2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __
Media hora después, Yako ya había cruzado el kilométrico Puente Blanco sobre el gran valle y las ciudades que lo ocupaban, y llegó a las puertas de la muralla de la Ciudadela. Había venido todo el camino con la capucha de su chaqueta puesta, cabizbajo, con las manos en los bolsillos, pasando exitosamente desapercibido entre los centenares de personas que había por el puente y por la zona.
No iba a tener tanta suerte dentro de la Ciudadela, que estaba llena de monjes, iris y personal del templo. No quería arriesgarse. Sólo quería cumplir con su recado discretamente y marcharse de regreso a Tokio. Por fortuna, había un camino secreto que él se conocía desde niño, para entrar al templo sin tener que cruzar primero las calles de la Ciudadela. Y era escalando el monte por fuera de las murallas de la Ciudadela. Parte del templo estaba arquitectónicamente unido a la ladera del monte. Visualmente, la parte trasera del templo, que era más bien como un extenso palacio, parecía estar fusionado con las rocas y la tierra de la ladera.
Tras diez minutos escalando un sendero escarpado con la agilidad propia de un iris, llegó a un pequeño terreno plano detrás del templo, encerrado por un corro de maleza y rocas, que custodiaba la entrada a una cueva. Aquel era un lugar sagrado para los Zou. Decorada con un pórtico formado por tres megalitos de roca de howlita, como la del Puente Blanco, la entrada conducía al mausoleo familiar. Ahí reposaban las lápidas y las cenizas de los catorce Zou que precedían a Yako, desde Wei, y sin contar con Alvion, y todos ellos junto con las lápidas de sus respectivas esposas humanas y otros familiares cercanos de ellas.
Fuera, en el llano, entre la maleza y las rocas, asomaban aleatoriamente pequeños obeliscos de jade negro, con nombres de iris grandiosos muertos en combate grabados con letras doradas. Se ganaban el honor tener sus nombres tallados junto al mausoleo de los Zou aquellos que habían sacrificado mucho para salvar a muchos. Entre esos nombres estaban los de los abuelos maternos de Cleven. Pero lo que pocos sabían, es que se había hecho una especial excepción, y se había añadido el nombre de una humana. Debajo de los nombres de Hideki y de Emiliya, estaba el de Ekaterina.
Hasta ahora, el misterio sobre la muerte de Katya seguía irresoluto, pero lo que se sabía sin duda, es que cuando ella ofreció su vida ante los desconocidos atacantes que estaban destruyendo Tokio, ellos cumplieron y cesaron su ataque. Katya salvó a miles. Aunque no pudo hacer nada una vez que Neuval la encontró sin vida, y como consecuencia él perdió la cabeza y se convirtió en una nueva amenaza que arrasó medio Japón. Insólitamente, nadie murió. Que se supiera en un principio. Porque sí que murieron muchas personas bajo la ira de Neuval. Pero alguien las trajo de vuelta en secreto.
Yako miró un momento la entrada a la cueva, siempre iluminada con dos antorchas de fuego azul. Ahí descansaban los restos de su padre y de su madre. Lamentaba no haber podido conocer a su madre, pero no albergaba odio por su muerte, porque se la llevó una enfermedad natural humana que no se pudo curar a tiempo. En cambio, la muerte de su padre… se convirtió en iris por ella y el iris nacía de la más pura y dolorosa rabia por una inaceptable injusticia, no hacía falta decir más.
Dejó salir un suspiro incómodo y siguió su camino. El llano tenía una escalinata de piedra que descendía hacia una puerta en la parte de atrás del templo, una puerta privada, que solamente los Zou podían cruzar. Estaba tapada por una red formada por las raíces retorcidas del Árbol de Lixue. Sus raíces llegaban a todos lados, al fin y al cabo. Yako sólo tuvo que tocar el arco con su mano para que las raíces reaccionaran específicamente a su energía Zou. Entonces, Yako podía ejercer dominio sobre ellas y hacer que se apartaran con una orden mental.
Cruzó la puerta, y continuó atravesando pasadizos. En un determinado momento, salió al exterior, a un callejón entre los muros del templo. Descartó la idea de ir por dentro, porque, de nuevo, quería evitar cruzarse con iris o con el personal del templo, así que, usando las propias raíces del Árbol Madre que recorrían algunas superficies y aristas de los edificios, fue escalando veloz. Impulsándose salto a salto, siguió trepando por la torre central y más alta, y al fin llegó al balcón del despacho de Alvion.
Primero se subió al tejado, para colgar la cabeza discretamente del borde y así echar un vistazo. A través de los ventanales alargados y verticales con forma arqueada, pudo ver a Alvion ahí dentro, sentado en su enorme escritorio atestado de papeles, carpetas, mapas, tres ordenadores –de la marca Hoteitsuba, por supuesto– y algunos raros objetos más. Desde su punto de vista, Alvion estaba de lado, pero parecía estar totalmente sumergido en su trabajo, sin parar de escribir en unos papeles. Seguramente estaría recopilando los últimos datos internacionales del día, o terminando de organizar alguna misión antiterrorista para alguna RS del mundo.
Yako volvió a enderezarse sobre el tejado y respiró hondo. No sabía qué hacer. Es decir, sí sabía qué hacer, entrar e informarle sobre el caso de Denzel. Pero más allá de eso, no sabía qué más decirle, o preguntarle, o qué hacer… Podría perfectamente no hacer ni decir nada más, pero…
Monk Knive se lo había contado antes. Le había dicho la verdad sobre Alvion. Y la verdad atemorizaba a Yako.
Le pesaba encima un gran sentimiento de algo que no se ponía de acuerdo. No sabía si era una gran carga de culpa, de preocupación o de responsabilidad. Sobre todo ahora, observando desde el punto más alto de la torre todas esas tierras, ciudades y aldeas que se expandían ante él por el gran valle.
Quizá fuera por tener la cabeza llena de cosas que, al bajar del tejado y apoyar un pie sobre la barandilla de piedra, este se le resbaló y acabó dándose un tortazo en el balcón.
Alvion oyó el ruido del golpetazo y una exclamación de dolor. Dando un suspiro lleno de paciencia, se levantó de su silla, se acercó a la puerta acristalada del balcón, la dejó abierta y regresó a su escritorio para seguir escribiendo. Yako, entonces, entró en el despacho con aire cauteloso y disimulando la vergüenza por semejante torpeza, frotándose la cabeza.
—Vaya, mmm… ¿Desde cuándo está tan pulida la barandilla? —preguntó inocentemente.
—Cierra. Está entrando frío —le dijo el anciano tranquilamente, sin levantar la mirada de sus papeles.
Yako lo hizo, y caminó un poco al interior, quitándose la capucha, mientras echaba un vistazo para comprobar el mismo despacho de siempre, con el bello y majestuoso Árbol de Lixue allá en la zona semicircular. Cerca de allí, había algunos muebles junto a la pared, mesillas, una alacena y algunas vitrinas.
