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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __









79.
Un poeta junto al río

Por fin. Después de tres semanas en el Monte Zou cumpliendo la tarea de investigación que Pipi le había encomendado, Yagami al fin dio con dos libros en los que podría estar la clave del misterio.

Tal como Pipi le había comentado a Neuval ayer, hace varias semanas, antes de que sucediera el problema de Kyo con la MRS y el pergamino que querían robar, él y su SRS habían tenido una misión de gran magnitud, en la cual Pipi había pedido la colaboración de la ORS de Kanon, la otra Líder e íntima amiga de ellos. Había sido una misión internacional porque habían tenido que seguir a una gran banda de tráfico humano que operaba en Japón con contactos en Corea, Taiwán y Filipinas. Ya la habían cumplido con éxito.

El caso es que, en una breve estadía en la pequeña ciudad taiwanesa de Taitung, Pipi se había topado con una vieja pareja de Knive, un hombre y una mujer ya mayores. Siempre eran muy fáciles de reconocer, vestían con ropajes negros y góticos, eran muy pálidos, algunos albinos y otros con cabello oscuro; solían llevar ojos pintados de negro, o los labios, o las uñas, y siempre portaban accesorios metálicos o joyas de plata. Y todos daban miedo a simple vista. Aunque algunos no lo pretendían.

De hecho, Pipi se llevó el susto de su vida cuando se topó con ellos, y pensó que él y su SRS estaban a punto de ser aniquilados, hasta que el pequeño Jannik llamó a la anciana por su nombre. Resultaba que era una tía abuela suya, por lo que ella y su marido eran Knive secundarios, es decir, la rama de los Knive aliada de la Asociación y alejada de los valores originales de los Knive primarios. Entonces, los testículos de Pipi volvieron a bajar a su sitio.

Encontrarse con Knive por el mundo y lejos de Europa no era imposible, pero sí bastante raro, aunque ya se sabía que había muchos por el mundo y nadie sabía qué hacían; todo en ellos siempre era un secreto. Nadie de la Asociación, ni siquiera los Zou, tenían derecho a preguntar o meterse en sus asuntos, era un acuerdo que tenían que respetar.

No obstante, Jannik estuvo un rato hablando a solas con la pareja, mientras Pipi y el resto de la SRS y la ORS de Kanon esperaban para continuar con la misión. Cuando Jannik se despidió de sus parientes y regresó con sus compañeros iris, se reunió con Pipi a solas para hablar en privado:

«—¿¡Que qué!? —exclamó Pipi—. No, no… Repítelo, creo que no te he entendido bien.

—Se que es harto extraño, maestro, pero mi familia es experta en reconocer a simple vista a cualquier tipo de ser. Mi tía dice que ya son varios Knive secundarios los que han llegado a ver o a hallar el rastro de un arki, a lo largo de los últimos tres o cuatro años en varias regiones de Europa y Asia. Nadie ha logrado seguirle la pista más de un día, pero se sospecha que ha llevado a cabo actividades en solitario, contactos muy breves y discretos con gente de todo tipo… Dice mi tía que fue el año pasado cuando ella se cruzó cerca de este arki, en Corea del Sur. Estaba solo, en una cafetería, sentado en una mesa. Lo oyó hablando solo, como si estuviera alucinando. Mi tía no entiende japonés, pero recuerda que la palabra que más repetía era “dones”.

—¿Dones? —arqueó una ceja—. Un momento… ¿ese arki hablaba en japonés?

Pipi de repente se quedó mirando al vacío con una cara como asustada. Jannik frunció el ceño, preguntándose qué se le había pasado por la mente.»

Por supuesto, eran dos factores bastante significativos como para no hacer una relación inmediata. ¿Un arki japonés? ¿Cómo no iba la imagen de Izan a cruzar la mente de Pipi? De ser cierto, sería una noticia devastadora. Hacía años que Izan fue cayendo en el olvido. Y era lo mejor. Porque su marcha dejó una enorme cicatriz, tanto en la SRS como en la KRS. El hijo de Hideki y de Emiliya…

Sin embargo, era crucial en el mundo de los iris no presuponer cosas, por muchas coincidencias que reuniese. Asegurarse de los datos era primordial, dar con pruebas certeras, visuales, palpables. ¿Quién sabe? Podría tratarse de otra persona, otro iris japonés que cayó hasta el final de la enfermedad, y a lo mejor Izan seguía perdido en otra parte del mundo.

Lo de “dones” no lo entendió. Pero tenía que ser importante, si era la palabra que más repetía.

Pipi era muy famoso en la Asociación por su infalible instinto. Cuando se olía algo, sabía prepararse de antemano y, sobre todo, solía acertar. Incluso con las cosas más pequeñas, sutiles y aparentemente sin importancia. Por eso, ya desde hace tres semanas había puesto en marcha una investigación privada. Se reunió a solas con Waine, su Segunda, y con Jannik, Guardián, en el Yoho Pub en la madrugada, el mismo antro secreto donde pocos días después se reunieron también Lao y Neuval a solas para hablar de la desaparición de Kyo.

En esa conversación, Jannik insinuó que tal vez él conocía algunas historias sobre los llamados “dones”. Como Pipi tenía el olfato más afilado del mundo, sabía que el niño, en realidad, estaba diciendo que conocía bastantes cosas sobre ese tema, pero era uno de esos enigmas del mundo que la familia Knive solía saber y guardarse para ellos, y Jannik tenía algún tipo de prohibición de hablar sobre ello.

No obstante, el niño le sugirió a Pipi que enviara a alguno de sus compañeros a investigar por sí mismo los datos de ese tema en la biblioteca Zou. Como Jannik se había criado en la Ciudadela de las tierras Zou, los libros y reliquias que guardaba el templo no eran desconocidos para él y sabía que existían libros donde se hablaba de este enigma. Un Knive no podía hablar sobre ello, pero un iris sí podía descubrirlo por sí mismo a través de los libros y documentos disponibles para el conocimiento de cualquier curioso.

Entonces, Pipi le encomendó esta tarea a Yagami, sabiendo que era el idóneo. Por una parte, porque él también creció en las tierras Zou y sabía desenvolverse muy bien allí; y por otra, porque la profesión humana de Yagami era librero, y uno bastante apasionado y erudito. Él sabría encontrar la información en menos tiempo que cualquier otro, especialmente porque tenía que hacerlo solo y no podía acudir a nadie que lo ayudara.

Después, tras lo sucedido con Kyo, el pergamino y la MRS, resultando que fue el propio Kaoru quien le chivó a la MRS que Kyo guardaba el pergamino, sumado al comportamiento cada vez más distante y raro que Viernes llevaba meses mostrando, sumado al detalle de que su ARS no se presentó a la bienvenida de Fuujin y sumado al hecho de las actividades sospechosas que Jannik ya había visto en Taiya y en Kaoru en el instituto, Pipi y Waine decidieron iniciar el espionaje sobre la ARS.

Ahora estaban saliendo los frutos. Sakura iba a confirmarle a Pipi el imperdonable acto de traición que la ARS había cometido esa noche. Y Yagami, cuando la luz del alba ya inundó el interior de la gran cúpula central acristalada de la biblioteca del templo, agarró los dos libros clave que había encontrado tras haber leído docenas en esas semanas.

—Ah… —murmuró cuando, al salir a uno de los jardines exteriores, vio a Yénova pasando por ahí—. ¡Monk! —la llamó, y corrió hacia ella.

La monje se dio la vuelta, revelando lo que sujetaba entre sus brazos, dos enormes cuencos llenos de palomitas de maíz. Contrastaba bastante, Yénova siempre solía ir de un lado a otro portando o cargando algún tipo de arma diferente cada vez, porque iba a instruir a los iris en su uso y manejo. Uno solía encontrársela por ahí llevando colgadas a la espalda un par de bazucas, por supuesto de la marca Hoteitsuba, o incluso arcos, espadas, naginatas… o entre las telas de sus ligeros ropajes asomaban cinturones con algunos cuchillos, machetes y granadas… Ahora solamente portaba su machete predilecto en un estuche sujeto en su muslo derecho. Con su piel morena con manchas decoloradas y su cabello blanco decorado con trenzas y abalorios, miró a Yagami con un interrogante.

