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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __









60.
Atesorar un momento humano

En casa de Brey, la tarde también estaba transcurriendo con una muy inusual calma. Hacía más de una hora que los niños habían vuelto del colegio y Brey también había salido de la universidad temprano en la tarde. Ahora, estaban en casa los tres solos.

Sorprendentemente, los niños estaban muy tranquilos; no había gritos, no había jaleo, no había juguetes volando por los aires ni pasos correteando por toda la casa. Al llegar del colegio, Clover había estado un poco rara, y mientras Brey les estuvo cambiando de ropa para guardar los uniformes, Daisuke fue el único cotorreando sin parar sobre su día en el colegio, mientras su hermana se quedaba callada, mirando distraída a otra parte. Brey no prestó mucha atención a esto. Había entrado en modo automático nada más llegar a casa, su cerebro sólo se había dedicado a organizar los quehaceres con su habitual eficiencia de iris: cambiar de ropa a los niños, guardar los uniformes, poner una lavadora, recoger un poco la cocina, ordenar sus papeles de la universidad… y, finalmente, se sentó en la mesa del comedor con un ordenador portátil, un café, una lamparita y unos cuadernos para ponerse a estudiar uno de sus próximos exámenes. Se puso auriculares para oír música suave y les dijo a los niños que, si se ponían a jugar, procurasen no dar gritos o armar escándalo.

Cuando estaba él solo en casa con los niños y tenía que estudiar, Brey no tenía más remedio que hacerlo en un lugar donde tuviese a los mellizos a la vista, porque no podía dejar de vigilarlos a la par que estudiaba. No era un gran reto para la mente de un iris tener la mente concentrada en dos cosas distintas. Él, además, ya estaba acostumbrado a esto desde los 15 años, y lo llevaba bien.

Sin embargo, al parecer, los mellizos se tomaron su orden al pie de la letra. No se oía ni una mosca. Clover había estado un largo rato pintando con su hermano, y luego se había ido a sentar frente al piano de cola en la otra esquina del salón, y se había puesto a tocar algunas melodías sencillas que su padre le había enseñado, o a inventárselas, con la sordina puesta, por lo que se oía bajito. Y Daisuke estaba arrodillado junto a la mesita baja del salón, rodeado de hojas y de pinturas y lápices, dibujando sin parar diversas cosas, especialmente kanjis y otros símbolos raros.

Brey no recordaba la última vez que pudo estudiar tan a gusto en una misma habitación con los mellizos. De hecho, quizá era la primera vez. Fue después de una hora y pico cuando se dio cuenta de esto. Levantó la vista de sus cuadernos para comprobar, una vez más, que los mellizos seguían cada uno entretenido con su propia actividad. Esto le intrigó. Este comportamiento era nuevo, diferente. ¿Calmados durante tanto tiempo seguido? ¿¡Y sin andar pidiendo nada!?

Se preguntó si esto era una señal de que Clover y Daisuke estaban creciendo, pasando ya a otra fase de madurez. Era lo habitual en humanos –al menos, en aquellos afortunados que recibían una crianza coherente y adecuada– que con los años se hacían menos nerviosos, menos caóticos, menos dependientes. Y un día… ¡puf! Clover y Daisuke ya no le necesitarían en absoluto.

Esto le hizo sentirse extraño. Un poco triste. Y no lo entendía, por qué el hecho de pensar en esto le hacía sentir, y además de forma natural, esta pequeña tristeza, cuando la voz racional de su iris le decía por el otro oído que esa era la meta esperada de una crianza exitosa; que, por eso, ese pensamiento de Clover y Daisuke yéndose algún día de casa para vivir por su cuenta de manera autosuficiente y sin necesitar nada más de él, lo que debía hacerle sentir, era paz y satisfacción; que ese pensamiento, el de no sufrir más dolores de cabeza, agotamiento o estrés por los constantes gritos, berrinches, desobediencias, accidentes de cosas rotas, fiebres altas en la madrugada… debía hacerle sentir alivio y felicidad.

Pues no sentía esas cosas. Y esto le sorprendió de sí mismo. Debía de estar perdiendo la cabeza, o estar contagiado de alguna enfermedad, porque si no, no se explicaba por qué la idea de que algún día dejaría de oír sus gritos y berrinches y problemas le entristecía tanto.

Se había quedado tanto rato sumergido en sus pensamientos, que dio un bote sobre la silla con susto, cuando notó que algo tocaba sus piernas. Miró hacia abajo y vio la cabeza rubia de Daisuke, que se había colado por debajo de la mesa y estaba intentando salir por entre sus piernas. Brey dejó que el niño lo trepase y se sentase sobre su regazo, mirando hacia la mesa aquel libro abierto y cuadernos con apuntes de Medicina. Esta vez, Brey no lo regañó por interrumpir su estudio con ese descaro. En vez de eso, siguió terminando de escribir un párrafo que le quedaba por apuntar, intentando ver por encima de la cabeza del niño, que estaba en todo el medio.

—¿Qué es esto? —preguntó Daisuke, señalando en el libro abierto una pequeña imagen.

—La red de venas y arterias del cuerpo humano —contestó Brey, todavía escribiendo en el cuaderno.

—¿Y qué es esto? —señaló otra pequeña imagen.

—Eso es cómo se ve un ojo por dentro.

Daisuke se quedó embelesado viendo esa imagen.

—¿Qué es esto?

—La retina.

—¿Y esto?

—La pupila.

Daisuke se llevó una mano a uno de sus ojos y se lo tocó con el párpado cerrado, intentando entender.

—¿Por qué la gente tiene esto de diferente color? —señaló la parte del iris del ojo de la imagen.

—Por la misma razón por la que hay diferentes colores de piel y pelo. La melanina. Cuanta más cantidad de melanina, más oscuro es el ojo, el pelo o la piel.

—¿Por eso la gente morenita tiene hijos morenitos y la gente blanquita tiene hijos blanquitos, porque reciben la misma menilina que los papás?

—Generalmente, sí, pero eso depende de la genética, que es una ciencia mucho más complicada que depende de más factores.

—Entonces… ¿Entonces por qué yo no tengo los ojos verdes como tú y Clover?

Brey, que en ese momento ya terminó de escribir, se quedó callado unos segundos mirando su cuaderno.

—La gente… puede heredar rasgos de otros familiares, como de los abuelos, también.

—Los abuelos Joji y Norie tienen los ojos marrones y el pelo negro. ¿Por eso Clover tiene el pelo negro?

