2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __
Todo se quedó en pausa. Pipi y Neuval, petrificados como estatuas, miraron a Cleven con caras ojipláticas. Cleven, por su parte, los miró a ellos con la sonrisa congelada en extrema confusión.
No sabía qué de todo aquello la descolocó más, si ver a su padre con esas pintas de chándal y camiseta de mecánico con manchas, tirado bocabajo en el suelo y despeinado, o a otro hombre sentado encima de él presuntamente estrangulándolo, o que estuvieran entre un sofá y una butaca volcados. Pero sólo pasaron dos segundos y medio cuando Pipi y Neuval se levantaron como el rayo y se pusieron ambos a sostener el sofá por cada extremo.
—Sí, por aquí me parece bien —decía Neuval—. Muévelo un poquito hacia la izquierda.
—Ajá, donde tú me digas. ¿Está bien en este ángulo? —decía Pipi, mientras colocaban el sofá de vuelta a su sitio.
—Perfecto. Gracias por ayudarme a redecorar mi despacho. Estos muebles pesan mucho.
—No hay de qué. Permite que te coloque la butaca donde creo que va mejor —cogió Pipi la butaca volcada para devolverla a su lugar.
—Ehm… ¡Vaya, dichosos los ojos! —Neuval se giró hacia Cleven velozmente con una gran sonrisa inocente mientras el corazón seguía latiéndole en los tímpanos y le palpitaba un chichón en la frente—. Cleven, mon doudou, qué inesperada sorpresa…
—Símm… esa era la idea —dijo ella, todavía sin comprender del todo lo que había visto, y mirando al otro hombre, más reservada—. Perdón, no sabía que estabas reunido. Yenkis me había dicho por mensaje que hoy estabas en la empresa y Hoti me ha dicho que estabas de descanso en este momento… Pero si estás trabajando…
—Oh, no, no. No estoy trabajando ahora —se acercó a ella y la empujó suavemente a sentarse en una de las sillas frente a su escritorio, y él se sentó en el borde de este.
—¿Por qué estás así vestido? —señaló Cleven, mirando después sus cabellos despeinados—. Guau, pareces otra persona…
—¿Eh? —se miró a sí mismo—. Esta es la ropa que me pongo cuando trabajo en el laboratorio.
—Ah… A veces olvido que también haces cosas de mecánico y experimentos y esas cosas.
—¿Y tú por qué vas así? —brincó Neuval al ver que tenía una vistosa mancha marrón en el jersey a la altura del pecho—. No me digas que vas así de sucia a los lugares, Cleven. ¿No pone Brey lavadoras en su casa? —cogió de un cajón de su escritorio una toallita húmeda un poco gruesa y de color azul y se puso a frotarla sobre la mancha para limpiarla.
—Papá… —protestó Cleven en voz baja, mirando de reojo y abochornada al otro hombre desconocido, allá sentado en una de las butacas del saloncito.
—Es importante cuidar la higiene y el aspecto si quieres que la gente te tenga un mínimo de respeto. ¿Quieres que te lave la ropa en casa?
—Papá, ¡que no! —se puso más roja—. Siempre voy impecable a todos lados. Esta mancha me la acabo de hacer por accidente. Al entrar al edificio, he cogido un par de bollitos de la cafetería y me los he comido en el ascensor de camino a tu despacho, y se me ha caído un poco de crema de chocolate. Luego en la calle me la taparé cerrándome el abrigo, así que no hace falta q-… —se quedó muda cuando su padre terminó de frotar con esa toallita en su jersey, y no sólo la mancha había desaparecido por completo, sino que la tela quedó seca y como nueva—. ¡Oh! ¿¡De dónde has sacado esas toallitas mágicas!? ¿¡De qué marca son!? ¿¡Dónde las puedo comprar!?
—Oh, ahm… —titubeó Neuval, y miró un momento a Pipi con disimulo—. Me temo que las compré… en algún viaje al extranjero, no recuerdo dónde, y apenas me quedan.
Lo cierto es que esas toallitas eran un invento iris. Al igual que Drasik, muchos otros Sui especializados en Química habían llegado a inventar productos bastante útiles y especiales. En este caso, estas toallitas que limpiaban literalmente cualquier mancha sin dejar ni siquiera un rastro molecular las había inventado Sakura, la presumida Sui de Pipi y la chica del instituto que Cleven no podía aguantar. Para los iris, este tipo de producto era muy importante, cuando necesitaban limpiar de forma inmediata, por ejemplo, manchas de sangre u otras sustancias de la ropa, o del coche o de cualquier cosa para tenerlo todo libre de rastros en caso de que la policía analizara algo.
—Pero bueno, Cleventine, ¿también vas con la boca manchada? —rechistó, viendo que tenía los labios algo manchados de chocolate también, y esta vez cogió un pañuelo de papel normal de una cajita sobre el escritorio y fue a limpiarle él mismo.
—¡Papá! —lo frenó ella, volviendo a ponerse roja hasta las orejas, y le quitó el pañuelo para limpiarse ella misma de mala gana—. ¡Que ya no soy una niña pequeña!
—¿Estás segura? —le espetó—. Comes como una.
—Arrête ça!
—Ooh… —sonrió con exagerada ternura, haciéndola rabiar—. No te enfades. Lex comiendo da más asco que tú y sigue siendo un hombre muy decente.
—¿Y cuál es tu excusa? —señaló Cleven la camiseta sucia de él.
—¿Esto? Aceite de motor. Manchas de trabajo. Son manchas que dignifican a uno —dijo con tono petulante, cerrando los ojos con aire digno.
