Seguidores

2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __









53.
Reclutados de nuevo

Brey sacó sus cascos y se los puso, pero antes de encender la música, vio a su amigo Lenny un poco más allá, en el monumento del patio, que era una rara pieza de arte moderno hecha de bronce. Estaba con la menudita Cho, los hermanastros Ruri y Juugo, y Eliam también. Ruri y Cho estaban entretenidas mirando una revista de moda, mientras que el paliducho de Juugo estaba, como siempre, ahí de pie sin hacer nada ni destacar en nada, pareciendo una estatua más del monumento. Al lado, Eliam estaba conversando con Lenny, el cual, al ver a Brey, le hizo señas con la mano para que viniera.

—Raijin —lo llamó Lenny, con una cara llena de indignación, señalando a Eliam—. Jones dice que se quiere ir a Argentina.

Brey frunció el ceño y miró a Eliam, el cual agachó la mirada.

—¿De vacaciones? —preguntó el rubio.

—No —contestó Lenny antes que nadie, indignándose más—. Nos abandona, Raijin.

—¿Eliam? —saltó Brey, acercándose a él y clavándole la mirada—. Explícame eso tan irracional.

—No es que abandone, Rai —suspiró este amargamente—. Es sólo... que desde hace unos días estoy pensando en regresarme a mi país.

—Este es tu país —repuso, y Lenny asintió firmemente, cruzándose de brazos.

—Heh... —casi rio—. Es cierto que vivo aquí desde hace muchos años, pero sólo porque mi hermano estaba destinado a vivir aquí tras convertirse en iris. Si vine aquí con él en vez de quedarme en Argentina con mi abuela materna es porque... no quería dejarlo solo. Entonces yo creía que debía quedarme con Drasik porque era pequeño, porque mi deber como hermano mayor era cuidarlo. Creía que me necesitaba, dado que la muerte de mis padres le afectó mucho y eso… Sin embargo, acabo de darme cuenta de que nunca me necesitó. Ya los tenía a ustedes, y los sigue teniendo.

—Eliam… —intervino Brey.

—Yo aquí jamás pinté nada, Raijin —prosiguió—. Hace poco que me di cuenta de ello. Yo nunca quise venirme a vivir aquí, nunca quise salir de Argentina. Aquí he sido feliz, sí, pero siempre extrañé mi país. Vine aquí por Drasik, pero en vano. Fui un estúpido.

A partir de ahí se formó un silencio.

—¿Puedo pegarle? —preguntó Cho, dándose con el puño en la palma con gesto hosco.

—¿Qué es lo que ha pasado? —preguntó Brey, acercándose más a Eliam—. ¿Os habéis peleado o qué? ¿Qué te ha dicho ese idiota de Drasik? Se ha vuelto a comportar como un mamón contigo, ¿verdad? Ese descerebrado cada vez tiene más comportamientos que no son propios de él… —caviló con suspicacia para sí mismo, mirando a un lado—. Empieza a preocuparme…

Eliam sonrió y cerró los ojos, negando con la cabeza. Se levantó del bordillo del monumento, indicando que se marchaba.

—Es igual, Raijin, olvidalo. Son cosas mías.

Se fue alejando hacia el aparcamiento mientras se ponía el casco de la moto.

—Lo único que quiero y siempre quise es que a Drasik no le faltase de nada y viviera bien. Lo que no quiero es ser un estorbo en su vida. Además —se detuvo un momento, sin volverse—, cuando él nació, mis padres ya estaban divorciados y vivimos cada uno con uno de nuestros padres. Empezamos viviendo separados, tal vez eso nunca debió haber cambiado.

Cuando se perdió de vista, los cinco amigos cruzaron varias miradas de incomodidad e incomprensión.

—No puede hablar en serio —protestó Ruri, mascando su chicle con el que llevaba dos horas.

—Dejadlo, sólo está deprimido, se le pasará —dijo Lenny—. ¿Va a preferir vivir con su abuela antes que con su hermano?

—La cuestión es quién lo trata mejor —apuntó Brey—. En serio, ese idiota de Drasik lleva comportándose muy raro últimamente. Algo le pasa. Voy a tener que vigilarlo todavía más de cerca.

Los otros cuatro no dijeron nada más, esperando que a Eliam se le pasase el bajón y cambiara de idea. El argentino había sido para ellos un amigo muy querido desde hacía años. Eliam tenía una simpatía natural que atraía a los demás, pero además tenía algo que escaseaba mucho hoy en día, que es saber alejarse de las banalidades comunes y centrar la vida en lo que importaba. Todos los amigos que había tenido, cuando habían tenido alguno de los miles de problemas más típicos en el ámbito social, laboral o familiar, siempre acudían a hablar con él, y él sabía qué decirles, para hacerles darse cuenta de que lo que ellos veían como un problema, en realidad era una tontería, o bien, era solucionable.

