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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __









77.
Enfermo

Se notaba que era noche de sábado a domingo, porque incluso a las tantas de la madrugada aún había jóvenes continuando con la fiesta en algunos rincones de la ciudad. Las discotecas de menores cerraban demasiado pronto para su gusto, por lo que los estudiantes más rebeldes de secundaria se trasladaron a un escondite ya conocido, una amplia zona cementada bajo uno de los grandes puentes de la bahía, entre dos tramos de rocas y arena a orillas del mar.

Había pequeños grupos, unos sentados en las rocas, otros de pie, charlando y bebiendo alcohol que habían podido obtener gracias a varios universitarios que los acompañaban, en la penumbra que ofrecían las lejanas farolas de la autopista de la costa.

Algunos pocos se habían ido a rincones incluso más oscuros, en parejas, para tener intimidad. Aunque a algunos esa intimidad se les cortó de repente, cuando comenzaron a escucharse los gritos de una chica allá en un rincón entre las rocas y un muro de hormigón del puente. No, no eran gritos de auxilio, ni de dolor ni de terror. Los que estaban por ahí por la zona no veían de quién venían, pero se quedaron un poco en shock y se les escapaban algunas risas.

—¡Aah! ¡Por Dios…! ¡Uff…! —exclamó finalmente la afortunada, acalorada, y recuperando el aliento.

Entonces, de debajo de su falda larga salió una cabeza de voluminosos cabellos alocados.

—Madre mía, Drasik Jones, mi amiga no exageraba sobre ti —le sonrió la chica, acercándolo y acariciando sus cabellos cariñosamente—. No tenía uno así en mucho tiempo, mucho menos tres seguidos, ni siquiera haciéndolo yo misma. ¿Dónde has aprendido?

—Este es mi aprendizaje —se rio él, abriendo un botellín de cerveza, dando un trago, y compartió con ella—. Presto atención a las señales de tu cuerpo y de tu voz.

—Ya, pero no todo el mundo sabe interpretarlas. Incluso yo he tenido dificultad para detectar si mi antiguo novio, ahora ex, estaba sufriendo en silencio o estaba gozando cuando yo le hacía cosas.

—La gente subestima la comunicación, creen que hablar rompe el clímax. Pero eso es porque también hay que saber cómo decir las cosas —se acercó a su oído, susurrando, y ella lo apartó, riéndose por el cosquilleo y también sonrojada—. Te agradezco que me hayas estado dando algunas indicaciones.

—¡Hah! Yo te agradezco a ti que las siguieras. Ya te digo yo que muchos ni las oyen. Dime, Jones, ¿por qué te interesa aprender a hacerlo taaaan bien?

—¿Que por qué? Porque el día que encuentre al amor de mi vida, quiero hacerla feliz de manera perfecta y en todos los sentidos. En… to… dos —enfatizó, poniendo una mueca graciosa, sacando la lengua y moviéndola de un lado a otro.

—¡Hahah! ¿Y quién te dice que esa no soy yo?

—Tú me lo dices —respondió él, mirándola a los ojos.

La chica se quedó en silencio un rato, observando los ojos de él, ambos con la misma sonrisa serena en los labios.

—Eres bueno —le dijo ella entonces, y tomó un trago del botellín—. Te pido disculpas. La verdad es que te tomaba por un idiota en el instituto. Es que desde la distancia parecías el típico payaso arrogante. Pero las chicas que acaban conociéndote más, parece que te quitan la máscara.

—O ellas se quitan la venda —repuso él, y le robó el botellín para tomar otro trago. Se sentó sobre la roca junto a ella y se quedó mirando al mar, ahí frente a ellos, oscuro—. No te disculpes. Estoy acostumbrado.

—Hm… Oye… Si buscas al amor de tu vida, ¿por qué te lías con tantas chicas? Es decir… no te paras a conocer a una sola el tiempo suficiente.

—Guau… “liarse” es una palabra fea e inexacta. Pero no te equivoques, preciosa. Yo no estoy buscando al amor de mi vida. No ahora. Porque ahora mismo eso no me interesa. Pero sé que me interesará algún día en el futuro, cuando sea el momento. Hasta entonces, disfruto conociendo chicas. ¿Qué quieres que te diga? Me gustan demasiado.

—¿Y no te dan problemas de volverse celosas?

—Bastantes —asintió—. Pero el truco para eso es ser lo más claro posible, clarito como el agua. Les dejo claro desde el principio cómo soy y qué es lo que quiero. Si no les gusta, es problema de ellas, no mío. Que busquen a otro. Así que yo soy un libro abierto, cristalino, no me van los juegos de engaños y mentiras. Vivo como quiero, y no hago daño a nadie.

—Vaya, eso no está mal. Pero Jones, si te acuestas con todas las que vas conociendo, te haces difícil a ti mismo encontrar a la verdadera, incluso en el futuro.

—¿Qué dices? Yo no me acuesto con todas.

—Ah, ¿no? —se sorprendió.

—La gente asume eso con demasiada facilidad… humanos… —suspiró el chico, murmurando lo último—. Lo creas o no, sólo me he acostado con dos chicas, y ambas me importaban.

—¿Y te gustan las que son de un curso mayor, como yo?

—De mi edad y algo más mayores.

—¿Y qué pasó con esas dos?

—Bueno… mi primera vez fue el verano del año pasado, con una chica que me gustaba de verdad. Estuvimos juntos cinco meses. Terminamos porque ella se mudó a otro país con su familia. Y la segunda, estas Navidades pasadas, era otra piba que me molaba bastante. Pasamos unas semanas geniales, pero los dos al final queríamos lo mismo, no atarnos a nadie y salir con más gente. Fue pasajero, pero estuvo bien. Ese tipo de relaciones íntimas no las tengo con cualquiera, ¿sabes? —se bajó de la roca de un salto y se quedó de pie frente a ella—. Ese grado de intimidad… para mí es importante, lo suficiente para no compartirlo con cualquiera.

—Ya veo… —sonrió ella, y le lanzó una mirada pícara—. Así que esto es, como mucho, lo que haces con el resto de chicas. Besuqueos, tocamientos, sexo oral…

—Paseos por la ciudad, clases de skate, alguna que otra aventura arriesgada gastando bromas por ahí, probar comida callejera, baños sin ropa en el mar a escondidas… —añadió Drasik, acercándose a ella; apoyó las manos sobre sus muslos y se arrimó a su rostro—. Sé ofrecer muchas más emociones que el placer —susurró.

