Seguidores

1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __









47.
Enamorado de una muerta

Bajando la misma calle por donde la pelea de Pipi acababa de concluir, Neuval se extrañó al oír la voz familiar de su amigo, lejana. Se acercó hacia el lugar de donde provenía y se paró en seco al encontrarse un aparcamiento entre unos edificios de oficinas dominado por una espesa niebla, que ya se estaba disipando sola.

Hubo un momento en el que pudo divisar a Pipi con los otros dos iris enemigos, los mismos que vio horas entes en la Torre Genki, noqueados en el suelo frente a él. «Vaya nochecita llevan... Como en los viejos tiempos» pensó Neuval, y decidió seguir su camino, pasando desapercibido.

No obstante, antes de dar el segundo paso, Neuval oyó el ruido del motor de un vehículo a unos metros más allá. Se dio la vuelta y vio que se trataba de una limusina. «¡Ahí va!» se sobresaltó. Reconoció enseguida la limusina negra de Alvion. Más que nada, porque había sido el propio Neuval quien había construido ese vehículo para Alvion. Aunque esto no era algo del otro mundo, ya que desde que Neuval y Lao crearon Hoteitsuba, la inmensa mayoría de armas, vehículos y tecnología que usaba la Asociación era la que ellos creaban.

Alvion no tenía ese vehículo tan lujoso para ir cómodo por la ciudad o para presumir de lo importante persona que era, como sería lógico pensar a primera vista. Usaba este tipo de limusina especialmente diseñada por Neuval sólo cuando visitaba las ciudades, porque era un vehículo muy espacioso e intencionadamente equipado para cubrir muchas necesidades, y aunque su visita se debiera a asuntos concretos como intentar localizar al escurridizo Neuval, Alvion solía aprovechar también para encontrar a gente desamparada o en problemas por las calles, y se las llevaba en su limusina para proporcionarles ayuda o protección. ¿Y la mansión que se había comprado para alojarse en Tokio esos días? No, no era para él solo.

Neuval optó por desaparecer de allí lo antes posible, lo último que quería era que ese viejo acabara viéndolo y pillándolo por fin, así que corrió calle abajo antes de que los faros de la limusina le delatasen.

Por suerte, ni Alvion, ni su chófer ni sus dos guardianes repararon en él, aunque Alvion ordenó que se detuviesen cuando pasaron al lado del aparcamiento. Observaron a Pipi y a otros de sus jóvenes compañeros que acababan de llegar ayudándolo a cargar con los dos iris de la MRS noqueados para dejarlos tirados en un lugar menos público, dando sonoras carcajadas de victoria.

—Aay... —suspiró Alvion con paciencia—. Sigue, vayámonos ya a la mansión, necesito dormir —le ordenó al conductor mientras se masajeaba las sienes—. Los iris de hoy en día… son como críos.

La limusina se fue del lugar en dirección a dicha mansión que Alvion tenía a las afueras de Tokio, y toda aquella zona de silenciosos edificios de oficinas quedó vacía y muda, revelando de vuelta el frío de la noche.

Una vez que Neuval se hubo alejado lo suficiente de aquella zona y vio, medio escondido detrás de la esquina de un edificio, que la limusina del Señor de los Iris desaparecía en el lejano horizonte de la avenida, suspiró con gran alivio. Volviendo a ponerse serio y colocándose bien la cartera en el hombro, emprendió la marcha con aire solemne y el caminar propio de un empresario importante. No obstante, como había restos de nieve por la acera, al dar el tercer paso pegó un resbalón, tropezó estrepitosamente y se dio de bruces contra el suelo.

Se quedó ahí tendido bocabajo comiendo asfalto, pero no porque se estuviera muriendo de dolor, sino porque se estaba muriendo de la vergüenza.

—35 años siendo iris... y me resbalo con dos centímetros de nieve... —se dijo a sí mismo, y entonces se giró y se quedó tendido bocarriba en medio de la calle, mirando las nubes pasando por el cielo nocturno—. Esto son 7 años de exilio, Neuval, tienes lo que te mereces...

Permaneció así otro rato. La verdad, aquello le resultó sorprendentemente aliviante. De repente, estando ahí tumbado sobre el suelo de la calle en una zona solitaria de Tokio un miércoles de madrugada mirando el cielo desde esa inusual perspectiva, como que se sentía inesperadamente desconectado del mundo real. Fue gratificante. Le daba igual estar manchándose la ropa. Sin embargo, era la misma ropa que llevaba cuando mató a aquellos doce delincuentes y todavía estaba manchada de sangre. Tenía que lavarla a conciencia de todas formas. O a lo mejor quemarla. No sabía. La verdad es que ahora no le apetecía pensar. Y eso era muy raro para su extremadamente inteligente cerebro.

Por alguna razón, estar tumbado sobre el sucio suelo de la calle le evocó leves recuerdos de su infancia.

—Hey, hey, jovencito, ¿te encuentras bien? —oyó la voz de alguien acercándose.

—Oh, no… —se espantó Neuval, y se puso melodramático—. Alguien ha sido testigo de mi tremenda torpeza, ¡aaaahh...! —dejó salir ese alarido cargado de hartazgo y estrés y resignación, teniendo que regresar al mundo real.

