fase de la enfermedad, y ahora soy una persona completamente distinta y más poderosa? Veo que habéis estado sacando numerosas conjeturas después de que me fuera, ¿tanto me echáis de menos?
—Acaban de dejar de ser conjeturas —Kyo apretó los dientes—. Por lo que veo, todo es totalmente cierto. Ya no eres quien eras con nosotros. Tú ya no eres Ichi.
—Bueno. Es cierto que siempre fui Ichi para vosotros. Ichi es todo lo que yo era antes. Pero ya no soy el de antes. Ahora soy Izan.
—¿¡Cómo has podido dejar que te pasara…!? Te has convertido en tu extremo opuesto, ¡un arki!
—Qué extraño, lo dices como si no fuera lo mejor que me ha pasado en la vida. Hahah… La única diferencia que hay entre un arki y un iris es que un arki es más inteligente y lógico, Kyo —se encogió de hombros—. Un momento, eres Kyosuke, ¿verdad? A juzgar por el tatuaje que tienes en el lado derecho del cuello, no eres Yousuke, que lo tenía en el lado izquierdo. Y es el tatuaje de la KRS, lo que quiere decir que tú también te has convertido en iris oficial. Debo adivinar que entonces Yousuke ha muerto, lo viste, te convertiste, y ahora ocupas su lugar. Él quería vengar la muerte de vuestro padre, no pudo, y ahora tú tienes que vengar la muerte de tu hermano. Menuda lástima, You me caía bien, era un magnífico compañero…
—¿¡Qué sabes de eso!? —saltó Kyo—. ¡Has estado desaparecido todos estos años!
—Oí por ahí que fueron los miembros terroristas de Bin-Bak los que mataron a You el año pasado. Los mismos que mataron a vuestro padre hace diez años a pesar de que él era un simple humano. Y los mismos cabrones que mataron a mis padres hace dieciséis años. Válgame el cielo… Sin duda esos humanos terroristas no son moco de pavo —se rascó la barbilla.
—¿Por qué has vuelto? —se hartó Kyo, llevándose una mano a la cabeza, que le dolía a rabiar—. ¿Dónde has estado todos estos años? ¿Qué es lo que tramas? Joder, ¿qué me has hecho? —agonizó, viendo que aún le temblaban las manos.
—Vaya —suspiró, chasqueando la lengua—. Quizá me he pasado un poco haciéndote ver esa alucinación. ¿No te ha gustado? Es una de mis nuevas habilidades. No tengo nada en contra de esa niña, de verdad —sonrió, y luego miró el reloj de su muñeca—. Oh, se me hace tarde. Bueno, saluda a los demás de mi parte, ¿vale? Da svidanya!
Despidiéndose con la mano y dando un paso atrás, Izan desapareció. Su cuerpo se convirtió en un remolino de sombras, en humo negro, y se esfumó en el aire.
Kyo siguió ahí paralizado, su cuerpo no le respondía. Lo que más le dejaba perplejo, era lo de la alucinación. ¿Cómo lo había hecho? Era algo imposible, esa habilidad no existía. Esa técnica, que él supiera, no la había creado Denzel como todas las demás. ¿Izan tenía el poder de manipular la mente? Kyo sentía que aún lo tenía en la cabeza. Estaba completamente decidido. En cuanto pudiese, iría a hablar con el ex-Líder sobre lo que había pasado, no porque quisiese hacerlo, sino porque debía hacerlo. Tenía que decírselo a toda costa. Izan había vuelto.
—Chico… ¡Chico! ¡Despierta! ¡Hey!
Kyo abrió los ojos poco a poco al fin, la voz de aquella niña se le estaba clavando en los oídos. Lo primero que vio fue a la chica que le estaba meneando el hombro. Recordó entonces quién era ella, y dónde estaba.