Ella sintió un escalofrío por el cuerpo. No sabía si era porque Drasik ya tenía de por sí unas manos frías y los labios, pero extrañamente aumentó la temperatura de su cuerpo. Incluso con esa escasa luz, los exóticos ojos de Drasik, azules intensos con un anillo anaranjado alrededor de las pupilas, y su piel bronceada, y la suavidad de sus cabellos de loco como corrientes de agua… tenía un gran atractivo especial.

Estuvieron con los labios muy cerca, tentando un beso, mientras la respiración de ella se aceleraba. Para ella, ese iba a ser un simple encuentro casual, el pago de un favor. Se supone que ya había quedado zanjado. Pero no pudo evitarlo. Drasik se le hacía irresistible.

Terminó echándolo a un lado, para bajarse de la roca. Seguidamente, lo agarró de los hombros y lo empujó contra la roca, al tiempo que deslizaba las manos desde sus hombros, descendiendo por su tronco, notando los relieves de los músculos de su torso bajo su camiseta, para terminar agarrando el cinturón de su pantalón y empezar a desabrocharlo.

—Esto… —murmuró Drasik, perplejo.

—Sé que el trato era que yo te conseguía los exámenes de segundo curso del año pasado y tú me hacías pasar un buen rato, pero déjame devolverte el favor con un extra. De todas formas, siempre he querido probar la famosa carne argentina.

—Aeh… ¿Estás segura?

—Ya te digo. Segurísima —musitó ella con un suspiro de asombro y excitación, después de desabrocharle el pantalón y descubrir el pastel—. A no ser que tú no quieras…

—Quiero. Quiero —afirmó él con vehemencia—. No me oirás quejarme de este f-favor… extraaaah… my God… —le tembló la voz cuando ella decidió comenzar directamente.

—¡Por fin te encuentro! —irrumpió una voz cerca de ellos.

Se llevaron un susto enorme, y al ojo izquierdo de Drasik se le escapó un brillo azul que ocultó al instante guiñándolo, aunque era difícil no mantener los ojos abiertos como platos cuando reconoció a su amigo en la penumbra.

—¡Hostia, Kyo! —protestó Drasik, con la cara completamente roja, abrochándose el pantalón a toda prisa, mientras la chica agachada al lado miraba confusa al recién llegado.

—Joder, Drasik… —protestó Kyo también, al percatarse de la situación que se estaba dando ahí, y se dio la vuelta, dándoles la espalda con algo de vergüenza—. Cuando termines de guardártela, ven conmigo.

—¿Qué? ¿A qué viene esto? ¿Y cómo sabías que estaba por aquí?

—Sakura me lo ha dicho, que algunas veces frecuentas estos botellones en la bahía. Date prisa.

—Será mejor que me vaya —le dijo la chica a Drasik en voz baja, resoplando resignada.

—¿Qué? No, no hace falta que… —intentó este ordenar el lío—. Kyo, ¿no puede esperar hasta mañana?

—No.

—Lo siento, Jones, otro día será —se despidió la chica de él con un beso en la mejilla y una caricia por el pecho—. Ya te iré a buscar… para acabar lo empezado.

Cuando ella ya se marchó por la orilla hacia la zona cementada donde estaban los demás grupos de jóvenes, Drasik dejó salir un sollozo triste y desesperado.

—Por una noche libre que me tomo… ¡Mañana madrugo para ir a Ibaraki a matar terroristas con el repelotudo de Raijin, ¿sabes?!

—¿Y precisamente por eso no deberías estar durmiendo y descansando, y no aquí a las 3 de la mañana jugando a los médicos con chicas?

—Kyo, el día que dejes de ser virgen o tengas una sesión de consulta médica oral con una chica, descubrirás que no existe nada más relajante y gratificante. Y ya estás tardando, que lo sepas.

—Drasik. Acabo de llegar del Monte Zou después de un año de luto y de entrenamiento. Cumplí allí los 16 años. No me toques las narices.

El Sui estuvo profiriendo algunos refunfuños más en inglés y en español mientras abandonaban la orilla escalando las rocas de regreso al paseo marítimo de arriba. Después se colaron dentro del recinto de una fábrica, a esas horas desértico y tenuemente iluminado por la luz anaranjada de las farolas lejanas, pasando por un hueco roto de la valla. No obstante, Drasik se paró ahí y puso los brazos en jarra.

—¿Y bien? ¿Qué pasa?

Kyo se giró y lo observó por unos segundos sin decir nada. A pesar de estar a unos congelantes 5 grados, Drasik iba bien fresco, en camiseta de manga corta, como siempre. Por eso, algo llamó la atención de Kyo. Se había acostumbrado los últimos días a ver el antebrazo derecho de su amigo cubierto con un vendaje, y ahora mismo no lo llevaba. Al fin volvía a tener su tatuaje iris al descubierto. Pero Kyo no sabía qué pensar… especialmente cuando divisó las marcas de dos pequeños pinchazos en la parte interior del codo.

—Me encontré con Sakura hace un rato. Parecía estar siguiendo el rastro de alguien, no me ha dicho quién, quizá un criminal, y me ha pedido que le eche un cable, aprovechando que ando despierto. Sabiendo que tú también lo estarías y que andarías por aquí, me ha mandado buscarte…

—¿Pero qué…? —farfulló Drasik, sin encajarle algunas cosas de esa historia.

—… me ha dicho que puede ser algo importante y que puede que necesite nuestra ayuda. Tenemos que esperar a que nos mande algún mensaje —concluyó Kyo, sacando su móvil del bolsillo y comprobando a ver si le había llegado algo.

—A ver, a ver, a ver —agitó Drasik una mano, cerrando los ojos un momento con gran confusión—. Vale, lo de Sakura lo capto. Pero hay algo que me chirría. ¿Qué hacías tú despierto a estas horas, para empezar, y deambulando por la ciudad?

—No podía dormir y he salido a patrullar, igual que haces tú continuamente.

—Kyo… —le interrumpió, arqueando una ceja. Lo miró muy extrañado, y molesto—. Me estás mintiendo.

—Dras…

—Llevo trece años siendo iris, no me tomes por idiota como hacen los demás —le dijo serio, y esperó que Kyo hablara, pero este sólo se limitó a suspirar—. Que me digas la verdad.

—Vale, vale, no te alteres —cedió el Ka, y se acercó a él unos pasos con aire apaciguador y cuidadoso—. Oye, no te lo tomes a mal, ¿vale? Es solo que… tu hermano me llamó antes, en la noche, y… estaba un poco preocupado por ti…

—Aaaagh… —resopló Drasik con fastidio, restregándose las manos por la cara.

