2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __
En una carretera perdida en medio de campos, bosques y montañas, la furgoneta blanca sobre la que Haru seguía tumbado hacía rato que ya se había enfriado.
Sus tres compañeros de grupo estaban dentro, en la espaciosa parte de atrás, con una lámpara de batería portátil encendida jugando a las cartas sin preocupación alguna, de completo relax. Les envolvía una nube de humo, de los canutos de marihuana que se estaban fumando. Llevaban también unas latas de cerveza ya vacías, y escuchaban música de uno de sus teléfonos móviles.
Le habían insistido a Haru varias veces que dejase de estar ahí fuera helándose y se uniese a la partida y al calor de dentro. En otras circunstancias, él habría accedido. Pero, antes de ser un amigo humano normal o un músico relajado, era un iris. Haru no estaba fuera de la furgoneta por capricho. Perdido en mitad de la nada con tres humanos que además eran como hermanos para él, y aunque todo allí pareciera tranquilo, su sentido del deber primaba sobre cualquier riesgo. Un animal salvaje, unos bandidos, una repentina tormenta… cualquier cosa podía pasar y él estaba ahí fuera vigilando.
Tampoco podía quejarse. La vista era espectacular. Todo era tinieblas a su alrededor, pero, sobre él, el manto de estrellas era sobrecogedor. Soñaba con adquirir algún día el poder de volar y navegar un cielo como ese. Era una habilidad de máximo nivel, por eso sólo Neuval podía hacerlo actualmente. Además de Alvion.
Como había terminado su gira, ya no llevaba sus estilosas y extravagantes ropas, llevaba ropa normal, aunque aún conservaba cosas de su estilo personal, como su estrafalario peinado de dos colores, los ojos pintados, las uñas también… Llevaba también un anillo grande de acero de una calavera con alas de mariposa, se lo prestó Nakuru hace un año. Había olvidado devolvérselo. A lo mejor se lo quedaba, si ella no lo pedía de vuelta. Ya había compartido accesorios y prendas con ella muchas veces, ya que el estilo de ambos era similar. Ciertamente, algunos miembros de la KRS y la SRS se comportaban como hermanos.
Haru le dio otra calada a su cigarro de marihuana. Observó el humo salir de su boca hacia el cielo estrellado. Frunció el ceño. Una de esas estrellas se estaba moviendo veloz hacia ese lugar. Entonces se dio cuenta de que era la brillante luz blanca de Neuval, volando por el cielo.
El chico se bajó del capó y miró hacia arriba fijamente, emitiendo otro brillo blanco de su ojo iris. Al parecer Neuval lo vio, pues cambió su trayectoria y descendió en picado hasta aterrizar frente a la furgoneta, trayendo consigo un vendaval que levantó una gran nube de polvo por la carretera. Haru hizo unos pequeños aspavientos con la mano, provocando unas enormes ráfagas de aire que despejó el polvo del lugar en un segundo. Después le echó un vistazo al recién llegado, dándole otra pasiva calada a su cigarro. Neuval llevaba la capucha de su sudadera negra puesta.
—El chándal deportivo negro te queda sexi —le comentó el chico.
Entonces Neuval se quitó la capucha y empezó a escupir plumas con torpeza.
—Eso ya es menos sexi —dijo Haru.
—Creo que me he chocado con algún pájaro descendiendo hasta aquí.
—Ajá —el chico le dio otra calada a su cigarro, impasible.
—¿“Ajá”? ¿Eso es todo lo que tienes que decirme? —protestó Neuval, pero le sonrió y extendió los brazos—. ¿Ni siquiera un abrazo?
—Tío, que ya no soy un niño —rezongó Haru.
—No me vengas con esas, Akimitsu. Cuando hace tres años arreglé tu guitarra eléctrica que dabas por perdida, casi me partes las costillas del abrazo que me diste.
—Yo hago las cosas cuando me apetecen —se encogió de hombros.
—Por mucho que me ofenda tu fría bienvenida, no puedo comprenderte más. El viento sopla donde quiera cuando quiera —dijo mientras se acercaba a la furgoneta para comprobar su estado exterior general.
—No es sólo por eso —le dijo Haru—. Sigo cabreado contigo.
—¿Y eso por qué?
—Por tardar tanto en volver a la Asociación.
—Pero he vuelto, ¿no?
—No pude asistir a tu bienvenida la otra noche, pero le pedí al maestro Pipi que te diera un bofetón de mi parte.
—Ya, ya, no te preocupes, Pipi hoy me ha dado ya un par de palizas, aunque no por ti —dijo mientras abría la puerta lateral del vehículo y encontró a esos tres humanos de relax, cómodamente sentados en el suelo de la parte de atrás con varios cojines, una mesita, una lamparita, cartas, cervezas y mucho olor a porro—. Hala… qué recuerdos de mi juventud…
—Hala, ¿de dónde ha salido este hombretón? —preguntó una de las dos chicas, mirando a Neuval de arriba abajo varias veces.
—Buenas noches. Soy el mecánico.
—¡Madre mía, ¿qué voz es esa?! —exclamaron con sorpresa—. Casi se me derriten los oídos… —balbució el bajista—. Y a mí casi se me derrite la entrepierna… —dijo una de las chicas—. Oye, mecánico, el sonido de tu voz roza lo divino, di algo más.
