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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __









75.
Una mala sensación

Apenas eran las dos de la mañana cuando Brey comenzó a ser arrancado de los brazos de Morfeo, a ser despojado del Nirvana, a ser llevado lejos del reparador sueño que tanto necesitaba… por culpa de una vocecita familiar que no paraba de llamarlo y de zarandear su brazo.

—Papá… papá…

Brey abrió los párpados como si le pesase un kilo cada uno y respiró hondo, despertando sin remedio. Brey siempre solía dormir con una tenue luz encendida en su habitación, por eso vio sin problema a Daisuke ahí al borde su cama con cara disgustada. Cualquier persona desconocedora de la Asociación podría preguntarle con burla si es que le daba miedo dormir a oscuras. Y la respuesta era sí.

Nada de lo que avergonzarse. Esto les pasaba a todos los iris Den, e incluso a los Ka, por obvias razones. Más que miedo, estar en plena oscuridad les provocaba estrés, nervios y una sensación similar a la asfixia, porque la esencia de sus elementos era la luz, y la oscuridad era lo contrario a sus entornos predilectos. Los Ka tenían, además, la desventaja de sentirse así también en entornos muy fríos o con muy poco oxígeno. Por el contrario, ni el frío ni el vacío eran debilitadores para los Den, porque la electricidad y la energía electromagnética podían existir en ellos sin problema, si bien no podía manifestarse como un rayo en el vacío, sólo como partículas de carga eléctrica.

—¿Qué pasa ahora, korol’ dramy? —dijo dando un suspiro perezoso y lleno de paciencia, frotándose los ojos—. Cuéntame tu nuevo drama.

Daisuke no dijo nada. Solamente empezó a sollozar con enormes ojos avergonzados, agarrándose al borde del colchón bajo su barbilla.

—Ya… —bostezó Brey, comprendiendo al instante.

—Es que no me he dado cuenta… Es que… —siguió lloriqueando y moqueando—. Perdón… —hundió la cara entre sus manos sobre el colchón.

Brey terminó de desperezarse y se levantó de la cama.

—Anda, ven aquí, meón —lo cargó en brazos y lo llevó a su cuarto de baño para quitarle el pantalón de pijama mojado y lavarle en la bañera—. Esa tela impermeable que compré para tu cama es la mejor inversión que he hecho.

Para él era una nimiedad porque había pasado cientos de veces, pero Daisuke se puso a llorar más fuerte mientras su padre lo colocaba dentro de la bañera, tapándose los ojos.

—¡Dai! ¿Te duele algo?

—Por favor, no se lo digas a la asistente social… No se lo cuentes a los niños de mi cole… Ni a los abuelos…

Brey comprendió que esta vez Daisuke se sentía más avergonzado que nunca. Ahora que había empezado el colegio, tenía ese miedo natural de recibir burlas por este tipo de cosas.

—No pienso decírselo a nadie —lo tranquilizó Brey mientras le lavaba con agua tibia—. No es asunto de los demás, Daisuke, estas cosas son personales, privadas.

—¿No estás enfadado?

—Pues claro que no, bobo. Oye, tranquilízate —le cogió las manos para apartarlas de sus ojos enrojecidos, y lo miró con una sonrisa serena—. ¿Te crees que esto te pasa sólo a ti? No te avergüences, Daisuke, mojar la cama es algo muy normal en los mocosos de tu edad. A Clover también le ha pasado.

—Sí, pero mucho menos que a mí…

—A unos niños les pasa más y a otros menos. Te aseguro que a la mayoría de mocosos de tu clase también les pasa.

—¿Sí? —se sorprendió—. Pero siempre me dices que tengo que aprender a dejar de hacerlo.

—Sí, pero eso te lo digo para que tu mente vaya tomando conciencia —le explicó, señalándose la cabeza—. Te lo digo para que se te vaya quedando dentro y vayas entrenando la atención. Cuando duerme, tu cerebro desconecta del cuerpo, pero se puede acostumbrar a no desconectar del todo, de modo que cuando sienta ganas de mear, tu cerebro se puede despertar a tiempo y así puedes ir al baño.

—Pero ¿cómo hago para entrenarlo?

—Nada, solamente tienes que pensarlo a fondo. Dile a tu cerebro cada noche: “oye, despiértate enseguida nada más notar ganas de mear”. Hay niños que tardan más años que otros en entrenar esto.

