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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __









29.
La discoteca

Cleven entró en su habitación del hotel y se dejó caer sobre la cama, dando un bostezo de aburrimiento. No sabía qué hacer. Mañana no había clase y la noche aún era joven.

Echó un vistazo a su móvil. Ya había acumulado 33 llamadas de su padre desde ayer hasta hoy. Hace unas horas había dejado de insistir. «Qué raro» pensó Cleven, «Conociendo a papá, todavía me seguiría llamando al móvil por lo menos dos veces cada hora. Se habrá cansado. Pero mejor que papá no me llame más, que no voy a responder».

Ladeó la cabeza y observó durante un rato el teléfono de la mesilla de noche. Justo al lado estaba la guía abierta en la página donde estaba el supuesto número de su tío. Dio un suspiro y cogió el teléfono para volver a llamar. Tras unos segundos, oyó de nuevo la voz del contestador, y colgó. «Pero bueno, ¿es que este hombre nunca está en casa?» se preguntó molesta. «¿Será que trabaja a estas horas? A este paso no daré con él en la vida. ¿Y no podría haber alguien más en su casa para coger el teléfono? Hmm… ¿Vivirá solo, pues?».

Estuvo un rato dándole vueltas a esas hipótesis, hasta que se cansó y decidió volver a salir para dar una vuelta. «De todas formas, voy a ir mañana a la dirección que conseguí en el instituto. Con suerte, podré verlo en persona».

Tras media hora caminando por las calles en mitad de la noche y de la gente, optó por llamar a Nakuru, ya que Raven ya debía de estar volando a San Francisco. Se detuvo a sentarse en un banco a la luz de una farola y sacó el móvil. Llamó a su amiga, pero no obtuvo respuesta. Se quedó varios minutos esperando, distrayéndose con las cosas de la calle. Volvió a llamarla. No contestaba. Le escribió un mensaje. Esperó otros quince minutos.

Cleven acabó por guardar el móvil y desistir. «Jo, pero ¿qué estará haciendo Nakuru?» pensó. «No creo que esté tan ocupada como para no responder». Se levantó del banco y siguió caminando durante un rato. Llegó a una de las zonas de la ciudad donde había más ocio nocturno, bastante lejos de su hotel. Veía a la gente entrando y saliendo de los locales y de los pubs, y sintió una envidia tremenda. Deseó ser mayor de edad para poder entrar en algún sitio de esos, pero hasta los 20 le quedaban cuatro años.

La calle en la que estaba era muy larga, y toda llena de locales y discotecas. Se oían mezclas de música provenientes de los distintos lugares además de las voces que emitían los paseantes en pandilla. Cleven nunca se había sentido tan sola.

Echó un último vistazo alrededor y, metiéndose las manos en los bolsillos del abrigo, optó por dar media vuelta y…

—¡Hey! —exclamó de pronto, entornando los ojos hacia lo lejos—. ¡Son ellos!

Vio un poco más allá, entre la gente que caminaba por la calle, a Yako y a Raijin. Estaban en la puerta de un local que, por la pinta de su gran cartel de neón, debía de ser enorme, lujoso y muy popular, ya que había mucha gente entrando allí. Yako y Raijin, a la puerta de este sitio, estaban hablando con el guardia de seguridad, que era un hombre el doble de grande que una persona normal, musculoso y calvo, con unas gafas de sol puestas y aire poco amistoso.

«¿Por qué llevarán gafas de sol si es de noche?» pensó la joven, pero sacudió la cabeza para volver al tema importante. «¿Qué hacen allí esos dos?». Se acercó más a ellos con cautela, escondiéndose tras el tronco de un árbol de la acera y se quedó observando, ya que a esa distancia y con el barullo que había no podía oírlos bien. «Parecen tener problemas». Por si acaso, ya que tenía el móvil a mano, comenzó a grabarlos en vídeo.

—Venga, señor, déjelo entrar —le pedía simpáticamente Yako al guardia.

—He dicho que no —terció el hombre severamente, mientras desenganchaba un momento la cadena de la puerta para dejar pasar dentro del local a una pareja—. Tú sí puedes entrar, pero tu amigo no —miró a Raijin con autoridad—. Es menor de edad. Algunos locales se reservan el derecho de prolongar la edad mínima para beber alcohol a partir de los 21 años. ¿Sabes cuántos jóvenes vienen a estos locales recién cumplidos los 20 como si de repente tuvieran libertad para excederse y desmadrarse y mostrar un comportamiento absolutamente inaceptable?

—Mi amigo cumple 21 dentro de tres meses nada más —insistía Yako, y agarró a Raijin de los hombros y juntó su cara con la de él para dar pena, mirando con ojos suplicantes al guardia—. Ni siquiera vamos a consumir alcohol…

—¿¡Y para qué venís a este local entonces!? —se impacientó el guardia.

—Para… —Yako cuidó las palabras—… ¿beber refrescos?

Yob tvoyu mat’, Yako, ¡que nos dejas sin misión! —le reprimió Raijin a su amigo en voz baja.

—¡Sabes lo que me cuesta mentir!

El guardia los estaba mirando con una mueca claramente desaprobatoria, pensando que tenía a dos niños ingenuos delante.

—Largaos… de… aquí.

Yako dio un suspiro, rindiéndose, y miró a su amigo para ver qué hacían ahora. Raijin no le había quitado la vista de encima al guardia, analizándolo como él bien sabía hacer, hasta que cerró los ojos y también suspiró.

—Adiós a las deportivas nuevas que quería comprarme… —farfulló, sacando de su bolsillo la billetera y le tendió al guardia un taquito de billetes de yenes.