Había estado desde ayer recorriendo unos 50 kilómetros hasta llegar por fin a la ciudad de Funabashi, una pequeña ciudad en la bahía dentro de la prefectura de Chiba, y ya cercana a Tokio. Entre desvíos y distracciones, para hacer que el Dobutsu de la MRS perdiera su rastro algunas horas, había podido permitirse unas horas de sueño en la madrugada en un bar de carretera, en medio de una autopista a las afueras de Funabashi, apartado de la urbe.
El dueño, que vivía ahí con su hija de 10 años, había sido muy amable y había aceptado su estancia allí durante la noche.
Se incorporó lenta y costosamente sobre el asiento donde se quedó dormido, y se sintió abatido. Un iris Ka solía tener una gran cantidad de energía durante mucho tiempo. El problema era el frío. Es como si le arrebatara el calor de sus entrañas sin piedad. Si le hubiera tocado lidiar con esta situación en verano, la MRS ya lo habría perdido bien lejos hace dos días.
Miró por el ventanal de su lado, escudriñando el exterior, pero todo parecía tranquilo ahí fuera. Estaba la autopista, y más allá unos campos de cultivo y árboles. Sobre un cable de un poste eléctrico, estaba posado un cuervo negro, que oteaba los alrededores. Ese cuervo le había estado siguiendo, era de Sam. Desde ahí tenía una amplia visión y, si estaba tranquilo, es porque no detectaba que se acercaran los iris de la MRS, a los que el ave ya sabía reconocer. Si echaba a volar, era señal de que ya venían.
Un poco más lejos, más allá de los campos, Kyo sabía que había un pequeño templo abandonado en mitad de un pequeño bosque, tras preguntarle anoche al dueño qué cosas había ahí por esa zona de Funabashi. Decidió que ese sería un lugar adecuado para dejarse alcanzar por los cuatro iris que le seguían. Lo iban a alcanzar de todos modos antes de llegar a Tokio, así que no quería que ocurriese en cualquier parte donde hubiera gente.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —preguntó la chica, dándole toquecitos en el hombro.
—Ah… —se sobresaltó, esbozando una sonrisa—. Perdona, ¿decías algo?
—Ayer nos pediste que te despertáramos al amanecer, cuando volviéramos a abrir —le dijo alegremente—. Acabamos de abrir. ¿Quieres desayunar?
—Ah… No, gracias, no tengo mucha hambre. Aunque… quizá un chocolate caliente...
—¡Enseguida! —saltó con ímpetu, dándole un susto, y se fue velozmente a la cocina tras la barra del bar.
Kyo observó a su alrededor. El local no era muy grande, pero era alargado y muy luminoso, pues uno de sus laterales entero era una larga cristalera continua. Él estaba en una de las mesas del lugar junto a las ventanas, y era el único que había allí además de un hombre vestido con un peto y con gorra, leyendo un periódico mientras tomaba un té, en la mesa del fondo. Era un granjero normal y corriente, por lo demás, todo estaba tranquilo.
De pronto se llevó la mano al pecho. Suspiró aliviado al sentir los dos rollos de pergamino en el bolsillo interior.
—Aquí tienes, un chocolate calentito —dijo la chica al acercarse a él con una taza, y se la dejó en la mesa—. Ten cuidado, ahora mismo está muy caliente, deja que se temple un poquito, no te vayas a quemar la lengua.
—Ah, tranquila —sonrió—. Muchas gracias.
—Chico, ¿has dormido bien? —le preguntó el dueño del lugar amablemente tras la barra, dirigiéndose a otra puerta que daba al almacén, portando unas cajas.
—Sí. Se lo agradezco.
—¿Cuándo te vas? ¿Te quedas durante la mañana?
—No, me iré en breves.
El hombre le sonrió y se perdió de vista, y su hija fue con él a ayudarlo. Kyo miró la taza humeante, olía muy bien. Realmente estaba muy caliente, recién hecho, y a cualquier otra persona le quemaría la lengua si tomara un sorbo ahora. Pero no a él. Para él, ese chocolate estaba templado. El granjero estaba de espaldas a él, por lo que cogió tranquilamente la taza de chocolate y, con sólo tocarla, al poco rato el líquido empezó a hervir ligeramente.
