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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __









36.
Todo el mundo esconde algo (1/2)

La ciudad estaba padeciendo una gran nevada poco después del mediodía. Por eso, Cleven cerró los ojos con alivio cuando entró en la cálida cafetería de Yako, parándose al lado de la puerta para quitarse el gorro y los guantes, mientras Raijin y Sam pasaban al interior directamente. La joven observó cómo ambos buscaban rápidamente a Yako por el lugar, y se preguntó qué pasaba. No sabía qué estarían tramando ahora Raijin y sus amigos.

Cuando Sam apareció en el cementerio antes, los tres se fueron enseguida del lugar, y los dos chicos no habían dicho palabra alguna de lo que ocurría en todo el camino, así que Cleven no entendía nada. De todas maneras, sólo quería descansar un poco y tomar algo caliente antes que nada, por lo que se fue a sentar a la barra, donde estaba MJ sirviendo a los clientes y Kain al lado arreglando la cafetera con malos humos.

—Si no se te hubiese caído el pendiente en el moledor... —se quejaba Kain.

—Calla, fuiste tú quien le dio al botón cuando te dije que se me había caído una cosa dentro —replicó MJ.

—Me da igual, tendrías que hacer esto tú y no yo —gruñó—. Yo debería estar ahora haciendo los preparativos de mi boda.

—¡Hey! ¿Te casas? —preguntó Cleven cuando se sentó en el taburete, dejando el gorro y los guantes sobre la barra.

MJ y Kain alzaron la vista para mirarla con sorpresa.

—Anda, la chica de Raijin —sonrió MJ—. ¿Qué tal te va con él?

—¿Eh? No... —se apuró—. Si él y yo no tenemos nada... —miró un momento a otra parte, nerviosa, y decidió cambiar al tema de antes—. Enhorabuena, Kain.

—Gracias, guapa —sonrió él, dejando su nefasto arreglo de la cafetera para otro momento—. Por fin alguien amable —añadió, clavándole la mirada a la chica que tenía al lado, la cual le respondió con un bufido.

—¿Cuándo te casas? —preguntó Cleven.

—Dentro de dos meses —contestó con tono orgulloso, poniendo los brazos en jarra e hinchando el pecho, pareciendo aún más robusto de lo que era—. Heh, va a ser un gran año. Termino la carrea, me caso con la mujer de mis sueños, consigo el trabajo de mis sueños y vendré aquí con mi futura mujer como cliente y no como sirviente, para hacer trabajar a MJ el doble pidiendo comida sin parar, jojojo…

—Kain, eras alérgico a la pimienta, ¿no? —le preguntó MJ con tono causal, y el otro tardó en pillar el mensaje, y dio un respingo indignado y dolido. MJ se acercó a Cleven al otro lado de la barra—. Bueno, ¿qué te pongo?

—Un café, porfi —contestó, frotándose las manos para calentarlas rápidamente.

—Pues tendrá que ser instantáneo, sin la cafetera.

—No importa.

—En fin —suspiró MJ mientras cogía una taza y el bote de café—. Raijin y Sam han entrado contigo, ¿no? ¿Qué se proponen? Se han esfumado.

—Creo que han ido a buscar a Yako.

—Hm... —murmuró Kain, pensativo, al mismo tiempo que le servía un refresco a una mujer que se sentaba al lado de Cleven—. Ya habrán vuelto a las andadas.

—¿Qué quieres decir? —se extrañó Cleven, cogiendo su taza de café ya preparado.

—Sam, Raijin y Yako, esos tres chavales andan de vez en cuando con asuntos de lo más misteriosos —le explicó—. ¿No lo sabes? Ellos no son gente corriente.

—¿Cómo?

De repente MJ le dio un pisotón al hombre para que cerrase la boca, simulando que iba hacia la cocina, y Kain reprimió un grito de dolor y permaneció con los labios sellados, sin decir nada más. Sin embargo, Cleven, aunque no le dio más vueltas, se quedó con la intriga de lo que acababa de escuchar, y giró la cabeza para ver cómo Raijin y Sam se reunían con Yako en una mesa en un rincón del fondo.

«¿Pero qué demonios traman?» se preguntó, entornando los ojos con recelo. No obstante, sus pensamientos se esfumaron cuando vio a los mellizos sentados en los taburetes de la sección de pastelería, comiendo un dulce tras otro.

Clover y Daisuke, cuando vieron a Yako, Sam y Raijin sentarse en una mesa cerca de ellos, no tardaron en bajarse de los taburetes y correr hacia donde estaban, pegando saltos y exclamaciones.

—¡Mañana queremos ir al zoo, mañana queremos ir al zoo! —gritaban, corriendo alrededor de la mesa—. ¡Mariko nos ha dicho que ella va a ir con sus abuelos! ¡Nosotros también queremos ir al zoo!

—Hey, calma, calma —los detuvo Yako, risueño, sentando a Clover sobre su regazo—. Dai, Clover, ahora no podemos estar con vosotros, tenemos que hablar de algo importante.

—¡Jo, nunca podemos estar con vosotros! —protestó el niño con malas pulgas, subiéndose al sofá donde estaba Raijin y apoyando bruscamente las manos sobre la mesa.