—Monk Yénova, disculpa, ¿por casualidad sabes si Alvion está en su despacho ahora? No quiero hacer el viaje en vano.

La monje no dijo nada, se mostró pensativa unos segundos. Después, mirando a un lado y a otro con aire discreto, le hizo un gesto con la mano indicándole que la siguiera.

—Oh…

Yagami, confuso, la siguió y salieron de aquel jardín, metiéndose por un callejón estrecho entre otros edificios colindantes del templo, para después descender por un angosto sendero, en una parte escarpada de la ladera del monte por donde caía una pequeña cascada. Caminando un minuto por el pequeño bosque junto al riachuelo, Yagami divisó a tres personas sentadas juntas sobre un tronco caído, bastante camufladas entre la maleza, justo al borde del bosque. Estaban de espaldas, mirando hacia el exterior, hacia la orilla del riachuelo.

Cuando llegaron hasta esas personas, Yagami frunció el ceño. Se trataba del fortachón monje Squal; a su lado estaba el viejo Ian Crosbie, un Guardián del Monte ya retirado, y cabeza del clan Crosbie, una de las “familias internas” de las tierras Zou, con su característico pelo cobrizo. Y a su lado estaba su mujer Mandy, una ex-almaati. Eran los padres de Effie, la iris Rayo de Pipi, y de otros seis hermanos pelirrojos, siendo Nessie la mayor y la actual Guardiana Mayor de su clan, la misma mujer a la que le faltaba medio brazo y portaba una naginata y que el otro día recibió a Yako en la entrada de las tierras Zou. Pero también eran los padres adoptivos de Yagami, lo criaron dentro de su familia cuando este era un niño huérfano recién convertido en iris.

—¿Qué hacéis vosotros cuatro aquí, tan temprano en la mañana y tan escondidos? —les preguntó Yagami.

—Ssh —lo mandó callar monk Squal, mientras Yénova le daba uno de los cuencos rebosantes de palomitas y se sentaba a su otro lado con él.

—Yoshiyuki, cielo, no hagas ruido —le pidió Mandy en voz baja.

—No te lo pierdas, hijo —le sonrió Ian, haciendo gestos con la mano—. Hoy es una de esas mañanas.

El pobre Yagami estaba muy perdido, y entonces se asomó cautelosamente entre los arbustos para ver qué cosa tan interesante había en la orilla del pequeño río. Se quedó perplejo por un momento. Era Alvion. Iba vestido de un modo más ligero e informal, con una camisa de estilo chino sin mangas y unos pantalones bombachos de estilo árabe igual al que solían llevar los iris en su uniforme dentro de las tierras, y caminaba descalzo sobre la orilla del riachuelo. Se había recogido su larga melena blanca en un moño algo rudimentario. En una mano sostenía un libreto abierto, y en la otra sujetaba lo que parecía ser un cepillo gigante, formado por un gran mástil de metal de tres metros de longitud con un cabezal en su extremo lleno de rígidos y gruesos alambres.

Pero lo que más llamó la atención de Yagami, fue la gigantesca tigresa de cuatro metros de altura que tenía al lado, tumbada con medio cuerpo en el río y medio cuerpo en la orilla.

—Un momento… ¿Ese es… uno de los…?

—Uno de los tigres gigantes de Yeilang Zou —asintió Ian—. Esa es la hembra, puedes ver que tiene un pelaje naranja tan intenso que por eso el hijo de Alvion la bautizó Suhara, que significa “magma”. ¿A que es impresionante? Creo que esta es la cuarta o quinta vez que veo a uno de los tigres gigantes en toda mi vida. Es uno de esos momentos mágicos de vivir aquí.

—Pero no estamos aquí sólo por el deleite de ver tan de cerca a uno de los tigres gigantes —apuntó Yénova, con la boca llena de palomitas—. Estamos aquí por el show.

—¿El show? —repitió Yagami, y la monje le señaló a Alvion con el dedo.

Yagami volvió a observar a su Señor. Se le oía hablar en voz alta, pero en idioma árabe, así que no entendía lo que decía. Lo hacía mirando su libreto, por lo que parecía estar recitando algo escrito en él, mientras iba de un lado otro, como indeciso.

—“… y si descendiera por tu mar de piel, como alud de ternura y miel, con temblor en tu palabra, mi corazón se derrama…” Agh… —se interrumpió el anciano de repente, e hizo un gesto insatisfecho, y volvió a caminar hacia la tigresa hasta pararse junto a su enorme pata delantera, y comenzó a rascarla con ese gran cepillo de alambres, un placer que la tigresa expresaba cerrando los ojitos y emitiendo sonidos de garganta—. “Se derrama”… “se esparce”… No, qué bobada. ¿A ti te suena estúpido? —levantó la vista de su libro para mirar a Suhara, pero esta estaba demasiado ocupada disfrutando de cómo él le rascaba la pata con el cepillón—. No me estás ayudando nada. Esto es importante, Suhara, tengo que tenerlo terminado a tiempo.

—Monk Squal, tú hablas árabe, ¿qué está diciendo? —quiso saber Yagami—. De hecho, ¿qué narices está haciendo?

En ese momento, los dos monjes y los señores Crosbie se miraron entre ellos, compartiendo un silencio un poco pesaroso. Entonces, Yénova decidió explicárselo ella misma.

—Bueno, verás… Alvion empezó a hacer esto hace algunos meses. Más bien… empezó a volver a hacerlo, después de tantos años.

—¿Volver a hacer el qué?

—Escribir poesía. Solía hacerlo en el pasado, cuando nuestra Señora Lubna vivía. Él siempre le recitaba poesía a su esposa, en el idioma natal de ella, el árabe. No se trataba sólo de ser romántico y esas cosas… Para Lubna, era una costumbre muy importante, algo muy valioso. ¿Recuerdas la historia? ¿De los trágicos orígenes de nuestra Señora Lubna? —Yagami asintió con la cabeza—. Cuando Alvion la rescató de joven de aquel infierno, esto era lo único que conseguía hacer que Lubna dejara de gritar por las noches o llorar durante el día. Ella sanó de su trauma y de su intenso miedo a los hombres gracias a la paciencia, la delicadeza y por supuesto el tremendo amor con los que él la trataba. Lubna era una frágil flor de cristal porque la criaron para serlo. Pero Alvion la ayudó a convertirse en un gran roble, fuerte, importante, y lleno de ilusión por vivir. La poesía era un refugio para ambos, algo privado entre ellos, un hobby compartido muy apreciado.

»El caso es… —suspiró la monje con tristeza—… que cuando las gemelas de Alvion fallecieron antes de tiempo, todavía dentro del vientre de Lubna, la pena pesó tanto sobre ellos que abandonaron su hobby de la poesía. Cuando varios años más tarde falleció Lubna por vejez, Alvion guardó todos los poemas que escribieron en un baúl y los dejó abandonados en un armario. Y más tarde… cuando… nuestro Señor Yeilang murió asesinado por a saber quién y el pequeño Yako se convirtió en iris, Alvion prendió fuego al baúl. Todos sus escritos y los de Lubna, perdidos para siempre. Fue un acto impulsivo de ira y tristeza.

—Ya veo… ¿Y qué le ha animado a retomar la poesía ahora? —preguntó Yagami.

—La proximidad de su muerte —respondió monk Squal—. Consciente de que ya le quedan meses o quizá un par de años de vida, por lo visto Alvion no quiere morir sin antes haber compuesto el poema más perfecto y hermoso de su vida.

