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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __









73.
Brote de majin

Haru se encontraba otra vez tumbado sobre el capó de la furgoneta, aparcada en una calle tranquila y solitaria a la luz del escaparate de una tienda y de las farolas. Se estaba bebiendo un zumo de naranja de un brik con pajita, mirando las nubes oscuras del cielo. Se podría decir que él siempre tenía la cabeza en ellas, y de ahí le venía la inspiración para sus canciones. Pero procuraba no quedarse mucho tiempo en las nubes, temiendo que algún día pudiera perderse en ellas y olvidarlo todo y a las personas que quería, pues en su familia había antecedentes de eso.

Oyó un ruido un poco más allá. Se incorporó y vio por fin a Neuval aterrizando en medio de la carretera de esa pequeña calle. Pero, al dar dos pasos, le fallaron las piernas y cayó de rodillas al suelo.

—Hostia… —Haru escupió el zumo y reaccionó al instante, corriendo hasta él, sujetándolo de un brazo—. ¿Qué ha pasado?

—Hah… tus amigos… —jadeó Neuval con dificultad, con la mano en la cadera ya manchada de rojo.

—Estaban cansados, se han pirado a dormir a un hotel. Me han dejado la furgo, estoy solo. ¿Qué cojones ha pasado? —preguntó impaciente, ayudándolo a caminar hasta la furgoneta—. ¿Dónde está tu hijo? ¿Está a salvo?

—Por ahora…

—¿Quién te ha herido?

—No más preguntas…

Eso fue una orden, así que Haru dejó de preguntar. Apoyó a Neuval contra el capó y le subió la camiseta para ver qué tipo de herida tenía y cuánta sangre estaba perdiendo. Reconoció enseguida una herida de bala, estando esta todavía dentro, pero no sangraba demasiado, y no parecía haberle alcanzado ningún órgano. Algo no le cuadraba. Esta herida de bala, para Fuujin, era de las más inofensivas que había recibido, pero se estaba comportando como si algo le retorciera de dolor, descontrolando su respiración, y la luz blanca de su ojo izquierdo no paraba de parpadear, caótica, inestable. Oía sus jadeos como si tuviera asma, y es que eso, en un Fuu, era imposible.

—¡¡Aaaahh!! —Neuval soltó un gran alarido repentino.

Haru se estremeció, el sonido de su voz había sonado escalofriante. Más que un grito de dolor, parecía contener rabia.

—¡Ah! —exclamó el chico al notar que Neuval le agarraba el brazo con tanta fuerza que estuvo a punto de rompérselo. Intentó sujetarlo de otra forma, y enderezarlo para meterlo en el vehículo, pero Neuval tenía todos los músculos del cuerpo tan agarrotados que parecía que iba a explotar—. Fuujin-sama, ¿¡qué te pasa!? —le sujetó de la cabeza para mirarlo a la cara, pero el hombre no paraba de moverla de un lado a otro—. ¿Es el dolor de la herida? ¡Conviértete en aire! ¡Neuval, transforma tu cuerpo en aire para que la bala caiga sola y después vuelve a hacerte de carne y hueso! ¡Sólo necesitas un instante, vamos! ¿Neuval? Responde, ¡di algo! ¿Estás aquí?

No. No había respuesta por su parte, estaba ido, algo iba mal. Haru procuró mantener la cabeza fría y encargarse de la situación. Sacó su teléfono móvil y llamó a su compañero Shokubutsu.

—Yagami, necesito tus dotes curativas. Tengo aquí a alguien herido de bala —decidió no decirle quién, ya que con lo de “No más preguntas”, intuyó que Neuval quería mantener este suceso lo más privado posible.

—“Haru, ¿qué ocurre? ¿Es una urgencia? ¿Dónde estás?”

—En Tokio.

—“Vale, no voy a poder ayudarte, ‘hermanito’. Estoy pasando unos días en el Monte Zou, haciendo un trabajo de investigación que me ha ordenado el maestro Pipi. Llama a Yako.”

