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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __









31.
Kiyomaro

Yako estaba haciendo lo posible por pasar entre la masa de gente de la pista de baile de la zona VIP, que no paraba de dar saltos y moverse de aquí para allá, mientras buscaba a Kiyomaro, mirando por todas partes.

Pensó que había más posibilidades de encontrarlo en esta zona más privada de la discoteca porque era donde solían estar los ricos, tanto legales como ilegales, tanto empresarios como traficantes, y Kiyomaro era el lacayo por excelencia de este tipo de gente.

Era el único tipo de lugar de la ciudad donde se mezclaban los humanos buenos y los malos como si no pasara nada. Más que nada, porque los primeros solían ignorar que los segundos estaban entre ellos. Sobre todo, donde delincuentes y mafiosos de la Yakuza disfrutaban de su ocio y de sus negocios al mismo tiempo con total libertad, sin policías, impunes. Discotecas así donde se movía mucho dinero eran un lugar seguro para actividades criminales. Se supone que era trabajo de la policía investigar este tipo de actividades y este tipo de lugares y cazar a los criminales, pero, aunque sí lo lograban en otros sitios y otras situaciones, siempre quedaba algún lugar donde el tren de los negocios turbios seguía en marcha. Entonces, aquí era donde los iris trabajaban, en aquello donde la policía humana común no podía llegar o que no podía resolver adecuadamente.

Yako y los demás iris de Tokio ya tenían este lugar fichado, sabían qué mafiosos y traficantes se guarecían aquí y lo que hacían en la clandestinidad, drogas y prostitución básicamente. Sin embargo, era trabajo de Alvion, el jefe de la Asociación, investigar primero los primeros datos y posibilidades de actuar al respecto, y así elaborar una misión con un objetivo concreto, y era decisión de él a qué RS encomendarle esta misión.

Por eso, Yako y sus compañeros de la KRS no podían hacer nada contra la actividad criminal que se cocía en el Gesshoku ahora, porque Alvion seguramente le iba a encargar eso a otra RS algún día, así que no era asunto ni de Raijin ni de Yako ocuparse ahora de eso, por mucho que a Yako se le estuvieran revolviendo las tripas en este momento, estando bajo el mismo techo que humanos despreciables y no hacer nada al respecto.

Apestaba a energía Yin por toda la zona. Ahí debía de haber casi un centenar de humanos malos. Yako se estaba mareando por ese olor. Pero no era un olor real, del que se captaba con la nariz; era una forma de interpretarlo, porque los seres como Yako percibían la energía Yin similar a olfatearlo, pero, en lugar de con la nariz, lo sentían con la mente.

«Debería haberle dejado a Raijin esta zona» pensó. Se paró ahí en mitad para descansar un poco, mirando por encima de las cabezas de la gente, agobiado. Repentinamente, notó que alguien le daba una palmada en el trasero, y miró sobresaltado a la mujer que estaba tras él.

—Hola, guapo —le sonrió esta—. ¿Vienes solo?

—Ehm… —sonrió Yako, nervioso, pero otra mujer le sorprendió por la espalda.

—Qué alto y esbelto… ¿Cómo te llamas?

—Yo… —titubeó, viéndose rodeado entre ambas.

—Hmm… —murmuró la recién aparecida, analizando a Yako—. ¿Eres coreano?

—Pues…

—No, Kazumi —le dijo la otra—. Seguro que es chino.

—Oh, sí —asintió la segunda, deslizando sus manos por el torso del joven—. Eres precioso. Aunque… —entornó los ojos—. Tiene algo occidental…

—Disculpen, señoritas, pero tengo que… —intentó excusarse Yako.

—¿A que lo adivino? —insistió la otra, y se acercó lo máximo que pudo a su rostro, o lo intentó, porque Yako le sacaba una cabeza y media y ni con tacones altos ella lo alcanzaba—. Plaisir… Pleasure… Vergnügen… Prazer… Piacere… ¡Ajá! —lo señaló—. Tus cejas se han levantado ahí… Dime, cara de ángel, ¿eres medio italiano?

—Hala… Es usted buena —se sorprendió Yako.

—Años de práctica sacando secretos y otra cosas del cuerpo de los hombres —sonrió ella, haciéndole caricias en la barbilla con un dedo.

—Bueno… De verdad, discúlpenme, tengo que irme a….

—Oh, nunca he probado a un ítalo-chino —caviló la otra mujer con interés—. ¿Qué tienes, 20, 21 años? Eres un niño todavía, qué ricura… —le acarició la barbilla con el dedo, imitando a la otra.

—Yo lo he visto antes —protestó esta, apartando a su compañera y abrazando a Yako.

—Socorro… —musitó el joven, intentando divisar una vía de escape.

—No seas tímido —le susurró la que le abrazaba, mientras la otra intentaba hacerse hueco.

—Baila conmigo —le pidió la otra, tirándole de un brazo.

