2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __
La mañana del jueves no sólo estaba transcurriendo con una agradecida normalidad para Hana, Lao y Neuval, sino también para el resto. Si para Cleven la normalidad era sudar a mares y sufrir en mitad de un examen, claro.
Había que decir que, gracias a la ayuda de Kyo, que la noche del martes pasado la ayudó a estudiar para ese examen, lo estaba haciendo mucho mejor de lo esperado. También, tenía mucho que ver su nueva motivación. Ella no le prometió a su padre esforzarse más sólo para contentarlo; ella realmente quería demostrárselo a sí misma.
Además, este examen iba a ser ayer, pero Denzel se ausentó por la aparición de Link y Owen y lo aplazó a hoy. Por supuesto, estar en un aula haciendo un examen a sus alumnos era el último lugar en el que Denzel quería estar ahora, porque, evidentemente, tenía mejores y más importantes cosas que hacer. Pero esto también tenía su importancia. Su trabajo humano, su identidad humana, los necesitaba mantener intactos y no levantar sospechas en ese otro enemigo que siempre estaba al acecho, el Gobierno, concretamente, Hatori y el puñado de agentes que sabían sobre la caza de iris.
Al menos, durante un par de horas, Denzel podía estar ahí cumpliendo su deber humano. Pero estaba atento al móvil. Esa mañana, Link, Owen y Naminé habían vuelto a salir a las calles a buscar alguna nueva pista sobre el paradero del resto de sus hermanos. Ya habían aprendido a usar lo básico del teléfono móvil, y cómo funcionaban las cosas en las calles. En cuanto a tener cuidado y la discreción, ya habían entrenado desde pequeños.
Puede que estuviera ansioso y con toda la atención centrada en su móvil encima de su mesa, pero a Denzel difícilmente se le escapaban los clásicos comportamientos de los alumnos humanos.
—La fórmula de la energía cinética, ¡la fórmula! —decía Cleven en voz baja, desesperada.
—¿Qué? —preguntó Raven, con su pupitre separado a una distancia de ella.
—¡La fórmula de la EC! ¡Eee Ceee! —repitió Cleven, intentando ser discreta mientras hacía gestos con los brazos para formar las dos letras, cual cheerleader.
—Un medio por la masa por la velocidad al cuadrado —dijo Denzel en voz alta, mirando a Cleven.
La joven pegó un bote en su pupitre y se puso tensa y roja.
—Aunque no sé para qué la quieres, si lo que pregunto es el calor específico, CE —añadió el hombre.
El silencio de la clase se interrumpió por varias risas, y la mayoría levantó la mirada de sus exámenes sólo para ver la cara avergonzada de Cleven.
—¡Ah! Hehehe... —se rio Cleven inocentemente—. Menudo despiste...
—Hehehe, menudo suspenso —se rio Denzel, levantando el boli rojo sobre su lista—. ¡Bam!
—¡Nooo! —Cleven se levantó de golpe, empujando el pupitre, y este se chocó con la silla de Drasik, que estaba delante.
—¡Burra! —protestó Drasik, que sin querer había hecho un rayajo en su hoja de examen y en todo el resto del pupitre, y poco le faltó para pintar al de delante.
—Bueno, bueno —puso calma Denzel—. Lo pasaré por alto, dado que no has conseguido la respuesta que buscabas, ¡por tonta!
—Gracias... —sollozó Cleven, juntando las palmas de las manos y volviendo a sentarse—. Gracias...
—Te lo ha perdonado, pero se ríe de ti —le comentó Nakuru en voz baja, que se sentaba cerca de ella.
«Sí que está animado, Denzel» pensó Kyo, mientras todo volvía a quedarse en silencio y todos seguían con el examen. Sin embargo, veía que el hombre estaba cada dos por tres echándole un ojo al móvil impacientemente.
La verdad es que Kyo llevaba desde ayer con un pequeño pensamiento que no se le iba de la cabeza. Podía sentirlo. Era su iris, en su natural funcionamiento de estar siempre al tanto de los detalles, datos y percepciones, intentando decirle algo. Desde que descubrió ayer por la mañana el caso de Denzel y del misterioso salto en el tiempo que habían dado sus hijos, por alguna razón que todavía no había podido descifrar, se le venían a la mente aquel par de eventos que vivió en la primera y segunda semana de curso.
Kyo ya se lo explicó a su madre, que algunos profesores y el director Suzuki terminaron regañándolo “por tener peleas callejeras con otros chicos”, cuando lo que sucedió realmente es que Kyo fue a socorrer a una niña extraña del acoso de varios chavales en las inmediaciones del instituto, enfrentándose a ellos para ahuyentarlos, como era su deber de iris.
La primera vez que sucedió, encontró a un grupo de cinco chavales, con el uniforme de otro instituto, conocidos por ser típicos alumnos problemáticos, metiéndose con una niña más joven, quizá de 11 o 12 años, que tenía un raro aspecto. Kyo intervino esa vez alzando la voz, y enseguida los chavales se dispersaron y la niña salió corriendo.
