2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __
De un primer vistazo al vestíbulo, y, pasado el vestíbulo, una puerta doble que llevaba al salón y comedor, la verdad es que nada sorprendió a Yenkis.
La vivienda de Hatori era tal como la había imaginado. Sobria, moderna, elegante. Y muy minimalista. No había ningún cuadro, ni ningún objeto decorativo. Había muebles, pero los justos, y eran rectos, perfectamente colocados donde debían. El sofá, un par de butacas y las sillas del comedor tenían un solo color beige suave, la mesa del comedor y otros muebles como una estantería larga eran de madera oscura, igual que el suelo. Las paredes eran de un agradable y tenue gris claro, y los techos blancos.
Yenkis respiró un poco el aire con disimulo, porque era la única cosa que sí le sorprendió. De todas las casas que había visitado, nunca ninguna le había impresionado por tener el aire tan limpio y puro, casi tan limpio y puro como el de su propia casa y como el del edificio Hoteitsuba. Ningún lugar llegaba al nivel de aire limpio de la casa de Neuval y de su empresa por obvias razones, pero la casa de Hatori se le acercaba. No había partículas de polvo, ni olor alguno. Esa vivienda parecía el núcleo del orden absoluto.
Evie dejó la mochila de Yenkis sobre una silla de la entrada. Hatori entró directamente al salón tras quitarse los zapatos en el escalón del umbral, y fue quitándose la chaqueta y la corbata.
—Gracias por llevármela, Evie —le dijo Yenkis, mientras dejaba los zapatos junto a los de ellos y se ponía las zapatillas de invitado—. Debería haberlo hecho yo.
—No seas tonto, no me ha costado nada. Además, no quiero que mi tío se ponga pesado. Es muy estricto con los modales. Pero no te preocupes, tú no tienes que forzarte, ¿vale? Tú relájate, eres mi invitado.
—Evie —se oyó la voz de Hatori por ahí. No gritó, pero sonó tan severo que la chica se puso firme como un soldado de forma automática—. Ven aquí. Ahora.
La muchacha se adentró en el amplio salón y Yenkis la acompañó. Vieron a Hatori en la parte donde estaba la mesa del comedor, rebuscando algo en los bolsillos de una mochila sobre la mesa.
—¡Mi mochila! —exclamó Evie, echando la vista atrás un momento para comprobar que, en efecto, no estaba en la silla del vestíbulo donde la había dejado junto a la de Yenkis—. ¿¡Qué haces!? —se fue corriendo hasta su tío, enfadada—. ¡Te he dicho mil veces que dejes esa fea manía tuya de rebuscar en mis cosas sin permiso! ¿Qué te crees que vas a encontrar, un paquete de tabaco, una botella de cerveza, un arma? ¡Tío Hatori, tengo ya 12 años! Tengo cosas de aseo personales, ¿sabes? —dijo cogiendo su mochila y apartándola de él.
—¿Dónde está? —preguntó Hatori, cerrando los ojos y dando un suspiro paciente, apoyando los dedos sobre la mesa.
—¿Dónde está el qué?
—Tu jarabe. El que se supone que debes estar tomando tres veces al día hasta el próximo martes.
—Mierda, mamá se lo ha dicho… —murmuró Evie con horror, pero rápidamente se puso a disimular, con una sonrisa forzada—. Oh… aaah, el jarabe, sí. Está… ¡Ayyy, nooo! —se dio una torta en la frente, actuando fatal—. Me cachis… ¡Se me ha olvidado en casa! Qué cabeza…
Yenkis tuvo que mirar para otro lado para reprimir una risa. No era sólo lo mal que mentía Evie, era la cara de Hatori. La miraba muy fijamente, sin pestañear siquiera, con una mezcla de santa paciencia, de tener un dilema entre tirarle de la oreja o perdonarla compasivamente, y de sentirse enormemente ofendido por ver que Evie lo estaba tratando de idiota.
—Siéntate —le ordenó él, apuntando con un dedo a una de las sillas que rodeaban la mesa.
—Oh, no, tío, por favor, otra vez no… —suplicó ella.
—Evie Mukai —pronunció con voz potente y autoritaria.
Evie bajó la mirada, abatida, y obedeció. Se sentó en la silla. Hatori agarró una lámpara flexo que había sobre la mesa, la acercó y se sentó en otra silla frente a la chica. Encendió el flexo y apuntó directamente a la cara de Evie, la cual entrecerró los ojos con molestia.
—¿Para qué te ha recetado el médico ese jarabe? —le interrogó el hombre, conciso y frío.
—Para la tos. Un catarro de infección bacteriana. Pero es que apenas tengo ya tos, ya estoy casi curad-…
—¿Es un jarabe con antibióticos?
—Sí.
—¿Sabes lo importante que es respetar a rajatabla el número exacto de tomas, en su debido momento, en su debida cantidad, cuando se trata de antibióticos?
—Sí.
—¿Realmente lo has olvidado en casa?
—No.
—¿Y quieres curarte?
—Sí.
—¿Y por qué te niegas a tomarlo?
—Sabe a amoniaco.
—¿Qué consideras más importante?
—El curarme.
—¿Cuándo es la próxima toma?
—Ahora, antes de la cena. Pero también puede ser después de la cena…
—¿Dónde está?