—Baja de ahí, mocoso —le ordenó Raijin cansinamente, pero cuando fue a cogerlo, Daisuke le intentó dar un mordisco en la mano—. ¡Ah! —saltó.

—No quiero —replicó el niño, sacándole la lengua con burla y se puso de pie encima de la mesa—. ¡Quiero ir al zoo!

—¡No vas a ir a ningún sitio, criajo! —exclamó Raijin, lanzándole chispas por la mirada.

De pronto Clover se unió a su hermano y, desde el regazo de Yako, también se subió a la mesa.

—¡Al zoo, al zoo! —gritaron ambos, logrando montar el escándalo.

Cuando Raijin vio que la gente de otras mesas miraba molesta hacia ellos y que Yako se estaba preocupando por el bienestar y tranquilidad de su clientela pero era incapaz de decirles nada a los niños, se le hinchó la vena de la frente.

Radi vsego svyatogo, ¡basta ya! —ordenó Raijin con severidad, poniéndose en pie de un salto—. ¡Bajad ahora mismo de la mesa! ¡Sam, echa una mano!

Sam alzó la cabeza, aburrido, y viendo que su Guardián no era capaz de coger a los pequeños porque corría peligro de recibir mordiscos, decidió ayudarlo.

—Sujeta al mocoso —le dijo Raijin, mientras conseguía atrapar a Clover, la cual empezó a patalear para librarse de él—. ¡Mishka, estate quieta!

Mientras tanto, MJ, Kain y Cleven observaban la escena atentamente desde la barra. «Raijin a veces suelta palabras raras que no entiendo, ¿será que a veces mezcla idiomas al hablar?» pensaba Cleven con su incesante curiosidad por cualquier detalle del adonis rubio. «Yo hago lo mismo con el francés a veces».

—Ay, me encantan esos dos revolucionarios —comentó Kain, disfrutando el jaleo de los mellizos en la distancia—. Yo quiero tener unos iguales con mi prometida.

—No sabes lo que dices, Kain, los niños no deberían comportarse así —dijo MJ.

—Son niños... —replicó él, muy despacio, para dejarlo bien claro—... de 5 años... que se pasan horas encerrados en una cafetería donde no pueden correr y desfogarse a gusto... porque su padre está taaaan ocupado que ni siquiera los puede sacar al parque. Ya sabes. Un espacio abierto, con más niños, aire libre...

—¿Qué? ¿El padre de Clover y Daisuke nunca está con ellos? —se sorprendió y se preocupó Cleven al oírlo.

—Que no, que no le hagas caso —contestó MJ, echando a Kain a un lado—. Por supuesto que está con ellos, todos los días del año, a todas horas, pero, como cualquier padre o madre, a veces tiene varios días seguidos de mucho trabajo y no pueden permitirse pasar horas y horas en un parque con sus hijos todos los días. Clover y Daisuke están perfectamente atendidos y cuidados por su padre, sus abuelos, la anciana Agatha... incluso nosotros en la cafetería. Lo que pasa es que tienen una energía inagotable y una mente constantemente inquieta. Son buenos niños, pero como suele pasar con todos los niños, a veces tienen rabietas o caprichos como este —suspiró pacientemente mientras señalaba con un gesto aquel jaleo.

Cuando Sam consiguió atrapar a Daisuke con un solo brazo, el niño también pataleó con rabia, pero con Sam era completamente inútil oponer resistencia, y él y Raijin se dirigieron a la barra, donde estaban MJ y Kain, por lo que Cleven se puso en pie de un salto, preocupada por los dos pequeños.

—Hala, yo ya no quiero tener nada que ver con esto —masculló Sam, dejando a Daisuke en el suelo junto a la barra, y volvió con Yako rápidamente a la mesa del fondo.

—Te lo ruego, MJ —le dijo sin más Raijin a la chica tras la barra, mientras cogía a ambos niños del brazo para evitar que se escapasen. Su tono casi sonó desesperado o suplicante, algo que extrañó mucho a Cleven.

—Estate tranquilo, ¿de acuerdo? —le respondió MJ en voz baja, inclinándose hacia él para que Cleven no los oyese—. Que no te estalle la cabeza. Tú procura centrarte en resolver el rescate de tu compañero ahora. Siéntalos en un taburete, que les voy a poner dibujos animados en la tele.

—No me va a estallar la cabeza, ¿de qué hablas? —susurró.

—Mira, Raijin, Yako no te lo dice porque sabe que no te gusta oírlo, pero llevamos un tiempo muy preocupados por ti, porque últimamente estás cada vez más estresado y...

—¡No quiero ver los dibujos, yo quiero ir a la calle! —interrumpió Clover con sus quejas, intentando soltarse de Raijin.

—¡Quita, déjame, yo tampoco quiero ver dibus! —dijo Daisuke también, tirando de la mano del rubio.

—¡He dicho que basta! —estalló Raijin como un trueno repentino, cumpliendo la predicción de MJ—. ¡No estoy de humor! ¡Os ganaréis un azote!