Eliam mató a un hombre cuando tenía 6 años. Tuvo que hacerlo. Si no lo hubiese hecho, aquel hombre habría matado a su hermano pequeño. El trágico día en que unos malnacidos vinieron a su casa, asesinaron a sus padres y Drasik, al presenciarlo, se convirtió en iris con 3 años, Eliam hizo lo posible por sobrevivir y proteger a su hermano cuando aquellos tipos fueron a buscarlos a ellos también para darles el mismo fin. Obviamente, aquello lo dejó marcado. Pero, por fortuna, no en el mal sentido. Eliam no se convirtió en iris porque no vio con sus ojos la muerte de sus padres, pero Alvion igualmente tuvo que darle un tratamiento, una ayuda, para evitar que un acto así trastornara a un inocente niño de 6 años. Y fue muy efectivo.

Desde entonces, Eliam sabía cómo ver la vida. Sabía cómo interpretar los errores que él u otras personas podían cometer, tanto si eran errores tontos, errores con malicia, o errores inevitables por culpa de una situación estresante. De ahí, sabía a qué errores darles importancia y a cuáles no, algo que la inmensa mayoría de la gente no sabía hacer. Su paciencia, ante todos los problemas que la vida u otras personas pudieran presentarle, era inquebrantable. Y esa fortaleza era la que muchas personas buscaban en él.

—¡Nooo! —gritó Ruri de repente, dándoles un susto a todos.

La joven, con su peinado estrafalario típico de los años 80 con un pañuelo de colores atado a la cabeza, estaba contando monedas en su mano y se le había caído una de 500 yenes, que se fue rodando más allá del monumento, hacia la pequeña carretera del patio, yendo a parar bajo un coche aparcado junto a la acera.

—¡Mis pobres ingresos para poder comprarme más chicles! ¡Aah! ¡Sujétame esto! —le estampó a Brey en el pecho la revista de moda que estaba leyendo antes con Cho, quizá con demasiada fuerza.

Brey reprimió un gemido de dolor. Ruri se fue corriendo hasta aquel coche, se agachó frente a uno de sus lados y con una mano lo fue levantando para llegar hasta la monedita.

—¡Ruri! ¿¡Pero qué haces!? —se escandalizó su medio hermano, mirando con apuro los alrededores—. ¿¡Quieres que te vean!?

—¡Calla, muermo, sabes que necesito mis chicles para no volver a fumar! ¡Te recuerdo que dejé el tabaco porque tú me lo rogaste!

—¡Que tú te preocupes por tu propia salud también debería ser tu principal motivo!

—¡No te oigo darle la brasa a Brey también!

—¡Brey es un iris, no le afecta!

Mientras esos dos seguían discutiendo a distancia, uno desde el monumento y la otra allá en la acera levantando un coche por un lateral, Brey, Lenny y Cho procuraron no decir ni una sola palabra, incluso evitaron hacer movimientos bruscos. Cuando esos dos se ponían a discutir, era mejor no intervenir ni distraerlos, porque si alguien lo hacía, ese alguien acababa siendo atrapado en la discusión sin poder salir.

Sin embargo, de la nada comenzaron a notar una subida de la temperatura a su alrededor. Hacía un buen día, pero seguían en invierno, eso era raro.

—Qué calor hace de repente… —se sorprendió Cho, abanicándose con la mano.

Cuando se dieron cuenta, todos se dieron la vuelta y se encontraron con Lao ahí de pie junto a ellos tan pancho, con su elegante traje de trabajo y su abrigo de tela gris, y las manos en los bolsillos. Su presencia ahí les chocó un poco, así que nadie dijo nada, se quedaron en suspense, sobre todo porque el viejo tenía una cara demasiado seria.

—Hola, Lenny, Cho, hermanastros.

—¡El…! —lloró Cho.

—¡El padre del jefe...! —lloró Lenny.

—¡Jefeee...! —lloraron y se abrazaron con emoción, Ruri incluida, que abandonó la moneda y vino corriendo—. Padre del jefeee...

—¿Qué hay? —les preguntó Lao.

—Pues aquí —contestaron.

—Mm. ¿Os interesa volver a trabajar para la KRS?

—Ya estaba usted tardando.

—Pues hala —concluyó Lao, dando media vuelta para marcharse.

—¿Qué? ¿Eso es todo? —brincó Lenny—. ¡Vamos, señor Lao, no sea así! Después de tanto tiempo…

—Hahh… Sí, disculpadme —suspiró el viejo, pellizcándose el entrecejo—. Esta semana está siendo muy larga y agotadora, han sucedido más cosas en siete días que en los últimos siete años.

—¡Ya le dijimos a Raijin lo felices que nos hacía oír que Fuujin ha vuelto a la Asociación! —celebró Cho.

—Y eso fue hace ya semana y media, ¿cuánto más pensaba tardar en volver a reclutarnos? —reprochó Lenny, pero sonriendo—. ¿Ha estado ocupado los últimos días reclutando a otros almaati, quizá?

—¡Hah! Chico, sabes bien que vosotros cuatro ibais a ser los primeros almaati de la lista —sonrió Lao—. Es un placer y un alivio volver a contar con vuestro servicio.