—Ay… —suspiró, cerrando los ojos, rendida—. En mi abrigo.
Hatori, sin apartar la vista de ella, chasqueó los dedos en la cara de Yenkis, que estaba ahí de pie junto a ellos. Este se sobresaltó, pues se había quedado aturdido al presenciar semejante intenso interrogatorio policial, y el hombre le señaló hacia la entrada, donde estaba colgado el abrigo de Evie en el perchero. Yenkis captó el mensaje, sonrió y fue a buscarlo. Regresó con una botellita, con una cuchara de plástico dosificadora propia, y se las entregó a Hatori, que lo esperaba con la mano extendida, sin dejar de vigilar a Evie.
—Tómatelo.
—No… —dijo la niña, con cara tristona—. Jamás me obligarás.
—Quedarás arrestada.
—Lo soportaré.
—Hm… —suspiró Hatori—. Eres difícil, tendré que recurrir a la tortura —se levantó de la silla y se fue hacia la cocina, que se encontraba en una zona abierta algo más allá del comedor.
—¡No! ¡Eso otra vez, no! ¡Cualquier cosa menos eso, por favor! —imploró la niña.
—No me dejas opción.
Hatori sacó algo de la nevera y regresó hasta Evie con un plato cubierto por un plástico. El plato estaba lleno de brócoli cocido. Ella aborrecía tanto el brócoli que se tapó tanto la nariz como los ojos. Hatori garró la esquinita del plástico con la punta de los dedos, amenazando con destapar el infierno.
«Menudo par de personajes» pensó Yenkis, viendo aquello muy entretenido. «Ahora entiendo por qué todos dicen que la familia de Evie da miedo. Visto desde fuera, dan esa impresión, sin duda. Pero visto desde dentro… uno se encuentra con esto».
Aun así, el chico sintió que tenía que ayudar a su amiga, aunque todo aquello fuera una graciosa y extravagante escena familiar. Se acercó a ella y cogió la botellita y la cuchara. Mientras los otros dos estaban luchando por dejar claro quién mandaba, vertió el jarabe en la cuchara con la dosis adecuada y la aproximó hacia su amiga.
—Vamos, Evie —sonrió, acercándole la cuchara.
Tanto ella como Hatori lo miraron con sorpresa. Evie observó la cuchara, afligida, y luego a Yenkis. Tras un rato dubitativa, cogió la cuchara y se tomó el líquido, poniendo una mueca de asco y sufrimiento. Después se quedó en silencio con cara triste por haber sido derrotada, pero luego volvió a levantar la mirada hacia Yenkis, y al ver su sonrisa satisfecha, Evie se sonrojó y también sonrió.
A Hatori le asombró bastante esto. Evie era la persona más difícil de convencer del mundo cuando se trataba de comer verdura o tomar una medicina. Durante unos segundos, Hatori estuvo observando a los dos niños, sus sonrisitas inocentes, sus miradas cruzadas que no decían nada, pero decían mucho.
—¿Sois muy amigos? —les preguntó.
—¿Eh? ¿Qué? —brincaron los dos, girándose con caras confusas.
—¿Sois íntimos? ¿Os lleváis muy bien y todas esas cosas?
—Aeh… eh… —balbució Evie.
—Sí, somos muy cercanos —respondió Yenkis felizmente—. De hecho, Evie y yo somos mejores amigos.
Hatori observó por dos segundos la cara sofocada y nerviosa de Evie.
—Muy bien. Pues tú dormirás en el sofá de aquí, del salón, bien lejos de la habitación de Evie —ordenó Hatori.
—Sí, señor —asintió Yenkis alegremente, sin captar la indirecta.
Evie tenía la cara de un rojo incandescente. Se dio la vuelta sobre la silla para ocultarlo.
—Evs, voy a estar trabajando hasta tarde en mi despacho, así que no molestéis si no es una urgencia —les advirtió el ministro, mientras se iba a devolver el plato de brócoli a la nevera.
—Tío, pero si es sábado… ¿No vas siquiera a cenar con noso-…?
—Mi trabajo no entiende de horarios. No ensuciéis ni desordenéis, Jorani no viene hasta el próximo martes. Le he dado el lunes libre, ya que hoy le he hecho venir a limpiar y a cocinar para vosotros. Él ya te preparó tu cama en la habitación de invitados, y te ha dejado ropa de cama aparte para tu amigo. ¿Sabrás ocuparte de nuestro invitado para que no le falte de nada? Saldré a echaros vistazos de vez en cuando.
—Sí, yo me encargo de todo. No te preocupes —le sonrió Evie, poniéndose en pie y firme—. Cenaremos, recogeremos y limpiaremos. Y estaremos trabajando en nuestra tarea desde las siete y media hasta las diez.
—Y a la cama —concluyó Hatori.
—Q… ¡No! —corrió hasta pararse delante de él, y juntó las palmas de las manos—. Tío Hatori, porfi, déjanos hasta las doce. Queremos ver la nueva serie que han estrenado del actor Takanawa. Es de comedia y aventuras espaciales. Para todos los públicos. Veremos dos episodios, y a medianoche ya estaremos yéndonos a dormir. Es sábado, tío… porfi…
Hatori seguía mirándola. No decía nada. Estaba serio. Pero Yenkis podía percibir en sus microgestos una lucha interna. Podía ver lo fuerte que era su voluntad por respetar horarios estrictos, pero algo le estaba haciendo la cara suplicante y los ojos grandes y tristes de Evie que le hacía apretar los labios con fastidio. Finalmente, el hombre cerró los ojos y relajó los hombros, suspirando.
