1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __
Cleven se acabó la copa y fue a dejarla en la barra. Pero nada más levantarse, se dio de bruces con alguien que justo pasaba delante de ella, y perdió el equilibrio, y se habría zambullido derecha a la fuente de no ser porque ese alguien la agarró del brazo instintivamente a tiempo. El vaso se le había resbalado de las manos y fue a estrellarse al suelo, pero Cleven estaba con los cinco sentidos clavados en Raijin, pasmada.
—La vache... —murmuró en francés.
Raijin, que seguía sujetándola del brazo, la miraba más pasmado que ella.
—¿¡Q… qué demonios haces tú aquí!? —exclamó, soltándola.
—Te he seguido —contestó ella, mostrándole su más encantadora sonrisa.
«¿“Te he seguido”?» se repitió a sí misma, «Pero ¿¡qué estás diciendo, so tonta!? ¿¡No podrías haberle dicho otra cosa como “pasaba por aquí” o “nada, disfrutando una noche de ocio”!? ¡Seré idiota!».
Raijin permaneció con una ceja arqueada, analizando aquella respuesta, tras lo cual puso una cara de enorme recelo.
—¿Cómo has entrado, pipiola? —le preguntó, realmente mosqueado—. ¡Si eres una cría!
—¡Eh! —saltó Cleven, apuntándole con el dedo—. ¡Mira quién fue a hablar, señor “soborno”!
—¡Baja la voz! —se sobresaltó, mirando a su alrededor.
Cleven se extrañó al verlo nervioso por primera vez desde que lo conoció, observando rápidamente cada rincón del lugar.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, pensando que había algún asesino persiguiéndolo.
Raijin no respondió, pero de pronto pegó un brinco, se puso en tensión y se fue pitando de allí, dejándola ahí sola. Cleven, sin comprender, dirigió la mirada hacia el mismo lugar donde Raijin la tenía hace unos segundos.
—¡Le…! ¡Ahhh! —dio el mayor respingo de su vida al ver allí a alguien muy, muy familiar y, con los pelos de punta, dio un paso adelante, luego hacia atrás y luego hacia los lados. No tenía ni idea de por dónde huir, sólo era cuestión de segundos que el joven que había allí en la barra con su novia la viese.
Y ya está. Cuando aquel joven dirigió su mirada hacia donde estaba ella, Cleven se tiró a la fuente sin pensarlo dos veces. El hombre que estaba en la barra poco le faltó para verla. Sólo se quedó un poco chocado, pues le había parecido ver a alguien junto a la fuente y ahora no estaba. La chica que reposaba entre sus brazos observó a su novio con extrañeza.
—¿Lex? ¿Te pasa algo? —le preguntó.
—Mmno... —respondió lentamente, reflexivo, y miró a la mujer con el ceño fruncido—. Me había parecido ver a mi hermana.
«¡Lex y Riku!» pensó Cleven, «¡Mierda, Lex está aquí! Si me ve aquí, me mata».
—¡Jaja! —rio la mujer con ganas—. ¡Sí, claro! ¿Cleventine aquí? Ay… —suspiró mientras le quitaba las gafas a Lex—. Deberías trabajar menos, cariño, te estás volviendo paranoico. No irás a trabajar estos días festivos, ¿verdad?
—¿Bromeas? —sonrió mientras la besaba en el cuello—. Tengo un montón de consultas que atender esta semana… y diagnósticos que hacer a un montón de pacientes…
—Vamos, relájate —le susurró sensualmente, serpenteando hacia su cara, y los dos empezaron a besarse—. Examíname a mí.
«Ay, Dios, qué vergüenza…» pensó Cleven, procurando mirar a otra parte. «Mi hermano haciéndose mimitos con Riku es lo último que quiero estar viendo». Se dirigió al otro lado de la fuente con discreción y salió de ella a gatas, chorreando agua por todas partes y poniendo el suelo perdido. Y, gateando, se fue directa a las mesas de más allá donde se había camuflado Raijin, unas mesas acopladas a la pared con dos sillones a cada lado cada una. Fue observada con gran sorpresa por la gente, aunque a ella le daba igual. Más importante era que su hermano mayor no la viese allí, pues se metería en un buen lío.
Trepó hasta el asiento, sentándose enfrente de Raijin, el cual se la quedó mirando perplejamente.
—¿Qué haces? —preguntó fríamente.
—Es que no quiero que me vea ese hombre de allí —le explicó, señalándole a Lex.
—¿De qué lo conoces? —se extrañó Raijin.
—Ah, no importa. ¿Y tú? ¿De quién huías?
Raijin permaneció en un frío silencio unos momentos, hasta que desvió la mirada y se arrimó más a la pared para camuflarse más.
—De la mujer que está con él.
—¿Por qué? ¿La conoces? —se sorprendió ella esta vez.
—Es que trabaja en… —dijo, pero se calló y miró a Cleven con fiereza—. ¿Y a ti qué coño te importa? ¿Por qué no te largas, pelmaza?
—Oblígame —le sonrió, apoyando la cabeza en una mano—. Raijin.
—Que no me llames así —gruñó.
—Pues dime tu verdadero nombre. Y yo te diré el mío.
—Que te pires.
—¿Dónde está Yako? —preguntó ella tranquilamente—. ¿No estaba contigo?
Y él no contestó, para variar. Raijin se desplomó contra el respaldo, cansado, maldiciendo el día en que aceptó hacerle de guía por la ciudad. Cleven no preguntó nada más, con estar ahí sentada frente a él le era suficiente, y aprovechó el momento.
