1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __
—A la cama ahora mismo, niños —les ordenó Agatha.
Los mellizos estaban sentados en el sofá del salón de la casa de la anciana, con los pijamas puestos, viendo la tele. A Agatha le sorprendió que ninguno protestó, pues apagaron la tele y se quedaron en silencio.
—¿Qué os pasa? Vamos, hoy tenéis que acostaros pronto, que mañana muy temprano tenemos que ir a recoger vuestros pases para participar en la función del festival.
—¿Por qué hoy dormimos aquí? —preguntó Daisuke.
—Yo quiero dormir con papá —declaró Clover con pena.
—Ay... —suspiró—. Ya sabéis que cuando vuestro padre no aparece es porque tiene un trabajo importante que hacer. Vamos, no os preocupéis, mañana lo veréis. A la cama.
Clover y Daisuke se miraron un momento, y después a Agatha, con una gran expresión de enfado.
—No queremos —dijeron a dúo.
—Mecachis... —resopló la anciana.
Puso los brazos en jarra, cansada. Por mucho que les obligara, si ellos se negaban, jamás conseguiría acostarlos, pues se volverían a levantar de sus camas cuando bajase la guardia, como muchas veces había pasado cuando ambos tenían que dormir en su casa. Antes de que pudiera intentar de nuevo decirles que se fuesen a dormir, sonó el timbre de la casa inesperadamente.
—Ah, ¿quién es? —se sorprendieron los niños, poniéndose en guardia—. ¡Un ladrón!
—Sí, un ladrón que llama al timbre. Calma, quedaos ahí —los tranquilizó la anciana, yendo hacia la entrada con los ojos cerrados como de costumbre. Al abrir la puerta, reconoció con el olfato quién era—. Ah, hablando del rey de Roma…
—Hey —saludó el que estaba en la entrada pasivamente.
—Vaya, vaya, el señorito Brey Saehara que tan ocupado estaba, ¿qué demonios haces aquí? ¿Zanjaste tu trabajo antes de lo previsto? —le dijo Agatha.
—No, ya quisiera —aseguró, con aire agotado, pasando al interior—. He venido a coger algo antes que nada. ¿Te queda galabria?
—¿Has consumido ya toda la que tú tenías? —se sorprendió la anciana—. Brey, de verdad, no sé hasta qué punto es bueno consumir tanta...
—Es una planta creada por los Zou. Es imposible que sea mala. Es una hierba inofensiva y eficaz para mantenerse despierto, mejor que la cafeína, y, como comprenderás, la necesito para esta noche.
—Todo en esta vida en exceso es malo —pronunció Agatha como si fuera un lema que había repetido mil veces—. Será mejor que la cafeína, pero no es más barata que la cafeína, Brey. Tarda en producirse y no abunda. ¿Por qué no te da tu amigo?
—Tampoco le queda. No te lo pediría si no fuera importante. Quiero zanjar esta noche mismo lo que debo hacer, entonces podré descansar y dormir y rela-…
—¡Aaah! ¡Es papá, es papááá...! —interrumpieron los mellizos, corriendo desde el salón hasta la entrada al haber escuchado su voz desde allí.
—… -jarme —terminó Brey la palabra con los hombros tan alicaídos que parecían dislocados.
—¡Has vuelto, has vueltooo! —exclamaron los niños, agarrándose a sus piernas—. ¿Vienes a dormir? ¿Volvemos a casa?
—Sssh, os oirán todos los vecinos —los detuvo Brey, cogiendo a cada uno de un brazo, y los llevó a sentarse en el sofá del salón—. ¿Por qué no estáis durmiendo? Si mañana no madrugáis, os quedáis sin pases para la función.
—No quieren —respondió la anciana, acercándose a ellos a paso lento—. Estoy de sus huelguitas hasta el moño. Anda, ya iré yo a traerte las cápsulas.
Agatha se fue hacia la cocina, dejando al hombre con los dos niños.
—¿Cuándo vais a empezar a obedecer? —les riñó—. Queréis ser niños mayores, pero todavía os comportáis como bebés. Ya está bien de tonterías. Vamos.
Brey cargó con cada uno bajo un brazo y se dirigió al piso de arriba.
—¡Pero papá, no tenemos sueño! —se quejaron, agarrándolo del abrigo y dando tirones—. ¡Llévanos contigo!
Él los metió en la habitación de invitados, donde había una cama bastante grande, con una lamparita encendida en la mesilla de noche. Fue a dejarlos sobre la cama, pero se aferraron a su cuello con fuerza como dos monos.
—Ay… No seáis pesados, que me tengo que ir —dijo, logrando soltarse de ellos.
—Siempre te tienes que ir —se enfadó Daisuke—. Hace mucho que no juegas con nosotros.
—Es verdad —corroboró Clover, cruzándose de brazos—. Sabemos que es tu época de estar muy ocupado, pero esta vez tienes incluso menos tiempo que las otras veces. ¿Es que ya no nos quieres?
—¿Tienes que hacer esa pregunta dramática siempre que quieres hacerme sentir culpable? —refunfuñó Brey—. No es justo.
Los dos niños se lo quedaron mirando con cara de pocos amigos, en silencio. Brey acabó por dar un suspiro de desasosiego, y los metió en la cama. Al arroparles con el edredón, se tumbó un poco sobre ellos.
