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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __









20.
Un paso más en la búsqueda

Como Cleven ya tenía experiencia en esto de meterse donde no la llamaban y en donde no debía, para ella ir hacia la sala de Secretaría cruzando los pasillos como una ninja era pan comido. En esta parte del edificio era donde estaban los despachos de los profesores, las salas de reunión y demás estancias donde sólo los adultos o empleados del centro tenían acceso, por lo que tenía bastante mérito cruzar esos pasillos sin ser detectada. Aunque corría con la ventaja de que, al ser la hora del café, prácticamente la mayoría de profesores y del personal no estaban por ahí ahora.

Tampoco el personal de Secretaría. En una sala grande con un par de mostradores, tras los cuales había varias mesas con ordenadores, tan sólo había una persona que se había quedado, por así decirlo, haciendo guardia. Era un hombre mayor, sentado en su mesa frente a su ordenador jugando al solitario con un vaso de café en la mano. Estaba tras el mostrador de la derecha, así que Cleven se coló tras el mostrador de la izquierda gateando por el suelo.

Como había visto muchas películas, le dio por hacer una voltereta, poniendo su mejor cara de espía, y rodó hasta llegar a una de las mesas con ordenador. Echó un rápido vistazo alrededor antes de sentarse ahí y empezar a teclear. Tenía vía libre. Hurgando un poco en las carpetas y bases de datos, logró encontrar el buscador programado para encontrar los registros de los alumnos mediante el nombre y el apellido. Cleven tecleó los de su tío.

No supo por qué, mantuvo el dedo quieto sobre la tecla de enter unos segundos, dubitativa. Estaba un poco nerviosa. No porque estuviese infringiendo las normas, sino por la emoción de hallar algo nuevo sobre él. «Veamos si de verdad estuviste aquí». Le dio a la tecla. Y apareció una ficha con datos básicos de Brey Saehara.

A Cleven se le escapó un respingo de alegría. Se tapó la boca enseguida, pues había sonado alto. Por si acaso, apagó la pantalla del ordenador de nuevo, y se escondió debajo de la mesa. Como esperaba, a los pocos segundos el viejo que estaba en la otra zona de Secretaría se había levantado de su sitio y Cleven lo vio asomándose sobre el mostrador de esta zona, con cara extrañada y algo sospechosa. Pero, al no ver a nadie ni nada fuera de lo normal, volvió a marcharse a su lugar.

Cleven volvió a sentarse frente al ordenador y reactivó la pantalla. Fue un poco decepcionante que no se mostrara ninguna fotografía de él, pero esto ella ya lo esperaba, ya que sabía que las fichas donde venían todos los datos y el expediente completo de los alumnos los guardaban en otra base de datos bajo contraseña. Obviamente, el Tomonari se tomaba en serio la seguridad sobre la información más importante de sus alumnos, tanto actuales como antiguos. Lo único que estaba disponible para el personal del centro sin contraseña era la escasa información básica.

Buscó directamente lo que le interesaba, pues no podía perder ni un segundo. «¡Oh! Esta calle… ¡está en el distrito de Minato! ¡No está muy lejos de aquí! ¡Sólo a unas pocas paradas de metro! Así que aquí es donde supuestamente vivía durante sus estudios aquí en el Tomonari. No constan más direcciones. ¿Entonces vivió en el mismo sitio desde la primaria hasta que acabó el instituto? ¿Será en esta dirección donde vivían los abuelos antes de fallecer? Espero que sigas viviendo ahí, tío Brey, porque voy a visitarte ahí en cuanto pueda» se dijo con una sonrisa entusiasmada mientras apuntaba en su móvil la dirección.

Con la misma destreza con la que había venido, Cleven se marchó de allí, sin olvidarse de hacer otra voltereta ninja por el suelo hasta llegar a la puerta de Secretaría sin que el viejo de antes pudiera verla.

Cruzó los pasillos de regreso a la puerta trasera de salida. Sin embargo, nada más abrirla y dar dos pasos fuera, tuvo que lanzarse de cabeza detrás de un arbusto que estaba junto al muro. El mismo profesor de antes, el que Sam había ahuyentado, volvía a andar por ahí haciendo su incansable vigilancia por si encontraba a alumnos escondidos por esas zonas solitarias del recinto. No sería la primera vez, algunos alumnos se escondían por esos rincones detrás del edificio para fumar o para besuquearse.