—Recuerde que dejamos la KRS porque Fuujin nos insistió mucho, diciendo que no quería que más humanos corrieran peligro por las amenazas desconocidas que acechaban a su familia en aquel entonces. No porque quisiéramos —le dijo Cho.

—¿Dudaba usted que fuéramos a negarnos a volver? —dijo Juugo.

—Claro que no, os conozco bien —agradeció Lao, dándoles unas palmadas en el hombro, y miró a Brey—. ¿Qué tal van las cosas por casa, Brey? Espero que estés cuidando bien de mi nieta.

El rubio volvió a confundir otra vez las palabras de Lao, porque por un instante pensó que se refería a Mei Ling, y por eso se quedó un poco cohibido y ligeramente sonrojado. Pero luego cayó en la cuenta de que se refería a Cleven, lo que sería más lógico.

—Ah… Claro que cuido bien de ella. Le proporciono alimento nutritivo y saludable, atiendo sus necesidades médicas y emocionales, le impongo cierta disciplina para mantener una convivencia sana en cuanto a horarios y tareas domésticas compartidas, la ayudo a veces con sus estudios…

—Pero lo más importante de todo… —le interrumpió el viejo, posándole una mano en el hombro y mirándolo fijamente con sus intensos ojos negros—. No la matarás de aburrimiento, ¿verdad?

Lenny y los otros se rieron, y Brey puso una mueca molesta.

—¡Ahahah! Es broma, es broma… —se rio Lao, dándole palmaditas—. Eres tan serio y metódico como tu padre, chaval. Sé que sabes cuidar de una humana a la perfección porque ya tienes cinco años de experiencia con otros dos chiquititos, pero quiero saber si Cleven está teniendo una vida divertida y feliz. Ya sabes. Si vuelve a tener motivos para sonreír cada día.

Brey entendió lo que quería decir.

—Hm… —gruñó, mirando a un lado—. Puedes estar tranquilo, la pelmaza de tu nieta se pasa los días carcajeando por cosas estúpidas, sonriendo como una boba hacia las esquinas del techo, haciéndome burla y aliándose con mis hijos para hacerme la vida imposible.

—Hm… —sonrió Lao, con una mirada más cálida—. Parece que era cierto. Ella necesitaba cambiar de vida tras siete años viviendo en una nube gris de luto y monotonía. La Cleven que me describes es lo más parecido a la Cleven feliz del pasado. Así que es feliz contigo. Y tú con ella. La muerte de Katya os afectó de la misma forma a los dos. Celebro que estar ahora viviendo juntos os haya devuelto algo de luz a vuestras vidas.

Brey no dijo nada, pero le sorprendía ver que Lao, en sus palabras, estaba expresando lo orgulloso que estaba de él y agradecido por haber hecho posible que Cleven volviera a ser feliz.

—Tus padres estarían orgullosos, tanto de ti como de ella —añadió el viejo.

—Lao… esto es raro —lo frenó Brey, sintiéndose algo incómodo y vergonzoso por sus halagos, sentimientos que podía generar por sí mismo de forma natural cuando se trataba de temas que hablaban de los únicos seres queridos que le hacían sentir como un humano, sus padres, sus hermanos, sus hijos y Cleven—. ¿Por qué de repente te pones tan sentimental? ¿Ha ocurrido algo? —preguntó preocupado.

Lao se sorprendió un poco, pero lo disimuló enseguida. Era cierto. Estaba siendo algo descuidado, poniéndose ahora hablar de estas cosas. Y es que no había podido evitarlo. Hace unas horas había estado conversando con Hana sobre los iris, el majin, las energías Yin y Yang… Y el tema de Izan había salido a la luz antes, con Neuval. Lao no lo había hecho ver, pero estaba preocupado por el grave y serio asunto de Izan. Desde que Neuval le contó hace unos días que el propio Kyo había sido atacado por él… A Lao le consternaba, y le afligía, saber que, después de todo, después de siete años, Izan había sucumbido. Y se preguntaba si Hideki y Emiliya, sus viejos y mejores amigos de toda una vida, allá en la Dimensión Yang, se habrían enterado de algún modo de esta triste noticia.

Pero por eso, no había podido evitar fijarse ahora en Brey. El hijo menor de sus viejos amigos había acabado, pese a todas las desgracias, convirtiéndose en lo contrario a Izan, en un iris admirable que cuidaba de todos como un buen Guardián. Y como un buen padre. Y un buen tío. Mirar a Brey era como mirar, casi literalmente, una luz esperanzadora para una familia que había sufrido demasiado.

Lao pensó que Brey no estaba preparado para escuchar sobre lo de Izan. No quería preocuparlo, no ahora.

—¿Es que no puedo elogiar a mi Guardián de vez en cuando por su buen trabajo? —replicó Lao entonces, poniendo un tono de burla—. ¡Jajaja…! ¿Ves lo que te decía, muchacho? Serio, eres muy serio, jajaja… —se rio escandalosamente mientras le daba más fuertes palmadas en el hombro.

—Ay… —sufrió Brey, pues el viejo no calculaba su inmensa fuerza.

