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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __









96.
Reunión: los Magenilhav

—Brey —lo llamó Agatha—. ¿Son aquellos adornos que me dijiste que acababas de comprarle a una vendedora ambulante durante el festival?

—Sí…

—¿Una horquilla con flor de lirio y una moneda cash con magatamas?

—¡Sí!

—¿¡Cómo que una vendedora ambulante!? ¿¡Quién te las vendió!? —dijo Denzel.

—¿¡Queréis decirme qué coño pasa y a qué viene tanto drama con esos trastos!? —se cansó Brey, señalando las proyecciones que Hoti alternaba de ambos objetos cada cuatro segundos.

—¡Esos “trastos”, niño, como irrespetuosamente los llamas —le explicó Denzel—, pertenecieron a Mó y a Zhen Yu hace tres siglos y medio! Me dijeron que eran las posesiones más valiosas de sus vidas. Que nadie más que ellos podían tenerlas, ¡nunca!

—¿De los… brujos esos que ayudaron un tiempo a la Asociación y luego se largaron?

—¿¡Que “ayudaron”!? ¡Menudo eufemismo!

—¡Mira si eres pelmazo cuando tu parte humana emocional sale a tocar los huevos en lugar de explicar las cosas con sentido! —se hartó Brey.

A los taimuki se les escapó una risa, que ahogaron a tiempo tapándose las bocas.

—¡Serás insolente…! —se enfadó Denzel.

—Vamos a ver, calmaos los dos —se impuso Agatha, alzando una mano en alto—. Denzel, sé lo importantes que Mó y Zhen Yu fueron para ti. Los primeros y mejores amigos de tu vida. Pero ha pasado mucho tiempo. Los iris de esta época desconocen lo que tú conoces. Y tiene que haber una explicación sobre los Magenilhav. Ni siquiera yo he llegado a saber nunca qué son exactamente. Y tú tampoco.

—¿No sabes lo que son y te pones así de histérico? —protestó Brey.

—No tengo que saber lo que son, crío insolente, lo que tengo que saber es que son los objetos más importantes que Mó y Zhen Yu poseían, el incalculable valor que tenían para ellos, y que nadie más que ellos tenía derecho a tenerlos. La ladrona esa que te los dio, dime ahora mismo cómo era. Tengo que saber quién es y dónde los robó.

—¡No sé cómo era! Iba vestida con una túnica y capucha grande, apenas podía ver su barbilla y labios. Aparte de fumar algo que olía fuerte, terroso y amargo, en una pipa antigua blanca, y unos tatuajes en sus dedos y el dorso de sus manos, no vi nada más.

En ese momento, Denzel abrió los ojos con sorpresa tras sus gafas.

—Sólo era una señora disfrazada para el festival, vendiendo algunos accesorios tras una mesa endeble —continuó Brey—. Me llamó al pasar. Me convenció para que le comprara la horquilla y el colgante. Me los vendió más baratos que una barra de pan, que hasta me sentí culpable de no darle voluntariamente más dinero por ellos. Se los di a los niños. Cuando Agatha me preguntó quién me los había vendido, miré al lugar de antes, pero la vendedora ya no estaba. Se habría movido a otra esquina del recinto.

—Entonces… son definitivamente los Magenilhav, ¿verdad? —preguntó Neuval, que había estado esperando confirmar esa parte—. Las reliquias de los brujos que plasmaste en uno de tus tomos. Las auténticas. ¿Denzel? —lo llamó, al ver que se había quedado muy quieto y callado.

Los demás también vieron que algo acababa de afectar al taimu. Ahora, todo lo que su rostro expresaba era una amarga añoranza.

—La pipa blanca con la que fumaba… —murmuró, mirando hacia Brey—. ¿Tenía relieves de flores talladas en la cazoleta?

—¿Qué? Pues… —se extrañó Brey, e intentó hacer memoria, haciendo uso de la alta capacidad de atención a los detalles de su iris—. Sí, flores y hojas. Y estaba formada de tres piezas, ensambladas con dos aros dorados. ¿Por qué?

Denzel se llevó una mano a la cara y se frotó los ojos detrás de las gafas.

—Los tatuajes de sus dedos. ¿Eran símbolos pequeños en la base de cada dedo?

—Sí.

—Y los tatuajes cubriendo el dorso entero de sus manos. ¿Una mariposa en la mano derecha…?

—Y una tarántula en la izquierda —afirmó Brey.

—Cielo santo… —murmuró Agatha.

—Padre… —se levantó Naminé para atenderlo, al descubrir que se frotaba los ojos porque le caían algunas lágrimas.

—¿Qué es lo que nos estamos perdiendo aquí? —preguntó Pipi, tan confuso e intrigado como los demás.

—Brey —lo llamó Agatha—. Esa mujer que te vendió esos accesorios era la bruja Mó. Su espíritu materializado.

—¿¡Qué!? —exclamaron todos.

—La hostia… —dijeron los iris más jóvenes.

—Claro… —murmuró Neuval, igual de atónito con esta noticia, pero viendo que era la confirmación de su teoría final.

—¿Es-… Estás segura? —dijo Brey, sintiendo un poco de repelús al oír la temible palabra “espíritu”—. No noté un campo electromagnético que…

—No lo emiten cuando se materializan —le dijo Yako, que tampoco salía de su asombro.

—Yo le hice esa pipa —dijo Denzel, alicaído—. Se la tallé en madera de cobalina, una especie de árbol creada por Shan Yao Zou, el hijo de Leander, de madera tan blanca como la leche. Con dos ensambles de oro. Se la regalé en uno de sus cumpleaños, en los pocos años que vivieron en el templo. Esos dos hermanos no hacían más que fumar en sus pipas —casi sonrió, nostálgico.

—¿Qué significa? ¿Por qué me vendió esos objetos que dices que son tan valiosos para ella y Zhen Yu? —se preocupó Brey.

—La única razón es porque Clover y Daisuke… —fue a responderle, pero era un descubrimiento tan impactante para él ahora mismo que todavía necesitaba unos segundos para asimilarlo.

Miró a Brey a los ojos. Lo observó durante un rato, buscando en sus rasgos, alguna señal… No… Brey no era. No era la línea de Hideki ni la línea de Emiliya.

—¿Sabes cómo se apellidaban Mó y Zhen Yu, Brey? —le preguntó entonces.

—Era… Xiaolang o algo parecido, ¿no?

—¿Sabrías decirme si la madre de los mellizos tenía un apellido antes de ser adoptada por los Saitou?