—Oh, no, debe de ser otro drogadicto... —apareció aquel viejo vagabundo a su lado, mirándolo preocupado, interponiéndose en su campo de visión.

—¡Eh! —se ofendió Neuval—. ¡Que ya llevo 3 años limpio! —Pero de pronto puso una cara perpleja, pues acabó reconociendo a ese viejo despeinado, encorvado, con barba y media dentadura; estaba sucio, con ropa de abrigo llena de roturas, y olía muy mal—. Oh là là… ¿Murakami?

—¿Eh? —el viejo apenas abrió los ojos como platos con esos arrugados párpados—. ¿El señor Neuval Vernoux? ¡Qué feliz coincidencia! —se rio alegremente, y lo ayudó a levantarse del suelo—. Ay, de nuevo he sido engañado por tu apariencia, sigues pareciendo más joven de lo que en verdad eres.

—Es que los de mi clase envejecemos más lento —sonrió Neuval, despertando su faceta más natural e inocentona—. Cuánto tiempo hace… ¿Estabas dando un paseo? ¿Vives por aquí? ¿Y por qué hueles tan mal?

—Oh… —se avergonzó el viejo, y se olió a sí mismo—. ¿Tan mal huelo? Supongo que no lo noto porque me he acostumbrado. Bueno, bueno, es lo que pasa cuando no tienes ducha. —Neuval frunció el ceño sin entender—. Ven, ven, te invito a un trago, ven a mi banquito —le señaló un banco solitario dentro del pequeño parque que había en la acera de enfrente, cubierto por una manta raída y con un par de bolsas de plástico llenas de bártulos.

—¿Es una broma? —Neuval adoptó una expresión sombría, no le gustaba nada lo que estaba viendo—. ¿Por qué vives en esa mierda de banco?

—Ohohoh… —volvió a reír alegremente—. Vernoux, sigues siendo tan inocente con las personas… ¿Es que no lo ves? —le sonrió esta vez con algo de tristeza—. Soy un sintecho.

Neuval abrió los ojos con disgusto al entender la situación. Cinco minutos después, los dos se encontraban sentados sobre el banco bajo la luz amarillenta de una farola. El vagabundo le ofreció de su botella de wiski, pero Neuval la miró con duda.

—Casi había olvidado esa voz tan característica tuya, Vernoux, tienes una voz tan grave y aterciopelada que habrías sido un magnífico cantante para mi grupo. Oh, lo siento, estoy un poco resfriado, quizá no quieras contagiarte —se apuró el viejo, viendo que Neuval no cogía la botella—. Creo que no tengo vasos…

—No es eso —dijo Neuval—. Eso no me importa, no puedo contraer enfermedades humanas. Es sólo que… tengo un cierto problema con los vicios.

—Hmm, ¿una juventud difícil? —entendió el otro.

—Una vida entera, más bien —murmuró con pesar. Sin embargo, sabiendo que algo tan nimio podía controlarlo, cogió la botella del viejo y le dio un trago, y este sonrió contento por poder compartir su bebida con alguien en esa noche tan fría—. ¿Qué te ha pasado, Murakami? Creía que tu pequeña banda de música te iba bien por aquel tiempo.

—Hmm, hm —volvió a hacer ese murmullo áspero, negando con la cabeza—. Fue bien un tiempo. Pero luego la gente ya se cansaba de esa música y dejaron de llamarnos para tocar en los bares… en las fiestas… en las bodas… Tuvimos que dejarlo. Y yo me quedé sin nada. Mi mujer me dejó por otro, y… en fin. Ya han pasado un par de años, me he acostumbrado a vivir así. ¿Qué tal te va a ti? —cambió de tema, recuperando esa sonrisa afable—. ¿Sigues dirigiendo tu gran empresa?

—No puedo tolerar que estés así, Murakami —terció Neuval seriamente, abriendo su cartera para sacar dinero.

—Eso ni te atrevas —le detuvo el viejo, poniendo una mano sobre las suyas—. No sientas pena de mí, Vernoux.

—¿Cómo no voy a sentir pena? —masculló Neuval—. ¡Esto es injusto! Una persona buena como tú…

—No he sido tan buen hombre como piensas, no… —insistió con tristeza—. He cometido muchos errores en la vida. Muchas veces no he sido un buen amigo, o un buen marido. He hecho cosas malas cuando creía que lo tenía todo, fui arrogante y confiado. Engañé a mi mujer una vez con alguien a quien di un beso sin querer por estar borracho… Dejé abandonado a un amigo cuando necesitaba mi ayuda… Me volví alcohólico y derrochador…

—¿Eso son cosas malas? —bufó Neuval, mirando a un lado—. Mejor no te cuento mi vida…

—No me conoces lo suficiente, Vernoux, sólo nos vimos cinco veces cuando viniste a escuchar a mi banda en cinco ocasiones en aquel bar y nos invitabas a bebidas… Crees que soy buena persona, pero no es así, no es así…

—Qué equivocado estás, Murakami.

Neuval le puso una mano en el hombro, mirándolo con esos tenebrosos ojos grises, casi plateados. El viejo lo miró a él sin comprender.

—Mira cómo sufres, mira cómo te arrepientes de tus errores —le explicó Neuval—. Eso es que tienes más corazón que todos los hombres ricos de esta ciudad juntos.

El viejo lo miró con sorpresa por oírle decir algo así, pero luego agachó la cabeza.