—¡Eje! —intervino Cleven al oír las palabras que encendieron su alerta roja, poniéndose entre los niños y el rubio con las manos en alto—. ¡Ni de coña les vas a poner una mano encima, Raijin! ¡No te pases!

—¿Qué estás haciendo? —siseó, entornando los ojos con fiereza.

—¿¡Cómo que qué estoy haciendo!? —saltó incrédula—. ¡Pero bueno! ¡Qué estás haciendo tú! ¡Me importa un carajo que no te gusten los niños, y que en esta cafetería seas tú el encargado de poner orden con todo aquel que cause alboroto porque Yako es tu amigo del alma, pero no voy a permitir que la tomes con estos dos niños! —le amenazó, agachándose junto a los mellizos y rodeándolos con brazos protectores.

—A ver, pelirroja, creo que no entiendes lo que pasa... —gruñó, perdiendo la paciencia.

—¡Venga, ya están quitecitos y callados! ¿Por qué no vuelves con Yako y dejas en paz de una vez a Clover y a Daisuke? No eres quién para amenazarles, ¿sabes? Si el padre de Clover y Daisuke se entera de que un crío malhumorado como tú molesta a sus hijos, seguro que te dará una paliza, así que ten cuidado.

A partir de ahí, Raijin se la quedó mirando con una cara indescifrable, entre “¿qué demonios me estás contando?” y “¿la mato o no la mato?”, al mismo tiempo que le surgían diminutas corrientes eléctricas por las puntas del cabello y Kain y MJ observaban en tensión cómo esos dos empezaban a discutir con toda la confianza y el descaro del mundo, como si se conocieran de hace años, y sólo habían pasado tres días.

Justo en ese instante, en la calle, en la acera opuesta de donde estaba la cafetería, Nakuru y Drasik se encaminaban hacia allí. Nakuru iba con un grueso abrigo, las manos bien metidas en los bolsillos e intentando esconder el rostro en la bufanda, pretendiendo resguardarse del frío y de la nevada que estaba cayendo. Drasik, por el contrario, iba en manga corta, tan campante, con la cabeza bien alta y dejándose mojar por los copos. Cuando fueron a cruzar la carretera, Nakuru le lanzó una mirada disgustada.

—Drasik, en serio, es sólo verte y me da más frío. ¿La gente no te para a preguntarte cómo puedes ir así a 6 grados bajo cero?

—Sí, algún que otro me ha preguntado si estoy loco —sonrió Drasik alegremente—. ¿Pero qué voy a decirles, que soy un ser inhumano que domina el agua y el hielo y que el frío me da la vida? Tú cuando vas a la playa te pegas un chapuzón en la arena, retozando en ella superfeliz, ¿la gente no te mira raro?

—Sí, eso es verdad —reconoció Nakuru. Pero cuando miró al interior del local por las cristaleras antes de entrar, le dio un vuelco el corazón—. ¡Ahí va! —exclamó, parando en seco y parando también a Drasik, dándole tal empujón que casi lo tiró al suelo.

—¡Oye!

—¡Cleven está ahí dentro! —gritó al borde del pánico.

—¿¡En serio!? —se exaltó el chico de sopetón y corrió a meterse en la cafetería dando saltos—. ¡Princesaaa!

—¡No! —Nakuru lo agarró de la sudadera y lo estampó contra la pared del edificio, de manera que nadie de la cafetería podía verlos—. ¡Escucha! Se supone que vamos a darle la última información a Raijin. Si Cleven se entera de mi relación con vosotros, se va a mosquear mucho, porque soy su mejor amiga de toda la vida, y de esto no tiene ni idea, ¡y no debe saberlo!

—¿Qué más da que lo sepa? —preguntó Drasik, frotándose la nuca por el golpe que se había dado—. Así podré demostrarle lo que puedo hacer y caerá rendida a mis pies.

—¡Drasik, deja ya de perseguir a Cleven, jamás podrás estar con ella!

Eso lo había soltado de un modo bastante tajante, y enseguida se dio cuenta de que no debería haberlo dicho. Drasik miró a Nakuru con el ceño fruncido.

—¿Por qué? —preguntó—. ¿Por qué no puedo estar con ella?

La punk se mordió el labio inferior. Era verdad, a Drasik le habían borrado ciertos recuerdos de su memoria por una razón muy sólida. Nakuru tenía la obligación de ocultar muchas cosas, ya que ella conservaba todos sus recuerdos comunes con los que tuvo Drasik. Tenía que cambiar de tema a la fuerza.

—Mira, vamos a hacer una cosa. Vas a entrar ahí tú primero como quien no quiere la cosa. Cuando lo hagas, ni se te ocurra acercarte a Cleven, así que hazles una señal a Raijin y a los otros para que salgan y hablen con nosotros, sin que Cleven sospeche nada. Créeme, es muy curiosa y suele sospechar a la mínima. ¿De acuerdo? Yo esperaré aquí. Estando Cleven ahí dentro, no podemos hablar. Sospechará, estoy segura.

—Vale, vale —suspiró impaciente—. Ya voy.

Drasik entró en la cafetería y la joven se quedó fuera, esperando, asomándose con cautela para vigilar a su amigo. Pero se dio cuenta de un detalle, como solía ser propio de los iris todo el tiempo. Esa última respuesta de Drasik había sonado muy diferente, con un tono que no coincidía con el buen humor que había mostrado un minuto antes.