El guardia los miró con aire indiferente, pero no engañaba a nadie, porque a los pocos segundos miró a un lado y a otro con disimulo, cogió el dinero en un abrir y cerrar de ojos y se lo guardó bien guardado. Acto seguido, desenganchó la cadena y les indicó que pasaran.

—Qué faena —le sonrió Yako a su amigo cuando entraron—. ¿Ese era tu sueldo?

—Tendré que hacer horas extra en el almacén —contestó amargamente.

Cleven entendió lo que había pasado a la perfección. «Qué bien se maneja Míster Universo. ¿Tantas ganas tiene de ir a bailar a la disco?» se dijo, negando con la cabeza con una sonrisa, «Ay, Cleven, no seas tonta. Si Raijin baila, tú construyes naves espaciales». Lo había decidido, ella también iba a entrar ahí. Anduvo hasta donde estaba el guardia, y mientras este dejaba pasar a otro grupo de personas, leyó el nombre del local escrito sobre el portón con letras luminosas.

—Gesshoku —murmuró.

Cuando vio que el guardia estaba solo de nuevo, dibujó una sonrisa inocente en su cara y se plantó frente a él. Él se la quedó mirando con una ceja levantada, sin borrar su expresión ruda.

—¿Qué quieres? —le preguntó con recelo—. ¿No deberías estar ya en la cama?

—Quiero entrar.

—¡Jojo! —carcajeó lo más sarcástico que pudo—. No lo creo.

—Pero al rubio lo has dejado pasar. Y no cumple la edad legal para este local.

—¿Has estado espiando? —se sorprendió.

—Si a él lo has dejado pasar, a mí también, ¿no?

—Lárgate de aquí, criaja.

—Aay… —suspiró la joven, se puso a ver el vídeo que había grabado con su móvil, poniéndose intencionadamente cerca del guardia para que él también viera bien la pantalla—. Bueno, pues nada, iré a ver si encuentro alguna comisaría de policía por aquí…

Cuando dio el primer paso para marcharse, el guardia ya la había cogido del hombro.

—Ni se te ocurra —dijo entre dientes, empezando a ponerse nervioso.

—¿Por qué no? Tengo derecho a no guardar silencio —sonrió ella angelicalmente.

El tipo le lanzó una mirada furtiva, sin soltarla del hombro, mordiéndose el labio. Cleven esperó a que se lo pensase bien.

—Borra ese vídeo y te dejo pasar.

—Este vídeo es mi garantía de entrar —objetó ella—. Si lo borro, ya no tendré nada para que me dejes pasar.

—¡Vale! Te dejo pasar —gruñó el guardia—. Pero estarás media hora.

—Una hora.

—Y cuando salgas, borras el vídeo delante de mí.

—No enseñar el vídeo a nadie a cambio de entrar. Borrar el vídeo cuando salga de aquí a cambio de algo más —le sonrió ella, tendiéndole la mano.

—¿Qué quieres?

—Tal vez unos cuantos papeles me sellen la boca…

—¿¡Estás loca!? ¿¡Pretendes que encima te pague!?

—¿Cuánto vale que conserves tu trabajo? Tienes pinta de tener antecedentes y de no querer volver a la cárcel. Y estamos a la vista de tanta gente que no puedes arriesgarte a agredirme. Hay dos pruebas de tu delito, el dinero del soborno y el vídeo. Líbrate de ambas hoy mismo y sigue con tu vida y tu empleo.

El hombre soltó otro gruñido y se le hinchó una larga vena desde el cuello hasta su frente. Le dio a Cleven un par de billetes. Ella los cogió, los miró pensativa y volvió la vista a él.

—Con esto mis manos no tienen ni para desbloquear mi pantalla.

Con otro gruñido más fiero, le dio unos cuantos billetes más. Cleven permaneció con la mano tendida otro rato, y el guardia acabó sacando todo el dinero que había conseguido con el soborno de Raijin.

—¡Ya está, no tengo más! —exclamó rabioso, desenganchando de nuevo la cadena—. Te juro que como crees problemas ahí dentro, te pases de la hora o dejes que te descubran, mi nuevo trabajo será perseguirte hasta robarte todo tu dinero. ¡Y ahora desaparece de mi vista!

Cleven soltó una risotada de triunfo y se adentró en el local. Lo primero que hizo fue buscar a Raijin con la mirada. Se fue adentrando entre la masa de gente, de luces, música y ruido. No se le volvería a escapar.

Pero se le escapó. Imposible localizarlo. Jamás en la vida había podido imaginar que existiese un lugar así en su ciudad. Era el local más grande que había visto, y por ello pensó que, si se adentraba un paso más, se perdería de por vida.

La mayor parte de la gente iba ya bebida. A Cleven se le clavaban sus risotadas y sus gritos en los oídos, junto con la música pop que estaban emitiendo en ese momento.

El local estaba constituido por una sala central de baile enorme, al bajar unas escaleras desde la entrada. En un lado estaban instaladas las máquinas de mezclas, que abarcaban un gran perímetro, con tres DJ pinchando en ese momento, y a sus espaldas se proyectaban imágenes variadas y luces móviles de colores. Al otro lado, subiendo unos escalones desde la abarrotada pista de baile y recorriendo una larga pared circular, estaba la barra del bar, con sus tres camareros guapos y sus tres camareras guapas sirviendo copas sin descanso. Finalmente, había una zona muy amplia de butacas y mesas para sentarse y descansar, decorado con plantas y modernas lámparas de luces suaves que oscilaban como ondas en el agua. Y esto era la primera planta.