—Eh…

Obviamente los mellizos ignoraban que Joji y Norie no eran sus abuelos biológicos. Pero sería muy complicado explicarles a esta edad que sus auténticos abuelos biológicos maternos, si no estaban muertos, estarían por algún lugar de China viviendo merecidamente en la miseria carcomidos por la conciencia después de haber abandonado a Yue en un contenedor cuando era bebé, o eso esperaba Brey.

—¿Tu papá también era rubio con ojos verdes? ¿Yo soy rubio porque tú también, o porque lo era tu papá?

—No, él… tenía ojos azules y el pelo como tu prima Cleven —intentó explicarle Brey, sin saber cómo de repente había acabado en esta conversación.

—¿Dónde está tu papá? ¿Se murió de viejito? ¿Era más viejo que el abuelo Joji? En mi clase, un niño tenía un abuelo, pero se murió porque era ya muy viejo.

—Bueno…

—Si Joji es mi abuelo, ¿por qué él no es tu papá?

—Pues…

—Clover y la prima Cleven tienen los ojos verdes como tú, y Cleven tiene el pelo como tu papá, y Clover tiene el pelo negro como los abuelos Joji y Norie, y yo tengo el pelo rubio como tú… Pero nadie tiene los ojos como yo. Ni tú, ni los abuelitos, ni la prima pedorra, ni tampoco el papá de la prima pedorra… Ni siquiera en el cole, nadie tiene unos ojos como los míos. Una niña tonta de mi clase me dijo que tengo los ojos mal porque no son negros ni tampoco azules y deberían ser como uno de los dos al menos.

—Tienes los ojos de color azul índigo, Daisuke, es un color poco usual, pero no tiene nada de malo ni de raro, ¿de acuerdo? —le explicó, sentándolo mejor sobre su regazo, y rodeándolo con los brazos—. Esa niña de tu clase simplemente no sabe nada sobre genética. Cuando la gente de mente débil no entiende algo ni hace el esfuerzo, su primer impulso es insultarlo, para compensar la incomodidad de su ignorancia.

—Entonces… ¿alguna vez has conocido a alguien más con los mismos ojos que yo? —preguntó el niño, mirando fijamente a la mesa, pero esta vez su tono, además de la curiosidad que venía todo ese rato mostrando, traía una extraña tristeza.

Hace casi tres semanas, el mismo día que Brey estuvo acompañando a Cleven por las calles para enseñarle la zona de Shibuya, Cleven se encontró brevemente con los mellizos jugando en un parque, mientras Brey se escondía tras un árbol.

Aquella vez, después de que Cleven se marchara, Daisuke le preguntó a su hermana sobre la palabra que la pelirroja había mencionada, “mamá”, y Clover le comentó que así era como la gente llamaba a las señoras que cuidaban a los niños y que eran las mejores amigas de los papás. Daisuke le preguntó por qué su padre no tenía este tipo de mejor amiga, y Clover le dijo que antes tenía una, pero se murió, y que, pese a eso, Clover había hablado con ella varias veces. Daisuke sabía que su hermana hablaba con espíritus y fantasmas desde siempre, algo que a él le aterraba, pero Clover le dijo algo que últimamente había estado rondando por su cabeza: “Ella no te daría ningún miedo. Tienes sus ojos”.

Brey no sabía qué responderle. Pero no pasó por alto ese matiz que su iris detectó en la voz del niño. Sintió que Daisuke en realidad estaba como… intentando hacerle otra pregunta, de manera indirecta. Por eso, creció una preocupación él, una sospecha, algo que siempre había sabido que algún día ocurriría, pero que siempre había deseado que ocurriese lo más tarde posible. ¿Estaba Daisuke empezando a preguntarse si tuvo una madre?

Brey no quería responderle. Siempre esperó que, el día que tuviera que contarles esto a los mellizos, debía ser en un momento preparado, con ellos dos listos para escuchar, y con él listo para contarles la verdad y revivir el dolor.

Así que, se quedó en silencio, con un nudo en la garganta, abrazando al niño, e intentó disimular, apoyando la mejilla sobre su cabeza como si estuviera tranquilamente pasando el rato, esperando que el niño olvidara esa pregunta. Y, al parecer, terminó sucediendo.

—Papá.

—¿Sí?

—Quiero agua.

Brey cerró los ojos un segundo con alivio. Entonces bajó al niño al suelo, dejó los auriculares sobre la mesa y se levantó para ir a la cocina. Daisuke fue tras él. Brey le dio un vaso de agua, pero al momento que fue a salir de la cocina para volver al comedor y retomar el estudio, Daisuke volvió a llamarlo.

—Papá, quiero un yogur.

Brey suspiró brevemente, dio media vuelta y fue hasta la nevera. Decidió que a él también le apetecía tomarse uno, así que sacó dos.

—¿Con miel o mermelada?

—¡Con miel! —brincó el niño.

Brey sacó el tarro de miel, preparó los yogures, le dio el suyo a Daisuke con su cuchara de plástico de Spiderman y él se apoyó en la encimera para comerse el suyo. Daisuke se quedó de pie a su lado, llevándose un cucharón colmado tras otro, disfrutando de ese rato de merienda con su padre.

—Papá, quiero la cuchara de Pikachu.

—Está para lavar. Y ya tienes una cuchara —discrepó él tranquilamente—. ¿Tanto dolor te causaría pedir las cosas por favor? Mira que te lo repito cada día. Espero que no hagas eso con el resto de la gente.

—Nah, sólo me causa dolor decírtelo a ti —le contestó descaradamente, con un bigote blanco—. Yo soy el rey Korol’ dramy, y tú eres un sirviente a mi servicio y a los sirvientes no se les pide por favor.

—Ni lo uno ni lo otro, niño tocapelotas, ni soy tu sirviente ni a los sirvientes se les trata así. El “por favor” se usa con todo el mundo.

—¿Y cuándo fue la última vez que tú me pediste algo por favor a mí?

—Mm, ¿hace hora y media? ¿Cuando te pedí por favor que te quitaras el uniforme de la escuela? —dijo con sarcasmo.

—¿Sí? No te oí —le espetó con una sonrisa juguetona.

—¿Que no me oíste? Tú me estás vacilando…

—¿Tienes pruebas?

—La prueba es que soy tu padre, y pedirte a ti algo por favor es más una cortesía que un deber.

—¿Por qué?

—Porque soy mayor que tú.

—Pero no eres mayor. Los demás siempre te han dicho que eres un menor de edad.

