1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __
Cleven y Raven fueron las últimas en salir de los vestuarios. Cuando se adentraron en el edificio, vieron que ya quedaban muy pocas personas en el interior a punto de irse, tanto alumnos como profesores. Cleven le había estado contando a su amiga todo lo que pasó desde que se metió en el autobús hasta que salió de la cafetería con Raijin, pues la “cita” que tuvo con él ya la había relatado.
—Entonces, a ver… —dudó Raven—. Yako es el mejor amigo de Raijin y estudia Derecho, y tiene un año más que él. Luego están Kain y MJ, que son otros amigos de ellos y que trabajan en la cafetería de Yako. MJ es una compañera de clase de Yako, ¿no? Y después ese Sam, que está en nuestro instituto en tercer curso… Mm… Parece un grupo de buena gente.
—Sí que lo es —afirmó su amiga, contenta.
—Pues preséntamelos algún día —le suplicó.
—Claro —sonrió—. ¿Qué tal mañana?
—Hm… —lamentó—. Lo siento, estos días de fiesta me voy a San Francisco a ver a mis abuelos. Tendrá que ser ya la semana que viene.
—Vale.
—Oye, pero hay una cosa que no entiendo —le dijo Raven cuando salían por la puerta principal, parándose frente a ella y mirándola con duda—. Pareces estar coladita por ese Raijin, pero ¿qué pasa con Kaoru? ¿Ya no es tu novio?
Una ráfaga de viento helado atravesó el alma de Cleven. Raven se asustó un poco al ver la cara sombría que se le había puesto a su amiga.
—Verás… —masculló Cleven entre dientes, apretando los puños.
Sin embargo, inesperadamente alguien la agarró del brazo por detrás, obligándola a darse la vuelta. Raven soltó una exclamación de sorpresa, y ambas abrieron mucho los ojos al ver que se trataba del mismo Kaoru, que parecía claramente alterado.
—¡Oye, Cleven! —exclamó con enfado, sin soltar su brazo—. ¿¡A ti qué demonios te pasa!? ¡Habíamos quedado el sábado en el centro comercial y no apareciste! ¡Y te llevo llamando al móvil desde entonces, y escribiéndote! ¡Este recreo ni has venido a buscarme!
—¡Suéltame! —gritó ella, intentando librarse de él, pero en vano.
Por dentro sentía un estallido de rabia que deseaba soltar con todas sus fuerzas, pero por alguna razón no se atrevía. En ese momento Kaoru parecía excesivamente enfadado, nunca lo había visto así, y le dio miedo. Raven observó la escena, desconcertada, sin acercarse mucho. No había nadie más alrededor, y en ese momento no se le pasó por la cabeza ir a buscar a alguien.
«Está muy agresivo» pensó Raven, e instintivamente llevó una mano a su mochila, donde escondía un arma. «Si ataco a Kaoru, tendré problemas. No debo. Sigue siendo mi superior» lamentó, alejando la mano de la mochila.
—¿¡De qué vas, eh!? —exclamó Kaoru, dándole otro tirón.
—¡No! ¿¡De qué vas tú, cretino!? —le espetó Cleven, tratando de soltarse—. ¡Al parecer yo no tenía por qué quedar contigo esa tarde! ¡Ya había otra chica ocupando mi lugar! ¡Te vi con otra!
Kaoru se mostró sorprendido al saber que había sido descubierto, pero no iba a permitir que fuera ella la víctima.
—Ella no era nadie —replicó.
—¡Vaya! Pues para no ser nadie te entregabas a ella muy a fondo. ¡Tu lengua casi le salía a ella por la nuca! ¿¡A cuántas más estás engañando!?
—¡Escúchame, Cleven! ¡No puedes dejarme así tal cual! ¡A mí nadie me deja tirado! ¿Me oyes? ¿Me vas a decir que no estás deseando seguir conmigo? Reconócelo, ¡babeas por mí desde que empezó el curso!
—¡Yo no quiero nada contigo! ¡Lárgate con todas tus fulanas y déjame en paz!