—Pero bueno, pese a todo eres un buen chic-…

De pronto Lao se quedó mudo y no terminó la frase. Acababa de fijarse en lo que Brey sujetaba contra su pecho. Era la revista de moda que Ruri antes le había dado cuando fue a buscar su moneda. Brey frunció el ceño, confuso, preguntándose por qué el viejo se había quedado tan quieto y con esos ojos negros estáticos que no parpadeaban apuntando a esa revista.

Resultaba ser una revista de lencería femenina elegante, bastante popular en Japón por los preciosos conjuntos y piezas que mostraban, pero, sobre todo, por sus bellísimas modelos. Y es que en la portada de esta revista había dos mujeres, una mostrando un sencillo y cómodo conjunto de dos piezas típico para el día a día, y otra mostrando un precioso conjunto de encaje de varias piezas. La modelo que llevaba este último era tan hermosa que todos los hombres y todas las mujeres homosexuales de Japón soñaban con ella desde que empezó a salir en esta revista.

Cuando Brey vio que a Lao se le estaba hinchando una vena que iba desde su frente hasta su cuello, que las puntas de su cabello blanco se estaban prendiendo de fuego y que su cara se estaba poniendo roja de furia, al chico se le ocurrió comprobar la portada de esa revista que sujetaba, encontrándose con el bello rostro de Mei Ling posando grácilmente con ese conjunto.

Ahí, la cara de Brey se coloreó entera de rojo, hasta las orejas. Una imagen así de Mei Ling, sin previo aviso, era letalmente… efectiva. Cuando volvió a mirar a Lao, temió por su vida, comprendiendo perfectamente la situación.

—¿Qué haces con eso? —gruñó Lao, empezando a levantar las manos con los dedos arqueados y a echar fuego por los ojos.

—¡No…! ¡Esto…! ¡No es mía, no es mía! —Brey se cagó de miedo, sujetando la revista con dos deditos y separándola de él como si fuera un adolescente al que la policía había pillado con una lata de cerveza.

—¿Sueles comprarte esa revista cada mes? —siguió interrogando Lao, con ese semblante de loco temible, acercándose lentamente—. ¿Cuántas tienes ya? ¿Las coleccionas? Dudo que a ti te interese comprarte ropa interior femenina. ¿Es porque a veces sale Mei Ling posando? ¿Fantaseas con ella? Dime qué haces con estas revistas, desgraciado…

—¡Que no es mía! —lloró Brey.

—¡Jajaja! ¡Por una vez esa excusa es cierta, señor Lao! —se rio Ruri, yendo a recuperar su revista de las manos de un tembloroso Brey—. La revista es mía, estábamos Cho y yo mirando conjuntos sexis.

Las llamas de fuego que brotaban de algunas partes del cuerpo de Lao se apagaron por fin y el viejo se calmó un poco, pero no dejaba de clavarle una mirada inquisitiva al rubio, que se había quedado ahí tieso como una estatua y seguía con la cara roja.

—Pero no se les puede culpar, señor Lao, hasta yo me quedo deslumbrada con la belleza de Mei, yo que soy hetero —comentó Ruri despreocupadamente, y miró a Lenny y a Juugo, mostrándoles la portada de la revista—. ¿A que sí, chicos?

Lenny y Juugo pegaron un brinco del susto cuando el viejo Lao dirigió su mirada asesina ahora hacia ellos dos.

—¿Qué? ¿Qué revista? ¿De qué me hablas? —preguntó Lenny, mirando hacia el cielo.

—¿Mei Ling? ¿Qué es eso? —dijo Juugo, nervioso, mirando hacia el otro lado del campus.

—Ruri —la llamó Lao con una voz tan severa que los tres chicos presentes dieron un bote—. Aleja esa revista de la vista de todos los hombres.

—A la orden —hizo el saludo del soldado, golpeando su frente con la revista enrollada.

—Y que esto sea una advertencia, Brey —le apuntó con un dedo—. Cuida de mi nieta, y mantén tus manos alejadas de mi otra nieta.

—¿Por qué iría yo a acercar mis manos…?

—O arderás en el infierno —concluyó Lao de forma tan sombría que los chicos casi pudieron vislumbrar el aura de fuego que lo rodeaba.

Brey se quedó mudo y ya no se atrevió a moverse, ni a parpadear. Lo mismo con Juugo y Lenny, que estaban sudando y sufriendo en silencio, porque ellos tenían alguna que otra revista en donde aparecía Mei Ling.

—Bueeeno, chavales, un placer —sonrió Lao de repente, adoptando una actitud completamente diferente—. Estoy ansioso por volver a trabajar juntos. Hasta la vista —se despidió y se marchó de allí.

—¡Genial! Ya tenía ganas de volver a tener un poco de acción —celebró Ruri felizmente.

—Me vendrá de lujo volver a ganar algo de pasta con la Asociación —celebró Cho también—. Quiero comprarme unos nuevos puños americanos con los que zurrar a criminales.

Lenny, Juugo y Brey seguían recuperando el aliento.