—Aguantad un poco más —les susurró con calma, con cierta pesadumbre—. Tengo menos tiempo que otras veces porque se me han juntado varios temas a la vez. Ya mañana habré terminado el tema que me tiene más ocupado, y tendré algo más de tiempo.
—¿De verdad? —preguntó el niño.
—Sí —asintió con cariño, acariciándole el pelo—. Dormíos ya, mañana os veo, ¿vale?
Brey revolvió el pelo de cada uno como despedida. Ambos niños no dijeron nada más, pero estaban conformes. Sonrieron a su padre cuando se separó de ellos, y pronto les invadió el sueño. Brey apagó la luz, salió de la habitación y bajó las escaleras de vuelta al salón, donde la anciana lo esperaba con un botecito en la mano.
—Si no fuera por ti... —le agradeció Brey, cogiendo el bote—. No sé en qué siglo la vas a diñar, Agatha, pero te mereces el cielo.
—Hm, hm... —soltó una risa suave.
—¿Qué?
—Es curioso, tu hermana Katya solía decirme esas mismas palabras cada vez que la ayudaba con algo.
—No me extraña. No has hecho otra cosa en tu vida que ayudar a los demás.
—No toda mi vida. Solamente desde que abandoné el bando del mal y cambié mi naturaleza oscura. De todas formas, ¿qué lugar hay en el cielo para una criatura artificial y sin alma? —suspiró con melancolía, mientras le abría la puerta—. El fin de este cuerpo será mi fin absoluto.
—No sé de qué modo te fabricaron los dioses, Ata, pero sinceramente dudo que la persona más anciana de la historia, que ha caminado por este mundo siete siglos y medio y ha producido en él más bien que mal, no se haya ganado un alma con creces —dijo Brey, saliendo por la puerta, y se paró fuera para abrocharse bien el abrigo.
Vio que la anciana se quedó callada con una leve sonrisa en los labios.
—Ese es un bonito pensamiento, niño. Suerte con el trabajo.
Brey asintió y se marchó de allí.
Tal vez, si la vida no fuera tan caprichosa y no disfrazara los sucesos de falsas casualidades, Cleven podría haber descubierto a estas alturas que el tío Brey al que andaba buscando, que seguía siendo el principal motivo de haberse fugado de casa, estaba más cerca de lo que creía. Tal vez, si Cleven supiera al menos que el apellido de Clover y Daisuke era Saehara, podría saber que esos dos niños con los que se había encariñado eran los hijos de su tío. Sin embargo, la vida podía ser aún más puñetera, porque esta falsa casualidad sólo formaba parte de otra mucho mayor.
* * * * * *
Cleven, recostada en la cama de su habitación del hotel, apagó la tele, ya aburrida, y se quedó mirando al techo. No era muy tarde aún, no tenía sueño, y enseguida la cabeza se le llenó de pensamientos.
Recapacitó sobre todo lo que le había ocurrido desde que se fue de casa. Ya empezaba a extrañarle que su padre no diera señales de vida. Desde un principio estuvo convencida de que uno o dos días después de su fuga Hana y él ya habrían llamado a la policía, sin embargo, todo parecía apuntar a que no era así, a estas alturas ya se habría enterado, o bien la policía ya habría dado con ella, pues tampoco es que se hubiera ido al otro lado del planeta.
En ese momento, se imaginó a su padre metido en su despacho, trabajando como siempre, diciendo con respecto a ella un “ya volverá, cuando vea que se le agota el dinero”, sin estar preocupado lo más mínimo por ella.
De repente, le llamó la atención un detalle. El dinero. Cuando salió de casa, había cogido la mitad de lo que tenía, que era bastante, pero con lo del hotel, las veces que había ido a comer fuera y demás, se le estaba acabando, eso era cierto. Si no se daba prisa en localizar a su tío, no iba a tener más remedio que volver a casa. Eso la desanimó mucho.
Se sentía extraña, notaba como si todo hubiera cambiado. Hace nada estaba viviendo en su casa con la rutina de siempre, y ahora estaba en un hotel, escondiéndose de su familia, con planes de encontrar a un tío suyo al que ni siquiera conocía y del que todavía no conseguía saber nada, relacionándose con una estupenda gente nueva... Sí, algo desubicada se sentía, era algo nuevo para ella, pero no se iba a rendir. Sus ansias de conocer a su tío Brey, el hermano de su madre... era familia, al fin y al cabo.
Ya había vuelto a llamarlo por teléfono unas cuantas veces, sin respuesta. «Alguien tiene que haber en esa casa para coger el teléfono, digo yo» se mosqueó. Dio un suspiro de incomodidad y cambió de postura, dándole un golpe a la almohada para ahuecarla, y se quedó observando la luna desde la ventana de la habitación. «¿Y si es un número que él ya no usa? No sé, la guía está actualizada de este año…¿Y si está en un viaje largo fuera de la ciudad?».
«Bah… Una cosa es segura. Mañana, sin falta, tengo que ir a la dirección que conseguí en el instituto. Acompañar hoy a Raijin al cementerio ha sido genial, me ha contado por fin cosas de sí mismo… caray… Pero no debo olvidar mi principal objetivo, que es encontrar al tío Brey y conocerlo».
