2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __
El reloj de la mesilla marcó las ocho en punto y empezó a dar pitidos. Normalmente, Brey se tomaría su tiempo en apagar la alarma, dejar que sonara después de otros cinco minutos, volver a apagarla, y así ir saliendo del sueño poco a poco. Pero esta vez era un caso diferente. Apagó la alarma y abrió los ojos, despertando por completo. Era hora de cumplir su parte de la misión antiterrorista, y por eso dejó que su iris activara toda su energía y atención en su cuerpo y mente.
Se incorporó sobre la cama y vio que Daisuke seguía ahí bajo el edredón, dormido junto a él. Procuró no hacer mucho ruido mientras se vestía rápidamente, usando ropas oscuras y una sudadera con capucha. Sacó de debajo de su cama una maleta negra llena de armas, que ya había preparado el día anterior.
Fue a salir por la puerta, pero entonces se detuvo, mirando atrás. No debía olvidarse. Aunque estuviera dormido. Fue hasta la cama y se inclinó hacia Daisuke, posando una mano sobre su cabeza.
—Nos vemos más tarde, enano —murmuró.
Sus padres siempre se despedían de él, de Izan y de Katya debidamente antes de irse, pero no sólo a una misión, sino a cualquier parte. Era algo importante en la familia Saehara. Finalmente, Brey salió de la habitación y fue a la de los niños, donde estaba Clover durmiendo sola en su cama en la esquina del fondo de la habitación. La lucecita de la pared seguía dando una penumbra suficiente para ver el entorno. Brey vio los oscuros cabellos ondulados de Clover esparcidos sobre su almohada, y el bulto de su cuerpo bajo el edredón. De igual forma, se inclinó hacia ella y posó una mano sobre ella.
—Volveré, Clover. Y hablaremos, te lo prometo.
Antes de bajar por las escaleras, se asomó a la habitación de Cleven, y también la vio pacíficamente dormida en su cama. Sabía que ella tenía la alarma programada para dentro de un pequeño rato, así que procuró no arriesgarse a despertarla y arruinarle esos benditos minutos más que tenía para dormir.
—Te veo luego, pelmaza chiflada —se despidió en voz baja desde la puerta, la volvió a dejar medio cerrada y, ya sí, salió de casa con su bolsa llena de armas.
Cruzó el rellano del quinto piso hacia la puerta D. Ya empezó a gruñir por lo bajo, porque se supone que Drasik debería estar ahí esperándolo. Sabiendo que Eliam hoy también madrugaba porque tenía que estudiar para un examen importante, llamó al timbre sin reparo. Eliam no tardó en abrir la puerta. Seguía en pijama, y tenía su cabello castaño muy despeinado, pareciéndose mucho a Drasik ahora mismo. Pero tenía sus gafas de leer puestas. Debía de llevar poco rato levantado.
—Qué susto, creí que era Riku llamando a la puerta ya a estas horas. Pero acabo de recordar que no viene hasta la tarde —comentó Eliam.
—¿Riku? —se extrañó Brey—. Riku no viene hoy, ¿no te han llamado de las oficinas?
—¿Cómo? No, no me dijeron nada.
—A mí me mandaron un email el jueves, que por alguna razón pasé desapercibido hasta ayer mismo. Y me dejaron un mensaje en el teléfono. Yo ayer recibí a su sustituto, otro asistente social. Creía que a ti te habrían llamado para avisarte y enviarte a otro, porque el mío me dijo que Riku no podía hacer la visita hoy.
—Pues… no sé nada de eso. Yo acabo de revisar mi correo y mis llamadas, no tengo cambio de planes —Eliam se rascó la cabeza y pegó un bostezo—. Uah… A lo mejor es que Riku no podía hacerte la visita a vos hoy por falta de tiempo, y sólo tiene tiempo de hacernos la visita a Dras y a mí.
—Hm… Puede ser —murmuró, aunque se quedó todavía un poco extrañado—. Hablando del pelmazo…
—¿Qué tienen, misión hoy? —adivinó Eliam.
—Sí, ¿no te lo ha dicho?
—Hah… Drasik ni siquiera me cuenta qué ha desayunado. Lleva ya unas semanas con unos cambios de humor impredecibles y está bastante distante conmigo… Pero… —se rascó la oreja, y miró un momento al suelo, un poco apenado—. Tampoco lo quiero agobiar. Si son pequeños brotes de su majin… Ya sabés que a veces le vienen estas etapas, y luego se le pasan.
