2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __
Cuando Yako y Brey regresaron al rellano del quinto piso, todos seguían ahí, con las puertas de sus respectivas viviendas abiertas. Kyo y Eliam conversaban en la puerta de la vivienda de este último, ambos tratando de contactar con Drasik por el móvil; Agatha también estaba intentando llamar a alguien por teléfono, caminando de un lado a otro, cada vez más nerviosa; y Mei Ling estaba dentro de su casa, en el salón, con Daisuke.
Brey caminó directamente hacia la puerta abierta de la casa de los Lao. No podía pensar en otra cosa que en Daisuke llorando, asustado, sufriendo el primer trauma de su vida, lo cual, si ya era la peor pesadilla de un padre, más aún lo era para un iris nato.
Sin embargo, se frenó nada más cruzar la puerta, al ver en el salón una escena mucho menos trágica de la que esperaba. Daisuke estaba ya vestido, peinado y aseado. Estaba sentado encima de Mei Ling, abrazado a ella, con la cabeza sobre su hombro y los ojos cerrados, respirando con calma, mientras Mei Ling le acariciaba suavemente la cabeza y le cantaba en voz baja una nana típica en idioma chino.
Brey se quedó inmóvil en la entrada. Sin darse cuenta, se quedó absorto observándolos. Daisuke era huraño y gruñón con todo el mundo, incluso a veces con Agatha, dependiendo de su humor. Pero con Mei Ling nunca lo era. Con ella, siempre era el más dócil y amoroso del mundo. Bajaba todas sus barreras ante ella. Brey sabía que los mellizos le tenían mucho cariño a Mei Ling, pero esto era… algo más.
Por eso, de nuevo comenzaron a invadirle pensamientos intrusos. Para Daisuke, ante el suceso terrible que le había pasado a su hermana, Mei Ling era suficiente refugio. Y esto creó, o rescató, las viejas inseguridades que Brey había pasado los últimos años combatiendo: “Yo solo, ¿no soy suficiente refugio, no soy suficiente proveedor, protector o apoyo?”. Y entonces, esos pensamientos intrusos le respondían: “Claro que no eres suficiente. Han secuestrado a tu propia hija en tu propia casa mientras dormías tan tranquilo. Nunca fuiste suficiente para ellos. No están protegidos contigo, no están felices contigo. No sabes hacer esto bien. Nunca debiste quedarte con ellos”.
A raíz de eso, Brey recordó entonces las palabras que le dijo el asistente social de ayer, su teoría de elegir este camino sabiendo que hallaría sufrimiento en él. Brey ahora lo entendía. Esto había pasado por su culpa. Porque el secuestrador de Clover quería algo de él, alguna recompensa, o algún tipo de venganza o castigo. Si los niños hubieran crecido desde el principio con Norie y Joji, totalmente ajenos a la Asociación y con él fuera de la ecuación, seguro que nada de esto habría pasado, ahora estarían a salvo, y felices, haciendo cualquier plan de ocio de domingo.
«No… De nada sirve pensar en eso» se dijo en este momento. «Tengo que actuar en el presente. Puedo hacerlo, puedo hacerlo yo solo. Yue no está, así que tengo que poder hacerlo yo solo. Es mi deber, debo cumplirlo. Si no puedo cumplirlo… ¿para qué existo?».
—Daisuke —lo llamó desde ahí.
Tanto Mei Ling como el pequeño dieron un pequeño sobresalto. Daisuke se bajó enseguida del sofá y corrió hasta él, agarrándose a sus piernas.
—No la has encontrado, ¿verdad? —preguntó.
Brey fue a contestarle con la racionalidad de siempre, pero por alguna razón se le hizo un nudo en la garganta y no pudo. En lugar de eso, lo cargó en brazos y no dijo nada.
—Mei me ha enseñado una canción en chino, me la he memorizado, ¿quieres oírla? —preguntó Daisuke—. Mira, me ha ayudado a vestirme, yo he elegido la ropa, y me ha dado ramen insantan... sintantanio para comer. Estaba muy rico, no tan rico como el ramen que cocinas tú, pero estaba rico.
—Lo siento —le dijo Mei Ling a Brey, acercándose a ellos, con una sonrisa apagada—. Ya sabes que cocino de pena, no quería arriesgarme a preparar algo casero y que al final acabase con la tripa revuelta…
—No tenías que haber hecho nada de esto —objetó Brey. Su tono molesto sorprendió a Mei Ling—. No te lo he pedido, no es tu responsabilidad.
Ella al principio no entendió a qué venía esa actitud. Pero luego sí. Cualquier otra persona lo tacharía de desagradecido y se enfadaría, pero Mei Ling ya conocía a Brey, prácticamente desde que nació, y sabía cómo era, cómo funcionaba. Podía verlo claramente en sus ojos. No estaba enfadado o molesto con ella; estaba enfadado consigo mismo. Mei Ling comprendía su posición. Él ahora se sentía una mierda. Y a los iris, ya por naturaleza, les daba alergia pedir ayuda a los humanos, porque eso, para ellos, era lo mismo que molestar o causar problemas a los humanos, y esto era intolerable, como si un médico le causase una enfermedad a un paciente en lugar de curársela.
—Lo siento —le dijo Mei Ling finalmente.
—¡No! —intervino Daisuke—. Mei no ha hecho nada malo, papá, no te enfades con ella.