«¡Mierdaaa!» gritó Cleven para sus adentros, sudando a mares, pues aunque no la hubiese visto de milagro salir por la puerta, iba a verla indudablemente en pocos segundos detrás de ese pequeño arbusto en cuanto pasase caminando por ahí. «¿Qué hago? ¿¡Qué hago!? ¡Hazte la muerta! ¡No! ¿¡Pero qué dices!? ¡Eso será peor!».

—¡Profesor! —se oyó una voz por la zona.

El viejo Ishiguro se detuvo, justo cuando iba a sobrepasar el arbusto de Cleven, y miró confuso a su alrededor.

—¡Profesor, hay unos chicos fumando en los lavabos! —volvió a exclamar esa voz.

—¿¡Quién me habla, dónde estás!? —preguntó el viejo—. ¡Seas quien seas, no puedes estar por aquí, muchacho! Será posible… —gruñó, regresando sobre sus pasos—. Seguro que son los mismos chicos de siempre… fumando allá donde creen que no los encontraré… ¡hm! Se van a enterar…

El viejo se alejó hasta doblar la esquina del edificio. Cleven salió de su escondite, con una cara muy mosqueada, pues la voz que había oído le resultaba demasiado familiar. Vio unos arbustos de más allá, entre los árboles, junto a la valla metálica que separaba el Tomonari de educación inferior con el de educación superior, agitándose un poco. Algo desconfiada, Cleven caminó hacia ellos. Apartó las hojas y se encontró con un niño de ojos plateados con las manos puestas bajo la barbilla como si fuera un gato.

—¡Miau! —exclamó, saltando sobre Cleven, abrazándola.

—¡Ahahaha…! —se rio ella—. ¡Yenkis, mi salvavidas, una vez más! —lo apretujó entre sus brazos—. ¿Pero se puede saber qué haces aquí? ¿Cómo has cruzado la valla?

—¿No lo sabes? Hace años que existe un agujero en la valla, ahí detrás de aquellas plantas. Te vi a lo lejos desde mi recinto yéndote a esta parte trasera del instituto, y te vi metiéndote por esa puerta. Obviamente estabas haciendo algo prohibido, por eso me he colado aquí, por si tenía que ayudarte para que no te pillase ningún profe.

—Tan astuto como siempre, Yen, eres increíble.

—¿Cómo has estado, Cleven? ¿Qué tal ayer? ¿Has encontrado al tío?

—No, pero estoy siguiendo algunas pistas. Por ahora no puedo contarte más porque no quiero meterte demasiado en esto. Pero te puedo decir que ¡ayer conocí a gente muy guay!

—¿Sí? ¿Qué gente, dónde?

—En una cafetería muy chula cerca del Parque Yoyogi. El dueño me invitó a desayunar, superamable, ¡y también he conocido al chico más guapo del mundo!

—Agh… —bufó Yenkis, menos interesado en esa parte.

—Ayer fue un día de lo más interesante. Creo que estoy haciendo progresos.

—¿Con lo de buscar al tío, o con lo del chico guapo?

—Lo del chico guapo se volvió un poco imposible, que digamos… Pero no me voy a rendir tan fácilmente con él. Me refiero, más bien… a que estoy sintiendo por primera vez que estoy tomando las riendas de mi vida. Irme de casa es lo mejor que he hecho.

En ese momento vio en su hermano, a pesar de que seguía sonriendo contento, que su mirada se volvía algo apesadumbrada.

—Excepto por el hecho de que te voy a echar de menos todos los días que no esté en casa —añadió Cleven, volviendo a abrazarlo.

—Yo también te echaré de menos si ya no vives más en casa. Pero no te preocupes. Si eso significa que serás más feliz, quiero que estés donde más feliz seas. Con la condición de que me visites a menudo.

—¡Por supuesto! Eres el mejor hermano pequeño del mundo —lo apretujó muy fuerte.

—Erkg… —casi se ahogó.

—Dime, ¿qué tal con papá y Hana? ¿Ayer se enfadaron al no recibir noticias mías en todo el día? ¿O les dio igual?

—¡Oh, no! Sí que se enfadaron. Bueno, se enfadó papá. Hana también estaba preocupada, pero parecía más comprensiva y solamente trataba de tranquilizar a papá. Pero sí, papá estaba hecho una furia, se puso de los nervios. Cree que te has ido para uno o dos días solamente para darle un escarmiento, y que volverás hoy a casa “cuando se te pase el enfado y la rabieta”, según dijo.

