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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __









45.
Peleas (2/3)

Ya entrada la noche, una figura se adentró en el jardín de la casa de los Vernoux. Anduvo hacia el porche y abrió la puerta con cuidado de no hacer ningún ruido. Todas las luces estaban apagadas y no se oía ni una mosca, así que, tras asegurarse de que no había nadie por el primer piso, subió al segundo con discreción.

Primero se fue a su habitación, y al abrir la puerta vio a Hana dormida en la cama, con el teléfono inalámbrico entre sus brazos. Neuval sonrió levemente y se acercó a ella, arrodillándose junto a la cama. Cogió el teléfono de sus manos y lo dejó sobre la mesilla. Seguidamente, le acarició el rostro y le dio un beso en la frente. Después de taparla bien con la manta, salió de la habitación y se fue a la de Yenkis. Lo vio ahí profundamente dormido en su cama, con los auriculares puestos y su guitarra reposando al lado. Volvió a sonreír, negando con la cabeza, y cerró la puerta.

Se quedó un momento quieto en el pasillo y dio un suspiro. Dirigió la mirada hacia la habitación del final, cuya puerta estaba abierta y se podía ver la cama de Cleven vacía. Bajó la cabeza, apesadumbrado. Entonces regresó al piso de abajo y caminó hacia su despacho para coger lo que necesitaba. Se iba a ir de allí unos días, o el tiempo que fuese necesario hasta que Alvion dejase de buscarlo o bien hasta que el tema del juicio quedase zanjado.

Lo último que quería era involucrar a Hana y a Yenkis en todo aquel lío en el que se había metido. Así que Neuval iba a quedarse en la casa de su madre. También podía ir a la de Lao, pero así era más fácil que Alvion lo encontrara, ya que Lao y Alvion se llevaban muy bien. Eran muy buenos amigos por la cantidad de años que Lao había trabajado para él, y Neuval tampoco quería poner a Lao en una situación incómoda con Alvion. Sí, la casa de su madre era la mejor opción, porque Ming Jie nunca permitiría la entrada de nadie en su casa que viniera para perjudicar o molestar a Neuval. Ella era su más fiel defensora, incluso ante el mismísimo Alvion Zou.

Al cruzar el pequeño vestíbulo, se paró frente a la puerta de su despacho y se fijó en que el papelito seguía pillado entre esta y el marco a cinco centímetros del suelo. Pero eso no era todo. Abrió la puerta y se metió dentro, y lo primero que hizo, más que nada por costumbre, fue mirar al suelo, justo debajo de una pequeña mesa sobre la cual había unos libros y unos papeles, pegada a la pared junto a la puerta. Al lado había una papelera, y entonces se agachó y la apartó.

—No puede ser... —resopló, y miró a un lado, entornando los ojos—. Yenkis...

Por supuesto que no iba a emplear un mecanismo de seguridad tan simple como lo del papelito, es más, este era para que quien quería entrar a escondidas reparase en él y sólo en él, y así pasaría desapercibido el segundo mecanismo.

Neuval era consciente de que su hijo pequeño era demasiado inteligente, lo cual era motivo de orgullo, pero a veces también era un gran fastidio. Antes solía programar a Hoti, la inteligencia artificial de Katya instala en su casa, para bloquear la puerta de su despacho y requerir una contraseña para entrar, pero hace unos pocos años Yenkis acabó averiguando el modo de manipular la configuración de Hoti, por mucho que Neuval le pusiera mecanismos. Por tanto, Yenkis llegó a ser capaz de entrar en su despacho una vez sin que Hoti se lo impidiera, de modo que usar a Hoti era inútil contra Yenkis. Lo mismo pasaba con cualquier otro mecanismo de cerradura.

Por eso, Neuval ya no la usaba para bloquear el acceso a su despacho. En vez de eso, instaló otro mecanismo de seguridad, más rudimentario, más mecánico y discreto, que ni Yenkis ni nadie pudiera evitar activar nada más abrir la puerta. Solo que, esta vez, no era para bloquear el acceso, sino para dejar una señal si alguien había entrado. Con esta forma, Neuval no quería impedir que Yenkis quebrantara la norma, sino saber cuándo y cuántas veces lo hacía. De ahí que hiciera, aparte, la trampa del papelito, lo suficientemente visible para que el niño la viera y pensara que era la única que había.

El mecanismo secreto estaba conectado a las bisagras de la puerta. Había montado un pequeño circuito eléctrico con un fino hilo de cobre, que conectaba las bisagras con un pequeño aparato oculto en un cajón de una de las estanterías. Al abrir la puerta, las bisagras giraban, reconectando el hilo de cobre cortado y cerrando así el circuito. El aparato tenía cinco diminutas bombillas, y se encendía una cada vez que la puerta había sido abierta. Ahora mismo, debería haber una encendida, de ahora mismo, de cuando él había abierto la puerta. Pero había dos luces encendidas, lo que indicaba que ese día la puerta del despacho se había abierto dos veces.

Hana por supuesto que estaba descartada como la causante, porque Neuval sabía que ella cumplía las normas de su casa y de la empresa a rajatabla. Ella era incapaz de hacer algo que pudiera defraudarlo. También, porque ella no habría vuelto a poner el papelito en su sitio; no lo habría visto ahí abajo, para empezar.

No había otro causante posible. Y Neuval ya se estaba masajeando las sienes, procurando estar calmado.