—¿Y si yo tardo mucho?

Brey lo sacó de la bañera y lo envolvió entero con una toalla, convirtiéndolo en un burrito, y se quedó un rato abrazándolo, sentado sobre la tapa del retrete, mientras se secaba.

—No pasa nada —le respondió sin más.

Daisuke entonces se quedó por fin callado. Se sintió aliviado. Pero luego se giró para mirarlo.

—¿Puedo dormir contigo esta noche?

—Si te voy a cambiar las sábanas ahora…

—No es por eso… Es que… —balbució el niño—. Hay algo raro en mi habitación esta noche. Se siente raro… A lo mejor es un fantasma… Como a Clover no le hacen nada, sé que ella no tiene problema, pero a mí me ponen nervioso y sueño pesadillas, y sé que estando Clover no me van a hacer nada malo, pero es que sólo pensar que hay alguno cerca me da mucho miedo…

No era la primera vez que Brey oía de él la misma historia sobre los fantasmas, y esa parte rara de que a Clover no le hacían nada, o de que Clover podía ahuyentarlos, mientras que a él le daban miedo… Creía que todo esto estaba en la imaginación de Daisuke, porque no era posible para un humano detectar, percibir ni notar ni un ápice la energía de los fantasmas. Ni siquiera era posible para los iris, excepto para los Den.

De ahí venía la famosa fobia que el propio Brey tenía a los fantasmas. De hecho, todos los iris Rayo la tenían. Los iris Den sí podían notar el campo electromagnético de los fantasmas. Lo notaban físicamente, como escalofríos fuertes en el cuerpo, cosquilleos punzantes en la piel, y era una sensación extremadamente desagradable para ellos, que se traducía en una fobia.

—¿Qué tal si voy yo mismo a comprobarlo, y si no hay nada, duermes en tu cama como un niño mayor?

—Quiero dormir contigo de todas formas —insistió Daisuke, agarrándose a su camiseta.

—¿Y Clover, la dejas durmiendo sola?

—Mm… —agachó la cabeza, de nuevo con vergüenza—. Creo que no le importará. Creo que está un poco enfadada conmigo.

—¿Qué? —se sorprendió Brey—. Pero si sois los hermanos que mejor se llevan del mundo.

—Creo que es por mi culpa… ¿Sabes ese niño extraterrestre que siempre está con ella, Jannik, el que me dijiste que vigilara para que no molestara a Clover?

—Sí. Pero ¿por qué esa manía de llamarlo extraterrestre? Espero que no lo digas porque es albino o porque habla y viste raro.

—No. Porque es medio extraterrestre —contestó Daisuke como si fuera obvio—. Igual que el jefe de la abuelita Norie, el señor importante que se murió hace poco.

Brey torció una mueca, sin entender de dónde sacaba Daisuke semejantes ideas de fantasía.

—Pues es que resulta que ha dejado de ser amigo de Clover… Y creo que es por mi culpa, porque al final he conseguido espantarlo… Clover no me lo ha dicho y ha fingido estar bien, pero yo sé que ella ha estado triste desde ayer y creo que me culpa en secreto y…

—Ah… blyat… —murmuró Brey, comprendiendo—. No, Daisuke. Eso no es culpa tuya.

Brey recordó que hace varias horas, esa misma tarde, antes de la llegada de ese extraño asistente social tan feo, había hablado con Clover sobre ese tema y había descubierto que realmente la había defraudado. La había cagado con eso, porque no había sabido ver lo importante que era Jannik para Clover, porque no había sabido ver que su hija estaba teniendo problemas para hacer amigos en el colegio, y la hacían sentirse sola y rara.

Sola y rara… Brey nunca habría imaginado que Clover experimentaría las dos mismas sensaciones que él padecía ante la sociedad humana. En su caso, era por razones sólidas y lógicas, él había nacido siendo iris, con una forma de sentir y pensar diferente que la gente confundía con frialdad o distanciamiento, y había experimentado esto desde que tenía la misma edad que los mellizos. Claro que él siempre había tenido el apoyo y la comprensión de sus padres, y posteriormente la de su hermana y Neuval cuando pasó a vivir con ellos, y por eso aprendió bastante pronto a tener una conciencia clara de sí mismo y de la existencia lógica de sus diferencias con los humanos y los demás iris.

