2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __
Yako se había puesto en guardia ante la repentina feroz amenaza, pero se mostró autoritario y firme, casi de manera instintiva, y el tigre, al ver sus dos poderosos ojos de luz dorada, retrocedió dos pasos con cautela. Entonces, los ojos de Yako se apagaron, mostrando su rostro pensativo y sorprendido.
—Sahab? —lo llamó.
El tigre abandonó su postura alerta en un instante y le dio un lametón a Yako con su áspera lengua gigante, de modo que lo tiró al suelo a dos metros de distancia.
—¡Hahaha! ¿¡Qué!? —se rio Yako, dejando que el enorme animal le diera amistosos empujones con su gran hocico—. ¡No me lo puedo creer! ¡Sahab! ¡Sigues vivo! —celebró, hablándole en árabe y acariciando sus mofletes.
Hace treinta años, Sahab sólo era un cachorro de tigre que quedó huérfano con su hermana, una tigresa que sí tenía el pelaje habitual naranja con rayas negras. Ambos cachorros moribundos fueron rescatados por el padre de Yako cuando era niño e hizo su primera expedición Zou en el mundo exterior, en el sureste de China. Se los trajo al Monte Zou, los alimentó y los crio hasta su edad adulta. Por esa razón, tenían un poco más de inteligencia que los tigres comunes, estaban amaestrados para reconocer a iris y a humanos y jamás atacar a las personas, a no ser que una persona tratara de atacarlos a ellos o matarlos. Si se encaraban con alguien como Sahab acababa de hacer con Yako, era solamente para asustar y alejar al intruso que en ese momento no querían tener cerca. Y podían entender algunas palabras en árabe, ya que Yeilang, el padre de Yako, los crio hablándoles en este idioma y les puso nombres del mismo: sahab, que significaba “nube”, ya que tenía un pelaje blanco y bastante difuminado alrededor de la cabeza, y su hermana suhara, que significaba “magma” por su color naranja intenso.
Nunca se supo con exactitud cómo Sahab y Suhara se convirtieron en tigres gigantes, pero la teoría más aceptada es que la energía Yang suprema de Yeilang pudo afectarles durante su crecimiento, o en las medicinas que fabricó él mismo con plantas y sustancias químicas naturales y que les inyectó en la sangre para revivirlos cuando eran cachorros al borde de la muerte. Quizá también explicaba su longevidad, ya que los tigres no solían vivir más de 15 años.
Lo que sí tenían era una baja fertilidad. Siguiendo su instinto, ambos tigres se habían unido varias veces, pero en tres décadas sólo habían tenido una camada de tres cachorros de pelaje naranja blanquecino el mismo año que nació Yako, y Yako creció sus primeros años jugando con ellos en el bosque hasta que su padre murió y se fue a vivir a Tokio, aunque los había visto más veces en sus esporádicas visitas al Monte, a pesar de que los tres descendientes de Sahab y Suhara se habían instalado en territorios algo lejanos. Y a diferencia de sus progenitores, estos tres hijos no habían alcanzado el tamaño de sus padres, si bien seguían siendo bastante más grandes de lo normal.
Sahab emitió unos leves rugidos y movió la cabeza a un lado un par de veces.
—¿Eh? —preguntó Yako. El tigre repitió esos sonidos y ese gesto—. Eh… Lo siento, Sahab, yo no puedo entenderte tan bien como hace Alvion, o como hacía mi padre. O como haría un iris Dobutsu. Yo no domino esa habilidad… al menos no conscientemente.
El tigre repitió lo mismo por tercera vez, parecía insistente, por lo que Yako intentó esforzarse para salir al menos un momento de su zona de confort donde sólo se limitaba a dominar el elemento de su iris planta.
—Ahm… ¿“Crías”? —preguntó Yako, creyendo entender un poco. El tigre repitió—. Espera… ¿¡Suhara y tú habéis tenido crías nuevas!? —brincó perplejo, y tocó su hocico para indicarle que se refería a él, pero Sahab sacudió la cabeza, y repitió el mensaje—. Ahm… crías… ¿“crías tienen crías”? ¡Ah! —logró entender por fin—. ¿¡En serio!? ¿Uno o varios de tus descendientes ha tenido sus propias crías? Aaah… por eso intentabas asustarme antes, estás protegiendo el territorio. Así que tienes nietos por este cuadrante del bosque, ¿eh?
Sahab le pegó otro lametón que lo derribó al suelo de nuevo. Yako se quejó por el golpe, pero volvió a reírse y a rascar el morro del animal.
—No te molesto más, entonces. Pero tengo que cruzar por este tramo, que me acorta el camino. ¿Me dejas?
No estaba seguro de cuántas palabras podía entender Sahab, pero al parecer el tigre entendió la petición de otra forma, e invitó a Yako a subirse sobre él para llevarlo él mismo lejos del territorio donde no quería presencia de otros animales o personas. Caminó a su alrededor frotando el lateral de su inmensa cabeza contra su cuerpo. Yako entendió enseguida, pues montar sobre Sahab o sobre Suhara había sido una práctica normal para él, para su padre e incluso para Alvion desde que adquirieron tamaño suficiente. Ni Yako, ni su padre ni su abuelo les habían pedido jamás a ambos tigres montar sobre ellos, siempre que los habían montado había sido porque los propios tigres los habían invitado a hacerlo. Curiosamente, ninguno de los dos había permitido jamás que los montase ninguna otra persona, ni siquiera iris Dobutsu. Al parecer, solamente se lo permitían a los Zou.
Yako se agarró al denso pelaje bajo sus orejas y escaló hasta sentarse sobre su cuello, sujetándose bien. Entonces, Sahab dio un salto de veinte metros para cruzar un tramo pedregoso y siguió corriendo por el bosque, haciendo temblar un poco el suelo.
Yako echó de menos esto. Ver a Sahab o a Suhara siempre le recordaba a su padre, los escasos tres años que pudo llegar a vivir con él le dejaron sin embargo miles de recuerdos. Y esto, una vez más, le trajo de vuelta esa apatía, ese malestar. Esa inmensa rabia que llevaba conteniendo 18 años.
Cuando llegaron a la zona donde flotaban las extraordinarias Nubes Rocosas violando inexplicablemente la ley de la gravedad desde hace más de tres siglos, Sahab se paró al llegar al borde de uno de los colosales hoyos que una Nube Rocosa había dejado ahí. Podía seguir recorriéndolo yendo pendiente abajo, pero Yako se dio cuenta de que el animal estaba mirando fijamente hacia arriba y tenía las orejas echadas hacia atrás.