A ver, uno tenía que ser extremadamente iluso si pensaba que podía ser más listo que Neuval. Él no era famoso en la Asociación sólo porque tuviera el mayor nivel de poder demostrado en un iris. Esa sólo era una de las tres razones. La segunda razón, era porque él, ya de pequeño, había demostrado tener un cociente intelectual cercano o incluso igual al de los Zou. Era un genio de la Física y de la Tecnología, también políglota, y tenía una capacidad ilimitada de memoria eidética selectiva. Sabía cómo construir un avión, un barco, un cohete espacial, cualquier vehículo, ordenador, satélite, aparato, máquina, arma... con los ojos cerrados. Es más, todas las armas insólitas y aparatos de comunicación que usaba la Asociación eran de su marca, de su cabeza. La tercera razón de su fama era... por decirlo sutilmente... su peculiar personalidad. Su verdadera forma de ser, para ser exactos. Muy distinta a la de un serio empresario, o la de un padre disciplinado, o la de un ciudadano educado.

«Quién me iba a decir que tener un hijo con mi misma inteligencia y arrogante curiosidad iba a ser tan fastidioso...» pensó, «El problema no es la inteligencia, porque Lex también lo ha sido siempre, pero él no me daba tantos problemas como Yenkis, porque afortunadamente Lex ha heredado la férrea sensatez de Katya y del maestro Hideki. El problema es esa enfermiza obsesión con descubrir secretos y misterios y meter las narices donde no lo llaman... misma manía que comparte con Cleven y conmigo... y con mi hermana... Ay, Monique, ojalá estuvieras aquí, riéndote de mí» suspiró con dolorosa nostalgia.

Para asegurarse, se fue hacia su ordenador y lo encendió rápidamente. Esperaba ver algún cambio, tenía la sospecha de que su hijo había usado su ordenador, sin embargo, frunció el ceño al ver que todo estaba tal cual. Sus archivos confidenciales seguían ahí y bajo contraseña, era imposible que Yenkis la supiese. Pensó que a lo mejor habría entrado ahí para ver lo que tenía, y al no poder acceder a los contenidos, lo había dejado. Eso le tranquilizó un poco, pero en el fondo sentía que el niño había hecho algo más que mirar.

En fin, no tenía tiempo, dejó el tema para otro momento y apagó el ordenador. Cogió de uno de sus cajones el portátil, que sólo usaba para trabajar cada vez que estaba fuera, lo metió en una cartera negra y se fue.


* * * * * *


Cleven empezó a oír unos extraños y lejanos ruidos que la despertaron de golpe. Se incorporó sobre la cama y miró el reloj. Era ya tarde, y le fastidió bastante haberse despertado. Se fue enfadada hacia la ventana de su habitación y se asomó al exterior para ver qué estaba pasando. Desde ahí podía ver gran parte de la extensión del Parque Yoyogi.

Un pequeño estruendo producido en una zona boscosa la hizo mirar allá con susto. Entre la oscura espesura de los árboles, donde no había farolas, oyó unas voces y vio que las ramas de todos aquellos árboles se agitaban fuertemente durante un momento.

—¿Qué está...? —murmuró sorprendida.

Sin embargo, se quedó muda cuando vio lo que parecían ser cuatro personas saliendo disparadas de entre los árboles y perderse de vista al otro lado del inmenso parque. Cleven volvió a meterse dentro y se vistió a toda prisa. Después de ponerse las botas sin abrochar, salió del hotel rápidamente en dirección al parque, intrigada.

Sakura y Effie, Agua y Electricidad de la SRS, seguían en mitad de la lucha contra el Viento y la Oscuridad de la MRS en el mismísimo Parque Yoyogi. Habían huido bien lejos de los puentes cuando apareció el despliegue policial y vieron que los perseguían esas dos iris de la SRS, entendiendo que esta y la KRS estaban trabajando juntas y les habían boicoteado el plan.

En ese momento, los dos de la MRS se habían escondido por alguna parte de un bosquecillo, que al lado tenía un paseo que bordeaba el estanque. Sakura posó los pies en el suelo tras haber saltado desde un lugar lejano y a su lado se posó Effie, que empezó a ojear la zona con atención, mientras su compañera se limitaba a lamer un chupa-chups y a juguetear con un mechón de su pelo.

Sakura iba al mismo instituto que Cleven, mismo curso pero diferente clase. La verdad es que Cleven nunca había tratado con ella, más que nada porque Sakura era la típica chica popular de instituto, una gal muy presumida, siempre maquillada y a la moda, con una cuidada melena castaña con un mechón teñido de rosa, y Cleven no solía tratar con ese tipo de chicas. Nakuru sí había tratado con ella, si bien con discreción y de forma casual, por la simple razón de que se conocían desde la infancia, desde que comenzaron a trabajar en la Asociación en sus RS aliadas. Raven también conocía a Sakura, pero porque Raven también era una gal y, desde que vino a estudiar a Tokio, se había hecho amiga de las demás gals del instituto.

Sakura, que se convirtió a los 6 años cuando presenció el asesinato de su abuela a manos de la mafia japonesa, era una Sui aún en nivel -chan, pero sería un gran error juzgarla a primera vista. La SRS se convirtió en una de las más prestigiosas de la Asociación cuando estaba dirigida por Hideki Saehara como Líder y por Emiliya Smirkova como Sublíder.

Por supuesto, Cleven no tenía ni idea –o no se acordaba– de que sus dos abuelos maternos fueron dos iris muy famosos. Nada más creía que fueron una simple enfermera de origen ruso y un maestro marcial japonés dueño de un dojo. Pipi heredó el liderazgo de la SRS tras la muerte de ambos, antes de que Cleven naciera, y siguió siendo una RS de gran prestigio. Por eso, que un iris fuera integrado en ella como miembro decía mucho de ese iris. Pipi no elegiría a uno cualquiera.