Una de las vitrinas contenía objetos extraños, raros, de diferentes orígenes o culturas. Uno de ellos, era una bola de cristal, en cuyo interior, preservada en resina, había una Semilla de Bondad con un brote, una hoja y una flor. Era la misma semilla que Denzel hizo germinar hace tres siglos y medio en ese mismo despacho. Leander la conservó como un objeto valioso, y con mucho significado. Era la muestra de que un demonio Yin que debería tener naturaleza cien por cien Yin había cambiado su naturaleza mental a una cantidad de Yang mayor, porque así lo había querido. Y eso lo había logrado porque Agatha lo hizo antes que él, teniendo todavía más mérito, porque ella no tenía ni una célula de su cuerpo ni mente humanos. Supuestamente.
Después de todo, lo que hace que una mente sea humana es que tenga la capacidad de cambiar o alternar sus energías Yin y Yang. Ser una buena persona durante una época, ser una mala persona durante otra… redimirse de nuevo, tomar malas decisiones otra vez después… Agatha y Denzel habían vivido en ambos lados y habían cambiado su forma de ver y de ser varias veces, como sólo las mentes humanas podían hacer. En el mundo de los iris, “mente” era sinónimo de “alma”.
Lo que contenía esa bola de cristal era una muestra de elección, libertad y cambio, y no sólo era un recordatorio para Denzel, sino también para los humanos. Cuando Cleven era pequeña, este era su objeto favorito del templo.
Sin embargo, igual que tenía un lado positivo, tenía un lado negativo, porque, igual que Denzel decidió abandonar poco a poco su instinto Yin y dejar de devorar humanos, hacer pactos con ellos para fines de beneficio mutuo y usar su don exclusivamente para sí mismo y para los dioses, podía decidir volver a recuperar estos hábitos y regresar de nuevo al lado del Yin. Por supuesto, como sucedía con todas las mentes humanas, esa decisión debía venir provocada por un motivo.
Por eso Yako estaba aquí. Y por eso su KRS estaba preocupada por Denzel. Sabían que Denzel se había sentido feliz y lleno viviendo en el lado del bien, de ayudar a los demás, de contribuir en la Asociación generosamente, de haber conocido gracias a eso el amor, haber tenido su propia familia… Pero, precisamente por haber tenido amor y felicidad, solamente bastaba con arrebatárselos, o destruirlos, para que el taimu abandonara el motivo por el que decidió ser “una buena persona”. Como le sucedería a cualquier humano. Solo que Denzel poseía un poder extremadamente peligroso que ni los Zou ni los dioses podían controlar.
—Podrías haber aprovechado a darle un baño a Sahab —le comentó Alvion.
Yako despertó de sus pensamientos y se giró hacia él. El anciano seguía escribiendo. El chico se sorprendió.
—¿Cómo sabe…? Hah… —resopló con fastidio—. Es porque me vio antes en el bosque, ¿verdad? Desde la Nube Rocosa.
—No. Es porque vienes oliendo a él.
Yako se olió los brazos. También era verdad.
—Aun así, usted sabe desde hace rato que yo había venido a las tierras. No le ha sorprendido nada verme aparecer por el balcón.
—Yako, puedo captar el Yang de iris que viven ahora mismo en la Patagonia. ¿Cómo no voy a captar el tuyo acercándose a mis fronteras?
—Mm… ya… —murmuró.
El chico volvió a ponerse a dar unas vueltas por el despacho, distrayéndose con las decoraciones, toqueteando los cuadros, cogiendo objetos de los muebles para observarlos, juguetear con ellos entre las manos… No podía evitarlo. Porque lo que monk Knive le había contado, cada minuto que pasaba, le pesaba cien gramos más.
—¿Quieres preguntarme algo? ¿Sobre la diosa Yero hablando conmigo en aquella Nube? —volvió Alvion a cortar el silencio, mientras cambiaba varios de sus papeles, y se puso otra vez a escribir en una hoja nueva.
—¿Eh? No —respondió Yako, fingiendo indiferencia, jugueteando con una reliquia de porcelana como si fuera una pelota entre sus manos—. Soy un iris. Esos temas no me incumben.
—Ah… pero sí le incumbe a un iris entrar en mi despacho por la ventana y ponerse a tocar todas mis cosas sin permiso y hacer lo que le venga en gana mientras estoy trabajando —ironizó el anciano, levantando un poco la hoja para releer los datos que había apuntado.
—Bueno, no es diferente de aquello a lo que Neuval le tiene acostumbrado —se encogió de hombros.
—Y tú quieres ser igualito que él —ironizó de nuevo—. Me alegra que al menos quieras seguir los pasos de alguien.
—Sí, seguro que usted se alegra mucho —ironizó Yako también, con un deje molesto, mientras rascaba con la uña unos restos de pintura en el marco de un cuadro.
—¿Y para eso has venido desde Tokio, sólo para alegrarme replicando las manías de tu adorado maestro?
Yako suspiró. Siempre le resultaba difícil hablar con él. Pero tenía que avanzar.
—No. He venido porque debo contarle algo muy importante.
Al oír eso, Alvion se quedó inmóvil por un segundo. Dejó la pluma sobre sus papeles y levantó por fin la cabeza hacia él. Cuando Yako se giró, vio una expresión totalmente cambiada en los ojos dorados de Alvion. El anciano seguía serio, pero su mirada tenía un brillo más dócil y atento. Ahí estaba, de nuevo, ese mismo brillo de esperanza que su abuelo manifestaba cada vez que creía que Yako le iba a decir por fin lo que llevaba veinte años esperando que le dijera.
Se sintió culpable. Se sintió fatal. Yako estaba acostumbrado a decepcionarle cuando esto sucedía. Pero, esta vez, le dolía más que nunca no decirle las palabras que su abuelo llevaba mucho tiempo esperando oír.
—Se trata de Denzel. Ha tenido lugar un suceso temporal directamente ligado con sus ocho hijos. Un salto en el tiempo accidental, pero con un causante detrás que podría tratarse de una nueva taimu. Yo he conocido a Lincoln, el mayor, lo tuve en mi casa una noche antes de llevarlo con Denzel…
Yako vio cómo el brillo en los ojos de Alvion se fue apagando poco a poco conforme le contaba eso. El anciano volvió a perder esa esperanza. Ya estaba acostumbrado.
El joven terminó de contarle todo lo que sabía sobre el tema. Alvion se quedó en silencio, con la mirada perdida en los papales de su mesa.
—Así que nos hallamos en un “nudo latente” —dijo por fin.
—Sí —respondió Yako—. Denzel por ahora quiere tratar de solucionarlo por su cuenta. Cree que sólo es un asunto cerrado entre taimu. Pero mis compañeros de la KRS y yo hemos visto necesario informarle a usted ya mismo sobre esto, porque, no tenemos pruebas, pero intuimos que este suceso podría tener relación más allá de la familia de Denzel. Y que podría afectar a más personas de las que él cree. Que podría afectar… más cosas de las que él cree —añadió con un tono más contenido.
Cuando dijo eso, Alvion dirigió la mirada hacia la vitrina del otro lado del despacho, hacia la bola de cristal que contenía aquella flor, brotada en una Semilla de Bondad. Yako sabía lo que su abuelo estaba observando. Después se miraron entre ellos, en silencio, unos segundos.
—Bien —el anciano volvió a inclinarse sobre sus papeles y se puso a escribir otra vez.