Claro que, hacer sentir mal a un humano sin merecerlo, también era intolerable para los iris. Por eso, Brey se sintió aún peor, al ver que quizá se estaba pasando de rudo con alguien que, al final, le había hecho un gran favor. Estaba en conflicto consigo mismo, no sabía qué decir o cómo actuar. Lo único que quería seguro era estar tranquilo, y solo, encargarse de Daisuke sin ayuda de nadie y que le dejasen en paz. Todo era abrumador ahora mismo. Y eso Yako lo percibió; se llevó a Brey consigo.
—Por favor, os pido a todos que regreséis a la normalidad aunque obviamente sigáis alterados por lo ocurrido —les dijo el joven Zou a todos, mientras Brey se metía en su casa con Daisuke; Yako dejó su puerta casi cerrada, desde fuera, para darle privacidad y silencio, y se giró hacia los demás de nuevo—. Esto es un caso iris. El alboroto acabará llamando la atención de los vecinos humanos de este edificio. Nadie puede enterarse de esto, porque se harán la idea equivocada de que hay un secuestrador de niños suelto por aquí, y más de un vecino querrá hacerle preguntas a Brey o llamar a la policía para sentirse seguros. Y eso no puede pasar bajo ningún concepto.
—Tienes razón —dijo Kyo.
—Oigan —se acercó Eliam a ambos—. Sé que como humano no puedo hacer gran cosa. Pero, por favor, si puedo hacer algo para ayudar… Investigar algo que esté a mi alcance, o incluso hacer recados o cuidar de Daisuke…
—Toda ayuda es bienvenida —le sonrió Yako, posando una mano en su hombro—. Gracias, Eli, te avisaremos si necesitamos un cable. ¿Has conseguido contactar con Dras?
—Su celular da señal, pero no responde a la llamada.
—No pasa nada, aparecerá seguro cuando Neuval y Pipi nos envíen a todos algún aviso importante o una señal de la Marca. Kyo, necesito que vayas a mi cafetería y pongas a Sam al corriente. Inventad alguna excusa para cerrar la cafetería, como que hay una fuga de gas o algo así, y que los clientes que estén ahí se vayan con su comida empaquetada y sin pagar nada. Correrá a mi cuenta como disculpa. Y llamad a Nakuru, cuéntale lo que pasa y quedaos a la espera de una nueva orden.
—Entendido —contestó el Ka, y se marchó al instante.
—¿Agatha? —Yako miró a su alrededor, dándose cuenta de que esta llevaba un buen rato ausente.
—Oh, se metió hace unos minutos en su casa con mucha prisa —le indició Mei Ling, acercándose a la puerta medio abierta de la vivienda de la anciana.
—¿Estará bien? —Eliam también se acercó.
Los tres pasaron el umbral de la puerta para comprobarlo.
—Agatha, con permiso —dijo Yako—. Es importante, necesito saber q…
Yako enmudeció de golpe. De repente algo impactó sobre él, algo no visible, ni palpable, pero lo suficientemente fuerte para causarle un gemido ahogado y provocar que sus ojos se encendieran como dos soles dorados. Casi perdió el equilibrio.
—¿¡Yako!? —se alarmaron Eliam y Mei Ling, viéndolo salir corriendo de la vivienda.
El joven se apoyó contra la pared del rellano, cabizbajo. Tenía los músculos tan tensos que se le marcaban las venas por todos los brazos y toda la cara y el cuello. Intentó respirar a un ritmo sosegado, intentó calmar esa explosión de ira que había brotado dentro de él como un resorte, de una manera natural e instintiva. Mei Ling y Eliam miraron a un lado y a otro, a Yako y al interior de la casa de Agatha, confusos y con susto. Agatha estaba allá al otro lado de su salón, de cara al ventanal, muy quieta.
—Yako, ¿estás bien? —le preguntó Eliam.
—No lo dejéis pasar —oyeron la voz de la anciana, dándose la vuelta hacia ellos, con sus tenebrosos ojos abiertos—. Mi energía ahora le hará daño.
—¿Qué le pasa a tu energía? —preguntó Mei Ling.
—Intento contenerme, niña, eso es lo que pasa. ¿Está ya Brey con Daisuke?
—Sí, ya están juntos, en su casa.
Agatha parecía haber estado esperando a eso para marcharse, pues en ese momento desapareció de ahí en un segundo. Mei Ling y Eliam volvieron junto a Yako, que ya se estaba recuperando de ese repentino ataque. Compartieron una silenciosa mirada entre asombrada y atemorizada. Ya habían oído hablar de que esto les pasaba a los Zou cuando se cruzaban de repente con una alta emisión de energía Yin. No es que les doliera o debilitara, al contrario; si les pillaba desprevenidos, experimentaban una explosión de furia instantánea, irracional, puramente instintiva.
La energía Yin de un taimu era suficiente para producir este efecto. Por eso, a los Zou les costaba unos pocos años acostumbrarse a estar cerca de Denzel o de Agatha desde pequeños. No importaba todo el Yang y el poco Yin que ambos taimu tuvieran en su energía mental, elegido así por sí mismos en función de ser buenas o malas personas. Tenían una energía Yin aparte, enorme e invariable, que era con la que podían hacer funcionar sus dones y con la que los dioses los mantenían con vida durante siglos, recargándosela en cada cumpleaños durante 21 días. Empujada por emociones negativas o Yin mental, podían a veces emitir demasiada hacia fuera.
Mei Ling y Eliam, como humanos, igual que apenas emitían energía, apenas notaban la de los demás. Por eso se consideraban seres libres de las normas del Equilibrio y libres de la jurisdicción de los diez dioses Yin-Yang.