Entonces supo lo que pasaba. Drasik estaba muy molesto en ese momento, aunque lo disimulaba. Sabía que no debería haberle dicho una cosa así sobre Cleven. Nakuru era consciente de que él no era tonto y que sabía cuándo la gente le ocultaba cosas importantes. Drasik sabía que Nakuru le omitía algo sobre aquella chica de ojos verdes desde que se fijó en ella el otro día. Sin embargo, él no insistía en preguntar.

Bajó la mirada. Nakuru no estaba contenta con lo que estaban haciendo con Drasik. Cuando el Líder le borró aquellos recuerdos, todo fue bien, pero al paso de los años era de esperar que empezase a sospechar. Él ya notaba que hicieron algo con él cuando era pequeño, notaba que sus compañeros se lo ocultaban, no obstante, no servía de nada que lo ocultasen. El joven sabía que, por mucho que preguntase, jamás descubriría nada.

Nakuru se preguntaba cuánto tiempo podría vivir Drasik con ese misterio en su cabeza. Por muy idiota, pesado y ruidoso que fuese, en el fondo no estaba contento, y era muy típico de él disimularlo con su actitud payasa de siempre, porque tenía la mala costumbre de pensar que sentirse mal o triste era algo que los demás veían como una debilidad o como una molestia. Y Drasik desde pequeño se moría por demostrarle a todo el mundo todo el tiempo que él era muy fuerte, que no tenía problemas, que no era una carga.

Nakuru ya se había dado cuenta de que él llevaba años sintiéndose un poco apartado del grupo, desde que se exilió el Líder. Realmente era muy duro sospechar que los compañeros de uno, con los que se llevaba años trabajando codo con codo, le ocultaban cosas. Era injusto. Y Drasik aparentaba no importarle.

Igual pasaba con Cleven. Nakuru se sentía peor por su mejor amiga, odiaba tener que esconderle cosas, pero era por su propio bien, igual que con Drasik.

—¿Y ahora adónde van? —preguntó Cleven cuando vio que Yako y Sam se levantaban de la mesa del fondo y se dirigían a la salida.

Raijin, al oírla, también giró la cabeza y se dio cuenta de que Drasik estaba en la puerta, a pesar de que llevaba la capucha de su sudadera puesta y no se le veía la cara. Entendió que debía de haberles hecho una señal a Yako y a Sam mientras él discutía con Cleven. La joven, por su parte, se percató de ese chico de la puerta y se preguntó quién sería.

—Tú, ocúpate de estos dos —le ordenó Raijin, señalando a los dos niños.

—¡Pues claro que me ocupo de ellos! —exclamó Cleven—. Eres un crío inmaduro, Raijin. No volveré a dejar que te acerques a ellos otra vez para asustarlos, maltrata-niños.

—¡No los maltrato! —saltó ofendido.

—Raijin, tranquilo —intervino MJ con paciencia—. Te están llamado Yako y Sam, será mejor que vayas.

El rubio asintió, más calmado, y le lanzó una última chispa de crispación a la pelirroja antes de reunirse con los otros en la puerta y salir de la cafetería.

—¡Nuestra salvadora! —proclamó la pequeña Clover, alzando las manos hacia ella, y Cleven la cogió en brazos y la estrujó.

—¡Ven con el tito Kain! —exclamó el robusto hombre, cogiendo a Daisuke—. ¿Quieres otro pastelito?

—¡Sí! —contestó el niño alzando los puños.

—Kain, no deberíamos atiborrarlos con tantos dulces cada vez que están aquí —le reprochó MJ—. Su padre nos echará la bronca.

—Beh... Mientras no se entere... Supongo que la anciana Agatha no tardará en venir para llevárselos.

—MJ, ¿qué se traen esos entre manos? —le preguntó Cleven.

—Pues... ni idea, chica —se encogió de hombros con disimulo—. Déjalos, mejor no saberlo.









36.
Todo el mundo esconde algo (1/2)

La ciudad estaba padeciendo una gran nevada poco después del mediodía. Por eso, Cleven cerró los ojos con alivio cuando entró en la cálida cafetería de Yako, parándose al lado de la puerta para quitarse el gorro y los guantes, mientras Raijin y Sam pasaban al interior directamente. La joven observó cómo ambos buscaban rápidamente a Yako por el lugar, y se preguntó qué pasaba. No sabía qué estarían tramando ahora Raijin y sus amigos.

Cuando Sam apareció en el cementerio antes, los tres se fueron enseguida del lugar, y los dos chicos no habían dicho palabra alguna de lo que ocurría en todo el camino, así que Cleven no entendía nada. De todas maneras, sólo quería descansar un poco y tomar algo caliente antes que nada, por lo que se fue a sentar a la barra, donde estaba MJ sirviendo a los clientes y Kain al lado arreglando la cafetera con malos humos.

—Si no se te hubiese caído el pendiente en el moledor... —se quejaba Kain.

—Calla, fuiste tú quien le dio al botón cuando te dije que se me había caído una cosa dentro —replicó MJ.

