2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __
Otra vez se encontró a sí mismo parado en medio de la calle, mirando ese manto negro y vacío en el cielo. Eso era lo que a él le esperaba tras la muerte. Otra prisión. Pero eso ya lo sabía, desde que nació. Era la norma, al fin y al cabo.
Un nuevo ruido cortó el silencio. Cuando bajó la cabeza y miró al frente, vio que una anciana acababa de aparecer de la nada en medio de la calzada, justo delante de su casa. La anciana parecía exhausta, y dio unos pasos titubeantes a un lado y a otro, como intentando orientarse, manteniendo los ojos cerrados, como siempre. El viejo corrió hasta ella.
—¿¡Qué estás haciendo aquí!? —preguntó sorprendido.
—¿¡Quién anda ahí!? —se sobresaltó Agatha, girándose hacia él, pero moviendo la cabeza un poco a los lados, tratando de oír.
—Eïâ. Öbàiaêm, Agatha —pronunció en una lengua extraña, una lengua única que no era originaria de este mundo.
—Ah… —reconoció su voz, y el hecho de que le hablara en esa lengua—. Ahí estás… Gracias a Dios… —respiró, pero seguía muy nerviosa y alterada, alzando las manos hacia delante para buscarlo.
Él terminó cerrando la distancia para dejar que lo encontrase, y cuando lo hizo, Agatha lo agarró fuerte de los antebrazos.
—Eres tú… ¿Verdad? —no pudo evitar insistir ella, y delató una sonrisa triste, posando una mano en su mejilla, y notó su barba y sus arrugas, descubriendo que había envejecido más de lo que debería, pero sabiendo la razón detrás de eso.
—Ata, estás sin aliento. ¿Qué te ha pasado?
—Esperaba encontrarte a tiempo…
—Sabes que no deberías acercarte a mí, mucho menos hablar conmigo. Si alguien de la Asociación se entera, no te quedan siglos suficientes para dar explicaciones. ¿Tienes que recoger a algún iris recién convertido por aquí?
—No, no, ¡escucha! Vengo por ti, ¡vengo a advertirte! Ha ocurrido algo, los hijos de Denzel han saltado en el tiempo, estamos en un nudo latente provocado por una taimu que no conocíamos, a las órdenes de un arki y…
—Eso no es posible —dijo él tajantemente—. Los…
—Acabo de venir de ahí —le explicó ella—. Los dioses… Los dioses están…
Apareció de pronto un torbellino de sombras pasando a través de ellos como una breve ventisca y él se protegió los ojos con un brazo. Cuando volvió a levantar la vista, encontró a Agatha a unos metros frente a él, apresada por una garra negra muy grande que le tapaba la boca y la mantenía inmóvil. Tras ella, se alzaba una criatura escalofriante, de unos dos metros y medio, pero su forma era difusa, pues se mostraba como una masa de humo negro, y tenía dos infernales ojos que brillaban de una luz plateada.
Aun así, el anciano se mantuvo firme, con cara de pocos amigos.
—¿Qué te crees que haces? Suéltala.
La enorme criatura de sombras solamente afiló más la mirada de sus ojos de luz. Su callamiento era inusual. El anciano comenzó a captar que el asunto era más grande de lo que parecía.
—Quítale las zarpas de encima —le advirtió una vez más, y caminó hasta ellos, plantándole cara a ese ser que le sacaba tres cabeza de altura—. O te destrozo.
—Ùdüiánn —habló la criatura en aquella misma lengua primigenia, y su voz sonó grave, distorsionada, como de ultratumba. (= No te metas)
—¿Qué está pasando? ¿Qué es lo que ella venía a advertirme? —insistió el viejo, señalando a Agatha.
Sin esperar respuestas, dio un paso adelante con intención de agarrar a Agatha y liberarla, pero la criatura negra de pronto salió volando a toda velocidad como un torbellino negro, llevándosela con él.
—Sôiánn! —exclamó el viejo. (= ¡No huyas!)
La criatura de sombras sobrevoló aquella inmensa ciudad, varios kilómetros en apenas unos segundos, llegando hasta otro distrito lejano. Aterrizó sobre uno de los edificios más altos de la zona más urbana de París, en una azotea oscura a la que no llegaba la luz de las calles. Ahí soltó a Agatha. La anciana se repuso, y dio unos pasos hacia atrás, desconfiada.
—Por el amor de Dios, niños, ¿qué habéis hecho? —le preguntó exasperada.
—¿Por qué reaccionas así? —habló aquel ser, acercando sus remolinos de tinieblas hacia ella—. Tú eres la primera persona que más debería alegrarse de esto. Siempre los odiaste, igual que nosotros…
—¿No te das cuenta de las consecuencias de algo así para este mundo, Louis? Creía que amabais este mundo.
—Precisamente —susurró, moviéndose lentamente alrededor de ella—. ¿Crees que esto es algo impulsivo? Está todo pensado. Tú incluida.
—¿Qué pretendéis hacer conmigo?
—Darte la libertad.
Agatha se quedó sin habla ante aquella respuesta, llegando a abrir sus tenebrosos ojos. Dedicar un solo segundo a imaginarlo, a considerarlo, hizo que se sintiera culpable. Se abrazó a sí misma cuando sopló un viento frío a esas alturas, pero también fue un gesto de autocompasión.
—¿Alguien me va a decir de qué va esto? —irrumpió una tercera voz.
La taimu y la criatura de sombras se giraron, y vieron ahí de pie sobre el borde de la azotea al anciano de antes, con las manos metidas en los bolsillos de su jersey, con su pantalón de pijama y sus pantuflas.