—Hahh… —suspiró Yako, recuperando la tranquilidad y apagando sus ojos de luz—. Algo debe de tenerla bien cabreada, hacía años que no me tragaba una oleada de Yin como esta. ¿Por qué se ha ido? ¿Ha dicho a dónde?
—No, pero como bien dices, parecía haberse estado conteniendo y ha llegado a su límite —dijo Mei Ling—. Se ha pasado una hora con el móvil intentando llamar a alguien, sin éxito. Será por eso.
—Necesitaba preguntarle qué tenía pensado hacer hasta recibir noticias de Neuval y pedirle que no hiciera nada por su cuenta, pero… Agatha siempre va por libre y eso nadie puede evitarlo —suspiró Yako un vez más, yéndose a la casa de Brey—. Me quedaré con Raijin. Vosotros deberíais volver a vuestras casas también.
Una vez que Yako entró en la vivienda, vio en la entrada aquel oso panda de peluche tirado en el suelo en un rincón. Esperaba encontrar a Brey en el salón, en compañía de Daisuke como consuelo, serenándose, mentalizándose para hacer las cosas bien, tener paciencia, esperar a lo que quiera que Pipi y Neuval hubiesen descubierto. Pero lo encontró en la cocina, ocupado, haciendo el almuerzo de mediodía como ya venía con intención de hacer. Daisuke estaba sentado en la pequeña mesa que había en la cocina, con el móvil de su padre sobre ella reproduciendo unos dibujos para entretenerle. Sin embargo, Daisuke ignoraba por completo el móvil y no hacía otra cosa que observar preocupado a su padre.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Yako—. ¿Por qué te pones a cocinar?
—Cleven también tiene que comer, ¿no crees? —contestó el rubio, notablemente molesto y nervioso, sin parar de ir de un lado a otro cogiendo cosas, cortando, asando—. Dijo que llegaría hacia esta hora de natación para comer. ¿Cómo no voy a tener nada hecho para ella?
—Brey, no tienes que andar cuidando tanto de todo el mundo y menos ahora que estás pasando por esta crisis. Cleven es mayorcita, se puede hacer la comida ella sola y mucho más sabiendo que tú no estás para esto ahora.
—¡Puedo hacer esto perfectamente! —exclamó con enfado de repente, girándose hacia su amigo—. ¡Esta es mi casa! Todo el que viva aquí tiene que poder sentir que es un hogar normal y seguro…
—Cálmate, por favor…
—Papá… —lo llamó Daisuke tímidamente, empezando a sentirse abrumado—. ¿Puedo ir un momento a…?
—¡Te he dicho que no, Daisuke! —le gritó—. ¡No se te ocurra moverte de ahí! Tienes terminantemente prohibido ir a cualquier lugar donde no pueda verte, ¿entendido?
—¡Brey! —intervino Yako, poniéndose junto al estremecido niño y posando una mano en su hombro, y miró con expresión de advertencia a su amigo.
Brey se dio cuenta de su excesiva actitud. Una parte de él estaba desconcertada consigo mismo, no estaba acostumbrado a dejarse dominar por emociones naturales de esta intensidad, era innatural para él. Pero otra parte de él se mantuvo firme en su estricta postura y por eso continuó centrado en terminar de hacer la comida. No obstante, al cabo de un rato, dejó de moverse y se apoyó cabizbajo sobre la encimera.
—¿Brey? —se le acercó Yako, con un tono más suave.
—¿Qué voy a decirle? —murmuró abatido—. Se quedará destrozada… ¿Cómo vamos a seguir viviendo con normalidad en esta casa?
—No habrá normalidad hasta que encontremos a Clover —asintió Yako—. Pero lo que sí tiene que haber es una historia creíble, para Cleven o para cualquier humano ajeno a la Asociación que se entere de esto. A quien pregunte, tenemos que contar que Clover se ha escapado.
—¿Qué?
—Es mejor que contar que alguien la ha secuestrado, créeme. Diremos que Clover se ha escapado en medio de la noche, que se ha perdido y que ya hemos informado a la policía y puesto una alerta de persona desparecida. Necesitamos que Daisuke también se lo aprenda, por si…
Yako se quedó callado cuando, tanto él como Brey, miraron hacia atrás y descubrieron que el niño no estaba en la cocina.
—¡Daisuke! —Brey entró en pánico, y salió corriendo de la cocina, buscándolo por el salón, llamándolo sin parar.
Al final, oyó el sonido de la cadena del váter en el cuarto de baño que había en el pequeño pasillo que conectaba el salón con la cocina, y vio al niño saliendo de ahí, subiéndose los pantalones.
—¿¡Qué demonios haces!? —le reprimió Brey, agachándose a su altura y agarrándolo de los brazos—. ¿¡Qué te he dicho de irte!? ¿¡Por qué lo has hecho!?
—Te… Tenía que ir al baño… Intentaba decírtelo, no me podía aguantar más… —le respondió, y comenzó a llorar.
Brey volvió a quedarse horrorizado de su propio comportamiento. Ver la cara asustada de Daisuke mientras le gritaba fue como un golpe en el pecho.
—Lo siento… Lo siento… —murmuró, y lo abrazó. Sin embargo, Daisuke lo apartó y siguió llorando, restregándose las lágrimas todo el rato—. Daisuke, perdóname por gritarte, no lo haré más, pero no llores…
—No lloro por eso… —le dijo entre llanto y llanto—. Yo…
No podía expresarse, así que se fue corriendo al salón para lidiar con ello solo. Brey lo miró confuso. Yako, que los había observado desde la puerta de la cocina, se acercó a él de nuevo.
—Parece que Dai también tiene su propio conflicto interno.
—¿A qué te refieres?
