Seguidores

2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __









90.
La aparición

«¡Oh, mierda!» se apuró Cleven, bajando a toda prisa al rellano de la cuarta planta y escondiéndose en una esquina justo a tiempo. Dos segundos después, Yako pasó veloz bajando las escaleras. Entonces, Cleven dio unos pasos para volver a subir y ver a su tío, pero se paró de repente, se quedó pensativa, dudando un poco. Si quería ayudar a su tío en todo este embrollo, necesitaba enterarse de toda la información posible. Necesitaba saber qué iba Yako a acordar con Riku, si es que conseguía acordar algo. Por eso, decidió bajar las escaleras para ir tras el Zou y ver si podía escucharlos detrás de algún árbol o algo.

Brey no podía creerlo. Si creía que la situación no podía ser peor, ahora lo era. Porque ese pensamiento era el peor de todos. Había dejado entrar a su casa a un criminal, o a alguien maligno, y no había sabido verlo, ni sospecharlo, y le había dejado acercarse a los niños, incluso tocarlos… y eso para un iris era caer en lo más bajo.

Se agarró del pelo. Sus ojos volvían a estar desquiciados. Le dolía la cabeza, le ardía la piel, sentía el pecho aplastado bajo una roca, y náuseas…

—¡Brey, tranquilo! —se apuró Mei Ling, posándole una mano en el brazo, pero se dio un fuerte calambrazo—. ¡Ah!

—¡No! —se apartó él—. No… ¡No! Dejadme… Dejadme solo… No puedo…

Se asfixiaba. Necesitaba aire. Nunca había experimentado un ataque de ansiedad antes. Lo había visto en humanos, y en iris enfermos, y sabía lo que había que hacer, pero el dolor, la presión, la angustia, lo hacían imposible, su iris seguía sin responder y su mente no encontraba algo positivo a lo que aferrarse. Necesitaba aire. Y alejarse de todo. Cruzó el salón, salió por la terraza y saltó a la cima de algún edificio cercano, dejando atrás a Mei Ling y Eliam llamándolo.

El cielo estaba nublado, oscurecido, y caían alguna gotas. Pero ahí en las alturas, en la azotea del edificio, lejos del bullicio, las calles y, sobre todo, lejos de la casa donde acababa de perderlo todo, era el único lugar donde creyó que podía recuperar algo, aunque fuera un poco de cordura, de lógica.

Brey se apoyó con las manos en las rodillas, cerró los ojos y respiró aceleradamente. El cielo sobre él comenzó a emitir el rugido de algunos truenos. Su cabello se le fue poniendo en punta, cargándose de electricidad estática. Pero su iris no respondía ante esta caricia de su elemento. No podía quitarse de encima esas imágenes ficticias, esas ideas horribles que se le formaban en la cabeza, frenar esos temores. No podía impedirse a sí mismo imaginar que alguien le estaba haciendo algo terrible a Clover ahora mismo, que le estaban haciendo cosas innombrables, o matándola… Y que Daisuke, a causa de eso, viviría el resto de su vida cargando con un trauma incurable, y que se lo llevarían lejos de él y nunca más lo vería… nunca más vería ninguno de los dos…

Y ese maldito y molesto zumbido continuo que se oía en la lejanía, de varios helicópteros sobrevolando distintas partes de la ciudad, era inaguantable…

Brey descargó un alarido de ira y rabia, con el fin de ahuyentar esos pensamientos. El cielo descargó al mismo tiempo un relámpago, seguido del sonido del trueno. Luego se quedó otra vez todo en silencio. Sólo soplaba el viento, agitando su pelo y su camiseta. Sin embargo, a los pocos segundos, oyó un ruido nuevo tras él. Las piedras de la azotea crujieron un poco.

Cuando se giró para ver, creyó haber perdido definitivamente la cabeza. Allá, a unos metros, había un hombre joven, vestido con pantalón formal negro y camisa blanca. Era un poco más grande que él. Pero tenía sus mismos ojos verdes, el mismo cabello rubio, incluso su rostro se parecía bastante al suyo. Tenía un aro de plata en el centro del labio inferior, y su cabello estaba formado por largas rastas bien cuidadas, recogidas por detrás con una cinta.

Brey pudo estar como un minuto entero ahí paralizado, mirándolo sin pestañear. No tenía modo de determinar si era real o no. Estaba mareado, incluso veía algo borroso, y el dolor en su cabeza persistía.

Sin embargo… si pudiera ser real… si al menos esto pudiera ser verdad…

—¿Eres tú de verdad? —apenas murmuró. El otro no respondió nada. Brey se giró del todo, intentando distinguir si era un espejismo o no—. Has… vuelto…

A pesar de que el otro no reaccionaba, Brey se aferró con todas sus fuerzas a la certeza. Era él. Había crecido unos centímetros más y su rostro era más maduro que hace siete años, pero era él, sin duda.

