1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __
Cleven vio a Raijin y a Yako sentarse en una mesa alejada, y se preguntó de qué iban a hablar. Su persistente manía de meterse donde no la llamaban estaba haciendo un poco de presión en ella. Tenía ganas de acercarse a aquella mesa a escondidas para escucharlos hablar.
Sin embargo, en ese momento volvió a abrirse la puerta del local, trayendo un viento helado del exterior hasta que se cerró de nuevo. Cleven se giró para mirar y por poco vuelve a echar batido por la nariz. Habían entrado nada más y nada menos que los famosos mellizos del barrio, que iban vestidos con sus pequeños uniformes del colegio, acompañados por una anciana y su bastón. «Hm... Entonces es verdad que estos dos vienen por aquí a menudo» pensó la joven.
—Agatha —oyó que Sam la llamaba desde la barra.
La anciana, con sus ojos siempre cerrados, se acercó entonces con los dos niños hacia él, poniéndose junto a Cleven.
—Hola, Samuel, querido —lo saludó—. Os dejo aquí a estos dos, que yo tengo que hacer recados, tengo prisa. ¿Está bien?
—Sin problema, como siempre.
Cleven siguió a la anciana con la mirada y la vio andar palpando un poco el suelo con el bastón, luego la puerta con la mano hasta que agarró el pomo, y se fue. «¡Oh! ¿Es ciega?».
—¡Señora chica mayor! —la sorprendió Clover.
Bajó la cabeza para mirarla. «Qué pequeñita es...» babeó, y al ver que la niña alzaba los brazos hacia ella pegando saltitos, comprendió que quería que la cogiese, y lo hizo al instante.
—Clover, ¿cómo te va? —le preguntó, apretujándola entre sus brazos como si fuese un oso de peluche.
—Oye, tú —intervino Daisuke, dándole tirones en el jersey y Cleven le clavó una mirada de mosqueo—. Esto es muy raro, siempre nos encontramos contigo.
—¿Y qué? —replicó con una mueca de pocos amigos.
—No tenemos dinero, que lo sepas —contestó con la misma mueca.
—¿¡Me ves cara de choriza o qué!? —saltó ella, lanzándole chispas.
Pero Daisuke ni se inmutó, la miró con su cara de “me caes gorda” que siempre le mostraba a todo el mundo, hasta que trepó por el taburete de al lado y se sentó.
—Sam, quiero pasteles —le ordenó el niño.
Sam lo observó sin hacer nada durante unos segundos, totalmente indiferente.
—Pues ve a pedírselos a Kain —contestó entonces.
Cleven se sintió algo incómoda al verlos ahí, mirándose el uno al otro en silencio, sin hacer nada. «¿Qué hacen?» se preguntó. Finalmente, el niño se bajó del taburete y se fue hacia la sección de pastelería, donde estaba Kain. Entonces Cleven miró a Sam, el cual estaba preparando algo detrás de la barra, hasta que sacó un plato con un pastelito y se lo tendió a Clover.
—¡Gracias! —sonrió la pequeña felizmente, dando saltitos sobre el regazo de Cleven.
—Esto... —musitó Cleven, confusa—. Conoces a estos dos, ¿no?
—Claro, vienen por aquí casi siempre —contestó Sam.
—Deduzco que a juzgar por lo que acabas de hacer, Dai no te cae bien y lo has mandado lejos aposta, y en cambio Clover te cae bien y ya le tenías un pastelito preparado.
—Deduces bien —se encogió de hombros, pasivo—. Me gusta cuando los clientes piden las cosas de forma clara y directa. Pero siempre que sea con respeto. A Daisuke le falta aprender un poco de eso.
Cleven se rio. Observó cómo el grandullón de Kain cogía en brazos a Daisuke y jugaba con él. El niño parecía estar encantado. «Dai es un niño muy gruñón, además de bruto, bruto como Kain. Por eso se llevan bien» caviló, mientras se terminaba lo que le quedaba de batido y le acariciaba el pelo a Clover, que estaba disfrutando con su pastel. «Y Clover es más simpática y dulce. Me pregunto qué tipo de personitas serán en realidad, si de esas que se muestran por fuera como son por dentro, o de esas que se muestran por fuera de una forma y por dentro son de otra diferente. Hmm… ¿Cómo serán sus padres?».
—Oye, Sam —lo llamó—. Dime, ¿estos niños están siempre con esa anciana?
—Casi siempre. Cuando nadie puede hacerse cargo de ellos nos los aparcan aquí hasta que se los llevan a casa.
—Nuestro papá es un hombre muy bueno —intervino Clover con la boca llena, mirando a Cleven tan contenta—. Trabaja mucho últimamente y por eso Agatha tiene que encargarse de nosotros cuando papá no puede. Yo le quiero mucho. ¿Tú quieres a tu papá?
—Ehe… mm… —titubeó Cleven; esa pregunta la había pillado por sorpresa, y pasó de responder.
Pensó, pues, en cómo debía de ser el padre de los mellizos. Se lo imaginó como un buen hombre responsable. Debía de ser muy paciente y quererlos mucho. Se preguntó entonces por qué su padre no podría haber hecho igual con ella y sus hermanos, en vez de acoplar a Hana en sus vidas. Para Cleven, Hana sobraba. ¿Para qué la necesitaban? Pero claro, Cleven no sabía que en realidad era Hana quien los necesitaba a ellos.
De repente Clover saltó de sus rodillas después de haberse comido su pastel y se fue a reunirse con su hermano rápidamente, para luego ir con él hacia donde estaban Yako y Raijin. Al acercarse a la mesa donde estaban sentados, vio que Yako los saludaba alegremente y les revolvía el pelo con cariño. Raijin, por el contrario, los miraba severamente.
Cleven se acordó entonces de que a Raijin no le gustaban los niños pequeños, por lo que no le sorprendió ver que, a los pocos segundos, Raijin les hacía un gesto con la mano, ordenándoles que se fueran y dejasen de molestar. «Qué chico, mira que tratar así a los niños pequeños…» pensó la joven con desaprobación, «Los mellizos sólo querían saludar a Yako y va el otro y los echa».
Vio que Clover obedecía a la orden de Raijin y se iba con Kain, y Daisuke, por otra parte, siguió ahí, cruzándose de brazos y diciéndole algo a Raijin con malas pulgas. «Eso, Dai, plántale cara, se lo merece» pensó Cleven, que ya era consciente de que Daisuke era un niño capaz de replicar a cualquier persona.
Vio que Raijin se inclinaba hacia el niño con la misma cara de malas pulgas, seguramente amenazándole para que se fuese, mientras Yako hacía gestos para tranquilizar a su amigo. Finalmente, Daisuke le sacó la lengua a Raijin y volvió con Kain y su hermana.
—Me saca de quicio la manera en que Raijin trata a los niños —comentó Cleven—. Ayer se nos acercó uno a la mesa mientras comíamos, y no hizo otra cosa que asustarlo.
—Alguien tiene que poner orden. Y Yako es muy blando —le explicó Sam tranquilamente, que seguía con la cabeza apoyada en un brazo sobre la barra, a su lado—. Esos mellizos han creado ya varios alborotos por aquí. Como no pueden salir a la calle hasta que los recojan, si se aburren se dedican a molestar a los clientes o a jugar, corriendo entre las mesas y armando escándalo. A Kain esto le importa un pito, de hecho, le divierte. MJ pasa de hacer de niñera, al igual que yo. Y Yako les consiente demasiado, no tiene el carácter necesario para enfadarse con ellos. Afortunadamente, Raijin también viene mucho por aquí, y cuando los mellizos están liándola en el local, él es el único que les para los pies y les regaña, como debe ser.
