2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __
«Pero ¿adónde se van ahora?» pensó Cleven, todavía escondida tras los arbustos del jardín exterior frente al edificio, cuando vio a su tío y a Yako salir del portal y marcharse calle arriba corriendo.
Había estado recapacitando sobre todas las cosas que había estado escuchando. Entre lo que Yako y los demás habían estado diciendo entre ellos, siendo diferente a lo que le habían contado a Riku, y los pequeños detalles chocantes, como que Yako hubiese dado un nombre diferente, y hubiese mandado a Drasik a darles una nota importante a unos tales “almaati”, y tuviese a una Hoti en su móvil capaz de registrar voces en unas bases de datos de criminales y de una tal Asociación, además del comportamiento tan secreto que habían mostrado todos, a Cleven no se le habían escapado estas pequeñas cosas que hacían de la situación de su prima desaparecida algo más que un simple incidente.
«Muy bien, esto está empezando a ser ya muy raro» pensó molesta, y decidió poner en práctica una vez más su mayor poder, que era, sin lugar a dudas, meter las narices donde no la llamaban. Se sujetó bien la mochila a la espalda y sacó su móvil de uno de sus bolsillos para guardárselo en el pantalón chándal que llevaba ahora puesto, para estar al tanto de si alguien la llamaba y notar la vibración.
Sin embargo, cuando lo miró un momento, descubrió que tenía unas siete llamadas perdidas de su tío. «Oh, mierda… No lo he oído, lo había puesto en silencio en el entrenamiento». Tras esas llamadas, había recibido un mensaje de Brey precisamente un par de minutos antes de que se marchara ahora con Yako: “Cleven, hoy ha ocurrido algo grave. Estés donde estés, cuando llegues a casa, ve a la casa de Mei Ling o a la de Eliam, ellos te lo explicarán. Yo me ausentaré esta tarde unas horas. Te veré más tarde. Si tienes hambre, tienes comida hecha en la cocina”.
«Tito…» se apenó Cleven, apoyando el teléfono sobre su pecho. Sin embargo, recobró enseguida la determinación, y se apresuró a alcanzar los pasos de Yako y de su tío.
Los estuvo siguiendo, manteniendo una distancia segura. Caminaban muy rápido, pero una de las virtudes especiales de Cleven era su agilidad para moverse por la ciudad y sus reflejos para esconderse enseguida en cualquier rincón si alguno de ellos miraba hacia atrás. Esto de pasar desapercibida ante la mirada de otros por las calles lo había practicado bastante en los últimos años con algunos exnovios, acosadores o chicas indeseables del instituto.
Había tenido suerte de que Yako y Brey hubiesen optado por ir a pie por las calles. Aunque no habían tenido más remedio. Lo de los helicópteros policiales sobrevolando la ciudad más de lo normal parecía algo serio. Hoy, por algún motivo, la vigilancia estaba siendo especialmente intensa, haciendo que ni los iris ni los almaati pudieran hacer sus desplazamientos habituales con grandes y veloces saltos sobre los edificios sin arriesgarse a que los vislumbraran haciendo tal acto sobrehumano.
—¡Brey! —lo llamó Yako a mitad de trayecto, mientras cruzaba el paso de cebra de una gran avenida, viendo que iba muy por delante, y casi estaba perdiéndolo entre la gente. Brey se giró y lo esperó, pero lo miró con gesto impaciente—. Por favor, ve un poco más despacio, no soy tan rápido como tú.
—Vamos hacia el mismo lugar, Yako, no importa si yo llego antes y tú después —siguieron andando juntos a paso ligero.
—Ya, pero… —intentó decirle.
—Quizá Neuval y Pipi hayan descubierto el paradero de Clover, ¡tengo que saberlo enseguida! Si la rescato hoy, ¡puedo estar incluso a tiempo de recuperar a Daisuke!
—Brey… —suspiró amargamente—. Si no te lo han comunicado ya a ti directamente, es que, o no lo saben, o es más complicado que eso. Por favor, prefiero que no te alejes de mí hasta que… bueno… hasta que todo se solucione.
—Oye… vale, sé por qué lo dices —se detuvo un momento para mirarlo a los ojos—. Pero lo de antes… no volverá a pasar. Estoy mejor ahora, ¿vale? Y sabes que a ti nunca te miento.
—Lo sé, y te creo. Pero… necesito entender… qué demonios te pasó ahí arriba. No parecías tú, y… nunca he sabido de ningún iris que haya tenido ese comportamiento ni siquiera ante la peor crisis. No en iris sin majin, claro.
Brey se puso un poco nervioso. Y se sintió mal consigo mismo, porque acababa de decirle a Yako que con él siempre era sincero, pero también acababa de recordar que en aquella azotea había aparecido Izan. O eso es lo que creía. Es decir, se vio y se sintió totalmente real. De hecho, verlo con un nuevo aspecto, diferente y más crecido que hace siete años, tenía que ser un signo de que no había sido su imaginación fruto del ataque de ansiedad que había padecido. Pero siempre quedaba la duda, porque, por mucho que su parte racional se atuviese a las pruebas tangibles, su pequeña parte emocional, la que solamente le aparecía con sus seres más queridos, se negaba a creer que Izan le hubiera dicho aquellas palabras tan crueles, y, peor aún, que le hubiese inducido a cometer algo tan imperdonable como quitarse la vida.
Brey estaba furioso por eso. Solo que no sabía si estaba furioso consigo mismo, o con Izan o con lo que quiera que fuese esa versión de Izan. Él, el verdadero Brey, jamás, jamás decidiría con plena consciencia cometer tal acto, mucho menos cuando Clover y Daisuke todavía estaban en ese mundo, necesitándole. Por eso, sabía que su consciencia había sido influida, infectada, contagiada de la desesperanza de otra persona.
Quería ser sincero con Yako. Pero, al mismo tiempo, tenía miedo, y rabia, y tristeza, de decirle a alguien en voz alta a quién había visto, y lo que le había hecho. Brey había adorado a sus hermanos mayores toda su vida. Y llevaba siete años guardándose dentro lo mucho que le dolía oír los terribles rumores que el resto de miembros de la Asociación difundían sobre Izan.
—¿Podemos hablar de ello luego? —le pidió a Yako finalmente.
—¿Me lo prometes?
Brey asintió.
Tras veinte largos minutos, llegaron a un barrio algo más descuidado y humilde de la cuidad, y Yako y Brey se detuvieron en mitad de una calle estrecha, ante la entrada de un callejón. Era una calle llena de tabernas y pequeños negocios llevados por inmigrantes extranjeros. No cabían los coches, había bicicletas y motos aparcadas a los lados, carteles, racimos de cables colgantes cruzando de un edificio a otro…
Cleven se asomó tras la esquina de un edifico a unos treinta metros. Había más gente deambulando por ahí, por lo que podía pasar más desapercibida. Se preguntó qué hacían ahí parados, hasta que vio el porqué. Llegando desde el otro lado de la calle, Kyo, Sam y Drasik se reunieron con ellos. «¿Sam también? Pero… ¿Qué hacen de repente todos aquí en esta zona de la ciudad?» pensó.