—Dejé de ser menor de edad hace diez meses, mocoso. ¿Vas a dejar ya de tocarme las narices o no?

—No sé… Si me lo pides por favor, quizá… —se encogió de hombros, terminándose su yogur, y estiró los bracitos para tenderle la cuchara y el envase vacío.

Brey se lo quedó mirando otra vez con una de esas caras con una vena hinchada en la frente, viendo que ese microbio tenía una labia muy peligrosa. Cogió su envase y su cuchara para echarlos a la basura y al fregadero respectivamente junto con los suyos propios.

—Si no hubiera descubierto hace ya tiempo que esa afición de tocarme las narices te viene del mismo lugar que el color de tus ojos… —murmuró para sí mismo, y volvió hacia Daisuke con una servilleta para limpiarle la cara—. ¿Por qué eres así conmigo? ¿Es que te caigo mal?

—¡No! Es porque molestarte es lo más superdivertido que hay —sonrió tan campante.

Brey al principio pensó que Daisuke se estaba pasando de insolente, y que debería pararle los pies con una seria regañina. Pero el niño lo miraba con esa sonrisa inocente y juguetona, y con esos grandes ojos expectantes, esperando algo, algún tipo de reacción por su parte, una respuesta a sus provocaciones. Brey se calmó. Se dio cuenta de que Daisuke sólo le estaba provocando para jugar, no para faltarle al respeto ni para hacerle sentir mal.

A Brey se le pasó por la cabeza un fugaz recuerdo, de sí mismo, cuando era muy pequeño, dirigiéndole una vez ese tipo de provocación a su padre. Y Hideki, aunque estaba ocupado con algo en ese momento, abandonó por un rato su serio semblante y su serio carácter para echar a correr hacia él, riendo. Brey atesoraba ese recuerdo, especialmente porque, unas semanas más tarde, sus padres fueron a una misión y nunca más regresaron.

—¡Oh! —exclamó Brey de repente, haciéndose el sorprendido pero no el ofendido—. ¿Así que se trata de eso? Pues es una pena, Daisuke. Lamento informarte que tú a mí no me molestas ni una pizca.

Daisuke le puso una mueca enfurruñada.

—Aunque no puedo decir lo mismo de la mano-enchufe —continuó diciendo Brey, fingiendo una voz dramática—. Ella sí que se siente muy molesta contigo.

—¡Ahh! —dio un respigo de suspense.

—De hecho, creo que ahora mismo está muy molesta… creo que… se está despertando… —Brey empezó a levantar su mano derecha lentamente, con el puño cerrado, y repentinamente estiró el dedo índice y luego el meñique, imitando la forma de un enchufe—. ¡Oh, no! ¡Está megacabreada contigo!

—¡No! ¡No la mano-enchufe! ¡No la mano-enchufe! —exclamó el niño con emoción y nervios.

—Lo siento, Dai, ya sabes que no puedo controlarla…

—¡Nooo! ¡La mano-enchufeee!

—¡Que vienen los calambres en el trasero! ¡Corre!

Daisuke se rio a carcajadas y salió corriendo hacia el salón como un puro nervio. A Brey se le escapó también un risa, y salió corriendo tras él con la mano-enchufe por delante. Empezaron a corretear por todo el salón y el comedor. Tiraron algunos juguetes por ahí, volcaron alguna silla… Daisuke no paraba de reírse y gritar con diversión, y Brey no podía evitar contagiarse de esas risas y esa diversión, solo que no fueron contagiadas, sino genuinas y naturales. Rodeando la mesa del comedor, Brey alcanzó al niño por un instante, y le dio un inofensivo calambrito en el trasero con los dedos estirados. Daisuke pegó un brinco con más carcajadas y corrió escopetado hacia el salón. Brey lo vio esconderse al otro lado del sofá, agachándose en el suelo, pero el niño se imaginó en su cabeza que había sido muy veloz y que su padre no había llegado a verlo.

—¿Qué dices, mano-enchufe? ¿Que Daisuke ha desaparecido? —fingió Brey, haciendo su teatro—. ¿Pero cómo puede ser? Un mocoso tan enano como él no puede tener ese poder… Espera, ¿qué has dicho, mano-enchufe? ¿Detectas que puede estar… por el salón?

Se oyó una risita contenida al otro lado del sofá. Por su parte, Brey reprimió una risa, le hacía gracia lo inocente que era Daisuke. Después miró a Clover, que hacía rato había dejado de tocar el piano y seguía allá sentada en la banqueta, observándolos, callada.

—Creo que necesitamos ayuda experta, mano-enchufe —dijo Brey bien alto, para que lo oyeran—. Alguien que sepa encontrar cualquier cosa perdida o desaparecida en cuestión de segundos. Mishka! ¿Sabes dónde se ha podido meter Daisuke?

Se oyó la vocecilla de Daisuke tras el sofá susurrándole a su hermana “no, no, no…”. Clover, desde donde estaba, podía ver a su hermano agachado delante del sofá. Lo miró un momento, y luego miró a su padre, dubitativa. No obstante, no pareció interesada en unirse al juego, y volvió a mirar las teclas del piano, tocándolas un poco con una mano.

Brey frunció el ceño. Obviamente a Clover le pasaba algo. Pero él había estado cinco años acostumbrado a una cosa concreta, y es que ese comportamiento, que lo había visto ya muchas veces en ambos niños, siempre era por un motivo de lo más simple. Tenía apuntada en su mente la lista de motivos lógicos que ya había vivido y repetido: tiene la tripa revuelta; le duele un diente; está cansada; está aburrida; está enfadada porque alguien le ha quitado un juguete; está triste porque ha sido regañada por algo malo que ha hecho; está de mal humor porque quiere comer pasteles y sabe que no puede…

Siempre había sido uno de los motivos de la lista. Como cabría esperar de los bebés y los niños pequeños, que sólo tenían problemas simples, de entendimiento simple, con solución simple. Por eso, Brey no le dio importancia y tampoco la atosigó, y siguió jugando con Daisuke unos minutos más, hasta que el niño acabó agotado, tumbado encima de Brey, que estaba tendido en el suelo fingiendo que lo había derrotado.

—¡Tengo que ir al baño! —declaró Daisuke, reviviendo.

—¿Qué dices? ¿La mano-enchufe no sólo tiene que sufrir esta humillante derrota, sino que además la pobre tiene que ir a limpiarte el trasero?