Lo mismo pasaba con Effie, que fue elegida por el propio Hideki hace muchos años, cuando era pequeña, a pesar de que dominaba el mismo elemento que él. Tener dos iris del mismo elemento en una RS no entraba en la norma, pero no estaba totalmente prohibido. Effie tenía 34 años y a veces era un poco caótica, acelerada, nerviosa, un rasgo típico de algunos Den, que, por ejemplo, no compartía con Raijin, pues Raijin tenía el rasgo de la calma estática antes de la tormenta. Tenía un cabello cobrizo y largo, rapado por los laterales, decorado con un par de trenzas, y tenía brazos musculosos, además de una cicatriz en la barbilla. Era ruda, pero una magnífica iris, siempre bienhumorada.

Se proclamaba escocesa porque su origen genealógico provenía de allí, pero la verdad es que ella era una habitante del Monte Zou. Su familia, o clan, llevaba más de un siglo viviendo dentro de las tierras Zou, así que ella se crio allí, y la mayor parte de sus familiares eran monjes y guardianes del Monte. Effie era la única de su generación familiar que se había convertido en iris, cuando de pequeña presenció la muerte injusta de su abuelo.

Los dos miembros de la MRS se habían sentado a descansar junto a un árbol y entre unos arbustos. Eran un hombre y un chico joven. El hombre estaba con la vista clavada en sus enemigas, a las que veía bien desde su escondite, mientras el chico se chupaba un corte que se había hecho en una mano.

—¿Cómo es posible que nos hayan hecho un ataque sorpresa? —masculló el joven—. ¿Quiénes son?

—Son de la SRS —contestó el otro con rabia—. Joder, deben de estar trabajando con la KRS. Desde que el Líder nos dio la señal de que ya tenía el pergamino, al poco rato nos han impedido ir hacia donde está él.

—Lo que quiere decir que la KRS ya sabía lo de nuestro plan de capturar al chico que lleva su pergamino —entendió.

—Incluso sabían que estábamos divididos y custodiando los puentes. Cabrones… Si le han pedido ayuda a la SRS, quiere decir que la KRS ha ido a por nuestro Líder. ¿Seguirá teniendo el pergamino?

—Eso ya no importa ahora, tenemos que deshacernos de esas dos. ¿Creo un campo de vacío?

—No —lo detuvo cuando este ya había empezado a levantar las manos—. Ellas esperan un ataque por nuestra parte, conocen nuestros elementos, puede que ya sepan cómo reaccionar a eso. Además, necesitas mi ayuda para luchar contra ellas, y al igual que ellas, yo no puedo hacer nada sin luz ni aire. Esperaremos a que bajen la guardia y atacamos, no saben dónde estamos.

Effie dejó de escudriñar el bosquecillo y se acercó a su joven compañera.

—Sui-chan, voy a adentrarme ahí y haré que esos dos salgan por aquí —le dijo en voz baja—. Cuando lo hagan, usa el agua del estanque para...

—Sí, sí, sí... —le interrumpió, haciendo aspavientos—. Date prisa, la humedad de este lugar me estropea las puntas del pelo.

La escocesa negó con la cabeza y se apresuró a realizar su hazaña. Pero antes de desaparecer entre la maleza, su compañera la llamó.

—¡Denjin-san!

—¿¡Qué!? —saltó ella, dándose la vuelta, alarmada, pensando que la chica había visto a sus enemigos.

—¿Crees que esta falda me hace el culo gordo... —preguntó, girando la cabeza para mirarse el trasero—... o más bien respingón?

Effie puso una cara de loca increíble y se le hincharon algunas venas de sus musculosos brazos.

—¡Siempre igual! ¿¡Quieres dejar de preguntar tonterías!? ¡No puedo más contigo!

—Ahora… —le susurró el Viento de la MRS a su compañero de la Oscuridad.

Sakura sonrió astuta mientras Effie seguía despotricando contra ella, pues en ese momento sus oponentes salieron al descubierto, a punto de atacar a Effie por la espalda. No obstante, la gal, dejándose el chupa-chups en la boca, estiró los brazos y los empezó a subir. Las verdosas aguas del estanque comenzaron a elevarse y a formar una ola impresionante a sus espaldas y, con una sacudida de los brazos, mandó toda la masa de agua directa a ellos.

Los dos de la MRS, incluso Effie, se quedaron paralizados al ver lo que se les venía encima, y entonces la ola se estampó contra ellos, inundándolo todo, aunque la única que no se mojó fue Sakura. Cuando el nivel del agua disminuyó al desparramarse por los alrededores, Effie se levantó del suelo con tambaleos y escupiendo agua como una descosida, asqueada, aún perpleja por lo ocurrido.

—¿A qué esperas, bruta? —le gritó Sakura tan campante, señalándole tras ella.

—¿Eh? —se extrañó, recuperando el aire, y se dio la vuelta.

Entendió enseguida lo que pasaba. Los dos de la MRS estaban en ese momento indefensos, afectados por el impacto de la ola, así que Effie no perdió ni un segundo y generó una descarga eléctrica hacia ellos usando el suelo mojado, puesto que estaban a una considerable distancia, y les dio de lleno. Sakura había secado el suelo que pisaba para que no le diese a ella también. Ambos miembros de la MRS soltaron un gemido de dolor al recibir la descarga, que, estando empapados, era más efectiva. Cuando Effie cesó su ataque, el hombre del elemento Viento se recuperó antes que su compañero e, incorporándose con mucha dificultad, le clavó una mirada fiera.