—¿Quiere… que le diga algo a Denzel de su parte?
—No. No hace falta. Así está bien. Indagaré, pero no haré nada directo si él no me lo pide. Según lo que me has contado, Denzel aún se encuentra investigando por su cuenta, así que estaré preparado por si descubre algo y necesita mi ayuda. Has hecho bien en informarme, así estaré al tanto si me llega la noticia de alguna anomalía relacionada que a Denzel se le pueda escapar.
Yako asintió.
—Puedes marcharte ya, no hace falta que sufras más. Sé que no te gusta estar por aquí —murmuró Alvion en bajo con algo de pesar.
El chico hizo un gesto dubitativo, pero no se movió. No sabía qué hacer, una parte de él quería quedarse un poco más, pues tenía la vaga necesidad de decirle algo y no sabía cómo. Disimuló su intranquilidad mirando distraídamente el despacho por quinta vez. Se acercó a la mesa de Alvion y curioseó un poco. Encontró a un lado una taza, con restos de una infusión con trozos de hoja de ortiga y arándanos. Eran sólo dos de los ingredientes de un tipo de infusión que Yako ya conocía, y no era una infusión común, sino con fines médicos. Se la había preparado el propio Yagami.
Yako disimuló que había visto la taza tomándose la libertad de robar de un cuenco cercano un puñado de almendras, y las comió desinteresadamente, mientras seguía observando cosas. Al otro lado de la mesa, reposaba, como siempre, el precioso marco que contenía la fotografía de una mujer árabe, posando felizmente en un campo de tulipanes.
Lo que llamó la atención de Yako, fueron unas hojas de papel que eran distintas al resto, junto al marco. Eran más pequeñas, de un suave color verdoso y con los bordes recortados con ondulaciones. Eran unas hojas algo cursis, pero muy cucas. Al acercarse para verlas, Yako descubrió que tenían varios versos escritos en árabe, y los leyó por encima.
—¡Hala! ¿Todavía sigue escribiendo poemas de amor dedicados a la abuela Lubna? —preguntó Yako con sorpresa.
Fue a coger una de esas hojas para leer más, pero de repente Alvion se lo impidió dando un manotazo veloz sobre ellas. Le clavó una mirada enfadada a Yako, pero tenía la cara roja.
—¿En serio? —sonrió Yako con burla.
—¡Muchacho! ¿¡No tienes nada mejor que hacer!? —Alvion cogió todos esos papeles tan bonitos y los guardó en un cajón del escritorio bajo llave a toda prisa.
Yako no dijo nada. Solamente miró para otro lado, dando un suspiro apesadumbrado. Y ahí fue cuando el anciano se dio cuenta.
—Jen jang… —blasfemó en coreano—. Por eso estás tan raro. ¡Monk Knive te lo ha contado! —dijo con fastidio, levantándose de su silla y dando unos pasos por el despacho.
—Bueno, habría sido una enorme falta de consideración que no me lo hubiera contado, ¿no cree? —defendió Yako.
—No, no lo creo. Viggo no debería haberte dicho nada.
—¿Por qué no?
—¡Porque eres un iris!
—¡Ah, ¿para esto sí soy un iris?! —se enfadó Yako.
—No, muchacho, ¡no entiendes! Por mucho que sea un tema privado mío y te incumba como familia, no se puede olvidar el hecho de que tienes un iris, tan real y auténtico como cualquier otro iris. Noticias así, ¡no te hacen ningún bien!
—Mi iris está perfectamente sano, ¡no va a desestabilizarse o a desarrollar algo malo por saber algo así! Corro al menos con esa ventaja. Mi iris nunca fue gris, nada más nacer ya era una energía Yang completa, porque al no poseer ni una mota de Yin como los humanos, mi iris sólo podía abrazar la única energía que contengo.
—No hablo de que tu iris se desestabilice o se vuelva peligroso —farfulló el anciano, parándose frente al Árbol de Lixue, dándole la espalda.
Yako lo vio agachar la cabeza y frotarse los ojos con agotamiento.
—Alvion…
—Todo está bajo control —le interrumpió—. No hay nada de lo que debas preocuparte más allá de tu deber como iris. Está todo preparado. ¿De acuerdo? No va a ser lo mismo… pero podrá seguir funcionando. De algún modo —murmuró.
Se quedaron en silencio un rato. Finalmente, Alvion se calmó y regresó a su mesa.
—Vamos, muchacho, vuelve a casa. Se está haciendo tarde y mañana tienes clase en la universidad.
Yako ya no tenía más que hacer ahí. Había cumplido su recado, y aun así sentía que no había cumplido nada, que todavía había algo que hacer, algo que quedaba sin concluir, sin solucionar. Una vez más, el elefante en la habitación permaneció en la habitación. Yako se marchó de regreso a Tokio.
Una hora y media antes...
«—Alvion a veces puede llegar a ser duro con la gente —le dijo monk Knive cuando estaban paseando antes por el bosque—. A veces puede decir cosas que hacen daño. Pero, al final, todos acaban entendiendo por qué. Porque luego descubren, se dan cuenta, abren los ojos hacia aquello que antes no veían. Él lo intenta, porque sólo quiere que el mundo deje de tener miedo a la verdad.
—¿Qué verdad? —preguntó Yako.
—La que cada uno encierra dentro —respondió el monje—. Seres de puro Yin, seres de puro Yang, seres de mezcla de Yin y Yang… no importa. Todos tenemos monstruos internos, espinas clavadas, fantasmas del pasado que nos persiguen. Nadie está por encima de los errores, de los remordimientos, de la rabia y la tristeza, ni de soñar con cosas imposibles. Ni siquiera Alvion.
—Ya. Nadie es perfecto, y todo eso que se suele decir para consolarnos —dijo Yako, encogiéndose de hombros con fingido aire indiferente—. Y en cambio, él espera que yo lo sea.
—No es eso lo que Alvion espera de vos.
—Pues lleva casi veinte años dándome esa impresión.
—Porque todavía no queréis ver. Porque todavía tenéis miedo.
Yako se detuvo de golpe. No ocultó lo molesto que se sentía, mirando al monje sin sonrisa alguna. Pero monk Knive era un experto en su trabajo y mantuvo su calma de siempre.
—Ya veo. Como Alvion está “pachucho”, me das tú el sermón de siempre de su parte.
—Yako… —intentó hablarle el monje.
Sin embargo, el ojo iris de Yako brilló unos segundos de su luz verde claro y de repente recuperó la calma, y volvió a mostrar su habitual sonrisa cálida y encantadora. Siguió caminando sin más.
Monk Knive lo observó en silencio, suspirando un poco, y fue con él.
—Es de gran importancia que me escuchéis, Señor.
—Quizá cuando dejes de llamarme de esa forma —siguió sonriendo.
—No estoy conversando ahora con vos por petición de Alvion. De hecho, él no querría que yo ahora esté hablando con vos. Mas me veo obligado a desobedecer por una vez, e intervenir en el destino.
—¿De qué hablas? —frunció el ceño.
—¿Hasta qué punto os molesta que Alvion saque fuera vuestros problemas personales delante de vuestros amigos?