—¿Yue? Pues… Ella me dijo que la ONG que la rescató de bebé acabó descubriendo la identidad de sus padres biológicos. Aunque estos se habían esfumado y nunca fueron localizados, la registraron en el hospital neonatal con el apellido de sus padres hasta que los Saitou la adoptaron y se lo cambiaron. Sus padres biológicos compartían el mismo apellido y… era Xiaolang…

De repente todos dieron un respingo.

—¡Pero debe de haber millones de personas con ese apellido! —defendió Brey—. ¡Es muy común!

—Espera… ¿Entonces los padres de Yue eran hermanos? —se espantó Effie.

—¡No! —aseguró Brey—. Eso también preocupó a los Saitou cuando la adoptaron. Yue de bebé ya presentaba problemas de salud. Le hicieron pruebas de ADN para estar preparados por si tuviera alguna enfermedad congénita y tratarla debidamente. Gracias a eso descubrieron que tenía un problema de corazón, una cardiopatía congénita común que la obligó a vivir toda su vida bajo tratamiento… Pero, respecto a sus padres, descubrieron que sólo compartían un 1 % de ADN.

—¡Entones sí estaban relacionados! —insistió Effie.

—¡Apenas! —dijo Kyo—. Mi abuelo Kei Lian y mi abuela Ming Jie, ambos son Lao procedentes de un lejano tatarabuelo común y comparten entre un 1’5 y un 2 % de ADN. Son primos terceros. Los padres de Yue eran al menos primos cuartos o más lejanos. Y su enfermedad congénita no tiene nada que ver con ese diminuto porcentaje de ADN compartido. No existe riesgo alguno cuando el porcentaje de ADN compartido es menor al 3 %, es igual de inofensivo que dos personas con 0 % de ADN común.

—Denzel —lo llamó Agatha—. Creo que no cabe la menor duda. Ellos te lo dijeron. Te lo explicaron. ¡Ha pasado justo como ellos dijeron!

—Eso parece… —murmuró este.

—Sabía que sentía algo especial en esos dos niños… lo sabía… —se dijo Agatha, tan conmocionada como preocupada.

—¿Qué es, padre? —le preguntaron los taimuki.

—Denzel, ¿qué quiere decir todo esto? —dijo Yako.

—Está bien —suspiró este, recomponiéndose como pudo y colocándose bien las gafas sobre la nariz. Tomó aire. Los demás prestaron toda su atención—. La última vez que estuve con ellos… en nuestra despedida… Mó y Zhen Yu me dijeron que recordara estas palabras: “Un día, cuando cumplamos nuestra misión aquí, nosotros y nuestros dones desapareceremos de este mundo. Pero un día, cuando vuelvan a ser necesarios, revivirán en dos nuevos usuarios con nuestra sangre. Un lejano descendiente de Zhen Yu, y una lejana descendiente mía, unirán de nuevo las dos sangres en una persona, y esta persona volverá a dividir ambas sangres en dos nuevos hermanos. Cuando esto ocurra, lo sabremos. Y serán reconocidos legítimamente cuando Zhen Yu o yo vengamos aquí, en secreto, a convertirlos en los nuevos dueños de los Magenilhav”.

Nadie dijo nada por un rato. Tenían los ojos perplejos y absortos apuntando a Denzel. Pero luego esos mismos ojos fueron poco a poco apuntando a Brey. Incluso Yako miraba asombrado a su amigo. Jamás lo habría sospechado. Había conocido a los mellizos desde que nacieron. Como mucho, había visto las mismas rarezas que Brey: los dibujos de Daisuke, su talento en la escritura y en la caligrafía a tan corta edad… los extraños trances en los que a veces se sumergía Clover, los objetos que no paraba de coleccionar, las historias que se inventaba sobre ellos… No eran invenciones.

—¿Clover y Daisuke… son…? —musitó Brey, inmóvil en su silla.

—Son descendientes de Mó y Zhen Yu —dijo Denzel, sin esconder lo mucho que todavía le costaba asimilarlo—. Son los nuevos usuarios de su poder. De sus dones… ¿Ni siquiera tú has visto una seña de ello en estos años, Yako? Y tú, Brey, ¿nunca has visto nada raro en ellos digno de consultar a la Asociación?

—Define raro —rechistó Brey con tono irónico—. Son los únicos bebés humanos con los que he tratado, ¿con quién los comparo? Puede que Daisuke me dejara pasmado cuando a sus 18 meses de edad me estropeó con un crayón la pared del pasillo escribiendo su primera palabra compleja de cuatro kanji perfectamente trazados… que Clover me asustara constantemente cuando ya con pocos meses de edad se quedaba largos ratos mirando al vacío sin responder a nada… que Daisuke una vez viera en mis apuntes del instituto una palabra que escribí en alfabeto cirílico y él la señaló y la pronunció, cuando yo nunca le he enseñado a leer ruso ni a hablarlo… Era la palabra zaklyucheniye, que significa “conclusión”… Le pregunté si sabía lo que significaba… pero el mocoso no tenía ni idea de qué era eso. Simplemente leyó la palabra en voz alta, reconoció la pronunciación de cada letra aunque no supiera qué estaba diciendo. Le apremié a que lo hiciera de nuevo con otra palabra distinta, pero no quiso hacerlo más y lo olvidé. O el hecho de que Clover siempre ha tenido una capacidad prodigiosa de encontrar cualquier objeto perdido, incluso en lugares en los que ella nunca había estado o visto… Es decir… —volvió a mirar a los demás—. ¿No tienen todos los niños humanos sus propias rarezas o talentos? Todos vosotros habéis sido niños humanos.

—Ya quisiera yo haber tenido un talento o una rareza antes de convertirme en iris —dijo Effie—. Hasta entonces sólo era la mediana de siete hermanos cuya existencia solía olvidar todo el mundo a no ser que rompiera algo valioso.

—Guau… cómo te entiendo —dijo Owen.

—Yo no sabía que… Yo no sabía nada de esto, nunca creí que… —intentó excusarse Brey, pero no sabía qué decir, seguía confuso.

—¿Yue alguna vez te dijo algo que ahora haga sonar una campana en tu cabeza? —le preguntó Denzel.

—No… Nada. Yue, de sus padres biológicos, sólo sabía lo que os acabo de contar. Nada más que eso. Sobra decir que, como ya sabréis y comprenderéis, no entraba siquiera en nuestros planes tener a los mellizos.

—Bueno, en defensa de Brey —comentó Neuval—, yo he tenido también un par de hijos humanos bastante raros.

«¿Qué?» pensó Cleven desde la distancia, mosqueada.