—Ayayay… —se alarmó la mujer, viéndolo venir, y corrió hacia Sakura, la agarró del brazo y se alejaron de la zona rápidamente.

—¿Por qué huimos? —se molestó la chica.

—Ese tipo es el Viento, tenemos que tener muchísimo cuidado con él —le explicó—. Lo he cabreado bastante, así que no dudará en ir a por nosotros.

—No vuela, ¿verdad?

—No, volar es una capacidad del máximo nivel, y bien sabemos que sólo existe un Fuujin en el mundo. Será mejor que no nos pongamos mucho en su campo de visión o nos llenará de cortes o nos ahogará. No podrán moverse bien hasta dentro de un rato, así que aprovechemos para escondernos nosotras. Por cierto, ¿cómo te ha dado tiempo para atacar? No me digas que te lo esperabas.

—Pues sí —afirmó con tono presumido—. Sabía que saldrían, cuando creyeran que bajábamos la guardia. Era lo lógico. Como estaban acorralados en ese bosque, lo único que podían hacer era atacar en el momento oportuno para cambiar de zona.

—¿Por eso me has hecho la pregunta de la faldita? —farfulló, y ella le hizo el signo de la victoria con la mano, soltando una risita—. Eres una florecilla insoportable, "hermanita" —bufó mientras se adentraban en una amplia zona de columpios, rodeada de más árboles.

Cleven llegó hasta el paseo que bordeaba el estanque y se sorprendió al verlo todo inundado. Miró hacia el estanque, y luego hacia su alrededor. No había nadie, y se preguntó qué estaba pasando, por lo que siguió andando, empeñada en descubrir algo.


* * * * * *


Justo cuando apenas había pasado una hora desde que llegó del trabajo y se había echado a dormir, Kamui abrió los ojos de golpe al escuchar unos ruidos en alguna otra parte de la casa. Parecían los ruidos de alguien entrando por la ventana de la cocina. Era la única ventana que había dejado abierta. Como daba al patio ajardinado interior de la urbanización, solía ser improbable que alguien pudiera colarse por ella. Antes de levantarse de su cama, cogió el bate de béisbol que escondía bajo el colchón, y se dirigió hacia la cocina despacio y con discreción, preparado para batear la cabeza del intruso.

Nada más pararse en el pasillo, al lado del marco de la puerta de la cocina, vio la leve sombra del intruso que la lejana luz de las farolas del patio interior proyectaba. Entonces, aguantó la respiración, dio un paso adentro y blandió el bate. Sin embargo, en una fracción de segundo, Kamui apenas se dio cuenta de que un chorro de agua golpeó su brazo, y acabó con el brazo totalmente pegado a la pared, cubierto de una fuerte coraza de hielo. El bate cayó al suelo.

—¡Por Dios, Drasik! —respiró Kamui con el tremendo susto encima, reconociendo al chico nada más verlo con sus pelos de loco, y con la luz azul claro que emitía su ojo izquierdo.

—Ups… Lo siento mucho, señor Kinomoto —se apuró el chico, deshaciendo el hielo con un movimiento y liberando su brazo.

—¡Creía que eras algún matón o alguien que venía a tomar represalias conmigo! ¡Sabes que me dedico a una profesión peliaguda!

—Lo lamento, lo lamento, es que no quería llamar al telefonillo y despertarlo. Pretendía colarme por la ventana de la habitación de Nak, pero estaba cerrada, entonces he saltado al otro lado del edificio y he visto la ventana de la cocina medio abierta…

—Ayyy… está bien, me da igual… —lo frenó Kamui, con una cara realmente soñolienta y con sus cabellos largos muy despeinados—. Si vais a hablar de vuestros asuntos de iris, no hagáis ruido, por favor.

Kamui se encerró en su habitación y Drasik abrió la puerta de la de Nakuru sin ningún cuidado, por lo que la chica pegó un salto en su cama y miró con alarma a su alrededor, con su ojo izquierdo brillando de su luz naranja. Al ver a Drasik, lanzó juramentos sobre unas cuantas cosas, pegó un suspiro de desasosiego y volvió a cubrirse con la manta.

—Hey, Nak, no me ignores.

—¿Qué haces aquí? —masculló con voz cansada—. Son las tres de la mañana.

—Venía a preguntarte si te vienes conmigo.

—¿Adónde? —bostezó.

—A la pelea.

Nakuru se destapó y se sentó sobre la cama, frotándose los ojos.

—Espero que se trate de una broma. Si es así, te la perdono.

—¿No? Bueno, entonces me voy.

—Dios mío, Dras, ¿es que tú no duermes? ¿Qué has estado haciendo? ¿No te puedes estar quieto ni un ratito?

—Hasta luegooo… —se despidió con voz cantarina, saliendo por la puerta.

—¡Ni se te ocurra ir! —saltó de la cama y corrió tras él—. ¿Por qué no puedes obedecer por una vez en tu vida las órdenes que te dan? Nuestro trabajo ha acabado por ahora.

—Antes muerto que aceptar órdenes de Raijin —replicó con cara alegre, saliendo de la casa.

Nakuru se quedó en la puerta, siguiéndolo con la mirada. Fue a decirle algo, pero ya lo había perdido de vista. Dio otro suspiro y se llevó una mano a la cabeza, abatida. Pasó de detenerlo, sabía que sería inútil, así que volvió a meterse dentro de la casa con intención de seguir durmiendo. Sin embargo, no podía pegar ojo. Tenía a esa mosca, con la cara y los pelos de loco de Drasik, zumbando a su alrededor de manera irritante.