—Es un regalo para su esposa. Se está preparando para volver a ver a su querida Lubna en el más allá —continuó Mandy, agarrada al brazo de Ian—. Quiere presentarse ante su espíritu y saludarla con nuevos versos de amor. ¿No es precioso?

—Por lo menos una vez a la semana —explicó Ian—, Alvion se toma una o dos horas libres para esconderse en lugares como estos y trabajar en su poema final. Hoy se ha cruzado con Suhara de casualidad. Y está aprovechando para darle un baño a la gatita con ese enorme cepillo metálico de 200 kilos que sostiene en una mano como si fuera un simple cepillo de dientes.

—Alvion levanta con sus manos por lo menos mil toneladas de peso. Eso son 5.000 cepillos como ese —repuso Yénova.

—Por Dios, ¿y por eso estáis aquí espiándolo? —se escandalizó Yagami—. ¿Y con palomitas y todo? ¿Cómo tenéis la desfachatez de espiar a Alvion en algo tan íntimo y personal? ¿Cuántas veces lo habéis hecho ya?

—Desde que Yénova lo descubrió por primera vez hace meses… —dijo Squal, y empezó a contar con los dedos. Tardó bastante.

—¡Joder! ¿No os da vergüenza? —les reprimió Yagami, procurando no hablar demasiado alto—. ¿Cómo no ha sido capaz de detectaros aún?

—Supongo que porque somos humanos y energéticamente invisibles para él, y porque, como vivimos aquí, no le extrañará captar nuestros olores por el lugar.

—No esperaba algo así de unos monjes, mucho menos de vosotros —señaló a Ian y a Mandy.

—¿Ves? —le dijo Squal a su compañera monje—. Esto es lo que te dije que pasaría si un iris se enteraba, Yénova, no deberías haberlo traído. Se va a chivar.

—Respetar la privacidad de los demás es algo que también se espera de cualquier humano adulto decente, no sólo de los iris —gruñó Yagami.

—Hah… Eso lo dices porque tú estás casado con una famosa supermodelo japonesa —bufó Squal.

—¿Qué tiene que ver? —refunfuñó Yagami.

—Que te desespera no poder dar un simple paseo con tu mujer por Tokio sin que una horda de curiosos, cotillas, fans y pervertidos vayan corriendo a pedirle un autógrafo o a olisquearla profundamente de arriba abajo. Lo que nosotros hacemos es más inofensivo.

Tanto Yénova como los Crosbie no pudieron contener la risa, tapándose la boca con la mano, mientras la cara de Yagami se volvía rojo fosforito.

—Para que lo sepas, desde que Saori se disfraza con una peluca y una nariz postiza para salir a la calle, hemos podido tener los paseos más agradables de nuestras vidas. No sabéis lo molesto que puede ser cuando sólo quieres tener un rato de privacidad y ni siquiera tus propios amigos te lo conceden, y ni podéis imaginar lo mucho más duro que es cuando encima eres un iris y tu mujer humana está em-… —se calló de inmediato en medio de la palabra, y se quedó con una mueca muy graciosa con la boca apretada y los mofletes hinchados, paralizado y maldiciendo por dentro su tremendo descuido.

Igual de paralizados que se quedaron los otros cuatro.

—¡Ay! ¡Yoshiyuki! ¡No me lo creo! —Mandy fue la primera en levantarse de un brinco, acercando las manos al rostro de su hijo adoptado.

—Yoshi, ¿ibas a decir lo que creo que ibas a decir? —se levantó Ian también, con cara emocionada.

—¿¡De verdad!? —celebró Yénova—. ¿A qué viene esa cara? ¿Tenía que ser un secreto o qué?

—Me cachis… —masculló el Shokubutsu con fastidio, y miró a los Crosbie—. Tenía pensado decíroslo más adelante, trayendo a Saori aquí de visita en un momento más oportuno, no justo cuando estoy en medio de una investigación que Pipi y Jannik me han pedido hacer. Haced como si no hubieseis oído nada, por favor, y no le digáis todavía nada al resto del clan —les pidió a Ian y a Mandy, los cuales no podían dejar de mirarlo con ojos esplendorosos de ilusión y juntando las palmas sobre los labios, haciendo lo posible por no ponerse a gritar de alegría.

—¿Queréis parar de hablar tan alto? —protestó monk Squal, poniéndose delante de ellos—. A este paso Alvion acabará oyéndonos.

Los demás lo miraron. Pero, un segundo después, dieron un brinco y un respingo de susto, pues Alvion acababa de materializarse justo detrás del monje desde las sombras, y tenía un cara de todo menos contenta.

—No hace falta armar tanto escándalo, Yoshiyuki Yagami —seguía diciendo el fornido monje—. No nos chafes la diversión. Ver a un ser supremo haciendo algo tan cursi y tan bobo como recitar poesía y encima escondiéndose es lo más parecido que tenemos aquí a ver una comedia romántica. Pocas veces podemos ver una faceta tan sincera y tan humana del anciano. ¿Tan malo es que sintamos curiosidad por cómo los de su especie, tan inteligentes y con poderes divinos, se pueden volver tan blanditos y torpes en algunas situaciones cotidianas? ¿Qué os pasa en las caras? Lleváis como un minuto ahí mirándome como bobos. ¿Estáis sudando?

Nadie decía nada, ni pestañeaba ni respiraba, pues ahora mismo el aire estaba vibrando de una energía aterradora. Alvion miraba muy fijamente la nuca de monk Squal con sus inhumanos ojos amarillos, y una vena bien gorda palpitando en su frente. Squal no tardó en detectar, por fin, lo que estaba pasando. Sin siquiera girarse, y sabiendo que Alvion estaba ahí tras él y que lo había escuchado desde el principio, se le formó una temblorosa y esmirriada sonrisa, empezó a sudar igual que los otros y se alejó unos pasos, poniéndose directamente detrás de Yénova, Ian y Mandy, usándolos de escudo, a pesar de que Squal era más el más grande del grupo. Yagami, por su parte, se cruzó de brazos y suspiró, negando con la cabeza. Los otros seguían petrificados y pálidos mirando a Alvion.

El anciano daba miedo, tenía el rostro ensombrecido, y aunque sus ojos ahora mismo no estaban emitiendo luz, sus iris igualmente emitían un metálico reflejo dorado. Por un instante, observó esos dos cuencos de palomitas en el suelo junto al tronco caído, y después volvió a mirar a esos cuatro cotillas, que dieron otro respingo de disgusto. Tras dos minutos de tenso silencio, Alvion abrió la boca y tomó aire, como preparándose para decir algo. Entonces, señaló con el dedo pulgar a sus espaldas, por encima de su hombro, allá hacia donde estaba la tigresa gigante.

—Veréis, Suhara no ha desayunado aún… —les dijo con un tono casual.

—¡Waaah! —gritaron de inmediato las dos parejas, y salieron corriendo sendero arriba—. ¡Perdonadnos, Señooor…!

Acabaron huyendo, dejando a Alvion y a Yagami ahí solos.

—¡Gamberros! —exclamó el anciano.

El Shokubutsu vio que por fin podía tener un momento a solas con él para consultarle sobre esos dos libros que traía bajo el brazo. Pero cuando fue a hablarle, Alvion le pasó de largo un momento, para coger del suelo uno de los cuencos que todavía tenía palomitas. Y se puso a comérselas, así como si nada, y regresó tranquilamente a la orilla.

Mm. Masitda —murmuró para sí mismo en coreano. (= Mm. Qué ricas.)

—Aeh… —titubeó Yagami—. Mi Señor, me preguntaba si me podríais dedicar unos minutos de vuestro valioso tiempo para aclararme algunas dudas sobre lo que estos libros cuentan. Están escritos en inglés y no soy muy bueno leyendo en ese idioma, por lo que no he podido aún entenderlos en su plenitud, y… es una información que mi Líder y mi Guardián necesitan.

—¿Mm? —Alvion, allá junto a Suhara, se giró hacia él, abrazando el cuenco y masticando palomitas—. ¿Tu Guardián también? —preguntó extrañado de que lo incluyera, cuando lo normal era que sólo el Líder o el Segundo solicitaran las informaciones o investigaciones.

