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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __









66.
Ojo de luz

«—Papá, espera —lo detuvo Yenkis antes de que el otro cruzara la puerta interior del garaje a casa—. ¿Me brillaba el ojo de bebé?

—¿Eh? Sí… a veces.

—¿Cómo lo ocultabais mamá y tú? ¿Cómo nadie más lo vio? Cuando empecé a ser consciente de la luz de mi ojo a los 5 años o así, me inculcaste la costumbre de guiñarlo cuando entrara en un lugar muy oscuro con más gente delante y lo he estado cumpliendo a rajatabla y no ha habido problema, pero…

Neuval se giró hacia él y se apoyó en el capó del coche.

—De bebé, la luz de tu ojo era muy floja, casi imperceptible. Sólo brillaba con algo más de fuerza cuando experimentabas una emoción básica muy fuerte, que solían ser sustos repentinos, picos de alegría intensa o picos de ira.

—Picos de ira… Eso suena algo excesivo para un bebé.

—Oh, eran picos de ira adorables, típicos de cualquier bebé, no imagines nada tan grave. Te daban pocas veces, siempre ligados a injusticias, como cuando tu hermana te arrebataba tu juguete preferido o un niño del parque te daba un bofetón de la nada. Te echabas a llorar de rabia y tu ojo emitía ese brillo blanco. Pero nadie se daba cuenta, porque eran leves y porque, al llorar, cerrabas o entrecerrabas los ojos. Se notaba algo más en los picos de alegría intensa. Te daban cuando tu madre y yo, o tus hermanos, te hacíamos reír de pura diversión durante largo rato. En esas ocasiones estábamos atentos a que otras personas no lo vieran, disimulábamos, y no era difícil, ya que eran momentáneos. Los brillos más frecuentes y notables te sucedían con los sustos.

—¿Los sustos?

—Sí. Escuchar un ruido muy fuerte de repente, o ver a alguien o algo apareciendo ante ti de repente, es precisamente el tipo de estímulo que más enciende nuestro iris. La función primaria del iris es reaccionar y actuar ante males, entendiendo como males cosas peligrosas, amenazas, agresiones… cualquier cosa que ponga en peligro la seguridad y la vida. Cuando oímos un estruendo repentino, o algo nos ataca de repente o aparece ante nuestra vista inesperadamente, el iris lo interpreta en un microsegundo como un posible peligro para tu seguridad y se activa al instante, haciéndote conectar instantáneamente con tu elemento para que estés listo para usarlo, y esta conexión se manifiesta mediante esa luz en nuestro ojo.

—He tenido sustos antes y no me ha brillado el ojo.

—Tienen que ser sustos bien grandes, mezclados con pánico o estrés. Sustos de los que crees que tu vida corre peligro. De bebé, un ruido fuerte repentino te ponía el corazón a mil por hora porque a esa edad a tu cerebro le cuesta más tiempo procesar qué ha pasado o qué ha sido, y el estado de alarma se mantiene a tope en tu mente más tiempo. Tú ahora mismo oyes un fuego artificial explotando y te va a sobresaltar durante uno o dos segundos nada más, porque tu cerebro ya reconoce con más rapidez qué tipo de ruido has escuchado, por la experiencia. Pero un bebé escucha eso ahora y va a estar alarmado y asustado durante diez, quince o veinte segundos, o más, hasta que su madre o padre o figura protectora lo consuele y le haga entender que no hay peligro.

»Este es el tipo de brillo que más nos costaba ocultar porque, aquí, tus ojos alarmados se abrían como platos y apenas parpadeabas, por lo que la luz de tu ojo se hacía bastante evidente y llamativa y duraba bastantes segundos hasta que te calmábamos. Lo bueno es que ese tipo de sustos intensos se iban reduciendo conforme te acostumbrabas a los ruidos inesperados o a las apariciones visuales inesperadas.

—Cuando dices “apariciones visuales inesperadas”, no puedo evitar rememorar la cantidad de veces que Cleven me pegaba sustos tremendos, saltando ante mí tras la esquina de un pasillo o saltando sobre mí mientras estaba tumbado en una cama o el sofá… ¿Por qué me dijiste que tenía que guiñar mi ojo ante ella también, si obviamente Cleven debió de ver mi brillo varias veces de pequeños?

Neuval tardó un poco en contestar. Hizo un gesto resignado con la cabeza.

—Tu hermana… ya no se acuerda de eso. Una vez empezaste a guiñar el ojo, ella seguía siendo pequeña, así que seguramente acabó olvidando lo de tu luz, y por ahora quiero que sigas ocultándoselo.