45.
Peleas (2/3)

Ya entrada la noche, una figura se adentró en el jardín de la casa de los Vernoux. Anduvo hacia el porche y abrió la puerta con cuidado de no hacer ningún ruido. Todas las luces estaban apagadas y no se oía ni una mosca, así que, tras asegurarse de que no había nadie por el primer piso, subió al segundo con discreción.

Primero se fue a su habitación, y al abrir la puerta vio a Hana dormida en la cama, con el teléfono inalámbrico entre sus brazos. Neuval sonrió levemente y se acercó a ella, arrodillándose junto a la cama. Cogió el teléfono de sus manos y lo dejó sobre la mesilla. Seguidamente, le acarició el rostro y le dio un beso en la frente. Después de taparla bien con la manta, salió de la habitación y se fue a la de Yenkis. Lo vio ahí profundamente dormido en su cama, con los auriculares puestos y su guitarra reposando al lado. Volvió a sonreír, negando con la cabeza, y cerró la puerta.

Se quedó un momento quieto en el pasillo y dio un suspiro. Dirigió la mirada hacia la habitación del final, cuya puerta estaba abierta y se podía ver la cama de Cleven vacía. Bajó la cabeza, apesadumbrado. Entonces regresó al piso de abajo y caminó hacia su despacho para coger lo que necesitaba. Se iba a ir de allí unos días, o el tiempo que fuese necesario hasta que Alvion dejase de buscarlo o bien hasta que el tema del juicio quedase zanjado.

Lo último que quería era involucrar a Hana y a Yenkis en todo aquel lío en el que se había metido. Así que Neuval iba a quedarse en la casa de su madre. También podía ir a la de Lao, pero así era más fácil que Alvion lo encontrara, ya que Lao y Alvion se llevaban muy bien. Eran muy buenos amigos por la cantidad de años que Lao había trabajado para él, y Neuval tampoco quería poner a Lao en una situación incómoda con Alvion. Sí, la casa de su madre era la mejor opción, porque Ming Jie nunca permitiría la entrada de nadie en su casa que viniera para perjudicar o molestar a Neuval. Ella era su más fiel defensora, incluso ante el mismísimo Alvion Zou.

Al cruzar el pequeño vestíbulo, se paró frente a la puerta de su despacho y se fijó en que el papelito seguía pillado entre esta y el marco a cinco centímetros del suelo. Pero eso no era todo. Abrió la puerta y se metió dentro, y lo primero que hizo, más que nada por costumbre, fue mirar al suelo, justo debajo de una pequeña mesa sobre la cual había unos libros y unos papeles, pegada a la pared junto a la puerta. Al lado había una papelera, y entonces se agachó y la apartó.

—No puede ser... —resopló, y miró a un lado, entornando los ojos—. Yenkis...

Por supuesto que no iba a emplear un mecanismo de seguridad tan simple como lo del papelito, es más, este era para que quien quería entrar a escondidas reparase en él y sólo en él, y así pasaría desapercibido el segundo mecanismo.

Neuval era consciente de que su hijo pequeño era demasiado inteligente, lo cual era motivo de orgullo, pero a veces también era un gran fastidio. Antes solía programar a Hoti, la inteligencia artificial de Katya instala en su casa, para bloquear la puerta de su despacho y requerir una contraseña para entrar, pero hace unos pocos años Yenkis acabó averiguando el modo de manipular la configuración de Hoti, por mucho que Neuval le pusiera mecanismos. Por tanto, Yenkis llegó a ser capaz de entrar en su despacho una vez sin que Hoti se lo impidiera, de modo que usar a Hoti era inútil contra Yenkis. Lo mismo pasaba con cualquier otro mecanismo de cerradura.

Por eso, Neuval ya no la usaba para bloquear el acceso a su despacho. En vez de eso, instaló otro mecanismo de seguridad, más rudimentario, más mecánico y discreto, que ni Yenkis ni nadie pudiera evitar activar nada más abrir la puerta. Solo que, esta vez, no era para bloquear el acceso, sino para dejar una señal si alguien había entrado. Con esta forma, Neuval no quería impedir que Yenkis quebrantara la norma, sino saber cuándo y cuántas veces lo hacía. De ahí que hiciera, aparte, la trampa del papelito, lo suficientemente visible para que el niño la viera y pensara que era la única que había.

El mecanismo secreto estaba conectado a las bisagras de la puerta. Había montado un pequeño circuito eléctrico con un fino hilo de cobre, que conectaba las bisagras con un pequeño aparato oculto en un cajón de una de las estanterías. Al abrir la puerta, las bisagras giraban, reconectando el hilo de cobre cortado y cerrando así el circuito. El aparato tenía cinco diminutas bombillas, y se encendía una cada vez que la puerta había sido abierta. Ahora mismo, debería haber una encendida, de ahora mismo, de cuando él había abierto la puerta. Pero había dos luces encendidas, lo que indicaba que ese día la puerta del despacho se había abierto dos veces.

Hana por supuesto que estaba descartada como la causante, porque Neuval sabía que ella cumplía las normas de su casa y de la empresa a rajatabla. Ella era incapaz de hacer algo que pudiera defraudarlo. También, porque ella no habría vuelto a poner el papelito en su sitio; no lo habría visto ahí abajo, para empezar.

No había otro causante posible. Y Neuval ya se estaba masajeando las sienes, procurando estar calmado.