Mientras se lo bebía poco a poco, fue echando vistazos de vez en cuando al cuervo de fuera, comprobando que seguía ahí posado en los cables. El Dobutsu de la MRS podría estar usando también animales para buscar a Kyo. Se había hecho con su camiseta tras quitársela al robot de Xaviero, y con ella, podía dársela de muestra a perros callejeros para sumar más rastreadores. Pero eso sólo le servía en las zonas urbanas, que los perros no abandonaban, y si la presa se movía lenta o se paraba muchas veces. Con las aves de gran visión como los cuervos no podía contar tampoco porque no podía, sin más, decirle a un cuervo la descripción de una persona.
Un ave no podía razonar descripciones ni aunque el Dobutsu tratara de transmitírselas en su lenguaje. El lenguaje de los animales no funcionaba como el humano. El cuervo necesitaba aprendizaje visual, o una indicación muy básica asociando un sonido o palabra con algo visual para reconocer a alguien. Por ejemplo, ese cuervo de Sam que estaba ahí no iba a reconocer a los de la MRS como enemigos por su aspecto, sino por su comportamiento. El cuervo reconocía a Kyo porque ya había tratado con él y lo tenía visualmente localizado. Si veía a una o más personas acercándose a esa zona con actitud rastreadora típica de un depredador, el cuervo lo entendería como comportamiento hostil para Kyo y lo avisaría con graznidos y echando a volar. Por eso, no se alarmaba con los granjeros o las otras personas que pudieran rondar por ahí con actitud inofensiva.
En una RS, lo normal era que hubiera un iris de cada elemento, siendo nueve en total: el elemento Viento o Fuu dominaba en realidad la materia gaseosa, cualquier gas, por lo que eran inmunes la hora de respirar gases tóxicos, y podían manipular el aire, derribar, mover, elevar o hacer flotar en él todo tipo de cosas, incluso crear tornados, mediante soplidos o sacudidas de las manos, o con una simple orden mental para los más expertos; también, controlar la presión atmosférica, incluso las ondas de sonido propagadas por el aire. Los Fuu eran los iris más ágiles.
El Agua o Sui, que incluía el hielo y todo líquido que contuviese agua, podía generarla de su propio cuerpo desde las manos o la boca o manipular la de cualquier otra fuente, contando con sus estados fríos y sólidos como la nieve o el hielo. Los Sui eran los segundos más ágiles después de los Fuu.
La Arena o Suna podía dominar todo lo relacionado con ella, desde los minerales y las rocas o el hormigón del que estaban hechas las infraestructuras o el suelo, hasta el cristal y el vidrio. Los Suna de mayor nivel podían adquirir la habilidad de dominar los metales.
El Fuego o Ka podía manipular el mismo, incluidas las combustiones, las explosiones y la temperatura a la que lo emitían, por lo que podían controlar qué quemaban y qué no; podían generarlo desde el propio calor de sus cuerpos, controlarlo con las manos o soplándolo por la boca. En la KRS siempre hubo dos iris con este mismo elemento, algo que no es usual. Antes eran el viejo Lao y su nieto Yousuke, pero como este último murió el año pasado, ahora eran Lao y su otro nieto, Kyosuke. Los Ka eran los iris con mayor fuerza física.
El Animal o Dobutsu, además de poder comunicarse con cualquier animal o insecto, permitía el control sobre su propio ADN, la biología animal, las células de su cuerpo, pudiendo modificar la configuración genética de estas y así adoptar rasgos propios de un animal, como escamas, pelaje, plumas, ojos modificados, colmillos, garras, aletas, branquias… Pero hasta ahora nunca ha habido nadie que haya conseguido llegar a la transformación completa, siempre adoptaban rasgos o miembros parciales. Eran los segundos más fuertes después de los Ka.