Cleven optó por salir de la pista de baile, harta de los accidentales empujones que recibía, y subió a donde estaba el bar para ver mejor desde allí. Había demasiada gente, por desgracia, y pensó que en la vida encontraría a esos dos. Suspiró y se cruzó de brazos, pensando qué podría hacer.

Ese momento fue óptimo para que una vocecita maliciosa resurgiera una vez más en su cabeza. «¿Qué? ¿Te vas a quedar así toda la noche?» le dijo, «¡Estás en una disco de adultos! Estando dentro, te has convertido oficialmente en una mayor de edad. ¡Y mira lo que tienes detrás!». Cleven giró sobre sus talones para echar un vistazo, y se encontró con la estupenda barra del bar, con todas sus botellas con líquidos de colores...

Sus pies se movieron automáticamente hasta la barra. Una camarera se acercó a ella y, ya que la música estaba muy alta, le hizo un simple gesto interrogativo con la cabeza.

—¡Sí! —gritó Cleven para que la oyese, inclinándose hacia ella—. ¡Póngame un Kozou con doble de Everling y un culín de Sadorokovski! ¡Pero el Everling número 17, no el 16! ¡Y que el Kozou esté frío! ¡Luego agite la mezcla tres veces, ni una más ni una menos! ¡Y la rodajita de lima, por supuesto!

La camarera se la quedó mirando un momento sin poder reaccionar, asimilando el pedido y, tras comprenderlo, asintió con la cabeza y fue a prepararlo. Sí... Cleven sabía mucho de estas cosas. No es que le encantase el alcohol, lo que le chiflaban eran las bebidas de sabores intensos, ácidos y dulces. Solamente el Sadorokovski tenía alcohol y nada más había pedido un poquito de él. Aunque, de todas formas, daba igual si bebía poco, Cleven era bastante sensible.

Mientras esperaba, apoyando espalda y codos perezosamente sobre la barra, siguió buscando con la mirada a Yako y a Raijin, pero, a los pocos segundos, vio que se le acercaban dos tipos con un paso sinuoso, sonriéndole tontamente. Cuando se posaron como dos felinos frente a ella, la joven entornó los ojos con fiereza.

—Hola, pelirroja, ¿de dónde eres? ¿Hablas mi idioma? —dijo el de la derecha, inclinándose un poco hacia Cleven y observándola desde todos los ángulos como un buitre.

—Disculpa, ahora estoy ocupada, y me gustaría estar sola —le dijo mientras movía la cabeza de un lado a otro para poder seguir buscando, pero ellos seguían en todo el medio.

—¡Hablas muy bien japonés! —le dijo el otro—. ¿Cómo es eso?

Cleven pensó que, si satisfacía las preguntas de curiosidad de esos dos, la dejarían en paz.

—Soy japonesa. Pero no he venido aquí para socializar, así que, por favor, si me dejáis sola para continuar mis asuntos…

—¡No me lo creo! —se rio uno—. Con ese color de pelo y esos ojazos… ¡Aaah! ¡Seguro que eres medio japonesa y medio otra cosa!

—¿Por qué no te vienes con nosotros a la zona íntima? —la invitó el otro.

No parecían entender lo que Cleven les estaba diciendo, y quizá fuera porque iban algo ebrios, o quizá porque estaban acostumbrados al juego de insistir y a tener éxito con eso. Por ahora, sólo estaban molestando, pero no haciendo daño. Cleven tampoco quería ser grosera o violenta con ellos porque ella únicamente lo era cuando los demás habían sido groseros o violentos con ella primero.

La verdad es que esto era algo que siempre le repitió su padre desde pequeña. Había maneras de reaccionar a las cosas, y siempre era importante saber identificar qué te estaba haciendo alguien exactamente y cuál era la reacción más justa y proporcional ante ello. Que estos dos tipos la estuvieran molestando con preguntas, aunque algunas fueran insinuaciones inapropiadas, no era razón para soltarles una patada o un espray de pimienta, esa sería una reacción desproporcionada.

Ahora, si empezaban a acercarse demasiado, a invadir el espacio y a entablar contacto físico sin permiso después de que ella hubiese dicho claramente que no estaba interesada, Cleven tendría que defenderse con algo más que las palabras educadas. Apartarse y mostrarse enfadada era lo justo en esto. Luego, si ellos insistían una tercera vez y la agarraban, eso ya era una agresión, y ahí es cuando era justo responder con otra agresión.

No era la primera vez que Cleven tenía esta situación delante, y a pesar de lo mucho que se quejara de su padre, seguía al pie de la letra sus consejos cuando se trataba de cómo comportarse con la gente en diferentes situaciones de manera justa. Sabía que esto, con estos dos tipos, iba a seguir escalando hasta que ellos comenzaran a cometer un error. Y Cleven no tenía tiempo para ello, ¡tenía que buscar a su adorado Raijin! Así que, decidió usar una táctica que su padre también le recomendó de pequeña para cortar de raíz el interés de esos dos hombres en ella: “conviértete en algo desagradable para ellos. De este modo, ellos ya no serán tu problema; tú te convertirás en el problema de ellos, y la decisión de dejarte en paz la tomarán ellos mismos. Así, se evita un conflicto innecesario”.

—¡Oye, mejor pensado…! —exclamó Cleven, y se agarró al brazo de uno de ellos como un pulpo, y lo miró a la cara con ojos muy abiertos de loca—. ¡Casémonos ya mismo! ¡Tú y yo! ¡Déjame embarazada, lo estoy deseando, tengamos un bebé! ¡Y me pagarás toda la manutención, y todo lo que yo quiera! ¡Te drenaré toda tu sangre, tu vida y tu cuenta bancaria, y como te quejes una sola vez, pediré el divorcio y me iré con tu amigo! —miró al otro—. De verdad, no te ofendas, pero ser la segunda opción no es nada malo. De hecho… tú pareces tener más dinero. ¡Decidido, me caso contigo primero! ¡Quiero tus bebés!

