Seguidores

1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __









33.
Comida turca

Un poco antes del mediodía, en la habitación de un hotel de Tokio, se oían continuos golpecitos en la puerta que la fueron despertando poco a poco, hasta por completo. Cleven se desperezó entre el edredón, frunciendo el ceño con extrañeza. Pensó que tal vez sería un botones o el servicio de limpieza, así que, medio dormida, fue a abrir la puerta de la habitación.

Se encontró con un chico joven que a primera vista lo identificó con el idiota de su clase, Drasik, pero, incrédula, se frotó los ojos y después los abrió bien. No, no era él, menos mal, se dijo. Era un chico normal, abrigado con gorro de lana y una ancha chaqueta vaquera. Sujetaba en una mano una bolsa de plástico que tenía varios bultos en su interior, y estaba mascando un regaliz rojo, colgando de su boca. Con la forma de mirar fijamente a Cleven, ahí quieto y con el regaliz en la boca, recordaba a un hámster realmente gracioso.

—¿Eh? —consiguió pronunciar Cleven, entornando los ojos con confusión.

El chico se quitó el regaliz de la boca.

—¿Comida turca? —preguntó.

—No, qué va... —contestó—. No la he pedido.

El chico frunció los labios con sorpresa, y sacó un papelito del bolsillo de su pantalón.

¡Ay, mierda! —exclamó de tal manera que Cleven pegó un brinco del susto—. ¡Sabía que lo escribió al revés! Le tengo dicho al compa que marque una base bajo el número…

Cleven se quedó en el sitio, no entendía el idioma en el que se puso a hablar de repente.

—Eh… ¿Estás bien? —le preguntó.

—Aha… —sonrió de pronto—. Disculpá las molestias. ¿Vos… podés decirme por qué lado queda la habitación 89? Es que lo leí al revés por error en el papel, y pensé que debía ir a esta habitación, la 68.

—Es por esa dirección —contestó Cleven, señalándole a la izquierda—. Y no te preocupes, no ha sido molestia, de hecho, me has hecho un favor despertándome ahora.

—Uf… Me alegra oírlo. Muy amable, muchas gracias —se inclinó educadamente, y se marchó para allá.

La joven permaneció unos segundos en la puerta, recapacitando. Qué chico más simpático y educado, pensó, pero ¿por qué le sonaba tanto? Tenía un parecido facial demasiado notable con Drasik.

Volvió a meterse en la habitación para vestirse y salir a comer fuera. A pesar de haber dormido bastantes horas, se encontraba cansada y con dolor de cabeza. Eso le pasaba por beber. Aunque hubieran sido dos copas. Tenía planeado ir después de comer a la dirección que consiguió en el instituto y comprobar si su tío aún vivía ahí.

Mientras se aseaba en el baño, fue recordando lo que vivió la noche anterior. Lo primero, la parte de Raijin. Seguía sintiéndose incómoda con lo que le dijo, así que decidió no darle más vueltas. Lo segundo, cuando vio a Lex y a Riku. No se lo esperó, desde luego.

La última vez que vio a Lex fue en la fiesta de Hatsumode, después de Fin de Año, hace un par de semanas. Por mucho que su padre y su hermano mayor no se hablaran, Lex al menos venía a ver a sus hermanos en Fin de Año y en otras festividades que solían ser familiares.

En el pasado Hatsumode, como muchas otras familias que seguían la tradición, fueron todos a hacer la primera visita del año al templo y pedir deseos, suerte y prosperidad para el nuevo año. Todos vistieron con kimonos, y Cleven llevaba el de su madre. Estuvieron el día de paseo por los recintos del templo, ella, su padre, Hana, Yenkis y Lex, que también había traído consigo a su novia Riku y a los padres de esta.

Cleven y su hermano pequeño estuvieron todo el tiempo armando alboroto con Lex, dándole la lata, pidiéndole que los invitase a un refresco, que los llevase a las atracciones del festival, etcétera, mientras Riku se quedaba con sus padres y con Hana y Neuval, hablando tranquilamente, visitando las exposiciones. Lex y su padre se ignoraban completamente, y aunque esto debería ser un poco incómodo para el resto, el hecho de haber sido así durante tanto tiempo ya los había acostumbrado.

Después, el último día, iban a la cena de la empresa de Neuval, donde iban todos los gerentes de la multinacional con sus familias. Todos procedían de varios países, en los que Neuval tenía distribuidas sus empresas. Ahí Cleven se dedicaba a jugar con Yenkis y los demás niños que había, para evitar el aburrimiento más que nada, e incluso el mismísimo viejo Lao se les unía y se ponía a jugar con ellos al pilla-pilla, dando el espectáculo y avergonzando a Neuval, como siempre.

Cleven se acordaba de ese viejo que siempre iba con su padre, se partía de risa con él y al mismo tiempo se preguntaba qué hacía un hombre así de simpático con su padre, que no pegaban ni con cola. Mientras tanto, Neuval y Hana entablaban conversaciones amistosas con los demás miembros de la empresa, y Lex se quedaba a solas con Riku, pasando el tiempo.

Y, como todos los años, no había ni un solo gerente que no se acercase a Neuval para decirle lo asombroso que era su hijo mayor, diciéndole cosas como: “Llegará muy lejos, este Lex, ¡y su chica es muy bella!”, o “Qué pena que no siguiera tus pasos, pero es un joven muy prometedor en su trabajo”, o “Debes de estar orgullosísimo, Lex es un médico excepcional”.

Era cierto que Lex siempre había sido increíblemente listo, aplicado, responsable, atlético, con una media muy alta en todos sus estudios, e incluso se graduó en Medicina con especialización en Neurología en tiempo récord. Así que Lex era neurólogo. El chico perfecto. El hijo, el alumno, el ciudadano perfecto.

Y a todos estos comentarios, Neuval siempre respondía con monosílabos, forzando una sonrisa que ocultaba su pesadumbre, asintiendo a todo lo que decían. Cleven creía que su padre no pensaba igual que sus compañeros de trabajo, porque solía cambiar de tema enseguida, como si no le importara. Pero la verdad era que el sentimiento de culpa en Neuval era tan grande que era incapaz de hablar sobre Lex con otras personas.