Cleven le lanzó una mirada asesina. Su padre era irritante, con sus respuestas para todo. Pero… esta vez era muy diferente. Esta vez, no estaban discutiendo de algo serio, no había dolor, no había rencor ni frustración. Era simplemente una discusión tonta, y ella no pasó por alto el claro tono de broma y divertido de él. Hasta ahora, no lo había pensado, porque había estado dándolo por sentado, el hecho de que todos estos últimos siete años su padre era quien había estado ocupándose de estos pequeños detalles de la vida cotidiana, de procurar que sus hijos tuvieran la ropa limpia, y la cara, las manos, y que cuidaran su higiene y el aspecto, e ir a limpiar las manchas nada más verlas… Eso también lo hacía su madre cuando vivía, esa atención, esos gestos de cuidado cotidiano.
Cleven volvió a sonrojarse un poco, pero esta vez no de rabia, sino de una sensación cálida. Quizá su padre no era el hombre tan frío y distante que ella había creído en los últimos años, porque estos gestos de él, en realidad, habían sido muy comunes, solo que ella no los había tenido en consideración, o valorado o recordado.
Por su parte, Neuval, que seguía sonriendo tranquilamente, empezó a sentirse incómodo ante ese silencio tan raro de Cleven. Temió haberse pasado con la broma y haberla molestado y enfadado de verdad, como muchas otras veces había pasado sólo por decir o hacer algo fuera de lugar. Los adolescentes podían ser muy irascibles y enfadarse enseguida por cualquier cosa. Él mismo había sido así a su edad. Como iris, podría identificar la verdadera razón de ese silencio de Cleven, que era de pura realización de darse cuenta de esta faceta de su padre que tantos años había ignorado, pero como ella lo tenía tan acostumbrado a otra actitud, esto se le escapaba.
—Bueno… esto… ¿Estás bien? —intentó Neuval calmar el supuesto enfado de Cleven—. ¿Has venido aquí para pedirme algo? ¿Cuánto dinero necesitas?
—¿Qué? —lo miró contrariada, mientras se ponía su bolso sobre el regazo. Pero luego se dio cuenta—. Caray… ¿Sólo te tengo acostumbrado a eso?
—¿Estás en problemas?
—¿Q…? ¡No! Papá —suspiró ella pacientemente—. No he venido a verte para pedirte algo. Sino para enseñarte algo.
—¿Ah?
Entonces Cleven metió las manos en su bolso y sacó una hoja, y la estampó sobre el escritorio de un manotazo, poniéndose otra vez de pie de un salto.
—¡Bam! —le sonrió con mirada desafiante—. ¡Toma ya! ¿¡Qué te parece!?
Neuval, que se había pegado un pequeño susto, se inclinó para ver esa hoja. La reconoció porque era la misma hoja que buscó y encontró anteayer hurgando en la cartera de Denzel, solo que anteayer no estaba aún corregido. Era el primer examen gordo que Cleven había tenido este curso, de Ciencias.
Neuval tenía fe en que Cleven iba a poner esfuerzo, tal como ella le prometió, y esperaba que realmente conseguiría aprobarlo aunque fuera por los pelos, aunque fuera con 60 puntos raspados, que era la mínima nota para aprobar. Por eso, casi le dio un vuelco el corazón cuando vio que tenía 78 puntos. Eso era un B+, a dos puntos de llegar a la A, la cual abarcaba desde los 80 hasta los 100, mientras que la B abarcaba desde los 70 hasta los 80, y la C de 60 a 70. Neuval esperaba al menos una C-. Y había sacado un B+.
Esto no era ninguna nimiedad. Esto estaba pasando por primera vez en muchos años. Para Cleven, era aprobar por fin un examen sin una triste C. Para Neuval, era una señal de que su hija estaba recuperando la ilusión de la vida y la confianza en sí misma.
Cogió la hoja entre sus manos y la revisó entera, con sus ojos grises ocultando un brillo emocionado, mientras Cleven esperaba algún comentario ahí de pie, sonriendo orgullosa con la barbilla alta.
—¿Qué? ¿Pasmado? ¿A que no te lo esperabas? ¿Creías que no podía sacar una nota así?
—Que yo recuerde, fui yo quien te dijo a ti que podías de sobra sacar buenas notas. Eras tú la que se consideraba tonta a sí misma cuando para nada es cierto.
Cleven recordó que eso era verdad. De los dos, era ella la que tenía bajas expectativas en sí misma. Pero entonces volvió a sonreír, sonrojándose un poco con vergüenza.
—¿Por eso has venido aquí… en persona? —le preguntó Neuval, sorprendido ante ese detalle—. ¿Para verme y enseñármelo en persona?
—Sí… bueno… es que mi profesor, Denzel, me sugirió que fuera a enseñártelo en persona… aunque reconozco que yo misma me he emocionado con la nota y… no sé, me ha parecido buena idea ir a mostrártelo esta tarde… y darte una sorpresa… Pero sé que debería haberte llamado antes, sé que no te gusta que la gente venga aquí sin avisar…
Neuval la abrazó sin previo aviso, y Cleven se quedó muda. Pero ese abrazo le produjo una sensación maravillosa. Por supuesto, ella siempre había deseado, en el fondo, recibir la aprobación de su padre igual que había visto a sus hermanos recibirla siempre con los logros que ellos obtenían constantemente. Sin embargo, tal vez había estado siete años sin recibirla porque ella misma lo había estado impidiendo, creyéndose no merecedora de ello.
Si el autodesprecio fuera hereditario, esta sería una prueba. Cleven aún no sabía lo mucho que se parecía a él. Tal vez, debería haberse permitido a sí misma atreverse a hacer esto más veces, ver a su padre en persona, para mostrarle un logro, aunque fuera pequeño, y recibir de él una aprobación que él siempre había estado deseando darle.
—Bueno… Mm… —balbució Cleven una vez se separaron, y se rascó la nariz, tímida—. El mérito no ha sido sólo mío. Me han ayudado.
—¿Sí? ¿Tu tío?