—¿Por qué? ¿Acaso Raijin se ha autoproclamado policía del buen comportamiento del Ya-Koffee?
—Algo así. Aparte de eso, también es su responsabilidad, al fin y al cabo.
—Que él se responsabilice de poner orden aquí con los niños que se portan mal no significa que sea su responsabilidad. Seguro que solamente lo hace porque Yako es su mejor amigo y lo ayuda a que este local no sufra problemas —farfulló de mala gana, pero luego le cambió la cara—. Aunque debo decir que preocuparse así por su amigo lo hace más atractivo.
—Eres una chica muy observadora —le dijo con cierta curiosidad.
—Tú también eres muy observador.
—Es entretenido, ¿no crees?
—Para cuando estás una tarde tranquila tomando algo en una cafetería, está bien para pasar el tiempo.
Mientras tanto, en aquella mesa del rincón del local, Yako estaba frotándose la barbilla con una cara muy reflexiva, y Raijin esperaba tranquilamente, jugueteando con un cigarrillo sin encender entre los dedos.
—Vale, entiendo —dijo Yako finalmente, apoyando los codos sobre la mesa y mirando a su mejor amigo fijamente—. Kyo todavía no ha sido capturado por la MRS, y ha hecho una réplica del pergamino para tenderles una trampa, una trampa temporal, porque sabe que acabarán alcanzándolo en algún momento. Kyo pretende llegar al menos hasta Funabashi. Y, teniendo en cuenta la distancia a la que Kyo se encuentra de Funabashi, si ha estado donde Xaviero tiene la guarida, yendo a pie y teniendo que hacer desvíos y distracciones, calculas que ocurrirá mañana.
—Sí. Los cuervos de Sam nos avisarán del momento en que sea capturado. Será cuando Sam, tú y yo vayamos a su ubicación y pelearemos contra esos cuatro miembros de la MRS que están en Chiba, porque en algún momento comprobarán que el pergamino que Kyo les ha dado es falso. Intervendremos para evitar que lo vuelvan a perseguir.
—De esa forma, Kyo podrá seguir huyendo de regreso a Tokio sin más perseguidores y con el pergamino auténtico a salvo. Pero, entonces, le queda cruzar los ríos.
—El río Edo y luego el río Ara —asintió Raijin—. Los otros cinco miembros de la MRS, hay probabilidades de que estén vigilando varios puentes de uno o de otro, esperando impedir que Kyo cruce alguno de ellos. Kyo no tiene más remedio que volver a Tokio pasando por alguno de esos puentes. Él no puede desplazarse por el agua. Ni por aire. Ni puede correr a la velocidad de la luz.
—Así que necesitamos que Drasik y Nakuru nos puedan confirmar cuanto antes dónde están esos cinco miembros exactamente, y qué elementos son —concluyó Yako, y se quedó mirando la mesa un momento—. Si nosotros estamos peleando con los otros cuatro en Funabashi, ¿qué quieres hacer con los otros cinco, para quitárselos a Kyo del camino? Drasik y Nakuru no podrán con todos ellos.
—Drasik y Nakuru no pelearán con ellos.
—Madre mía… vas a hacer que Drasik te odie el triple —suspiró Yako.
—Me da igual —gruñó Raijin—. No está en su mejor estado de humor. Aún está procesando la muerte y la ausencia de Yousuke, y tener ahora a Kyosuke convertido en iris ocupando simbólicamente el lugar de su gemelo es algo que Drasik está asimilando todavía.
—Bueno… nosotros un poco también —murmuró Yako con un tono apenado.
—Sabes que no es lo mismo. Drasik es el único de nosotros que padece la enfermedad del majin. Le cuesta dominar y equilibrar sus emociones más que a nosotros.
—Hace mucho que no tiene un brote grave.
—Y yo pretendo que así siga siendo —insistió Raijin—. No quiero agravarlo. Y menos por culpa de un estúpido duelo contra la MRS.
Yako no pudo evitar mostrar una agridulce sonrisa hacia su amigo. Raijin no hacía su trabajo de Guardián de cuidar constantemente de todos los demás sólo porque fuese su cargo. Él era así, de manera natural.
—Así que, quiero pedirle ayuda a la SRS —continuó explicando el rubio—. Para que se encarguen de esos otros cinco miembros. Y así Kyo tenga por fin todo el camino despejado hasta su casa.
—¿Crees que la SRS aceptará tu petición? El tiempo de un iris es un tiempo valioso, y más para hacer favores. ¿Cuánto les vas a ofrecer?
—Estamos pelados.
—¿¡Q…!? —brincó Yako sobre su asiento, perplejo—. ¡Aún no hemos acabado el mes!
—Eh, que tampoco estamos para tirar cohetes —protestó Raijin—. Ya no tenemos tantas misiones importantes como cuando teníamos a nuestro Líder y a nuestros otros compañeros. —Hizo una pausa, se quedó un rato mirando a otro lado, como si estuviera pensando en ello. Yako casi pudo ver un brillo triste en sus ojos—. Así que la Asociación ya no nos paga tanto como antes.
—¡Joder, Raijin, ¿por qué no me lo has dicho?! ¡Yo te doy el dinero que haga falta!
—No. Por milésima vez, Yako. Organizar las misiones, las tareas de cada uno, conseguir los recursos, gestionar nuestro presupuesto de la KRS… es mi responsabilidad, mi deber, no el tuyo. El dinero que ganamos en nuestros trabajos humanos no debe mezclarse con el que ganamos en la Asociación.
—Mmm no estaba hablando del dinero que gano con la cafetería… —murmuró Yako disimuladamente, acicalándose un poco el pelo y mirando para otro lado.
—Yako. No puedes usar el patrimonio de tu familia para nuestra KRS.
—El patrimonio de mi familia sostiene a todos los iris del planeta, ¿por qué no voy a usar un extra para mi querida KRS?
—Porque sabes que eso no sería justo para el resto de RS del mundo y porque sabes que ese patrimonio no funciona así. ¿No dices siempre que quieres ser un iris normal igual al resto de iris del mundo, y un miembro normal más de la KRS igual a nosotros?
—Sííí… suelo decir eso… muchas veces —rezongó Yako con desgana, apoyando la barbilla en las manos.
—En fin. De todas formas, en realidad, a la SRS no hace falta pagarle nada. Tú y yo sabemos bien que la SRS haría cualquier cosa por nosotros sin nada a cambio, y viceversa.
—Tienes razón. Después de todo, es la RS que lideraban tus padres, y los que hay ahora en ella siempre han sido casi como nuestros hermanos. Lástima que nuestra actual situación en la KRS nos haya traído menos trabajo y con ello nos ha hecho distanciarnos más... —resopló Yako con pesar.
—Suerte que siempre podemos contar con ellos. Aceptarán este favor, seguro.
—Bueno, y… ¿qué es entonces lo que nosotros dos tenemos que hacer ahora? Dijiste que tenemos una pequeña tarea hoy tú y yo.