—¡Jajaja! ¡No! Sólo voy a hacer pipí —se marchó corriendo por el pequeño pasillo junto a la puerta de la cocina, donde había otro baño, y una puerta al fondo cerrada con llave, que originalmente era un dormitorio para el servicio, pero Brey la usaba para guardar y hacer sus cosas iris.

Brey se incorporó sobre el suelo, todavía con una leve sonrisa en la cara. Miró a Clover, y decidió ir a averiguar cuál de los simples problemas tenía ahora para ponerle su fácil solución. Sin embargo, antes de dar un paso hacia ella, se oyó el sonido de la puerta y de unas llaves.

Salut, mes belles Saehara! —saludó la voz de Cleven, entrando en el salón, pero no sola, sino acompañada de Mei Ling y de Kyo.

—Hola —saludó Kyo.

—Con permiso —dijo Mei Ling, con un tono más tímido que casi no se oyó, quedándose parada en la entrada.

—Hey, ¿qué pasggh…? —saludó Brey, pero casi se ahogó cuando Cleven le dio un abrazo demasiado fuerte, para después soltarlo y dejar su mochila sobre la mesa del comedor.

—¿Qué hay, Raijin? —lo saludó Kyo con un choque de puños—. Mei y yo vamos a hacer una merienda-cena en nuestra casa, con Cleven, Drasik y Eliam, y en un rato vienen Nakuru, su novia Álex y Raven también. Con la nevada que está cayendo esta tarde, no se puede hacer planes de salir. Apúntate con los niños. Haremos juegos, será divertido.

—Ah… —Brey no sabía muy bien qué responder, especialmente cuando vio que Mei Ling estaba allá, en la entrada, sin pasar al salón, mirando las musarañas con aire discreto.

Mei Ling era una mujer generalmente con carácter y decidida. Pero a veces adoptaba este tipo de actitud reservada y dubitativa cuando se sentía una intrusa o sentía que estaba molestando en algún lugar. Brey sabía por qué se sentía así, pero a él mismo le incomodaba que se sintiera así, porque en parte era su culpa. Ya había pasado tiempo desde la última vez que tuvieron una discusión, de las muchas discusiones tontas y típicas entre dos amigos que habían tenido prácticamente toda la vida. Mei Ling aún se sentía mal por aquella discusión y Brey se sentía mal porque ella se sentía mal.

Pero es que algo absurdo e irracional le pasaba a Brey con Mei Ling desde toda la vida, que con ella se volvía el doble de torpe de lo que ya se volvía con el resto de humanos a la hora de abordar conflictos emocionales por motivos cotidianos, porque si fuera por motivos de peligro, trauma o supervivencia, en eso sería experto, como iris nato que era, ya que estos motivos para su iris eran los más razonables.

Sabía que tenía que ir hasta ella ahora mismo y decirle que pasara adentro, pero las piernas no se le movían, estaba como atorado. Kyo, en el medio, observando de reojo tanto a Brey como a su hermana, no podía hacer otra cosa que poner los ojos en blanco y suspirar por milésima vez ante las tensiones que esos dos siempre formaban entre ellos innecesariamente.

—Kyo, ¿me ayudas a llevar los refrescos? —le dijo Cleven, yendo hacia la cocina—. ¿Llevo yo las botellas y tú los hielos?

—Aeh… ¿Te importa si mejor llevo yo las botellas y tú los hielos? Las botellas pesarán más… —contestó el chico, esperando no tener que tocar nada frío.

—¡Ah! ¡Mei Liiing! —exclamó Daisuke cuando regresó al salón desde el baño y la vio allá medio escondida tras el tabique que separaba el salón de la entrada.

Al oírlo, Clover dio un brinco sobre la banqueta del piano, y por primera vez en ese día, le apareció una sonrisa en la cara. Se bajó de la banqueta y corrió igual que su hermano hacia Mei Ling, abrazándola los dos a la vez.

—¡Mis pollitos! ¡Cuánto os he echado de menos! —rio Mei Ling felizmente, agachándose para achucharlos.

Brey sintió alivio, gracias a los niños la tensión y la incomodidad se fueron disipando. También le alivió ver a Clover contenta otra vez, o sea, que cualquiera que fuera el problema simple que tenía, ya se le había pasado. O eso creía.

—Ehem… —se acercó Brey, procurando parecer natural—. No te quedes ahí. Pasa al salón.

Mei Ling lo miró un momento, con una leve sonrisa. Ella también parecía sentir alivio.

—Gracias. Es que… sólo quería ser educada —intentó excusarse.

—Hmp… —bufó Brey con descaro, cruzándose de brazos y mirando a otro lado.

—Eh. ¿Qué significa ese “hmp”? —se mosqueó Mei Ling, poniendo los brazos en jarra.

—Te has pasado toda la vida entrando cuando te daba la gana, no me vengas con lo de ser educada ahora de repente.

—¡Oye, niño gruñón! ¡Aunque no lo creas, yo sé cuándo debo respetar las distancias!

—Que no me llames “niño” —le gruñó Brey—. Si Kyo entra en mi salón y en mi cocina sin problema mientras tú te quedas parada en la entrada, haces parecer que te estoy castigando o algo…

—Ya me castigaste la semana pasada cuando saliste de casa escopetado y me estampaste literalmente contra la pared del rellano.

—¡Eso fue sin querer! —se defendió enseguida, apurado, pensando para su horror que, después de todo, aquel incidente había causado un trauma inolvidable en Mei Ling, y hacerle eso a un humano inocente era una gravísima falta como iris.

No obstante, de repente Mei Ling le soltó una carcajada, y le posó una mano en el hombro, indicando que sólo le estaba tomando el pelo y lo fácil que siempre le resultaba. «¡Esta humana me confunde más que Cleven!» gruñó Brey para sus adentros.

—¿Podemos ir a la merienda en casa de los Lao, papá? —le preguntó Daisuke—. ¿Vas a venir tú también? ¡Porfi, porfi!

—Sí, sí… Pero estaré sólo una hora, quiero aprovechar para terminar de estudiar un temario hoy, ya que el domingo será imposible tener tiempo.

—¿Qué pasa el domingo? —quiso saber Mei Ling.

—Tengo “un trabajo” por la mañana —contestó, y Mei Ling entendió enseguida que se refería a una misión iris—. Y por la tarde tenemos la visita de nuestra nueva asistente social. Por lo que los niños y la casa… tiene que estar todo perfecto.

—Claro… ya veo —sonrió Mei Ling suavemente, sabiendo que, para Brey, mostrarles la mayor perfección a los asistentes sociales era igual de vital que cumplir una misión antiterrorista.