—Él siempre ha sido especialmente empático con la gente que siente algún dolor. No llora porque le hayas gritado. Llora porque no aguanta verte sufrir y porque no sabe qué hacer para ayudarte.
—Pero… Él no tiene que ayudarme a nada, no tiene que ocuparse de mí, es irracional…
—Lo sé. Pero él no puede evitar sentirse así. Sé que no estás de humor para escuchar a otros decirte que te calmes, que no te preocupes, que todo saldrá bien… Pero… esto forma parte de la psicología de los padres. Se tienen que joder y que tragar el dolor y dejar de manifestarlo por fuera, con tal de proteger a sus hijos de la angustia que es para ellos presenciar males que aún no pueden comprender ni pueden solucionar. Tienes derecho a enfurecerte, gritar y desahogarte, y para eso estoy aquí. Úsame, igual que tú también estuviste ahí para mí en mis peores momentos. Pero no delante de Daisuke.
Brey acabó entendiéndolo plenamente. Tenía razón. Todavía tenía una misión vital vigente, seguir protegiendo a Daisuke, tanto su estado físico como mental. Había fallado con Clover, pero no podía fallar con Daisuke también o ya perdería por completo el sentido de todo.
—Nunca me he sentido así… Ni siquiera cuando mis padres murieron, o Katya, o Yue… En esas ocasiones al menos entendía mi tristeza y sabía qué hacer para ir dominándola y recuperar la normalidad de mi mente… Pero ahora… no entiendo mi cabeza, no encuentro las riendas… ¿Qué me pasa? —le rogó a su amigo, con ojos desolados.
—Que este es peor dolor que los anteriores. No sé… si Alvion puede ayudarte con esto de algún modo. No es un majin, pero…
—No. Hay otros miles de iris que necesitan a Alvion más que yo, él ya tiene bastante cuidando de todos los demás con mentes más vulnerables que la mía. Yo sólo necesito… —titubeó mientras se encaminaba hacia el salón para ir con Daisuke, pero se detuvo de nuevo tras dos pasos, porque se dio cuenta de cómo se sentía ahora mismo. Y el porqué.
Se giró hacia Yako. Lo miró sin decirle nada, y este al principio no entendió, pero después sí. Brey no necesitaba a Alvion, necesitaba a Yako, y ahí lo tenía. Por eso, el joven Zou terminó sonriendo, contento de ser suficiente apoyo para Brey.
Sin embargo, esto le trajo a Yako un nuevo gran peso, sumándose al que ya había estado aplastándole en los últimos días, desde su breve visita al Monte para informar a Alvion sobre el caso de Denzel. Lo que acababa de pasar con Brey le hizo darse cuenta de algo abrumador. Brey se fue al salón para estar con Daisuke, pero Yako permaneció en el pequeño oscuro pasillo, ocultando esta repentina angustia que le oprimió el pecho.
“Alvion ya tiene bastante cuidando de todos los demás”. Era cierto. Bastante carga tenía el anciano, ocupándose él solo de todos los iris del mundo. Yako volvió a recordar, como si se estrellara contra un muro, que la salud de su abuelo ya estaba dando señales de grave deterioro. El tiempo de Alvion en este mundo se acababa irremediablemente. Y ya no iba a estar ahí para apaciguar los brotes de majin de Neuval y otros iris enfermos, y cuidar del bienestar de iris que, como Brey, se enfrentaran a una crisis inesperada.
¿Qué iba a hacer él? Yako estaba muy lejos de ser un Zou de la talla de Alvion. Se miró una mano. Hizo que le salieran espinas verdes de la piel. Dominar otras plantas u organismos vegetales era una cosa, pero poder modificar las células de su propio cuerpo transformándolas en células vegetales ya era un nivel medio alto, cercano al -sama, y muchos Shokubutsu en el mundo, como Yagami, también eran capaces de hacer estas pequeñas modificaciones biológicas, pero no lograban llegar a más.
Entonces, Yako se miró la otra mano. Y de sus dedos salieron pequeños rayos eléctricos, formando sobre la palma una pequeña esfera eléctrica. Eso era lo máximo que podía hacer con otro elemento de manera intencional y controlada. Sí… estaba lejísimos del nivel de Alvion. Y era tarde para aprender. ¿No? Quizás… No sabía.
Cerró los ojos, tenso. Era una decisión que llevaba casi dos décadas carcomiéndole. No era fácil… El miedo seguía ahí… Algo o alguien mató a su padre en su propio templo, ¿algo más poderoso que un Zou? ¿Y si esa criatura iba a por él algún día, y si sabía que él llegó a verla, y si ocupar el lugar de su padre lo convertía en su siguiente objetivo?
El ojo izquierdo de Yako brilló de su luz verde, manifestando el recuerdo de ese trauma. Tenía que calmarse. Eso ahora no era importante. Recobró la compostura, y se fue al salón.
Ambos se quedaron con Daisuke y lo calmaron. El niño se quedó más aliviado. Yako logró explicarle la historia que tenía que contar si alguien le preguntaba qué había pasado con su hermana, y hacerle entender de un modo adecuado para su edad por qué era importante que lo hiciera, que la seguridad de Clover dependía de ello. Por ello, el pequeño prometió hacerlo.
En ese momento, a pesar de que la terraza estaba cerrada, los tres oyeron el fuerte ruido de un helicóptero volando sobre ese barrio durante unos segundos. Yako arrugó el ceño. Era el segundo helicóptero que oía en ese mediodía, pues cuando Brey y él estaban regresando antes a casa, también pasó uno cerca, sobrevolando el distrito de al lado.