Haru entonces colgó la llamada y llamó a Yako. Diez minutos después, ya estaba en el callejón de atrás de la cafetería, esperando, cargando con Neuval a la espalda, el cual seguía quejándose de algo, sin responderle el cuerpo, pero apretando las manos como garras, como si algo le quemara por dentro. Apareció una luz verde claro saltando veloz por encima de los edificios, y aterrizando en el callejón en dos segundos.

—Sígueme —le dijo Yako sin perder ni un segundo, sacando unas llaves, y abrió la puerta trasera de la cafetería.

Se metieron dentro, Yako encendió las luces y Haru dejó a Neuval sentado sobre un sofá, apartando la mesa a un lado. No hacía más que cerrar los ojos con fuerza, y apretar los dientes, y respirar erráticamente. A veces se tensaba y agarrotaba los dedos de las manos.

—Maestro, ¿puedes responderme? ¿Estás consciente? —le preguntó Yako, mientras sacaba de la mochila que había traído varios tarros con ungüentos y pastas vegetales. Pero Neuval no le respondió—. Súbele la camiseta, Haru, y mantenlo sujeto.

—¿Por qué está así? ¿Lo han envenenado o algo?

—¿Se ha enfrentado a una situación grave, de mucho estrés, o algo que le haya enfurecido?

—Lo siento, tronco. Antes de que dejara de responder, me ha ordenado discreción. Pero puedo decir que es muy probable que sí, algo lo ha alterado mazo, pero a tope.

—Mierda… —lamentó Yako, mientras cogía unas pinzas para sacar la bala; se agachó a la altura de Neuval y miró la herida, preparando las pinzas—. Vale, Haru, escucha. No es la herida de bala lo que le está torturando por dentro. Está teniendo un brote de majin. Pero necesito que no te asustes y me ayudes a mantenerlo bajo control, necesito sacarle la bala para poder cerrale la herida y que le deje de doler. El dolor no le está causando el brote de majin pero tampoco ayuda a apaciguarlo.

—Tienes suerte de que me haya fumado la cantidad suficiente de marihuana para no cagarme en los pantalones, porque estar aquí los dos solos sujetando con nuestras humildes manos el majin de Fuujin-sama es la definición más pura del terror.

—No estamos solos. Alvion debe de llevar todo este rato encargándose de apaciguar el brote a través de la conexión con su mente, por eso Neuval aún está resistiendo. Alvion está haciendo su parte y nosotros tenemos que cooperar, ¿de acuerdo? No temas, no permitiré que te pase nada.

—De acuerdo —suspiró Haru, centrándose en mantener al parisino lo más quieto posible sobre el sofá.

Neuval no había aguantado este inminente brote de majin ni cinco minutos. Volando de regreso a donde estaba Haru ya había empezado a perder la cabeza. Y todo por sufrir un enorme conflicto mental, donde su lado más humano intentaba obligarlo a volver a aquella vivienda en el ático de aquel edificio para llevarse a Yenkis cuanto antes de allí, y la racionalidad de su iris lo obligaba a ser lógico y aceptar que dejarlo allí era la mejor opción para ambos, eso si Yenkis de verdad había logrado evitar que Hatori sospechara de él o descubriera la luz de su ojo.

Su majin no había explotado por lo que había pasado, sino por la idea de lo que podría pasar. Sólo pensar, sólo imaginar, que Hatori descubría la luz en el ojo de Yenkis o que había husmeado donde no debía... como consecuencia indudable, como mínimo no volvería a ver a su hijo nunca más, porque el grupo de caza de Hatori lo habría encerrado en el lugar más oculto del mundo para someterlo a evidentes torturas y experimentos. Sólo pensar en ello le causaba la peor asfixia, y furia, y miedo. Si se enteraba de que Hatori le hacía algo de esto a Yenkis, esta vez la mitad de Japón no sería suficiente.

Yako intentó ya varias veces introducir las pinzas en la herida, pero su maestro no paraba de agitarse, cada vez más.

—No puedo, Yako, es demasiado fuerte… —resopló Haru.

—Algo no va bien… algo es diferente… —murmuró Yako, empezando a notar esta sensación por todo su cuerpo. Entonces se dio cuenta de que el aire que les rodeaba emitía una escalofriante vibración. No… no sólo el aire… toda la materia, los átomos.