Cleven dio un respingo de la sorpresa cuando los tres chicos recién llegados se movieron un poco, descubriendo a la cuarta persona que venía por detrás de ellos. Nakuru se puso delante de Brey con cara preocupada y le agarró un brazo, transmitiéndole lo mucho que sentía lo que había pasado. Esto chocó a Cleven. Podía entender el hecho de verla en otros lugares con Kyo o Drasik porque sabía que a ellos dos ya los conocía desde hace tiempo por haber estado en la misma clase en cursos pasados. Pero… ¿reunirse también con Sam, Yako y su tío como si también fueran viejos conocidos? Y ese gesto que Nakuru hizo con su tío, con tanta confianza, como fraternal… «¿Pero qué… está pasando?».
Todos se metieron en aquel callejón. Cleven se apresuró a no perderlos de vista. Se acercó con cautela y se asomó levemente al callejón. Los vio meterse por una puerta mohosa del fondo y sobre ella un cartel de plástico blanco y sucio rezaba “Yoho Pub”. «Pff… ¿Ese antro es un pub?» se preguntó. «Y huele fatal. ¿Quién querría meterse aquí? Madre mía, ¿y ahora qué hago? Tengo que saber qué demonios hacen ahí dentro…».
Miró a su alrededor, pensando. Le vino la idea disparatada de disfrazarse, e inocentemente se puso a buscar alguna tienda de disfraces por ahí. No obstante, pasó al lado de un tipo que dormitaba en un rincón de la calle, sentado sobre una pequeña repisa en un pequeño hueco entre los escaparates de dos locales. Era un hombre grandote, pero bastante joven, demasiado para tratarse de un típico vagabundo divorciado o sin trabajo. Podía tener veintipocos años. Llevaba puesto un abrigo de nieve blanco y azul, pero bastante sucio y viejo, y con los bordes llenos de roturas. Por debajo llevaba una sudadera, y tenía la capucha puesta para abrigarse del frío, además de unas gafas de sol. También se fijó en su calzado, unas deportivas desgastadas. Tenía un pie grande.
Cleven lo consideró un momento. Lo vio plausible. Y no tenía tiempo que perder. Sacó dinero de su monedero, se acercó a ese joven y se agachó frente a él.
—Hey… Disculpa… —lo llamó varias veces, pero no respondía, por lo que probó a tocarle el brazo, y esto lo despertó y lo sobresaltó—. Perdón, siento molestarte. ¿Puedo pedirte un favor?
El otro la miraba extrañado, y un poco cohibido.
—Me gustaría pedirte prestados tu abrigo, tus gafas y tus deportivas, solamente para un rato. Te los devolveré sin falta después, hoy mismo. Puedo darte dinero a cambio del favor, toma —le tendió diez mil yenes en billetes—. Te da para tres o cuatro comidas calientes.
El otro dio un brinco al ver ese dinero y miró incrédulo a Cleven.
—¿Para qué quieres mis cosas? ¿Quién eres? —preguntó el chico, y se notó que pronunciaba raro algunas palabras.
—Sólo se trata de un experimento, es asunto mío.
El joven se quedó pensativo, un poco desconfiado, pero en realidad no veía nada turbio ahí. Se encogió de hombros, haciendo un gesto de asentimiento. Se puso en pie y se empezó a quitar el abrigo, el calzado y las gafas. Tenía agujeros en los calcetines. Se frotó los pies juntos al pisar sobre el suelo helado. Cogió el dinero de Cleven y se quedó abrazado a sí mismo. Al sostener las prendas, Cleven captó un fuerte olor a alcohol en ellas. Era perfecto.
Luego miró al otro, que se había quedado ahí de pie mirándola como un bobo, tiritando de frío.
—¿Qué haces? —le reprochó Cleven—. Métete ahora mismo en algún local. No puedes quedarte en la calle así, vas a ponerte enfermo.
—Oh… ah… —miró para los lados, dubitativo.
Tenía un comportamiento algo raro. Claramente había bebido alcohol en algún momento por el olor de su abrigo, pero ahora no estaba borracho. Cleven captó que tenía una pequeña discapacidad intelectual. Tenía unos ojos inocentes, perdidos, pero… Cleven comenzó a percibir algo más. Se quedó absorta mirándolo. Por alguna razón, algo de él la atrajo, una grieta detrás de sus ojos negros, y dentro de ella, una historia oculta, un problema no resuelto, un alma sin “camino”…
—Tus padres… te echaron de casa hace tres meses porque no pudiste acabar el instituto ni has logrado encontrar trabajo en ninguna parte durante años… Totalmente dependiente de ellos, una carga para ellos, no aguantaron más… porque ellos no quisieron comprender por qué eres así… no supieron hallar la solución de tu problema.
Cleven dijo esas palabras en voz alta sin darse cuenta. El joven la miraba desconcertado, ¿cómo lo sabía? Algo en ella también lo atraía y lo embelesaba, una luz detrás de sus ojos verdes, una esperanza oculta en ella.
—No es tu culpa, Takuya —le dijo Cleven, todavía en trance, sin pestañear—. Naciste tal y como debías haber nacido, no hay ningún mal innecesario en ti. Es el resto de la gente la que te ha fallado a ti. Ojalá yo pudiera darte una solución más duradera que unos yenes…
Algo extraño estaba sucediendo entre los dos, algo extraordinario, algo que todas las personas que pasaban por la calle ignoraban por completo. Hacía años, demasiados años, desde la última vez que Cleven tuvo este fenómeno con un desconocido.
Quizá era por culpa del trance, o del frío o de una fuerza oculta, pero aquellas palabras trajeron algunas lágrimas a los ojos del joven. Algo cálido le arropó. No sabía quién era esa chica y por qué sabía eso de él, pero no le importaba. Era la primera vez en su vida que experimentaba un poco de comprensión y empatía.
Pero esto tan sólo duró unos instantes. Cleven de repente parpadeó varias veces, como regresando a la realidad. No se dio ni cuenta. Ni lo recordaba.
—Hey. ¿Me has oído? —le sonrió más paciente—. Métete en algún lado a entrar en calor, aprovecha bien el dinero y come algo rico y calentito, ¿vale? Te dejaré tus cosas de regreso aquí en este rincón más tarde, ¿te parece bien?
El otro frunció el ceño. Ahora se ponía a hablar otra vez como antes. Ese cambio de actitud le resultó bien raro. A lo mejor es que esa chica tenía su propia deficiencia mental. Aun así, el frío le estaba calando los huesos, así que se marchó a meterse a alguno de los bares de la calle.
Cleven, entonces, miró a su alrededor para asegurarse de que no había algún otro conocido más por ahí a la vista. Se quitó sus deportivas, negras y rosas y pequeñas, que delataban claramente el calzado de una chica joven, y las metió en su mochila de la natación, haciendo bulto junto con su toalla, su traje de baño y sus gafas de nadar. De paso, sacó su gorro de goma, el mismo que se le había rasgado con dos agujeros y con el que se había hecho la selfi que le había enviado a su padre esa mañana.