—Heh, ¡bastante! Me parece algo muy infantil de su parte, la verdad. Y sé perfectamente por qué lo hace.
—¿Por qué lo hace?
—Pues para fastidiarme, por supuesto.
—¿De verdad creéis eso?
—Sí —contestó Yako tajantemente, parándose delante de él.
—¿Tanto os costaría ser honesto conmigo?
La mirada de Yako se ensombreció en un instante. Todo el malestar y el agobio y otras cosas insanas que llevaba acumulando desde que aterrizó el jet hasta ahora empezaron a revolverse dentro de él. Y el monje Knive continuó en total calma.
—Alvion no lleva manteniendo la esperanza en vos durante 18 años porque no le quede más remedio o porque vos seáis el único recurso que queda, sino porque nunca ha dejado de creer en vos.
—¿De creer en mí? Soy una decepción para él, Viggo. Y todo porque no quise hacer lo que él quería que hiciera.
—Lo que me sorprende, no es ver lo equivocado que estáis, sino ver que vos sabéis lo equivocado que estáis y aun así insistir en engañaros a vos mismo.
—No me engaño —replicó Yako, cada vez más alterado.
—Alvion respetó la decisión que tomasteis de niño de llevar la vida de un iris más, ¿recordáis? Y estuvo algunos años sin deciros nada. Pero entonces, Alvion comenzó a observaros, cómo desempeñabais vuestro trabajo como iris, y comenzó a ver el auténtico potencial que poseéis dentro. Que poseéis más potencial del que vos queréis reconocer. Y por eso sus insistentes comentarios que tanto os molestan, su insistente intento de persuadiros. Sois de todo menos una decepción para él, Yako. El único pesar que guarda en su corazón es ver que aún sois presa del miedo y del dolor, que os impiden abrazar vuestra verdad interior.
Los ojos de Yako habían empezado a humedecerse, a pesar de su mirada todavía fría y severa.
—No es cierto… —murmuró.
—No os miento. Y como Zou, obviamente lo sabéis.
—No quiero seguir hablando de esto —volvió a echar a andar, a zancadas.
—Cuánto de ese miedo y de ese dolor menguaría, si reconocierais que Alvion siente por vos un amor tan inmenso como el que vos sentís por él —dijo sin moverse de donde estaba.
—Heh… ¿que yo le quiero? —se rio Yako con sarcasmo, retrocediendo y volviendo a donde estaba el monje, y entornó los ojos cada vez más irritado—. No le necesito como tú piensas, monk. Para mí él no es nadie, igual que para él yo no soy nadie.
—No os creo —insistió.
—Pues me da igual que no me creas —Yako empezó a elevar su tono de voz—. No quiero seguir hablando de esto, Viggo. Las cosas cambiaron hace muchos años y seguirán así.
—¿Eso es lo que pensáis? —dijo una vez más.
—Por favor, basta.
—¿Es lo que pensáis de verdad o no?
—¡¡Sí!! ¡¡Es lo que pienso y lo que es!!
Yako terminó estallando por primera vez en años. Y su voz sonó diferente. Se volvió grave, potente y casi distorsionada como el rugido de un trueno. Incluso la expresión de su cara se transformó en un semblante terrorífico.
—¿¡Quieres saber lo que en realidad siento hacia él!? ¡Odio! ¡Lo odio! ¡Lo odio desde que mi padre murió! ¡Debió morir él, y no mi padre! ¡Mi padre al menos me quería! ¡Y ni siquiera puedo vengarle, ni siquiera pude verle la cara a quien me lo arrebató!
El monje tuvo que protegerse los ojos con el brazo cuando los de Yako brillaron como dos cegadores soles dorados por un breve instante. En ese momento, el aire, la tierra, todo a su alrededor producía una extraña y poderosa vibración que emanaba de la energía del cuerpo de Yako, como si el mundo estuviese temblando de miedo ante un poder divino y estuviera a punto de quebrarse.
Yako se dio cuenta y trató de calmarse enseguida, respirando hondo varias veces. Se apoyó sobre sus rodillas. Si no se calmaba, podría acabar destruyendo todo el bosque con un simple pestañeo, o incluso toda China.
Monk Knive volvió a bajar el brazo tranquilamente. Dejó que Yako terminara de sosegarse. Claramente llevaba mucho tiempo sin desahogarse de aquella manera. El chico dejó salir un sollozo, pero enseguida respiró hondo una vez más, enderezándose, mirando al cielo. Y dejó salir el aire más calmado, despacio. Después se quedó callado, cabizbajo.
—Alvion se muere —le confesó monk Knive por fin.
Yako levantó la cabeza de golpe, desconcertado y horrorizado ante esas palabras.
—No se ha levantado pachucho hoy. Esta mañana ha sufrido un ataque al corazón. Ya es el segundo este año. Pero esta vez, los monjes médicos han tardado el doble en reanimarlo, cuatro minutos.
—¿El… segundo…? —musitó Yako.
—Simplemente, se acerca su hora. Su cuerpo ya está en el límite de vuestra longevidad media, los 110 años.
Yako volvió a descender la mirada poco a poco, conforme iba asimilando la noticia.
—Por eso… la diosa Yero estaba ahí…
—Yero simplemente vino a comprobar qué tal se encontraba Alvion —asintió monk Knive—. A informarse de su estado. Y a preguntarle qué pasaría.
—Con la Asociación —entendió Yako, alicaído.
—Pero Alvion le ha explicado que todo seguirá en marcha. Los Monjes del Consejo ya tenemos instrucciones. La sede de la Asociación seguirá operando, bajo nuestra dirección y la de Denzel. Con un poco más de cooperación entre todos y un poco más de esfuerzo, la Asociación se mantendrá activa.
—Pero… los iris… —balbució Yako, mirando para los lados, consternado—. Los iris necesitan… el nivel de actividad no será el mismo, y… El núcleo de energía… El Árbol Madre… estas tierras…
Yako no era capaz de ordenar sus palabras porque su mente ahora estaba hecha un lío.
—Me temo que eso es sólo un asunto entre vos y vuestros pensamientos. Sólo lo sabemos algunos monjes. Alvion nos ordenó, después de recuperarse, que no se lo dijésemos a nadie más. Mas me parecía inconcebible ocultaros una noticia así acerca de, no vuestro Señor, sino de vuestro abuelo. Ahora, Alvion se encuentra bien, como si nada hubiese pasado, pero la probabilidad de que tenga más achaques, de ahora en adelante ha aumentado. Su hora se está acercando, poco a poco, lentamente.
Yako seguía cabizbajo. Ya no tenía fuerzas para decir nada. Sólo quería pensar.
—Siento que hayamos tenido esta conversación, Señor —continuó monk Knive, quitándose el sombrero y echándose el cabello hacia atrás—. Os dejo tranquilo para que vayáis al despacho de Alvion ahora y terminéis de realizar vuestro recado. Lamento haberos alterado y hecho pasar un mal rato. Espero que comprendáis por qué lo he hecho. No es sólo por la Asociación. También por vos.»