—No, un compañero de mi clase superamable y superbueno y supergenial… —se le escapó una sonrisilla boba—. B-bueno, o sea… Tú seguro que tienes que saber quién es. Kyosuke Lao. Resulta que es el nieto de tu socio, el viejo señor Lao.
—¡Prff! —Pipi, allá en la zona del sofá y las butacas, se atragantó un momento cuando le estaba dando un sorbo a su lata de cerveza.
Cleven lo miró sobresaltada un instante, pero luego vio que su padre tenía una mueca muy rara, un tercio sonrisa, un tercio nervios y un tercio esfuerzo por disimularlos.
—Aaeh… —titubeó Neuval—. Sííí… Kyosuke Lao, claro… Había oído que está en tu misma clase este año. Así que… ¿os estáis haciendo amigos y tal?
—Sí, y es genial —le dijo ella muy contenta—. Me ayudó a estudiar para este examen. Y siempre es amable conmigo… ¡Papá! ¿A qué viene esa cara? Te aseguro que este chico no es para nada como esos otros con los que andaba antes y que tanto disgusto te daban. Creo que Kyo se está volviendo uno de mis mejores amigos.
—Amigos… vale —murmuró Neuval, sin saber si eso seguía siendo buena idea o no y sin poder dejar de estar tenso.
—Cof… —se oyó una tosecilla de Pipi por ahí.
—De hecho, este curso estoy haciendo más buenos amigos —siguió contándole Cleven con entusiasmo—. Aparte de Kyo, y Nakuru y Raven, también está el amigo de Kyo, Drasik, pero sólo se nos une unos días sí y otros no. Es muy raro, depende de qué humor tenga, pero a mí ese me da igual. ¡Oh! También está Álex, nos la ha presentado Nakuru. Alejandra Suárez, es supersimpática, y hace kickboxing, es muy guay…
—¡Ahh! —Pipi dio un respingo y un brinco sobre la butaca de allá—. ¿Eres amiga de mi Álex?
—Ah… ¿Qué? —lo miró Cleven con desconcierto—. Disculpe… ¿usted es su padre?
—¡Sí! —respondió alegremente, y se acercó hasta ellos, con una mano en el pecho—. Permite que interrumpa un momento tu conversación con tu padre para presentarme. Soy Nicolás Suárez, Cleventine, un gusto.
Cleven se quedó perpleja por esta inesperada casualidad.
—Oh, guau… Y pensar que el otro día Álex y yo estuvimos despotricando sobre vosotros dos…
A Pipi se le borró la sonrisa y puso una enorme cara de desilusión.
—¡Cleventine! —le reprochó Neuval con enfado.
—¡Uy! ¡No, no, pero no de mal rollo! —se apuró a explicarle Cleven a Pipi—. Ya sabe, las chicas de mi edad hacemos eso, nos gusta hablar de lo plastas que son nuestros padres… Pero todas las veces que Álex le ha mencionado, se nota que le quiere. Dice que mudarse aquí para vivir con usted es la mejor decisión de su vida y está muy feliz.
—¿Dice eso? —Pipi volvió a recuperar la sonrisa mientras se le empañaban los ojos como a un bebé, conmovido.
—De hecho, ¿cómo es que usted está aquí, señor Suárez? ¿Se conocen mi padre y usted? ¿Desde cuándo? —preguntó curiosa.
Pipi y Neuval cruzaron una discreta mirada.
—¿Cómo no vamos a conocernos? —dijo su padre—. Estás ante el arquitecto de mi castillo.
—¡El…! —se asombró la muchacha—. Sí, ya… ¿¡En serio!? ¿¡Es usted quien construyó este rascacielos!? ¡Qué pasada!
—Bueno… —Pipi se rascó la cabeza, halagado.
—En fin, jovencita. Tengo que seguir zanjando algunos asuntos —le dijo su padre.
—Ah, sí. Ya me voy —dijo ella, volviendo a guardar su examen en su bolso—. ¿Te ha gustado esta sorpresa, entonces?
—Cleven —le puso las manos en las mejillas y se inclinó hacia ella para mirarla a los ojos, sonriente—. No te lo puedes ni imaginar.
Ella volvió a quedarse muda. Su padre realmente parecía una persona distinta últimamente. O eso, o es que ella estaba abriendo más los ojos y viéndolo como era realmente. O una mezcla de ambas cosas.
—Papá, te noto cambiado —decidió comentárselo ahora directamente, pues ya desde el día de la reunión del instituto le había estado llamando la atención e intrigando.
—Ah, ¿sí? ¿Y te gusta el cambio?
—Depende. ¿Eres más feliz con este cambio?
Neuval se sorprendió con esa pregunta. Por un momento, tuvo la sensación de estar con la vieja Cleven del pasado, una Cleven que, pese a su corta edad, era espléndidamente perspicaz y empática.
—Sí.
—Entonces, me gusta —sonrió Cleven.
—Yo noto lo mismo en ti —le dijo él—. Has cambiado. ¿Es un cambio que te hace feliz?
—Sí —contestó ella, y miró al suelo con vergüenza.
—Nous devrions le célébrer —declaró Neuval, volviendo a erguirse, y rodeó el escritorio para ir a sentarse en su silla—. Ton meilleur examen depuis des années. (= Deberíamos celebrarlo. Tu mejor examen en años.)
—Qu'est-ce que tu as en tête? —se ilusionó Cleven. (= ¿Qué tienes en mente?)
—Pues… Podríamos hacer una gran cena en casa un día de estos, con pizzas y hamburguesas, con un gran pastel de postre… —Conforme iba describiendo eso, a Cleven se le abrían más los ojos y se le caía la baba—. Después, podrías pasar la noche en casa… y mientras duermes, cerraré todas las puertas y ventanas para que no puedas salir nunca jamás.
—¿Q…? —a Cleven se le quedó cara de horror—. ¡Papá! ¡No hablarás en serio!