Raijin, por otra parte, estaba esperando a que apareciera Yako. Los dos se habían dividido para buscar a Kiyomaro, pero por desgracia Raijin había descubierto que Riku –la novia de Lex– estaba allí, y por nada del mundo deseó que lo viera. ¿Por qué? Riku conocía a Raijin y él a ella, pero no por asuntos amorosos, sino por temas laborales. Así que no se atrevió a salir de donde estaba. El lugar donde estaba sentado era el único válido para esconderse de Riku, y ahora estaba atrapado con la pelmaza de Cleven.
Cleven lo observó con curiosidad, viendo cómo el rubio cerraba los ojos, tan abatido que hasta le pareció que se le iba el alma por la boca. No le preguntó qué le pasaba, pues supo de antemano que no le iba a responder. Pero eso no significaba que no estuviese muerta de curiosidad, tenía unas ganas de saber más cosas sobre él... Pero, ¿por dónde empezaría preguntando esta vez? Si algo tenía claro, es que no iba permitir que Raijin siguiera comportándose así de frío con ella. ¿Qué podría hacer?
—Oye, ¿hasta cuándo piensas quedarte ahí? —refunfuñó Raijin, cruzándose de brazos.
—¿Por qué? —sonrió ella tranquilamente.
—Porque quiero que te largues. Quiero que me dejes solo.
Cleven se lo quedó mirando un momento, sin borrar su tierna sonrisa.
—¿Te gusta estar solo? ¿Cómo puede ser eso? A nadie le gusta estar solo.
—Me he pasado la vida solo, así que me la suda.
—¿Y qué pasa con Yako y los otros amigos que tienes?
—No me refería a eso.
—¿Es que no tienes seres queridos? A familiares, me refiero —dijo, empezando a creer que por fin había conseguido comenzar una conversación.
Raijin se quedó en silencio. Por un breve instante desvió la mirada hacia Lex. Después la desvió a otro sitio.
—Ya no... —murmuró.
Cleven se sorprendió al oír esa contestación. «Ya no...» repitió la joven en su cabeza, «¿Quiere decir eso que ya no tiene familia alguna? ¿Por qué?». Al menos, le alegraba ver que Raijin estaba contestando a sus preguntas, raro en él, por lo que pensó que de alguna manera ya estaba cogiendo confianza con ella, aunque fuera mínima.
Se lo veía otra vez molesto por su presencia y, sin embargo, Cleven podía intuir que en el fondo no le importaba tanto que estuviese ahí con él. «Este chico es un misterio. Cuesta entenderle» se dijo, «Repudia a la gente con la que no tiene confianza suficiente, es como si tratara de evitar que alguien desconocido sepa demasiado sobre él. Cuando alguien está tan a la defensiva de su privacidad, es porque tiene algo importante que ocultar, o que proteger… ¿Qué puede ser? Me muero por saberlo».
—¿Es por eso por lo que estás triste todo el tiempo, Raijin? —preguntó entonces.
—No estoy triste —objetó, mientras se encendía un cigarrillo—. ¿Dónde me ves tú cara de triste?
—No me engañas, Raijin —murmuró ella, mirándolo fijamente con las mejillas algo coloradas—. Vas siempre con ese aire indiferente y esa actitud fría que espanta a todo el mundo, pero no me engañas. En parte eres así para ocultarle al mundo tu tristeza y mostrarte como alguien fuerte. ¿Verdad?
—No me vengas con sandeces, pesada —musitó, y Cleven pudo ver en su rostro que lo había pillado, aunque este lo intentase disimular.
—Te observé en la cafetería antes. Y pensé en el día que pasamos ayer. Eres muy extraño. A pesar de tu actitud distante con los demás, pareces alguien dispuesto a ayudar a quien te necesita aunque no tengas ganas, pero rechazas que alguien te ayude a ti.
—¿Porque no necesito ninguna ayuda, tal vez? —preguntó con sarcasmo, dando una calada a su cigarro y mirando hacia otro lado.
—Una voz dentro de ti la pide a gritos.
Raijin giró la cabeza hacia ella, esta vez mirándola perplejo, igual que ayer cuando ella hizo un comentario impertinente similar.
—Para de hacer eso —le advirtió él.
—¿Hacer el qué? —preguntó confusa.
—Esos comentarios tuyos se pasan de rosca. No somos familia, no somos amigos, así que deja de tomarte tantas confianzas conmigo.
—¿Por qué no podemos ser amigos? —protestó ella.
—Porque no quiero. No quiero más amigos, ya tengo los que tengo y no quiero más.
—Creo que es porque tienes miedo.
—¿Estás drogada?
—¿Qué tiene de malo para ti tenerme como amiga?
—¿Serías capaz jurarme que ese es tu único objetivo conmigo sin mentirme?
Cleven esta vez no dijo nada. Miró a un lado, vergonzosa.
—Ya… —asintió Raijin con la cabeza—. No eres la primera que se me acerca con intenciones ocultas fingiendo amabilidad. Tú no quieres ayudarme. Sólo quieres lo mismo que las demás. Eres igual que ellas.
—¡Eso no es verdad! —se impuso Cleven dando un manotazo a la mesa, y Raijin se sobresaltó un poco—. Te digo la pura verdad cuando te digo que quiero ayudarte y que puedes contar conmigo si tienes problemas o preocupaciones. ¡Mira mis ojos y dime que miento sobre eso!
—¿Y qué pasará cuando descubras que, en definitiva, no tienes ni jamás tendrás ninguna posibilidad conmigo? ¿Seguirías igual de interesada en ayudarme con mis problemas?
Cleven se tomó un rato para contestar a eso, pero no apartó una mirada firme de sus ojos.
