2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __
Poco antes de las 6 de esa tarde de sábado, Yenkis, Evie y otros tres amigos de su edad, junto con los padres de uno de ellos, ya habían salido del cine y se encontraban en la calle pasando el rato, esperando la llegada de alguien.
Mientras Evie y los otros tres jóvenes charlaban sin parar, Yenkis estaba entre medias, muy callado y tenso, y algo preocupado. Le sentaba fatal haber mentido a Hana y a su padre, y por otro lado le daba miedo que algo saliera mal y lo descubriesen. Pero no dejaba de convencerse a sí mismo de que era por una razón de peso. Necesitaba hacer esto. Necesitaba conocer la verdad de una vez por todas, y lo iba a hacer de forma completa.
Evie no sabía que Yenkis había mentido a Hana y a su padre sobre con quién iba a hacer el trabajo escolar y dónde, el chico no había querido hacerla cómplice, por eso ella creía que todos sus nervios se debían solamente al plan arriesgado que su amigo pretendía realizar.
—Chicos, creo que ya vienen a por vosotros —les indicaron los señores Fujimoto a Yenkis y a Evie, señalando un coche grande negro que se detuvo en el aparcamiento al otro lado de la carretera.
Cuando el conductor de aquel vehículo se bajó y comenzó a caminar hacia ellos, Yenkis tragó saliva, y se forzó a sí mismo a apagar todos los indicadores de su cuerpo que pudieran delatarlo, por lo que de repente se relajó y adoptó una actitud de lo más natural e inocente.
—Un honor conocerlo en persona, señor Nonomiya —saludaron el señor y la señora Fujimoto con una inclinación respetuosa.
Pero se sorprendieron cuando Hatori les hizo la misma inclinación con el mismo nivel de respeto.
—Les agradezco haber cuidado de mi sobrina hoy —les dijo.
Su tono de voz era tan serio como su mirada afilada, la cual causaba una sensación fría por el color azul hielo de sus ojos. Impresionaba e intimidaba. Pero a los Fujimoto les asombró el contraste de las expectativas. La educación de Hatori era exquisita. Y humilde. A pesar de ser ahora una de las personas más importantes del país.
—Ha sido todo un placer. Los chicos se han divertido mucho hoy —sonrió el señor Fujimoto—. Bien, pues, nosotros ya nos vamos.
Después de que se despidieran todos, los Fujimoto se marcharon con su hijo Ichiro y con los otros dos jóvenes por otro lado, mientras que Yenkis e Evie permanecieron ahí con Hatori. Cuando su mirada afilada se posó sobre él, Yenkis sintió un extraño escalofrío. Pero la causa no fue la impresión que le daba su semblante. Fue algo físico, e invisible. Por un instante, Yenkis sintió estar delante de algo que no formaba parte de este mundo ni de esta realidad. Por un instante, sintió que, si parpadeaba, iba a desaparecer.
Imaginaciones o no, sin duda Hatori lo estaba taladrando con la mirada. No obstante, el chico se sobrepuso como pudo y se ciñó a su papel, por lo que saludó al ministro con la inclinación adecuada.
—Encantado de conocerlo, señor Nonomiya. Gracias por aceptarme hoy en su casa. Soy Yenkis Vernoux, compañero de clase de Evie, y del grupo de música, y...
—Tranquilo, Kis, ya sabe muy bien quién eres —lo frenó Evie, sonriendo.
—No. Ni idea —declaró Hatori.
—¿¡Qué!? —exclamó la chica—. ¡Pero si te he hablado de Yenkis cincuenta mil veces, todas las veces que te cuento cosas sobre el colegio y mis amigos, o sobre nuestro grupo de música!
—Ah, ¿sí? —dijo desinteresadamente—. ¿Tienes un grupo de música?
A Evie se le hinchó una vena en la frente y le clavó una mirada fiera. Fue a darle un empujón, pero Hatori le estampó una mano en la cara y la desvió a un lado como quien se quita de en medio un chihuahua molesto.
—Vete yendo al coche y lleva la mochila de nuestro invitado al maletero —le ordenó, dándole las llaves.
Evie refunfuñó mientras cogía la mochila de su amigo y se fue yendo hacia el aparcamiento.
—¡Oh, no! ¡No es necesario que me la lleve ella! —se apuró Yenkis—. En todo caso, debería llevar yo tanto la suya como la mía.
—Que un hombre sea un caballero con una mujer es tan correcto y noble como que una mujer también realice actos de cortesía con un hombre, atendiendo por supuesto a las capacidades de cada persona. Si tu mochila pesara demasiado, no dejaría que Evie cargara con ella, pero como no es el caso, ella debe cumplir su papel de anfitriona, llevando la bolsa de nuestro invitado.
Yenkis se quedó callado. La verdad, no encontró fallos en su lógica. Si Evie fuera un chico, vería muy normal que llevara el equipaje de un invitado. No sabía por qué le tendría que chocar tanto si lo hiciera siendo chica. El peso no era problema porque Yenkis había traído muy pocas cosas. Entonces, cuando el peso, la dificultad o el esfuerzo no era impedimento ni para una mujer ni para un hombre realizar una acción de cortesía, para Hatori primaba realizar la acción de cortesía a quien correspondiese, sin importar quién era hombre o mujer, o un niño, o adulto o anciano.
«Caray, sí que es estricto en la correcta educación equitativa» pensó Yenkis. «Oh, no… Papá me ha enseñado muchas cosas de correcta educación, pero ¿serán suficientes? Espero estar a la altura. Por nada en el mundo debo permitir que Hatori tenga una mala imagen de mí».
—Así que, Yenkis Vernoux —le habló Hatori de repente—. No sólo eres uno de los mejores amigos de Evie, compañero de clase, y el vocalista y guitarrista de vuestro grupo de música desde hace casi tres años. También eres su vecino, ¿no es así? Eres de la familia Vernoux, que vive en la casa de al lado de mi cuñado y hermana.
—Oh… —Yenkis se quedó algo cortado, porque resultaba que Hatori sí escuchaba a su sobrina—. Aeh… Sí, así es, señor.
—¿No deberías proporcionarme el número de contacto de tus padres, por si ocurriera algo y tuviera que llamarlos?
—Oh, ah… ¡Sí! —se apresuró a sacar del bolsillo un papelito doblado y se lo tendió—. E-este es el número de Hana Kotobuki. Es la pareja de mi padre. Puede llamarla para lo que quiera.
Hatori cogió el papelito y se quedó pensativo unos segundos, asimilando ese dato sobre el estado civil del padre de Yenkis.
—La pareja de tu padre… ¿vive en tu casa y es oficialmente alguien que se encarga de ti igual que tu padre? ¿Tiene ella la autorización de tu padre para ser responsable de ti?
—Sí, señor. Le… le doy el número de ella porque es mucho más fácil contactar con ella. Mi padre es un hombre muy ocupado la mayor parte del tiempo, tanto que incluso este sábado se encuentra trabajando en su empresa.
Hatori volvió a quedarse pensativo unos segundos.
—Bien —dijo finalmente, guardando el papelito en su chaqueta.
