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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __









61.
Mejor amigo

Llegó el sábado, aunque para Neuval seguía siendo como un viernes muy largo. De hecho, no había pasado por casa aún. Después de despertarse ayer por la tarde de su breve siesta, se le había quedado una molesta sensación en la cabeza.

Hacía tiempo que no soñaba con la voz de Monique. No era lo mismo que soñar con su imagen o con recuerdos visuales de ella. Soñar únicamente con el sonido de su voz le había sucedido con menos frecuencia, pero siempre había solido venir precedido de algo malo. Era como un mal augurio. Neuval se convenció hace tiempo de que existía un patrón, porque cada vez que soñaba con la voz de su hermana, diciéndole aquellas palabras que nunca lograba entender, al poco tiempo ocurría una desgracia. La última vez que soñó esto, fue poco antes de la tragedia que acabó con la vida de Katya y el posterior descontrol que se apoderó de él, haciéndole enloquecer y destruir medio Japón.

Esto le traía malestar, ansiedad, paranoia, y lo único que conseguía apaciguarlas, antes eran las drogas, pero ahora procuraba acudir a otras prácticas, como ponerse a trabajar y concentrarse en cosas lógicas y racionales, como la ciencia. Por eso, cuando ayer por la tarde toda la empresa se fue vaciando de empleados que se marchaban a sus casas a descansar, él se quedó en el edificio toda la noche, alternando trabajo en su despacho y en su laboratorio privado, sin dormir ni un minuto.

Lao no le había dicho nada porque estaba acostumbrado a que Neuval tuviera estos episodios de aislamiento e insomnio, y ya había aprendido que lo mejor era dejarlo tranquilo. Hana también sabía esto. Por eso, ayer, antes de irse, le dijo que no se preocupase por nada, que ella estaría con Yenkis en casa. Para Neuval, Hana realmente era un salvavidas.

No obstante, a pesar de que ella le juraba de corazón que encargarse ella sola de Yenkis –y de Cleven antes– y de la casa durante los días que hicieran falta le encantaba y no le suponía ni una sola molestia, él lo seguía viendo injusto. Pero esto les pasaba a todos los iris, especialmente a Brey, que les costaba muchísimo pedir ayuda a los humanos para encargarse de cosas que supuestamente eran su responsabilidad y de nadie más. En esos casos, los iris siempre buscaban compensarlo. Normalmente, Hana se cabreaba con él cuando él le preguntaba cómo le gustaría que le compensara este tipo de favores, porque ella estaba harta de recordarle que, si estaba viva y sana y con un hogar y con empleo, era gracias a él, y eso ya era una compensación de por vida.

Sin embargo, esta vez Hana sí que necesitó de él un favor de vuelta. Le dijo que necesitaba irse de viaje este fin de semana, este sábado al mediodía, y que no quería dar explicaciones sobre ello hasta que regresase. Esto chocó a Neuval al principio, pero luego pensó que, tal vez, Hana quería ir a visitar a algún amigo, o a algún familiar, después de pasar los últimos años sin contacto alguno. Neuval sabía que ella se peleó con su padres y se marchó de casa cuando tenía 17 años, y que vivió un tiempo con una prima, y luego con amigos y malas compañías… Fuera lo que fuese, Neuval confiaba en Hana.

«—¿De verdad que no te importa ni te enfada? —le hubo preguntado ella ayer, antes de irse a casa—. Sé que debería informarte y darte detalles, pero…

—Las únicas veces que estás obligada a informarme y darme detalles es cuando se trata de un asunto de trabajo. Ya que es lo que pone en tu contrato laboral —sonrió él—. Pero en asuntos de tu vida personal y cotidiana… No eres de mi propiedad, Hana —intentó hacerle entender—. Eres una adulta y libre de hacer lo que quieras. Informarme sobre adónde vas y por qué es una decisión que tomas sólo para dos fines: conocer mi opinión y facilitarme el localizarte si desapareces o te pasa algo malo. No querer mi opinión ni mi seguridad en esto es de tu libre elección.

—Vale, Neuval. Pero eso no responde a mi pregunta.

—Hm… —casi rio, posando una mano en su mejilla—. No. No me enfada en absoluto, es absurdo enfadarse por eso.

—O muy humano —repuso ella.

—Exacto, cosa que no soy. Escucha, lo único que me importa es que estés bien, hagas lo que hagas. Si me quieres contar algo, me lo cuentas. Si quieres saber mi opinión, me preguntas. Si me quieres a tu lado, me llamas y voy volando, literalmente.

—Hahah… De acuerdo, Neu —acarició sus cabellos en su nuca—. Sólo te diré que no te preocupes. No voy a hacer nada peligroso ni ver a nadie peligroso.

—Lo único que te pido aparte de que estés a salvo, es que también tengas cuidado con tu identidad, Hana. Por favor, es muy importante. Si vas a ver a algún viejo familiar o amigo, no uses tu antiguo nombre. Ya te lo conté, pero la identidad que te di hace tres años la elaboraron los monjes del Monte Zou, y si algún policía cerca de ti se enterara o no le encajara al-…

—Descuiiiida —le interrumpió pacientemente—. No habrá problema con eso, te lo prometo. Y volveré en unos días, aún no sé cuándo, pero pronto. Sólo es un viaje que necesito hacer sola.