—Va-…
—¡Graciaaas! —gritó Evie, sin dejarle siquiera terminar la palabra, y lo abrazó con fuerza—. Eres el mejor, ¡te quiero mucho!
Quizá fuera porque Yenkis no lo había visto cambiar de expresión en todo el tiempo que lo había conocido, que esa pequeña variación en su rostro le llamó la atención con claridad. Puede que Evie lo hubiera dicho como una frase hecha, empujada por la gratitud, o que lo hubiera dicho con sinceridad, lo cual también era probable, porque Yenkis ya había oído de ella lo que sentía por cada miembro de su familia. Pero los afilados y helados ojos de Hatori de repente se templaron un poco, su ceño se aflojó. El vacío negro de sus pupilas… se volvió menos vacío, más humano.
Yenkis se dio cuenta de lo mucho que significaba para él ese abrazo y esas últimas palabras de Evie, y lo poco que Evie sabía sobre ello. Hatori fue a posar una mano sobre la cabeza de Evie, como un ademán de devolverle el abrazo, pero la chica ya se separó de él, contenta, corriendo de vuelta hacia su amigo.
—¡Ven, vamos a cenar, Kis! ¡Tienes que probar la comida de Jorani! —lo agarró de un brazo y lo llevó hacia la cocina.
Al pasar por su lado, Yenkis tuvo que frenarse con pasos estrepitosos, y se paró ante Hatori para inclinarse respetuosamente una vez más.
—Con permiso —se aseguró de decir antes de entrar libremente a su cocina y tocar su comida—. No le molestaremos, señor. Que haga un buen trabajo.
—Vosotros también —respondió Hatori, aceptando sus buenos modales.
Sin embargo, aprovechando que Evie se puso a sacar platos de los armarios y la bandeja de pollo asado con patatas y hierbas del horno, agarró el hombro de Yenkis un segundo justo cuando este se estaba girando, indicándole que aguardara. Yenkis volvió a mirarlo, atento.
—¿Puedo contar contigo? —le preguntó Hatori.
—¡Claro! —respondió enseguida, y luego frunció el ceño—. Eh… ¿para qué?
—Ayuda a Evie a no decaer en sus estudios —le explicó Hatori—. La muerte de su abuelo ha sido para ella un golpe más fuerte de lo que ella quiere hacer parecer. Cuando murió su abuela paterna hace algunos años, la afectó gravemente, durante bastante tiempo. Su rendimiento escolar decayó, su rendimiento en el baloncesto, su apetito, su humor… Intento diagnosticar hasta qué punto le está afectando la reciente muerte de su abuelo Takeshi. Pero sus cambios de humor me confunden. Cuando no hay nadie cerca, la veo vacía. Pero cuando tú te acercas…
Hatori hizo una pausa. Yenkis ladeó la cabeza, confuso, esperando que terminara la frase. Con esto, Hatori podía confirmar que el muchacho realmente era bastante inocente y sin nada más que buenas intenciones.
—Si eres tan buen amigo, ayúdala. Sólo eso.
—Señor Nonomiya, eso es indudable. Yo también la he notado triste estos días desde el funeral. No está así todo el tiempo, va y viene, y es porque aún está asimilando la pérdida. Ella y yo ya hemos hablado mucho de ello. No se preocupe, porque ella lo está llevando bien, cada vez mejor.
Hatori expresó una pequeña sorpresa en sus ojos.
—¿Le puedo preguntar… qué cosas de las que Evie le dice le confunden?
—¿Cómo dices?
—Usted me ha dicho que intenta diagnosticar cómo se siente Evie. Cuando usted se sienta con ella y le pregunta y conversáis juntos sobre ello, ¿ella le dice algo que no entiende? ¿Como qué?
Hatori se quedó callado. Esa pregunta le dio un pequeño golpe de realidad, como si no hubiera tenido en cuenta qué era lo más importante a la hora de comprender cómo se sentía alguien. Con observar desde la distancia no bastaba.
—Yo no puedo… hablar de este tema con ella —dijo el ministro. Su voz sonó ligeramente diferente. Se había suavizado, debilitado. Yenkis arrugó el ceño, sin entender—. No importa —recuperó Hatori su porte rígido—. Ve a cenar, chico.
Se marchó por una puerta del salón que conducía a un pasillo hacia las habitaciones y se perdió de vista. Yenkis se quedó todavía ahí, mirando por donde se había marchado, meditabundo. Dedujo que Hatori no se había parado a hablar con su sobrina sobre la muerte de Takeshi porque él también estaba afectado, siendo su padre el fallecido.
—¡Oye! —lo llamó Evie desde la mesa del comedor, que estaba en una zona intermedia entre el salón y la cocina, con los platos y la comida ya preparados—. No te habrá estado dando un sermón, ¿verdad? Que voy ahora y lo regaño.
—Hahah… No, tranquila —se rio Yenkis, sentándose con ella, y miró ese delicioso pollo en la fuente—. ¿Quién es Jorani?