—Bueno… de hecho, él es quien nos ha indicado… o sugerido… investigar sobre este tema en concreto. Creo que es una de esas cosas que él sabe, pero de las que tiene prohibido hablar, por lo de las normas de su familia y eso. Él ha sugerido que busque sobre este tema, y mi Líder quien me ha dado la orden de hacerlo.

—Huh… —murmuró Alvion, comprendiendo, y poniendo una mueca de interés, pensativo.

Sin embargo, de pronto apareció una lengua gigante detrás de él, y le dio un lametón desde los talones hasta la nuca con tanto ahínco que acabó tirando a Alvion al suelo, enterrando la cara por toda la tierra fangosa de la orilla.

—¡Oh, no! —se alarmó Yagami—. ¡Alvion!

El anciano hizo un gesto levantando la mano y se incorporó un poco. Se abrieron unos ojos ámbar entre toda esa máscara de barro que cubría su cara. Su larga cabellera blanca también estaba manchada, cayendo despeinada por todos lados. Miró a la tigresa y emitió unos sonidos guturales, comunicándose con ella, transmitiéndole algún tipo de queja. La tigresa respondió apoyando la barbilla en el suelo, con aire un poco culpable, como si se disculpara.

—Esta niña no entiende que ya no tengo 70 años, ni 40 —farfulló Alvion, terminando de ponerse en pie, crujiéndole algún hueso en el proceso—. Ay.

—Señor, os ayudo a limpia-… —se apuró Yagami.

Pero, antes de dar un paso hacia él, vio a Alvion convirtiéndose de repente en agua. Su cuerpo se transformó en una masa de agua dentro de sus ropas embarradas, que se movió por el aire y se sumergió en el río con sus prendas incluidas, fusionándose con él. El barro se desprendió de las ropas y se lo llevó la corriente. A los pocos segundos, esta masa de agua viva volvió a emerger del río y se posó de regreso a la orilla, dentro de las prendas ya limpias. Acto seguido, se transformó de vuelta en el cuerpo de carne y hueso de Alvion. Al final, con una sola orden mental, el agua que le empapaba se desprendió de su cuerpo en un segundo, y quedó seco e impecable.

Yagami se sintió un poco tonto por creer que Alvion necesitaba ayuda para quitarse un poco de barro. Aunque tenía que admitir que le asombraba conocer esta faceta tan informal de él. Normalmente, siempre procuraba mostrarse ante sus iris de la forma más elegante, seria y educada posible, simplemente para dar una imagen ejemplar de un buen y respetable dirigente. Pero ahora estaba en su rato libre y tampoco parecía importarle mucho que Yagami lo viera con esa ropa tan sencilla y en un momento de humilde ocio.

El anciano recogió su libreto de poemas que antes había dejado junto al cepillo gigante cerca de Suhara, se lo guardó en un bolsillo del pantalón bombacho y se acercó a Yagami, mientras volvía a recogerse su melena blanca en un moño imperfecto con una cinta.

—¿Té o café? —le preguntó.

—¿Eh? Eh… —le chocó la pregunta—. ¿Café?

Alvion le tendió una mano. Yagami al principio no lo entendió, pensó si es que quería que le diera los libros para verlos, pero no, porque no la tendió con la palma hacia arriba, sino como si quisiera estrecharle la mano. Con un poco de duda, Yagami le agarró la mano. Entonces, Alvion despegó los pies del suelo y echó a volar, no muy rápido, para que el pobre Yagami no se asustara. Este, aun así, soltó una exclamación y procuró agarrarse bien fuerte a la mano del anciano.

Se lo llevó volando por lo menos 300 metros de altura hacia la Torre Mayor, la más alta del templo, donde tenía su despacho. Lo dejó posar cuidadosamente en el balcón, que, más bien, era una logia, o pasillo interno con un lado abierto al exterior mediante una serie de arcos y pequeñas columnas apoyadas sobre la barandilla. Después se posó Alvion, que fue directamente a abrir la puerta de la cristalera que accedía al despacho. Le hizo un gesto cortés a Yagami, invitándolo a pasar primero.

—Guau… Esto de volar te hace la vida incluso más fácil que poder saltar grandes alturas —sonrió Yagami, pasando al interior—. No me extraña que Neuval se pasara la vida flotando de un lado a otro cuando adquirió esa habilidad tras nacer su primer…

No pudo terminar la frase, porque una sobrecogedora imagen le robó la voz. Vio allá a pocos metros, en la otra zona del despacho, el brillante y pulcro Árbol de Lixue, con sus raíces enterradas entre las mismas losas de piedra del suelo y sus hojas de luz blanca, parecidas a plumas. Cualquier iris sentiría fascinación por verlo tan de cerca, pero Yagami, especialmente siendo un iris Planta, se quedó directamente hipnotizado. Pudo estar así dos minutos, en blanco, mientras Alvion preparaba café en la moderna cafetera de la marca Hoteitsuba que tenía allá en un rincón del despacho. La diseñó y se la regaló el viejo Lao hace unos años.

—Si lo llego a saber antes, te habría invitado a verlo antes —le comentó el anciano, apareciendo a su lado.

Yagami se sobresaltó, despertando del embelesamiento, y miró a Alvion, que estaba ahí con él sujetando una bandeja con dos tazas, una jarrita de leche, un tarrito de azúcar y otra jarra con café, observando también el Árbol de Lixue. Yagami era un hombre larguirucho, con un cabello marrón ceniza largo y un poco enmarañado, y la forma de sus ojos oscuros, con pómulos realzados, hacía parecer que siempre tenía la mirada jovial y risueña. Y, si no fuera porque debía llevar el traje iris reglamentario, que solían ser prendas blancas, grises y negras más el fajín de color verde claro alrededor de su cintura para indicar su elemento, llevaría su ropa habitual, de estilo más grunge o metalero, aunque en su muñeca seguía llevando su muñequera de pequeños pinchos. Solía ser un tipo muy tranquilo, suave y amable, por lo que a muchos les costaba creer que fuera fan del heavy metal.

Aun así, Alvion era todavía un poco más alto que él. Pero porque Alvion siempre había sido un tipo grande, al menos en sus años jóvenes y adultos. Antes solía medir algo más de 190 y tener una complexión fuerte; de hecho, todos los Zou compartían esa misma complexión. Como si todos estuvieran diseñados bajo un mismo patrón de perfección. Pero, ya llegado a esta avanzada edad, había menguado un poco, tanto en altura como en masa muscular, y ahora quizá medía 187. Quien más se le parecía con esa complexión de tipo grande de sus años jóvenes era Neuval.

Yagami no pudo evitar observar por unos segundos los brazos del anciano, ahora que vestía con esa camisa sin mangas. De cerca, se veía con más claridad, y era una imagen sobrecogedora, la cantidad de cicatrices que le cubrían la piel, y probablemente tenía más en el resto del cuerpo. Era sobrecogedor, porque normalmente un Zou tenía una alta capacidad regenerativa, capaz de curarse heridas sin dejar cicatriz detrás. Incluso si recibía una segunda herida en el mismo lugar, podía curarse sin dejar rastro. Pero cuando esa misma zona del cuerpo recibía una tercera, cuarta, quinta herida… esa capacidad regenerativa se cansaba, y al curarse, no podía evitar ya dejar marcas y cicatrices.

Siendo un iris Shokubutsu y además veterano, Yagami era un experto curandero como muchos de su mismo elemento, usando la ciencia de las plantas y su química para sanar. Pero la ciencia de la Química y la Botánica era la ciencia predilecta de los Zou, ellos eran los más sabios del mundo en esto. Cuántas veces habría usado Alvion sus propios remedios vegetales para curar sus heridas, y aun así tenía el cuerpo cubierto de todo tipo de lesiones porque no había parado de recibirlas.