—Dras, entiéndelo —insistió Kyo enseguida, sabiendo que reaccionaría así—. Eliam me ha contado algunas cosas preocupantes. Dice que te has pasado toda la tarde en el laboratorio y que tenías un comportamiento un poco neurótico… bueno… bastante neurótico, y dice que te ha visto inyectándote cosas y después tu actitud había cambiado de repente como si estuvieras en éxtasis… y cuando te oyó salir de casa de madrugada, pues…

—¡Eso no es asunto suyo! —protestó Drasik—. ¡Eliam es un paranoico! Después de trece años parece que todavía no se entera de que no soy como él, que los iris hacemos estas cosas continuamente, ¡que no tenemos una mente humana, joder! —dijo dándose con los nudillos en la cabeza, muy alterado.

—No se refiere a eso —intentó hacerle entender—. Te nota distinto, nota que algo no va bien, Drasik, ¡y reconócelo! Nosotros también lo notamos…

—¿Nosotros? ¿Tú y quién? ¿Nakuru? ¿Y Sam? ¿Toda la KRS, otra vez, hablando de mí a mis espaldas?

—¡No!

—¿Y Cleven también, tu querida prima, tu amiga del alma?

—¿Qué? Dras… —se sorprendió por ese tono, sin entender a qué venía de repente mencionar a Cleven.

—Me encontré con ella por la tarde tirando la basura, y ya me ha comentado lo terriblemente preocupados que Nakuru y tú estáis por mí. ¿De qué más cosas habláis con ella sobre mí? ¿Por qué tiene ella que opinar nada si no me conoce?

—No hablamos sobre ti. No hace falta. Lo vemos día tras día, tus cambios incesantes de humor, tus constantes intentos de ocultar o disimular el maldito problema que quiera que tengas. Tienes que hablar con nosotros, Drasik…

—¡Deja de decir eso! ¿¡De qué voy a hablar con vosotros si no tengo ni idea de lo que hablaros!? ¿Qué quieres que te diga, que me molesta la actitud que todos tenéis conmigo? ¡Sí, perdonadme, soy un idiota, doy la lata y me meto en líos, lo siento! ¡Siento mucho que tengáis que soportarme! ¿Pero qué quieres que haga, si es la única forma que tengo de lidiar con el hecho de que siempre me dejéis atrás? Me vienes aquí exigiendo la verdad, ¡pero sois vosotros quienes me mentís!

—¿Cómo que te mentimos? ¿A qué te refieres?

—¡Es que no entiendo…! —a Drasik se le escapó un sollozo, y se tomó unos segundos para recuperar el aliento, pero estaba lejos de calmarse—. No entiendo por qué no paro de verla, por todas partes, todo el tiempo…

—¿A quién?

—… en lugares que no recuerdo haber estado, en situaciones que no tienen ningún sentido, sólo la veo a ella, y tiene que ser por algo, por alguna razón, y creo que vosotros sabéis la razón, porque vosotros sabéis muchas cosas sobre Cleven, mientras que yo no tengo ni idea, ¡y eso no tiene sentido! ¿Por qué recordáis tantas cosas de ella en el pasado y yo no? ¿Es que yo estuve viviendo en otra parte, o nunca me la he cruzado por el camino? ¡Imposible! ¡Si yo tenía la misma nube en la memoria que los demás, ¿por qué a mí no termina de disipárseme?!

—Oye, Dras, por favor… Cálmate —le rogó Kyo—. Podemos seguir hablando de esto de una forma más racional.

—¿Racional?

Justo en ese momento Kyo miró la pantalla de su móvil al notar una vibración.

—Es Sakura, dice que está por esta zona —leyó el mensaje, pero luego frunció el ceño—. ¿Dos humanas capturadas por iris bajo los efectos del majin?

Drasik abrió los ojos con impacto al escuchar eso. Algo dentro de él volvió a detonar, una parte de él que no era él, una vez más, cayendo en la paranoia y las provocaciones inexistentes, siendo síntomas muy comunes de los brotes de majin de los primeros grados. Y todo por oír esa palabra.

—¿Es esto una broma?

—¿Qué? —se sorprendió Kyo.

—¿Me estáis gastando alguna broma Sakura y tú? ¿O qué es esto?

—Drasik, no lo sé, a mí también me choca este mensaje…

—¡Deja de mentir! —le gritó, con una furia tan repentina que Kyo llegó a estremecerse. El ojo del Sui empezó a emitir brillos parpadeantes e inestables—. ¡Has venido a buscarme para vigilarme! ¡Has venido con una excusa absurda para controlarme! ¡Piensas que estoy enfermo, ¿verdad?! ¡No sé cuántas veces tengo que deciros que no lo estoy! —dio un paso hacia él, y el suelo a su alrededor comenzó a cubrirse de hielo y escarcha.

Kyo apartó los pies de un salto a tiempo, antes de que le alcanzara.

—¡Drasik! ¡Espera! Por favor, tienes que calmarte —alzó una mano hacia a él, pero fue retrocediendo conforme él se le acercaba, porque estaba congelando el aire a una temperatura insoportable para su iris Fuego—. No te estoy mintiendo. Es verdad que he salido a buscarte porque tu hermano estaba preocupado, y encontré a Sakura y le pregunté si sabía dónde andabas a estas horas, y ella me dijo varios lugares donde podría encontrarte. Y me pidió que, si te encontraba, que la ayudásemos con una investigación que estaba ahora mismo…

—¡Mientes, mientes, mientes! ¡Todo el mundo me oculta cosas! Mi propia memoria me traiciona… —se puso a delirar de repente, mirando a un lado y a otro, agarrándose el pelo—. Yo tenía que guiarla… Yo tenía que guiarla… Estábamos juntos ella y yo, estábamos empezando el camino, sólo teníamos que esperar a encontrar a los otros cinco usuarios de los dones… Yo tenía que guiar a todos por el camino…

—Drasik, por favor, despierta… Estás teniendo un brote de majin, ¡este no eres tú! Recuerda quién eres, recuerda quién soy… Soy yo, Kyo, tu amigo, tu “hermano”…

—¡Un “hermano” no me trataría de engañar ni me trataría como a un enfermo! —volvió a girarse hacia él, recuperando esa actitud furiosa—. Igual que Eliam, siempre metiéndose, juzgando… ¿¡Dónde está You!? Él nunca me mentiría, ¡él siempre me entendió, siempre trabajábamos codo con codo en las misiones! ¡Tú no te le pareces en nada más que el aspecto!