53.
Reclutados de nuevo

Brey sacó sus cascos y se los puso, pero antes de encender la música, vio a su amigo Lenny un poco más allá, en el monumento del patio, que era una rara pieza de arte moderno hecha de bronce. Estaba con la menudita Cho, los hermanastros Ruri y Juugo, y Eliam también. Ruri y Cho estaban entretenidas mirando una revista de moda, mientras que el paliducho de Juugo estaba, como siempre, ahí de pie sin hacer nada ni destacar en nada, pareciendo una estatua más del monumento. Al lado, Eliam estaba conversando con Lenny, el cual, al ver a Brey, le hizo señas con la mano para que viniera.

—Raijin —lo llamó Lenny, con una cara llena de indignación, señalando a Eliam—. Jones dice que se quiere ir a Argentina.

Brey frunció el ceño y miró a Eliam, el cual agachó la mirada.

—¿De vacaciones? —preguntó el rubio.

—No —contestó Lenny antes que nadie, indignándose más—. Nos abandona, Raijin.

—¿Eliam? —saltó Brey, acercándose a él y clavándole la mirada—. Explícame eso tan irracional.

—No es que abandone, Rai —suspiró este amargamente—. Es sólo... que desde hace unos días estoy pensando en regresarme a mi país.

—Este es tu país —repuso, y Lenny asintió firmemente, cruzándose de brazos.

—Heh... —casi rio—. Es cierto que vivo aquí desde hace muchos años, pero sólo porque mi hermano estaba destinado a vivir aquí tras convertirse en iris. Si vine aquí con él en vez de quedarme en Argentina con mi abuela materna es porque... no quería dejarlo solo. Entonces yo creía que debía quedarme con Drasik porque era pequeño, porque mi deber como hermano mayor era cuidarlo. Creía que me necesitaba, dado que la muerte de mis padres le afectó mucho y eso… Sin embargo, acabo de darme cuenta de que nunca me necesitó. Ya los tenía a ustedes, y los sigue teniendo.

—Eliam… —intervino Brey.

—Yo aquí jamás pinté nada, Raijin —prosiguió—. Hace poco que me di cuenta de ello. Yo nunca quise venirme a vivir aquí, nunca quise salir de Argentina. Aquí he sido feliz, sí, pero siempre extrañé mi país. Vine aquí por Drasik, pero en vano. Fui un estúpido.

A partir de ahí se formó un silencio.

—¿Puedo pegarle? —preguntó Cho, dándose con el puño en la palma con gesto hosco.

—¿Qué es lo que ha pasado? —preguntó Brey, acercándose más a Eliam—. ¿Os habéis peleado o qué? ¿Qué te ha dicho ese idiota de Drasik? Se ha vuelto a comportar como un mamón contigo, ¿verdad? Ese descerebrado cada vez tiene más comportamientos que no son propios de él… —caviló con suspicacia para sí mismo, mirando a un lado—. Empieza a preocuparme…

Eliam sonrió y cerró los ojos, negando con la cabeza. Se levantó del bordillo del monumento, indicando que se marchaba.

—Es igual, Raijin, olvidalo. Son cosas mías.

Se fue alejando hacia el aparcamiento mientras se ponía el casco de la moto.

—Lo único que quiero y siempre quise es que a Drasik no le faltase de nada y viviera bien. Lo que no quiero es ser un estorbo en su vida. Además —se detuvo un momento, sin volverse—, cuando él nació, mis padres ya estaban divorciados y vivimos cada uno con uno de nuestros padres. Empezamos viviendo separados, tal vez eso nunca debió haber cambiado.

Cuando se perdió de vista, los cinco amigos cruzaron varias miradas de incomodidad e incomprensión.

—No puede hablar en serio —protestó Ruri, mascando su chicle con el que llevaba dos horas.

—Dejadlo, sólo está deprimido, se le pasará —dijo Lenny—. ¿Va a preferir vivir con su abuela antes que con su hermano?

—La cuestión es quién lo trata mejor —apuntó Brey—. En serio, ese idiota de Drasik lleva comportándose muy raro últimamente. Algo le pasa. Voy a tener que vigilarlo todavía más de cerca.

Los otros cuatro no dijeron nada más, esperando que a Eliam se le pasase el bajón y cambiara de idea. El argentino había sido para ellos un amigo muy querido desde hacía años. Eliam tenía una simpatía natural que atraía a los demás, pero además tenía algo que escaseaba mucho hoy en día, que es saber alejarse de las banalidades comunes y centrar la vida en lo que importaba. Todos los amigos que había tenido, cuando habían tenido alguno de los miles de problemas más típicos en el ámbito social, laboral o familiar, siempre acudían a hablar con él, y él sabía qué decirles, para hacerles darse cuenta de que lo que ellos veían como un problema, en realidad era una tontería, o bien, era solucionable.