La criatura chistó con fastidio. Envolvió a Agatha con sus sombras y salió volando con ella otra vez a toda velocidad. Recorrió la ciudad de un lado a otro, saltando sobre edificios, pasando entre callejones, bajo puentes, y atravesando parques en tan sólo un par de minutos. Cuando por fin notó que ya no era perseguido, se volvió a detener, sobre el tejado de la catedral de Notre Dame. Esta vez, Agatha se apartó y expresó su enfado.
—No quieres que le advierta. Y eso es porque planeáis algo que le perjudica.
—No queremos que le adviertas, porque él es un incordio —corrigió aquel ser—. Una oveja descarriada. Pero su destino está sellado desde que nació, sus intervenciones serían futiles, oponerse es inútil. Simplemente, no le queremos incordiando. Pero el problema no es ese. El problema es la correa de tu cuello atada a la Asociación, esa que te obliga a delatar si hay alguna amenaza contra ella.
—¡No hay correa! ¡Yo elegí colaborar en ella! —se enfadó Agatha—. ¡Yo lo elegí!
—No tiene nada que ver —insistió la criatura, moviéndose de nuevo a su alrededor—. Es como si un niño les grita a sus padres que él mismo eligió comerse el brócoli, pensando que hizo algo rebelde. Los dioses te dejaron servir en la Asociación porque así podías estar por fin bajo control, después de pasarte varios siglos libre y suelta como una adolescente que se había rebelado contra sus padres y huido de casa.
—Yo sirvo a los Zou y a su necesaria causa, no a los dioses…
—La Asociación… —la interrumpió—… es de los dioses. Los Zou la dirigen, pero, al final, no pueden tomar las decisiones más importantes sin pedir permiso a los dioses. No pueden elegir… bajo ningún concepto… hacer algo que se salga de los parámetros del Equilibrio. Todo está y siempre ha estado… bajo las normas de los dioses. Dime. ¿Y si un día decides cambiar de aires, dejar la Asociación y dedicarte a viajar por el mundo por tu cuenta haciendo lo que te venga en gana? ¿Crees que te lo permitirán? Tú, Denzel y los Zou no sois más que sus mascotas. Todos tenéis correas. Siempre tenéis que pedir permiso. Igual que nosotros. Hasta ahora, claro.
—¿Y cuál es la alternativa que se supone que ofrecéis vosotros? —le espetó ella—. No imagino un mundo mejor con vosotros sueltos en él, niño.
—¿Mejor para quién? ¿Peor para quién? No me digas que ese Alvion te ha contagiado su amor por los humanos —rio con burla.
—Ocho millones de humanos hoy son mis descendientes.
—No tenemos nada contra los taimuki. Podemos tolerar un rebaño de ovejas privilegiadas. Las acogeríamos, precisamente porque son tu descendencia. Sabes lo importante que es la descendencia también para nosotros, Agatha. El problema es el exceso de ovejas. Esas otras que ni conoces, ni tienen relación contigo ni te tienen que importar para nada.
—Crees que Alvion me ha contagiado —objetó ella, negando con la cabeza—. Pero, de todas las dimensiones, soy el único ser que ha caminado entre los humanos durante siete siglos y medio.
—Entonces habrás conocido más que de sobra cuál es su verdadera naturaleza.
—Los he odiado y amado a partes iguales. Me han dado las mismas razones para aborrecer a la humanidad y para amarla. He aprendido, por las buenas y por las malas. No niego que hay una gran cantidad de ellos a los que desearía devorar. Pero elijo no hacerlo. Esa es la auténtica elección libre que ejerzo por mí misma —alzó las manos—. Crees que los dioses me tienen atada, pero no es más que un impedimento verbal. No hay nada… nada que me impida físicamente destruir todo este mundo y todo el Sistema Solar. O devorar a media humanidad.
—¿Y qué te retiene entonces?
—Las consecuencias. ¡La moral! —exclamó, y después se llevó una mano al pecho—. El alma.
—¿Alma? ¿Moral? —casi rio—. Desde que la Asociación existe, los dioses te impusieron las Tres Prohibiciones Esenciales. Uno, no usar tu poder para destruir este mundo. Dos, no comerte a más humanos. Y… ¿cuál era la tercera?
—No hablar nunca sobre vosotros. Sobre vuestra existencia —dijo ella.
—Y has estado cuatro siglos cumpliendo esa tercera prohibición obedientemente, ¿por qué? ¿Por moral? ¿Qué te ha impedido revelarle a la Asociación y a los Zou este sucio secretito de los dioses? ¿Es la moral la que te ha llevado a mentir a los Zou durante cuatro siglos?
—No les he mentido.
—Ocultarles la gran verdad tras el episodio más trágico que los Zou sufrieron en su historia temprana es una forma de mentirles. Eres la única que sabe por qué las Nubes Rocosas del Monte Zou siguen flotando.
—Ignorar esa verdad los mantiene a salvo y en paz. Si saben acerca de vosotros, el Equilibrio se empezará a desmoronar.
—Eso… —interrumpió la criatura de sombras, señalando con un dedo la frente de ella—… es lo que los dioses programaron en tu cabeza. No “tu moral” o tu propia voluntad. Te convencieron de que quedarte calladita era lo mejor para los seres de este mundo terrestre, cuando en realidad era lo mejor para los dioses. No quieren que nadie les eche en cara su gran cagada.
Agatha se quedó callada unos instantes, se le quebró la voz, pues no tenía respuesta para eso. Pensó en ello, sorprendida, preguntándose si sería verdad.
—Ellos aún tienen demasiado poder sobre ti, Agatha. Todavía pueden manipular tu mente, igual que cambiaron tu forma de alimentarte mediante transmisión energética en vez de comiendo por tu cuenta humanos viles con alto Yin. Sigues siendo tan artificial como el día en que te hicieron, como una máquina que no puede funcionar sin estar constantemente enchufada a ellos.