«Alvion, ¿¡por qué tarda tanto!?» preguntó Yako mentalmente. «¿No lleva usted desde el primer momento intentando frenar su brote? ¡Neuval lleva así ya 20 minutos! ¡Lo ha hecho miles de veces! ¡Anúlele el majin de una vez, está sufriendo!».

«“¡Silencio, niño! Me desconcentras…”» respondió la voz del anciano en su cabeza. Yako se sorprendió, porque notó en la voz del anciano que él también estaba teniendo dificultades para apaciguar el brote.

«Alvion…» insistió Yako, sin poder evitar sacar un viejo temor. Tuvo que taparse la nariz, pero nada más fue un gesto instintivo, porque en realidad no percibía un olor real, sino un “olor energético” intenso, asfixiante para él y para cualquier Zou. «Esta energía Yin… otra vez… no es normal… Se siente igual que aquella vez, es como hace siete años… cuando él…».

«“Escucha, muchacho. Si en dos minutos no ves que la situación mejora, agarra a tu compañero Haru y alejaos, marchaos de la zona. Llegaré ante Neuval personalmente a la velocidad de la luz y me lo llevaré lejos, pero bajo ningún concepto debes permitir que ese joven iris que está contigo salga perjudicado. Dame ese tiempo, intentaré reconectarme a él una última vez, no bajes la guardia”».

—Ven, Haru —Yako dejó las pinzas a un lado, agarró al joven músico y se apartaron una distancia.

—¿Y su herida?

—Aguarda.

Neuval seguía agonizando. Al final cayó del sofá al suelo. Yako no soportaba verlo sufrir así. Odiaba esa enfermedad, odiaba el majin con todas sus fuerzas. Sin embargo, reparó en algo que acababa de escuchar. “Intentaré reconectarme a él una última vez”, le había dicho Alvion. «¿Qué? ¡Eso quiere decir que ha perdido la conexión con el iris de Neuval! ¡Pero eso es imposible! ¡Sólo una causa puede romper la conexión de un Zou con un iris, y es que este haya alcanzado el séptimo grado de majin! Neuval está en el sexto, pero no ha llegado al séptimo. Si hubiera llegado al séptimo, no estaría todavía padeciendo este ataque de locura. La señal de haber llegado al séptimo grado es alcanzar un nuevo estado mental racional, tranquilo, controlado y estable de forma permanente, y con nuevos valores malignos contrarios al iris. Neuval aún está luchando… y eso es señal de que sigue en el sexto grado, y que su conexión con Alvion debería seguir intacta. Si Alvion de verdad se refería a que la ha perdido... ¿qué cosa imposible lo ha causado?».

—Yako, tranquilo, tu abuelo lo solucionará, una vez más —le dijo Haru al notarlo angustiado—. Nunca es agradable ver a Fuujin-sama ni a ningún otro compañero sufrir este tipo de brotes, pero siempre se acaban solucionando.

—Oh, no… su herida… —señaló Yako—. ¡Le está saliendo más sangre!

—¡Espera! —lo frenó Haru del brazo.

Los dos se quedaron observando fijamente. Neuval de pronto había dejado de moverse tanto, estaba más quieto, tendido sobre el suelo. Su respiración se fue haciendo más estable. Pero luego ocurrió algo inexplicable. La única razón por la que la herida expulsó un poco más de sangre fue porque la bala se estaba abriendo paso de regreso por donde había entrado. Estaba saliendo por sí sola de la herida, como si el propio cuerpo de Neuval la estuviera expulsando. El pequeño proyectil cayó al suelo, y Yako y Haru vieron la cosa más extraña. La herida se cerró, y no quedó ni rastro de ella en la piel.

Neuval soltó un suspiro de alivio. Algo dentro de su mente calmó su furia, y dejó de luchar contra Alvion. Lo dejó entrar, como si pudiera de verdad darle permiso, y el Zou pudo al fin volver a conectarse a su iris.

Alvion procedió, pues, a aplacar el brote de majin.

Todo volvió a la calma. Pero Yako y Haru se miraron, con las mismas caras desconcertadas.