Pero Clover no se sentía comprendida por él. Realmente le había dolido oírla decir que Jannik era la única persona del mundo que la comprendía además de Daisuke. No lo entendía, ¿qué tenía Clover de raro a ojos de los demás? Era una niña dulce, amistosa con todos, lista y observadora, un poco bruta cuando la enfadaban, defensora de la justicia… y además era la más hermosa de todas las niñas. Era todo lo que Brey veía en ella.

¿Qué le faltaba por ver, qué se le escapaba? Vale, puede que desde bebé la hubiera visto hacer cosas extrañas, como quedarse en trance mirando algún objeto, o hablar sola mirando a una pared, o decir algunas cosas escalofriantes sobre gente muerta o coleccionar objetos de todo tipo, incluso bichos muertos o muñecos muy antiguos, desgastados y feos.

Quizá había estado tan ocupado concentrándose en la parte de alimentarlos, bañarlos, sacarlos a pasear, hacerles cumplir un horario rutinario y comprobar cómo hacían la tarea escolar… quizá había estado tan activo en la superficie pero tan cansado y soñoliento y de luto por Yue por dentro, que había normalizado estas rarezas de Clover simplemente por no pararse a pensar en ellas.

Recordó lo que Jannik le dijo, que compartía con Clover una afición que denominaban como “intramaterialogía”. ¿Qué diantres era eso? Tal vez debería interesarse más por saberlo. Para Clover era muy importante, por lo visto. Brey tenía que reconocer que había pecado de indiferencia. De dar por sentado que los niños pequeños son simples y sus problemas emocionales son una nimiedad. Pero Clover le había sorprendido y demostrado lo contrario.

Uno de sus mayores miedos era ese. Fracasar en el correcto desarrollo emocional humano de los mellizos. Porque esa era su misión, además de mantenerlos limpios, alimentados y protegidos. Y Mei Ling siempre le solía advertir de esto. Tenía que haberla escuchado más. Era a esta edad cuando ya podían comenzar a nacer las grietas, y repercutir en el futuro, en la adultez.

Ya había visto la desafortunada grieta que se había formado entre Cleven y Neuval, por ejemplo, o entre Lex y Neuval. Y aunque lo de Cleven y Neuval ya se hubiera más o menos solucionado, o aunque lo de Lex y Neuval pudiera solucionarse quizá en un futuro, ya habían perdido siete valiosos años. Brey no quería perder ni un día de relación buena y sana con los mellizos. Sólo llevaba cinco años siendo padre, pero se había convertido en algo ya tan real para él que no concebía otra realidad u otra vida diferente.

Para él era mucho más importante que para cualquier otra persona en el mundo. Convertirse en iris era un fenómeno que les ocurría a algunos humanos, era un gran cambio, y con él venía la necesidad vital de proteger física, mental y emocionalmente a cualquier humano bueno e inocente de cualquier mal. Era una misión que les había venido de repente, y algún día, si querían, podían abandonarla. El iris, esa energía Yang sobrehumana extra que habían adquirido tras una tragedia, un Zou podía volver a extraérsela si lo pedían.

No era así para un iris que nunca se había convertido, sino que había nacido ya siéndolo. Esa necesidad vital formaba parte de él de por vida y con más arraigo que los demás iris, porque estaba totalmente atada a su ADN y a su alma. Si además el humano que debía proteger era un amigo o un familiar, esta razón de su existencia era diez veces mayor. Y si era un hijo, era una razón cien veces mayor.

Al ser un iris nato veterano, Brey era un experto en detectar, analizar y comprender las emociones humanas que atañían a situaciones de supervivencia, trauma, peligro, crisis y amenazas. Y aunque no se le diera tan bien con las emociones humanas más cotidianas, simples y absurdas, sabía, como cualquier iris, que los conflictos emocionales humanos había que solucionarlos cuanto antes, sin dar paso al miedo, o a la vergüenza o al rencor, tres de las causas más comunes que hasta los humanos adultos padecían a la hora de procrastinar o evitar resolver sus relaciones con los demás.

Así lo había hecho Neuval al reconciliarse con Cleven tras su pelea y huida de casa. Neuval tenía la firme intención de tener esa reconciliación con Cleven, sin miedo o vergüenza alguna como otros padres humanos tendrían ante sus hijos adolescentes. Solamente había pedido consejo a Alvion para prepararse para hacerlo de la mejor forma posible. Si con Lex no se había reconciliado aún, no es porque no lo hubiera intentado docenas de veces, es porque Lex no había estado preparado o de acuerdo.