—¡No, bailará conmigo! —saltó la otra, tirando de su otro brazo.

—Raijin… —sollozó Yako, viéndose a sí mismo salir del Gesshoku partido por la mitad.

—Chicas, chicas —apareció de pronto un hombre bajito de entre la gente, abriéndose paso con brusquedad, y cogió a cada una de cada brazo con la misma brusquedad—. Os he dicho que no os alejaseis, Ojisan os quería ver en el despacho hace cinco minutos para daros el nuevo itinerario. ¡Ganaos el sueldo!

Yako se quedó algo aliviado de no seguir apresado entre esas acosadoras, pero al reconocer al hombre que tiraba de ellas mientras se alejaban, reaccionó. Era un personaje menudo, con un pelo negro, sucio y despeinado. Su cara brillaba con las luces, y su expresión recordaba al de un pequeño leprechaun, o a un duendecillo, nervioso e inquieto, y bien feo. Era digno de llamarse vasallo de un pez gordo.

Yako siguió a ese hombre y a las chicas hasta que salieron de la pista de baile y se adentraron en un pequeño pasillo, donde al fondo había una puerta iluminada con una luz roja, y las dos chicas se metieron por ella. El menudo hombrecillo se dio la vuelta para regresar hacia la pista de baile, pero nada más salir del pequeño pasillo, se dio de bruces con Yako. Soltó un juramento y fue a insultarlo, pero tuvo que levantar mucho la cabeza hasta poder ver su rostro. En ese momento, Yako estaba a contraluz y parecía una silueta negra con dos ojos escalofriantes que emitían un leve brillo dorado, y el hombrecillo se estremeció por un momento.

—A… aparta de mi camino, mocoso —le gruñó sin embargo, manteniendo la distancia.

Yako dio un paso y dejó ver su rostro en una zona un poco más iluminada, mostrándole al otro su sonrisa más simpática.

—¿Qué es esa forma de tratar a las mujeres? —preguntó Yako con su habitual tono suave.

—Jiji… Mira, chaval, si quieres una tendrás que pagar por ella —le dijo, impaciente, frotándose las manos con nerviosismo—. Pero esas dos son intocables, propiedad de alguien más importante que tú, larguirucho. Jiji, sabré yo cómo tratarlas. Y ahora aparta —pasó de largo, empujándolo a un lado.

—Kiyomaro… —lo llamó con calma, y este se paró y lo observó con sorpresa.

—¿De qué conoces mi nombre? ¿Te conozco? —entornó los ojos, tratando de visualizar mejor a Yako, a pesar de que había poca luz y focos moviéndose por todos lados.

—Tengo un trabajito para ti.

—Hmm… Oh, ya entiendo. Eres uno de esos estúpidos iris engreídos. ¡Pues ahora no tengo tiempo!

—Que yo sepa, estás al servicio de los iris, antes que al servicio de cualquier otro. ¿Recuerdas?

—Ah, ¿sí? —gruñó, apartándose de él y caminando por los flancos de la pista de baile, más despejados de gente, y Yako lo siguió tranquilamente—. ¿Y cuánto me ofreces?

—Nada. Lo vas a tener que hacer sin nada a cambio.

—Jiji, ¿me estás tomando el pelo, chico? —se rio; pero en ese momento, al pararse bajo un foco más brillante, Kiyomaro se fijó mejor en Yako, especialmente en sus ojos—. Espera un momento —dio un paso atrás—. Mierda, tú eres ese… el famoso Yako… Agh, lo que me faltaba —masculló.

—Oh… ¿Famoso por qué? —sonrió Yako.

—Porque tú no eres un iris, solamente te haces pasar por uno, todo el mundo lo sabe. Igual que te haces pasar por un humano ahí en ese bar tuyo. ¿Qué demonios hace aquí un ser supremo como tú mezclándose con los iris y con los humanos, con los seres inferiores?

—No me hago pasar por iris, lo soy, ahora soy parte de ellos y necesitamos tu colaboración, así que, por favor, accede.

—No pienso aceptar nada que tú me pidas. Acepto el trabajo que me piden los iris si me pagan y el de los humanos. Pero tú y tu especie de ojos dorados me ponéis de los nervios.

—Eso es muy grosero—dijo molesto.

—Déjame en paz, criatura extraña —siguió caminando.

—Soy tan persona como los humanos y los iris, no me llames “criatura” —se enfadó Yako.

—Pero es lo que eres, oh, gran Señor Yako.

—Déjalo ya. Deserté. Soy un iris de verdad, normal y corriente, desde que tengo 4 años. Presencié una tragedia y me convertí como los demás se convirtieron. Y como tal, cumplo con el trabajo de la Asociación.

Kiyomaro se detuvo un momento y lo miró de arriba abajo, socarrón.

—Santo cielo, tu abuelo debe de odiarte mucho por eso.