—¿Le acaba de desaparecer… la herida de bala? ¿Tu abuelo puede hacernos eso transmitiendo algún tipo de energía sanadora, o…?

—No. Ningún Zou puede hacer eso. Ya nos gustaría… —le aseguró Yako, y corrió a ayudar a Neuval a sentarse de nuevo en el sofá al ver que estaba recuperándose.

—Hahh… ¿Yako? —farfulló Neuval—. Qué mareo… ¿Qué ha pasado?

—Un pequeño brote de majin. Por eso no recuerdas nada.

—Ah…

—¿Pequeño? —masculló Haru, pero Yako le dio un codazo disimulado.

—Gracias, Haru… A los dos… Os debo una. Y gracias también al vejete. Sabía que no me fallaría —dio un largo suspiro, y se miró las manos manchadas de sangre, y luego se subió la ropa para mirarse la cadera—. Madre mía, ¡Yako! ¿Has usado una nueva planta de las tuyas? No me has dejado ni cicatriz.

Yako y Haru volvieron a cruzar una mirada silenciosa, de reojo. Todavía no entendían muy bien lo que habían visto. Y no estaban seguros de explicárselo a Neuval.

—Maestro, ¿va todo bien? —quiso saber Yako—. ¿A dónde has ido?

—Por favor, no… —Neuval se puso en pie, le posó una mano en el hombro y pasó de largo, dirigiéndose hacia la salida trasera del local—… no preguntes… No te preocupes. Necesito… Sólo necesito ir a casa, pensar y mantener la calma, y… que sea lo que Dios quiera…

Ni Yako ni Haru le insistieron, pero no por eso dejaron de estar preocupados, sobre todo cuando le oyeron hablando solo, diciendo cosas como “Katya, dame fuerzas… para no colgar a ese niño de un árbol de por vida en cuanto lo vea mañana…”.

Neuval le hizo un gesto a Haru, indicándole que se marchara con él a su casa en la furgoneta, ya que, esperando que la situación de Yenkis se zanjara sin más catástrofes y volviera a casa en la mañana, tenía que presentarle a Haru como su nuevo maestro.









73.
Brote de majin

Haru se encontraba otra vez tumbado sobre el capó de la furgoneta, aparcada en una calle tranquila y solitaria a la luz del escaparate de una tienda y de las farolas. Se estaba bebiendo un zumo de naranja de un brik con pajita, mirando las nubes oscuras del cielo. Se podría decir que él siempre tenía la cabeza en ellas, y de ahí le venía la inspiración para sus canciones. Pero procuraba no quedarse mucho tiempo en las nubes, temiendo que algún día pudiera perderse en ellas y olvidarlo todo y a las personas que quería, pues en su familia había antecedentes de eso.

Oyó un ruido un poco más allá. Se incorporó y vio por fin a Neuval aterrizando en medio de la carretera de esa pequeña calle. Pero, al dar dos pasos, le fallaron las piernas y cayó de rodillas al suelo.

—Hostia… —Haru escupió el zumo y reaccionó al instante, corriendo hasta él, sujetándolo de un brazo—. ¿Qué ha pasado?

—Hah… tus amigos… —jadeó Neuval con dificultad, con la mano en la cadera ya manchada de rojo.

—Estaban cansados, se han pirado a dormir a un hotel. Me han dejado la furgo, estoy solo. ¿Qué cojones ha pasado? —preguntó impaciente, ayudándolo a caminar hasta la furgoneta—. ¿Dónde está tu hijo? ¿Está a salvo?

—Por ahora…

—¿Quién te ha herido?

—No más preguntas…

Eso fue una orden, así que Haru dejó de preguntar. Apoyó a Neuval contra el capó y le subió la camiseta para ver qué tipo de herida tenía y cuánta sangre estaba perdiendo. Reconoció enseguida una herida de bala, estando esta todavía dentro, pero no sangraba demasiado, y no parecía haberle alcanzado ningún órgano. Algo no le cuadraba. Esta herida de bala, para Fuujin, era de las más inofensivas que había recibido, pero se estaba comportando como si algo le retorciera de dolor, descontrolando su respiración, y la luz blanca de su ojo izquierdo no paraba de parpadear, caótica, inestable. Oía sus jadeos como si tuviera asma, y es que eso, en un Fuu, era imposible.