—Eres tú… Has vuelto… Has vuelto de verdad… —dijo Brey con voz quebrada, sintiendo al fin una pizca de alegría. Nunca había dejado de creer que algún día lo volvería a ver, que él algún día volvería a aparecer. Y si aparecía, tenía que ser porque había conseguido curarse de su majin. El resto del mundo había tirado la toalla con la posibilidad de que Izan regresara sano algún día, pero Brey nunca lo hizo. Caminó hasta él, sin salir de su desconcierto, con las manos extendidas hacia él—. Sabía que algún día… Lo sabía…

Brey lo agarró de los hombros. Ahora era casi tan alto como él. Era sólido, era real. No podía creerlo. Sólo quería abrazarlo. Pero ¿por qué él no decía nada? ¿Por qué lo miraba con esos ojos tan vacíos?

—Izan… ¿Dónde has estado todo este tiempo?

Izan apartó sus manos tranquilamente, manteniendo las distancias.

—Dime. ¿Estás sufriendo? —le preguntó entonces.

—¿Qué…? —le extrañó la pregunta, pero pensó que esta era una oportunidad magnífica, su hermano mayor no había podido volver en mejor momento—. Sí… Ha pasado algo horrible… Izan… Necesito tu ayuda, por favor… Tengo una hija… Alguien se la ha llevado, tengo que encontrarla, tengo que salvarla…

—No puedo ayudarte con eso.

—¿Qué? ¿Por qué no? Estás aquí, acabas de llegar, tiene que significar que lo has conseguido, has conseguido poner a raya tu majin… Has aparecido justo cuando me ha ocurrido lo peor que…

—Es culpa tuya —le interrumpió. Brey se quedó trastocado ante esa frialdad—. Tenías dos opciones. Y elegiste esta. Esto es lo que pasa cuando te enlazas emocionalmente a los demás. En un mundo como este, podrido, enfermo, no hay forma de mantenerlos a salvo para siempre. Tarde o temprano este mundo engullirá a todos los que amas. Y te destrozará. Por elegir amarlos.

—Izan… ¿Qué estás diciendo? ¿Por qué hablas así? Tú nunca…

—Paga las consecuencias, Brey. Tú y todos deberíais aprenderlo de una vez. No hay final en la lucha de la Asociación, nunca se solucionará el problema del mal excesivo de este mundo. Es perder tu energía, tu cordura y tu tiempo. No hay que combatirlo, hay que aceptarlo. Este mundo físico, y la vida que se te dio, son regalos demasiado preciosos para malgastarlos, sacrificándote por otros, arruinándote una y otra y otra vez…

—Izan, para…

—Pero tú nunca podrás entenderlo. No estás hecho para entenderlo. Naciste sin parte humana en tu mente, por tanto, naciste sin la capacidad de cambiar de opinión, cambiar tu interior. Eres invariable. Y por eso… Brey… lo que sientes ahora no es nada comparado con el nuevo mundo que viene. No durarás en él ni dos días. Si quieres un último consejo de tu hermano mayor… te aconsejo que te evites el sufrimiento que sin duda te espera.

—¿Qué…? —musitó.

No quería creer lo que estaba oyendo, y que esas palabras salieran de su boca. No… no era él, ese no era Izan… no era su hermano… No se había curado. Al contrario; había sucumbido del todo.

Pero para cuando Brey se dio cuenta de esto y del peligro que significaba, teniendo en cuenta lo que ocurrió la última vez que estuvo cerca de él durante un grave brote de majin, algo extraño atrapó su mente. Un contagio… de la más pura desesperanza… empezó a inundar el poco juicio que le quedaba. Un contagio que su iris destrozado no pudo ni identificar siquiera. Se fue la lógica, se esfumaron los motivos. Ya no había razones para seguir en pie. Ese vacío que emanaba de los ojos de Izan se propagó hacia él.

Brey dejó de estar consciente. Permanecía con los ojos abiertos, solo que él ya no estaba. Todo a su alrededor se volvió aún más difuso. Perdió la noción del tiempo. Pudieron pasar algunos segundos, o muchos minutos, pero Izan ya había desaparecido en algún momento, y hora estaba solo, en esa azotea, a 40 metros de altura.

Todo dentro de su mente desapareció, excepto un último deseo. Izan le aseguró que este sufrimiento era el principio de uno mucho peor por venir. Había perdido a Clover y a Daisuke en el mismo día, había fracasado como iris, como padre, como persona, como existencia. Una voz en su cabeza dijo: “No más”.