Brey iba a arreglar ese problema con Clover, lo antes posible. Ojalá pudiera hacerlo ahora que ya estaba más mentalizado tras sus dudas de esta tarde, antes de tener que irse muy temprano en la mañana a Osaka a cumplir su parte de la misión con Drasik, pero no quería despertarla. No pasaba nada. Mañana, después de regresar de la misión, lo haría.

Después de ponerle a Daisuke una camiseta enorme de las suyas, accedió a que durmiera con él. Lo metió y arropó en su cama, y lo dejó solo un momento, saliendo de la habitación para ir a cambiar las sábanas de la cama del niño.

Silencioso y a oscuras, alumbrándose con la luz amarilla de su ojo, cogió sábanas nuevas del armario del pasillo, y aprovechó para asomarse por la puerta medio cerrada de la habitación de Cleven. Vio a su sobrina durmiendo felizmente y a pierna suelta en su cama con los cascos de música puestos, pero con la manta por los suelos. Entró para recoger la manta y tapó a Cleven con ella cuidadosamente. Conforme, se fue a la habitación de los niños.

Cambió las sábanas de la cama de Daisuke sin hacer ruido. La habitación también tenía una tenue luz, de un dispositivo enchufado en una pared, todo estaba en una suave penumbra. Cuando terminó, miró a Clover, ahí dormida en la otra cama al otro lado de la habitación.

Antes que nada, decidió hacer un reconocimiento, sólo por si acaso. Recorrió la habitación poco a poco, con una mano alzada por delante, moviéndola de un lado a otro, para ver si notaba algún campo electromagnético intruso. Rezó por no notar ninguno, porque él mismo se cagaría de miedo y ya no pegaría ojo en toda la noche.

Los fantasmas solían ignorar a los vivos y ser inofensivos, pero Brey no se fiaba de ellos, y no sólo por la fobia de su iris Rayo. Eran personas muertas que los dioses no habían podido calificar como buenas o como malas y por tanto no habían podido destinarlas como espíritus a una de las otras dos dimensiones, y se tenían que quedar en la Dimensión Terrestre hasta que sus energías indefinidas terminaran de consolidarse o inclinarse hacia el Yin o hacia el Yang y los dioses los volvieran a analizar.

Suspiró aliviado al no detectar nada. Supuso lo evidente, que Daisuke simplemente había tenido alguna pesadilla y todavía estaba con el susto. No había nada fuera de lugar en la habitación. Entonces, se quedó mirando a Clover un rato. Se sentía mal, porque sabía que ella se había ido triste a dormir, pensando que a su padre no le importaba y que no la entendía, que tomaba ese asunto como una bobada, y que ella se había quedado sin el único amigo que había logrado hacer en el colegio.

Se sentó en el borde de su cama.

Mishka? —la llamó en un susurro.

Lo hizo sin pensar, no pudo evitarlo. Realmente quería hablar con ella ahora mismo, y decirle que sí le importaba, y que lo sentía, y que, si de verdad le hacía tan feliz tener a Jannik como amigo, le daría una oportunidad. Pero no veía bien despertarla en medio de la madrugada sólo porque él tenía esta impaciencia.

Acercó una mano al rostro dormido de Clover y le apartó suavemente algunos de sus ondulados cabellos negros de la cara. Nadie le hacía tener sentimientos tan naturales y fuertes como los mellizos. Su iris se doblegaba ante ellos. ¿Por qué el destino lo había puesto ahí, en esta vida, en este papel? ¿Por qué había tenido que traerle a estos niños a tan temprana edad? ¿No podía el destino haberse esperado unos años, y haber dejado a Yue vivir más tiempo? ¿Y no había otro padre más adecuado, normal y mejor a quien habérselos dado?

Estas preguntas eran inútiles. Brey sólo podía tener en la cabeza un pensamiento: cumplir esta misión inesperada lo mejor posible, igual que el resto de misiones que la Asociación, y la vida, le plantasen. Y no era fácil. Iba a ser un proceso largo, como cualquier aprendizaje. Poco a poco, aprendería a agradecer los regalos de la vida, su tiempo con ellos, fuese largo o corto, y a sentirse afortunado por haberlos recibido. Tal como Yue le hizo comprender aquel día…









75.
Una mala sensación

Apenas eran las dos de la mañana cuando Brey comenzó a ser arrancado de los brazos de Morfeo, a ser despojado del Nirvana, a ser llevado lejos del reparador sueño que tanto necesitaba… por culpa de una vocecita familiar que no paraba de llamarlo y de zarandear su brazo.