—¡Basta, Louis! ¡Da igual todo eso! Si algo me importa, es porque elijo que me importe. A estas alturas de mi larga vida, donde ya he alcanzado la vejez, es cuando más claras tengo las cosas. No soy libre de saltarme las normas sin pagar consecuencias o castigos, pero cuando decido hacer algo tan sencillo como ayudar a los humanos, a los iris y a los Zou, o colaborar con las tareas de la Asociación, es cuando más libre me siento. ¿Por qué desearía otra cosa? Adoro mi vida actual.
La criatura de sombras se detuvo frente a ella. La miró fijamente con esos ojos de luz.
—No mientas.
Agatha hizo un gesto molesto, y de hartazgo.
—Hasta yo puedo ver que sigues teniendo esa enorme espina clavada —continuó diciendo la criatura, alejándose unos pasos, dándole la espalda—. Tú te habrás conformado con tu vida, Ata, pero tienes la misma maldición que nosotros —giró la cabeza hacia atrás para mirarla. Ella se mostró confusa. Entonces la criatura volvió a caminar hasta ella—. Has tenido que despedirte de docenas de hijos y de nietos, que han disfrutado de una vida humana libre porque son humanos. Pero resulta que, en siete siglos, han brotado dos como tú. Condenados a lo mismo que tú.
»Hiciste todo lo posible por criar a Denzel bajo la dualidad Yin-Yang para que él mismo eligiera, y todo lo posible para mantenerlo alejado de los dioses. Odias la correa que ellos tienen puesta en él más de lo que odias tu propia correa. Pero Agatha, ¡mira lo que ha aparecido! —se puso detrás de ella y posó sus garras sobre sus hombros suavemente—. Hay una nueva taimu. Su nacimiento pasó desapercibido, por lo que los dioses nunca han podido atarla. Sin embargo, lo acabarán haciendo tarde o temprano, ahora que ella se ha revelado… a no ser que cambiemos las cosas a tiempo. Ella tiene una oportunidad de cambiar las cosas, incluso para vosotros. ¿Quieres eso para ella? ¿Otra taimu encadenada? ¿Y así, con el siguiente taimu que nazca?
Agatha no dijo nada. Pero una antigua rabia le hizo apretar los puños.
—Sin conocerla aún de nada, sé que ya sientes por ella. Por el simple hecho de ser como tú. De tu sangre. Esa es la maldición de la que hablo. No podemos evitar desear proteger a los nuestros, nuestra estirpe… y moldear y limpiar el mundo a su alrededor para que sea más… adecuado.
—El problema aquí es lo que cada uno entiende por “adecuado” —volvió a irrumpir esa tercera voz.
Agatha y la criatura vieron que el anciano estaba otra vez ahí cerca de ellos. Había aparecido hace algunos segundos, de pie sobre una arista del tejado de la catedral manteniendo perfecto equilibrio.
—Si tú ves que alguien de tu amada estirpe está viviendo una vida plena y feliz —siguió diciendo el anciano, gesticulando con las manos—, ¿por qué cambiársela? ¿Por qué arruinársela? —se encogió de hombros, pero después su rostro se ensombreció y le clavó una mirada fría y contenida a la criatura—. ¿Por qué arrebatársela?
—Hah… —se rio el ser de sombras con arrogancia—. Si tú ves que alguien de tu amada estirpe está viviendo una vida plena y feliz dentro de un Estado totalitario que se aprovecha de su trabajo, le quita más de lo debido, le prohíbe derechos y libertades y le convence de que le está dando lo suficiente para vivir feliz… ¿cómo no vas a despojarlo de esa falsa plenitud? ¿Cómo no vas a quitarle la venda de sus ojos?
—Claro… Para ponerle otra —repuso el anciano.
La criatura se quedó en silencio unos segundos.
—Fíjate, Agatha, lo mucho que nos importan los nuestros, que aun dándome unas ganas terribles de arrancarle la cara a mi propio nieto para que se calle de una vez o incluso despedazarlo para que deje de ser un incordio en nuestros planes, voy a contenerme.
—Muchas palabras para decir que te doy miedo —volvió a replicar el viejo.
—Estás más ciego que Agatha. No te arrebatamos nada, te hicimos recordar quién eres y dónde perteneces. Nunca dejarás de ser un desagradecido.
—¿Desagradecido? —repitió entre dientes, mostrando un puño cerrado con una calma envidiable—. Te estás rifando el puñetazo de tu vida.
—¿Qué crees que vas a hacer con esas pintas de viejo mediocre?
—Te sorprendería lo que puedo hacer en pantuflas.
—¡Basta ya, los dos! —se hartó Agatha, agotada, y se giró hacia la criatura—. Déjame ir…
—No puedo.
El viejo aprovechó ese instante para lanzarse hacia ellos y hacer otro intento de rescatar a Agatha, pero, de nuevo, la criatura de tinieblas reaccionó con una velocidad sin igual y se esfumó con la taimu a otra parte. Esta vez, no perdió más tiempo y aterrizó entre los árboles de un parque, a esas horas vacío y oscuro. La anciana cayó de rodillas sobre la hierba, estaba ya cansada, y puso una mueca exasperada.
—No puedo dejar que desajustes nuestros planes abriendo ahora la boca —la criatura se arrodilló frente a ella, y sujetó su barbilla suavemente con una de sus grandes garras negras—. No deberías haber venido a la Dimensión Yin en tan mal momento. Necesitamos que te mantengas callada. Necesitamos unos días más. Sé que te sientes obligada a delatarnos por tu actual lealtad a esos Zou y a la Asociación, y sé que crees que haces lo correcto. Pero no pasa nada. Lo acabarás entendiendo. Nos acabarás eligiendo.