Neuval giró la cabeza para mirar un momento a Haru.
—Están muy fumados —le explicó el chico—. De todas formas, tienen razón. Tu voz siempre ha sido impresionante.
—Aah… ¿será por eso…? Katya era la mujer más seria, disciplinada y poderosa en el autocontrol que he conocido, pero cuando le susurraba una simple palabra al oído, de repente me arrancaba la ropa. Empecé a sospechar que era cosa de mi voz y no de la palabra en sí.
—Preferiría no conocer cosas tan privadas de Ekaterina.
—En fin —Neuval miró de nuevo a los otros tres—. Seguid con lo vuestro, voy a llevaros de vuelta a la capital.
—¡Por fin! —celebró el bajista.
—Eh, yo quería ir al onsen… —protestó la otra chica.
Neuval volvió a cerrar la puerta y regresó a donde estaba Haru, poniéndose delante del capó.
—Espera —le puso Haru la mano delante—. Aún no he aceptado nada. Vas a arreglar la furgo y llevarme de vuelta a Tokio, ¿por qué razón exactamente?
—Vas a ayudarme a meter a mi hijo en vereda.
Haru se quedó varios segundos pensando, con ojos entornados de confusión.
—Disculpa, ¿qué hijo?
—¿Tú cuál crees?
—Pues como no tengas un tercer hijo secreto por ahí, no tengo ni idea de a quién te refieres, Fuujin-sama, teniendo en cuenta que los dos que yo conozco, uno es un humano ejemplar y el otro un iris inocente, ambos incapaces de hacer daño a una mosca o hacer algo malo. ¿Seguro que no te refieres a tu hija? Que yo recuerde, es la que más se parece a ti en cuanto a comportamiento regulinchi.
—Lo creas o no, la loca del medio es la única que últimamente me está trayendo más paz y alegría —dijo mientras dejaba su estuche negro sobre el capó.
—Me sorprende que digas eso, después de la nueva gran hazaña de Lex, aplaudida por todo el hospital y todo el gremio de médicos del país.
Neuval dejó lo que estaba haciendo y se quedó inmóvil mirándolo con una ceja muy arqueada.
—¿Eh?
—Hmm… —murmuró Haru, mirando al cielo con una mezcla de cansancio y reflexivo—. ¿Me estaré yendo de la lengua?
—Suelta todo lo que sepas, o me meto yo mismo en tu mente —le dijo Neuval, agarrándolo de las solapas de la chaqueta, intrigado.
—No me parece bien que te enteres a través de mí de algo muy importante que ha hecho uno de tus hijos.
—Haru, llevo años dependiendo de su novia, de mis padres y de otras terceras personas para informarme de todas las novedades de la vida de Lex, así que cuéntamelo de una vez. ¿Qué ha hecho, y cuándo, y tú cómo lo sabes?
—La enfermera que cuida de mi padre es del mismo hospital. Hablé hoy con ella para que me contara qué tal iba mi viejo, y me comentó esa noticia, que había causado un gran revuelo en el hospital durante todo el día de ayer, viernes.
Neuval apartó la mirada a un lado rápidamente, recordando algo. Su madre le dijo, durante la conversación telepática que tuvo con ella en el cementerio el miércoles pasado, que Lex no podía venir porque tenía una operación.
—¿Es por esa cir… cirug… ugía…? ¡Aaagh! —gritó con rabia de repente—. ¿La puñetera cosa esa que tenía el miércoles? ¿Qué tenía esa de importante sobre las demás?
—¿De verdad que no puedes pronunciar la palabra “hospital” o “cirugía” sin que se te encojan los huevos? —se mofó Haru.
—Un respeto a tus mayores —le reprimió Neuval, y le hizo un gesto impaciente con la mirada.
—Sí, bueno, por lo visto se trataba de la extirpación de un tumor maligno del cerebro de una niña bastante pequeña. La enfermera me explicó que sus padres estaban desesperados porque todos los neurocirujanos a los que acudieron por todo Japón y por Estados Unidos les dijeron que era imposible quitárselo sin acabar matando a la niña. Pero entonces el caso llegó a oídos de Lex y, al parecer, fue el único que le echó cojones y se pasó una semana trabajando día y noche con su equipo investigando y practicando mil formas de realizar la extirpación en un simulador. Iban a contrarreloj porque la niña ya estaba en coma y a días de palmarla. Y entonces Lex dio con alguna clave milagrosa, a saber qué, yo no entiendo de eso… y se lanzaron a operar a la niña, parece ser que durante horas y horas… dos días enteros, creo. Y, en fin. Todo un éxito. La niña sobrevivió, y dicen que se está recuperando favorablemente, aunque aún la tienen que vigilar, es pronto.
En ese momento Neuval entró en un estado metafísico ausente, en éxtasis. Se quedó mirando al horizonte con ojos muy abiertos, sin pestañear.
—Wow… —Haru se separó un paso de él, algo asustado—. Tienes una sonrisa tan espeluznante y grande que apenas te veo el resto del careto.
—Oye, Haru, ese modelo deportista occidental colega tuyo está tan hinchado que parece que va a explotar —le dijo su compañera de grupo, la que tocaba la batería, dejando la puerta lateral abierta.
—Tranqui, es su orgullo, que no encuentra más espacio en su cuerpo. Y no es modelo. Es un científico, ingeniero, inventor y empresario.