En esos momentos, Riku se acababa de marchar con Daisuke en un vehículo. Yako, que había estado hablando con ella, ya se había quedado solo en la calle. Bueno, no del todo solo. Cleven seguía por ahí escondida tras una de las jardineras de los árboles que decoraban el patio frontal del edificio. Había conseguido escuchar lo suficiente, pero el rostro de Yako ya expresaba una señal de fracaso.

No es que Riku le hubiera dicho un no rotundo, pero tampoco había accedido del todo. Ella tenía sus razones, estaba haciendo su trabajo, cumpliendo la ley, y por hacer favores así, podría perder su empleo y arruinar su carrera. Yako intentó convencerla de que él se comprometía a ayudarla en caso de que esto la metiera en un problema con sus jefes, ya que él, que estaba finalizando su carrera de Derecho, ya tenía bastantes contactos en el mundo judicial que podían ayudarla a suavizar cualquier posible sanción, y salvar su empleo.

Claro que Riku, a pesar de que quería ayudar a Brey también, tampoco tenía razones para confiar en este chico que acababa de conocer y si de verdad tenía suficiente influencia para eso. Con todo esto, Riku se había marchado con la duda, sin una respuesta definitiva. Y esto dejó a Cleven pensativa.

Yako, pues, dio media vuelta para regresar al edifico y volver con Brey.

No obstante, una voz de alarma en su cabeza lo paró de golpe. Primero se oyó lejana y débil, y después se fue haciendo más clara. «“Yako… contesta… ¡Yako! ¡Responde!”».

«¡Ah! ¿Q…? ¿¡Qué ocurre!?» se asustó al reconocer la voz de Alvion, y oírlo de esa forma tan agitada y urgente era bastante preocupante. «¿Por qué parece que lleva rato intentando comunicarse con mi iris sin éxito? ¿¡Se encuentra bien!? ¡Su salud…!» le preguntó.

«“¡Olvídate de mi salud, niño! Responde rápido, ¿sabes dónde está Brey ahora? ¿Puedes ir a buscarlo?”».

«E… Estoy en su casa ahora, precisamente. Bueno, estoy subiendo ahora a su casa, pero sí, llevo un par de horas con él. Ha ocurrido algo terrible, Alvion, alguien ha…».

«“¡Yako, no hay tiempo!”» le interrumpió. «“¡Ve ahora mismo a buscarlo! ¡Su iris no me responde! ¡Aún tengo conexión con él, pero no responde a mi control, no me oye en su mente!”».

«¡Oh, mierda! ¿¡Se ha desmayado o algo así!?». Yako subió a la quinta planta lo más veloz que pudo.

«“No, sigue despierto, pero está a punto de quebrantar la Tercera ¡y no puedo frenarlo!”».

—¿¡¡QUÉ!!? —gritó Yako con horror.

«“¡Frénalo, Yako! ¡Encuéntralo y frénalo!”».

—¡¡Brey!! —lo llamó nada más entrar en la casa, y encontró a Eliam y a Mei Ling junto a la puerta de la terraza.

—Yako, ¡se marchó hace un rato! —le informó Eliam de inmediato, señalando al exterior—. Dijo que quería que lo dejásemos solo, no nos hacía caso…

—¡Se marchó hacia arriba, saltó hacia las alturas! —le indicó Mei Ling.

—Mierda… ¡Mierda! —Yako salió a la terraza y dio un gran salto hasta posarse en la azotea del edificio de enfrente.

Desde ahí, giró sobre sus talones, oteando los alrededores.

—¡Brey! —lo llamó, pero justo ahí logró divisarlo.

Estaba un par de edificios más allá. Lo que a Yako le arrancó el aliento fue ver que Brey había pasado al otro lado de la pequeña verja de seguridad de metro y medio, que recorría el perímetro de la azotea, y ahora estaba con los pies en el borde exterior, sujetándose a la verja tras él, mirando hacia el precipicio.

—¡No! ¡Brey! ¡Para! —Yako saltó a toda velocidad los edificios del medio y llegó hasta él.

Pero se frenó a una distancia, con miedo a provocar en él la reacción equivocada, pues no sabía en qué estado mental se hallaba exactamente. Jamás en su vida se había imaginado a Brey haciendo esto.

—Brey… ¡Brey! —lo llamó con cuidado—. No des ni un paso. Date la vuelta. Por favor, ven aquí conmigo, vuelve aquí…

Pero el rubio ni siquiera levantó la cabeza. Yako se quedó atónito, no es que le estuviera ignorando, es que no le estaba oyendo. Nunca había visto un fallo tan grande en la mente de un iris, del iris que se suponía que tenía la mente más fuerte. Quizá, habían estado malinterpretando esto. Un iris nato no era un iris perfecto. Era simplemente un iris que funcionaba de otra forma.