—Así es —explicó Raijin—. El problema de que miembros de la MRS puedan estar custodiando los accesos de Chiba a Tokio, es que la SRS no podrá quitarlos de ahí sin recurrir a un ataque, una pelea, a la vista de la gente, policías, cámaras… Jugamos con ese otro riesgo. Para la MRS es una ventaja. Están protegidos por el hecho de estar a la vista del público. Que Kyo pase por uno de los puentes y el iris de la MRS que lo vigila lo atrape ahí en medio de coches y peatones, solamente parecería una rencilla entre dos individuos. Kyo sabe que no puede defenderse de manera inhumana con tantos posibles testigos y no tendría escapatoria cuando ese miembro de la MRS se junte con los otros cuatro contra él. Le quitarían el pergamino en un segundo. Y aunque los miembros de la SRS se planten ahí donde esté cada miembro de la MRS, no pueden echarlos de ahí si no es a la fuerza, y eso llamaría la atención de la gente, o la policía.
—Hay que ahuyentarlos de ahí previamente —asintió Yako, entendiendo—. Si algo los ahuyenta de ahí, se moverán a zonas menos públicas, y en ellas es donde la SRS podrá enfrentarse a ellos con más seguridad e impedirles que regresen a custodiar los accesos a Tokio. Ahora, ¿cómo ahuyentarlos?
—Nada ahuyenta a los iris mejor que la presencia policial.
—¿Cómo hacemos eso?
—Kiyomaro.
—Ah… ¿el extraficante que la policía soltó de vuelta a las calles para usarlo de informante?
—Pero la policía no sabe que es también un informante de los iris —apuntó Raijin.
—Juega a dos bandas, entonces —desconfió Yako.
—Juega por su supervivencia. Está en deuda con los iris de Tokio cuando hace dos décadas le perdonaron la vida. No le caemos bien, pero la policía le cae aún peor. Sabe que si nos delata, nos traiciona o nos ataca, se le acaba la vida casi libre que está llevando ahora. O se le acaba la vida literalmente.
—Entonces, quieres encargarle a Kiyomaro que dé a la policía un falso aviso de una actividad criminal inminente en los accesos de Chiba a Tokio, para que la policía despliegue un bloqueo en ellos —comprendió Yako, y Raijin asintió—. Será suficiente para que la MRS se aleje, pero Kyo todavía tiene que cruzar uno de esos accesos para volver a casa.
—Para entonces, Kiyomaro le dirá a la policía que la supuesta operación criminal ha sido cancelada, o una falsa alarma, o se ha programado para otro lugar. La policía se larga y Kyo ya no tiene a nadie estorbando su entrada a Tokio —concluyó Raijin, cambiando de postura sobre su asiento, todavía con su cigarro y su mechero en la mano—. Bueno… ¿Qué te parece?
—Ah, me parece u-… —fue a responder Yako, pero de repente borró su sonrisa y miró a su amigo con ojos afilados—. Espera. ¿Por qué siento que me estás haciendo esa pregunta para buscar mi aprobación o permiso?
Raijin miró un momento para otro lado, encogiéndose de hombros, y luego volvió a mirar a Yako.
—No hagas eso —protestó Yako.
—¿Qué? —se defendió Raijin—. Eres superdotado. El plan te puede parecer ridículo. Tú puedes crear uno mil veces mejor en dos segundos.
—¡Hace unos minutos me estabas diciendo que cada uno tiene un cargo y tiene que ceñirse a él! —siguió quejándose—. Tú eres el Guardián de la KRS, y yo un rango medio como Sam, Nakuru y Drasik. Tú das las órdenes y yo las acato.
—Ugh… es tan jodidamente antinatural… —rezongó Raijin, apoyando la cabeza en las manos para frotarse la cara y e intentar despejarse de su cansancio habitual.
—No me vengas ahora con esas. El plan es perfecto para solucionar esta rencilla con los de la MRS.
—Es que siento que vamos a tomarnos muchas molestias por una tontería de asunto por culpa de unos idiotas como ellos. La SRS, la policía, Kiyomaro…
—¡Bobadas! ¡Nos vamos a divertir más así! —sonrió Yako.
—Lo cual me lleva a un última cuestión de precaución —volvió a recostarse contra el respaldo de su asiento—. Por mucho que digas, Yako, no podemos ignorar las posibles consecuencias de cada una de nuestras acciones. Tienes que ser honesto en esto. Esto no es atacar a una panda de delincuentes o criminales. Es atacar a otros iris, algo que no hemos tenido que hacer en muchos años, o al menos vernos implicados directamente. ¿Voy a meterte en un problema si te permito ir conmigo y con Sam a pelear contra los miembros de la MRS?
—¿Qué quieres decir?
—¿No habría una consecuencia grave si le haces daño a algún iris?
—Pero yo nunca le haría daño a ningún iris. ¡Eso sí sería antinatural para mí!
—¿Y qué crees que vamos a hacer con los de la MRS? ¿Sujetarlos de los brazos y sentarlos en el suelo para que no se muevan hasta que Kyo llegue a su casa? Sé realista, Yako. Van a pelear con todas sus fuerzas para ganar. Habrá que repartir golpes, partir alguna cara. Serás un iris igual que todos nosotros, pero es que también eres algo más, que puede acarrearte problemas normativos o éticos.
—Mmm… yaaa… —balbució Yako, mirando aburrido al techo—. Ya le pregunté a mi abuelo sobre ello una vez. No te preocupes, estoy sujeto a las mismas normas que vosotros. Puedo partir caras de otros iris cuando esté justificado por un duelo como este. Lo que no puedo hacer es excederme o causar lesiones permanentes, claro.
—Hm… —casi sonrió Raijin, cruzándose de brazos—. Creo que empiezo a sentir pena por la MRS. A lo mejor ni tenemos que usar los puños. Solamente con verte, podrían cagarse.
—Beh… —bufó, apoyando la barbilla en una mano—. A mí nadie me tiene miedo, Raijin. Todos saben que soy un ser de pura naturaleza buena de nacimiento, hasta procuro no pisar las hormigas cuando ando por la calle. Es instintivo.
—Yako… tienes la misma capacidad de ser la persona más amable del mundo como de ser la persona más letal del mundo.
—Heheh… Querer es poder, pero poder no siempre es querer —sonrió divertido.
—Puedes engañar a los demás con eso, pero no a mí.
—¡Engañar! —repitió escandalizado, mirándolo con sorpresa—. ¿¡Yo!? ¿¡A mis amigos y conocidos!? ¿No acabas de oírme decir que no piso las hormigas?
—No engañas a través de tus palabras o acciones, sino a través de lo que callas, de lo que no manifiestas.
—¿Qué no manifiesto?
—Tu ira. Rabia. Furia.
—No suelo tener de eso.
—Pero las pocas veces que lo tienes, te lo guardas dentro. Y me parece ridículamente irónico que yo le dé consejos psicológicos precisamente a alguien de tu especie, pero he crecido toda mi vida contigo, y veo esa mitad humana tuya, esa antigua y tozuda parte humana con la que naciste y que se convirtió en iris por una tragedia igual que los demás, lidiando con emociones normales igual que los demás. Ser iris es dominar tus emociones, estar por encima de ellas, gestionarlas con razón y lógica. Pero reprimirlas no es el equivalente de eso. Te lo he notado toda la vida, pero, sobre todo, en las épocas en que sufrimos desgracias, como en este último año tras la muerte de You. No pasa nada por que te enfades de vez en cuando, Yako. Sé que es muy difícil y conlleva mucho tiempo hacerte enfadar, pero tienes derecho a estarlo, a manifestarlo, cuando ya no puedes más.