—¿Qué vas a hacer? ¿Vas a hacerme daño?
—¿Cómo puedes decir eso? No somos los dioses —le susurró, acercándose a su rostro con sus ojos de luz—. Nosotros te adoramos, Agatha. Sólo voy a modificar tus recuerdos de hoy.
Agatha sabía que no tenía ya escapatoria. Aunque se teletransportarse a otra parte del mundo, al estar tocándola, él iría con ella. Y aunque no la estuviera tocando, la localizaría enseguida de todas formas, él o los otros como él. Y reaccionar de otra forma podía empeorar las cosas de una manera inimaginable. Dejó caer los brazos, resignada. Entonces, la criatura, sujetándola de los hombros, la miró muy de cerca fijamente, introduciéndose en su mente.
A los pocos segundos, el anciano volvió a alcanzarlos. Llegó al parque, pero no los consiguió ver a su alrededor. Se guio por los sonidos y el olor, y percibió un rastro enseguida. Corrió entre los arbustos, y los divisó al fin a lo lejos entre unos árboles. Apretó los dientes con rabia al comprender lo que le estaba haciendo.
—¡Agatha!
Corrió hacia ellos. No le iba a dar tiempo. Sin embargo, vio algo que le llamó la atención. Agatha, arrodillada de frente a la criatura de sombras, le hizo una señal: se llevó una mano a la espalda, y comenzó a comunicar algo en lenguaje de signos. El anciano lo pudo descifrar, y se quedó desconcertado por unos segundos, pero no dejó de correr. Para cuando llegó hasta ellos, la criatura ya había terminado, y Agatha cayó dormida sobre la hierba. El viejo se arrodilló enseguida junto a ella, levantándola un poco sobre sus brazos. Sabía que estaba ilesa, pero, aun así, le clavó una mirada furiosa al otro.
—Ahórrame tus quejas —le dijo el ser de sombras—. Dámela. La llevaré a su casa a salvo.
—Y despertará sin recordar lo que quiera que haya descubierto hoy.
—Lo recordará de otra forma.
—Entonces ¿en qué os diferenciáis de los dioses que tanto criticáis si hacéis lo mismo que ellos, manipulando a Agatha en vuestro beneficio?
—¡No es lo mismo! —rugió la criatura con una voz que hizo retumbar el suelo.
Pero el viejo no se achantó, siguió clavándole esa mirada hostil y enfadada. La criatura de sombras procuró no alterarse. De repente, comenzó a menguar, y las sombras se fueron disipando, apareciendo en su lugar un hombre normal y corriente, alto y robusto. Era extremadamente parecido al viejo, solo que con 20 años menos. E incluso teniendo un cuerpo humano detenido en los 50 años, lucía algo más joven. Vestía con un elegante traje típico de la Europa del siglo XIX. Tenía el cabello castaño claro, bien peinado, y un bigote, y los ojos grises.
Se agachó frente al viejo, mirándolo indiferente.
—Si es para nuestro beneficio, es para el suyo también. Esa es la diferencia —le espetó—. Aparta de una vez —lo empujó a un lado, y cargó con Agatha en brazos él mismo.
El viejo se quedó de rodillas sobre la hierba, resignado.
—¿Qué estáis tramando? —le preguntó una última vez.
—Si nos das la espalda, no sé por qué debería de importarte. Tú has elegido esto. Estar aquí, sin nada ni nadie. Limítate a vivir lo que te quede de tu libre vida humana en este paraíso. Eres el único de nosotros al que se le ha permitido más tiempo. Disfruta de tus crucigramas, tus pantuflas, salir a comprar unos dulces melocotones en la frutería y quejarte de dolores de espalda —concluyó el hombre de 50 años con vestimenta antigua, y dio media vuelta, marchándose por la negrura del parque con Agatha en brazos—. Lo has perdido todo menos eso.
El viejo, finalmente, se quedó solo en ese frío parque rodeado de oscuridad y silencio. Se quedó cabizbajo.
Le habría dado la razón a lo último que había dicho… si no fuera por lo que Agatha le había comunicado con esas señas de la mano: “Tokio”, “Él vive allí” y “Tres hijos”.
Sabía a quién se refería. Y era la primera vez en décadas que tenía, por fin, una confirmación. Esto produjo en él un pequeño vértigo en su estómago. Una mezcla de emoción e inquietud y también… una dolorosa añoranza.
No sabía qué estaban tramando, y realmente le habría importado un comino, excepto porque Agatha había venido hasta él en persona para decírselo, advertirle. Eso significaba que debía de tratarse de algo importante, y de algo que a él debería importarle. No le había sorprendido tanto la parte del mensaje que decía que “él” vivía en Tokio, porque era algo que ya se imaginaba, que viviría en alguna parte del mundo. Lo que le había desconcertado, era la noticia de que tenía tres hijos. Eso no lo sabía… y eso lo cambiaba todo. Porque significaba que había tres inocentes que corrían peligro solamente por existir, por nacer con la sangre con la que habían nacido.
No podía permitirlo. Esto ya no era un bicho cruzándose en su “camino”, esto había sido una enorme señal directa y muy clara. Ahora… ¿cómo iba a involucrarse en esa situación sin terminar provocando el triple de problemas?
Había llegado la hora. Él mismo había dudado de que el “camino” lo requiriese algún día. De que de verdad surgiese algo, un motivo real. Un cambio.
Era hora de revelarle a Neuval la verdad.