Se preguntó entonces qué estarían haciendo ahora Yako, Raijin y Sam. Algo le decía que no estaban en sus casas, durmiendo, después de haberlos visto salir con tanto misterio de la cafetería.
También pensó en Nakuru, eso sí que la inquietaba. Decidió, la próxima vez que la viera, hablar con ella. Su mejor amiga y esos tres se comportaban de manera muy parecida, desapareciendo en momentos extraños, a veces dando motivos que más bien parecían excusas. ¿Sería casualidad?
* * * * * *
Yako, Raijin y Sam se encontraban recorriendo una autopista que, bordeando la bahía, conectaba Tokio con Chiba. Hacía rato que habían cruzado el río Ara. Habían tenido que esperar, escondidos, al despliegue policial para poder cruzar uno de los puentes, justo cuando los de la MRS se habían alejado. Les quedaba un largo trecho hasta cruzar el río Edo, tras el cual ya estaba próxima la ciudad de Funabashi.
En un determinado momento, tuvieron que salirse de la autopista y ocultarse entre la maleza del terraplén lateral, que caía hacia el mar de la bahía, al menos durante un par de minutos, porque pasaron varios coches de policía por ahí con las sirenas, yendo en dirección contraria, probablemente a unirse a los controles de vigilancia del río Ara.
Sin más coches de policía a la vista, los tres iris fueron a subir la pendiente, cubierta de una maleza molesta que dificultaba un poco el paso. Raijin fue en cabeza, apartándola con las manos, después Yako y luego Sam, el cual parecía agobiarse con tanta rama, hasta que en un momento dado apartó una planta de su camino con demasiada fuerza y se partió, haciendo un gran ruido seco. Tras eso, Sam se quedó inmóvil, y miró hacia delante, donde, como esperaba, Yako también se paró en seco y volvió la cabeza hacia él.
—¿Qué ha sido eso?
—Nada —contestó Sam, haciéndose el tonto.
—¿Has matado a esa pobre Aucuba japonica? —saltó Yako con sorpresa.
—¿La qué?
—¡El laurel moteado!
—Hahh... —suspiró el africano—. Vamos, no te pongas tan dramático sólo porque haya partido una ramita.
—Casi he podido oír el grito de dolor de ese pobre arbusto —se lamentó Yako, poniendo efectivamente un tono exageradamente dramático.
—Venga ya —protestó Sam, siguiendo el camino a la cima—. Puedes hacer que esa cuba-como-se-llame crezca de nuevo perfectamente. Tú y tus plantitas…
—En fin —suspiró Yako, siguiéndolo por detrás—, mientras no marques tu territorio en ellas…
—¿Por quién me tomas? —se ofendió.
—Moved el culo, por favor —les dijo Raijin pacientemente, esperándolos ya en el arcén de la autopista.
Una vez juntos, los tres llegaron hasta el puente del río Edo y fueron cruzándolo por la acera lateral. A su izquierda, numerosos coches pasaban rápidos por los tres carriles en dirección contraria a ellos.
Yako notó a Raijin más seco de lo normal. Caminaba por delante de ellos y sin mediar palabra. Se le notaba molesto por algo, pero no de ahora, sino que llevaba todo el día así, y Yako sabía que no era por Kyo o por la MRS.
—Hey, Raijin… ¿Sigues cabreado por la discusión con Drasik? —decidió preguntarle.
—Yo no estoy cabreado con nadie. No tengo sentimientos así —respondió, con un tono que sin duda denotaba que estaba de mal humor.
—Precisamente… es un poco raro. Hoy has estado bastante distante, como… afectado por algo. A ti sólo te afectan cosas que realmente son importantes…
—¿Qué es esto, un análisis?
—No… —se excusó Yako—. ¿Por qué te pones así?
Raijin no dijo nada, siguió caminando derecho, sin volverse.
—Ah… ya veo —terminó adivinando Yako—. Estás molesto por lo de ayer, cuando tuve que frenarte porque estuviste a punto de ahogar a Kiyomaro en la fuente del Gesshoku, ¿verdad?
—No iba a matarlo. Sé reconocer cuánto puede durar sin respirar un humano de su tamaño, edad y estado de salud deplorable por su pulso en estado de pánico —dijo, finalmente delatando lo que Yako había adivinado.
—Raijin, sé que me enfadé por ello en aquel momento, pero ya lo he olvidado —le sonrió, poniéndose a caminar a su lado, posando una mano en su hombro—. Sé que no querías hacerle nada, eres un ser de pura naturaleza buena como yo, pero reconoce que estabas teniendo un pequeño descontrol emocional.
—¿¡Qué!? —se oyó a Sam exclamar tras ellos, incrédulo, sabiendo que eso en Raijin era extremadamente inusual.
—Todavía no me has contado por qué te contagiaste de tanto enfado en aquel momento —le insistió Yako a su amigo—. ¿Qué estuviste haciendo antes de encontrarte conmigo y Kiyomaro?
El rubio no respondió. Por nada en el mundo quería decirle a nadie, ni siquiera a Yako, que se encontró con la propia Cleven allí en esa discoteca la noche anterior, y sobre la conversación tan tensa que tuvo con ella, porque todavía seguía pensando en sus molestas palabras y no lograba quitárselas de la cabeza.