Kyo no dijo nada. Por unos segundos, esas palabras le hirieron. Pero luego recordó todas las cosas que había aprendido con los años sobre el majin y cómo funcionaban sus brotes, cómo trataban de actuar, aprovechándose de los recuerdos o las emociones de la mente que invadían. Ese no era el auténtico Drasik. El majin utilizaba los traumas y las emociones negativas que un iris guardaba bajo control para lograr su objetivo, herir a los demás, cortar los lazos con los seres queridos para acabar aislándose del mundo y terminar siendo un arki.

No iba funcionar con Kyo. Él sabía perfectamente cómo se sentía Drasik en realidad hacia las cosas. Hacia él, hacia la KRS, hacia la muerte de Yousuke, hacia sí mismo… Obviamente Drasik aún lloraba por dentro la muerte de You y lo añoraba, pero no pensaba en absoluto que él fuera ni mejor ni peor que Kyo ni deseaba en absoluto que hubiera muerto Kyo en lugar de You. Era el majin, cruel, invasivo, la energía Yin, agarrando esa pena y esa añoranza y convirtiéndolas en palabras crueles que no eran ciertas.

Si Drasik, el auténtico, el de siempre, escuchara lo que su boca acababa de decir, sentiría horror absoluto. Pero el Drasik auténtico estaba ahora desconectado, inconsciente, pues su majin había tomado el control, y ni siquiera recordaría qué palabras había dicho. Eran como dos entidades en la misma persona.

Lo bueno de los grados de majin intermedios, del segundo al cuarto, era que el iris conseguía resistir el brote por sí solo, como la luz de una bombilla que parpadeaba insistentemente, negándose a quedarse apagada del todo. Se apagaba, se encendía, se apagaba y se encendía… era el brote de majin alternándose con brotes de lucidez y consciencia. Y cada vez que se encendía y se apagaba, aunque fuera por escasos segundos, era como si Drasik despertara y cayera dormido y despertara y cayera dormido.

Por eso era tan difícil para algunos iris enfermos combatir esta enfermedad, con razón se volvían locos. Él no podía recordar qué hacía o decía cuando el majin tomaba el control o la bombilla se apagaba, pero sí podía comprender que algo iba mal, que estaba teniendo un brote, cuando la lucidez regresaba a él de esta forma intermitente.

Entre esta lucha interna, que era igual que un ataque de ansiedad, Drasik pareció resistirse a sí mismo en un momento determinado. Se llevó una mano atrás y sacó del bolsillo trasero de su pantalón un estuche negro, cuya cremallera abrió con prisas y manos temblorosas.

Cuando Kyo vio que el contenido de ese estuche eran cuatro pequeñas y finas jeringuillas y que Drasik cogió una, lo asoció al instante con ese par de puntitos rojos que tenía Drasik en la piel de su brazo, junto al tatuaje, y le horrorizó tanto descubrir esto, que su primer impulso fue agarrar a su amigo de los brazos para inmovilizarlo.

—¡No, Drasik, ¿qué estás haciendo?!

—¡Kyo, suelta!

—¡No, no! ¿¡Por qué haces eso!? ¿¡Por qué has caído en algo así!? —le preguntó con rabia y tristeza—. ¿¡Quieres imitar a mi tío hasta este punto, crees que vas a parecerte más a él de esta manera!? ¡Te equivocas, él odiaría ver que te haces esto a ti mismo!

—¡Kyo, no te montes películas! ¡Que me sueltes!

—¡A mi tío le costó una barbaridad dejar esas cosas, ¿sabes lo que ha sufrido por ello, y la gente de su alrededor?! ¡Por mucho que no perjudiquen tu salud, sí que te cambian, te hacen ser diferente! ¡No es la solución, Dras, no lo es!

—¡Kyooo! —gritó apretando los dientes, no podía contrarrestar la superior fuerza física de Kyo, y no tuvo más remedio que defenderse, haciendo que una escarcha helada cubriera las manos de su amigo.

—¡Aah! —exclamó el joven Lao con dolor.

Salió vapor de agua en el contacto entre ambos y al final tuvo que soltarlo y retroceder unos pasos. Kyo se abrigó las manos bajo cada axila, notando la quemazón. Sin embargo, había logrado arrebatarle el estuche en el último segundo.

—¡Devuélveme eso! —corrió Drasik hacia él.

—¡No! —Kyo desprendió algunas llamas de su cuerpo y Drasik tuvo que frenar en seco y mantener las distancias.

—¡No me tomes…! —le reprendió Drasik, respirando exhausto y apuntándole con un dedo de advertencia—. No me tomes por un loco… ¡No soy un drogadicto! ¡Soy un químico experto, más experto incluso que los doctorados de cualquier universidad! ¡Llevo casi toda mi vida haciendo esto, Kyo! Eso es una medicina… en la que llevo siete años trabajando. Devuélvemela.

—¿¡De qué estás hablando!? ¿¡Cuánto tiempo llevas inyectándote eso!?

—El último par de semanas.

—¿¡Cómo sabes que no es precisamente esto lo que te está corrompiendo!? Joder, tenía que haberlo adivinado, tu comportamiento últimamente, ¡es por culpa de esto!

—¡No tienes ni idea de lo que hablas!

—¡Te estás inyectando a ti mismo un puro experimento!

—¿¡Y a quién quieres que se lo inyecte para probarlo!? ¡Soy yo el primero que tiene que probar lo que fabrico, no podemos usar a otras personas como sujeto de pruebas! ¿¡Cómo crees que logré fabricar el opuritaserum!? El mismo opurita con el que te salvé el otro día.

—¿¡Y para qué se supone que es esto!?

—¡Eso…! —se trabó, mordiéndose los labios con rabia—. ¡Eso no te importa!

—¿¡Sabe mi tío que estás haciendo esto!?

—¡Lo estoy haciendo precisamente por él!

Kyo se sorprendió al oír eso, y la desesperación en la voz de Drasik.

—Y por todos los que sufren como él —añadió el Sui—. No es la solución, pero es un puente hacia ella. Tú nunca lo entenderás, eres un soldado ejemplar.

Kyo no sabía qué decir. Tal vez se había equivocado. Tal vez había cometido el mismo error que solían cometer muchas personas alrededor de Drasik, que era subestimarlo, pensar cosas de él que no eran ciertas.

Pero había algo de él que sabía con certeza. Su majin estaba empeorando, y Drasik insistía en decir que él no estaba enfermo, en creérselo, en convencerse a sí mismo, en negar que su majin estaba creciendo. Decía que se inyectaba eso porque tenía que ser el primero en probar si la sustancia era perjudicial o no, que lo hacía por Neuval y por los demás iris enfermos, pero Kyo sabía que lo hacía también para sí mismo.

Negar la enfermedad, ocultarla y hacer como si no existiera fue lo que llevó a Izan a una caída sin frenos hacia el extremo final, el arki.