Los dos tipos se habían quedado con unas muecas horripiladas.

—¡Madre mía, madre mía…! —exclamó uno.

—¡Corre! ¡Por tu padre, corre! —exclamó el otro.

Y así, ambos huyeron de Cleven en un segundo y medio. Ella sonrió triunfante, volviendo a apoyarse en la barra.

—¡Disculpa! —oyó la voz de la camarera a sus espaldas.

—¡Sí! —exclamó Cleven volviéndose como el rayo, y cogió con ganas la copa que la camarera le dejó en la barra, tomando un sorbo por la pajita directamente—. Mmm, diabetes…

Con su vaso en mano, dio media vuelta y se dirigió, rodeando la pista de baile, hacia la zona de las butacas. No era para sentarse, sino para cambiar su ángulo de vista. Fue cuando se percató de unas escaleras de caracol que subían a otra planta. Pasó la zona de las butacas, donde había mucha gente charlando y divirtiéndose, y subió las escaleras. Al llegar a la segunda planta, se detuvo allí mismo para analizar el lugar.

—Guau... —murmuró, sorbiendo por la pajita de su copa—. C’est énorme.

La segunda planta era como un jardín botánico, pero no con tantas plantas. Estaba cubierto por un techo abovedado de cristal, por el que se podía ver las estrellas, y estaba dividido en zonas para sentarse, zonas ajardinadas y por supuesto otra barra de bar. La música sonaba a menos volumen allí arriba, por lo que era un lugar esencial para relajarse y hablar tranquilamente. Había gente sentada por todas partes con sus copas y amigos.

Se adentró, pues, hacia el centro, donde había una fuente grande que desprendía chorros de agua de colores a causa de las luces que había sumergidas, y allí se sentó, en el bordillo, observando. Recorrió con la mirada cada una de las mesas, analizando a la gente. Ni rastro del rubio, ni de Yako, ni de problemas…

Por un rato, Cleven se quedó como en trance. Con una inmensa paz por dentro. Quizá fuera por el alcohol, pero también por otra cosa. Francamente, Sam podía tener más razón de la que creía cuando le dijo que era una chica muy observadora. La verdad es que Cleven había estado ignorando muchas cosas de su entorno en los últimos años, pero era porque tenía una nube negra encima, pesando sobre ella, ensombreciendo su interés por cualquier cosa, obligándola a mirar siempre hacia abajo y seguir con la rutina. Era lo normal para una niña que había perdido a su madre y volcado todo su mundo.

Sin embargo, ahora que se había quitado de encima parte de esa nube al aventurarse a huir de casa y probar y arriesgarse con este plan para romper la rutina, había comenzado a levantar la vista del suelo y a mirar un poco más lo que había alrededor.

Y se sintió como una costumbre familiar que había añorado con fuerza, como algo que solía hacer de pequeña y que siempre formó parte de su manera de ser. Ponerse en medio de un lugar lleno de gente, estar en el centro y observar a todas las personas en silencio, prestando atención a todo, su aspecto, sus gestos, su forma de hablar, sus movimientos, la expresión de sus caras… Pero ¿por qué solía hacer eso? ¿Porque era una cotilla? Cleven había olvidado el motivo.

De hecho, ¿por qué ayer exactamente se había empeñado tanto en acercarse a Raijin nada más verlo en la cafetería y en intentar descubrir cosas y más cosas sobre él? Ese día ella estaba triste porque había descubierto que Kaoru era un imbécil, y estaba enfadada con su padre, y con todo, y harta de muchas cosas, y sólo quería buscar a su tío. Se podría decir que, en realidad, no estaba de humor para ponerse a ligar con alguien.

Puede ser que una parte de ella, la parte más humana, simple y superficial de ella, se hubiese acercado a Raijin porque era un chico muy guapo y se había encaprichado con él por eso, porque era guapo y ya. Pero en realidad, y esto ella no lo sabía, era porque otra parte de ella, más antigua y profunda, no sólo vio a un chico con cara seria y calmada sentarse en aquella mesa de la cafetería; vio, detectó, percibió muchas más cosas detrás de esa seriedad y calma. Dolor, nostalgia, luto, problemas, estrés, cansancio…

Al final de su “cita”, Raijin se enfadó un poco con ella porque estuvo haciendo preguntas personales y comentarios un tanto impertinentes y privados. Tal vez, Cleven se comportó con él de la misma forma que los dos tipos de hace un rato se habían comportado con ella. Y de eso ella se dio cuenta. Molestó a Raijin como esos dos tipos de antes la molestaron a ella en la barra. Pero también, ella fue sincera, al explicarle a Raijin que el motivo de su insistencia por saber cosas personales de él era porque sentía la necesidad de ayudarlo, con cualquiera que fuese el problema que estuviese sufriendo.

Quizás fuera por eso que Cleven observaba tanto a la gente cuando era pequeña, y en este momento también, ahora que se había quitado parte de esa nube negra de encima. Quizás fuera por eso que tenía la manía de ser una metomentodo. Quería ayudar. Detectar problemas y arreglarlos. Recuperar esa costumbre de su infancia que ella había olvidado.









29.
La discoteca

Cleven entró en su habitación del hotel y se dejó caer sobre la cama, dando un bostezo de aburrimiento. No sabía qué hacer. Mañana no había clase y la noche aún era joven.