—Hahah… —se rio Pipi—. Me parece que tu padre te echa de menos, Cleventine.
—Venga ya… ¿Es eso verdad? —frunció el ceño, mirando al susodicho—. Yo creía… que vivías más tranquilo sin mí.
—Más tranquilo y más triste —aclaró Neuval.
—¿Sí? —murmuró Cleven, sin esperarse oír eso, y volvió a mirar al suelo, sin saber cómo responder.
—Tranquila, Cleven —sonrió su padre más suavemente—. Sólo estoy bromeando. Es decir, sí que añoro tenerte en casa, eso ni lo dudes. Pero viendo lo bien que te va en la casa de tu tío y con tus primos, no se me ocurriría obligarte a irte de allí. Aun así… me gusta mucho que vengas a hablarme de tus cosas de vez en cuando. Hazlo más veces.
Cleven suspiró aliviada, y más entusiasmada de lo que ya había venido.
—Gracias, papá —se llevó el bolso al hombro—. Bueno. Me voy a casa ya. Encantada, señor Suárez —se despidió de él con una inclinación.
—Igualmente.
Cuando Cleven se marchó y volvieron a quedarse los dos solos, Pipi se giró hacia Neuval, mostrándole una mueca sobrecogedoramente afligida.
—¿Y a ti qué te pasa? —se sorprendió el Fuu.
—Oírla llamarme “señor Suárez” es como una puñalada en el pecho —casi sollozó el hombretón.
—¿Y cómo quieres que te llame? —se rio.
—Ella antes solía llamarme “tito Nico”, ¿recuerdas? —siguió lamentando, nostálgico, y Neuval le respondió con una cara comprensiva—. Está muy mayor…
—Lo sé.
—Está enorme… —insistió Pipi, asimilando haber visto de nuevo a Cleven después de siete años, mientras se sentaba en una de las sillas frente al escritorio.
—Sí.
—Y es el vivo retrato de Katya.
—Pero tiene mi nariz.
—¡Neu! ¿Te das cuenta de lo que ha pasado? —sonrió de repente, contento, y el otro lo miró confuso—. ¿No he estado años diciéndote que uno de mis deseos era que ojalá nuestras hijas fueran amigas? ¡Ha ocurrido! ¡Y de casualidad!
—Oh, es verdad. Me dabas la tabarra con eso desde que éramos jóvenes, antes de que acabáramos el instituto incluso. Y luego el sensiblero soy yo —se rio.
—Vamos, sabes que era una de mis ilusiones del futuro, y también sabes por qué —se defendió Pipi—. Entre tu hermano, tú y yo, soñaba con la idea de que los tres tuviéramos familias unidas en el futuro. Como Hideki, Emiliya y Kei Lian. Álex apenas lleva un par de meses en este país y no sólo acaba haciéndose amiga íntima de Nakuru de pura casualidad en los primeros días del curso, ¡sino también de Cleven y de Kyo! ¡Al final se ha cumplido! ¡Mi hija, tu hija y el hijo de Sai! Por cierto… te he notado preocupado por esto último.
—Hahh… —suspiró Neuval, apoyando la barbilla en las manos—. No creo que deba preocuparme. Ya sabía que existía la posibilidad de que Kyo y Cleven entablaran amistad si están este año en la misma clase. Y además, sé que Kyo sabe el cuidado que debe tener, y por qué debe tenerlo. Confío en él, tanto como en Nakuru, para saber mantener a Cleven protegida y alejada del mundo de los iris. Y a ti, ¿te preocupa?
—Hmm… —suspiró también, mirando al suelo—. No lo sé. Desde los 4 años hasta ahora, Álex ha vivido solamente con su madre en Madrid por razones inevitables. No he podido tenerla conmigo en todos esos años. Y todo por culpa de que en 30 años no he sabido cumplir mi venganza.
—La tuya es de las más difíciles que hay, Nico. Y la seguridad de tu hija estaba por encima de cualquier cosa.
—Sí. Pero… lo he estado pensando mucho últimamente. Primero voy a esperar, tantear el terreno, ver qué tal se aclimata Álex aquí en esta nueva vida conmigo… y después creo que se lo contaré.
—¿El qué? —preguntó Neuval, pero viendo que Pipi prolongaba el silencio, cayó en la cuenta y lo miró con horror—. ¿¡Qué dices, estás loco!? ¡Es tu única hija, y humana, e inocente, y…!
—Acaba de cumplir 17 años —repuso Pipi—. La he visto crecer a trozos, con algunas visitas al año, y hablando por teléfono y videollamada cada semana… Al menos me he sentido unido a ella de esa forma, y sobre todo porque ella siempre ha querido verme y llamarme y contarme siempre sus cosas. Pero creo que ahora me ha llegado la oportunidad de estar unido a mi hija de manera completa. Ya sabes… sin secretos, sin mentiras…
—Pero Pipi… ¿Y su seguridad?
—Sinceramente, creo que esta es una de esas ocasiones en que la verdad la protegerá más que la mentira. Se nos están haciendo mayores, Neuval, se nos van de entre las manos, se nos están independizando… Creo que Álex debería saber la verdad sobre su familia.
—¿También le vas contar de qué familia procede?
—Por mucho que me disgustara, Álex ha tenido toda la vida una relación muy cercana con mi padre, mis hermanos, mis sobrinos, primos, primos segundos… Para todos ellos también será más fácil relacionarse con Álex sin tener que ocultarle todo el tiempo que todos son iris y almaati. Y para mí también —añadió con un tono más emocionado—. Quiero que Álex me conozca. Que sepa quién soy realmente. ¿Entiendes?
Neuval no dijo nada. Obviamente, Pipi estaba hablando de su propio caso y de sus circunstancias, pero Neuval no podía evitar escuchar todas esas palabras como si estuviera hablando de él y de Cleven.