Como habían salido de la espesura de los árboles, volvían a tener una vista despejada del paisaje y del cielo estrellado. Entonces, Yako encontró la razón por la que Sahab se había detenido y se había puesto tenso. Allá arriba, a unos 150 metros de distancia, flotaba uno de los trozos de tierra desprendidos del suelo, unido a otros cercanos mediante puentes y raíces colgantes. Sobre él, destacaba a simple vista el intenso color blanco de una criatura humanoide que medía tres metros. Su piel era del más puro, opaco y denso color blanco que existía y emitía algo de luz, pero además tenía una serie de finas líneas negras dibujando formas o patrones en su cuerpo, como si fueran tatuajes, pero no lo eran, eran trazos de luz negra.
Este alto ser imitaba el cuerpo humano de una mujer. Tenía pechos y una figura femenina, y un cabello blanco algo largo, liso, de corte recto, recogido por arriba con un adorno dorado. Sus ojos también eran blancos enteros, y vestía con unas prendas blancas que igualmente estaban hechas de energía, no de tela, imitando como velos vaporosos las prendas humanas características de los nativos de América. Sin embargo, su cuerpo perfecto carecía de ombligo, de pezones y de uñas.
Frente a ella, estaba el anciano Alvion, con su característica melena larga y blanca, y su elegante vestimenta de kimono verde oscuro con bordados dorados y capa.
—Ah… son Alvion y la diosa Yero —dijo Yako, aburrido, apoyándose con desgana sobre sus brazos, encima de la cabeza del tigre, el cual emitió un gruñido—. Lo sé, a mí tampoco me caen bien los dioses, por mucho Yang que tengan varios de ellos. —El animal emitió otros sonidos, haciendo un ademán con el cuerpo—. ¿Eh? No, tranquilo, no hay que ir a proteger a Alvion, no está en peligro. De lo único de lo que el abuelo estará siendo víctima ahora, será de la soberbia y la condescendencia de esa diosa, diciéndole cómo debe hacer las cosas y dirigir la Asociación y proteger este falso equilibrio. ¿Sabes qué? Podrían por una vez decirle si han conseguido averiguar alguna pista sobre quién mató a papá. Pero no. No es “una materia que les importe”.
Sahab empezó a gruñir un poco, a mover la cabeza bruscamente, de repente parecía incómodo. Yako se vio obligado a bajarse de él, que era lo que parecía pretender el animal.
—Hey, tranquilo, ya me bajo. ¿Te has cansado de mi peso? —le preguntó, pero entonces Sahab lo miró de frente, con ojos molestos—. Eh… ¿qué? ¿Mi “energía”? ¿Mi energía te está incomodando? ¿Qué quieres decir? Sólo tengo Yang. —El tigre enseñó sus enormes colmillos retrayendo el hocico por un momento y expresó otro gruñido—. ¿Mi… “odio”? —murmuró Yako con sorpresa, pero no lograba comprender—. No sé a qué te refieres con eso, Sahab. Yo estoy bien, me siento calmado, y contento de haber paseado contigo una vez más. —Sahab tardó un poco en reaccionar, pero finalmente acercó su cabeza a él como un gesto afectivo, y dejó que Yako lo acariciara con los dos brazos enteros—. No pasa nada, ya me has ahorrado varios kilómetros. Gracias por llevarme. Vuelve con tu familia, cuídala bien. Espero verte de nuevo.
El inmenso félido se marchó de vuelta a su territorio. Cuando Yako volvió a mirar hacia aquella Nube Rocosa en el cielo, Alvion y la diosa del Yang ya habían desaparecido. Se quedó un poco extrañado. «¿Desde cuándo el abuelo se reúne con los dioses en un lugar tan recóndito y apartado como ese y no en el templo como siempre han hecho? ¿Por qué vendrían hasta una Nube Rocosa para charlar, tan alejados del resto? ¿Y de que estarían hablando? ¿Quizá la diosa Yero quería comprobar el estado de la antigravedad de las Nubes Rocosas? Bueno, ¿y por qué me hago estas preguntas?» pensó molesto, «No me importan estos temas entre Alvion y los dioses. Yo he venido aquí a dejar una información y ya está».
No se daba cuenta, pero su mal humor no hacía más que aumentar. Y su agobio, su frustración, su impaciencia. Supuso que Alvion ya se había marchado volando de regreso al templo.
Siguió cruzando el bosque, corriendo y saltando con su velocidad iris. Al llegar al cuadrante final, donde se encontraba el siguiente precipicio que ya descendía hacia el gran valle y el colosal Puente Blanco, pasó por un robledal. Se apoyó en el tronco de un roble inclinado para pasar por sus entrelazadas raíces salientes. No obstante, nada más rozar el tronco con su mano, el roble empezó a adoptar un tono grisáceo y paupérrimo. Sorprendido, miró hacia arriba y vio cómo las ramas decaían un poco, y las hojas, marchitándose a gran velocidad, acababan cayendo, dejándolo desnudo. Quitó la mano del tronco al instante, desconcertado. El roble quedó medio podrido. Tuvo un presentimiento, y le dio por mirar a sus espaldas. Para su horror, numerosas plantas, flores y árboles con los que se había cruzado en su camino estaban marchitos también.
Antes de que pudiera preguntarse nada, oyó un fuerte crujido por encima de su cabeza y una voz gritando, y de repente le cayó una niña entre sus brazos. Debía de tener algo más de 10 años, era de piel negra, e iba vestida con el traje reglamentario de los iris filiz –los que ya dominaban un elemento–, el cual combinaba prendas mayoritariamente blancas y algunas negras. Tanto el fajín de su cintura como la luz de su ojo derecho –era zurda– eran de color verde oscuro. Cuando alzó la vista hacia quien la sostenía, murmuró una larga exclamación de asombro, quedando prendada de su rostro de divinas facciones.
—Hola —sonrió Yako.
—Oh… Sé o ní òrèbìnrin kan? —le preguntó la chica en su idioma, todavía embelesada. (= ¿Tienes novia?)
—Aeh… —le chocó la repentina pregunta.
—¡La localicé! —se oyó la voz en inglés de un hombre acercándose, y apareció un nuevo iris, quizá de 40 años, de piel oscura como la de la niña y vistiendo el traje con el fajín de color verde claro.
Yako dejó a la chica en el suelo y vio que además de aquel iris Shokubutsu novato venían otros dos hombres bien conocidos. Reconoció enseguida al pálido monje Knive con su sombrero de copa y los discos de plata decorándolo, y con sus ropajes negros y elegantes que recordaban a la aristocracia europea antigua. Junto a él, venía un hombre más joven, de treinta y tantos, alto y delgado, con una larga melena castaña un poco enmarañada, algo de barba y ojos oscuros risueños, quien también vestía con el fajín verde claro. Pero su traje iris era el propio de un iris ya oficial, ya que se trataba del iris Shokubutsu de la SRS de Pipi; se trataba precisamente de Yagami.