Cuando Yako y Brey regresaron al rellano del quinto piso, todos seguían ahí, con las puertas de sus respectivas viviendas abiertas. Kyo y Eliam conversaban en la puerta de la vivienda de este último, ambos tratando de contactar con Drasik por el móvil; Agatha también estaba intentando llamar a alguien por teléfono, caminando de un lado a otro, cada vez más nerviosa; y Mei Ling estaba dentro de su casa, en el salón, con Daisuke.
Brey caminó directamente hacia la puerta abierta de la casa de los Lao. No podía pensar en otra cosa que en Daisuke llorando, asustado, sufriendo el primer trauma de su vida, lo cual, si ya era la peor pesadilla de un padre, más aún lo era para un iris nato.
Sin embargo, se frenó nada más cruzar la puerta, al ver en el salón una escena mucho menos trágica de la que esperaba. Daisuke estaba ya vestido, peinado y aseado. Estaba sentado encima de Mei Ling, abrazado a ella, con la cabeza sobre su hombro y los ojos cerrados, respirando con calma, mientras Mei Ling le acariciaba suavemente la cabeza y le cantaba en voz baja una nana típica en idioma chino.
Brey se quedó inmóvil en la entrada. Sin darse cuenta, se quedó absorto observándolos. Daisuke era huraño y gruñón con todo el mundo, incluso a veces con Agatha, dependiendo de su humor. Pero con Mei Ling nunca lo era. Con ella, siempre era el más dócil y amoroso del mundo. Bajaba todas sus barreras ante ella. Brey sabía que los mellizos le tenían mucho cariño a Mei Ling, pero esto era… algo más.
Por eso, de nuevo comenzaron a invadirle pensamientos intrusos. Para Daisuke, ante el suceso terrible que le había pasado a su hermana, Mei Ling era suficiente refugio. Y esto creó, o rescató, las viejas inseguridades que Brey había pasado los últimos años combatiendo: “Yo solo, ¿no soy suficiente refugio, no soy suficiente proveedor, protector o apoyo?”. Y entonces, esos pensamientos intrusos le respondían: “Claro que no eres suficiente. Han secuestrado a tu propia hija en tu propia casa mientras dormías tan tranquilo. Nunca fuiste suficiente para ellos. No están protegidos contigo, no están felices contigo. No sabes hacer esto bien. Nunca debiste quedarte con ellos”.
A raíz de eso, Brey recordó entonces las palabras que le dijo el asistente social de ayer, su teoría de elegir este camino sabiendo que hallaría sufrimiento en él. Brey ahora lo entendía. Esto había pasado por su culpa. Porque el secuestrador de Clover quería algo de él, alguna recompensa, o algún tipo de venganza o castigo. Si los niños hubieran crecido desde el principio con Norie y Joji, totalmente ajenos a la Asociación y con él fuera de la ecuación, seguro que nada de esto habría pasado, ahora estarían a salvo, y felices, haciendo cualquier plan de ocio de domingo.
«No… De nada sirve pensar en eso» se dijo en este momento. «Tengo que actuar en el presente. Puedo hacerlo, puedo hacerlo yo solo. Yue no está, así que tengo que poder hacerlo yo solo. Es mi deber, debo cumplirlo. Si no puedo cumplirlo… ¿para qué existo?».
—Daisuke —lo llamó desde ahí.
Tanto Mei Ling como el pequeño dieron un pequeño sobresalto. Daisuke se bajó enseguida del sofá y corrió hasta él, agarrándose a sus piernas.
—No la has encontrado, ¿verdad? —preguntó.
Brey fue a contestarle con la racionalidad de siempre, pero por alguna razón se le hizo un nudo en la garganta y no pudo. En lugar de eso, lo cargó en brazos y no dijo nada.
—Mei me ha enseñado una canción en chino, me la he memorizado, ¿quieres oírla? —preguntó Daisuke—. Mira, me ha ayudado a vestirme, yo he elegido la ropa, y me ha dado ramen insantan... sintantanio para comer. Estaba muy rico, no tan rico como el ramen que cocinas tú, pero estaba rico.
—Lo siento —le dijo Mei Ling a Brey, acercándose a ellos, con una sonrisa apagada—. Ya sabes que cocino de pena, no quería arriesgarme a preparar algo casero y que al final acabase con la tripa revuelta…
—No tenías que haber hecho nada de esto —objetó Brey. Su tono molesto sorprendió a Mei Ling—. No te lo he pedido, no es tu responsabilidad.
Ella al principio no entendió a qué venía esa actitud. Pero luego sí. Cualquier otra persona lo tacharía de desagradecido y se enfadaría, pero Mei Ling ya conocía a Brey, prácticamente desde que nació, y sabía cómo era, cómo funcionaba. Podía verlo claramente en sus ojos. No estaba enfadado o molesto con ella; estaba enfadado consigo mismo. Mei Ling comprendía su posición. Él ahora se sentía una mierda. Y a los iris, ya por naturaleza, les daba alergia pedir ayuda a los humanos, porque eso, para ellos, era lo mismo que molestar o causar problemas a los humanos, y esto era intolerable, como si un médico le causase una enfermedad a un paciente en lugar de curársela.
—Lo siento —le dijo Mei Ling finalmente.
—¡No! —intervino Daisuke—. Mei no ha hecho nada malo, papá, no te enfades con ella.