—Ya… Como si un simple enfado fuera el simple motivo de mi huida —farfulló Cleven con malas pulgas, cruzándose de brazos—. De verdad que papá no me conoce. Menudo palo se va a tragar cuando vea que hoy tampoco regreso a casa.

—Cleven, yo sé que te has ido porque llevas ya muchos años aguantando muchas cosas… pero… —la agarró de una mano—… no quiero que te metas en problemas graves con papá. No quiero que te pelees con él de por vida, y que no le hables nunca más… como hizo Lex.

—Yen —sonrió tranquila—. No te preocupes por eso. Ni Lex ni yo odiamos a papá ni nada de eso. Es solo que… se hace difícil vivir con él y con su excesivo control y con su… distante forma de entender lo que nos pasa. Seguramente, lo que va a hacer que mi relación con papá se vuelva mejor es que vivamos separados.

—¿Y si no consigues encontrar al tío? ¿Y si no consigues quedarte a vivir con él? ¿Volverás a casa y ya no te hablarás más con papá?

Cleven se percató de que su hermano estaba especialmente preocupado por este tema. No era sólo su temor de que ella volviera a casa a vivir continuamente infeliz y enfadada con su padre, sino también su temor de que su padre tuviera que lidiar con ese tipo de relación con ella.

A Yenkis siempre le habían preocupado los sentimientos de todas las personas. Cuando otros se peleaban, podía ponerse a favor de uno y en contra del otro, pero siempre mostraba una gran empatía por ambas partes. Yenkis odiaba los conflictos, pero respetaba los asuntos y los motivos de los demás, y sólo quería que al final, después de la pelea, se llegase a una resolución que significara el bienestar de las dos partes.

—Pues… en ese caso… tendría que volver a casa y… —titubeó Cleven, pensativa, y luego suspiró—. No lo sé, Yen. Ya veremos lo que pasa. Se pensará en ello cuando llegue el momento. Pero ya verás que todo va a salir bien —le revolvió sus cabellos de color castaño claro.

El niño volvió a sonreír, más conforme.

—¡Tú, Vernoux! —se oyó exclamar a alguien desde la lejanía.

Ambos hermanos se volvieron con sobresalto, viendo cómo una mujer de piel oscura y pelo trenzado se acercaba hacia la valla desde el recinto de la escuela primaria. Cleven comprendió que se dirigía al niño, con una cara que echaba chispas.

—¿Quién es? —preguntó Cleven.

—Ahí va, es Klaus —rio Yenkis—. Es una profesora de infantil que suele hacer vigilancia en los recreos. Ya me tiene fichado desde el año pasado, además de a unos mellizos que son nuevos este año.

—¿Por qué te tiene fichado? —se mosqueó su hermana, mirándolo con reproche.

—¡Deja de saltarte las normas! ¿¡Cómo has entrado ahí!? —le riñó la mujer, pegándose a la valla—. Venga, vuelve aquí ahora mismo, el recreo está a punto de acabarse.

—¡Voooy! —Yenkis se despidió de su hermana y volvió a colarse por el agujero de la valla de regreso al recinto del otro edificio.

—¡Clover y Daisuke! ¿¡De dónde habéis sacado eso!? —exclamó la profesora de infantil mientras se alejaba corriendo por el patio—. ¿¡Habéis vuelto a entrar en el despacho de la directora...!?

Cleven, al oír sus nombres, se acercó más a la valla para verlos mejor. En efecto, eran los famosos mellizos que conoció la otra vez y que encontró de nuevo ayer en un parque mientras caminaba con Raijin. Los dos niños huyeron de la pobre Klaus, que, aunque se tomaba su deber muy en serio y con mucha vocación, se la veía agotada de tanto estar corriendo detrás de los niños procurando que no se hicieran daño o que no estuviesen en lugares que no debían. Clover y Daisuke iban soltando gritos y diciendo: “¡Roger, Roger, nos han localizado, el objetivo está en peligro!”.

Cleven no podía evitar reírse, por esa escena y esa imaginación tan infantil pero tan adorable. Esos dos niños, no sabía aún por qué, le entrañaban una sensación tierna y cercana. Era extraño, porque era similar a lo que sentía con Yenkis, un profundo cariño forjado durante años. Pero a estos mellizos apenas los conocía de unos pocos minutos en total.