En ese momento, los tres se dieron cuenta de que estaban rodeados por unos cuantos estudiantes en medio del pasillo, que observaban atónitos la escena y comentaban unos con otros, sin entender qué estaba pasando. Kaoru, consciente de esto, al parecer sintió prioritario proteger su imagen de la humillación de ser rechazado por Cleven.
—Deja de hacerte la dura. ¡Después de todo lo que he hecho por ti! —le dijo Kaoru, acercando su cara a la suya—. Soy yo el que te invita a comer y el que siempre cede a hacer los planes que tú quieres.
—¡Apenas hemos quedado ocho veces y me invitaste una vez porque insististe! Y la mitad de los planes que hemos hecho eran los que yo quería y la otra mitad los que tú querías, ¡deja de tergiversar y admite tu culpa, mujeriego!
—¡Mira quién habla! ¡Tú andas con un chico detrás de otro!
—¡Sí, con uno detrás de otro, no con dos o más a la vez! ¡Yo jamás he engañado a nadie, Kaoru!
—¡Todos deberían saber lo egoísta que eres! Resulta que no sirves para más que pasar un buen rato.
Cleven le dio una bofetada con la mano que tenía libre con todas sus fuerzas en defensa, porque no conseguía que soltara su brazo y le estaba haciendo daño. Kaoru se quedó con la cabeza hacia un lado por unos instantes, hasta que volvió la vista hacia ella lentamente, sintiéndose abochornado delante de todos esos estudiantes, y, por lo tanto, cegado por la rabia. Alzó una mano a lo alto. Raven se llevó las manos a la boca, al igual que los demás presentes, y Cleven cerró los ojos cuando vio esa mano dirigirse hacia ella velozmente.
Pero no notó nada. Oyó exclamaciones de asombro por parte de la gente que los rodeaba, y abrió los ojos para ver qué había pasado. Para su asombro, vio a su tutor, Denzel, detrás de Kaoru, agarrándole el brazo con el que iba a agredirla. Kaoru entonces soltó por fin el brazo de Cleven y se giró enseguida para plantar cara a aquel que lo había detenido.
—¡Suéltame! —le gritó a Denzel, intentando librarse de él, pero el hombre le apretó aún más el antebrazo.
Cleven contempló con asombro el semblante tan serio y casi oscurecido que tenía Denzel en ese momento. Parecía otra persona. Incluso otro ser. Era difícil de describir, sólo con verlo daba escalofríos. Todo el mundo pensó que ahora Kaoru iba a tener el descaro de enfrentarse a un profesor, pero no. En cuanto se dio cuenta de que era él, Kaoru se había quedado con un nudo en la garganta, nervioso.
—Oh… —se sorprendieron unos.
—¿Qué hace…? —preguntaron otros.
Cleven se alejó un paso, poniéndose al lado de Raven, y contemplaron al igual que los demás lo que había pasado. Kaoru se había arrodillado ante Denzel, con la cabeza gacha y la vista clavada en el suelo, en sumo silencio, sin atreverse a mover un músculo. El profesor, por su parte, se agachó frente a él.
—Voy a tener que decirle a tu Líder que haga algo contigo, Kaoru. Eres un iris, compórtate como tal. Nada de hacer daño a humanos inocentes, ¿entendido? —le susurró, para que los demás no oyesen—. Controla tu enfermedad del majin. Estoy harto de hacer de niñera con todos vosotros.
—Nadie te lo ha pedido, demonio —le contestó Kaoru, evitando mirarlo a los ojos, o a las gafas de sol.
—Cuida esa lengua igual que cuidas el protocolo de respeto. De nada sirve que te arrodilles si se te escapa la arrogancia por la boca. —Tras unos segundos de tensión y de confusión por parte de los espectadores, Denzel volvió a ponerse en pie—. Lárgate —le dijo.
Kaoru, absteniéndose de decir palabra alguna, salió por la puerta a la calle a zancadas, no sin antes susurrarle a Cleven al pasar por su lado un “esto no va a quedar así”. Ella en ese momento no asimiló del todo esas palabras, estaba demasiado aturdida por lo que acababa de pasar.
—Bueeeno —saltó Denzel de pronto, con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Qué hacéis aquí parados? ¿No tenéis que iros?