—¡Yako! No me lo creo… ¿Tú por aquí? —lo saludó este felizmente.
—Mi Señor —sonrió monk Knive, haciéndole una cortés reverencia.
Yako suspiró. Preferiría que monk Knive ni lo llamase así ni tuviese esos formalismos con él –aunque la formalidad del monje Knive venía implícita en su forma de ser–, pero todos los monjes se empeñaban en hacerlo, igual que los Guardianes como Nessie.
—Hola, Viggo —saludó al monje gótico con sombrero de copa, y luego miró al hombre de las melenas largas—. Yagami, justo antes me he cruzado con tu hermanastra Nessie.
—Ah… ¿Está guardando la entrada del este? Suele guardar siempre las del sur y sureste.
—Parece que le está enseñando el oficio a su nuevo marido. El acceso del este del Sendero Rojo es el que más usa la gente.
—¡Aah! Sí, Kamal, un chico muy majo. Un poco brusco —se rio Yagami.
—Sí, un poco —sonrió Yako, frotándose la nuca por el golpe de antes—. Me ha comentado Nessie que llevas varios días aquí haciendo un trabajo de investigación. ¿Te queda mucho?
—No. Necesito quizá un par de días más, pero creo que ya estoy cerca de lo que necesito —suspiró Yagami—. Aunque al menos así he podido visitar a los Crosbie. Hoy he estado toda la tarde con mis hermanastros Dallas, Hallie, Kinnon, Bonnie y Ferris celebrando el cumpleaños de un primo. Y Effie me ha llamado desde Tokio para gritarme que no es justo y que le doy envidia. No pude participar en el rescate de Kyo, que por cierto, me alegro de que se solucionara con vuestra victoria. ¿Te enfrentaste a Akira? Será un idiota, pero tiene buenos trucos.
—Sí, ya me fijé —contestó Yako—. Intentó ahorcarme con tallos de portulacaria, pero él es más de plantas acuáticas, no se le veía muy cómodo en aquel terreno.
—¡Ooh! ¡Hablando de planta acuática...! —exclamó Yagami de repente muy emocionado, sobresaltando a todos los demás, y se puso a rebuscar en sus bolsillos—. ¡Vas a alucinar, Yako! No te lo vas a creer. He sido bendecido con el hallazgo de... —sacó entonces del bolsillo, alzándola en alto, la figurita de una flor de loto preciosamente tallada en madera—... ¡una Flor de Juno!
—¿¡Qué dices!? ¿¡Sí!? —celebró Yako—. ¡Guau! Hacía mucho tiempo que nadie encontraba otra. ¡Enhorabuena!
—Kini yen? —le preguntó la niña a su compañero en voz baja. (= ¿Qué es eso?)
—Àh-àh! Sé o kò gbó àrò tó n lo káàkiri? —le dijo Yako a la joven con énfasis, levantando un dedo. (= ¿Cómo? ¿No has oído el rumor que circula por ahí?)
—¡Ahh! —la niña dio un respingo de desconcierto—. ¿¡Hablas yoruba!?
—¡Por supuesto! —sonrió Yako—. Una de mis antepasadas era de Nigeria. Tú también eres de allí, ¿a que sí?
—Eres demasiado blanco para tener sangre negra —apuntó ella, confusa.
—Tengo sangre de unas quince razas humanas —se rio Yako.
—Entonces entendiste la pregunta que te hice antes, ¿verdad? Si no tienes novia, yo estoy disponible —se cruzó de brazos, esperando una respuesta oficial.
—Tengo algo mejor que darte que una inadecuada e ilegal relación pedófila —esquivó Yako la proposición de la muchacha, sin abandonar ese entusiasmo, señalando lo que Yagami sostenía en la mano—. El misterio de las Flores de Juno. Circula un rumor desde hace años, que por todo el templo y por la Ciudadela se ocultaron 150 de estas figuritas de madera. Pueden estar en cualquier parte, en cualquier rincón, grieta o agujero, bajo una piedra, entre unos libros, dentro de algún cajón, sobre algún tejado... En todo este tiempo sólo 51 han sido encontradas.
—Oooh... ¿Y qué pasa si encuentras una? —se asombró la niña, igual que su otro compañero iris.
—Que te llevas un regalo muy especial —continuó explicándoles Yagami—. Veréis. La joven doncella Juno vivía feliz en el templo. Quería siempre hacer de todo, bailar, correr, cocinar, jugar, leer, dibujar, ayudar a todo el mundo, explorar estas tierras... Se dice que tenía un deseo profundo en su corazón, traer regalos y diversión a todo el mundo, para que no olvidaran que la vida no sólo era lucha, crimen y peligro, porque ella, de pequeña, tuvo una trágica infancia. Pero un Zou la rescató, y la trajo aquí, y ambos acabaron enamorándose perdidamente el uno del otro, y tuvieron un hijo. Sin embargo, la joven Juno empezó un día a ponerse muy enferma. Ya no podía correr, bailar, divertirse... Pero ella jamás expresó tristeza. Su deseo seguía ahí. Y durante los últimos meses que pasó en cama hasta su último aliento, talló 150 figuritas de madera. Cada una de ellas es una flor diferente. Y dentro de cada una de ellas, su amado Zou colocó una semilla diferente, destinada a plantarse, cuidarse y convertirse en una planta de frutos comestibles que dicen ser los más deliciosos del mundo. Nunca sabes qué tipo de flor encontrarás y qué tipo de semilla encierra y el tipo de fruto que te dará. Es un misterio, hasta que lo siembras y lo ves crecer.
—¡Oooh! ¡Yo quiero uno! ¡Yo quiero uno! —saltó la muchacha.
—Cuidado con obcecarte —le advirtió Yagami—. Muchos se han obsesionado con buscar las Flores de Juno con demasiado interés, planificando, buscando posibles mapas o trazándolos, examinando lugares, usando técnicas y recursos... pero nadie ha encontrado jamás una de ellas con esa actitud. Dice el rumor que la Flor de Juno te encuentra a ti, precisamente cuando menos te lo esperas. Por eso, la sorpresa que sientes es más especial.
—¿Has abierto ya tu flor y has averiguado qué frutos te dará la semilla?