—Me da igual, tendrías que hacer esto tú y no yo —gruñó—. Yo debería estar ahora haciendo los preparativos de mi boda.

—¡Hey! ¿Te casas? —preguntó Cleven cuando se sentó en el taburete, dejando el gorro y los guantes sobre la barra.

MJ y Kain alzaron la vista para mirarla con sorpresa.

—Anda, la chica de Raijin —sonrió MJ—. ¿Qué tal te va con él?

—¿Eh? No... —se apuró—. Si él y yo no tenemos nada... —miró un momento a otra parte, nerviosa, y decidió cambiar al tema de antes—. Enhorabuena, Kain.

—Gracias, guapa —sonrió él, dejando su nefasto arreglo de la cafetera para otro momento—. Por fin alguien amable —añadió, clavándole la mirada a la chica que tenía al lado, la cual le respondió con un bufido.

—¿Cuándo te casas? —preguntó Cleven.

—Dentro de dos meses —contestó con tono orgulloso, poniendo los brazos en jarra e hinchando el pecho, pareciendo aún más robusto de lo que era—. Heh, va a ser un gran año. Termino la carrea, me caso con la mujer de mis sueños, consigo el trabajo de mis sueños y vendré aquí con mi futura mujer como cliente y no como sirviente, para hacer trabajar a MJ el doble pidiendo comida sin parar, jojojo…

—Kain, eras alérgico a la pimienta, ¿no? —le preguntó MJ con tono causal, y el otro tardó en pillar el mensaje, y dio un respingo indignado y dolido. MJ se acercó a Cleven al otro lado de la barra—. Bueno, ¿qué te pongo?

—Un café, porfi —contestó, frotándose las manos para calentarlas rápidamente.

—Pues tendrá que ser instantáneo, sin la cafetera.

—No importa.

—En fin —suspiró MJ mientras cogía una taza y el bote de café—. Raijin y Sam han entrado contigo, ¿no? ¿Qué se proponen? Se han esfumado.

—Creo que han ido a buscar a Yako.

—Hm... —murmuró Kain, pensativo, al mismo tiempo que le servía un refresco a una mujer que se sentaba al lado de Cleven—. Ya habrán vuelto a las andadas.

—¿Qué quieres decir? —se extrañó Cleven, cogiendo su taza de café ya preparado.

—Sam, Raijin y Yako, esos tres chavales andan de vez en cuando con asuntos de lo más misteriosos —le explicó—. ¿No lo sabes? Ellos no son gente corriente.

—¿Cómo?

De repente MJ le dio un pisotón al hombre para que cerrase la boca, simulando que iba hacia la cocina, y Kain reprimió un grito de dolor y permaneció con los labios sellados, sin decir nada más. Sin embargo, Cleven, aunque no le dio más vueltas, se quedó con la intriga de lo que acababa de escuchar, y giró la cabeza para ver cómo Raijin y Sam se reunían con Yako en una mesa en un rincón del fondo.

«¿Pero qué demonios traman?» se preguntó, entornando los ojos con recelo. No obstante, sus pensamientos se esfumaron cuando vio a los mellizos sentados en los taburetes de la sección de pastelería, comiendo un dulce tras otro.

Clover y Daisuke, cuando vieron a Yako, Sam y Raijin sentarse en una mesa cerca de ellos, no tardaron en bajarse de los taburetes y correr hacia donde estaban, pegando saltos y exclamaciones.

—¡Mañana queremos ir al zoo, mañana queremos ir al zoo! —gritaban, corriendo alrededor de la mesa—. ¡Mariko nos ha dicho que ella va a ir con sus abuelos! ¡Nosotros también queremos ir al zoo!

—Hey, calma, calma —los detuvo Yako, risueño, sentando a Clover sobre su regazo—. Dai, Clover, ahora no podemos estar con vosotros, tenemos que hablar de algo importante.

—¡Jo, nunca podemos estar con vosotros! —protestó el niño con malas pulgas, subiéndose al sofá donde estaba Raijin y apoyando bruscamente las manos sobre la mesa.

—Baja de ahí, mocoso —le ordenó Raijin cansinamente, pero cuando fue a cogerlo, Daisuke le intentó dar un mordisco en la mano—. ¡Ah! —saltó.

—No quiero —replicó el niño, sacándole la lengua con burla y se puso de pie encima de la mesa—. ¡Quiero ir al zoo!

—¡No vas a ir a ningún sitio, criajo! —exclamó Raijin, lanzándole chispas por la mirada.

De pronto Clover se unió a su hermano y, desde el regazo de Yako, también se subió a la mesa.

—¡Al zoo, al zoo! —gritaron ambos, logrando montar el escándalo.

Cuando Raijin vio que la gente de otras mesas miraba molesta hacia ellos y que Yako se estaba preocupando por el bienestar y tranquilidad de su clientela pero era incapaz de decirles nada a los niños, se le hinchó la vena de la frente.

Radi vsego svyatogo, ¡basta ya! —ordenó Raijin con severidad, poniéndose en pie de un salto—. ¡Bajad ahora mismo de la mesa! ¡Sam, echa una mano!