Al final de la cena, llegaba el momento en que Neuval tenía que decir su obligado discurso de motivación de todos los años sobre la esperanza que ponía en la multinacional para el nuevo año, ya que él era el máximo director y creador de esta multinacional. Cleven nunca entendió por qué en esta parte de la velada, varios hombres y mujeres, empleados de la empresa, lloraban en silencio o con disimulo. Ella pensaba que esos adultos estaban un poco locos. Sin embargo, eran lágrimas de largas y trágicas historias que habían podido dejar atrás gracias a Neuval, lágrimas del más inmenso sentimiento de gratitud por él. Porque muchas de esas personas que estaban ahí, no sólo habían sido contratadas para un empleo, habían sido salvadas de anteriores vidas terribles o miserables.

Mientras Cleven se lavaba los dientes, se acordó de otra cosa de aquella cena que la dejó un tanto intrigada. Había una mujer mayor, que llevaba su largo cabello blanco recogido en un alto moño con unos preciosos palillos, del que luego le caían unos mechones por la espalda y, a juzgar por el estilo de vestido que llevaba, Cleven dedujo que era china. Esa mujer se acercó en un momento a su padre para hablarle a solas, junto a la mesa de los canapés. Como Cleven estaba cerca de ellos y le picó su famosa curiosidad, los espió, escondiéndose al otro lado de la mesa, y oyó una extraña conversación:

«—Neuval. No estaba segura de contártelo, pero… verás, estuve varios días en París por asuntos trabajo, hace un mes.

Él la miró enseguida con intranquilidad.

—Por favor, no me digas que has husmeado…

—Lo siento, no pude evitarlo —dijo ella—. Necesitaba averiguarlo. Ya se han cumplido los 35 años, Neuval, sabes que debíamos estar al tanto de esta fecha. Es por tu seguridad.

—A estas alturas, es su seguridad la que peligraría ahora —masculló Neuval con un deje áspero—. ¿Y bien? ¿Lo has…? —carraspeó un poco para recuperar la firmeza en su voz, pues le tembló un poco—. ¿Llegaste a verlo?

—Sí. Desde la distancia. Fui cuidadosa.

Cleven, sin entender nada, vio cómo su padre suspiraba nervioso.

—¿Cómo lo viste?

—Viejo —contestó la mujer—. Delgado… alicaído… Parecía de lo más inofensivo mientras salía de la cárcel.

—¿Lo seguiste? ¿Adónde fue?

—Cogió un taxi. Se fue directamente al barrio de Ferraille.

—Oh... —murmuró Neuval, agachando la cabeza—. Regresó a casa…

—No pude ver mucho más. No parecía haber nada fuera de lo normal. Supongo que ahora disfrutará de la libertad en los años que le quedan.

Cleven se asomó en ese momento un poco y vio la cara llena de odio que tenía su padre, vio cómo apretaba los puños dentro de los bolsillos del pantalón.

—Debería haber muerto en la cárcel.

—Neuval —le sonrió la mujer china, tomándolo suavemente de las mejillas para mirarlo a los ojos—. No digas eso. Ya ha cumplido con su condena y ahora le toca morir solo.

—¿Solo? —se sorprendió.

—Sí. Lilian no estaba por ningún lado. Quizás lo haya abandonado, o quizás se haya marchado a otra parte. No se sabe nada de ella. Así que Jean ahora está solo.

—¿Ella sigue viva? —preguntó amargamente.

—No se sabe. Pero ya está. No hay más, Neuval. Ahora, olvidemos este asunto. Disfruta de esta noche, ¿de acuerdo?

Cleven vio que su padre asentía con un suspiro. Después, aquella mujer mayor le dio un tierno beso en la frente, y ambos se volvieron a adentrar en el ambiente. Permaneció ahí agachada un momento, preguntándose de quiénes estaban hablando, y quién era esa mujer mayor que tanta confianza tenía con su padre. Esa forma de besar a Neuval en la frente, parecía un beso maternal; o eso, o es que le tenía mucho cariño. Se le ocurrió preguntar por esto último a su hermano mayor, por lo que se levantó y se fue a donde estaba Lex.

—¿Esa mujer? —preguntó su hermano—. Pues… es Ming Jie Lao, la exmujer del señor Lao, el viejo que siempre anda con papá. A pesar de estar divorciados, el viejo Lao viene cada año con ella.»

A Cleven le llamaba la atención la relación que tenía su padre con aquella mujer mayor. Tal vez sería tan amiga de él como lo era el viejo Lao, nada más, pensó.

Ya preparada, cuando se metió en el ascensor, se topó ahí dentro con el chico de antes. Se lo pensó un momento antes de entrar, pero al ver que este sonrió como saludo, le devolvió la sonrisa y se metió. Ambos esperaron en silencio, sin mirarse, actitud propia de dos desconocidos. Entonces a Cleven se le cruzó un rayo luminoso por la mente. «¡Lao, ese viejo que se apellida Lao!» pensó, «¡Ah, de eso me sonaba el apellido de ese chico de mi clase, Kyosuke! ¿¡Es su hijo!? No, es demasiado joven…».

—¡Claro, ese viejo es su abuelo! —exclamó a los cuatro vientos, de modo que el chico que iba a su lado se pegó contra la pared del ascensor del susto que se dio—. ¡O sea que ese chico es el nieto del viejo que trabaja con mi padre! ¿¡No!? —preguntó a nadie en especial, pero mirando al chico.

—Si… si vos lo decís… —titubeó aturdido.

Cleven puso una mueca avergonzada, mirando al frente firmemente.

—Uy... perdona —murmuró.

Se vieron envueltos en otro momento de silencio, mientras el ascensor llegaba a la planta baja. Al abrirse las puertas, ella fue a salir la primera, pero de pronto sonó un estruendoso rugido que los dejó paralizados a los dos. La cara de Cleven se volvió tan roja como su pelo. Se agarró el estómago. Sin embargo, vio que de repente el chico le tendió un papel, mientras salían del ascensor. Ella, confusa, lo cogió y lo miró.