Los alumnos que formaban el corro permanecieron unos segundos en silencio, hasta que empezaron a dispersarse y a marcharse, comentando unos con otros lo sucedido, intrigados. Al poco rato sólo quedaban Raven, Cleven y Denzel en el pasillo.
—Profesor… —musitó Cleven, algo avergonzada por lo ocurrido.
—Vernoux, Vernoux —sonrió este, acercándose a ella—. Sé más observadora y menos impulsiva a la hora de conocer y confiar en una persona. Aunque no lo puedas apreciar a primera vista, por aquí hay mucha gente… que es más de lo que parece. Ten cuidado.
Denzel se despidió de las dos chicas con la mano y salió del edificio. Ambas se quedaron ahí plantadas recapacitando sobre lo ocurrido.
—Vale, ya no hace falta que me respondas a la pregunta —le dijo Raven, agarrando su mano—. Ya lo he visto todo. Lo siento.
—Tranquila, para mí Kaoru es historia —la tranquilizó, aunque seguía teniendo un malestar por dentro.
—Que vuelva a acercarse a ti —sonrió socarronamente—, y Nakuru y yo le daremos una paliza.
—O llamamos a Denzel —rio Cleven mientras las dos salían del instituto—. ¿Has visto? Se ha arrodillado ante él…
—No entiendo nada… —rio también.
* * * * * *
Mientras tanto, Neuval seguía metido en el coche en mitad de un atasco desde que salió de la empresa. Intentó aflojarse la corbata por quinta vez, estaba agobiado. Ya era consciente de que las clases del instituto habían acabado, lo que le acabó desesperando, y optó por dejar el coche e ir andando, estaba seguro de que así llegaría antes.
Caminó por las calles de Shibuya mientras el cielo empezaba a oscurecerse, ya que en invierno anochecía muy pronto. Se adentró por una pequeña, oscura y solitaria calle que acortaba la trayectoria. Al mismo tiempo, estuvo pensando en qué haría si encontraba a Cleven. Desde luego, no estaba nada contento con la situación, por lo que su hija no se iba a librar por las buenas. Sólo esperó que no le hubiese pasado nada, y con esa preocupación fue caminando sin prestar mucha atención a su alrededor. No se percató de que unas sombras se movían en torno a él, acechando y riendo con malicia.
Neuval oyó entonces murmullos a su alrededor, lo que le apartó de sus pensamientos. Supo enseguida que algo no andaba bien. Se paró en mitad de la callejuela y observó en derredor, inquieto. No tardó en aparecer una figura a unos metros de él, y seguidamente otras cinco más. Eran seis hombres jóvenes con muy malas pintas, vestidos con ropas rotas, llenos de piercings y tatuajes, y portando porras, cadenas y navajas. Los seis hicieron un círculo, cerrándole toda salida a Neuval.
—Vaya, vaya, vaya... —rio uno—. ¿Qué tenemos aquí?
—Carne fresca occidental —dijo otro que tenía una fea cicatriz en la mejilla—. Un tipo rico. ¿Me regalas tu chaqueta?
Neuval no dijo nada y permaneció inmóvil. Pronto aparecieron otros seis sujetos, ya eran doce.
—Ricachón, hagamos un trato —le dijo uno que jugueteaba con una cadena—. Danos todo lo que tengas y te dejaremos marchar... sólo con un par de rasguños.
Los demás soltaron risotadas, mientras se acercaban cada vez más a Neuval.
—No os acerquéis, no tengo nada —les dijo este, intentando ver un hueco por el que poder escapar—. Dejadme ir.
—Ooh... El señor europeo con un traje de 800 mil yenes dice que no tiene nada. Vamos, pórtate bien con nosotros, nos ofendemos con facilidad…
Se le aproximó el más alto del grupo con aire dominante, pero se paró en seco y se quedó un poco cohibido al descubrir que Neuval seguía siendo más alto que él. El traje elegante confundía un poco porque estilizaba mucho, pero Neuval en realidad era un tipo bastante grande y medía 192 centímetros.
—Eh. ¿No has oído? Espabila, ricachón, suelta la pasta, haznos pasar un rato divertido.