Los tres humanos compañeros de Haru se quedaron mudos un momento.
—¿Para qué carajo se molesta en trabajar en tantas cosas, teniendo el cuerpo modélico de un semidiós vikingo de dos metros? —protestó la chica de antes, incrédula.
—No llega a los dos metros —repuso Haru, pero luego se giró y volvió a observar a Neuval detenidamente, de arriba abajo, y le entró la duda—. Fuujin-sama, ¿cuánto mides?
—Justo cuando pienso que ese chico no puede sorprenderme más, y vuelve a dejarme pasmado… —decía Neuval, hablando consigo mismo, todavía con esa expresión henchida de orgullo, mirando al horizonte—. ¿Te lo puedes creer, Katya? No existe un humano más increíble que nuestro hijo…
—¿Ves? Te lo dije —le mostró Haru a su compañera, después de haber medido la altura de Neuval con una cinta métrica extensible que habían encontrado dentro de la furgoneta, ya que se la habían alquilado a un familiar de ellos que era albañil—. Mide 192 centímetros, no dos metros.
—Tío, ¿en serio? Como si me marcas la diferencia entre un pepino y un calabacín —bufó la baterista, y luego puso cara pensativa—. Hablando de pepinos. Me pregunto… —se dijo a sí misma, cogiendo el metro extensible de las manos de Haru y se inclinó hacia la mitad de Neuval.
—Lo que daría por poder ir a felicitar a Lex en persona y hacerle un buen regalo sin que me cierre la puerta en las narices… —seguía murmurando Neuval—. ¡Ah! —exclamó de repente con susto cuando notó un roce en la entrepierna, apartándose de la chica de un brinco—. Mademoiselle! —la miró escandalizado, protegiéndose con las manos ahí abajo.
—Eh, colega, tranquiiiilo. No pasa nada. No es lo que crees, no pienses nada raro —le dijo esta, con su arrastrado y relajado tono de voz—. Solamente quería medir tu pene.
El cerebro de Neuval sufrió un pequeño cortocircuito. Claro que había estado los últimos dos minutos ignorando su alrededor y había pasado de recibir la maravillosa noticia sobre Lex a tener de repente a una joven desconocida midiéndole partes del cuerpo con una cinta métrica de albañil.
—De todas las cosas que he hecho con mujeres, esa sería la más normal y elegante de todas —terminó declarando Neuval.
—Qué interesante —dijo la chica, alzando el metro—. ¿Entonces me dejas ver cuánto te mide la…?
—No —contestó Neuval tajantemente—. Tienes la mitad de mi edad, so loca. Dame esto —le arrebató la cinta métrica y se dirigió a la parte delantera del vehículo otra vez, y abrió el capó para examinar el motor.
—¿La mitad? Pfff… Tronco, tengo 23 años, tú apenas me sacarás unos 8…
—Tengo cuatro décadas y media, canija midepenes, así que ya me estás tratando con más respeto.
—¡Qué flipe! ¿¡45 añacos!? —gritó perpleja—. ¡Eso es superviejo! No puede ser, ¡eres un carcamal!
—¡Ahh! —Neuval levantó la vista, dando un respingo dolido, llevándose una mano al pecho—. ¡Es una edad perfectamente joven todavía! ¡No es para nada de viejos!
—¿¡Pero qué dice, pedo vetusto!? No sé su secreto para tener un cuerpo físico tan joven, pero si de verdad tiene 45 añacos, está usted ya para el arrastre, ¡abuelo!
—¡Ab-…! —se llevó la otra mano al pecho, para contener el doble de dolor.
Pero a partir de ahí Neuval se quedó petrificado, mirando al vacío con ojos desconcertados, sufriendo un bofetón de realidad, un golpetazo cósmico, sumergiéndose en un conflicto interno acerca de su existencia en el universo.
—Putain de vie, pero si estoy ya rozando los 50… —murmuró con congoja—. Siempre vi los 45 años como la edad de los jóvenes señores elegantes, pero esta fumada sinvergüenza tiene razón… Soy un pedo vetusto…
—Fuujin-sama —lo llamó Haru en voz baja, viendo que lo estaban perdiendo, y le dio toquecitos en el brazo—. Fuujin-sama… No es momento para que entres en otra crisis depresiva, por favor. Dale caña a la furgo o me voy por mi cuenta a buscar una grúa. Te recuerdo que eres un iris y que tus 45 años equivalen a la edad de 30 años humanos.
—No es por el tema físico o de salud, Haru —le dijo Neuval, mirándolo con lágrimas en los ojos, mientras movía los brazos por dentro de la maquinaria del vehículo—. Es por cómo me ve y me trata el resto de la gente al saber cuánto tiempo llevo viviendo —señaló con un dedo manchado de aceite negro a la otra chica—. ¿45 años es ya para la sociedad la edad de un abuelo?
—Fuujin-sama. Creo que te estás tomando muy a pecho el comentario de una humana de 23 años que acaba de fumarse un porro entero de marihuana.
—Sé sincero. Tú tienes 20 ridículos años —siguió sollozando—. ¿Tú también me ves así? ¿Te parezco un viejuno? ¿Pasado de moda, alejado de la juventud actual?
—Para mí la edad no es un número, sino una actitud. El viejo Lao me parece el más joven de todos nosotros. Y tú te le acercas.