Eliam mató a un hombre cuando tenía 6 años. Tuvo que hacerlo. Si no lo hubiese hecho, aquel hombre habría matado a su hermano pequeño. El trágico día en que unos malnacidos vinieron a su casa, asesinaron a sus padres y Drasik, al presenciarlo, se convirtió en iris con 3 años, Eliam hizo lo posible por sobrevivir y proteger a su hermano cuando aquellos tipos fueron a buscarlos a ellos también para darles el mismo fin. Obviamente, aquello lo dejó marcado. Pero, por fortuna, no en el mal sentido. Eliam no se convirtió en iris porque no vio con sus ojos la muerte de sus padres, pero Alvion igualmente tuvo que darle un tratamiento, una ayuda, para evitar que un acto así trastornara a un inocente niño de 6 años. Y fue muy efectivo.

Desde entonces, Eliam sabía cómo ver la vida. Sabía cómo interpretar los errores que él u otras personas podían cometer, tanto si eran errores tontos, errores con malicia, o errores inevitables por culpa de una situación estresante. De ahí, sabía a qué errores darles importancia y a cuáles no, algo que la inmensa mayoría de la gente no sabía hacer. Su paciencia, ante todos los problemas que la vida u otras personas pudieran presentarle, era inquebrantable. Y esa fortaleza era la que muchas personas buscaban en él.

—¡Nooo! —gritó Ruri de repente, dándoles un susto a todos.

La joven, con su peinado estrafalario típico de los años 80 con un pañuelo de colores atado a la cabeza, estaba contando monedas en su mano y se le había caído una de 500 yenes, que se fue rodando más allá del monumento, hacia la pequeña carretera del patio, yendo a parar bajo un coche aparcado junto a la acera.

—¡Mis pobres ingresos para poder comprarme más chicles! ¡Aah! ¡Sujétame esto! —le estampó a Brey en el pecho la revista de moda que estaba leyendo antes con Cho, quizá con demasiada fuerza.

Brey reprimió un gemido de dolor. Ruri se fue corriendo hasta aquel coche, se agachó frente a uno de sus lados y con una mano lo fue levantando para llegar hasta la monedita.

—¡Ruri! ¿¡Pero qué haces!? —se escandalizó su medio hermano, mirando con apuro los alrededores—. ¿¡Quieres que te vean!?

—¡Calla, muermo, sabes que necesito mis chicles para no volver a fumar! ¡Te recuerdo que dejé el tabaco porque tú me lo rogaste!

—¡Que tú te preocupes por tu propia salud también debería ser tu principal motivo!

—¡No te oigo darle la brasa a Brey también!

—¡Brey es un iris, no le afecta!

Mientras esos dos seguían discutiendo a distancia, uno desde el monumento y la otra allá en la acera levantando un coche por un lateral, Brey, Lenny y Cho procuraron no decir ni una sola palabra, incluso evitaron hacer movimientos bruscos. Cuando esos dos se ponían a discutir, era mejor no intervenir ni distraerlos, porque si alguien lo hacía, ese alguien acababa siendo atrapado en la discusión sin poder salir.

Sin embargo, de la nada comenzaron a notar una subida de la temperatura a su alrededor. Hacía un buen día, pero seguían en invierno, eso era raro.

—Qué calor hace de repente… —se sorprendió Cho, abanicándose con la mano.

Cuando se dieron cuenta, todos se dieron la vuelta y se encontraron con Lao ahí de pie junto a ellos tan pancho, con su elegante traje de trabajo y su abrigo de tela gris, y las manos en los bolsillos. Su presencia ahí les chocó un poco, así que nadie dijo nada, se quedaron en suspense, sobre todo porque el viejo tenía una cara demasiado seria.

—Hola, Lenny, Cho, hermanastros.

—¡El…! —lloró Cho.

—¡El padre del jefe...! —lloró Lenny.

—¡Jefeee...! —lloraron y se abrazaron con emoción, Ruri incluida, que abandonó la moneda y vino corriendo—. Padre del jefeee...

—¿Qué hay? —les preguntó Lao.

—Pues aquí —contestaron.

—Mm. ¿Os interesa volver a trabajar para la KRS?

—Ya estaba usted tardando.

—Pues hala —concluyó Lao, dando media vuelta para marcharse.

—¿Qué? ¿Eso es todo? —brincó Lenny—. ¡Vamos, señor Lao, no sea así! Después de tanto tiempo…

—Hahh… Sí, disculpadme —suspiró el viejo, pellizcándose el entrecejo—. Esta semana está siendo muy larga y agotadora, han sucedido más cosas en siete días que en los últimos siete años.

—¡Ya le dijimos a Raijin lo felices que nos hacía oír que Fuujin ha vuelto a la Asociación! —celebró Cho.

—Y eso fue hace ya semana y media, ¿cuánto más pensaba tardar en volver a reclutarnos? —reprochó Lenny, pero sonriendo—. ¿Ha estado ocupado los últimos días reclutando a otros almaati, quizá?

—¡Hah! Chico, sabes bien que vosotros cuatro ibais a ser los primeros almaati de la lista —sonrió Lao—. Es un placer y un alivio volver a contar con vuestro servicio.