La Planta o Shokubutsu, igual que el anterior, dominaba la biología vegetal, pero, al contrario que el anterior, podía hacerlo tanto sobre otras plantas como en su propio ADN. Por tanto, podían tanto dominar la vida, el crecimiento o movimiento de otras plantas como modificar sus propias células y convertirlas en células vegetales, de modo que podían generar en sus cuerpos atributos como espinas, madera, sustancias o esporas. Con la inmensa presencia de organismos vegetales bajo tierra, podían incluso provocar un terremoto en tierra fértil.
La Electricidad, o Rayo o Den permitía generar la misma a partir de las células nerviosas que recorrían todo el cuerpo, cargar los electrones de cualquier ambiente aumentando la electricidad estática, pudiendo invocar rayos, relámpagos, campos electromagnéticos, y estos iris eran los seres más veloces del mundo.
La Radiación o Hosha dominaba energías como la térmica, la lumínica, la gamma, la ultravioleta, la nuclear e incluso las ondas de radio electromagnéticas. Con esto podían crear efectos secundarios, como modificar el clima, y eran los segundos más veloces después de los Den, pero también peligrosos si no tenían cuidado con las energías radiactivas.
Luego, estaba la Oscuridad o Yami. Se decía que dominaban las sombras y la oscuridad, pero como pasaba con el Viento, esos eran términos inexactos. Lo que dominaban era el vacío, la antimateria, como si fuera una fuerza energética que hacía desaparecer todo lo demás. Podían crear la oscuridad mediante campos de vacío, eliminando la materia lumínica, así como crear la nada absoluta, eliminando cada partícula de luz, aire o polvo de un lugar u objeto. Era un elemento complicado, ya que existían rumores de que, debido a la naturaleza o “personalidad” propia de este poder –pues los iris tenían personalidades o comportamientos propios de su elemento–, el iris Yami padecía una peligrosa tendencia al aislamiento y a la soledad, y este camino era todo lo contrario de lo que representaba ser un iris. Por eso, los iris de la Oscuridad eran más propensos a desarrollar la enfermedad del majin, que conducía a un iris, mediante grados, a convertirse en su opuesto.
—Buenos días —oyó la voz de la niña de antes, despertando a Kyo de sus pensamientos.
El joven giró la cabeza y vio a esta limpiando con un paño la barra, sonriendo al recién llegado. Kyo se dio cuenta de que el granjero ya se había marchado, por lo que era el único cliente además del que acababa de entrar por la puerta. No podía verlo en ese momento, porque había un macetero cuya enorme planta le tapaba la vista, pero tampoco es que le importase mucho, de modo que siguió mirando por la ventana. El cuervo seguía ahí tranquilo.
—¿Qué desea? —preguntó la niña al desconocido, dejando el paño sobre la barra.
Hubo un momento de silencio.
—¿Está tu padre, pequeña? —preguntó entonces el hombre, apoyando los codos sobre la barra y sonriéndole dulcemente. Su voz era igual de suave y bonita.
Kyo sintió de repente un escalofrío que le puso la piel de gallina, pero no supo por qué.
—Sí, ahora lo llamo —contestó la chica, y Kyo vio que esta se metía por la puerta que daba al almacén.
El sitio quedó reinado por un silencio sepulcral, incluso incómodo. Sólo estaban ahí Kyo y ese hombre, y como al muchacho le picó la curiosidad, aprovechó para desplazarse con disimulo un poco más allá en el asiento para verlo. Se quedó paralizado por un momento, pues el hombre ya estaba mirando hacia él, y le estaba sonriendo. Ahí quieto, apoyado de costado en la barra, con una extraña calma.
Kyo apartó la vista al instante y volvió a moverse sobre su asiento para quedar de nuevo tras la planta. Le latía el corazón con rapidez, porque juraría que conocía a ese hombre de algo. Debía de tener veintitantos años. Tenía un cabello rubio de largas rastas bien cuidadas, recogidas en una coleta, y unos amigables ojos verdes. Su nariz era recta y afilada, así como su barbilla bien afeitada. Tenía un aspecto bien aseado, y vestía con ropa casual pero elegante, pantalón negro, zapatos de cordón, camisa blanca y una chaqueta de tela larga color gris oscuro.