Echó un vistazo a su móvil. Ya había acumulado 33 llamadas de su padre desde ayer hasta hoy. Hace unas horas había dejado de insistir. «Qué raro» pensó Cleven, «Conociendo a papá, todavía me seguiría llamando al móvil por lo menos dos veces cada hora. Se habrá cansado. Pero mejor que papá no me llame más, que no voy a responder».

Ladeó la cabeza y observó durante un rato el teléfono de la mesilla de noche. Justo al lado estaba la guía abierta en la página donde estaba el supuesto número de su tío. Dio un suspiro y cogió el teléfono para volver a llamar. Tras unos segundos, oyó de nuevo la voz del contestador, y colgó. «Pero bueno, ¿es que este hombre nunca está en casa?» se preguntó molesta. «¿Será que trabaja a estas horas? A este paso no daré con él en la vida. ¿Y no podría haber alguien más en su casa para coger el teléfono? Hmm… ¿Vivirá solo, pues?».

Estuvo un rato dándole vueltas a esas hipótesis, hasta que se cansó y decidió volver a salir para dar una vuelta. «De todas formas, voy a ir mañana a la dirección que conseguí en el instituto. Con suerte, podré verlo en persona».

Tras media hora caminando por las calles en mitad de la noche y de la gente, optó por llamar a Nakuru, ya que Raven ya debía de estar volando a San Francisco. Se detuvo a sentarse en un banco a la luz de una farola y sacó el móvil. Llamó a su amiga, pero no obtuvo respuesta. Se quedó varios minutos esperando, distrayéndose con las cosas de la calle. Volvió a llamarla. No contestaba. Le escribió un mensaje. Esperó otros quince minutos.

Cleven acabó por guardar el móvil y desistir. «Jo, pero ¿qué estará haciendo Nakuru?» pensó. «No creo que esté tan ocupada como para no responder». Se levantó del banco y siguió caminando durante un rato. Llegó a una de las zonas de la ciudad donde había más ocio nocturno, bastante lejos de su hotel. Veía a la gente entrando y saliendo de los locales y de los pubs, y sintió una envidia tremenda. Deseó ser mayor de edad para poder entrar en algún sitio de esos, pero hasta los 20 le quedaban cuatro años.

La calle en la que estaba era muy larga, y toda llena de locales y discotecas. Se oían mezclas de música provenientes de los distintos lugares además de las voces que emitían los paseantes en pandilla. Cleven nunca se había sentido tan sola.

Echó un último vistazo alrededor y, metiéndose las manos en los bolsillos del abrigo, optó por dar media vuelta y…

—¡Hey! —exclamó de pronto, entornando los ojos hacia lo lejos—. ¡Son ellos!

Vio un poco más allá, entre la gente que caminaba por la calle, a Yako y a Raijin. Estaban en la puerta de un local que, por la pinta de su gran cartel de neón, debía de ser enorme, lujoso y muy popular, ya que había mucha gente entrando allí. Yako y Raijin, a la puerta de este sitio, estaban hablando con el guardia de seguridad, que era un hombre el doble de grande que una persona normal, musculoso y calvo, con unas gafas de sol puestas y aire poco amistoso.

«¿Por qué llevarán gafas de sol si es de noche?» pensó la joven, pero sacudió la cabeza para volver al tema importante. «¿Qué hacen allí esos dos?». Se acercó más a ellos con cautela, escondiéndose tras el tronco de un árbol de la acera y se quedó observando, ya que a esa distancia y con el barullo que había no podía oírlos bien. «Parecen tener problemas». Por si acaso, ya que tenía el móvil a mano, comenzó a grabarlos en vídeo.

—Venga, señor, déjelo entrar —le pedía simpáticamente Yako al guardia.

—He dicho que no —terció el hombre severamente, mientras desenganchaba un momento la cadena de la puerta para dejar pasar dentro del local a una pareja—. Tú sí puedes entrar, pero tu amigo no —miró a Raijin con autoridad—. Es menor de edad. Algunos locales se reservan el derecho de prolongar la edad mínima para beber alcohol a partir de los 21 años. ¿Sabes cuántos jóvenes vienen a estos locales recién cumplidos los 20 como si de repente tuvieran libertad para excederse y desmadrarse y mostrar un comportamiento absolutamente inaceptable?

—Mi amigo cumple 21 dentro de tres meses nada más —insistía Yako, y agarró a Raijin de los hombros y juntó su cara con la de él para dar pena, mirando con ojos suplicantes al guardia—. Ni siquiera vamos a consumir alcohol…

—¿¡Y para qué venís a este local entonces!? —se impacientó el guardia.

—Para… —Yako cuidó las palabras—… ¿beber refrescos?

Yob tvoyu mat’, Yako, ¡que nos dejas sin misión! —le reprimió Raijin a su amigo en voz baja.

—¡Sabes lo que me cuesta mentir!

El guardia los estaba mirando con una mueca claramente desaprobatoria, pensando que tenía a dos niños ingenuos delante.

—Largaos… de… aquí.

Yako dio un suspiro, rindiéndose, y miró a su amigo para ver qué hacían ahora. Raijin no le había quitado la vista de encima al guardia, analizándolo como él bien sabía hacer, hasta que cerró los ojos y también suspiró.

—Adiós a las deportivas nuevas que quería comprarme… —farfulló, sacando de su bolsillo la billetera y le tendió al guardia un taquito de billetes de yenes.