Dio media vuelta y fue marchando hacia el aparcamiento sin más. Yenkis se dio cuenta de que su conversación había terminado ahí y se apresuró a seguirlo hasta el coche. «Vale. Parece conforme» pensó el chico, suspirando aliviado. «Espero que no se le ocurra llamar a Hana en ningún momento y que no haya nada que le dé motivos, o será mi sentencia». Al subirse al coche, recordó enviarle a su padre un mensaje diciéndole que todo estaba bien y que ya estaba de camino a la casa de los Fujimoto.
* * * * * *
En casa de Brey, todos estaban pasando una tarde de relax, después de haber hecho planes de ocio por la mañana. En un momento dado, mientras Brey recogía la cocina, Cleven bajó a la calle a tirar la basura. Al salir del portal, se encontró a Drasik haciendo lo mismo, caminando ya hacia los contenedores de la acera. Sin embargo, a mitad de camino, se le rompió la bolsa y se le cayó media basura fuera. Al darse cuenta, Drasik se quedó unos segundos mirando el estropicio, y luego se llevó las manos a la cara, tratando de calmarse, pero no pudo contenerse y gritó con una rabia que por un momento asustó a Cleven.
—Fuck my life! —exclamó el chico mientras le daba una patada a la bolsa.
—Con esa actitud es imposible que las cosas te salgan bien —le dijo Cleven, acercándose a él con una sonrisa suave.
Drasik se dio la vuelta y la miró sorprendido. Cleven se agachó y, usando un pañuelo, recogió la basura del suelo y volvió a meterla en la bolsa rota, y la cerró con un nudo. Entonces, fue ella misma a los contenedores a tirar tanto su propia bolsa como la de él. Cuando regresó hasta él, Drasik relajó los hombros, y se quedó algo cohibido.
—Ya… gracias.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó Cleven entonces.
—¿Eh? —se sorprendió de nuevo, pero empezó a ponerse nervioso—. Pues sí. ¿Por qué preguntas?
—Parecías… extremadamente estresado hace un momento —se encogió de hombros.
—¿Extremadamente? —casi rio, intentando restarle importancia.
—Bueno, sí… Es que… este continuo contraste tuyo se nota bastante, Drasik. Ayer lo pasamos bien todos juntos en la merienda-cena en casa de Mei y Kyo y parecías estar perfectamente. Y ahora… sueltas otra vez esas pequeñas explosiones de rabia por motivos absurdos.
—¿Y? —replicó él, procurando sonar indiferente, pero se notó en su voz un deje molesto.
—Pues que llevas dos semanas así y dice Kyo que nunca habías estado así tanto tiempo seguido. Anda un poco preocupado, sólo eso.
—Pfff… —hizo un aspaviento, sonriendo impasible—. No me des tú también la tabarra con eso, princesa. Kyo está alucinando, viendo problemas donde no los hay. A lo mejor es porque deberíais ocuparos de vuestros propios problemas.
Cleven lo miró molesta, por su tono y por llamarla así otra vez.
—Oye. Princeso. Sólo te he comentado que tu amigo anda un poco preocupado por ti por tus constantes cambios de humor. Nadie te está criticando. Al contrario. Si tienes algún problema, tienes amigos dispuestos a ayu-…
—Cleven… —la interrumpió enseguida, alzando un poco las manos con un gesto ansioso, y puso una mueca de contención; respiró hondo—. Yo nada más quería tirar la basura en paz.
—Tú mismo te has perturbado esa paz.
—Pues a lo mejor prefiero que se me rompan diez bolsas de basura antes que tenerte aquí dándome la charla.
—¿Pero qué charla? Sólo te pregunté si te encontrabas bien, y a partir de ahí te has puesto a la defensiva.
—Princesa, sé que a veces no te percatas, pero es que a veces preguntas y hablas más de la cuenta, ¿sabes?
—Cuando te pones así, te vuelves insoportable, Drasik —se enfadó ella, ofendida por lo que él le había dicho, porque, para ser francos, no era la primera persona que la acusaba de meterse demasiado donde no debía—. Lo que no puede ser es que estés día tras día cambiando de actitud constantemente. Haces difícil… no, haces que sea imposible saber cómo tratarte o entenderte. Y eso es porque no te da la gana de sacar afuera lo que quiera que te pase. ¡Si tienes un problema, suéltalo de una vez!
Drasik no dijo nada. Pero le temblaban un poco los labios, como si quisiera decir algo.
—¿Es por esto? —Cleven señaló su brazo derecho, concretamente, su antebrazo todavía vendado.
—¿Qué? —Drasik dio un paso atrás, girándose, para esconder el brazo de ella.
—Dijiste que te hiciste un esguince. ¿No se te está curando aún? ¿Todavía te duele y por eso te pones de mal humor, y te lo callas dentro porque quieres hacerte el fuerte o algo?
Drasik no respondió, estaba al borde de los nervios, porque, aunque Cleven no estaba acertando con las palabras, sí estaba acertando con la idea. Si alguien descubría lo que le estaba pasando a su tatuaje iris, para él sería la ruina.
—No seas cabezota y deja que mi tío Brey te lo examine —insistió Cleven, esta vez, manteniendo un tono más dócil—. Él ya ha hecho docenas de prácticas con esguinces y fracturas —hizo un amago de tocar su brazo—. Sabes que se le da muy bie-…
—¿¡Y si por una vez dejas de meterte en los problemas de los demás y te vas a la mierda!? —exclamó de pronto, volviendo a apartarse de ella con el brazo por detrás.
Reinó un silencio pesado por el patio ajardinado frente al edificio. Cleven se quedó inmóvil ante esa reacción, y asustada. Pero no por el grito. Fue la mirada de Drasik la que, por un momento, emitió algo oscuro y cruel. Sin embargo, al cabo de unos segundos, Cleven divisó otra cosa más en sus ojos, y era un Drasik más asustado que ella. Aun así, ella captó el mensaje por fin y, sin decir nada, se fue caminando de vuelta al portal.
Drasik soltó un resoplido arrepentido, y se llevó las manos a la frente, haciendo lo posible por controlar ese torrente de emociones negativas con su iris.
—Cleven… Lo siento —le dijo antes de perderla.
Ella se detuvo y se giró para mirarlo.
—Lo siento, me he pasado de idiota, no quería gritarte —insistió él—. Es que… no sé… Bueno…
Respiraba angustiado y avergonzado, y sin saber cómo arreglarlo. Cleven siguió mirándolo fijamente un rato. Notaba cosas. Sentía cosas ocultas. Las veía. Lo que pasa, es que Cleven había perdido la práctica tras siete años con esa parte de sí misma borrada de su memoria, y lo que tenía muy oxidado, era saber meterse donde no la llamaban con más cautela y astucia; proceder con más cuidado la próxima vez.
—¿Vienes mañana a natación? —le preguntó ella.
—¿Qué?
—Te apuntaste a natación. ¿Recuerdas? El domingo pasado tuvimos la primera práctica, pero no viniste porque no te encontrabas bien… ¿Vas a venir a la práctica de mañana?
Drasik seguía con la boca entreabierta, intentando asimilar este cambio de conversación. No sabía si sentirse aliviado o no de ver que Cleven parecía no estar enfadada ni nada. Era verdad, la natación… Sinceramente, por más que le gustaría ir mañana, esta vez no iba a poder, y no por un motivo de su estado humor, sino por trabajo.
—Eh… No, no podré ir mañana tampoco. Tengo un recado muy importante que hacer… Ya iré el próximo domingo.
—Bueno —asintió Cleven—. Pues… hasta otra.