—Oh, mi tío lo tiene contratado para limpiar y cocinar algunos días —le explicó, empezando a comer—. Es un señor camboyano, es muy amable y simpático. ¿Ves este delicioso pollo cocinado de esta manera? Lo ha hecho sabiendo que hoy venía yo aquí, porque sabe que es uno de mis platos favoritos. ¿Te gusta?
—Está de infarto —aseguró Yenkis, llevándose el quinto trozo a la boca con ansia, y los dos se rieron.
Tras un rato de silencio, simplemente disfrutando de la cena, Evie dejó el tenedor un momento y se quedó mirando preocupada su plato.
—Kis… ¿Seguro que no se dará cuenta?
—¿Eh? —preguntó, pero luego se acordó—. Ah… Sí, estoy seguro. He perfeccionado el cubito, no hay dispositivo alguno que lo pueda detectar.
—Pero… —insistió, y le costó un rato continuar, no sabía cómo decírselo—. Pero ¿y si descubres algo en esos archivos de tu padre y en los archivos de mi tío… algo grave… difícil de asimilar… y te afecta mucho? Ya me has dicho muchas veces que de verdad necesitas hacer esto, y yo ya te he dicho que estaré a tu lado con lo que descubras… pero… si… si descubres algo… muy malo… —tardó otro rato en continuar, y después miró a Yenkis a los ojos—. No sé si quiero que me lo cuentes.
El joven Vernoux la miró fijamente. Como iris, le fue muy fácil comprender a qué se refería.
—No pasa nada, Evie. Lo que quiera que descubra, deja que me lo guarde para mí. Es mejor así, más seguro para ti. No quiero meterte en líos, ni revelarte malas noticias ni informaciones preocupantes. Las cosas que quiero saber… son cosa mía. Sólo me conformo con que estés cerca.
—¿De qué ayuda te sirve que yo esté cerca si descubres algo que te afecta, si no voy a saber qué te afecta?
—No importa lo triste o preocupado que esté. Es sólo verte, y se me pasa —sonrió.
—Q… ¿Qué? —se quedó petrificada, roja hasta las orejas, pensando si eso era el inicio de una confesión de amor.
—Sí, ya sabes… Cuando algo me preocupa o me tiene afligido… y entonces te veo ahí cerca… me pongo a pensar automáticamente en nuestro grupo de música, en ti tocando la batería, y el resto tocando sus instrumentos… Me pongo a pensar en el sonido que creamos todos juntos, las canciones, lo mucho que me relajan… Me pongo a pensar también en tus partidos de baloncesto, que entonces me hacen pensar en mis partidos de fútbol, que siempre me dan emoción… Me pongo a pensar en los videojuegos y en las películas que nos gustan tanto, y lo mucho que me divierten… Ya sabes —repitió—. Verte cerca me hace pensar en todas esas cosas buenas que tengo y que disfruto, y que, gracias a ellas, cualquier pena o preocupación se pueden sobrellevar y superar con más… buena onda. ¿Entiendes lo que quiero decir?
Evie estaba absorta escuchándolo. Le latía el corazón hasta en la punta de los dedos. En su cabeza no podía imaginar otra cosa que pasar la vida entera con él.
—Es por eso que me encanta tenerte como amiga, Evie —concluyó Yenkis alegremente—. Espero ser yo lo mismo para ti —dijo, y continuó comiéndose su cena.
La muchacha ahora tenía una cara congelada. Se oyó un pequeño “crac” por ahí por su pecho, mientras resonaban esas palabras en su cabeza una y otra vez… “como amiga”… “tenerte como amiga”…
El resto de la tarde transcurrió con normalidad. Terminaron su trabajo escolar a las diez, a pesar de que, a la hora de empezarlo, Yenkis perdió veinte minutos admirando uno de los mayores lujos que ese ático podía tener, la terraza exterior.
El salón tenía una cristalera ocupando entera una de sus paredes, y tenía unas puertas corredizas que conducían a una terraza enorme. No era alargada y pegada a la pared del edificio como un balcón, sino que era como un amplio rectángulo, recorrido por una larga barandilla de piedra. Era, más bien, como un patio exterior. Tenía una zona donde había jardineras, plantas grandes en macetas de piedra puestas en un par de hileras que había que sortear para llegar al otro lado, donde había un segundo saloncito a cielo abierto, con un sofá, un par de butacas y una mesa baja, todo cubierto bajo una pérgola. Además, había una estufa moderna.
Evie propuso hacer ahí el trabajo, sabía que a Yenkis le gustaría, porque lo que más emocionaba a su amigo eran las increíbles vistas de Tokio desde esa altura. De hecho, a Yenkis le sucedió algo extraño. Cuando se puso en la barandilla para contemplar la ciudad, desde tan alto, con un cielo abierto expandiéndose ante él… se quedó unos segundos absorto, y le vinieron unos raros pensamientos… una voz, la suya propia, trayéndole una euforia desconocida… “saca las alas negras”… “despierta”… “bate las alas, vuela, arrasa”…
Aquel silencio que su amigo mantenía ahí trajo a Evie unos escalofríos inesperados. Especialmente, los ojos plateados de Yenkis emanaban algo que hacía vibrar el ambiente. Aquel momento raro cesó cuando Evie le apremió para empezar ya a hacer la tarea escolar, y de repente Yenkis recuperó la luz natural e inofensiva de su sonrisa.