—Sí. Seguiría interesada en ayudarte. Porque me gustas, me caes bien y me sacas de quicio al mismo tiempo, y me hiciste un enorme favor ayer a pesar de que no tenías ganas, y eso ya es algo que voy a valorar siempre. Estaría dispuesta a ayudarte o a hacer algo que necesitases de mí, incluso aunque tuviera la certeza de que no recibiré de ti nada a cambio. Haría lo mismo por Yako, porque también fue bueno conmigo. Me gusta relacionarme así con la gente, ¿vale?
Raijin se quedó callado unos segundos, mirándola con cara incrédula.
—¡Nos conocimos ayer! ¡Durante apenas cinco horas!
—Suficiente para mí —aseveró Cleven.
—Yey Bogu… —farfulló el chico, frotándose los párpados con agotamiento, con el cigarrillo a medio consumir entre sus dedos—. Escucha. Tú no sabes nada. No entiendes nada. Así que para ya esa actitud insolente conmigo. Tengo paciencia, pero no es ilimitada.
Cleven negó con la cabeza y se levantó del asiento. Y se fue. Y por increíble que fuese, Raijin la observó con sorpresa mientras se alejaba. No se lo esperó. Es más, es muy posible que incluso una diminuta parte de él se sintiera contrariada de que ella se hubiese marchado. Pero él y su coraza de hielo no lo iban a reconocer.
Continuó observando a Cleven allá a lo lejos, y vio que ella, tras echar un vistazo hacia la barra desde detrás de la fuente para asegurarse de que las dos personas de las que huían ya se habían ido de allí, se fue a dicho lugar. No se había marchado, sólo había ido a pedir bebidas. Al poco rato, Cleven regresó con dos copas en la mano, se sentó de nuevo frente a él y le dio una. Y reinó entre ellos un momento de silencio, en el cual Raijin, otra vez sorprendido por lo que había hecho Cleven, aprovechó para estudiar su comportamiento que tan raro le había parecido. «De todos los humanos... esta es la más rara» pensó el chico, analizando sin parar cada gesto que hacía Cleven.
—Si no quieres bebértela, no lo hagas —le dijo ella, tomando un sorbo de la suya.
El rubio arqueó una ceja con recelo, sin comprender muy bien qué estaba pasando. Y la verdad era que Cleven también estaba estudiándolo, a ver qué hacía tras haberle invitado a una copa, cómo reaccionaría. Era una pequeña prueba para llegar a conocerlo un poco más. Así pasaron unos minutos, los dos callados, el uno frente al otro, estudiándose mutuamente sin que el otro lo supiera.
Finalmente, Cleven vio que Raijin daba un suspiro de desasosiego y, como con cierto fastidio, aceptó la copa. Por ello, ella sonrió para sí.
—Yo también perdí a un ser muy querido —comentó entonces Cleven, dejando la copa en la mesa—. Pero no por ello voy a pasarme la vida lamentándome.
—¿Sólo a uno? —preguntó él, levantando una mirada fría—. Mira, no hace falta que te compadezcas de mí. He vivido y visto las peores cosas del mundo, así que no intentes comparar tu vida con la mía.
—No lo hago —replicó con calma mientras jugueteaba con una planta situada al lado de su asiento—. Perder a uno, o perder a varios seres queridos... ¿Qué más da, Raijin? Ambas cosas siguen siendo igual de horribles, te afectan, te marcan para siempre, y para ambas sólo existe una solución. Sólo hay un camino para seguir adelante, y miles para echarse abajo. Hay que estar ciego o ser muy tonto como para no elegir el camino correcto.
—¿Qué quieres decir?
—¡Que eres un cobarde! —exclamó, clavándole la mirada.
—¿Qué has dicho? —gruñó.
—Que eres un cobarde, pobre de ilusiones, un insensato —le espetó con seriedad, dando con el puño en la mesa—. Un amargado que no es capaz de darse más oportunidades a sí mismo ni a los demás.
—¡Ya le he dado demasiadas oportunidades a la vida, más de las que se merece!
—¡Eso no es verdad! —saltó con enfado—. Que me digas eso teniendo 90 años y a punto de palmarla, vale, se acabó todo, pero ¡mírate! Sólo tienes 20 años, tienes décadas por delante, y si te has rendido tan pronto es que no eres más que un cagueta y un estúpido. ¿Crees haberlo vivido todo? Nadie, absolutamente nadie puede decir eso siendo tan joven.
—No tienes ni idea de lo que hablas.
—Tengo la misma que tú. Te dedicas a alejarte de todo y de todos, a repeler toda novedad y toda oportunidad que se te acerca. ¡Yo también he estado años haciendo eso! A mí esa actitud me parece de cobardes, ¡y yo he decidido dejar de serlo! Pero tú… —negó con la cabeza desaprobadoramente—. La gente no se merece que la trates así cuando quieren acercarse a ti con buenas intenciones, a ofrecerte algo, a traerte una novedad en la vida.
—¡Escúchame, pesada! ¡No tengo por qué estar oyendo tus sermones filosóficos! ¡Me da igual lo que pienses de mí!
—¡He ahí una prueba de tu cobardía! —exclamó ella, apuntándole con el dedo—. Quizá no sea tu verdadera intención, pero la gente se ofende cuando la ignoras, la gente se siente mal cuando intenta acercarse a ti y tú los echas de una patada. ¡Tienes todo el derecho del mundo a rechazar mi ayuda, mi amistad o unas albóndigas de pulpo, pero hay mejores maneras de hacerlo! No tuviste por qué ser así conmigo cuando estuvimos paseando por las calles el otro día. ¡No te hice nada para que me despreciaras de esa manera, no me lo merecía! ¡Elegiste hacerme ese favor pero me hiciste sentir culpable todo el tiempo por habértelo pedido! Ni siquiera una palabra amable, o gesto, o un adiós cuando nos separamos. ¡No se puede ser así con la gente!