Los seis maleantes empezaron a juguetear con sus respectivas armas, dejándole a Neuval bien claro que las iban a emplear si no hacía lo que le pedían, mientras los otros seis se quedaban algo apartados como refuerzo.
—No lo hagáis —les pidió Neuval, manteniendo la calma—. Lo digo por vuestro bien.
—¿De qué coño vas? —rio el de la cadena—. ¿Nos estás amenazado? ¿Tú? Vuelve a decir una palabra de cura y no sales vivo de esta, nenaza. Mírate, te tiemblan las manos. Estás cagado de miedo, ¿verdad?
—Os lo ruego —insistió Neuval—. Largaos de aquí y dejadme ir. No sé si dentro de unos segundos seré capaz de pediros lo mismo por las buenas. No tengo tiempo para esto.
—¿Pero quién te crees que eres, tipo rico? —se enfadó uno—. ¡Aquí mandamos nosotros! ¿Habéis visto este idiota? Jajaja...
Los demás también se rieron, y el de la cadena se acercó a Neuval y le dio un empujón con burla. Neuval cerró los ojos y trató de quedarse quieto. Empezó a sentirlo. Le estaba volviendo a costar mucho. No iba a lograrlo.
—¿Crees que puedes ir por nuestras calles con esa ropa tan elegante y cara, la billetera llena y bien peinadito? —preguntó el de la cadena, dándole otro empujón; Neuval perdió la calma—. Quiero que me des toda esa ropa tan elegante, que te despeines y te arrastres por el suelo como un pobre gusano, y que te despojes de esos modales, nenaza. Quiero que te conviertas en un desgraciado, para que sepas cómo es sobrevivir en las calles. Comprenderás lo que es ser una sucia rata callejera que o mata, o muere.
—Sí, y si no lo haces, no dudes que te partiremos las piernas —dijo otro, riendo.
—Siento decepcionaros —contestó Neuval, desatándose por fin la dichosa e incómoda corbata de seda—. Pero no tengo que comprender cómo es ser algo que siempre he sido. Porque cuando vosotros todavía erais un tumor en el útero de vuestras madres, yo ya me arrastraba por las calles. Vosotros salíais a las calles para jugar. Yo me crie en ellas —los miró fijamente a todos, con unos ojos extraños—. No os voy a dar ni mi cartera, ni mi ropa cara, ni mi apariencia de tipo rico y educado, porque se trata de una máscara tras la cual necesito esconderme. Si no me estáis entendiendo, lo repito por última vez. Dejadme seguir y marchaos. O me quitaré la máscara.
—¿De qué habla este? —bufó uno.
—¡Respuesta equivocada, idiota! —carcajeó uno que sostenía una barra de metal, alzándola por lo alto de su cabeza.
Neuval miró al cielo durante un segundo. Miró hacia el cielo con pesadumbre. Una vez más lo estaba perdiendo, se estaba perdiendo a sí mismo, notaba cómo le estaba invadiendo.
Con un rápido y violento movimiento, el atracador blandió la barra de metal hacia la cabeza de Neuval. Pero no llegó a rozarle. La barra se desprendió de repente en cinco trozos, como si el viento la hubiera cortado limpiamente en un milisegundo. El atracador miró perplejo los trozos de su barra en el suelo, a los pies de Neuval. Después, fue levantando poco a poco la vista, tembloroso, hasta encontrarse con los ojos plateados de Neuval, sin saber qué hacer. No obstante, antes de que pudiera hacer nada, sintió una fuerte presión del aire en los tímpanos y, acto seguido, le estalló la cabeza.
Los otros gritaron ante tan violenta escena. La sangre salpicó a Neuval en la cara, pero él continuaba quieto y en silencio mientras el cuerpo sin cabeza del jefe de la banda caía también a sus pies. Cuando Neuval vio que los otros maleantes se orinaban encima, dibujó una siniestra y vil sonrisa hacia ellos, y sus ojos grises emitieron un destello blanco.
—¡Es… un demonio! —gritaron los maleantes.
—¡Un monstruo!
—¡Larguémonos de aquí...! ¡No...!
—¡Gaaaggh!
—¡Aaagh...!
A los dos minutos, la callejuela se quedó en silencio y teñida de rojo.