Todo se quedó en pausa. Pipi y Neuval, petrificados como estatuas, miraron a Cleven con caras ojipláticas. Cleven, por su parte, los miró a ellos con la sonrisa congelada en extrema confusión.
No sabía qué de todo aquello la descolocó más, si ver a su padre con esas pintas de chándal y camiseta de mecánico con manchas, tirado bocabajo en el suelo y despeinado, o a otro hombre sentado encima de él presuntamente estrangulándolo, o que estuvieran entre un sofá y una butaca volcados. Pero sólo pasaron dos segundos y medio cuando Pipi y Neuval se levantaron como el rayo y se pusieron ambos a sostener el sofá por cada extremo.
—Sí, por aquí me parece bien —decía Neuval—. Muévelo un poquito hacia la izquierda.
—Ajá, donde tú me digas. ¿Está bien en este ángulo? —decía Pipi, mientras colocaban el sofá de vuelta a su sitio.
—Perfecto. Gracias por ayudarme a redecorar mi despacho. Estos muebles pesan mucho.
—No hay de qué. Permite que te coloque la butaca donde creo que va mejor —cogió Pipi la butaca volcada para devolverla a su lugar.
—Ehm… ¡Vaya, dichosos los ojos! —Neuval se giró hacia Cleven velozmente con una gran sonrisa inocente mientras el corazón seguía latiéndole en los tímpanos y le palpitaba un chichón en la frente—. Cleven, mon doudou, qué inesperada sorpresa…
—Símm… esa era la idea —dijo ella, todavía sin comprender del todo lo que había visto, y mirando al otro hombre, más reservada—. Perdón, no sabía que estabas reunido. Yenkis me había dicho por mensaje que hoy estabas en la empresa y Hoti me ha dicho que estabas de descanso en este momento… Pero si estás trabajando…
—Oh, no, no. No estoy trabajando ahora —se acercó a ella y la empujó suavemente a sentarse en una de las sillas frente a su escritorio, y él se sentó en el borde de este.
—¿Por qué estás así vestido? —señaló Cleven, mirando después sus cabellos despeinados—. Guau, pareces otra persona…
—¿Eh? —se miró a sí mismo—. Esta es la ropa que me pongo cuando trabajo en el laboratorio.
—Ah… A veces olvido que también haces cosas de mecánico y experimentos y esas cosas.
—¿Y tú por qué vas así? —brincó Neuval al ver que tenía una vistosa mancha marrón en el jersey a la altura del pecho—. No me digas que vas así de sucia a los lugares, Cleven. ¿No pone Brey lavadoras en su casa? —cogió de un cajón de su escritorio una toallita húmeda un poco gruesa y de color azul y se puso a frotarla sobre la mancha para limpiarla.
—Papá… —protestó Cleven en voz baja, mirando de reojo y abochornada al otro hombre desconocido, allá sentado en una de las butacas del saloncito.
—Es importante cuidar la higiene y el aspecto si quieres que la gente te tenga un mínimo de respeto. ¿Quieres que te lave la ropa en casa?
—Papá, ¡que no! —se puso más roja—. Siempre voy impecable a todos lados. Esta mancha me la acabo de hacer por accidente. Al entrar al edificio, he cogido un par de bollitos de la cafetería y me los he comido en el ascensor de camino a tu despacho, y se me ha caído un poco de crema de chocolate. Luego en la calle me la taparé cerrándome el abrigo, así que no hace falta q-… —se quedó muda cuando su padre terminó de frotar con esa toallita en su jersey, y no sólo la mancha había desaparecido por completo, sino que la tela quedó seca y como nueva—. ¡Oh! ¿¡De dónde has sacado esas toallitas mágicas!? ¿¡De qué marca son!? ¿¡Dónde las puedo comprar!?
—Oh, ahm… —titubeó Neuval, y miró un momento a Pipi con disimulo—. Me temo que las compré… en algún viaje al extranjero, no recuerdo dónde, y apenas me quedan.
Lo cierto es que esas toallitas eran un invento iris. Al igual que Drasik, muchos otros Sui especializados en Química habían llegado a inventar productos bastante útiles y especiales. En este caso, estas toallitas que limpiaban literalmente cualquier mancha sin dejar ni siquiera un rastro molecular las había inventado Sakura, la presumida Sui de Pipi y la chica del instituto que Cleven no podía aguantar. Para los iris, este tipo de producto era muy importante, cuando necesitaban limpiar de forma inmediata, por ejemplo, manchas de sangre u otras sustancias de la ropa, o del coche o de cualquier cosa para tenerlo todo libre de rastros en caso de que la policía analizara algo.
—Pero bueno, Cleventine, ¿también vas con la boca manchada? —rechistó, viendo que tenía los labios algo manchados de chocolate también, y esta vez cogió un pañuelo de papel normal de una cajita sobre el escritorio y fue a limpiarle él mismo.
—¡Papá! —lo frenó ella, volviendo a ponerse roja hasta las orejas, y le quitó el pañuelo para limpiarse ella misma de mala gana—. ¡Que ya no soy una niña pequeña!
—¿Estás segura? —le espetó—. Comes como una.
—Arrête ça!
—Ooh… —sonrió con exagerada ternura, haciéndola rabiar—. No te enfades. Lex comiendo da más asco que tú y sigue siendo un hombre muy decente.
—¿Y cuál es tu excusa? —señaló Cleven la camiseta sucia de él.
—¿Esto? Aceite de motor. Manchas de trabajo. Son manchas que dignifican a uno —dijo con tono petulante, cerrando los ojos con aire digno.