Se despidió con naturalidad y se marchó de vuelta a casa. Drasik se sintió mucho más tranquilo después de eso. La verdad es que no sabía si Cleven lo había adivinado o no, pero eso era justo lo que necesitaba sentir. Ella tenía motivos para irse cabreada, pero en vez de eso, optó por apaciguar la situación. Drasik lo agradecía. No obstante, eso no quería decir que la paciencia de Drasik no se estuviera agotando ya. La paciencia consigo mismo.
Por otra parte, cuando Brey salió de la cocina, comprobó que los niños seguían ahí tranquilos, cada uno a lo suyo. Daisuke estaba jugando a los videojuegos frente a la tele, y Clover, una vez más, se encontraba sentada frente al piano, cabizbaja, tocando notas al azar. Otra vez, repitiendo ese mismo comportamiento de ayer, confundía a Brey.
Y no sólo eso. Desde ayer hasta ahora, había estado notando que Clover lo estaba evitando. Ayer en la merienda-cena, y hoy durante el ocio, se comportó cálida y cercana con todos los demás, pero cada vez que él se había acercado a ella, a Clover se le apagaba la sonrisa y se volvía retraída y distante. Lo primero que Brey pensó, fue que Clover debía de haber hecho algo malo, y se portaba distante con él porque estaba avergonzada. Decidió que era hora de averiguar qué problema simple y trivial tenía, para darle su fácil solución.
Al verlo venir, Clover no hizo nada, tan sólo siguió mirando el teclado y tocando desinteresadamente algunas notas al azar con un dedo tímido. Brey se sentó a su lado, ya que la banqueta era bastante larga.
—¿No quieres merendar nada, enana? ¿No te apetece un yogur o algo?
La niña negó con la cabeza, sin mirarlo.
—Hmm… ¿Quieres aprender una melodía nueva? Estarás aburrida de tocar las mismas —insistió Brey, preparando una mano sobre el teclado, pero la niña volvió a negar—. Hm. Ya sé lo quieres. Ir a la cafetería a comer algún pastel, ¿verdad? Pero podemos ir otro día, no podemos estar toda la vida yendo allí. —Clover hizo un leve encogimiento de hombros—. ¿Qué te parece… si nos vamos Dai, tú y yo un rato al parque, antes de que se haga de noche? Podemos jugar a lo que queráis. —Clover negó con la cabeza—. ¿Seguro? Hace nada te quejabas porque no tenía tiempo de jugar con vosotros. ¿Sabes qué te digo? Que hoy me da igual lo que sea, ¡hasta estoy dispuesto a dejar que me maquilles!
Esta vez, Clover alzó la vista y miró a su padre unos segundos. Detrás de sus ojos había un poco de emociones opuestas. Parecía que, por un lado, esa última proposición despertó una pequeña sorpresa e ilusión en ella. No es que Brey fuera la persona más estricta, seria y fría del mundo, pero solía serlo bastante, y la mayor parte del tiempo, porque así era su manera natural de ser. Aun así, de vez en cuando podía sacar una faceta más cálida y relajada, una faceta que había procurado ir entrenando en los últimos años, porque tanto Agatha como Mei Ling le habían señalado repetidas veces la importancia que eso tenía para los mellizos. Por eso, esta actitud más cálida y relajada de su padre, aunque no era desconocida para Clover, siempre era una grata sorpresa.
No obstante, la niña volvió a agachar la cabeza y a negar.
Brey se quedó pensativo, analizando sin parar los pocos gestos que hacía, el tipo de respuesta, la demora o la rapidez en responder… Su iris siempre le había facilitado detectar problemas delatados por los microgestos o las reacciones porque para eso existía, para detectar los engaños, los impulsos, las intenciones y comportamientos de los criminales humanos y así verlos venir o frenarlos a tiempo, o adelantarse a ellos y salvar vidas. Brey no tenía la culpa de ver el mundo con este filtro porque había nacido con él. Era fácil calar a los criminales, o a la gente humana en general, cuando escondían emociones evidentes, apresuradas por una situación de peligro o por un plan a punto de ejecutarse. Lo que ya no era tan fácil, era adivinar emociones más profundas, bien escondidas en una situación de calma y quietud, aparentemente sin razón lógica. Esta era la parte de los humanos que a Brey se le escapaba.
—Dime… ¿se ha portado mal algún compañero de clase contigo? Normalmente, es lo primero de lo que tu hermano me informa nada más llegar a casa. Pero quizás… ¿ha pasado algo que Dai no sabe?
Clover no respondió ni hizo nada. Se quedó mirando el piano sin más.
—Me lo puedes contar a mí —insistió Brey—. Si has pegado a otro niño, te prometo que no me enfadaré, siempre y cuando hablemos de ello. Y si es otro niño el que te ha hecho daño a ti, es mejor que me lo digas. Te puedo aconsejar qué hacer. El colegio puede darte a veces un mal día, y no pasa nada, es normal, mientras no permitas que ese mal se repita y lo afrontes positivamente.
La niña siguió sin darle ningún tipo de respuesta. Y aquí Brey empezó a darse cuenta de que estaba ocurriendo algo distinto. Conforme un niño crecía, iba a ir presentando problemas más complejos que un simple dolor de tripa o un capricho negado. Pero esto él aún no lo concebía porque consideraba que los mellizos aún eran demasiado pequeños. Le había costado unos 3 o 4 años obtener el control total sobre ellos y sus necesidades, y ahora, estaba notando que se le volvía a escapar.
Ahora, el que se quedó callado mirando el piano fue Brey, sintiéndose, para su disgusto, igual que como se sintió a los 15 años: perdido, inseguro, sin saber qué hacer. Si no eran los motivos simples de la lista, ¿qué era?
—¿Eres tú quien le ha dicho a Jannik… —Clover cortó el silencio de repente, sin levantar la cabeza—… que dejase de ser mi amigo?
—¿Eh? —Brey la miró con sorpresa.
—Ayer, en el recreo… me dijo que ya no podía ser mi amigo. Que ya no podemos vernos ni hablar ni nada.
¿Se trataba de eso? Esto pilló a Brey un poco desprevenido. La verdad es que no esperaba que Jannik fuera a cumplir de forma tan rápida y de sopetón la petición que le hizo anteayer de que dejara de hacer amistades con su hija, porque no quería a más iris relacionándose con los mellizos, aparte de los de la KRS. ¿Será que Jannik se había puesto en su lugar como iris, lo había entendido desde su mismo punto de vista racional y había decidido cumplirlo sin más? Bueno, al menos era lo que Brey quería.
—Hm… —suspiró—. Clover… Es mejor que hagas otro tipo de amigos. Con los de tu clase, por ejemplo, que tienen tu misma edad y puedes estar más tiempo con ellos jugando a cosas normales. Jannik es un niño… que encaja mejor con los de su edad, y… —no sabía muy bien cómo seguir explicándoselo.
—Los niños de mi clase dicen que soy rara —murmuró Clover.
Brey no dijo nada. Pero oír eso también le chocó. Dudaba que fuera cierto. Para él, Clover era la niña más linda del planeta, y simpática, y agradable, a veces bruta, y tan normal como cualquier niño. ¿Quién en su sano juicio no querría ser amigo de ella? Vale, quizá, a veces Clover tenía algunas rarezas, pero ¿qué niño no las tenía? ¿Qué niño no hablaba a veces con seres imaginarios, o se quedaba mirando al infinito durante un par minutos, o inventaba extrañas historias sobre cualquier objeto que tocaba, a veces espeluznantes?