—Oh… —se asombró ante ese punto de vista—. Guau… Rezumas sabiduría, Fuujin-san.
—Gracias. Y ahora, ¿vas a arreglar la furgo de una vez, o vas a seguir lloriqueando por tonterías?
—He terminado de reparar el motor en estos 30 segundos de lloriqueo —Neuval le puso en las manos la llave, la cinta métrica y el clip y pasó de largo para limpiarse las manos con un trapo viejo que había en la guantera del interior del vehículo.
Haru se quedó de piedra un momento. Pero luego recordó que no debería sorprenderse en absoluto. Neuval le hizo un gesto para que se subiera de copiloto, mientras él se subía al volante. Ya listos, la furgoneta arrancó como la seda, y Neuval fue conduciendo dirección este.
—Uah… —bostezó Haru, apoyándose perezosamente contra la ventanilla—. ¿Entonces qué quieres, que castigue a uno de tus hijos? Si se trata de Lex, olvídalo. Lex es uno de los humanos que más respeto en el mundo entero.
—Por supuesto que no me refiero a Lex. Y con “meterlo en vereda” me refería a que sometas a Yenkis a un entrenamiento intensivo, disciplinarlo en el dominio básico del aire.
Haru levantó la cabeza, dirigiéndole una mirada preocupada.
—¿Qué ha pasado?
—Nada. Sólo una pequeña manifestación emocional. Hace ya años que se me pasó por la mente la posibilidad de que algo así pasaría cuando Yenkis entrara en la pubertad, pero…
—¿Qué opina nuestro Señor Alvion al respecto?
—Tú no te preocupes por el vejete. Hazme este favor a mí y ya me encargo yo de Alvion si tiene alguna queja. Pero Yenkis me sigue perteneciendo a mí, incluido su iris y lo que haga con él, así que yo me hago responsable. Tú sólo enséñale el control básico. No de lucha, sino emocional.
—El de lucha también le resultará útil.
—No, porque no va a matar criminales.
—Pero sí va a vivir en este mundo, donde, seas humano o no, no viene mal saber un poco de lucha y defensa personal.
Neuval frunció los labios. La verdad es que Haru tenía razón en eso.
—Supongo que me pides a mí entrenarlo en lugar de hacerlo tú mismo porque no tienes tiempo suficiente —dijo Haru—. ¿Cómo vas a pagarme a mí el tiempo de mi periodo vacacional?
—¿Qué pedirías? —sonrió Neuval—. Y por favor, no digas una Maî-…
—Una Maître —contestó Haru directamente.
—Ay… —suspiró—. ¿Tienes idea de lo costoso que es? Es el arma más compleja que jamás he inventado. Por eso a día de hoy sólo hemos podido hacer cuatro.
—¿¡Cuatro!? ¿Quién más tiene una, aparte de Lao, tú y Lex?
—Lao le ha hecho una a Kyo.
—Qué suerte tienen algunos… —refunfuñó el chico, apoyando la barbilla en una mano y mirando por la ventanilla—. Pues no se me ocurre nada. Porque me sobra el dinero.
—¿Sabes qué le regalé a Yenkis por su noveno cumpleaños?
—¿Otra Maître?
—No —contestó con tono paciente—. Una guitarra semiacústica.
—Mm —respondió Haru sin más, indiferente. Sin embargo, se dio cuenta de algo. Se giró y lo miró fijamente—. ¿Construida por ti?
Neuval asintió con la cabeza. Haru ahora tenía los ojos abiertos como platos. Él mismo era guitarrista, era su mayor pasión en la vida, y además era un iris Fuu, el tipo de iris que más apreciaba toda la ciencia del sonido. Una guitarra de ese tipo, construida por el mayor genio tecnológico del mundo, y el Fuu de mayor nivel del mundo… sólo alguien como Haru podía considerarlo como un regalo divino.
—Pero si quieres, intento hacerte una pistola Maître —comentó Neuval.
—Olvida la jodida pistola, quiero esa guitarra.
Neuval soltó una risilla, tomando la negociación por zanjada. No obstante, el reloj digital de su muñeca comenzó a dar unos parpadeos.
—Hoti, ¿qué pasa? —preguntó, sin apartar la vista de la carretera.
—“Mi protocolo de seguridad ha generado una preocupación.”
—Vale, ¿qué te preocupa?
—“Yenkis. Intentó hackearme con un dispositivo extraño hace unos días.”
—¿¡Que intentó hack-…!? —brincó Neuval con disgusto.
—Hahah… Digno hijo de Ekaterina —se rio Haru.
—“No lo logró. Pero esa no es la cuestión. Establecí una ruta de conexión con ese dispositivo. Puedo localizarlo cuando se activa. Se acaba de activar. Pero no en el lugar esperado.”
—¿Qué? ¿A qué te refieres?
—“Escuché tu conversación con Hana. Yenkis debería estar ahora en la vivienda de los Fujimoto. He comprobado la dirección de los Fujimoto. Yenkis no se encuentra en la vivienda de los Fujimoto. Se encuentra en otra vivienda mucho más lejos.”
—¿¡En qué otra vivienda!? —exclamó Neuval, entrando en pánico y pisando el acelerador a fondo—. ¡Dame la dirección!
—Oh, oh… —se preocupó Haru.