—No es asunto tuyo —masculló Yako.

Ambos se adentraron en un patio muy amplio, al aire libre, adoquinado y con una enorme fuente con luces de colores en el centro. Apenas estaba iluminado por unas luces naranjas situadas en las paredes que limitaban el patio, y había unas cuantas parejas en el lugar, sentadas en los bancos. Allí la música seguía sonando fuertemente, y el joven vio cómo Kiyomaro buscaba con sus movimientos nerviosos a alguien por la zona, seguramente a otra empleada.

—Es tu obligación cumplir cada vez que se te pida, Kiyomaro —insistió Yako, empezando a perder un poco la paciencia—. Por eso te dejamos pulular por aquí a tus anchas, en lugar de meterte en un calabozo… o de matarte. Así que no te hagas de rogar.

—Hah… —el hombrecillo se giró hacia él—. Debes de estar padeciendo un gran sufrimiento ahora mismo, conteniendo con todas tus fuerzas tu feroz deseo de matarme arrancándome la cabeza. He oído que tu especie siente repulsión inmediata por aquellos que estamos muy lejos de ser angelitos. ¿Me equivoco? —le sonrió arrogante.

Sin embargo, se le borró la sonrisa cuando Yako, suavemente, le posó una mano en el hombro de forma amigable, y le devolvió una sonrisa dulce.

—No. No te equivocas. Todo lo que dices es cierto.

Kiyomaro sintió de repente un temblor en las piernas. Quizá se estaba pasando de listo intentando ofender o provocar a Yako con esos comentarios. Pero es que la natural amabilidad de Yako y su eterna sonrisa cándida le hacía confiarse.

—Sólo te equivocas en lo de mi deseo de arrancarte la cabeza —añadió Yako dócilmente—. Prefiero destriparte. Despedazarte lenta y dolorosamente… trocito a trocito… con mis propios dientes, miserable humano.

Kiyomaro tragó saliva. Por un segundo temió por su vida de manera auténtica.

—N… ¡Ya, claro! Pero tienes prohibido hacerlo si no tienes el permiso de tu abuelo, así que deja de hacerte el duro, ¡no puedes hacerme nada!

—Bueno. Eso también es verdad —Yako quitó la mano de su hombro, sin dejar de mostrarse risueño—. Mi compañero y yo necesitamos que nos hagas un favor ahora mismo. Yo soy muy blando, debo admitirlo. No quisiera llamar a mi amigo para que te convenza él, pues él no es tan blando como yo.

—¿Así que vas de ese palo? ¡Jaja! No puedes matarme sin permiso pero tampoco eres capaz de convencerme porque “eres blando”. ¡Vaya un disparate!

—Es que si dejo de ser blando contigo, tú dejas de vivir —le explicó Yako—. No sé tratar a gente como tú mediante un término medio.

—¿Y de verdad pretendes trabajar y actuar como un iris? No me extraña que desertaras, tu abuelo debió de mandarte a esta parte del mundo de una patada —se burló, volviendo con su búsqueda—. Vaya una vergüenza para los de tu especie, no sirves ni para eso ni para ser iris. Puede que nacieras con una parte humana, mocoso, y que te hayas convertido en iris al ver morir a alguien importante, ¡pobrecito!, pero no puedes huir de la verdad tal y como insistes tanto en hacer, y la verdad es que no puedes dejar de ser lo que realmente eres sólo porque no te gusta, la maldita criatura más poderosa del mundo. Y aquí estás, un monstruo disfrazado de simpático iris por la noche, y de humano camarero por el día. Hah... ¿Dónde estará esa estúpida...? —siguió buscando a otra de las chicas.

—Kiyomaro, acepta de una vez.

—¡Yo no hago nada gratis! —exclamó con enfado.

Kiyomaro volvió a entrar en el local, y Yako hizo lo mismo, optando por recurrir a Raijin. Al pasar por la puerta vio que el hombrecillo se había parado cerca de la puerta y se había puesto a hablar con una chica que, a juzgar por su vestimenta, debía de ser otra chica de compañía, y le estaba echando la bronca.

Yako pasó de largo y se encaminó hacia las escaleras que daban al segundo piso, pensando que Raijin debía de estar ahí, ya que no lo había visto en la primera planta. Le sorprendió ver que el rubio estaba bajando ya las escaleras, con una aura de lo más irritada. Se acercó a él, pero Raijin pasó de largo a zancadas y le tuvo que seguir por detrás.

—Lo he encontrado —le informó Yako, intentado seguir su paso—. Está en la puerta de allí, pero no ha querido ni escuchar los planes que tenemos para él.

—Ya —gruñó Raijin, yendo directamente a por el hombrecillo.

—Hey, ¿qué te pasa? —le preguntó con sorpresa—. Te veo más cabreado de lo normal. ¿Quién te ha contagiado el enfado? ¿Ha pasado algo?