Cleven le lanzó una mirada asesina. Su padre era irritante, con sus respuestas para todo. Pero… esta vez era muy diferente. Esta vez, no estaban discutiendo de algo serio, no había dolor, no había rencor ni frustración. Era simplemente una discusión tonta, y ella no pasó por alto el claro tono de broma y divertido de él. Hasta ahora, no lo había pensado, porque había estado dándolo por sentado, el hecho de que todos estos últimos siete años su padre era quien había estado ocupándose de estos pequeños detalles de la vida cotidiana, de procurar que sus hijos tuvieran la ropa limpia, y la cara, las manos, y que cuidaran su higiene y el aspecto, e ir a limpiar las manchas nada más verlas… Eso también lo hacía su madre cuando vivía, esa atención, esos gestos de cuidado cotidiano.
Cleven volvió a sonrojarse un poco, pero esta vez no de rabia, sino de una sensación cálida. Quizá su padre no era el hombre tan frío y distante que ella había creído en los últimos años, porque estos gestos de él, en realidad, habían sido muy comunes, solo que ella no los había tenido en consideración, o valorado o recordado.
Por su parte, Neuval, que seguía sonriendo tranquilamente, empezó a sentirse incómodo ante ese silencio tan raro de Cleven. Temió haberse pasado con la broma y haberla molestado y enfadado de verdad, como muchas otras veces había pasado sólo por decir o hacer algo fuera de lugar. Los adolescentes podían ser muy irascibles y enfadarse enseguida por cualquier cosa. Él mismo había sido así a su edad. Como iris, podría identificar la verdadera razón de ese silencio de Cleven, que era de pura realización de darse cuenta de esta faceta de su padre que tantos años había ignorado, pero como ella lo tenía tan acostumbrado a otra actitud, esto se le escapaba.
—Bueno… esto… ¿Estás bien? —intentó Neuval calmar el supuesto enfado de Cleven—. ¿Has venido aquí para pedirme algo? ¿Cuánto dinero necesitas?
—¿Qué? —lo miró contrariada, mientras se ponía su bolso sobre el regazo. Pero luego se dio cuenta—. Caray… ¿Sólo te tengo acostumbrado a eso?
—¿Estás en problemas?
—¿Q…? ¡No! Papá —suspiró ella pacientemente—. No he venido a verte para pedirte algo. Sino para enseñarte algo.
—¿Ah?
Entonces Cleven metió las manos en su bolso y sacó una hoja, y la estampó sobre el escritorio de un manotazo, poniéndose otra vez de pie de un salto.
—¡Bam! —le sonrió con mirada desafiante—. ¡Toma ya! ¿¡Qué te parece!?
Neuval, que se había pegado un pequeño susto, se inclinó para ver esa hoja. La reconoció porque era la misma hoja que buscó y encontró anteayer hurgando en la cartera de Denzel, solo que anteayer no estaba aún corregido. Era el primer examen gordo que Cleven había tenido este curso, de Ciencias.
Neuval tenía fe en que Cleven iba a poner esfuerzo, tal como ella le prometió, y esperaba que realmente conseguiría aprobarlo aunque fuera por los pelos, aunque fuera con 60 puntos raspados, que era la mínima nota para aprobar. Por eso, casi le dio un vuelco el corazón cuando vio que tenía 78 puntos. Eso era un B+, a dos puntos de llegar a la A, la cual abarcaba desde los 80 hasta los 100, mientras que la B abarcaba desde los 70 hasta los 80, y la C de 60 a 70. Neuval esperaba al menos una C-. Y había sacado un B+.
Esto no era ninguna nimiedad. Esto estaba pasando por primera vez en muchos años. Para Cleven, era aprobar por fin un examen sin una triste C. Para Neuval, era una señal de que su hija estaba recuperando la ilusión de la vida y la confianza en sí misma.
Cogió la hoja entre sus manos y la revisó entera, con sus ojos grises ocultando un brillo emocionado, mientras Cleven esperaba algún comentario ahí de pie, sonriendo orgullosa con la barbilla alta.
—¿Qué? ¿Pasmado? ¿A que no te lo esperabas? ¿Creías que no podía sacar una nota así?
—Que yo recuerde, fui yo quien te dijo a ti que podías de sobra sacar buenas notas. Eras tú la que se consideraba tonta a sí misma cuando para nada es cierto.
Cleven recordó que eso era verdad. De los dos, era ella la que tenía bajas expectativas en sí misma. Pero entonces volvió a sonreír, sonrojándose un poco con vergüenza.
—¿Por eso has venido aquí… en persona? —le preguntó Neuval, sorprendido ante ese detalle—. ¿Para verme y enseñármelo en persona?
—Sí… bueno… es que mi profesor, Denzel, me sugirió que fuera a enseñártelo en persona… aunque reconozco que yo misma me he emocionado con la nota y… no sé, me ha parecido buena idea ir a mostrártelo esta tarde… y darte una sorpresa… Pero sé que debería haberte llamado antes, sé que no te gusta que la gente venga aquí sin avisar…
Neuval la abrazó sin previo aviso, y Cleven se quedó muda. Pero ese abrazo le produjo una sensación maravillosa. Por supuesto, ella siempre había deseado, en el fondo, recibir la aprobación de su padre igual que había visto a sus hermanos recibirla siempre con los logros que ellos obtenían constantemente. Sin embargo, tal vez había estado siete años sin recibirla porque ella misma lo había estado impidiendo, creyéndose no merecedora de ello.
Si el autodesprecio fuera hereditario, esta sería una prueba. Cleven aún no sabía lo mucho que se parecía a él. Tal vez, debería haberse permitido a sí misma atreverse a hacer esto más veces, ver a su padre en persona, para mostrarle un logro, aunque fuera pequeño, y recibir de él una aprobación que él siempre había estado deseando darle.
—Bueno… Mm… —balbució Cleven una vez se separaron, y se rascó la nariz, tímida—. El mérito no ha sido sólo mío. Me han ayudado.
—¿Sí? ¿Tu tío?