79.
Un poeta junto al río

Por fin. Después de tres semanas en el Monte Zou cumpliendo la tarea de investigación que Pipi le había encomendado, Yagami al fin dio con dos libros en los que podría estar la clave del misterio.

Tal como Pipi le había comentado a Neuval ayer, hace varias semanas, antes de que sucediera el problema de Kyo con la MRS y el pergamino que querían robar, él y su SRS habían tenido una misión de gran magnitud, en la cual Pipi había pedido la colaboración de la ORS de Kanon, la otra Líder e íntima amiga de ellos. Había sido una misión internacional porque habían tenido que seguir a una gran banda de tráfico humano que operaba en Japón con contactos en Corea, Taiwán y Filipinas. Ya la habían cumplido con éxito.

El caso es que, en una breve estadía en la pequeña ciudad taiwanesa de Taitung, Pipi se había topado con una vieja pareja de Knive, un hombre y una mujer ya mayores. Siempre eran muy fáciles de reconocer, vestían con ropajes negros y góticos, eran muy pálidos, algunos albinos y otros con cabello oscuro; solían llevar ojos pintados de negro, o los labios, o las uñas, y siempre portaban accesorios metálicos o joyas de plata. Y todos daban miedo a simple vista. Aunque algunos no lo pretendían.

De hecho, Pipi se llevó el susto de su vida cuando se topó con ellos, y pensó que él y su SRS estaban a punto de ser aniquilados, hasta que el pequeño Jannik llamó a la anciana por su nombre. Resultaba que era una tía abuela suya, por lo que ella y su marido eran Knive secundarios, es decir, la rama de los Knive aliada de la Asociación y alejada de los valores originales de los Knive primarios. Entonces, los testículos de Pipi volvieron a bajar a su sitio.

Encontrarse con Knive por el mundo y lejos de Europa no era imposible, pero sí bastante raro, aunque ya se sabía que había muchos por el mundo y nadie sabía qué hacían; todo en ellos siempre era un secreto. Nadie de la Asociación, ni siquiera los Zou, tenían derecho a preguntar o meterse en sus asuntos, era un acuerdo que tenían que respetar.

No obstante, Jannik estuvo un rato hablando a solas con la pareja, mientras Pipi y el resto de la SRS y la ORS de Kanon esperaban para continuar con la misión. Cuando Jannik se despidió de sus parientes y regresó con sus compañeros iris, se reunió con Pipi a solas para hablar en privado:

«—¿¡Que qué!? —exclamó Pipi—. No, no… Repítelo, creo que no te he entendido bien.

—Se que es harto extraño, maestro, pero mi familia es experta en reconocer a simple vista a cualquier tipo de ser. Mi tía dice que ya son varios Knive secundarios los que han llegado a ver o a hallar el rastro de un arki, a lo largo de los últimos tres o cuatro años en varias regiones de Europa y Asia. Nadie ha logrado seguirle la pista más de un día, pero se sospecha que ha llevado a cabo actividades en solitario, contactos muy breves y discretos con gente de todo tipo… Dice mi tía que fue el año pasado cuando ella se cruzó cerca de este arki, en Corea del Sur. Estaba solo, en una cafetería, sentado en una mesa. Lo oyó hablando solo, como si estuviera alucinando. Mi tía no entiende japonés, pero recuerda que la palabra que más repetía era “dones”.

—¿Dones? —arqueó una ceja—. Un momento… ¿ese arki hablaba en japonés?

Pipi de repente se quedó mirando al vacío con una cara como asustada. Jannik frunció el ceño, preguntándose qué se le había pasado por la mente.»

Por supuesto, eran dos factores bastante significativos como para no hacer una relación inmediata. ¿Un arki japonés? ¿Cómo no iba la imagen de Izan a cruzar la mente de Pipi? De ser cierto, sería una noticia devastadora. Hacía años que Izan fue cayendo en el olvido. Y era lo mejor. Porque su marcha dejó una enorme cicatriz, tanto en la SRS como en la KRS. El hijo de Hideki y de Emiliya…

Sin embargo, era crucial en el mundo de los iris no presuponer cosas, por muchas coincidencias que reuniese. Asegurarse de los datos era primordial, dar con pruebas certeras, visuales, palpables. ¿Quién sabe? Podría tratarse de otra persona, otro iris japonés que cayó hasta el final de la enfermedad, y a lo mejor Izan seguía perdido en otra parte del mundo.

Lo de “dones” no lo entendió. Pero tenía que ser importante, si era la palabra que más repetía.

Pipi era muy famoso en la Asociación por su infalible instinto. Cuando se olía algo, sabía prepararse de antemano y, sobre todo, solía acertar. Incluso con las cosas más pequeñas, sutiles y aparentemente sin importancia. Por eso, ya desde hace tres semanas había puesto en marcha una investigación privada. Se reunió a solas con Waine, su Segunda, y con Jannik, Guardián, en el Yoho Pub en la madrugada, el mismo antro secreto donde pocos días después se reunieron también Lao y Neuval a solas para hablar de la desaparición de Kyo.

En esa conversación, Jannik insinuó que tal vez él conocía algunas historias sobre los llamados “dones”. Como Pipi tenía el olfato más afilado del mundo, sabía que el niño, en realidad, estaba diciendo que conocía bastantes cosas sobre ese tema, pero era uno de esos enigmas del mundo que la familia Knive solía saber y guardarse para ellos, y Jannik tenía algún tipo de prohibición de hablar sobre ello.

No obstante, el niño le sugirió a Pipi que enviara a alguno de sus compañeros a investigar por sí mismo los datos de ese tema en la biblioteca Zou. Como Jannik se había criado en la Ciudadela de las tierras Zou, los libros y reliquias que guardaba el templo no eran desconocidos para él y sabía que existían libros donde se hablaba de este enigma. Un Knive no podía hablar sobre ello, pero un iris sí podía descubrirlo por sí mismo a través de los libros y documentos disponibles para el conocimiento de cualquier curioso.

Entonces, Pipi le encomendó esta tarea a Yagami, sabiendo que era el idóneo. Por una parte, porque él también creció en las tierras Zou y sabía desenvolverse muy bien allí; y por otra, porque la profesión humana de Yagami era librero, y uno bastante apasionado y erudito. Él sabría encontrar la información en menos tiempo que cualquier otro, especialmente porque tenía que hacerlo solo y no podía acudir a nadie que lo ayudara.

Después, tras lo sucedido con Kyo, el pergamino y la MRS, resultando que fue el propio Kaoru quien le chivó a la MRS que Kyo guardaba el pergamino, sumado al comportamiento cada vez más distante y raro que Viernes llevaba meses mostrando, sumado al detalle de que su ARS no se presentó a la bienvenida de Fuujin y sumado al hecho de las actividades sospechosas que Jannik ya había visto en Taiya y en Kaoru en el instituto, Pipi y Waine decidieron iniciar el espionaje sobre la ARS.

Ahora estaban saliendo los frutos. Sakura iba a confirmarle a Pipi el imperdonable acto de traición que la ARS había cometido esa noche. Y Yagami, cuando la luz del alba ya inundó el interior de la gran cúpula central acristalada de la biblioteca del templo, agarró los dos libros clave que había encontrado tras haber leído docenas en esas semanas.

—Ah… —murmuró cuando, al salir a uno de los jardines exteriores, vio a Yénova pasando por ahí—. ¡Monk! —la llamó, y corrió hacia ella.

La monje se dio la vuelta, revelando lo que sujetaba entre sus brazos, dos enormes cuencos llenos de palomitas de maíz. Contrastaba bastante, Yénova siempre solía ir de un lado a otro portando o cargando algún tipo de arma diferente cada vez, porque iba a instruir a los iris en su uso y manejo. Uno solía encontrársela por ahí llevando colgadas a la espalda un par de bazucas, por supuesto de la marca Hoteitsuba, o incluso arcos, espadas, naginatas… o entre las telas de sus ligeros ropajes asomaban cinturones con algunos cuchillos, machetes y granadas… Ahora solamente portaba su machete predilecto en un estuche sujeto en su muslo derecho. Con su piel morena con manchas decoloradas y su cabello blanco decorado con trenzas y abalorios, miró a Yagami con un interrogante.