Brey no dijo nada, pero el semblante de su mirada se volvió muy serio. Decidió ahorrarse el comentario de que esas etapas de Drasik de padecer días de cambios de humor por culpa de su pequeño majin no solían durar ni la mitad de tiempo que esta de ahora. No quería que Eliam se preocupase más.
—¿Es una misión peligrosa? —quiso saber Eliam, algo tímido, sabiendo que no debería hacer esas preguntas.
—No te preocupes, es un tipo de operación que hemos hecho ya muchas veces. Ahora es con otra gente mala en otro lugar malo —ironizó—. Que dejará de existir hoy. Pan comido para dos veteranos como él y yo.
—Bueno. Pues al parecer Dras se olvidó, porque… —en lugar de acabar la frase, Eliam abrió la puerta del todo para dejar entrar a Brey y dejarle descubrir que Drasik estaba ahí mismo en el salón, totalmente dormido sobre el sofá, en una postura horrible y todavía llevando la ropa de ayer, incluso las botas puestas—. Creo que regresó a casa de madrugada.
Brey cerró los ojos, con una vena palpitando en su frente, mientras llenaba de aire sus pulmones, abandonando poco a poco la calma y el silencio de su constante estado de electricidad estática para convertirse en una tormenta.
—¡¡Drasik Jones, o te levantas o te parto el culo con un rayo!! —exclamó, sonando su voz tan atronadora que Drasik pegó un salto de metro y medio sobre el sofá y cayó al suelo.
Unos segundos después se incorporó y se apoyó sobre la mesilla del salón con cara medio infartada.
—¡Virgen santa de Pernambuco! —respiró con fuerza, recuperándose del susto—. ¿¡Qué hora es!?
—Pregunta qué hora es —le tradujo Eliam a Brey.
—Yo te diré qué hora es… —gruñó el rubio, arremangándose los brazos rápidamente mientras le corrían rayitos eléctricos azules por ellos.
—Fuck! ¡La misión, sí, sí, sí! —se ubicó Drasik por fin, haciéndole un gesto apaciguador con las manos—. Olvidé poner el despertador… Ya voy, ya voy…
Se puso en pie mientras se frotaba la cara y los ojos, tratando de terminar de despejarse; agarró una mochila negra que reposaba sobre una de las sillas de la mesa del comedor, que contenía el material que necesitaba para la misión, y se reunió con su compañero en la puerta de la entrada.
—¿Ves? Estoy ya vestido y todo, vamos.
Brey lo miró de arriba abajo. Llevaba toda la ropa arrugada, y sus pelos… bueno, sus pelos estaban como siempre, desordenados como los de un auténtico loco.
—Vas hecho una pena. Podrías al menos asearte, si no fuéramos tarde ya.
—¿Qué dices de asearme? Te recuerdo que los Sui no tenemos que bañarnos. Somos inoloros y siempre estamos limpios.
—Me refiero a que planches un poco tu ropa o te sacudas el polvo de los pantalones
—Oh, tienes razón… —se miró Drasik a sí mismo—. Mi aspecto descuidado podría ofender a los criminales que voy a matar hoy —añadió, con un sarcasmo muy natural, volviendo a mirar a Brey a los ojos.
—Es porque no quiero que me ensucies el coche —replicó el rubio, y resopló con paciencia—. Ya da igual, vamos de una vez, ya hemos perdido quince minutos —dio media vuelta y se dirigió directo a los ascensores.
—Hey, Dras… —lo llamó Eliam antes de que saliera por la puerta—. Tené cuidado, y… bueno. Te veré luego. Que vaya bien.
—Ah… sí… gracias —respondió un poco distraído, pues se estaba mirando los pantalones por segunda vez, que, en efecto, traían un poco de polvo y tenían una rasgadura grande en un lado, y esto le hizo recordar la pelea de ayer contra los miembros de la ARS. Contra Viernes… Esto le hizo también recobrar esa preocupación sobre la gravedad de la situación de lo que ocurrió anoche, pero no podía decir nada de ello, no hasta que Sakura informara oficialmente a Pipi.
Sin más palabra, Drasik se fue con Brey y se marcharon dentro de un ascensor hacia el garaje subterráneo. Eliam se quedó en la puerta, mirando durante unos minutos más los ascensores. No le entristecía que Drasik no le prestara más atención. Le entristecía la idea de que Drasik olvidara que él estaba ahí para cualquier cosa que necesitase, no para estorbarle ni molestarle.