—Créeme, entiendo mejor que nadie ese tipo de viajes. Así que, ve tranquila. ¿Es al mediodía?

—Sí, tomaré un avión al mediodía, pero no te preocupes por Yenkis. Estaré con él esta noche y toda la mañana. Yenkis me ha dicho que él ya tiene planes mañana: comerá al mediodía con sus amigos en un restaurante, los acompañarán los padres de Ichiro Fujimoto. Y después, se irá a la casa de los Fujimoto, porque Ichiro y él tienen que hacer un trabajo escolar juntos, sobre la granja escuela. Lo han invitado a dormir también.

—Oh… De acuerdo. ¿Tengo que ir a recogerlo el domingo, entonces? Tenemos el número de los Fujimoto, ¿verdad?

—Sí, pero Yenkis dice que te escribirá sin falta cuando se vaya con ellos, cuando llegue a su casa, y un mensaje de buenas noches antes de irse a dormir. Y que no hace falta que lo recojas, que los Fujimoto lo traen de vuelta ellos mismos el domingo.

—Hm… Tengo que hacerles un buen regalo a los Fujimoto —se dijo Neuval, pensativo.

—Dios, sabía que ibas a decir eso ahora mismo —se rio ella.»

Por consiguiente, ya era sábado por la tarde, y el parisino volvía a encontrarse durmiendo sobre el sofá de su despacho como un cadáver, pasándole factura haberse pasado toda la noche y toda la mañana fundiendo los engranajes de su cerebro. Seguía vistiendo con su pantalón chándal negro y su camiseta blanca con algunas manchas de aceite de motor, y volvía a tener la mesita de al lado repleta de cosas dulces, y la pantalla digital mostrando diapositivas de Katya.

Esta vez, no puso vídeos ni sonido, esperando que eso no indujera nuevamente a su mente a soñar con la voz de Monique. Sin embargo, cuando ya llevaba un par de horas dormido, empezó a oír una voz femenina llamándolo, sacándolo de los brazos de Morfeo.

Entonces, se dio cuenta de que lo que le estaba despertando era la voz de Hoti.

—“Neuval” —repetía—. “Neuval. Neuval.”

—Uaaahh… —bostezó este, enderezándose y frotándose los ojos—. Quém… ¿Qué hora es?

—“Las cuatro y treinta y cinco de la tarde. Neuval. Hay alguien en el exterior.”

—¿Qué? —frunció el ceño.

—“Hay una criatura indefinida en el exterior. En la fachada, bajo el ventanal detrás de tu escritorio.”

El hombre se levantó del sofá con cara confusa, y mosqueada. Había un tramo de pared en su despacho, a continuación del ventanal tras su escritorio, que era una cristalera, que daba a un balcón exterior, donde tenía una mesa, unas sillas, una hamaca y algunas plantas. Abrió la cristalera corrediza y salió al balcón. En ese momento de la tarde, y a esa gran altura del rascacielos, soplaba un viento fuerte y gélido que le agitaba el pelo, la camiseta y el chándal violentamente, pero él ni siquiera parpadeaba, para él era como una agradable brisa.

Se fue al extremo del balcón para poder ver el ventanal por fuera; se asomó hacia abajo, pero no encontró nada fuera de lo normal… hasta que de pronto vio aparecer una cabeza asomando por debajo de la base de hormigón del balcón. Era la de un hombre de cabello castaño oscuro, algo de barba por el filo de su fuerte mandíbula, y unos enormes ojos amarillos de sapo. Sus manos también parecían de sapo, tenían membranas y las puntas de los dedos aplanadas, y estaban adheridas a la pared del edificio. La piel de su cara y de sus manos tenía algunas escamas pardas.

Ambos se quedaron mirándose mutuamente un rato, mudos. Hasta que Neuval chasqueó la lengua con fastidio, se acercó a unas macetas con plantas y cogió del suelo uno de los botes de espray que había junto a otros productos de jardinería.

—Dichosos hombres salamandra… —gruñó, y comenzó a pulverizar al otro con el líquido del bote—… anidando en mis balcones…

—¡Aaaggh! —exclamó Pipi al recibir aquel espray en la cara—. ¿¡Qué haces…!? ¡Para! ¡Cogh…! ¡Serás gabacho de mierda…!

—¡Shu! ¡Fuera, bicho!

—¡Me estás echando pesticida, cabrón! ¡Verás como te agarre…! —Pipi escaló hacia el balcón, literalmente como una salamandra, con sus manos y pies desnudos modificados, y sujetando sus botas en uno de sus brazos, colgando mediante los cordones atados.

Neuval soltó una risilla infantil y maléfica mientras corría a meterse dentro del despacho, pero Pipi fue más rápido y se abalanzó sobre él, recuperando el aspecto humano normal de sus ojos, manos y pies. Rodaron por el suelo del despacho y empezaron a darse de golpes, como dos críos.

—“Neuval. ¿Libero un gas letal?” —preguntó Hoti.