—¡Brey, nooo! —gritó con fuerza cuando vio sus manos soltando la verja.

Alzó una mano hacia él, e intentó mover las piernas lo más rápido que pudo, pero estaba a demasiada distancia para llegar a tiempo. Por una fracción de segundo, Yako revivió la imagen sangrienta de su padre siendo atravesado por una gran mano blanca con garras afiladas, y la imagen de otras personas muertas del pasado, que solían formar parte de su familia, Sai, Katya, Yousuke, Hideki, Emiliya…

Le invadió la furia ante esas memorias. Pero esta furia se transformó rápidamente en determinación. A Yako le brillaron ambos ojos de una intensa luz dorada.

Y algo inesperado sucedió. Brey se frenó de repente, como si algo lo hubiera sobresaltado, o despertado, y volvió a agarrarse enseguida a la verja. Se dio la vuelta. Su rostro expresaba algo de sorpresa. Pero lo que más expresaba, era consciencia y cordura. Entonces, encontró a Yako ahí a unos metros, de pie, mirándolo fijamente con sus ojos de luz.

Cuando Brey se dio cuenta de la situación, de lo que estaba pasando y de lo que había estado a punto de pasar, se quedó acongojado. No podía ser cierto. No podía creerse a sí mismo, que hubiera estado a punto de hacer algo que iba puramente en contra de ser iris. No era como si alguien le hubiera controlado la mente. Había sido realmente su propia decisión, solo que no había un iris en su mente suficiente para detenerlo. No había energía Yang suficiente, tal como Neuval había predicho antes. Hasta ahora.

—¿Acabas de…? —murmuró el rubio, tocándose la cabeza levemente, asombrado. Podía notarlo. Estaba ahí, conectado a él. Se sentía igual a Alvion, pero, al mismo tiempo, diferente.

No obstante, Yako caminó hacia él a zancadas, lo agarró de los brazos, lo levantó haciéndolo pasar por encima de la verja y lo tiró al suelo, para después ponerse sobre él y sujetarlo con fuerza. Su rostro y sus ojos de luz eran temibles, pero Brey no sentía ningún miedo, sino una admiración deslumbrada, como si estuviera bajo la luz de un ángel o de un dios.

—¿¡Qué diablos, Brey!? ¡No vuelvas a hacer algo así! —le gritó Yako, con lágrimas de rabia y alivio—. ¡Nunca!

—Yo… no sé qué me… —balbució, todavía confuso por ese tema—. Lo siento… No sé qué me ha pasado…

—Mierda, Brey… —sollozó más tranquilo, abrazándolo con fuerza, y sus ojos dejaron de brillar—. No tenía que haberte dejado solo, lo siento… ¿Has vuelto en ti? ¿Estás bien?

—Estoy… Me siento… más tranquilo… —dijo sorprendido, notando que el dolor de cabeza, la presión en el pecho, la angustia, todo se había ido, y su mente ahora estaba más despejada, su iris había recuperado algo de la energía perdida, lo suficiente para devolverlo a un estado más controlado, coherente. Las emociones irracionales, la desesperanza, los pensamientos intrusos, ya no estaban en la superficie.

—Pero… ¿por qué de repente? Joder, Rai, sé que eres un poco raro, pero esto se pasa de rosca…

—Yako… —lo llamó, incorporándose sobre el suelo, mirándolo fijamente—. ¿Es que no lo notas?

—¿El qué?

—Tu conexión… con mi iris.

Yako se quedó mudo con la boca abierta. Se percató ahora mismo. También lo notaba en su cabeza. Nunca había hecho algo así, era la primera vez que sucedía. Ni siquiera sabía que podía hacerlo, creía que era algo que un Zou tenía que entrenar durante años, como el control de todos los nueve elementos. Quizá fue porque era la única manera posible de salvar a Brey. Y de la necesidad nacía el poder.

A pesar de todo, había algo que molestaba a Brey. El rubio se puso en pie, y miró a su alrededor rápidamente, buscando a alguien, o algún rastro.

—Ha estado aquí de verdad… —murmuró.

—¿Brey? —lo llamó Yako, acercándose a él unos pasos, preguntándose qué le pasaba ahora que estaba tan ensimismado, todavía preocupado—. Brey… ¿podemos hablar de lo que ha pasado? Creo que es importante que lo hagamos…

El Den se giró hacia él y lo miró sin decir nada, un poco dubitativo. Si Izan realmente había estado ahí, podía más o menos entender lo que le había pasado. Pero no estaba seguro de querer contárselo a Yako, ni a nadie.

Sin embargo, en ese momento ambos recibieron una señal. Notaron los mismos pequeños impulsos energéticos en sus tatuajes sensoriales, transmitiendo un mensaje. Se miraron con sorpresa. Neuval los llamaba a reunión.