—Nop. Pero no te puedes imaginar las ganas que tengo de averiguarlo. Nada más volver a mi casa, plantar la semilla será lo segundo que haré. Lo primero será besar a mi mujer, claro —sonrió Yagami, pero luego miró a Yako—. Bueno, aunque... De hecho... Ya que estás aquí, Yako... Prefiero preguntártelo. Me hace ilusión tenerla, pero me complacería mucho más dártela a ti si la deseas. Por favor, no seas amable, sé sincero. ¿Te haría feliz quedártela?
Yako lo miró sorprendido un momento. Pero luego dibujó una cálida sonrisa, llena de regocijo por la admirable bondad y generosidad de Yagami.
—No.
—¿Estás seguro? Es algo creado por tu padre y tu madre.
—Yo ya encontré una flor cuando era pequeño. La encontré justo el día en que me marché del templo para mudarme a Tokio definitivamente. Resulta que había estado 8 años debajo de la cama de mi cuarto. La encontré mientras hacía las maletas y recogía todo. De casualidad. Y por eso, cuando en un principio me iba a ir del templo lleno de rabia, enfado, tristeza... la sorpresa del hallazgo calmó la tormenta de mi interior. Me fui, pero me fui con paz. —Yagami hizo un gesto comprensivo—. Por eso, no, no me haría feliz quedarme tu flor, me haría feliz que te la quedes tú y disfrutes su sorpresa, como mi madre quería, sin importar quién la encontrara.
Yagami, entendiendo sus palabras, se llevó la flor al pecho, atesorándola, y la guardó de nuevo en el bolsillo de su pantalón. Yako entonces se dio cuenta de que tanto la niña Dobutsu como el otro hombre Shokubutsu no paraban de mirarlo absortos y llenos de curiosidad, preguntándose quién demonios era, ya que no lo reconocían.
—Eh... Viggo, ¿estáis Yagami y tú haciendo algo con estos dos iris filiz? —quiso saber.
—Bueno… Sí —contestó el monje Knive, cerrando los ojos un momento—. Me hallo en medio de una instrucción con un grupo de iris Dobutsu y Shokubutsu, y Yagami me está echando una mano voluntaria.
—¿Instrucción? Pero… tú impartes autocontrol y técnicas mentales en las salas del templo aclimatadas para ello. ¿Estás probando algo nuevo aquí en el bosque?
Yako empezó a sentir una ligera preocupación cuando vio que tanto monk Knive como Yagami guardaban un silencio extraño. Yagami entonces se acercó al oído del Knive.
—Vas a tener que contárselo —le susurró, y seguidamente les hizo una seña a los otros dos iris—. Chicos, volvamos con el grupo, ya habéis descansado suficiente. Yako, ya nos vemos por ahí —se despidió.
—Eh… sí… hasta la próxima. Supongo —dijo Yako, más confuso que antes.
Cuando se quedaron solos, el monje Knive se acercó más a Yako. La expresión de su cara denotaba de todo menos buenas noticias, y aun así el gótico mantuvo una postura calmada.
—Ejem —carraspeó—. Veréis. Me estoy haciendo cargo de esta sesión de entrenamiento elemental con un grupo de iris Dobutsu y Shokubutsu…
—¿Qué? —le interrumpió sorprendido—. ¿Entrenamiento elemental? Ese tipo de entrenamiento sólo lo imparte Alvion.
—El caso es… que Alvion no se ha encontrado muy disponible hoy. Se ha levantado esta mañana un poco pachucho, y los demás monjes, como yo, le estamos sustituyendo en algunos entrenamientos elementales con ayuda voluntaria de algunos iris veteranos que, como Yagami, están aquí cumpliendo una visita o un recado.
—Oh, ya veo… —entendió finalmente, asintiendo más tranquilo—. ¿A qué venía tanto misterio, Viggo? Alvion ha tenido días pachuchos antes. ¿Por eso lo vi hace un rato tan escondido hablando con uno de los dioses sobre una de las Nubes Rocosas? ¿Estaba Yero regañándolo por cometer la osadía de tomarse hoy un descanso? Después de todo, eso es lo único por lo que se preocupan… explotarnos…
Monk Knive no dijo nada mientras Yako decía esas palabras de tonalidad desinteresada que, sin embargo, guardaba un intenso y profundo desdén en sus raíces, algo que el monje pudo observar cuando, al mirar a los pies de Yako, vio la hierba que lo rodeaba marchitándose poco a poco. Después se fijó en aquel roble de ahí al lado, seco y mustio, y más allá, un camino de algunas plantas marchitas también. Supuso que era el camino por el que Yako había venido.
—No pretendo ofender, Señor, pero me sorprende mucho veros a vos aquí —le dijo entonces.
—Heh… si te soy sincero, a mí también. Pero ha sido por fuerzas mayores. Tengo un pequeño recado que cumplir por parte de mi KRS, nada más.
—¿Puedo saber de qué se trata, mi joven Señor?
—Tengo que informar de algo importante a Alvion, de algo sobre Denzel.
—¡Oh, no! —exclamó el monje, y sus ojos marrones se tornaron preocupados—. ¿Le ha ocurrido algo?
—Tranquilo, él está bien.
Era normal que monk Knive se alarmase por una noticia así. Todos los monjes tenían a Denzel en alta estima porque él era el principal mentor de los monjes en las materias que instruían. De las materias que los monjes enseñaban, había diez troncales: las cien por cien prácticas, como Manejo de armas, Artes marciales, Espionaje y Terrenos, Ingenio y Recursos, y Manejo de vehículos; las semiteóricas como Química y Biología, y Tecnología e Informática; y las teóricas como Historia y Gobiernos, Mente y Autocontrol –especialidad de monk Knive– y Naturaleza humana vs iris.
Denzel era más que experto, no en todas, pero sí en muchas de estas asignaturas y era quien aportaba siglo tras siglo toda su sabiduría sobre ellas. Antaño él era quien enseñaba y entrenaba directamente a los monjes para que supieran entrenar y enseñar las mismas cosas a los iris, mientras los Zou reforzaban el entrenamiento de los elementos pero ya combinado con las materias prácticas y con las teóricas. Pero como con el tiempo la Asociación ya se fue consolidando y habituando más a un sistema cada vez más organizado y cada vez con más métodos mejorados, los monjes ya se encargaban de instruir a los futuros monjes. Aunque Denzel les hacía evaluaciones esporádicas por si hacía falta cambiar, mejorar o añadir algo.
Este solo era un tercio de todo el servicio que Denzel prestaba a la Asociación desde que se unió a ella. La otra parte que cumplía era la de recoger iris por todo el mundo con su teletransporte, y también, las Técnicas espaciotemporales de sus pergaminos, que sólo los Líderes de las RS podían ejecutar.