60.
Atesorar un momento humano

En casa de Brey, la tarde también estaba transcurriendo con una muy inusual calma. Hacía más de una hora que los niños habían vuelto del colegio y Brey también había salido de la universidad temprano en la tarde. Ahora, estaban en casa los tres solos.

Sorprendentemente, los niños estaban muy tranquilos; no había gritos, no había jaleo, no había juguetes volando por los aires ni pasos correteando por toda la casa. Al llegar del colegio, Clover había estado un poco rara, y mientras Brey les estuvo cambiando de ropa para guardar los uniformes, Daisuke fue el único cotorreando sin parar sobre su día en el colegio, mientras su hermana se quedaba callada, mirando distraída a otra parte. Brey no prestó mucha atención a esto. Había entrado en modo automático nada más llegar a casa, su cerebro sólo se había dedicado a organizar los quehaceres con su habitual eficiencia de iris: cambiar de ropa a los niños, guardar los uniformes, poner una lavadora, recoger un poco la cocina, ordenar sus papeles de la universidad… y, finalmente, se sentó en la mesa del comedor con un ordenador portátil, un café, una lamparita y unos cuadernos para ponerse a estudiar uno de sus próximos exámenes. Se puso auriculares para oír música suave y les dijo a los niños que, si se ponían a jugar, procurasen no dar gritos o armar escándalo.

Cuando estaba él solo en casa con los niños y tenía que estudiar, Brey no tenía más remedio que hacerlo en un lugar donde tuviese a los mellizos a la vista, porque no podía dejar de vigilarlos a la par que estudiaba. No era un gran reto para la mente de un iris tener la mente concentrada en dos cosas distintas. Él, además, ya estaba acostumbrado a esto desde los 15 años, y lo llevaba bien.

Sin embargo, al parecer, los mellizos se tomaron su orden al pie de la letra. No se oía ni una mosca. Clover había estado un largo rato pintando con su hermano, y luego se había ido a sentar frente al piano de cola en la otra esquina del salón, y se había puesto a tocar algunas melodías sencillas que su padre le había enseñado, o a inventárselas, con la sordina puesta, por lo que se oía bajito. Y Daisuke estaba arrodillado junto a la mesita baja del salón, rodeado de hojas y de pinturas y lápices, dibujando sin parar diversas cosas, especialmente kanjis y otros símbolos raros.

Brey no recordaba la última vez que pudo estudiar tan a gusto en una misma habitación con los mellizos. De hecho, quizá era la primera vez. Fue después de una hora y pico cuando se dio cuenta de esto. Levantó la vista de sus cuadernos para comprobar, una vez más, que los mellizos seguían cada uno entretenido con su propia actividad. Esto le intrigó. Este comportamiento era nuevo, diferente. ¿Calmados durante tanto tiempo seguido? ¿¡Y sin andar pidiendo nada!?

Se preguntó si esto era una señal de que Clover y Daisuke estaban creciendo, pasando ya a otra fase de madurez. Era lo habitual en humanos –al menos, en aquellos afortunados que recibían una crianza coherente y adecuada– que con los años se hacían menos nerviosos, menos caóticos, menos dependientes. Y un día… ¡puf! Clover y Daisuke ya no le necesitarían en absoluto.

Esto le hizo sentirse extraño. Un poco triste. Y no lo entendía, por qué el hecho de pensar en esto le hacía sentir, y además de forma natural, esta pequeña tristeza, cuando la voz racional de su iris le decía por el otro oído que esa era la meta esperada de una crianza exitosa; que, por eso, ese pensamiento de Clover y Daisuke yéndose algún día de casa para vivir por su cuenta de manera autosuficiente y sin necesitar nada más de él, lo que debía hacerle sentir, era paz y satisfacción; que ese pensamiento, el de no sufrir más dolores de cabeza, agotamiento o estrés por los constantes gritos, berrinches, desobediencias, accidentes de cosas rotas, fiebres altas en la madrugada… debía hacerle sentir alivio y felicidad.

Pues no sentía esas cosas. Y esto le sorprendió de sí mismo. Debía de estar perdiendo la cabeza, o estar contagiado de alguna enfermedad, porque si no, no se explicaba por qué la idea de que algún día dejaría de oír sus gritos y berrinches y problemas le entristecía tanto.

Se había quedado tanto rato sumergido en sus pensamientos, que dio un bote sobre la silla con susto, cuando notó que algo tocaba sus piernas. Miró hacia abajo y vio la cabeza rubia de Daisuke, que se había colado por debajo de la mesa y estaba intentando salir por entre sus piernas. Brey dejó que el niño lo trepase y se sentase sobre su regazo, mirando hacia la mesa aquel libro abierto y cuadernos con apuntes de Medicina. Esta vez, Brey no lo regañó por interrumpir su estudio con ese descaro. En vez de eso, siguió terminando de escribir un párrafo que le quedaba por apuntar, intentando ver por encima de la cabeza del niño, que estaba en todo el medio.

—¿Qué es esto? —preguntó Daisuke, señalando en el libro abierto una pequeña imagen.

—La red de venas y arterias del cuerpo humano —contestó Brey, todavía escribiendo en el cuaderno.

—¿Y qué es esto? —señaló otra pequeña imagen.

—Eso es cómo se ve un ojo por dentro.

Daisuke se quedó embelesado viendo esa imagen.

—¿Qué es esto?

—La retina.

—¿Y esto?

—La pupila.

Daisuke se llevó una mano a uno de sus ojos y se lo tocó con el párpado cerrado, intentando entender.

—¿Por qué la gente tiene esto de diferente color? —señaló la parte del iris del ojo de la imagen.

—Por la misma razón por la que hay diferentes colores de piel y pelo. La melanina. Cuanta más cantidad de melanina, más oscuro es el ojo, el pelo o la piel.

—¿Por eso la gente morenita tiene hijos morenitos y la gente blanquita tiene hijos blanquitos, porque reciben la misma menilina que los papás?

—Generalmente, sí, pero eso depende de la genética, que es una ciencia mucho más complicada que depende de más factores.

—Entonces… ¿Entonces por qué yo no tengo los ojos verdes como tú y Clover?

Brey, que en ese momento ya terminó de escribir, se quedó callado unos segundos mirando su cuaderno.

—La gente… puede heredar rasgos de otros familiares, como de los abuelos, también.

—Los abuelos Joji y Norie tienen los ojos marrones y el pelo negro. ¿Por eso Clover tiene el pelo negro?