La segunda vez, días más tarde, encontró el mismo panorama, pero esa vez los chicos estaban tirándole del pelo a la niña, o tratando de quitarle el gorro que cubría su cabeza hasta los ojos, o empujándola. Entonces, Kyo volvió a intervenir, esta vez llegando a las manos, ya que los otros chicos se envalentonaron, pero no duraron mucho. Kyo tenía el doble de masa muscular que todos ellos y acabó dándoles un buen escarmiento, para que no volvieran una tercera vez por ahí. Y en el momento de ayudar a la niña a levantarse del suelo, esta reaccionó de manera hostil y se marchó.
Ahora, Kyo se preguntaba, ¿qué demonios hacía esa niña en aquel rincón de la calle junto al instituto, primero un día y a la semana siguiente de nuevo ahí? Si tuvo la mala suerte de cruzarse con unos abusones la primera vez, ¿por qué días después volvió al mismo sitio, sabiendo que esos chavales pasaban por ahí todos los días para tomar el metro, sufriendo la misma suerte?
El iris de Kyo le hacía imaginar que aquella niña, quien además no llevaba ningún uniforme y solamente ropa normal de calle y por tanto no pertenecía a ningún instituto del distrito, quien además siempre estaba sola y evitaba al resto de la gente a toda costa, tal vez estaba merodeando por los alrededores del instituto porque esperaba a alguien, o para vigilar a alguien.
Sea lo que fuese, Kyo hasta ahora había estado considerando ambos sucesos como algo de lo más normal y típico en una ciudad con típica gente de instituto. Ahora, tenía este pensamiento incómodo de que había algo más sobre aquella niña.
* * * * * *
Para Brey, también estaba siendo una mañana normal. De hecho, una de las más repetitivas desde que empezó la universidad.
—Le recuerdo, señor Saehara, que está en segundo año de carrera —le decía la vicedecana de la facultad de Medicina—, y ya ha acumulado cinco quejas de los profesores.
Él, sentado al otro lado de la mesa de aquel despacho, de brazos cruzados, simplemente miraba a la mujer en sumo silencio, y con una expresión de hartazgo y aburrimiento que no hacía más que crisparla más.
—Y siempre por lo mismo. O se queda dormido en medio de una clase, o tiene la impertinencia de corregir a un profesor cuando usted cree que está enseñando algo mal. Dígame, ¿se cree usted por encima de los docentes de esta universidad de prestigio?
Brey siguió mirándola en silencio. Parpadeó una vez, con lentitud.
—Esa arrogancia no le va a servir de nada, muchacho. A lo mejor se cree usted con privilegios sólo por el hecho de sacar buenas notas en los exámenes y en las prácticas. Tener uno de los mejores expedientes en la carrera de Medicina no le da derecho a mostrar una actitud infantil. Sé por qué se duerme —le apuntó con un dedo prejuicioso—. Todos los alumnos que se duermen en las clases es por la misma razón. Vaya usted pensando en dejar de pasarse todos los días de fiesta en fiesta hasta la madrugada, bebiendo alcohol hasta emborracharse, sólo porque acaba usted de cumplir la edad legal de beber. Y no se le vuelva a ocurrir corregir a un profesor que está explicando perfectamente lo que tiene que explicar.
A pesar de la firmeza de sus palabras, la voz de la vicedecana iba sonando cada vez más nerviosa. Y es que ese silencio y esa mirada congelante de Brey la estaba intimidando cada vez más. Sinceramente, Brey no lo estaba haciendo aposta. Esa era su cara cuando estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por mantener los párpados abiertos y no caer dormido. Porque en lo que respecta a lo que la mujer le estaba diciendo, ya ni le importaba. Se había encontrado ya tantas veces en esta situación, que ya no se molestaba en responder, defenderse o discutir en vano.
Por supuesto que la vicedecana estaba muy equivocada. Ignoraba por completo la verdadera razón por la que Brey dormía tan poco, porque nunca se había molestado en preguntarle o leer su expediente, y daba por sentado que era el típico veinteañero fiestero e irresponsable. Si ya el solo hecho de hacer la carrera de Medicina destruía bastantes horas de ocio y de sueño del estudiante, si a eso se le sumaba la responsabilidad de ser padre soltero y huérfano –sin siquiera unos padres que le pudieran dar una ayuda económica ni de crianza–, y además de eso estaba su trabajo de iris… lo que era sorprendente es que Brey siguiera respirando. Pero quizá esa era la ventaja de no ser humano.
La queja por parte de otros profesores de la que la vicedecana estaba hablando, hacía parecer que provenía de todos los doce profesores que Brey había tenido en dos años, pero en realidad venía de tres en concreto que casualmente pertenecían al mismo “círculo de favorecidos” de la vicedecana. Como pasaba en todas las instituciones, empresas y organismos del mundo –menos en la Asociación, en el Tomonari y en Hoteitsuba–, siempre existía dentro de ellos un sector corrupto, un grupo de caraduras y déspotas que desgraciadamente ocupaban puestos de poder y era muy difícil eliminarlos.
En el caso de la vicedecana y de esos tres profesores quejicas, eran todos de la típica corriente ultraconservadora que discriminaba a aquellos que eran extranjeros, mucho más si eran mestizos, y a los que eran de clases bajas. A Brey le tenían manía por no ser completamente japonés, pero, especialmente, porque les carcomía que fuera un alumno tan brillante. Dos de esos profesores se quejaban de que se durmiera en sus clases, pero el otro profesor se la tenía jurada cuando en una clase Brey hizo un mejor diagnóstico que él sobre el caso de un paciente con una enfermedad rara.