Yako se había puesto en guardia ante la repentina feroz amenaza, pero se mostró autoritario y firme, casi de manera instintiva, y el tigre, al ver sus dos poderosos ojos de luz dorada, retrocedió dos pasos con cautela. Entonces, los ojos de Yako se apagaron, mostrando su rostro pensativo y sorprendido.
—Sahab? —lo llamó.
El tigre abandonó su postura alerta en un instante y le dio un lametón a Yako con su áspera lengua gigante, de modo que lo tiró al suelo a dos metros de distancia.
—¡Hahaha! ¿¡Qué!? —se rio Yako, dejando que el enorme animal le diera amistosos empujones con su gran hocico—. ¡No me lo puedo creer! ¡Sahab! ¡Sigues vivo! —celebró, hablándole en árabe y acariciando sus mofletes.
Hace treinta años, Sahab sólo era un cachorro de tigre que quedó huérfano con su hermana, una tigresa que sí tenía el pelaje habitual naranja con rayas negras. Ambos cachorros moribundos fueron rescatados por el padre de Yako cuando era niño e hizo su primera expedición Zou en el mundo exterior, en el sureste de China. Se los trajo al Monte Zou, los alimentó y los crio hasta su edad adulta. Por esa razón, tenían un poco más de inteligencia que los tigres comunes, estaban amaestrados para reconocer a iris y a humanos y jamás atacar a las personas, a no ser que una persona tratara de atacarlos a ellos o matarlos. Si se encaraban con alguien como Sahab acababa de hacer con Yako, era solamente para asustar y alejar al intruso que en ese momento no querían tener cerca. Y podían entender algunas palabras en árabe, ya que Yeilang, el padre de Yako, los crio hablándoles en este idioma y les puso nombres del mismo: sahab, que significaba “nube”, ya que tenía un pelaje blanco y bastante difuminado alrededor de la cabeza, y su hermana suhara, que significaba “magma” por su color naranja intenso.
Nunca se supo con exactitud cómo Sahab y Suhara se convirtieron en tigres gigantes, pero la teoría más aceptada es que la energía Yang suprema de Yeilang pudo afectarles durante su crecimiento, o en las medicinas que fabricó él mismo con plantas y sustancias químicas naturales y que les inyectó en la sangre para revivirlos cuando eran cachorros al borde de la muerte. Quizá también explicaba su longevidad, ya que los tigres no solían vivir más de 15 años.
Lo que sí tenían era una baja fertilidad. Siguiendo su instinto, ambos tigres se habían unido varias veces, pero en tres décadas sólo habían tenido una camada de tres cachorros de pelaje naranja blanquecino el mismo año que nació Yako, y Yako creció sus primeros años jugando con ellos en el bosque hasta que su padre murió y se fue a vivir a Tokio, aunque los había visto más veces en sus esporádicas visitas al Monte, a pesar de que los tres descendientes de Sahab y Suhara se habían instalado en territorios algo lejanos. Y a diferencia de sus progenitores, estos tres hijos no habían alcanzado el tamaño de sus padres, si bien seguían siendo bastante más grandes de lo normal.
Sahab emitió unos leves rugidos y movió la cabeza a un lado un par de veces.
—¿Eh? —preguntó Yako. El tigre repitió esos sonidos y ese gesto—. Eh… Lo siento, Sahab, yo no puedo entenderte tan bien como hace Alvion, o como hacía mi padre. O como haría un iris Dobutsu. Yo no domino esa habilidad… al menos no conscientemente.
El tigre repitió lo mismo por tercera vez, parecía insistente, por lo que Yako intentó esforzarse para salir al menos un momento de su zona de confort donde sólo se limitaba a dominar el elemento de su iris planta.
—Ahm… ¿“Crías”? —preguntó Yako, creyendo entender un poco. El tigre repitió—. Espera… ¿¡Suhara y tú habéis tenido crías nuevas!? —brincó perplejo, y tocó su hocico para indicarle que se refería a él, pero Sahab sacudió la cabeza, y repitió el mensaje—. Ahm… crías… ¿“crías tienen crías”? ¡Ah! —logró entender por fin—. ¿¡En serio!? ¿Uno o varios de tus descendientes ha tenido sus propias crías? Aaah… por eso intentabas asustarme antes, estás protegiendo el territorio. Así que tienes nietos por este cuadrante del bosque, ¿eh?
Sahab le pegó otro lametón que lo derribó al suelo de nuevo. Yako se quejó por el golpe, pero volvió a reírse y a rascar el morro del animal.
—No te molesto más, entonces. Pero tengo que cruzar por este tramo, que me acorta el camino. ¿Me dejas?
No estaba seguro de cuántas palabras podía entender Sahab, pero al parecer el tigre entendió la petición de otra forma, e invitó a Yako a subirse sobre él para llevarlo él mismo lejos del territorio donde no quería presencia de otros animales o personas. Caminó a su alrededor frotando el lateral de su inmensa cabeza contra su cuerpo. Yako entendió enseguida, pues montar sobre Sahab o sobre Suhara había sido una práctica normal para él, para su padre e incluso para Alvion desde que adquirieron tamaño suficiente. Ni Yako, ni su padre ni su abuelo les habían pedido jamás a ambos tigres montar sobre ellos, siempre que los habían montado había sido porque los propios tigres los habían invitado a hacerlo. Curiosamente, ninguno de los dos había permitido jamás que los montase ninguna otra persona, ni siquiera iris Dobutsu. Al parecer, solamente se lo permitían a los Zou.
Yako se agarró al denso pelaje bajo sus orejas y escaló hasta sentarse sobre su cuello, sujetándose bien. Entonces, Sahab dio un salto de veinte metros para cruzar un tramo pedregoso y siguió corriendo por el bosque, haciendo temblar un poco el suelo.
Yako echó de menos esto. Ver a Sahab o a Suhara siempre le recordaba a su padre, los escasos tres años que pudo llegar a vivir con él le dejaron sin embargo miles de recuerdos. Y esto, una vez más, le trajo de vuelta esa apatía, ese malestar. Esa inmensa rabia que llevaba conteniendo 18 años.
Cuando llegaron a la zona donde flotaban las extraordinarias Nubes Rocosas violando inexplicablemente la ley de la gravedad desde hace más de tres siglos, Sahab se paró al llegar al borde de uno de los colosales hoyos que una Nube Rocosa había dejado ahí. Podía seguir recorriéndolo yendo pendiente abajo, pero Yako se dio cuenta de que el animal estaba mirando fijamente hacia arriba y tenía las orejas echadas hacia atrás.