Se puso las deportivas del chico; le sobraban varios centímetros, pero se las ató bien fuerte para no patinar mucho dentro de ellas. Después, se puso la mochila del revés, por delante, para simular que era una tripa abultada, y luego se puso el abrigo del chico por encima de todo, de su propio abrigo incluso, haciendo a Cleven parecer más gruesa y con una panza grande. Acto seguido, se puso el gorro de natación para tener su voluminoso cabello rojo bien aplastado y oculto; se tapó la cabeza con la propia capucha que llevaba de la sudadera bajo su abrigo y se puso las gafas de sol.
Se giró un momento para verse en el reflejo del escaparate que tenía al lado. «¡Oh, Dios mío! ¡Doy el pego más de lo que esperaba!» pensó victoriosa. Y no se equivocaba. Como también ya venía ella llevando un pantalón chándal cómodo y holgado, con todo en conjunto podía hacerse pasar perfectamente por un hombre grueso. Y apenas se le veía la cara bajo la capucha, las gafas de sol y el cuello del abrigo, y con el gorro de natación puesto no le asomaba ni un pelo. El hecho de que fuese invierno e hiciese frío era una ventaja para poder vestir con tanta prenda sin llamar la atención.
Había perdido quince minutos, así que corrió hacia el callejón, pero se adentró despacio, con cuidado. Conforme se acercaba a la puerta del fondo, fue creando su personaje y mentalizándose para dar una actuación creíble. Tenía que pasar lo más desapercibida posible. Se supone que era un hombre rudo, malhumorado, callado, que iba a un antro mugriento a tomarse un sake como cualquier otro. La suerte es que nadie la estaba viendo ahora caminar como un ridículo pingüino dentro de esas zapatillas tan grandes. De hecho, se inventó una cojera en una pierna.
Miró primero disimuladamente por la ventana hacia el interior. Tampoco podía distinguir muchas cosas, el cristal estaba sucio, algo traslúcido, y dentro del local la luz era cálida y muy floja. Aun así, pudo comprobar que allá al fondo del local, alrededor de tres mesas juntadas, había sentadas muchas personas. Siguió adelante con sus intenciones. Su curiosidad y preocupación por la situación de Clover eran mayores que cualquier miedo a ser descubierta ahí disfrazada. Tampoco es que estuviera espiando a gente peligrosa. Eran sus amigos y su tío. No había razón para temer, por lo que entró en el local con aire natural, ciñéndose a su papel de vagabundo rudo e indiferente. Fue cabizbaja y cojeando un poco a sentarse a una mesa cerca de la entrada.
Aparte del grupo de allá, también había un par de clientes más en otras mesas apartadas, otros tipos solitarios y con malas pintas que simplemente bebían y se adormilaban e ignoraban todo a su alrededor.
¡Pum! El dueño del antro, un hombre corpulento, medio calvo y sucio, posó su manaza bruscamente sobre su mesa. Cleven casi se traga la lengua del susto, pero procuró mantener la vista baja.
—¿Tú otra vez? —gruñó el dueño—. Chico, ya estuviste bebiendo aquí esta mañana. ¿De verdad no tienes nada mejor que hacer?
Cleven se quedó quieta, confiando en que no le veía mucho la cara gracias a la capucha de su sudadera y las gafas de sol. Debía de estar confundiéndolo con el chico cuyas prendas había tomado prestadas, reconociéndolo seguramente por el abrigo y porque aquel chico también llevaba las gafas y su propia capucha puestas.
El dueño seguía mirándola con esas malas pulgas, como esperando alguna respuesta. Cleven entonces soltó un gruñido grave y se encogió de hombros.
—Ya… —bufó el dueño—. Crees que tu vida es dura, ¿no? Pues que lo sepas. No lidio con morosos. No pagaste esa última copa de sake y por eso te eché. Te gastaste esas pocas monedas que tenías bebiendo aquí esta mañana. Sabes que aquí no entra nadie sin dinero, chaval. No pienso servirte nada gratis y…
¡Pum! Cleven sobresaltó al corpulento hombre, dando también un manotazo sobre la mesa. Al apartar la mano, dejó al descubierto un billete de mil yenes. El dueño, entonces, soltó un gruñido conforme, agarrando ese billete.
—¿Lo mismo de esta mañana?
Cleven se encogió de hombros. El corpulento hombre lo tomó como un sí y volvió a la barra, soltando algunas palabras malsonantes en algún dialecto mongol. Cleven apoyó la cabeza en una mano fingiendo no prestar atención a su alrededor y se levantó un poco el borde de la capucha con disimulo para poder ver a esa gente. Tenía una buena de vista de ellos desde ahí.
Se quedó perpleja. Además de su tío, Drasik, Yako, Kyo, Sam y Nakuru, conocía a varios. Estaba el señor Suárez, el padre de Álex, a quien conoció ayer en el despacho de la empresa de su padre; también Sakura, esa engreída del instituto que no le caía bien, y el niño albino ese que siempre había estado pegado a Clover en el colegio, Jannik. «Pero ¿qué hace un niño de su edad aquí y con toda esta gente? Pero… ¿de qué demonios se conocen todos ellos?» se desconcertó.
Luego estaban los demás miembros de la SRS, a los que no conocía de nada: la Segunda o Sublíder, Waine, la joven mujer hindú de largo cabello caoba, chaqueta negra de cuero y de aspecto dócil y silencioso; Yagami, el mismo hombre alto y delgado de ojos risueños y cabello largo y enmarañado que estuvo los días pasados en el Monte Zou investigando, y a su lado, inseparable, estaba Effie, la fortachona de cabello cobrizo del clan Crosbie del Monte Zou; y Eddie, el adolescente estadounidense mulato de voluminoso cabello ensortijado, llevaba gafas y una sudadera de talla enorme, pero pantalones muy estrechos y grandes zapatillas, sentado cómodamente con los pies sobre la mesa.
A Cleven le latía el corazón con fuerza, no entendía qué estaba pasando. Esa gente, gente que parecía que no tenía ninguna relación entre sí, y ahí estaban como si se conociesen desde hace años. No le entraba en la cabeza. Se sintió sumergida en un inquietante secreto, y esto, al mismo tiempo, la hacía sentirse empequeñecida e insignificante, engañada y apartada. Quizá lo que más la contrariaba era Nakuru. Su tío, bueno, llevaba menos de un mes conociéndolo, pero había estado con Nakuru casi toda su vida. Nakuru le había estado ocultando esto, ¿desde cuándo? ¿Y por qué?
Dejó estos pensamientos a un lado cuando regresó el dueño del antro posando una jarrita de sake y una copa bruscamente sobre la mesa.
—Te lo advierto, chico, no pienso cargar contigo si acabas en el suelo. Te arrastraré por él y te dejaré ahí fuera junto a la basura.
—¡Ogu! Mon ami —se oyó de repente una voz alarmantemente familiar.
Cleven pegó un bote enorme en su silla. De repente vio a alguien sentándose descaradamente encima de su mesa, a poco de volcar la jarrita de sake. Ella no se movió ni un milímetro ni apartó la vista de la jarrita, haciendo para ello un esfuerzo sobrehumano, porque juraría que acababa de reconocer la voz grave y potente de su padre, pero no quería levantar la cabeza.
—Dime. ¿Qué tenemos por ahí hoy? —le preguntó Neuval al corpulento dueño.