—¡¡No!! —exclamó Pipi, mirando un momento arriba—. ¡Joder, Hoti, que soy yo! ¡Pugh! —recibió un rodillazo de Neuval.

—¿Qué es esto? ¿Te estás haciendo viejo? —se burló Neuval—. ¡Ugh! —recibió una sacudida de Pipi.

—¡Mira quién habla! Eres un año mayor que yo y te llevo vapuleando desde que éramos críos —lo ahorcó entre sus brazos mientras seguían rodando por el suelo.

—¡Bugh…! ¡Eso es porque yo te dejaba…!

—¡Ya, claro! Suerte intentando quitarme de encima. Esperaré con gusto que me ofrezcas tu rendición por milésima vez.

El Fuu lo tenía crudo, Pipi tenía por norma más fuerza física que él. Pero Neuval era, por su elemento y por su nivel, la persona más ágil y escurridiza del mundo. Pipi se llevó un gran susto cuando, de repente, la cabeza que aprisionaba entre sus brazos desapareció, esfumándose junto con el resto del cuerpo. Se incorporó sobre el suelo y vio que debajo de él solamente estaba la ropa abandonada de Neuval. Unos segundos después, sopló una ráfaga de viento por el despacho, que terminó concentrándose en un remolino, el cual fue cambiando de materia, formándose nuevamente el cuerpo de Neuval en carne y hueso. Aunque ahora estaba desnudo.

—¡No vale! ¡Trampa! ¡Sabes que eso es trampa! —protestó Pipi, aún arrodillado en el suelo. Agarró las prendas y se las lanzó—. ¡Deja de exhibir tus impresionantes joyas francesas! De hecho, ¿qué pasa contigo? He venido aquí en son de paz a verte porque tú me lo has pedido.

—¿Y qué demonios hacías ahí pegado a mi balcón a 47 plantas de altura? —preguntó Neuval, mientras volvía a vestirse.

—¡Estaba revisando el ventanal! El mismo ventanal que hace tres días te cargaste a pedazos y que mis almaati —enfatizó, señalándose a sí mismo— vinieron a arreglar.

—Sí, pero les he pagado con mi dinero —se defendió Neuval.

—Sabes lo mucho que me duele que rompas cualquier trozo de mi edificio. Este rascacielos es mi mejor obra. Obviamente quiero comprobar que mis cooperadores han hecho una reparación adecuada.

—Si me lo regalaste, es mío. Y el ventanal lo rompieron los atacantes, no yo.

—Qué cara más dura… —masculló Pipi, poniéndose en pie y sacudiéndose la ropa. Tanto él como Neuval tenían rasguños y rojeces en la cara de los golpes que se habían propinado—. ¿Qué se supone que hacías, aquí en chándal, sobando en el sofá y con sobredosis de dulzura? —preguntó, y por un momento miró la gran pantalla desplegada en esa zona de butacas, todavía reproduciendo imágenes de Katya. Sin embargo, Neuval hizo un rápido gesto con la mano, y esa pantalla volvió a meterse en el techo en un segundo.

—Tomándome un descanso.

—¿Desde cuándo conoces el significado de esa palabra? —bufó Pipi, y se fue a sentar en una de las butacas, cogiendo de paso uno de los melocotones de la cesta de la mesa, y lo olisqueó—. ¡Mm! Son los mismos melocotones que el maestro Hideki solía regalarnos.

Neuval fue a la nevera de la minicocina que tenía ahí, sacó una lata de cerveza fría y se la lanzó a Pipi, el cual la atrapó con una mano veloz sin levantar la vista siquiera. Después de comerse aquel melocotón entero, hueso incluido, olisqueó la lata también, antes de abrirla. Solía hacer eso con todo lo que cogía o tenía delante, olfatearlo. Era una costumbre instintiva. Llevaba más de 30 años siendo un Dobutsu y su afinidad principal era con los cánidos. Otros Dobutsu tenían manías o instintos más afines con las aves, como Sam, o con los reptiles, los félidos, primates, etc. Pipi le dio un trago a su cerveza y después resopló largamente, acomodándose en la butaca.

—¿Qué, un día duro? —le preguntó Neuval.

—Para los iris que nunca nos hemos exiliado, todos lo son —respondió el español.

—¿Estás en medio de alguna misión? —quiso saber, sentándose en el sofá, al otro lado de la mesita, mientras picaba varios frutos secos que se había puesto en un cuenco.

—Terminamos una muy gorda hace tres semanas, justo antes de que Brey nos pidiera ayuda para rescatar a Kyo de los palurdos de la MRS.

—¿Terminamos? —captó que no se refería sólo a él y a su SRS.

—Kanon y yo —le explicó Pipi—. Fue una misión de alto calibre, así que le pedí ayuda a Kanon y a su ORS. Con ellos, la terminamos en la mitad de tiempo de lo previsto.

—Os ha estado yendo muy bien sin mí, entonces —sonrió Neuval.

—No digas eso. Sin ti no era lo mismo. Aburridísimo. Y por cierto, Kanon está mosca contigo.

—¿Qué? ¿Y yo qué le he hecho?