Raijin no contestó, y, sin parar la marcha, cogió a Kiyomaro del cuello de la chaqueta y lo arrastró literalmente por el suelo hacia el patio de fuera.

—¿¡Pero qué…!? —exclamó el hombrecillo.

—Raijin, espera, usa las palabras —le pidió Yako, apurado, viéndolo venir.

Pero el rubio ni le escuchó, se fue derechito a la fuente y metió la cabeza de Kiyomaro en el agua de lleno. Las parejas de alrededor se sobresaltaron con esto y observaron la situación con susto, mientras el hombrecillo pataleaba, intentado sacar la cabeza del agua.

—No teníamos que llamar la atención así… —suspiró Yako.

Raijin, de un tirón, sacó la cabeza de Kiyomaro a la superficie y se sentó en el bordillo, sin soltarlo.

—¿Vas a escuchar ahora? —le preguntó Raijin con fiereza.

—Que te jodan, mocoso… —escupió, recuperando el aliento.

Y Raijin volvió a zambullirlo en la fuente, haciendo fuerza para que el hombre no pudiese moverse. Tras unos segundos, volvió a sacarlo, y Kiyomaro tosió como un descosido.

—¿Y ahora? —preguntó de nuevo.

—¡Esto está mal! ¡Está prohibido, lo tenéis prohibido! —gritaba histérico—. ¡No podéis matarme!

—No te estoy matando, te estoy dando un baño, que te hace falta —dijo Raijin, sumergiéndolo de nuevo.

Seguidamente, sacó un cigarrillo con la mano que tenía libre y se lo encendió pacientemente, mientras el hombre hacía ruido bajo el agua y pataleaba. Yako vio que esta vez estaba tardando en sacarlo, y tuvo que reaccionar.

—Raijin, no te pases.

—Sé lo que hago, Shokubutsu-chan —replicó él, dándole una calada a su cigarrillo.

—No sé por qué estás tan cabreado, pero te estás dejando dominar por ese enfado.

—¿Este gusano ha sido un cabrón contigo, te ha dicho algo desagradable? —le preguntó el rubio—. Apuesto a que sí.

De pronto Yako agarró a Raijin del otro brazo y lo obligó a sacar a Kiyomaro del agua, que estaba a poco de ahogarse. En ese momento, Yako miraba a su amigo con una expresión muy severa.

—Esto es lo contrario de ser iris —le reprochó—. Este no eres tú.

Esas palabras sorprendieron a Raijin y le hicieron volver a la realidad. Tenía razón. Estaba perdiendo el control, comportándose según el enfado, y no según la razón. Y eso en él, sobre todo en él, era de lo más improbable, porque Raijin era un iris puro, un iris perfecto, que solamente tenía el defecto del contagio a veces. Para esto Yako sí que no era indulgente ni blando. Por la salud y el bienestar de su amigo, haría cualquier cosa.

Aun así, cuando esto sucedía, a Raijin le daba rabia, especialmente cuando Yako tenía que llamarle la atención. Viniendo de él, le afectaba más que con cualquier otra persona.

—¡Aarf, agh, aah...! —gemía el pobre hombrecillo, respirando por su vida—. ¡Está bien, está bien! ¡Agh! ¡Haré lo que queráis!

El rubio lo soltó y dejó que recuperara el aliento. Miró a su amigo.

—Al menos así es más rápido.

—No vuelvas a hacerlo —le reprendió Yako.

Raijin desvió la mirada, molesto, pero no dijo nada. Lo que él y Yako no sabían es que el enfado que Raijin sentía ahora era genuino, y no contagiado. Pocas personas eran capaces de hacer que Raijin sintiera emociones de verdad por sí mismo, y solían ser aquellas personas que más le importaban, como Yako. Pero ¿Cleven? Cleven había conseguido cabrearlo con lo de antes, ¿cómo había podido esa charlatana hacerle sentir una emoción natural? Eso significaba que las cosas que Cleven le había dicho le habían importado bastante, y le habían afectado hondamente.

Sin apenas conocerlo, ella había sido capaz de ver muchas cosas de su interior, algo que normalmente la gente conseguía tras pasar años conociendo a otra persona. Ella sólo había estado con él un par de días y le había destapado una gran verdad de sí mismo. Raijin no podía dejar de pensar en ello.









31.
Kiyomaro

Yako estaba haciendo lo posible por pasar entre la masa de gente de la pista de baile de la zona VIP, que no paraba de dar saltos y moverse de aquí para allá, mientras buscaba a Kiyomaro, mirando por todas partes.

Pensó que había más posibilidades de encontrarlo en esta zona más privada de la discoteca porque era donde solían estar los ricos, tanto legales como ilegales, tanto empresarios como traficantes, y Kiyomaro era el lacayo por excelencia de este tipo de gente.