Durante la bajada en el ascensor, a Brey le chocó notar que Drasik estaba quieto y callado. Es decir, podía esperar que soltara alguno de sus ingeniosos comentarios, o algún chiste, o incluso alguna queja sobre tener hambre, tener sueño o lo que sea. Pero vio al chico extremadamente inmóvil, mirando sin parpadear los botones del ascensor. Brey se preguntó si es que había dormido demasiado poco y su cerebro estaba aún esperando la señal wifi o si ayer estuvo bebiendo y tenía resaca…
La verdad es que Drasik estaba pensando sin parar. No podía quitárselo de la cabeza, el grave suceso de anoche. Recordó haberle preguntado a Kaoru si es que estaban actuando bajo las órdenes de Izan. Kaoru le contestó que un arki no tenía suficiente poder para prometerles lo que querían y que estaban “sirviendo a otros Señores”.
Esa respuesta no sólo le confirmaba que sí, que Izan ya era un arki y que la ARS tenía algún contacto o relación con él… le revelaba que había alguien más detrás. Otros Señores. “La persona que llevas idolatrando toda tu vida es uno de ellos”, le dijo Kaoru. Y esto le inquietaba, y le intrigaba.
No lo comprendía, por qué dijo eso, no tenía sentido. Para empezar, no hay otros Señores aparte de los Zou. Y para acabar, ¿qué demonios tenía Neuval que ver con algo de eso? «Kaoru quería confundirme» pensó Drasik ahora, «Aunque no sé para qué. No veo la utilidad de decirme esos disparates». La verdad es que su ya experto iris le decía que no hubo gesto, ni tono de voz ni detalle alguno que indicara que Kaoru le estuviera mintiendo.
Si estaba inmóvil, era de lo tenso que estaba, por lo difícil que era saber estos datos teniendo a Brey ahí al lado clavándole una mirada inquisitiva y escamada. Sentía que Brey merecía ser el primero en haberse enterado, que Kyo y él se lo tenían que haber dicho desde el principio, que Kyo se cruzó con Izan hace unas semanas, siendo la primera evidencia en siete años. Pero Neuval les había dado esta orden estricta de no mencionar a Izan a nadie, y mucho menos a Brey. En el fondo, Drasik comprendía por qué.
—¿Debo preocuparme de tu lucidez? —le preguntó el Den cuando salieron del ascensor y se adentraron en el garaje subterráneo.
—¿Qué? No… No empieces a darme la lata, estoy perfectamente centrado, llevo haciendo esto desde que llevaba pañales, literalmente —contestó el Sui, poniendo toda la firmeza que pudo.
Se pararon detrás del coche de Brey, pero antes de abrir el maletero, el rubio agarró el brazo derecho de Drasik sin previo aviso y lo miró de arriba abajo, analizando especialmente los trazos negros de su tatuaje.
—¿¡Qué haces, sobón!? —intentó Drasik recuperar su brazo, pero Brey no le dejó, siguió examinándolo, y encontró esas dos diminutas marcas de pinchazos con aguja.
—¿Estás ahora mismo probando otro experimento?
—No, ahora mismo no —Drasik se soltó de él por fin, molesto—. Deja de cuestionar mi profesionalidad. Es lo que más me saca de quicio de ti, joder. No me tienes ni un poco de respeto.
—No se trata de faltar al respeto, se trata de estar al tanto de todos los detalles y factores con los que tengo que trabajar hoy en esta misión. Para mí una misión nunca es un juego, por muy fácil que sea. Quiero saber si tendré que preocuparme por ti más de lo que ya hago naturalmente. Si estás ahora mismo experimentando en tu cuerpo algún nuevo componente químico y te tiene bajo algún tipo de efecto, dímelo y me ajustaré a tu estado, para protegerte en caso de que tus capacidades o reflejos estén mermados.
En un principio, Drasik se sintió ofendido, insultado por esas palabras, pensando que Brey le estaba diciendo que lo avisara si tenía que cargar con él como si fuera un niño pequeño. Pero la mirada de Brey no expresaba ningún tipo de insulto, enfado, sarcasmo o burla. Expresaba que estaba hablando en serio.
Drasik relajó los hombros, pero estaba sorprendido de detectar esto en él. Por lo visto, Brey respetaba sus experimentos químicos hasta el punto de aceptar ajustarse a su estado para que su experimento siguiera su debido curso. Es decir, que, para Brey, los experimentos químicos de Drasik merecían la misma importancia de no ser interrumpidos o alterados. Pero es que esta consideración no era de extrañar. Drasik había creado bastantes cosas increíbles desde que era niño, cosas que ayudaban y salvaban a los iris.