Fin del 2º LIBRO - Pasado y Presente
PARTE 1: El Nudo Latente
La historia continúa clicando en el siguiente Capítulo 48, que es el primer capítulo de:
PARTE 2: El Descubrimiento
Media hora después, Yako ya había cruzado el kilométrico Puente Blanco sobre el gran valle y las ciudades que lo ocupaban, y llegó a las puertas de la muralla de la Ciudadela. Había venido todo el camino con la capucha de su chaqueta puesta, cabizbajo, con las manos en los bolsillos, pasando exitosamente desapercibido entre los centenares de personas que había por el puente y por la zona.
No iba a tener tanta suerte dentro de la Ciudadela, que estaba llena de monjes, iris y personal del templo. No quería arriesgarse. Sólo quería cumplir con su recado discretamente y marcharse de regreso a Tokio. Por fortuna, había un camino secreto que él se conocía desde niño, para entrar al templo sin tener que cruzar primero las calles de la Ciudadela. Y era escalando el monte por fuera de las murallas de la Ciudadela. Parte del templo estaba arquitectónicamente unido a la ladera del monte. Visualmente, la parte trasera del templo, que era más bien como un extenso palacio, parecía estar fusionado con las rocas y la tierra de la ladera.
Tras diez minutos escalando un sendero escarpado con la agilidad propia de un iris, llegó a un pequeño terreno plano detrás del templo, encerrado por un corro de maleza y rocas, que custodiaba la entrada a una cueva. Aquel era un lugar sagrado para los Zou. Decorada con un pórtico formado por tres megalitos de roca de howlita, como la del Puente Blanco, la entrada conducía al mausoleo familiar. Ahí reposaban las lápidas y las cenizas de los catorce Zou que precedían a Yako, desde Wei, y sin contar con Alvion, y todos ellos junto con las lápidas de sus respectivas esposas humanas y otros familiares cercanos de ellas.
Fuera, en el llano, entre la maleza y las rocas, asomaban aleatoriamente pequeños obeliscos de jade negro, con nombres de iris grandiosos muertos en combate grabados con letras doradas. Se ganaban el honor tener sus nombres tallados junto al mausoleo de los Zou aquellos que habían sacrificado mucho para salvar a muchos. Entre esos nombres estaban los de los abuelos maternos de Cleven. Pero lo que pocos sabían, es que se había hecho una especial excepción, y se había añadido el nombre de una humana. Debajo de los nombres de Hideki y de Emiliya, estaba el de Ekaterina.
Hasta ahora, el misterio sobre la muerte de Katya seguía irresoluto, pero lo que se sabía sin duda, es que cuando ella ofreció su vida ante los desconocidos atacantes que estaban destruyendo Tokio, ellos cumplieron y cesaron su ataque. Katya salvó a miles. Aunque no pudo hacer nada una vez que Neuval la encontró sin vida, y como consecuencia él perdió la cabeza y se convirtió en una nueva amenaza que arrasó medio Japón. Insólitamente, nadie murió. Que se supiera en un principio. Porque sí que murieron muchas personas bajo la ira de Neuval. Pero alguien las trajo de vuelta en secreto.
Yako miró un momento la entrada a la cueva, siempre iluminada con dos antorchas de fuego azul. Ahí descansaban los restos de su padre y de su madre. Lamentaba no haber podido conocer a su madre, pero no albergaba odio por su muerte, porque se la llevó una enfermedad natural humana que no se pudo curar a tiempo. En cambio, la muerte de su padre… se convirtió en iris por ella y el iris nacía de la más pura y dolorosa rabia por una inaceptable injusticia, no hacía falta decir más.
Dejó salir un suspiro incómodo y siguió su camino. El llano tenía una escalinata de piedra que descendía hacia una puerta en la parte de atrás del templo, una puerta privada, que solamente los Zou podían cruzar. Estaba tapada por una red formada por las raíces retorcidas del Árbol de Lixue. Sus raíces llegaban a todos lados, al fin y al cabo. Yako sólo tuvo que tocar el arco con su mano para que las raíces reaccionaran específicamente a su energía Zou. Entonces, Yako podía ejercer dominio sobre ellas y hacer que se apartaran con una orden mental.
Cruzó la puerta, y continuó atravesando pasadizos. En un determinado momento, salió al exterior, a un callejón entre los muros del templo. Descartó la idea de ir por dentro, porque, de nuevo, quería evitar cruzarse con iris o con el personal del templo, así que, usando las propias raíces del Árbol Madre que recorrían algunas superficies y aristas de los edificios, fue escalando veloz. Impulsándose salto a salto, siguió trepando por la torre central y más alta, y al fin llegó al balcón del despacho de Alvion.
Primero se subió al tejado, para colgar la cabeza discretamente del borde y así echar un vistazo. A través de los ventanales alargados y verticales con forma arqueada, pudo ver a Alvion ahí dentro, sentado en su enorme escritorio atestado de papeles, carpetas, mapas, tres ordenadores –de la marca Hoteitsuba, por supuesto– y algunos raros objetos más. Desde su punto de vista, Alvion estaba de lado, pero parecía estar totalmente sumergido en su trabajo, sin parar de escribir en unos papeles. Seguramente estaría recopilando los últimos datos internacionales del día, o terminando de organizar alguna misión antiterrorista para alguna RS del mundo.
Yako volvió a enderezarse sobre el tejado y respiró hondo. No sabía qué hacer. Es decir, sí sabía qué hacer, entrar e informarle sobre el caso de Denzel. Pero más allá de eso, no sabía qué más decirle, o preguntarle, o qué hacer… Podría perfectamente no hacer ni decir nada más, pero…
Monk Knive se lo había contado antes. Le había dicho la verdad sobre Alvion. Y la verdad atemorizaba a Yako.
Le pesaba encima un gran sentimiento de algo que no se ponía de acuerdo. No sabía si era una gran carga de culpa, de preocupación o de responsabilidad. Sobre todo ahora, observando desde el punto más alto de la torre todas esas tierras, ciudades y aldeas que se expandían ante él por el gran valle.
Quizá fuera por tener la cabeza llena de cosas que, al bajar del tejado y apoyar un pie sobre la barandilla de piedra, este se le resbaló y acabó dándose un tortazo en el balcón.
Alvion oyó el ruido del golpetazo y una exclamación de dolor. Dando un suspiro lleno de paciencia, se levantó de su silla, se acercó a la puerta acristalada del balcón, la dejó abierta y regresó a su escritorio para seguir escribiendo. Yako, entonces, entró en el despacho con aire cauteloso y disimulando la vergüenza por semejante torpeza, frotándose la cabeza.
—Vaya, mmm… ¿Desde cuándo está tan pulida la barandilla? —preguntó inocentemente.
—Cierra. Está entrando frío —le dijo el anciano tranquilamente, sin levantar la mirada de sus papeles.
Yako lo hizo, y caminó un poco al interior, quitándose la capucha, mientras echaba un vistazo para comprobar el mismo despacho de siempre, con el bello y majestuoso Árbol de Lixue allá en la zona semicircular. Cerca de allí, había algunos muebles junto a la pared, mesillas, una alacena y algunas vitrinas.