A ver, uno tenía que ser extremadamente iluso si pensaba que podía ser más listo que Neuval. Él no era famoso en la Asociación sólo porque tuviera el mayor nivel de poder demostrado en un iris. Esa sólo era una de las tres razones. La segunda razón, era porque él, ya de pequeño, había demostrado tener un cociente intelectual cercano o incluso igual al de los Zou. Era un genio de la Física y de la Tecnología, también políglota, y tenía una capacidad ilimitada de memoria eidética selectiva. Sabía cómo construir un avión, un barco, un cohete espacial, cualquier vehículo, ordenador, satélite, aparato, máquina, arma... con los ojos cerrados. Es más, todas las armas insólitas y aparatos de comunicación que usaba la Asociación eran de su marca, de su cabeza. La tercera razón de su fama era... por decirlo sutilmente... su peculiar personalidad. Su verdadera forma de ser, para ser exactos. Muy distinta a la de un serio empresario, o la de un padre disciplinado, o la de un ciudadano educado.

«Quién me iba a decir que tener un hijo con mi misma inteligencia y arrogante curiosidad iba a ser tan fastidioso...» pensó, «El problema no es la inteligencia, porque Lex también lo ha sido siempre, pero él no me daba tantos problemas como Yenkis, porque afortunadamente Lex ha heredado la férrea sensatez de Katya y del maestro Hideki. El problema es esa enfermiza obsesión con descubrir secretos y misterios y meter las narices donde no lo llaman... misma manía que comparte con Cleven y conmigo... y con mi hermana... Ay, Monique, ojalá estuvieras aquí, riéndote de mí» suspiró con dolorosa nostalgia.

Para asegurarse, se fue hacia su ordenador y lo encendió rápidamente. Esperaba ver algún cambio, tenía la sospecha de que su hijo había usado su ordenador, sin embargo, frunció el ceño al ver que todo estaba tal cual. Sus archivos confidenciales seguían ahí y bajo contraseña, era imposible que Yenkis la supiese. Pensó que a lo mejor habría entrado ahí para ver lo que tenía, y al no poder acceder a los contenidos, lo había dejado. Eso le tranquilizó un poco, pero en el fondo sentía que el niño había hecho algo más que mirar.

En fin, no tenía tiempo, dejó el tema para otro momento y apagó el ordenador. Cogió de uno de sus cajones el portátil, que sólo usaba para trabajar cada vez que estaba fuera, lo metió en una cartera negra y se fue.


* * * * * *


Cleven empezó a oír unos extraños y lejanos ruidos que la despertaron de golpe. Se incorporó sobre la cama y miró el reloj. Era ya tarde, y le fastidió bastante haberse despertado. Se fue enfadada hacia la ventana de su habitación y se asomó al exterior para ver qué estaba pasando. Desde ahí podía ver gran parte de la extensión del Parque Yoyogi.

Un pequeño estruendo producido en una zona boscosa la hizo mirar allá con susto. Entre la oscura espesura de los árboles, donde no había farolas, oyó unas voces y vio que las ramas de todos aquellos árboles se agitaban fuertemente durante un momento.

—¿Qué está...? —murmuró sorprendida.

Sin embargo, se quedó muda cuando vio lo que parecían ser cuatro personas saliendo disparadas de entre los árboles y perderse de vista al otro lado del inmenso parque. Cleven volvió a meterse dentro y se vistió a toda prisa. Después de ponerse las botas sin abrochar, salió del hotel rápidamente en dirección al parque, intrigada.

Sakura y Effie, Agua y Electricidad de la SRS, seguían en mitad de la lucha contra el Viento y la Oscuridad de la MRS en el mismísimo Parque Yoyogi. Habían huido bien lejos de los puentes cuando apareció el despliegue policial y vieron que los perseguían esas dos iris de la SRS, entendiendo que esta y la KRS estaban trabajando juntas y les habían boicoteado el plan.

En ese momento, los dos de la MRS se habían escondido por alguna parte de un bosquecillo, que al lado tenía un paseo que bordeaba el estanque. Sakura posó los pies en el suelo tras haber saltado desde un lugar lejano y a su lado se posó Effie, que empezó a ojear la zona con atención, mientras su compañera se limitaba a lamer un chupa-chups y a juguetear con un mechón de su pelo.

Sakura iba al mismo instituto que Cleven, mismo curso pero diferente clase. La verdad es que Cleven nunca había tratado con ella, más que nada porque Sakura era la típica chica popular de instituto, una gal muy presumida, siempre maquillada y a la moda, con una cuidada melena castaña con un mechón teñido de rosa, y Cleven no solía tratar con ese tipo de chicas. Nakuru sí había tratado con ella, si bien con discreción y de forma casual, por la simple razón de que se conocían desde la infancia, desde que comenzaron a trabajar en la Asociación en sus RS aliadas. Raven también conocía a Sakura, pero porque Raven también era una gal y, desde que vino a estudiar a Tokio, se había hecho amiga de las demás gals del instituto.

Sakura, que se convirtió a los 6 años cuando presenció el asesinato de su abuela a manos de la mafia japonesa, era una Sui aún en nivel -chan, pero sería un gran error juzgarla a primera vista. La SRS se convirtió en una de las más prestigiosas de la Asociación cuando estaba dirigida por Hideki Saehara como Líder y por Emiliya Smirkova como Sublíder.

Por supuesto, Cleven no tenía ni idea –o no se acordaba– de que sus dos abuelos maternos fueron dos iris muy famosos. Nada más creía que fueron una simple enfermera de origen ruso y un maestro marcial japonés dueño de un dojo. Pipi heredó el liderazgo de la SRS tras la muerte de ambos, antes de que Cleven naciera, y siguió siendo una RS de gran prestigio. Por eso, que un iris fuera integrado en ella como miembro decía mucho de ese iris. Pipi no elegiría a uno cualquiera.