En una carretera perdida en medio de campos, bosques y montañas, la furgoneta blanca sobre la que Haru seguía tumbado hacía rato que ya se había enfriado.
Sus tres compañeros de grupo estaban dentro, en la espaciosa parte de atrás, con una lámpara de batería portátil encendida jugando a las cartas sin preocupación alguna, de completo relax. Les envolvía una nube de humo, de los canutos de marihuana que se estaban fumando. Llevaban también unas latas de cerveza ya vacías, y escuchaban música de uno de sus teléfonos móviles.
Le habían insistido a Haru varias veces que dejase de estar ahí fuera helándose y se uniese a la partida y al calor de dentro. En otras circunstancias, él habría accedido. Pero, antes de ser un amigo humano normal o un músico relajado, era un iris. Haru no estaba fuera de la furgoneta por capricho. Perdido en mitad de la nada con tres humanos que además eran como hermanos para él, y aunque todo allí pareciera tranquilo, su sentido del deber primaba sobre cualquier riesgo. Un animal salvaje, unos bandidos, una repentina tormenta… cualquier cosa podía pasar y él estaba ahí fuera vigilando.
Tampoco podía quejarse. La vista era espectacular. Todo era tinieblas a su alrededor, pero, sobre él, el manto de estrellas era sobrecogedor. Soñaba con adquirir algún día el poder de volar y navegar un cielo como ese. Era una habilidad de máximo nivel, por eso sólo Neuval podía hacerlo actualmente. Además de Alvion.
Como había terminado su gira, ya no llevaba sus estilosas y extravagantes ropas, llevaba ropa normal, aunque aún conservaba cosas de su estilo personal, como su estrafalario peinado de dos colores, los ojos pintados, las uñas también… Llevaba también un anillo grande de acero de una calavera con alas de mariposa, se lo prestó Nakuru hace un año. Había olvidado devolvérselo. A lo mejor se lo quedaba, si ella no lo pedía de vuelta. Ya había compartido accesorios y prendas con ella muchas veces, ya que el estilo de ambos era similar. Ciertamente, algunos miembros de la KRS y la SRS se comportaban como hermanos.
Haru le dio otra calada a su cigarro de marihuana. Observó el humo salir de su boca hacia el cielo estrellado. Frunció el ceño. Una de esas estrellas se estaba moviendo veloz hacia ese lugar. Entonces se dio cuenta de que era la brillante luz blanca de Neuval, volando por el cielo.
El chico se bajó del capó y miró hacia arriba fijamente, emitiendo otro brillo blanco de su ojo iris. Al parecer Neuval lo vio, pues cambió su trayectoria y descendió en picado hasta aterrizar frente a la furgoneta, trayendo consigo un vendaval que levantó una gran nube de polvo por la carretera. Haru hizo unos pequeños aspavientos con la mano, provocando unas enormes ráfagas de aire que despejó el polvo del lugar en un segundo. Después le echó un vistazo al recién llegado, dándole otra pasiva calada a su cigarro. Neuval llevaba la capucha de su sudadera negra puesta.
—El chándal deportivo negro te queda sexi —le comentó el chico.
Entonces Neuval se quitó la capucha y empezó a escupir plumas con torpeza.
—Eso ya es menos sexi —dijo Haru.
—Creo que me he chocado con algún pájaro descendiendo hasta aquí.
—Ajá —el chico le dio otra calada a su cigarro, impasible.
—¿“Ajá”? ¿Eso es todo lo que tienes que decirme? —protestó Neuval, pero le sonrió y extendió los brazos—. ¿Ni siquiera un abrazo?
—Tío, que ya no soy un niño —rezongó Haru.
—No me vengas con esas, Akimitsu. Cuando hace tres años arreglé tu guitarra eléctrica que dabas por perdida, casi me partes las costillas del abrazo que me diste.
—Yo hago las cosas cuando me apetecen —se encogió de hombros.
—Por mucho que me ofenda tu fría bienvenida, no puedo comprenderte más. El viento sopla donde quiera cuando quiera —dijo mientras se acercaba a la furgoneta para comprobar su estado exterior general.
—No es sólo por eso —le dijo Haru—. Sigo cabreado contigo.
—¿Y eso por qué?
—Por tardar tanto en volver a la Asociación.
—Pero he vuelto, ¿no?
—No pude asistir a tu bienvenida la otra noche, pero le pedí al maestro Pipi que te diera un bofetón de mi parte.
—Ya, ya, no te preocupes, Pipi hoy me ha dado ya un par de palizas, aunque no por ti —dijo mientras abría la puerta lateral del vehículo y encontró a esos tres humanos de relax, cómodamente sentados en el suelo de la parte de atrás con varios cojines, una mesita, una lamparita, cartas, cervezas y mucho olor a porro—. Hala… qué recuerdos de mi juventud…
—Hala, ¿de dónde ha salido este hombretón? —preguntó una de las dos chicas, mirando a Neuval de arriba abajo varias veces.
—Buenas noches. Soy el mecánico.
—¡Madre mía, ¿qué voz es esa?! —exclamaron con sorpresa—. Casi se me derriten los oídos… —balbució el bajista—. Y a mí casi se me derrite la entrepierna… —dijo una de las chicas—. Oye, mecánico, el sonido de tu voz roza lo divino, di algo más.