Los Sui especializados en química no sólo tenían un gran control sobre las sustancias que manejaban, sino también sobre la química de sus propios cuerpos. Por eso ellos mismos eran los mejores sujetos de pruebas para sus propios experimentos. Siempre estaban pendientes de los efectos secundarios y de cómo reaccionar ante ellos a tiempo, dominando el agua que contenían sus propios cuerpos para modificar o desprenderse de la sustancia si era necesario.
Una vez más… Drasik se había puesto a la defensiva con alguien sin merecerlo, sólo por malentender sus palabras, a causa de la paranoia que su propio menosprecio e inseguridades le generaban.
—Estoy… —balbució el Sui, más calmado y algo avergonzado—. No. Tengo el torrente sanguíneo limpio desde hace horas. No tengo plan de inocularme el experimento hoy, le tengo que hacer… más mejoras. Así que estoy al 100 % de mis capacidades, no tienes que estar pendiente de mí.
—De acuerdo —contestó Brey, abriendo ya el maletero, y ambos metieron sus respectivas bolsas. Después, Brey volvió a ponerse frente a él—. Te mataré, Drasik.
—¡P…! ¿¡Qué!? —brincó perplejo.
—Si le haces un solo arañazo a mi coche —terminó de decir el rubio muy seriamente, tendiéndole las llaves.
—Jobar… tranquilo —refunfuñó, mientras se subía al asiento del conductor y Brey se subía al del copiloto.
Al final, debido a esta acumulación de retrasos, había pasado ya un buen rato en esa temprana mañana, y cuando sacaron el coche a la calle, coincidió con el momento en que Cleven salía del portal del edificio unos metros más allá, con su bolsa de deporte con su equipamiento de natación.
Drasik detuvo el coche al final de la rampa, antes de entrar en la calzada, y Brey se bajó. Él, más veloz, se iba a adelantar para hacer un reconocimiento previo del terreno, mientras Drasik se encargaba de llevar el vehículo. El rubio intercambió unas palabras con su compañero a través de la ventanilla abierta. Fue cuando Cleven bebió un sorbo de su brik de zumo y, al bajar de nuevo la cabeza, su mirada aterrizó sobre la espalda de su tío. Lo vio ahí junto a su propio coche, en la salida del garaje.
«¿Eh? ¿Sigue aquí? ¿No tenía que hacer un trámite de la universidad a las ocho y media?» se extrañó, mirando su reloj. Caminó hacia él por el patio ajardinado frente al edificio, pero entonces divisó a aquel que estaba en el interior del coche, sentado al volante. «¿¡Pero qué…!?» se sorprendió, y se escondió tras el tronco de un árbol, observándolos. «¿Drasik? ¿Conduciendo? ¿Con 16 años? ¿Eso es legal? Será en Estados Unidos, pero aquí no lo es. ¿Pero adónde va con el coche de mi tío? Oh, cierto… ayer Drasik me dijo que hoy tampoco podía venir a la práctica de natación, que tenía un recado muy importante que hacer. Aun así, ¡manejar un coche con 16 años es ilegal en Tokio! ¿El tío Brey se lo está permitiendo?».
Calló sus pensamientos cuando vio que Drasik se marchaba en el coche calle arriba hasta perderse de vista. Brey se quedó ahí solo, y miró a su alrededor con disimulo. Cleven, no supo muy bien por qué, volvió a esconderse enseguida tras el árbol, y se asomó un poco entre los arbustos que rodeaban el tronco, bien camuflada.
Brey no llegó a verla. Una vez que comprobó que no había nadie más por los alrededores ni en ninguna ventana de los edificios, el rubio dio un paso y, antes de dar el segundo, desapareció a la velocidad de la luz, como difuminándose con el aire. Ante esto, a Cleven se le cayó el brik de zumo al suelo sin darse cuenta. Se quedó petrificada. «Ha… ¡Ha desaparecido como el rayo!».
Estuvo unos segundos pensando, tratando de entender con lógica lo que acababa de ver. Había sido tan rápido que lo primero que su raciocinio le decía es que lo había imaginado, que había apartado la mirada o se había distraído por dos segundos y por eso había perdido de vista a su tío en lo que para ella había sido un instante, y su tío seguramente se había ido girando la esquina del edificio.
No estaba muy segura. Pero llegaba tarde a la natación.