—Papá… papá…

Brey abrió los párpados como si le pesase un kilo cada uno y respiró hondo, despertando sin remedio. Brey siempre solía dormir con una tenue luz encendida en su habitación, por eso vio sin problema a Daisuke ahí al borde su cama con cara disgustada. Cualquier persona desconocedora de la Asociación podría preguntarle con burla si es que le daba miedo dormir a oscuras. Y la respuesta era sí.

Nada de lo que avergonzarse. Esto les pasaba a todos los iris Den, e incluso a los Ka, por obvias razones. Más que miedo, estar en plena oscuridad les provocaba estrés, nervios y una sensación similar a la asfixia, porque la esencia de sus elementos era la luz, y la oscuridad era lo contrario a sus entornos predilectos. Los Ka tenían, además, la desventaja de sentirse así también en entornos muy fríos o con muy poco oxígeno. Por el contrario, ni el frío ni el vacío eran debilitadores para los Den, porque la electricidad y la energía electromagnética podían existir en ellos sin problema, si bien no podía manifestarse como un rayo en el vacío, sólo como partículas de carga eléctrica.

—¿Qué pasa ahora, korol’ dramy? —dijo dando un suspiro perezoso y lleno de paciencia, frotándose los ojos—. Cuéntame tu nuevo drama.

Daisuke no dijo nada. Solamente empezó a sollozar con enormes ojos avergonzados, agarrándose al borde del colchón bajo su barbilla.

—Ya… —bostezó Brey, comprendiendo al instante.

—Es que no me he dado cuenta… Es que… —siguió lloriqueando y moqueando—. Perdón… —hundió la cara entre sus manos sobre el colchón.

Brey terminó de desperezarse y se levantó de la cama.

—Anda, ven aquí, meón —lo cargó en brazos y lo llevó a su cuarto de baño para quitarle el pantalón de pijama mojado y lavarle en la bañera—. Esa tela impermeable que compré para tu cama es la mejor inversión que he hecho.

Para él era una nimiedad porque había pasado cientos de veces, pero Daisuke se puso a llorar más fuerte mientras su padre lo colocaba dentro de la bañera, tapándose los ojos.

—¡Dai! ¿Te duele algo?

—Por favor, no se lo digas a la asistente social… No se lo cuentes a los niños de mi cole… Ni a los abuelos…

Brey comprendió que esta vez Daisuke se sentía más avergonzado que nunca. Ahora que había empezado el colegio, tenía ese miedo natural de recibir burlas por este tipo de cosas.

—No pienso decírselo a nadie —lo tranquilizó Brey mientras le lavaba con agua tibia—. No es asunto de los demás, Daisuke, estas cosas son personales, privadas.

—¿No estás enfadado?

—Pues claro que no, bobo. Oye, tranquilízate —le cogió las manos para apartarlas de sus ojos enrojecidos, y lo miró con una sonrisa serena—. ¿Te crees que esto te pasa sólo a ti? No te avergüences, Daisuke, mojar la cama es algo muy normal en los mocosos de tu edad. A Clover también le ha pasado.

—Sí, pero mucho menos que a mí…

—A unos niños les pasa más y a otros menos. Te aseguro que a la mayoría de mocosos de tu clase también les pasa.

—¿Sí? —se sorprendió—. Pero siempre me dices que tengo que aprender a dejar de hacerlo.

—Sí, pero eso te lo digo para que tu mente vaya tomando conciencia —le explicó, señalándose la cabeza—. Te lo digo para que se te vaya quedando dentro y vayas entrenando la atención. Cuando duerme, tu cerebro desconecta del cuerpo, pero se puede acostumbrar a no desconectar del todo, de modo que cuando sienta ganas de mear, tu cerebro se puede despertar a tiempo y así puedes ir al baño.

—Pero ¿cómo hago para entrenarlo?

—Nada, solamente tienes que pensarlo a fondo. Dile a tu cerebro cada noche: “oye, despiértate enseguida nada más notar ganas de mear”. Hay niños que tardan más años que otros en entrenar esto.