El guardia los miró con aire indiferente, pero no engañaba a nadie, porque a los pocos segundos miró a un lado y a otro con disimulo, cogió el dinero en un abrir y cerrar de ojos y se lo guardó bien guardado. Acto seguido, desenganchó la cadena y les indicó que pasaran.

—Qué faena —le sonrió Yako a su amigo cuando entraron—. ¿Ese era tu sueldo?

—Tendré que hacer horas extra en el almacén —contestó amargamente.

Cleven entendió lo que había pasado a la perfección. «Qué bien se maneja Míster Universo. ¿Tantas ganas tiene de ir a bailar a la disco?» se dijo, negando con la cabeza con una sonrisa, «Ay, Cleven, no seas tonta. Si Raijin baila, tú construyes naves espaciales». Lo había decidido, ella también iba a entrar ahí. Anduvo hasta donde estaba el guardia, y mientras este dejaba pasar a otro grupo de personas, leyó el nombre del local escrito sobre el portón con letras luminosas.

—Gesshoku —murmuró.

Cuando vio que el guardia estaba solo de nuevo, dibujó una sonrisa inocente en su cara y se plantó frente a él. Él se la quedó mirando con una ceja levantada, sin borrar su expresión ruda.

—¿Qué quieres? —le preguntó con recelo—. ¿No deberías estar ya en la cama?

—Quiero entrar.

—¡Jojo! —carcajeó lo más sarcástico que pudo—. No lo creo.

—Pero al rubio lo has dejado pasar. Y no cumple la edad legal para este local.

—¿Has estado espiando? —se sorprendió.

—Si a él lo has dejado pasar, a mí también, ¿no?

—Lárgate de aquí, criaja.

—Aay… —suspiró la joven, se puso a ver el vídeo que había grabado con su móvil, poniéndose intencionadamente cerca del guardia para que él también viera bien la pantalla—. Bueno, pues nada, iré a ver si encuentro alguna comisaría de policía por aquí…

Cuando dio el primer paso para marcharse, el guardia ya la había cogido del hombro.

—Ni se te ocurra —dijo entre dientes, empezando a ponerse nervioso.

—¿Por qué no? Tengo derecho a no guardar silencio —sonrió ella angelicalmente.

El tipo le lanzó una mirada furtiva, sin soltarla del hombro, mordiéndose el labio. Cleven esperó a que se lo pensase bien.

—Borra ese vídeo y te dejo pasar.

—Este vídeo es mi garantía de entrar —objetó ella—. Si lo borro, ya no tendré nada para que me dejes pasar.

—¡Vale! Te dejo pasar —gruñó el guardia—. Pero estarás media hora.

—Una hora.

—Y cuando salgas, borras el vídeo delante de mí.

—No enseñar el vídeo a nadie a cambio de entrar. Borrar el vídeo cuando salga de aquí a cambio de algo más —le sonrió ella, tendiéndole la mano.

—¿Qué quieres?

—Tal vez unos cuantos papeles me sellen la boca…

—¿¡Estás loca!? ¿¡Pretendes que encima te pague!?

—¿Cuánto vale que conserves tu trabajo? Tienes pinta de tener antecedentes y de no querer volver a la cárcel. Y estamos a la vista de tanta gente que no puedes arriesgarte a agredirme. Hay dos pruebas de tu delito, el dinero del soborno y el vídeo. Líbrate de ambas hoy mismo y sigue con tu vida y tu empleo.

El hombre soltó otro gruñido y se le hinchó una larga vena desde el cuello hasta su frente. Le dio a Cleven un par de billetes. Ella los cogió, los miró pensativa y volvió la vista a él.

—Con esto mis manos no tienen ni para desbloquear mi pantalla.

Con otro gruñido más fiero, le dio unos cuantos billetes más. Cleven permaneció con la mano tendida otro rato, y el guardia acabó sacando todo el dinero que había conseguido con el soborno de Raijin.

—¡Ya está, no tengo más! —exclamó rabioso, desenganchando de nuevo la cadena—. Te juro que como crees problemas ahí dentro, te pases de la hora o dejes que te descubran, mi nuevo trabajo será perseguirte hasta robarte todo tu dinero. ¡Y ahora desaparece de mi vista!

Cleven soltó una risotada de triunfo y se adentró en el local. Lo primero que hizo fue buscar a Raijin con la mirada. Se fue adentrando entre la masa de gente, de luces, música y ruido. No se le volvería a escapar.

Pero se le escapó. Imposible localizarlo. Jamás en la vida había podido imaginar que existiese un lugar así en su ciudad. Era el local más grande que había visto, y por ello pensó que, si se adentraba un paso más, se perdería de por vida.

La mayor parte de la gente iba ya bebida. A Cleven se le clavaban sus risotadas y sus gritos en los oídos, junto con la música pop que estaban emitiendo en ese momento.

El local estaba constituido por una sala central de baile enorme, al bajar unas escaleras desde la entrada. En un lado estaban instaladas las máquinas de mezclas, que abarcaban un gran perímetro, con tres DJ pinchando en ese momento, y a sus espaldas se proyectaban imágenes variadas y luces móviles de colores. Al otro lado, subiendo unos escalones desde la abarrotada pista de baile y recorriendo una larga pared circular, estaba la barra del bar, con sus tres camareros guapos y sus tres camareras guapas sirviendo copas sin descanso. Finalmente, había una zona muy amplia de butacas y mesas para sentarse y descansar, decorado con plantas y modernas lámparas de luces suaves que oscilaban como ondas en el agua. Y esto era la primera planta.

Cleven optó por salir de la pista de baile, harta de los accidentales empujones que recibía, y subió a donde estaba el bar para ver mejor desde allí. Había demasiada gente, por desgracia, y pensó que en la vida encontraría a esos dos. Suspiró y se cruzó de brazos, pensando qué podría hacer.