—Tú eres uno de los hombres más ricos de esta ciudad, y estás aquí sentado conmigo.

—Hm… Supongo que tú tampoco me conoces lo suficiente —sonrió Neuval, cerrando los ojos—. Yo he tenido un pasado muy extraño. He sido bueno y malo en proporciones iguales y nunca he logrado saber por qué soy así. Pero quiero pensar que el que soy aquí ahora mismo es mi verdadero yo. Por favor, déjame ayudarte.

—¿Realmente haces estas cosas? —se extrañó un poco el viejo, sin lograr entenderlo—. ¿Sueles ayudar a la gente aunque no la conozcas?

Neuval se sorprendió por la pregunta. Se dio cuenta de que eso era lo que estaba volviendo a pretender ahora cuando él creía que ya no hacía esas cosas. Tuvo que reconocer que Lao tenía razón respecto a él.

—Supongo que no puedo evitarlo… —murmuró para sí mismo, y luego miró al vagabundo con determinación—. No puedes pasar así el invierno, ni siquiera tienes calcetines. Te voy a llevar a mi casa, puedes quedarte hasta que encuentres algún trabajo, y…

—¡Hohoh…! ¿¡Pero cómo me voy a ir a tu casa, majareta!? —se rio.

—Es más, ¿tienes más amigos como tú? —insistió como si no le escuchara, mirando a su alrededor por el oscuro parque.

—Ehm… Bueno, estaban estos… Himura y Yamanaka… dormíamos bajo la misma lona…

—¡Estupendo! Pues tráetelos contigo y…

—Vernoux —le interrumpió pacientemente, cerrando los ojos—. Ellos ya no están. Enfermaron al comienzo del invierno, pasaron a mejor vida. Estoy solo desde entonces.

—Ah… —comprendió Neuval, bajando una mirada incómoda—. Lo siento. Pero puedes venir tú. No te voy a dejar aquí, no sé cómo hacértelo entender, pero no puedes ganarme en una discusión. Nadie puede.

—No, no… Basta, amigo. Tendrás ahí a tus hijos, ¿cómo van a aguantar tener ahí a este viejo desastre y desconocido compartiendo su baño? Es totalmente inadecuado, se sentirán enormemente incómodos. ¿Acaso tienes la costumbre de llevar a tu casa a vagabundos y a desamparados de la calle?

—Bueno… —titubeó, enseñándole una sonrisilla—. La última persona desamparada que llevé a mi casa acabó viviendo en ella, y ahora compartimos la misma cama.

—Ohoho… qué bromista eres… —se rio con ganas.

—No es broma —lo miró sorprendido, sin entender por qué se reía—. Se llama Hana.

El viejo se quedó con una mueca desencajada.

—Oh, ya veo… Vaya, vaya —sonrió con sorna—. ¿Y qué esperas, que yo también acabe durmiendo en tu misma cama? Hohoho… Ohmm —se interrumpió de repente, y miró a Neuval con cierto apuro—. Oh, bueno… Yo no sé… si para vosotros los franceses eso se ve como algo normal… Vamos, que yo no soy quién para juzgar a nadie, espero no haberte ofendido, o…

—Yo no sé qué gustos tendrán los franceses hoy en día… —Neuval miró arriba pensativo—. Pero desde luego yo no tengo esas intenciones contigo, sólo pretendo que pases un invierno bajo techo y con comida. Lo que pasa es que lo de Hana acabó siendo inesperado, ella a cambio también me ayudó mucho... con mis propios problemas… con los vicios… Bueno, fue una época difícil, y… en fin.

—Vaya… —Murakami miró al suelo, haciendo girar el wiski dentro de la botella colgando de sus dedos—. Ofreciendo cosas así a gente como yo… Debes de ser la persona más buena del mundo.

—Ah, no. Ni por asomo —negó Neuval, recostándose sobre el banco, mirando a las nubes—. Pocos lo saben, pero la persona más buena del mundo se llama Alvion.

—¿Quién?

—¡Ooh! —brincó Neuval de repente, mirándolo alarmado—. Por favor, no le digas a nadie que te he dicho eso. ¡Sería terriblemente embarazoso!

—Pero si no sé de quién narices hablas… —se asustó el viejo. Sin embargo, volvió a mirar al suelo—. Lo siento mucho, Vernoux. De verdad, no puedo aceptar lo que me ofreces. Es lo más hermoso que haya podido hacer alguien por mí, sin duda alguna. Pero… no puedo hacer eso, entiéndelo. Tienes que pensar en tu familia también.

—Hm… —suspiró amargamente, viendo que no podía convencerle—. Mi familia… ¿Qué más da? Cada vez se aleja más de mí. Mis dos hijos mayores ya ni me hablan, uno ya se fue de casa… y ahora la otra…

—¿Tu niña? —se sorprendió el viejo—. No me digas eso. ¿Tienes problemas con esa niña tuya de la que no parabas de hablarnos aquellas veces?

Neuval volvió a mirar al cielo, taciturno y pensativo.