—Con ciertas rarezas y talentos cada uno. Algunas inexplicables —añadió en voz baja—. Pero humanos al fin y al cabo.

—¿Lex? ¿Qué tiene de raro Lex? —se extrañó Effie.

—¿Lo has visto comer? —le respondió Neuval—. De todas formas —dijo en voz bien alta para llamar la atención de todos una vez más, y volvió a guardarse su móvil—. Esto es lo que esperaba confirmar. Gracias a la investigación que ha estado haciendo Yagami estos días en el Monte. Porque entonces podemos tener una pista de por qué… ¿Por qué Izan querría llevarse a Clover? Ella tiene un don, el don de la bruja Mó, e Izan debe de querer usarlo para algo, igual que está usando el don del Tiempo de la taimu desconocida.

—¿Y qué pasa con los dos Magenilhav? —preguntó Denzel—. Los niños no pueden estar sin ellos. Zhen Yu nunca me explicó qué eran exactamente esos objetos, pero me dejó claro que era muy importante que él y Mó los llevaran encima todo el tiempo. Los protegían de algo.

—¿Como mi amuleto? —inquirió Jannik.

—No… Zhen Yu me dijo que eran objetos diferentes a los talismanes Knive. Que los protegían de otro tipo de amenaza. Nunca me dijo cuál.

—Pues está claro que de un arki no los han protegido —masculló Brey.

—Y está claro que ni siquiera Izan sabe lo que son —replicó Denzel—. Porque si los ha visto en las mesillas de los niños cuando apareció en la habitación, claramente los ha ignorado. Clover no habría tenido tiempo de cogerlo… ¿Por qué el de Daisuke sigue en su mesilla?

—Tampoco él ha tenido tiempo de coger nada. O no ha estado de humor para acordarse. Ya que la asistente social me lo ha quitado y se lo ha llevado a casa de sus abuelos.

—Mierda… —murmuraron los demás, aquellos que no sabían eso.

—Dios… —suspiró Denzel con pesar—. Lo siento, Brey. Aun así, es necesario ponerlos a buen recaudo. No pueden caer en malas manos, ni perderse, bajo ninguna circunstancia.

—En ese caso, quédatelos tú, o Agatha. Yo no quiero cagarla más con nada —resopló el rubio, apoyado sobre sus rodillas y frotándose la cabeza entre las manos, agotado.

—Es más… —Denzel frunció el ceño, mirando hacia Neuval—. Si ya sospechabas lo que eran cuando los viste, ¿por qué demonios no los cogiste, Neu?

—¡Lo intenté! —se encogió de hombros—. Fui a coger la horquilla de Clover. Pero me achicharró la mano.

—¿Cómo que te…?

—Sí, y le dije a Yako que entonces los cogiera él, pero le pasó lo mismo.

—¿Qué? —miró Denzel a Yako.

—Ah, sí —dijo el Zou—. Nada más acerqué la mano al colgante de Dai, noté que me abrasaba los dedos. Aparté la mano enseguida.

Denzel seguía mirando a ambos con la boca medio abierta, intentando entender eso.

—¿Por qué esa cara? —se extrañó Neuval—. ¿No es un efecto normal de esos objetos? Como los talismanes Knive, que algunos hacen daño al tocarlos, ya sabes.

—No, eso no es… —balbució Denzel—. Yo he tocado varias veces los Magenilhav. Mó y Zhen Yu me dejaron “verlos” a mi manera, que en ese entonces era palpando con las manos. Incluso alguna vez se los dejaron coger a algunos iris y monjes que simplemente querían admirarlos. Nunca quemaron a nadie.

—¿Será un efecto nuevo? O quizá algo que tienen programado hacer si no están sus dueños cerca.

Denzel dejó salir un sonoro soplido de cansancio, con tantas cosas habladas y tratadas y otras muchas todavía por resolver.

—Brey. ¿Te importa?

—No —hizo un gesto pasivo.

Denzel entonces desapareció, teletransportándose directamente a la habitación de los mellizos de la casa de Brey. Y a los diez segundos volvió a aparecer, esta vez, sosteniendo en sus manos la horquilla y el colgante.

«¿¡Qué narices…!? ¿¡Qué acaba de pasar!?» se asustó Cleven al ver eso.

Denzel les hizo a Neuval y a Yako un claro gesto de demostración, enfatizando cómo sostenía ambos objetos en sus manos sin problema.

—¡Que te juro que me abrasó la mano! —insistió Neuval—. Mira, todavía la tengo un poco roja —le mostró los dedos de la mano derecha—. Hasta salió un poco de humo. Y olía delicioso… —añadió en voz baja.

—Quizá esto nos ayude a entender un poco mejor estos objetos —inquirió Yako, acercándose a Denzel con curiosidad; le hizo un gesto a Neuval para que se acercara también.

Yako aproximó su mano a uno de los objetos que sostenía Denzel. El efecto fue inmediato. Yako soltó una exclamación de dolor y apartó la mano.

Cazzo… —masculló en italiano—. ¿Ves? —le enseñó a Denzel los dedos enrojecidos.

El taimu se acercó a su mano, entornando los ojos tras sus gafas. No podía ver los colores, pero sí que notó una diferencia en los tonos grises de la piel. Neuval hizo lo mismo, y le pasó lo mismo.

—Vale, esto no lo entiendo —reconoció el taimu finalmente.

—¿A ver? —se acercaron varios iris para probarlo, y los taimuki también.

Todos acercaron sus manos a los objetos. Los pudieron tocar sin problema, y cogerlos, sin sentir nada. Neuval y Yako se miraron.

—¿Por qué tú y yo somos los raros aquí? —preguntó Yako en voz baja.

—Debe de ser porque somos los más guapos —dijo Neuval.

—Maestro, no bromees en un momento como este —le reprochó—. Estamos en una situación muy grave.

—Si no saco un poco de humor de todo esto, acabaré volviendo a las drogas —murmuró el Fuu, regresando a su sitio.

—Vale. Todos —los llamó Pipi al orden—. Vamos a concluir lo que queda por averiguar. Hemos podido descubrir hasta ahora cosas cruciales… algunas increíbles… —miró a Brey un momento—. Y tenemos que llegar al fondo del asunto para saber cómo salvar a Clover, a Christine y a An Ju y devolver a “los ocho” a su época sanos y salvos antes de que Izan haga algo impensable.

—Ayudaría mucho averiguar cuál es exactamente el objetivo de Izan, qué está pretendiendo conseguir u obtener con una taimu y con Clover en su poder —dijo Waine—. O por qué envió a la taimu al pasado para matar al Denzel de hace 200 años y no hacerlo con el Denzel actual cuando se coló en su casa el pasado lunes.