Era el único tipo de lugar de la ciudad donde se mezclaban los humanos buenos y los malos como si no pasara nada. Más que nada, porque los primeros solían ignorar que los segundos estaban entre ellos. Sobre todo, donde delincuentes y mafiosos de la Yakuza disfrutaban de su ocio y de sus negocios al mismo tiempo con total libertad, sin policías, impunes. Discotecas así donde se movía mucho dinero eran un lugar seguro para actividades criminales. Se supone que era trabajo de la policía investigar este tipo de actividades y este tipo de lugares y cazar a los criminales, pero, aunque sí lo lograban en otros sitios y otras situaciones, siempre quedaba algún lugar donde el tren de los negocios turbios seguía en marcha. Entonces, aquí era donde los iris trabajaban, en aquello donde la policía humana común no podía llegar o que no podía resolver adecuadamente.

Yako y los demás iris de Tokio ya tenían este lugar fichado, sabían qué mafiosos y traficantes se guarecían aquí y lo que hacían en la clandestinidad, drogas y prostitución básicamente. Sin embargo, era trabajo de Alvion, el jefe de la Asociación, investigar primero los primeros datos y posibilidades de actuar al respecto, y así elaborar una misión con un objetivo concreto, y era decisión de él a qué RS encomendarle esta misión.

Por eso, Yako y sus compañeros de la KRS no podían hacer nada contra la actividad criminal que se cocía en el Gesshoku ahora, porque Alvion seguramente le iba a encargar eso a otra RS algún día, así que no era asunto ni de Raijin ni de Yako ocuparse ahora de eso, por mucho que a Yako se le estuvieran revolviendo las tripas en este momento, estando bajo el mismo techo que humanos despreciables y no hacer nada al respecto.

Apestaba a energía Yin por toda la zona. Ahí debía de haber casi un centenar de humanos malos. Yako se estaba mareando por ese olor. Pero no era un olor real, del que se captaba con la nariz; era una forma de interpretarlo, porque los seres como Yako percibían la energía Yin similar a olfatearlo, pero, en lugar de con la nariz, lo sentían con la mente.

«Debería haberle dejado a Raijin esta zona» pensó. Se paró ahí en mitad para descansar un poco, mirando por encima de las cabezas de la gente, agobiado. Repentinamente, notó que alguien le daba una palmada en el trasero, y miró sobresaltado a la mujer que estaba tras él.

—Hola, guapo —le sonrió esta—. ¿Vienes solo?

—Ehm… —sonrió Yako, nervioso, pero otra mujer le sorprendió por la espalda.

—Qué alto y esbelto… ¿Cómo te llamas?

—Yo… —titubeó, viéndose rodeado entre ambas.

—Hmm… —murmuró la recién aparecida, analizando a Yako—. ¿Eres coreano?

—Pues…

—No, Kazumi —le dijo la otra—. Seguro que es chino.

—Oh, sí —asintió la segunda, deslizando sus manos por el torso del joven—. Eres precioso. Aunque… —entornó los ojos—. Tiene algo occidental…

—Disculpen, señoritas, pero tengo que… —intentó excusarse Yako.

—¿A que lo adivino? —insistió la otra, y se acercó lo máximo que pudo a su rostro, o lo intentó, porque Yako le sacaba una cabeza y media y ni con tacones altos ella lo alcanzaba—. Plaisir… Pleasure… Vergnügen… Prazer… Piacere… ¡Ajá! —lo señaló—. Tus cejas se han levantado ahí… Dime, cara de ángel, ¿eres medio italiano?

—Hala… Es usted buena —se sorprendió Yako.

—Años de práctica sacando secretos y otra cosas del cuerpo de los hombres —sonrió ella, haciéndole caricias en la barbilla con un dedo.

—Bueno… De verdad, discúlpenme, tengo que irme a….

—Oh, nunca he probado a un ítalo-chino —caviló la otra mujer con interés—. ¿Qué tienes, 20, 21 años? Eres un niño todavía, qué ricura… —le acarició la barbilla con el dedo, imitando a la otra.

—Yo lo he visto antes —protestó esta, apartando a su compañera y abrazando a Yako.

—Socorro… —musitó el joven, intentando divisar una vía de escape.

—No seas tímido —le susurró la que le abrazaba, mientras la otra intentaba hacerse hueco.

—Baila conmigo —le pidió la otra, tirándole de un brazo.

—¡No, bailará conmigo! —saltó la otra, tirando de su otro brazo.

—Raijin… —sollozó Yako, viéndose a sí mismo salir del Gesshoku partido por la mitad.

—Chicas, chicas —apareció de pronto un hombre bajito de entre la gente, abriéndose paso con brusquedad, y cogió a cada una de cada brazo con la misma brusquedad—. Os he dicho que no os alejaseis, Ojisan os quería ver en el despacho hace cinco minutos para daros el nuevo itinerario. ¡Ganaos el sueldo!