El reloj de la mesilla marcó las ocho en punto y empezó a dar pitidos. Normalmente, Brey se tomaría su tiempo en apagar la alarma, dejar que sonara después de otros cinco minutos, volver a apagarla, y así ir saliendo del sueño poco a poco. Pero esta vez era un caso diferente. Apagó la alarma y abrió los ojos, despertando por completo. Era hora de cumplir su parte de la misión antiterrorista, y por eso dejó que su iris activara toda su energía y atención en su cuerpo y mente.
Se incorporó sobre la cama y vio que Daisuke seguía ahí bajo el edredón, dormido junto a él. Procuró no hacer mucho ruido mientras se vestía rápidamente, usando ropas oscuras y una sudadera con capucha. Sacó de debajo de su cama una maleta negra llena de armas, que ya había preparado el día anterior.
Fue a salir por la puerta, pero entonces se detuvo, mirando atrás. No debía olvidarse. Aunque estuviera dormido. Fue hasta la cama y se inclinó hacia Daisuke, posando una mano sobre su cabeza.
—Nos vemos más tarde, enano —murmuró.
Sus padres siempre se despedían de él, de Izan y de Katya debidamente antes de irse, pero no sólo a una misión, sino a cualquier parte. Era algo importante en la familia Saehara. Finalmente, Brey salió de la habitación y fue a la de los niños, donde estaba Clover durmiendo sola en su cama en la esquina del fondo de la habitación. La lucecita de la pared seguía dando una penumbra suficiente para ver el entorno. Brey vio los oscuros cabellos ondulados de Clover esparcidos sobre su almohada, y el bulto de su cuerpo bajo el edredón. De igual forma, se inclinó hacia ella y posó una mano sobre ella.
—Volveré, Clover. Y hablaremos, te lo prometo.
Antes de bajar por las escaleras, se asomó a la habitación de Cleven, y también la vio pacíficamente dormida en su cama. Sabía que ella tenía la alarma programada para dentro de un pequeño rato, así que procuró no arriesgarse a despertarla y arruinarle esos benditos minutos más que tenía para dormir.
—Te veo luego, pelmaza chiflada —se despidió en voz baja desde la puerta, la volvió a dejar medio cerrada y, ya sí, salió de casa con su bolsa llena de armas.
Cruzó el rellano del quinto piso hacia la puerta D. Ya empezó a gruñir por lo bajo, porque se supone que Drasik debería estar ahí esperándolo. Sabiendo que Eliam hoy también madrugaba porque tenía que estudiar para un examen importante, llamó al timbre sin reparo. Eliam no tardó en abrir la puerta. Seguía en pijama, y tenía su cabello castaño muy despeinado, pareciéndose mucho a Drasik ahora mismo. Pero tenía sus gafas de leer puestas. Debía de llevar poco rato levantado.
—Qué susto, creí que era Riku llamando a la puerta ya a estas horas. Pero acabo de recordar que no viene hasta la tarde —comentó Eliam.
—¿Riku? —se extrañó Brey—. Riku no viene hoy, ¿no te han llamado de las oficinas?
—¿Cómo? No, no me dijeron nada.
—A mí me mandaron un email el jueves, que por alguna razón pasé desapercibido hasta ayer mismo. Y me dejaron un mensaje en el teléfono. Yo ayer recibí a su sustituto, otro asistente social. Creía que a ti te habrían llamado para avisarte y enviarte a otro, porque el mío me dijo que Riku no podía hacer la visita hoy.
—Pues… no sé nada de eso. Yo acabo de revisar mi correo y mis llamadas, no tengo cambio de planes —Eliam se rascó la cabeza y pegó un bostezo—. Uah… A lo mejor es que Riku no podía hacerte la visita a vos hoy por falta de tiempo, y sólo tiene tiempo de hacernos la visita a Dras y a mí.
—Hm… Puede ser —murmuró, aunque se quedó todavía un poco extrañado—. Hablando del pelmazo…
—¿Qué tienen, misión hoy? —adivinó Eliam.
—Sí, ¿no te lo ha dicho?
—Hah… Drasik ni siquiera me cuenta qué ha desayunado. Lleva ya unas semanas con unos cambios de humor impredecibles y está bastante distante conmigo… Pero… —se rascó la oreja, y miró un momento al suelo, un poco apenado—. Tampoco lo quiero agobiar. Si son pequeños brotes de su majin… Ya sabés que a veces le vienen estas etapas, y luego se le pasan.