—Vino a darte la bienvenida aquella noche, junto a todas las otras RS aliadas que fuimos a verte a la Torre de Tokio, pero ella esperaba que algún día de la semana pasada fueras a quedar explícitamente con ella, en condiciones, para charlar.

—¿Dijo ella “charlar”? —Neuval mostró una sonrisilla irónica.

—Dijo que dependía.

—¿De qué?

—De si seguías estando con Hana o de si llevabas con ella una relación abierta o no.

—Bueno. Le habrás dicho a Kanon que, efectivamente, estoy con Hana actualmente, y que tengo una relación fiel y formal con ella, ¿no?

—Yo a Kanon no puedo decirle cosas que no sé, y mucho menos decirle cosas que a mí no me incumbe decir —se encogió de hombros Pipi—. De todas formas, Neu, le debes una visita a Kanon. Es tan amiga íntima tuya como yo. La única diferencia es que conmigo no te acuestas —sonrió con burla.

—Han pasado más de tres años desde la última vez que Kanon y yo nos acostamos. Ya dejamos esos encuentros cuando Hana apareció en mi vida, Pipi, no me des la lata con eso —farfulló Neuval, mientras se metía un puñado de almendras a la boca—. De todas formas… —habló con la boca llena, pero luego tragó—… tienes razón. He estado tan desconectado de ella como de ti. O incluso más. Y la verdad es que la he añorado mucho.

—¿Y por qué tardas tanto en quedar con ella un día y poneros al día con una cerveza, como estás haciendo ahora conmigo?

—Mmm… —Neuval ladeó la cabeza de un lado a otro, un poco remiso—. Me preguntaba si… me sigue viendo tan amigo como antes. Contigo es diferente porque somos “hermanos” desde los 12 años. Ya podemos pasar un siglo sin vernos, y seguiremos siéndolo. Kanon se nos unió hace quince años. Entre tú, ella y yo hay una amistad inquebrantable, pero… siento que he podido decepcionarla o que la he alejado desde que estoy con Hana…

—Memeces —le espetó Pipi—. Cómo se nota que eres un iris sensible. A Kanon le importa un carajo si dejáis de acostaros o no. Ambos estáis en la misma onda con eso, estáis de acuerdo en que lo vuestro es mera atracción física y nada más. Habéis sido dos viudos que han encontrado consuelo mutuo de vez en cuando, y tanto ella como tú sabíais que no había más que eso, y que, por encima de cualquier cambio, vuestra amistad era invariable. Y si crees que se siente decepcionada por tu distanciamiento durante tu exilio… —hizo un gesto con los brazos—… joder, Neu, eso es como insultarla. Kanon es probablemente la iris que mejor te entiende, incluso más que yo. Cuando ella perdió a su marido, ya llevaba años de experiencia siendo iris y aun así le costó recuperarse de esa pérdida en los años siguientes. Créeme, ella te añora tanto como tú a ella. Los tres, ¡míranos!, somos el trío de Líderes más guapos y geniales de la Asociación.

Neuval se rio, y se quedó más aliviado al escuchar las palabras de su viejo amigo.

—Si de verdad ella está esperando reconectar nuestra amistad como antes, la invitaré a comer un día. De hecho, Pipi, deberías apuntarte. Deberíamos quedar los tres juntos, algún día, para comer, y por la tarde podríamos hacer patrulla por toda la ciudad y partirles la cara a los criminales que nos encontremos, como en los viejos tiempos, y luego podemos jugar a los bolos, unas cervezas…

—Hahh… qué bien suena eso —suspiró Pipi, y le sonrió a su amigo, y ambos se rieron—. Es un gusto ver que las cosas se van arreglando poco a poco tu alrededor, Neu.

El parisino hizo un gesto agradecido. Denzel le dijo lo mismo anteayer. Tenía mucha gente que le quería. Pero todavía se seguía preguntando si de verdad era digno de eso.

—Bueno… —se encogió de hombros, y miró al suelo con aire apesadumbrado—. Es lo que hay. Me merezco toda la mierda que me ha caído. Por haber sido tan débil… y mentalmente inestabl-…

¡POM! No pudo terminar la frase porque de repente Pipi le lanzó la butaca entera. Del impacto, Neuval se volcó con el sofá incluido y la butaca encima. Luego apareció Pipi apartando la butaca, volcándola a otro lado, para sentarse sobre su espalda y ahorcarlo con los brazos otra vez.

—Kkgh… Pipiiiiggkhh…

—Esto, gabacho, es lo que realmente te mereces cuando te pones a decir esas putas sandeces de que te mereces las cosas malas que te han pasado.

—Eres peor que mi madregggh…

—Me extraña que Ming Jie no te haya dado ya un definitivo escarmiento por tu maldita manía de autodespreciarte.

—“Neuval. ¿Libero un gas letal?” —preguntó la voz de Hoti.

Con tanto jaleo, ninguno de los dos oyó que Hoti, después de esa pregunta, les avisó de un visitante inminente.

—¡Sooor-… —se oyó una voz fuera del despacho, al otro lado de la puerta cerrada, y de repente se abrió de golpe, apareciendo una Cleven sonriente—… -presaaa!