—No, un compañero de mi clase superamable y superbueno y supergenial… —se le escapó una sonrisilla boba—. B-bueno, o sea… Tú seguro que tienes que saber quién es. Kyosuke Lao. Resulta que es el nieto de tu socio, el viejo señor Lao.
—¡Prff! —Pipi, allá en la zona del sofá y las butacas, se atragantó un momento cuando le estaba dando un sorbo a su lata de cerveza.
Cleven lo miró sobresaltada un instante, pero luego vio que su padre tenía una mueca muy rara, un tercio sonrisa, un tercio nervios y un tercio esfuerzo por disimularlos.
—Aaeh… —titubeó Neuval—. Sííí… Kyosuke Lao, claro… Había oído que está en tu misma clase este año. Así que… ¿os estáis haciendo amigos y tal?
—Sí, y es genial —le dijo ella muy contenta—. Me ayudó a estudiar para este examen. Y siempre es amable conmigo… ¡Papá! ¿A qué viene esa cara? Te aseguro que este chico no es para nada como esos otros con los que andaba antes y que tanto disgusto te daban. Creo que Kyo se está volviendo uno de mis mejores amigos.
—Amigos… vale —murmuró Neuval, sin saber si eso seguía siendo buena idea o no y sin poder dejar de estar tenso.
—Cof… —se oyó una tosecilla de Pipi por ahí.
—De hecho, este curso estoy haciendo más buenos amigos —siguió contándole Cleven con entusiasmo—. Aparte de Kyo, y Nakuru y Raven, también está el amigo de Kyo, Drasik, pero sólo se nos une unos días sí y otros no. Es muy raro, depende de qué humor tenga, pero a mí ese me da igual. ¡Oh! También está Álex, nos la ha presentado Nakuru. Alejandra Suárez, es supersimpática, y hace kickboxing, es muy guay…
—¡Ahh! —Pipi dio un respingo y un brinco sobre la butaca de allá—. ¿Eres amiga de mi Álex?
—Ah… ¿Qué? —lo miró Cleven con desconcierto—. Disculpe… ¿usted es su padre?
—¡Sí! —respondió alegremente, y se acercó hasta ellos, con una mano en el pecho—. Permite que interrumpa un momento tu conversación con tu padre para presentarme. Soy Nicolás Suárez, Cleventine, un gusto.
Cleven se quedó perpleja por esta inesperada casualidad.
—Oh, guau… Y pensar que el otro día Álex y yo estuvimos despotricando sobre vosotros dos…
A Pipi se le borró la sonrisa y puso una enorme cara de desilusión.
—¡Cleventine! —le reprochó Neuval con enfado.
—¡Uy! ¡No, no, pero no de mal rollo! —se apuró a explicarle Cleven a Pipi—. Ya sabe, las chicas de mi edad hacemos eso, nos gusta hablar de lo plastas que son nuestros padres… Pero todas las veces que Álex le ha mencionado, se nota que le quiere. Dice que mudarse aquí para vivir con usted es la mejor decisión de su vida y está muy feliz.
—¿Dice eso? —Pipi volvió a recuperar la sonrisa mientras se le empañaban los ojos como a un bebé, conmovido.
—De hecho, ¿cómo es que usted está aquí, señor Suárez? ¿Se conocen mi padre y usted? ¿Desde cuándo? —preguntó curiosa.
Pipi y Neuval cruzaron una discreta mirada.
—¿Cómo no vamos a conocernos? —dijo su padre—. Estás ante el arquitecto de mi castillo.
—¡El…! —se asombró la muchacha—. Sí, ya… ¿¡En serio!? ¿¡Es usted quien construyó este rascacielos!? ¡Qué pasada!
—Bueno… —Pipi se rascó la cabeza, halagado.
—En fin, jovencita. Tengo que seguir zanjando algunos asuntos —le dijo su padre.
—Ah, sí. Ya me voy —dijo ella, volviendo a guardar su examen en su bolso—. ¿Te ha gustado esta sorpresa, entonces?
—Cleven —le puso las manos en las mejillas y se inclinó hacia ella para mirarla a los ojos, sonriente—. No te lo puedes ni imaginar.
Ella volvió a quedarse muda. Su padre realmente parecía una persona distinta últimamente. O eso, o es que ella estaba abriendo más los ojos y viéndolo como era realmente. O una mezcla de ambas cosas.
—Papá, te noto cambiado —decidió comentárselo ahora directamente, pues ya desde el día de la reunión del instituto le había estado llamando la atención e intrigando.
—Ah, ¿sí? ¿Y te gusta el cambio?
—Depende. ¿Eres más feliz con este cambio?
Neuval se sorprendió con esa pregunta. Por un momento, tuvo la sensación de estar con la vieja Cleven del pasado, una Cleven que, pese a su corta edad, era espléndidamente perspicaz y empática.
—Sí.
—Entonces, me gusta —sonrió Cleven.
—Yo noto lo mismo en ti —le dijo él—. Has cambiado. ¿Es un cambio que te hace feliz?
—Sí —contestó ella, y miró al suelo con vergüenza.
—Nous devrions le célébrer —declaró Neuval, volviendo a erguirse, y rodeó el escritorio para ir a sentarse en su silla—. Ton meilleur examen depuis des années. (= Deberíamos celebrarlo. Tu mejor examen en años.)
—Qu'est-ce que tu as en tête? —se ilusionó Cleven. (= ¿Qué tienes en mente?)
—Pues… Podríamos hacer una gran cena en casa un día de estos, con pizzas y hamburguesas, con un gran pastel de postre… —Conforme iba describiendo eso, a Cleven se le abrían más los ojos y se le caía la baba—. Después, podrías pasar la noche en casa… y mientras duermes, cerraré todas las puertas y ventanas para que no puedas salir nunca jamás.
—¿Q…? —a Cleven se le quedó cara de horror—. ¡Papá! ¡No hablarás en serio!