—Eh…

Obviamente los mellizos ignoraban que Joji y Norie no eran sus abuelos biológicos. Pero sería muy complicado explicarles a esta edad que sus auténticos abuelos biológicos maternos, si no estaban muertos, estarían por algún lugar de China viviendo merecidamente en la miseria carcomidos por la conciencia después de haber abandonado a Yue en un contenedor cuando era bebé, o eso esperaba Brey.

—¿Tu papá también era rubio con ojos verdes? ¿Yo soy rubio porque tú también, o porque lo era tu papá?

—No, él… tenía ojos azules y el pelo como tu prima Cleven —intentó explicarle Brey, sin saber cómo de repente había acabado en esta conversación.

—¿Dónde está tu papá? ¿Se murió de viejito? ¿Era más viejo que el abuelo Joji? En mi clase, un niño tenía un abuelo, pero se murió porque era ya muy viejo.

—Bueno…

—Si Joji es mi abuelo, ¿por qué él no es tu papá?

—Pues…

—Clover y la prima Cleven tienen los ojos verdes como tú, y Cleven tiene el pelo como tu papá, y Clover tiene el pelo negro como los abuelos Joji y Norie, y yo tengo el pelo rubio como tú… Pero nadie tiene los ojos como yo. Ni tú, ni los abuelitos, ni la prima pedorra, ni tampoco el papá de la prima pedorra… Ni siquiera en el cole, nadie tiene unos ojos como los míos. Una niña tonta de mi clase me dijo que tengo los ojos mal porque no son negros ni tampoco azules y deberían ser como uno de los dos al menos.

—Tienes los ojos de color azul índigo, Daisuke, es un color poco usual, pero no tiene nada de malo ni de raro, ¿de acuerdo? —le explicó, sentándolo mejor sobre su regazo, y rodeándolo con los brazos—. Esa niña de tu clase simplemente no sabe nada sobre genética. Cuando la gente de mente débil no entiende algo ni hace el esfuerzo, su primer impulso es insultarlo, para compensar la incomodidad de su ignorancia.

—Entonces… ¿alguna vez has conocido a alguien más con los mismos ojos que yo? —preguntó el niño, mirando fijamente a la mesa, pero esta vez su tono, además de la curiosidad que venía todo ese rato mostrando, traía una extraña tristeza.

Hace casi tres semanas, el mismo día que Brey estuvo acompañando a Cleven por las calles para enseñarle la zona de Shibuya, Cleven se encontró brevemente con los mellizos jugando en un parque, mientras Brey se escondía tras un árbol.

Aquella vez, después de que Cleven se marchara, Daisuke le preguntó a su hermana sobre la palabra que la pelirroja había mencionada, “mamá”, y Clover le comentó que así era como la gente llamaba a las señoras que cuidaban a los niños y que eran las mejores amigas de los papás. Daisuke le preguntó por qué su padre no tenía este tipo de mejor amiga, y Clover le dijo que antes tenía una, pero se murió, y que, pese a eso, Clover había hablado con ella varias veces. Daisuke sabía que su hermana hablaba con espíritus y fantasmas desde siempre, algo que a él le aterraba, pero Clover le dijo algo que últimamente había estado rondando por su cabeza: “Ella no te daría ningún miedo. Tienes sus ojos”.

Brey no sabía qué responderle. Pero no pasó por alto ese matiz que su iris detectó en la voz del niño. Sintió que Daisuke en realidad estaba como… intentando hacerle otra pregunta, de manera indirecta. Por eso, creció una preocupación él, una sospecha, algo que siempre había sabido que algún día ocurriría, pero que siempre había deseado que ocurriese lo más tarde posible. ¿Estaba Daisuke empezando a preguntarse si tuvo una madre?

Brey no quería responderle. Siempre esperó que, el día que tuviera que contarles esto a los mellizos, debía ser en un momento preparado, con ellos dos listos para escuchar, y con él listo para contarles la verdad y revivir el dolor.

Así que, se quedó en silencio, con un nudo en la garganta, abrazando al niño, e intentó disimular, apoyando la mejilla sobre su cabeza como si estuviera tranquilamente pasando el rato, esperando que el niño olvidara esa pregunta. Y, al parecer, terminó sucediendo.

—Papá.

—¿Sí?

—Quiero agua.

Brey cerró los ojos un segundo con alivio. Entonces bajó al niño al suelo, dejó los auriculares sobre la mesa y se levantó para ir a la cocina. Daisuke fue tras él. Brey le dio un vaso de agua, pero al momento que fue a salir de la cocina para volver al comedor y retomar el estudio, Daisuke volvió a llamarlo.

—Papá, quiero un yogur.

Brey suspiró brevemente, dio media vuelta y fue hasta la nevera. Decidió que a él también le apetecía tomarse uno, así que sacó dos.

—¿Con miel o mermelada?

—¡Con miel! —brincó el niño.

Brey sacó el tarro de miel, preparó los yogures, le dio el suyo a Daisuke con su cuchara de plástico de Spiderman y él se apoyó en la encimera para comerse el suyo. Daisuke se quedó de pie a su lado, llevándose un cucharón colmado tras otro, disfrutando de ese rato de merienda con su padre.

—Papá, quiero la cuchara de Pikachu.

—Está para lavar. Y ya tienes una cuchara —discrepó él tranquilamente—. ¿Tanto dolor te causaría pedir las cosas por favor? Mira que te lo repito cada día. Espero que no hagas eso con el resto de la gente.

—Nah, sólo me causa dolor decírtelo a ti —le contestó descaradamente, con un bigote blanco—. Yo soy el rey Korol’ dramy, y tú eres un sirviente a mi servicio y a los sirvientes no se les pide por favor.

—Ni lo uno ni lo otro, niño tocapelotas, ni soy tu sirviente ni a los sirvientes se les trata así. El “por favor” se usa con todo el mundo.

—¿Y cuándo fue la última vez que tú me pediste algo por favor a mí?

—Mm, ¿hace hora y media? ¿Cuando te pedí por favor que te quitaras el uniforme de la escuela? —dijo con sarcasmo.

—¿Sí? No te oí —le espetó con una sonrisa juguetona.

—¿Que no me oíste? Tú me estás vacilando…

—¿Tienes pruebas?

—La prueba es que soy tu padre, y pedirte a ti algo por favor es más una cortesía que un deber.

—¿Por qué?

—Porque soy mayor que tú.

—Pero no eres mayor. Los demás siempre te han dicho que eres un menor de edad.