61.
Mejor amigo

Llegó el sábado, aunque para Neuval seguía siendo como un viernes muy largo. De hecho, no había pasado por casa aún. Después de despertarse ayer por la tarde de su breve siesta, se le había quedado una molesta sensación en la cabeza.

Hacía tiempo que no soñaba con la voz de Monique. No era lo mismo que soñar con su imagen o con recuerdos visuales de ella. Soñar únicamente con el sonido de su voz le había sucedido con menos frecuencia, pero siempre había solido venir precedido de algo malo. Era como un mal augurio. Neuval se convenció hace tiempo de que existía un patrón, porque cada vez que soñaba con la voz de su hermana, diciéndole aquellas palabras que nunca lograba entender, al poco tiempo ocurría una desgracia. La última vez que soñó esto, fue poco antes de la tragedia que acabó con la vida de Katya y el posterior descontrol que se apoderó de él, haciéndole enloquecer y destruir medio Japón.

Esto le traía malestar, ansiedad, paranoia, y lo único que conseguía apaciguarlas, antes eran las drogas, pero ahora procuraba acudir a otras prácticas, como ponerse a trabajar y concentrarse en cosas lógicas y racionales, como la ciencia. Por eso, cuando ayer por la tarde toda la empresa se fue vaciando de empleados que se marchaban a sus casas a descansar, él se quedó en el edificio toda la noche, alternando trabajo en su despacho y en su laboratorio privado, sin dormir ni un minuto.

Lao no le había dicho nada porque estaba acostumbrado a que Neuval tuviera estos episodios de aislamiento e insomnio, y ya había aprendido que lo mejor era dejarlo tranquilo. Hana también sabía esto. Por eso, ayer, antes de irse, le dijo que no se preocupase por nada, que ella estaría con Yenkis en casa. Para Neuval, Hana realmente era un salvavidas.

No obstante, a pesar de que ella le juraba de corazón que encargarse ella sola de Yenkis –y de Cleven antes– y de la casa durante los días que hicieran falta le encantaba y no le suponía ni una sola molestia, él lo seguía viendo injusto. Pero esto les pasaba a todos los iris, especialmente a Brey, que les costaba muchísimo pedir ayuda a los humanos para encargarse de cosas que supuestamente eran su responsabilidad y de nadie más. En esos casos, los iris siempre buscaban compensarlo. Normalmente, Hana se cabreaba con él cuando él le preguntaba cómo le gustaría que le compensara este tipo de favores, porque ella estaba harta de recordarle que, si estaba viva y sana y con un hogar y con empleo, era gracias a él, y eso ya era una compensación de por vida.

Sin embargo, esta vez Hana sí que necesitó de él un favor de vuelta. Le dijo que necesitaba irse de viaje este fin de semana, este sábado al mediodía, y que no quería dar explicaciones sobre ello hasta que regresase. Esto chocó a Neuval al principio, pero luego pensó que, tal vez, Hana quería ir a visitar a algún amigo, o a algún familiar, después de pasar los últimos años sin contacto alguno. Neuval sabía que ella se peleó con su padres y se marchó de casa cuando tenía 17 años, y que vivió un tiempo con una prima, y luego con amigos y malas compañías… Fuera lo que fuese, Neuval confiaba en Hana.

«—¿De verdad que no te importa ni te enfada? —le hubo preguntado ella ayer, antes de irse a casa—. Sé que debería informarte y darte detalles, pero…

—Las únicas veces que estás obligada a informarme y darme detalles es cuando se trata de un asunto de trabajo. Ya que es lo que pone en tu contrato laboral —sonrió él—. Pero en asuntos de tu vida personal y cotidiana… No eres de mi propiedad, Hana —intentó hacerle entender—. Eres una adulta y libre de hacer lo que quieras. Informarme sobre adónde vas y por qué es una decisión que tomas sólo para dos fines: conocer mi opinión y facilitarme el localizarte si desapareces o te pasa algo malo. No querer mi opinión ni mi seguridad en esto es de tu libre elección.

—Vale, Neuval. Pero eso no responde a mi pregunta.

—Hm… —casi rio, posando una mano en su mejilla—. No. No me enfada en absoluto, es absurdo enfadarse por eso.

—O muy humano —repuso ella.

—Exacto, cosa que no soy. Escucha, lo único que me importa es que estés bien, hagas lo que hagas. Si me quieres contar algo, me lo cuentas. Si quieres saber mi opinión, me preguntas. Si me quieres a tu lado, me llamas y voy volando, literalmente.

—Hahah… De acuerdo, Neu —acarició sus cabellos en su nuca—. Sólo te diré que no te preocupes. No voy a hacer nada peligroso ni ver a nadie peligroso.

—Lo único que te pido aparte de que estés a salvo, es que también tengas cuidado con tu identidad, Hana. Por favor, es muy importante. Si vas a ver a algún viejo familiar o amigo, no uses tu antiguo nombre. Ya te lo conté, pero la identidad que te di hace tres años la elaboraron los monjes del Monte Zou, y si algún policía cerca de ti se enterara o no le encajara al-…

—Descuiiiida —le interrumpió pacientemente—. No habrá problema con eso, te lo prometo. Y volveré en unos días, aún no sé cuándo, pero pronto. Sólo es un viaje que necesito hacer sola.