—¿Qué niña de 9 años va a olvidar que su hermano pequeño emite una luz blanca por su ojo izquierdo? —discrepó Yenkis, poco convencido de la teoría de su padre. Pero Neuval permaneció callado, mirando a otro lado. Yenkis entonces entendió que este era uno de los muchos secretos que él seguía ocultando—. ¿Qué hay de Hana? ¿Sigo disimulando ante ella o no?

—Ya no hace falta. Ella ya sabe que a ti y a mí nos pasa esto. He decidido contárselo para facilitar las cosas.

—¿Qué? —se sorprendió—. Y… ¿se lo ha tomado bien? ¿No te ha hecho preguntas?

—Hana sigue sintiendo lo mismo por nosotros que antes. Este fenómeno inhumano no le importa, ni la molesta ni la asusta, así que no te preocupes. Te seguirá tratando como siempre, con todo el cariño que te tiene. Eso no ha cambiado. Vamos, Yen, entra casa —le pidió, sintiendo que ya habían hablado suficiente, además de estar agotado después del día de locos que había tenido desde el ataque en su empresa—. Ve a darte un baño y después pon la mesa. Pediré comida a domicilio. Voy a subir a ver si Hana se encuentra mejor.

Yenkis asintió y entró con él por esa puerta del garaje. Mientras se quitaba los zapatos y el abrigo en el vestíbulo, recordó una última cuestión.

—¿Qué pasa si me brilla el ojo por ninguna razón de las que has dicho antes y además ante un ambiente bastante iluminado? ¿Cómo hago para evitarlo?

Neuval, que estaba colgando su abrigo en un perchero de la pared, se giró hacia él con una mueca turbada.

—¿Lo preguntas como hipótesis? —quiso saber, y el chico negó con la cabeza—. ¿Cuándo te ha pasado eso? —se acercó a él enseguida.

—Creo que unas pocas veces desde el último año. Verás, es que… el otro día, el mismo en que tú no estabas y vino el señor… o sea, el abuelo Lian aquí para decirle a Hana que estabas en su casa porque habías recibido una llamada de Jean y estabas afectado y todo eso… Esa misma tarde Evie vino a pasar el rato aquí y se quedó a merendar y tal, y cuando estábamos hablando en el porche, pues… al parecer me estaba brillando el ojo y ella me lo señaló.

—¿Evie ha visto la luz de tu ojo?

—Sí… Pero es que, además, había bastante luz donde estábamos, por eso yo estaba confiado con los dos ojos abiertos. Y aun así estaba brillando. Y no sólo eso. Evie me dijo que no era la primera vez que la veía. Ha visto mi luz en algunas pocas ocasiones más y también eran momentos donde yo estaba a plena luz y sin ningún estado emocional especial. Dice que empezó a verla hace un año. Antes de eso, nunca vio mi luz. Así que… es posible que esto sea algo nuevo que me pasa desde hace un año.

Neuval no dijo nada por un rato. Ante todo, procuró mostrarse tranquilo para que Yenkis no notara lo preocupado que estaba por esta noticia. Si la luz de su ojo escapaba a su control sin motivo aparente, en cualquier momento uno de los agentes de Hatori o el propio Hatori podría verla cuando Yenkis estuviese andando por la calle o en cualquier lugar.

—Si Evie la ha visto, ¿ninguno de tus amigos también?

—No, que yo sepa. Seguro que me lo habrían dicho o preguntado por ello. Evie dice que apenas han sido cuatro veces. Y la intensidad de la luz es floja. Quizá por eso no se note tanto, si brilla poco y además el ambiente está iluminado… Evie me aseguró que para darse cuenta tenía que estar bastante cerca de mí y mirarme con atención.

«Aun así…» pensó Neuval, «Esto eleva el riesgo».

Sin embargo, había una inquietud más. Algo a lo que nunca le dio importancia, ahora se había convertido en un enigma. A ningún iris le brillaba el ojo en un espacio iluminado y en un estado emocional tranquilo. La luz siempre se manifestaba provocada por algo, un motivo, algo que alertaba al iris. En el caso accidental, siempre era una repentina emoción intensa, un pico de ira, o de gran felicidad, o un gran susto. En el caso intencional, era cuando el iris hacía conexión y uso consciente del dominio de su elemento.

El enigma estaba en que Neuval también tuvo estos brillos sin motivo alguno cuando era pequeño, en el periodo de dos años desde que se convirtió en iris hasta que ya completó su entrenamiento. Tanto Alvion, como Lao y como Denzel consideraron que era un efecto único en Neuval por su particular situación distinta a los demás iris, de haber pasado más tiempo que nadie con un iris sin tratamiento, y que tener brillos sin motivo sería un efecto secundario de lo mucho que su mente había aguantado cuerda.