Había que tener cuidado con corregir a un profesor delante de todos sus alumnos. Podía hacer mucho daño a la reputación del profesor y no todos merecían perder la confianza de sus alumnos o pasar por esa humillación, ya que se trataba de corregir a alguien en algo que era su especialidad y que había trabajado mucho por lograr. Una equivocación la podía tener cualquiera, y Brey, como iris, tenía todos estos detalles muy en cuenta a la hora de perjudicarle a un humano su vida, su reputación, su profesión o su estado mental. Por eso, Brey tuvo la enorme consideración de corregir a aquel profesor en privado, ofreciéndole la oportunidad de decirles a sus alumnos al día siguiente “me equivoqué en esta explicación de ayer, pero ahora os voy a dar la explicación correcta”, y así el resto de alumnos no se enteraba de que había sido corregido por otro alumno y el profesor no tenía que pasar por esa vergüenza, demostrando ser, de hecho, muy profesional.
Pues de nada sirvió. No había nadie más mirándolos ni escuchándolos cuando Brey habló con él en privado y le señaló su error, y aun así el profesor eligió ofenderse muchísimo, enfadarse con Brey y rebajarle la nota.
—¿Qué pasa? ¿No va usted a decir nada? ¿Eh? —empezó a alterarse la vicedecana, pero el callamiento de Brey la estaba asustando al mismo tiempo.
El rubio volvió parpadear lentamente.
—No va usted a salir de aquí hasta que no presente al menos unas disculpas.
—De acuerdo —habló el chico por fin, poniéndose recto en la silla.
La vicedecana se sobresaltó un poco cuando él por fin emitió sonido y movimiento.
—Tiene usted razón, presentaré mis disculpas —dijo Brey con tono educado.
—¿Bueno? ¡Pues adelante! Soy toda oídos.
Brey carraspeó, cerró los ojos y se llevó la mano al pecho.
—Ty mozhesh' sosat' moi krasivyye belokuryye yaichki —pronunció solemnemente. (= Puedes lamerme mis hermosas pelotas rubias.)
La mujer se quedó unos segundos en suspense.
—¿Qué? ¿Qué ha sido eso?
—Mis disculpas.
—¿En qué idioma…?
—Es un dicho muy bonito en mi cultura rusa. Es una frase que expresa sumo arrepentimiento, y sumo respeto hacia la persona agraviada. Puede usted aceptar esas disculpas expresadas en el idioma de mi difunta madre, quien también se dedicó a la Medicina en este país durante muchos años, ¿verdad? —la miró con cara triste—. Mi mitad japonesa no podría expresarlo tan bien.
La vicedecana volvió a quedarse unos segundos muda, muy confusa, y descolocada. Y también acorralada. Si le exigía a Brey repetir las disculpas en idioma japonés, él podía acusarla de estar violando la política de no discriminación de la universidad y la metería en problemas.
—Ah… pues… Bien —carraspeó la mujer, volviendo a ponerse severa—. Acepto sus disculpas, joven. Pero estas no le volverán a servir la próxima vez que un profesor lo mande de nuevo a mi despacho.
Brey se levantó de la silla, cogiendo su mochila y echándosela al hombro. Se despidió de ella con una inclinación y salió del despacho sin más, volviendo a tener esa cara de gran hartazgo y cansancio.
Las amenazas de la vicedecana así como sus círculos xenófobos y clasistas no le preocupaban lo más mínimo. Para Brey sería realmente horrible si le suspendían una asignatura o le echaban de la facultad sólo porque había déspotas injustos en el poder que le tenían manía, pero eso nunca le iba a pasar, porque estaba plenamente protegido bajo el ala de Sessue Miura, el decano, con el cual se topó al salir por la puerta del edificio.
—¡Hey, hey! ¿Qué passsa? —lo saludó el viejo decano, levantando los pulgares y poniendo un tono rapero.
El decano era un señor cargando ya sesenta y pico años de vida, algo bajito y pelo entrecano, cara arrugada pero risueña, y siempre aparecía con un traje nuevo, impecable y lujoso. Pero lo que más destacaba de él era que mentalmente parecía seguir teniendo 15 años. Al contrario que la vicedecana, él había llegado a un cargo tan alto en el mundo de la docencia por sus propios logros y no por influencias y contactos, y era el tipo de humano por el que un iris como Brey podía sentirse orgulloso.
De hecho, Brey llevaba tiempo sospechando que Sessue podría ser un ex-iris. Pero no tenía forma de saberlo, ya que, aparte de que en ese caso ni el propio Sessue lo recordaría, ya que se les borraba la memoria a los iris que decidían volver a ser humanos, la Asociación siempre guardaba privacidad sobre los ex-iris, obviamente para protegerlos.
El rubio se detuvo frente a él, guardando un silencio frío.
—Uh... —se estremeció el viejo—. Vaya frío polar que desprendes, coco amarillo.
—Hm... —suspiró Brey, calmándose—. Lo siento, decano, este día no ha tenido un final feliz, una vez más.