—Cof… —se oyó una modesta tos detrás de ella.

—¡Ahhh! —Cleven dio el respingo de su vida, porque sonó como un hombre, y lo primero que pensó fue que el profesor Ishiguro al final la había pillado y estaba justo detrás de ella a punto de leerle sus derechos, antes de mandarla a detención.

«¡Hazte la muerta!» pensó otra vez para sí misma. Sin embargo, cuando giró la cabeza con miedo, descubrió que se trataba de Denzel, con su inconfundible cabello negro y corto y sus tres mechones de canas pese a su joven edad. Y sus gafas de sol, siempre puestas.

—¡Uff! ¡Menudo susto me has dado, Denzel! ¡Creía que era Ishiguro u otro profesor serio!

—Auch… —se ofendió—. Oye, que yo me muestre un poquito más cercano y comprensivo con los alumnos no significa que yo no sea un profesor igual de respetable que los demás. —Cleven contuvo la respiración, en tensión—. Pero no, no te voy a castigar por estar aquí en la zona restringida mirando simplemente el paisaje. Ni que esto fuera Auschwitz. —Cleven torció una mueca, sin entender—. ¡Madre mía, Cleven! ¿¡Atiendes en mis clases de Historia!? —se ofendió más.

Cleven se lo quedó mirando con cara de pato, sin saber qué responder.

—Ay, en fin, da igual —suspiró Denzel, y le tendió un folio doblado—. Te estaba buscando. Se me olvidó darte esta circular que les entregué antes a tus compañeros. Como esta mañana llegaste tarde…

—Ah, gracias. ¿De qué es?

—Una reunión de padres y alumnos, de presentación del curso, la semana que viene. De los padres puede venir uno solo, pero en el caso de que tu padre no pueda ese día, su pareja también puede ir en su lugar, siempre que se trate de alguien que sea legalmente responsable de ti, o autorizado por tu padre.

—Ah… genial… —masculló Cleven entre dientes, mirando el papel, preguntándose cómo iba transcurrir ese día de la reunión si se había fugado de casa y no iba a tener contacto con su padre.

—Dime… ¿qué tal van las cosas por casa? —le preguntó Denzel de repente. Lo hizo con un tono natural, sutil, pues de las dos o tres veces que había tenido que charlar a solas con Cleven por su mal comienzo en ese curso, sabía más o menos cómo era su vida familiar, ya que también era su trabajo como tutor.

—Mmm… Bueno, van bien… Normal… —titubeó ella, procurando sonar lo más creíble posible—. Como siempre.

Denzel la observó fijamente durante unos segundos, serio. Esto la puso nerviosa, porque era como si él, ahora, de repente, sospechase o notase algo.

Fue un extraño momento de silencio, muy extraño. Cleven lo observó de vuelta, pues había algo en Denzel que la inquietaba. Pero no ahora, sino también de las otras veces que había estado con él. No sabía por qué, pero en realidad Denzel nunca le pareció una persona normal. Desprendía un aura rara, como de otro mundo, y tenía la sensación de que su origen venía de esos ojos que siempre mantenía ocultos tras las gafas de sol. Tenía un deseo enorme de descubrir qué había tras ellas, qué clase de ojos y de mirada tendría. Por alguna razón, por un brevísimo instante, tuvo la ligera sensación de que en realidad conoció a Denzel hace muchos años.

—¿Vernoux? —la llamó desde el mundo de los vivos—. ¿Te pasa algo?

Cleven sacudió levemente la cabeza, despertando de uno de sus trances, al mismo tiempo que esa sensación tan extraña que acababa de tener se evaporaba de su mente.

—Ah, no —sonrió—. No es nada. Bueno, eh… gracias —levantó el papel brevemente—. Me voy ya a mi siguiente clase, el recreo ya casi se ha acabado.

—Claro. Hasta otra —asintió Denzel, risueño.

La joven se marchó del lugar mientras se guardaba el papel en el bolsillo de la camisa. Denzel la siguió con la mirada hasta que se perdió de vista, y suspiró. «¿Qué estás tramando ahora, Cleven?» pensó. «¿Has vuelto con esas manías tuyas de la infancia, de hacer cosas extrañas en secreto? Hmm…».