Al poco rato apareció el dueño del bar. Su hija se había quedado en el almacén para continuar con su limpieza por él. Kyo no volvió a mirar hacia allá, pero sí que tenía la oreja puesta.
—Buenos días, ¿en qué puedo servirle, joven? —le preguntó amablemente el hombre tras la barra, acercándose a él.
—Vengo a recoger un paquete del señor Takizawa —contestó él con un tono de voz muy cortés.
—Oh, sí, ayer me dijo que lo guardara y que alguien lo recogería hoy —comentó el dueño—. Por seguridad, espero que no le importe, pero necesito que me dé su nombre, joven.
—Claro, faltaría más. Soy Izan.
—Correcto —asintió el dueño, y sacó de un armario cerrado con llave de detrás de la barra un pequeño paquete, una caja pequeña de madera sin mucho misterio—. Aquí tiene.
—Muchas gracias.
—Oiga... —titubeó el dueño—. Espero que no sea algo ilegal el contenido de esa caja. Yo... no querría tener problemas. El señor Takizawa siempre suele dejar aquí un pedido que al día siguiente viene a recoger alguien, y por mí encantado de guardarlo mientras tanto, pero... no sé qué es lo que entrega, y...
—Oh, no se preocupe —lo tranquilizó, llevándose una mano al pecho como gesto afectivo—. No es nada que le vaya a traer problemas a usted ni a su hija, se lo prometo.
—¿Qué es? ¿Puedo verlo? —apareció la hija del dueño de repente junto a su padre, sentándose sobre la barra y contemplando con curiosidad la caja de madera.
—Kairi, no seas maleducada —le reprochó su padre—. No es asunto nuestro.
—No importa —terció el joven de las rastas, y alzó la caja a la altura de los ojos de la niña, dedicándole su dulce sonrisa—. No es nada en especial, es que va a ser el cumpleaños de una amiga mía y quería regalarle esto. Le gustan este tipo de cosas.
Entonces abrió la caja con una pequeña llave y comenzó a desprender una bonita melodía. El interior era de terciopelo negro, y dentro había una bola de cristal sobre una base de madera, con purpurina disuelta en el líquido y con un castillo en miniatura sumergido. El joven la sacó y se la tendió a la chica.
—¡Qué bonito! —exclamó maravillada, agitando la bola.
El joven miró, pues, al dueño, y este le dirigió un gesto de agradecimiento.
—Bueno, si me disculpa, he de seguir limpiando el almacén.
—Por supuesto —contestó el rubio amablemente.
—Kairi, no entretengas mucho a este joven, pórtate bien —le dijo su padre antes de perderse de vista.
—¿Te gusta? Se llama “domo de nieve” —le preguntó el joven a la muchacha, posando una mano sobre su pelo.
—¡Sí! —sonrió, contemplando el interior de la bola.
Kyo no se encontraba bien en ese momento. En el mismo instante en que el joven había dicho su nombre, la primera reacción de Kyo fue tratar de escapar de allí lo más rápido posible. Pero antes de poder levantarse del asiento, su cuerpo dejó de responderle. Su corazón se había detenido durante unos cuantos segundos, se le había congelado la sangre. Le costaba mucho respirar, le faltaba el aire. Se miró las manos, y vio que le vibraban incesantemente. Todo su cuerpo temblaba y se le nublaba la vista intermitentemente.
Nunca se había sentido así, no sabía qué le estaba pasando, pero se ahogaba. Era como si le estuviera consumiendo un vacío... Completamente pálido, dirigió su mirada hacia el hombre. No debía hacerlo, pero no podía evitarlo, y de nuevo se encontró con sus ojos verdes, y su dulce sonrisa. Otra vez lo miraba a él. Ya no pudo apartar la vista, estaba en shock al confirmar que era él.