Cleven y Raven fueron las últimas en salir de los vestuarios. Cuando se adentraron en el edificio, vieron que ya quedaban muy pocas personas en el interior a punto de irse, tanto alumnos como profesores. Cleven le había estado contando a su amiga todo lo que pasó desde que se metió en el autobús hasta que salió de la cafetería con Raijin, pues la “cita” que tuvo con él ya la había relatado.
—Entonces, a ver… —dudó Raven—. Yako es el mejor amigo de Raijin y estudia Derecho, y tiene un año más que él. Luego están Kain y MJ, que son otros amigos de ellos y que trabajan en la cafetería de Yako. MJ es una compañera de clase de Yako, ¿no? Y después ese Sam, que está en nuestro instituto en tercer curso… Mm… Parece un grupo de buena gente.
—Sí que lo es —afirmó su amiga, contenta.
—Pues preséntamelos algún día —le suplicó.
—Claro —sonrió—. ¿Qué tal mañana?
—Hm… —lamentó—. Lo siento, estos días de fiesta me voy a San Francisco a ver a mis abuelos. Tendrá que ser ya la semana que viene.
—Vale.
—Oye, pero hay una cosa que no entiendo —le dijo Raven cuando salían por la puerta principal, parándose frente a ella y mirándola con duda—. Pareces estar coladita por ese Raijin, pero ¿qué pasa con Kaoru? ¿Ya no es tu novio?
Una ráfaga de viento helado atravesó el alma de Cleven. Raven se asustó un poco al ver la cara sombría que se le había puesto a su amiga.
—Verás… —masculló Cleven entre dientes, apretando los puños.
Sin embargo, inesperadamente alguien la agarró del brazo por detrás, obligándola a darse la vuelta. Raven soltó una exclamación de sorpresa, y ambas abrieron mucho los ojos al ver que se trataba del mismo Kaoru, que parecía claramente alterado.
—¡Oye, Cleven! —exclamó con enfado, sin soltar su brazo—. ¿¡A ti qué demonios te pasa!? ¡Habíamos quedado el sábado en el centro comercial y no apareciste! ¡Y te llevo llamando al móvil desde entonces, y escribiéndote! ¡Este recreo ni has venido a buscarme!
—¡Suéltame! —gritó ella, intentando librarse de él, pero en vano.
Por dentro sentía un estallido de rabia que deseaba soltar con todas sus fuerzas, pero por alguna razón no se atrevía. En ese momento Kaoru parecía excesivamente enfadado, nunca lo había visto así, y le dio miedo. Raven observó la escena, desconcertada, sin acercarse mucho. No había nadie más alrededor, y en ese momento no se le pasó por la cabeza ir a buscar a alguien.
«Está muy agresivo» pensó Raven, e instintivamente llevó una mano a su mochila, donde escondía un arma. «Si ataco a Kaoru, tendré problemas. No debo. Sigue siendo mi superior» lamentó, alejando la mano de la mochila.
—¿¡De qué vas, eh!? —exclamó Kaoru, dándole otro tirón.
—¡No! ¿¡De qué vas tú, cretino!? —le espetó Cleven, tratando de soltarse—. ¡Al parecer yo no tenía por qué quedar contigo esa tarde! ¡Ya había otra chica ocupando mi lugar! ¡Te vi con otra!
Kaoru se mostró sorprendido al saber que había sido descubierto, pero no iba a permitir que fuera ella la víctima.
—Ella no era nadie —replicó.
—¡Vaya! Pues para no ser nadie te entregabas a ella muy a fondo. ¡Tu lengua casi le salía a ella por la nuca! ¿¡A cuántas más estás engañando!?
—¡Escúchame, Cleven! ¡No puedes dejarme así tal cual! ¡A mí nadie me deja tirado! ¿Me oyes? ¿Me vas a decir que no estás deseando seguir conmigo? Reconócelo, ¡babeas por mí desde que empezó el curso!
—¡Yo no quiero nada contigo! ¡Lárgate con todas tus fulanas y déjame en paz!