—Lo habitual —gruñó este—. Un par de miserables de los de siempre al fondo —señaló a aquellos otros dos clientes beodos en unas mesas de allá—. Y este inútil bobalicón, que lleva meses por el barrio malgastando el oxígeno…
—Ogu —le interrumpió Neuval. El dueño se calló y se puso tenso, notando en su voz ese tono descontento de advertencia—. Yo puedo darte oxígeno gratis, si tanto te preocupa. Sé más amable, ¿quieres?
«¿¡Pero qué está pasando!? ¿¡Pero qué hace papá aquí!? ¡No puede ser él! ¡No entiendo nada!» pensaba Cleven sin parar, tiesa como un maniquí y sudando a mares. No se dio cuenta de que Ogu le estaba contando a Neuval un poco acerca de quién era este supuesto chico.
—… y por eso sus padres lo echaron de casa y no le dan trabajo en ninguna parte. Es analfabeto o retrasado o algo. Pero inofensivo. Más que los otros desgraciados de ahí al fondo.
—Hm… —murmuró Neuval, bajando la mirada hacia el muchacho encapuchado.
No tenía razones para sospechar que fuera otra persona, ni señal alguna que le indicara que esa era su hija disfrazada. El abrigo despedía suficiente olor corporal del chico y también a alcohol como para no creer que realmente era un vagabundo. Además, estaba la palabra de Ogu.
Ogu era un excriminal a quien hace años Neuval y Pipi descubrieron vendiendo drogas a niños, resultando una vez en varias muertes de menores de edad por un producto mal fabricado. Aunque Ogu en sí ya era una persona despreciable, trabajaba forzado y endeudado por la Yakuza, y era un simple camello. Dado que aquel lote defectuoso de drogas arruinó gran parte del negocio y de la imagen de la Yakuza que dominaba aquella otra zona de la ciudad donde ocurrió esto, buscaron eliminar a todos los implicados y conocedores de esa mala venta, digamos, para hacer una “limpieza” y reanudar el tráfico por otra vía desde cero.
Por eso, Neuval le dijo a Ogu sus opciones: o se pudría de por vida en prisión, o era aniquilado por los miembros de la Yakuza que lo andaban buscando. Pero le ofreció una tercera opción: hacer algo útil, guardando este local clandestino para reuniones iris o para darles refugio si estaban en medio de una persecución policial o contra otros criminales, y también, servir de informante, enterándose de las actividades criminales que oyera por este barrio o que los delincuentes vinieran a discutir dentro de su bar, igual que hacía Kiyomaro, el otro delincuente que trabajaba en las discotecas de lujo y de informante para los iris. Y a cambio, lo protegían de la Yakuza. Por mucho que Ogu odiara a los iris, los necesitaba para estar salvo, por lo que para él escoger esta tercera opción era la única aceptable.
Había mejores sitios en los que los iris podían hacer reuniones secretas, por ejemplo, la propia empresa de Neuval, o la vivienda de alguno de ellos que viviera solo, sin familiares humanos a los que molestar o involucrar. Pero eso era seguro sólo cuando eran entre cuatro o cinco; para una reunión tan numerosa como esta, rincones de la ciudad como este eran más seguros para ellos. En un barrio así, además, la presencia policial era casi nula, y la gente que vivía en él era el tipo de gente que sabía no meterse en los asuntos de los demás y mantener la boca cerrada para no buscarse problemas.
—Maltratado por tus padres… viviendo en la calle… cruzándote con bellas personas como Ogu hablándote como si fueses una sucia rata… —decía Neuval mientras rebuscaba algo en el bolsillo de su pantalón—. Me trae recuerdos —suspiró, sacando su cartera, y de ella, sacó una tarjeta—. No se lo tengas en cuenta. Ogu le hablaría así incluso a su propia madre, no tiene remedio. Eres libre de aprovechar o no las oportunidades que te ofrezcan, gamin, pero yo nunca desaprovecho la oportunidad de ofrecer oportunidades a quienes aún no han perdido todo el amor propio —le dijo, deslizando sobre la mesa hacia Cleven esa tarjeta de Hoteitsuba—. Incluso alguien como tú tiene utilidad aquí.
Tras decir eso, Neuval se bajó de la mesa de un salto y se marchó con Ogu, dándole unas últimas indicaciones antes de separarse, regresando este tras la barra y Neuval volviendo con el grupo.
Cleven seguía petrificada sobre su silla. Detrás de las gafas de sol tenía los ojos abiertos como antenas parabólicas. Se había quedado casi sin respiración, y los latidos de su corazón retumbaban en sus oídos como tambores. Ahora que se alejaba, vio a su padre enteramente, y se quedó aún más perpleja. En la visita a su despacho de ayer ya lo vio con ese mismo chándal negro, pero ahora estaba el doble de despeinado, y con ojeras, y encima estaba llevando pantuflas. A Neuval no le había dado tiempo a cambiarse ni siquiera de calzado, tampoco era su culpa. Y había pasado una noche horrible, francamente.
Acostumbrada a verlo siempre con un elegante traje impecable, bien peinado, bien afeitado o con una barba bien arreglada, y comportándose como un señor… esta imagen y actitud que acababa de presenciar de él fue tan chocante que todavía tenía la duda de que quizá era otra persona que se le parecía. Y estaba allá, hablando con esas personas… hablando con Yako… y con Sam… con Nakuru… con Kyo y con Drasik… Hablando incluso con esa engreída de su instituto, Sakura, ¡como si fuesen conocidos de toda la vida!
—Te podrías haber arreglado un poco antes de venir, Fuujin —le dijo Sakura, acercándose a él.
—¿Por qué? Si no estoy roto —bufó Neuval, comprobando algo en su móvil mientras tanto.
—Tienes una pinta horrible.
—Discrepo. Soy hermoso, todo el tiempo —respondió presumidamente, y luego le enseñó un mapa en su pantalla del móvil—. ¿Es aquí donde ocurrió todo?
—Sí, justo en este lugar —le señaló Sakura, agrandando el mapa con los dedos—. La fábrica junto al puente. Pero las venían persiguiendo ya desde el distrito vecino, por aquí. Yo me encontré con el altercado en esta zona y los estuve siguiendo de este punto a este punto, donde ya me encontré con Kyo y con Drasik.
Esto cabreó un poco a Cleven. No oía desde ahí lo que decían, pero no concebía en este mundo qué tenía esa petarda que hablar con su padre así con esas confianzas. Estaba empezando a sentirse tan abrumada por esta situación que agarró la jarrita de sake y se sirvió un poco en la copa. Mientras pensaba en lo confusa y enfadada que estaba, se llevó la copa bajo la nariz. Olía fuerte. Nunca lo había probado. Ni le convenía. Pero estaba enfadada. Probó un sorbo. La graduación golpeó tan fuerte que se le despejaron las fosas nasales y lo escupió torpemente, medio atragantándose.
Algunos iris de allá la oyeron toser y la miraron unos instantes. Disimuló enseguida, apoyando la cabeza en una mano sobre la mesa, escondiéndose tras su propio brazo mientras se servía otra copa con la jarrita y le salía un poco de sake por la nariz. Los iris de allá volvieron a sus conversaciones.