—Supongo… que ella tiene problemas conmigo, más bien. Es muy difícil, Murakami, tan difícil cuidar de ellos desde que Katya se fue… Intento hacerlo lo mejor que puedo, intento protegerlos, pero para ello necesito mentirles, y… cada vez es más difícil, tanto que a veces no puedo soportarlo. Tengo demasiado miedo de perderlos… como perdí a tantas personas en el pasado. A veces siento que el problema de todo soy yo. Hay algo… —se miró las manos—… que está mal dentro de mí. Y a veces tengo la sensación de que no es mi majin exactamente, sino… otra cosa… aún más oscura.

El viejo le posó una mano comprensiva en el hombro y se lo zarandeó suavemente.

—No sé qué es eso de majin que dices, pero… No te rindas, amigo, no te rindas. Una persona de cuarenta y tantos como tú que conserva un cuerpo joven como uno de treinta debe de tener aún energía y fuerza para arreglar las cosas y seguir moviéndose, moviéndose hacia adelante —agitó una mano en filo como si cortase con ella una zanahoria—. Yo no tengo tanta suerte, hombre, con 57 años y sintiéndome como si tuviera 80, heheh…

Neuval le sonrió con afecto. Volvió a rebuscar en su cartera y sacó una pequeña tarjeta, mostrándosela al viejo, que la miró con un interrogante.

—Es una tarjeta de Hoteitsuba, mi empresa —le explicó—. Tiene la dirección, el mapa y el número de teléfono de mi padre y el mío. Algún día, cuando tú quieras, preséntate a las puertas de mi rascacielos y enséñale esta tarjeta a la recepcionista. Ella sabrá dónde enviarte. Allí, podrás empezar algo nuevo. Podrás elegir cualquier modalidad o trabajo que te guste. Estarías un año asistiendo a un curso especial para aprender a hacerlo de la mano de profesionales que he entrenado expresamente para esto, para enseñar a gente como tú que parte de cero. Tendrías alojamiento y todas tus necesidades cubiertas a cuenta de la empresa hasta que empieces a ganar tu propio sueldo como uno de mis miles de empleados. A un gran músico como tú podría gustarle el Departamento Industrial de Instrumentos Musicales.

—¿Haces… haces instrumentos musicales? —preguntó asombrado.

—Hago de todo, Murakami. Hago televisiones, coches, aviones, barcos, cohetes espaciales, bicicletas, instrumentos, lavadoras, teléfonos… Todo lo que sean máquinas y tecnología es mi campo, y dentro de él puedes escoger de entre todos esos subcampos y más.

—¿A cuántas personas como yo, con problemas, o en paro, o abandonadas por la sociedad has dado esta tarjeta? —saltó incrédulo, pero Neuval se limitó a sonreír—. ¿Es acaso legal esto que haces?

—Naah… Las leyes se me dan muy mal. Tengo una severa alergia a las normas, a que me den órdenes y a las leyes del Gobierno que hacen que personas como tú estén como tú. Es mi Hoteitsuba, amigo, eres bienvenido a ella si estás dispuesto a hacer un poco de esfuerzo. Tengas 20, 30 o 57 años, mis subordinados pueden enseñarte a hacer cualquier cosa acorde a tus capacidades y gustos, y encontrarte hueco en algún puesto.

—Vaya… —miró la tarjeta entre sus manos con maravilla—. Creía que eras un simple empresario… pero no un ingeniero, y menos un científico.

—En la planta 47, en el despacho del presidente, soy un empresario —le explicó—. En los Departamentos Industriales, soy un ingeniero industrial. Pero en las plantas subterráneas, en mis laboratorios privados, soy un físico experimental que juega con las leyes del universo. No se lo digas a nadie, se supone que tengo que dar buena imagen como aburrido empresario con corbata.

Murakami miraba a Neuval incapaz de entenderle. Es decir, incapaz de entender lo que conformaba toda su persona. Nunca había conocido a nadie así, nunca había visto nada ni a nadie tan maravillosa y misteriosamente complejo.

—¿De dónde has salido tú, Neuval Vernoux? —no pudo evitar preguntarle.

—¿Yo? —se señaló con inocencia, y se encogió de hombros, rascándose una oreja—. Pues de una familia de París rota, muy pobre y miserable. Nada especial. Luego tuve suerte, y fui adoptado por un chino enorme y muy mandón.

—Tengo la impresión de que esa no es ni la millonésima parte de toda tu historia, amigo.

—Mi historia… es agua pasada —terció Neuval, mirando al frente—. Mi mujer murió hace siete años y mi alma murió con ella. Murakami… —entornó los ojos, vislumbrando una estrella entre las nubes del cielo—. ¿Cómo es posible seguir locamente enamorado de alguien que se fue hace tantos años?

El viejo lo miró en silencio, arrugando el ceño con tristeza por oír una pregunta así. No dijo nada, ninguno de los dos, por un rato.

—Mm… Oh —Neuval miró su reloj—. Discúlpame, Murakami, debo marcharme. Mi madre me espera en su casa. Llevo todo el día con sangre en la ropa y ella sabe limpiar esas manchas mejor que nadie, heh…

—Qué hombre más extraño eres, Vernoux —se puso en pie al mismo tiempo que él, y le estrechó una mano.

—Me han llamado cosas peores —le sonrió Neuval, despidiéndose—. Espero que te lo pienses bien y verte algún día por Hoteitsuba —añadió mientras se alejaba calle abajo, agitando una mano, y se perdió de vista.

Murakami volvió a mirar la tarjeta en sus manos y dibujó una pequeña sonrisa.