—¿Quién te dice eso? ¿La misma niña que criticó tu peinado una vez?
Clover no contestó, en vez de eso miró para otro lado, sonrojándose con vergüenza. Este gesto Brey supo leerlo. Al parecer, se lo decía más de un niño.
—No dejes que eso te ofenda, Clover. Hacer amigos es un proceso de varias semanas o meses, y tú aún estás en el principio. Los niños de tu clase… aún no entienden muy bien la persona que eres. Pero están en proceso de entenderte. Dales tiempo, y ya verás que un día, de repente, uno de ellos se te acercará y le interesará lo que haces y le gustará cómo eres.
—¿Como Jannik? —apuntó ella.
Brey volvió a quedarse callado. La verdad es que ni él sabía cómo argumentar contra eso. Realmente parecía que Jannik y Clover tenían muchas cosas en común, a pesar de las casi imposibles probabilidades de que un Knive pudiera congeniar con alguien. Por eso, para Brey era difícil de entender esto.
—¿Qué tiene Jannik de malo? —preguntó ella.
—Pues… no tiene nada de malo, es sólo que prefiero que hagas otros amigos.
—¿Por qué has tenido que obligarlo incluso a pedirme de vuelta su regalo?
—Su… ¿Qué? —frunció el ceño.
—El regalo que me dio. El cazasueños de plumas rojas. Era un regalo especial… —murmuró cabizbaja—. Me gustaba mucho…
—¿Te ha pedido que le devolvieras esa cosa? —se sorprendió otra vez.
Brey no podía negar que esto le dio otro alivio. A pesar de que sabía que aquel objeto que Jannik le dio a Clover era un artilugio Knive pero totalmente inofensivo –porque, de no serlo, habría matado o sometido a Clover a un coma sólo con tocarlo unos segundos o minutos como podía pasar con otros talismanes Knive–, la verdad es que prefería que Clover no tuviera algo así. Por si acaso.
Ahora, la cuestión que no le encajaba, era que él no le había dicho a Jannik nada de recuperar su talismán. Supuso que había sido decisión del propio Jannik, pero Brey no entendía muy bien la razón. Pensaba que, aunque Jannik había obedecido su petición de cortar la amistad, le dejaría a Clover quedarse al menos con ese obsequio. Pero, claro… Brey ignoraba que la única razón por la que Jannik había cortado su amistad con Clover y recuperado su amuleto era porque Denzel le había ordenado estrictamente hacer ambas cosas.
—¿No podías dejar siquiera que me quedase con su regalo? —Clover levantó la cabeza por fin y lo miró directamente a los ojos con expresión de enfado y tristeza.
Esa mirada impactó a Brey de manera especial. Esto era distinto, esto era algo desconocido. Tal como Brey le explicó a Lex el otro día, Clover solía expresar su enfado de la misma forma en que solía hacerlo Hideki, o el propio Lex, o él mismo, y le reconoció a su sobrino que Clover había llegado a darle escalofríos con sus miradas de enfado. Pero seguían siendo enfados por motivos simples, porque Brey la había regañado por algo, o porque no le había dejado comer pastel, o cosas así.
Esta vez, fue algo totalmente diferente y Brey lo sintió por todo el cuerpo. No fue un escalofrío. Fue una sensación de impotencia y culpa. Lo que Clover expresaba con sus ojos era una tremenda decepción con él, y esta le afectó por primera vez, porque sentía que, esta vez, ella tenía una razón de peso. Brey jamás se había esperado que algún día uno de ellos lo miraría de esa forma. Acostumbrado a que lo adorasen, a que se les pasasen los enfados en cuestión de segundos…
Si había algo que a un iris le doliese más que ver a alguien ajeno haciendo cualquier tipo de daño a un ser querido, es ser él mismo el causante de ese daño.
Aquí Brey se vio verdaderamente perdido. No sabía qué decir o qué hacer. Había subestimado los sentimientos de Clover, los había herido. Había fallado a su confianza. Había decepcionado a su hija. Notaba que, si abría la boca para intentar otra vez persuadirla con las mismas explicaciones baratas de antes, abriría una grieta más grande entre él y ella. Clover ya no era tan ingenua e inocente como el año pasado. No podía esperar que, al paso de los años, ellos siguieran conformándose con sus explicaciones, órdenes o persuasiones. Especialmente ellos, que eran más listos que los demás niños de su edad.
Se sintió atascado. Porque se sentía avergonzado. Y era tan ilógico para él sentirse así, que necesitaba un rato para procesarlo y entenderlo. Para él, sentir emociones naturales seguía siendo terreno desconocido. Para él y para el resto de la Asociación. Para empezar, no se entendía aún por qué Brey nació iris, así como tampoco se entendía por qué, si su mente nació supuestamente incapaz de sentir por sí misma emociones naturales, las había llegado a sentir alguna que otra vez solamente en casos relacionados con los seres que más quería. Un ápice de humanidad, en una mente no humana. Como si una máquina comenzara a desarrollar algunas células orgánicas en su interior.
—¿Por qué… es tan importante para ti tener un amigo como Jannik? —quiso comprender Brey.
—Era la única persona del mundo aparte de Daisuke que podía entenderme de verdad —murmuró ella, y se bajó de la banqueta, marchándose al centro del salón. Se arrodilló frente a la mesita baja y siguió pintando en las hojas donde ya estaba pintando antes, sin muchas ganas.
Esa frase le dolió. Y la sintió injusta, porque, ¿cómo iba Jannik a ser alguien que entendía a Clover mejor que él? Brey la había criado desde que era una recién nacida hasta ahora, había estado literalmente cinco años sin despegarse de ella. Había curado sus fiebres, vómitos, dolores, pesadillas y miedos, y había atendido todas y cada una de sus necesidades alimenticias, de higiene, de abrigo, refugio y educación e incluso no pocos caprichos.
Había jugado con ella, la había felicitado por sus logros y regañado por sus errores, habían dialogado sobre muchas cosas respecto al buen comportamiento, la seguridad y el deber… ¿Y si le había faltado dialogar más sobre otras cosas, esas otras cosas que Brey había visto tan absurdas o irrelevantes? Clover tenía, por ejemplo, la afición de coleccionar objetos desde que tenía año y medio, lo cual él siempre vio como una tontería. Pero para ella… era importante.
Estaba ocurriendo lo que siempre más había temido. Había tenido pleno éxito en cuidar sus necesidades superficiales, pero estaba fallando en cuidar su humanidad interior. Algo en lo que Mei Ling siempre solía ayudarlo mucho, a pesar de que no era fácil –y de ahí las habituales discusiones entre ambos–. Y todo porque él era un iris nato, un ser inhumano, insensible, raro, frío… Hacía tiempo que Brey no se sentía tan mal consigo mismo. A veces se hartaba. A veces le agotaba ser así, y deseaba haber nacido como el resto de la gente. Clover y Daisuke merecían tener un padre más humano.
Tal vez Brey lo estaba pensando en exceso o viéndolo más grave de lo que era. Pero es que tampoco había que olvidar que, iris o no, él seguía siendo un chico de 20 años y todavía no lo sabía todo ni tenía las respuestas para muchas cosas.