—¿Has estado preocupado hasta ahora por cómo me puse ayer? —preguntó Yako.
Raijin frunció los labios, un poco avergonzado. Una vez más, fue capaz de generar un sentimiento propio y natural, lo que sólo le pasaba con las personas que más le importaban.
—Hm… —sonrió Yako otra vez, sabiendo de sobra que así era—. Venga, olvídalo, sabes que no voy a darte de lado por una tontería así. Somos amigos desde que éramos bebés, hombre.
El rubio cerró un momento los ojos dando un suspiro, pero más tranquilo. Se sentía mejor.
—Qué escena tan bonita —irrumpió Sam—. ¿Seguimos?
—Vamos, “hermanitos”, divirtámonos rescatando a Kyo, animad esas caras —apremió Yako, pasando un brazo sobre los hombros de Raijin y otro sobre los de Sam.
—Espero que los de la MRS no nos lo pongan muy fácil —comentó Raijin, llevándose un cigarrillo a los labios y sacando el mechero del bolsillo.
—Y que lo digas —rio Yako—. Llevamos demasiado tiempo sin tener un poco de acción.
—Hey, mirad. ¿Y eso? —preguntó Sam de repente, señalándoles al frente.
Los tres vieron una lujosa limusina negra parándose al lado de la acera, a pocos metros de ellos, justo al final del puente, obligando a los coches que iban detrás a cambiarse de carril. Cuando vieron salir de ella a dos enormes hombres vestidos con traje negro, uno de etnia caucásica y el otro africana, y seguidamente a un anciano muy peculiar, se llevaron una tremenda sorpresa.
Ese anciano vestía con un impresionante traje de telas de color negro y verde oscuro, mezclando un estilo coreano antiguo con el persa que, pese a parecer un atuendo de épocas pasadas, era muy elegante. Junto a su porte, su altura y su mirada imponente, desprendía una grandeza sin igual. Tenía unas pronunciadas entradas en la frente, pero le caía por espalda y hombros una larga melena blanca, decorada con algunas trenzas y abalorios, y tenía una barba y un bigote cortos, también canos.
Su rostro era bastante viejo, normal para alguien que tenía 110 años de edad, aunque aparentaba 80. A pesar de que tenía unos párpados algo caídos y arrugados, su mirada se sostenía firme y atenta. Sus ojos eran de un color ámbar intenso, dorados, y expresaba una seriedad a través de ellos que congelaba la sangre.
Más pálidos se pusieron los chicos al ver que el anciano se acercaba a ellos, seguido de sus dos guardianes humanos.
—Tira el cigarro, tira el cigarro… —le susurró Yako, apurado, contagiándole a Raijin los nervios de tal manera que sus manos temblaron, y tanto el mechero como el cigarro se le resbalaron y cayeron de la barandilla al agua.
—¿Es Alvion y parece cabreado, o estoy teniendo una pesadilla? —murmuró Sam, paralizado.
Nadie tuvo tiempo de contestar, pues cuando el anciano se detuvo frente a ellos, estos se arrodillaron inmediatamente ante él como saludo de máximo respeto, sin levantar la mirada, conteniendo la respiración. «¿Qué está haciendo en esta parte del mundo?» se preguntó Raijin.
Ahí estaba, Alvion Zou, el ser más poderoso del mundo en la actualidad, aquel que por ser del linaje Zou tenía la capacidad de dominar todos los elementos naturales existentes y a los tres millones de iris del planeta. No era exactamente humano, ni tampoco era un iris; era de una especie totalmente distinta, un Zou. El Señor de los Iris.
—A la cama ahora mismo, niños —les ordenó Agatha.
Los mellizos estaban sentados en el sofá del salón de la casa de la anciana, con los pijamas puestos, viendo la tele. A Agatha le sorprendió que ninguno protestó, pues apagaron la tele y se quedaron en silencio.
—¿Qué os pasa? Vamos, hoy tenéis que acostaros pronto, que mañana muy temprano tenemos que ir a recoger vuestros pases para participar en la función del festival.
—¿Por qué hoy dormimos aquí? —preguntó Daisuke.
—Yo quiero dormir con papá —declaró Clover con pena.
—Ay... —suspiró—. Ya sabéis que cuando vuestro padre no aparece es porque tiene un trabajo importante que hacer. Vamos, no os preocupéis, mañana lo veréis. A la cama.
Clover y Daisuke se miraron un momento, y después a Agatha, con una gran expresión de enfado.
—No queremos —dijeron a dúo.
—Mecachis... —resopló la anciana.
Puso los brazos en jarra, cansada. Por mucho que les obligara, si ellos se negaban, jamás conseguiría acostarlos, pues se volverían a levantar de sus camas cuando bajase la guardia, como muchas veces había pasado cuando ambos tenían que dormir en su casa. Antes de que pudiera intentar de nuevo decirles que se fuesen a dormir, sonó el timbre de la casa inesperadamente.
—Ah, ¿quién es? —se sorprendieron los niños, poniéndose en guardia—. ¡Un ladrón!