—Quizá eso no importe si rescatamos a sus prisioneras y capturamos a la taimu antes de que haga nada, y así se le chafa cualquiera que sea su plan y se queda en el olvido —opinó Eddie, columpiándose en su silla.

—Esto no ha podido suceder en peor momento —dijo Nakuru, y miró a sus compañeros—. Estamos en medio de una misión antiterrorista.

—Nos encargaremos de eso también —dijo Neuval—. Podemos con ello. Podemos con todo. Tenemos a la SRS también.

—Lo que no me entra en la cabeza… —dijo Brey, mirando al suelo, harto y abrumado por todo—… es cómo cojones sabía Izan que Clover es… o tiene ese supuesto don de Mó… si la única persona en la faz de la Tierra actual que podía identificarlo y reconocerlo es Denzel. Porque lo de legar esos objetos a los siguientes usuarios legítimos es algo que sólo te dijeron a ti, Denzel. Y supongo que también se lo dijiste a Agatha. Pero Agatha no tenía forma de saberlo si no puede ver dichos objetos para reconocerlos. Tú hiciste que los dibujaran en tu libro hace tres siglos y medio para documentarlo, y desde que tienes esas gafas has podido ver tus propios libros y esos dibujos y has podido reconocerlos de las fotos que ha tomado Neuval. ¿Cómo podía Izan saber que Clover tiene el poder de Mó si tú eres el único en el mundo que podía saberlo y confirmarlo?

Denzel se quedó unos segundos cavilando, pero pronto resurgió en él esa desconfianza, ese olor a gato encerrado alrededor de ciertos seres.

—Agatha. Te lo estoy diciendo —le dijo a la anciana, convencido.

—¿Qué? No —negó ella en rotundo—. Denzel, no. Es imposible que ellos tengan algo que ver.

—¿Quiénes? —preguntarlos lo demás.

—Agatha, no hay otra explicación. Brey tiene razón. No hay nadie en este mundo que pudiera saber esto, y por supuesto Izan no lo ha adivinado de la nada. Le han revelado este secreto, y sólo han podido ser ellos.

—¿¡Quiénes!? —exclamó Brey.

—Los únicos aparte de mí y de Agatha que todavía a día de hoy conocen la existencia de esos dos dones y lo de la cesión de los Magenilhav que identifican a los nuevos usuarios, y que efectivamente no son de este mundo.

—No… espera… —creyó entender Neuval, y esto le horrorizó—. ¿Te refieres a los dioses?

—¿Quiénes sino? —afirmó el taimu.

—¡No puedes hablar en serio! —se asustaron los demás.

—¿¡Por qué los dioses le revelarían eso a Izan!? —dijeron otros—. ¡A un arki! ¿¡Con qué intención?

—¡No! ¡Que no! —se impuso Agatha, dando un golpe en la mesa que sobresaltó y calló a todos—. ¿¡Qué disparates estáis creyendo!? ¿¡Puede una ballena escalar una montaña!? ¿¡Puede una estrella salpicar agua!? No me hagáis explicaros esta lección de párvulos de la Asociación. Los dioses… no… tienen deseos. ¡No… se salen… del Equilibrio! —enfatizó, golpeando la mesa con cada palabra.

Los demás se quedaron en sumo silencio. Este repentino enfado de la anciana los pilló por sorpresa. Pero es cierto que los dioses y todo lo relacionado con ellos siempre había sido un tema delicado a tratar alrededor de ella.

—¿¡Me puedes explicar entonces por qué llevamos seis días de nudo latente y Kero no ha venido directo al templo a tratar el asunto con Alvion, contigo y conmigo!? —replicó Denzel—. ¿¡Cómo diablos no va a notar una gravísima alteración en la Corriente del Tiempo el dichoso dios que creó el Tiempo!? Ninguno de los dioses se ha pronunciado ante esto. Ellos mismos impusieron estrictas normas, las normas más estrictas que existen, para arreglar estos problemas al momento. Nos necesitan a ti y a mí para solucionar un nudo latente producido en el mundo humano. ¿Por qué han pasado seis días y no sabemos nada de ellos?

Agatha se quedó en silencio, respirando molesta.

—¿Eh? —insistió Denzel—. ¡Dime!

—¡No lo sé! —se cansó la anciana—. No lo sé, niño. Pero no puede haber… —hizo una pausa para respirar hondo y apartarse el cabello de la cara, agobiada y frustrada—. No hay manera de que los dioses le hayan dicho a un arki como Izan algo así, sabiendo que así ponen en peligro a una humana inocente, y a tus taimuki, y al mundo entero… No, no, ¡no! No son seres con la capacidad de hacer algo así, son puramente equilibristas, a ellos les conviene más que a nadie que el Equilibrio no sea alterado. Un acto así es malvado… alevoso… egoísta… un deseo infantil, emocional, humano… Un… —se le quebró la voz de repente, y se quedó congelada.

—¿Agatha? —la llamó Pipi.

Los demás la miraron preocupados. Denzel también se extrañó. Era como si una idea hubiera pasado por la mente de Agatha. Una idea infame, prohibida. La peor idea de todas. Sólo pensar en esa posibilidad la atemorizó tanto que le tembló la comisura del labio.

—Abuela, ¿qué pasa? —le preguntaron los taimuki.

—Si realmente han sido ellos… —dijo Pipi—. Si hubiera aunque sea una diminuta posibilidad de que hayan sido los dioses… Serían en todo caso los del Yin. Si están usando a Izan para algo…

—¿Pero entonces podemos pensar que Izan no es el precursor de todo esto, sino que todavía hay alguien más detrás de él? —temió Sakura—. ¿Alguien como los dioses?

—Puede que a los dioses del Yin se les haya ido la olla después de tantos milenios —opinó Effie.

—Pero Agatha tiene razón, son seres incapaces de hacer algo así —objetó Yagami—. En cualquier caso… digo yo que los del Yang se habrían pronunciado en contra, ¿no?

—En mi visita al Monte del miércoles pasado —comentó Yako—, llegué a ver a una diosa del Yang, a Yero, conversando unos minutos en privado con Alvion.

—¿De qué? —quiso saber Neuval.

—Sobre el tema de su salud. Sólo eso. Algo que no veo raro. Además, todo en ella, su comportamiento, parecía normal y tranquilo. Si hubiese pasado algo fuera de lugar con los dioses del Yin, dudo que Yero viniera tan tranquila a visitar a Alvion.

Los demás siguieron discutiendo sobre ello.