Poco antes de las 6 de esa tarde de sábado, Yenkis, Evie y otros tres amigos de su edad, junto con los padres de uno de ellos, ya habían salido del cine y se encontraban en la calle pasando el rato, esperando la llegada de alguien.
Mientras Evie y los otros tres jóvenes charlaban sin parar, Yenkis estaba entre medias, muy callado y tenso, y algo preocupado. Le sentaba fatal haber mentido a Hana y a su padre, y por otro lado le daba miedo que algo saliera mal y lo descubriesen. Pero no dejaba de convencerse a sí mismo de que era por una razón de peso. Necesitaba hacer esto. Necesitaba conocer la verdad de una vez por todas, y lo iba a hacer de forma completa.
Evie no sabía que Yenkis había mentido a Hana y a su padre sobre con quién iba a hacer el trabajo escolar y dónde, el chico no había querido hacerla cómplice, por eso ella creía que todos sus nervios se debían solamente al plan arriesgado que su amigo pretendía realizar.
—Chicos, creo que ya vienen a por vosotros —les indicaron los señores Fujimoto a Yenkis y a Evie, señalando un coche grande negro que se detuvo en el aparcamiento al otro lado de la carretera.
Cuando el conductor de aquel vehículo se bajó y comenzó a caminar hacia ellos, Yenkis tragó saliva, y se forzó a sí mismo a apagar todos los indicadores de su cuerpo que pudieran delatarlo, por lo que de repente se relajó y adoptó una actitud de lo más natural e inocente.
—Un honor conocerlo en persona, señor Nonomiya —saludaron el señor y la señora Fujimoto con una inclinación respetuosa.
Pero se sorprendieron cuando Hatori les hizo la misma inclinación con el mismo nivel de respeto.
—Les agradezco haber cuidado de mi sobrina hoy —les dijo.
Su tono de voz era tan serio como su mirada afilada, la cual causaba una sensación fría por el color azul hielo de sus ojos. Impresionaba e intimidaba. Pero a los Fujimoto les asombró el contraste de las expectativas. La educación de Hatori era exquisita. Y humilde. A pesar de ser ahora una de las personas más importantes del país.
—Ha sido todo un placer. Los chicos se han divertido mucho hoy —sonrió el señor Fujimoto—. Bien, pues, nosotros ya nos vamos.
Después de que se despidieran todos, los Fujimoto se marcharon con su hijo Ichiro y con los otros dos jóvenes por otro lado, mientras que Yenkis e Evie permanecieron ahí con Hatori. Cuando su mirada afilada se posó sobre él, Yenkis sintió un extraño escalofrío. Pero la causa no fue la impresión que le daba su semblante. Fue algo físico, e invisible. Por un instante, Yenkis sintió estar delante de algo que no formaba parte de este mundo ni de esta realidad. Por un instante, sintió que, si parpadeaba, iba a desaparecer.
Imaginaciones o no, sin duda Hatori lo estaba taladrando con la mirada. No obstante, el chico se sobrepuso como pudo y se ciñó a su papel, por lo que saludó al ministro con la inclinación adecuada.
—Encantado de conocerlo, señor Nonomiya. Gracias por aceptarme hoy en su casa. Soy Yenkis Vernoux, compañero de clase de Evie, y del grupo de música, y...
—Tranquilo, Kis, ya sabe muy bien quién eres —lo frenó Evie, sonriendo.
—No. Ni idea —declaró Hatori.
—¿¡Qué!? —exclamó la chica—. ¡Pero si te he hablado de Yenkis cincuenta mil veces, todas las veces que te cuento cosas sobre el colegio y mis amigos, o sobre nuestro grupo de música!
—Ah, ¿sí? —dijo desinteresadamente—. ¿Tienes un grupo de música?
A Evie se le hinchó una vena en la frente y le clavó una mirada fiera. Fue a darle un empujón, pero Hatori le estampó una mano en la cara y la desvió a un lado como quien se quita de en medio un chihuahua molesto.
—Vete yendo al coche y lleva la mochila de nuestro invitado al maletero —le ordenó, dándole las llaves.
Evie refunfuñó mientras cogía la mochila de su amigo y se fue yendo hacia el aparcamiento.
—¡Oh, no! ¡No es necesario que me la lleve ella! —se apuró Yenkis—. En todo caso, debería llevar yo tanto la suya como la mía.
—Que un hombre sea un caballero con una mujer es tan correcto y noble como que una mujer también realice actos de cortesía con un hombre, atendiendo por supuesto a las capacidades de cada persona. Si tu mochila pesara demasiado, no dejaría que Evie cargara con ella, pero como no es el caso, ella debe cumplir su papel de anfitriona, llevando la bolsa de nuestro invitado.
Yenkis se quedó callado. La verdad, no encontró fallos en su lógica. Si Evie fuera un chico, vería muy normal que llevara el equipaje de un invitado. No sabía por qué le tendría que chocar tanto si lo hiciera siendo chica. El peso no era problema porque Yenkis había traído muy pocas cosas. Entonces, cuando el peso, la dificultad o el esfuerzo no era impedimento ni para una mujer ni para un hombre realizar una acción de cortesía, para Hatori primaba realizar la acción de cortesía a quien correspondiese, sin importar quién era hombre o mujer, o un niño, o adulto o anciano.
«Caray, sí que es estricto en la correcta educación equitativa» pensó Yenkis. «Oh, no… Papá me ha enseñado muchas cosas de correcta educación, pero ¿serán suficientes? Espero estar a la altura. Por nada en el mundo debo permitir que Hatori tenga una mala imagen de mí».
—Así que, Yenkis Vernoux —le habló Hatori de repente—. No sólo eres uno de los mejores amigos de Evie, compañero de clase, y el vocalista y guitarrista de vuestro grupo de música desde hace casi tres años. También eres su vecino, ¿no es así? Eres de la familia Vernoux, que vive en la casa de al lado de mi cuñado y hermana.
—Oh… —Yenkis se quedó algo cortado, porque resultaba que Hatori sí escuchaba a su sobrina—. Aeh… Sí, así es, señor.
—¿No deberías proporcionarme el número de contacto de tus padres, por si ocurriera algo y tuviera que llamarlos?
—Oh, ah… ¡Sí! —se apresuró a sacar del bolsillo un papelito doblado y se lo tendió—. E-este es el número de Hana Kotobuki. Es la pareja de mi padre. Puede llamarla para lo que quiera.
Hatori cogió el papelito y se quedó pensativo unos segundos, asimilando ese dato sobre el estado civil del padre de Yenkis.
—La pareja de tu padre… ¿vive en tu casa y es oficialmente alguien que se encarga de ti igual que tu padre? ¿Tiene ella la autorización de tu padre para ser responsable de ti?
—Sí, señor. Le… le doy el número de ella porque es mucho más fácil contactar con ella. Mi padre es un hombre muy ocupado la mayor parte del tiempo, tanto que incluso este sábado se encuentra trabajando en su empresa.
Hatori volvió a quedarse pensativo unos segundos.
—Bien —dijo finalmente, guardando el papelito en su chaqueta.