47.
Enamorado de una muerta

Bajando la misma calle por donde la pelea de Pipi acababa de concluir, Neuval se extrañó al oír la voz familiar de su amigo, lejana. Se acercó hacia el lugar de donde provenía y se paró en seco al encontrarse un aparcamiento entre unos edificios de oficinas dominado por una espesa niebla, que ya se estaba disipando sola.

Hubo un momento en el que pudo divisar a Pipi con los otros dos iris enemigos, los mismos que vio horas entes en la Torre Genki, noqueados en el suelo frente a él. «Vaya nochecita llevan... Como en los viejos tiempos» pensó Neuval, y decidió seguir su camino, pasando desapercibido.

No obstante, antes de dar el segundo paso, Neuval oyó el ruido del motor de un vehículo a unos metros más allá. Se dio la vuelta y vio que se trataba de una limusina. «¡Ahí va!» se sobresaltó. Reconoció enseguida la limusina negra de Alvion. Más que nada, porque había sido el propio Neuval quien había construido ese vehículo para Alvion. Aunque esto no era algo del otro mundo, ya que desde que Neuval y Lao crearon Hoteitsuba, la inmensa mayoría de armas, vehículos y tecnología que usaba la Asociación era la que ellos creaban.

Alvion no tenía ese vehículo tan lujoso para ir cómodo por la ciudad o para presumir de lo importante persona que era, como sería lógico pensar a primera vista. Usaba este tipo de limusina especialmente diseñada por Neuval sólo cuando visitaba las ciudades, porque era un vehículo muy espacioso e intencionadamente equipado para cubrir muchas necesidades, y aunque su visita se debiera a asuntos concretos como intentar localizar al escurridizo Neuval, Alvion solía aprovechar también para encontrar a gente desamparada o en problemas por las calles, y se las llevaba en su limusina para proporcionarles ayuda o protección. ¿Y la mansión que se había comprado para alojarse en Tokio esos días? No, no era para él solo.

Neuval optó por desaparecer de allí lo antes posible, lo último que quería era que ese viejo acabara viéndolo y pillándolo por fin, así que corrió calle abajo antes de que los faros de la limusina le delatasen.

Por suerte, ni Alvion, ni su chófer ni sus dos guardianes repararon en él, aunque Alvion ordenó que se detuviesen cuando pasaron al lado del aparcamiento. Observaron a Pipi y a otros de sus jóvenes compañeros que acababan de llegar ayudándolo a cargar con los dos iris de la MRS noqueados para dejarlos tirados en un lugar menos público, dando sonoras carcajadas de victoria.

—Aay... —suspiró Alvion con paciencia—. Sigue, vayámonos ya a la mansión, necesito dormir —le ordenó al conductor mientras se masajeaba las sienes—. Los iris de hoy en día… son como críos.

La limusina se fue del lugar en dirección a dicha mansión que Alvion tenía a las afueras de Tokio, y toda aquella zona de silenciosos edificios de oficinas quedó vacía y muda, revelando de vuelta el frío de la noche.

Una vez que Neuval se hubo alejado lo suficiente de aquella zona y vio, medio escondido detrás de la esquina de un edificio, que la limusina del Señor de los Iris desaparecía en el lejano horizonte de la avenida, suspiró con gran alivio. Volviendo a ponerse serio y colocándose bien la cartera en el hombro, emprendió la marcha con aire solemne y el caminar propio de un empresario importante. No obstante, como había restos de nieve por la acera, al dar el tercer paso pegó un resbalón, tropezó estrepitosamente y se dio de bruces contra el suelo.

Se quedó ahí tendido bocabajo comiendo asfalto, pero no porque se estuviera muriendo de dolor, sino porque se estaba muriendo de la vergüenza.

—35 años siendo iris... y me resbalo con dos centímetros de nieve... —se dijo a sí mismo, y entonces se giró y se quedó tendido bocarriba en medio de la calle, mirando las nubes pasando por el cielo nocturno—. Esto son 7 años de exilio, Neuval, tienes lo que te mereces...

Permaneció así otro rato. La verdad, aquello le resultó sorprendentemente aliviante. De repente, estando ahí tumbado sobre el suelo de la calle en una zona solitaria de Tokio un miércoles de madrugada mirando el cielo desde esa inusual perspectiva, como que se sentía inesperadamente desconectado del mundo real. Fue gratificante. Le daba igual estar manchándose la ropa. Sin embargo, era la misma ropa que llevaba cuando mató a aquellos doce delincuentes y todavía estaba manchada de sangre. Tenía que lavarla a conciencia de todas formas. O a lo mejor quemarla. No sabía. La verdad es que ahora no le apetecía pensar. Y eso era muy raro para su extremadamente inteligente cerebro.

Por alguna razón, estar tumbado sobre el sucio suelo de la calle le evocó leves recuerdos de su infancia.

—Hey, hey, jovencito, ¿te encuentras bien? —oyó la voz de alguien acercándose.

—Oh, no… —se espantó Neuval, y se puso melodramático—. Alguien ha sido testigo de mi tremenda torpeza, ¡aaaahh...! —dejó salir ese alarido cargado de hartazgo y estrés y resignación, teniendo que regresar al mundo real.

—Oh, no, debe de ser otro drogadicto... —apareció aquel viejo vagabundo a su lado, mirándolo preocupado, interponiéndose en su campo de visión.