—Recuerde que dejamos la KRS porque Fuujin nos insistió mucho, diciendo que no quería que más humanos corrieran peligro por las amenazas desconocidas que acechaban a su familia en aquel entonces. No porque quisiéramos —le dijo Cho.

—¿Dudaba usted que fuéramos a negarnos a volver? —dijo Juugo.

—Claro que no, os conozco bien —agradeció Lao, dándoles unas palmadas en el hombro, y miró a Brey—. ¿Qué tal van las cosas por casa, Brey? Espero que estés cuidando bien de mi nieta.

El rubio volvió a confundir otra vez las palabras de Lao, porque por un instante pensó que se refería a Mei Ling, y por eso se quedó un poco cohibido y ligeramente sonrojado. Pero luego cayó en la cuenta de que se refería a Cleven, lo que sería más lógico.

—Ah… Claro que cuido bien de ella. Le proporciono alimento nutritivo y saludable, atiendo sus necesidades médicas y emocionales, le impongo cierta disciplina para mantener una convivencia sana en cuanto a horarios y tareas domésticas compartidas, la ayudo a veces con sus estudios…

—Pero lo más importante de todo… —le interrumpió el viejo, posándole una mano en el hombro y mirándolo fijamente con sus intensos ojos negros—. No la matarás de aburrimiento, ¿verdad?

Lenny y los otros se rieron, y Brey puso una mueca molesta.

—¡Ahahah! Es broma, es broma… —se rio Lao, dándole palmaditas—. Eres tan serio y metódico como tu padre, chaval. Sé que sabes cuidar de una humana a la perfección porque ya tienes cinco años de experiencia con otros dos chiquititos, pero quiero saber si Cleven está teniendo una vida divertida y feliz. Ya sabes. Si vuelve a tener motivos para sonreír cada día.

Brey entendió lo que quería decir.

—Hm… —gruñó, mirando a un lado—. Puedes estar tranquilo, la pelmaza de tu nieta se pasa los días carcajeando por cosas estúpidas, sonriendo como una boba hacia las esquinas del techo, haciéndome burla y aliándose con mis hijos para hacerme la vida imposible.

—Hm… —sonrió Lao, con una mirada más cálida—. Parece que era cierto. Ella necesitaba cambiar de vida tras siete años viviendo en una nube gris de luto y monotonía. La Cleven que me describes es lo más parecido a la Cleven feliz del pasado. Así que es feliz contigo. Y tú con ella. La muerte de Katya os afectó de la misma forma a los dos. Celebro que estar ahora viviendo juntos os haya devuelto algo de luz a vuestras vidas.

Brey no dijo nada, pero le sorprendía ver que Lao, en sus palabras, estaba expresando lo orgulloso que estaba de él y agradecido por haber hecho posible que Cleven volviera a ser feliz.

—Tus padres estarían orgullosos, tanto de ti como de ella —añadió el viejo.

—Lao… esto es raro —lo frenó Brey, sintiéndose algo incómodo y vergonzoso por sus halagos, sentimientos que podía generar por sí mismo de forma natural cuando se trataba de temas que hablaban de los únicos seres queridos que le hacían sentir como un humano, sus padres, sus hermanos, sus hijos y Cleven—. ¿Por qué de repente te pones tan sentimental? ¿Ha ocurrido algo? —preguntó preocupado.

Lao se sorprendió un poco, pero lo disimuló enseguida. Era cierto. Estaba siendo algo descuidado, poniéndose ahora hablar de estas cosas. Y es que no había podido evitarlo. Hace unas horas había estado conversando con Hana sobre los iris, el majin, las energías Yin y Yang… Y el tema de Izan había salido a la luz antes, con Neuval. Lao no lo había hecho ver, pero estaba preocupado por el grave y serio asunto de Izan. Desde que Neuval le contó hace unos días que el propio Kyo había sido atacado por él… A Lao le consternaba, y le afligía, saber que, después de todo, después de siete años, Izan había sucumbido. Y se preguntaba si Hideki y Emiliya, sus viejos y mejores amigos de toda una vida, allá en la Dimensión Yang, se habrían enterado de algún modo de esta triste noticia.

Pero por eso, no había podido evitar fijarse ahora en Brey. El hijo menor de sus viejos amigos había acabado, pese a todas las desgracias, convirtiéndose en lo contrario a Izan, en un iris admirable que cuidaba de todos como un buen Guardián. Y como un buen padre. Y un buen tío. Mirar a Brey era como mirar, casi literalmente, una luz esperanzadora para una familia que había sufrido demasiado.

Lao pensó que Brey no estaba preparado para escuchar sobre lo de Izan. No quería preocuparlo, no ahora.

—¿Es que no puedo elogiar a mi Guardián de vez en cuando por su buen trabajo? —replicó Lao entonces, poniendo un tono de burla—. ¡Jajaja…! ¿Ves lo que te decía, muchacho? Serio, eres muy serio, jajaja… —se rio escandalosamente mientras le daba más fuertes palmadas en el hombro.

—Ay… —sufrió Brey, pues el viejo no calculaba su inmensa fuerza.