—¿Y si yo tardo mucho?

Brey lo sacó de la bañera y lo envolvió entero con una toalla, convirtiéndolo en un burrito, y se quedó un rato abrazándolo, sentado sobre la tapa del retrete, mientras se secaba.

—No pasa nada —le respondió sin más.

Daisuke entonces se quedó por fin callado. Se sintió aliviado. Pero luego se giró para mirarlo.

—¿Puedo dormir contigo esta noche?

—Si te voy a cambiar las sábanas ahora…

—No es por eso… Es que… —balbució el niño—. Hay algo raro en mi habitación esta noche. Se siente raro… A lo mejor es un fantasma… Como a Clover no le hacen nada, sé que ella no tiene problema, pero a mí me ponen nervioso y sueño pesadillas, y sé que estando Clover no me van a hacer nada malo, pero es que sólo pensar que hay alguno cerca me da mucho miedo…

No era la primera vez que Brey oía de él la misma historia sobre los fantasmas, y esa parte rara de que a Clover no le hacían nada, o de que Clover podía ahuyentarlos, mientras que a él le daban miedo… Creía que todo esto estaba en la imaginación de Daisuke, porque no era posible para un humano detectar, percibir ni notar ni un ápice la energía de los fantasmas. Ni siquiera era posible para los iris, excepto para los Den.

De ahí venía la famosa fobia que el propio Brey tenía a los fantasmas. De hecho, todos los iris Rayo la tenían. Los iris Den sí podían notar el campo electromagnético de los fantasmas. Lo notaban físicamente, como escalofríos fuertes en el cuerpo, cosquilleos punzantes en la piel, y era una sensación extremadamente desagradable para ellos, que se traducía en una fobia.

—¿Qué tal si voy yo mismo a comprobarlo, y si no hay nada, duermes en tu cama como un niño mayor?

—Quiero dormir contigo de todas formas —insistió Daisuke, agarrándose a su camiseta.

—¿Y Clover, la dejas durmiendo sola?

—Mm… —agachó la cabeza, de nuevo con vergüenza—. Creo que no le importará. Creo que está un poco enfadada conmigo.

—¿Qué? —se sorprendió Brey—. Pero si sois los hermanos que mejor se llevan del mundo.

—Creo que es por mi culpa… ¿Sabes ese niño extraterrestre que siempre está con ella, Jannik, el que me dijiste que vigilara para que no molestara a Clover?

—Sí. Pero ¿por qué esa manía de llamarlo extraterrestre? Espero que no lo digas porque es albino o porque habla y viste raro.

—No. Porque es medio extraterrestre —contestó Daisuke como si fuera obvio—. Igual que el jefe de la abuelita Norie, el señor importante que se murió hace poco.

Brey torció una mueca, sin entender de dónde sacaba Daisuke semejantes ideas de fantasía.

—Pues es que resulta que ha dejado de ser amigo de Clover… Y creo que es por mi culpa, porque al final he conseguido espantarlo… Clover no me lo ha dicho y ha fingido estar bien, pero yo sé que ella ha estado triste desde ayer y creo que me culpa en secreto y…

—Ah… blyat… —murmuró Brey, comprendiendo—. No, Daisuke. Eso no es culpa tuya.

Brey recordó que hace varias horas, esa misma tarde, antes de la llegada de ese extraño asistente social tan feo, había hablado con Clover sobre ese tema y había descubierto que realmente la había defraudado. La había cagado con eso, porque no había sabido ver lo importante que era Jannik para Clover, porque no había sabido ver que su hija estaba teniendo problemas para hacer amigos en el colegio, y la hacían sentirse sola y rara.

Sola y rara… Brey nunca habría imaginado que Clover experimentaría las dos mismas sensaciones que él padecía ante la sociedad humana. En su caso, era por razones sólidas y lógicas, él había nacido siendo iris, con una forma de sentir y pensar diferente que la gente confundía con frialdad o distanciamiento, y había experimentado esto desde que tenía la misma edad que los mellizos. Claro que él siempre había tenido el apoyo y la comprensión de sus padres, y posteriormente la de su hermana y Neuval cuando pasó a vivir con ellos, y por eso aprendió bastante pronto a tener una conciencia clara de sí mismo y de la existencia lógica de sus diferencias con los humanos y los demás iris.