—Créeme, entiendo mejor que nadie ese tipo de viajes. Así que, ve tranquila. ¿Es al mediodía?

—Sí, tomaré un avión al mediodía, pero no te preocupes por Yenkis. Estaré con él esta noche y toda la mañana. Yenkis me ha dicho que él ya tiene planes mañana: comerá al mediodía con sus amigos en un restaurante, los acompañarán los padres de Ichiro Fujimoto. Y después, se irá a la casa de los Fujimoto, porque Ichiro y él tienen que hacer un trabajo escolar juntos, sobre la granja escuela. Lo han invitado a dormir también.

—Oh… De acuerdo. ¿Tengo que ir a recogerlo el domingo, entonces? Tenemos el número de los Fujimoto, ¿verdad?

—Sí, pero Yenkis dice que te escribirá sin falta cuando se vaya con ellos, cuando llegue a su casa, y un mensaje de buenas noches antes de irse a dormir. Y que no hace falta que lo recojas, que los Fujimoto lo traen de vuelta ellos mismos el domingo.

—Hm… Tengo que hacerles un buen regalo a los Fujimoto —se dijo Neuval, pensativo.

—Dios, sabía que ibas a decir eso ahora mismo —se rio ella.»

Por consiguiente, ya era sábado por la tarde, y el parisino volvía a encontrarse durmiendo sobre el sofá de su despacho como un cadáver, pasándole factura haberse pasado toda la noche y toda la mañana fundiendo los engranajes de su cerebro. Seguía vistiendo con su pantalón chándal negro y su camiseta blanca con algunas manchas de aceite de motor, y volvía a tener la mesita de al lado repleta de cosas dulces, y la pantalla digital mostrando diapositivas de Katya.

Esta vez, no puso vídeos ni sonido, esperando que eso no indujera nuevamente a su mente a soñar con la voz de Monique. Sin embargo, cuando ya llevaba un par de horas dormido, empezó a oír una voz femenina llamándolo, sacándolo de los brazos de Morfeo.

Entonces, se dio cuenta de que lo que le estaba despertando era la voz de Hoti.

—“Neuval” —repetía—. “Neuval. Neuval.”

—Uaaahh… —bostezó este, enderezándose y frotándose los ojos—. Quém… ¿Qué hora es?

—“Las cuatro y treinta y cinco de la tarde. Neuval. Hay alguien en el exterior.”

—¿Qué? —frunció el ceño.

—“Hay una criatura indefinida en el exterior. En la fachada, bajo el ventanal detrás de tu escritorio.”

El hombre se levantó del sofá con cara confusa, y mosqueada. Había un tramo de pared en su despacho, a continuación del ventanal tras su escritorio, que era una cristalera, que daba a un balcón exterior, donde tenía una mesa, unas sillas, una hamaca y algunas plantas. Abrió la cristalera corrediza y salió al balcón. En ese momento de la tarde, y a esa gran altura del rascacielos, soplaba un viento fuerte y gélido que le agitaba el pelo, la camiseta y el chándal violentamente, pero él ni siquiera parpadeaba, para él era como una agradable brisa.

Se fue al extremo del balcón para poder ver el ventanal por fuera; se asomó hacia abajo, pero no encontró nada fuera de lo normal… hasta que de pronto vio aparecer una cabeza asomando por debajo de la base de hormigón del balcón. Era la de un hombre de cabello castaño oscuro, algo de barba por el filo de su fuerte mandíbula, y unos enormes ojos amarillos de sapo. Sus manos también parecían de sapo, tenían membranas y las puntas de los dedos aplanadas, y estaban adheridas a la pared del edificio. La piel de su cara y de sus manos tenía algunas escamas pardas.

Ambos se quedaron mirándose mutuamente un rato, mudos. Hasta que Neuval chasqueó la lengua con fastidio, se acercó a unas macetas con plantas y cogió del suelo uno de los botes de espray que había junto a otros productos de jardinería.

—Dichosos hombres salamandra… —gruñó, y comenzó a pulverizar al otro con el líquido del bote—… anidando en mis balcones…

—¡Aaaggh! —exclamó Pipi al recibir aquel espray en la cara—. ¿¡Qué haces…!? ¡Para! ¡Cogh…! ¡Serás gabacho de mierda…!

—¡Shu! ¡Fuera, bicho!

—¡Me estás echando pesticida, cabrón! ¡Verás como te agarre…! —Pipi escaló hacia el balcón, literalmente como una salamandra, con sus manos y pies desnudos modificados, y sujetando sus botas en uno de sus brazos, colgando mediante los cordones atados.

Neuval soltó una risilla infantil y maléfica mientras corría a meterse dentro del despacho, pero Pipi fue más rápido y se abalanzó sobre él, recuperando el aspecto humano normal de sus ojos, manos y pies. Rodaron por el suelo del despacho y empezaron a darse de golpes, como dos críos.

—“Neuval. ¿Libero un gas letal?” —preguntó Hoti.