90.
La aparición

«¡Oh, mierda!» se apuró Cleven, bajando a toda prisa al rellano de la cuarta planta y escondiéndose en una esquina justo a tiempo. Dos segundos después, Yako pasó veloz bajando las escaleras. Entonces, Cleven dio unos pasos para volver a subir y ver a su tío, pero se paró de repente, se quedó pensativa, dudando un poco. Si quería ayudar a su tío en todo este embrollo, necesitaba enterarse de toda la información posible. Necesitaba saber qué iba Yako a acordar con Riku, si es que conseguía acordar algo. Por eso, decidió bajar las escaleras para ir tras el Zou y ver si podía escucharlos detrás de algún árbol o algo.

Brey no podía creerlo. Si creía que la situación no podía ser peor, ahora lo era. Porque ese pensamiento era el peor de todos. Había dejado entrar a su casa a un criminal, o a alguien maligno, y no había sabido verlo, ni sospecharlo, y le había dejado acercarse a los niños, incluso tocarlos… y eso para un iris era caer en lo más bajo.

Se agarró del pelo. Sus ojos volvían a estar desquiciados. Le dolía la cabeza, le ardía la piel, sentía el pecho aplastado bajo una roca, y náuseas…

—¡Brey, tranquilo! —se apuró Mei Ling, posándole una mano en el brazo, pero se dio un fuerte calambrazo—. ¡Ah!

—¡No! —se apartó él—. No… ¡No! Dejadme… Dejadme solo… No puedo…

Se asfixiaba. Necesitaba aire. Nunca había experimentado un ataque de ansiedad antes. Lo había visto en humanos, y en iris enfermos, y sabía lo que había que hacer, pero el dolor, la presión, la angustia, lo hacían imposible, su iris seguía sin responder y su mente no encontraba algo positivo a lo que aferrarse. Necesitaba aire. Y alejarse de todo. Cruzó el salón, salió por la terraza y saltó a la cima de algún edificio cercano, dejando atrás a Mei Ling y Eliam llamándolo.

El cielo estaba nublado, oscurecido, y caían alguna gotas. Pero ahí en las alturas, en la azotea del edificio, lejos del bullicio, las calles y, sobre todo, lejos de la casa donde acababa de perderlo todo, era el único lugar donde creyó que podía recuperar algo, aunque fuera un poco de cordura, de lógica.

Brey se apoyó con las manos en las rodillas, cerró los ojos y respiró aceleradamente. El cielo sobre él comenzó a emitir el rugido de algunos truenos. Su cabello se le fue poniendo en punta, cargándose de electricidad estática. Pero su iris no respondía ante esta caricia de su elemento. No podía quitarse de encima esas imágenes ficticias, esas ideas horribles que se le formaban en la cabeza, frenar esos temores. No podía impedirse a sí mismo imaginar que alguien le estaba haciendo algo terrible a Clover ahora mismo, que le estaban haciendo cosas innombrables, o matándola… Y que Daisuke, a causa de eso, viviría el resto de su vida cargando con un trauma incurable, y que se lo llevarían lejos de él y nunca más lo vería… nunca más vería ninguno de los dos…

Y ese maldito y molesto zumbido continuo que se oía en la lejanía, de varios helicópteros sobrevolando distintas partes de la ciudad, era inaguantable…

Brey descargó un alarido de ira y rabia, con el fin de ahuyentar esos pensamientos. El cielo descargó al mismo tiempo un relámpago, seguido del sonido del trueno. Luego se quedó otra vez todo en silencio. Sólo soplaba el viento, agitando su pelo y su camiseta. Sin embargo, a los pocos segundos, oyó un ruido nuevo tras él. Las piedras de la azotea crujieron un poco.

Cuando se giró para ver, creyó haber perdido definitivamente la cabeza. Allá, a unos metros, había un hombre joven, vestido con pantalón formal negro y camisa blanca. Era un poco más grande que él. Pero tenía sus mismos ojos verdes, el mismo cabello rubio, incluso su rostro se parecía bastante al suyo. Tenía un aro de plata en el centro del labio inferior, y su cabello estaba formado por largas rastas bien cuidadas, recogidas por detrás con una cinta.

Brey pudo estar como un minuto entero ahí paralizado, mirándolo sin pestañear. No tenía modo de determinar si era real o no. Estaba mareado, incluso veía algo borroso, y el dolor en su cabeza persistía.

Sin embargo… si pudiera ser real… si al menos esto pudiera ser verdad…

—¿Eres tú de verdad? —apenas murmuró. El otro no respondió nada. Brey se giró del todo, intentando distinguir si era un espejismo o no—. Has… vuelto…

A pesar de que el otro no reaccionaba, Brey se aferró con todas sus fuerzas a la certeza. Era él. Había crecido unos centímetros más y su rostro era más maduro que hace siete años, pero era él, sin duda.