Brey no dijo nada, pero el semblante de su mirada se volvió muy serio. Decidió ahorrarse el comentario de que esas etapas de Drasik de padecer días de cambios de humor por culpa de su pequeño majin no solían durar ni la mitad de tiempo que esta de ahora. No quería que Eliam se preocupase más.
—¿Es una misión peligrosa? —quiso saber Eliam, algo tímido, sabiendo que no debería hacer esas preguntas.
—No te preocupes, es un tipo de operación que hemos hecho ya muchas veces. Ahora es con otra gente mala en otro lugar malo —ironizó—. Que dejará de existir hoy. Pan comido para dos veteranos como él y yo.
—Bueno. Pues al parecer Dras se olvidó, porque… —en lugar de acabar la frase, Eliam abrió la puerta del todo para dejar entrar a Brey y dejarle descubrir que Drasik estaba ahí mismo en el salón, totalmente dormido sobre el sofá, en una postura horrible y todavía llevando la ropa de ayer, incluso las botas puestas—. Creo que regresó a casa de madrugada.
Brey cerró los ojos, con una vena palpitando en su frente, mientras llenaba de aire sus pulmones, abandonando poco a poco la calma y el silencio de su constante estado de electricidad estática para convertirse en una tormenta.
—¡¡Drasik Jones, o te levantas o te parto el culo con un rayo!! —exclamó, sonando su voz tan atronadora que Drasik pegó un salto de metro y medio sobre el sofá y cayó al suelo.
Unos segundos después se incorporó y se apoyó sobre la mesilla del salón con cara medio infartada.
—¡Virgen santa de Pernambuco! —respiró con fuerza, recuperándose del susto—. ¿¡Qué hora es!?
—Pregunta qué hora es —le tradujo Eliam a Brey.
—Yo te diré qué hora es… —gruñó el rubio, arremangándose los brazos rápidamente mientras le corrían rayitos eléctricos azules por ellos.
—Fuck! ¡La misión, sí, sí, sí! —se ubicó Drasik por fin, haciéndole un gesto apaciguador con las manos—. Olvidé poner el despertador… Ya voy, ya voy…
Se puso en pie mientras se frotaba la cara y los ojos, tratando de terminar de despejarse; agarró una mochila negra que reposaba sobre una de las sillas de la mesa del comedor, que contenía el material que necesitaba para la misión, y se reunió con su compañero en la puerta de la entrada.
—¿Ves? Estoy ya vestido y todo, vamos.
Brey lo miró de arriba abajo. Llevaba toda la ropa arrugada, y sus pelos… bueno, sus pelos estaban como siempre, desordenados como los de un auténtico loco.
—Vas hecho una pena. Podrías al menos asearte, si no fuéramos tarde ya.
—¿Qué dices de asearme? Te recuerdo que los Sui no tenemos que bañarnos. Somos inoloros y siempre estamos limpios.
—Me refiero a que planches un poco tu ropa o te sacudas el polvo de los pantalones
—Oh, tienes razón… —se miró Drasik a sí mismo—. Mi aspecto descuidado podría ofender a los criminales que voy a matar hoy —añadió, con un sarcasmo muy natural, volviendo a mirar a Brey a los ojos.
—Es porque no quiero que me ensucies el coche —replicó el rubio, y resopló con paciencia—. Ya da igual, vamos de una vez, ya hemos perdido quince minutos —dio media vuelta y se dirigió directo a los ascensores.
—Hey, Dras… —lo llamó Eliam antes de que saliera por la puerta—. Tené cuidado, y… bueno. Te veré luego. Que vaya bien.
—Ah… sí… gracias —respondió un poco distraído, pues se estaba mirando los pantalones por segunda vez, que, en efecto, traían un poco de polvo y tenían una rasgadura grande en un lado, y esto le hizo recordar la pelea de ayer contra los miembros de la ARS. Contra Viernes… Esto le hizo también recobrar esa preocupación sobre la gravedad de la situación de lo que ocurrió anoche, pero no podía decir nada de ello, no hasta que Sakura informara oficialmente a Pipi.
Sin más palabra, Drasik se fue con Brey y se marcharon dentro de un ascensor hacia el garaje subterráneo. Eliam se quedó en la puerta, mirando durante unos minutos más los ascensores. No le entristecía que Drasik no le prestara más atención. Le entristecía la idea de que Drasik olvidara que él estaba ahí para cualquier cosa que necesitase, no para estorbarle ni molestarle.