—Monk Yénova, disculpa, ¿por casualidad sabes si Alvion está en su despacho ahora? No quiero hacer el viaje en vano.

La monje no dijo nada, se mostró pensativa unos segundos. Después, mirando a un lado y a otro con aire discreto, le hizo un gesto con la mano indicándole que la siguiera.

—Oh…

Yagami, confuso, la siguió y salieron de aquel jardín, metiéndose por un callejón estrecho entre otros edificios colindantes del templo, para después descender por un angosto sendero, en una parte escarpada de la ladera del monte por donde caía una pequeña cascada. Caminando un minuto por el pequeño bosque junto al riachuelo, Yagami divisó a tres personas sentadas juntas sobre un tronco caído, bastante camufladas entre la maleza, justo al borde del bosque. Estaban de espaldas, mirando hacia el exterior, hacia la orilla del riachuelo.

Cuando llegaron hasta esas personas, Yagami frunció el ceño. Se trataba del fortachón monje Squal; a su lado estaba el viejo Ian Crosbie, un Guardián del Monte ya retirado, y cabeza del clan Crosbie, una de las “familias internas” de las tierras Zou, con su característico pelo cobrizo. Y a su lado estaba su mujer Mandy, una ex-almaati. Eran los padres de Effie, la iris Rayo de Pipi, y de otros seis hermanos pelirrojos, siendo Nessie la mayor y la actual Guardiana Mayor de su clan, la misma mujer a la que le faltaba medio brazo y portaba una naginata y que el otro día recibió a Yako en la entrada de las tierras Zou. Pero también eran los padres adoptivos de Yagami, lo criaron dentro de su familia cuando este era un niño huérfano recién convertido en iris.

—¿Qué hacéis vosotros cuatro aquí, tan temprano en la mañana y tan escondidos? —les preguntó Yagami.

—Ssh —lo mandó callar monk Squal, mientras Yénova le daba uno de los cuencos rebosantes de palomitas y se sentaba a su otro lado con él.

—Yoshiyuki, cielo, no hagas ruido —le pidió Mandy en voz baja.

—No te lo pierdas, hijo —le sonrió Ian, haciendo gestos con la mano—. Hoy es una de esas mañanas.

El pobre Yagami estaba muy perdido, y entonces se asomó cautelosamente entre los arbustos para ver qué cosa tan interesante había en la orilla del pequeño río. Se quedó perplejo por un momento. Era Alvion. Iba vestido de un modo más ligero e informal, con una camisa de estilo chino sin mangas y unos pantalones bombachos de estilo árabe igual al que solían llevar los iris en su uniforme dentro de las tierras, y caminaba descalzo sobre la orilla del riachuelo. Se había recogido su larga melena blanca en un moño algo rudimentario. En una mano sostenía un libreto abierto, y en la otra sujetaba lo que parecía ser un cepillo gigante, formado por un gran mástil de metal de tres metros de longitud con un cabezal en su extremo lleno de rígidos y gruesos alambres.

Pero lo que más llamó la atención de Yagami, fue la gigantesca tigresa de cuatro metros de altura que tenía al lado, tumbada con medio cuerpo en el río y medio cuerpo en la orilla.

—Un momento… ¿Ese es… uno de los…?

—Uno de los tigres gigantes de Yeilang Zou —asintió Ian—. Esa es la hembra, puedes ver que tiene un pelaje naranja tan intenso que por eso el hijo de Alvion la bautizó Suhara, que significa “magma”. ¿A que es impresionante? Creo que esta es la cuarta o quinta vez que veo a uno de los tigres gigantes en toda mi vida. Es uno de esos momentos mágicos de vivir aquí.

—Pero no estamos aquí sólo por el deleite de ver tan de cerca a uno de los tigres gigantes —apuntó Yénova, con la boca llena de palomitas—. Estamos aquí por el show.

—¿El show? —repitió Yagami, y la monje le señaló a Alvion con el dedo.

Yagami volvió a observar a su Señor. Se le oía hablar en voz alta, pero en idioma árabe, así que no entendía lo que decía. Lo hacía mirando su libreto, por lo que parecía estar recitando algo escrito en él, mientras iba de un lado otro, como indeciso.

—“… y si descendiera por tu mar de piel, como alud de ternura y miel, con temblor en tu palabra, mi corazón se derrama…” Agh… —se interrumpió el anciano de repente, e hizo un gesto insatisfecho, y volvió a caminar hacia la tigresa hasta pararse junto a su enorme pata delantera, y comenzó a rascarla con ese gran cepillo de alambres, un placer que la tigresa expresaba cerrando los ojitos y emitiendo sonidos de garganta—. “Se derrama”… “se esparce”… No, qué bobada. ¿A ti te suena estúpido? —levantó la vista de su libro para mirar a Suhara, pero esta estaba demasiado ocupada disfrutando de cómo él le rascaba la pata con el cepillón—. No me estás ayudando nada. Esto es importante, Suhara, tengo que tenerlo terminado a tiempo.

—Monk Squal, tú hablas árabe, ¿qué está diciendo? —quiso saber Yagami—. De hecho, ¿qué narices está haciendo?

En ese momento, los dos monjes y los señores Crosbie se miraron entre ellos, compartiendo un silencio un poco pesaroso. Entonces, Yénova decidió explicárselo ella misma.

—Bueno, verás… Alvion empezó a hacer esto hace algunos meses. Más bien… empezó a volver a hacerlo, después de tantos años.

—¿Volver a hacer el qué?

—Escribir poesía. Solía hacerlo en el pasado, cuando nuestra Señora Lubna vivía. Él siempre le recitaba poesía a su esposa, en el idioma natal de ella, el árabe. No se trataba sólo de ser romántico y esas cosas… Para Lubna, era una costumbre muy importante, algo muy valioso. ¿Recuerdas la historia? ¿De los trágicos orígenes de nuestra Señora Lubna? —Yagami asintió con la cabeza—. Cuando Alvion la rescató de joven de aquel infierno, esto era lo único que conseguía hacer que Lubna dejara de gritar por las noches o llorar durante el día. Ella sanó de su trauma y de su intenso miedo a los hombres gracias a la paciencia, la delicadeza y por supuesto el tremendo amor con los que él la trataba. Lubna era una frágil flor de cristal porque la criaron para serlo. Pero Alvion la ayudó a convertirse en un gran roble, fuerte, importante, y lleno de ilusión por vivir. La poesía era un refugio para ambos, algo privado entre ellos, un hobby compartido muy apreciado.

»El caso es… —suspiró la monje con tristeza—… que cuando las gemelas de Alvion fallecieron antes de tiempo, todavía dentro del vientre de Lubna, la pena pesó tanto sobre ellos que abandonaron su hobby de la poesía. Cuando varios años más tarde falleció Lubna por vejez, Alvion guardó todos los poemas que escribieron en un baúl y los dejó abandonados en un armario. Y más tarde… cuando… nuestro Señor Yeilang murió asesinado por a saber quién y el pequeño Yako se convirtió en iris, Alvion prendió fuego al baúl. Todos sus escritos y los de Lubna, perdidos para siempre. Fue un acto impulsivo de ira y tristeza.

—Ya veo… ¿Y qué le ha animado a retomar la poesía ahora? —preguntó Yagami.

—La proximidad de su muerte —respondió monk Squal—. Consciente de que ya le quedan meses o quizá un par de años de vida, por lo visto Alvion no quiere morir sin antes haber compuesto el poema más perfecto y hermoso de su vida.

—Es un regalo para su esposa. Se está preparando para volver a ver a su querida Lubna en el más allá —continuó Mandy, agarrada al brazo de Ian—. Quiere presentarse ante su espíritu y saludarla con nuevos versos de amor. ¿No es precioso?