«Hey, ¡este es el restaurante Kebab que Raijin me enseñó el otro día!» pensó, observando el folleto del local. «Se paró delante y en silencio, como hizo con los demás sitios de interés mientras me guiaba por las calles. Si Raijin me señaló este sitio, es que a él le parece un buen sitio. Además, está a dos calles del hotel. Puede estar bien. Tenía planeado ir a la cafetería de Yako, pero… la verdad es que me da cosa la posibilidad de encontrarme con Raijin allí, después de lo de anoche…».

Luego pensó que el chico del ascensor había sido muy perspicaz al darle el folleto del restaurante tras escuchar los rugidos de su estómago.

—¡Oye! —lo alcanzó a la salida del hotel, y el chico se paró.

—Oh… Si no te convence, podés darme el folleto de regreso —dijo el chico con tono de disculpa—. Es que tengo la obligación de repartirlos cuando pueda…

—No, de hecho, me gustaría ir ahora a comer a este sitio —le sonrió—. Ahora mismo estoy bastante pelada, y veo que aquí los precios son muy bajos y los platos grandes.

—¡Ah, sí! Pero que eso no te engañe —sonrió el chico también, y se fueron caminando juntos por la calle—. La comida es de calidad, te lo aseguro. ¿Querés que te indique dónde…?

—Sé dónde está el lugar. ¿Tú vas para allá ahora? Si no te importa que te acompañe… Sería raro ponernos a caminar ahora por la misma acera ignorándonos.

—Hahah… Claro que no me importa, por favor. Además, seguro que la jefa me da un plus por traer conmigo a una cliente en persona.

—Si la veo, le hablaré bien de ti y de tu servicio, tranquilo.

—¡Mirá que sos amable! —se rio el chico.

Tras escasos minutos, llegaron al lugar. Era un local no muy grande, pero bien acogedor. Las paredes estaban decoradas con algunas telas de colores, y las sillas eran más bien bancos y banquetas de madera. Estaba lleno de gente de todo tipo, había buen ambiente. Cleven sonrió, fue buena idea ir allí.

—Disculpame, voy a anotar el pedido entregado y enseguida te llevo a una mesa —le dijo el chico, yéndose hacia la barra.

—Vale —asintió, y permaneció en la puerta sola, esperando y aprovechando para echar un vistazo.

No sabía en qué mesa iba a sentarse, porque todo estaba lleno. Observó a todas esas personas riendo y hablando sin parar, de modo que había una de ellas que destacaba notablemente, porque no reía, ni sonreía… ni parecía estar vivo.

—No me fastidies... —musitó Cleven, boquiabierta.

En una pequeña mesa del fondo, ahí estaba sentado, el único rubio del lugar. Tenía la cabeza tumbada sobre los brazos encima de la mesa, con los ojos cerrados y un vaso de cerveza casi vacío reposando al lado. Parecía estar durmiendo, y con esa imagen, Cleven casi se derrite. Pero sacudió la cabeza para espabilarse y se lo quedó mirando fijamente, pensativa.

—Esto está muy lleno —apareció el chico de antes a su lado—. Si vos querés esperar un poco, estoy seguro de que en diez minutos…

—No importa —terció la joven—. Me sentaré allí —le señaló la mesa del fondo.

—¿Allá? ¿Con ese? ¿Estás segura? —se sorprendió—. Te aviso que ese chico está hoy de mal humor.

—No, si ya lo conozco.

—Oh…

—¿Tú también lo conoces?

—Sí, Raijin y yo vamos a la misma facultad de Medicina. Además, vivimos puerta con puerta. Es mi vecino.

Cuando el chico le indicó que pasase sin problema, ella se dirigió allí. Se sentó en el taburete de enfrente con cautela, por lo que Raijin no se enteró. La joven se quedó observándolo con mariposas en el estómago como una buena acosadora. Dormido parecía un verdadero ángel. No pudo evitarlo, casi fue sin pensarlo, le apartó un mechón de pelo de los ojos con sutileza… y de pronto Raijin se irguió, pegando un brinco del susto. Cleven apartó la mano de golpe al sentir un calambre, también con susto. Raijin se la quedó mirando con cara adormilada y sorprendida a la vez. Ella le sonrió, un poco nerviosa, y finalmente el rubio dio un fuerte suspiro.

—Joder… —musitó mientras se frotaba los ojos—. Me estoy empezando a plantear si denunciarte por acoso o no...

—¡Oye! —protestó Cleven.

—Me sigues a todas partes —dijo, clavándole unos ojos recelosos—. ¿Por qué no me dejas en paz?

—Estoy aquí por pura casualidad, te lo juro. Y no había más mesas libres donde sentarme.

—¿Libres? —se mosqueó Raijin, y clavó un dedo en la mesa—. ¿Soy transparente o qué?

Cleven le sacó la lengua con burla como respuesta, y en ese momento apareció el chico de antes con una libreta en la mano.

—Hola, Rai, buena compañía, ¿eh? —le dijo con sorna al rubio.

—Eliam, ¿la has sentado tú aquí? —gruñó.

—No, ella quiso —contestó, y Raijin miró a otro lado, pasivo, dando otro suspiro—. Bueno, ¿qué vas a tomar?

—Lo que sea que no sobrepase los 600 yenes —respondió Cleven—. No llevo más encima. Me fío de ti.

—¿Lo que sea? Está bien —sonrió, y apuntó algo en la libreta—. No te defraudaré.

Raijin miraba a uno y a otro, con una mueca confusa.

—¿Qué es esta confianza? ¿Os conocíais?

—Hahah, qué va, nos acabamos de conocer —se rio Eliam—. Fui a entregar un pedido al hotel de aquí cerca. Una confusión con el número y coincidir en el ascensor fueron los responsables.

—Y me alegro, ya que últimamente cuesta encontrar gente simpática que te trata bien —se rio Cleven también.

Raijin supo de sobra que aquello fue una indirecta directa contra él. Le lanzó a Cleven una mirada enfurruñada.

—¿Sabes lo que cuesta encontrar últimamente también? Espacio y privacidad —respondió de vuelta.

Eliam los estuvo observando muy quieto, moviendo sólo los ojos, notando a distancia la tensión que había entre esos dos. Pero más que incomodarle, le resultó interesante, porque era raro ver a Raijin respondiendo a comentarios provocativos, cayendo en ese tipo de juegos infantiles y expresándose como un humano.