20.
Un paso más en la búsqueda

Como Cleven ya tenía experiencia en esto de meterse donde no la llamaban y en donde no debía, para ella ir hacia la sala de Secretaría cruzando los pasillos como una ninja era pan comido. En esta parte del edificio era donde estaban los despachos de los profesores, las salas de reunión y demás estancias donde sólo los adultos o empleados del centro tenían acceso, por lo que tenía bastante mérito cruzar esos pasillos sin ser detectada. Aunque corría con la ventaja de que, al ser la hora del café, prácticamente la mayoría de profesores y del personal no estaban por ahí ahora.

Tampoco el personal de Secretaría. En una sala grande con un par de mostradores, tras los cuales había varias mesas con ordenadores, tan sólo había una persona que se había quedado, por así decirlo, haciendo guardia. Era un hombre mayor, sentado en su mesa frente a su ordenador jugando al solitario con un vaso de café en la mano. Estaba tras el mostrador de la derecha, así que Cleven se coló tras el mostrador de la izquierda gateando por el suelo.

Como había visto muchas películas, le dio por hacer una voltereta, poniendo su mejor cara de espía, y rodó hasta llegar a una de las mesas con ordenador. Echó un rápido vistazo alrededor antes de sentarse ahí y empezar a teclear. Tenía vía libre. Hurgando un poco en las carpetas y bases de datos, logró encontrar el buscador programado para encontrar los registros de los alumnos mediante el nombre y el apellido. Cleven tecleó los de su tío.

No supo por qué, mantuvo el dedo quieto sobre la tecla de enter unos segundos, dubitativa. Estaba un poco nerviosa. No porque estuviese infringiendo las normas, sino por la emoción de hallar algo nuevo sobre él. «Veamos si de verdad estuviste aquí». Le dio a la tecla. Y apareció una ficha con datos básicos de Brey Saehara.

A Cleven se le escapó un respingo de alegría. Se tapó la boca enseguida, pues había sonado alto. Por si acaso, apagó la pantalla del ordenador de nuevo, y se escondió debajo de la mesa. Como esperaba, a los pocos segundos el viejo que estaba en la otra zona de Secretaría se había levantado de su sitio y Cleven lo vio asomándose sobre el mostrador de esta zona, con cara extrañada y algo sospechosa. Pero, al no ver a nadie ni nada fuera de lo normal, volvió a marcharse a su lugar.

Cleven volvió a sentarse frente al ordenador y reactivó la pantalla. Fue un poco decepcionante que no se mostrara ninguna fotografía de él, pero esto ella ya lo esperaba, ya que sabía que las fichas donde venían todos los datos y el expediente completo de los alumnos los guardaban en otra base de datos bajo contraseña. Obviamente, el Tomonari se tomaba en serio la seguridad sobre la información más importante de sus alumnos, tanto actuales como antiguos. Lo único que estaba disponible para el personal del centro sin contraseña era la escasa información básica.

Buscó directamente lo que le interesaba, pues no podía perder ni un segundo. «¡Oh! Esta calle… ¡está en el distrito de Minato! ¡No está muy lejos de aquí! ¡Sólo a unas pocas paradas de metro! Así que aquí es donde supuestamente vivía durante sus estudios aquí en el Tomonari. No constan más direcciones. ¿Entonces vivió en el mismo sitio desde la primaria hasta que acabó el instituto? ¿Será en esta dirección donde vivían los abuelos antes de fallecer? Espero que sigas viviendo ahí, tío Brey, porque voy a visitarte ahí en cuanto pueda» se dijo con una sonrisa entusiasmada mientras apuntaba en su móvil la dirección.

Con la misma destreza con la que había venido, Cleven se marchó de allí, sin olvidarse de hacer otra voltereta ninja por el suelo hasta llegar a la puerta de Secretaría sin que el viejo de antes pudiera verla.

Cruzó los pasillos de regreso a la puerta trasera de salida. Sin embargo, nada más abrirla y dar dos pasos fuera, tuvo que lanzarse de cabeza detrás de un arbusto que estaba junto al muro. El mismo profesor de antes, el que Sam había ahuyentado, volvía a andar por ahí haciendo su incansable vigilancia por si encontraba a alumnos escondidos por esas zonas solitarias del recinto. No sería la primera vez, algunos alumnos se escondían por esos rincones detrás del edificio para fumar o para besuquearse.