«Pero ¿adónde se van ahora?» pensó Cleven, todavía escondida tras los arbustos del jardín exterior frente al edificio, cuando vio a su tío y a Yako salir del portal y marcharse calle arriba corriendo.
Había estado recapacitando sobre todas las cosas que había estado escuchando. Entre lo que Yako y los demás habían estado diciendo entre ellos, siendo diferente a lo que le habían contado a Riku, y los pequeños detalles chocantes, como que Yako hubiese dado un nombre diferente, y hubiese mandado a Drasik a darles una nota importante a unos tales “almaati”, y tuviese a una Hoti en su móvil capaz de registrar voces en unas bases de datos de criminales y de una tal Asociación, además del comportamiento tan secreto que habían mostrado todos, a Cleven no se le habían escapado estas pequeñas cosas que hacían de la situación de su prima desaparecida algo más que un simple incidente.
«Muy bien, esto está empezando a ser ya muy raro» pensó molesta, y decidió poner en práctica una vez más su mayor poder, que era, sin lugar a dudas, meter las narices donde no la llamaban. Se sujetó bien la mochila a la espalda y sacó su móvil de uno de sus bolsillos para guardárselo en el pantalón chándal que llevaba ahora puesto, para estar al tanto de si alguien la llamaba y notar la vibración.
Sin embargo, cuando lo miró un momento, descubrió que tenía unas siete llamadas perdidas de su tío. «Oh, mierda… No lo he oído, lo había puesto en silencio en el entrenamiento». Tras esas llamadas, había recibido un mensaje de Brey precisamente un par de minutos antes de que se marchara ahora con Yako: “Cleven, hoy ha ocurrido algo grave. Estés donde estés, cuando llegues a casa, ve a la casa de Mei Ling o a la de Eliam, ellos te lo explicarán. Yo me ausentaré esta tarde unas horas. Te veré más tarde. Si tienes hambre, tienes comida hecha en la cocina”.
«Tito…» se apenó Cleven, apoyando el teléfono sobre su pecho. Sin embargo, recobró enseguida la determinación, y se apresuró a alcanzar los pasos de Yako y de su tío.
Los estuvo siguiendo, manteniendo una distancia segura. Caminaban muy rápido, pero una de las virtudes especiales de Cleven era su agilidad para moverse por la ciudad y sus reflejos para esconderse enseguida en cualquier rincón si alguno de ellos miraba hacia atrás. Esto de pasar desapercibida ante la mirada de otros por las calles lo había practicado bastante en los últimos años con algunos exnovios, acosadores o chicas indeseables del instituto.
Había tenido suerte de que Yako y Brey hubiesen optado por ir a pie por las calles. Aunque no habían tenido más remedio. Lo de los helicópteros policiales sobrevolando la ciudad más de lo normal parecía algo serio. Hoy, por algún motivo, la vigilancia estaba siendo especialmente intensa, haciendo que ni los iris ni los almaati pudieran hacer sus desplazamientos habituales con grandes y veloces saltos sobre los edificios sin arriesgarse a que los vislumbraran haciendo tal acto sobrehumano.
—¡Brey! —lo llamó Yako a mitad de trayecto, mientras cruzaba el paso de cebra de una gran avenida, viendo que iba muy por delante, y casi estaba perdiéndolo entre la gente. Brey se giró y lo esperó, pero lo miró con gesto impaciente—. Por favor, ve un poco más despacio, no soy tan rápido como tú.
—Vamos hacia el mismo lugar, Yako, no importa si yo llego antes y tú después —siguieron andando juntos a paso ligero.
—Ya, pero… —intentó decirle.
—Quizá Neuval y Pipi hayan descubierto el paradero de Clover, ¡tengo que saberlo enseguida! Si la rescato hoy, ¡puedo estar incluso a tiempo de recuperar a Daisuke!
—Brey… —suspiró amargamente—. Si no te lo han comunicado ya a ti directamente, es que, o no lo saben, o es más complicado que eso. Por favor, prefiero que no te alejes de mí hasta que… bueno… hasta que todo se solucione.
—Oye… vale, sé por qué lo dices —se detuvo un momento para mirarlo a los ojos—. Pero lo de antes… no volverá a pasar. Estoy mejor ahora, ¿vale? Y sabes que a ti nunca te miento.
—Lo sé, y te creo. Pero… necesito entender… qué demonios te pasó ahí arriba. No parecías tú, y… nunca he sabido de ningún iris que haya tenido ese comportamiento ni siquiera ante la peor crisis. No en iris sin majin, claro.
Brey se puso un poco nervioso. Y se sintió mal consigo mismo, porque acababa de decirle a Yako que con él siempre era sincero, pero también acababa de recordar que en aquella azotea había aparecido Izan. O eso es lo que creía. Es decir, se vio y se sintió totalmente real. De hecho, verlo con un nuevo aspecto, diferente y más crecido que hace siete años, tenía que ser un signo de que no había sido su imaginación fruto del ataque de ansiedad que había padecido. Pero siempre quedaba la duda, porque, por mucho que su parte racional se atuviese a las pruebas tangibles, su pequeña parte emocional, la que solamente le aparecía con sus seres más queridos, se negaba a creer que Izan le hubiera dicho aquellas palabras tan crueles, y, peor aún, que le hubiese inducido a cometer algo tan imperdonable como quitarse la vida.
Brey estaba furioso por eso. Solo que no sabía si estaba furioso consigo mismo, o con Izan o con lo que quiera que fuese esa versión de Izan. Él, el verdadero Brey, jamás, jamás decidiría con plena consciencia cometer tal acto, mucho menos cuando Clover y Daisuke todavía estaban en ese mundo, necesitándole. Por eso, sabía que su consciencia había sido influida, infectada, contagiada de la desesperanza de otra persona.
Quería ser sincero con Yako. Pero, al mismo tiempo, tenía miedo, y rabia, y tristeza, de decirle a alguien en voz alta a quién había visto, y lo que le había hecho. Brey había adorado a sus hermanos mayores toda su vida. Y llevaba siete años guardándose dentro lo mucho que le dolía oír los terribles rumores que el resto de miembros de la Asociación difundían sobre Izan.
—¿Podemos hablar de ello luego? —le pidió a Yako finalmente.
—¿Me lo prometes?
Brey asintió.
Tras veinte largos minutos, llegaron a un barrio algo más descuidado y humilde de la cuidad, y Yako y Brey se detuvieron en mitad de una calle estrecha, ante la entrada de un callejón. Era una calle llena de tabernas y pequeños negocios llevados por inmigrantes extranjeros. No cabían los coches, había bicicletas y motos aparcadas a los lados, carteles, racimos de cables colgantes cruzando de un edificio a otro…
Cleven se asomó tras la esquina de un edifico a unos treinta metros. Había más gente deambulando por ahí, por lo que podía pasar más desapercibida. Se preguntó qué hacían ahí parados, hasta que vio el porqué. Llegando desde el otro lado de la calle, Kyo, Sam y Drasik se reunieron con ellos. «¿Sam también? Pero… ¿Qué hacen de repente todos aquí en esta zona de la ciudad?» pensó.