—Sí, un ladrón que llama al timbre. Calma, quedaos ahí —los tranquilizó la anciana, yendo hacia la entrada con los ojos cerrados como de costumbre. Al abrir la puerta, reconoció con el olfato quién era—. Ah, hablando del rey de Roma…
—Hey —saludó el que estaba en la entrada pasivamente.
—Vaya, vaya, el señorito Brey Saehara que tan ocupado estaba, ¿qué demonios haces aquí? ¿Zanjaste tu trabajo antes de lo previsto? —le dijo Agatha.
—No, ya quisiera —aseguró, con aire agotado, pasando al interior—. He venido a coger algo antes que nada. ¿Te queda galabria?
—¿Has consumido ya toda la que tú tenías? —se sorprendió la anciana—. Brey, de verdad, no sé hasta qué punto es bueno consumir tanta...
—Es una planta creada por los Zou. Es imposible que sea mala. Es una hierba inofensiva y eficaz para mantenerse despierto, mejor que la cafeína, y, como comprenderás, la necesito para esta noche.
—Todo en esta vida en exceso es malo —pronunció Agatha como si fuera un lema que había repetido mil veces—. Será mejor que la cafeína, pero no es más barata que la cafeína, Brey. Tarda en producirse y no abunda. ¿Por qué no te da tu amigo?
—Tampoco le queda. No te lo pediría si no fuera importante. Quiero zanjar esta noche mismo lo que debo hacer, entonces podré descansar y dormir y rela-…
—¡Aaah! ¡Es papá, es papááá...! —interrumpieron los mellizos, corriendo desde el salón hasta la entrada al haber escuchado su voz desde allí.
—… -jarme —terminó Brey la palabra con los hombros tan alicaídos que parecían dislocados.
—¡Has vuelto, has vueltooo! —exclamaron los niños, agarrándose a sus piernas—. ¿Vienes a dormir? ¿Volvemos a casa?
—Sssh, os oirán todos los vecinos —los detuvo Brey, cogiendo a cada uno de un brazo, y los llevó a sentarse en el sofá del salón—. ¿Por qué no estáis durmiendo? Si mañana no madrugáis, os quedáis sin pases para la función.
—No quieren —respondió la anciana, acercándose a ellos a paso lento—. Estoy de sus huelguitas hasta el moño. Anda, ya iré yo a traerte las cápsulas.
Agatha se fue hacia la cocina, dejando al hombre con los dos niños.
—¿Cuándo vais a empezar a obedecer? —les riñó—. Queréis ser niños mayores, pero todavía os comportáis como bebés. Ya está bien de tonterías. Vamos.
Brey cargó con cada uno bajo un brazo y se dirigió al piso de arriba.
—¡Pero papá, no tenemos sueño! —se quejaron, agarrándolo del abrigo y dando tirones—. ¡Llévanos contigo!
Él los metió en la habitación de invitados, donde había una cama bastante grande, con una lamparita encendida en la mesilla de noche. Fue a dejarlos sobre la cama, pero se aferraron a su cuello con fuerza como dos monos.
—Ay… No seáis pesados, que me tengo que ir —dijo, logrando soltarse de ellos.
—Siempre te tienes que ir —se enfadó Daisuke—. Hace mucho que no juegas con nosotros.
—Es verdad —corroboró Clover, cruzándose de brazos—. Sabemos que es tu época de estar muy ocupado, pero esta vez tienes incluso menos tiempo que las otras veces. ¿Es que ya no nos quieres?
—¿Tienes que hacer esa pregunta dramática siempre que quieres hacerme sentir culpable? —refunfuñó Brey—. No es justo.
Los dos niños se lo quedaron mirando con cara de pocos amigos, en silencio. Brey acabó por dar un suspiro de desasosiego, y los metió en la cama. Al arroparles con el edredón, se tumbó un poco sobre ellos.
—Aguantad un poco más —les susurró con calma, con cierta pesadumbre—. Tengo menos tiempo que otras veces porque se me han juntado varios temas a la vez. Ya mañana habré terminado el tema que me tiene más ocupado, y tendré algo más de tiempo.
—¿De verdad? —preguntó el niño.
—Sí —asintió con cariño, acariciándole el pelo—. Dormíos ya, mañana os veo, ¿vale?
Brey revolvió el pelo de cada uno como despedida. Ambos niños no dijeron nada más, pero estaban conformes. Sonrieron a su padre cuando se separó de ellos, y pronto les invadió el sueño. Brey apagó la luz, salió de la habitación y bajó las escaleras de vuelta al salón, donde la anciana lo esperaba con un botecito en la mano.
—Si no fuera por ti... —le agradeció Brey, cogiendo el bote—. No sé en qué siglo la vas a diñar, Agatha, pero te mereces el cielo.
—Hm, hm... —soltó una risa suave.
—¿Qué?
—Es curioso, tu hermana Katya solía decirme esas mismas palabras cada vez que la ayudaba con algo.
—No me extraña. No has hecho otra cosa en tu vida que ayudar a los demás.
—No toda mi vida. Solamente desde que abandoné el bando del mal y cambié mi naturaleza oscura. De todas formas, ¿qué lugar hay en el cielo para una criatura artificial y sin alma? —suspiró con melancolía, mientras le abría la puerta—. El fin de este cuerpo será mi fin absoluto.