—¡Cumplí con lo que querías! ¡Enseñarte el distrito de Shibuya, y nada más! ¡Eso era lo que querías, no pediste nada más, ningún extra! ¿No decías que no te importaba no recibir nada más de mí? ¿Y ahora te quejas porque no te di un abrazo, una sonrisa o un piropo?
—Raijin, ¡hablas como si relacionarte con la gente se tratara de un trabajo, con deberes concretos que cumplir a rajatabla y pautas fijas de comportamiento!
—A lo mejor es así como a mí me gusta relacionarme con la gente.
—Creo que es así como estás acostumbrado a relacionarte, pero no es ni por asomo el modo en que te gusta hacerlo. Lo haces así por lo que dije antes, porque tienes miedo, no sé a qué exactamente, pero es miedo sin duda, el mismo que yo he estado teniendo durante los últimos años y trataba de convencerme a mí misma de que era simple falta de interés. ¡Para arreglar un problema, lo primero es admitir que tienes uno!
—¡Te estás pasando! —la apuntó con un dedo severo.
—¿Y por qué sigues aquí escuchándome?
—¡Porque quiero dejarte claro que quiero que me dejes en paz y que pares de meterte en mi vida y opinar sobre mí sin tener ni idea de nada!
—¡Opino sobre lo que veo y sé! ¡Y opino que fuiste muy grosero ayer conmigo! ¡Y que ese comportamiento es perjudicial para ti el primero!
—¿¡Y eso por qué!?
—¡Porque así no se puede vivir, porque así alejas a todos y te quedas solo! ¡Nadie quiere estar solo, y por mucho que me lances tus miraditas cargadas de frialdad, sé que a ti en el fondo te aterra estar solo! ¡Pero por alguna razón sientes que debes estarlo, y seguro que es una razón irracional! —contestó ella con voz tan alta y clara que toda la gente de alrededor se la quedó mirando. Cleven respiró varias veces, tan enfadada que se había olvidado de parpadear.
Raijin permaneció en silencio, contemplándola con cara de muy pocos amigos. ¿Él? ¿En serio, él? ¿Que él hacía algo por una razón irracional? ¡Blasfemia! Raijin era el ser contrario a la irracionalidad por excelencia, todo lo que hacía y decía era lógico y racional, siempre.
Pero... claro. Raijin funcionaba de otra manera. Él no sentía de forma natural, se contagiaba de los sentimientos de los demás, y lo hacía sin querer, o quizá una parte de él lo hacía queriendo. Porque, efectivamente, le aterraba estar solo, e intentaba comprender a todos esos seres tan llenos de sentimientos que lo rodeaban dejándose contagiar. Pero por mucho que llegara a sentir algo, no conseguía comprenderlo, ese sentimiento era un intruso, no era suyo, su mente no lograba asimilarlo. Y por ello, a veces acababa haciendo daño a la gente con su forma de pensar. Por ello, alejaba a la gente de él. Pensaba que era mejor para él y para los demás. Sólo conseguía entenderse, si acaso, con sus compañeros iris, que, aunque podían sentir por sí mismos como los humanos, al menos se asemejaban más a él a la hora de pensar en las cosas de manera racional.
—Créeme si te digo que así te estás pudriendo —le dijo Cleven, levantándose del asiento—. Es como si te estuvieras suicidando lentamente, y de la manera más estúpida. ¿Es eso lo que buscas?
Reinó otro momento de silencio, Raijin y Cleven clavándose una mirada desafiante el uno al otro, observados con curiosidad por las personas de su alrededor. De pronto, Cleven cerró los ojos y se llevó una mano a la cabeza, con cara de no encontrarse bien.
—Estoy mareada... —musitó.
El rubio siguió sin decir nada, hasta que Cleven volvió a abrir los ojos, sacó el dinero que había conseguido del guardia de la puerta y lo dejó de un manotazo sobre la mesa, delante de Raijin.
—Esto es tuyo. De tu soborno al guardia —le dijo, y Raijin la miró patidifuso, preguntándose cómo demonios había conseguido que el guardia devolviera ese dinero—. Así te compenso por todas las molestias que te he causado.
Y tras eso, Cleven se marchó, sin más. Se alejó de él, frotándose los ojos por el mareo del alcohol que se le había subido a la cabeza. Cumplió con su parte con el guardia, borrando delante de él aquel vídeo que lo comprometía como habían acordado. Y nada más salir a la calle, ya se sintió arrepentida. Arrepentida de haberle dicho todas esas cosas a ese chico que tanto le gustaba, arrepentida de cómo le había hablado.
Su corazón ya le estaba ordenando que volviese allí otra vez y suplicase perdón, pero su cabeza fría contradecía a su corazón lo suficiente como para no hacerlo. Ya está, lo hecho, hecho está, no hay vuelta atrás, ni falta que hacía. Lo sabía, sabía que había hecho lo que tenía que hacer.
No obstante, de camino hacia el hotel, con nieve cayendo a su alrededor, con el frío de la noche envolviéndola junto con las luces de las farolas, seguía sintiéndose algo mal por dentro, y no era por el alcohol. Sin embargo, al poco rato pensó: «Seguro que no ha servido de nada decirle eso. Seguro que todo le da igual. Todo. Es como si no sintiera nada». Y eso le daba bastante rabia.
Cleven se acabó la copa y fue a dejarla en la barra. Pero nada más levantarse, se dio de bruces con alguien que justo pasaba delante de ella, y perdió el equilibrio, y se habría zambullido derecha a la fuente de no ser porque ese alguien la agarró del brazo instintivamente a tiempo. El vaso se le había resbalado de las manos y fue a estrellarse al suelo, pero Cleven estaba con los cinco sentidos clavados en Raijin, pasmada.