Una de las vitrinas contenía objetos extraños, raros, de diferentes orígenes o culturas. Uno de ellos, era una bola de cristal, en cuyo interior, preservada en resina, había una Semilla de Bondad con un brote, una hoja y una flor. Era la misma semilla que Denzel hizo germinar hace tres siglos y medio en ese mismo despacho. Leander la conservó como un objeto valioso, y con mucho significado. Era la muestra de que un demonio Yin que debería tener naturaleza cien por cien Yin había cambiado su naturaleza mental a una cantidad de Yang mayor, porque así lo había querido. Y eso lo había logrado porque Agatha lo hizo antes que él, teniendo todavía más mérito, porque ella no tenía ni una célula de su cuerpo ni mente humanos. Supuestamente.
Después de todo, lo que hace que una mente sea humana es que tenga la capacidad de cambiar o alternar sus energías Yin y Yang. Ser una buena persona durante una época, ser una mala persona durante otra… redimirse de nuevo, tomar malas decisiones otra vez después… Agatha y Denzel habían vivido en ambos lados y habían cambiado su forma de ver y de ser varias veces, como sólo las mentes humanas podían hacer. En el mundo de los iris, “mente” era sinónimo de “alma”.
Lo que contenía esa bola de cristal era una muestra de elección, libertad y cambio, y no sólo era un recordatorio para Denzel, sino también para los humanos. Cuando Cleven era pequeña, este era su objeto favorito del templo.
Sin embargo, igual que tenía un lado positivo, tenía un lado negativo, porque, igual que Denzel decidió abandonar poco a poco su instinto Yin y dejar de devorar humanos, hacer pactos con ellos para fines de beneficio mutuo y usar su don exclusivamente para sí mismo y para los dioses, podía decidir volver a recuperar estos hábitos y regresar de nuevo al lado del Yin. Por supuesto, como sucedía con todas las mentes humanas, esa decisión debía venir provocada por un motivo.
Por eso Yako estaba aquí. Y por eso su KRS estaba preocupada por Denzel. Sabían que Denzel se había sentido feliz y lleno viviendo en el lado del bien, de ayudar a los demás, de contribuir en la Asociación generosamente, de haber conocido gracias a eso el amor, haber tenido su propia familia… Pero, precisamente por haber tenido amor y felicidad, solamente bastaba con arrebatárselos, o destruirlos, para que el taimu abandonara el motivo por el que decidió ser “una buena persona”. Como le sucedería a cualquier humano. Solo que Denzel poseía un poder extremadamente peligroso que ni los Zou ni los dioses podían controlar.
—Podrías haber aprovechado a darle un baño a Sahab —le comentó Alvion.
Yako despertó de sus pensamientos y se giró hacia él. El anciano seguía escribiendo. El chico se sorprendió.
—¿Cómo sabe…? Hah… —resopló con fastidio—. Es porque me vio antes en el bosque, ¿verdad? Desde la Nube Rocosa.
—No. Es porque vienes oliendo a él.
Yako se olió los brazos. También era verdad.
—Aun así, usted sabe desde hace rato que yo había venido a las tierras. No le ha sorprendido nada verme aparecer por el balcón.
—Yako, puedo captar el Yang de iris que viven ahora mismo en la Patagonia. ¿Cómo no voy a captar el tuyo acercándose a mis fronteras?
—Mm… ya… —murmuró.
El chico volvió a ponerse a dar unas vueltas por el despacho, distrayéndose con las decoraciones, toqueteando los cuadros, cogiendo objetos de los muebles para observarlos, juguetear con ellos entre las manos… No podía evitarlo. Porque lo que monk Knive le había contado, cada minuto que pasaba, le pesaba cien gramos más.
—¿Quieres preguntarme algo? ¿Sobre la diosa Yero hablando conmigo en aquella Nube? —volvió Alvion a cortar el silencio, mientras cambiaba varios de sus papeles, y se puso otra vez a escribir en una hoja nueva.
—¿Eh? No —respondió Yako, fingiendo indiferencia, jugueteando con una reliquia de porcelana como si fuera una pelota entre sus manos—. Soy un iris. Esos temas no me incumben.
—Ah… pero sí le incumbe a un iris entrar en mi despacho por la ventana y ponerse a tocar todas mis cosas sin permiso y hacer lo que le venga en gana mientras estoy trabajando —ironizó el anciano, levantando un poco la hoja para releer los datos que había apuntado.
—Bueno, no es diferente de aquello a lo que Neuval le tiene acostumbrado —se encogió de hombros.
—Y tú quieres ser igualito que él —ironizó de nuevo—. Me alegra que al menos quieras seguir los pasos de alguien.
—Sí, seguro que usted se alegra mucho —ironizó Yako también, con un deje molesto, mientras rascaba con la uña unos restos de pintura en el marco de un cuadro.
—¿Y para eso has venido desde Tokio, sólo para alegrarme replicando las manías de tu adorado maestro?
Yako suspiró. Siempre le resultaba difícil hablar con él. Pero tenía que avanzar.
—No. He venido porque debo contarle algo muy importante.
Al oír eso, Alvion se quedó inmóvil por un segundo. Dejó la pluma sobre sus papeles y levantó por fin la cabeza hacia él. Cuando Yako se giró, vio una expresión totalmente cambiada en los ojos dorados de Alvion. El anciano seguía serio, pero su mirada tenía un brillo más dócil y atento. Ahí estaba, de nuevo, ese mismo brillo de esperanza que su abuelo manifestaba cada vez que creía que Yako le iba a decir por fin lo que llevaba veinte años esperando que le dijera.
Se sintió culpable. Se sintió fatal. Yako estaba acostumbrado a decepcionarle cuando esto sucedía. Pero, esta vez, le dolía más que nunca no decirle las palabras que su abuelo llevaba mucho tiempo esperando oír.
—Se trata de Denzel. Ha tenido lugar un suceso temporal directamente ligado con sus ocho hijos. Un salto en el tiempo accidental, pero con un causante detrás que podría tratarse de una nueva taimu. Yo he conocido a Lincoln, el mayor, lo tuve en mi casa una noche antes de llevarlo con Denzel…
Yako vio cómo el brillo en los ojos de Alvion se fue apagando poco a poco conforme le contaba eso. El anciano volvió a perder esa esperanza. Ya estaba acostumbrado.
El joven terminó de contarle todo lo que sabía sobre el tema. Alvion se quedó en silencio, con la mirada perdida en los papales de su mesa.
—Así que nos hallamos en un “nudo latente” —dijo por fin.
—Sí —respondió Yako—. Denzel por ahora quiere tratar de solucionarlo por su cuenta. Cree que sólo es un asunto cerrado entre taimu. Pero mis compañeros de la KRS y yo hemos visto necesario informarle a usted ya mismo sobre esto, porque, no tenemos pruebas, pero intuimos que este suceso podría tener relación más allá de la familia de Denzel. Y que podría afectar a más personas de las que él cree. Que podría afectar… más cosas de las que él cree —añadió con un tono más contenido.
Cuando dijo eso, Alvion dirigió la mirada hacia la vitrina del otro lado del despacho, hacia la bola de cristal que contenía aquella flor, brotada en una Semilla de Bondad. Yako sabía lo que su abuelo estaba observando. Después se miraron entre ellos, en silencio, unos segundos.
—Bien —el anciano volvió a inclinarse sobre sus papeles y se puso a escribir otra vez.