En ese momento, los tres se dieron cuenta de que estaban rodeados por unos cuantos estudiantes en medio del pasillo, que observaban atónitos la escena y comentaban unos con otros, sin entender qué estaba pasando. Kaoru, consciente de esto, al parecer sintió prioritario proteger su imagen de la humillación de ser rechazado por Cleven.
—Deja de hacerte la dura. ¡Después de todo lo que he hecho por ti! —le dijo Kaoru, acercando su cara a la suya—. Soy yo el que te invita a comer y el que siempre cede a hacer los planes que tú quieres.
—¡Apenas hemos quedado ocho veces y me invitaste una vez porque insististe! Y la mitad de los planes que hemos hecho eran los que yo quería y la otra mitad los que tú querías, ¡deja de tergiversar y admite tu culpa, mujeriego!
—¡Mira quién habla! ¡Tú andas con un chico detrás de otro!
—¡Sí, con uno detrás de otro, no con dos o más a la vez! ¡Yo jamás he engañado a nadie, Kaoru!
—¡Todos deberían saber lo egoísta que eres! Resulta que no sirves para más que pasar un buen rato.
Cleven le dio una bofetada con la mano que tenía libre con todas sus fuerzas en defensa, porque no conseguía que soltara su brazo y le estaba haciendo daño. Kaoru se quedó con la cabeza hacia un lado por unos instantes, hasta que volvió la vista hacia ella lentamente, sintiéndose abochornado delante de todos esos estudiantes, y, por lo tanto, cegado por la rabia. Alzó una mano a lo alto. Raven se llevó las manos a la boca, al igual que los demás presentes, y Cleven cerró los ojos cuando vio esa mano dirigirse hacia ella velozmente.
Pero no notó nada. Oyó exclamaciones de asombro por parte de la gente que los rodeaba, y abrió los ojos para ver qué había pasado. Para su asombro, vio a su tutor, Denzel, detrás de Kaoru, agarrándole el brazo con el que iba a agredirla. Kaoru entonces soltó por fin el brazo de Cleven y se giró enseguida para plantar cara a aquel que lo había detenido.
—¡Suéltame! —le gritó a Denzel, intentando librarse de él, pero el hombre le apretó aún más el antebrazo.
Cleven contempló con asombro el semblante tan serio y casi oscurecido que tenía Denzel en ese momento. Parecía otra persona. Incluso otro ser. Era difícil de describir, sólo con verlo daba escalofríos. Todo el mundo pensó que ahora Kaoru iba a tener el descaro de enfrentarse a un profesor, pero no. En cuanto se dio cuenta de que era él, Kaoru se había quedado con un nudo en la garganta, nervioso.
—Oh… —se sorprendieron unos.
—¿Qué hace…? —preguntaron otros.
Cleven se alejó un paso, poniéndose al lado de Raven, y contemplaron al igual que los demás lo que había pasado. Kaoru se había arrodillado ante Denzel, con la cabeza gacha y la vista clavada en el suelo, en sumo silencio, sin atreverse a mover un músculo. El profesor, por su parte, se agachó frente a él.
—Voy a tener que decirle a tu Líder que haga algo contigo, Kaoru. Eres un iris, compórtate como tal. Nada de hacer daño a humanos inocentes, ¿entendido? —le susurró, para que los demás no oyesen—. Controla tu enfermedad del majin. Estoy harto de hacer de niñera con todos vosotros.
—Nadie te lo ha pedido, demonio —le contestó Kaoru, evitando mirarlo a los ojos, o a las gafas de sol.
—Cuida esa lengua igual que cuidas el protocolo de respeto. De nada sirve que te arrodilles si se te escapa la arrogancia por la boca. —Tras unos segundos de tensión y de confusión por parte de los espectadores, Denzel volvió a ponerse en pie—. Lárgate —le dijo.
Kaoru, absteniéndose de decir palabra alguna, salió por la puerta a la calle a zancadas, no sin antes susurrarle a Cleven al pasar por su lado un “esto no va a quedar así”. Ella en ese momento no asimiló del todo esas palabras, estaba demasiado aturdida por lo que acababa de pasar.
—Bueeeno —saltó Denzel de pronto, con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Qué hacéis aquí parados? ¿No tenéis que iros?