—Si quieres espacio, puedes irte —le espetó Cleven—. Parece que ya has terminado de consumir, ahora sólo estás ocupando una silla que podría ocupar otro consumidor.

—Yo de aquí no me muevo —refunfuñó Raijin—. Jones, tráeme otra cerveza.

—Marchando.

—¿Eh? —saltó Cleven, mirando al chico—. ¿Jones? ¿¡Te apellidas Jones!? Ay, madre, te pareces tanto a… ¿Tú no serás por casualidad… un familiar de Drasik Jones?

—¿De qué conoces a Drasik? —preguntaron Eliam y Raijin a la vez, lo que la sorprendió mucho.

—Eh… estamos en la misma clase del instituto —contestó, mirando un momento a Raijin, sin entender por qué él también había preguntado.

—No te acerques mucho a él —volvieron a decir los dos al unísono, tan seriamente que la joven se sobresaltó.

—No, si eso lo tengo muy claro... Pero ¿por qué...?

—Mi hermano tiene ese maldito imán para las chicas lindas —le explicó Eliam—. Es capaz de conquistarlas y entonces ellas no tienen escapatoria, en serio, mejor no te acerques a él. ¿Te hizo algo molesto ya?

—No, pero va por ese camino —masculló entre dientes, entendiendo ya a qué se refería—. ¿Tú también conoces a Drasik, Raijin?

—Evidentemente —contestó Eliam—. Si yo soy vecino de él, Drasik también.

—Ah, claro —cayó.

Eliam se marchó con el pedido y Raijin y ella se quedaron solos otra vez, sentados en la misma mesa, uno frente al otro. Entonces habló Cleven.

—¿Cómo es que estabas durmiendo aquí? No es muy usual algo así en un restaurante.

—Porque tengo sueño —gruñó, mirando a otra parte.

—No, claro, supongo —dijo con ironía—. ¿Volviste a casa tarde ayer? Seguro que sí.

—No. No tengo mucho tiempo para dormir.

Cleven bajó la mirada, sin saber qué más decir. Al menos, ya había conseguido hacer que hablara con ella, y eso era un paso muy importante, lo que la hizo bastante feliz. Tal vez ya se había acostumbrado a ella y a sus interrogatorios. Estuvieron un rato en silencio, pero estaba segura de que él todavía no había olvidado las rudas palabras que ella le dirigió anoche. Estaba un poco arrepentida, y no podía permanecer así mucho tiempo.

—Oye… —empezó—. Siento lo que te dije anoche, me pasé un poco.

—Déjalo —la cortó, y entonces la miró a los ojos brevemente—. No tienes que disculparte.

Cleven se sorprendió un poco por lo que acababa de decir. ¿Que no tenía que disculparse? ¿Significaba eso que Raijin había aceptado lo que le dijo anoche? No se lo esperaba para nada. ¿De verdad podría haber una pizca de debilidad en él? Cleven no podía verlo, pero la barrera de hielo que cubría el corazón del rubio ya se había empezado a resquebrajar.

—Bueno… ¿Qué haces aquí? —le preguntó ella para cambiar de tema—. Creía que estarías en la cafetería de Yako.

—No —murmuró amargamente.

La joven no supo por qué, pero intuía que Yako y él estaban enfadados el uno con el otro. «¿Qué habrá pasado?» se preguntó con asombro.

—¿Yako está enfadado contigo? —quiso saber.

—No.

—Entonces tú con él.

—¡No! —saltó molesto—. Es que no me apetece verlo ahora, ¿vale? No te metas donde no te llaman.

Cleven suspiró cansada.

—Vale, perdona. Yo sólo… Es que me preocupo.

Raijin la miró en ese momento, en silencio, mientras ella miraba a otro sitio. La estuvo observando sin que ella se diese cuenta durante un buen rato, de una manera bastante intensa. Sólo cuando llegó Eliam con el plato de Cleven y su cerveza, apartó enseguida la vista de ella con disimulo. Cleven le dio las gracias a Eliam y este volvió a irse, y miró su kebab con ojos brillantes. Raijin vio de reojo cómo la joven se frotaba las manos y comenzaba a engullir la comida, idéntica a un híbrido mitad pato mitad cerdo, con lo que pudo confirmar que esa chica era una auténtica criatura de circo.

—Raijin, dimem... —comentó Cleven con la boca llena—. ¿Qué vaff a haffer luego? —tragó la comida y levantó una mano con vehemencia—. No es que pretenda seguirte ni nada de eso —le aseguró—. Es simple curiosidad.

El rubio apoyó la cabeza en una mano y miró hacia otro lado. A Cleven le sorprendió descubrir en él una expresión bastante más apaciguada.

—Voy al cementerio —contestó.

Iba a darle otro bocado al kebab, pero Cleven se detuvo y se lo quedó mirando, algo incómoda. Fue a decir algo, pero se abstuvo. Adivinó que tal vez iría a visitar a algún ser querido fallecido, y se dio cuenta de que nunca se habría imaginado algo así por parte de él. Ya sabía que Raijin lamentaba esas pérdidas, expresando su apatía hacia el mundo. Y, aun así, visitaba a sus seres queridos. Había gente que no lo hacía, por olvidar el pasado, pero él no.

Cleven carraspeó un poco y miró a otra parte, sin decir nada, y continuó comiendo tranquilamente. Vio por el rabillo del ojo que Raijin la estaba observando, y se puso algo nerviosa, ruborizándose. Le extrañaba mucho que la estuviese mirando de aquella manera, tan seria y detenidamente. «¿Qué le pasa ahora?» se preguntó, «¿Tengo la cara manchada de salsa? Seguro». Fue a limpiarse con la servilleta, apurada, pero se quedó congelada cuando Raijin le hizo una pregunta inesperada.

—¿Vienes conmigo?









33.
Comida turca

Un poco antes del mediodía, en la habitación de un hotel de Tokio, se oían continuos golpecitos en la puerta que la fueron despertando poco a poco, hasta por completo. Cleven se desperezó entre el edredón, frunciendo el ceño con extrañeza. Pensó que tal vez sería un botones o el servicio de limpieza, así que, medio dormida, fue a abrir la puerta de la habitación.