77.
Enfermo

Se notaba que era noche de sábado a domingo, porque incluso a las tantas de la madrugada aún había jóvenes continuando con la fiesta en algunos rincones de la ciudad. Las discotecas de menores cerraban demasiado pronto para su gusto, por lo que los estudiantes más rebeldes de secundaria se trasladaron a un escondite ya conocido, una amplia zona cementada bajo uno de los grandes puentes de la bahía, entre dos tramos de rocas y arena a orillas del mar.

Había pequeños grupos, unos sentados en las rocas, otros de pie, charlando y bebiendo alcohol que habían podido obtener gracias a varios universitarios que los acompañaban, en la penumbra que ofrecían las lejanas farolas de la autopista de la costa.

Algunos pocos se habían ido a rincones incluso más oscuros, en parejas, para tener intimidad. Aunque a algunos esa intimidad se les cortó de repente, cuando comenzaron a escucharse los gritos de una chica allá en un rincón entre las rocas y un muro de hormigón del puente. No, no eran gritos de auxilio, ni de dolor ni de terror. Los que estaban por ahí por la zona no veían de quién venían, pero se quedaron un poco en shock y se les escapaban algunas risas.

—¡Aah! ¡Por Dios…! ¡Uff…! —exclamó finalmente la afortunada, acalorada, y recuperando el aliento.

Entonces, de debajo de su falda larga salió una cabeza de voluminosos cabellos alocados.

—Madre mía, Drasik Jones, mi amiga no exageraba sobre ti —le sonrió la chica, acercándolo y acariciando sus cabellos cariñosamente—. No tenía uno así en mucho tiempo, mucho menos tres seguidos, ni siquiera haciéndolo yo misma. ¿Dónde has aprendido?

—Este es mi aprendizaje —se rio él, abriendo un botellín de cerveza, dando un trago, y compartió con ella—. Presto atención a las señales de tu cuerpo y de tu voz.

—Ya, pero no todo el mundo sabe interpretarlas. Incluso yo he tenido dificultad para detectar si mi antiguo novio, ahora ex, estaba sufriendo en silencio o estaba gozando cuando yo le hacía cosas.

—La gente subestima la comunicación, creen que hablar rompe el clímax. Pero eso es porque también hay que saber cómo decir las cosas —se acercó a su oído, susurrando, y ella lo apartó, riéndose por el cosquilleo y también sonrojada—. Te agradezco que me hayas estado dando algunas indicaciones.

—¡Hah! Yo te agradezco a ti que las siguieras. Ya te digo yo que muchos ni las oyen. Dime, Jones, ¿por qué te interesa aprender a hacerlo taaaan bien?

—¿Que por qué? Porque el día que encuentre al amor de mi vida, quiero hacerla feliz de manera perfecta y en todos los sentidos. En… to… dos —enfatizó, poniendo una mueca graciosa, sacando la lengua y moviéndola de un lado a otro.

—¡Hahah! ¿Y quién te dice que esa no soy yo?

—Tú me lo dices —respondió él, mirándola a los ojos.

La chica se quedó en silencio un rato, observando los ojos de él, ambos con la misma sonrisa serena en los labios.

—Eres bueno —le dijo ella entonces, y tomó un trago del botellín—. Te pido disculpas. La verdad es que te tomaba por un idiota en el instituto. Es que desde la distancia parecías el típico payaso arrogante. Pero las chicas que acaban conociéndote más, parece que te quitan la máscara.

—O ellas se quitan la venda —repuso él, y le robó el botellín para tomar otro trago. Se sentó sobre la roca junto a ella y se quedó mirando al mar, ahí frente a ellos, oscuro—. No te disculpes. Estoy acostumbrado.

—Hm… Oye… Si buscas al amor de tu vida, ¿por qué te lías con tantas chicas? Es decir… no te paras a conocer a una sola el tiempo suficiente.

—Guau… “liarse” es una palabra fea e inexacta. Pero no te equivoques, preciosa. Yo no estoy buscando al amor de mi vida. No ahora. Porque ahora mismo eso no me interesa. Pero sé que me interesará algún día en el futuro, cuando sea el momento. Hasta entonces, disfruto conociendo chicas. ¿Qué quieres que te diga? Me gustan demasiado.

—¿Y no te dan problemas de volverse celosas?

—Bastantes —asintió—. Pero el truco para eso es ser lo más claro posible, clarito como el agua. Les dejo claro desde el principio cómo soy y qué es lo que quiero. Si no les gusta, es problema de ellas, no mío. Que busquen a otro. Así que yo soy un libro abierto, cristalino, no me van los juegos de engaños y mentiras. Vivo como quiero, y no hago daño a nadie.

—Vaya, eso no está mal. Pero Jones, si te acuestas con todas las que vas conociendo, te haces difícil a ti mismo encontrar a la verdadera, incluso en el futuro.

—¿Qué dices? Yo no me acuesto con todas.

—Ah, ¿no? —se sorprendió.

—La gente asume eso con demasiada facilidad… humanos… —suspiró el chico, murmurando lo último—. Lo creas o no, sólo me he acostado con dos chicas, y ambas me importaban.

—¿Y te gustan las que son de un curso mayor, como yo?

—De mi edad y algo más mayores.

—¿Y qué pasó con esas dos?

—Bueno… mi primera vez fue el verano del año pasado, con una chica que me gustaba de verdad. Estuvimos juntos cinco meses. Terminamos porque ella se mudó a otro país con su familia. Y la segunda, estas Navidades pasadas, era otra piba que me molaba bastante. Pasamos unas semanas geniales, pero los dos al final queríamos lo mismo, no atarnos a nadie y salir con más gente. Fue pasajero, pero estuvo bien. Ese tipo de relaciones íntimas no las tengo con cualquiera, ¿sabes? —se bajó de la roca de un salto y se quedó de pie frente a ella—. Ese grado de intimidad… para mí es importante, lo suficiente para no compartirlo con cualquiera.

—Ya veo… —sonrió ella, y le lanzó una mirada pícara—. Así que esto es, como mucho, lo que haces con el resto de chicas. Besuqueos, tocamientos, sexo oral…

—Paseos por la ciudad, clases de skate, alguna que otra aventura arriesgada gastando bromas por ahí, probar comida callejera, baños sin ropa en el mar a escondidas… —añadió Drasik, acercándose a ella; apoyó las manos sobre sus muslos y se arrimó a su rostro—. Sé ofrecer muchas más emociones que el placer —susurró.