Los alumnos que formaban el corro permanecieron unos segundos en silencio, hasta que empezaron a dispersarse y a marcharse, comentando unos con otros lo sucedido, intrigados. Al poco rato sólo quedaban Raven, Cleven y Denzel en el pasillo.
—Profesor… —musitó Cleven, algo avergonzada por lo ocurrido.
—Vernoux, Vernoux —sonrió este, acercándose a ella—. Sé más observadora y menos impulsiva a la hora de conocer y confiar en una persona. Aunque no lo puedas apreciar a primera vista, por aquí hay mucha gente… que es más de lo que parece. Ten cuidado.
Denzel se despidió de las dos chicas con la mano y salió del edificio. Ambas se quedaron ahí plantadas recapacitando sobre lo ocurrido.
—Vale, ya no hace falta que me respondas a la pregunta —le dijo Raven, agarrando su mano—. Ya lo he visto todo. Lo siento.
—Tranquila, para mí Kaoru es historia —la tranquilizó, aunque seguía teniendo un malestar por dentro.
—Que vuelva a acercarse a ti —sonrió socarronamente—, y Nakuru y yo le daremos una paliza.
—O llamamos a Denzel —rio Cleven mientras las dos salían del instituto—. ¿Has visto? Se ha arrodillado ante él…
—No entiendo nada… —rio también.
* * * * * *
Mientras tanto, Neuval seguía metido en el coche en mitad de un atasco desde que salió de la empresa. Intentó aflojarse la corbata por quinta vez, estaba agobiado. Ya era consciente de que las clases del instituto habían acabado, lo que le acabó desesperando, y optó por dejar el coche e ir andando, estaba seguro de que así llegaría antes.
Caminó por las calles de Shibuya mientras el cielo empezaba a oscurecerse, ya que en invierno anochecía muy pronto. Se adentró por una pequeña, oscura y solitaria calle que acortaba la trayectoria. Al mismo tiempo, estuvo pensando en qué haría si encontraba a Cleven. Desde luego, no estaba nada contento con la situación, por lo que su hija no se iba a librar por las buenas. Sólo esperó que no le hubiese pasado nada, y con esa preocupación fue caminando sin prestar mucha atención a su alrededor. No se percató de que unas sombras se movían en torno a él, acechando y riendo con malicia.
Neuval oyó entonces murmullos a su alrededor, lo que le apartó de sus pensamientos. Supo enseguida que algo no andaba bien. Se paró en mitad de la callejuela y observó en derredor, inquieto. No tardó en aparecer una figura a unos metros de él, y seguidamente otras cinco más. Eran seis hombres jóvenes con muy malas pintas, vestidos con ropas rotas, llenos de piercings y tatuajes, y portando porras, cadenas y navajas. Los seis hicieron un círculo, cerrándole toda salida a Neuval.
—Vaya, vaya, vaya... —rio uno—. ¿Qué tenemos aquí?
—Carne fresca occidental —dijo otro que tenía una fea cicatriz en la mejilla—. Un tipo rico. ¿Me regalas tu chaqueta?
Neuval no dijo nada y permaneció inmóvil. Pronto aparecieron otros seis sujetos, ya eran doce.
—Ricachón, hagamos un trato —le dijo uno que jugueteaba con una cadena—. Danos todo lo que tengas y te dejaremos marchar... sólo con un par de rasguños.
Los demás soltaron risotadas, mientras se acercaban cada vez más a Neuval.
—No os acerquéis, no tengo nada —les dijo este, intentando ver un hueco por el que poder escapar—. Dejadme ir.
—Ooh... El señor europeo con un traje de 800 mil yenes dice que no tiene nada. Vamos, pórtate bien con nosotros, nos ofendemos con facilidad…
Se le aproximó el más alto del grupo con aire dominante, pero se paró en seco y se quedó un poco cohibido al descubrir que Neuval seguía siendo más alto que él. El traje elegante confundía un poco porque estilizaba mucho, pero Neuval en realidad era un tipo bastante grande y medía 192 centímetros.
—Eh. ¿No has oído? Espabila, ricachón, suelta la pasta, haznos pasar un rato divertido.