—¿Otra vez castigado injustamente? —preguntó, negando con desaprobación—. A mí me vas a contar… que hoy he decidido echarle valor, y le he pedido a la alumna más guapa de tercer año si querría bailar conmigo en medio de la cafetería, ¡y me ha rechazado!
Silencio.
—Bromas aparte... —carraspeó el viejo—. No sé de qué te quejas, si sabes de sobra que estás totalmente protegido por mí, ni tu expediente ni tu estancia aquí corren peligro. Esos mamelucos endogámicos amigos de la vicedecana no tienen voz ni voto contra mí y mis colegas del rectorado. Yo dirijo esta facultad y la rectora que dirige la universidad así como la mayor parte de los profesores sabemos valorar a alumnos como tú por sus capacidades, y no por su origen o aspecto. Tú, muchacho —le clavó un dedo en el pecho—, estás destinado a ser un médico sublime que salvará y dará alivio a cientos de personas durante su vida. Y eso es lo único que nos importa. Y por eso tenemos que apoyar a muerte a estudiantes como tú. Como ya hicimos con tu sobrino.
—¿Lex también sufrió discriminación encubierta? —se sorprendió Brey.
—Carajo, ¡pues claro! Así funciona el mundo, mal que nos pese, y aquí sobre todo se analiza mucho el porcentaje racial. Tú al menos eres 50 % japonés, pero Lex es el 25 %, y eso les escocía mucho a la vicedecana y a los profesores como ella cuando veían que estaba entre los mejores alumnos. Ayyy, limoncete, no sabes qué ganas tengo de darle la patada a esa insegura y amargada mujer si no fuera porque es hija de un ricachón con poder.
Brey esbozó una pequeña sonrisa. Sessue siempre hablaba rápido, enérgico, y era muy expresivo, incluso a veces soltaba cosas inapropiadas sin vergüenza alguna. No podía no pensar en lo mucho que este carácter le recordaba a su hermano. Y a otros varios iris Yami. Este tipo de personalidad era muy típico en ellos. Pero el decano además destacaba por la inteligencia que guardaba detrás de esa apariencia de bufón y por su afán de ayudar a quienes realmente lo merecen. Por eso, Brey estaba convencido de su teoría sobre Sessue.
—¡Bueno, coco amarillo, necesito que me cuentes! —exclamó el viejo de repente—. Tus pollitos son tan diferentes el uno del otro… ¿Cómo haces para que se lleven tan bien? ¿Cuál es el secreto? Porque yo no consigo que mis mellizos se lleven bien. ¡Y ya tienen 41 años!
—¿Eh? Yo no hago nada. Esos dos se adoran el uno al otro desde que nacieron. Creía que usted tenía gemelas…
—Oh, sí, mis gemelas se llevan de maravilla, ¡pero es que son igualitas en carácter y todo! En cambio, mis mellizos, tanto ella como él, ¡toda la vida peleándose!
—Ah… —Brey frunció el ceño—. No sabía que tenía más hijos.
—Tengo diez —le corrigió felizmente.
—Ah… —Brey se quedó patidifuso—. Hostia…
—Síp.
—¿Y me pide consejo a mí? No sé qué decirle.
—Eres la única persona que conozco que tiene mellizos de diferente sexo y personalidad. ¡Me gustaría que los míos se llevaran mejor antes de hacerse viejos! Qué suerte tienes, Saehara. Nadie tiene control sobre cómo saldrán los hijos… Gracias a Dios que Clover y Daisuke nacieron sanos y con buen corazón, ¿eh? ¡Ay, caramba! —brincó al ver la hora en el reloj de su muñeca—. Me tengo que ir. Hoy es el 62 cumpleaños de mi mujer y la he invitado a comer a su restaurante favorito. Con suerte —se arrimó a él en confidencia y le susurró—, acabaremos yendo a por el undécimo, ¿eh? —le guiñó el ojo exageradamente, dándole un par de codazos, y se fue marchando por el camino de la arboleda—. ¡Esta noche mojo! —alzó los brazos con determinación.
Brey necesitó un par de minutos para recuperarse, una vez más, de la extravagancia y la energía del decano. ¿Diez hijos? Por alguna razón, no le sorprendía en absoluto. Pero lo que había dicho le hizo pensar.
Realmente Brey era afortunado de que Clover y Daisuke hubieran nacido con buena salud, teniendo en cuenta que Yue nunca la tuvo. Quizá por eso Yue se empeñó en hacer muchos esfuerzos por llevar un embarazo lo más saludable posible. Se esforzó por comer lo suficiente aunque su cuerpo no tuviera apetito. Se esforzó por ejercitarse a pesar de que su cuerpo débil se resistía. Se aisló de aires contaminados, de meterse por calles bulliciosas, de las noticias sobre tragedias en el mundo, de todo lo que fuera estresante… Yue no hizo más que sacrificar su cuerpo y su vida por gestar a los bebés más sanos y fuertes del mundo.
Brey se preguntaba, teniendo en cuenta que el espíritu de Yue debería estar en la Dimensión Yang, si ella podía ver o saber desde allí, de algún modo, que sí, que lo había conseguido. Que lo que ella deseaba se hizo realidad. Brey se cambiaría por ella mil veces. Pero no podía. Así que lo único que podía hacer era estarle a Yue eternamente agradecido.