Claro que, hacer sentir mal a un humano sin merecerlo, también era intolerable para los iris. Por eso, Brey se sintió aún peor, al ver que quizá se estaba pasando de rudo con alguien que, al final, le había hecho un gran favor. Estaba en conflicto consigo mismo, no sabía qué decir o cómo actuar. Lo único que quería seguro era estar tranquilo, y solo, encargarse de Daisuke sin ayuda de nadie y que le dejasen en paz. Todo era abrumador ahora mismo. Y eso Yako lo percibió; se llevó a Brey consigo.
—Por favor, os pido a todos que regreséis a la normalidad aunque obviamente sigáis alterados por lo ocurrido —les dijo el joven Zou a todos, mientras Brey se metía en su casa con Daisuke; Yako dejó su puerta casi cerrada, desde fuera, para darle privacidad y silencio, y se giró hacia los demás de nuevo—. Esto es un caso iris. El alboroto acabará llamando la atención de los vecinos humanos de este edificio. Nadie puede enterarse de esto, porque se harán la idea equivocada de que hay un secuestrador de niños suelto por aquí, y más de un vecino querrá hacerle preguntas a Brey o llamar a la policía para sentirse seguros. Y eso no puede pasar bajo ningún concepto.
—Tienes razón —dijo Kyo.
—Oigan —se acercó Eliam a ambos—. Sé que como humano no puedo hacer gran cosa. Pero, por favor, si puedo hacer algo para ayudar… Investigar algo que esté a mi alcance, o incluso hacer recados o cuidar de Daisuke…
—Toda ayuda es bienvenida —le sonrió Yako, posando una mano en su hombro—. Gracias, Eli, te avisaremos si necesitamos un cable. ¿Has conseguido contactar con Dras?
—Su celular da señal, pero no responde a la llamada.
—No pasa nada, aparecerá seguro cuando Neuval y Pipi nos envíen a todos algún aviso importante o una señal de la Marca. Kyo, necesito que vayas a mi cafetería y pongas a Sam al corriente. Inventad alguna excusa para cerrar la cafetería, como que hay una fuga de gas o algo así, y que los clientes que estén ahí se vayan con su comida empaquetada y sin pagar nada. Correrá a mi cuenta como disculpa. Y llamad a Nakuru, cuéntale lo que pasa y quedaos a la espera de una nueva orden.
—Entendido —contestó el Ka, y se marchó al instante.
—¿Agatha? —Yako miró a su alrededor, dándose cuenta de que esta llevaba un buen rato ausente.
—Oh, se metió hace unos minutos en su casa con mucha prisa —le indició Mei Ling, acercándose a la puerta medio abierta de la vivienda de la anciana.
—¿Estará bien? —Eliam también se acercó.
Los tres pasaron el umbral de la puerta para comprobarlo.
—Agatha, con permiso —dijo Yako—. Es importante, necesito saber q…
Yako enmudeció de golpe. De repente algo impactó sobre él, algo no visible, ni palpable, pero lo suficientemente fuerte para causarle un gemido ahogado y provocar que sus ojos se encendieran como dos soles dorados. Casi perdió el equilibrio.
—¿¡Yako!? —se alarmaron Eliam y Mei Ling, viéndolo salir corriendo de la vivienda.
El joven se apoyó contra la pared del rellano, cabizbajo. Tenía los músculos tan tensos que se le marcaban las venas por todos los brazos y toda la cara y el cuello. Intentó respirar a un ritmo sosegado, intentó calmar esa explosión de ira que había brotado dentro de él como un resorte, de una manera natural e instintiva. Mei Ling y Eliam miraron a un lado y a otro, a Yako y al interior de la casa de Agatha, confusos y con susto. Agatha estaba allá al otro lado de su salón, de cara al ventanal, muy quieta.
—Yako, ¿estás bien? —le preguntó Eliam.
—No lo dejéis pasar —oyeron la voz de la anciana, dándose la vuelta hacia ellos, con sus tenebrosos ojos abiertos—. Mi energía ahora le hará daño.
—¿Qué le pasa a tu energía? —preguntó Mei Ling.
—Intento contenerme, niña, eso es lo que pasa. ¿Está ya Brey con Daisuke?
—Sí, ya están juntos, en su casa.
Agatha parecía haber estado esperando a eso para marcharse, pues en ese momento desapareció de ahí en un segundo. Mei Ling y Eliam volvieron junto a Yako, que ya se estaba recuperando de ese repentino ataque. Compartieron una silenciosa mirada entre asombrada y atemorizada. Ya habían oído hablar de que esto les pasaba a los Zou cuando se cruzaban de repente con una alta emisión de energía Yin. No es que les doliera o debilitara, al contrario; si les pillaba desprevenidos, experimentaban una explosión de furia instantánea, irracional, puramente instintiva.
La energía Yin de un taimu era suficiente para producir este efecto. Por eso, a los Zou les costaba unos pocos años acostumbrarse a estar cerca de Denzel o de Agatha desde pequeños. No importaba todo el Yang y el poco Yin que ambos taimu tuvieran en su energía mental, elegido así por sí mismos en función de ser buenas o malas personas. Tenían una energía Yin aparte, enorme e invariable, que era con la que podían hacer funcionar sus dones y con la que los dioses los mantenían con vida durante siglos, recargándosela en cada cumpleaños durante 21 días. Empujada por emociones negativas o Yin mental, podían a veces emitir demasiada hacia fuera.
Mei Ling y Eliam, como humanos, igual que apenas emitían energía, apenas notaban la de los demás. Por eso se consideraban seres libres de las normas del Equilibrio y libres de la jurisdicción de los diez dioses Yin-Yang.
—Hahh… —suspiró Yako, recuperando la tranquilidad y apagando sus ojos de luz—. Algo debe de tenerla bien cabreada, hacía años que no me tragaba una oleada de Yin como esta. ¿Por qué se ha ido? ¿Ha dicho a dónde?