Fin del 2º LIBRO - Pasado y Presente
PARTE 2: El Descubrimiento
La historia continuará próximamente en:
3º LIBRO
Otra vez se encontró a sí mismo parado en medio de la calle, mirando ese manto negro y vacío en el cielo. Eso era lo que a él le esperaba tras la muerte. Otra prisión. Pero eso ya lo sabía, desde que nació. Era la norma, al fin y al cabo.
Un nuevo ruido cortó el silencio. Cuando bajó la cabeza y miró al frente, vio que una anciana acababa de aparecer de la nada en medio de la calzada, justo delante de su casa. La anciana parecía exhausta, y dio unos pasos titubeantes a un lado y a otro, como intentando orientarse, manteniendo los ojos cerrados, como siempre. El viejo corrió hasta ella.
—¿¡Qué estás haciendo aquí!? —preguntó sorprendido.
—¿¡Quién anda ahí!? —se sobresaltó Agatha, girándose hacia él, pero moviendo la cabeza un poco a los lados, tratando de oír.
—Eïâ. Öbàiaêm, Agatha —pronunció en una lengua extraña, una lengua única que no era originaria de este mundo.
—Ah… —reconoció su voz, y el hecho de que le hablara en esa lengua—. Ahí estás… Gracias a Dios… —respiró, pero seguía muy nerviosa y alterada, alzando las manos hacia delante para buscarlo.
Él terminó cerrando la distancia para dejar que lo encontrase, y cuando lo hizo, Agatha lo agarró fuerte de los antebrazos.
—Eres tú… ¿Verdad? —no pudo evitar insistir ella, y delató una sonrisa triste, posando una mano en su mejilla, y notó su barba y sus arrugas, descubriendo que había envejecido más de lo que debería, pero sabiendo la razón detrás de eso.
—Ata, estás sin aliento. ¿Qué te ha pasado?
—Esperaba encontrarte a tiempo…
—Sabes que no deberías acercarte a mí, mucho menos hablar conmigo. Si alguien de la Asociación se entera, no te quedan siglos suficientes para dar explicaciones. ¿Tienes que recoger a algún iris recién convertido por aquí?
—No, no, ¡escucha! Vengo por ti, ¡vengo a advertirte! Ha ocurrido algo, los hijos de Denzel han saltado en el tiempo, estamos en un nudo latente provocado por una taimu que no conocíamos, a las órdenes de un arki y…
—Eso no es posible —dijo él tajantemente—. Los…
—Acabo de venir de ahí —le explicó ella—. Los dioses… Los dioses están…
Apareció de pronto un torbellino de sombras pasando a través de ellos como una breve ventisca y él se protegió los ojos con un brazo. Cuando volvió a levantar la vista, encontró a Agatha a unos metros frente a él, apresada por una garra negra muy grande que le tapaba la boca y la mantenía inmóvil. Tras ella, se alzaba una criatura escalofriante, de unos dos metros y medio, pero su forma era difusa, pues se mostraba como una masa de humo negro, y tenía dos infernales ojos que brillaban de una luz plateada.
Aun así, el anciano se mantuvo firme, con cara de pocos amigos.
—¿Qué te crees que haces? Suéltala.
La enorme criatura de sombras solamente afiló más la mirada de sus ojos de luz. Su callamiento era inusual. El anciano comenzó a captar que el asunto era más grande de lo que parecía.
—Quítale las zarpas de encima —le advirtió una vez más, y caminó hasta ellos, plantándole cara a ese ser que le sacaba tres cabeza de altura—. O te destrozo.
—Ùdüiánn —habló la criatura en aquella misma lengua primigenia, y su voz sonó grave, distorsionada, como de ultratumba. (= No te metas)
—¿Qué está pasando? ¿Qué es lo que ella venía a advertirme? —insistió el viejo, señalando a Agatha.
Sin esperar respuestas, dio un paso adelante con intención de agarrar a Agatha y liberarla, pero la criatura negra de pronto salió volando a toda velocidad como un torbellino negro, llevándosela con él.
—Sôiánn! —exclamó el viejo. (= ¡No huyas!)
La criatura de sombras sobrevoló aquella inmensa ciudad, varios kilómetros en apenas unos segundos, llegando hasta otro distrito lejano. Aterrizó sobre uno de los edificios más altos de la zona más urbana de París, en una azotea oscura a la que no llegaba la luz de las calles. Ahí soltó a Agatha. La anciana se repuso, y dio unos pasos hacia atrás, desconfiada.
—Por el amor de Dios, niños, ¿qué habéis hecho? —le preguntó exasperada.
—¿Por qué reaccionas así? —habló aquel ser, acercando sus remolinos de tinieblas hacia ella—. Tú eres la primera persona que más debería alegrarse de esto. Siempre los odiaste, igual que nosotros…
—¿No te das cuenta de las consecuencias de algo así para este mundo, Louis? Creía que amabais este mundo.
—Precisamente —susurró, moviéndose lentamente alrededor de ella—. ¿Crees que esto es algo impulsivo? Está todo pensado. Tú incluida.
—¿Qué pretendéis hacer conmigo?
—Darte la libertad.
Agatha se quedó sin habla ante aquella respuesta, llegando a abrir sus tenebrosos ojos. Dedicar un solo segundo a imaginarlo, a considerarlo, hizo que se sintiera culpable. Se abrazó a sí misma cuando sopló un viento frío a esas alturas, pero también fue un gesto de autocompasión.
—¿Alguien me va a decir de qué va esto? —irrumpió una tercera voz.
La taimu y la criatura de sombras se giraron, y vieron ahí de pie sobre el borde de la azotea al anciano de antes, con las manos metidas en los bolsillos de su jersey, con su pantalón de pijama y sus pantuflas.