Ahora no estaba tan seguro. ¿Por qué esto le estaba pasando a Yenkis también? ¿Y si haber heredado genéticamente su iris significaba haber heredado también sus mismas características o defectos? Neuval fue un niño traumado, maltratado y puesto al límite muchas veces, pero Yenkis era totalmente lo contrario, el chico más querido, protegido, feliz, arropado y libre.

Neuval temió esta posibilidad, la de haber podido traspasarle a Yenkis su mismo iris con sus mismos defectos, y que, algún día, aunque no hubiera motivo emocional detrás, pudiera desarrollar un majin. Como los hijos que, al tener progenitores o abuelos con historial de cáncer, no quería decir que heredaran el cáncer, pero sí una mayor propensión a desarrollarlo que otras personas.

Neuval volvió a callar esa voz en su cabeza que no paraba de preguntarle “¿seguro que no sería mejor entrenar a Yenkis en el Monte Zou bajo la tutela profesional de los monjes y de Alvion?”, no quería escucharla.

De todas formas, no iba a marcar ninguna diferencia, ya que lo que hacía brillar el ojo de Yenkis y antiguamente el de Neuval sin un motivo detrás, sí que se trataba de un motivo, y de uno bastante más serio y oculto de lo que Alvion ni ningún Zou podrían imaginar. Cada vez que el ojo de Neuval y el de Yenkis brillaba sin razón, es porque sus iris estaban siendo provocados por algo; estaban respondiendo a pequeñas señales energéticas en sus mentes que ningún otro iris del mundo tenía. Y eso era porque el iris que Neuval y Yenkis tenían no estaba solo dentro de sus mentes; compartía habitación con algo más.

—El brillo involuntario puede ser un problema para tu seguridad —habló Neuval por fin después de ese rato de silencio—. Entrenar para controlarlo es algo muy importante que ya te va a enseñar el maestro que voy a traerte. De hecho, es tan importante que vas a empezar a practicarlo desde ya mismo.

—¿Eh?

—Yenkis, te voy a poner a prueba —le puso las manos en los hombros, muy serio y ansioso—. Vas a aprender a reaccionar.

—¿Eh?

—Sentir un pico de felicidad o de ira es algo que puedes controlar mejor porque son emociones complejas, pero el miedo es una emoción instintiva, primitiva. Es muy peligroso que por cualquier susto reveles la luz de tu ojo ante cualquier persona. Vas a aprender a responder ante los estímulos de pánico o sobresalto sin emitir tu luz. Y por supuesto vas a aprender a reducirla lo máximo posible en entornos oscuros y no depender solamente del guiño.

—Ah… vale, pero… ¿cómo…? ¿Qué vas a hacer? —preguntó temeroso, viendo ese ímpetu que su padre tenía de repente, notando que le apretaba más los hombros.

—En cualquier momento… —susurró, mirándolo fijamente con sus escalofriantes ojos plateados—… en cualquier lugar…

—¿Qué? ¿Qué pasa en cualquier momento y lugar?

—Estás advertido…»


Desde ese miércoles por la noche y durante todo el jueves, Yenkis había tenido que sufrir una serie de tropelías que habían puesto a prueba su capacidad cardiaca y su paciencia. Un globo estallando junto a su oreja a las dos de la mañana mientras dormía, luego su padre aterrizando sobre él y aplastándolo con un grito de guerra a las cinco de la mañana tras haber reconciliado el sueño por segunda vez, la puerta del baño abriéndose estruendosamente en mitad de su baño o mientras hacía sus necesidades, sorprenderlo de camino al colegio simulando que casi lo atropella con el coche mientras cruzaba la carretera…

Y todas las veces que el ojo de Yenkis se encendía, su padre le rociaba con un repugnante espray de una mezcla de vinagre, leche caducada y ajo. Un auténtico infierno.

La noche del jueves le costó dos horas dormirse. Pero tenía la mente tan atormentada por ese horripilante espray que, al escuchar un nuevo estruendo en medio de la noche, se despertó sobresaltado, pero ya no en estado de pánico, sino en estado de alerta y control, con sus ojos bien abiertos, pero ninguno brillando. Luego se encontró con su padre ahí de pie en medio de su habitación con el espray preparado, mirándolo boquiabierto.

Sinceramente, Neuval esperaba que Yenkis lograra controlar esta pequeña parte de su iris al cabo de un par de semanas, igual que los demás, ¡pero no al segundo día! Entonces pensó que, quizá, Yenkis corría con la ventaja de tener una capacidad de aprendizaje mucho más veloz que cualquiera, porque él nunca había sido humano. Nació iris, y el iris era para él, literalmente, como una pierna o un brazo más, un trozo más de su ser.