—Eres tú… Has vuelto… Has vuelto de verdad… —dijo Brey con voz quebrada, sintiendo al fin una pizca de alegría. Nunca había dejado de creer que algún día lo volvería a ver, que él algún día volvería a aparecer. Y si aparecía, tenía que ser porque había conseguido curarse de su majin. El resto del mundo había tirado la toalla con la posibilidad de que Izan regresara sano algún día, pero Brey nunca lo hizo. Caminó hasta él, sin salir de su desconcierto, con las manos extendidas hacia él—. Sabía que algún día… Lo sabía…

Brey lo agarró de los hombros. Ahora era casi tan alto como él. Era sólido, era real. No podía creerlo. Sólo quería abrazarlo. Pero ¿por qué él no decía nada? ¿Por qué lo miraba con esos ojos tan vacíos?

—Izan… ¿Dónde has estado todo este tiempo?

Izan apartó sus manos tranquilamente, manteniendo las distancias.

—Dime. ¿Estás sufriendo? —le preguntó entonces.

—¿Qué…? —le extrañó la pregunta, pero pensó que esta era una oportunidad magnífica, su hermano mayor no había podido volver en mejor momento—. Sí… Ha pasado algo horrible… Izan… Necesito tu ayuda, por favor… Tengo una hija… Alguien se la ha llevado, tengo que encontrarla, tengo que salvarla…

—No puedo ayudarte con eso.

—¿Qué? ¿Por qué no? Estás aquí, acabas de llegar, tiene que significar que lo has conseguido, has conseguido poner a raya tu majin… Has aparecido justo cuando me ha ocurrido lo peor que…

—Es culpa tuya —le interrumpió. Brey se quedó trastocado ante esa frialdad—. Tenías dos opciones. Y elegiste esta. Esto es lo que pasa cuando te enlazas emocionalmente a los demás. En un mundo como este, podrido, enfermo, no hay forma de mantenerlos a salvo para siempre. Tarde o temprano este mundo engullirá a todos los que amas. Y te destrozará. Por elegir amarlos.

—Izan… ¿Qué estás diciendo? ¿Por qué hablas así? Tú nunca…

—Paga las consecuencias, Brey. Tú y todos deberíais aprenderlo de una vez. No hay final en la lucha de la Asociación, nunca se solucionará el problema del mal excesivo de este mundo. Es perder tu energía, tu cordura y tu tiempo. No hay que combatirlo, hay que aceptarlo. Este mundo físico, y la vida que se te dio, son regalos demasiado preciosos para malgastarlos, sacrificándote por otros, arruinándote una y otra y otra vez…

—Izan, para…

—Pero tú nunca podrás entenderlo. No estás hecho para entenderlo. Naciste sin parte humana en tu mente, por tanto, naciste sin la capacidad de cambiar de opinión, cambiar tu interior. Eres invariable. Y por eso… Brey… lo que sientes ahora no es nada comparado con el nuevo mundo que viene. No durarás en él ni dos días. Si quieres un último consejo de tu hermano mayor… te aconsejo que te evites el sufrimiento que sin duda te espera.

—¿Qué…? —musitó.

No quería creer lo que estaba oyendo, y que esas palabras salieran de su boca. No… no era él, ese no era Izan… no era su hermano… No se había curado. Al contrario; había sucumbido del todo.

Pero para cuando Brey se dio cuenta de esto y del peligro que significaba, teniendo en cuenta lo que ocurrió la última vez que estuvo cerca de él durante un grave brote de majin, algo extraño atrapó su mente. Un contagio… de la más pura desesperanza… empezó a inundar el poco juicio que le quedaba. Un contagio que su iris destrozado no pudo ni identificar siquiera. Se fue la lógica, se esfumaron los motivos. Ya no había razones para seguir en pie. Ese vacío que emanaba de los ojos de Izan se propagó hacia él.

Brey dejó de estar consciente. Permanecía con los ojos abiertos, solo que él ya no estaba. Todo a su alrededor se volvió aún más difuso. Perdió la noción del tiempo. Pudieron pasar algunos segundos, o muchos minutos, pero Izan ya había desaparecido en algún momento, y hora estaba solo, en esa azotea, a 40 metros de altura.

Todo dentro de su mente desapareció, excepto un último deseo. Izan le aseguró que este sufrimiento era el principio de uno mucho peor por venir. Había perdido a Clover y a Daisuke en el mismo día, había fracasado como iris, como padre, como persona, como existencia. Una voz en su cabeza dijo: “No más”.