96.
Reunión: los Magenilhav

—Brey —lo llamó Agatha—. ¿Son aquellos adornos que me dijiste que acababas de comprarle a una vendedora ambulante durante el festival?

—Sí…

—¿Una horquilla con flor de lirio y una moneda cash con magatamas?

—¡Sí!

—¿¡Cómo que una vendedora ambulante!? ¿¡Quién te las vendió!? —dijo Denzel.

—¿¡Queréis decirme qué coño pasa y a qué viene tanto drama con esos trastos!? —se cansó Brey, señalando las proyecciones que Hoti alternaba de ambos objetos cada cuatro segundos.

—¡Esos “trastos”, niño, como irrespetuosamente los llamas —le explicó Denzel—, pertenecieron a Mó y a Zhen Yu hace tres siglos y medio! Me dijeron que eran las posesiones más valiosas de sus vidas. Que nadie más que ellos podían tenerlas, ¡nunca!

—¿De los… brujos esos que ayudaron un tiempo a la Asociación y luego se largaron?

—¿¡Que “ayudaron”!? ¡Menudo eufemismo!

—¡Mira si eres pelmazo cuando tu parte humana emocional sale a tocar los huevos en lugar de explicar las cosas con sentido! —se hartó Brey.

A los taimuki se les escapó una risa, que ahogaron a tiempo tapándose las bocas.

—¡Serás insolente…! —se enfadó Denzel.

—Vamos a ver, calmaos los dos —se impuso Agatha, alzando una mano en alto—. Denzel, sé lo importantes que Mó y Zhen Yu fueron para ti. Los primeros y mejores amigos de tu vida. Pero ha pasado mucho tiempo. Los iris de esta época desconocen lo que tú conoces. Y tiene que haber una explicación sobre los Magenilhav. Ni siquiera yo he llegado a saber nunca qué son exactamente. Y tú tampoco.

—¿No sabes lo que son y te pones así de histérico? —protestó Brey.

—No tengo que saber lo que son, crío insolente, lo que tengo que saber es que son los objetos más importantes que Mó y Zhen Yu poseían, el incalculable valor que tenían para ellos, y que nadie más que ellos tenía derecho a tenerlos. La ladrona esa que te los dio, dime ahora mismo cómo era. Tengo que saber quién es y dónde los robó.

—¡No sé cómo era! Iba vestida con una túnica y capucha grande, apenas podía ver su barbilla y labios. Aparte de fumar algo que olía fuerte, terroso y amargo, en una pipa antigua blanca, y unos tatuajes en sus dedos y el dorso de sus manos, no vi nada más.

En ese momento, Denzel abrió los ojos con sorpresa tras sus gafas.

—Sólo era una señora disfrazada para el festival, vendiendo algunos accesorios tras una mesa endeble —continuó Brey—. Me llamó al pasar. Me convenció para que le comprara la horquilla y el colgante. Me los vendió más baratos que una barra de pan, que hasta me sentí culpable de no darle voluntariamente más dinero por ellos. Se los di a los niños. Cuando Agatha me preguntó quién me los había vendido, miré al lugar de antes, pero la vendedora ya no estaba. Se habría movido a otra esquina del recinto.

—Entonces… son definitivamente los Magenilhav, ¿verdad? —preguntó Neuval, que había estado esperando confirmar esa parte—. Las reliquias de los brujos que plasmaste en uno de tus tomos. Las auténticas. ¿Denzel? —lo llamó, al ver que se había quedado muy quieto y callado.

Los demás también vieron que algo acababa de afectar al taimu. Ahora, todo lo que su rostro expresaba era una amarga añoranza.

—La pipa blanca con la que fumaba… —murmuró, mirando hacia Brey—. ¿Tenía relieves de flores talladas en la cazoleta?

—¿Qué? Pues… —se extrañó Brey, e intentó hacer memoria, haciendo uso de la alta capacidad de atención a los detalles de su iris—. Sí, flores y hojas. Y estaba formada de tres piezas, ensambladas con dos aros dorados. ¿Por qué?

Denzel se llevó una mano a la cara y se frotó los ojos detrás de las gafas.

—Los tatuajes de sus dedos. ¿Eran símbolos pequeños en la base de cada dedo?

—Sí.

—Y los tatuajes cubriendo el dorso entero de sus manos. ¿Una mariposa en la mano derecha…?

—Y una tarántula en la izquierda —afirmó Brey.

—Cielo santo… —murmuró Agatha.

—Padre… —se levantó Naminé para atenderlo, al descubrir que se frotaba los ojos porque le caían algunas lágrimas.

—¿Qué es lo que nos estamos perdiendo aquí? —preguntó Pipi, tan confuso e intrigado como los demás.

—Brey —lo llamó Agatha—. Esa mujer que te vendió esos accesorios era la bruja Mó. Su espíritu materializado.

—¿¡Qué!? —exclamaron todos.

—La hostia… —dijeron los iris más jóvenes.

—Claro… —murmuró Neuval, igual de atónito con esta noticia, pero viendo que era la confirmación de su teoría final.

—¿Es-… Estás segura? —dijo Brey, sintiendo un poco de repelús al oír la temible palabra “espíritu”—. No noté un campo electromagnético que…

—No lo emiten cuando se materializan —le dijo Yako, que tampoco salía de su asombro.

—Yo le hice esa pipa —dijo Denzel, alicaído—. Se la tallé en madera de cobalina, una especie de árbol creada por Shan Yao Zou, el hijo de Leander, de madera tan blanca como la leche. Con dos ensambles de oro. Se la regalé en uno de sus cumpleaños, en los pocos años que vivieron en el templo. Esos dos hermanos no hacían más que fumar en sus pipas —casi sonrió, nostálgico.

—¿Qué significa? ¿Por qué me vendió esos objetos que dices que son tan valiosos para ella y Zhen Yu? —se preocupó Brey.

—La única razón es porque Clover y Daisuke… —fue a responderle, pero era un descubrimiento tan impactante para él ahora mismo que todavía necesitaba unos segundos para asimilarlo.

Miró a Brey a los ojos. Lo observó durante un rato, buscando en sus rasgos, alguna señal… No… Brey no era. No era la línea de Hideki ni la línea de Emiliya.

—¿Sabes cómo se apellidaban Mó y Zhen Yu, Brey? —le preguntó entonces.

—Era… Xiaolang o algo parecido, ¿no?

—¿Sabrías decirme si la madre de los mellizos tenía un apellido antes de ser adoptada por los Saitou?