—¡¡No!! —exclamó Pipi, mirando un momento arriba—. ¡Joder, Hoti, que soy yo! ¡Pugh! —recibió un rodillazo de Neuval.

—¿Qué es esto? ¿Te estás haciendo viejo? —se burló Neuval—. ¡Ugh! —recibió una sacudida de Pipi.

—¡Mira quién habla! Eres un año mayor que yo y te llevo vapuleando desde que éramos críos —lo ahorcó entre sus brazos mientras seguían rodando por el suelo.

—¡Bugh…! ¡Eso es porque yo te dejaba…!

—¡Ya, claro! Suerte intentando quitarme de encima. Esperaré con gusto que me ofrezcas tu rendición por milésima vez.

El Fuu lo tenía crudo, Pipi tenía por norma más fuerza física que él. Pero Neuval era, por su elemento y por su nivel, la persona más ágil y escurridiza del mundo. Pipi se llevó un gran susto cuando, de repente, la cabeza que aprisionaba entre sus brazos desapareció, esfumándose junto con el resto del cuerpo. Se incorporó sobre el suelo y vio que debajo de él solamente estaba la ropa abandonada de Neuval. Unos segundos después, sopló una ráfaga de viento por el despacho, que terminó concentrándose en un remolino, el cual fue cambiando de materia, formándose nuevamente el cuerpo de Neuval en carne y hueso. Aunque ahora estaba desnudo.

—¡No vale! ¡Trampa! ¡Sabes que eso es trampa! —protestó Pipi, aún arrodillado en el suelo. Agarró las prendas y se las lanzó—. ¡Deja de exhibir tus impresionantes joyas francesas! De hecho, ¿qué pasa contigo? He venido aquí en son de paz a verte porque tú me lo has pedido.

—¿Y qué demonios hacías ahí pegado a mi balcón a 47 plantas de altura? —preguntó Neuval, mientras volvía a vestirse.

—¡Estaba revisando el ventanal! El mismo ventanal que hace tres días te cargaste a pedazos y que mis almaati —enfatizó, señalándose a sí mismo— vinieron a arreglar.

—Sí, pero les he pagado con mi dinero —se defendió Neuval.

—Sabes lo mucho que me duele que rompas cualquier trozo de mi edificio. Este rascacielos es mi mejor obra. Obviamente quiero comprobar que mis cooperadores han hecho una reparación adecuada.

—Si me lo regalaste, es mío. Y el ventanal lo rompieron los atacantes, no yo.

—Qué cara más dura… —masculló Pipi, poniéndose en pie y sacudiéndose la ropa. Tanto él como Neuval tenían rasguños y rojeces en la cara de los golpes que se habían propinado—. ¿Qué se supone que hacías, aquí en chándal, sobando en el sofá y con sobredosis de dulzura? —preguntó, y por un momento miró la gran pantalla desplegada en esa zona de butacas, todavía reproduciendo imágenes de Katya. Sin embargo, Neuval hizo un rápido gesto con la mano, y esa pantalla volvió a meterse en el techo en un segundo.

—Tomándome un descanso.

—¿Desde cuándo conoces el significado de esa palabra? —bufó Pipi, y se fue a sentar en una de las butacas, cogiendo de paso uno de los melocotones de la cesta de la mesa, y lo olisqueó—. ¡Mm! Son los mismos melocotones que el maestro Hideki solía regalarnos.

Neuval fue a la nevera de la minicocina que tenía ahí, sacó una lata de cerveza fría y se la lanzó a Pipi, el cual la atrapó con una mano veloz sin levantar la vista siquiera. Después de comerse aquel melocotón entero, hueso incluido, olisqueó la lata también, antes de abrirla. Solía hacer eso con todo lo que cogía o tenía delante, olfatearlo. Era una costumbre instintiva. Llevaba más de 30 años siendo un Dobutsu y su afinidad principal era con los cánidos. Otros Dobutsu tenían manías o instintos más afines con las aves, como Sam, o con los reptiles, los félidos, primates, etc. Pipi le dio un trago a su cerveza y después resopló largamente, acomodándose en la butaca.

—¿Qué, un día duro? —le preguntó Neuval.

—Para los iris que nunca nos hemos exiliado, todos lo son —respondió el español.

—¿Estás en medio de alguna misión? —quiso saber, sentándose en el sofá, al otro lado de la mesita, mientras picaba varios frutos secos que se había puesto en un cuenco.

—Terminamos una muy gorda hace tres semanas, justo antes de que Brey nos pidiera ayuda para rescatar a Kyo de los palurdos de la MRS.

—¿Terminamos? —captó que no se refería sólo a él y a su SRS.

—Kanon y yo —le explicó Pipi—. Fue una misión de alto calibre, así que le pedí ayuda a Kanon y a su ORS. Con ellos, la terminamos en la mitad de tiempo de lo previsto.

—Os ha estado yendo muy bien sin mí, entonces —sonrió Neuval.

—No digas eso. Sin ti no era lo mismo. Aburridísimo. Y por cierto, Kanon está mosca contigo.

—¿Qué? ¿Y yo qué le he hecho?