Brey había tenido el mismo caso, respecto al aprendizaje más rápido que el resto, aunque no con ese otro detalle de que le brillara el ojo a veces sin razón, otra cosa que reafirmaba la creencia de Neuval de que Brey y Yenkis no eran iris natos por la misma razón ni funcionaban igual.

De todas formas, Yenkis siguió practicándolo, no sólo porque su padre se lo pidió, sino, más bien, para estar mejor preparado para el sábado. Desde que Evie le comentó que ese fin de semana iba a estar con su tío porque sus padres iban a dejarla sola por trabajo, Yenkis ya había decidido que tenía que aprovechar la ocasión, con la excusa del trabajo escolar que tenían que hacer para el lunes.

Tenía su cubito mejorado, y tenía el programa que Taiya le dio en un USB aquel mismo miércoles que su padre fue a recogerlo al colegio y se peleó con él y voló el comedor. Aunque después de aquello hablaron, se reconciliaron, fueron juntos al cementerio y después hablaron más sobre temas más profundos, la ambición de Yenkis por descubrir toda la verdad seguía vigente, y, en parte, el manojo de nervios que le oprimía el pecho se debía a un inevitable sentimiento de culpabilidad.

Sentía que estaba traicionando a su padre con este plan. Él le pidió que tuviera más paciencia, que dejara que los nuevos cambios y secretos recién revelados terminaran de asentarse… pero, por mucho que aquel miércoles se revelaran muchas cosas junto con la familia Lao, Yenkis llevaba ya muchos años esperando por la verdad completa y por fin tenía los recursos. Y el lugar idóneo.

Tenía todos los archivos secretos de su padre guardados en su cubito y protegidos bajo el programa-candado creado por su madre, y en el USB tenía el único programa-llave, también creado por su madre, que podía abrir el otro.

En principio, tenía pensado abrir los archivos en su propio ordenador de mesa en su cuarto, pero ahí corría un riesgo. Igual que sucedía con su móvil, su padre también vigilaba su ordenador. No es que Neuval espiase toda su actividad, pero tenía a Hoti vinculada al ordenador de su hijo simplemente para protegerlo, para que Hoti le avisara si Yenkis estaba siendo hackeado, afectado por algún virus o acosado por algún ciberdelincuente o pedófilo de las redes sociales. Yenkis temía que, a la hora de abrir los archivos secretos, Hoti pudiera identificarlo como otro peligro, y avisaría a su padre.

Por tanto, le preguntó a Evie si podría hacerlo en algún ordenador de su casa el fin de semana. Y ella le dijo que ese fin de semana estaría en casa de su tío, y le confirmó que él, al igual que el resto de personas perfectamente sanas y capacitadas, no usaba una Hoti doméstica.

Lo que Yenkis vio aquí fue una oportunidad única. Ir a la casa del exjefe de la Policía y actual ministro de Interior del país podía darle más información de la que jamás había soñado. A pesar de que Yenkis no sabía que había bastante historia entre los iris y la policía, le parecía muy probable la idea de que algo debía de haber, y aún más le parecía imprescindible no dejar pasar la oportunidad de saber si al menos el Gobierno sabía algo sobre los iris, y en caso de que sí, cuánto y qué cosas sabía.


Llegaron a un alto edificio de la ciudad, en el distrito de Shinjuku, tan sobrio y moderno como el resto de edificios de esa zona. Su fachada era como una torre de líneas negras y blancas, las ventanas de cada planta eran oscuras cristaleras ininterrumpidas, alternándose con los muros blancos de un piso a otro. Estaba dentro de una urbanización vallada y llena de cámaras de seguridad, con un patio ajardinado propio y privado, en el que además había dos casetas y dos vigilantes, cada uno a un lado opuesto de todo el recinto.

Los nervios de Yenkis comenzaron a aumentar un poquito más. En este edificio debía de vivir más gente importante aparte de Hatori. Incluso la tecnología de la puerta del garaje, las de acceso al edificio, así como de las viviendas, tenían un escáner de retina, y las cerraduras no se abrían con llave, sino con tarjeta.

«Si algo saliera mal… no tendría forma de escapar por las puertas, eso seguro» pensó Yenkis, reprimiendo un suspiro tembloroso mientras el ascensor se detenía en la última planta de todas. Caminaron por un pasillo elegante de colores blancos y grises, con iluminación moderna, oculta en las esquinas del techo y del suelo, y Hatori abrió una puerta blanca acercando la tarjeta a un dispositivo de la pared y después mirando hacia el escáner de retina un poco más arriba.

Quizá lo hizo inconscientemente, pero Yenkis procuró agachar la mirada mientras sucedía esto. No sabía hasta qué punto el escáner de retina podría accidentalmente alcanzar sus ojos, en concreto, su ojo de luz, y cómo reaccionaría.

Finalmente, pasaron dentro.