—Dejé de ser menor de edad hace diez meses, mocoso. ¿Vas a dejar ya de tocarme las narices o no?

—No sé… Si me lo pides por favor, quizá… —se encogió de hombros, terminándose su yogur, y estiró los bracitos para tenderle la cuchara y el envase vacío.

Brey se lo quedó mirando otra vez con una de esas caras con una vena hinchada en la frente, viendo que ese microbio tenía una labia muy peligrosa. Cogió su envase y su cuchara para echarlos a la basura y al fregadero respectivamente junto con los suyos propios.

—Si no hubiera descubierto hace ya tiempo que esa afición de tocarme las narices te viene del mismo lugar que el color de tus ojos… —murmuró para sí mismo, y volvió hacia Daisuke con una servilleta para limpiarle la cara—. ¿Por qué eres así conmigo? ¿Es que te caigo mal?

—¡No! Es porque molestarte es lo más superdivertido que hay —sonrió tan campante.

Brey al principio pensó que Daisuke se estaba pasando de insolente, y que debería pararle los pies con una seria regañina. Pero el niño lo miraba con esa sonrisa inocente y juguetona, y con esos grandes ojos expectantes, esperando algo, algún tipo de reacción por su parte, una respuesta a sus provocaciones. Brey se calmó. Se dio cuenta de que Daisuke sólo le estaba provocando para jugar, no para faltarle al respeto ni para hacerle sentir mal.

A Brey se le pasó por la cabeza un fugaz recuerdo, de sí mismo, cuando era muy pequeño, dirigiéndole una vez ese tipo de provocación a su padre. Y Hideki, aunque estaba ocupado con algo en ese momento, abandonó por un rato su serio semblante y su serio carácter para echar a correr hacia él, riendo. Brey atesoraba ese recuerdo, especialmente porque, unas semanas más tarde, sus padres fueron a una misión y nunca más regresaron.

—¡Oh! —exclamó Brey de repente, haciéndose el sorprendido pero no el ofendido—. ¿Así que se trata de eso? Pues es una pena, Daisuke. Lamento informarte que tú a mí no me molestas ni una pizca.

Daisuke le puso una mueca enfurruñada.

—Aunque no puedo decir lo mismo de la mano-enchufe —continuó diciendo Brey, fingiendo una voz dramática—. Ella sí que se siente muy molesta contigo.

—¡Ahh! —dio un respigo de suspense.

—De hecho, creo que ahora mismo está muy molesta… creo que… se está despertando… —Brey empezó a levantar su mano derecha lentamente, con el puño cerrado, y repentinamente estiró el dedo índice y luego el meñique, imitando la forma de un enchufe—. ¡Oh, no! ¡Está megacabreada contigo!

—¡No! ¡No la mano-enchufe! ¡No la mano-enchufe! —exclamó el niño con emoción y nervios.

—Lo siento, Dai, ya sabes que no puedo controlarla…

—¡Nooo! ¡La mano-enchufeee!

—¡Que vienen los calambres en el trasero! ¡Corre!

Daisuke se rio a carcajadas y salió corriendo hacia el salón como un puro nervio. A Brey se le escapó también un risa, y salió corriendo tras él con la mano-enchufe por delante. Empezaron a corretear por todo el salón y el comedor. Tiraron algunos juguetes por ahí, volcaron alguna silla… Daisuke no paraba de reírse y gritar con diversión, y Brey no podía evitar contagiarse de esas risas y esa diversión, solo que no fueron contagiadas, sino genuinas y naturales. Rodeando la mesa del comedor, Brey alcanzó al niño por un instante, y le dio un inofensivo calambrito en el trasero con los dedos estirados. Daisuke pegó un brinco con más carcajadas y corrió escopetado hacia el salón. Brey lo vio esconderse al otro lado del sofá, agachándose en el suelo, pero el niño se imaginó en su cabeza que había sido muy veloz y que su padre no había llegado a verlo.

—¿Qué dices, mano-enchufe? ¿Que Daisuke ha desaparecido? —fingió Brey, haciendo su teatro—. ¿Pero cómo puede ser? Un mocoso tan enano como él no puede tener ese poder… Espera, ¿qué has dicho, mano-enchufe? ¿Detectas que puede estar… por el salón?

Se oyó una risita contenida al otro lado del sofá. Por su parte, Brey reprimió una risa, le hacía gracia lo inocente que era Daisuke. Después miró a Clover, que hacía rato había dejado de tocar el piano y seguía allá sentada en la banqueta, observándolos, callada.

—Creo que necesitamos ayuda experta, mano-enchufe —dijo Brey bien alto, para que lo oyeran—. Alguien que sepa encontrar cualquier cosa perdida o desaparecida en cuestión de segundos. Mishka! ¿Sabes dónde se ha podido meter Daisuke?

Se oyó la vocecilla de Daisuke tras el sofá susurrándole a su hermana “no, no, no…”. Clover, desde donde estaba, podía ver a su hermano agachado delante del sofá. Lo miró un momento, y luego miró a su padre, dubitativa. No obstante, no pareció interesada en unirse al juego, y volvió a mirar las teclas del piano, tocándolas un poco con una mano.

Brey frunció el ceño. Obviamente a Clover le pasaba algo. Pero él había estado cinco años acostumbrado a una cosa concreta, y es que ese comportamiento, que lo había visto ya muchas veces en ambos niños, siempre era por un motivo de lo más simple. Tenía apuntada en su mente la lista de motivos lógicos que ya había vivido y repetido: tiene la tripa revuelta; le duele un diente; está cansada; está aburrida; está enfadada porque alguien le ha quitado un juguete; está triste porque ha sido regañada por algo malo que ha hecho; está de mal humor porque quiere comer pasteles y sabe que no puede…

Siempre había sido uno de los motivos de la lista. Como cabría esperar de los bebés y los niños pequeños, que sólo tenían problemas simples, de entendimiento simple, con solución simple. Por eso, Brey no le dio importancia y tampoco la atosigó, y siguió jugando con Daisuke unos minutos más, hasta que el niño acabó agotado, tumbado encima de Brey, que estaba tendido en el suelo fingiendo que lo había derrotado.

—¡Tengo que ir al baño! —declaró Daisuke, reviviendo.

—¿Qué dices? ¿La mano-enchufe no sólo tiene que sufrir esta humillante derrota, sino que además la pobre tiene que ir a limpiarte el trasero?