La criatura chistó con fastidio. Envolvió a Agatha con sus sombras y salió volando con ella otra vez a toda velocidad. Recorrió la ciudad de un lado a otro, saltando sobre edificios, pasando entre callejones, bajo puentes, y atravesando parques en tan sólo un par de minutos. Cuando por fin notó que ya no era perseguido, se volvió a detener, sobre el tejado de la catedral de Notre Dame. Esta vez, Agatha se apartó y expresó su enfado.
—No quieres que le advierta. Y eso es porque planeáis algo que le perjudica.
—No queremos que le adviertas, porque él es un incordio —corrigió aquel ser—. Una oveja descarriada. Pero su destino está sellado desde que nació, sus intervenciones serían futiles, oponerse es inútil. Simplemente, no le queremos incordiando. Pero el problema no es ese. El problema es la correa de tu cuello atada a la Asociación, esa que te obliga a delatar si hay alguna amenaza contra ella.
—¡No hay correa! ¡Yo elegí colaborar en ella! —se enfadó Agatha—. ¡Yo lo elegí!
—No tiene nada que ver —insistió la criatura, moviéndose de nuevo a su alrededor—. Es como si un niño les grita a sus padres que él mismo eligió comerse el brócoli, pensando que hizo algo rebelde. Los dioses te dejaron servir en la Asociación porque así podías estar por fin bajo control, después de pasarte varios siglos libre y suelta como una adolescente que se había rebelado contra sus padres y huido de casa.
—Yo sirvo a los Zou y a su necesaria causa, no a los dioses…
—La Asociación… —la interrumpió—… es de los dioses. Los Zou la dirigen, pero, al final, no pueden tomar las decisiones más importantes sin pedir permiso a los dioses. No pueden elegir… bajo ningún concepto… hacer algo que se salga de los parámetros del Equilibrio. Todo está y siempre ha estado… bajo las normas de los dioses. Dime. ¿Y si un día decides cambiar de aires, dejar la Asociación y dedicarte a viajar por el mundo por tu cuenta haciendo lo que te venga en gana? ¿Crees que te lo permitirán? Tú, Denzel y los Zou no sois más que sus mascotas. Todos tenéis correas. Siempre tenéis que pedir permiso. Igual que nosotros. Hasta ahora, claro.
—¿Y cuál es la alternativa que se supone que ofrecéis vosotros? —le espetó ella—. No imagino un mundo mejor con vosotros sueltos en él, niño.
—¿Mejor para quién? ¿Peor para quién? No me digas que ese Alvion te ha contagiado su amor por los humanos —rio con burla.
—Ocho millones de humanos hoy son mis descendientes.
—No tenemos nada contra los taimuki. Podemos tolerar un rebaño de ovejas privilegiadas. Las acogeríamos, precisamente porque son tu descendencia. Sabes lo importante que es la descendencia también para nosotros, Agatha. El problema es el exceso de ovejas. Esas otras que ni conoces, ni tienen relación contigo ni te tienen que importar para nada.
—Crees que Alvion me ha contagiado —objetó ella, negando con la cabeza—. Pero, de todas las dimensiones, soy el único ser que ha caminado entre los humanos durante siete siglos y medio.
—Entonces habrás conocido más que de sobra cuál es su verdadera naturaleza.
—Los he odiado y amado a partes iguales. Me han dado las mismas razones para aborrecer a la humanidad y para amarla. He aprendido, por las buenas y por las malas. No niego que hay una gran cantidad de ellos a los que desearía devorar. Pero elijo no hacerlo. Esa es la auténtica elección libre que ejerzo por mí misma —alzó las manos—. Crees que los dioses me tienen atada, pero no es más que un impedimento verbal. No hay nada… nada que me impida físicamente destruir todo este mundo y todo el Sistema Solar. O devorar a media humanidad.
—¿Y qué te retiene entonces?
—Las consecuencias. ¡La moral! —exclamó, y después se llevó una mano al pecho—. El alma.
—¿Alma? ¿Moral? —casi rio—. Desde que la Asociación existe, los dioses te impusieron las Tres Prohibiciones Esenciales. Uno, no usar tu poder para destruir este mundo. Dos, no comerte a más humanos. Y… ¿cuál era la tercera?
—No hablar nunca sobre vosotros. Sobre vuestra existencia —dijo ella.
—Y has estado cuatro siglos cumpliendo esa tercera prohibición obedientemente, ¿por qué? ¿Por moral? ¿Qué te ha impedido revelarle a la Asociación y a los Zou este sucio secretito de los dioses? ¿Es la moral la que te ha llevado a mentir a los Zou durante cuatro siglos?
—No les he mentido.
—Ocultarles la gran verdad tras el episodio más trágico que los Zou sufrieron en su historia temprana es una forma de mentirles. Eres la única que sabe por qué las Nubes Rocosas del Monte Zou siguen flotando.
—Ignorar esa verdad los mantiene a salvo y en paz. Si saben acerca de vosotros, el Equilibrio se empezará a desmoronar.
—Eso… —interrumpió la criatura de sombras, señalando con un dedo la frente de ella—… es lo que los dioses programaron en tu cabeza. No “tu moral” o tu propia voluntad. Te convencieron de que quedarte calladita era lo mejor para los seres de este mundo terrestre, cuando en realidad era lo mejor para los dioses. No quieren que nadie les eche en cara su gran cagada.
Agatha se quedó callada unos instantes, se le quebró la voz, pues no tenía respuesta para eso. Pensó en ello, sorprendida, preguntándose si sería verdad.
—Ellos aún tienen demasiado poder sobre ti, Agatha. Todavía pueden manipular tu mente, igual que cambiaron tu forma de alimentarte mediante transmisión energética en vez de comiendo por tu cuenta humanos viles con alto Yin. Sigues siendo tan artificial como el día en que te hicieron, como una máquina que no puede funcionar sin estar constantemente enchufada a ellos.