De un primer vistazo al vestíbulo, y, pasado el vestíbulo, una puerta doble que llevaba al salón y comedor, la verdad es que nada sorprendió a Yenkis.
La vivienda de Hatori era tal como la había imaginado. Sobria, moderna, elegante. Y muy minimalista. No había ningún cuadro, ni ningún objeto decorativo. Había muebles, pero los justos, y eran rectos, perfectamente colocados donde debían. El sofá, un par de butacas y las sillas del comedor tenían un solo color beige suave, la mesa del comedor y otros muebles como una estantería larga eran de madera oscura, igual que el suelo. Las paredes eran de un agradable y tenue gris claro, y los techos blancos.
Yenkis respiró un poco el aire con disimulo, porque era la única cosa que sí le sorprendió. De todas las casas que había visitado, nunca ninguna le había impresionado por tener el aire tan limpio y puro, casi tan limpio y puro como el de su propia casa y como el del edificio Hoteitsuba. Ningún lugar llegaba al nivel de aire limpio de la casa de Neuval y de su empresa por obvias razones, pero la casa de Hatori se le acercaba. No había partículas de polvo, ni olor alguno. Esa vivienda parecía el núcleo del orden absoluto.
Evie dejó la mochila de Yenkis sobre una silla de la entrada. Hatori entró directamente al salón tras quitarse los zapatos en el escalón del umbral, y fue quitándose la chaqueta y la corbata.
—Gracias por llevármela, Evie —le dijo Yenkis, mientras dejaba los zapatos junto a los de ellos y se ponía las zapatillas de invitado—. Debería haberlo hecho yo.
—No seas tonto, no me ha costado nada. Además, no quiero que mi tío se ponga pesado. Es muy estricto con los modales. Pero no te preocupes, tú no tienes que forzarte, ¿vale? Tú relájate, eres mi invitado.
—Evie —se oyó la voz de Hatori por ahí. No gritó, pero sonó tan severo que la chica se puso firme como un soldado de forma automática—. Ven aquí. Ahora.
La muchacha se adentró en el amplio salón y Yenkis la acompañó. Vieron a Hatori en la parte donde estaba la mesa del comedor, rebuscando algo en los bolsillos de una mochila sobre la mesa.
—¡Mi mochila! —exclamó Evie, echando la vista atrás un momento para comprobar que, en efecto, no estaba en la silla del vestíbulo donde la había dejado junto a la de Yenkis—. ¿¡Qué haces!? —se fue corriendo hasta su tío, enfadada—. ¡Te he dicho mil veces que dejes esa fea manía tuya de rebuscar en mis cosas sin permiso! ¿Qué te crees que vas a encontrar, un paquete de tabaco, una botella de cerveza, un arma? ¡Tío Hatori, tengo ya 12 años! Tengo cosas de aseo personales, ¿sabes? —dijo cogiendo su mochila y apartándola de él.
—¿Dónde está? —preguntó Hatori, cerrando los ojos y dando un suspiro paciente, apoyando los dedos sobre la mesa.
—¿Dónde está el qué?
—Tu jarabe. El que se supone que debes estar tomando tres veces al día hasta el próximo martes.
—Mierda, mamá se lo ha dicho… —murmuró Evie con horror, pero rápidamente se puso a disimular, con una sonrisa forzada—. Oh… aaah, el jarabe, sí. Está… ¡Ayyy, nooo! —se dio una torta en la frente, actuando fatal—. Me cachis… ¡Se me ha olvidado en casa! Qué cabeza…
Yenkis tuvo que mirar para otro lado para reprimir una risa. No era sólo lo mal que mentía Evie, era la cara de Hatori. La miraba muy fijamente, sin pestañear siquiera, con una mezcla de santa paciencia, de tener un dilema entre tirarle de la oreja o perdonarla compasivamente, y de sentirse enormemente ofendido por ver que Evie lo estaba tratando de idiota.
—Siéntate —le ordenó él, apuntando con un dedo a una de las sillas que rodeaban la mesa.
—Oh, no, tío, por favor, otra vez no… —suplicó ella.
—Evie Mukai —pronunció con voz potente y autoritaria.
Evie bajó la mirada, abatida, y obedeció. Se sentó en la silla. Hatori agarró una lámpara flexo que había sobre la mesa, la acercó y se sentó en otra silla frente a la chica. Encendió el flexo y apuntó directamente a la cara de Evie, la cual entrecerró los ojos con molestia.
—¿Para qué te ha recetado el médico ese jarabe? —le interrogó el hombre, conciso y frío.
—Para la tos. Un catarro de infección bacteriana. Pero es que apenas tengo ya tos, ya estoy casi curad-…
—¿Es un jarabe con antibióticos?
—Sí.
—¿Sabes lo importante que es respetar a rajatabla el número exacto de tomas, en su debido momento, en su debida cantidad, cuando se trata de antibióticos?
—Sí.
—¿Realmente lo has olvidado en casa?
—No.
—¿Y quieres curarte?
—Sí.
—¿Y por qué te niegas a tomarlo?
—Sabe a amoniaco.
—¿Qué consideras más importante?
—El curarme.
—¿Cuándo es la próxima toma?
—Ahora, antes de la cena. Pero también puede ser después de la cena…
—¿Dónde está?