—La vache... —murmuró en francés.
Raijin, que seguía sujetándola del brazo, la miraba más pasmado que ella.
—¿¡Q… qué demonios haces tú aquí!? —exclamó, soltándola.
—Te he seguido —contestó ella, mostrándole su más encantadora sonrisa.
«¿“Te he seguido”?» se repitió a sí misma, «Pero ¿¡qué estás diciendo, so tonta!? ¿¡No podrías haberle dicho otra cosa como “pasaba por aquí” o “nada, disfrutando una noche de ocio”!? ¡Seré idiota!».
Raijin permaneció con una ceja arqueada, analizando aquella respuesta, tras lo cual puso una cara de enorme recelo.
—¿Cómo has entrado, pipiola? —le preguntó, realmente mosqueado—. ¡Si eres una cría!
—¡Eh! —saltó Cleven, apuntándole con el dedo—. ¡Mira quién fue a hablar, señor “soborno”!
—¡Baja la voz! —se sobresaltó, mirando a su alrededor.
Cleven se extrañó al verlo nervioso por primera vez desde que lo conoció, observando rápidamente cada rincón del lugar.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, pensando que había algún asesino persiguiéndolo.
Raijin no respondió, pero de pronto pegó un brinco, se puso en tensión y se fue pitando de allí, dejándola ahí sola. Cleven, sin comprender, dirigió la mirada hacia el mismo lugar donde Raijin la tenía hace unos segundos.
—¡Le…! ¡Ahhh! —dio el mayor respingo de su vida al ver allí a alguien muy, muy familiar y, con los pelos de punta, dio un paso adelante, luego hacia atrás y luego hacia los lados. No tenía ni idea de por dónde huir, sólo era cuestión de segundos que el joven que había allí en la barra con su novia la viese.
Y ya está. Cuando aquel joven dirigió su mirada hacia donde estaba ella, Cleven se tiró a la fuente sin pensarlo dos veces. El hombre que estaba en la barra poco le faltó para verla. Sólo se quedó un poco chocado, pues le había parecido ver a alguien junto a la fuente y ahora no estaba. La chica que reposaba entre sus brazos observó a su novio con extrañeza.
—¿Lex? ¿Te pasa algo? —le preguntó.
—Mmno... —respondió lentamente, reflexivo, y miró a la mujer con el ceño fruncido—. Me había parecido ver a mi hermana.
«¡Lex y Riku!» pensó Cleven, «¡Mierda, Lex está aquí! Si me ve aquí, me mata».
—¡Jaja! —rio la mujer con ganas—. ¡Sí, claro! ¿Cleventine aquí? Ay… —suspiró mientras le quitaba las gafas a Lex—. Deberías trabajar menos, cariño, te estás volviendo paranoico. No irás a trabajar estos días festivos, ¿verdad?
—¿Bromeas? —sonrió mientras la besaba en el cuello—. Tengo un montón de consultas que atender esta semana… y diagnósticos que hacer a un montón de pacientes…
—Vamos, relájate —le susurró sensualmente, serpenteando hacia su cara, y los dos empezaron a besarse—. Examíname a mí.
«Ay, Dios, qué vergüenza…» pensó Cleven, procurando mirar a otra parte. «Mi hermano haciéndose mimitos con Riku es lo último que quiero estar viendo». Se dirigió al otro lado de la fuente con discreción y salió de ella a gatas, chorreando agua por todas partes y poniendo el suelo perdido. Y, gateando, se fue directa a las mesas de más allá donde se había camuflado Raijin, unas mesas acopladas a la pared con dos sillones a cada lado cada una. Fue observada con gran sorpresa por la gente, aunque a ella le daba igual. Más importante era que su hermano mayor no la viese allí, pues se metería en un buen lío.
Trepó hasta el asiento, sentándose enfrente de Raijin, el cual se la quedó mirando perplejamente.
—¿Qué haces? —preguntó fríamente.
—Es que no quiero que me vea ese hombre de allí —le explicó, señalándole a Lex.
—¿De qué lo conoces? —se extrañó Raijin.
—Ah, no importa. ¿Y tú? ¿De quién huías?
Raijin permaneció en un frío silencio unos momentos, hasta que desvió la mirada y se arrimó más a la pared para camuflarse más.
—De la mujer que está con él.
—¿Por qué? ¿La conoces? —se sorprendió ella esta vez.
—Es que trabaja en… —dijo, pero se calló y miró a Cleven con fiereza—. ¿Y a ti qué coño te importa? ¿Por qué no te largas, pelmaza?
—Oblígame —le sonrió, apoyando la cabeza en una mano—. Raijin.
—Que no me llames así —gruñó.
—Pues dime tu verdadero nombre. Y yo te diré el mío.
—Que te pires.
—¿Dónde está Yako? —preguntó ella tranquilamente—. ¿No estaba contigo?
Y él no contestó, para variar. Raijin se desplomó contra el respaldo, cansado, maldiciendo el día en que aceptó hacerle de guía por la ciudad. Cleven no preguntó nada más, con estar ahí sentada frente a él le era suficiente, y aprovechó el momento.
Raijin, por otra parte, estaba esperando a que apareciera Yako. Los dos se habían dividido para buscar a Kiyomaro, pero por desgracia Raijin había descubierto que Riku –la novia de Lex– estaba allí, y por nada del mundo deseó que lo viera. ¿Por qué? Riku conocía a Raijin y él a ella, pero no por asuntos amorosos, sino por temas laborales. Así que no se atrevió a salir de donde estaba. El lugar donde estaba sentado era el único válido para esconderse de Riku, y ahora estaba atrapado con la pelmaza de Cleven.