Pero Clover no se sentía comprendida por él. Realmente le había dolido oírla decir que Jannik era la única persona del mundo que la comprendía además de Daisuke. No lo entendía, ¿qué tenía Clover de raro a ojos de los demás? Era una niña dulce, amistosa con todos, lista y observadora, un poco bruta cuando la enfadaban, defensora de la justicia… y además era la más hermosa de todas las niñas. Era todo lo que Brey veía en ella.

¿Qué le faltaba por ver, qué se le escapaba? Vale, puede que desde bebé la hubiera visto hacer cosas extrañas, como quedarse en trance mirando algún objeto, o hablar sola mirando a una pared, o decir algunas cosas escalofriantes sobre gente muerta o coleccionar objetos de todo tipo, incluso bichos muertos o muñecos muy antiguos, desgastados y feos.

Quizá había estado tan ocupado concentrándose en la parte de alimentarlos, bañarlos, sacarlos a pasear, hacerles cumplir un horario rutinario y comprobar cómo hacían la tarea escolar… quizá había estado tan activo en la superficie pero tan cansado y soñoliento y de luto por Yue por dentro, que había normalizado estas rarezas de Clover simplemente por no pararse a pensar en ellas.

Recordó lo que Jannik le dijo, que compartía con Clover una afición que denominaban como “intramaterialogía”. ¿Qué diantres era eso? Tal vez debería interesarse más por saberlo. Para Clover era muy importante, por lo visto. Brey tenía que reconocer que había pecado de indiferencia. De dar por sentado que los niños pequeños son simples y sus problemas emocionales son una nimiedad. Pero Clover le había sorprendido y demostrado lo contrario.

Uno de sus mayores miedos era ese. Fracasar en el correcto desarrollo emocional humano de los mellizos. Porque esa era su misión, además de mantenerlos limpios, alimentados y protegidos. Y Mei Ling siempre le solía advertir de esto. Tenía que haberla escuchado más. Era a esta edad cuando ya podían comenzar a nacer las grietas, y repercutir en el futuro, en la adultez.

Ya había visto la desafortunada grieta que se había formado entre Cleven y Neuval, por ejemplo, o entre Lex y Neuval. Y aunque lo de Cleven y Neuval ya se hubiera más o menos solucionado, o aunque lo de Lex y Neuval pudiera solucionarse quizá en un futuro, ya habían perdido siete valiosos años. Brey no quería perder ni un día de relación buena y sana con los mellizos. Sólo llevaba cinco años siendo padre, pero se había convertido en algo ya tan real para él que no concebía otra realidad u otra vida diferente.

Para él era mucho más importante que para cualquier otra persona en el mundo. Convertirse en iris era un fenómeno que les ocurría a algunos humanos, era un gran cambio, y con él venía la necesidad vital de proteger física, mental y emocionalmente a cualquier humano bueno e inocente de cualquier mal. Era una misión que les había venido de repente, y algún día, si querían, podían abandonarla. El iris, esa energía Yang sobrehumana extra que habían adquirido tras una tragedia, un Zou podía volver a extraérsela si lo pedían.

No era así para un iris que nunca se había convertido, sino que había nacido ya siéndolo. Esa necesidad vital formaba parte de él de por vida y con más arraigo que los demás iris, porque estaba totalmente atada a su ADN y a su alma. Si además el humano que debía proteger era un amigo o un familiar, esta razón de su existencia era diez veces mayor. Y si era un hijo, era una razón cien veces mayor.

Al ser un iris nato veterano, Brey era un experto en detectar, analizar y comprender las emociones humanas que atañían a situaciones de supervivencia, trauma, peligro, crisis y amenazas. Y aunque no se le diera tan bien con las emociones humanas más cotidianas, simples y absurdas, sabía, como cualquier iris, que los conflictos emocionales humanos había que solucionarlos cuanto antes, sin dar paso al miedo, o a la vergüenza o al rencor, tres de las causas más comunes que hasta los humanos adultos padecían a la hora de procrastinar o evitar resolver sus relaciones con los demás.

Así lo había hecho Neuval al reconciliarse con Cleven tras su pelea y huida de casa. Neuval tenía la firme intención de tener esa reconciliación con Cleven, sin miedo o vergüenza alguna como otros padres humanos tendrían ante sus hijos adolescentes. Solamente había pedido consejo a Alvion para prepararse para hacerlo de la mejor forma posible. Si con Lex no se había reconciliado aún, no es porque no lo hubiera intentado docenas de veces, es porque Lex no había estado preparado o de acuerdo.