—Ay… —suspiró, cerrando los ojos, rendida—. En mi abrigo.
Hatori, sin apartar la vista de ella, chasqueó los dedos en la cara de Yenkis, que estaba ahí de pie junto a ellos. Este se sobresaltó, pues se había quedado aturdido al presenciar semejante intenso interrogatorio policial, y el hombre le señaló hacia la entrada, donde estaba colgado el abrigo de Evie en el perchero. Yenkis captó el mensaje, sonrió y fue a buscarlo. Regresó con una botellita, con una cuchara de plástico dosificadora propia, y se las entregó a Hatori, que lo esperaba con la mano extendida, sin dejar de vigilar a Evie.
—Tómatelo.
—No… —dijo la niña, con cara tristona—. Jamás me obligarás.
—Quedarás arrestada.
—Lo soportaré.
—Hm… —suspiró Hatori—. Eres difícil, tendré que recurrir a la tortura —se levantó de la silla y se fue hacia la cocina, que se encontraba en una zona abierta algo más allá del comedor.
—¡No! ¡Eso otra vez, no! ¡Cualquier cosa menos eso, por favor! —imploró la niña.
—No me dejas opción.
Hatori sacó algo de la nevera y regresó hasta Evie con un plato cubierto por un plástico. El plato estaba lleno de brócoli cocido. Ella aborrecía tanto el brócoli que se tapó tanto la nariz como los ojos. Hatori garró la esquinita del plástico con la punta de los dedos, amenazando con destapar el infierno.
«Menudo par de personajes» pensó Yenkis, viendo aquello muy entretenido. «Ahora entiendo por qué todos dicen que la familia de Evie da miedo. Visto desde fuera, dan esa impresión, sin duda. Pero visto desde dentro… uno se encuentra con esto».
Aun así, el chico sintió que tenía que ayudar a su amiga, aunque todo aquello fuera una graciosa y extravagante escena familiar. Se acercó a ella y cogió la botellita y la cuchara. Mientras los otros dos estaban luchando por dejar claro quién mandaba, vertió el jarabe en la cuchara con la dosis adecuada y la aproximó hacia su amiga.
—Vamos, Evie —sonrió, acercándole la cuchara.
Tanto ella como Hatori lo miraron con sorpresa. Evie observó la cuchara, afligida, y luego a Yenkis. Tras un rato dubitativa, cogió la cuchara y se tomó el líquido, poniendo una mueca de asco y sufrimiento. Después se quedó en silencio con cara triste por haber sido derrotada, pero luego volvió a levantar la mirada hacia Yenkis, y al ver su sonrisa satisfecha, Evie se sonrojó y también sonrió.
A Hatori le asombró bastante esto. Evie era la persona más difícil de convencer del mundo cuando se trataba de comer verdura o tomar una medicina. Durante unos segundos, Hatori estuvo observando a los dos niños, sus sonrisitas inocentes, sus miradas cruzadas que no decían nada, pero decían mucho.
—¿Sois muy amigos? —les preguntó.
—¿Eh? ¿Qué? —brincaron los dos, girándose con caras confusas.
—¿Sois íntimos? ¿Os lleváis muy bien y todas esas cosas?
—Aeh… eh… —balbució Evie.
—Sí, somos muy cercanos —respondió Yenkis felizmente—. De hecho, Evie y yo somos mejores amigos.
Hatori observó por dos segundos la cara sofocada y nerviosa de Evie.
—Muy bien. Pues tú dormirás en el sofá de aquí, del salón, bien lejos de la habitación de Evie —ordenó Hatori.
—Sí, señor —asintió Yenkis alegremente, sin captar la indirecta.
Evie tenía la cara de un rojo incandescente. Se dio la vuelta sobre la silla para ocultarlo.
—Evs, voy a estar trabajando hasta tarde en mi despacho, así que no molestéis si no es una urgencia —les advirtió el ministro, mientras se iba a devolver el plato de brócoli a la nevera.
—Tío, pero si es sábado… ¿No vas siquiera a cenar con noso-…?
—Mi trabajo no entiende de horarios. No ensuciéis ni desordenéis, Jorani no viene hasta el próximo martes. Le he dado el lunes libre, ya que hoy le he hecho venir a limpiar y a cocinar para vosotros. Él ya te preparó tu cama en la habitación de invitados, y te ha dejado ropa de cama aparte para tu amigo. ¿Sabrás ocuparte de nuestro invitado para que no le falte de nada? Saldré a echaros vistazos de vez en cuando.
—Sí, yo me encargo de todo. No te preocupes —le sonrió Evie, poniéndose en pie y firme—. Cenaremos, recogeremos y limpiaremos. Y estaremos trabajando en nuestra tarea desde las siete y media hasta las diez.
—Y a la cama —concluyó Hatori.
—Q… ¡No! —corrió hasta pararse delante de él, y juntó las palmas de las manos—. Tío Hatori, porfi, déjanos hasta las doce. Queremos ver la nueva serie que han estrenado del actor Takanawa. Es de comedia y aventuras espaciales. Para todos los públicos. Veremos dos episodios, y a medianoche ya estaremos yéndonos a dormir. Es sábado, tío… porfi…
Hatori seguía mirándola. No decía nada. Estaba serio. Pero Yenkis podía percibir en sus microgestos una lucha interna. Podía ver lo fuerte que era su voluntad por respetar horarios estrictos, pero algo le estaba haciendo la cara suplicante y los ojos grandes y tristes de Evie que le hacía apretar los labios con fastidio. Finalmente, el hombre cerró los ojos y relajó los hombros, suspirando.