Cleven lo observó con curiosidad, viendo cómo el rubio cerraba los ojos, tan abatido que hasta le pareció que se le iba el alma por la boca. No le preguntó qué le pasaba, pues supo de antemano que no le iba a responder. Pero eso no significaba que no estuviese muerta de curiosidad, tenía unas ganas de saber más cosas sobre él... Pero, ¿por dónde empezaría preguntando esta vez? Si algo tenía claro, es que no iba permitir que Raijin siguiera comportándose así de frío con ella. ¿Qué podría hacer?
—Oye, ¿hasta cuándo piensas quedarte ahí? —refunfuñó Raijin, cruzándose de brazos.
—¿Por qué? —sonrió ella tranquilamente.
—Porque quiero que te largues. Quiero que me dejes solo.
Cleven se lo quedó mirando un momento, sin borrar su tierna sonrisa.
—¿Te gusta estar solo? ¿Cómo puede ser eso? A nadie le gusta estar solo.
—Me he pasado la vida solo, así que me la suda.
—¿Y qué pasa con Yako y los otros amigos que tienes?
—No me refería a eso.
—¿Es que no tienes seres queridos? A familiares, me refiero —dijo, empezando a creer que por fin había conseguido comenzar una conversación.
Raijin se quedó en silencio. Por un breve instante desvió la mirada hacia Lex. Después la desvió a otro sitio.
—Ya no... —murmuró.
Cleven se sorprendió al oír esa contestación. «Ya no...» repitió la joven en su cabeza, «¿Quiere decir eso que ya no tiene familia alguna? ¿Por qué?». Al menos, le alegraba ver que Raijin estaba contestando a sus preguntas, raro en él, por lo que pensó que de alguna manera ya estaba cogiendo confianza con ella, aunque fuera mínima.
Se lo veía otra vez molesto por su presencia y, sin embargo, Cleven podía intuir que en el fondo no le importaba tanto que estuviese ahí con él. «Este chico es un misterio. Cuesta entenderle» se dijo, «Repudia a la gente con la que no tiene confianza suficiente, es como si tratara de evitar que alguien desconocido sepa demasiado sobre él. Cuando alguien está tan a la defensiva de su privacidad, es porque tiene algo importante que ocultar, o que proteger… ¿Qué puede ser? Me muero por saberlo».
—¿Es por eso por lo que estás triste todo el tiempo, Raijin? —preguntó entonces.
—No estoy triste —objetó, mientras se encendía un cigarrillo—. ¿Dónde me ves tú cara de triste?
—No me engañas, Raijin —murmuró ella, mirándolo fijamente con las mejillas algo coloradas—. Vas siempre con ese aire indiferente y esa actitud fría que espanta a todo el mundo, pero no me engañas. En parte eres así para ocultarle al mundo tu tristeza y mostrarte como alguien fuerte. ¿Verdad?
—No me vengas con sandeces, pesada —musitó, y Cleven pudo ver en su rostro que lo había pillado, aunque este lo intentase disimular.
—Te observé en la cafetería antes. Y pensé en el día que pasamos ayer. Eres muy extraño. A pesar de tu actitud distante con los demás, pareces alguien dispuesto a ayudar a quien te necesita aunque no tengas ganas, pero rechazas que alguien te ayude a ti.
—¿Porque no necesito ninguna ayuda, tal vez? —preguntó con sarcasmo, dando una calada a su cigarro y mirando hacia otro lado.
—Una voz dentro de ti la pide a gritos.
Raijin giró la cabeza hacia ella, esta vez mirándola perplejo, igual que ayer cuando ella hizo un comentario impertinente similar.
—Para de hacer eso —le advirtió él.
—¿Hacer el qué? —preguntó confusa.
—Esos comentarios tuyos se pasan de rosca. No somos familia, no somos amigos, así que deja de tomarte tantas confianzas conmigo.
—¿Por qué no podemos ser amigos? —protestó ella.
—Porque no quiero. No quiero más amigos, ya tengo los que tengo y no quiero más.
—Creo que es porque tienes miedo.
—¿Estás drogada?
—¿Qué tiene de malo para ti tenerme como amiga?
—¿Serías capaz jurarme que ese es tu único objetivo conmigo sin mentirme?
Cleven esta vez no dijo nada. Miró a un lado, vergonzosa.
—Ya… —asintió Raijin con la cabeza—. No eres la primera que se me acerca con intenciones ocultas fingiendo amabilidad. Tú no quieres ayudarme. Sólo quieres lo mismo que las demás. Eres igual que ellas.
—¡Eso no es verdad! —se impuso Cleven dando un manotazo a la mesa, y Raijin se sobresaltó un poco—. Te digo la pura verdad cuando te digo que quiero ayudarte y que puedes contar conmigo si tienes problemas o preocupaciones. ¡Mira mis ojos y dime que miento sobre eso!
—¿Y qué pasará cuando descubras que, en definitiva, no tienes ni jamás tendrás ninguna posibilidad conmigo? ¿Seguirías igual de interesada en ayudarme con mis problemas?
Cleven se tomó un rato para contestar a eso, pero no apartó una mirada firme de sus ojos.
—Sí. Seguiría interesada en ayudarte. Porque me gustas, me caes bien y me sacas de quicio al mismo tiempo, y me hiciste un enorme favor ayer a pesar de que no tenías ganas, y eso ya es algo que voy a valorar siempre. Estaría dispuesta a ayudarte o a hacer algo que necesitases de mí, incluso aunque tuviera la certeza de que no recibiré de ti nada a cambio. Haría lo mismo por Yako, porque también fue bueno conmigo. Me gusta relacionarme así con la gente, ¿vale?