—¡Basta, Louis! ¡Da igual todo eso! Si algo me importa, es porque elijo que me importe. A estas alturas de mi larga vida, donde ya he alcanzado la vejez, es cuando más claras tengo las cosas. No soy libre de saltarme las normas sin pagar consecuencias o castigos, pero cuando decido hacer algo tan sencillo como ayudar a los humanos, a los iris y a los Zou, o colaborar con las tareas de la Asociación, es cuando más libre me siento. ¿Por qué desearía otra cosa? Adoro mi vida actual.
La criatura de sombras se detuvo frente a ella. La miró fijamente con esos ojos de luz.
—No mientas.
Agatha hizo un gesto molesto, y de hartazgo.
—Hasta yo puedo ver que sigues teniendo esa enorme espina clavada —continuó diciendo la criatura, alejándose unos pasos, dándole la espalda—. Tú te habrás conformado con tu vida, Ata, pero tienes la misma maldición que nosotros —giró la cabeza hacia atrás para mirarla. Ella se mostró confusa. Entonces la criatura volvió a caminar hasta ella—. Has tenido que despedirte de docenas de hijos y de nietos, que han disfrutado de una vida humana libre porque son humanos. Pero resulta que, en siete siglos, han brotado dos como tú. Condenados a lo mismo que tú.
»Hiciste todo lo posible por criar a Denzel bajo la dualidad Yin-Yang para que él mismo eligiera, y todo lo posible para mantenerlo alejado de los dioses. Odias la correa que ellos tienen puesta en él más de lo que odias tu propia correa. Pero Agatha, ¡mira lo que ha aparecido! —se puso detrás de ella y posó sus garras sobre sus hombros suavemente—. Hay una nueva taimu. Su nacimiento pasó desapercibido, por lo que los dioses nunca han podido atarla. Sin embargo, lo acabarán haciendo tarde o temprano, ahora que ella se ha revelado… a no ser que cambiemos las cosas a tiempo. Ella tiene una oportunidad de cambiar las cosas, incluso para vosotros. ¿Quieres eso para ella? ¿Otra taimu encadenada? ¿Y así, con el siguiente taimu que nazca?
Agatha no dijo nada. Pero una antigua rabia le hizo apretar los puños.
—Sin conocerla aún de nada, sé que ya sientes por ella. Por el simple hecho de ser como tú. De tu sangre. Esa es la maldición de la que hablo. No podemos evitar desear proteger a los nuestros, nuestra estirpe… y moldear y limpiar el mundo a su alrededor para que sea más… adecuado.
—El problema aquí es lo que cada uno entiende por “adecuado” —volvió a irrumpir esa tercera voz.
Agatha y la criatura vieron que el anciano estaba otra vez ahí cerca de ellos. Había aparecido hace algunos segundos, de pie sobre una arista del tejado de la catedral manteniendo perfecto equilibrio.
—Si tú ves que alguien de tu amada estirpe está viviendo una vida plena y feliz —siguió diciendo el anciano, gesticulando con las manos—, ¿por qué cambiársela? ¿Por qué arruinársela? —se encogió de hombros, pero después su rostro se ensombreció y le clavó una mirada fría y contenida a la criatura—. ¿Por qué arrebatársela?
—Hah… —se rio el ser de sombras con arrogancia—. Si tú ves que alguien de tu amada estirpe está viviendo una vida plena y feliz dentro de un Estado totalitario que se aprovecha de su trabajo, le quita más de lo debido, le prohíbe derechos y libertades y le convence de que le está dando lo suficiente para vivir feliz… ¿cómo no vas a despojarlo de esa falsa plenitud? ¿Cómo no vas a quitarle la venda de sus ojos?
—Claro… Para ponerle otra —repuso el anciano.
La criatura se quedó en silencio unos segundos.
—Fíjate, Agatha, lo mucho que nos importan los nuestros, que aun dándome unas ganas terribles de arrancarle la cara a mi propio nieto para que se calle de una vez o incluso despedazarlo para que deje de ser un incordio en nuestros planes, voy a contenerme.
—Muchas palabras para decir que te doy miedo —volvió a replicar el viejo.
—Estás más ciego que Agatha. No te arrebatamos nada, te hicimos recordar quién eres y dónde perteneces. Nunca dejarás de ser un desagradecido.
—¿Desagradecido? —repitió entre dientes, mostrando un puño cerrado con una calma envidiable—. Te estás rifando el puñetazo de tu vida.
—¿Qué crees que vas a hacer con esas pintas de viejo mediocre?
—Te sorprendería lo que puedo hacer en pantuflas.
—¡Basta ya, los dos! —se hartó Agatha, agotada, y se giró hacia la criatura—. Déjame ir…
—No puedo.
El viejo aprovechó ese instante para lanzarse hacia ellos y hacer otro intento de rescatar a Agatha, pero, de nuevo, la criatura de tinieblas reaccionó con una velocidad sin igual y se esfumó con la taimu a otra parte. Esta vez, no perdió más tiempo y aterrizó entre los árboles de un parque, a esas horas vacío y oscuro. La anciana cayó de rodillas sobre la hierba, estaba ya cansada, y puso una mueca exasperada.
—No puedo dejar que desajustes nuestros planes abriendo ahora la boca —la criatura se arrodilló frente a ella, y sujetó su barbilla suavemente con una de sus grandes garras negras—. No deberías haber venido a la Dimensión Yin en tan mal momento. Necesitamos que te mantengas callada. Necesitamos unos días más. Sé que te sientes obligada a delatarnos por tu actual lealtad a esos Zou y a la Asociación, y sé que crees que haces lo correcto. Pero no pasa nada. Lo acabarás entendiendo. Nos acabarás eligiendo.