Lo mismo pasaba con Effie, que fue elegida por el propio Hideki hace muchos años, cuando era pequeña, a pesar de que dominaba el mismo elemento que él. Tener dos iris del mismo elemento en una RS no entraba en la norma, pero no estaba totalmente prohibido. Effie tenía 34 años y a veces era un poco caótica, acelerada, nerviosa, un rasgo típico de algunos Den, que, por ejemplo, no compartía con Raijin, pues Raijin tenía el rasgo de la calma estática antes de la tormenta. Tenía un cabello cobrizo y largo, rapado por los laterales, decorado con un par de trenzas, y tenía brazos musculosos, además de una cicatriz en la barbilla. Era ruda, pero una magnífica iris, siempre bienhumorada.

Se proclamaba escocesa porque su origen genealógico provenía de allí, pero la verdad es que ella era una habitante del Monte Zou. Su familia, o clan, llevaba más de un siglo viviendo dentro de las tierras Zou, así que ella se crio allí, y la mayor parte de sus familiares eran monjes y guardianes del Monte. Effie era la única de su generación familiar que se había convertido en iris, cuando de pequeña presenció la muerte injusta de su abuelo.

Los dos miembros de la MRS se habían sentado a descansar junto a un árbol y entre unos arbustos. Eran un hombre y un chico joven. El hombre estaba con la vista clavada en sus enemigas, a las que veía bien desde su escondite, mientras el chico se chupaba un corte que se había hecho en una mano.

—¿Cómo es posible que nos hayan hecho un ataque sorpresa? —masculló el joven—. ¿Quiénes son?

—Son de la SRS —contestó el otro con rabia—. Joder, deben de estar trabajando con la KRS. Desde que el Líder nos dio la señal de que ya tenía el pergamino, al poco rato nos han impedido ir hacia donde está él.

—Lo que quiere decir que la KRS ya sabía lo de nuestro plan de capturar al chico que lleva su pergamino —entendió.

—Incluso sabían que estábamos divididos y custodiando los puentes. Cabrones… Si le han pedido ayuda a la SRS, quiere decir que la KRS ha ido a por nuestro Líder. ¿Seguirá teniendo el pergamino?

—Eso ya no importa ahora, tenemos que deshacernos de esas dos. ¿Creo un campo de vacío?

—No —lo detuvo cuando este ya había empezado a levantar las manos—. Ellas esperan un ataque por nuestra parte, conocen nuestros elementos, puede que ya sepan cómo reaccionar a eso. Además, necesitas mi ayuda para luchar contra ellas, y al igual que ellas, yo no puedo hacer nada sin luz ni aire. Esperaremos a que bajen la guardia y atacamos, no saben dónde estamos.

Effie dejó de escudriñar el bosquecillo y se acercó a su joven compañera.

—Sui-chan, voy a adentrarme ahí y haré que esos dos salgan por aquí —le dijo en voz baja—. Cuando lo hagan, usa el agua del estanque para...

—Sí, sí, sí... —le interrumpió, haciendo aspavientos—. Date prisa, la humedad de este lugar me estropea las puntas del pelo.

La escocesa negó con la cabeza y se apresuró a realizar su hazaña. Pero antes de desaparecer entre la maleza, su compañera la llamó.

—¡Denjin-san!

—¿¡Qué!? —saltó ella, dándose la vuelta, alarmada, pensando que la chica había visto a sus enemigos.

—¿Crees que esta falda me hace el culo gordo... —preguntó, girando la cabeza para mirarse el trasero—... o más bien respingón?

Effie puso una cara de loca increíble y se le hincharon algunas venas de sus musculosos brazos.

—¡Siempre igual! ¿¡Quieres dejar de preguntar tonterías!? ¡No puedo más contigo!

—Ahora… —le susurró el Viento de la MRS a su compañero de la Oscuridad.

Sakura sonrió astuta mientras Effie seguía despotricando contra ella, pues en ese momento sus oponentes salieron al descubierto, a punto de atacar a Effie por la espalda. No obstante, la gal, dejándose el chupa-chups en la boca, estiró los brazos y los empezó a subir. Las verdosas aguas del estanque comenzaron a elevarse y a formar una ola impresionante a sus espaldas y, con una sacudida de los brazos, mandó toda la masa de agua directa a ellos.

Los dos de la MRS, incluso Effie, se quedaron paralizados al ver lo que se les venía encima, y entonces la ola se estampó contra ellos, inundándolo todo, aunque la única que no se mojó fue Sakura. Cuando el nivel del agua disminuyó al desparramarse por los alrededores, Effie se levantó del suelo con tambaleos y escupiendo agua como una descosida, asqueada, aún perpleja por lo ocurrido.

—¿A qué esperas, bruta? —le gritó Sakura tan campante, señalándole tras ella.

—¿Eh? —se extrañó, recuperando el aire, y se dio la vuelta.

Entendió enseguida lo que pasaba. Los dos de la MRS estaban en ese momento indefensos, afectados por el impacto de la ola, así que Effie no perdió ni un segundo y generó una descarga eléctrica hacia ellos usando el suelo mojado, puesto que estaban a una considerable distancia, y les dio de lleno. Sakura había secado el suelo que pisaba para que no le diese a ella también. Ambos miembros de la MRS soltaron un gemido de dolor al recibir la descarga, que, estando empapados, era más efectiva. Cuando Effie cesó su ataque, el hombre del elemento Viento se recuperó antes que su compañero e, incorporándose con mucha dificultad, le clavó una mirada fiera.