—Hah… —suspiró alicaído, con la barbilla en una mano, y le quitó a su amigo el mechero para juguetear distraídamente con él—. Para ti es fácil decirlo, Raijin. Naciste directamente iris. Eres el único de este mundo que nunca nació humano, tu mente siempre tuvo la energía iris implantada. Nunca tuviste siquiera una parte humana previa. No puedes generar sentimientos naturales por ti mismo. Sólo sientes cuando alguien te contagia, o rara vez cuando tratas con personas muy importantes para ti, y, aun así, tu mente puramente iris puede sobreponerse en un segundo. Mi mitad iris también puede hacer eso perfectamente… pero… es la otra mitad la que no me lo pone tan fácil. Mi abuelo me lo advirtió ya de pequeño. Debo tener cuidado con lo que manifiesto al exterior. La verdad, prefiero reprimirme. Al final, es lo mejor para todos. Y yo existo, precisamente, para procurar lo mejor para todos.
Raijin no dijo nada, pero respiró hondo, y terminó asintiendo con la cabeza, comprendiendo el punto de vista de su amigo.
—Oye… ¿Y a Kiyomaro? —preguntó Yako entonces—. ¿No le vas a pagar por el servicio?
—Ese tarado me debe dinero desde hace tiempo, no pienso soltarle nada.
—¿Y si no acepta colaborar en esto?
—Yo me encargaré de que acepte. Como es un tipo muy escurridizo y el Gesshoku es muy grande, quiero que vengas a ayudarme a encontrarlo.
—Ah, la sofisticada y enorme discoteca cerca del puerto —sonrió Yako—. ¿Ves como al final sí nos divertimos con este plan?
—Vamos ahí por una misión, no por ocio.
—En tus veinte años jamás te he visto bailar… —murmuró Yako, observándolo con una cara muy intrigada y pensativa—. Sería digno de estudio en la Asociación ver a un iris tan único como tú expresarse creativamente con movimientos del cuerpo al azar con una mínima base rítmica.
—Voy a bailar claqué sobre tu cara como sigas hablando —le gruñó.
—¿Pero puedo grabarlo?
Raijin tuvo un tic en el ojo mientras le fulminaba con una silenciosa mirada de la mayor de las paciencias, y se levantó de la mesa para ponerse en marcha mientras Yako se reía, y lo estrujó en un abrazo.
—Qué ganas de salir con mi “hermanito” a una disco, ¿cuánto hace desde la última vez que salimos de marcha tú y yo?
—Que no vamos de marcha…
Yako le hizo una seña a Sam para indicarle que se iba y que se encargase con MJ y Kain del local, y el africano le asintió. Después le dedicó una alegre sonrisa a Cleven, la cual se la devolvió y se despidió de él con la mano. «¿Adónde irán esos dos?» se preguntó la joven, todavía sentada en la barra con un segundo batido de chocolate, entornando los ojos.
Raijin fue por delante, pasando entre las mesas para dirigirse a la salida, pero de pronto se tropezó con la silla que la pequeña Clover estaba arrastrando en ese momento por todo el local. Al parecer estaba jugando a algo con su hermano, que también estaba arrastrando una silla por todo el lugar, sobresaltando a los clientes de alrededor. Raijin chasqueó la lengua con fastidio.
—Mocosa, deja esa silla ahora mismo —le dijo a la pequeña con enfado—. ¡Y tú igual, mocoso! —le dijo a Daisuke.
Como ninguno de los dos niños hizo caso del rubio, Raijin no se quedó conforme y fue a por ellos. Yako, mientras tanto, esperó pacientemente en la puerta; era lo mismo de cada día, estaba acostumbrado.
—Dejad esas sillas. ¡Estáis molestando! —les gritó Raijin.
—¡No quiero! —refunfuñó Daisuke de mala gana.
—¡No me contestes, svarlivyy! —lo agarró de un brazo para apartarlo de la silla y luego hizo lo mismo con Clover—. Parad ahora mismo u os ganaréis un castigo.
Cleven ya había oído suficiente y, saltando del taburete, corrió hacia donde estaban y separó a los dos niños de Raijin, y se encaró con él.
—¡Déjalos!
—¿De qué vas tú, pipiola? —replicó Raijin, con la vena hinchada en la frente—. ¡No te metas!
—¿Crees que esta es manera de tratar a unos niños? ¿Quién te crees que eres para decirles que les vas a dar un castigo?
—¡Se merecen algo peor, créeme! ¡La última vez casi incendian el local!
—¡No es asunto tuyo lo que hagan estos dos niños! El castigo se lo tendría que dar su padre, no tú, que no pintas nada con ellos. ¡Déjalos en paz o te denuncio!
—¿¡Que me qué!? —rugió Raijin con una mueca tan ojiplática que hasta era graciosa.
Los dos ya habían llamado la atención de toda la gente que había en el local. MJ se acercó a Yako un momento, sin dejar de observar esa pelea con gran curiosidad.
—Yako, ¿está pasando esa cosa rara que a veces le pasa a Raijin?
—¿Que está manifestando un claro sentimiento de enfado porque esa chica se lo está contagiando? Sí.
—Jajaja... O sea, que él está enfadado porque ella está enfadada —se rio MJ—. Qué persona más rara es ese chico.
Yako se encogió de hombros. Pero cuando vio que la pelea de esos estaba disgustando demasiado a los clientes, se acercó a Raijin por detrás y le puso suavemente una mano en el hombro.
—Rai, tenemos trabajito, ¿recuerdas? —le dijo con voz cantarina.
Raijin le lanzó a Cleven una última mirada desafiante y se marchó con Yako del lugar. Cleven suspiró victoriosa mientras la gente volvía con lo suyo. Sam apareció a su lado.
—Qué odioso es —masculló Cleven—. Tranquilos, pequeñines, ese chico malo no volverá a molestaros por hoy.
—Pues menos mal, es un aguafiestas —refunfuñó Daisuke.
—Señora chica mayor… —murmuró Clover tímidamente—. No deberías haberle gritado.
—¿Cómo que no? —se sorprendió la joven, agachándose junto a ella—. ¿Es que no has visto lo malo que es?
—Pero es que… —titubeó—. Él no tiene malas intenciones…
—¡Oh, Dios mío! —sollozó Cleven, apretujando entre sus brazos a los dos niños—. ¡Os ha lavado el cerebro! ¡No tenéis por qué ocultar vuestro miedo hacia ese chico! ¡Tranquilos, él ya no está aquí, no puede oíros! ¡Oh, pobres niños, le tienen tanto miedo a Raijin que no se atreven a reconocer su maldad! Debéis de estar tan asustados... ¡Yo os protegeré de él, estad tranquilos! ¡Por Dios, qué tipo tan vil, tan malo, tan insensible…! ¡Pobres niños…!
Los dos pequeños miraron a Sam, que estaba aguardando detrás de la chica, con una cara de extrema confusión. No comprendían por qué Cleven estaba diciendo eso. Sam selló sus labios con el dedo índice para indicarles que no dijeran nada y le siguiesen la corriente a la joven, con el fin de no complicar más la situación. Así que ambos niños se encogieron de hombros y le dieron palmaditas en la espalda a Cleven para consolarla, aún sin entender por qué lloraba tan escandalosamente.