—¡Eh! —se ofendió Neuval—. ¡Que ya llevo 3 años limpio! —Pero de pronto puso una cara perpleja, pues acabó reconociendo a ese viejo despeinado, encorvado, con barba y media dentadura; estaba sucio, con ropa de abrigo llena de roturas, y olía muy mal—. Oh là là… ¿Murakami?

—¿Eh? —el viejo apenas abrió los ojos como platos con esos arrugados párpados—. ¿El señor Neuval Vernoux? ¡Qué feliz coincidencia! —se rio alegremente, y lo ayudó a levantarse del suelo—. Ay, de nuevo he sido engañado por tu apariencia, sigues pareciendo más joven de lo que en verdad eres.

—Es que los de mi clase envejecemos más lento —sonrió Neuval, despertando su faceta más natural e inocentona—. Cuánto tiempo hace… ¿Estabas dando un paseo? ¿Vives por aquí? ¿Y por qué hueles tan mal?

—Oh… —se avergonzó el viejo, y se olió a sí mismo—. ¿Tan mal huelo? Supongo que no lo noto porque me he acostumbrado. Bueno, bueno, es lo que pasa cuando no tienes ducha. —Neuval frunció el ceño sin entender—. Ven, ven, te invito a un trago, ven a mi banquito —le señaló un banco solitario dentro del pequeño parque que había en la acera de enfrente, cubierto por una manta raída y con un par de bolsas de plástico llenas de bártulos.

—¿Es una broma? —Neuval adoptó una expresión sombría, no le gustaba nada lo que estaba viendo—. ¿Por qué vives en esa mierda de banco?

—Ohohoh… —volvió a reír alegremente—. Vernoux, sigues siendo tan inocente con las personas… ¿Es que no lo ves? —le sonrió esta vez con algo de tristeza—. Soy un sintecho.

Neuval abrió los ojos con disgusto al entender la situación. Cinco minutos después, los dos se encontraban sentados sobre el banco bajo la luz amarillenta de una farola. El vagabundo le ofreció de su botella de wiski, pero Neuval la miró con duda.

—Casi había olvidado esa voz tan característica tuya, Vernoux, tienes una voz tan grave y aterciopelada que habrías sido un magnífico cantante para mi grupo. Oh, lo siento, estoy un poco resfriado, quizá no quieras contagiarte —se apuró el viejo, viendo que Neuval no cogía la botella—. Creo que no tengo vasos…

—No es eso —dijo Neuval—. Eso no me importa, no puedo contraer enfermedades humanas. Es sólo que… tengo un cierto problema con los vicios.

—Hmm, ¿una juventud difícil? —entendió el otro.

—Una vida entera, más bien —murmuró con pesar. Sin embargo, sabiendo que algo tan nimio podía controlarlo, cogió la botella del viejo y le dio un trago, y este sonrió contento por poder compartir su bebida con alguien en esa noche tan fría—. ¿Qué te ha pasado, Murakami? Creía que tu pequeña banda de música te iba bien por aquel tiempo.

—Hmm, hm —volvió a hacer ese murmullo áspero, negando con la cabeza—. Fue bien un tiempo. Pero luego la gente ya se cansaba de esa música y dejaron de llamarnos para tocar en los bares… en las fiestas… en las bodas… Tuvimos que dejarlo. Y yo me quedé sin nada. Mi mujer me dejó por otro, y… en fin. Ya han pasado un par de años, me he acostumbrado a vivir así. ¿Qué tal te va a ti? —cambió de tema, recuperando esa sonrisa afable—. ¿Sigues dirigiendo tu gran empresa?

—No puedo tolerar que estés así, Murakami —terció Neuval seriamente, abriendo su cartera para sacar dinero.

—Eso ni te atrevas —le detuvo el viejo, poniendo una mano sobre las suyas—. No sientas pena de mí, Vernoux.

—¿Cómo no voy a sentir pena? —masculló Neuval—. ¡Esto es injusto! Una persona buena como tú…

—No he sido tan buen hombre como piensas, no… —insistió con tristeza—. He cometido muchos errores en la vida. Muchas veces no he sido un buen amigo, o un buen marido. He hecho cosas malas cuando creía que lo tenía todo, fui arrogante y confiado. Engañé a mi mujer una vez con alguien a quien di un beso sin querer por estar borracho… Dejé abandonado a un amigo cuando necesitaba mi ayuda… Me volví alcohólico y derrochador…

—¿Eso son cosas malas? —bufó Neuval, mirando a un lado—. Mejor no te cuento mi vida…

—No me conoces lo suficiente, Vernoux, sólo nos vimos cinco veces cuando viniste a escuchar a mi banda en cinco ocasiones en aquel bar y nos invitabas a bebidas… Crees que soy buena persona, pero no es así, no es así…

—Qué equivocado estás, Murakami.

Neuval le puso una mano en el hombro, mirándolo con esos tenebrosos ojos grises, casi plateados. El viejo lo miró a él sin comprender.

—Mira cómo sufres, mira cómo te arrepientes de tus errores —le explicó Neuval—. Eso es que tienes más corazón que todos los hombres ricos de esta ciudad juntos.

El viejo lo miró con sorpresa por oírle decir algo así, pero luego agachó la cabeza.