«¡Mierdaaa!» gritó Cleven para sus adentros, sudando a mares, pues aunque no la hubiese visto de milagro salir por la puerta, iba a verla indudablemente en pocos segundos detrás de ese pequeño arbusto en cuanto pasase caminando por ahí. «¿Qué hago? ¿¡Qué hago!? ¡Hazte la muerta! ¡No! ¿¡Pero qué dices!? ¡Eso será peor!».

—¡Profesor! —se oyó una voz por la zona.

El viejo Ishiguro se detuvo, justo cuando iba a sobrepasar el arbusto de Cleven, y miró confuso a su alrededor.

—¡Profesor, hay unos chicos fumando en los lavabos! —volvió a exclamar esa voz.

—¿¡Quién me habla, dónde estás!? —preguntó el viejo—. ¡Seas quien seas, no puedes estar por aquí, muchacho! Será posible… —gruñó, regresando sobre sus pasos—. Seguro que son los mismos chicos de siempre… fumando allá donde creen que no los encontraré… ¡hm! Se van a enterar…

El viejo se alejó hasta doblar la esquina del edificio. Cleven salió de su escondite, con una cara muy mosqueada, pues la voz que había oído le resultaba demasiado familiar. Vio unos arbustos de más allá, entre los árboles, junto a la valla metálica que separaba el Tomonari de educación inferior con el de educación superior, agitándose un poco. Algo desconfiada, Cleven caminó hacia ellos. Apartó las hojas y se encontró con un niño de ojos plateados con las manos puestas bajo la barbilla como si fuera un gato.

—¡Miau! —exclamó, saltando sobre Cleven, abrazándola.

—¡Ahahaha…! —se rio ella—. ¡Yenkis, mi salvavidas, una vez más! —lo apretujó entre sus brazos—. ¿Pero se puede saber qué haces aquí? ¿Cómo has cruzado la valla?

—¿No lo sabes? Hace años que existe un agujero en la valla, ahí detrás de aquellas plantas. Te vi a lo lejos desde mi recinto yéndote a esta parte trasera del instituto, y te vi metiéndote por esa puerta. Obviamente estabas haciendo algo prohibido, por eso me he colado aquí, por si tenía que ayudarte para que no te pillase ningún profe.

—Tan astuto como siempre, Yen, eres increíble.

—¿Cómo has estado, Cleven? ¿Qué tal ayer? ¿Has encontrado al tío?

—No, pero estoy siguiendo algunas pistas. Por ahora no puedo contarte más porque no quiero meterte demasiado en esto. Pero te puedo decir que ¡ayer conocí a gente muy guay!

—¿Sí? ¿Qué gente, dónde?

—En una cafetería muy chula cerca del Parque Yoyogi. El dueño me invitó a desayunar, superamable, ¡y también he conocido al chico más guapo del mundo!

—Agh… —bufó Yenkis, menos interesado en esa parte.

—Ayer fue un día de lo más interesante. Creo que estoy haciendo progresos.

—¿Con lo de buscar al tío, o con lo del chico guapo?

—Lo del chico guapo se volvió un poco imposible, que digamos… Pero no me voy a rendir tan fácilmente con él. Me refiero, más bien… a que estoy sintiendo por primera vez que estoy tomando las riendas de mi vida. Irme de casa es lo mejor que he hecho.

En ese momento vio en su hermano, a pesar de que seguía sonriendo contento, que su mirada se volvía algo apesadumbrada.

—Excepto por el hecho de que te voy a echar de menos todos los días que no esté en casa —añadió Cleven, volviendo a abrazarlo.

—Yo también te echaré de menos si ya no vives más en casa. Pero no te preocupes. Si eso significa que serás más feliz, quiero que estés donde más feliz seas. Con la condición de que me visites a menudo.

—¡Por supuesto! Eres el mejor hermano pequeño del mundo —lo apretujó muy fuerte.

—Erkg… —casi se ahogó.

—Dime, ¿qué tal con papá y Hana? ¿Ayer se enfadaron al no recibir noticias mías en todo el día? ¿O les dio igual?

—¡Oh, no! Sí que se enfadaron. Bueno, se enfadó papá. Hana también estaba preocupada, pero parecía más comprensiva y solamente trataba de tranquilizar a papá. Pero sí, papá estaba hecho una furia, se puso de los nervios. Cree que te has ido para uno o dos días solamente para darle un escarmiento, y que volverás hoy a casa “cuando se te pase el enfado y la rabieta”, según dijo.