Raijin se quedó callado unos segundos, mirándola con cara incrédula.
—¡Nos conocimos ayer! ¡Durante apenas cinco horas!
—Suficiente para mí —aseveró Cleven.
—Yey Bogu… —farfulló el chico, frotándose los párpados con agotamiento, con el cigarrillo a medio consumir entre sus dedos—. Escucha. Tú no sabes nada. No entiendes nada. Así que para ya esa actitud insolente conmigo. Tengo paciencia, pero no es ilimitada.
Cleven negó con la cabeza y se levantó del asiento. Y se fue. Y por increíble que fuese, Raijin la observó con sorpresa mientras se alejaba. No se lo esperó. Es más, es muy posible que incluso una diminuta parte de él se sintiera contrariada de que ella se hubiese marchado. Pero él y su coraza de hielo no lo iban a reconocer.
Continuó observando a Cleven allá a lo lejos, y vio que ella, tras echar un vistazo hacia la barra desde detrás de la fuente para asegurarse de que las dos personas de las que huían ya se habían ido de allí, se fue a dicho lugar. No se había marchado, sólo había ido a pedir bebidas. Al poco rato, Cleven regresó con dos copas en la mano, se sentó de nuevo frente a él y le dio una. Y reinó entre ellos un momento de silencio, en el cual Raijin, otra vez sorprendido por lo que había hecho Cleven, aprovechó para estudiar su comportamiento que tan raro le había parecido. «De todos los humanos... esta es la más rara» pensó el chico, analizando sin parar cada gesto que hacía Cleven.
—Si no quieres bebértela, no lo hagas —le dijo ella, tomando un sorbo de la suya.
El rubio arqueó una ceja con recelo, sin comprender muy bien qué estaba pasando. Y la verdad era que Cleven también estaba estudiándolo, a ver qué hacía tras haberle invitado a una copa, cómo reaccionaría. Era una pequeña prueba para llegar a conocerlo un poco más. Así pasaron unos minutos, los dos callados, el uno frente al otro, estudiándose mutuamente sin que el otro lo supiera.
Finalmente, Cleven vio que Raijin daba un suspiro de desasosiego y, como con cierto fastidio, aceptó la copa. Por ello, ella sonrió para sí.
—Yo también perdí a un ser muy querido —comentó entonces Cleven, dejando la copa en la mesa—. Pero no por ello voy a pasarme la vida lamentándome.
—¿Sólo a uno? —preguntó él, levantando una mirada fría—. Mira, no hace falta que te compadezcas de mí. He vivido y visto las peores cosas del mundo, así que no intentes comparar tu vida con la mía.
—No lo hago —replicó con calma mientras jugueteaba con una planta situada al lado de su asiento—. Perder a uno, o perder a varios seres queridos... ¿Qué más da, Raijin? Ambas cosas siguen siendo igual de horribles, te afectan, te marcan para siempre, y para ambas sólo existe una solución. Sólo hay un camino para seguir adelante, y miles para echarse abajo. Hay que estar ciego o ser muy tonto como para no elegir el camino correcto.
—¿Qué quieres decir?
—¡Que eres un cobarde! —exclamó, clavándole la mirada.
—¿Qué has dicho? —gruñó.
—Que eres un cobarde, pobre de ilusiones, un insensato —le espetó con seriedad, dando con el puño en la mesa—. Un amargado que no es capaz de darse más oportunidades a sí mismo ni a los demás.
—¡Ya le he dado demasiadas oportunidades a la vida, más de las que se merece!
—¡Eso no es verdad! —saltó con enfado—. Que me digas eso teniendo 90 años y a punto de palmarla, vale, se acabó todo, pero ¡mírate! Sólo tienes 20 años, tienes décadas por delante, y si te has rendido tan pronto es que no eres más que un cagueta y un estúpido. ¿Crees haberlo vivido todo? Nadie, absolutamente nadie puede decir eso siendo tan joven.
—No tienes ni idea de lo que hablas.
—Tengo la misma que tú. Te dedicas a alejarte de todo y de todos, a repeler toda novedad y toda oportunidad que se te acerca. ¡Yo también he estado años haciendo eso! A mí esa actitud me parece de cobardes, ¡y yo he decidido dejar de serlo! Pero tú… —negó con la cabeza desaprobadoramente—. La gente no se merece que la trates así cuando quieren acercarse a ti con buenas intenciones, a ofrecerte algo, a traerte una novedad en la vida.
—¡Escúchame, pesada! ¡No tengo por qué estar oyendo tus sermones filosóficos! ¡Me da igual lo que pienses de mí!
—¡He ahí una prueba de tu cobardía! —exclamó ella, apuntándole con el dedo—. Quizá no sea tu verdadera intención, pero la gente se ofende cuando la ignoras, la gente se siente mal cuando intenta acercarse a ti y tú los echas de una patada. ¡Tienes todo el derecho del mundo a rechazar mi ayuda, mi amistad o unas albóndigas de pulpo, pero hay mejores maneras de hacerlo! No tuviste por qué ser así conmigo cuando estuvimos paseando por las calles el otro día. ¡No te hice nada para que me despreciaras de esa manera, no me lo merecía! ¡Elegiste hacerme ese favor pero me hiciste sentir culpable todo el tiempo por habértelo pedido! Ni siquiera una palabra amable, o gesto, o un adiós cuando nos separamos. ¡No se puede ser así con la gente!
—¡Cumplí con lo que querías! ¡Enseñarte el distrito de Shibuya, y nada más! ¡Eso era lo que querías, no pediste nada más, ningún extra! ¿No decías que no te importaba no recibir nada más de mí? ¿Y ahora te quejas porque no te di un abrazo, una sonrisa o un piropo?