La mañana del jueves no sólo estaba transcurriendo con una agradecida normalidad para Hana, Lao y Neuval, sino también para el resto. Si para Cleven la normalidad era sudar a mares y sufrir en mitad de un examen, claro.
Había que decir que, gracias a la ayuda de Kyo, que la noche del martes pasado la ayudó a estudiar para ese examen, lo estaba haciendo mucho mejor de lo esperado. También, tenía mucho que ver su nueva motivación. Ella no le prometió a su padre esforzarse más sólo para contentarlo; ella realmente quería demostrárselo a sí misma.
Además, este examen iba a ser ayer, pero Denzel se ausentó por la aparición de Link y Owen y lo aplazó a hoy. Por supuesto, estar en un aula haciendo un examen a sus alumnos era el último lugar en el que Denzel quería estar ahora, porque, evidentemente, tenía mejores y más importantes cosas que hacer. Pero esto también tenía su importancia. Su trabajo humano, su identidad humana, los necesitaba mantener intactos y no levantar sospechas en ese otro enemigo que siempre estaba al acecho, el Gobierno, concretamente, Hatori y el puñado de agentes que sabían sobre la caza de iris.
Al menos, durante un par de horas, Denzel podía estar ahí cumpliendo su deber humano. Pero estaba atento al móvil. Esa mañana, Link, Owen y Naminé habían vuelto a salir a las calles a buscar alguna nueva pista sobre el paradero del resto de sus hermanos. Ya habían aprendido a usar lo básico del teléfono móvil, y cómo funcionaban las cosas en las calles. En cuanto a tener cuidado y la discreción, ya habían entrenado desde pequeños.
Puede que estuviera ansioso y con toda la atención centrada en su móvil encima de su mesa, pero a Denzel difícilmente se le escapaban los clásicos comportamientos de los alumnos humanos.
—La fórmula de la energía cinética, ¡la fórmula! —decía Cleven en voz baja, desesperada.
—¿Qué? —preguntó Raven, con su pupitre separado a una distancia de ella.
—¡La fórmula de la EC! ¡Eee Ceee! —repitió Cleven, intentando ser discreta mientras hacía gestos con los brazos para formar las dos letras, cual cheerleader.
—Un medio por la masa por la velocidad al cuadrado —dijo Denzel en voz alta, mirando a Cleven.
La joven pegó un bote en su pupitre y se puso tensa y roja.
—Aunque no sé para qué la quieres, si lo que pregunto es el calor específico, CE —añadió el hombre.
El silencio de la clase se interrumpió por varias risas, y la mayoría levantó la mirada de sus exámenes sólo para ver la cara avergonzada de Cleven.
—¡Ah! Hehehe... —se rio Cleven inocentemente—. Menudo despiste...
—Hehehe, menudo suspenso —se rio Denzel, levantando el boli rojo sobre su lista—. ¡Bam!
—¡Nooo! —Cleven se levantó de golpe, empujando el pupitre, y este se chocó con la silla de Drasik, que estaba delante.
—¡Burra! —protestó Drasik, que sin querer había hecho un rayajo en su hoja de examen y en todo el resto del pupitre, y poco le faltó para pintar al de delante.
—Bueno, bueno —puso calma Denzel—. Lo pasaré por alto, dado que no has conseguido la respuesta que buscabas, ¡por tonta!
—Gracias... —sollozó Cleven, juntando las palmas de las manos y volviendo a sentarse—. Gracias...
—Te lo ha perdonado, pero se ríe de ti —le comentó Nakuru en voz baja, que se sentaba cerca de ella.
«Sí que está animado, Denzel» pensó Kyo, mientras todo volvía a quedarse en silencio y todos seguían con el examen. Sin embargo, veía que el hombre estaba cada dos por tres echándole un ojo al móvil impacientemente.
La verdad es que Kyo llevaba desde ayer con un pequeño pensamiento que no se le iba de la cabeza. Podía sentirlo. Era su iris, en su natural funcionamiento de estar siempre al tanto de los detalles, datos y percepciones, intentando decirle algo. Desde que descubrió ayer por la mañana el caso de Denzel y del misterioso salto en el tiempo que habían dado sus hijos, por alguna razón que todavía no había podido descifrar, se le venían a la mente aquel par de eventos que vivió en la primera y segunda semana de curso.
Kyo ya se lo explicó a su madre, que algunos profesores y el director Suzuki terminaron regañándolo “por tener peleas callejeras con otros chicos”, cuando lo que sucedió realmente es que Kyo fue a socorrer a una niña extraña del acoso de varios chavales en las inmediaciones del instituto, enfrentándose a ellos para ahuyentarlos, como era su deber de iris.
La primera vez que sucedió, encontró a un grupo de cinco chavales, con el uniforme de otro instituto, conocidos por ser típicos alumnos problemáticos, metiéndose con una niña más joven, quizá de 11 o 12 años, que tenía un raro aspecto. Kyo intervino esa vez alzando la voz, y enseguida los chavales se dispersaron y la niña salió corriendo.