Dio media vuelta y fue marchando hacia el aparcamiento sin más. Yenkis se dio cuenta de que su conversación había terminado ahí y se apresuró a seguirlo hasta el coche. «Vale. Parece conforme» pensó el chico, suspirando aliviado. «Espero que no se le ocurra llamar a Hana en ningún momento y que no haya nada que le dé motivos, o será mi sentencia». Al subirse al coche, recordó enviarle a su padre un mensaje diciéndole que todo estaba bien y que ya estaba de camino a la casa de los Fujimoto.
* * * * * *
En casa de Brey, todos estaban pasando una tarde de relax, después de haber hecho planes de ocio por la mañana. En un momento dado, mientras Brey recogía la cocina, Cleven bajó a la calle a tirar la basura. Al salir del portal, se encontró a Drasik haciendo lo mismo, caminando ya hacia los contenedores de la acera. Sin embargo, a mitad de camino, se le rompió la bolsa y se le cayó media basura fuera. Al darse cuenta, Drasik se quedó unos segundos mirando el estropicio, y luego se llevó las manos a la cara, tratando de calmarse, pero no pudo contenerse y gritó con una rabia que por un momento asustó a Cleven.
—Fuck my life! —exclamó el chico mientras le daba una patada a la bolsa.
—Con esa actitud es imposible que las cosas te salgan bien —le dijo Cleven, acercándose a él con una sonrisa suave.
Drasik se dio la vuelta y la miró sorprendido. Cleven se agachó y, usando un pañuelo, recogió la basura del suelo y volvió a meterla en la bolsa rota, y la cerró con un nudo. Entonces, fue ella misma a los contenedores a tirar tanto su propia bolsa como la de él. Cuando regresó hasta él, Drasik relajó los hombros, y se quedó algo cohibido.
—Ya… gracias.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó Cleven entonces.
—¿Eh? —se sorprendió de nuevo, pero empezó a ponerse nervioso—. Pues sí. ¿Por qué preguntas?
—Parecías… extremadamente estresado hace un momento —se encogió de hombros.
—¿Extremadamente? —casi rio, intentando restarle importancia.
—Bueno, sí… Es que… este continuo contraste tuyo se nota bastante, Drasik. Ayer lo pasamos bien todos juntos en la merienda-cena en casa de Mei y Kyo y parecías estar perfectamente. Y ahora… sueltas otra vez esas pequeñas explosiones de rabia por motivos absurdos.
—¿Y? —replicó él, procurando sonar indiferente, pero se notó en su voz un deje molesto.
—Pues que llevas dos semanas así y dice Kyo que nunca habías estado así tanto tiempo seguido. Anda un poco preocupado, sólo eso.
—Pfff… —hizo un aspaviento, sonriendo impasible—. No me des tú también la tabarra con eso, princesa. Kyo está alucinando, viendo problemas donde no los hay. A lo mejor es porque deberíais ocuparos de vuestros propios problemas.
Cleven lo miró molesta, por su tono y por llamarla así otra vez.
—Oye. Princeso. Sólo te he comentado que tu amigo anda un poco preocupado por ti por tus constantes cambios de humor. Nadie te está criticando. Al contrario. Si tienes algún problema, tienes amigos dispuestos a ayu-…
—Cleven… —la interrumpió enseguida, alzando un poco las manos con un gesto ansioso, y puso una mueca de contención; respiró hondo—. Yo nada más quería tirar la basura en paz.
—Tú mismo te has perturbado esa paz.
—Pues a lo mejor prefiero que se me rompan diez bolsas de basura antes que tenerte aquí dándome la charla.
—¿Pero qué charla? Sólo te pregunté si te encontrabas bien, y a partir de ahí te has puesto a la defensiva.
—Princesa, sé que a veces no te percatas, pero es que a veces preguntas y hablas más de la cuenta, ¿sabes?
—Cuando te pones así, te vuelves insoportable, Drasik —se enfadó ella, ofendida por lo que él le había dicho, porque, para ser francos, no era la primera persona que la acusaba de meterse demasiado donde no debía—. Lo que no puede ser es que estés día tras día cambiando de actitud constantemente. Haces difícil… no, haces que sea imposible saber cómo tratarte o entenderte. Y eso es porque no te da la gana de sacar afuera lo que quiera que te pase. ¡Si tienes un problema, suéltalo de una vez!
Drasik no dijo nada. Pero le temblaban un poco los labios, como si quisiera decir algo.
—¿Es por esto? —Cleven señaló su brazo derecho, concretamente, su antebrazo todavía vendado.
—¿Qué? —Drasik dio un paso atrás, girándose, para esconder el brazo de ella.
—Dijiste que te hiciste un esguince. ¿No se te está curando aún? ¿Todavía te duele y por eso te pones de mal humor, y te lo callas dentro porque quieres hacerte el fuerte o algo?
Drasik no respondió, estaba al borde de los nervios, porque, aunque Cleven no estaba acertando con las palabras, sí estaba acertando con la idea. Si alguien descubría lo que le estaba pasando a su tatuaje iris, para él sería la ruina.
—No seas cabezota y deja que mi tío Brey te lo examine —insistió Cleven, esta vez, manteniendo un tono más dócil—. Él ya ha hecho docenas de prácticas con esguinces y fracturas —hizo un amago de tocar su brazo—. Sabes que se le da muy bie-…
—¿¡Y si por una vez dejas de meterte en los problemas de los demás y te vas a la mierda!? —exclamó de pronto, volviendo a apartarse de ella con el brazo por detrás.
Reinó un silencio pesado por el patio ajardinado frente al edificio. Cleven se quedó inmóvil ante esa reacción, y asustada. Pero no por el grito. Fue la mirada de Drasik la que, por un momento, emitió algo oscuro y cruel. Sin embargo, al cabo de unos segundos, Cleven divisó otra cosa más en sus ojos, y era un Drasik más asustado que ella. Aun así, ella captó el mensaje por fin y, sin decir nada, se fue caminando de vuelta al portal.
Drasik soltó un resoplido arrepentido, y se llevó las manos a la frente, haciendo lo posible por controlar ese torrente de emociones negativas con su iris.
—Cleven… Lo siento —le dijo antes de perderla.
Ella se detuvo y se giró para mirarlo.
—Lo siento, me he pasado de idiota, no quería gritarte —insistió él—. Es que… no sé… Bueno…
Respiraba angustiado y avergonzado, y sin saber cómo arreglarlo. Cleven siguió mirándolo fijamente un rato. Notaba cosas. Sentía cosas ocultas. Las veía. Lo que pasa, es que Cleven había perdido la práctica tras siete años con esa parte de sí misma borrada de su memoria, y lo que tenía muy oxidado, era saber meterse donde no la llamaban con más cautela y astucia; proceder con más cuidado la próxima vez.
—¿Vienes mañana a natación? —le preguntó ella.
—¿Qué?
—Te apuntaste a natación. ¿Recuerdas? El domingo pasado tuvimos la primera práctica, pero no viniste porque no te encontrabas bien… ¿Vas a venir a la práctica de mañana?
Drasik seguía con la boca entreabierta, intentando asimilar este cambio de conversación. No sabía si sentirse aliviado o no de ver que Cleven parecía no estar enfadada ni nada. Era verdad, la natación… Sinceramente, por más que le gustaría ir mañana, esta vez no iba a poder, y no por un motivo de su estado humor, sino por trabajo.
—Eh… No, no podré ir mañana tampoco. Tengo un recado muy importante que hacer… Ya iré el próximo domingo.
—Bueno —asintió Cleven—. Pues… hasta otra.
