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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __









69.
La intuición de Hatori

El cielo estaba despejado y ya oscuro, y no soplaba demasiado viento en esa parte de la terraza. Además, con la estufa, no pasaron frío. Con el ordenador portátil de Yenkis y unas tazas de chocolate caliente, se habían puesto en la mesa baja a trabajar hasta entrada la noche.

—Hm… —cavilaba el chico, tras un rato tranquilo de silencio cuando ya terminaron el trabajo, estando los dos arrodillados sobre unos cojines junto a la mesa—. Tu tío no tiene ninguna planta dentro de la casa. Estas de aquí fuera están bien cuidadas.

—Oh, todas las plantas de la terraza las puso aquí Jorani. Es un buen cocinero y le gusta cultivar sus propios ingredientes vegetales. Donde él vive, no tiene un balcón lo suficientemente grande. Tío Hatori le dejó poner aquí en su terraza sus plantas. A mi tío le da igual. Si por él fuera, viviría en una casa casi vacía, con lo indispensable para una sola persona, porque, de todas formas, pasa la mayor parte del tiempo en la comisaría, o en la calle investigando casos, o ahora en el Ministerio.

—¿Tu tío… vive completamente soltero?

—Sí. Bueno, ha salido con varias mujeres en los últimos años. Con pocas, pero durante bastante tiempo cada una. Llegué a conocer a algunas. Eran unas mujeres muy serias, me daban un poco de miedo. Pero es como a él le gustan. Con unas estuvo dos años, con otras tres años… Pero no ha sentado cabeza con ninguna.

—Hmm… Bueno. Él es todavía muy joven. ¿Tiene veintitantos?

—Ya ha cumplido 30 años. No es tan joven, tu hermano tiene 25 y seguro que querrá casarse pronto con Riku y tener hijos antes de los 30, ¿verdad?

—Lo veo probable. Pero también depende mucho de una cosa, de haber encontrado realmente a la persona adecuada. Lex encontró bastante pronto a la persona adecuada, tuvo mucha suerte. Quizá tu tío aún no vio en sus parejas pasadas a la mujer adecuada. Ya sabes, es una decisión muy importante.

—Sí… —suspiró Evie, mirándolo de reojo con un gran deseo reprimido—. De todas formas, no veo a mi tío interesado en eso. No lo veo como un hombre de familia, la verdad. Y eso me apena. Parece que sólo quiere casarse con su trabajo, pero su trabajo no le deja… vivir la vida.

—A lo mejor es feliz dedicando su vida solamente a su trabajo.

—No… —murmuró Evie, y miró distraídamente el paisaje de la ciudad al otro lado de la barandilla de piedra, apoyando la barbilla en una mano—. Él nunca es feliz. Ni parece interesado en serlo. Es como si hubiera nacido con una misión concreta metida en la cabeza, y no tiene otra cosa en mente que cumplirla. Y el resto de las cosas… no importan.

Yenkis se quedó callado, pensativo. No mucho tiempo atrás, esta descripción de Hatori no le habría parecido muy diferente de cómo era su padre. Ahora ya no le parecía así, porque había visto en su padre un cambio, una mejora en su estado general de ánimo, su comportamiento y personalidad. Aun así… Yenkis todavía sentía que su padre y Hatori podían aún tener algo en común. Esa sensación de tener una misión concreta que cumplir en sus vidas, y no haberlo logrado aún.

—¿Cómo es que tu tío también tiene una caja como la tuya con utensilios de aseo dentro? —preguntó de repente Yenkis, y su amiga lo miró con un interrogante—. Antes, cuando fui un momento al aseo pequeño, me fijé en que, en el estante junto al lavabo, tu tío tiene una caja de madera forrada de terciopelo por dentro, igual a la que tienes tú en el baño de tu casa. Me ha podido la curiosidad y la he abierto sólo tres segundos… y dentro había lo mismo que en tu caja, unas tijeras grandes y relucientes, otras tijeras más pequeñas y una cuchilla de afeitar de las clásicas.

—¡Ah! —comprendió Evie—. Sí. Verás, eso es algo que tenemos mi tío, mi madre y yo. Fue cosa del abuelo Takeshi. Él ya les dio a mi madre y a mi tío esas cajas cuando eran pequeños. A mí me regaló la mía también cuando era pequeña. El abuelo tenía sus rarezas, ¿sabes? A mi madre, a mi tío y a mí nos dijo… bueno, nos lo exigió, que debíamos usar los utensilios que él nos había dado cada vez que nos cortáramos las uñas o el cabello. Dijo que otras tijeras cualesquiera no serían capaces. No sé… dijo que era algo genético, que teníamos las uñas y el cabello más fuertes de lo normal. Yo lo comprobé una vez. Cogí unas tijeras normales de uñas de una amiga, y unas tijeras normales de mi cocina. Intenté cortar una de mis uñas y un pequeño mechón de mi pelo, pero no pude. Solamente las tijeras que nos regaló el abuelo pueden. Deben de ser de mejor calidad o algo así.