Neuval giró la cabeza para mirar un momento a Haru.
—Están muy fumados —le explicó el chico—. De todas formas, tienen razón. Tu voz siempre ha sido impresionante.
—Aah… ¿será por eso…? Katya era la mujer más seria, disciplinada y poderosa en el autocontrol que he conocido, pero cuando le susurraba una simple palabra al oído, de repente me arrancaba la ropa. Empecé a sospechar que era cosa de mi voz y no de la palabra en sí.
—Preferiría no conocer cosas tan privadas de Ekaterina.
—En fin —Neuval miró de nuevo a los otros tres—. Seguid con lo vuestro, voy a llevaros de vuelta a la capital.
—¡Por fin! —celebró el bajista.
—Eh, yo quería ir al onsen… —protestó la otra chica.
Neuval volvió a cerrar la puerta y regresó a donde estaba Haru, poniéndose delante del capó.
—Espera —le puso Haru la mano delante—. Aún no he aceptado nada. Vas a arreglar la furgo y llevarme de vuelta a Tokio, ¿por qué razón exactamente?
—Vas a ayudarme a meter a mi hijo en vereda.
Haru se quedó varios segundos pensando, con ojos entornados de confusión.
—Disculpa, ¿qué hijo?
—¿Tú cuál crees?
—Pues como no tengas un tercer hijo secreto por ahí, no tengo ni idea de a quién te refieres, Fuujin-sama, teniendo en cuenta que los dos que yo conozco, uno es un humano ejemplar y el otro un iris inocente, ambos incapaces de hacer daño a una mosca o hacer algo malo. ¿Seguro que no te refieres a tu hija? Que yo recuerde, es la que más se parece a ti en cuanto a comportamiento regulinchi.
—Lo creas o no, la loca del medio es la única que últimamente me está trayendo más paz y alegría —dijo mientras dejaba su estuche negro sobre el capó.
—Me sorprende que digas eso, después de la nueva gran hazaña de Lex, aplaudida por todo el hospital y todo el gremio de médicos del país.
Neuval dejó lo que estaba haciendo y se quedó inmóvil mirándolo con una ceja muy arqueada.
—¿Eh?
—Hmm… —murmuró Haru, mirando al cielo con una mezcla de cansancio y reflexivo—. ¿Me estaré yendo de la lengua?
—Suelta todo lo que sepas, o me meto yo mismo en tu mente —le dijo Neuval, agarrándolo de las solapas de la chaqueta, intrigado.
—No me parece bien que te enteres a través de mí de algo muy importante que ha hecho uno de tus hijos.
—Haru, llevo años dependiendo de su novia, de mis padres y de otras terceras personas para informarme de todas las novedades de la vida de Lex, así que cuéntamelo de una vez. ¿Qué ha hecho, y cuándo, y tú cómo lo sabes?
—La enfermera que cuida de mi padre es del mismo hospital. Hablé hoy con ella para que me contara qué tal iba mi viejo, y me comentó esa noticia, que había causado un gran revuelo en el hospital durante todo el día de ayer, viernes.
Neuval apartó la mirada a un lado rápidamente, recordando algo. Su madre le dijo, durante la conversación telepática que tuvo con ella en el cementerio el miércoles pasado, que Lex no podía venir porque tenía una operación.
—¿Es por esa cir… cirug… ugía…? ¡Aaagh! —gritó con rabia de repente—. ¿La puñetera cosa esa que tenía el miércoles? ¿Qué tenía esa de importante sobre las demás?
—¿De verdad que no puedes pronunciar la palabra “hospital” o “cirugía” sin que se te encojan los huevos? —se mofó Haru.
—Un respeto a tus mayores —le reprimió Neuval, y le hizo un gesto impaciente con la mirada.
—Sí, bueno, por lo visto se trataba de la extirpación de un tumor maligno del cerebro de una niña bastante pequeña. La enfermera me explicó que sus padres estaban desesperados porque todos los neurocirujanos a los que acudieron por todo Japón y por Estados Unidos les dijeron que era imposible quitárselo sin acabar matando a la niña. Pero entonces el caso llegó a oídos de Lex y, al parecer, fue el único que le echó cojones y se pasó una semana trabajando día y noche con su equipo investigando y practicando mil formas de realizar la extirpación en un simulador. Iban a contrarreloj porque la niña ya estaba en coma y a días de palmarla. Y entonces Lex dio con alguna clave milagrosa, a saber qué, yo no entiendo de eso… y se lanzaron a operar a la niña, parece ser que durante horas y horas… dos días enteros, creo. Y, en fin. Todo un éxito. La niña sobrevivió, y dicen que se está recuperando favorablemente, aunque aún la tienen que vigilar, es pronto.
En ese momento Neuval entró en un estado metafísico ausente, en éxtasis. Se quedó mirando al horizonte con ojos muy abiertos, sin pestañear.
—Wow… —Haru se separó un paso de él, algo asustado—. Tienes una sonrisa tan espeluznante y grande que apenas te veo el resto del careto.
—Oye, Haru, ese modelo deportista occidental colega tuyo está tan hinchado que parece que va a explotar —le dijo su compañera de grupo, la que tocaba la batería, dejando la puerta lateral abierta.
—Tranqui, es su orgullo, que no encuentra más espacio en su cuerpo. Y no es modelo. Es un científico, ingeniero, inventor y empresario.