Sam alzó la cabeza, aburrido, y viendo que su Guardián no era capaz de coger a los pequeños porque corría peligro de recibir mordiscos, decidió ayudarlo.

—Sujeta al mocoso —le dijo Raijin, mientras conseguía atrapar a Clover, la cual empezó a patalear para librarse de él—. ¡Mishka, estate quieta!

Mientras tanto, MJ, Kain y Cleven observaban la escena atentamente desde la barra. «Raijin a veces suelta palabras raras que no entiendo, ¿será que a veces mezcla idiomas al hablar?» pensaba Cleven con su incesante curiosidad por cualquier detalle del adonis rubio. «Yo hago lo mismo con el francés a veces».

—Ay, me encantan esos dos revolucionarios —comentó Kain, disfrutando el jaleo de los mellizos en la distancia—. Yo quiero tener unos iguales con mi prometida.

—No sabes lo que dices, Kain, los niños no deberían comportarse así —dijo MJ.

—Son niños... —replicó él, muy despacio, para dejarlo bien claro—... de 5 años... que se pasan horas encerrados en una cafetería donde no pueden correr y desfogarse a gusto... porque su padre está taaaan ocupado que ni siquiera los puede sacar al parque. Ya sabes. Un espacio abierto, con más niños, aire libre...

—¿Qué? ¿El padre de Clover y Daisuke nunca está con ellos? —se sorprendió y se preocupó Cleven al oírlo.

—Que no, que no le hagas caso —contestó MJ, echando a Kain a un lado—. Por supuesto que está con ellos, todos los días del año, a todas horas, pero, como cualquier padre o madre, a veces tiene varios días seguidos de mucho trabajo y no pueden permitirse pasar horas y horas en un parque con sus hijos todos los días. Clover y Daisuke están perfectamente atendidos y cuidados por su padre, sus abuelos, la anciana Agatha... incluso nosotros en la cafetería. Lo que pasa es que tienen una energía inagotable y una mente constantemente inquieta. Son buenos niños, pero como suele pasar con todos los niños, a veces tienen rabietas o caprichos como este —suspiró pacientemente mientras señalaba con un gesto aquel jaleo.

Cuando Sam consiguió atrapar a Daisuke con un solo brazo, el niño también pataleó con rabia, pero con Sam era completamente inútil oponer resistencia, y él y Raijin se dirigieron a la barra, donde estaban MJ y Kain, por lo que Cleven se puso en pie de un salto, preocupada por los dos pequeños.

—Hala, yo ya no quiero tener nada que ver con esto —masculló Sam, dejando a Daisuke en el suelo junto a la barra, y volvió con Yako rápidamente a la mesa del fondo.

—Te lo ruego, MJ —le dijo sin más Raijin a la chica tras la barra, mientras cogía a ambos niños del brazo para evitar que se escapasen. Su tono casi sonó desesperado o suplicante, algo que extrañó mucho a Cleven.

—Estate tranquilo, ¿de acuerdo? —le respondió MJ en voz baja, inclinándose hacia él para que Cleven no los oyese—. Que no te estalle la cabeza. Tú procura centrarte en resolver el rescate de tu compañero ahora. Siéntalos en un taburete, que les voy a poner dibujos animados en la tele.

—No me va a estallar la cabeza, ¿de qué hablas? —susurró.

—Mira, Raijin, Yako no te lo dice porque sabe que no te gusta oírlo, pero llevamos un tiempo muy preocupados por ti, porque últimamente estás cada vez más estresado y...

—¡No quiero ver los dibujos, yo quiero ir a la calle! —interrumpió Clover con sus quejas, intentando soltarse de Raijin.

—¡Quita, déjame, yo tampoco quiero ver dibus! —dijo Daisuke también, tirando de la mano del rubio.

—¡He dicho que basta! —estalló Raijin como un trueno repentino, cumpliendo la predicción de MJ—. ¡No estoy de humor! ¡Os ganaréis un azote!

—¡Eje! —intervino Cleven al oír las palabras que encendieron su alerta roja, poniéndose entre los niños y el rubio con las manos en alto—. ¡Ni de coña les vas a poner una mano encima, Raijin! ¡No te pases!

—¿Qué estás haciendo? —siseó, entornando los ojos con fiereza.

—¿¡Cómo que qué estoy haciendo!? —saltó incrédula—. ¡Pero bueno! ¡Qué estás haciendo tú! ¡Me importa un carajo que no te gusten los niños, y que en esta cafetería seas tú el encargado de poner orden con todo aquel que cause alboroto porque Yako es tu amigo del alma, pero no voy a permitir que la tomes con estos dos niños! —le amenazó, agachándose junto a los mellizos y rodeándolos con brazos protectores.

—A ver, pelirroja, creo que no entiendes lo que pasa... —gruñó, perdiendo la paciencia.

—¡Venga, ya están quitecitos y callados! ¿Por qué no vuelves con Yako y dejas en paz de una vez a Clover y a Daisuke? No eres quién para amenazarles, ¿sabes? Si el padre de Clover y Daisuke se entera de que un crío malhumorado como tú molesta a sus hijos, seguro que te dará una paliza, así que ten cuidado.