Se despidió con naturalidad y se marchó de vuelta a casa. Drasik se sintió mucho más tranquilo después de eso. La verdad es que no sabía si Cleven lo había adivinado o no, pero eso era justo lo que necesitaba sentir. Ella tenía motivos para irse cabreada, pero en vez de eso, optó por apaciguar la situación. Drasik lo agradecía. No obstante, eso no quería decir que la paciencia de Drasik no se estuviera agotando ya. La paciencia consigo mismo.
Por otra parte, cuando Brey salió de la cocina, comprobó que los niños seguían ahí tranquilos, cada uno a lo suyo. Daisuke estaba jugando a los videojuegos frente a la tele, y Clover, una vez más, se encontraba sentada frente al piano, cabizbaja, tocando notas al azar. Otra vez, repitiendo ese mismo comportamiento de ayer, confundía a Brey.
Y no sólo eso. Desde ayer hasta ahora, había estado notando que Clover lo estaba evitando. Ayer en la merienda-cena, y hoy durante el ocio, se comportó cálida y cercana con todos los demás, pero cada vez que él se había acercado a ella, a Clover se le apagaba la sonrisa y se volvía retraída y distante. Lo primero que Brey pensó, fue que Clover debía de haber hecho algo malo, y se portaba distante con él porque estaba avergonzada. Decidió que era hora de averiguar qué problema simple y trivial tenía, para darle su fácil solución.
Al verlo venir, Clover no hizo nada, tan sólo siguió mirando el teclado y tocando desinteresadamente algunas notas al azar con un dedo tímido. Brey se sentó a su lado, ya que la banqueta era bastante larga.
—¿No quieres merendar nada, enana? ¿No te apetece un yogur o algo?
La niña negó con la cabeza, sin mirarlo.
—Hmm… ¿Quieres aprender una melodía nueva? Estarás aburrida de tocar las mismas —insistió Brey, preparando una mano sobre el teclado, pero la niña volvió a negar—. Hm. Ya sé lo quieres. Ir a la cafetería a comer algún pastel, ¿verdad? Pero podemos ir otro día, no podemos estar toda la vida yendo allí. —Clover hizo un leve encogimiento de hombros—. ¿Qué te parece… si nos vamos Dai, tú y yo un rato al parque, antes de que se haga de noche? Podemos jugar a lo que queráis. —Clover negó con la cabeza—. ¿Seguro? Hace nada te quejabas porque no tenía tiempo de jugar con vosotros. ¿Sabes qué te digo? Que hoy me da igual lo que sea, ¡hasta estoy dispuesto a dejar que me maquilles!
Esta vez, Clover alzó la vista y miró a su padre unos segundos. Detrás de sus ojos había un poco de emociones opuestas. Parecía que, por un lado, esa última proposición despertó una pequeña sorpresa e ilusión en ella. No es que Brey fuera la persona más estricta, seria y fría del mundo, pero solía serlo bastante, y la mayor parte del tiempo, porque así era su manera natural de ser. Aun así, de vez en cuando podía sacar una faceta más cálida y relajada, una faceta que había procurado ir entrenando en los últimos años, porque tanto Agatha como Mei Ling le habían señalado repetidas veces la importancia que eso tenía para los mellizos. Por eso, esta actitud más cálida y relajada de su padre, aunque no era desconocida para Clover, siempre era una grata sorpresa.
No obstante, la niña volvió a agachar la cabeza y a negar.
Brey se quedó pensativo, analizando sin parar los pocos gestos que hacía, el tipo de respuesta, la demora o la rapidez en responder… Su iris siempre le había facilitado detectar problemas delatados por los microgestos o las reacciones porque para eso existía, para detectar los engaños, los impulsos, las intenciones y comportamientos de los criminales humanos y así verlos venir o frenarlos a tiempo, o adelantarse a ellos y salvar vidas. Brey no tenía la culpa de ver el mundo con este filtro porque había nacido con él. Era fácil calar a los criminales, o a la gente humana en general, cuando escondían emociones evidentes, apresuradas por una situación de peligro o por un plan a punto de ejecutarse. Lo que ya no era tan fácil, era adivinar emociones más profundas, bien escondidas en una situación de calma y quietud, aparentemente sin razón lógica. Esta era la parte de los humanos que a Brey se le escapaba.
—Dime… ¿se ha portado mal algún compañero de clase contigo? Normalmente, es lo primero de lo que tu hermano me informa nada más llegar a casa. Pero quizás… ¿ha pasado algo que Dai no sabe?
Clover no respondió ni hizo nada. Se quedó mirando el piano sin más.
—Me lo puedes contar a mí —insistió Brey—. Si has pegado a otro niño, te prometo que no me enfadaré, siempre y cuando hablemos de ello. Y si es otro niño el que te ha hecho daño a ti, es mejor que me lo digas. Te puedo aconsejar qué hacer. El colegio puede darte a veces un mal día, y no pasa nada, es normal, mientras no permitas que ese mal se repita y lo afrontes positivamente.
La niña siguió sin darle ningún tipo de respuesta. Y aquí Brey empezó a darse cuenta de que estaba ocurriendo algo distinto. Conforme un niño crecía, iba a ir presentando problemas más complejos que un simple dolor de tripa o un capricho negado. Pero esto él aún no lo concebía porque consideraba que los mellizos aún eran demasiado pequeños. Le había costado unos 3 o 4 años obtener el control total sobre ellos y sus necesidades, y ahora, estaba notando que se le volvía a escapar.
Ahora, el que se quedó callado mirando el piano fue Brey, sintiéndose, para su disgusto, igual que como se sintió a los 15 años: perdido, inseguro, sin saber qué hacer. Si no eran los motivos simples de la lista, ¿qué era?
—¿Eres tú quien le ha dicho a Jannik… —Clover cortó el silencio de repente, sin levantar la cabeza—… que dejase de ser mi amigo?
—¿Eh? —Brey la miró con sorpresa.
—Ayer, en el recreo… me dijo que ya no podía ser mi amigo. Que ya no podemos vernos ni hablar ni nada.
¿Se trataba de eso? Esto pilló a Brey un poco desprevenido. La verdad es que no esperaba que Jannik fuera a cumplir de forma tan rápida y de sopetón la petición que le hizo anteayer de que dejara de hacer amistades con su hija, porque no quería a más iris relacionándose con los mellizos, aparte de los de la KRS. ¿Será que Jannik se había puesto en su lugar como iris, lo había entendido desde su mismo punto de vista racional y había decidido cumplirlo sin más? Bueno, al menos era lo que Brey quería.
—Hm… —suspiró—. Clover… Es mejor que hagas otro tipo de amigos. Con los de tu clase, por ejemplo, que tienen tu misma edad y puedes estar más tiempo con ellos jugando a cosas normales. Jannik es un niño… que encaja mejor con los de su edad, y… —no sabía muy bien cómo seguir explicándoselo.
—Los niños de mi clase dicen que soy rara —murmuró Clover.
Brey no dijo nada. Pero oír eso también le chocó. Dudaba que fuera cierto. Para él, Clover era la niña más linda del planeta, y simpática, y agradable, a veces bruta, y tan normal como cualquier niño. ¿Quién en su sano juicio no querría ser amigo de ella? Vale, quizá, a veces Clover tenía algunas rarezas, pero ¿qué niño no las tenía? ¿Qué niño no hablaba a veces con seres imaginarios, o se quedaba mirando al infinito durante un par minutos, o inventaba extrañas historias sobre cualquier objeto que tocaba, a veces espeluznantes?