El joven llamado Izan volvió la vista hacia la niña, la cual seguía jugando con la bola, riendo. Kyo vio cómo la mano que Izan tenía sobre la cabeza de Kairi comenzaba a deslizarse lentamente hacia su rostro. Vio cómo sus dedos empezaban a arquearse, y, finalmente, contempló cómo la agarraba de la cara con una fuerza brutal.
La niña chilló con todas sus fuerzas, y a Kyo se le cortó la respiración, horrorizado.
La bola de cristal cayó al suelo haciéndose añicos. La chica seguía chillando, mientras empezaban a asomar ríos de sangre por debajo de la mano de Izan, cayendo por el cuello y pecho de la muchacha. Inesperadamente, de una sacudida, Izan le arrancó la cabeza de cuajo, la sangre salpicó los alrededores y el cuerpo mutilado de la chica cayó al suelo, inerte.
Entonces, Kyo parpadeó.
—¡Jaja! ¡Toma, espero que le guste a tu amiga! —sonrió Kairi, devolviéndole la bola al joven.
—Yo también —rio él, guardando la bola en su caja—. Es un bonito regalo.
—¡Sí!
No fue real. No pudo ser real. Kyo se desplomó sobre el sofá en el que estaba sentado, temblando, con la mirada vacía, intentando respirar por su vida. En su mente se repetía la escena en la que Izan le arrancaba la cabeza a la muchacha, una y otra vez, inevitablemente. Había sido una alucinación, pero pareció tan real…
—Bueno, me voy —declaró el joven, acariciando el pelo de Kairi—. Que tengas un buen día, bonita.
—¡Igualmente! —sonrió alegremente, despidiéndose con la mano—. ¡Vuelve otro día!
Kyo consiguió obtener suficiente oxígeno en el cerebro como para levantarse y salir a toda prisa por la puerta trasera del bar, dando tumbos y chocándose con todo lo que había por medio, hasta que al salir al descampado donde había unos contenedores y un par de camiones, vomitó. Casi sintió que se le iba el hígado por la boca, y clavó las rodillas en el suelo, apoyando las manos sobre la tierra. Intentó respirar hondo, pero no podía.
Tenía la vista clavada en el suelo. Y no tardó en aparecer una sombra ahí, una sombra especialmente opaca proyectada en el suelo. Levantó la mirada y se le encogieron las pupilas al instante. El joven de antes estaba ahí, delante de él. Le sonreía. Se inclinó hacia él y le tendió una mano.
—¿Estás bien?
Kyo apartó su mano de una sacudida y se arrastró por el suelo lo más lejos de él que pudo, hasta chocar con uno de los contenedores. A partir de ahí no se atrevió a moverse, y no apartó la vista de él.
—Qué gracioso —rio Izan simpáticamente, volviendo a erguirse y echándose las rastas a un lado—. ¿Te ayudo? No tienes buen aspecto.
Kyo sintió cómo su temblor aumentaba, y sudaba frío.
—Ichi… —masculló—. Sigues vivo… todos estos años…
—Yaaa, me he perdido por ahí durante demasiado tiempo, ¿verdad? —se rascó la nuca inocentemente, fingiendo unas disculpas—. No llamo… No escribo… Han sido unas vacaciones muy largas. Pensé que ya era hora de dejar de holgazanear por el mundo y volver al trabajo.
—¿Trabajo? —repitió Kyo, todavía respirando con dificultad—. ¿En… la Asociación?
—¿Qué? ¡Oh, no, por Dios! —se rio con ganas—. Dimití por una razón. Horario continuo, jefe explotador, clientes desagradecidos… No, no, por favor, yo ya pasé de eso, hahah… Ahora tengo un nuevo proyecto —dijo con una sonrisa más sádica y un tono más áspero, y Kyo notó cómo sus ojos verdes se le clavaban en los suyos—. Oye, ¿seguro que no quieres que te ayude…?
—¡No te acerques a mí! —le gritó, sacudiendo un brazo, y lanzó una llamarada de fuego de advertencia.