Se encontró con un chico joven que a primera vista lo identificó con el idiota de su clase, Drasik, pero, incrédula, se frotó los ojos y después los abrió bien. No, no era él, menos mal, se dijo. Era un chico normal, abrigado con gorro de lana y una ancha chaqueta vaquera. Sujetaba en una mano una bolsa de plástico que tenía varios bultos en su interior, y estaba mascando un regaliz rojo, colgando de su boca. Con la forma de mirar fijamente a Cleven, ahí quieto y con el regaliz en la boca, recordaba a un hámster realmente gracioso.

—¿Eh? —consiguió pronunciar Cleven, entornando los ojos con confusión.

El chico se quitó el regaliz de la boca.

—¿Comida turca? —preguntó.

—No, qué va... —contestó—. No la he pedido.

El chico frunció los labios con sorpresa, y sacó un papelito del bolsillo de su pantalón.

¡Ay, mierda! —exclamó de tal manera que Cleven pegó un brinco del susto—. ¡Sabía que lo escribió al revés! Le tengo dicho al compa que marque una base bajo el número…

Cleven se quedó en el sitio, no entendía el idioma en el que se puso a hablar de repente.

—Eh… ¿Estás bien? —le preguntó.

—Aha… —sonrió de pronto—. Disculpá las molestias. ¿Vos… podés decirme por qué lado queda la habitación 89? Es que lo leí al revés por error en el papel, y pensé que debía ir a esta habitación, la 68.

—Es por esa dirección —contestó Cleven, señalándole a la izquierda—. Y no te preocupes, no ha sido molestia, de hecho, me has hecho un favor despertándome ahora.

—Uf… Me alegra oírlo. Muy amable, muchas gracias —se inclinó educadamente, y se marchó para allá.

La joven permaneció unos segundos en la puerta, recapacitando. Qué chico más simpático y educado, pensó, pero ¿por qué le sonaba tanto? Tenía un parecido facial demasiado notable con Drasik.

Volvió a meterse en la habitación para vestirse y salir a comer fuera. A pesar de haber dormido bastantes horas, se encontraba cansada y con dolor de cabeza. Eso le pasaba por beber. Aunque hubieran sido dos copas. Tenía planeado ir después de comer a la dirección que consiguió en el instituto y comprobar si su tío aún vivía ahí.

Mientras se aseaba en el baño, fue recordando lo que vivió la noche anterior. Lo primero, la parte de Raijin. Seguía sintiéndose incómoda con lo que le dijo, así que decidió no darle más vueltas. Lo segundo, cuando vio a Lex y a Riku. No se lo esperó, desde luego.

La última vez que vio a Lex fue en la fiesta de Hatsumode, después de Fin de Año, hace un par de semanas. Por mucho que su padre y su hermano mayor no se hablaran, Lex al menos venía a ver a sus hermanos en Fin de Año y en otras festividades que solían ser familiares.

En el pasado Hatsumode, como muchas otras familias que seguían la tradición, fueron todos a hacer la primera visita del año al templo y pedir deseos, suerte y prosperidad para el nuevo año. Todos vistieron con kimonos, y Cleven llevaba el de su madre. Estuvieron el día de paseo por los recintos del templo, ella, su padre, Hana, Yenkis y Lex, que también había traído consigo a su novia Riku y a los padres de esta.

Cleven y su hermano pequeño estuvieron todo el tiempo armando alboroto con Lex, dándole la lata, pidiéndole que los invitase a un refresco, que los llevase a las atracciones del festival, etcétera, mientras Riku se quedaba con sus padres y con Hana y Neuval, hablando tranquilamente, visitando las exposiciones. Lex y su padre se ignoraban completamente, y aunque esto debería ser un poco incómodo para el resto, el hecho de haber sido así durante tanto tiempo ya los había acostumbrado.

Después, el último día, iban a la cena de la empresa de Neuval, donde iban todos los gerentes de la multinacional con sus familias. Todos procedían de varios países, en los que Neuval tenía distribuidas sus empresas. Ahí Cleven se dedicaba a jugar con Yenkis y los demás niños que había, para evitar el aburrimiento más que nada, e incluso el mismísimo viejo Lao se les unía y se ponía a jugar con ellos al pilla-pilla, dando el espectáculo y avergonzando a Neuval, como siempre.

Cleven se acordaba de ese viejo que siempre iba con su padre, se partía de risa con él y al mismo tiempo se preguntaba qué hacía un hombre así de simpático con su padre, que no pegaban ni con cola. Mientras tanto, Neuval y Hana entablaban conversaciones amistosas con los demás miembros de la empresa, y Lex se quedaba a solas con Riku, pasando el tiempo.

Y, como todos los años, no había ni un solo gerente que no se acercase a Neuval para decirle lo asombroso que era su hijo mayor, diciéndole cosas como: “Llegará muy lejos, este Lex, ¡y su chica es muy bella!”, o “Qué pena que no siguiera tus pasos, pero es un joven muy prometedor en su trabajo”, o “Debes de estar orgullosísimo, Lex es un médico excepcional”.

Era cierto que Lex siempre había sido increíblemente listo, aplicado, responsable, atlético, con una media muy alta en todos sus estudios, e incluso se graduó en Medicina con especialización en Neurología en tiempo récord. Así que Lex era neurólogo. El chico perfecto. El hijo, el alumno, el ciudadano perfecto.

Y a todos estos comentarios, Neuval siempre respondía con monosílabos, forzando una sonrisa que ocultaba su pesadumbre, asintiendo a todo lo que decían. Cleven creía que su padre no pensaba igual que sus compañeros de trabajo, porque solía cambiar de tema enseguida, como si no le importara. Pero la verdad era que el sentimiento de culpa en Neuval era tan grande que era incapaz de hablar sobre Lex con otras personas.