En esos momentos, Riku se acababa de marchar con Daisuke en un vehículo. Yako, que había estado hablando con ella, ya se había quedado solo en la calle. Bueno, no del todo solo. Cleven seguía por ahí escondida tras una de las jardineras de los árboles que decoraban el patio frontal del edificio. Había conseguido escuchar lo suficiente, pero el rostro de Yako ya expresaba una señal de fracaso.

No es que Riku le hubiera dicho un no rotundo, pero tampoco había accedido del todo. Ella tenía sus razones, estaba haciendo su trabajo, cumpliendo la ley, y por hacer favores así, podría perder su empleo y arruinar su carrera. Yako intentó convencerla de que él se comprometía a ayudarla en caso de que esto la metiera en un problema con sus jefes, ya que él, que estaba finalizando su carrera de Derecho, ya tenía bastantes contactos en el mundo judicial que podían ayudarla a suavizar cualquier posible sanción, y salvar su empleo.

Claro que Riku, a pesar de que quería ayudar a Brey también, tampoco tenía razones para confiar en este chico que acababa de conocer y si de verdad tenía suficiente influencia para eso. Con todo esto, Riku se había marchado con la duda, sin una respuesta definitiva. Y esto dejó a Cleven pensativa.

Yako, pues, dio media vuelta para regresar al edifico y volver con Brey.

No obstante, una voz de alarma en su cabeza lo paró de golpe. Primero se oyó lejana y débil, y después se fue haciendo más clara. «“Yako… contesta… ¡Yako! ¡Responde!”».

«¡Ah! ¿Q…? ¿¡Qué ocurre!?» se asustó al reconocer la voz de Alvion, y oírlo de esa forma tan agitada y urgente era bastante preocupante. «¿Por qué parece que lleva rato intentando comunicarse con mi iris sin éxito? ¿¡Se encuentra bien!? ¡Su salud…!» le preguntó.

«“¡Olvídate de mi salud, niño! Responde rápido, ¿sabes dónde está Brey ahora? ¿Puedes ir a buscarlo?”».

«E… Estoy en su casa ahora, precisamente. Bueno, estoy subiendo ahora a su casa, pero sí, llevo un par de horas con él. Ha ocurrido algo terrible, Alvion, alguien ha…».

«“¡Yako, no hay tiempo!”» le interrumpió. «“¡Ve ahora mismo a buscarlo! ¡Su iris no me responde! ¡Aún tengo conexión con él, pero no responde a mi control, no me oye en su mente!”».

«¡Oh, mierda! ¿¡Se ha desmayado o algo así!?». Yako subió a la quinta planta lo más veloz que pudo.

«“No, sigue despierto, pero está a punto de quebrantar la Tercera ¡y no puedo frenarlo!”».

—¿¡¡QUÉ!!? —gritó Yako con horror.

«“¡Frénalo, Yako! ¡Encuéntralo y frénalo!”».

—¡¡Brey!! —lo llamó nada más entrar en la casa, y encontró a Eliam y a Mei Ling junto a la puerta de la terraza.

—Yako, ¡se marchó hace un rato! —le informó Eliam de inmediato, señalando al exterior—. Dijo que quería que lo dejásemos solo, no nos hacía caso…

—¡Se marchó hacia arriba, saltó hacia las alturas! —le indicó Mei Ling.

—Mierda… ¡Mierda! —Yako salió a la terraza y dio un gran salto hasta posarse en la azotea del edificio de enfrente.

Desde ahí, giró sobre sus talones, oteando los alrededores.

—¡Brey! —lo llamó, pero justo ahí logró divisarlo.

Estaba un par de edificios más allá. Lo que a Yako le arrancó el aliento fue ver que Brey había pasado al otro lado de la pequeña verja de seguridad de metro y medio, que recorría el perímetro de la azotea, y ahora estaba con los pies en el borde exterior, sujetándose a la verja tras él, mirando hacia el precipicio.

—¡No! ¡Brey! ¡Para! —Yako saltó a toda velocidad los edificios del medio y llegó hasta él.

Pero se frenó a una distancia, con miedo a provocar en él la reacción equivocada, pues no sabía en qué estado mental se hallaba exactamente. Jamás en su vida se había imaginado a Brey haciendo esto.

—Brey… ¡Brey! —lo llamó con cuidado—. No des ni un paso. Date la vuelta. Por favor, ven aquí conmigo, vuelve aquí…

Pero el rubio ni siquiera levantó la cabeza. Yako se quedó atónito, no es que le estuviera ignorando, es que no le estaba oyendo. Nunca había visto un fallo tan grande en la mente de un iris, del iris que se suponía que tenía la mente más fuerte. Quizá, habían estado malinterpretando esto. Un iris nato no era un iris perfecto. Era simplemente un iris que funcionaba de otra forma.

—¡Brey, nooo! —gritó con fuerza cuando vio sus manos soltando la verja.