—Va-…
—¡Graciaaas! —gritó Evie, sin dejarle siquiera terminar la palabra, y lo abrazó con fuerza—. Eres el mejor, ¡te quiero mucho!
Quizá fuera porque Yenkis no lo había visto cambiar de expresión en todo el tiempo que lo había conocido, que esa pequeña variación en su rostro le llamó la atención con claridad. Puede que Evie lo hubiera dicho como una frase hecha, empujada por la gratitud, o que lo hubiera dicho con sinceridad, lo cual también era probable, porque Yenkis ya había oído de ella lo que sentía por cada miembro de su familia. Pero los afilados y helados ojos de Hatori de repente se templaron un poco, su ceño se aflojó. El vacío negro de sus pupilas… se volvió menos vacío, más humano.
Yenkis se dio cuenta de lo mucho que significaba para él ese abrazo y esas últimas palabras de Evie, y lo poco que Evie sabía sobre ello. Hatori fue a posar una mano sobre la cabeza de Evie, como un ademán de devolverle el abrazo, pero la chica ya se separó de él, contenta, corriendo de vuelta hacia su amigo.
—¡Ven, vamos a cenar, Kis! ¡Tienes que probar la comida de Jorani! —lo agarró de un brazo y lo llevó hacia la cocina.
Al pasar por su lado, Yenkis tuvo que frenarse con pasos estrepitosos, y se paró ante Hatori para inclinarse respetuosamente una vez más.
—Con permiso —se aseguró de decir antes de entrar libremente a su cocina y tocar su comida—. No le molestaremos, señor. Que haga un buen trabajo.
—Vosotros también —respondió Hatori, aceptando sus buenos modales.
Sin embargo, aprovechando que Evie se puso a sacar platos de los armarios y la bandeja de pollo asado con patatas y hierbas del horno, agarró el hombro de Yenkis un segundo justo cuando este se estaba girando, indicándole que aguardara. Yenkis volvió a mirarlo, atento.
—¿Puedo contar contigo? —le preguntó Hatori.
—¡Claro! —respondió enseguida, y luego frunció el ceño—. Eh… ¿para qué?
—Ayuda a Evie a no decaer en sus estudios —le explicó Hatori—. La muerte de su abuelo ha sido para ella un golpe más fuerte de lo que ella quiere hacer parecer. Cuando murió su abuela paterna hace algunos años, la afectó gravemente, durante bastante tiempo. Su rendimiento escolar decayó, su rendimiento en el baloncesto, su apetito, su humor… Intento diagnosticar hasta qué punto le está afectando la reciente muerte de su abuelo Takeshi. Pero sus cambios de humor me confunden. Cuando no hay nadie cerca, la veo vacía. Pero cuando tú te acercas…
Hatori hizo una pausa. Yenkis ladeó la cabeza, confuso, esperando que terminara la frase. Con esto, Hatori podía confirmar que el muchacho realmente era bastante inocente y sin nada más que buenas intenciones.
—Si eres tan buen amigo, ayúdala. Sólo eso.
—Señor Nonomiya, eso es indudable. Yo también la he notado triste estos días desde el funeral. No está así todo el tiempo, va y viene, y es porque aún está asimilando la pérdida. Ella y yo ya hemos hablado mucho de ello. No se preocupe, porque ella lo está llevando bien, cada vez mejor.
Hatori expresó una pequeña sorpresa en sus ojos.
—¿Le puedo preguntar… qué cosas de las que Evie le dice le confunden?
—¿Cómo dices?
—Usted me ha dicho que intenta diagnosticar cómo se siente Evie. Cuando usted se sienta con ella y le pregunta y conversáis juntos sobre ello, ¿ella le dice algo que no entiende? ¿Como qué?
Hatori se quedó callado. Esa pregunta le dio un pequeño golpe de realidad, como si no hubiera tenido en cuenta qué era lo más importante a la hora de comprender cómo se sentía alguien. Con observar desde la distancia no bastaba.
—Yo no puedo… hablar de este tema con ella —dijo el ministro. Su voz sonó ligeramente diferente. Se había suavizado, debilitado. Yenkis arrugó el ceño, sin entender—. No importa —recuperó Hatori su porte rígido—. Ve a cenar, chico.
Se marchó por una puerta del salón que conducía a un pasillo hacia las habitaciones y se perdió de vista. Yenkis se quedó todavía ahí, mirando por donde se había marchado, meditabundo. Dedujo que Hatori no se había parado a hablar con su sobrina sobre la muerte de Takeshi porque él también estaba afectado, siendo su padre el fallecido.
—¡Oye! —lo llamó Evie desde la mesa del comedor, que estaba en una zona intermedia entre el salón y la cocina, con los platos y la comida ya preparados—. No te habrá estado dando un sermón, ¿verdad? Que voy ahora y lo regaño.
—Hahah… No, tranquila —se rio Yenkis, sentándose con ella, y miró ese delicioso pollo en la fuente—. ¿Quién es Jorani?