—¿Quién te dice eso? ¿La misma niña que criticó tu peinado una vez?
Clover no contestó, en vez de eso miró para otro lado, sonrojándose con vergüenza. Este gesto Brey supo leerlo. Al parecer, se lo decía más de un niño.
—No dejes que eso te ofenda, Clover. Hacer amigos es un proceso de varias semanas o meses, y tú aún estás en el principio. Los niños de tu clase… aún no entienden muy bien la persona que eres. Pero están en proceso de entenderte. Dales tiempo, y ya verás que un día, de repente, uno de ellos se te acercará y le interesará lo que haces y le gustará cómo eres.
—¿Como Jannik? —apuntó ella.
Brey volvió a quedarse callado. La verdad es que ni él sabía cómo argumentar contra eso. Realmente parecía que Jannik y Clover tenían muchas cosas en común, a pesar de las casi imposibles probabilidades de que un Knive pudiera congeniar con alguien. Por eso, para Brey era difícil de entender esto.
—¿Qué tiene Jannik de malo? —preguntó ella.
—Pues… no tiene nada de malo, es sólo que prefiero que hagas otros amigos.
—¿Por qué has tenido que obligarlo incluso a pedirme de vuelta su regalo?
—Su… ¿Qué? —frunció el ceño.
—El regalo que me dio. El cazasueños de plumas rojas. Era un regalo especial… —murmuró cabizbaja—. Me gustaba mucho…
—¿Te ha pedido que le devolvieras esa cosa? —se sorprendió otra vez.
Brey no podía negar que esto le dio otro alivio. A pesar de que sabía que aquel objeto que Jannik le dio a Clover era un artilugio Knive pero totalmente inofensivo –porque, de no serlo, habría matado o sometido a Clover a un coma sólo con tocarlo unos segundos o minutos como podía pasar con otros talismanes Knive–, la verdad es que prefería que Clover no tuviera algo así. Por si acaso.
Ahora, la cuestión que no le encajaba, era que él no le había dicho a Jannik nada de recuperar su talismán. Supuso que había sido decisión del propio Jannik, pero Brey no entendía muy bien la razón. Pensaba que, aunque Jannik había obedecido su petición de cortar la amistad, le dejaría a Clover quedarse al menos con ese obsequio. Pero, claro… Brey ignoraba que la única razón por la que Jannik había cortado su amistad con Clover y recuperado su amuleto era porque Denzel le había ordenado estrictamente hacer ambas cosas.
—¿No podías dejar siquiera que me quedase con su regalo? —Clover levantó la cabeza por fin y lo miró directamente a los ojos con expresión de enfado y tristeza.
Esa mirada impactó a Brey de manera especial. Esto era distinto, esto era algo desconocido. Tal como Brey le explicó a Lex el otro día, Clover solía expresar su enfado de la misma forma en que solía hacerlo Hideki, o el propio Lex, o él mismo, y le reconoció a su sobrino que Clover había llegado a darle escalofríos con sus miradas de enfado. Pero seguían siendo enfados por motivos simples, porque Brey la había regañado por algo, o porque no le había dejado comer pastel, o cosas así.
Esta vez, fue algo totalmente diferente y Brey lo sintió por todo el cuerpo. No fue un escalofrío. Fue una sensación de impotencia y culpa. Lo que Clover expresaba con sus ojos era una tremenda decepción con él, y esta le afectó por primera vez, porque sentía que, esta vez, ella tenía una razón de peso. Brey jamás se había esperado que algún día uno de ellos lo miraría de esa forma. Acostumbrado a que lo adorasen, a que se les pasasen los enfados en cuestión de segundos…
Si había algo que a un iris le doliese más que ver a alguien ajeno haciendo cualquier tipo de daño a un ser querido, es ser él mismo el causante de ese daño.
Aquí Brey se vio verdaderamente perdido. No sabía qué decir o qué hacer. Había subestimado los sentimientos de Clover, los había herido. Había fallado a su confianza. Había decepcionado a su hija. Notaba que, si abría la boca para intentar otra vez persuadirla con las mismas explicaciones baratas de antes, abriría una grieta más grande entre él y ella. Clover ya no era tan ingenua e inocente como el año pasado. No podía esperar que, al paso de los años, ellos siguieran conformándose con sus explicaciones, órdenes o persuasiones. Especialmente ellos, que eran más listos que los demás niños de su edad.
Se sintió atascado. Porque se sentía avergonzado. Y era tan ilógico para él sentirse así, que necesitaba un rato para procesarlo y entenderlo. Para él, sentir emociones naturales seguía siendo terreno desconocido. Para él y para el resto de la Asociación. Para empezar, no se entendía aún por qué Brey nació iris, así como tampoco se entendía por qué, si su mente nació supuestamente incapaz de sentir por sí misma emociones naturales, las había llegado a sentir alguna que otra vez solamente en casos relacionados con los seres que más quería. Un ápice de humanidad, en una mente no humana. Como si una máquina comenzara a desarrollar algunas células orgánicas en su interior.
—¿Por qué… es tan importante para ti tener un amigo como Jannik? —quiso comprender Brey.
—Era la única persona del mundo aparte de Daisuke que podía entenderme de verdad —murmuró ella, y se bajó de la banqueta, marchándose al centro del salón. Se arrodilló frente a la mesita baja y siguió pintando en las hojas donde ya estaba pintando antes, sin muchas ganas.
Esa frase le dolió. Y la sintió injusta, porque, ¿cómo iba Jannik a ser alguien que entendía a Clover mejor que él? Brey la había criado desde que era una recién nacida hasta ahora, había estado literalmente cinco años sin despegarse de ella. Había curado sus fiebres, vómitos, dolores, pesadillas y miedos, y había atendido todas y cada una de sus necesidades alimenticias, de higiene, de abrigo, refugio y educación e incluso no pocos caprichos.
Había jugado con ella, la había felicitado por sus logros y regañado por sus errores, habían dialogado sobre muchas cosas respecto al buen comportamiento, la seguridad y el deber… ¿Y si le había faltado dialogar más sobre otras cosas, esas otras cosas que Brey había visto tan absurdas o irrelevantes? Clover tenía, por ejemplo, la afición de coleccionar objetos desde que tenía año y medio, lo cual él siempre vio como una tontería. Pero para ella… era importante.
Estaba ocurriendo lo que siempre más había temido. Había tenido pleno éxito en cuidar sus necesidades superficiales, pero estaba fallando en cuidar su humanidad interior. Algo en lo que Mei Ling siempre solía ayudarlo mucho, a pesar de que no era fácil –y de ahí las habituales discusiones entre ambos–. Y todo porque él era un iris nato, un ser inhumano, insensible, raro, frío… Hacía tiempo que Brey no se sentía tan mal consigo mismo. A veces se hartaba. A veces le agotaba ser así, y deseaba haber nacido como el resto de la gente. Clover y Daisuke merecían tener un padre más humano.
Tal vez Brey lo estaba pensando en exceso o viéndolo más grave de lo que era. Pero es que tampoco había que olvidar que, iris o no, él seguía siendo un chico de 20 años y todavía no lo sabía todo ni tenía las respuestas para muchas cosas.
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