Ese momento fue óptimo para que una vocecita maliciosa resurgiera una vez más en su cabeza. «¿Qué? ¿Te vas a quedar así toda la noche?» le dijo, «¡Estás en una disco de adultos! Estando dentro, te has convertido oficialmente en una mayor de edad. ¡Y mira lo que tienes detrás!». Cleven giró sobre sus talones para echar un vistazo, y se encontró con la estupenda barra del bar, con todas sus botellas con líquidos de colores...

Sus pies se movieron automáticamente hasta la barra. Una camarera se acercó a ella y, ya que la música estaba muy alta, le hizo un simple gesto interrogativo con la cabeza.

—¡Sí! —gritó Cleven para que la oyese, inclinándose hacia ella—. ¡Póngame un Kozou con doble de Everling y un culín de Sadorokovski! ¡Pero el Everling número 17, no el 16! ¡Y que el Kozou esté frío! ¡Luego agite la mezcla tres veces, ni una más ni una menos! ¡Y la rodajita de lima, por supuesto!

La camarera se la quedó mirando un momento sin poder reaccionar, asimilando el pedido y, tras comprenderlo, asintió con la cabeza y fue a prepararlo. Sí... Cleven sabía mucho de estas cosas. No es que le encantase el alcohol, lo que le chiflaban eran las bebidas de sabores intensos, ácidos y dulces. Solamente el Sadorokovski tenía alcohol y nada más había pedido un poquito de él. Aunque, de todas formas, daba igual si bebía poco, Cleven era bastante sensible.

Mientras esperaba, apoyando espalda y codos perezosamente sobre la barra, siguió buscando con la mirada a Yako y a Raijin, pero, a los pocos segundos, vio que se le acercaban dos tipos con un paso sinuoso, sonriéndole tontamente. Cuando se posaron como dos felinos frente a ella, la joven entornó los ojos con fiereza.

—Hola, pelirroja, ¿de dónde eres? ¿Hablas mi idioma? —dijo el de la derecha, inclinándose un poco hacia Cleven y observándola desde todos los ángulos como un buitre.

—Disculpa, ahora estoy ocupada, y me gustaría estar sola —le dijo mientras movía la cabeza de un lado a otro para poder seguir buscando, pero ellos seguían en todo el medio.

—¡Hablas muy bien japonés! —le dijo el otro—. ¿Cómo es eso?

Cleven pensó que, si satisfacía las preguntas de curiosidad de esos dos, la dejarían en paz.

—Soy japonesa. Pero no he venido aquí para socializar, así que, por favor, si me dejáis sola para continuar mis asuntos…

—¡No me lo creo! —se rio uno—. Con ese color de pelo y esos ojazos… ¡Aaah! ¡Seguro que eres medio japonesa y medio otra cosa!

—¿Por qué no te vienes con nosotros a la zona íntima? —la invitó el otro.

No parecían entender lo que Cleven les estaba diciendo, y quizá fuera porque iban algo ebrios, o quizá porque estaban acostumbrados al juego de insistir y a tener éxito con eso. Por ahora, sólo estaban molestando, pero no haciendo daño. Cleven tampoco quería ser grosera o violenta con ellos porque ella únicamente lo era cuando los demás habían sido groseros o violentos con ella primero.

La verdad es que esto era algo que siempre le repitió su padre desde pequeña. Había maneras de reaccionar a las cosas, y siempre era importante saber identificar qué te estaba haciendo alguien exactamente y cuál era la reacción más justa y proporcional ante ello. Que estos dos tipos la estuvieran molestando con preguntas, aunque algunas fueran insinuaciones inapropiadas, no era razón para soltarles una patada o un espray de pimienta, esa sería una reacción desproporcionada.

Ahora, si empezaban a acercarse demasiado, a invadir el espacio y a entablar contacto físico sin permiso después de que ella hubiese dicho claramente que no estaba interesada, Cleven tendría que defenderse con algo más que las palabras educadas. Apartarse y mostrarse enfadada era lo justo en esto. Luego, si ellos insistían una tercera vez y la agarraban, eso ya era una agresión, y ahí es cuando era justo responder con otra agresión.

No era la primera vez que Cleven tenía esta situación delante, y a pesar de lo mucho que se quejara de su padre, seguía al pie de la letra sus consejos cuando se trataba de cómo comportarse con la gente en diferentes situaciones de manera justa. Sabía que esto, con estos dos tipos, iba a seguir escalando hasta que ellos comenzaran a cometer un error. Y Cleven no tenía tiempo para ello, ¡tenía que buscar a su adorado Raijin! Así que, decidió usar una táctica que su padre también le recomendó de pequeña para cortar de raíz el interés de esos dos hombres en ella: “conviértete en algo desagradable para ellos. De este modo, ellos ya no serán tu problema; tú te convertirás en el problema de ellos, y la decisión de dejarte en paz la tomarán ellos mismos. Así, se evita un conflicto innecesario”.

—¡Oye, mejor pensado…! —exclamó Cleven, y se agarró al brazo de uno de ellos como un pulpo, y lo miró a la cara con ojos muy abiertos de loca—. ¡Casémonos ya mismo! ¡Tú y yo! ¡Déjame embarazada, lo estoy deseando, tengamos un bebé! ¡Y me pagarás toda la manutención, y todo lo que yo quiera! ¡Te drenaré toda tu sangre, tu vida y tu cuenta bancaria, y como te quejes una sola vez, pediré el divorcio y me iré con tu amigo! —miró al otro—. De verdad, no te ofendas, pero ser la segunda opción no es nada malo. De hecho… tú pareces tener más dinero. ¡Decidido, me caso contigo primero! ¡Quiero tus bebés!