A partir de ahí, Raijin se la quedó mirando con una cara indescifrable, entre “¿qué demonios me estás contando?” y “¿la mato o no la mato?”, al mismo tiempo que le surgían diminutas corrientes eléctricas por las puntas del cabello y Kain y MJ observaban en tensión cómo esos dos empezaban a discutir con toda la confianza y el descaro del mundo, como si se conocieran de hace años, y sólo habían pasado tres días.

Justo en ese instante, en la calle, en la acera opuesta de donde estaba la cafetería, Nakuru y Drasik se encaminaban hacia allí. Nakuru iba con un grueso abrigo, las manos bien metidas en los bolsillos e intentando esconder el rostro en la bufanda, pretendiendo resguardarse del frío y de la nevada que estaba cayendo. Drasik, por el contrario, iba en manga corta, tan campante, con la cabeza bien alta y dejándose mojar por los copos. Cuando fueron a cruzar la carretera, Nakuru le lanzó una mirada disgustada.

—Drasik, en serio, es sólo verte y me da más frío. ¿La gente no te para a preguntarte cómo puedes ir así a 6 grados bajo cero?

—Sí, algún que otro me ha preguntado si estoy loco —sonrió Drasik alegremente—. ¿Pero qué voy a decirles, que soy un ser inhumano que domina el agua y el hielo y que el frío me da la vida? Tú cuando vas a la playa te pegas un chapuzón en la arena, retozando en ella superfeliz, ¿la gente no te mira raro?

—Sí, eso es verdad —reconoció Nakuru. Pero cuando miró al interior del local por las cristaleras antes de entrar, le dio un vuelco el corazón—. ¡Ahí va! —exclamó, parando en seco y parando también a Drasik, dándole tal empujón que casi lo tiró al suelo.

—¡Oye!

—¡Cleven está ahí dentro! —gritó al borde del pánico.

—¿¡En serio!? —se exaltó el chico de sopetón y corrió a meterse en la cafetería dando saltos—. ¡Princesaaa!

—¡No! —Nakuru lo agarró de la sudadera y lo estampó contra la pared del edificio, de manera que nadie de la cafetería podía verlos—. ¡Escucha! Se supone que vamos a darle la última información a Raijin. Si Cleven se entera de mi relación con vosotros, se va a mosquear mucho, porque soy su mejor amiga de toda la vida, y de esto no tiene ni idea, ¡y no debe saberlo!

—¿Qué más da que lo sepa? —preguntó Drasik, frotándose la nuca por el golpe que se había dado—. Así podré demostrarle lo que puedo hacer y caerá rendida a mis pies.

—¡Drasik, deja ya de perseguir a Cleven, jamás podrás estar con ella!

Eso lo había soltado de un modo bastante tajante, y enseguida se dio cuenta de que no debería haberlo dicho. Drasik miró a Nakuru con el ceño fruncido.

—¿Por qué? —preguntó—. ¿Por qué no puedo estar con ella?

La punk se mordió el labio inferior. Era verdad, a Drasik le habían borrado ciertos recuerdos de su memoria por una razón muy sólida. Nakuru tenía la obligación de ocultar muchas cosas, ya que ella conservaba todos sus recuerdos comunes con los que tuvo Drasik. Tenía que cambiar de tema a la fuerza.

—Mira, vamos a hacer una cosa. Vas a entrar ahí tú primero como quien no quiere la cosa. Cuando lo hagas, ni se te ocurra acercarte a Cleven, así que hazles una señal a Raijin y a los otros para que salgan y hablen con nosotros, sin que Cleven sospeche nada. Créeme, es muy curiosa y suele sospechar a la mínima. ¿De acuerdo? Yo esperaré aquí. Estando Cleven ahí dentro, no podemos hablar. Sospechará, estoy segura.

—Vale, vale —suspiró impaciente—. Ya voy.

Drasik entró en la cafetería y la joven se quedó fuera, esperando, asomándose con cautela para vigilar a su amigo. Pero se dio cuenta de un detalle, como solía ser propio de los iris todo el tiempo. Esa última respuesta de Drasik había sonado muy diferente, con un tono que no coincidía con el buen humor que había mostrado un minuto antes.

Entonces supo lo que pasaba. Drasik estaba muy molesto en ese momento, aunque lo disimulaba. Sabía que no debería haberle dicho una cosa así sobre Cleven. Nakuru era consciente de que él no era tonto y que sabía cuándo la gente le ocultaba cosas importantes. Drasik sabía que Nakuru le omitía algo sobre aquella chica de ojos verdes desde que se fijó en ella el otro día. Sin embargo, él no insistía en preguntar.

Bajó la mirada. Nakuru no estaba contenta con lo que estaban haciendo con Drasik. Cuando el Líder le borró aquellos recuerdos, todo fue bien, pero al paso de los años era de esperar que empezase a sospechar. Él ya notaba que hicieron algo con él cuando era pequeño, notaba que sus compañeros se lo ocultaban, no obstante, no servía de nada que lo ocultasen. El joven sabía que, por mucho que preguntase, jamás descubriría nada.