Ella sintió un escalofrío por el cuerpo. No sabía si era porque Drasik ya tenía de por sí unas manos frías y los labios, pero extrañamente aumentó la temperatura de su cuerpo. Incluso con esa escasa luz, los exóticos ojos de Drasik, azules intensos con un anillo anaranjado alrededor de las pupilas, y su piel bronceada, y la suavidad de sus cabellos de loco como corrientes de agua… tenía un gran atractivo especial.

Estuvieron con los labios muy cerca, tentando un beso, mientras la respiración de ella se aceleraba. Para ella, ese iba a ser un simple encuentro casual, el pago de un favor. Se supone que ya había quedado zanjado. Pero no pudo evitarlo. Drasik se le hacía irresistible.

Terminó echándolo a un lado, para bajarse de la roca. Seguidamente, lo agarró de los hombros y lo empujó contra la roca, al tiempo que deslizaba las manos desde sus hombros, descendiendo por su tronco, notando los relieves de los músculos de su torso bajo su camiseta, para terminar agarrando el cinturón de su pantalón y empezar a desabrocharlo.

—Esto… —murmuró Drasik, perplejo.

—Sé que el trato era que yo te conseguía los exámenes de segundo curso del año pasado y tú me hacías pasar un buen rato, pero déjame devolverte el favor con un extra. De todas formas, siempre he querido probar la famosa carne argentina.

—Aeh… ¿Estás segura?

—Ya te digo. Segurísima —musitó ella con un suspiro de asombro y excitación, después de desabrocharle el pantalón y descubrir el pastel—. A no ser que tú no quieras…

—Quiero. Quiero —afirmó él con vehemencia—. No me oirás quejarme de este f-favor… extraaaah… my God… —le tembló la voz cuando ella decidió comenzar directamente.

—¡Por fin te encuentro! —irrumpió una voz cerca de ellos.

Se llevaron un susto enorme, y al ojo izquierdo de Drasik se le escapó un brillo azul que ocultó al instante guiñándolo, aunque era difícil no mantener los ojos abiertos como platos cuando reconoció a su amigo en la penumbra.

—¡Hostia, Kyo! —protestó Drasik, con la cara completamente roja, abrochándose el pantalón a toda prisa, mientras la chica agachada al lado miraba confusa al recién llegado.

—Joder, Drasik… —protestó Kyo también, al percatarse de la situación que se estaba dando ahí, y se dio la vuelta, dándoles la espalda con algo de vergüenza—. Cuando termines de guardártela, ven conmigo.

—¿Qué? ¿A qué viene esto? ¿Y cómo sabías que estaba por aquí?

—Sakura me lo ha dicho, que algunas veces frecuentas estos botellones en la bahía. Date prisa.

—Será mejor que me vaya —le dijo la chica a Drasik en voz baja, resoplando resignada.

—¿Qué? No, no hace falta que… —intentó este ordenar el lío—. Kyo, ¿no puede esperar hasta mañana?

—No.

—Lo siento, Jones, otro día será —se despidió la chica de él con un beso en la mejilla y una caricia por el pecho—. Ya te iré a buscar… para acabar lo empezado.

Cuando ella ya se marchó por la orilla hacia la zona cementada donde estaban los demás grupos de jóvenes, Drasik dejó salir un sollozo triste y desesperado.

—Por una noche libre que me tomo… ¡Mañana madrugo para ir a Ibaraki a matar terroristas con el repelotudo de Raijin, ¿sabes?!

—¿Y precisamente por eso no deberías estar durmiendo y descansando, y no aquí a las 3 de la mañana jugando a los médicos con chicas?

—Kyo, el día que dejes de ser virgen o tengas una sesión de consulta médica oral con una chica, descubrirás que no existe nada más relajante y gratificante. Y ya estás tardando, que lo sepas.

—Drasik. Acabo de llegar del Monte Zou después de un año de luto y de entrenamiento. Cumplí allí los 16 años. No me toques las narices.

El Sui estuvo profiriendo algunos refunfuños más en inglés y en español mientras abandonaban la orilla escalando las rocas de regreso al paseo marítimo de arriba. Después se colaron dentro del recinto de una fábrica, a esas horas desértico y tenuemente iluminado por la luz anaranjada de las farolas lejanas, pasando por un hueco roto de la valla. No obstante, Drasik se paró ahí y puso los brazos en jarra.

—¿Y bien? ¿Qué pasa?

Kyo se giró y lo observó por unos segundos sin decir nada. A pesar de estar a unos congelantes 5 grados, Drasik iba bien fresco, en camiseta de manga corta, como siempre. Por eso, algo llamó la atención de Kyo. Se había acostumbrado los últimos días a ver el antebrazo derecho de su amigo cubierto con un vendaje, y ahora mismo no lo llevaba. Al fin volvía a tener su tatuaje iris al descubierto. Pero Kyo no sabía qué pensar… especialmente cuando divisó las marcas de dos pequeños pinchazos en la parte interior del codo.

—Me encontré con Sakura hace un rato. Parecía estar siguiendo el rastro de alguien, no me ha dicho quién, quizá un criminal, y me ha pedido que le eche un cable, aprovechando que ando despierto. Sabiendo que tú también lo estarías y que andarías por aquí, me ha mandado buscarte…

—¿Pero qué…? —farfulló Drasik, sin encajarle algunas cosas de esa historia.

—… me ha dicho que puede ser algo importante y que puede que necesite nuestra ayuda. Tenemos que esperar a que nos mande algún mensaje —concluyó Kyo, sacando su móvil del bolsillo y comprobando a ver si le había llegado algo.

—A ver, a ver, a ver —agitó Drasik una mano, cerrando los ojos un momento con gran confusión—. Vale, lo de Sakura lo capto. Pero hay algo que me chirría. ¿Qué hacías tú despierto a estas horas, para empezar, y deambulando por la ciudad?

—No podía dormir y he salido a patrullar, igual que haces tú continuamente.

—Kyo… —le interrumpió, arqueando una ceja. Lo miró muy extrañado, y molesto—. Me estás mintiendo.

—Dras…

—Llevo trece años siendo iris, no me tomes por idiota como hacen los demás —le dijo serio, y esperó que Kyo hablara, pero este sólo se limitó a suspirar—. Que me digas la verdad.

—Vale, vale, no te alteres —cedió el Ka, y se acercó a él unos pasos con aire apaciguador y cuidadoso—. Oye, no te lo tomes a mal, ¿vale? Es solo que… tu hermano me llamó antes, en la noche, y… estaba un poco preocupado por ti…

—Aaaagh… —resopló Drasik con fastidio, restregándose las manos por la cara.