Los dos tipos se habían quedado con unas muecas horripiladas.

—¡Madre mía, madre mía…! —exclamó uno.

—¡Corre! ¡Por tu padre, corre! —exclamó el otro.

Y así, ambos huyeron de Cleven en un segundo y medio. Ella sonrió triunfante, volviendo a apoyarse en la barra.

—¡Disculpa! —oyó la voz de la camarera a sus espaldas.

—¡Sí! —exclamó Cleven volviéndose como el rayo, y cogió con ganas la copa que la camarera le dejó en la barra, tomando un sorbo por la pajita directamente—. Mmm, diabetes…

Con su vaso en mano, dio media vuelta y se dirigió, rodeando la pista de baile, hacia la zona de las butacas. No era para sentarse, sino para cambiar su ángulo de vista. Fue cuando se percató de unas escaleras de caracol que subían a otra planta. Pasó la zona de las butacas, donde había mucha gente charlando y divirtiéndose, y subió las escaleras. Al llegar a la segunda planta, se detuvo allí mismo para analizar el lugar.

—Guau... —murmuró, sorbiendo por la pajita de su copa—. C’est énorme.

La segunda planta era como un jardín botánico, pero no con tantas plantas. Estaba cubierto por un techo abovedado de cristal, por el que se podía ver las estrellas, y estaba dividido en zonas para sentarse, zonas ajardinadas y por supuesto otra barra de bar. La música sonaba a menos volumen allí arriba, por lo que era un lugar esencial para relajarse y hablar tranquilamente. Había gente sentada por todas partes con sus copas y amigos.

Se adentró, pues, hacia el centro, donde había una fuente grande que desprendía chorros de agua de colores a causa de las luces que había sumergidas, y allí se sentó, en el bordillo, observando. Recorrió con la mirada cada una de las mesas, analizando a la gente. Ni rastro del rubio, ni de Yako, ni de problemas…

Por un rato, Cleven se quedó como en trance. Con una inmensa paz por dentro. Quizá fuera por el alcohol, pero también por otra cosa. Francamente, Sam podía tener más razón de la que creía cuando le dijo que era una chica muy observadora. La verdad es que Cleven había estado ignorando muchas cosas de su entorno en los últimos años, pero era porque tenía una nube negra encima, pesando sobre ella, ensombreciendo su interés por cualquier cosa, obligándola a mirar siempre hacia abajo y seguir con la rutina. Era lo normal para una niña que había perdido a su madre y volcado todo su mundo.

Sin embargo, ahora que se había quitado de encima parte de esa nube al aventurarse a huir de casa y probar y arriesgarse con este plan para romper la rutina, había comenzado a levantar la vista del suelo y a mirar un poco más lo que había alrededor.

Y se sintió como una costumbre familiar que había añorado con fuerza, como algo que solía hacer de pequeña y que siempre formó parte de su manera de ser. Ponerse en medio de un lugar lleno de gente, estar en el centro y observar a todas las personas en silencio, prestando atención a todo, su aspecto, sus gestos, su forma de hablar, sus movimientos, la expresión de sus caras… Pero ¿por qué solía hacer eso? ¿Porque era una cotilla? Cleven había olvidado el motivo.

De hecho, ¿por qué ayer exactamente se había empeñado tanto en acercarse a Raijin nada más verlo en la cafetería y en intentar descubrir cosas y más cosas sobre él? Ese día ella estaba triste porque había descubierto que Kaoru era un imbécil, y estaba enfadada con su padre, y con todo, y harta de muchas cosas, y sólo quería buscar a su tío. Se podría decir que, en realidad, no estaba de humor para ponerse a ligar con alguien.

Puede ser que una parte de ella, la parte más humana, simple y superficial de ella, se hubiese acercado a Raijin porque era un chico muy guapo y se había encaprichado con él por eso, porque era guapo y ya. Pero en realidad, y esto ella no lo sabía, era porque otra parte de ella, más antigua y profunda, no sólo vio a un chico con cara seria y calmada sentarse en aquella mesa de la cafetería; vio, detectó, percibió muchas más cosas detrás de esa seriedad y calma. Dolor, nostalgia, luto, problemas, estrés, cansancio…

Al final de su “cita”, Raijin se enfadó un poco con ella porque estuvo haciendo preguntas personales y comentarios un tanto impertinentes y privados. Tal vez, Cleven se comportó con él de la misma forma que los dos tipos de hace un rato se habían comportado con ella. Y de eso ella se dio cuenta. Molestó a Raijin como esos dos tipos de antes la molestaron a ella en la barra. Pero también, ella fue sincera, al explicarle a Raijin que el motivo de su insistencia por saber cosas personales de él era porque sentía la necesidad de ayudarlo, con cualquiera que fuese el problema que estuviese sufriendo.

Quizás fuera por eso que Cleven observaba tanto a la gente cuando era pequeña, y en este momento también, ahora que se había quitado parte de esa nube negra de encima. Quizás fuera por eso que tenía la manía de ser una metomentodo. Quería ayudar. Detectar problemas y arreglarlos. Recuperar esa costumbre de su infancia que ella había olvidado.





Comentarios

  1. ¿Esto es nuevo? No recordaba esta escena de Neuvla siendo secuestrado. Uff es angustiante ademas saber que esto es tristemente común.

    Que para el toda esta situación sea normal ya te hace pensar lo mal que ha sido para el estos 7 meses, uff.

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