Nakuru se preguntaba cuánto tiempo podría vivir Drasik con ese misterio en su cabeza. Por muy idiota, pesado y ruidoso que fuese, en el fondo no estaba contento, y era muy típico de él disimularlo con su actitud payasa de siempre, porque tenía la mala costumbre de pensar que sentirse mal o triste era algo que los demás veían como una debilidad o como una molestia. Y Drasik desde pequeño se moría por demostrarle a todo el mundo todo el tiempo que él era muy fuerte, que no tenía problemas, que no era una carga.

Nakuru ya se había dado cuenta de que él llevaba años sintiéndose un poco apartado del grupo, desde que se exilió el Líder. Realmente era muy duro sospechar que los compañeros de uno, con los que se llevaba años trabajando codo con codo, le ocultaban cosas. Era injusto. Y Drasik aparentaba no importarle.

Igual pasaba con Cleven. Nakuru se sentía peor por su mejor amiga, odiaba tener que esconderle cosas, pero era por su propio bien, igual que con Drasik.

—¿Y ahora adónde van? —preguntó Cleven cuando vio que Yako y Sam se levantaban de la mesa del fondo y se dirigían a la salida.

Raijin, al oírla, también giró la cabeza y se dio cuenta de que Drasik estaba en la puerta, a pesar de que llevaba la capucha de su sudadera puesta y no se le veía la cara. Entendió que debía de haberles hecho una señal a Yako y a Sam mientras él discutía con Cleven. La joven, por su parte, se percató de ese chico de la puerta y se preguntó quién sería.

—Tú, ocúpate de estos dos —le ordenó Raijin, señalando a los dos niños.

—¡Pues claro que me ocupo de ellos! —exclamó Cleven—. Eres un crío inmaduro, Raijin. No volveré a dejar que te acerques a ellos otra vez para asustarlos, maltrata-niños.

—¡No los maltrato! —saltó ofendido.

—Raijin, tranquilo —intervino MJ con paciencia—. Te están llamado Yako y Sam, será mejor que vayas.

El rubio asintió, más calmado, y le lanzó una última chispa de crispación a la pelirroja antes de reunirse con los otros en la puerta y salir de la cafetería.

—¡Nuestra salvadora! —proclamó la pequeña Clover, alzando las manos hacia ella, y Cleven la cogió en brazos y la estrujó.

—¡Ven con el tito Kain! —exclamó el robusto hombre, cogiendo a Daisuke—. ¿Quieres otro pastelito?

—¡Sí! —contestó el niño alzando los puños.

—Kain, no deberíamos atiborrarlos con tantos dulces cada vez que están aquí —le reprochó MJ—. Su padre nos echará la bronca.

—Beh... Mientras no se entere... Supongo que la anciana Agatha no tardará en venir para llevárselos.

—MJ, ¿qué se traen esos entre manos? —le preguntó Cleven.

—Pues... ni idea, chica —se encogió de hombros con disimulo—. Déjalos, mejor no saberlo.





Comentarios

  1. ¡Aich me encantan Clover y Disuke, el duo de angelitos traviesos que hacen, cada cual con su particularidad! Sobretodo el enorme vinculo que tienen xD

    ¡AAAAAAH! ¡No recordaba esta escena de Dai usando su habilidad, el pequeño diablo! Nunca me queod del todo claro lo que podia hacer, mas alla de que sus palabras tiene poder literal de que hacen lo que escribe o algo parecido, es complejo cuanto menos.

    La ligereza con la que Brey le pdie ala adorable Clover que no le rompa la madre a ningun otro niño me fascina, es como si estuviera tristemente acostumbrado a que ocurra xD.

    Me gusta como Brey muestra que quiere y le preocupan sus hijos, ya que claramente el tema de las emociones es algo que le cuesta entender y mostrar. Se nota ademas a leguas que Clover lo adora y Dai siente una especie de rivalidad con su padre.

    Ostras tu ¿quien era esta señora vendedora le vendio a Brey esos amuletos? Ya empieza a mencionarrse cosas que no me acuerdo bien del todo, asi que empiezo a tener factor sorpresa total porque muchos datos no me acuerdo, asique van a a ser casi como la primera vez que me lo lei que estaba mas perdida que un pulpo en un garaje xD

    Ayayaya la que se va a liar con Cleven y Raijin, si es que de verdad es lo que pasa cuando no te presentas como se debe. ¡Ay me meo imaginandome a Cleven modo croqueta bajando por una pendiente! Que torpe es la pobre, es increible la habilidad de tener dos pies izquierdos xDDDD

    A pesar de todo me gusta el vinculo de a pcoco de confianza que van creando Raijin y Cleven, al final por el desconocimiento, lo que llegan a sentir aunque apenas sea un inicio es totalmente honesto. En cierta forma las palabras de Cleven realmente reconfortaron a Raijin, es entendible el porque, le da validacion a como es sin pretender que cambie el como es, ni llamarlo extraño como todos e incluso el mismo se llama.

    ¡No me acordaba de esto tampoco, que Raijin tomaba la iniciativa en besarla! En cierta forma es gracioso como salta como si le hubieran metido un calambre cada vez que ella lo llama, teniendo en cuenta el tipo de iris que es xD

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