—Ya… Como si un simple enfado fuera el simple motivo de mi huida —farfulló Cleven con malas pulgas, cruzándose de brazos—. De verdad que papá no me conoce. Menudo palo se va a tragar cuando vea que hoy tampoco regreso a casa.

—Cleven, yo sé que te has ido porque llevas ya muchos años aguantando muchas cosas… pero… —la agarró de una mano—… no quiero que te metas en problemas graves con papá. No quiero que te pelees con él de por vida, y que no le hables nunca más… como hizo Lex.

—Yen —sonrió tranquila—. No te preocupes por eso. Ni Lex ni yo odiamos a papá ni nada de eso. Es solo que… se hace difícil vivir con él y con su excesivo control y con su… distante forma de entender lo que nos pasa. Seguramente, lo que va a hacer que mi relación con papá se vuelva mejor es que vivamos separados.

—¿Y si no consigues encontrar al tío? ¿Y si no consigues quedarte a vivir con él? ¿Volverás a casa y ya no te hablarás más con papá?

Cleven se percató de que su hermano estaba especialmente preocupado por este tema. No era sólo su temor de que ella volviera a casa a vivir continuamente infeliz y enfadada con su padre, sino también su temor de que su padre tuviera que lidiar con ese tipo de relación con ella.

A Yenkis siempre le habían preocupado los sentimientos de todas las personas. Cuando otros se peleaban, podía ponerse a favor de uno y en contra del otro, pero siempre mostraba una gran empatía por ambas partes. Yenkis odiaba los conflictos, pero respetaba los asuntos y los motivos de los demás, y sólo quería que al final, después de la pelea, se llegase a una resolución que significara el bienestar de las dos partes.

—Pues… en ese caso… tendría que volver a casa y… —titubeó Cleven, pensativa, y luego suspiró—. No lo sé, Yen. Ya veremos lo que pasa. Se pensará en ello cuando llegue el momento. Pero ya verás que todo va a salir bien —le revolvió sus cabellos de color castaño claro.

El niño volvió a sonreír, más conforme.

—¡Tú, Vernoux! —se oyó exclamar a alguien desde la lejanía.

Ambos hermanos se volvieron con sobresalto, viendo cómo una mujer de piel oscura y pelo trenzado se acercaba hacia la valla desde el recinto de la escuela primaria. Cleven comprendió que se dirigía al niño, con una cara que echaba chispas.

—¿Quién es? —preguntó Cleven.

—Ahí va, es Klaus —rio Yenkis—. Es una profesora de infantil que suele hacer vigilancia en los recreos. Ya me tiene fichado desde el año pasado, además de a unos mellizos que son nuevos este año.

—¿Por qué te tiene fichado? —se mosqueó su hermana, mirándolo con reproche.

—¡Deja de saltarte las normas! ¿¡Cómo has entrado ahí!? —le riñó la mujer, pegándose a la valla—. Venga, vuelve aquí ahora mismo, el recreo está a punto de acabarse.

—¡Voooy! —Yenkis se despidió de su hermana y volvió a colarse por el agujero de la valla de regreso al recinto del otro edificio.

—¡Clover y Daisuke! ¿¡De dónde habéis sacado eso!? —exclamó la profesora de infantil mientras se alejaba corriendo por el patio—. ¿¡Habéis vuelto a entrar en el despacho de la directora...!?

Cleven, al oír sus nombres, se acercó más a la valla para verlos mejor. En efecto, eran los famosos mellizos que conoció la otra vez y que encontró de nuevo ayer en un parque mientras caminaba con Raijin. Los dos niños huyeron de la pobre Klaus, que, aunque se tomaba su deber muy en serio y con mucha vocación, se la veía agotada de tanto estar corriendo detrás de los niños procurando que no se hicieran daño o que no estuviesen en lugares que no debían. Clover y Daisuke iban soltando gritos y diciendo: “¡Roger, Roger, nos han localizado, el objetivo está en peligro!”.

Cleven no podía evitar reírse, por esa escena y esa imaginación tan infantil pero tan adorable. Esos dos niños, no sabía aún por qué, le entrañaban una sensación tierna y cercana. Era extraño, porque era similar a lo que sentía con Yenkis, un profundo cariño forjado durante años. Pero a estos mellizos apenas los conocía de unos pocos minutos en total.