—Oh, mi tío lo tiene contratado para limpiar y cocinar algunos días —le explicó, empezando a comer—. Es un señor camboyano, es muy amable y simpático. ¿Ves este delicioso pollo cocinado de esta manera? Lo ha hecho sabiendo que hoy venía yo aquí, porque sabe que es uno de mis platos favoritos. ¿Te gusta?
—Está de infarto —aseguró Yenkis, llevándose el quinto trozo a la boca con ansia, y los dos se rieron.
Tras un rato de silencio, simplemente disfrutando de la cena, Evie dejó el tenedor un momento y se quedó mirando preocupada su plato.
—Kis… ¿Seguro que no se dará cuenta?
—¿Eh? —preguntó, pero luego se acordó—. Ah… Sí, estoy seguro. He perfeccionado el cubito, no hay dispositivo alguno que lo pueda detectar.
—Pero… —insistió, y le costó un rato continuar, no sabía cómo decírselo—. Pero ¿y si descubres algo en esos archivos de tu padre y en los archivos de mi tío… algo grave… difícil de asimilar… y te afecta mucho? Ya me has dicho muchas veces que de verdad necesitas hacer esto, y yo ya te he dicho que estaré a tu lado con lo que descubras… pero… si… si descubres algo… muy malo… —tardó otro rato en continuar, y después miró a Yenkis a los ojos—. No sé si quiero que me lo cuentes.
El joven Vernoux la miró fijamente. Como iris, le fue muy fácil comprender a qué se refería.
—No pasa nada, Evie. Lo que quiera que descubra, deja que me lo guarde para mí. Es mejor así, más seguro para ti. No quiero meterte en líos, ni revelarte malas noticias ni informaciones preocupantes. Las cosas que quiero saber… son cosa mía. Sólo me conformo con que estés cerca.
—¿De qué ayuda te sirve que yo esté cerca si descubres algo que te afecta, si no voy a saber qué te afecta?
—No importa lo triste o preocupado que esté. Es sólo verte, y se me pasa —sonrió.
—Q… ¿Qué? —se quedó petrificada, roja hasta las orejas, pensando si eso era el inicio de una confesión de amor.
—Sí, ya sabes… Cuando algo me preocupa o me tiene afligido… y entonces te veo ahí cerca… me pongo a pensar automáticamente en nuestro grupo de música, en ti tocando la batería, y el resto tocando sus instrumentos… Me pongo a pensar en el sonido que creamos todos juntos, las canciones, lo mucho que me relajan… Me pongo a pensar también en tus partidos de baloncesto, que entonces me hacen pensar en mis partidos de fútbol, que siempre me dan emoción… Me pongo a pensar en los videojuegos y en las películas que nos gustan tanto, y lo mucho que me divierten… Ya sabes —repitió—. Verte cerca me hace pensar en todas esas cosas buenas que tengo y que disfruto, y que, gracias a ellas, cualquier pena o preocupación se pueden sobrellevar y superar con más… buena onda. ¿Entiendes lo que quiero decir?
Evie estaba absorta escuchándolo. Le latía el corazón hasta en la punta de los dedos. En su cabeza no podía imaginar otra cosa que pasar la vida entera con él.
—Es por eso que me encanta tenerte como amiga, Evie —concluyó Yenkis alegremente—. Espero ser yo lo mismo para ti —dijo, y continuó comiéndose su cena.
La muchacha ahora tenía una cara congelada. Se oyó un pequeño “crac” por ahí por su pecho, mientras resonaban esas palabras en su cabeza una y otra vez… “como amiga”… “tenerte como amiga”…
El resto de la tarde transcurrió con normalidad. Terminaron su trabajo escolar a las diez, a pesar de que, a la hora de empezarlo, Yenkis perdió veinte minutos admirando uno de los mayores lujos que ese ático podía tener, la terraza exterior.
El salón tenía una cristalera ocupando entera una de sus paredes, y tenía unas puertas corredizas que conducían a una terraza enorme. No era alargada y pegada a la pared del edificio como un balcón, sino que era como un amplio rectángulo, recorrido por una larga barandilla de piedra. Era, más bien, como un patio exterior. Tenía una zona donde había jardineras, plantas grandes en macetas de piedra puestas en un par de hileras que había que sortear para llegar al otro lado, donde había un segundo saloncito a cielo abierto, con un sofá, un par de butacas y una mesa baja, todo cubierto bajo una pérgola. Además, había una estufa moderna.
Evie propuso hacer ahí el trabajo, sabía que a Yenkis le gustaría, porque lo que más emocionaba a su amigo eran las increíbles vistas de Tokio desde esa altura. De hecho, a Yenkis le sucedió algo extraño. Cuando se puso en la barandilla para contemplar la ciudad, desde tan alto, con un cielo abierto expandiéndose ante él… se quedó unos segundos absorto, y le vinieron unos raros pensamientos… una voz, la suya propia, trayéndole una euforia desconocida… “saca las alas negras”… “despierta”… “bate las alas, vuela, arrasa”…
Aquel silencio que su amigo mantenía ahí trajo a Evie unos escalofríos inesperados. Especialmente, los ojos plateados de Yenkis emanaban algo que hacía vibrar el ambiente. Aquel momento raro cesó cuando Evie le apremió para empezar ya a hacer la tarea escolar, y de repente Yenkis recuperó la luz natural e inofensiva de su sonrisa.
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