—Raijin, ¡hablas como si relacionarte con la gente se tratara de un trabajo, con deberes concretos que cumplir a rajatabla y pautas fijas de comportamiento!
—A lo mejor es así como a mí me gusta relacionarme con la gente.
—Creo que es así como estás acostumbrado a relacionarte, pero no es ni por asomo el modo en que te gusta hacerlo. Lo haces así por lo que dije antes, porque tienes miedo, no sé a qué exactamente, pero es miedo sin duda, el mismo que yo he estado teniendo durante los últimos años y trataba de convencerme a mí misma de que era simple falta de interés. ¡Para arreglar un problema, lo primero es admitir que tienes uno!
—¡Te estás pasando! —la apuntó con un dedo severo.
—¿Y por qué sigues aquí escuchándome?
—¡Porque quiero dejarte claro que quiero que me dejes en paz y que pares de meterte en mi vida y opinar sobre mí sin tener ni idea de nada!
—¡Opino sobre lo que veo y sé! ¡Y opino que fuiste muy grosero ayer conmigo! ¡Y que ese comportamiento es perjudicial para ti el primero!
—¿¡Y eso por qué!?
—¡Porque así no se puede vivir, porque así alejas a todos y te quedas solo! ¡Nadie quiere estar solo, y por mucho que me lances tus miraditas cargadas de frialdad, sé que a ti en el fondo te aterra estar solo! ¡Pero por alguna razón sientes que debes estarlo, y seguro que es una razón irracional! —contestó ella con voz tan alta y clara que toda la gente de alrededor se la quedó mirando. Cleven respiró varias veces, tan enfadada que se había olvidado de parpadear.
Raijin permaneció en silencio, contemplándola con cara de muy pocos amigos. ¿Él? ¿En serio, él? ¿Que él hacía algo por una razón irracional? ¡Blasfemia! Raijin era el ser contrario a la irracionalidad por excelencia, todo lo que hacía y decía era lógico y racional, siempre.
Pero... claro. Raijin funcionaba de otra manera. Él no sentía de forma natural, se contagiaba de los sentimientos de los demás, y lo hacía sin querer, o quizá una parte de él lo hacía queriendo. Porque, efectivamente, le aterraba estar solo, e intentaba comprender a todos esos seres tan llenos de sentimientos que lo rodeaban dejándose contagiar. Pero por mucho que llegara a sentir algo, no conseguía comprenderlo, ese sentimiento era un intruso, no era suyo, su mente no lograba asimilarlo. Y por ello, a veces acababa haciendo daño a la gente con su forma de pensar. Por ello, alejaba a la gente de él. Pensaba que era mejor para él y para los demás. Sólo conseguía entenderse, si acaso, con sus compañeros iris, que, aunque podían sentir por sí mismos como los humanos, al menos se asemejaban más a él a la hora de pensar en las cosas de manera racional.
—Créeme si te digo que así te estás pudriendo —le dijo Cleven, levantándose del asiento—. Es como si te estuvieras suicidando lentamente, y de la manera más estúpida. ¿Es eso lo que buscas?
Reinó otro momento de silencio, Raijin y Cleven clavándose una mirada desafiante el uno al otro, observados con curiosidad por las personas de su alrededor. De pronto, Cleven cerró los ojos y se llevó una mano a la cabeza, con cara de no encontrarse bien.
—Estoy mareada... —musitó.
El rubio siguió sin decir nada, hasta que Cleven volvió a abrir los ojos, sacó el dinero que había conseguido del guardia de la puerta y lo dejó de un manotazo sobre la mesa, delante de Raijin.
—Esto es tuyo. De tu soborno al guardia —le dijo, y Raijin la miró patidifuso, preguntándose cómo demonios había conseguido que el guardia devolviera ese dinero—. Así te compenso por todas las molestias que te he causado.
Y tras eso, Cleven se marchó, sin más. Se alejó de él, frotándose los ojos por el mareo del alcohol que se le había subido a la cabeza. Cumplió con su parte con el guardia, borrando delante de él aquel vídeo que lo comprometía como habían acordado. Y nada más salir a la calle, ya se sintió arrepentida. Arrepentida de haberle dicho todas esas cosas a ese chico que tanto le gustaba, arrepentida de cómo le había hablado.
Su corazón ya le estaba ordenando que volviese allí otra vez y suplicase perdón, pero su cabeza fría contradecía a su corazón lo suficiente como para no hacerlo. Ya está, lo hecho, hecho está, no hay vuelta atrás, ni falta que hacía. Lo sabía, sabía que había hecho lo que tenía que hacer.
No obstante, de camino hacia el hotel, con nieve cayendo a su alrededor, con el frío de la noche envolviéndola junto con las luces de las farolas, seguía sintiéndose algo mal por dentro, y no era por el alcohol. Sin embargo, al poco rato pensó: «Seguro que no ha servido de nada decirle eso. Seguro que todo le da igual. Todo. Es como si no sintiera nada». Y eso le daba bastante rabia.
aaaaah definitivamente todo esto es nuevo para mi. Dios mio esto es fuertisimo ¿Todo esto se lo esta contando Lex aYenkis tal cual? Imagino que no porque madre mia lo va a traumatizar.
ResponderEliminarJoder, pobre Neu, mi niño...que cosa abominbale estaban intentando hacerle y como a pesar de perder el control es capaz de mantenerse aun firme en no dejar a ninguno de esos niños inocentes atras. Es literalmente el salvador de todos esos niños.
Todos esos malditos se merecen lo peor por haber semejantes cosas a un monton de crios como si fuesen alguna clase de srticulo de lujo.