—¿Por qué tanta hostilidad hacia un viejo conocido? Vamos, no seas así —dijo felizmente—. Tu abuelo y mis padres eran mejores amigos. Deberíamos llevarnos bien.
—¡Intentas engañarme! Dicen por ahí que…
—¿Qué? —le interrumpió, sonriendo—. ¿Que me largué porque tenía la enfermedad del iris? ¿Que me he vuelto malvado, oscuro y todas esas cosas? ¿Corren rumores de que he llegado a la última y peor fase de la enfermedad, y ahora soy una persona completamente distinta y más poderosa? Veo que habéis estado sacando numerosas conjeturas después de que me fuera, ¿tanto me echáis de menos?
—Acaban de dejar de ser conjeturas —Kyo apretó los dientes—. Por lo que veo, todo es totalmente cierto. Ya no eres quien eras con nosotros. Tú ya no eres Ichi.
—Bueno. Es cierto que siempre fui Ichi para vosotros. Ichi es todo lo que yo era antes. Pero ya no soy el de antes. Ahora soy Izan.
—¿¡Cómo has podido dejar que te pasara…!? Te has convertido en tu extremo opuesto, ¡un arki!
—Qué extraño, lo dices como si no fuera lo mejor que me ha pasado en la vida. Hahah… La única diferencia que hay entre un arki y un iris es que un arki es más inteligente y lógico, Kyo —se encogió de hombros—. Un momento, eres Kyosuke, ¿verdad? A juzgar por el tatuaje que tienes en el lado derecho del cuello, no eres Yousuke, que lo tenía en el lado izquierdo. Y es el tatuaje de la KRS, lo que quiere decir que tú también te has convertido en iris oficial. Debo adivinar que entonces Yousuke ha muerto, lo viste, te convertiste, y ahora ocupas su lugar. Él quería vengar la muerte de vuestro padre, no pudo, y ahora tú tienes que vengar la muerte de tu hermano. Menuda lástima, You me caía bien, era un magnífico compañero…
—¿¡Qué sabes de eso!? —saltó Kyo—. ¡Has estado desaparecido todos estos años!
—Oí por ahí que fueron los miembros terroristas de Bin-Bak los que mataron a You el año pasado. Los mismos que mataron a vuestro padre hace diez años a pesar de que él era un simple humano. Y los mismos cabrones que mataron a mis padres hace dieciséis años. Válgame el cielo… Sin duda esos humanos terroristas no son moco de pavo —se rascó la barbilla.
—¿Por qué has vuelto? —se hartó Kyo, llevándose una mano a la cabeza, que le dolía a rabiar—. ¿Dónde has estado todos estos años? ¿Qué es lo que tramas? Joder, ¿qué me has hecho? —agonizó, viendo que aún le temblaban las manos.
—Vaya —suspiró, chasqueando la lengua—. Quizá me he pasado un poco haciéndote ver esa alucinación. ¿No te ha gustado? Es una de mis nuevas habilidades. No tengo nada en contra de esa niña, de verdad —sonrió, y luego miró el reloj de su muñeca—. Oh, se me hace tarde. Bueno, saluda a los demás de mi parte, ¿vale? Da svidanya!
Despidiéndose con la mano y dando un paso atrás, Izan desapareció. Su cuerpo se convirtió en un remolino de sombras, en humo negro, y se esfumó en el aire.
Kyo siguió ahí paralizado, su cuerpo no le respondía. Lo que más le dejaba perplejo, era lo de la alucinación. ¿Cómo lo había hecho? Era algo imposible, esa habilidad no existía. Esa técnica, que él supiera, no la había creado Denzel como todas las demás. ¿Izan tenía el poder de manipular la mente? Kyo sentía que aún lo tenía en la cabeza. Estaba completamente decidido. En cuanto pudiese, iría a hablar con el ex-Líder sobre lo que había pasado, no porque quisiese hacerlo, sino porque debía hacerlo. Tenía que decírselo a toda costa. Izan había vuelto.
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