—Tú eres uno de los hombres más ricos de esta ciudad, y estás aquí sentado conmigo.

—Hm… Supongo que tú tampoco me conoces lo suficiente —sonrió Neuval, cerrando los ojos—. Yo he tenido un pasado muy extraño. He sido bueno y malo en proporciones iguales y nunca he logrado saber por qué soy así. Pero quiero pensar que el que soy aquí ahora mismo es mi verdadero yo. Por favor, déjame ayudarte.

—¿Realmente haces estas cosas? —se extrañó un poco el viejo, sin lograr entenderlo—. ¿Sueles ayudar a la gente aunque no la conozcas?

Neuval se sorprendió por la pregunta. Se dio cuenta de que eso era lo que estaba volviendo a pretender ahora cuando él creía que ya no hacía esas cosas. Tuvo que reconocer que Lao tenía razón respecto a él.

—Supongo que no puedo evitarlo… —murmuró para sí mismo, y luego miró al vagabundo con determinación—. No puedes pasar así el invierno, ni siquiera tienes calcetines. Te voy a llevar a mi casa, puedes quedarte hasta que encuentres algún trabajo, y…

—¡Hohoh…! ¿¡Pero cómo me voy a ir a tu casa, majareta!? —se rio.

—Es más, ¿tienes más amigos como tú? —insistió como si no le escuchara, mirando a su alrededor por el oscuro parque.

—Ehm… Bueno, estaban estos… Himura y Yamanaka… dormíamos bajo la misma lona…

—¡Estupendo! Pues tráetelos contigo y…

—Vernoux —le interrumpió pacientemente, cerrando los ojos—. Ellos ya no están. Enfermaron al comienzo del invierno, pasaron a mejor vida. Estoy solo desde entonces.

—Ah… —comprendió Neuval, bajando una mirada incómoda—. Lo siento. Pero puedes venir tú. No te voy a dejar aquí, no sé cómo hacértelo entender, pero no puedes ganarme en una discusión. Nadie puede.

—No, no… Basta, amigo. Tendrás ahí a tus hijos, ¿cómo van a aguantar tener ahí a este viejo desastre y desconocido compartiendo su baño? Es totalmente inadecuado, se sentirán enormemente incómodos. ¿Acaso tienes la costumbre de llevar a tu casa a vagabundos y a desamparados de la calle?

—Bueno… —titubeó, enseñándole una sonrisilla—. La última persona desamparada que llevé a mi casa acabó viviendo en ella, y ahora compartimos la misma cama.

—Ohoho… qué bromista eres… —se rio con ganas.

—No es broma —lo miró sorprendido, sin entender por qué se reía—. Se llama Hana.

El viejo se quedó con una mueca desencajada.

—Oh, ya veo… Vaya, vaya —sonrió con sorna—. ¿Y qué esperas, que yo también acabe durmiendo en tu misma cama? Hohoho… Ohmm —se interrumpió de repente, y miró a Neuval con cierto apuro—. Oh, bueno… Yo no sé… si para vosotros los franceses eso se ve como algo normal… Vamos, que yo no soy quién para juzgar a nadie, espero no haberte ofendido, o…

—Yo no sé qué gustos tendrán los franceses hoy en día… —Neuval miró arriba pensativo—. Pero desde luego yo no tengo esas intenciones contigo, sólo pretendo que pases un invierno bajo techo y con comida. Lo que pasa es que lo de Hana acabó siendo inesperado, ella a cambio también me ayudó mucho... con mis propios problemas… con los vicios… Bueno, fue una época difícil, y… en fin.

—Vaya… —Murakami miró al suelo, haciendo girar el wiski dentro de la botella colgando de sus dedos—. Ofreciendo cosas así a gente como yo… Debes de ser la persona más buena del mundo.

—Ah, no. Ni por asomo —negó Neuval, recostándose sobre el banco, mirando a las nubes—. Pocos lo saben, pero la persona más buena del mundo se llama Alvion.

—¿Quién?

—¡Ooh! —brincó Neuval de repente, mirándolo alarmado—. Por favor, no le digas a nadie que te he dicho eso. ¡Sería terriblemente embarazoso!

—Pero si no sé de quién narices hablas… —se asustó el viejo. Sin embargo, volvió a mirar al suelo—. Lo siento mucho, Vernoux. De verdad, no puedo aceptar lo que me ofreces. Es lo más hermoso que haya podido hacer alguien por mí, sin duda alguna. Pero… no puedo hacer eso, entiéndelo. Tienes que pensar en tu familia también.

—Hm… —suspiró amargamente, viendo que no podía convencerle—. Mi familia… ¿Qué más da? Cada vez se aleja más de mí. Mis dos hijos mayores ya ni me hablan, uno ya se fue de casa… y ahora la otra…

—¿Tu niña? —se sorprendió el viejo—. No me digas eso. ¿Tienes problemas con esa niña tuya de la que no parabas de hablarnos aquellas veces?

Neuval volvió a mirar al cielo, taciturno y pensativo.