—Por lo menos una vez a la semana —explicó Ian—, Alvion se toma una o dos horas libres para esconderse en lugares como estos y trabajar en su poema final. Hoy se ha cruzado con Suhara de casualidad. Y está aprovechando para darle un baño a la gatita con ese enorme cepillo metálico de 200 kilos que sostiene en una mano como si fuera un simple cepillo de dientes.

—Alvion levanta con sus manos por lo menos mil toneladas de peso. Eso son 5.000 cepillos como ese —repuso Yénova.

—Por Dios, ¿y por eso estáis aquí espiándolo? —se escandalizó Yagami—. ¿Y con palomitas y todo? ¿Cómo tenéis la desfachatez de espiar a Alvion en algo tan íntimo y personal? ¿Cuántas veces lo habéis hecho ya?

—Desde que Yénova lo descubrió por primera vez hace meses… —dijo Squal, y empezó a contar con los dedos. Tardó bastante.

—¡Joder! ¿No os da vergüenza? —les reprimió Yagami, procurando no hablar demasiado alto—. ¿Cómo no ha sido capaz de detectaros aún?

—Supongo que porque somos humanos y energéticamente invisibles para él, y porque, como vivimos aquí, no le extrañará captar nuestros olores por el lugar.

—No esperaba algo así de unos monjes, mucho menos de vosotros —señaló a Ian y a Mandy.

—¿Ves? —le dijo Squal a su compañera monje—. Esto es lo que te dije que pasaría si un iris se enteraba, Yénova, no deberías haberlo traído. Se va a chivar.

—Respetar la privacidad de los demás es algo que también se espera de cualquier humano adulto decente, no sólo de los iris —gruñó Yagami.

—Hah… Eso lo dices porque tú estás casado con una famosa supermodelo japonesa —bufó Squal.

—¿Qué tiene que ver? —refunfuñó Yagami.

—Que te desespera no poder dar un simple paseo con tu mujer por Tokio sin que una horda de curiosos, cotillas, fans y pervertidos vayan corriendo a pedirle un autógrafo o a olisquearla profundamente de arriba abajo. Lo que nosotros hacemos es más inofensivo.

Tanto Yénova como los Crosbie no pudieron contener la risa, tapándose la boca con la mano, mientras la cara de Yagami se volvía rojo fosforito.

—Para que lo sepas, desde que Saori se disfraza con una peluca y una nariz postiza para salir a la calle, hemos podido tener los paseos más agradables de nuestras vidas. No sabéis lo molesto que puede ser cuando sólo quieres tener un rato de privacidad y ni siquiera tus propios amigos te lo conceden, y ni podéis imaginar lo mucho más duro que es cuando encima eres un iris y tu mujer humana está em-… —se calló de inmediato en medio de la palabra, y se quedó con una mueca muy graciosa con la boca apretada y los mofletes hinchados, paralizado y maldiciendo por dentro su tremendo descuido.

Igual de paralizados que se quedaron los otros cuatro.

—¡Ay! ¡Yoshiyuki! ¡No me lo creo! —Mandy fue la primera en levantarse de un brinco, acercando las manos al rostro de su hijo adoptado.

—Yoshi, ¿ibas a decir lo que creo que ibas a decir? —se levantó Ian también, con cara emocionada.

—¿¡De verdad!? —celebró Yénova—. ¿A qué viene esa cara? ¿Tenía que ser un secreto o qué?

—Me cachis… —masculló el Shokubutsu con fastidio, y miró a los Crosbie—. Tenía pensado decíroslo más adelante, trayendo a Saori aquí de visita en un momento más oportuno, no justo cuando estoy en medio de una investigación que Pipi y Jannik me han pedido hacer. Haced como si no hubieseis oído nada, por favor, y no le digáis todavía nada al resto del clan —les pidió a Ian y a Mandy, los cuales no podían dejar de mirarlo con ojos esplendorosos de ilusión y juntando las palmas sobre los labios, haciendo lo posible por no ponerse a gritar de alegría.

—¿Queréis parar de hablar tan alto? —protestó monk Squal, poniéndose delante de ellos—. A este paso Alvion acabará oyéndonos.

Los demás lo miraron. Pero, un segundo después, dieron un brinco y un respingo de susto, pues Alvion acababa de materializarse justo detrás del monje desde las sombras, y tenía un cara de todo menos contenta.

—No hace falta armar tanto escándalo, Yoshiyuki Yagami —seguía diciendo el fornido monje—. No nos chafes la diversión. Ver a un ser supremo haciendo algo tan cursi y tan bobo como recitar poesía y encima escondiéndose es lo más parecido que tenemos aquí a ver una comedia romántica. Pocas veces podemos ver una faceta tan sincera y tan humana del anciano. ¿Tan malo es que sintamos curiosidad por cómo los de su especie, tan inteligentes y con poderes divinos, se pueden volver tan blanditos y torpes en algunas situaciones cotidianas? ¿Qué os pasa en las caras? Lleváis como un minuto ahí mirándome como bobos. ¿Estáis sudando?

Nadie decía nada, ni pestañeaba ni respiraba, pues ahora mismo el aire estaba vibrando de una energía aterradora. Alvion miraba muy fijamente la nuca de monk Squal con sus inhumanos ojos amarillos, y una vena bien gorda palpitando en su frente. Squal no tardó en detectar, por fin, lo que estaba pasando. Sin siquiera girarse, y sabiendo que Alvion estaba ahí tras él y que lo había escuchado desde el principio, se le formó una temblorosa y esmirriada sonrisa, empezó a sudar igual que los otros y se alejó unos pasos, poniéndose directamente detrás de Yénova, Ian y Mandy, usándolos de escudo, a pesar de que Squal era más el más grande del grupo. Yagami, por su parte, se cruzó de brazos y suspiró, negando con la cabeza. Los otros seguían petrificados y pálidos mirando a Alvion.

El anciano daba miedo, tenía el rostro ensombrecido, y aunque sus ojos ahora mismo no estaban emitiendo luz, sus iris igualmente emitían un metálico reflejo dorado. Por un instante, observó esos dos cuencos de palomitas en el suelo junto al tronco caído, y después volvió a mirar a esos cuatro cotillas, que dieron otro respingo de disgusto. Tras dos minutos de tenso silencio, Alvion abrió la boca y tomó aire, como preparándose para decir algo. Entonces, señaló con el dedo pulgar a sus espaldas, por encima de su hombro, allá hacia donde estaba la tigresa gigante.

—Veréis, Suhara no ha desayunado aún… —les dijo con un tono casual.

—¡Waaah! —gritaron de inmediato las dos parejas, y salieron corriendo sendero arriba—. ¡Perdonadnos, Señooor…!

Acabaron huyendo, dejando a Alvion y a Yagami ahí solos.

—¡Gamberros! —exclamó el anciano.

El Shokubutsu vio que por fin podía tener un momento a solas con él para consultarle sobre esos dos libros que traía bajo el brazo. Pero cuando fue a hablarle, Alvion le pasó de largo un momento, para coger del suelo uno de los cuencos que todavía tenía palomitas. Y se puso a comérselas, así como si nada, y regresó tranquilamente a la orilla.

Mm. Masitda —murmuró para sí mismo en coreano. (= Mm. Qué ricas.)

—Aeh… —titubeó Yagami—. Mi Señor, me preguntaba si me podríais dedicar unos minutos de vuestro valioso tiempo para aclararme algunas dudas sobre lo que estos libros cuentan. Están escritos en inglés y no soy muy bueno leyendo en ese idioma, por lo que no he podido aún entenderlos en su plenitud, y… es una información que mi Líder y mi Guardián necesitan.

—¿Mm? —Alvion, allá junto a Suhara, se giró hacia él, abrazando el cuenco y masticando palomitas—. ¿Tu Guardián también? —preguntó extrañado de que lo incluyera, cuando lo normal era que sólo el Líder o el Segundo solicitaran las informaciones o investigaciones.