Cleven vio a Raijin y a Yako sentarse en una mesa alejada, y se preguntó de qué iban a hablar. Su persistente manía de meterse donde no la llamaban estaba haciendo un poco de presión en ella. Tenía ganas de acercarse a aquella mesa a escondidas para escucharlos hablar.
Sin embargo, en ese momento volvió a abrirse la puerta del local, trayendo un viento helado del exterior hasta que se cerró de nuevo. Cleven se giró para mirar y por poco vuelve a echar batido por la nariz. Habían entrado nada más y nada menos que los famosos mellizos del barrio, que iban vestidos con sus pequeños uniformes del colegio, acompañados por una anciana y su bastón. «Hm... Entonces es verdad que estos dos vienen por aquí a menudo» pensó la joven.
—Agatha —oyó que Sam la llamaba desde la barra.
La anciana, con sus ojos siempre cerrados, se acercó entonces con los dos niños hacia él, poniéndose junto a Cleven.
—Hola, Samuel, querido —lo saludó—. Os dejo aquí a estos dos, que yo tengo que hacer recados, tengo prisa. ¿Está bien?
—Sin problema, como siempre.
Cleven siguió a la anciana con la mirada y la vio andar palpando un poco el suelo con el bastón, luego la puerta con la mano hasta que agarró el pomo, y se fue. «¡Oh! ¿Es ciega?».
—¡Señora chica mayor! —la sorprendió Clover.
Bajó la cabeza para mirarla. «Qué pequeñita es...» babeó, y al ver que la niña alzaba los brazos hacia ella pegando saltitos, comprendió que quería que la cogiese, y lo hizo al instante.
—Clover, ¿cómo te va? —le preguntó, apretujándola entre sus brazos como si fuese un oso de peluche.
—Oye, tú —intervino Daisuke, dándole tirones en el jersey y Cleven le clavó una mirada de mosqueo—. Esto es muy raro, siempre nos encontramos contigo.
—¿Y qué? —replicó con una mueca de pocos amigos.
—No tenemos dinero, que lo sepas —contestó con la misma mueca.
—¿¡Me ves cara de choriza o qué!? —saltó ella, lanzándole chispas.
Pero Daisuke ni se inmutó, la miró con su cara de “me caes gorda” que siempre le mostraba a todo el mundo, hasta que trepó por el taburete de al lado y se sentó.
—Sam, quiero pasteles —le ordenó el niño.
Sam lo observó sin hacer nada durante unos segundos, totalmente indiferente.
—Pues ve a pedírselos a Kain —contestó entonces.
Cleven se sintió algo incómoda al verlos ahí, mirándose el uno al otro en silencio, sin hacer nada. «¿Qué hacen?» se preguntó. Finalmente, el niño se bajó del taburete y se fue hacia la sección de pastelería, donde estaba Kain. Entonces Cleven miró a Sam, el cual estaba preparando algo detrás de la barra, hasta que sacó un plato con un pastelito y se lo tendió a Clover.
—¡Gracias! —sonrió la pequeña felizmente, dando saltitos sobre el regazo de Cleven.
—Esto... —musitó Cleven, confusa—. Conoces a estos dos, ¿no?
—Claro, vienen por aquí casi siempre —contestó Sam.
—Deduzco que a juzgar por lo que acabas de hacer, Dai no te cae bien y lo has mandado lejos aposta, y en cambio Clover te cae bien y ya le tenías un pastelito preparado.
—Deduces bien —se encogió de hombros, pasivo—. Me gusta cuando los clientes piden las cosas de forma clara y directa. Pero siempre que sea con respeto. A Daisuke le falta aprender un poco de eso.
Cleven se rio. Observó cómo el grandullón de Kain cogía en brazos a Daisuke y jugaba con él. El niño parecía estar encantado. «Dai es un niño muy gruñón, además de bruto, bruto como Kain. Por eso se llevan bien» caviló, mientras se terminaba lo que le quedaba de batido y le acariciaba el pelo a Clover, que estaba disfrutando con su pastel. «Y Clover es más simpática y dulce. Me pregunto qué tipo de personitas serán en realidad, si de esas que se muestran por fuera como son por dentro, o de esas que se muestran por fuera de una forma y por dentro son de otra diferente. Hmm… ¿Cómo serán sus padres?».
—Oye, Sam —lo llamó—. Dime, ¿estos niños están siempre con esa anciana?
—Casi siempre. Cuando nadie puede hacerse cargo de ellos nos los aparcan aquí hasta que se los llevan a casa.
—Nuestro papá es un hombre muy bueno —intervino Clover con la boca llena, mirando a Cleven tan contenta—. Trabaja mucho últimamente y por eso Agatha tiene que encargarse de nosotros cuando papá no puede. Yo le quiero mucho. ¿Tú quieres a tu papá?
—Ehe… mm… —titubeó Cleven; esa pregunta la había pillado por sorpresa, y pasó de responder.
Pensó, pues, en cómo debía de ser el padre de los mellizos. Se lo imaginó como un buen hombre responsable. Debía de ser muy paciente y quererlos mucho. Se preguntó entonces por qué su padre no podría haber hecho igual con ella y sus hermanos, en vez de acoplar a Hana en sus vidas. Para Cleven, Hana sobraba. ¿Para qué la necesitaban? Pero claro, Cleven no sabía que en realidad era Hana quien los necesitaba a ellos.
De repente Clover saltó de sus rodillas después de haberse comido su pastel y se fue a reunirse con su hermano rápidamente, para luego ir con él hacia donde estaban Yako y Raijin. Al acercarse a la mesa donde estaban sentados, vio que Yako los saludaba alegremente y les revolvía el pelo con cariño. Raijin, por el contrario, los miraba severamente.
Cleven se acordó entonces de que a Raijin no le gustaban los niños pequeños, por lo que no le sorprendió ver que, a los pocos segundos, Raijin les hacía un gesto con la mano, ordenándoles que se fueran y dejasen de molestar. «Qué chico, mira que tratar así a los niños pequeños…» pensó la joven con desaprobación, «Los mellizos sólo querían saludar a Yako y va el otro y los echa».
Vio que Clover obedecía a la orden de Raijin y se iba con Kain, y Daisuke, por otra parte, siguió ahí, cruzándose de brazos y diciéndole algo a Raijin con malas pulgas. «Eso, Dai, plántale cara, se lo merece» pensó Cleven, que ya era consciente de que Daisuke era un niño capaz de replicar a cualquier persona.
Vio que Raijin se inclinaba hacia el niño con la misma cara de malas pulgas, seguramente amenazándole para que se fuese, mientras Yako hacía gestos para tranquilizar a su amigo. Finalmente, Daisuke le sacó la lengua a Raijin y volvió con Kain y su hermana.
—Me saca de quicio la manera en que Raijin trata a los niños —comentó Cleven—. Ayer se nos acercó uno a la mesa mientras comíamos, y no hizo otra cosa que asustarlo.
—Alguien tiene que poner orden. Y Yako es muy blando —le explicó Sam tranquilamente, que seguía con la cabeza apoyada en un brazo sobre la barra, a su lado—. Esos mellizos han creado ya varios alborotos por aquí. Como no pueden salir a la calle hasta que los recojan, si se aburren se dedican a molestar a los clientes o a jugar, corriendo entre las mesas y armando escándalo. A Kain esto le importa un pito, de hecho, le divierte. MJ pasa de hacer de niñera, al igual que yo. Y Yako les consiente demasiado, no tiene el carácter necesario para enfadarse con ellos. Afortunadamente, Raijin también viene mucho por aquí, y cuando los mellizos están liándola en el local, él es el único que les para los pies y les regaña, como debe ser.