—Supongo… que ella tiene problemas conmigo, más bien. Es muy difícil, Murakami, tan difícil cuidar de ellos desde que Katya se fue… Intento hacerlo lo mejor que puedo, intento protegerlos, pero para ello necesito mentirles, y… cada vez es más difícil, tanto que a veces no puedo soportarlo. Tengo demasiado miedo de perderlos… como perdí a tantas personas en el pasado. A veces siento que el problema de todo soy yo. Hay algo… —se miró las manos—… que está mal dentro de mí. Y a veces tengo la sensación de que no es mi majin exactamente, sino… otra cosa… aún más oscura.

El viejo le posó una mano comprensiva en el hombro y se lo zarandeó suavemente.

—No sé qué es eso de majin que dices, pero… No te rindas, amigo, no te rindas. Una persona de cuarenta y tantos como tú que conserva un cuerpo joven como uno de treinta debe de tener aún energía y fuerza para arreglar las cosas y seguir moviéndose, moviéndose hacia adelante —agitó una mano en filo como si cortase con ella una zanahoria—. Yo no tengo tanta suerte, hombre, con 57 años y sintiéndome como si tuviera 80, heheh…

Neuval le sonrió con afecto. Volvió a rebuscar en su cartera y sacó una pequeña tarjeta, mostrándosela al viejo, que la miró con un interrogante.

—Es una tarjeta de Hoteitsuba, mi empresa —le explicó—. Tiene la dirección, el mapa y el número de teléfono de mi padre y el mío. Algún día, cuando tú quieras, preséntate a las puertas de mi rascacielos y enséñale esta tarjeta a la recepcionista. Ella sabrá dónde enviarte. Allí, podrás empezar algo nuevo. Podrás elegir cualquier modalidad o trabajo que te guste. Estarías un año asistiendo a un curso especial para aprender a hacerlo de la mano de profesionales que he entrenado expresamente para esto, para enseñar a gente como tú que parte de cero. Tendrías alojamiento y todas tus necesidades cubiertas a cuenta de la empresa hasta que empieces a ganar tu propio sueldo como uno de mis miles de empleados. A un gran músico como tú podría gustarle el Departamento Industrial de Instrumentos Musicales.

—¿Haces… haces instrumentos musicales? —preguntó asombrado.

—Hago de todo, Murakami. Hago televisiones, coches, aviones, barcos, cohetes espaciales, bicicletas, instrumentos, lavadoras, teléfonos… Todo lo que sean máquinas y tecnología es mi campo, y dentro de él puedes escoger de entre todos esos subcampos y más.

—¿A cuántas personas como yo, con problemas, o en paro, o abandonadas por la sociedad has dado esta tarjeta? —saltó incrédulo, pero Neuval se limitó a sonreír—. ¿Es acaso legal esto que haces?

—Naah… Las leyes se me dan muy mal. Tengo una severa alergia a las normas, a que me den órdenes y a las leyes del Gobierno que hacen que personas como tú estén como tú. Es mi Hoteitsuba, amigo, eres bienvenido a ella si estás dispuesto a hacer un poco de esfuerzo. Tengas 20, 30 o 57 años, mis subordinados pueden enseñarte a hacer cualquier cosa acorde a tus capacidades y gustos, y encontrarte hueco en algún puesto.

—Vaya… —miró la tarjeta entre sus manos con maravilla—. Creía que eras un simple empresario… pero no un ingeniero, y menos un científico.

—En la planta 47, en el despacho del presidente, soy un empresario —le explicó—. En los Departamentos Industriales, soy un ingeniero industrial. Pero en las plantas subterráneas, en mis laboratorios privados, soy un físico experimental que juega con las leyes del universo. No se lo digas a nadie, se supone que tengo que dar buena imagen como aburrido empresario con corbata.

Murakami miraba a Neuval incapaz de entenderle. Es decir, incapaz de entender lo que conformaba toda su persona. Nunca había conocido a nadie así, nunca había visto nada ni a nadie tan maravillosa y misteriosamente complejo.

—¿De dónde has salido tú, Neuval Vernoux? —no pudo evitar preguntarle.

—¿Yo? —se señaló con inocencia, y se encogió de hombros, rascándose una oreja—. Pues de una familia de París rota, muy pobre y miserable. Nada especial. Luego tuve suerte, y fui adoptado por un chino enorme y muy mandón.

—Tengo la impresión de que esa no es ni la millonésima parte de toda tu historia, amigo.

—Mi historia… es agua pasada —terció Neuval, mirando al frente—. Mi mujer murió hace siete años y mi alma murió con ella. Murakami… —entornó los ojos, vislumbrando una estrella entre las nubes del cielo—. ¿Cómo es posible seguir locamente enamorado de alguien que se fue hace tantos años?

El viejo lo miró en silencio, arrugando el ceño con tristeza por oír una pregunta así. No dijo nada, ninguno de los dos, por un rato.

—Mm… Oh —Neuval miró su reloj—. Discúlpame, Murakami, debo marcharme. Mi madre me espera en su casa. Llevo todo el día con sangre en la ropa y ella sabe limpiar esas manchas mejor que nadie, heh…

—Qué hombre más extraño eres, Vernoux —se puso en pie al mismo tiempo que él, y le estrechó una mano.

—Me han llamado cosas peores —le sonrió Neuval, despidiéndose—. Espero que te lo pienses bien y verte algún día por Hoteitsuba —añadió mientras se alejaba calle abajo, agitando una mano, y se perdió de vista.

Murakami volvió a mirar la tarjeta en sus manos y dibujó una pequeña sonrisa.





Comentarios