—Bueno… de hecho, él es quien nos ha indicado… o sugerido… investigar sobre este tema en concreto. Creo que es una de esas cosas que él sabe, pero de las que tiene prohibido hablar, por lo de las normas de su familia y eso. Él ha sugerido que busque sobre este tema, y mi Líder quien me ha dado la orden de hacerlo.

—Huh… —murmuró Alvion, comprendiendo, y poniendo una mueca de interés, pensativo.

Sin embargo, de pronto apareció una lengua gigante detrás de él, y le dio un lametón desde los talones hasta la nuca con tanto ahínco que acabó tirando a Alvion al suelo, enterrando la cara por toda la tierra fangosa de la orilla.

—¡Oh, no! —se alarmó Yagami—. ¡Alvion!

El anciano hizo un gesto levantando la mano y se incorporó un poco. Se abrieron unos ojos ámbar entre toda esa máscara de barro que cubría su cara. Su larga cabellera blanca también estaba manchada, cayendo despeinada por todos lados. Miró a la tigresa y emitió unos sonidos guturales, comunicándose con ella, transmitiéndole algún tipo de queja. La tigresa respondió apoyando la barbilla en el suelo, con aire un poco culpable, como si se disculpara.

—Esta niña no entiende que ya no tengo 70 años, ni 40 —farfulló Alvion, terminando de ponerse en pie, crujiéndole algún hueso en el proceso—. Ay.

—Señor, os ayudo a limpia-… —se apuró Yagami.

Pero, antes de dar un paso hacia él, vio a Alvion convirtiéndose de repente en agua. Su cuerpo se transformó en una masa de agua dentro de sus ropas embarradas, que se movió por el aire y se sumergió en el río con sus prendas incluidas, fusionándose con él. El barro se desprendió de las ropas y se lo llevó la corriente. A los pocos segundos, esta masa de agua viva volvió a emerger del río y se posó de regreso a la orilla, dentro de las prendas ya limpias. Acto seguido, se transformó de vuelta en el cuerpo de carne y hueso de Alvion. Al final, con una sola orden mental, el agua que le empapaba se desprendió de su cuerpo en un segundo, y quedó seco e impecable.

Yagami se sintió un poco tonto por creer que Alvion necesitaba ayuda para quitarse un poco de barro. Aunque tenía que admitir que le asombraba conocer esta faceta tan informal de él. Normalmente, siempre procuraba mostrarse ante sus iris de la forma más elegante, seria y educada posible, simplemente para dar una imagen ejemplar de un buen y respetable dirigente. Pero ahora estaba en su rato libre y tampoco parecía importarle mucho que Yagami lo viera con esa ropa tan sencilla y en un momento de humilde ocio.

El anciano recogió su libreto de poemas que antes había dejado junto al cepillo gigante cerca de Suhara, se lo guardó en un bolsillo del pantalón bombacho y se acercó a Yagami, mientras volvía a recogerse su melena blanca en un moño imperfecto con una cinta.

—¿Té o café? —le preguntó.

—¿Eh? Eh… —le chocó la pregunta—. ¿Café?

Alvion le tendió una mano. Yagami al principio no lo entendió, pensó si es que quería que le diera los libros para verlos, pero no, porque no la tendió con la palma hacia arriba, sino como si quisiera estrecharle la mano. Con un poco de duda, Yagami le agarró la mano. Entonces, Alvion despegó los pies del suelo y echó a volar, no muy rápido, para que el pobre Yagami no se asustara. Este, aun así, soltó una exclamación y procuró agarrarse bien fuerte a la mano del anciano.

Se lo llevó volando por lo menos 300 metros de altura hacia la Torre Mayor, la más alta del templo, donde tenía su despacho. Lo dejó posar cuidadosamente en el balcón, que, más bien, era una logia, o pasillo interno con un lado abierto al exterior mediante una serie de arcos y pequeñas columnas apoyadas sobre la barandilla. Después se posó Alvion, que fue directamente a abrir la puerta de la cristalera que accedía al despacho. Le hizo un gesto cortés a Yagami, invitándolo a pasar primero.

—Guau… Esto de volar te hace la vida incluso más fácil que poder saltar grandes alturas —sonrió Yagami, pasando al interior—. No me extraña que Neuval se pasara la vida flotando de un lado a otro cuando adquirió esa habilidad tras nacer su primer…

No pudo terminar la frase, porque una sobrecogedora imagen le robó la voz. Vio allá a pocos metros, en la otra zona del despacho, el brillante y pulcro Árbol de Lixue, con sus raíces enterradas entre las mismas losas de piedra del suelo y sus hojas de luz blanca, parecidas a plumas. Cualquier iris sentiría fascinación por verlo tan de cerca, pero Yagami, especialmente siendo un iris Planta, se quedó directamente hipnotizado. Pudo estar así dos minutos, en blanco, mientras Alvion preparaba café en la moderna cafetera de la marca Hoteitsuba que tenía allá en un rincón del despacho. La diseñó y se la regaló el viejo Lao hace unos años.

—Si lo llego a saber antes, te habría invitado a verlo antes —le comentó el anciano, apareciendo a su lado.

Yagami se sobresaltó, despertando del embelesamiento, y miró a Alvion, que estaba ahí con él sujetando una bandeja con dos tazas, una jarrita de leche, un tarrito de azúcar y otra jarra con café, observando también el Árbol de Lixue. Yagami era un hombre larguirucho, con un cabello marrón ceniza largo y un poco enmarañado, y la forma de sus ojos oscuros, con pómulos realzados, hacía parecer que siempre tenía la mirada jovial y risueña. Y, si no fuera porque debía llevar el traje iris reglamentario, que solían ser prendas blancas, grises y negras más el fajín de color verde claro alrededor de su cintura para indicar su elemento, llevaría su ropa habitual, de estilo más grunge o metalero, aunque en su muñeca seguía llevando su muñequera de pequeños pinchos. Solía ser un tipo muy tranquilo, suave y amable, por lo que a muchos les costaba creer que fuera fan del heavy metal.

Aun así, Alvion era todavía un poco más alto que él. Pero porque Alvion siempre había sido un tipo grande, al menos en sus años jóvenes y adultos. Antes solía medir algo más de 190 y tener una complexión fuerte; de hecho, todos los Zou compartían esa misma complexión. Como si todos estuvieran diseñados bajo un mismo patrón de perfección. Pero, ya llegado a esta avanzada edad, había menguado un poco, tanto en altura como en masa muscular, y ahora quizá medía 187. Quien más se le parecía con esa complexión de tipo grande de sus años jóvenes era Neuval.

Yagami no pudo evitar observar por unos segundos los brazos del anciano, ahora que vestía con esa camisa sin mangas. De cerca, se veía con más claridad, y era una imagen sobrecogedora, la cantidad de cicatrices que le cubrían la piel, y probablemente tenía más en el resto del cuerpo. Era sobrecogedor, porque normalmente un Zou tenía una alta capacidad regenerativa, capaz de curarse heridas sin dejar cicatriz detrás. Incluso si recibía una segunda herida en el mismo lugar, podía curarse sin dejar rastro. Pero cuando esa misma zona del cuerpo recibía una tercera, cuarta, quinta herida… esa capacidad regenerativa se cansaba, y al curarse, no podía evitar ya dejar marcas y cicatrices.

Siendo un iris Shokubutsu y además veterano, Yagami era un experto curandero como muchos de su mismo elemento, usando la ciencia de las plantas y su química para sanar. Pero la ciencia de la Química y la Botánica era la ciencia predilecta de los Zou, ellos eran los más sabios del mundo en esto. Cuántas veces habría usado Alvion sus propios remedios vegetales para curar sus heridas, y aun así tenía el cuerpo cubierto de todo tipo de lesiones porque no había parado de recibirlas.





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