Al final de la cena, llegaba el momento en que Neuval tenía que decir su obligado discurso de motivación de todos los años sobre la esperanza que ponía en la multinacional para el nuevo año, ya que él era el máximo director y creador de esta multinacional. Cleven nunca entendió por qué en esta parte de la velada, varios hombres y mujeres, empleados de la empresa, lloraban en silencio o con disimulo. Ella pensaba que esos adultos estaban un poco locos. Sin embargo, eran lágrimas de largas y trágicas historias que habían podido dejar atrás gracias a Neuval, lágrimas del más inmenso sentimiento de gratitud por él. Porque muchas de esas personas que estaban ahí, no sólo habían sido contratadas para un empleo, habían sido salvadas de anteriores vidas terribles o miserables.

Mientras Cleven se lavaba los dientes, se acordó de otra cosa de aquella cena que la dejó un tanto intrigada. Había una mujer mayor, que llevaba su largo cabello blanco recogido en un alto moño con unos preciosos palillos, del que luego le caían unos mechones por la espalda y, a juzgar por el estilo de vestido que llevaba, Cleven dedujo que era china. Esa mujer se acercó en un momento a su padre para hablarle a solas, junto a la mesa de los canapés. Como Cleven estaba cerca de ellos y le picó su famosa curiosidad, los espió, escondiéndose al otro lado de la mesa, y oyó una extraña conversación:

«—Neuval. No estaba segura de contártelo, pero… verás, estuve varios días en París por asuntos trabajo, hace un mes.

Él la miró enseguida con intranquilidad.

—Por favor, no me digas que has husmeado…

—Lo siento, no pude evitarlo —dijo ella—. Necesitaba averiguarlo. Ya se han cumplido los 35 años, Neuval, sabes que debíamos estar al tanto de esta fecha. Es por tu seguridad.

—A estas alturas, es su seguridad la que peligraría ahora —masculló Neuval con un deje áspero—. ¿Y bien? ¿Lo has…? —carraspeó un poco para recuperar la firmeza en su voz, pues le tembló un poco—. ¿Llegaste a verlo?

—Sí. Desde la distancia. Fui cuidadosa.

Cleven, sin entender nada, vio cómo su padre suspiraba nervioso.

—¿Cómo lo viste?

—Viejo —contestó la mujer—. Delgado… alicaído… Parecía de lo más inofensivo mientras salía de la cárcel.

—¿Lo seguiste? ¿Adónde fue?

—Cogió un taxi. Se fue directamente al barrio de Ferraille.

—Oh... —murmuró Neuval, agachando la cabeza—. Regresó a casa…

—No pude ver mucho más. No parecía haber nada fuera de lo normal. Supongo que ahora disfrutará de la libertad en los años que le quedan.

Cleven se asomó en ese momento un poco y vio la cara llena de odio que tenía su padre, vio cómo apretaba los puños dentro de los bolsillos del pantalón.

—Debería haber muerto en la cárcel.

—Neuval —le sonrió la mujer china, tomándolo suavemente de las mejillas para mirarlo a los ojos—. No digas eso. Ya ha cumplido con su condena y ahora le toca morir solo.

—¿Solo? —se sorprendió.

—Sí. Lilian no estaba por ningún lado. Quizás lo haya abandonado, o quizás se haya marchado a otra parte. No se sabe nada de ella. Así que Jean ahora está solo.

—¿Ella sigue viva? —preguntó amargamente.

—No se sabe. Pero ya está. No hay más, Neuval. Ahora, olvidemos este asunto. Disfruta de esta noche, ¿de acuerdo?

Cleven vio que su padre asentía con un suspiro. Después, aquella mujer mayor le dio un tierno beso en la frente, y ambos se volvieron a adentrar en el ambiente. Permaneció ahí agachada un momento, preguntándose de quiénes estaban hablando, y quién era esa mujer mayor que tanta confianza tenía con su padre. Esa forma de besar a Neuval en la frente, parecía un beso maternal; o eso, o es que le tenía mucho cariño. Se le ocurrió preguntar por esto último a su hermano mayor, por lo que se levantó y se fue a donde estaba Lex.

—¿Esa mujer? —preguntó su hermano—. Pues… es Ming Jie Lao, la exmujer del señor Lao, el viejo que siempre anda con papá. A pesar de estar divorciados, el viejo Lao viene cada año con ella.»

A Cleven le llamaba la atención la relación que tenía su padre con aquella mujer mayor. Tal vez sería tan amiga de él como lo era el viejo Lao, nada más, pensó.

Ya preparada, cuando se metió en el ascensor, se topó ahí dentro con el chico de antes. Se lo pensó un momento antes de entrar, pero al ver que este sonrió como saludo, le devolvió la sonrisa y se metió. Ambos esperaron en silencio, sin mirarse, actitud propia de dos desconocidos. Entonces a Cleven se le cruzó un rayo luminoso por la mente. «¡Lao, ese viejo que se apellida Lao!» pensó, «¡Ah, de eso me sonaba el apellido de ese chico de mi clase, Kyosuke! ¿¡Es su hijo!? No, es demasiado joven…».

—¡Claro, ese viejo es su abuelo! —exclamó a los cuatro vientos, de modo que el chico que iba a su lado se pegó contra la pared del ascensor del susto que se dio—. ¡O sea que ese chico es el nieto del viejo que trabaja con mi padre! ¿¡No!? —preguntó a nadie en especial, pero mirando al chico.

—Si… si vos lo decís… —titubeó aturdido.

Cleven puso una mueca avergonzada, mirando al frente firmemente.

—Uy... perdona —murmuró.

Se vieron envueltos en otro momento de silencio, mientras el ascensor llegaba a la planta baja. Al abrirse las puertas, ella fue a salir la primera, pero de pronto sonó un estruendoso rugido que los dejó paralizados a los dos. La cara de Cleven se volvió tan roja como su pelo. Se agarró el estómago. Sin embargo, vio que de repente el chico le tendió un papel, mientras salían del ascensor. Ella, confusa, lo cogió y lo miró.

«Hey, ¡este es el restaurante Kebab que Raijin me enseñó el otro día!» pensó, observando el folleto del local. «Se paró delante y en silencio, como hizo con los demás sitios de interés mientras me guiaba por las calles. Si Raijin me señaló este sitio, es que a él le parece un buen sitio. Además, está a dos calles del hotel. Puede estar bien. Tenía planeado ir a la cafetería de Yako, pero… la verdad es que me da cosa la posibilidad de encontrarme con Raijin allí, después de lo de anoche…».