Los tres humanos compañeros de Haru se quedaron mudos un momento.
—¿Para qué carajo se molesta en trabajar en tantas cosas, teniendo el cuerpo modélico de un semidiós vikingo de dos metros? —protestó la chica de antes, incrédula.
—No llega a los dos metros —repuso Haru, pero luego se giró y volvió a observar a Neuval detenidamente, de arriba abajo, y le entró la duda—. Fuujin-sama, ¿cuánto mides?
—Justo cuando pienso que ese chico no puede sorprenderme más, y vuelve a dejarme pasmado… —decía Neuval, hablando consigo mismo, todavía con esa expresión henchida de orgullo, mirando al horizonte—. ¿Te lo puedes creer, Katya? No existe un humano más increíble que nuestro hijo…
—¿Ves? Te lo dije —le mostró Haru a su compañera, después de haber medido la altura de Neuval con una cinta métrica extensible que habían encontrado dentro de la furgoneta, ya que se la habían alquilado a un familiar de ellos que era albañil—. Mide 192 centímetros, no dos metros.
—Tío, ¿en serio? Como si me marcas la diferencia entre un pepino y un calabacín —bufó la baterista, y luego puso cara pensativa—. Hablando de pepinos. Me pregunto… —se dijo a sí misma, cogiendo el metro extensible de las manos de Haru y se inclinó hacia la mitad de Neuval.
—Lo que daría por poder ir a felicitar a Lex en persona y hacerle un buen regalo sin que me cierre la puerta en las narices… —seguía murmurando Neuval—. ¡Ah! —exclamó de repente con susto cuando notó un roce en la entrepierna, apartándose de la chica de un brinco—. Mademoiselle! —la miró escandalizado, protegiéndose con las manos ahí abajo.
—Eh, colega, tranquiiiilo. No pasa nada. No es lo que crees, no pienses nada raro —le dijo esta, con su arrastrado y relajado tono de voz—. Solamente quería medir tu pene.
El cerebro de Neuval sufrió un pequeño cortocircuito. Claro que había estado los últimos dos minutos ignorando su alrededor y había pasado de recibir la maravillosa noticia sobre Lex a tener de repente a una joven desconocida midiéndole partes del cuerpo con una cinta métrica de albañil.
—De todas las cosas que he hecho con mujeres, esa sería la más normal y elegante de todas —terminó declarando Neuval.
—Qué interesante —dijo la chica, alzando el metro—. ¿Entonces me dejas ver cuánto te mide la…?
—No —contestó Neuval tajantemente—. Tienes la mitad de mi edad, so loca. Dame esto —le arrebató la cinta métrica y se dirigió a la parte delantera del vehículo otra vez, y abrió el capó para examinar el motor.
—¿La mitad? Pfff… Tronco, tengo 23 años, tú apenas me sacarás unos 8…
—Tengo cuatro décadas y media, canija midepenes, así que ya me estás tratando con más respeto.
—¡Qué flipe! ¿¡45 añacos!? —gritó perpleja—. ¡Eso es superviejo! No puede ser, ¡eres un carcamal!
—¡Ahh! —Neuval levantó la vista, dando un respingo dolido, llevándose una mano al pecho—. ¡Es una edad perfectamente joven todavía! ¡No es para nada de viejos!
—¿¡Pero qué dice, pedo vetusto!? No sé su secreto para tener un cuerpo físico tan joven, pero si de verdad tiene 45 añacos, está usted ya para el arrastre, ¡abuelo!
—¡Ab-…! —se llevó la otra mano al pecho, para contener el doble de dolor.
Pero a partir de ahí Neuval se quedó petrificado, mirando al vacío con ojos desconcertados, sufriendo un bofetón de realidad, un golpetazo cósmico, sumergiéndose en un conflicto interno acerca de su existencia en el universo.
—Putain de vie, pero si estoy ya rozando los 50… —murmuró con congoja—. Siempre vi los 45 años como la edad de los jóvenes señores elegantes, pero esta fumada sinvergüenza tiene razón… Soy un pedo vetusto…
—Fuujin-sama —lo llamó Haru en voz baja, viendo que lo estaban perdiendo, y le dio toquecitos en el brazo—. Fuujin-sama… No es momento para que entres en otra crisis depresiva, por favor. Dale caña a la furgo o me voy por mi cuenta a buscar una grúa. Te recuerdo que eres un iris y que tus 45 años equivalen a la edad de 30 años humanos.
—No es por el tema físico o de salud, Haru —le dijo Neuval, mirándolo con lágrimas en los ojos, mientras movía los brazos por dentro de la maquinaria del vehículo—. Es por cómo me ve y me trata el resto de la gente al saber cuánto tiempo llevo viviendo —señaló con un dedo manchado de aceite negro a la otra chica—. ¿45 años es ya para la sociedad la edad de un abuelo?
—Fuujin-sama. Creo que te estás tomando muy a pecho el comentario de una humana de 23 años que acaba de fumarse un porro entero de marihuana.
—Sé sincero. Tú tienes 20 ridículos años —siguió sollozando—. ¿Tú también me ves así? ¿Te parezco un viejuno? ¿Pasado de moda, alejado de la juventud actual?
—Para mí la edad no es un número, sino una actitud. El viejo Lao me parece el más joven de todos nosotros. Y tú te le acercas.