66.
Ojo de luz

«—Papá, espera —lo detuvo Yenkis antes de que el otro cruzara la puerta interior del garaje a casa—. ¿Me brillaba el ojo de bebé?

—¿Eh? Sí… a veces.

—¿Cómo lo ocultabais mamá y tú? ¿Cómo nadie más lo vio? Cuando empecé a ser consciente de la luz de mi ojo a los 5 años o así, me inculcaste la costumbre de guiñarlo cuando entrara en un lugar muy oscuro con más gente delante y lo he estado cumpliendo a rajatabla y no ha habido problema, pero…

Neuval se giró hacia él y se apoyó en el capó del coche.

—De bebé, la luz de tu ojo era muy floja, casi imperceptible. Sólo brillaba con algo más de fuerza cuando experimentabas una emoción básica muy fuerte, que solían ser sustos repentinos, picos de alegría intensa o picos de ira.

—Picos de ira… Eso suena algo excesivo para un bebé.

—Oh, eran picos de ira adorables, típicos de cualquier bebé, no imagines nada tan grave. Te daban pocas veces, siempre ligados a injusticias, como cuando tu hermana te arrebataba tu juguete preferido o un niño del parque te daba un bofetón de la nada. Te echabas a llorar de rabia y tu ojo emitía ese brillo blanco. Pero nadie se daba cuenta, porque eran leves y porque, al llorar, cerrabas o entrecerrabas los ojos. Se notaba algo más en los picos de alegría intensa. Te daban cuando tu madre y yo, o tus hermanos, te hacíamos reír de pura diversión durante largo rato. En esas ocasiones estábamos atentos a que otras personas no lo vieran, disimulábamos, y no era difícil, ya que eran momentáneos. Los brillos más frecuentes y notables te sucedían con los sustos.

—¿Los sustos?

—Sí. Escuchar un ruido muy fuerte de repente, o ver a alguien o algo apareciendo ante ti de repente, es precisamente el tipo de estímulo que más enciende nuestro iris. La función primaria del iris es reaccionar y actuar ante males, entendiendo como males cosas peligrosas, amenazas, agresiones… cualquier cosa que ponga en peligro la seguridad y la vida. Cuando oímos un estruendo repentino, o algo nos ataca de repente o aparece ante nuestra vista inesperadamente, el iris lo interpreta en un microsegundo como un posible peligro para tu seguridad y se activa al instante, haciéndote conectar instantáneamente con tu elemento para que estés listo para usarlo, y esta conexión se manifiesta mediante esa luz en nuestro ojo.

—He tenido sustos antes y no me ha brillado el ojo.

—Tienen que ser sustos bien grandes, mezclados con pánico o estrés. Sustos de los que crees que tu vida corre peligro. De bebé, un ruido fuerte repentino te ponía el corazón a mil por hora porque a esa edad a tu cerebro le cuesta más tiempo procesar qué ha pasado o qué ha sido, y el estado de alarma se mantiene a tope en tu mente más tiempo. Tú ahora mismo oyes un fuego artificial explotando y te va a sobresaltar durante uno o dos segundos nada más, porque tu cerebro ya reconoce con más rapidez qué tipo de ruido has escuchado, por la experiencia. Pero un bebé escucha eso ahora y va a estar alarmado y asustado durante diez, quince o veinte segundos, o más, hasta que su madre o padre o figura protectora lo consuele y le haga entender que no hay peligro.

»Este es el tipo de brillo que más nos costaba ocultar porque, aquí, tus ojos alarmados se abrían como platos y apenas parpadeabas, por lo que la luz de tu ojo se hacía bastante evidente y llamativa y duraba bastantes segundos hasta que te calmábamos. Lo bueno es que ese tipo de sustos intensos se iban reduciendo conforme te acostumbrabas a los ruidos inesperados o a las apariciones visuales inesperadas.

—Cuando dices “apariciones visuales inesperadas”, no puedo evitar rememorar la cantidad de veces que Cleven me pegaba sustos tremendos, saltando ante mí tras la esquina de un pasillo o saltando sobre mí mientras estaba tumbado en una cama o el sofá… ¿Por qué me dijiste que tenía que guiñar mi ojo ante ella también, si obviamente Cleven debió de ver mi brillo varias veces de pequeños?

Neuval tardó un poco en contestar. Hizo un gesto resignado con la cabeza.

—Tu hermana… ya no se acuerda de eso. Una vez empezaste a guiñar el ojo, ella seguía siendo pequeña, así que seguramente acabó olvidando lo de tu luz, y por ahora quiero que sigas ocultándoselo.