—¡¡Aaaahh!! —Neuval soltó un gran alarido repentino.

Haru se estremeció, el sonido de su voz había sonado escalofriante. Más que un grito de dolor, parecía contener rabia.

—¡Ah! —exclamó el chico al notar que Neuval le agarraba el brazo con tanta fuerza que estuvo a punto de rompérselo. Intentó sujetarlo de otra forma, y enderezarlo para meterlo en el vehículo, pero Neuval tenía todos los músculos del cuerpo tan agarrotados que parecía que iba a explotar—. Fuujin-sama, ¿¡qué te pasa!? —le sujetó de la cabeza para mirarlo a la cara, pero el hombre no paraba de moverla de un lado a otro—. ¿Es el dolor de la herida? ¡Conviértete en aire! ¡Neuval, transforma tu cuerpo en aire para que la bala caiga sola y después vuelve a hacerte de carne y hueso! ¡Sólo necesitas un instante, vamos! ¿Neuval? Responde, ¡di algo! ¿Estás aquí?

No. No había respuesta por su parte, estaba ido, algo iba mal. Haru procuró mantener la cabeza fría y encargarse de la situación. Sacó su teléfono móvil y llamó a su compañero Shokubutsu.

—Yagami, necesito tus dotes curativas. Tengo aquí a alguien herido de bala —decidió no decirle quién, ya que con lo de “No más preguntas”, intuyó que Neuval quería mantener este suceso lo más privado posible.

—“Haru, ¿qué ocurre? ¿Es una urgencia? ¿Dónde estás?”

—En Tokio.

—“Vale, no voy a poder ayudarte, ‘hermanito’. Estoy pasando unos días en el Monte Zou, haciendo un trabajo de investigación que me ha ordenado el maestro Pipi. Llama a Yako.”

Haru entonces colgó la llamada y llamó a Yako. Diez minutos después, ya estaba en el callejón de atrás de la cafetería, esperando, cargando con Neuval a la espalda, el cual seguía quejándose de algo, sin responderle el cuerpo, pero apretando las manos como garras, como si algo le quemara por dentro. Apareció una luz verde claro saltando veloz por encima de los edificios, y aterrizando en el callejón en dos segundos.

—Sígueme —le dijo Yako sin perder ni un segundo, sacando unas llaves, y abrió la puerta trasera de la cafetería.

Se metieron dentro, Yako encendió las luces y Haru dejó a Neuval sentado sobre un sofá, apartando la mesa a un lado. No hacía más que cerrar los ojos con fuerza, y apretar los dientes, y respirar erráticamente. A veces se tensaba y agarrotaba los dedos de las manos.

—Maestro, ¿puedes responderme? ¿Estás consciente? —le preguntó Yako, mientras sacaba de la mochila que había traído varios tarros con ungüentos y pastas vegetales. Pero Neuval no le respondió—. Súbele la camiseta, Haru, y mantenlo sujeto.

—¿Por qué está así? ¿Lo han envenenado o algo?

—¿Se ha enfrentado a una situación grave, de mucho estrés, o algo que le haya enfurecido?

—Lo siento, tronco. Antes de que dejara de responder, me ha ordenado discreción. Pero puedo decir que es muy probable que sí, algo lo ha alterado mazo, pero a tope.

—Mierda… —lamentó Yako, mientras cogía unas pinzas para sacar la bala; se agachó a la altura de Neuval y miró la herida, preparando las pinzas—. Vale, Haru, escucha. No es la herida de bala lo que le está torturando por dentro. Está teniendo un brote de majin. Pero necesito que no te asustes y me ayudes a mantenerlo bajo control, necesito sacarle la bala para poder cerrale la herida y que le deje de doler. El dolor no le está causando el brote de majin pero tampoco ayuda a apaciguarlo.

—Tienes suerte de que me haya fumado la cantidad suficiente de marihuana para no cagarme en los pantalones, porque estar aquí los dos solos sujetando con nuestras humildes manos el majin de Fuujin-sama es la definición más pura del terror.