—Dras, entiéndelo —insistió Kyo enseguida, sabiendo que reaccionaría así—. Eliam me ha contado algunas cosas preocupantes. Dice que te has pasado toda la tarde en el laboratorio y que tenías un comportamiento un poco neurótico… bueno… bastante neurótico, y dice que te ha visto inyectándote cosas y después tu actitud había cambiado de repente como si estuvieras en éxtasis… y cuando te oyó salir de casa de madrugada, pues…

—¡Eso no es asunto suyo! —protestó Drasik—. ¡Eliam es un paranoico! Después de trece años parece que todavía no se entera de que no soy como él, que los iris hacemos estas cosas continuamente, ¡que no tenemos una mente humana, joder! —dijo dándose con los nudillos en la cabeza, muy alterado.

—No se refiere a eso —intentó hacerle entender—. Te nota distinto, nota que algo no va bien, Drasik, ¡y reconócelo! Nosotros también lo notamos…

—¿Nosotros? ¿Tú y quién? ¿Nakuru? ¿Y Sam? ¿Toda la KRS, otra vez, hablando de mí a mis espaldas?

—¡No!

—¿Y Cleven también, tu querida prima, tu amiga del alma?

—¿Qué? Dras… —se sorprendió por ese tono, sin entender a qué venía de repente mencionar a Cleven.

—Me encontré con ella por la tarde tirando la basura, y ya me ha comentado lo terriblemente preocupados que Nakuru y tú estáis por mí. ¿De qué más cosas habláis con ella sobre mí? ¿Por qué tiene ella que opinar nada si no me conoce?

—No hablamos sobre ti. No hace falta. Lo vemos día tras día, tus cambios incesantes de humor, tus constantes intentos de ocultar o disimular el maldito problema que quiera que tengas. Tienes que hablar con nosotros, Drasik…

—¡Deja de decir eso! ¿¡De qué voy a hablar con vosotros si no tengo ni idea de lo que hablaros!? ¿Qué quieres que te diga, que me molesta la actitud que todos tenéis conmigo? ¡Sí, perdonadme, soy un idiota, doy la lata y me meto en líos, lo siento! ¡Siento mucho que tengáis que soportarme! ¿Pero qué quieres que haga, si es la única forma que tengo de lidiar con el hecho de que siempre me dejéis atrás? Me vienes aquí exigiendo la verdad, ¡pero sois vosotros quienes me mentís!

—¿Cómo que te mentimos? ¿A qué te refieres?

—¡Es que no entiendo…! —a Drasik se le escapó un sollozo, y se tomó unos segundos para recuperar el aliento, pero estaba lejos de calmarse—. No entiendo por qué no paro de verla, por todas partes, todo el tiempo…

—¿A quién?

—… en lugares que no recuerdo haber estado, en situaciones que no tienen ningún sentido, sólo la veo a ella, y tiene que ser por algo, por alguna razón, y creo que vosotros sabéis la razón, porque vosotros sabéis muchas cosas sobre Cleven, mientras que yo no tengo ni idea, ¡y eso no tiene sentido! ¿Por qué recordáis tantas cosas de ella en el pasado y yo no? ¿Es que yo estuve viviendo en otra parte, o nunca me la he cruzado por el camino? ¡Imposible! ¡Si yo tenía la misma nube en la memoria que los demás, ¿por qué a mí no termina de disipárseme?!

—Oye, Dras, por favor… Cálmate —le rogó Kyo—. Podemos seguir hablando de esto de una forma más racional.

—¿Racional?

Justo en ese momento Kyo miró la pantalla de su móvil al notar una vibración.

—Es Sakura, dice que está por esta zona —leyó el mensaje, pero luego frunció el ceño—. ¿Dos humanas capturadas por iris bajo los efectos del majin?

Drasik abrió los ojos con impacto al escuchar eso. Algo dentro de él volvió a detonar, una parte de él que no era él, una vez más, cayendo en la paranoia y las provocaciones inexistentes, siendo síntomas muy comunes de los brotes de majin de los primeros grados. Y todo por oír esa palabra.

—¿Es esto una broma?

—¿Qué? —se sorprendió Kyo.

—¿Me estáis gastando alguna broma Sakura y tú? ¿O qué es esto?

—Drasik, no lo sé, a mí también me choca este mensaje…

—¡Deja de mentir! —le gritó, con una furia tan repentina que Kyo llegó a estremecerse. El ojo del Sui empezó a emitir brillos parpadeantes e inestables—. ¡Has venido a buscarme para vigilarme! ¡Has venido con una excusa absurda para controlarme! ¡Piensas que estoy enfermo, ¿verdad?! ¡No sé cuántas veces tengo que deciros que no lo estoy! —dio un paso hacia él, y el suelo a su alrededor comenzó a cubrirse de hielo y escarcha.

Kyo apartó los pies de un salto a tiempo, antes de que le alcanzara.

—¡Drasik! ¡Espera! Por favor, tienes que calmarte —alzó una mano hacia a él, pero fue retrocediendo conforme él se le acercaba, porque estaba congelando el aire a una temperatura insoportable para su iris Fuego—. No te estoy mintiendo. Es verdad que he salido a buscarte porque tu hermano estaba preocupado, y encontré a Sakura y le pregunté si sabía dónde andabas a estas horas, y ella me dijo varios lugares donde podría encontrarte. Y me pidió que, si te encontraba, que la ayudásemos con una investigación que estaba ahora mismo…

—¡Mientes, mientes, mientes! ¡Todo el mundo me oculta cosas! Mi propia memoria me traiciona… —se puso a delirar de repente, mirando a un lado y a otro, agarrándose el pelo—. Yo tenía que guiarla… Yo tenía que guiarla… Estábamos juntos ella y yo, estábamos empezando el camino, sólo teníamos que esperar a encontrar a los otros cinco usuarios de los dones… Yo tenía que guiar a todos por el camino…

—Drasik, por favor, despierta… Estás teniendo un brote de majin, ¡este no eres tú! Recuerda quién eres, recuerda quién soy… Soy yo, Kyo, tu amigo, tu “hermano”…

—¡Un “hermano” no me trataría de engañar ni me trataría como a un enfermo! —volvió a girarse hacia él, recuperando esa actitud furiosa—. Igual que Eliam, siempre metiéndose, juzgando… ¿¡Dónde está You!? Él nunca me mentiría, ¡él siempre me entendió, siempre trabajábamos codo con codo en las misiones! ¡Tú no te le pareces en nada más que el aspecto!

Kyo no dijo nada. Por unos segundos, esas palabras le hirieron. Pero luego recordó todas las cosas que había aprendido con los años sobre el majin y cómo funcionaban sus brotes, cómo trataban de actuar, aprovechándose de los recuerdos o las emociones de la mente que invadían. Ese no era el auténtico Drasik. El majin utilizaba los traumas y las emociones negativas que un iris guardaba bajo control para lograr su objetivo, herir a los demás, cortar los lazos con los seres queridos para acabar aislándose del mundo y terminar siendo un arki.