Yako se quedó algo aliviado de no seguir apresado entre esas acosadoras, pero al reconocer al hombre que tiraba de ellas mientras se alejaban, reaccionó. Era un personaje menudo, con un pelo negro, sucio y despeinado. Su cara brillaba con las luces, y su expresión recordaba al de un pequeño leprechaun, o a un duendecillo, nervioso e inquieto, y bien feo. Era digno de llamarse vasallo de un pez gordo.

Yako siguió a ese hombre y a las chicas hasta que salieron de la pista de baile y se adentraron en un pequeño pasillo, donde al fondo había una puerta iluminada con una luz roja, y las dos chicas se metieron por ella. El menudo hombrecillo se dio la vuelta para regresar hacia la pista de baile, pero nada más salir del pequeño pasillo, se dio de bruces con Yako. Soltó un juramento y fue a insultarlo, pero tuvo que levantar mucho la cabeza hasta poder ver su rostro. En ese momento, Yako estaba a contraluz y parecía una silueta negra con dos ojos escalofriantes que emitían un leve brillo dorado, y el hombrecillo se estremeció por un momento.

—A… aparta de mi camino, mocoso —le gruñó sin embargo, manteniendo la distancia.

Yako dio un paso y dejó ver su rostro en una zona un poco más iluminada, mostrándole al otro su sonrisa más simpática.

—¿Qué es esa forma de tratar a las mujeres? —preguntó Yako con su habitual tono suave.

—Jiji… Mira, chaval, si quieres una tendrás que pagar por ella —le dijo, impaciente, frotándose las manos con nerviosismo—. Pero esas dos son intocables, propiedad de alguien más importante que tú, larguirucho. Jiji, sabré yo cómo tratarlas. Y ahora aparta —pasó de largo, empujándolo a un lado.

—Kiyomaro… —lo llamó con calma, y este se paró y lo observó con sorpresa.

—¿De qué conoces mi nombre? ¿Te conozco? —entornó los ojos, tratando de visualizar mejor a Yako, a pesar de que había poca luz y focos moviéndose por todos lados.

—Tengo un trabajito para ti.

—Hmm… Oh, ya entiendo. Eres uno de esos estúpidos iris engreídos. ¡Pues ahora no tengo tiempo!

—Que yo sepa, estás al servicio de los iris, antes que al servicio de cualquier otro. ¿Recuerdas?

—Ah, ¿sí? —gruñó, apartándose de él y caminando por los flancos de la pista de baile, más despejados de gente, y Yako lo siguió tranquilamente—. ¿Y cuánto me ofreces?

—Nada. Lo vas a tener que hacer sin nada a cambio.

—Jiji, ¿me estás tomando el pelo, chico? —se rio; pero en ese momento, al pararse bajo un foco más brillante, Kiyomaro se fijó mejor en Yako, especialmente en sus ojos—. Espera un momento —dio un paso atrás—. Mierda, tú eres ese… el famoso Yako… Agh, lo que me faltaba —masculló.

—Oh… ¿Famoso por qué? —sonrió Yako.

—Porque tú no eres un iris, solamente te haces pasar por uno, todo el mundo lo sabe. Igual que te haces pasar por un humano ahí en ese bar tuyo. ¿Qué demonios hace aquí un ser supremo como tú mezclándose con los iris y con los humanos, con los seres inferiores?

—No me hago pasar por iris, lo soy, ahora soy parte de ellos y necesitamos tu colaboración, así que, por favor, accede.

—No pienso aceptar nada que tú me pidas. Acepto el trabajo que me piden los iris si me pagan y el de los humanos. Pero tú y tu especie de ojos dorados me ponéis de los nervios.

—Eso es muy grosero—dijo molesto.

—Déjame en paz, criatura extraña —siguió caminando.

—Soy tan persona como los humanos y los iris, no me llames “criatura” —se enfadó Yako.

—Pero es lo que eres, oh, gran Señor Yako.

—Déjalo ya. Deserté. Soy un iris de verdad, normal y corriente, desde que tengo 4 años. Presencié una tragedia y me convertí como los demás se convirtieron. Y como tal, cumplo con el trabajo de la Asociación.

Kiyomaro se detuvo un momento y lo miró de arriba abajo, socarrón.

—Santo cielo, tu abuelo debe de odiarte mucho por eso.

—No es asunto tuyo —masculló Yako.

Ambos se adentraron en un patio muy amplio, al aire libre, adoquinado y con una enorme fuente con luces de colores en el centro. Apenas estaba iluminado por unas luces naranjas situadas en las paredes que limitaban el patio, y había unas cuantas parejas en el lugar, sentadas en los bancos. Allí la música seguía sonando fuertemente, y el joven vio cómo Kiyomaro buscaba con sus movimientos nerviosos a alguien por la zona, seguramente a otra empleada.