—No estamos solos. Alvion debe de llevar todo este rato encargándose de apaciguar el brote a través de la conexión con su mente, por eso Neuval aún está resistiendo. Alvion está haciendo su parte y nosotros tenemos que cooperar, ¿de acuerdo? No temas, no permitiré que te pase nada.

—De acuerdo —suspiró Haru, centrándose en mantener al parisino lo más quieto posible sobre el sofá.

Neuval no había aguantado este inminente brote de majin ni cinco minutos. Volando de regreso a donde estaba Haru ya había empezado a perder la cabeza. Y todo por sufrir un enorme conflicto mental, donde su lado más humano intentaba obligarlo a volver a aquella vivienda en el ático de aquel edificio para llevarse a Yenkis cuanto antes de allí, y la racionalidad de su iris lo obligaba a ser lógico y aceptar que dejarlo allí era la mejor opción para ambos, eso si Yenkis de verdad había logrado evitar que Hatori sospechara de él o descubriera la luz de su ojo.

Su majin no había explotado por lo que había pasado, sino por la idea de lo que podría pasar. Sólo pensar, sólo imaginar, que Hatori descubría la luz en el ojo de Yenkis o que había husmeado donde no debía... como consecuencia indudable, como mínimo no volvería a ver a su hijo nunca más, porque el grupo de caza de Hatori lo habría encerrado en el lugar más oculto del mundo para someterlo a evidentes torturas y experimentos. Sólo pensar en ello le causaba la peor asfixia, y furia, y miedo. Si se enteraba de que Hatori le hacía algo de esto a Yenkis, esta vez la mitad de Japón no sería suficiente.

Yako intentó ya varias veces introducir las pinzas en la herida, pero su maestro no paraba de agitarse, cada vez más.

—No puedo, Yako, es demasiado fuerte… —resopló Haru.

—Algo no va bien… algo es diferente… —murmuró Yako, empezando a notar esta sensación por todo su cuerpo. Entonces se dio cuenta de que el aire que les rodeaba emitía una escalofriante vibración. No… no sólo el aire… toda la materia, los átomos.

«Alvion, ¿¡por qué tarda tanto!?» preguntó Yako mentalmente. «¿No lleva usted desde el primer momento intentando frenar su brote? ¡Neuval lleva así ya 20 minutos! ¡Lo ha hecho miles de veces! ¡Anúlele el majin de una vez, está sufriendo!».

«“¡Silencio, niño! Me desconcentras…”» respondió la voz del anciano en su cabeza. Yako se sorprendió, porque notó en la voz del anciano que él también estaba teniendo dificultades para apaciguar el brote.

«Alvion…» insistió Yako, sin poder evitar sacar un viejo temor. Tuvo que taparse la nariz, pero nada más fue un gesto instintivo, porque en realidad no percibía un olor real, sino un “olor energético” intenso, asfixiante para él y para cualquier Zou. «Esta energía Yin… otra vez… no es normal… Se siente igual que aquella vez, es como hace siete años… cuando él…».

«“Escucha, muchacho. Si en dos minutos no ves que la situación mejora, agarra a tu compañero Haru y alejaos, marchaos de la zona. Llegaré ante Neuval personalmente a la velocidad de la luz y me lo llevaré lejos, pero bajo ningún concepto debes permitir que ese joven iris que está contigo salga perjudicado. Dame ese tiempo, intentaré reconectarme a él una última vez, no bajes la guardia”».

—Ven, Haru —Yako dejó las pinzas a un lado, agarró al joven músico y se apartaron una distancia.

—¿Y su herida?

—Aguarda.