Cleven dio un respingo de la sorpresa cuando los tres chicos recién llegados se movieron un poco, descubriendo a la cuarta persona que venía por detrás de ellos. Nakuru se puso delante de Brey con cara preocupada y le agarró un brazo, transmitiéndole lo mucho que sentía lo que había pasado. Esto chocó a Cleven. Podía entender el hecho de verla en otros lugares con Kyo o Drasik porque sabía que a ellos dos ya los conocía desde hace tiempo por haber estado en la misma clase en cursos pasados. Pero… ¿reunirse también con Sam, Yako y su tío como si también fueran viejos conocidos? Y ese gesto que Nakuru hizo con su tío, con tanta confianza, como fraternal… «¿Pero qué… está pasando?».
Todos se metieron en aquel callejón. Cleven se apresuró a no perderlos de vista. Se acercó con cautela y se asomó levemente al callejón. Los vio meterse por una puerta mohosa del fondo y sobre ella un cartel de plástico blanco y sucio rezaba “Yoho Pub”. «Pff… ¿Ese antro es un pub?» se preguntó. «Y huele fatal. ¿Quién querría meterse aquí? Madre mía, ¿y ahora qué hago? Tengo que saber qué demonios hacen ahí dentro…».
Miró a su alrededor, pensando. Le vino la idea disparatada de disfrazarse, e inocentemente se puso a buscar alguna tienda de disfraces por ahí. No obstante, pasó al lado de un tipo que dormitaba en un rincón de la calle, sentado sobre una pequeña repisa en un pequeño hueco entre los escaparates de dos locales. Era un hombre grandote, pero bastante joven, demasiado para tratarse de un típico vagabundo divorciado o sin trabajo. Podía tener veintipocos años. Llevaba puesto un abrigo de nieve blanco y azul, pero bastante sucio y viejo, y con los bordes llenos de roturas. Por debajo llevaba una sudadera, y tenía la capucha puesta para abrigarse del frío, además de unas gafas de sol. También se fijó en su calzado, unas deportivas desgastadas. Tenía un pie grande.
Cleven lo consideró un momento. Lo vio plausible. Y no tenía tiempo que perder. Sacó dinero de su monedero, se acercó a ese joven y se agachó frente a él.
—Hey… Disculpa… —lo llamó varias veces, pero no respondía, por lo que probó a tocarle el brazo, y esto lo despertó y lo sobresaltó—. Perdón, siento molestarte. ¿Puedo pedirte un favor?
El otro la miraba extrañado, y un poco cohibido.
—Me gustaría pedirte prestados tu abrigo, tus gafas y tus deportivas, solamente para un rato. Te los devolveré sin falta después, hoy mismo. Puedo darte dinero a cambio del favor, toma —le tendió diez mil yenes en billetes—. Te da para tres o cuatro comidas calientes.
El otro dio un brinco al ver ese dinero y miró incrédulo a Cleven.
—¿Para qué quieres mis cosas? ¿Quién eres? —preguntó el chico, y se notó que pronunciaba raro algunas palabras.
—Sólo se trata de un experimento, es asunto mío.
El joven se quedó pensativo, un poco desconfiado, pero en realidad no veía nada turbio ahí. Se encogió de hombros, haciendo un gesto de asentimiento. Se puso en pie y se empezó a quitar el abrigo, el calzado y las gafas. Tenía agujeros en los calcetines. Se frotó los pies juntos al pisar sobre el suelo helado. Cogió el dinero de Cleven y se quedó abrazado a sí mismo. Al sostener las prendas, Cleven captó un fuerte olor a alcohol en ellas. Era perfecto.
Luego miró al otro, que se había quedado ahí de pie mirándola como un bobo, tiritando de frío.
—¿Qué haces? —le reprochó Cleven—. Métete ahora mismo en algún local. No puedes quedarte en la calle así, vas a ponerte enfermo.
—Oh… ah… —miró para los lados, dubitativo.
Tenía un comportamiento algo raro. Claramente había bebido alcohol en algún momento por el olor de su abrigo, pero ahora no estaba borracho. Cleven captó que tenía una pequeña discapacidad intelectual. Tenía unos ojos inocentes, perdidos, pero… Cleven comenzó a percibir algo más. Se quedó absorta mirándolo. Por alguna razón, algo de él la atrajo, una grieta detrás de sus ojos negros, y dentro de ella, una historia oculta, un problema no resuelto, un alma sin “camino”…
—Tus padres… te echaron de casa hace tres meses porque no pudiste acabar el instituto ni has logrado encontrar trabajo en ninguna parte durante años… Totalmente dependiente de ellos, una carga para ellos, no aguantaron más… porque ellos no quisieron comprender por qué eres así… no supieron hallar la solución de tu problema.
Cleven dijo esas palabras en voz alta sin darse cuenta. El joven la miraba desconcertado, ¿cómo lo sabía? Algo en ella también lo atraía y lo embelesaba, una luz detrás de sus ojos verdes, una esperanza oculta en ella.
—No es tu culpa, Takuya —le dijo Cleven, todavía en trance, sin pestañear—. Naciste tal y como debías haber nacido, no hay ningún mal innecesario en ti. Es el resto de la gente la que te ha fallado a ti. Ojalá yo pudiera darte una solución más duradera que unos yenes…
Algo extraño estaba sucediendo entre los dos, algo extraordinario, algo que todas las personas que pasaban por la calle ignoraban por completo. Hacía años, demasiados años, desde la última vez que Cleven tuvo este fenómeno con un desconocido.
Quizá era por culpa del trance, o del frío o de una fuerza oculta, pero aquellas palabras trajeron algunas lágrimas a los ojos del joven. Algo cálido le arropó. No sabía quién era esa chica y por qué sabía eso de él, pero no le importaba. Era la primera vez en su vida que experimentaba un poco de comprensión y empatía.
Pero esto tan sólo duró unos instantes. Cleven de repente parpadeó varias veces, como regresando a la realidad. No se dio ni cuenta. Ni lo recordaba.
—Hey. ¿Me has oído? —le sonrió más paciente—. Métete en algún lado a entrar en calor, aprovecha bien el dinero y come algo rico y calentito, ¿vale? Te dejaré tus cosas de regreso aquí en este rincón más tarde, ¿te parece bien?
El otro frunció el ceño. Ahora se ponía a hablar otra vez como antes. Ese cambio de actitud le resultó bien raro. A lo mejor es que esa chica tenía su propia deficiencia mental. Aun así, el frío le estaba calando los huesos, así que se marchó a meterse a alguno de los bares de la calle.
Cleven, entonces, miró a su alrededor para asegurarse de que no había algún otro conocido más por ahí a la vista. Se quitó sus deportivas, negras y rosas y pequeñas, que delataban claramente el calzado de una chica joven, y las metió en su mochila de la natación, haciendo bulto junto con su toalla, su traje de baño y sus gafas de nadar. De paso, sacó su gorro de goma, el mismo que se le había rasgado con dos agujeros y con el que se había hecho la selfi que le había enviado a su padre esa mañana.