—Vino a darte la bienvenida aquella noche, junto a todas las otras RS aliadas que fuimos a verte a la Torre de Tokio, pero ella esperaba que algún día de la semana pasada fueras a quedar explícitamente con ella, en condiciones, para charlar.

—¿Dijo ella “charlar”? —Neuval mostró una sonrisilla irónica.

—Dijo que dependía.

—¿De qué?

—De si seguías estando con Hana o de si llevabas con ella una relación abierta o no.

—Bueno. Le habrás dicho a Kanon que, efectivamente, estoy con Hana actualmente, y que tengo una relación fiel y formal con ella, ¿no?

—Yo a Kanon no puedo decirle cosas que no sé, y mucho menos decirle cosas que a mí no me incumbe decir —se encogió de hombros Pipi—. De todas formas, Neu, le debes una visita a Kanon. Es tan amiga íntima tuya como yo. La única diferencia es que conmigo no te acuestas —sonrió con burla.

—Han pasado más de tres años desde la última vez que Kanon y yo nos acostamos. Ya dejamos esos encuentros cuando Hana apareció en mi vida, Pipi, no me des la lata con eso —farfulló Neuval, mientras se metía un puñado de almendras a la boca—. De todas formas… —habló con la boca llena, pero luego tragó—… tienes razón. He estado tan desconectado de ella como de ti. O incluso más. Y la verdad es que la he añorado mucho.

—¿Y por qué tardas tanto en quedar con ella un día y poneros al día con una cerveza, como estás haciendo ahora conmigo?

—Mmm… —Neuval ladeó la cabeza de un lado a otro, un poco remiso—. Me preguntaba si… me sigue viendo tan amigo como antes. Contigo es diferente porque somos “hermanos” desde los 12 años. Ya podemos pasar un siglo sin vernos, y seguiremos siéndolo. Kanon se nos unió hace quince años. Entre tú, ella y yo hay una amistad inquebrantable, pero… siento que he podido decepcionarla o que la he alejado desde que estoy con Hana…

—Memeces —le espetó Pipi—. Cómo se nota que eres un iris sensible. A Kanon le importa un carajo si dejáis de acostaros o no. Ambos estáis en la misma onda con eso, estáis de acuerdo en que lo vuestro es mera atracción física y nada más. Habéis sido dos viudos que han encontrado consuelo mutuo de vez en cuando, y tanto ella como tú sabíais que no había más que eso, y que, por encima de cualquier cambio, vuestra amistad era invariable. Y si crees que se siente decepcionada por tu distanciamiento durante tu exilio… —hizo un gesto con los brazos—… joder, Neu, eso es como insultarla. Kanon es probablemente la iris que mejor te entiende, incluso más que yo. Cuando ella perdió a su marido, ya llevaba años de experiencia siendo iris y aun así le costó recuperarse de esa pérdida en los años siguientes. Créeme, ella te añora tanto como tú a ella. Los tres, ¡míranos!, somos el trío de Líderes más guapos y geniales de la Asociación.

Neuval se rio, y se quedó más aliviado al escuchar las palabras de su viejo amigo.

—Si de verdad ella está esperando reconectar nuestra amistad como antes, la invitaré a comer un día. De hecho, Pipi, deberías apuntarte. Deberíamos quedar los tres juntos, algún día, para comer, y por la tarde podríamos hacer patrulla por toda la ciudad y partirles la cara a los criminales que nos encontremos, como en los viejos tiempos, y luego podemos jugar a los bolos, unas cervezas…

—Hahh… qué bien suena eso —suspiró Pipi, y le sonrió a su amigo, y ambos se rieron—. Es un gusto ver que las cosas se van arreglando poco a poco tu alrededor, Neu.

El parisino hizo un gesto agradecido. Denzel le dijo lo mismo anteayer. Tenía mucha gente que le quería. Pero todavía se seguía preguntando si de verdad era digno de eso.

—Bueno… —se encogió de hombros, y miró al suelo con aire apesadumbrado—. Es lo que hay. Me merezco toda la mierda que me ha caído. Por haber sido tan débil… y mentalmente inestabl-…

¡POM! No pudo terminar la frase porque de repente Pipi le lanzó la butaca entera. Del impacto, Neuval se volcó con el sofá incluido y la butaca encima. Luego apareció Pipi apartando la butaca, volcándola a otro lado, para sentarse sobre su espalda y ahorcarlo con los brazos otra vez.

—Kkgh… Pipiiiiggkhh…

—Esto, gabacho, es lo que realmente te mereces cuando te pones a decir esas putas sandeces de que te mereces las cosas malas que te han pasado.

—Eres peor que mi madregggh…

—Me extraña que Ming Jie no te haya dado ya un definitivo escarmiento por tu maldita manía de autodespreciarte.

—“Neuval. ¿Libero un gas letal?” —preguntó la voz de Hoti.

Con tanto jaleo, ninguno de los dos oyó que Hoti, después de esa pregunta, les avisó de un visitante inminente.

—¡Sooor-… —se oyó una voz fuera del despacho, al otro lado de la puerta cerrada, y de repente se abrió de golpe, apareciendo una Cleven sonriente—… -presaaa!





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