Como habían salido de la espesura de los árboles, volvían a tener una vista despejada del paisaje y del cielo estrellado. Entonces, Yako encontró la razón por la que Sahab se había detenido y se había puesto tenso. Allá arriba, a unos 150 metros de distancia, flotaba uno de los trozos de tierra desprendidos del suelo, unido a otros cercanos mediante puentes y raíces colgantes. Sobre él, destacaba a simple vista el intenso color blanco de una criatura humanoide que medía tres metros. Su piel era del más puro, opaco y denso color blanco que existía y emitía algo de luz, pero además tenía una serie de finas líneas negras dibujando formas o patrones en su cuerpo, como si fueran tatuajes, pero no lo eran, eran trazos de luz negra.
Este alto ser imitaba el cuerpo humano de una mujer. Tenía pechos y una figura femenina, y un cabello blanco algo largo, liso, de corte recto, recogido por arriba con un adorno dorado. Sus ojos también eran blancos enteros, y vestía con unas prendas blancas que igualmente estaban hechas de energía, no de tela, imitando como velos vaporosos las prendas humanas características de los nativos de América. Sin embargo, su cuerpo perfecto carecía de ombligo, de pezones y de uñas.
Frente a ella, estaba el anciano Alvion, con su característica melena larga y blanca, y su elegante vestimenta de kimono verde oscuro con bordados dorados y capa.
—Ah… son Alvion y la diosa Yero —dijo Yako, aburrido, apoyándose con desgana sobre sus brazos, encima de la cabeza del tigre, el cual emitió un gruñido—. Lo sé, a mí tampoco me caen bien los dioses, por mucho Yang que tengan varios de ellos. —El animal emitió otros sonidos, haciendo un ademán con el cuerpo—. ¿Eh? No, tranquilo, no hay que ir a proteger a Alvion, no está en peligro. De lo único de lo que el abuelo estará siendo víctima ahora, será de la soberbia y la condescendencia de esa diosa, diciéndole cómo debe hacer las cosas y dirigir la Asociación y proteger este falso equilibrio. ¿Sabes qué? Podrían por una vez decirle si han conseguido averiguar alguna pista sobre quién mató a papá. Pero no. No es “una materia que les importe”.
Sahab empezó a gruñir un poco, a mover la cabeza bruscamente, de repente parecía incómodo. Yako se vio obligado a bajarse de él, que era lo que parecía pretender el animal.
—Hey, tranquilo, ya me bajo. ¿Te has cansado de mi peso? —le preguntó, pero entonces Sahab lo miró de frente, con ojos molestos—. Eh… ¿qué? ¿Mi “energía”? ¿Mi energía te está incomodando? ¿Qué quieres decir? Sólo tengo Yang. —El tigre enseñó sus enormes colmillos retrayendo el hocico por un momento y expresó otro gruñido—. ¿Mi… “odio”? —murmuró Yako con sorpresa, pero no lograba comprender—. No sé a qué te refieres con eso, Sahab. Yo estoy bien, me siento calmado, y contento de haber paseado contigo una vez más. —Sahab tardó un poco en reaccionar, pero finalmente acercó su cabeza a él como un gesto afectivo, y dejó que Yako lo acariciara con los dos brazos enteros—. No pasa nada, ya me has ahorrado varios kilómetros. Gracias por llevarme. Vuelve con tu familia, cuídala bien. Espero verte de nuevo.
El inmenso félido se marchó de vuelta a su territorio. Cuando Yako volvió a mirar hacia aquella Nube Rocosa en el cielo, Alvion y la diosa del Yang ya habían desaparecido. Se quedó un poco extrañado. «¿Desde cuándo el abuelo se reúne con los dioses en un lugar tan recóndito y apartado como ese y no en el templo como siempre han hecho? ¿Por qué vendrían hasta una Nube Rocosa para charlar, tan alejados del resto? ¿Y de que estarían hablando? ¿Quizá la diosa Yero quería comprobar el estado de la antigravedad de las Nubes Rocosas? Bueno, ¿y por qué me hago estas preguntas?» pensó molesto, «No me importan estos temas entre Alvion y los dioses. Yo he venido aquí a dejar una información y ya está».
No se daba cuenta, pero su mal humor no hacía más que aumentar. Y su agobio, su frustración, su impaciencia. Supuso que Alvion ya se había marchado volando de regreso al templo.
Siguió cruzando el bosque, corriendo y saltando con su velocidad iris. Al llegar al cuadrante final, donde se encontraba el siguiente precipicio que ya descendía hacia el gran valle y el colosal Puente Blanco, pasó por un robledal. Se apoyó en el tronco de un roble inclinado para pasar por sus entrelazadas raíces salientes. No obstante, nada más rozar el tronco con su mano, el roble empezó a adoptar un tono grisáceo y paupérrimo. Sorprendido, miró hacia arriba y vio cómo las ramas decaían un poco, y las hojas, marchitándose a gran velocidad, acababan cayendo, dejándolo desnudo. Quitó la mano del tronco al instante, desconcertado. El roble quedó medio podrido. Tuvo un presentimiento, y le dio por mirar a sus espaldas. Para su horror, numerosas plantas, flores y árboles con los que se había cruzado en su camino estaban marchitos también.
Antes de que pudiera preguntarse nada, oyó un fuerte crujido por encima de su cabeza y una voz gritando, y de repente le cayó una niña entre sus brazos. Debía de tener algo más de 10 años, era de piel negra, e iba vestida con el traje reglamentario de los iris filiz –los que ya dominaban un elemento–, el cual combinaba prendas mayoritariamente blancas y algunas negras. Tanto el fajín de su cintura como la luz de su ojo derecho –era zurda– eran de color verde oscuro. Cuando alzó la vista hacia quien la sostenía, murmuró una larga exclamación de asombro, quedando prendada de su rostro de divinas facciones.
—Hola —sonrió Yako.
—Oh… Sé o ní òrèbìnrin kan? —le preguntó la chica en su idioma, todavía embelesada. (= ¿Tienes novia?)
—Aeh… —le chocó la repentina pregunta.
—¡La localicé! —se oyó la voz en inglés de un hombre acercándose, y apareció un nuevo iris, quizá de 40 años, de piel oscura como la de la niña y vistiendo el traje con el fajín de color verde claro.
Yako dejó a la chica en el suelo y vio que además de aquel iris Shokubutsu novato venían otros dos hombres bien conocidos. Reconoció enseguida al pálido monje Knive con su sombrero de copa y los discos de plata decorándolo, y con sus ropajes negros y elegantes que recordaban a la aristocracia europea antigua. Junto a él, venía un hombre más joven, de treinta y tantos, alto y delgado, con una larga melena castaña un poco enmarañada, algo de barba y ojos oscuros risueños, quien también vestía con el fajín verde claro. Pero su traje iris era el propio de un iris ya oficial, ya que se trataba del iris Shokubutsu de la SRS de Pipi; se trataba precisamente de Yagami.