—No, pero como bien dices, parecía haberse estado conteniendo y ha llegado a su límite —dijo Mei Ling—. Se ha pasado una hora con el móvil intentando llamar a alguien, sin éxito. Será por eso.
—Necesitaba preguntarle qué tenía pensado hacer hasta recibir noticias de Neuval y pedirle que no hiciera nada por su cuenta, pero… Agatha siempre va por libre y eso nadie puede evitarlo —suspiró Yako un vez más, yéndose a la casa de Brey—. Me quedaré con Raijin. Vosotros deberíais volver a vuestras casas también.
Una vez que Yako entró en la vivienda, vio en la entrada aquel oso panda de peluche tirado en el suelo en un rincón. Esperaba encontrar a Brey en el salón, en compañía de Daisuke como consuelo, serenándose, mentalizándose para hacer las cosas bien, tener paciencia, esperar a lo que quiera que Pipi y Neuval hubiesen descubierto. Pero lo encontró en la cocina, ocupado, haciendo el almuerzo de mediodía como ya venía con intención de hacer. Daisuke estaba sentado en la pequeña mesa que había en la cocina, con el móvil de su padre sobre ella reproduciendo unos dibujos para entretenerle. Sin embargo, Daisuke ignoraba por completo el móvil y no hacía otra cosa que observar preocupado a su padre.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Yako—. ¿Por qué te pones a cocinar?
—Cleven también tiene que comer, ¿no crees? —contestó el rubio, notablemente molesto y nervioso, sin parar de ir de un lado a otro cogiendo cosas, cortando, asando—. Dijo que llegaría hacia esta hora de natación para comer. ¿Cómo no voy a tener nada hecho para ella?
—Brey, no tienes que andar cuidando tanto de todo el mundo y menos ahora que estás pasando por esta crisis. Cleven es mayorcita, se puede hacer la comida ella sola y mucho más sabiendo que tú no estás para esto ahora.
—¡Puedo hacer esto perfectamente! —exclamó con enfado de repente, girándose hacia su amigo—. ¡Esta es mi casa! Todo el que viva aquí tiene que poder sentir que es un hogar normal y seguro…
—Cálmate, por favor…
—Papá… —lo llamó Daisuke tímidamente, empezando a sentirse abrumado—. ¿Puedo ir un momento a…?
—¡Te he dicho que no, Daisuke! —le gritó—. ¡No se te ocurra moverte de ahí! Tienes terminantemente prohibido ir a cualquier lugar donde no pueda verte, ¿entendido?
—¡Brey! —intervino Yako, poniéndose junto al estremecido niño y posando una mano en su hombro, y miró con expresión de advertencia a su amigo.
Brey se dio cuenta de su excesiva actitud. Una parte de él estaba desconcertada consigo mismo, no estaba acostumbrado a dejarse dominar por emociones naturales de esta intensidad, era innatural para él. Pero otra parte de él se mantuvo firme en su estricta postura y por eso continuó centrado en terminar de hacer la comida. No obstante, al cabo de un rato, dejó de moverse y se apoyó cabizbajo sobre la encimera.
—¿Brey? —se le acercó Yako, con un tono más suave.
—¿Qué voy a decirle? —murmuró abatido—. Se quedará destrozada… ¿Cómo vamos a seguir viviendo con normalidad en esta casa?
—No habrá normalidad hasta que encontremos a Clover —asintió Yako—. Pero lo que sí tiene que haber es una historia creíble, para Cleven o para cualquier humano ajeno a la Asociación que se entere de esto. A quien pregunte, tenemos que contar que Clover se ha escapado.
—¿Qué?
—Es mejor que contar que alguien la ha secuestrado, créeme. Diremos que Clover se ha escapado en medio de la noche, que se ha perdido y que ya hemos informado a la policía y puesto una alerta de persona desparecida. Necesitamos que Daisuke también se lo aprenda, por si…
Yako se quedó callado cuando, tanto él como Brey, miraron hacia atrás y descubrieron que el niño no estaba en la cocina.
—¡Daisuke! —Brey entró en pánico, y salió corriendo de la cocina, buscándolo por el salón, llamándolo sin parar.
Al final, oyó el sonido de la cadena del váter en el cuarto de baño que había en el pequeño pasillo que conectaba el salón con la cocina, y vio al niño saliendo de ahí, subiéndose los pantalones.
—¿¡Qué demonios haces!? —le reprimió Brey, agachándose a su altura y agarrándolo de los brazos—. ¿¡Qué te he dicho de irte!? ¿¡Por qué lo has hecho!?
—Te… Tenía que ir al baño… Intentaba decírtelo, no me podía aguantar más… —le respondió, y comenzó a llorar.
Brey volvió a quedarse horrorizado de su propio comportamiento. Ver la cara asustada de Daisuke mientras le gritaba fue como un golpe en el pecho.
—Lo siento… Lo siento… —murmuró, y lo abrazó. Sin embargo, Daisuke lo apartó y siguió llorando, restregándose las lágrimas todo el rato—. Daisuke, perdóname por gritarte, no lo haré más, pero no llores…
—No lloro por eso… —le dijo entre llanto y llanto—. Yo…
No podía expresarse, así que se fue corriendo al salón para lidiar con ello solo. Brey lo miró confuso. Yako, que los había observado desde la puerta de la cocina, se acercó a él de nuevo.
—Parece que Dai también tiene su propio conflicto interno.
—¿A qué te refieres?