Brey iba a arreglar ese problema con Clover, lo antes posible. Ojalá pudiera hacerlo ahora que ya estaba más mentalizado tras sus dudas de esta tarde, antes de tener que irse muy temprano en la mañana a Osaka a cumplir su parte de la misión con Drasik, pero no quería despertarla. No pasaba nada. Mañana, después de regresar de la misión, lo haría.

Después de ponerle a Daisuke una camiseta enorme de las suyas, accedió a que durmiera con él. Lo metió y arropó en su cama, y lo dejó solo un momento, saliendo de la habitación para ir a cambiar las sábanas de la cama del niño.

Silencioso y a oscuras, alumbrándose con la luz amarilla de su ojo, cogió sábanas nuevas del armario del pasillo, y aprovechó para asomarse por la puerta medio cerrada de la habitación de Cleven. Vio a su sobrina durmiendo felizmente y a pierna suelta en su cama con los cascos de música puestos, pero con la manta por los suelos. Entró para recoger la manta y tapó a Cleven con ella cuidadosamente. Conforme, se fue a la habitación de los niños.

Cambió las sábanas de la cama de Daisuke sin hacer ruido. La habitación también tenía una tenue luz, de un dispositivo enchufado en una pared, todo estaba en una suave penumbra. Cuando terminó, miró a Clover, ahí dormida en la otra cama al otro lado de la habitación.

Antes que nada, decidió hacer un reconocimiento, sólo por si acaso. Recorrió la habitación poco a poco, con una mano alzada por delante, moviéndola de un lado a otro, para ver si notaba algún campo electromagnético intruso. Rezó por no notar ninguno, porque él mismo se cagaría de miedo y ya no pegaría ojo en toda la noche.

Los fantasmas solían ignorar a los vivos y ser inofensivos, pero Brey no se fiaba de ellos, y no sólo por la fobia de su iris Rayo. Eran personas muertas que los dioses no habían podido calificar como buenas o como malas y por tanto no habían podido destinarlas como espíritus a una de las otras dos dimensiones, y se tenían que quedar en la Dimensión Terrestre hasta que sus energías indefinidas terminaran de consolidarse o inclinarse hacia el Yin o hacia el Yang y los dioses los volvieran a analizar.

Suspiró aliviado al no detectar nada. Supuso lo evidente, que Daisuke simplemente había tenido alguna pesadilla y todavía estaba con el susto. No había nada fuera de lugar en la habitación. Entonces, se quedó mirando a Clover un rato. Se sentía mal, porque sabía que ella se había ido triste a dormir, pensando que a su padre no le importaba y que no la entendía, que tomaba ese asunto como una bobada, y que ella se había quedado sin el único amigo que había logrado hacer en el colegio.

Se sentó en el borde de su cama.

Mishka? —la llamó en un susurro.

Lo hizo sin pensar, no pudo evitarlo. Realmente quería hablar con ella ahora mismo, y decirle que sí le importaba, y que lo sentía, y que, si de verdad le hacía tan feliz tener a Jannik como amigo, le daría una oportunidad. Pero no veía bien despertarla en medio de la madrugada sólo porque él tenía esta impaciencia.

Acercó una mano al rostro dormido de Clover y le apartó suavemente algunos de sus ondulados cabellos negros de la cara. Nadie le hacía tener sentimientos tan naturales y fuertes como los mellizos. Su iris se doblegaba ante ellos. ¿Por qué el destino lo había puesto ahí, en esta vida, en este papel? ¿Por qué había tenido que traerle a estos niños a tan temprana edad? ¿No podía el destino haberse esperado unos años, y haber dejado a Yue vivir más tiempo? ¿Y no había otro padre más adecuado, normal y mejor a quien habérselos dado?

Estas preguntas eran inútiles. Brey sólo podía tener en la cabeza un pensamiento: cumplir esta misión inesperada lo mejor posible, igual que el resto de misiones que la Asociación, y la vida, le plantasen. Y no era fácil. Iba a ser un proceso largo, como cualquier aprendizaje. Poco a poco, aprendería a agradecer los regalos de la vida, su tiempo con ellos, fuese largo o corto, y a sentirse afortunado por haberlos recibido. Tal como Yue le hizo comprender aquel día…





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