Alzó una mano hacia él, e intentó mover las piernas lo más rápido que pudo, pero estaba a demasiada distancia para llegar a tiempo. Por una fracción de segundo, Yako revivió la imagen sangrienta de su padre siendo atravesado por una gran mano blanca con garras afiladas, y la imagen de otras personas muertas del pasado, que solían formar parte de su familia, Sai, Katya, Yousuke, Hideki, Emiliya…

Le invadió la furia ante esas memorias. Pero esta furia se transformó rápidamente en determinación. A Yako le brillaron ambos ojos de una intensa luz dorada.

Y algo inesperado sucedió. Brey se frenó de repente, como si algo lo hubiera sobresaltado, o despertado, y volvió a agarrarse enseguida a la verja. Se dio la vuelta. Su rostro expresaba algo de sorpresa. Pero lo que más expresaba, era consciencia y cordura. Entonces, encontró a Yako ahí a unos metros, de pie, mirándolo fijamente con sus ojos de luz.

Cuando Brey se dio cuenta de la situación, de lo que estaba pasando y de lo que había estado a punto de pasar, se quedó acongojado. No podía ser cierto. No podía creerse a sí mismo, que hubiera estado a punto de hacer algo que iba puramente en contra de ser iris. No era como si alguien le hubiera controlado la mente. Había sido realmente su propia decisión, solo que no había un iris en su mente suficiente para detenerlo. No había energía Yang suficiente, tal como Neuval había predicho antes. Hasta ahora.

—¿Acabas de…? —murmuró el rubio, tocándose la cabeza levemente, asombrado. Podía notarlo. Estaba ahí, conectado a él. Se sentía igual a Alvion, pero, al mismo tiempo, diferente.

No obstante, Yako caminó hacia él a zancadas, lo agarró de los brazos, lo levantó haciéndolo pasar por encima de la verja y lo tiró al suelo, para después ponerse sobre él y sujetarlo con fuerza. Su rostro y sus ojos de luz eran temibles, pero Brey no sentía ningún miedo, sino una admiración deslumbrada, como si estuviera bajo la luz de un ángel o de un dios.

—¿¡Qué diablos, Brey!? ¡No vuelvas a hacer algo así! —le gritó Yako, con lágrimas de rabia y alivio—. ¡Nunca!

—Yo… no sé qué me… —balbució, todavía confuso por ese tema—. Lo siento… No sé qué me ha pasado…

—Mierda, Brey… —sollozó más tranquilo, abrazándolo con fuerza, y sus ojos dejaron de brillar—. No tenía que haberte dejado solo, lo siento… ¿Has vuelto en ti? ¿Estás bien?

—Estoy… Me siento… más tranquilo… —dijo sorprendido, notando que el dolor de cabeza, la presión en el pecho, la angustia, todo se había ido, y su mente ahora estaba más despejada, su iris había recuperado algo de la energía perdida, lo suficiente para devolverlo a un estado más controlado, coherente. Las emociones irracionales, la desesperanza, los pensamientos intrusos, ya no estaban en la superficie.

—Pero… ¿por qué de repente? Joder, Rai, sé que eres un poco raro, pero esto se pasa de rosca…

—Yako… —lo llamó, incorporándose sobre el suelo, mirándolo fijamente—. ¿Es que no lo notas?

—¿El qué?

—Tu conexión… con mi iris.

Yako se quedó mudo con la boca abierta. Se percató ahora mismo. También lo notaba en su cabeza. Nunca había hecho algo así, era la primera vez que sucedía. Ni siquiera sabía que podía hacerlo, creía que era algo que un Zou tenía que entrenar durante años, como el control de todos los nueve elementos. Quizá fue porque era la única manera posible de salvar a Brey. Y de la necesidad nacía el poder.

A pesar de todo, había algo que molestaba a Brey. El rubio se puso en pie, y miró a su alrededor rápidamente, buscando a alguien, o algún rastro.

—Ha estado aquí de verdad… —murmuró.

—¿Brey? —lo llamó Yako, acercándose a él unos pasos, preguntándose qué le pasaba ahora que estaba tan ensimismado, todavía preocupado—. Brey… ¿podemos hablar de lo que ha pasado? Creo que es importante que lo hagamos…

El Den se giró hacia él y lo miró sin decir nada, un poco dubitativo. Si Izan realmente había estado ahí, podía más o menos entender lo que le había pasado. Pero no estaba seguro de querer contárselo a Yako, ni a nadie.

Sin embargo, en ese momento ambos recibieron una señal. Notaron los mismos pequeños impulsos energéticos en sus tatuajes sensoriales, transmitiendo un mensaje. Se miraron con sorpresa. Neuval los llamaba a reunión.





Comentarios