—No sé de qué modo te fabricaron los dioses, Ata, pero sinceramente dudo que la persona más anciana de la historia, que ha caminado por este mundo siete siglos y medio y ha producido en él más bien que mal, no se haya ganado un alma con creces —dijo Brey, saliendo por la puerta, y se paró fuera para abrocharse bien el abrigo.
Vio que la anciana se quedó callada con una leve sonrisa en los labios.
—Ese es un bonito pensamiento, niño. Suerte con el trabajo.
Brey asintió y se marchó de allí.
Tal vez, si la vida no fuera tan caprichosa y no disfrazara los sucesos de falsas casualidades, Cleven podría haber descubierto a estas alturas que el tío Brey al que andaba buscando, que seguía siendo el principal motivo de haberse fugado de casa, estaba más cerca de lo que creía. Tal vez, si Cleven supiera al menos que el apellido de Clover y Daisuke era Saehara, podría saber que esos dos niños con los que se había encariñado eran los hijos de su tío. Sin embargo, la vida podía ser aún más puñetera, porque esta falsa casualidad sólo formaba parte de otra mucho mayor.
* * * * * *
Cleven, recostada en la cama de su habitación del hotel, apagó la tele, ya aburrida, y se quedó mirando al techo. No era muy tarde aún, no tenía sueño, y enseguida la cabeza se le llenó de pensamientos.
Recapacitó sobre todo lo que le había ocurrido desde que se fue de casa. Ya empezaba a extrañarle que su padre no diera señales de vida. Desde un principio estuvo convencida de que uno o dos días después de su fuga Hana y él ya habrían llamado a la policía, sin embargo, todo parecía apuntar a que no era así, a estas alturas ya se habría enterado, o bien la policía ya habría dado con ella, pues tampoco es que se hubiera ido al otro lado del planeta.
En ese momento, se imaginó a su padre metido en su despacho, trabajando como siempre, diciendo con respecto a ella un “ya volverá, cuando vea que se le agota el dinero”, sin estar preocupado lo más mínimo por ella.
De repente, le llamó la atención un detalle. El dinero. Cuando salió de casa, había cogido la mitad de lo que tenía, que era bastante, pero con lo del hotel, las veces que había ido a comer fuera y demás, se le estaba acabando, eso era cierto. Si no se daba prisa en localizar a su tío, no iba a tener más remedio que volver a casa. Eso la desanimó mucho.
Se sentía extraña, notaba como si todo hubiera cambiado. Hace nada estaba viviendo en su casa con la rutina de siempre, y ahora estaba en un hotel, escondiéndose de su familia, con planes de encontrar a un tío suyo al que ni siquiera conocía y del que todavía no conseguía saber nada, relacionándose con una estupenda gente nueva... Sí, algo desubicada se sentía, era algo nuevo para ella, pero no se iba a rendir. Sus ansias de conocer a su tío Brey, el hermano de su madre... era familia, al fin y al cabo.
Ya había vuelto a llamarlo por teléfono unas cuantas veces, sin respuesta. «Alguien tiene que haber en esa casa para coger el teléfono, digo yo» se mosqueó. Dio un suspiro de incomodidad y cambió de postura, dándole un golpe a la almohada para ahuecarla, y se quedó observando la luna desde la ventana de la habitación. «¿Y si es un número que él ya no usa? No sé, la guía está actualizada de este año…¿Y si está en un viaje largo fuera de la ciudad?».
«Bah… Una cosa es segura. Mañana, sin falta, tengo que ir a la dirección que conseguí en el instituto. Acompañar hoy a Raijin al cementerio ha sido genial, me ha contado por fin cosas de sí mismo… caray… Pero no debo olvidar mi principal objetivo, que es encontrar al tío Brey y conocerlo».
Se preguntó entonces qué estarían haciendo ahora Yako, Raijin y Sam. Algo le decía que no estaban en sus casas, durmiendo, después de haberlos visto salir con tanto misterio de la cafetería.
También pensó en Nakuru, eso sí que la inquietaba. Decidió, la próxima vez que la viera, hablar con ella. Su mejor amiga y esos tres se comportaban de manera muy parecida, desapareciendo en momentos extraños, a veces dando motivos que más bien parecían excusas. ¿Sería casualidad?
* * * * * *
Yako, Raijin y Sam se encontraban recorriendo una autopista que, bordeando la bahía, conectaba Tokio con Chiba. Hacía rato que habían cruzado el río Ara. Habían tenido que esperar, escondidos, al despliegue policial para poder cruzar uno de los puentes, justo cuando los de la MRS se habían alejado. Les quedaba un largo trecho hasta cruzar el río Edo, tras el cual ya estaba próxima la ciudad de Funabashi.
En un determinado momento, tuvieron que salirse de la autopista y ocultarse entre la maleza del terraplén lateral, que caía hacia el mar de la bahía, al menos durante un par de minutos, porque pasaron varios coches de policía por ahí con las sirenas, yendo en dirección contraria, probablemente a unirse a los controles de vigilancia del río Ara.