La segunda vez, días más tarde, encontró el mismo panorama, pero esa vez los chicos estaban tirándole del pelo a la niña, o tratando de quitarle el gorro que cubría su cabeza hasta los ojos, o empujándola. Entonces, Kyo volvió a intervenir, esta vez llegando a las manos, ya que los otros chicos se envalentonaron, pero no duraron mucho. Kyo tenía el doble de masa muscular que todos ellos y acabó dándoles un buen escarmiento, para que no volvieran una tercera vez por ahí. Y en el momento de ayudar a la niña a levantarse del suelo, esta reaccionó de manera hostil y se marchó.
Ahora, Kyo se preguntaba, ¿qué demonios hacía esa niña en aquel rincón de la calle junto al instituto, primero un día y a la semana siguiente de nuevo ahí? Si tuvo la mala suerte de cruzarse con unos abusones la primera vez, ¿por qué días después volvió al mismo sitio, sabiendo que esos chavales pasaban por ahí todos los días para tomar el metro, sufriendo la misma suerte?
El iris de Kyo le hacía imaginar que aquella niña, quien además no llevaba ningún uniforme y solamente ropa normal de calle y por tanto no pertenecía a ningún instituto del distrito, quien además siempre estaba sola y evitaba al resto de la gente a toda costa, tal vez estaba merodeando por los alrededores del instituto porque esperaba a alguien, o para vigilar a alguien.
Sea lo que fuese, Kyo hasta ahora había estado considerando ambos sucesos como algo de lo más normal y típico en una ciudad con típica gente de instituto. Ahora, tenía este pensamiento incómodo de que había algo más sobre aquella niña.
* * * * * *
Para Brey, también estaba siendo una mañana normal. De hecho, una de las más repetitivas desde que empezó la universidad.
—Le recuerdo, señor Saehara, que está en segundo año de carrera —le decía la vicedecana de la facultad de Medicina—, y ya ha acumulado cinco quejas de los profesores.
Él, sentado al otro lado de la mesa de aquel despacho, de brazos cruzados, simplemente miraba a la mujer en sumo silencio, y con una expresión de hartazgo y aburrimiento que no hacía más que crisparla más.
—Y siempre por lo mismo. O se queda dormido en medio de una clase, o tiene la impertinencia de corregir a un profesor cuando usted cree que está enseñando algo mal. Dígame, ¿se cree usted por encima de los docentes de esta universidad de prestigio?
Brey siguió mirándola en silencio. Parpadeó una vez, con lentitud.
—Esa arrogancia no le va a servir de nada, muchacho. A lo mejor se cree usted con privilegios sólo por el hecho de sacar buenas notas en los exámenes y en las prácticas. Tener uno de los mejores expedientes en la carrera de Medicina no le da derecho a mostrar una actitud infantil. Sé por qué se duerme —le apuntó con un dedo prejuicioso—. Todos los alumnos que se duermen en las clases es por la misma razón. Vaya usted pensando en dejar de pasarse todos los días de fiesta en fiesta hasta la madrugada, bebiendo alcohol hasta emborracharse, sólo porque acaba usted de cumplir la edad legal de beber. Y no se le vuelva a ocurrir corregir a un profesor que está explicando perfectamente lo que tiene que explicar.
A pesar de la firmeza de sus palabras, la voz de la vicedecana iba sonando cada vez más nerviosa. Y es que ese silencio y esa mirada congelante de Brey la estaba intimidando cada vez más. Sinceramente, Brey no lo estaba haciendo aposta. Esa era su cara cuando estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por mantener los párpados abiertos y no caer dormido. Porque en lo que respecta a lo que la mujer le estaba diciendo, ya ni le importaba. Se había encontrado ya tantas veces en esta situación, que ya no se molestaba en responder, defenderse o discutir en vano.
Por supuesto que la vicedecana estaba muy equivocada. Ignoraba por completo la verdadera razón por la que Brey dormía tan poco, porque nunca se había molestado en preguntarle o leer su expediente, y daba por sentado que era el típico veinteañero fiestero e irresponsable. Si ya el solo hecho de hacer la carrera de Medicina destruía bastantes horas de ocio y de sueño del estudiante, si a eso se le sumaba la responsabilidad de ser padre soltero y huérfano –sin siquiera unos padres que le pudieran dar una ayuda económica ni de crianza–, y además de eso estaba su trabajo de iris… lo que era sorprendente es que Brey siguiera respirando. Pero quizá esa era la ventaja de no ser humano.
La queja por parte de otros profesores de la que la vicedecana estaba hablando, hacía parecer que provenía de todos los doce profesores que Brey había tenido en dos años, pero en realidad venía de tres en concreto que casualmente pertenecían al mismo “círculo de favorecidos” de la vicedecana. Como pasaba en todas las instituciones, empresas y organismos del mundo –menos en la Asociación, en el Tomonari y en Hoteitsuba–, siempre existía dentro de ellos un sector corrupto, un grupo de caraduras y déspotas que desgraciadamente ocupaban puestos de poder y era muy difícil eliminarlos.
En el caso de la vicedecana y de esos tres profesores quejicas, eran todos de la típica corriente ultraconservadora que discriminaba a aquellos que eran extranjeros, mucho más si eran mestizos, y a los que eran de clases bajas. A Brey le tenían manía por no ser completamente japonés, pero, especialmente, porque les carcomía que fuera un alumno tan brillante. Dos de esos profesores se quejaban de que se durmiera en sus clases, pero el otro profesor se la tenía jurada cuando en una clase Brey hizo un mejor diagnóstico que él sobre el caso de un paciente con una enfermedad rara.