—Oh… —se asombró ante ese punto de vista—. Guau… Rezumas sabiduría, Fuujin-san.
—Gracias. Y ahora, ¿vas a arreglar la furgo de una vez, o vas a seguir lloriqueando por tonterías?
—He terminado de reparar el motor en estos 30 segundos de lloriqueo —Neuval le puso en las manos la llave, la cinta métrica y el clip y pasó de largo para limpiarse las manos con un trapo viejo que había en la guantera del interior del vehículo.
Haru se quedó de piedra un momento. Pero luego recordó que no debería sorprenderse en absoluto. Neuval le hizo un gesto para que se subiera de copiloto, mientras él se subía al volante. Ya listos, la furgoneta arrancó como la seda, y Neuval fue conduciendo dirección este.
—Uah… —bostezó Haru, apoyándose perezosamente contra la ventanilla—. ¿Entonces qué quieres, que castigue a uno de tus hijos? Si se trata de Lex, olvídalo. Lex es uno de los humanos que más respeto en el mundo entero.
—Por supuesto que no me refiero a Lex. Y con “meterlo en vereda” me refería a que sometas a Yenkis a un entrenamiento intensivo, disciplinarlo en el dominio básico del aire.
Haru levantó la cabeza, dirigiéndole una mirada preocupada.
—¿Qué ha pasado?
—Nada. Sólo una pequeña manifestación emocional. Hace ya años que se me pasó por la mente la posibilidad de que algo así pasaría cuando Yenkis entrara en la pubertad, pero…
—¿Qué opina nuestro Señor Alvion al respecto?
—Tú no te preocupes por el vejete. Hazme este favor a mí y ya me encargo yo de Alvion si tiene alguna queja. Pero Yenkis me sigue perteneciendo a mí, incluido su iris y lo que haga con él, así que yo me hago responsable. Tú sólo enséñale el control básico. No de lucha, sino emocional.
—El de lucha también le resultará útil.
—No, porque no va a matar criminales.
—Pero sí va a vivir en este mundo, donde, seas humano o no, no viene mal saber un poco de lucha y defensa personal.
Neuval frunció los labios. La verdad es que Haru tenía razón en eso.
—Supongo que me pides a mí entrenarlo en lugar de hacerlo tú mismo porque no tienes tiempo suficiente —dijo Haru—. ¿Cómo vas a pagarme a mí el tiempo de mi periodo vacacional?
—¿Qué pedirías? —sonrió Neuval—. Y por favor, no digas una Maî-…
—Una Maître —contestó Haru directamente.
—Ay… —suspiró—. ¿Tienes idea de lo costoso que es? Es el arma más compleja que jamás he inventado. Por eso a día de hoy sólo hemos podido hacer cuatro.
—¿¡Cuatro!? ¿Quién más tiene una, aparte de Lao, tú y Lex?
—Lao le ha hecho una a Kyo.
—Qué suerte tienen algunos… —refunfuñó el chico, apoyando la barbilla en una mano y mirando por la ventanilla—. Pues no se me ocurre nada. Porque me sobra el dinero.
—¿Sabes qué le regalé a Yenkis por su noveno cumpleaños?
—¿Otra Maître?
—No —contestó con tono paciente—. Una guitarra semiacústica.
—Mm —respondió Haru sin más, indiferente. Sin embargo, se dio cuenta de algo. Se giró y lo miró fijamente—. ¿Construida por ti?
Neuval asintió con la cabeza. Haru ahora tenía los ojos abiertos como platos. Él mismo era guitarrista, era su mayor pasión en la vida, y además era un iris Fuu, el tipo de iris que más apreciaba toda la ciencia del sonido. Una guitarra de ese tipo, construida por el mayor genio tecnológico del mundo, y el Fuu de mayor nivel del mundo… sólo alguien como Haru podía considerarlo como un regalo divino.
—Pero si quieres, intento hacerte una pistola Maître —comentó Neuval.
—Olvida la jodida pistola, quiero esa guitarra.
Neuval soltó una risilla, tomando la negociación por zanjada. No obstante, el reloj digital de su muñeca comenzó a dar unos parpadeos.
—Hoti, ¿qué pasa? —preguntó, sin apartar la vista de la carretera.
—“Mi protocolo de seguridad ha generado una preocupación.”
—Vale, ¿qué te preocupa?
—“Yenkis. Intentó hackearme con un dispositivo extraño hace unos días.”
—¿¡Que intentó hack-…!? —brincó Neuval con disgusto.
—Hahah… Digno hijo de Ekaterina —se rio Haru.
—“No lo logró. Pero esa no es la cuestión. Establecí una ruta de conexión con ese dispositivo. Puedo localizarlo cuando se activa. Se acaba de activar. Pero no en el lugar esperado.”
—¿Qué? ¿A qué te refieres?
—“Escuché tu conversación con Hana. Yenkis debería estar ahora en la vivienda de los Fujimoto. He comprobado la dirección de los Fujimoto. Yenkis no se encuentra en la vivienda de los Fujimoto. Se encuentra en otra vivienda mucho más lejos.”
—¿¡En qué otra vivienda!? —exclamó Neuval, entrando en pánico y pisando el acelerador a fondo—. ¡Dame la dirección!
—Oh, oh… —se preocupó Haru.
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