Durante la bajada en el ascensor, a Brey le chocó notar que Drasik estaba quieto y callado. Es decir, podía esperar que soltara alguno de sus ingeniosos comentarios, o algún chiste, o incluso alguna queja sobre tener hambre, tener sueño o lo que sea. Pero vio al chico extremadamente inmóvil, mirando sin parpadear los botones del ascensor. Brey se preguntó si es que había dormido demasiado poco y su cerebro estaba aún esperando la señal wifi o si ayer estuvo bebiendo y tenía resaca…
La verdad es que Drasik estaba pensando sin parar. No podía quitárselo de la cabeza, el grave suceso de anoche. Recordó haberle preguntado a Kaoru si es que estaban actuando bajo las órdenes de Izan. Kaoru le contestó que un arki no tenía suficiente poder para prometerles lo que querían y que estaban “sirviendo a otros Señores”.
Esa respuesta no sólo le confirmaba que sí, que Izan ya era un arki y que la ARS tenía algún contacto o relación con él… le revelaba que había alguien más detrás. Otros Señores. “La persona que llevas idolatrando toda tu vida es uno de ellos”, le dijo Kaoru. Y esto le inquietaba, y le intrigaba.
No lo comprendía, por qué dijo eso, no tenía sentido. Para empezar, no hay otros Señores aparte de los Zou. Y para acabar, ¿qué demonios tenía Neuval que ver con algo de eso? «Kaoru quería confundirme» pensó Drasik ahora, «Aunque no sé para qué. No veo la utilidad de decirme esos disparates». La verdad es que su ya experto iris le decía que no hubo gesto, ni tono de voz ni detalle alguno que indicara que Kaoru le estuviera mintiendo.
Si estaba inmóvil, era de lo tenso que estaba, por lo difícil que era saber estos datos teniendo a Brey ahí al lado clavándole una mirada inquisitiva y escamada. Sentía que Brey merecía ser el primero en haberse enterado, que Kyo y él se lo tenían que haber dicho desde el principio, que Kyo se cruzó con Izan hace unas semanas, siendo la primera evidencia en siete años. Pero Neuval les había dado esta orden estricta de no mencionar a Izan a nadie, y mucho menos a Brey. En el fondo, Drasik comprendía por qué.
—¿Debo preocuparme de tu lucidez? —le preguntó el Den cuando salieron del ascensor y se adentraron en el garaje subterráneo.
—¿Qué? No… No empieces a darme la lata, estoy perfectamente centrado, llevo haciendo esto desde que llevaba pañales, literalmente —contestó el Sui, poniendo toda la firmeza que pudo.
Se pararon detrás del coche de Brey, pero antes de abrir el maletero, el rubio agarró el brazo derecho de Drasik sin previo aviso y lo miró de arriba abajo, analizando especialmente los trazos negros de su tatuaje.
—¿¡Qué haces, sobón!? —intentó Drasik recuperar su brazo, pero Brey no le dejó, siguió examinándolo, y encontró esas dos diminutas marcas de pinchazos con aguja.
—¿Estás ahora mismo probando otro experimento?
—No, ahora mismo no —Drasik se soltó de él por fin, molesto—. Deja de cuestionar mi profesionalidad. Es lo que más me saca de quicio de ti, joder. No me tienes ni un poco de respeto.
—No se trata de faltar al respeto, se trata de estar al tanto de todos los detalles y factores con los que tengo que trabajar hoy en esta misión. Para mí una misión nunca es un juego, por muy fácil que sea. Quiero saber si tendré que preocuparme por ti más de lo que ya hago naturalmente. Si estás ahora mismo experimentando en tu cuerpo algún nuevo componente químico y te tiene bajo algún tipo de efecto, dímelo y me ajustaré a tu estado, para protegerte en caso de que tus capacidades o reflejos estén mermados.
En un principio, Drasik se sintió ofendido, insultado por esas palabras, pensando que Brey le estaba diciendo que lo avisara si tenía que cargar con él como si fuera un niño pequeño. Pero la mirada de Brey no expresaba ningún tipo de insulto, enfado, sarcasmo o burla. Expresaba que estaba hablando en serio.
Drasik relajó los hombros, pero estaba sorprendido de detectar esto en él. Por lo visto, Brey respetaba sus experimentos químicos hasta el punto de aceptar ajustarse a su estado para que su experimento siguiera su debido curso. Es decir, que, para Brey, los experimentos químicos de Drasik merecían la misma importancia de no ser interrumpidos o alterados. Pero es que esta consideración no era de extrañar. Drasik había creado bastantes cosas increíbles desde que era niño, cosas que ayudaban y salvaban a los iris.