Los seis maleantes empezaron a juguetear con sus respectivas armas, dejándole a Neuval bien claro que las iban a emplear si no hacía lo que le pedían, mientras los otros seis se quedaban algo apartados como refuerzo.
—No lo hagáis —les pidió Neuval, manteniendo la calma—. Lo digo por vuestro bien.
—¿De qué coño vas? —rio el de la cadena—. ¿Nos estás amenazado? ¿Tú? Vuelve a decir una palabra de cura y no sales vivo de esta, nenaza. Mírate, te tiemblan las manos. Estás cagado de miedo, ¿verdad?
—Os lo ruego —insistió Neuval—. Largaos de aquí y dejadme ir. No sé si dentro de unos segundos seré capaz de pediros lo mismo por las buenas. No tengo tiempo para esto.
—¿Pero quién te crees que eres, tipo rico? —se enfadó uno—. ¡Aquí mandamos nosotros! ¿Habéis visto este idiota? Jajaja...
Los demás también se rieron, y el de la cadena se acercó a Neuval y le dio un empujón con burla. Neuval cerró los ojos y trató de quedarse quieto. Empezó a sentirlo. Le estaba volviendo a costar mucho. No iba a lograrlo.
—¿Crees que puedes ir por nuestras calles con esa ropa tan elegante y cara, la billetera llena y bien peinadito? —preguntó el de la cadena, dándole otro empujón; Neuval perdió la calma—. Quiero que me des toda esa ropa tan elegante, que te despeines y te arrastres por el suelo como un pobre gusano, y que te despojes de esos modales, nenaza. Quiero que te conviertas en un desgraciado, para que sepas cómo es sobrevivir en las calles. Comprenderás lo que es ser una sucia rata callejera que o mata, o muere.
—Sí, y si no lo haces, no dudes que te partiremos las piernas —dijo otro, riendo.
—Siento decepcionaros —contestó Neuval, desatándose por fin la dichosa e incómoda corbata de seda—. Pero no tengo que comprender cómo es ser algo que siempre he sido. Porque cuando vosotros todavía erais un tumor en el útero de vuestras madres, yo ya me arrastraba por las calles. Vosotros salíais a las calles para jugar. Yo me crie en ellas —los miró fijamente a todos, con unos ojos extraños—. No os voy a dar ni mi cartera, ni mi ropa cara, ni mi apariencia de tipo rico y educado, porque se trata de una máscara tras la cual necesito esconderme. Si no me estáis entendiendo, lo repito por última vez. Dejadme seguir y marchaos. O me quitaré la máscara.
—¿De qué habla este? —bufó uno.
—¡Respuesta equivocada, idiota! —carcajeó uno que sostenía una barra de metal, alzándola por lo alto de su cabeza.
Neuval miró al cielo durante un segundo. Miró hacia el cielo con pesadumbre. Una vez más lo estaba perdiendo, se estaba perdiendo a sí mismo, notaba cómo le estaba invadiendo.
Con un rápido y violento movimiento, el atracador blandió la barra de metal hacia la cabeza de Neuval. Pero no llegó a rozarle. La barra se desprendió de repente en cinco trozos, como si el viento la hubiera cortado limpiamente en un milisegundo. El atracador miró perplejo los trozos de su barra en el suelo, a los pies de Neuval. Después, fue levantando poco a poco la vista, tembloroso, hasta encontrarse con los ojos plateados de Neuval, sin saber qué hacer. No obstante, antes de que pudiera hacer nada, sintió una fuerte presión del aire en los tímpanos y, acto seguido, le estalló la cabeza.
Los otros gritaron ante tan violenta escena. La sangre salpicó a Neuval en la cara, pero él continuaba quieto y en silencio mientras el cuerpo sin cabeza del jefe de la banda caía también a sus pies. Cuando Neuval vio que los otros maleantes se orinaban encima, dibujó una siniestra y vil sonrisa hacia ellos, y sus ojos grises emitieron un destello blanco.
—¡Es… un demonio! —gritaron los maleantes.
—¡Un monstruo!
—¡Larguémonos de aquí...! ¡No...!
—¡Gaaaggh!
—¡Aaagh...!
A los dos minutos, la callejuela se quedó en silencio y teñida de rojo.
Comentarios
Publicar un comentario