—Cof… —se oyó una modesta tos detrás de ella.

—¡Ahhh! —Cleven dio el respingo de su vida, porque sonó como un hombre, y lo primero que pensó fue que el profesor Ishiguro al final la había pillado y estaba justo detrás de ella a punto de leerle sus derechos, antes de mandarla a detención.

«¡Hazte la muerta!» pensó otra vez para sí misma. Sin embargo, cuando giró la cabeza con miedo, descubrió que se trataba de Denzel, con su inconfundible cabello negro y corto y sus tres mechones de canas pese a su joven edad. Y sus gafas de sol, siempre puestas.

—¡Uff! ¡Menudo susto me has dado, Denzel! ¡Creía que era Ishiguro u otro profesor serio!

—Auch… —se ofendió—. Oye, que yo me muestre un poquito más cercano y comprensivo con los alumnos no significa que yo no sea un profesor igual de respetable que los demás. —Cleven contuvo la respiración, en tensión—. Pero no, no te voy a castigar por estar aquí en la zona restringida mirando simplemente el paisaje. Ni que esto fuera Auschwitz. —Cleven torció una mueca, sin entender—. ¡Madre mía, Cleven! ¿¡Atiendes en mis clases de Historia!? —se ofendió más.

Cleven se lo quedó mirando con cara de pato, sin saber qué responder.

—Ay, en fin, da igual —suspiró Denzel, y le tendió un folio doblado—. Te estaba buscando. Se me olvidó darte esta circular que les entregué antes a tus compañeros. Como esta mañana llegaste tarde…

—Ah, gracias. ¿De qué es?

—Una reunión de padres y alumnos, de presentación del curso, la semana que viene. De los padres puede venir uno solo, pero en el caso de que tu padre no pueda ese día, su pareja también puede ir en su lugar, siempre que se trate de alguien que sea legalmente responsable de ti, o autorizado por tu padre.

—Ah… genial… —masculló Cleven entre dientes, mirando el papel, preguntándose cómo iba transcurrir ese día de la reunión si se había fugado de casa y no iba a tener contacto con su padre.

—Dime… ¿qué tal van las cosas por casa? —le preguntó Denzel de repente. Lo hizo con un tono natural, sutil, pues de las dos o tres veces que había tenido que charlar a solas con Cleven por su mal comienzo en ese curso, sabía más o menos cómo era su vida familiar, ya que también era su trabajo como tutor.

—Mmm… Bueno, van bien… Normal… —titubeó ella, procurando sonar lo más creíble posible—. Como siempre.

Denzel la observó fijamente durante unos segundos, serio. Esto la puso nerviosa, porque era como si él, ahora, de repente, sospechase o notase algo.

Fue un extraño momento de silencio, muy extraño. Cleven lo observó de vuelta, pues había algo en Denzel que la inquietaba. Pero no ahora, sino también de las otras veces que había estado con él. No sabía por qué, pero en realidad Denzel nunca le pareció una persona normal. Desprendía un aura rara, como de otro mundo, y tenía la sensación de que su origen venía de esos ojos que siempre mantenía ocultos tras las gafas de sol. Tenía un deseo enorme de descubrir qué había tras ellas, qué clase de ojos y de mirada tendría. Por alguna razón, por un brevísimo instante, tuvo la ligera sensación de que en realidad conoció a Denzel hace muchos años.

—¿Vernoux? —la llamó desde el mundo de los vivos—. ¿Te pasa algo?

Cleven sacudió levemente la cabeza, despertando de uno de sus trances, al mismo tiempo que esa sensación tan extraña que acababa de tener se evaporaba de su mente.

—Ah, no —sonrió—. No es nada. Bueno, eh… gracias —levantó el papel brevemente—. Me voy ya a mi siguiente clase, el recreo ya casi se ha acabado.

—Claro. Hasta otra —asintió Denzel, risueño.

La joven se marchó del lugar mientras se guardaba el papel en el bolsillo de la camisa. Denzel la siguió con la mirada hasta que se perdió de vista, y suspiró. «¿Qué estás tramando ahora, Cleven?» pensó. «¿Has vuelto con esas manías tuyas de la infancia, de hacer cosas extrañas en secreto? Hmm…».





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