Los Sui especializados en química no sólo tenían un gran control sobre las sustancias que manejaban, sino también sobre la química de sus propios cuerpos. Por eso ellos mismos eran los mejores sujetos de pruebas para sus propios experimentos. Siempre estaban pendientes de los efectos secundarios y de cómo reaccionar ante ellos a tiempo, dominando el agua que contenían sus propios cuerpos para modificar o desprenderse de la sustancia si era necesario.
Una vez más… Drasik se había puesto a la defensiva con alguien sin merecerlo, sólo por malentender sus palabras, a causa de la paranoia que su propio menosprecio e inseguridades le generaban.
—Estoy… —balbució el Sui, más calmado y algo avergonzado—. No. Tengo el torrente sanguíneo limpio desde hace horas. No tengo plan de inocularme el experimento hoy, le tengo que hacer… más mejoras. Así que estoy al 100 % de mis capacidades, no tienes que estar pendiente de mí.
—De acuerdo —contestó Brey, abriendo ya el maletero, y ambos metieron sus respectivas bolsas. Después, Brey volvió a ponerse frente a él—. Te mataré, Drasik.
—¡P…! ¿¡Qué!? —brincó perplejo.
—Si le haces un solo arañazo a mi coche —terminó de decir el rubio muy seriamente, tendiéndole las llaves.
—Jobar… tranquilo —refunfuñó, mientras se subía al asiento del conductor y Brey se subía al del copiloto.
Al final, debido a esta acumulación de retrasos, había pasado ya un buen rato en esa temprana mañana, y cuando sacaron el coche a la calle, coincidió con el momento en que Cleven salía del portal del edificio unos metros más allá, con su bolsa de deporte con su equipamiento de natación.
Drasik detuvo el coche al final de la rampa, antes de entrar en la calzada, y Brey se bajó. Él, más veloz, se iba a adelantar para hacer un reconocimiento previo del terreno, mientras Drasik se encargaba de llevar el vehículo. El rubio intercambió unas palabras con su compañero a través de la ventanilla abierta. Fue cuando Cleven bebió un sorbo de su brik de zumo y, al bajar de nuevo la cabeza, su mirada aterrizó sobre la espalda de su tío. Lo vio ahí junto a su propio coche, en la salida del garaje.
«¿Eh? ¿Sigue aquí? ¿No tenía que hacer un trámite de la universidad a las ocho y media?» se extrañó, mirando su reloj. Caminó hacia él por el patio ajardinado frente al edificio, pero entonces divisó a aquel que estaba en el interior del coche, sentado al volante. «¿¡Pero qué…!?» se sorprendió, y se escondió tras el tronco de un árbol, observándolos. «¿Drasik? ¿Conduciendo? ¿Con 16 años? ¿Eso es legal? Será en Estados Unidos, pero aquí no lo es. ¿Pero adónde va con el coche de mi tío? Oh, cierto… ayer Drasik me dijo que hoy tampoco podía venir a la práctica de natación, que tenía un recado muy importante que hacer. Aun así, ¡manejar un coche con 16 años es ilegal en Tokio! ¿El tío Brey se lo está permitiendo?».
Calló sus pensamientos cuando vio que Drasik se marchaba en el coche calle arriba hasta perderse de vista. Brey se quedó ahí solo, y miró a su alrededor con disimulo. Cleven, no supo muy bien por qué, volvió a esconderse enseguida tras el árbol, y se asomó un poco entre los arbustos que rodeaban el tronco, bien camuflada.
Brey no llegó a verla. Una vez que comprobó que no había nadie más por los alrededores ni en ninguna ventana de los edificios, el rubio dio un paso y, antes de dar el segundo, desapareció a la velocidad de la luz, como difuminándose con el aire. Ante esto, a Cleven se le cayó el brik de zumo al suelo sin darse cuenta. Se quedó petrificada. «Ha… ¡Ha desaparecido como el rayo!».
Estuvo unos segundos pensando, tratando de entender con lógica lo que acababa de ver. Había sido tan rápido que lo primero que su raciocinio le decía es que lo había imaginado, que había apartado la mirada o se había distraído por dos segundos y por eso había perdido de vista a su tío en lo que para ella había sido un instante, y su tío seguramente se había ido girando la esquina del edificio.
No estaba muy segura. Pero llegaba tarde a la natación.
Comentarios
Publicar un comentario