—Ayayay… —se alarmó la mujer, viéndolo venir, y corrió hacia Sakura, la agarró del brazo y se alejaron de la zona rápidamente.

—¿Por qué huimos? —se molestó la chica.

—Ese tipo es el Viento, tenemos que tener muchísimo cuidado con él —le explicó—. Lo he cabreado bastante, así que no dudará en ir a por nosotros.

—No vuela, ¿verdad?

—No, volar es una capacidad del máximo nivel, y bien sabemos que sólo existe un Fuujin en el mundo. Será mejor que no nos pongamos mucho en su campo de visión o nos llenará de cortes o nos ahogará. No podrán moverse bien hasta dentro de un rato, así que aprovechemos para escondernos nosotras. Por cierto, ¿cómo te ha dado tiempo para atacar? No me digas que te lo esperabas.

—Pues sí —afirmó con tono presumido—. Sabía que saldrían, cuando creyeran que bajábamos la guardia. Era lo lógico. Como estaban acorralados en ese bosque, lo único que podían hacer era atacar en el momento oportuno para cambiar de zona.

—¿Por eso me has hecho la pregunta de la faldita? —farfulló, y ella le hizo el signo de la victoria con la mano, soltando una risita—. Eres una florecilla insoportable, "hermanita" —bufó mientras se adentraban en una amplia zona de columpios, rodeada de más árboles.

Cleven llegó hasta el paseo que bordeaba el estanque y se sorprendió al verlo todo inundado. Miró hacia el estanque, y luego hacia su alrededor. No había nadie, y se preguntó qué estaba pasando, por lo que siguió andando, empeñada en descubrir algo.


* * * * * *


Justo cuando apenas había pasado una hora desde que llegó del trabajo y se había echado a dormir, Kamui abrió los ojos de golpe al escuchar unos ruidos en alguna otra parte de la casa. Parecían los ruidos de alguien entrando por la ventana de la cocina. Era la única ventana que había dejado abierta. Como daba al patio ajardinado interior de la urbanización, solía ser improbable que alguien pudiera colarse por ella. Antes de levantarse de su cama, cogió el bate de béisbol que escondía bajo el colchón, y se dirigió hacia la cocina despacio y con discreción, preparado para batear la cabeza del intruso.

Nada más pararse en el pasillo, al lado del marco de la puerta de la cocina, vio la leve sombra del intruso que la lejana luz de las farolas del patio interior proyectaba. Entonces, aguantó la respiración, dio un paso adentro y blandió el bate. Sin embargo, en una fracción de segundo, Kamui apenas se dio cuenta de que un chorro de agua golpeó su brazo, y acabó con el brazo totalmente pegado a la pared, cubierto de una fuerte coraza de hielo. El bate cayó al suelo.

—¡Por Dios, Drasik! —respiró Kamui con el tremendo susto encima, reconociendo al chico nada más verlo con sus pelos de loco, y con la luz azul claro que emitía su ojo izquierdo.

—Ups… Lo siento mucho, señor Kinomoto —se apuró el chico, deshaciendo el hielo con un movimiento y liberando su brazo.

—¡Creía que eras algún matón o alguien que venía a tomar represalias conmigo! ¡Sabes que me dedico a una profesión peliaguda!

—Lo lamento, lo lamento, es que no quería llamar al telefonillo y despertarlo. Pretendía colarme por la ventana de la habitación de Nak, pero estaba cerrada, entonces he saltado al otro lado del edificio y he visto la ventana de la cocina medio abierta…

—Ayyy… está bien, me da igual… —lo frenó Kamui, con una cara realmente soñolienta y con sus cabellos largos muy despeinados—. Si vais a hablar de vuestros asuntos de iris, no hagáis ruido, por favor.

Kamui se encerró en su habitación y Drasik abrió la puerta de la de Nakuru sin ningún cuidado, por lo que la chica pegó un salto en su cama y miró con alarma a su alrededor, con su ojo izquierdo brillando de su luz naranja. Al ver a Drasik, lanzó juramentos sobre unas cuantas cosas, pegó un suspiro de desasosiego y volvió a cubrirse con la manta.

—Hey, Nak, no me ignores.

—¿Qué haces aquí? —masculló con voz cansada—. Son las tres de la mañana.

—Venía a preguntarte si te vienes conmigo.

—¿Adónde? —bostezó.

—A la pelea.

Nakuru se destapó y se sentó sobre la cama, frotándose los ojos.

—Espero que se trate de una broma. Si es así, te la perdono.

—¿No? Bueno, entonces me voy.

—Dios mío, Dras, ¿es que tú no duermes? ¿Qué has estado haciendo? ¿No te puedes estar quieto ni un ratito?

—Hasta luegooo… —se despidió con voz cantarina, saliendo por la puerta.

—¡Ni se te ocurra ir! —saltó de la cama y corrió tras él—. ¿Por qué no puedes obedecer por una vez en tu vida las órdenes que te dan? Nuestro trabajo ha acabado por ahora.

—Antes muerto que aceptar órdenes de Raijin —replicó con cara alegre, saliendo de la casa.

Nakuru se quedó en la puerta, siguiéndolo con la mirada. Fue a decirle algo, pero ya lo había perdido de vista. Dio otro suspiro y se llevó una mano a la cabeza, abatida. Pasó de detenerlo, sabía que sería inútil, así que volvió a meterse dentro de la casa con intención de seguir durmiendo. Sin embargo, no podía pegar ojo. Tenía a esa mosca, con la cara y los pelos de loco de Drasik, zumbando a su alrededor de manera irritante.





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