Se puso las deportivas del chico; le sobraban varios centímetros, pero se las ató bien fuerte para no patinar mucho dentro de ellas. Después, se puso la mochila del revés, por delante, para simular que era una tripa abultada, y luego se puso el abrigo del chico por encima de todo, de su propio abrigo incluso, haciendo a Cleven parecer más gruesa y con una panza grande. Acto seguido, se puso el gorro de natación para tener su voluminoso cabello rojo bien aplastado y oculto; se tapó la cabeza con la propia capucha que llevaba de la sudadera bajo su abrigo y se puso las gafas de sol.
Se giró un momento para verse en el reflejo del escaparate que tenía al lado. «¡Oh, Dios mío! ¡Doy el pego más de lo que esperaba!» pensó victoriosa. Y no se equivocaba. Como también ya venía ella llevando un pantalón chándal cómodo y holgado, con todo en conjunto podía hacerse pasar perfectamente por un hombre grueso. Y apenas se le veía la cara bajo la capucha, las gafas de sol y el cuello del abrigo, y con el gorro de natación puesto no le asomaba ni un pelo. El hecho de que fuese invierno e hiciese frío era una ventaja para poder vestir con tanta prenda sin llamar la atención.
Había perdido quince minutos, así que corrió hacia el callejón, pero se adentró despacio, con cuidado. Conforme se acercaba a la puerta del fondo, fue creando su personaje y mentalizándose para dar una actuación creíble. Tenía que pasar lo más desapercibida posible. Se supone que era un hombre rudo, malhumorado, callado, que iba a un antro mugriento a tomarse un sake como cualquier otro. La suerte es que nadie la estaba viendo ahora caminar como un ridículo pingüino dentro de esas zapatillas tan grandes. De hecho, se inventó una cojera en una pierna.
Miró primero disimuladamente por la ventana hacia el interior. Tampoco podía distinguir muchas cosas, el cristal estaba sucio, algo traslúcido, y dentro del local la luz era cálida y muy floja. Aun así, pudo comprobar que allá al fondo del local, alrededor de tres mesas juntadas, había sentadas muchas personas. Siguió adelante con sus intenciones. Su curiosidad y preocupación por la situación de Clover eran mayores que cualquier miedo a ser descubierta ahí disfrazada. Tampoco es que estuviera espiando a gente peligrosa. Eran sus amigos y su tío. No había razón para temer, por lo que entró en el local con aire natural, ciñéndose a su papel de vagabundo rudo e indiferente. Fue cabizbaja y cojeando un poco a sentarse a una mesa cerca de la entrada.
Aparte del grupo de allá, también había un par de clientes más en otras mesas apartadas, otros tipos solitarios y con malas pintas que simplemente bebían y se adormilaban e ignoraban todo a su alrededor.
¡Pum! El dueño del antro, un hombre corpulento, medio calvo y sucio, posó su manaza bruscamente sobre su mesa. Cleven casi se traga la lengua del susto, pero procuró mantener la vista baja.
—¿Tú otra vez? —gruñó el dueño—. Chico, ya estuviste bebiendo aquí esta mañana. ¿De verdad no tienes nada mejor que hacer?
Cleven se quedó quieta, confiando en que no le veía mucho la cara gracias a la capucha de su sudadera y las gafas de sol. Debía de estar confundiéndolo con el chico cuyas prendas había tomado prestadas, reconociéndolo seguramente por el abrigo y porque aquel chico también llevaba las gafas y su propia capucha puestas.
El dueño seguía mirándola con esas malas pulgas, como esperando alguna respuesta. Cleven entonces soltó un gruñido grave y se encogió de hombros.
—Ya… —bufó el dueño—. Crees que tu vida es dura, ¿no? Pues que lo sepas. No lidio con morosos. No pagaste esa última copa de sake y por eso te eché. Te gastaste esas pocas monedas que tenías bebiendo aquí esta mañana. Sabes que aquí no entra nadie sin dinero, chaval. No pienso servirte nada gratis y…
¡Pum! Cleven sobresaltó al corpulento hombre, dando también un manotazo sobre la mesa. Al apartar la mano, dejó al descubierto un billete de mil yenes. El dueño, entonces, soltó un gruñido conforme, agarrando ese billete.
—¿Lo mismo de esta mañana?
Cleven se encogió de hombros. El corpulento hombre lo tomó como un sí y volvió a la barra, soltando algunas palabras malsonantes en algún dialecto mongol. Cleven apoyó la cabeza en una mano fingiendo no prestar atención a su alrededor y se levantó un poco el borde de la capucha con disimulo para poder ver a esa gente. Tenía una buena de vista de ellos desde ahí.
Se quedó perpleja. Además de su tío, Drasik, Yako, Kyo, Sam y Nakuru, conocía a varios. Estaba el señor Suárez, el padre de Álex, a quien conoció ayer en el despacho de la empresa de su padre; también Sakura, esa engreída del instituto que no le caía bien, y el niño albino ese que siempre había estado pegado a Clover en el colegio, Jannik. «Pero ¿qué hace un niño de su edad aquí y con toda esta gente? Pero… ¿de qué demonios se conocen todos ellos?» se desconcertó.
Luego estaban los demás miembros de la SRS, a los que no conocía de nada: la Segunda o Sublíder, Waine, la joven mujer hindú de largo cabello caoba, chaqueta negra de cuero y de aspecto dócil y silencioso; Yagami, el mismo hombre alto y delgado de ojos risueños y cabello largo y enmarañado que estuvo los días pasados en el Monte Zou investigando, y a su lado, inseparable, estaba Effie, la fortachona de cabello cobrizo del clan Crosbie del Monte Zou; y Eddie, el adolescente estadounidense mulato de voluminoso cabello ensortijado, llevaba gafas y una sudadera de talla enorme, pero pantalones muy estrechos y grandes zapatillas, sentado cómodamente con los pies sobre la mesa.
A Cleven le latía el corazón con fuerza, no entendía qué estaba pasando. Esa gente, gente que parecía que no tenía ninguna relación entre sí, y ahí estaban como si se conociesen desde hace años. No le entraba en la cabeza. Se sintió sumergida en un inquietante secreto, y esto, al mismo tiempo, la hacía sentirse empequeñecida e insignificante, engañada y apartada. Quizá lo que más la contrariaba era Nakuru. Su tío, bueno, llevaba menos de un mes conociéndolo, pero había estado con Nakuru casi toda su vida. Nakuru le había estado ocultando esto, ¿desde cuándo? ¿Y por qué?
Dejó estos pensamientos a un lado cuando regresó el dueño del antro posando una jarrita de sake y una copa bruscamente sobre la mesa.
—Te lo advierto, chico, no pienso cargar contigo si acabas en el suelo. Te arrastraré por él y te dejaré ahí fuera junto a la basura.
—¡Ogu! Mon ami —se oyó de repente una voz alarmantemente familiar.
Cleven pegó un bote enorme en su silla. De repente vio a alguien sentándose descaradamente encima de su mesa, a poco de volcar la jarrita de sake. Ella no se movió ni un milímetro ni apartó la vista de la jarrita, haciendo para ello un esfuerzo sobrehumano, porque juraría que acababa de reconocer la voz grave y potente de su padre, pero no quería levantar la cabeza.
—Dime. ¿Qué tenemos por ahí hoy? —le preguntó Neuval al corpulento dueño.