—¿Qué niña de 9 años va a olvidar que su hermano pequeño emite una luz blanca por su ojo izquierdo? —discrepó Yenkis, poco convencido de la teoría de su padre. Pero Neuval permaneció callado, mirando a otro lado. Yenkis entonces entendió que este era uno de los muchos secretos que él seguía ocultando—. ¿Qué hay de Hana? ¿Sigo disimulando ante ella o no?

—Ya no hace falta. Ella ya sabe que a ti y a mí nos pasa esto. He decidido contárselo para facilitar las cosas.

—¿Qué? —se sorprendió—. Y… ¿se lo ha tomado bien? ¿No te ha hecho preguntas?

—Hana sigue sintiendo lo mismo por nosotros que antes. Este fenómeno inhumano no le importa, ni la molesta ni la asusta, así que no te preocupes. Te seguirá tratando como siempre, con todo el cariño que te tiene. Eso no ha cambiado. Vamos, Yen, entra casa —le pidió, sintiendo que ya habían hablado suficiente, además de estar agotado después del día de locos que había tenido desde el ataque en su empresa—. Ve a darte un baño y después pon la mesa. Pediré comida a domicilio. Voy a subir a ver si Hana se encuentra mejor.

Yenkis asintió y entró con él por esa puerta del garaje. Mientras se quitaba los zapatos y el abrigo en el vestíbulo, recordó una última cuestión.

—¿Qué pasa si me brilla el ojo por ninguna razón de las que has dicho antes y además ante un ambiente bastante iluminado? ¿Cómo hago para evitarlo?

Neuval, que estaba colgando su abrigo en un perchero de la pared, se giró hacia él con una mueca turbada.

—¿Lo preguntas como hipótesis? —quiso saber, y el chico negó con la cabeza—. ¿Cuándo te ha pasado eso? —se acercó a él enseguida.

Creo que unas pocas veces desde el último año. Verás, es que… el otro día, el mismo en que tú no estabas y vino el señor… o sea, el abuelo Lian aquí para decirle a Hana que estabas en su casa porque habías recibido una llamada de Jean y estabas afectado y todo eso… Esa misma tarde Evie vino a pasar el rato aquí y se quedó a merendar y tal, y cuando estábamos hablando en el porche, pues… al parecer me estaba brillando el ojo y ella me lo señaló.

—¿Evie ha visto la luz de tu ojo?

—Sí… Pero es que, además, había bastante luz donde estábamos, por eso yo estaba confiado con los dos ojos abiertos. Y aun así estaba brillando. Y no sólo eso. Evie me dijo que no era la primera vez que la veía. Ha visto mi luz en algunas pocas ocasiones más y también eran momentos donde yo estaba a plena luz y sin ningún estado emocional especial. Dice que empezó a verla hace un año. Antes de eso, nunca vio mi luz. Así que… es posible que esto sea algo nuevo que me pasa desde hace un año.

Neuval no dijo nada por un rato. Ante todo, procuró mostrarse tranquilo para que Yenkis no notara lo preocupado que estaba por esta noticia. Si la luz de su ojo escapaba a su control sin motivo aparente, en cualquier momento uno de los agentes de Hatori o el propio Hatori podría verla cuando Yenkis estuviese andando por la calle o en cualquier lugar.

—Si Evie la ha visto, ¿ninguno de tus amigos también?

—No, que yo sepa. Seguro que me lo habrían dicho o preguntado por ello. Evie dice que apenas han sido cuatro veces. Y la intensidad de la luz es floja. Quizá por eso no se note tanto, si brilla poco y además el ambiente está iluminado… Evie me aseguró que para darse cuenta tenía que estar bastante cerca de mí y mirarme con atención.

«Aun así…» pensó Neuval, «Esto eleva el riesgo».

Sin embargo, había una inquietud más. Algo a lo que nunca le dio importancia, ahora se había convertido en un enigma. A ningún iris le brillaba el ojo en un espacio iluminado y en un estado emocional tranquilo. La luz siempre se manifestaba provocada por algo, un motivo, algo que alertaba al iris. En el caso accidental, siempre era una repentina emoción intensa, un pico de ira, o de gran felicidad, o un gran susto. En el caso intencional, era cuando el iris hacía conexión y uso consciente del dominio de su elemento.

El enigma estaba en que Neuval también tuvo estos brillos sin motivo alguno cuando era pequeño, en el periodo de dos años desde que se convirtió en iris hasta que ya completó su entrenamiento. Tanto Alvion, como Lao y como Denzel consideraron que era un efecto único en Neuval por su particular situación distinta a los demás iris, de haber pasado más tiempo que nadie con un iris sin tratamiento, y que tener brillos sin motivo sería un efecto secundario de lo mucho que su mente había aguantado cuerda.