—¡Jajaja! ¡No! Sólo voy a hacer pipí —se marchó corriendo por el pequeño pasillo junto a la puerta de la cocina, donde había otro baño, y una puerta al fondo cerrada con llave, que originalmente era un dormitorio para el servicio, pero Brey la usaba para guardar y hacer sus cosas iris.

Brey se incorporó sobre el suelo, todavía con una leve sonrisa en la cara. Miró a Clover, y decidió ir a averiguar cuál de los simples problemas tenía ahora para ponerle su fácil solución. Sin embargo, antes de dar un paso hacia ella, se oyó el sonido de la puerta y de unas llaves.

Salut, mes belles Saehara! —saludó la voz de Cleven, entrando en el salón, pero no sola, sino acompañada de Mei Ling y de Kyo.

—Hola —saludó Kyo.

—Con permiso —dijo Mei Ling, con un tono más tímido que casi no se oyó, quedándose parada en la entrada.

—Hey, ¿qué pasggh…? —saludó Brey, pero casi se ahogó cuando Cleven le dio un abrazo demasiado fuerte, para después soltarlo y dejar su mochila sobre la mesa del comedor.

—¿Qué hay, Raijin? —lo saludó Kyo con un choque de puños—. Mei y yo vamos a hacer una merienda-cena en nuestra casa, con Cleven, Drasik y Eliam, y en un rato vienen Nakuru, su novia Álex y Raven también. Con la nevada que está cayendo esta tarde, no se puede hacer planes de salir. Apúntate con los niños. Haremos juegos, será divertido.

—Ah… —Brey no sabía muy bien qué responder, especialmente cuando vio que Mei Ling estaba allá, en la entrada, sin pasar al salón, mirando las musarañas con aire discreto.

Mei Ling era una mujer generalmente con carácter y decidida. Pero a veces adoptaba este tipo de actitud reservada y dubitativa cuando se sentía una intrusa o sentía que estaba molestando en algún lugar. Brey sabía por qué se sentía así, pero a él mismo le incomodaba que se sintiera así, porque en parte era su culpa. Ya había pasado tiempo desde la última vez que tuvieron una discusión, de las muchas discusiones tontas y típicas entre dos amigos que habían tenido prácticamente toda la vida. Mei Ling aún se sentía mal por aquella discusión y Brey se sentía mal porque ella se sentía mal.

Pero es que algo absurdo e irracional le pasaba a Brey con Mei Ling desde toda la vida, que con ella se volvía el doble de torpe de lo que ya se volvía con el resto de humanos a la hora de abordar conflictos emocionales por motivos cotidianos, porque si fuera por motivos de peligro, trauma o supervivencia, en eso sería experto, como iris nato que era, ya que estos motivos para su iris eran los más razonables.

Sabía que tenía que ir hasta ella ahora mismo y decirle que pasara adentro, pero las piernas no se le movían, estaba como atorado. Kyo, en el medio, observando de reojo tanto a Brey como a su hermana, no podía hacer otra cosa que poner los ojos en blanco y suspirar por milésima vez ante las tensiones que esos dos siempre formaban entre ellos innecesariamente.

—Kyo, ¿me ayudas a llevar los refrescos? —le dijo Cleven, yendo hacia la cocina—. ¿Llevo yo las botellas y tú los hielos?

—Aeh… ¿Te importa si mejor llevo yo las botellas y tú los hielos? Las botellas pesarán más… —contestó el chico, esperando no tener que tocar nada frío.

—¡Ah! ¡Mei Liiing! —exclamó Daisuke cuando regresó al salón desde el baño y la vio allá medio escondida tras el tabique que separaba el salón de la entrada.

Al oírlo, Clover dio un brinco sobre la banqueta del piano, y por primera vez en ese día, le apareció una sonrisa en la cara. Se bajó de la banqueta y corrió igual que su hermano hacia Mei Ling, abrazándola los dos a la vez.

—¡Mis pollitos! ¡Cuánto os he echado de menos! —rio Mei Ling felizmente, agachándose para achucharlos.

Brey sintió alivio, gracias a los niños la tensión y la incomodidad se fueron disipando. También le alivió ver a Clover contenta otra vez, o sea, que cualquiera que fuera el problema simple que tenía, ya se le había pasado. O eso creía.

—Ehem… —se acercó Brey, procurando parecer natural—. No te quedes ahí. Pasa al salón.

Mei Ling lo miró un momento, con una leve sonrisa. Ella también parecía sentir alivio.

—Gracias. Es que… sólo quería ser educada —intentó excusarse.

—Hmp… —bufó Brey con descaro, cruzándose de brazos y mirando a otro lado.

—Eh. ¿Qué significa ese “hmp”? —se mosqueó Mei Ling, poniendo los brazos en jarra.

—Te has pasado toda la vida entrando cuando te daba la gana, no me vengas con lo de ser educada ahora de repente.

—¡Oye, niño gruñón! ¡Aunque no lo creas, yo sé cuándo debo respetar las distancias!

—Que no me llames “niño” —le gruñó Brey—. Si Kyo entra en mi salón y en mi cocina sin problema mientras tú te quedas parada en la entrada, haces parecer que te estoy castigando o algo…

—Ya me castigaste la semana pasada cuando saliste de casa escopetado y me estampaste literalmente contra la pared del rellano.

—¡Eso fue sin querer! —se defendió enseguida, apurado, pensando para su horror que, después de todo, aquel incidente había causado un trauma inolvidable en Mei Ling, y hacerle eso a un humano inocente era una gravísima falta como iris.

No obstante, de repente Mei Ling le soltó una carcajada, y le posó una mano en el hombro, indicando que sólo le estaba tomando el pelo y lo fácil que siempre le resultaba. «¡Esta humana me confunde más que Cleven!» gruñó Brey para sus adentros.

—¿Podemos ir a la merienda en casa de los Lao, papá? —le preguntó Daisuke—. ¿Vas a venir tú también? ¡Porfi, porfi!

—Sí, sí… Pero estaré sólo una hora, quiero aprovechar para terminar de estudiar un temario hoy, ya que el domingo será imposible tener tiempo.

—¿Qué pasa el domingo? —quiso saber Mei Ling.

—Tengo “un trabajo” por la mañana —contestó, y Mei Ling entendió enseguida que se refería a una misión iris—. Y por la tarde tenemos la visita de nuestra nueva asistente social. Por lo que los niños y la casa… tiene que estar todo perfecto.

—Claro… ya veo —sonrió Mei Ling suavemente, sabiendo que, para Brey, mostrarles la mayor perfección a los asistentes sociales era igual de vital que cumplir una misión antiterrorista.





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