—¡Yako! No me lo creo… ¿Tú por aquí? —lo saludó este felizmente.
—Mi Señor —sonrió monk Knive, haciéndole una cortés reverencia.
Yako suspiró. Preferiría que monk Knive ni lo llamase así ni tuviese esos formalismos con él –aunque la formalidad del monje Knive venía implícita en su forma de ser–, pero todos los monjes se empeñaban en hacerlo, igual que los Guardianes como Nessie.
—Hola, Viggo —saludó al monje gótico con sombrero de copa, y luego miró al hombre de las melenas largas—. Yagami, justo antes me he cruzado con tu hermanastra Nessie.
—Ah… ¿Está guardando la entrada del este? Suele guardar siempre las del sur y sureste.
—Parece que le está enseñando el oficio a su nuevo marido. El acceso del este del Sendero Rojo es el que más usa la gente.
—¡Aah! Sí, Kamal, un chico muy majo. Un poco brusco —se rio Yagami.
—Sí, un poco —sonrió Yako, frotándose la nuca por el golpe de antes—. Me ha comentado Nessie que llevas varios días aquí haciendo un trabajo de investigación. ¿Te queda mucho?
—No. Necesito quizá un par de días más, pero creo que ya estoy cerca de lo que necesito —suspiró Yagami—. Aunque al menos así he podido visitar a los Crosbie. Hoy he estado toda la tarde con mis hermanastros Dallas, Hallie, Kinnon, Bonnie y Ferris celebrando el cumpleaños de un primo. Y Effie me ha llamado desde Tokio para gritarme que no es justo y que le doy envidia. No pude participar en el rescate de Kyo, que por cierto, me alegro de que se solucionara con vuestra victoria. ¿Te enfrentaste a Akira? Será un idiota, pero tiene buenos trucos.
—Sí, ya me fijé —contestó Yako—. Intentó ahorcarme con tallos de portulacaria, pero él es más de plantas acuáticas, no se le veía muy cómodo en aquel terreno.
—¡Ooh! ¡Hablando de planta acuática...! —exclamó Yagami de repente muy emocionado, sobresaltando a todos los demás, y se puso a rebuscar en sus bolsillos—. ¡Vas a alucinar, Yako! No te lo vas a creer. He sido bendecido con el hallazgo de... —sacó entonces del bolsillo, alzándola en alto, la figurita de una flor de loto preciosamente tallada en madera—... ¡una Flor de Juno!
—¿¡Qué dices!? ¿¡Sí!? —celebró Yako—. ¡Guau! Hacía mucho tiempo que nadie encontraba otra. ¡Enhorabuena!
—Kini yen? —le preguntó la niña a su compañero en voz baja. (= ¿Qué es eso?)
—Àh-àh! Sé o kò gbó àrò tó n lo káàkiri? —le dijo Yako a la joven con énfasis, levantando un dedo. (= ¿Cómo? ¿No has oído el rumor que circula por ahí?)
—¡Ahh! —la niña dio un respingo de desconcierto—. ¿¡Hablas yoruba!?
—¡Por supuesto! —sonrió Yako—. Una de mis antepasadas era de Nigeria. Tú también eres de allí, ¿a que sí?
—Eres demasiado blanco para tener sangre negra —apuntó ella, confusa.
—Tengo sangre de unas quince razas humanas —se rio Yako.
—Entonces entendiste la pregunta que te hice antes, ¿verdad? Si no tienes novia, yo estoy disponible —se cruzó de brazos, esperando una respuesta oficial.
—Tengo algo mejor que darte que una inadecuada e ilegal relación pedófila —esquivó Yako la proposición de la muchacha, sin abandonar ese entusiasmo, señalando lo que Yagami sostenía en la mano—. El misterio de las Flores de Juno. Circula un rumor desde hace años, que por todo el templo y por la Ciudadela se ocultaron 150 de estas figuritas de madera. Pueden estar en cualquier parte, en cualquier rincón, grieta o agujero, bajo una piedra, entre unos libros, dentro de algún cajón, sobre algún tejado... En todo este tiempo sólo 51 han sido encontradas.
—Oooh... ¿Y qué pasa si encuentras una? —se asombró la niña, igual que su otro compañero iris.
—Que te llevas un regalo muy especial —continuó explicándoles Yagami—. Veréis. La joven doncella Juno vivía feliz en el templo. Quería siempre hacer de todo, bailar, correr, cocinar, jugar, leer, dibujar, ayudar a todo el mundo, explorar estas tierras... Se dice que tenía un deseo profundo en su corazón, traer regalos y diversión a todo el mundo, para que no olvidaran que la vida no sólo era lucha, crimen y peligro, porque ella, de pequeña, tuvo una trágica infancia. Pero un Zou la rescató, y la trajo aquí, y ambos acabaron enamorándose perdidamente el uno del otro, y tuvieron un hijo. Sin embargo, la joven Juno empezó un día a ponerse muy enferma. Ya no podía correr, bailar, divertirse... Pero ella jamás expresó tristeza. Su deseo seguía ahí. Y durante los últimos meses que pasó en cama hasta su último aliento, talló 150 figuritas de madera. Cada una de ellas es una flor diferente. Y dentro de cada una de ellas, su amado Zou colocó una semilla diferente, destinada a plantarse, cuidarse y convertirse en una planta de frutos comestibles que dicen ser los más deliciosos del mundo. Nunca sabes qué tipo de flor encontrarás y qué tipo de semilla encierra y el tipo de fruto que te dará. Es un misterio, hasta que lo siembras y lo ves crecer.
—¡Oooh! ¡Yo quiero uno! ¡Yo quiero uno! —saltó la muchacha.
—Cuidado con obcecarte —le advirtió Yagami—. Muchos se han obsesionado con buscar las Flores de Juno con demasiado interés, planificando, buscando posibles mapas o trazándolos, examinando lugares, usando técnicas y recursos... pero nadie ha encontrado jamás una de ellas con esa actitud. Dice el rumor que la Flor de Juno te encuentra a ti, precisamente cuando menos te lo esperas. Por eso, la sorpresa que sientes es más especial.
—¿Has abierto ya tu flor y has averiguado qué frutos te dará la semilla?