Ahora no estaba tan seguro. ¿Por qué esto le estaba pasando a Yenkis también? ¿Y si haber heredado genéticamente su iris significaba haber heredado también sus mismas características o defectos? Neuval fue un niño traumado, maltratado y puesto al límite muchas veces, pero Yenkis era totalmente lo contrario, el chico más querido, protegido, feliz, arropado y libre.

Neuval temió esta posibilidad, la de haber podido traspasarle a Yenkis su mismo iris con sus mismos defectos, y que, algún día, aunque no hubiera motivo emocional detrás, pudiera desarrollar un majin. Como los hijos que, al tener progenitores o abuelos con historial de cáncer, no quería decir que heredaran el cáncer, pero sí una mayor propensión a desarrollarlo que otras personas.

Neuval volvió a callar esa voz en su cabeza que no paraba de preguntarle “¿seguro que no sería mejor entrenar a Yenkis en el Monte Zou bajo la tutela profesional de los monjes y de Alvion?”, no quería escucharla.

De todas formas, no iba a marcar ninguna diferencia, ya que lo que hacía brillar el ojo de Yenkis y antiguamente el de Neuval sin un motivo detrás, sí que se trataba de un motivo, y de uno bastante más serio y oculto de lo que Alvion ni ningún Zou podrían imaginar. Cada vez que el ojo de Neuval y el de Yenkis brillaba sin razón, es porque sus iris estaban siendo provocados por algo; estaban respondiendo a pequeñas señales energéticas en sus mentes que ningún otro iris del mundo tenía. Y eso era porque el iris que Neuval y Yenkis tenían no estaba solo dentro de sus mentes; compartía habitación con algo más.

—El brillo involuntario puede ser un problema para tu seguridad —habló Neuval por fin después de ese rato de silencio—. Entrenar para controlarlo es algo muy importante que ya te va a enseñar el maestro que voy a traerte. De hecho, es tan importante que vas a empezar a practicarlo desde ya mismo.

—¿Eh?

—Yenkis, te voy a poner a prueba —le puso las manos en los hombros, muy serio y ansioso—. Vas a aprender a reaccionar.

—¿Eh?

—Sentir un pico de felicidad o de ira es algo que puedes controlar mejor porque son emociones complejas, pero el miedo es una emoción instintiva, primitiva. Es muy peligroso que por cualquier susto reveles la luz de tu ojo ante cualquier persona. Vas a aprender a responder ante los estímulos de pánico o sobresalto sin emitir tu luz. Y por supuesto vas a aprender a reducirla lo máximo posible en entornos oscuros y no depender solamente del guiño.

—Ah… vale, pero… ¿cómo…? ¿Qué vas a hacer? —preguntó temeroso, viendo ese ímpetu que su padre tenía de repente, notando que le apretaba más los hombros.

—En cualquier momento… —susurró, mirándolo fijamente con sus escalofriantes ojos plateados—… en cualquier lugar…

—¿Qué? ¿Qué pasa en cualquier momento y lugar?

—Estás advertido…»


Desde ese miércoles por la noche y durante todo el jueves, Yenkis había tenido que sufrir una serie de tropelías que habían puesto a prueba su capacidad cardiaca y su paciencia. Un globo estallando junto a su oreja a las dos de la mañana mientras dormía, luego su padre aterrizando sobre él y aplastándolo con un grito de guerra a las cinco de la mañana tras haber reconciliado el sueño por segunda vez, la puerta del baño abriéndose estruendosamente en mitad de su baño o mientras hacía sus necesidades, sorprenderlo de camino al colegio simulando que casi lo atropella con el coche mientras cruzaba la carretera…

Y todas las veces que el ojo de Yenkis se encendía, su padre le rociaba con un repugnante espray de una mezcla de vinagre, leche caducada y ajo. Un auténtico infierno.

La noche del jueves le costó dos horas dormirse. Pero tenía la mente tan atormentada por ese horripilante espray que, al escuchar un nuevo estruendo en medio de la noche, se despertó sobresaltado, pero ya no en estado de pánico, sino en estado de alerta y control, con sus ojos bien abiertos, pero ninguno brillando. Luego se encontró con su padre ahí de pie en medio de su habitación con el espray preparado, mirándolo boquiabierto.

Sinceramente, Neuval esperaba que Yenkis lograra controlar esta pequeña parte de su iris al cabo de un par de semanas, igual que los demás, ¡pero no al segundo día! Entonces pensó que, quizá, Yenkis corría con la ventaja de tener una capacidad de aprendizaje mucho más veloz que cualquiera, porque él nunca había sido humano. Nació iris, y el iris era para él, literalmente, como una pierna o un brazo más, un trozo más de su ser.