—¿Yue? Pues… Ella me dijo que la ONG que la rescató de bebé acabó descubriendo la identidad de sus padres biológicos. Aunque estos se habían esfumado y nunca fueron localizados, la registraron en el hospital neonatal con el apellido de sus padres hasta que los Saitou la adoptaron y se lo cambiaron. Sus padres biológicos compartían el mismo apellido y… era Xiaolang…

De repente todos dieron un respingo.

—¡Pero debe de haber millones de personas con ese apellido! —defendió Brey—. ¡Es muy común!

—Espera… ¿Entonces los padres de Yue eran hermanos? —se espantó Effie.

—¡No! —aseguró Brey—. Eso también preocupó a los Saitou cuando la adoptaron. Yue de bebé ya presentaba problemas de salud. Le hicieron pruebas de ADN para estar preparados por si tuviera alguna enfermedad congénita y tratarla debidamente. Gracias a eso descubrieron que tenía un problema de corazón, una cardiopatía congénita común que la obligó a vivir toda su vida bajo tratamiento… Pero, respecto a sus padres, descubrieron que sólo compartían un 1 % de ADN.

—¡Entones sí estaban relacionados! —insistió Effie.

—¡Apenas! —dijo Kyo—. Mi abuelo Kei Lian y mi abuela Ming Jie, ambos son Lao procedentes de un lejano tatarabuelo común y comparten entre un 1’5 y un 2 % de ADN. Son primos terceros. Los padres de Yue eran al menos primos cuartos o más lejanos. Y su enfermedad congénita no tiene nada que ver con ese diminuto porcentaje de ADN compartido. No existe riesgo alguno cuando el porcentaje de ADN compartido es menor al 3 %, es igual de inofensivo que dos personas con 0 % de ADN común.

—Denzel —lo llamó Agatha—. Creo que no cabe la menor duda. Ellos te lo dijeron. Te lo explicaron. ¡Ha pasado justo como ellos dijeron!

—Eso parece… —murmuró este.

—Sabía que sentía algo especial en esos dos niños… lo sabía… —se dijo Agatha, tan conmocionada como preocupada.

—¿Qué es, padre? —le preguntaron los taimuki.

—Denzel, ¿qué quiere decir todo esto? —dijo Yako.

—Está bien —suspiró este, recomponiéndose como pudo y colocándose bien las gafas sobre la nariz. Tomó aire. Los demás prestaron toda su atención—. La última vez que estuve con ellos… en nuestra despedida… Mó y Zhen Yu me dijeron que recordara estas palabras: “Un día, cuando cumplamos nuestra misión aquí, nosotros y nuestros dones desapareceremos de este mundo. Pero un día, cuando vuelvan a ser necesarios, revivirán en dos nuevos usuarios con nuestra sangre. Un lejano descendiente de Zhen Yu, y una lejana descendiente mía, unirán de nuevo las dos sangres en una persona, y esta persona volverá a dividir ambas sangres en dos nuevos hermanos. Cuando esto ocurra, lo sabremos. Y serán reconocidos legítimamente cuando Zhen Yu o yo vengamos aquí, en secreto, a convertirlos en los nuevos dueños de los Magenilhav”.

Nadie dijo nada por un rato. Tenían los ojos perplejos y absortos apuntando a Denzel. Pero luego esos mismos ojos fueron poco a poco apuntando a Brey. Incluso Yako miraba asombrado a su amigo. Jamás lo habría sospechado. Había conocido a los mellizos desde que nacieron. Como mucho, había visto las mismas rarezas que Brey: los dibujos de Daisuke, su talento en la escritura y en la caligrafía a tan corta edad… los extraños trances en los que a veces se sumergía Clover, los objetos que no paraba de coleccionar, las historias que se inventaba sobre ellos… No eran invenciones.

—¿Clover y Daisuke… son…? —musitó Brey, inmóvil en su silla.

—Son descendientes de Mó y Zhen Yu —dijo Denzel, sin esconder lo mucho que todavía le costaba asimilarlo—. Son los nuevos usuarios de su poder. De sus dones… ¿Ni siquiera tú has visto una seña de ello en estos años, Yako? Y tú, Brey, ¿nunca has visto nada raro en ellos digno de consultar a la Asociación?

—Define raro —rechistó Brey con tono irónico—. Son los únicos bebés humanos con los que he tratado, ¿con quién los comparo? Puede que Daisuke me dejara pasmado cuando a sus 18 meses de edad me estropeó con un crayón la pared del pasillo escribiendo su primera palabra compleja de cuatro kanji perfectamente trazados… que Clover me asustara constantemente cuando ya con pocos meses de edad se quedaba largos ratos mirando al vacío sin responder a nada… que Daisuke una vez viera en mis apuntes del instituto una palabra que escribí en alfabeto cirílico y él la señaló y la pronunció, cuando yo nunca le he enseñado a leer ruso ni a hablarlo… Era la palabra zaklyucheniye, que significa “conclusión”… Le pregunté si sabía lo que significaba… pero el mocoso no tenía ni idea de qué era eso. Simplemente leyó la palabra en voz alta, reconoció la pronunciación de cada letra aunque no supiera qué estaba diciendo. Le apremié a que lo hiciera de nuevo con otra palabra distinta, pero no quiso hacerlo más y lo olvidé. O el hecho de que Clover siempre ha tenido una capacidad prodigiosa de encontrar cualquier objeto perdido, incluso en lugares en los que ella nunca había estado o visto… Es decir… —volvió a mirar a los demás—. ¿No tienen todos los niños humanos sus propias rarezas o talentos? Todos vosotros habéis sido niños humanos.

—Ya quisiera yo haber tenido un talento o una rareza antes de convertirme en iris —dijo Effie—. Hasta entonces sólo era la mediana de siete hermanos cuya existencia solía olvidar todo el mundo a no ser que rompiera algo valioso.

—Guau… cómo te entiendo —dijo Owen.

—Yo no sabía que… Yo no sabía nada de esto, nunca creí que… —intentó excusarse Brey, pero no sabía qué decir, seguía confuso.

—¿Yue alguna vez te dijo algo que ahora haga sonar una campana en tu cabeza? —le preguntó Denzel.

—No… Nada. Yue, de sus padres biológicos, sólo sabía lo que os acabo de contar. Nada más que eso. Sobra decir que, como ya sabréis y comprenderéis, no entraba siquiera en nuestros planes tener a los mellizos.

—Bueno, en defensa de Brey —comentó Neuval—, yo he tenido también un par de hijos humanos bastante raros.

«¿Qué?» pensó Cleven desde la distancia, mosqueada.