Sin más coches de policía a la vista, los tres iris fueron a subir la pendiente, cubierta de una maleza molesta que dificultaba un poco el paso. Raijin fue en cabeza, apartándola con las manos, después Yako y luego Sam, el cual parecía agobiarse con tanta rama, hasta que en un momento dado apartó una planta de su camino con demasiada fuerza y se partió, haciendo un gran ruido seco. Tras eso, Sam se quedó inmóvil, y miró hacia delante, donde, como esperaba, Yako también se paró en seco y volvió la cabeza hacia él.
—¿Qué ha sido eso?
—Nada —contestó Sam, haciéndose el tonto.
—¿Has matado a esa pobre Aucuba japonica? —saltó Yako con sorpresa.
—¿La qué?
—¡El laurel moteado!
—Hahh... —suspiró el africano—. Vamos, no te pongas tan dramático sólo porque haya partido una ramita.
—Casi he podido oír el grito de dolor de ese pobre arbusto —se lamentó Yako, poniendo efectivamente un tono exageradamente dramático.
—Venga ya —protestó Sam, siguiendo el camino a la cima—. Puedes hacer que esa cuba-como-se-llame crezca de nuevo perfectamente. Tú y tus plantitas…
—En fin —suspiró Yako, siguiéndolo por detrás—, mientras no marques tu territorio en ellas…
—¿Por quién me tomas? —se ofendió.
—Moved el culo, por favor —les dijo Raijin pacientemente, esperándolos ya en el arcén de la autopista.
Una vez juntos, los tres llegaron hasta el puente del río Edo y fueron cruzándolo por la acera lateral. A su izquierda, numerosos coches pasaban rápidos por los tres carriles en dirección contraria a ellos.
Yako notó a Raijin más seco de lo normal. Caminaba por delante de ellos y sin mediar palabra. Se le notaba molesto por algo, pero no de ahora, sino que llevaba todo el día así, y Yako sabía que no era por Kyo o por la MRS.
—Hey, Raijin… ¿Sigues cabreado por la discusión con Drasik? —decidió preguntarle.
—Yo no estoy cabreado con nadie. No tengo sentimientos así —respondió, con un tono que sin duda denotaba que estaba de mal humor.
—Precisamente… es un poco raro. Hoy has estado bastante distante, como… afectado por algo. A ti sólo te afectan cosas que realmente son importantes…
—¿Qué es esto, un análisis?
—No… —se excusó Yako—. ¿Por qué te pones así?
Raijin no dijo nada, siguió caminando derecho, sin volverse.
—Ah… ya veo —terminó adivinando Yako—. Estás molesto por lo de ayer, cuando tuve que frenarte porque estuviste a punto de ahogar a Kiyomaro en la fuente del Gesshoku, ¿verdad?
—No iba a matarlo. Sé reconocer cuánto puede durar sin respirar un humano de su tamaño, edad y estado de salud deplorable por su pulso en estado de pánico —dijo, finalmente delatando lo que Yako había adivinado.
—Raijin, sé que me enfadé por ello en aquel momento, pero ya lo he olvidado —le sonrió, poniéndose a caminar a su lado, posando una mano en su hombro—. Sé que no querías hacerle nada, eres un ser de pura naturaleza buena como yo, pero reconoce que estabas teniendo un pequeño descontrol emocional.
—¿¡Qué!? —se oyó a Sam exclamar tras ellos, incrédulo, sabiendo que eso en Raijin era extremadamente inusual.
—Todavía no me has contado por qué te contagiaste de tanto enfado en aquel momento —le insistió Yako a su amigo—. ¿Qué estuviste haciendo antes de encontrarte conmigo y Kiyomaro?
El rubio no respondió. Por nada en el mundo quería decirle a nadie, ni siquiera a Yako, que se encontró con la propia Cleven allí en esa discoteca la noche anterior, y sobre la conversación tan tensa que tuvo con ella, porque todavía seguía pensando en sus molestas palabras y no lograba quitárselas de la cabeza.
—¿Has estado preocupado hasta ahora por cómo me puse ayer? —preguntó Yako.
Raijin frunció los labios, un poco avergonzado. Una vez más, fue capaz de generar un sentimiento propio y natural, lo que sólo le pasaba con las personas que más le importaban.
—Hm… —sonrió Yako otra vez, sabiendo de sobra que así era—. Venga, olvídalo, sabes que no voy a darte de lado por una tontería así. Somos amigos desde que éramos bebés, hombre.
El rubio cerró un momento los ojos dando un suspiro, pero más tranquilo. Se sentía mejor.
—Qué escena tan bonita —irrumpió Sam—. ¿Seguimos?
—Vamos, “hermanitos”, divirtámonos rescatando a Kyo, animad esas caras —apremió Yako, pasando un brazo sobre los hombros de Raijin y otro sobre los de Sam.
—Espero que los de la MRS no nos lo pongan muy fácil —comentó Raijin, llevándose un cigarrillo a los labios y sacando el mechero del bolsillo.
—Y que lo digas —rio Yako—. Llevamos demasiado tiempo sin tener un poco de acción.
—Hey, mirad. ¿Y eso? —preguntó Sam de repente, señalándoles al frente.
Los tres vieron una lujosa limusina negra parándose al lado de la acera, a pocos metros de ellos, justo al final del puente, obligando a los coches que iban detrás a cambiarse de carril. Cuando vieron salir de ella a dos enormes hombres vestidos con traje negro, uno de etnia caucásica y el otro africana, y seguidamente a un anciano muy peculiar, se llevaron una tremenda sorpresa.