—Pero bueno, pese a todo eres un buen chic-…

De pronto Lao se quedó mudo y no terminó la frase. Acababa de fijarse en lo que Brey sujetaba contra su pecho. Era la revista de moda que Ruri antes le había dado cuando fue a buscar su moneda. Brey frunció el ceño, confuso, preguntándose por qué el viejo se había quedado tan quieto y con esos ojos negros estáticos que no parpadeaban apuntando a esa revista.

Resultaba ser una revista de lencería femenina elegante, bastante popular en Japón por los preciosos conjuntos y piezas que mostraban, pero, sobre todo, por sus bellísimas modelos. Y es que en la portada de esta revista había dos mujeres, una mostrando un sencillo y cómodo conjunto de dos piezas típico para el día a día, y otra mostrando un precioso conjunto de encaje de varias piezas. La modelo que llevaba este último era tan hermosa que todos los hombres y todas las mujeres homosexuales de Japón soñaban con ella desde que empezó a salir en esta revista.

Cuando Brey vio que a Lao se le estaba hinchando una vena que iba desde su frente hasta su cuello, que las puntas de su cabello blanco se estaban prendiendo de fuego y que su cara se estaba poniendo roja de furia, al chico se le ocurrió comprobar la portada de esa revista que sujetaba, encontrándose con el bello rostro de Mei Ling posando grácilmente con ese conjunto.

Ahí, la cara de Brey se coloreó entera de rojo, hasta las orejas. Una imagen así de Mei Ling, sin previo aviso, era letalmente… efectiva. Cuando volvió a mirar a Lao, temió por su vida, comprendiendo perfectamente la situación.

—¿Qué haces con eso? —gruñó Lao, empezando a levantar las manos con los dedos arqueados y a echar fuego por los ojos.

—¡No…! ¡Esto…! ¡No es mía, no es mía! —Brey se cagó de miedo, sujetando la revista con dos deditos y separándola de él como si fuera un adolescente al que la policía había pillado con una lata de cerveza.

—¿Sueles comprarte esa revista cada mes? —siguió interrogando Lao, con ese semblante de loco temible, acercándose lentamente—. ¿Cuántas tienes ya? ¿Las coleccionas? Dudo que a ti te interese comprarte ropa interior femenina. ¿Es porque a veces sale Mei Ling posando? ¿Fantaseas con ella? Dime qué haces con estas revistas, desgraciado…

—¡Que no es mía! —lloró Brey.

—¡Jajaja! ¡Por una vez esa excusa es cierta, señor Lao! —se rio Ruri, yendo a recuperar su revista de las manos de un tembloroso Brey—. La revista es mía, estábamos Cho y yo mirando conjuntos sexis.

Las llamas de fuego que brotaban de algunas partes del cuerpo de Lao se apagaron por fin y el viejo se calmó un poco, pero no dejaba de clavarle una mirada inquisitiva al rubio, que se había quedado ahí tieso como una estatua y seguía con la cara roja.

—Pero no se les puede culpar, señor Lao, hasta yo me quedo deslumbrada con la belleza de Mei, yo que soy hetero —comentó Ruri despreocupadamente, y miró a Lenny y a Juugo, mostrándoles la portada de la revista—. ¿A que sí, chicos?

Lenny y Juugo pegaron un brinco del susto cuando el viejo Lao dirigió su mirada asesina ahora hacia ellos dos.

—¿Qué? ¿Qué revista? ¿De qué me hablas? —preguntó Lenny, mirando hacia el cielo.

—¿Mei Ling? ¿Qué es eso? —dijo Juugo, nervioso, mirando hacia el otro lado del campus.

—Ruri —la llamó Lao con una voz tan severa que los tres chicos presentes dieron un bote—. Aleja esa revista de la vista de todos los hombres.

—A la orden —hizo el saludo del soldado, golpeando su frente con la revista enrollada.

—Y que esto sea una advertencia, Brey —le apuntó con un dedo—. Cuida de mi nieta, y mantén tus manos alejadas de mi otra nieta.

—¿Por qué iría yo a acercar mis manos…?

—O arderás en el infierno —concluyó Lao de forma tan sombría que los chicos casi pudieron vislumbrar el aura de fuego que lo rodeaba.

Brey se quedó mudo y ya no se atrevió a moverse, ni a parpadear. Lo mismo con Juugo y Lenny, que estaban sudando y sufriendo en silencio, porque ellos tenían alguna que otra revista en donde aparecía Mei Ling.

—Bueeeno, chavales, un placer —sonrió Lao de repente, adoptando una actitud completamente diferente—. Estoy ansioso por volver a trabajar juntos. Hasta la vista —se despidió y se marchó de allí.

—¡Genial! Ya tenía ganas de volver a tener un poco de acción —celebró Ruri felizmente.

—Me vendrá de lujo volver a ganar algo de pasta con la Asociación —celebró Cho también—. Quiero comprarme unos nuevos puños americanos con los que zurrar a criminales.

Lenny, Juugo y Brey seguían recuperando el aliento.





Comentarios