Había que tener cuidado con corregir a un profesor delante de todos sus alumnos. Podía hacer mucho daño a la reputación del profesor y no todos merecían perder la confianza de sus alumnos o pasar por esa humillación, ya que se trataba de corregir a alguien en algo que era su especialidad y que había trabajado mucho por lograr. Una equivocación la podía tener cualquiera, y Brey, como iris, tenía todos estos detalles muy en cuenta a la hora de perjudicarle a un humano su vida, su reputación, su profesión o su estado mental. Por eso, Brey tuvo la enorme consideración de corregir a aquel profesor en privado, ofreciéndole la oportunidad de decirles a sus alumnos al día siguiente “me equivoqué en esta explicación de ayer, pero ahora os voy a dar la explicación correcta”, y así el resto de alumnos no se enteraba de que había sido corregido por otro alumno y el profesor no tenía que pasar por esa vergüenza, demostrando ser, de hecho, muy profesional.
Pues de nada sirvió. No había nadie más mirándolos ni escuchándolos cuando Brey habló con él en privado y le señaló su error, y aun así el profesor eligió ofenderse muchísimo, enfadarse con Brey y rebajarle la nota.
—¿Qué pasa? ¿No va usted a decir nada? ¿Eh? —empezó a alterarse la vicedecana, pero el callamiento de Brey la estaba asustando al mismo tiempo.
El rubio volvió parpadear lentamente.
—No va usted a salir de aquí hasta que no presente al menos unas disculpas.
—De acuerdo —habló el chico por fin, poniéndose recto en la silla.
La vicedecana se sobresaltó un poco cuando él por fin emitió sonido y movimiento.
—Tiene usted razón, presentaré mis disculpas —dijo Brey con tono educado.
—¿Bueno? ¡Pues adelante! Soy toda oídos.
Brey carraspeó, cerró los ojos y se llevó la mano al pecho.
—Ty mozhesh' sosat' moi krasivyye belokuryye yaichki —pronunció solemnemente. (= Puedes lamerme mis hermosas pelotas rubias.)
La mujer se quedó unos segundos en suspense.
—¿Qué? ¿Qué ha sido eso?
—Mis disculpas.
—¿En qué idioma…?
—Es un dicho muy bonito en mi cultura rusa. Es una frase que expresa sumo arrepentimiento, y sumo respeto hacia la persona agraviada. Puede usted aceptar esas disculpas expresadas en el idioma de mi difunta madre, quien también se dedicó a la Medicina en este país durante muchos años, ¿verdad? —la miró con cara triste—. Mi mitad japonesa no podría expresarlo tan bien.
La vicedecana volvió a quedarse unos segundos muda, muy confusa, y descolocada. Y también acorralada. Si le exigía a Brey repetir las disculpas en idioma japonés, él podía acusarla de estar violando la política de no discriminación de la universidad y la metería en problemas.
—Ah… pues… Bien —carraspeó la mujer, volviendo a ponerse severa—. Acepto sus disculpas, joven. Pero estas no le volverán a servir la próxima vez que un profesor lo mande de nuevo a mi despacho.
Brey se levantó de la silla, cogiendo su mochila y echándosela al hombro. Se despidió de ella con una inclinación y salió del despacho sin más, volviendo a tener esa cara de gran hartazgo y cansancio.
Las amenazas de la vicedecana así como sus círculos xenófobos y clasistas no le preocupaban lo más mínimo. Para Brey sería realmente horrible si le suspendían una asignatura o le echaban de la facultad sólo porque había déspotas injustos en el poder que le tenían manía, pero eso nunca le iba a pasar, porque estaba plenamente protegido bajo el ala de Sessue Miura, el decano, con el cual se topó al salir por la puerta del edificio.
—¡Hey, hey! ¿Qué passsa? —lo saludó el viejo decano, levantando los pulgares y poniendo un tono rapero.
El decano era un señor cargando ya sesenta y pico años de vida, algo bajito y pelo entrecano, cara arrugada pero risueña, y siempre aparecía con un traje nuevo, impecable y lujoso. Pero lo que más destacaba de él era que mentalmente parecía seguir teniendo 15 años. Al contrario que la vicedecana, él había llegado a un cargo tan alto en el mundo de la docencia por sus propios logros y no por influencias y contactos, y era el tipo de humano por el que un iris como Brey podía sentirse orgulloso.
De hecho, Brey llevaba tiempo sospechando que Sessue podría ser un ex-iris. Pero no tenía forma de saberlo, ya que, aparte de que en ese caso ni el propio Sessue lo recordaría, ya que se les borraba la memoria a los iris que decidían volver a ser humanos, la Asociación siempre guardaba privacidad sobre los ex-iris, obviamente para protegerlos.
El rubio se detuvo frente a él, guardando un silencio frío.
—Uh... —se estremeció el viejo—. Vaya frío polar que desprendes, coco amarillo.
—Hm... —suspiró Brey, calmándose—. Lo siento, decano, este día no ha tenido un final feliz, una vez más.