—Bueno, eso es algo muy característico tuyo, Evie.

—¿Eh?

—No sabía que tu cabello y uñas también, pero ya conocí de ti que tu piel sí que es dura como el acero. ¿Cuántas veces te has caído, jugando al baloncesto o montando en bici? Nunca te he visto hacerte una raspadura siquiera.

—Ah, ya… Es verdad, nunca me he hecho una herida en la piel.

—¿Alguna vez te has visto sangrar? Ah, no me refiero a tus cosas femeninas. Me refiero a través de otra cosa.

Evie se puso roja un momento con vergüenza. Pero recordó que Yenkis, incluso hablando de cosas íntimas, lo hacía de una forma muy normal y natural, sin darle importancia.

—Ejem… pues… Sí, por ejemplo, cuando se me cayeron los dientes. También me ha sangrado la nariz algunas veces. La última vez, de hecho, fue hace dos meses, cuando una rival me dio un balonazo en la cara jugando al baloncesto.

—Aaah, ya veo. Entonces es que por dentro eres normal, pero por fuera tienes piel, pelo y uñas muy duros.

La chica se quedó callada un rato, de repente preocupada por esto. Miró a Yenkis de reojo con timidez.

—¿Te parece… algo muy raro?

—¿Eh? Pues claro —sonrió él.

—Oh… —agachó la cabeza unos segundos. Luego volvió a mirarlo de reojo—. Pero… ¿raro como para no gustarte, o…?

—¿Qué dices? —se rio Yenkis—. Es una pasada. No te haces ninguna herida ni aunque te arrastren por un camino lleno de piedras. ¡Ojalá yo tuviera una piel como la tuya! De hecho, aparte de las raspaduras, ¿alguna vez te has hecho un corte en la mano usando un cuchillo o unas tijeras normales?

—No, tampoco —Evie asomó una sonrisa más tranquila, y se ruborizó aún más.

—¿Te preocupaba que me fuera a disgustar? Si a mí me causara rechazo esta rareza tuya, entonces tú sí que tendrías que rechazarme a mí por mi ojo, hahah… —se rio, procurando no decirlo en voz muy alta.

Evie se dio cuenta de que él tenía razón en eso. Ella no era la única rara. Aunque tener el cabello, las uñas y la piel más duros o resistentes de lo normal era raro, todavía cabía dentro de la posible normalidad humana, y no podía compararse con que alguien emitiera una luz de según qué color a través de un ojo. Eso no tenía explicación biológica alguna. Aunque sí tenía explicación energética. Pero la ciencia de las energías Yin-Yang y sus manifestaciones visibles o físicas era una ciencia que sólo se investigaba, se manejaba y se enseñaba en la Asociación.

Los dos niños se trasladaron al salón para ir a ver el estreno de su serie favorita tal como tenían planeado. Hatori salió de su despacho por cuarta vez en esa tarde, tanto para ir a la cocina a coger un botellín de cerveza como para comprobar que sus dos jóvenes huéspedes estaban bien, con todo tranquilo y en orden. Conforme, volvió a meterse en su despacho.

Evie le había descrito a Yenkis que, dentro del pasillo, había cuatro puertas. Una de las del fondo era la habitación grande principal donde Hatori dormía, y enfrente de esta estaba otra habitación más pequeña que él usaba para invitados, donde solía dormir su sobrina. Luego, a mitad de pasillo estaba el baño principal, y, finalmente, había una tercera habitación más pequeña que las otras, que Hatori había reacondicionado como su despacho, donde tenía una pared entera cubierta por una estantería, un escritorio grande con dos ordenadores y un par de cajoneras, atestadas de papeles y carpetas, pero increíblemente colocados en absoluto orden y rectitud. No había ni una hoja de papel con una esquina doblada.

Por desgracia, lo que tenía a Hatori tan ocupado esa noche de sábado era ni más ni menos que la investigación de la masacre del callejón.

Hace poco logró sacar una imagen de Fuujin de una cámara de seguridad de una tienda cercana, no muy clara, aunque lo suficiente para evocarle un presentimiento. Un presentimiento de muy poco fundamento.

Pero Hatori no trabajaba regido por razones sólidas y sospechas con mucho fundamento. Trabajaba con su instinto, su muy peligroso instinto, que ya había sido numerosas veces señalado por los propios iris de Japón cuando habían ido conociendo el trabajo policial de Hatori de los últimos años. Y este presentimiento era el de haber podido, quizá, tal vez, ver en el aeropuerto de Narita una cara parecida a la del Fuujin de la grabación de mala calidad de la masacre del callejón, el día que estuvo investigando un caso de tráfico de drogas y de repente uno de los paquetes de cocaína incautada por los demás policías esparció su polvo blanquecino por toda la zona.