Neuval seguía agonizando. Al final cayó del sofá al suelo. Yako no soportaba verlo sufrir así. Odiaba esa enfermedad, odiaba el majin con todas sus fuerzas. Sin embargo, reparó en algo que acababa de escuchar. “Intentaré reconectarme a él una última vez”, le había dicho Alvion. «¿Qué? ¡Eso quiere decir que ha perdido la conexión con el iris de Neuval! ¡Pero eso es imposible! ¡Sólo una causa puede romper la conexión de un Zou con un iris, y es que este haya alcanzado el séptimo grado de majin! Neuval está en el sexto, pero no ha llegado al séptimo. Si hubiera llegado al séptimo, no estaría todavía padeciendo este ataque de locura. La señal de haber llegado al séptimo grado es alcanzar un nuevo estado mental racional, tranquilo, controlado y estable de forma permanente, y con nuevos valores malignos contrarios al iris. Neuval aún está luchando… y eso es señal de que sigue en el sexto grado, y que su conexión con Alvion debería seguir intacta. Si Alvion de verdad se refería a que la ha perdido... ¿qué cosa imposible lo ha causado?».

—Yako, tranquilo, tu abuelo lo solucionará, una vez más —le dijo Haru al notarlo angustiado—. Nunca es agradable ver a Fuujin-sama ni a ningún otro compañero sufrir este tipo de brotes, pero siempre se acaban solucionando.

—Oh, no… su herida… —señaló Yako—. ¡Le está saliendo más sangre!

—¡Espera! —lo frenó Haru del brazo.

Los dos se quedaron observando fijamente. Neuval de pronto había dejado de moverse tanto, estaba más quieto, tendido sobre el suelo. Su respiración se fue haciendo más estable. Pero luego ocurrió algo inexplicable. La única razón por la que la herida expulsó un poco más de sangre fue porque la bala se estaba abriendo paso de regreso por donde había entrado. Estaba saliendo por sí sola de la herida, como si el propio cuerpo de Neuval la estuviera expulsando. El pequeño proyectil cayó al suelo, y Yako y Haru vieron la cosa más extraña. La herida se cerró, y no quedó ni rastro de ella en la piel.

Neuval soltó un suspiro de alivio. Algo dentro de su mente calmó su furia, y dejó de luchar contra Alvion. Lo dejó entrar, como si pudiera de verdad darle permiso, y el Zou pudo al fin volver a conectarse a su iris.

Alvion procedió, pues, a aplacar el brote de majin.

Todo volvió a la calma. Pero Yako y Haru se miraron, con las mismas caras desconcertadas.

—¿Le acaba de desaparecer… la herida de bala? ¿Tu abuelo puede hacernos eso transmitiendo algún tipo de energía sanadora, o…?

—No. Ningún Zou puede hacer eso. Ya nos gustaría… —le aseguró Yako, y corrió a ayudar a Neuval a sentarse de nuevo en el sofá al ver que estaba recuperándose.

—Hahh… ¿Yako? —farfulló Neuval—. Qué mareo… ¿Qué ha pasado?

—Un pequeño brote de majin. Por eso no recuerdas nada.

—Ah…

—¿Pequeño? —masculló Haru, pero Yako le dio un codazo disimulado.

—Gracias, Haru… A los dos… Os debo una. Y gracias también al vejete. Sabía que no me fallaría —dio un largo suspiro, y se miró las manos manchadas de sangre, y luego se subió la ropa para mirarse la cadera—. Madre mía, ¡Yako! ¿Has usado una nueva planta de las tuyas? No me has dejado ni cicatriz.

Yako y Haru volvieron a cruzar una mirada silenciosa, de reojo. Todavía no entendían muy bien lo que habían visto. Y no estaban seguros de explicárselo a Neuval.

—Maestro, ¿va todo bien? —quiso saber Yako—. ¿A dónde has ido?

—Por favor, no… —Neuval se puso en pie, le posó una mano en el hombro y pasó de largo, dirigiéndose hacia la salida trasera del local—… no preguntes… No te preocupes. Necesito… Sólo necesito ir a casa, pensar y mantener la calma, y… que sea lo que Dios quiera…

Ni Yako ni Haru le insistieron, pero no por eso dejaron de estar preocupados, sobre todo cuando le oyeron hablando solo, diciendo cosas como “Katya, dame fuerzas… para no colgar a ese niño de un árbol de por vida en cuanto lo vea mañana…”.

Neuval le hizo un gesto a Haru, indicándole que se marchara con él a su casa en la furgoneta, ya que, esperando que la situación de Yenkis se zanjara sin más catástrofes y volviera a casa en la mañana, tenía que presentarle a Haru como su nuevo maestro.





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