—Es tu obligación cumplir cada vez que se te pida, Kiyomaro —insistió Yako, empezando a perder un poco la paciencia—. Por eso te dejamos pulular por aquí a tus anchas, en lugar de meterte en un calabozo… o de matarte. Así que no te hagas de rogar.

—Hah… —el hombrecillo se giró hacia él—. Debes de estar padeciendo un gran sufrimiento ahora mismo, conteniendo con todas tus fuerzas tu feroz deseo de matarme arrancándome la cabeza. He oído que tu especie siente repulsión inmediata por aquellos que estamos muy lejos de ser angelitos. ¿Me equivoco? —le sonrió arrogante.

Sin embargo, se le borró la sonrisa cuando Yako, suavemente, le posó una mano en el hombro de forma amigable, y le devolvió una sonrisa dulce.

—No. No te equivocas. Todo lo que dices es cierto.

Kiyomaro sintió de repente un temblor en las piernas. Quizá se estaba pasando de listo intentando ofender o provocar a Yako con esos comentarios. Pero es que la natural amabilidad de Yako y su eterna sonrisa cándida le hacía confiarse.

—Sólo te equivocas en lo de mi deseo de arrancarte la cabeza —añadió Yako dócilmente—. Prefiero destriparte. Despedazarte lenta y dolorosamente… trocito a trocito… con mis propios dientes, miserable humano.

Kiyomaro tragó saliva. Por un segundo temió por su vida de manera auténtica.

—N… ¡Ya, claro! Pero tienes prohibido hacerlo si no tienes el permiso de tu abuelo, así que deja de hacerte el duro, ¡no puedes hacerme nada!

—Bueno. Eso también es verdad —Yako quitó la mano de su hombro, sin dejar de mostrarse risueño—. Mi compañero y yo necesitamos que nos hagas un favor ahora mismo. Yo soy muy blando, debo admitirlo. No quisiera llamar a mi amigo para que te convenza él, pues él no es tan blando como yo.

—¿Así que vas de ese palo? ¡Jaja! No puedes matarme sin permiso pero tampoco eres capaz de convencerme porque “eres blando”. ¡Vaya un disparate!

—Es que si dejo de ser blando contigo, tú dejas de vivir —le explicó Yako—. No sé tratar a gente como tú mediante un término medio.

—¿Y de verdad pretendes trabajar y actuar como un iris? No me extraña que desertaras, tu abuelo debió de mandarte a esta parte del mundo de una patada —se burló, volviendo con su búsqueda—. Vaya una vergüenza para los de tu especie, no sirves ni para eso ni para ser iris. Puede que nacieras con una parte humana, mocoso, y que te hayas convertido en iris al ver morir a alguien importante, ¡pobrecito!, pero no puedes huir de la verdad tal y como insistes tanto en hacer, y la verdad es que no puedes dejar de ser lo que realmente eres sólo porque no te gusta, la maldita criatura más poderosa del mundo. Y aquí estás, un monstruo disfrazado de simpático iris por la noche, y de humano camarero por el día. Hah... ¿Dónde estará esa estúpida...? —siguió buscando a otra de las chicas.

—Kiyomaro, acepta de una vez.

—¡Yo no hago nada gratis! —exclamó con enfado.

Kiyomaro volvió a entrar en el local, y Yako hizo lo mismo, optando por recurrir a Raijin. Al pasar por la puerta vio que el hombrecillo se había parado cerca de la puerta y se había puesto a hablar con una chica que, a juzgar por su vestimenta, debía de ser otra chica de compañía, y le estaba echando la bronca.

Yako pasó de largo y se encaminó hacia las escaleras que daban al segundo piso, pensando que Raijin debía de estar ahí, ya que no lo había visto en la primera planta. Le sorprendió ver que el rubio estaba bajando ya las escaleras, con una aura de lo más irritada. Se acercó a él, pero Raijin pasó de largo a zancadas y le tuvo que seguir por detrás.

—Lo he encontrado —le informó Yako, intentado seguir su paso—. Está en la puerta de allí, pero no ha querido ni escuchar los planes que tenemos para él.

—Ya —gruñó Raijin, yendo directamente a por el hombrecillo.

—Hey, ¿qué te pasa? —le preguntó con sorpresa—. Te veo más cabreado de lo normal. ¿Quién te ha contagiado el enfado? ¿Ha pasado algo?

Raijin no contestó, y, sin parar la marcha, cogió a Kiyomaro del cuello de la chaqueta y lo arrastró literalmente por el suelo hacia el patio de fuera.

—¿¡Pero qué…!? —exclamó el hombrecillo.

—Raijin, espera, usa las palabras —le pidió Yako, apurado, viéndolo venir.

Pero el rubio ni le escuchó, se fue derechito a la fuente y metió la cabeza de Kiyomaro en el agua de lleno. Las parejas de alrededor se sobresaltaron con esto y observaron la situación con susto, mientras el hombrecillo pataleaba, intentado sacar la cabeza del agua.