Ese anciano vestía con un impresionante traje de telas de color negro y verde oscuro, mezclando un estilo coreano antiguo con el persa que, pese a parecer un atuendo de épocas pasadas, era muy elegante. Junto a su porte, su altura y su mirada imponente, desprendía una grandeza sin igual. Tenía unas pronunciadas entradas en la frente, pero le caía por espalda y hombros una larga melena blanca, decorada con algunas trenzas y abalorios, y tenía una barba y un bigote cortos, también canos.
Su rostro era bastante viejo, normal para alguien que tenía 110 años de edad, aunque aparentaba 80. A pesar de que tenía unos párpados algo caídos y arrugados, su mirada se sostenía firme y atenta. Sus ojos eran de un color ámbar intenso, dorados, y expresaba una seriedad a través de ellos que congelaba la sangre.
Más pálidos se pusieron los chicos al ver que el anciano se acercaba a ellos, seguido de sus dos guardianes humanos.
—Tira el cigarro, tira el cigarro… —le susurró Yako, apurado, contagiándole a Raijin los nervios de tal manera que sus manos temblaron, y tanto el mechero como el cigarro se le resbalaron y cayeron de la barandilla al agua.
—¿Es Alvion y parece cabreado, o estoy teniendo una pesadilla? —murmuró Sam, paralizado.
Nadie tuvo tiempo de contestar, pues cuando el anciano se detuvo frente a ellos, estos se arrodillaron inmediatamente ante él como saludo de máximo respeto, sin levantar la mirada, conteniendo la respiración. «¿Qué está haciendo en esta parte del mundo?» se preguntó Raijin.
Ahí estaba, Alvion Zou, el ser más poderoso del mundo en la actualidad, aquel que por ser del linaje Zou tenía la capacidad de dominar todos los elementos naturales existentes y a los tres millones de iris del planeta. No era exactamente humano, ni tampoco era un iris; era de una especie totalmente distinta, un Zou. El Señor de los Iris.
Severo trauma inicial escuchame, vaya forma de enterarse de toda la situación, de pasar en pensar en darnos una oportunidad como pareja a enterarse de semejante verdad Y MÁS AHORA, que ya hubo un acercamiento que a ambos les pesa bastante.
ResponderEliminarEncima es que ambos estaban completamente despistados del asunto, los que sabían todo era Tako y Nakuru pero no quisieron decirles nada así que ambos estaban en la inopia absoluta de la situación.
Uff ambos se han roto emocionalmente, porque Brey claramente estaba empezando a sentir cosas y ahora es algo que obvio va a causarle rechazo, peor que no va a poder deshacerse de ello tan fácilmente como quien borra el lápiz de un cuaderno con un borrador. Asique debe ser horrible la ansiedad de sentir eso y saber que está jodidamente todo mal, porque fue fruto del desconocimiento absoluto.
Y cleven ahora esta tambien rota porque ella se había hecho ya una idea en mente de comos eria la situación con Raijin y comos eria todo con Brey, asique descubrir que jaja ambos son la misma persona y más ahora que ya hay otras movidas involucradas es un puñada total. Lo peor es que en este caso ambos son víctimas de la situación, uno porque su mente está modificada para no recordarla de forma alguna y la otra porque no tenía los detalles que necesitaba para entender qué estaba pasando. El silencio de Nakuru y el de Yako al final les ha pasado factura.
Raijin no gana para disgustos últimamente, acaba de morir siete veces seguidas al escuchar a Neuval gritarle, ya se ha visto a sí mismo cortado en mil trozos en el suelo. Normal además si Fuujin le tiene una especial rabia y desconfianza.
Bueno, error, Yako también se suma al tren del pánico como Neuval, se entera del percal y con razón.
Sam se apunta al tren de voy a morir joven también, es que madre mia. Falta Nakuru.
Al final si hacemos cuentas, cuando ocurrió lo de Katz y Neuval dejó de estar activamente como líder y Brey se encargó de todo en su lugar como iris guardián, él solo tenía 13 años. Que imagino ahí tenían aún a Lao pero ya debía estar un tanto limitado porque el gobierno estaba detrás de él. Si a eso se le añade a Brey intentando retomar estudios, lo de Yue, lo de sus hijos, lo de tratar de lidiar también con los más pequeños de KRS con sus respectivos problemas. Más la marcha de Izán también. Se quedó prácticamente solo lidiando con todo y sin más familia que sus hijos de pañales. Es normal que esté frustrado, enojado y cansado y que le joda que le echen en cara que no se ha esforzado todo ese tiempo.
El también perdió a gente y no huyó, cosa que Neuval sí hizo, aunque le cueste aceptarlo y admitirlo porque está orgulloso al final y por qué le pudo el dolor y el majin.
No recuerdo si en la versión anterior la situación íntima de Raijin y Cleven fue mas grafica o si ellos se acordaba o no de lo que hicieron. ¿Fue así tal cual o fue diferente? Es que no me acuerdo. Pero entiendo que el hecho de que no lo hagan hacen de alguna forma más fácil la situación para ambos aunque no la obvien.