—¿Quiere… que le diga algo a Denzel de su parte?
—No. No hace falta. Así está bien. Indagaré, pero no haré nada directo si él no me lo pide. Según lo que me has contado, Denzel aún se encuentra investigando por su cuenta, así que estaré preparado por si descubre algo y necesita mi ayuda. Has hecho bien en informarme, así estaré al tanto si me llega la noticia de alguna anomalía relacionada que a Denzel se le pueda escapar.
Yako asintió.
—Puedes marcharte ya, no hace falta que sufras más. Sé que no te gusta estar por aquí —murmuró Alvion en bajo con algo de pesar.
El chico hizo un gesto dubitativo, pero no se movió. No sabía qué hacer, una parte de él quería quedarse un poco más, pues tenía la vaga necesidad de decirle algo y no sabía cómo. Disimuló su intranquilidad mirando distraídamente el despacho por quinta vez. Se acercó a la mesa de Alvion y curioseó un poco. Encontró a un lado una taza, con restos de una infusión con trozos de hoja de ortiga y arándanos. Eran sólo dos de los ingredientes de un tipo de infusión que Yako ya conocía, y no era una infusión común, sino con fines médicos. Se la había preparado el propio Yagami.
Yako disimuló que había visto la taza tomándose la libertad de robar de un cuenco cercano un puñado de almendras, y las comió desinteresadamente, mientras seguía observando cosas. Al otro lado de la mesa, reposaba, como siempre, el precioso marco que contenía la fotografía de una mujer árabe, posando felizmente en un campo de tulipanes.
Lo que llamó la atención de Yako, fueron unas hojas de papel que eran distintas al resto, junto al marco. Eran más pequeñas, de un suave color verdoso y con los bordes recortados con ondulaciones. Eran unas hojas algo cursis, pero muy cucas. Al acercarse para verlas, Yako descubrió que tenían varios versos escritos en árabe, y los leyó por encima.
—¡Hala! ¿Todavía sigue escribiendo poemas de amor dedicados a la abuela Lubna? —preguntó Yako con sorpresa.
Fue a coger una de esas hojas para leer más, pero de repente Alvion se lo impidió dando un manotazo veloz sobre ellas. Le clavó una mirada enfadada a Yako, pero tenía la cara roja.
—¿En serio? —sonrió Yako con burla.
—¡Muchacho! ¿¡No tienes nada mejor que hacer!? —Alvion cogió todos esos papeles tan bonitos y los guardó en un cajón del escritorio bajo llave a toda prisa.
Yako no dijo nada. Solamente miró para otro lado, dando un suspiro apesadumbrado. Y ahí fue cuando el anciano se dio cuenta.
—Jen jang… —blasfemó en coreano—. Por eso estás tan raro. ¡Monk Knive te lo ha contado! —dijo con fastidio, levantándose de su silla y dando unos pasos por el despacho.
—Bueno, habría sido una enorme falta de consideración que no me lo hubiera contado, ¿no cree? —defendió Yako.
—No, no lo creo. Viggo no debería haberte dicho nada.
—¿Por qué no?
—¡Porque eres un iris!
—¡Ah, ¿para esto sí soy un iris?! —se enfadó Yako.
—No, muchacho, ¡no entiendes! Por mucho que sea un tema privado mío y te incumba como familia, no se puede olvidar el hecho de que tienes un iris, tan real y auténtico como cualquier otro iris. Noticias así, ¡no te hacen ningún bien!
—Mi iris está perfectamente sano, ¡no va a desestabilizarse o a desarrollar algo malo por saber algo así! Corro al menos con esa ventaja. Mi iris nunca fue gris, nada más nacer ya era una energía Yang completa, porque al no poseer ni una mota de Yin como los humanos, mi iris sólo podía abrazar la única energía que contengo.
—No hablo de que tu iris se desestabilice o se vuelva peligroso —farfulló el anciano, parándose frente al Árbol de Lixue, dándole la espalda.
Yako lo vio agachar la cabeza y frotarse los ojos con agotamiento.
—Alvion…
—Todo está bajo control —le interrumpió—. No hay nada de lo que debas preocuparte más allá de tu deber como iris. Está todo preparado. ¿De acuerdo? No va a ser lo mismo… pero podrá seguir funcionando. De algún modo —murmuró.
Se quedaron en silencio un rato. Finalmente, Alvion se calmó y regresó a su mesa.
—Vamos, muchacho, vuelve a casa. Se está haciendo tarde y mañana tienes clase en la universidad.
Yako ya no tenía más que hacer ahí. Había cumplido su recado, y aun así sentía que no había cumplido nada, que todavía había algo que hacer, algo que quedaba sin concluir, sin solucionar. Una vez más, el elefante en la habitación permaneció en la habitación. Yako se marchó de regreso a Tokio.
Una hora y media antes...
«—Alvion a veces puede llegar a ser duro con la gente —le dijo monk Knive cuando estaban paseando antes por el bosque—. A veces puede decir cosas que hacen daño. Pero, al final, todos acaban entendiendo por qué. Porque luego descubren, se dan cuenta, abren los ojos hacia aquello que antes no veían. Él lo intenta, porque sólo quiere que el mundo deje de tener miedo a la verdad.
—¿Qué verdad? —preguntó Yako.
—La que cada uno encierra dentro —respondió el monje—. Seres de puro Yin, seres de puro Yang, seres de mezcla de Yin y Yang… no importa. Todos tenemos monstruos internos, espinas clavadas, fantasmas del pasado que nos persiguen. Nadie está por encima de los errores, de los remordimientos, de la rabia y la tristeza, ni de soñar con cosas imposibles. Ni siquiera Alvion.
—Ya. Nadie es perfecto, y todo eso que se suele decir para consolarnos —dijo Yako, encogiéndose de hombros con fingido aire indiferente—. Y en cambio, él espera que yo lo sea.
—No es eso lo que Alvion espera de vos.
—Pues lleva casi veinte años dándome esa impresión.
—Porque todavía no queréis ver. Porque todavía tenéis miedo.
Yako se detuvo de golpe. No ocultó lo molesto que se sentía, mirando al monje sin sonrisa alguna. Pero monk Knive era un experto en su trabajo y mantuvo su calma de siempre.
—Ya veo. Como Alvion está “pachucho”, me das tú el sermón de siempre de su parte.
—Yako… —intentó hablarle el monje.
Sin embargo, el ojo iris de Yako brilló unos segundos de su luz verde claro y de repente recuperó la calma, y volvió a mostrar su habitual sonrisa cálida y encantadora. Siguió caminando sin más.
Monk Knive lo observó en silencio, suspirando un poco, y fue con él.
—Es de gran importancia que me escuchéis, Señor.
—Quizá cuando dejes de llamarme de esa forma —siguió sonriendo.
—No estoy conversando ahora con vos por petición de Alvion. De hecho, él no querría que yo ahora esté hablando con vos. Mas me veo obligado a desobedecer por una vez, e intervenir en el destino.
—¿De qué hablas? —frunció el ceño.
—¿Hasta qué punto os molesta que Alvion saque fuera vuestros problemas personales delante de vuestros amigos?
—Heh, ¡bastante! Me parece algo muy infantil de su parte, la verdad. Y sé perfectamente por qué lo hace.