—Lo habitual —gruñó este—. Un par de miserables de los de siempre al fondo —señaló a aquellos otros dos clientes beodos en unas mesas de allá—. Y este inútil bobalicón, que lleva meses por el barrio malgastando el oxígeno…
—Ogu —le interrumpió Neuval. El dueño se calló y se puso tenso, notando en su voz ese tono descontento de advertencia—. Yo puedo darte oxígeno gratis, si tanto te preocupa. Sé más amable, ¿quieres?
«¿¡Pero qué está pasando!? ¿¡Pero qué hace papá aquí!? ¡No puede ser él! ¡No entiendo nada!» pensaba Cleven sin parar, tiesa como un maniquí y sudando a mares. No se dio cuenta de que Ogu le estaba contando a Neuval un poco acerca de quién era este supuesto chico.
—… y por eso sus padres lo echaron de casa y no le dan trabajo en ninguna parte. Es analfabeto o retrasado o algo. Pero inofensivo. Más que los otros desgraciados de ahí al fondo.
—Hm… —murmuró Neuval, bajando la mirada hacia el muchacho encapuchado.
No tenía razones para sospechar que fuera otra persona, ni señal alguna que le indicara que esa era su hija disfrazada. El abrigo despedía suficiente olor corporal del chico y también a alcohol como para no creer que realmente era un vagabundo. Además, estaba la palabra de Ogu.
Ogu era un excriminal a quien hace años Neuval y Pipi descubrieron vendiendo drogas a niños, resultando una vez en varias muertes de menores de edad por un producto mal fabricado. Aunque Ogu en sí ya era una persona despreciable, trabajaba forzado y endeudado por la Yakuza, y era un simple camello. Dado que aquel lote defectuoso de drogas arruinó gran parte del negocio y de la imagen de la Yakuza que dominaba aquella otra zona de la ciudad donde ocurrió esto, buscaron eliminar a todos los implicados y conocedores de esa mala venta, digamos, para hacer una “limpieza” y reanudar el tráfico por otra vía desde cero.
Por eso, Neuval le dijo a Ogu sus opciones: o se pudría de por vida en prisión, o era aniquilado por los miembros de la Yakuza que lo andaban buscando. Pero le ofreció una tercera opción: hacer algo útil, guardando este local clandestino para reuniones iris o para darles refugio si estaban en medio de una persecución policial o contra otros criminales, y también, servir de informante, enterándose de las actividades criminales que oyera por este barrio o que los delincuentes vinieran a discutir dentro de su bar, igual que hacía Kiyomaro, el otro delincuente que trabajaba en las discotecas de lujo y de informante para los iris. Y a cambio, lo protegían de la Yakuza. Por mucho que Ogu odiara a los iris, los necesitaba para estar salvo, por lo que para él escoger esta tercera opción era la única aceptable.
Había mejores sitios en los que los iris podían hacer reuniones secretas, por ejemplo, la propia empresa de Neuval, o la vivienda de alguno de ellos que viviera solo, sin familiares humanos a los que molestar o involucrar. Pero eso era seguro sólo cuando eran entre cuatro o cinco; para una reunión tan numerosa como esta, rincones de la ciudad como este eran más seguros para ellos. En un barrio así, además, la presencia policial era casi nula, y la gente que vivía en él era el tipo de gente que sabía no meterse en los asuntos de los demás y mantener la boca cerrada para no buscarse problemas.
—Maltratado por tus padres… viviendo en la calle… cruzándote con bellas personas como Ogu hablándote como si fueses una sucia rata… —decía Neuval mientras rebuscaba algo en el bolsillo de su pantalón—. Me trae recuerdos —suspiró, sacando su cartera, y de ella, sacó una tarjeta—. No se lo tengas en cuenta. Ogu le hablaría así incluso a su propia madre, no tiene remedio. Eres libre de aprovechar o no las oportunidades que te ofrezcan, gamin, pero yo nunca desaprovecho la oportunidad de ofrecer oportunidades a quienes aún no han perdido todo el amor propio —le dijo, deslizando sobre la mesa hacia Cleven esa tarjeta de Hoteitsuba—. Incluso alguien como tú tiene utilidad aquí.
Tras decir eso, Neuval se bajó de la mesa de un salto y se marchó con Ogu, dándole unas últimas indicaciones antes de separarse, regresando este tras la barra y Neuval volviendo con el grupo.
Cleven seguía petrificada sobre su silla. Detrás de las gafas de sol tenía los ojos abiertos como antenas parabólicas. Se había quedado casi sin respiración, y los latidos de su corazón retumbaban en sus oídos como tambores. Ahora que se alejaba, vio a su padre enteramente, y se quedó aún más perpleja. En la visita a su despacho de ayer ya lo vio con ese mismo chándal negro, pero ahora estaba el doble de despeinado, y con ojeras, y encima estaba llevando pantuflas. A Neuval no le había dado tiempo a cambiarse ni siquiera de calzado, tampoco era su culpa. Y había pasado una noche horrible, francamente.
Acostumbrada a verlo siempre con un elegante traje impecable, bien peinado, bien afeitado o con una barba bien arreglada, y comportándose como un señor… esta imagen y actitud que acababa de presenciar de él fue tan chocante que todavía tenía la duda de que quizá era otra persona que se le parecía. Y estaba allá, hablando con esas personas… hablando con Yako… y con Sam… con Nakuru… con Kyo y con Drasik… Hablando incluso con esa engreída de su instituto, Sakura, ¡como si fuesen conocidos de toda la vida!
—Te podrías haber arreglado un poco antes de venir, Fuujin —le dijo Sakura, acercándose a él.
—¿Por qué? Si no estoy roto —bufó Neuval, comprobando algo en su móvil mientras tanto.
—Tienes una pinta horrible.
—Discrepo. Soy hermoso, todo el tiempo —respondió presumidamente, y luego le enseñó un mapa en su pantalla del móvil—. ¿Es aquí donde ocurrió todo?
—Sí, justo en este lugar —le señaló Sakura, agrandando el mapa con los dedos—. La fábrica junto al puente. Pero las venían persiguiendo ya desde el distrito vecino, por aquí. Yo me encontré con el altercado en esta zona y los estuve siguiendo de este punto a este punto, donde ya me encontré con Kyo y con Drasik.
Esto cabreó un poco a Cleven. No oía desde ahí lo que decían, pero no concebía en este mundo qué tenía esa petarda que hablar con su padre así con esas confianzas. Estaba empezando a sentirse tan abrumada por esta situación que agarró la jarrita de sake y se sirvió un poco en la copa. Mientras pensaba en lo confusa y enfadada que estaba, se llevó la copa bajo la nariz. Olía fuerte. Nunca lo había probado. Ni le convenía. Pero estaba enfadada. Probó un sorbo. La graduación golpeó tan fuerte que se le despejaron las fosas nasales y lo escupió torpemente, medio atragantándose.
Algunos iris de allá la oyeron toser y la miraron unos instantes. Disimuló enseguida, apoyando la cabeza en una mano sobre la mesa, escondiéndose tras su propio brazo mientras se servía otra copa con la jarrita y le salía un poco de sake por la nariz. Los iris de allá volvieron a sus conversaciones.
Comentarios
Publicar un comentario