Brey había tenido el mismo caso, respecto al aprendizaje más rápido que el resto, aunque no con ese otro detalle de que le brillara el ojo a veces sin razón, otra cosa que reafirmaba la creencia de Neuval de que Brey y Yenkis no eran iris natos por la misma razón ni funcionaban igual.

De todas formas, Yenkis siguió practicándolo, no sólo porque su padre se lo pidió, sino, más bien, para estar mejor preparado para el sábado. Desde que Evie le comentó que ese fin de semana iba a estar con su tío porque sus padres iban a dejarla sola por trabajo, Yenkis ya había decidido que tenía que aprovechar la ocasión, con la excusa del trabajo escolar que tenían que hacer para el lunes.

Tenía su cubito mejorado, y tenía el programa que Taiya le dio en un USB aquel mismo miércoles que su padre fue a recogerlo al colegio y se peleó con él y voló el comedor. Aunque después de aquello hablaron, se reconciliaron, fueron juntos al cementerio y después hablaron más sobre temas más profundos, la ambición de Yenkis por descubrir toda la verdad seguía vigente, y, en parte, el manojo de nervios que le oprimía el pecho se debía a un inevitable sentimiento de culpabilidad.

Sentía que estaba traicionando a su padre con este plan. Él le pidió que tuviera más paciencia, que dejara que los nuevos cambios y secretos recién revelados terminaran de asentarse… pero, por mucho que aquel miércoles se revelaran muchas cosas junto con la familia Lao, Yenkis llevaba ya muchos años esperando por la verdad completa y por fin tenía los recursos. Y el lugar idóneo.

Tenía todos los archivos secretos de su padre guardados en su cubito y protegidos bajo el programa-candado creado por su madre, y en el USB tenía el único programa-llave, también creado por su madre, que podía abrir el otro.

En principio, tenía pensado abrir los archivos en su propio ordenador de mesa en su cuarto, pero ahí corría un riesgo. Igual que sucedía con su móvil, su padre también vigilaba su ordenador. No es que Neuval espiase toda su actividad, pero tenía a Hoti vinculada al ordenador de su hijo simplemente para protegerlo, para que Hoti le avisara si Yenkis estaba siendo hackeado, afectado por algún virus o acosado por algún ciberdelincuente o pedófilo de las redes sociales. Yenkis temía que, a la hora de abrir los archivos secretos, Hoti pudiera identificarlo como otro peligro, y avisaría a su padre.

Por tanto, le preguntó a Evie si podría hacerlo en algún ordenador de su casa el fin de semana. Y ella le dijo que ese fin de semana estaría en casa de su tío, y le confirmó que él, al igual que el resto de personas perfectamente sanas y capacitadas, no usaba una Hoti doméstica.

Lo que Yenkis vio aquí fue una oportunidad única. Ir a la casa del exjefe de la Policía y actual ministro de Interior del país podía darle más información de la que jamás había soñado. A pesar de que Yenkis no sabía que había bastante historia entre los iris y la policía, le parecía muy probable la idea de que algo debía de haber, y aún más le parecía imprescindible no dejar pasar la oportunidad de saber si al menos el Gobierno sabía algo sobre los iris, y en caso de que sí, cuánto y qué cosas sabía.


Llegaron a un alto edificio de la ciudad, en el distrito de Shinjuku, tan sobrio y moderno como el resto de edificios de esa zona. Su fachada era como una torre de líneas negras y blancas, las ventanas de cada planta eran oscuras cristaleras ininterrumpidas, alternándose con los muros blancos de un piso a otro. Estaba dentro de una urbanización vallada y llena de cámaras de seguridad, con un patio ajardinado propio y privado, en el que además había dos casetas y dos vigilantes, cada uno a un lado opuesto de todo el recinto.

Los nervios de Yenkis comenzaron a aumentar un poquito más. En este edificio debía de vivir más gente importante aparte de Hatori. Incluso la tecnología de la puerta del garaje, las de acceso al edificio, así como de las viviendas, tenían un escáner de retina, y las cerraduras no se abrían con llave, sino con tarjeta.

«Si algo saliera mal… no tendría forma de escapar por las puertas, eso seguro» pensó Yenkis, reprimiendo un suspiro tembloroso mientras el ascensor se detenía en la última planta de todas. Caminaron por un pasillo elegante de colores blancos y grises, con iluminación moderna, oculta en las esquinas del techo y del suelo, y Hatori abrió una puerta blanca acercando la tarjeta a un dispositivo de la pared y después mirando hacia el escáner de retina un poco más arriba.

Quizá lo hizo inconscientemente, pero Yenkis procuró agachar la mirada mientras sucedía esto. No sabía hasta qué punto el escáner de retina podría accidentalmente alcanzar sus ojos, en concreto, su ojo de luz, y cómo reaccionaría.

Finalmente, pasaron dentro.





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