—Nop. Pero no te puedes imaginar las ganas que tengo de averiguarlo. Nada más volver a mi casa, plantar la semilla será lo segundo que haré. Lo primero será besar a mi mujer, claro —sonrió Yagami, pero luego miró a Yako—. Bueno, aunque... De hecho... Ya que estás aquí, Yako... Prefiero preguntártelo. Me hace ilusión tenerla, pero me complacería mucho más dártela a ti si la deseas. Por favor, no seas amable, sé sincero. ¿Te haría feliz quedártela?
Yako lo miró sorprendido un momento. Pero luego dibujó una cálida sonrisa, llena de regocijo por la admirable bondad y generosidad de Yagami.
—No.
—¿Estás seguro? Es algo creado por tu padre y tu madre.
—Yo ya encontré una flor cuando era pequeño. La encontré justo el día en que me marché del templo para mudarme a Tokio definitivamente. Resulta que había estado 8 años debajo de la cama de mi cuarto. La encontré mientras hacía las maletas y recogía todo. De casualidad. Y por eso, cuando en un principio me iba a ir del templo lleno de rabia, enfado, tristeza... la sorpresa del hallazgo calmó la tormenta de mi interior. Me fui, pero me fui con paz. —Yagami hizo un gesto comprensivo—. Por eso, no, no me haría feliz quedarme tu flor, me haría feliz que te la quedes tú y disfrutes su sorpresa, como mi madre quería, sin importar quién la encontrara.
Yagami, entendiendo sus palabras, se llevó la flor al pecho, atesorándola, y la guardó de nuevo en el bolsillo de su pantalón. Yako entonces se dio cuenta de que tanto la niña Dobutsu como el otro hombre Shokubutsu no paraban de mirarlo absortos y llenos de curiosidad, preguntándose quién demonios era, ya que no lo reconocían.
—Eh... Viggo, ¿estáis Yagami y tú haciendo algo con estos dos iris filiz? —quiso saber.
—Bueno… Sí —contestó el monje Knive, cerrando los ojos un momento—. Me hallo en medio de una instrucción con un grupo de iris Dobutsu y Shokubutsu, y Yagami me está echando una mano voluntaria.
—¿Instrucción? Pero… tú impartes autocontrol y técnicas mentales en las salas del templo aclimatadas para ello. ¿Estás probando algo nuevo aquí en el bosque?
Yako empezó a sentir una ligera preocupación cuando vio que tanto monk Knive como Yagami guardaban un silencio extraño. Yagami entonces se acercó al oído del Knive.
—Vas a tener que contárselo —le susurró, y seguidamente les hizo una seña a los otros dos iris—. Chicos, volvamos con el grupo, ya habéis descansado suficiente. Yako, ya nos vemos por ahí —se despidió.
—Eh… sí… hasta la próxima. Supongo —dijo Yako, más confuso que antes.
Cuando se quedaron solos, el monje Knive se acercó más a Yako. La expresión de su cara denotaba de todo menos buenas noticias, y aun así el gótico mantuvo una postura calmada.
—Ejem —carraspeó—. Veréis. Me estoy haciendo cargo de esta sesión de entrenamiento elemental con un grupo de iris Dobutsu y Shokubutsu…
—¿Qué? —le interrumpió sorprendido—. ¿Entrenamiento elemental? Ese tipo de entrenamiento sólo lo imparte Alvion.
—El caso es… que Alvion no se ha encontrado muy disponible hoy. Se ha levantado esta mañana un poco pachucho, y los demás monjes, como yo, le estamos sustituyendo en algunos entrenamientos elementales con ayuda voluntaria de algunos iris veteranos que, como Yagami, están aquí cumpliendo una visita o un recado.
—Oh, ya veo… —entendió finalmente, asintiendo más tranquilo—. ¿A qué venía tanto misterio, Viggo? Alvion ha tenido días pachuchos antes. ¿Por eso lo vi hace un rato tan escondido hablando con uno de los dioses sobre una de las Nubes Rocosas? ¿Estaba Yero regañándolo por cometer la osadía de tomarse hoy un descanso? Después de todo, eso es lo único por lo que se preocupan… explotarnos…
Monk Knive no dijo nada mientras Yako decía esas palabras de tonalidad desinteresada que, sin embargo, guardaba un intenso y profundo desdén en sus raíces, algo que el monje pudo observar cuando, al mirar a los pies de Yako, vio la hierba que lo rodeaba marchitándose poco a poco. Después se fijó en aquel roble de ahí al lado, seco y mustio, y más allá, un camino de algunas plantas marchitas también. Supuso que era el camino por el que Yako había venido.
—No pretendo ofender, Señor, pero me sorprende mucho veros a vos aquí —le dijo entonces.
—Heh… si te soy sincero, a mí también. Pero ha sido por fuerzas mayores. Tengo un pequeño recado que cumplir por parte de mi KRS, nada más.
—¿Puedo saber de qué se trata, mi joven Señor?
—Tengo que informar de algo importante a Alvion, de algo sobre Denzel.
—¡Oh, no! —exclamó el monje, y sus ojos marrones se tornaron preocupados—. ¿Le ha ocurrido algo?
—Tranquilo, él está bien.
Era normal que monk Knive se alarmase por una noticia así. Todos los monjes tenían a Denzel en alta estima porque él era el principal mentor de los monjes en las materias que instruían. De las materias que los monjes enseñaban, había diez troncales: las cien por cien prácticas, como Manejo de armas, Artes marciales, Espionaje y Terrenos, Ingenio y Recursos, y Manejo de vehículos; las semiteóricas como Química y Biología, y Tecnología e Informática; y las teóricas como Historia y Gobiernos, Mente y Autocontrol –especialidad de monk Knive– y Naturaleza humana vs iris.
Denzel era más que experto, no en todas, pero sí en muchas de estas asignaturas y era quien aportaba siglo tras siglo toda su sabiduría sobre ellas. Antaño él era quien enseñaba y entrenaba directamente a los monjes para que supieran entrenar y enseñar las mismas cosas a los iris, mientras los Zou reforzaban el entrenamiento de los elementos pero ya combinado con las materias prácticas y con las teóricas. Pero como con el tiempo la Asociación ya se fue consolidando y habituando más a un sistema cada vez más organizado y cada vez con más métodos mejorados, los monjes ya se encargaban de instruir a los futuros monjes. Aunque Denzel les hacía evaluaciones esporádicas por si hacía falta cambiar, mejorar o añadir algo.
Este solo era un tercio de todo el servicio que Denzel prestaba a la Asociación desde que se unió a ella. La otra parte que cumplía era la de recoger iris por todo el mundo con su teletransporte, y también, las Técnicas espaciotemporales de sus pergaminos, que sólo los Líderes de las RS podían ejecutar.
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