—Hahah… —se rio Pipi—. Me parece que tu padre te echa de menos, Cleventine.
—Venga ya… ¿Es eso verdad? —frunció el ceño, mirando al susodicho—. Yo creía… que vivías más tranquilo sin mí.
—Más tranquilo y más triste —aclaró Neuval.
—¿Sí? —murmuró Cleven, sin esperarse oír eso, y volvió a mirar al suelo, sin saber cómo responder.
—Tranquila, Cleven —sonrió su padre más suavemente—. Sólo estoy bromeando. Es decir, sí que añoro tenerte en casa, eso ni lo dudes. Pero viendo lo bien que te va en la casa de tu tío y con tus primos, no se me ocurriría obligarte a irte de allí. Aun así… me gusta mucho que vengas a hablarme de tus cosas de vez en cuando. Hazlo más veces.
Cleven suspiró aliviada, y más entusiasmada de lo que ya había venido.
—Gracias, papá —se llevó el bolso al hombro—. Bueno. Me voy a casa ya. Encantada, señor Suárez —se despidió de él con una inclinación.
—Igualmente.
Cuando Cleven se marchó y volvieron a quedarse los dos solos, Pipi se giró hacia Neuval, mostrándole una mueca sobrecogedoramente afligida.
—¿Y a ti qué te pasa? —se sorprendió el Fuu.
—Oírla llamarme “señor Suárez” es como una puñalada en el pecho —casi sollozó el hombretón.
—¿Y cómo quieres que te llame? —se rio.
—Ella antes solía llamarme “tito Nico”, ¿recuerdas? —siguió lamentando, nostálgico, y Neuval le respondió con una cara comprensiva—. Está muy mayor…
—Lo sé.
—Está enorme… —insistió Pipi, asimilando haber visto de nuevo a Cleven después de siete años, mientras se sentaba en una de las sillas frente al escritorio.
—Sí.
—Y es el vivo retrato de Katya.
—Pero tiene mi nariz.
—¡Neu! ¿Te das cuenta de lo que ha pasado? —sonrió de repente, contento, y el otro lo miró confuso—. ¿No he estado años diciéndote que uno de mis deseos era que ojalá nuestras hijas fueran amigas? ¡Ha ocurrido! ¡Y de casualidad!
—Oh, es verdad. Me dabas la tabarra con eso desde que éramos jóvenes, antes de que acabáramos el instituto incluso. Y luego el sensiblero soy yo —se rio.
—Vamos, sabes que era una de mis ilusiones del futuro, y también sabes por qué —se defendió Pipi—. Entre tu hermano, tú y yo, soñaba con la idea de que los tres tuviéramos familias unidas en el futuro. Como Hideki, Emiliya y Kei Lian. Álex apenas lleva un par de meses en este país y no sólo acaba haciéndose amiga íntima de Nakuru de pura casualidad en los primeros días del curso, ¡sino también de Cleven y de Kyo! ¡Al final se ha cumplido! ¡Mi hija, tu hija y el hijo de Sai! Por cierto… te he notado preocupado por esto último.
—Hahh… —suspiró Neuval, apoyando la barbilla en las manos—. No creo que deba preocuparme. Ya sabía que existía la posibilidad de que Kyo y Cleven entablaran amistad si están este año en la misma clase. Y además, sé que Kyo sabe el cuidado que debe tener, y por qué debe tenerlo. Confío en él, tanto como en Nakuru, para saber mantener a Cleven protegida y alejada del mundo de los iris. Y a ti, ¿te preocupa?
—Hmm… —suspiró también, mirando al suelo—. No lo sé. Desde los 4 años hasta ahora, Álex ha vivido solamente con su madre en Madrid por razones inevitables. No he podido tenerla conmigo en todos esos años. Y todo por culpa de que en 30 años no he sabido cumplir mi venganza.
—La tuya es de las más difíciles que hay, Nico. Y la seguridad de tu hija estaba por encima de cualquier cosa.
—Sí. Pero… lo he estado pensando mucho últimamente. Primero voy a esperar, tantear el terreno, ver qué tal se aclimata Álex aquí en esta nueva vida conmigo… y después creo que se lo contaré.
—¿El qué? —preguntó Neuval, pero viendo que Pipi prolongaba el silencio, cayó en la cuenta y lo miró con horror—. ¿¡Qué dices, estás loco!? ¡Es tu única hija, y humana, e inocente, y…!
—Acaba de cumplir 17 años —repuso Pipi—. La he visto crecer a trozos, con algunas visitas al año, y hablando por teléfono y videollamada cada semana… Al menos me he sentido unido a ella de esa forma, y sobre todo porque ella siempre ha querido verme y llamarme y contarme siempre sus cosas. Pero creo que ahora me ha llegado la oportunidad de estar unido a mi hija de manera completa. Ya sabes… sin secretos, sin mentiras…
—Pero Pipi… ¿Y su seguridad?
—Sinceramente, creo que esta es una de esas ocasiones en que la verdad la protegerá más que la mentira. Se nos están haciendo mayores, Neuval, se nos van de entre las manos, se nos están independizando… Creo que Álex debería saber la verdad sobre su familia.
—¿También le vas contar de qué familia procede?
—Por mucho que me disgustara, Álex ha tenido toda la vida una relación muy cercana con mi padre, mis hermanos, mis sobrinos, primos, primos segundos… Para todos ellos también será más fácil relacionarse con Álex sin tener que ocultarle todo el tiempo que todos son iris y almaati. Y para mí también —añadió con un tono más emocionado—. Quiero que Álex me conozca. Que sepa quién soy realmente. ¿Entiendes?
Neuval no dijo nada. Obviamente, Pipi estaba hablando de su propio caso y de sus circunstancias, pero Neuval no podía evitar escuchar todas esas palabras como si estuviera hablando de él y de Cleven.
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