Luego pensó que el chico del ascensor había sido muy perspicaz al darle el folleto del restaurante tras escuchar los rugidos de su estómago.

—¡Oye! —lo alcanzó a la salida del hotel, y el chico se paró.

—Oh… Si no te convence, podés darme el folleto de regreso —dijo el chico con tono de disculpa—. Es que tengo la obligación de repartirlos cuando pueda…

—No, de hecho, me gustaría ir ahora a comer a este sitio —le sonrió—. Ahora mismo estoy bastante pelada, y veo que aquí los precios son muy bajos y los platos grandes.

—¡Ah, sí! Pero que eso no te engañe —sonrió el chico también, y se fueron caminando juntos por la calle—. La comida es de calidad, te lo aseguro. ¿Querés que te indique dónde…?

—Sé dónde está el lugar. ¿Tú vas para allá ahora? Si no te importa que te acompañe… Sería raro ponernos a caminar ahora por la misma acera ignorándonos.

—Hahah… Claro que no me importa, por favor. Además, seguro que la jefa me da un plus por traer conmigo a una cliente en persona.

—Si la veo, le hablaré bien de ti y de tu servicio, tranquilo.

—¡Mirá que sos amable! —se rio el chico.

Tras escasos minutos, llegaron al lugar. Era un local no muy grande, pero bien acogedor. Las paredes estaban decoradas con algunas telas de colores, y las sillas eran más bien bancos y banquetas de madera. Estaba lleno de gente de todo tipo, había buen ambiente. Cleven sonrió, fue buena idea ir allí.

—Disculpame, voy a anotar el pedido entregado y enseguida te llevo a una mesa —le dijo el chico, yéndose hacia la barra.

—Vale —asintió, y permaneció en la puerta sola, esperando y aprovechando para echar un vistazo.

No sabía en qué mesa iba a sentarse, porque todo estaba lleno. Observó a todas esas personas riendo y hablando sin parar, de modo que había una de ellas que destacaba notablemente, porque no reía, ni sonreía… ni parecía estar vivo.

—No me fastidies... —musitó Cleven, boquiabierta.

En una pequeña mesa del fondo, ahí estaba sentado, el único rubio del lugar. Tenía la cabeza tumbada sobre los brazos encima de la mesa, con los ojos cerrados y un vaso de cerveza casi vacío reposando al lado. Parecía estar durmiendo, y con esa imagen, Cleven casi se derrite. Pero sacudió la cabeza para espabilarse y se lo quedó mirando fijamente, pensativa.

—Esto está muy lleno —apareció el chico de antes a su lado—. Si vos querés esperar un poco, estoy seguro de que en diez minutos…

—No importa —terció la joven—. Me sentaré allí —le señaló la mesa del fondo.

—¿Allá? ¿Con ese? ¿Estás segura? —se sorprendió—. Te aviso que ese chico está hoy de mal humor.

—No, si ya lo conozco.

—Oh…

—¿Tú también lo conoces?

—Sí, Raijin y yo vamos a la misma facultad de Medicina. Además, vivimos puerta con puerta. Es mi vecino.

Cuando el chico le indicó que pasase sin problema, ella se dirigió allí. Se sentó en el taburete de enfrente con cautela, por lo que Raijin no se enteró. La joven se quedó observándolo con mariposas en el estómago como una buena acosadora. Dormido parecía un verdadero ángel. No pudo evitarlo, casi fue sin pensarlo, le apartó un mechón de pelo de los ojos con sutileza… y de pronto Raijin se irguió, pegando un brinco del susto. Cleven apartó la mano de golpe al sentir un calambre, también con susto. Raijin se la quedó mirando con cara adormilada y sorprendida a la vez. Ella le sonrió, un poco nerviosa, y finalmente el rubio dio un fuerte suspiro.

—Joder… —musitó mientras se frotaba los ojos—. Me estoy empezando a plantear si denunciarte por acoso o no...

—¡Oye! —protestó Cleven.

—Me sigues a todas partes —dijo, clavándole unos ojos recelosos—. ¿Por qué no me dejas en paz?

—Estoy aquí por pura casualidad, te lo juro. Y no había más mesas libres donde sentarme.

—¿Libres? —se mosqueó Raijin, y clavó un dedo en la mesa—. ¿Soy transparente o qué?

Cleven le sacó la lengua con burla como respuesta, y en ese momento apareció el chico de antes con una libreta en la mano.

—Hola, Rai, buena compañía, ¿eh? —le dijo con sorna al rubio.

—Eliam, ¿la has sentado tú aquí? —gruñó.

—No, ella quiso —contestó, y Raijin miró a otro lado, pasivo, dando otro suspiro—. Bueno, ¿qué vas a tomar?

—Lo que sea que no sobrepase los 600 yenes —respondió Cleven—. No llevo más encima. Me fío de ti.

—¿Lo que sea? Está bien —sonrió, y apuntó algo en la libreta—. No te defraudaré.

Raijin miraba a uno y a otro, con una mueca confusa.

—¿Qué es esta confianza? ¿Os conocíais?

—Hahah, qué va, nos acabamos de conocer —se rio Eliam—. Fui a entregar un pedido al hotel de aquí cerca. Una confusión con el número y coincidir en el ascensor fueron los responsables.

—Y me alegro, ya que últimamente cuesta encontrar gente simpática que te trata bien —se rio Cleven también.

Raijin supo de sobra que aquello fue una indirecta directa contra él. Le lanzó a Cleven una mirada enfurruñada.

—¿Sabes lo que cuesta encontrar últimamente también? Espacio y privacidad —respondió de vuelta.

Eliam los estuvo observando muy quieto, moviendo sólo los ojos, notando a distancia la tensión que había entre esos dos. Pero más que incomodarle, le resultó interesante, porque era raro ver a Raijin respondiendo a comentarios provocativos, cayendo en ese tipo de juegos infantiles y expresándose como un humano.

—Si quieres espacio, puedes irte —le espetó Cleven—. Parece que ya has terminado de consumir, ahora sólo estás ocupando una silla que podría ocupar otro consumidor.

—Yo de aquí no me muevo —refunfuñó Raijin—. Jones, tráeme otra cerveza.