—¿Por qué? ¿Acaso Raijin se ha autoproclamado policía del buen comportamiento del Ya-Koffee?
—Algo así. Aparte de eso, también es su responsabilidad, al fin y al cabo.
—Que él se responsabilice de poner orden aquí con los niños que se portan mal no significa que sea su responsabilidad. Seguro que solamente lo hace porque Yako es su mejor amigo y lo ayuda a que este local no sufra problemas —farfulló de mala gana, pero luego le cambió la cara—. Aunque debo decir que preocuparse así por su amigo lo hace más atractivo.
—Eres una chica muy observadora —le dijo con cierta curiosidad.
—Tú también eres muy observador.
—Es entretenido, ¿no crees?
—Para cuando estás una tarde tranquila tomando algo en una cafetería, está bien para pasar el tiempo.
Mientras tanto, en aquella mesa del rincón del local, Yako estaba frotándose la barbilla con una cara muy reflexiva, y Raijin esperaba tranquilamente, jugueteando con un cigarrillo sin encender entre los dedos.
—Vale, entiendo —dijo Yako finalmente, apoyando los codos sobre la mesa y mirando a su mejor amigo fijamente—. Kyo todavía no ha sido capturado por la MRS, y ha hecho una réplica del pergamino para tenderles una trampa, una trampa temporal, porque sabe que acabarán alcanzándolo en algún momento. Kyo pretende llegar al menos hasta Funabashi. Y, teniendo en cuenta la distancia a la que Kyo se encuentra de Funabashi, si ha estado donde Xaviero tiene la guarida, yendo a pie y teniendo que hacer desvíos y distracciones, calculas que ocurrirá mañana.
—Sí. Los cuervos de Sam nos avisarán del momento en que sea capturado. Será cuando Sam, tú y yo vayamos a su ubicación y pelearemos contra esos cuatro miembros de la MRS que están en Chiba, porque en algún momento comprobarán que el pergamino que Kyo les ha dado es falso. Intervendremos para evitar que lo vuelvan a perseguir.
—De esa forma, Kyo podrá seguir huyendo de regreso a Tokio sin más perseguidores y con el pergamino auténtico a salvo. Pero, entonces, le queda cruzar los ríos.
—El río Edo y luego el río Ara —asintió Raijin—. Los otros cinco miembros de la MRS, hay probabilidades de que estén vigilando varios puentes de uno o de otro, esperando impedir que Kyo cruce alguno de ellos. Kyo no tiene más remedio que volver a Tokio pasando por alguno de esos puentes. Él no puede desplazarse por el agua. Ni por aire. Ni puede correr a la velocidad de la luz.
—Así que necesitamos que Drasik y Nakuru nos puedan confirmar cuanto antes dónde están esos cinco miembros exactamente, y qué elementos son —concluyó Yako, y se quedó mirando la mesa un momento—. Si nosotros estamos peleando con los otros cuatro en Funabashi, ¿qué quieres hacer con los otros cinco, para quitárselos a Kyo del camino? Drasik y Nakuru no podrán con todos ellos.
—Drasik y Nakuru no pelearán con ellos.
—Madre mía… vas a hacer que Drasik te odie el triple —suspiró Yako.
—Me da igual —gruñó Raijin—. No está en su mejor estado de humor. Aún está procesando la muerte y la ausencia de Yousuke, y tener ahora a Kyosuke convertido en iris ocupando simbólicamente el lugar de su gemelo es algo que Drasik está asimilando todavía.
—Bueno… nosotros un poco también —murmuró Yako con un tono apenado.
—Sabes que no es lo mismo. Drasik es el único de nosotros que padece la enfermedad del majin. Le cuesta dominar y equilibrar sus emociones más que a nosotros.
—Hace mucho que no tiene un brote grave.
—Y yo pretendo que así siga siendo —insistió Raijin—. No quiero agravarlo. Y menos por culpa de un estúpido duelo contra la MRS.
Yako no pudo evitar mostrar una agridulce sonrisa hacia su amigo. Raijin no hacía su trabajo de Guardián de cuidar constantemente de todos los demás sólo porque fuese su cargo. Él era así, de manera natural.
—Así que, quiero pedirle ayuda a la SRS —continuó explicando el rubio—. Para que se encarguen de esos otros cinco miembros. Y así Kyo tenga por fin todo el camino despejado hasta su casa.
—¿Crees que la SRS aceptará tu petición? El tiempo de un iris es un tiempo valioso, y más para hacer favores. ¿Cuánto les vas a ofrecer?
—Estamos pelados.
—¿¡Q…!? —brincó Yako sobre su asiento, perplejo—. ¡Aún no hemos acabado el mes!
—Eh, que tampoco estamos para tirar cohetes —protestó Raijin—. Ya no tenemos tantas misiones importantes como cuando teníamos a nuestro Líder y a nuestros otros compañeros. —Hizo una pausa, se quedó un rato mirando a otro lado, como si estuviera pensando en ello. Yako casi pudo ver un brillo triste en sus ojos—. Así que la Asociación ya no nos paga tanto como antes.
—¡Joder, Raijin, ¿por qué no me lo has dicho?! ¡Yo te doy el dinero que haga falta!
—No. Por milésima vez, Yako. Organizar las misiones, las tareas de cada uno, conseguir los recursos, gestionar nuestro presupuesto de la KRS… es mi responsabilidad, mi deber, no el tuyo. El dinero que ganamos en nuestros trabajos humanos no debe mezclarse con el que ganamos en la Asociación.
—Mmm no estaba hablando del dinero que gano con la cafetería… —murmuró Yako disimuladamente, acicalándose un poco el pelo y mirando para otro lado.
—Yako. No puedes usar el patrimonio de tu familia para nuestra KRS.
—El patrimonio de mi familia sostiene a todos los iris del planeta, ¿por qué no voy a usar un extra para mi querida KRS?
—Porque sabes que eso no sería justo para el resto de RS del mundo y porque sabes que ese patrimonio no funciona así. ¿No dices siempre que quieres ser un iris normal igual al resto de iris del mundo, y un miembro normal más de la KRS igual a nosotros?
—Sííí… suelo decir eso… muchas veces —rezongó Yako con desgana, apoyando la barbilla en las manos.
—En fin. De todas formas, en realidad, a la SRS no hace falta pagarle nada. Tú y yo sabemos bien que la SRS haría cualquier cosa por nosotros sin nada a cambio, y viceversa.
—Tienes razón. Después de todo, es la RS que lideraban tus padres, y los que hay ahora en ella siempre han sido casi como nuestros hermanos. Lástima que nuestra actual situación en la KRS nos haya traído menos trabajo y con ello nos ha hecho distanciarnos más... —resopló Yako con pesar.
—Suerte que siempre podemos contar con ellos. Aceptarán este favor, seguro.
—Bueno, y… ¿qué es entonces lo que nosotros dos tenemos que hacer ahora? Dijiste que tenemos una pequeña tarea hoy tú y yo.