—Él siempre ha sido especialmente empático con la gente que siente algún dolor. No llora porque le hayas gritado. Llora porque no aguanta verte sufrir y porque no sabe qué hacer para ayudarte.
—Pero… Él no tiene que ayudarme a nada, no tiene que ocuparse de mí, es irracional…
—Lo sé. Pero él no puede evitar sentirse así. Sé que no estás de humor para escuchar a otros decirte que te calmes, que no te preocupes, que todo saldrá bien… Pero… esto forma parte de la psicología de los padres. Se tienen que joder y que tragar el dolor y dejar de manifestarlo por fuera, con tal de proteger a sus hijos de la angustia que es para ellos presenciar males que aún no pueden comprender ni pueden solucionar. Tienes derecho a enfurecerte, gritar y desahogarte, y para eso estoy aquí. Úsame, igual que tú también estuviste ahí para mí en mis peores momentos. Pero no delante de Daisuke.
Brey acabó entendiéndolo plenamente. Tenía razón. Todavía tenía una misión vital vigente, seguir protegiendo a Daisuke, tanto su estado físico como mental. Había fallado con Clover, pero no podía fallar con Daisuke también o ya perdería por completo el sentido de todo.
—Nunca me he sentido así… Ni siquiera cuando mis padres murieron, o Katya, o Yue… En esas ocasiones al menos entendía mi tristeza y sabía qué hacer para ir dominándola y recuperar la normalidad de mi mente… Pero ahora… no entiendo mi cabeza, no encuentro las riendas… ¿Qué me pasa? —le rogó a su amigo, con ojos desolados.
—Que este es peor dolor que los anteriores. No sé… si Alvion puede ayudarte con esto de algún modo. No es un majin, pero…
—No. Hay otros miles de iris que necesitan a Alvion más que yo, él ya tiene bastante cuidando de todos los demás con mentes más vulnerables que la mía. Yo sólo necesito… —titubeó mientras se encaminaba hacia el salón para ir con Daisuke, pero se detuvo de nuevo tras dos pasos, porque se dio cuenta de cómo se sentía ahora mismo. Y el porqué.
Se giró hacia Yako. Lo miró sin decirle nada, y este al principio no entendió, pero después sí. Brey no necesitaba a Alvion, necesitaba a Yako, y ahí lo tenía. Por eso, el joven Zou terminó sonriendo, contento de ser suficiente apoyo para Brey.
Sin embargo, esto le trajo a Yako un nuevo gran peso, sumándose al que ya había estado aplastándole en los últimos días, desde su breve visita al Monte para informar a Alvion sobre el caso de Denzel. Lo que acababa de pasar con Brey le hizo darse cuenta de algo abrumador. Brey se fue al salón para estar con Daisuke, pero Yako permaneció en el pequeño oscuro pasillo, ocultando esta repentina angustia que le oprimió el pecho.
“Alvion ya tiene bastante cuidando de todos los demás”. Era cierto. Bastante carga tenía el anciano, ocupándose él solo de todos los iris del mundo. Yako volvió a recordar, como si se estrellara contra un muro, que la salud de su abuelo ya estaba dando señales de grave deterioro. El tiempo de Alvion en este mundo se acababa irremediablemente. Y ya no iba a estar ahí para apaciguar los brotes de majin de Neuval y otros iris enfermos, y cuidar del bienestar de iris que, como Brey, se enfrentaran a una crisis inesperada.
¿Qué iba a hacer él? Yako estaba muy lejos de ser un Zou de la talla de Alvion. Se miró una mano. Hizo que le salieran espinas verdes de la piel. Dominar otras plantas u organismos vegetales era una cosa, pero poder modificar las células de su propio cuerpo transformándolas en células vegetales ya era un nivel medio alto, cercano al -sama, y muchos Shokubutsu en el mundo, como Yagami, también eran capaces de hacer estas pequeñas modificaciones biológicas, pero no lograban llegar a más.
Entonces, Yako se miró la otra mano. Y de sus dedos salieron pequeños rayos eléctricos, formando sobre la palma una pequeña esfera eléctrica. Eso era lo máximo que podía hacer con otro elemento de manera intencional y controlada. Sí… estaba lejísimos del nivel de Alvion. Y era tarde para aprender. ¿No? Quizás… No sabía.
Cerró los ojos, tenso. Era una decisión que llevaba casi dos décadas carcomiéndole. No era fácil… El miedo seguía ahí… Algo o alguien mató a su padre en su propio templo, ¿algo más poderoso que un Zou? ¿Y si esa criatura iba a por él algún día, y si sabía que él llegó a verla, y si ocupar el lugar de su padre lo convertía en su siguiente objetivo?
El ojo izquierdo de Yako brilló de su luz verde, manifestando el recuerdo de ese trauma. Tenía que calmarse. Eso ahora no era importante. Recobró la compostura, y se fue al salón.
Ambos se quedaron con Daisuke y lo calmaron. El niño se quedó más aliviado. Yako logró explicarle la historia que tenía que contar si alguien le preguntaba qué había pasado con su hermana, y hacerle entender de un modo adecuado para su edad por qué era importante que lo hiciera, que la seguridad de Clover dependía de ello. Por ello, el pequeño prometió hacerlo.
En ese momento, a pesar de que la terraza estaba cerrada, los tres oyeron el fuerte ruido de un helicóptero volando sobre ese barrio durante unos segundos. Yako arrugó el ceño. Era el segundo helicóptero que oía en ese mediodía, pues cuando Brey y él estaban regresando antes a casa, también pasó uno cerca, sobrevolando el distrito de al lado.
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