—¿Otra vez castigado injustamente? —preguntó, negando con desaprobación—. A mí me vas a contar… que hoy he decidido echarle valor, y le he pedido a la alumna más guapa de tercer año si querría bailar conmigo en medio de la cafetería, ¡y me ha rechazado!
Silencio.
—Bromas aparte... —carraspeó el viejo—. No sé de qué te quejas, si sabes de sobra que estás totalmente protegido por mí, ni tu expediente ni tu estancia aquí corren peligro. Esos mamelucos endogámicos amigos de la vicedecana no tienen voz ni voto contra mí y mis colegas del rectorado. Yo dirijo esta facultad y la rectora que dirige la universidad así como la mayor parte de los profesores sabemos valorar a alumnos como tú por sus capacidades, y no por su origen o aspecto. Tú, muchacho —le clavó un dedo en el pecho—, estás destinado a ser un médico sublime que salvará y dará alivio a cientos de personas durante su vida. Y eso es lo único que nos importa. Y por eso tenemos que apoyar a muerte a estudiantes como tú. Como ya hicimos con tu sobrino.
—¿Lex también sufrió discriminación encubierta? —se sorprendió Brey.
—Carajo, ¡pues claro! Así funciona el mundo, mal que nos pese, y aquí sobre todo se analiza mucho el porcentaje racial. Tú al menos eres 50 % japonés, pero Lex es el 25 %, y eso les escocía mucho a la vicedecana y a los profesores como ella cuando veían que estaba entre los mejores alumnos. Ayyy, limoncete, no sabes qué ganas tengo de darle la patada a esa insegura y amargada mujer si no fuera porque es hija de un ricachón con poder.
Brey esbozó una pequeña sonrisa. Sessue siempre hablaba rápido, enérgico, y era muy expresivo, incluso a veces soltaba cosas inapropiadas sin vergüenza alguna. No podía no pensar en lo mucho que este carácter le recordaba a su hermano. Y a otros varios iris Yami. Este tipo de personalidad era muy típico en ellos. Pero el decano además destacaba por la inteligencia que guardaba detrás de esa apariencia de bufón y por su afán de ayudar a quienes realmente lo merecen. Por eso, Brey estaba convencido de su teoría sobre Sessue.
—¡Bueno, coco amarillo, necesito que me cuentes! —exclamó el viejo de repente—. Tus pollitos son tan diferentes el uno del otro… ¿Cómo haces para que se lleven tan bien? ¿Cuál es el secreto? Porque yo no consigo que mis mellizos se lleven bien. ¡Y ya tienen 41 años!
—¿Eh? Yo no hago nada. Esos dos se adoran el uno al otro desde que nacieron. Creía que usted tenía gemelas…
—Oh, sí, mis gemelas se llevan de maravilla, ¡pero es que son igualitas en carácter y todo! En cambio, mis mellizos, tanto ella como él, ¡toda la vida peleándose!
—Ah… —Brey frunció el ceño—. No sabía que tenía más hijos.
—Tengo diez —le corrigió felizmente.
—Ah… —Brey se quedó patidifuso—. Hostia…
—Síp.
—¿Y me pide consejo a mí? No sé qué decirle.
—Eres la única persona que conozco que tiene mellizos de diferente sexo y personalidad. ¡Me gustaría que los míos se llevaran mejor antes de hacerse viejos! Qué suerte tienes, Saehara. Nadie tiene control sobre cómo saldrán los hijos… Gracias a Dios que Clover y Daisuke nacieron sanos y con buen corazón, ¿eh? ¡Ay, caramba! —brincó al ver la hora en el reloj de su muñeca—. Me tengo que ir. Hoy es el 62 cumpleaños de mi mujer y la he invitado a comer a su restaurante favorito. Con suerte —se arrimó a él en confidencia y le susurró—, acabaremos yendo a por el undécimo, ¿eh? —le guiñó el ojo exageradamente, dándole un par de codazos, y se fue marchando por el camino de la arboleda—. ¡Esta noche mojo! —alzó los brazos con determinación.
Brey necesitó un par de minutos para recuperarse, una vez más, de la extravagancia y la energía del decano. ¿Diez hijos? Por alguna razón, no le sorprendía en absoluto. Pero lo que había dicho le hizo pensar.
Realmente Brey era afortunado de que Clover y Daisuke hubieran nacido con buena salud, teniendo en cuenta que Yue nunca la tuvo. Quizá por eso Yue se empeñó en hacer muchos esfuerzos por llevar un embarazo lo más saludable posible. Se esforzó por comer lo suficiente aunque su cuerpo no tuviera apetito. Se esforzó por ejercitarse a pesar de que su cuerpo débil se resistía. Se aisló de aires contaminados, de meterse por calles bulliciosas, de las noticias sobre tragedias en el mundo, de todo lo que fuera estresante… Yue no hizo más que sacrificar su cuerpo y su vida por gestar a los bebés más sanos y fuertes del mundo.
Brey se preguntaba, teniendo en cuenta que el espíritu de Yue debería estar en la Dimensión Yang, si ella podía ver o saber desde allí, de algún modo, que sí, que lo había conseguido. Que lo que ella deseaba se hizo realidad. Brey se cambiaría por ella mil veces. Pero no podía. Así que lo único que podía hacer era estarle a Yue eternamente agradecido.
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