—Así es —explicó Raijin—. El problema de que miembros de la MRS puedan estar custodiando los accesos de Chiba a Tokio, es que la SRS no podrá quitarlos de ahí sin recurrir a un ataque, una pelea, a la vista de la gente, policías, cámaras… Jugamos con ese otro riesgo. Para la MRS es una ventaja. Están protegidos por el hecho de estar a la vista del público. Que Kyo pase por uno de los puentes y el iris de la MRS que lo vigila lo atrape ahí en medio de coches y peatones, solamente parecería una rencilla entre dos individuos. Kyo sabe que no puede defenderse de manera inhumana con tantos posibles testigos y no tendría escapatoria cuando ese miembro de la MRS se junte con los otros cuatro contra él. Le quitarían el pergamino en un segundo. Y aunque los miembros de la SRS se planten ahí donde esté cada miembro de la MRS, no pueden echarlos de ahí si no es a la fuerza, y eso llamaría la atención de la gente, o la policía.
—Hay que ahuyentarlos de ahí previamente —asintió Yako, entendiendo—. Si algo los ahuyenta de ahí, se moverán a zonas menos públicas, y en ellas es donde la SRS podrá enfrentarse a ellos con más seguridad e impedirles que regresen a custodiar los accesos a Tokio. Ahora, ¿cómo ahuyentarlos?
—Nada ahuyenta a los iris mejor que la presencia policial.
—¿Cómo hacemos eso?
—Kiyomaro.
—Ah… ¿el extraficante que la policía soltó de vuelta a las calles para usarlo de informante?
—Pero la policía no sabe que es también un informante de los iris —apuntó Raijin.
—Juega a dos bandas, entonces —desconfió Yako.
—Juega por su supervivencia. Está en deuda con los iris de Tokio cuando hace dos décadas le perdonaron la vida. No le caemos bien, pero la policía le cae aún peor. Sabe que si nos delata, nos traiciona o nos ataca, se le acaba la vida casi libre que está llevando ahora. O se le acaba la vida literalmente.
—Entonces, quieres encargarle a Kiyomaro que dé a la policía un falso aviso de una actividad criminal inminente en los accesos de Chiba a Tokio, para que la policía despliegue un bloqueo en ellos —comprendió Yako, y Raijin asintió—. Será suficiente para que la MRS se aleje, pero Kyo todavía tiene que cruzar uno de esos accesos para volver a casa.
—Para entonces, Kiyomaro le dirá a la policía que la supuesta operación criminal ha sido cancelada, o una falsa alarma, o se ha programado para otro lugar. La policía se larga y Kyo ya no tiene a nadie estorbando su entrada a Tokio —concluyó Raijin, cambiando de postura sobre su asiento, todavía con su cigarro y su mechero en la mano—. Bueno… ¿Qué te parece?
—Ah, me parece u-… —fue a responder Yako, pero de repente borró su sonrisa y miró a su amigo con ojos afilados—. Espera. ¿Por qué siento que me estás haciendo esa pregunta para buscar mi aprobación o permiso?
Raijin miró un momento para otro lado, encogiéndose de hombros, y luego volvió a mirar a Yako.
—No hagas eso —protestó Yako.
—¿Qué? —se defendió Raijin—. Eres superdotado. El plan te puede parecer ridículo. Tú puedes crear uno mil veces mejor en dos segundos.
—¡Hace unos minutos me estabas diciendo que cada uno tiene un cargo y tiene que ceñirse a él! —siguió quejándose—. Tú eres el Guardián de la KRS, y yo un rango medio como Sam, Nakuru y Drasik. Tú das las órdenes y yo las acato.
—Ugh… es tan jodidamente antinatural… —rezongó Raijin, apoyando la cabeza en las manos para frotarse la cara y e intentar despejarse de su cansancio habitual.
—No me vengas ahora con esas. El plan es perfecto para solucionar esta rencilla con los de la MRS.
—Es que siento que vamos a tomarnos muchas molestias por una tontería de asunto por culpa de unos idiotas como ellos. La SRS, la policía, Kiyomaro…
—¡Bobadas! ¡Nos vamos a divertir más así! —sonrió Yako.
—Lo cual me lleva a un última cuestión de precaución —volvió a recostarse contra el respaldo de su asiento—. Por mucho que digas, Yako, no podemos ignorar las posibles consecuencias de cada una de nuestras acciones. Tienes que ser honesto en esto. Esto no es atacar a una panda de delincuentes o criminales. Es atacar a otros iris, algo que no hemos tenido que hacer en muchos años, o al menos vernos implicados directamente. ¿Voy a meterte en un problema si te permito ir conmigo y con Sam a pelear contra los miembros de la MRS?
—¿Qué quieres decir?
—¿No habría una consecuencia grave si le haces daño a algún iris?
—Pero yo nunca le haría daño a ningún iris. ¡Eso sí sería antinatural para mí!
—¿Y qué crees que vamos a hacer con los de la MRS? ¿Sujetarlos de los brazos y sentarlos en el suelo para que no se muevan hasta que Kyo llegue a su casa? Sé realista, Yako. Van a pelear con todas sus fuerzas para ganar. Habrá que repartir golpes, partir alguna cara. Serás un iris igual que todos nosotros, pero es que también eres algo más, que puede acarrearte problemas normativos o éticos.
—Mmm… yaaa… —balbució Yako, mirando aburrido al techo—. Ya le pregunté a mi abuelo sobre ello una vez. No te preocupes, estoy sujeto a las mismas normas que vosotros. Puedo partir caras de otros iris cuando esté justificado por un duelo como este. Lo que no puedo hacer es excederme o causar lesiones permanentes, claro.
—Hm… —casi sonrió Raijin, cruzándose de brazos—. Creo que empiezo a sentir pena por la MRS. A lo mejor ni tenemos que usar los puños. Solamente con verte, podrían cagarse.
—Beh… —bufó, apoyando la barbilla en una mano—. A mí nadie me tiene miedo, Raijin. Todos saben que soy un ser de pura naturaleza buena de nacimiento, hasta procuro no pisar las hormigas cuando ando por la calle. Es instintivo.
—Yako… tienes la misma capacidad de ser la persona más amable del mundo como de ser la persona más letal del mundo.
—Heheh… Querer es poder, pero poder no siempre es querer —sonrió divertido.
—Puedes engañar a los demás con eso, pero no a mí.
—¡Engañar! —repitió escandalizado, mirándolo con sorpresa—. ¿¡Yo!? ¿¡A mis amigos y conocidos!? ¿No acabas de oírme decir que no piso las hormigas?
—No engañas a través de tus palabras o acciones, sino a través de lo que callas, de lo que no manifiestas.
—¿Qué no manifiesto?
—Tu ira. Rabia. Furia.
—No suelo tener de eso.
—Pero las pocas veces que lo tienes, te lo guardas dentro. Y me parece ridículamente irónico que yo le dé consejos psicológicos precisamente a alguien de tu especie, pero he crecido toda mi vida contigo, y veo esa mitad humana tuya, esa antigua y tozuda parte humana con la que naciste y que se convirtió en iris por una tragedia igual que los demás, lidiando con emociones normales igual que los demás. Ser iris es dominar tus emociones, estar por encima de ellas, gestionarlas con razón y lógica. Pero reprimirlas no es el equivalente de eso. Te lo he notado toda la vida, pero, sobre todo, en las épocas en que sufrimos desgracias, como en este último año tras la muerte de You. No pasa nada por que te enfades de vez en cuando, Yako. Sé que es muy difícil y conlleva mucho tiempo hacerte enfadar, pero tienes derecho a estarlo, a manifestarlo, cuando ya no puedes más.