—Marchando.

—¿Eh? —saltó Cleven, mirando al chico—. ¿Jones? ¿¡Te apellidas Jones!? Ay, madre, te pareces tanto a… ¿Tú no serás por casualidad… un familiar de Drasik Jones?

—¿De qué conoces a Drasik? —preguntaron Eliam y Raijin a la vez, lo que la sorprendió mucho.

—Eh… estamos en la misma clase del instituto —contestó, mirando un momento a Raijin, sin entender por qué él también había preguntado.

—No te acerques mucho a él —volvieron a decir los dos al unísono, tan seriamente que la joven se sobresaltó.

—No, si eso lo tengo muy claro... Pero ¿por qué...?

—Mi hermano tiene ese maldito imán para las chicas lindas —le explicó Eliam—. Es capaz de conquistarlas y entonces ellas no tienen escapatoria, en serio, mejor no te acerques a él. ¿Te hizo algo molesto ya?

—No, pero va por ese camino —masculló entre dientes, entendiendo ya a qué se refería—. ¿Tú también conoces a Drasik, Raijin?

—Evidentemente —contestó Eliam—. Si yo soy vecino de él, Drasik también.

—Ah, claro —cayó.

Eliam se marchó con el pedido y Raijin y ella se quedaron solos otra vez, sentados en la misma mesa, uno frente al otro. Entonces habló Cleven.

—¿Cómo es que estabas durmiendo aquí? No es muy usual algo así en un restaurante.

—Porque tengo sueño —gruñó, mirando a otra parte.

—No, claro, supongo —dijo con ironía—. ¿Volviste a casa tarde ayer? Seguro que sí.

—No. No tengo mucho tiempo para dormir.

Cleven bajó la mirada, sin saber qué más decir. Al menos, ya había conseguido hacer que hablara con ella, y eso era un paso muy importante, lo que la hizo bastante feliz. Tal vez ya se había acostumbrado a ella y a sus interrogatorios. Estuvieron un rato en silencio, pero estaba segura de que él todavía no había olvidado las rudas palabras que ella le dirigió anoche. Estaba un poco arrepentida, y no podía permanecer así mucho tiempo.

—Oye… —empezó—. Siento lo que te dije anoche, me pasé un poco.

—Déjalo —la cortó, y entonces la miró a los ojos brevemente—. No tienes que disculparte.

Cleven se sorprendió un poco por lo que acababa de decir. ¿Que no tenía que disculparse? ¿Significaba eso que Raijin había aceptado lo que le dijo anoche? No se lo esperaba para nada. ¿De verdad podría haber una pizca de debilidad en él? Cleven no podía verlo, pero la barrera de hielo que cubría el corazón del rubio ya se había empezado a resquebrajar.

—Bueno… ¿Qué haces aquí? —le preguntó ella para cambiar de tema—. Creía que estarías en la cafetería de Yako.

—No —murmuró amargamente.

La joven no supo por qué, pero intuía que Yako y él estaban enfadados el uno con el otro. «¿Qué habrá pasado?» se preguntó con asombro.

—¿Yako está enfadado contigo? —quiso saber.

—No.

—Entonces tú con él.

—¡No! —saltó molesto—. Es que no me apetece verlo ahora, ¿vale? No te metas donde no te llaman.

Cleven suspiró cansada.

—Vale, perdona. Yo sólo… Es que me preocupo.

Raijin la miró en ese momento, en silencio, mientras ella miraba a otro sitio. La estuvo observando sin que ella se diese cuenta durante un buen rato, de una manera bastante intensa. Sólo cuando llegó Eliam con el plato de Cleven y su cerveza, apartó enseguida la vista de ella con disimulo. Cleven le dio las gracias a Eliam y este volvió a irse, y miró su kebab con ojos brillantes. Raijin vio de reojo cómo la joven se frotaba las manos y comenzaba a engullir la comida, idéntica a un híbrido mitad pato mitad cerdo, con lo que pudo confirmar que esa chica era una auténtica criatura de circo.

—Raijin, dimem... —comentó Cleven con la boca llena—. ¿Qué vaff a haffer luego? —tragó la comida y levantó una mano con vehemencia—. No es que pretenda seguirte ni nada de eso —le aseguró—. Es simple curiosidad.

El rubio apoyó la cabeza en una mano y miró hacia otro lado. A Cleven le sorprendió descubrir en él una expresión bastante más apaciguada.

—Voy al cementerio —contestó.

Iba a darle otro bocado al kebab, pero Cleven se detuvo y se lo quedó mirando, algo incómoda. Fue a decir algo, pero se abstuvo. Adivinó que tal vez iría a visitar a algún ser querido fallecido, y se dio cuenta de que nunca se habría imaginado algo así por parte de él. Ya sabía que Raijin lamentaba esas pérdidas, expresando su apatía hacia el mundo. Y, aun así, visitaba a sus seres queridos. Había gente que no lo hacía, por olvidar el pasado, pero él no.

Cleven carraspeó un poco y miró a otra parte, sin decir nada, y continuó comiendo tranquilamente. Vio por el rabillo del ojo que Raijin la estaba observando, y se puso algo nerviosa, ruborizándose. Le extrañaba mucho que la estuviese mirando de aquella manera, tan seria y detenidamente. «¿Qué le pasa ahora?» se preguntó, «¿Tengo la cara manchada de salsa? Seguro». Fue a limpiarse con la servilleta, apurada, pero se quedó congelada cuando Raijin le hizo una pregunta inesperada.

—¿Vienes conmigo?





Comentarios

  1. COmo siempre, me encanta Drasik y me da realmente mucha pena que al inicio nunca le cuenten nada y lo traten como el idiota sin remedio, al que es mejor no hacerle mucho caso. Ciertamente al principio todos pecan de no respetarle en lo mas minimo y en infavalorarlo, al grado de sorprenderse realmente de que puede hacer cosas increibles.

    Por otro lado la la casualidad no quiere que Cleven se encuentre con Brey, a pesar de que ya se encontro con Raijin, lo que puede hacer el no recordar la cara ajena y el no haberse presentado con sus nombres desde el inicio xD

    ResponderEliminar

Publicar un comentario