—¿Qué vas a hacer? ¿Vas a hacerme daño?
—¿Cómo puedes decir eso? No somos los dioses —le susurró, acercándose a su rostro con sus ojos de luz—. Nosotros te adoramos, Agatha. Sólo voy a modificar tus recuerdos de hoy.
Agatha sabía que no tenía ya escapatoria. Aunque se teletransportarse a otra parte del mundo, al estar tocándola, él iría con ella. Y aunque no la estuviera tocando, la localizaría enseguida de todas formas, él o los otros como él. Y reaccionar de otra forma podía empeorar las cosas de una manera inimaginable. Dejó caer los brazos, resignada. Entonces, la criatura, sujetándola de los hombros, la miró muy de cerca fijamente, introduciéndose en su mente.
A los pocos segundos, el anciano volvió a alcanzarlos. Llegó al parque, pero no los consiguió ver a su alrededor. Se guio por los sonidos y el olor, y percibió un rastro enseguida. Corrió entre los arbustos, y los divisó al fin a lo lejos entre unos árboles. Apretó los dientes con rabia al comprender lo que le estaba haciendo.
—¡Agatha!
Corrió hacia ellos. No le iba a dar tiempo. Sin embargo, vio algo que le llamó la atención. Agatha, arrodillada de frente a la criatura de sombras, le hizo una señal: se llevó una mano a la espalda, y comenzó a comunicar algo en lenguaje de signos. El anciano lo pudo descifrar, y se quedó desconcertado por unos segundos, pero no dejó de correr. Para cuando llegó hasta ellos, la criatura ya había terminado, y Agatha cayó dormida sobre la hierba. El viejo se arrodilló enseguida junto a ella, levantándola un poco sobre sus brazos. Sabía que estaba ilesa, pero, aun así, le clavó una mirada furiosa al otro.
—Ahórrame tus quejas —le dijo el ser de sombras—. Dámela. La llevaré a su casa a salvo.
—Y despertará sin recordar lo que quiera que haya descubierto hoy.
—Lo recordará de otra forma.
—Entonces ¿en qué os diferenciáis de los dioses que tanto criticáis si hacéis lo mismo que ellos, manipulando a Agatha en vuestro beneficio?
—¡No es lo mismo! —rugió la criatura con una voz que hizo retumbar el suelo.
Pero el viejo no se achantó, siguió clavándole esa mirada hostil y enfadada. La criatura de sombras procuró no alterarse. De repente, comenzó a menguar, y las sombras se fueron disipando, apareciendo en su lugar un hombre normal y corriente, alto y robusto. Era extremadamente parecido al viejo, solo que con 20 años menos. E incluso teniendo un cuerpo humano detenido en los 50 años, lucía algo más joven. Vestía con un elegante traje típico de la Europa del siglo XIX. Tenía el cabello castaño claro, bien peinado, y un bigote, y los ojos grises.
Se agachó frente al viejo, mirándolo indiferente.
—Si es para nuestro beneficio, es para el suyo también. Esa es la diferencia —le espetó—. Aparta de una vez —lo empujó a un lado, y cargó con Agatha en brazos él mismo.
El viejo se quedó de rodillas sobre la hierba, resignado.
—¿Qué estáis tramando? —le preguntó una última vez.
—Si nos das la espalda, no sé por qué debería de importarte. Tú has elegido esto. Estar aquí, sin nada ni nadie. Limítate a vivir lo que te quede de tu libre vida humana en este paraíso. Eres el único de nosotros al que se le ha permitido más tiempo. Disfruta de tus crucigramas, tus pantuflas, salir a comprar unos dulces melocotones en la frutería y quejarte de dolores de espalda —concluyó el hombre de 50 años con vestimenta antigua, y dio media vuelta, marchándose por la negrura del parque con Agatha en brazos—. Lo has perdido todo menos eso.
El viejo, finalmente, se quedó solo en ese frío parque rodeado de oscuridad y silencio. Se quedó cabizbajo.
Le habría dado la razón a lo último que había dicho… si no fuera por lo que Agatha le había comunicado con esas señas de la mano: “Tokio”, “Él vive allí” y “Tres hijos”.
Sabía a quién se refería. Y era la primera vez en décadas que tenía, por fin, una confirmación. Esto produjo en él un pequeño vértigo en su estómago. Una mezcla de emoción e inquietud y también… una dolorosa añoranza.
No sabía qué estaban tramando, y realmente le habría importado un comino, excepto porque Agatha había venido hasta él en persona para decírselo, advertirle. Eso significaba que debía de tratarse de algo importante, y de algo que a él debería importarle. No le había sorprendido tanto la parte del mensaje que decía que “él” vivía en Tokio, porque era algo que ya se imaginaba, que viviría en alguna parte del mundo. Lo que le había desconcertado, era la noticia de que tenía tres hijos. Eso no lo sabía… y eso lo cambiaba todo. Porque significaba que había tres inocentes que corrían peligro solamente por existir, por nacer con la sangre con la que habían nacido.
No podía permitirlo. Esto ya no era un bicho cruzándose en su “camino”, esto había sido una enorme señal directa y muy clara. Ahora… ¿cómo iba a involucrarse en esa situación sin terminar provocando el triple de problemas?
Había llegado la hora. Él mismo había dudado de que el “camino” lo requiriese algún día. De que de verdad surgiese algo, un motivo real. Un cambio.
Era hora de revelarle a Neuval la verdad.
Fin del 2º LIBRO - Pasado y Presente
PARTE 2: El Descubrimiento
La historia continuará próximamente en:
3º LIBRO
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