—Hah… —suspiró alicaído, con la barbilla en una mano, y le quitó a su amigo el mechero para juguetear distraídamente con él—. Para ti es fácil decirlo, Raijin. Naciste directamente iris. Eres el único de este mundo que nunca nació humano, tu mente siempre tuvo la energía iris implantada. Nunca tuviste siquiera una parte humana previa. No puedes generar sentimientos naturales por ti mismo. Sólo sientes cuando alguien te contagia, o rara vez cuando tratas con personas muy importantes para ti, y, aun así, tu mente puramente iris puede sobreponerse en un segundo. Mi mitad iris también puede hacer eso perfectamente… pero… es la otra mitad la que no me lo pone tan fácil. Mi abuelo me lo advirtió ya de pequeño. Debo tener cuidado con lo que manifiesto al exterior. La verdad, prefiero reprimirme. Al final, es lo mejor para todos. Y yo existo, precisamente, para procurar lo mejor para todos.
Raijin no dijo nada, pero respiró hondo, y terminó asintiendo con la cabeza, comprendiendo el punto de vista de su amigo.
—Oye… ¿Y a Kiyomaro? —preguntó Yako entonces—. ¿No le vas a pagar por el servicio?
—Ese tarado me debe dinero desde hace tiempo, no pienso soltarle nada.
—¿Y si no acepta colaborar en esto?
—Yo me encargaré de que acepte. Como es un tipo muy escurridizo y el Gesshoku es muy grande, quiero que vengas a ayudarme a encontrarlo.
—Ah, la sofisticada y enorme discoteca cerca del puerto —sonrió Yako—. ¿Ves como al final sí nos divertimos con este plan?
—Vamos ahí por una misión, no por ocio.
—En tus veinte años jamás te he visto bailar… —murmuró Yako, observándolo con una cara muy intrigada y pensativa—. Sería digno de estudio en la Asociación ver a un iris tan único como tú expresarse creativamente con movimientos del cuerpo al azar con una mínima base rítmica.
—Voy a bailar claqué sobre tu cara como sigas hablando —le gruñó.
—¿Pero puedo grabarlo?
Raijin tuvo un tic en el ojo mientras le fulminaba con una silenciosa mirada de la mayor de las paciencias, y se levantó de la mesa para ponerse en marcha mientras Yako se reía, y lo estrujó en un abrazo.
—Qué ganas de salir con mi “hermanito” a una disco, ¿cuánto hace desde la última vez que salimos de marcha tú y yo?
—Que no vamos de marcha…
Yako le hizo una seña a Sam para indicarle que se iba y que se encargase con MJ y Kain del local, y el africano le asintió. Después le dedicó una alegre sonrisa a Cleven, la cual se la devolvió y se despidió de él con la mano. «¿Adónde irán esos dos?» se preguntó la joven, todavía sentada en la barra con un segundo batido de chocolate, entornando los ojos.
Raijin fue por delante, pasando entre las mesas para dirigirse a la salida, pero de pronto se tropezó con la silla que la pequeña Clover estaba arrastrando en ese momento por todo el local. Al parecer estaba jugando a algo con su hermano, que también estaba arrastrando una silla por todo el lugar, sobresaltando a los clientes de alrededor. Raijin chasqueó la lengua con fastidio.
—Mocosa, deja esa silla ahora mismo —le dijo a la pequeña con enfado—. ¡Y tú igual, mocoso! —le dijo a Daisuke.
Como ninguno de los dos niños hizo caso del rubio, Raijin no se quedó conforme y fue a por ellos. Yako, mientras tanto, esperó pacientemente en la puerta; era lo mismo de cada día, estaba acostumbrado.
—Dejad esas sillas. ¡Estáis molestando! —les gritó Raijin.
—¡No quiero! —refunfuñó Daisuke de mala gana.
—¡No me contestes, svarlivyy! —lo agarró de un brazo para apartarlo de la silla y luego hizo lo mismo con Clover—. Parad ahora mismo u os ganaréis un castigo.
Cleven ya había oído suficiente y, saltando del taburete, corrió hacia donde estaban y separó a los dos niños de Raijin, y se encaró con él.
—¡Déjalos!
—¿De qué vas tú, pipiola? —replicó Raijin, con la vena hinchada en la frente—. ¡No te metas!
—¿Crees que esta es manera de tratar a unos niños? ¿Quién te crees que eres para decirles que les vas a dar un castigo?
—¡Se merecen algo peor, créeme! ¡La última vez casi incendian el local!
—¡No es asunto tuyo lo que hagan estos dos niños! El castigo se lo tendría que dar su padre, no tú, que no pintas nada con ellos. ¡Déjalos en paz o te denuncio!
—¿¡Que me qué!? —rugió Raijin con una mueca tan ojiplática que hasta era graciosa.
Los dos ya habían llamado la atención de toda la gente que había en el local. MJ se acercó a Yako un momento, sin dejar de observar esa pelea con gran curiosidad.
—Yako, ¿está pasando esa cosa rara que a veces le pasa a Raijin?
—¿Que está manifestando un claro sentimiento de enfado porque esa chica se lo está contagiando? Sí.
—Jajaja... O sea, que él está enfadado porque ella está enfadada —se rio MJ—. Qué persona más rara es ese chico.
Yako se encogió de hombros. Pero cuando vio que la pelea de esos estaba disgustando demasiado a los clientes, se acercó a Raijin por detrás y le puso suavemente una mano en el hombro.
—Rai, tenemos trabajito, ¿recuerdas? —le dijo con voz cantarina.
Raijin le lanzó a Cleven una última mirada desafiante y se marchó con Yako del lugar. Cleven suspiró victoriosa mientras la gente volvía con lo suyo. Sam apareció a su lado.
—Qué odioso es —masculló Cleven—. Tranquilos, pequeñines, ese chico malo no volverá a molestaros por hoy.
—Pues menos mal, es un aguafiestas —refunfuñó Daisuke.
—Señora chica mayor… —murmuró Clover tímidamente—. No deberías haberle gritado.
—¿Cómo que no? —se sorprendió la joven, agachándose junto a ella—. ¿Es que no has visto lo malo que es?
—Pero es que… —titubeó—. Él no tiene malas intenciones…
—¡Oh, Dios mío! —sollozó Cleven, apretujando entre sus brazos a los dos niños—. ¡Os ha lavado el cerebro! ¡No tenéis por qué ocultar vuestro miedo hacia ese chico! ¡Tranquilos, él ya no está aquí, no puede oíros! ¡Oh, pobres niños, le tienen tanto miedo a Raijin que no se atreven a reconocer su maldad! Debéis de estar tan asustados... ¡Yo os protegeré de él, estad tranquilos! ¡Por Dios, qué tipo tan vil, tan malo, tan insensible…! ¡Pobres niños…!
Los dos pequeños miraron a Sam, que estaba aguardando detrás de la chica, con una cara de extrema confusión. No comprendían por qué Cleven estaba diciendo eso. Sam selló sus labios con el dedo índice para indicarles que no dijeran nada y le siguiesen la corriente a la joven, con el fin de no complicar más la situación. Así que ambos niños se encogieron de hombros y le dieron palmaditas en la espalda a Cleven para consolarla, aún sin entender por qué lloraba tan escandalosamente.
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