—Con ciertas rarezas y talentos cada uno. Algunas inexplicables —añadió en voz baja—. Pero humanos al fin y al cabo.

—¿Lex? ¿Qué tiene de raro Lex? —se extrañó Effie.

—¿Lo has visto comer? —le respondió Neuval—. De todas formas —dijo en voz bien alta para llamar la atención de todos una vez más, y volvió a guardarse su móvil—. Esto es lo que esperaba confirmar. Gracias a la investigación que ha estado haciendo Yagami estos días en el Monte. Porque entonces podemos tener una pista de por qué… ¿Por qué Izan querría llevarse a Clover? Ella tiene un don, el don de la bruja Mó, e Izan debe de querer usarlo para algo, igual que está usando el don del Tiempo de la taimu desconocida.

—¿Y qué pasa con los dos Magenilhav? —preguntó Denzel—. Los niños no pueden estar sin ellos. Zhen Yu nunca me explicó qué eran exactamente esos objetos, pero me dejó claro que era muy importante que él y Mó los llevaran encima todo el tiempo. Los protegían de algo.

—¿Como mi amuleto? —inquirió Jannik.

—No… Zhen Yu me dijo que eran objetos diferentes a los talismanes Knive. Que los protegían de otro tipo de amenaza. Nunca me dijo cuál.

—Pues está claro que de un arki no los han protegido —masculló Brey.

—Y está claro que ni siquiera Izan sabe lo que son —replicó Denzel—. Porque si los ha visto en las mesillas de los niños cuando apareció en la habitación, claramente los ha ignorado. Clover no habría tenido tiempo de cogerlo… ¿Por qué el de Daisuke sigue en su mesilla?

—Tampoco él ha tenido tiempo de coger nada. O no ha estado de humor para acordarse. Ya que la asistente social me lo ha quitado y se lo ha llevado a casa de sus abuelos.

—Mierda… —murmuraron los demás, aquellos que no sabían eso.

—Dios… —suspiró Denzel con pesar—. Lo siento, Brey. Aun así, es necesario ponerlos a buen recaudo. No pueden caer en malas manos, ni perderse, bajo ninguna circunstancia.

—En ese caso, quédatelos tú, o Agatha. Yo no quiero cagarla más con nada —resopló el rubio, apoyado sobre sus rodillas y frotándose la cabeza entre las manos, agotado.

—Es más… —Denzel frunció el ceño, mirando hacia Neuval—. Si ya sospechabas lo que eran cuando los viste, ¿por qué demonios no los cogiste, Neu?

—¡Lo intenté! —se encogió de hombros—. Fui a coger la horquilla de Clover. Pero me achicharró la mano.

—¿Cómo que te…?

—Sí, y le dije a Yako que entonces los cogiera él, pero le pasó lo mismo.

—¿Qué? —miró Denzel a Yako.

—Ah, sí —dijo el Zou—. Nada más acerqué la mano al colgante de Dai, noté que me abrasaba los dedos. Aparté la mano enseguida.

Denzel seguía mirando a ambos con la boca medio abierta, intentando entender eso.

—¿Por qué esa cara? —se extrañó Neuval—. ¿No es un efecto normal de esos objetos? Como los talismanes Knive, que algunos hacen daño al tocarlos, ya sabes.

—No, eso no es… —balbució Denzel—. Yo he tocado varias veces los Magenilhav. Mó y Zhen Yu me dejaron “verlos” a mi manera, que en ese entonces era palpando con las manos. Incluso alguna vez se los dejaron coger a algunos iris y monjes que simplemente querían admirarlos. Nunca quemaron a nadie.

—¿Será un efecto nuevo? O quizá algo que tienen programado hacer si no están sus dueños cerca.

Denzel dejó salir un sonoro soplido de cansancio, con tantas cosas habladas y tratadas y otras muchas todavía por resolver.

—Brey. ¿Te importa?

—No —hizo un gesto pasivo.

Denzel entonces desapareció, teletransportándose directamente a la habitación de los mellizos de la casa de Brey. Y a los diez segundos volvió a aparecer, esta vez, sosteniendo en sus manos la horquilla y el colgante.

«¿¡Qué narices…!? ¿¡Qué acaba de pasar!?» se asustó Cleven al ver eso.

Denzel les hizo a Neuval y a Yako un claro gesto de demostración, enfatizando cómo sostenía ambos objetos en sus manos sin problema.

—¡Que te juro que me abrasó la mano! —insistió Neuval—. Mira, todavía la tengo un poco roja —le mostró los dedos de la mano derecha—. Hasta salió un poco de humo. Y olía delicioso… —añadió en voz baja.

—Quizá esto nos ayude a entender un poco mejor estos objetos —inquirió Yako, acercándose a Denzel con curiosidad; le hizo un gesto a Neuval para que se acercara también.

Yako aproximó su mano a uno de los objetos que sostenía Denzel. El efecto fue inmediato. Yako soltó una exclamación de dolor y apartó la mano.

Cazzo… —masculló en italiano—. ¿Ves? —le enseñó a Denzel los dedos enrojecidos.

El taimu se acercó a su mano, entornando los ojos tras sus gafas. No podía ver los colores, pero sí que notó una diferencia en los tonos grises de la piel. Neuval hizo lo mismo, y le pasó lo mismo.

—Vale, esto no lo entiendo —reconoció el taimu finalmente.

—¿A ver? —se acercaron varios iris para probarlo, y los taimuki también.

Todos acercaron sus manos a los objetos. Los pudieron tocar sin problema, y cogerlos, sin sentir nada. Neuval y Yako se miraron.

—¿Por qué tú y yo somos los raros aquí? —preguntó Yako en voz baja.

—Debe de ser porque somos los más guapos —dijo Neuval.

—Maestro, no bromees en un momento como este —le reprochó—. Estamos en una situación muy grave.

—Si no saco un poco de humor de todo esto, acabaré volviendo a las drogas —murmuró el Fuu, regresando a su sitio.

—Vale. Todos —los llamó Pipi al orden—. Vamos a concluir lo que queda por averiguar. Hemos podido descubrir hasta ahora cosas cruciales… algunas increíbles… —miró a Brey un momento—. Y tenemos que llegar al fondo del asunto para saber cómo salvar a Clover, a Christine y a An Ju y devolver a “los ocho” a su época sanos y salvos antes de que Izan haga algo impensable.

—Ayudaría mucho averiguar cuál es exactamente el objetivo de Izan, qué está pretendiendo conseguir u obtener con una taimu y con Clover en su poder —dijo Waine—. O por qué envió a la taimu al pasado para matar al Denzel de hace 200 años y no hacerlo con el Denzel actual cuando se coló en su casa el pasado lunes.