—No teníamos que llamar la atención así… —suspiró Yako.

Raijin, de un tirón, sacó la cabeza de Kiyomaro a la superficie y se sentó en el bordillo, sin soltarlo.

—¿Vas a escuchar ahora? —le preguntó Raijin con fiereza.

—Que te jodan, mocoso… —escupió, recuperando el aliento.

Y Raijin volvió a zambullirlo en la fuente, haciendo fuerza para que el hombre no pudiese moverse. Tras unos segundos, volvió a sacarlo, y Kiyomaro tosió como un descosido.

—¿Y ahora? —preguntó de nuevo.

—¡Esto está mal! ¡Está prohibido, lo tenéis prohibido! —gritaba histérico—. ¡No podéis matarme!

—No te estoy matando, te estoy dando un baño, que te hace falta —dijo Raijin, sumergiéndolo de nuevo.

Seguidamente, sacó un cigarrillo con la mano que tenía libre y se lo encendió pacientemente, mientras el hombre hacía ruido bajo el agua y pataleaba. Yako vio que esta vez estaba tardando en sacarlo, y tuvo que reaccionar.

—Raijin, no te pases.

—Sé lo que hago, Shokubutsu-chan —replicó él, dándole una calada a su cigarrillo.

—No sé por qué estás tan cabreado, pero te estás dejando dominar por ese enfado.

—¿Este gusano ha sido un cabrón contigo, te ha dicho algo desagradable? —le preguntó el rubio—. Apuesto a que sí.

De pronto Yako agarró a Raijin del otro brazo y lo obligó a sacar a Kiyomaro del agua, que estaba a poco de ahogarse. En ese momento, Yako miraba a su amigo con una expresión muy severa.

—Esto es lo contrario de ser iris —le reprochó—. Este no eres tú.

Esas palabras sorprendieron a Raijin y le hicieron volver a la realidad. Tenía razón. Estaba perdiendo el control, comportándose según el enfado, y no según la razón. Y eso en él, sobre todo en él, era de lo más improbable, porque Raijin era un iris puro, un iris perfecto, que solamente tenía el defecto del contagio a veces. Para esto Yako sí que no era indulgente ni blando. Por la salud y el bienestar de su amigo, haría cualquier cosa.

Aun así, cuando esto sucedía, a Raijin le daba rabia, especialmente cuando Yako tenía que llamarle la atención. Viniendo de él, le afectaba más que con cualquier otra persona.

—¡Aarf, agh, aah...! —gemía el pobre hombrecillo, respirando por su vida—. ¡Está bien, está bien! ¡Agh! ¡Haré lo que queráis!

El rubio lo soltó y dejó que recuperara el aliento. Miró a su amigo.

—Al menos así es más rápido.

—No vuelvas a hacerlo —le reprendió Yako.

Raijin desvió la mirada, molesto, pero no dijo nada. Lo que él y Yako no sabían es que el enfado que Raijin sentía ahora era genuino, y no contagiado. Pocas personas eran capaces de hacer que Raijin sintiera emociones de verdad por sí mismo, y solían ser aquellas personas que más le importaban, como Yako. Pero ¿Cleven? Cleven había conseguido cabrearlo con lo de antes, ¿cómo había podido esa charlatana hacerle sentir una emoción natural? Eso significaba que las cosas que Cleven le había dicho le habían importado bastante, y le habían afectado hondamente.

Sin apenas conocerlo, ella había sido capaz de ver muchas cosas de su interior, algo que normalmente la gente conseguía tras pasar años conociendo a otra persona. Ella sólo había estado con él un par de días y le había destapado una gran verdad de sí mismo. Raijin no podía dejar de pensar en ello.





Comentarios

  1. Este capitulo ha hecho que se me salten las llageimas. ¡Pobrecita Song , maldita sea! Es tan injusto.

    Ya me estaba poniendo nervioso al ver que rescataba a todos los niños y ella aun no aparecia y mi mal presentimiento se hizo realidad 😭

    Ese momento de Neu rompiendose, dejando todo rastro de humanidad y convirtiendo en literalmente un demonio, es tan visceral. Es el epitome de romperse, de dejar salir toda la rabia, la furia el deseo de destruirlo todo porque ya no queda luz que lo mantenga...hasta que todo se apaga hasta que Lao aparece.

    Se siente como un simbologia de volver a nacer de entre las llamas que creó Lao al salvarle de su propia rendicion. ¡No puedo con el llanto!

    Y las palabras de Sonng me rompen el alma llamandolo angel. Pequeña e inocente niña viendo mas alla de Neuval 😭😭😭

    Es como rensible el miedo de Neuval, con todo lo que ha sufrido de tener esperanzas de ser feliz, de tener una vida de familia y de dañar a otros. Ese sentimiento de que hay algo malo con el lo acompañara por tantos años que resulta triste.

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