—¿Por qué lo hace?
—Pues para fastidiarme, por supuesto.
—¿De verdad creéis eso?
—Sí —contestó Yako tajantemente, parándose delante de él.
—¿Tanto os costaría ser honesto conmigo?
La mirada de Yako se ensombreció en un instante. Todo el malestar y el agobio y otras cosas insanas que llevaba acumulando desde que aterrizó el jet hasta ahora empezaron a revolverse dentro de él. Y el monje Knive continuó en total calma.
—Alvion no lleva manteniendo la esperanza en vos durante 18 años porque no le quede más remedio o porque vos seáis el único recurso que queda, sino porque nunca ha dejado de creer en vos.
—¿De creer en mí? Soy una decepción para él, Viggo. Y todo porque no quise hacer lo que él quería que hiciera.
—Lo que me sorprende, no es ver lo equivocado que estáis, sino ver que vos sabéis lo equivocado que estáis y aun así insistir en engañaros a vos mismo.
—No me engaño —replicó Yako, cada vez más alterado.
—Alvion respetó la decisión que tomasteis de niño de llevar la vida de un iris más, ¿recordáis? Y estuvo algunos años sin deciros nada. Pero entonces, Alvion comenzó a observaros, cómo desempeñabais vuestro trabajo como iris, y comenzó a ver el auténtico potencial que poseéis dentro. Que poseéis más potencial del que vos queréis reconocer. Y por eso sus insistentes comentarios que tanto os molestan, su insistente intento de persuadiros. Sois de todo menos una decepción para él, Yako. El único pesar que guarda en su corazón es ver que aún sois presa del miedo y del dolor, que os impiden abrazar vuestra verdad interior.
Los ojos de Yako habían empezado a humedecerse, a pesar de su mirada todavía fría y severa.
—No es cierto… —murmuró.
—No os miento. Y como Zou, obviamente lo sabéis.
—No quiero seguir hablando de esto —volvió a echar a andar, a zancadas.
—Cuánto de ese miedo y de ese dolor menguaría, si reconocierais que Alvion siente por vos un amor tan inmenso como el que vos sentís por él —dijo sin moverse de donde estaba.
—Heh… ¿que yo le quiero? —se rio Yako con sarcasmo, retrocediendo y volviendo a donde estaba el monje, y entornó los ojos cada vez más irritado—. No le necesito como tú piensas, monk. Para mí él no es nadie, igual que para él yo no soy nadie.
—No os creo —insistió.
—Pues me da igual que no me creas —Yako empezó a elevar su tono de voz—. No quiero seguir hablando de esto, Viggo. Las cosas cambiaron hace muchos años y seguirán así.
—¿Eso es lo que pensáis? —dijo una vez más.
—Por favor, basta.
—¿Es lo que pensáis de verdad o no?
—¡¡Sí!! ¡¡Es lo que pienso y lo que es!!
Yako terminó estallando por primera vez en años. Y su voz sonó diferente. Se volvió grave, potente y casi distorsionada como el rugido de un trueno. Incluso la expresión de su cara se transformó en un semblante terrorífico.
—¿¡Quieres saber lo que en realidad siento hacia él!? ¡Odio! ¡Lo odio! ¡Lo odio desde que mi padre murió! ¡Debió morir él, y no mi padre! ¡Mi padre al menos me quería! ¡Y ni siquiera puedo vengarle, ni siquiera pude verle la cara a quien me lo arrebató!
El monje tuvo que protegerse los ojos con el brazo cuando los de Yako brillaron como dos cegadores soles dorados por un breve instante. En ese momento, el aire, la tierra, todo a su alrededor producía una extraña y poderosa vibración que emanaba de la energía del cuerpo de Yako, como si el mundo estuviese temblando de miedo ante un poder divino y estuviera a punto de quebrarse.
Yako se dio cuenta y trató de calmarse enseguida, respirando hondo varias veces. Se apoyó sobre sus rodillas. Si no se calmaba, podría acabar destruyendo todo el bosque con un simple pestañeo, o incluso toda China.
Monk Knive volvió a bajar el brazo tranquilamente. Dejó que Yako terminara de sosegarse. Claramente llevaba mucho tiempo sin desahogarse de aquella manera. El chico dejó salir un sollozo, pero enseguida respiró hondo una vez más, enderezándose, mirando al cielo. Y dejó salir el aire más calmado, despacio. Después se quedó callado, cabizbajo.
—Alvion se muere —le confesó monk Knive por fin.
Yako levantó la cabeza de golpe, desconcertado y horrorizado ante esas palabras.
—No se ha levantado pachucho hoy. Esta mañana ha sufrido un ataque al corazón. Ya es el segundo este año. Pero esta vez, los monjes médicos han tardado el doble en reanimarlo, cuatro minutos.
—¿El… segundo…? —musitó Yako.
—Simplemente, se acerca su hora. Su cuerpo ya está en el límite de vuestra longevidad media, los 110 años.
Yako volvió a descender la mirada poco a poco, conforme iba asimilando la noticia.
—Por eso… la diosa Yero estaba ahí…
—Yero simplemente vino a comprobar qué tal se encontraba Alvion —asintió monk Knive—. A informarse de su estado. Y a preguntarle qué pasaría.
—Con la Asociación —entendió Yako, alicaído.
—Pero Alvion le ha explicado que todo seguirá en marcha. Los Monjes del Consejo ya tenemos instrucciones. La sede de la Asociación seguirá operando, bajo nuestra dirección y la de Denzel. Con un poco más de cooperación entre todos y un poco más de esfuerzo, la Asociación se mantendrá activa.
—Pero… los iris… —balbució Yako, mirando para los lados, consternado—. Los iris necesitan… el nivel de actividad no será el mismo, y… El núcleo de energía… El Árbol Madre… estas tierras…
Yako no era capaz de ordenar sus palabras porque su mente ahora estaba hecha un lío.
—Me temo que eso es sólo un asunto entre vos y vuestros pensamientos. Sólo lo sabemos algunos monjes. Alvion nos ordenó, después de recuperarse, que no se lo dijésemos a nadie más. Mas me parecía inconcebible ocultaros una noticia así acerca de, no vuestro Señor, sino de vuestro abuelo. Ahora, Alvion se encuentra bien, como si nada hubiese pasado, pero la probabilidad de que tenga más achaques, de ahora en adelante ha aumentado. Su hora se está acercando, poco a poco, lentamente.
Yako seguía cabizbajo. Ya no tenía fuerzas para decir nada. Sólo quería pensar.
—Siento que hayamos tenido esta conversación, Señor —continuó monk Knive, quitándose el sombrero y echándose el cabello hacia atrás—. Os dejo tranquilo para que vayáis al despacho de Alvion ahora y terminéis de realizar vuestro recado. Lamento haberos alterado y hecho pasar un mal rato. Espero que comprendáis por qué lo he hecho. No es sólo por la Asociación. También por vos.»
Fin del 2º LIBRO - Pasado y Presente
PARTE 1: El Nudo Latente
La historia continúa clicando en el siguiente Capítulo 48, que es el primer capítulo de:
PARTE 2: El Descubrimiento
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