—Quizá eso no importe si rescatamos a sus prisioneras y capturamos a la taimu antes de que haga nada, y así se le chafa cualquiera que sea su plan y se queda en el olvido —opinó Eddie, columpiándose en su silla.

—Esto no ha podido suceder en peor momento —dijo Nakuru, y miró a sus compañeros—. Estamos en medio de una misión antiterrorista.

—Nos encargaremos de eso también —dijo Neuval—. Podemos con ello. Podemos con todo. Tenemos a la SRS también.

—Lo que no me entra en la cabeza… —dijo Brey, mirando al suelo, harto y abrumado por todo—… es cómo cojones sabía Izan que Clover es… o tiene ese supuesto don de Mó… si la única persona en la faz de la Tierra actual que podía identificarlo y reconocerlo es Denzel. Porque lo de legar esos objetos a los siguientes usuarios legítimos es algo que sólo te dijeron a ti, Denzel. Y supongo que también se lo dijiste a Agatha. Pero Agatha no tenía forma de saberlo si no puede ver dichos objetos para reconocerlos. Tú hiciste que los dibujaran en tu libro hace tres siglos y medio para documentarlo, y desde que tienes esas gafas has podido ver tus propios libros y esos dibujos y has podido reconocerlos de las fotos que ha tomado Neuval. ¿Cómo podía Izan saber que Clover tiene el poder de Mó si tú eres el único en el mundo que podía saberlo y confirmarlo?

Denzel se quedó unos segundos cavilando, pero pronto resurgió en él esa desconfianza, ese olor a gato encerrado alrededor de ciertos seres.

—Agatha. Te lo estoy diciendo —le dijo a la anciana, convencido.

—¿Qué? No —negó ella en rotundo—. Denzel, no. Es imposible que ellos tengan algo que ver.

—¿Quiénes? —preguntarlos lo demás.

—Agatha, no hay otra explicación. Brey tiene razón. No hay nadie en este mundo que pudiera saber esto, y por supuesto Izan no lo ha adivinado de la nada. Le han revelado este secreto, y sólo han podido ser ellos.

—¿¡Quiénes!? —exclamó Brey.

—Los únicos aparte de mí y de Agatha que todavía a día de hoy conocen la existencia de esos dos dones y lo de la cesión de los Magenilhav que identifican a los nuevos usuarios, y que efectivamente no son de este mundo.

—No… espera… —creyó entender Neuval, y esto le horrorizó—. ¿Te refieres a los dioses?

—¿Quiénes sino? —afirmó el taimu.

—¡No puedes hablar en serio! —se asustaron los demás.

—¿¡Por qué los dioses le revelarían eso a Izan!? —dijeron otros—. ¡A un arki! ¿¡Con qué intención?

—¡No! ¡Que no! —se impuso Agatha, dando un golpe en la mesa que sobresaltó y calló a todos—. ¿¡Qué disparates estáis creyendo!? ¿¡Puede una ballena escalar una montaña!? ¿¡Puede una estrella salpicar agua!? No me hagáis explicaros esta lección de párvulos de la Asociación. Los dioses… no… tienen deseos. ¡No… se salen… del Equilibrio! —enfatizó, golpeando la mesa con cada palabra.

Los demás se quedaron en sumo silencio. Este repentino enfado de la anciana los pilló por sorpresa. Pero es cierto que los dioses y todo lo relacionado con ellos siempre había sido un tema delicado a tratar alrededor de ella.

—¿¡Me puedes explicar entonces por qué llevamos seis días de nudo latente y Kero no ha venido directo al templo a tratar el asunto con Alvion, contigo y conmigo!? —replicó Denzel—. ¿¡Cómo diablos no va a notar una gravísima alteración en la Corriente del Tiempo el dichoso dios que creó el Tiempo!? Ninguno de los dioses se ha pronunciado ante esto. Ellos mismos impusieron estrictas normas, las normas más estrictas que existen, para arreglar estos problemas al momento. Nos necesitan a ti y a mí para solucionar un nudo latente producido en el mundo humano. ¿Por qué han pasado seis días y no sabemos nada de ellos?

Agatha se quedó en silencio, respirando molesta.

—¿Eh? —insistió Denzel—. ¡Dime!

—¡No lo sé! —se cansó la anciana—. No lo sé, niño. Pero no puede haber… —hizo una pausa para respirar hondo y apartarse el cabello de la cara, agobiada y frustrada—. No hay manera de que los dioses le hayan dicho a un arki como Izan algo así, sabiendo que así ponen en peligro a una humana inocente, y a tus taimuki, y al mundo entero… No, no, ¡no! No son seres con la capacidad de hacer algo así, son puramente equilibristas, a ellos les conviene más que a nadie que el Equilibrio no sea alterado. Un acto así es malvado… alevoso… egoísta… un deseo infantil, emocional, humano… Un… —se le quebró la voz de repente, y se quedó congelada.

—¿Agatha? —la llamó Pipi.

Los demás la miraron preocupados. Denzel también se extrañó. Era como si una idea hubiera pasado por la mente de Agatha. Una idea infame, prohibida. La peor idea de todas. Sólo pensar en esa posibilidad la atemorizó tanto que le tembló la comisura del labio.

—Abuela, ¿qué pasa? —le preguntaron los taimuki.

—Si realmente han sido ellos… —dijo Pipi—. Si hubiera aunque sea una diminuta posibilidad de que hayan sido los dioses… Serían en todo caso los del Yin. Si están usando a Izan para algo…

—¿Pero entonces podemos pensar que Izan no es el precursor de todo esto, sino que todavía hay alguien más detrás de él? —temió Sakura—. ¿Alguien como los dioses?

—Puede que a los dioses del Yin se les haya ido la olla después de tantos milenios —opinó Effie.

—Pero Agatha tiene razón, son seres incapaces de hacer algo así —objetó Yagami—. En cualquier caso… digo yo que los del Yang se habrían pronunciado en contra, ¿no?

—En mi visita al Monte del miércoles pasado —comentó Yako—, llegué a ver a una diosa del Yang, a Yero, conversando unos minutos en privado con Alvion.

—¿De qué? —quiso saber Neuval.

—Sobre el tema de su salud. Sólo eso. Algo que no veo raro. Además, todo en ella, su comportamiento, parecía normal y tranquilo. Si hubiese pasado algo fuera de lugar con los dioses del Yin, dudo que Yero viniera tan tranquila a visitar a Alvion.

Los demás siguieron discutiendo sobre ello.





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