No iba funcionar con Kyo. Él sabía perfectamente cómo se sentía Drasik en realidad hacia las cosas. Hacia él, hacia la KRS, hacia la muerte de Yousuke, hacia sí mismo… Obviamente Drasik aún lloraba por dentro la muerte de You y lo añoraba, pero no pensaba en absoluto que él fuera ni mejor ni peor que Kyo ni deseaba en absoluto que hubiera muerto Kyo en lugar de You. Era el majin, cruel, invasivo, la energía Yin, agarrando esa pena y esa añoranza y convirtiéndolas en palabras crueles que no eran ciertas.

Si Drasik, el auténtico, el de siempre, escuchara lo que su boca acababa de decir, sentiría horror absoluto. Pero el Drasik auténtico estaba ahora desconectado, inconsciente, pues su majin había tomado el control, y ni siquiera recordaría qué palabras había dicho. Eran como dos entidades en la misma persona.

Lo bueno de los grados de majin intermedios, del segundo al cuarto, era que el iris conseguía resistir el brote por sí solo, como la luz de una bombilla que parpadeaba insistentemente, negándose a quedarse apagada del todo. Se apagaba, se encendía, se apagaba y se encendía… era el brote de majin alternándose con brotes de lucidez y consciencia. Y cada vez que se encendía y se apagaba, aunque fuera por escasos segundos, era como si Drasik despertara y cayera dormido y despertara y cayera dormido.

Por eso era tan difícil para algunos iris enfermos combatir esta enfermedad, con razón se volvían locos. Él no podía recordar qué hacía o decía cuando el majin tomaba el control o la bombilla se apagaba, pero sí podía comprender que algo iba mal, que estaba teniendo un brote, cuando la lucidez regresaba a él de esta forma intermitente.

Entre esta lucha interna, que era igual que un ataque de ansiedad, Drasik pareció resistirse a sí mismo en un momento determinado. Se llevó una mano atrás y sacó del bolsillo trasero de su pantalón un estuche negro, cuya cremallera abrió con prisas y manos temblorosas.

Cuando Kyo vio que el contenido de ese estuche eran cuatro pequeñas y finas jeringuillas y que Drasik cogió una, lo asoció al instante con ese par de puntitos rojos que tenía Drasik en la piel de su brazo, junto al tatuaje, y le horrorizó tanto descubrir esto, que su primer impulso fue agarrar a su amigo de los brazos para inmovilizarlo.

—¡No, Drasik, ¿qué estás haciendo?!

—¡Kyo, suelta!

—¡No, no! ¿¡Por qué haces eso!? ¿¡Por qué has caído en algo así!? —le preguntó con rabia y tristeza—. ¿¡Quieres imitar a mi tío hasta este punto, crees que vas a parecerte más a él de esta manera!? ¡Te equivocas, él odiaría ver que te haces esto a ti mismo!

—¡Kyo, no te montes películas! ¡Que me sueltes!

—¡A mi tío le costó una barbaridad dejar esas cosas, ¿sabes lo que ha sufrido por ello, y la gente de su alrededor?! ¡Por mucho que no perjudiquen tu salud, sí que te cambian, te hacen ser diferente! ¡No es la solución, Dras, no lo es!

—¡Kyooo! —gritó apretando los dientes, no podía contrarrestar la superior fuerza física de Kyo, y no tuvo más remedio que defenderse, haciendo que una escarcha helada cubriera las manos de su amigo.

—¡Aah! —exclamó el joven Lao con dolor.

Salió vapor de agua en el contacto entre ambos y al final tuvo que soltarlo y retroceder unos pasos. Kyo se abrigó las manos bajo cada axila, notando la quemazón. Sin embargo, había logrado arrebatarle el estuche en el último segundo.

—¡Devuélveme eso! —corrió Drasik hacia él.

—¡No! —Kyo desprendió algunas llamas de su cuerpo y Drasik tuvo que frenar en seco y mantener las distancias.

—¡No me tomes…! —le reprendió Drasik, respirando exhausto y apuntándole con un dedo de advertencia—. No me tomes por un loco… ¡No soy un drogadicto! ¡Soy un químico experto, más experto incluso que los doctorados de cualquier universidad! ¡Llevo casi toda mi vida haciendo esto, Kyo! Eso es una medicina… en la que llevo siete años trabajando. Devuélvemela.

—¿¡De qué estás hablando!? ¿¡Cuánto tiempo llevas inyectándote eso!?

—El último par de semanas.

—¿¡Cómo sabes que no es precisamente esto lo que te está corrompiendo!? Joder, tenía que haberlo adivinado, tu comportamiento últimamente, ¡es por culpa de esto!

—¡No tienes ni idea de lo que hablas!

—¡Te estás inyectando a ti mismo un puro experimento!

—¿¡Y a quién quieres que se lo inyecte para probarlo!? ¡Soy yo el primero que tiene que probar lo que fabrico, no podemos usar a otras personas como sujeto de pruebas! ¿¡Cómo crees que logré fabricar el opuritaserum!? El mismo opurita con el que te salvé el otro día.

—¿¡Y para qué se supone que es esto!?

—¡Eso…! —se trabó, mordiéndose los labios con rabia—. ¡Eso no te importa!

—¿¡Sabe mi tío que estás haciendo esto!?

—¡Lo estoy haciendo precisamente por él!

Kyo se sorprendió al oír eso, y la desesperación en la voz de Drasik.

—Y por todos los que sufren como él —añadió el Sui—. No es la solución, pero es un puente hacia ella. Tú nunca lo entenderás, eres un soldado ejemplar.

Kyo no sabía qué decir. Tal vez se había equivocado. Tal vez había cometido el mismo error que solían cometer muchas personas alrededor de Drasik, que era subestimarlo, pensar cosas de él que no eran ciertas.

Pero había algo de él que sabía con certeza. Su majin estaba empeorando, y Drasik insistía en decir que él no estaba enfermo, en creérselo, en convencerse a sí mismo, en negar que su majin estaba creciendo. Decía que se inyectaba eso porque tenía que ser el primero en probar si la sustancia era perjudicial o no, que lo hacía por Neuval y por los demás iris enfermos, pero Kyo sabía que lo hacía también para sí mismo.

Negar la enfermedad, ocultarla y hacer como si no existiera fue lo que llevó a Izan a una caída sin frenos hacia el extremo final, el arki.





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