Hatori no recordaba con exactitud que, en aquel momento del incidente, estaba cacheando y revisando la cartera de Neuval, que acababa de llegar del Monte Zou en avión. Ni siquiera sabía que ese hombre era Neuval Vernoux y mucho menos que él causó el incidente de la nube de cocaína con un soplido. Pero estaba ahí, esa sensación, de haber visto en el aeropuerto un rostro similar al del Fuujin del callejón.

Aquel día, en el aeropuerto, durante las tres horas que estuvo allí, cacheó a docenas de personas, demasiadas. Por eso, pidió a su subordinado las grabaciones de las cámaras del aeropuerto, y era lo que llevaba toda la tarde de hoy mirando en su despacho. Tenía sus dos ordenadores de la marca Hoteitsuba encendidos, cada uno con la pantalla dividida en cuatro diferentes ángulos de grabación y de diferentes horas, por lo que estaba observando ocho vídeos diferentes al mismo tiempo.

No tenía más remedio que hacer este trabajo de investigación policial en fin de semana y en su casa, porque los días laborales tenía que estar en su nuevo despacho de ministro haciendo el trabajo que le correspondía como ministro, ya que todavía no había elegido al nuevo jefe de la Policía. Y no era por otra razón que por resolver y terminar él mismo este caso pendiente, para él, el más importante de toda su vida, que había llegado, al fin, en este momento. La primera pista factible de Fuujin. Si eligiera ya al nuevo jefe, tendría que cederle la dirección del caso a él, y no quería eso.

El Gobierno le había concedido más tiempo de lo normal para zanjar su transición en el nuevo cargo y la elección de su sucesor, tanto porque consideraban a Hatori merecedor de un favor así, como por respetar su tiempo de duelo por la muerte de su padre. Duelo que, por supuesto, Hatori no estaba sintiendo en absoluto. Pero el tiempo se le acababa y tenía que darse prisa en, al menos, alcanzar a un sospechoso certero de ser Fuujin.


Espera, ¿quién era ese? Hatori se inclinó hacia una de las pantallas. La grabación en cuestión lo mostraba a él, a una distancia, cacheando a Neuval en los controles, y a otros policías más haciendo lo mismo con otras personas. Hatori entornó los ojos… otro hombre adulto occidental… Lo anotó rápidamente en su cuaderno, el número de grabación con la hora y el minuto.

Luego pulsó una tecla del otro ordenador y la pantalla le mostró, una vez más, la captura que uno de sus subordinados logró limpiar más o menos, con el rostro borroso, de perfil y en blanco y negro de Fuujin en medio de su brutal ataque a uno de aquellos criminales del callejón. Comparó este rostro con el de Neuval en el control del aeropuerto, a pesar de que este, igualmente, se veía un poco lejano y desde un ángulo alto, pero a color y con más nitidez, ya que las cámaras del aeropuerto eran de mucha calidad.

Concuerdan los rasgos. Pero no era el único. Hatori ya había anotado a otros tres sospechosos del aeropuerto con aspecto muy similar. Hombres adultos, blancos, con una altura estimada entre 1’80 y 1’95 y con cabello claro. Con este último rasgo, no quería descartar la posibilidad de que Fuujin fuera japonés, porque bien podría ser alguien con el pelo teñido. De todas formas, buscar en Japón a un sospechoso con el pelo claro era más fácil de lo que sería buscarlo en otros países con más abundancia de este rasgo.

Igual que había hecho con los otros tres sospechosos, Hatori capturó, encuadró y acercó la imagen de la cara de Neuval y la envió a otro programa que tenía abierto, de reconocimiento facial. Era un programa de extrema precisión y dudosa ética, que sólo algunos gobiernos del mundo tenían autoridad de utilizar, que contenía el registro de millones de personas ciudadanas del mundo.

—¿Qué? —murmuró, y sus ojos azules se abrieron con sorpresa, cuando el programa le mostró la ficha de identificación—. Neuval… Vernoux… ¿No es el padre de este chico?

Le desconcertaba un poco la casualidad, pero terminó de apuntar los datos y juntarlos con los otros tres sospechosos. Se puso en una pantalla las fichas de los cuatro posibles candidatos. Estaba Neuval, con su cabello de color castaño claro; también, un estadounidense de cabello rubio ceniza que se le parecía un poco; un mestizo mitad coreano y mitad alemán con cabello teñido de rubio; y un japonés también teñido. Todos se parecían bastante en los rasgos más notorios que el Fuujin borroso de la grabación del callejón podía ofrecer, como la nariz recta, la mandíbula fuerte y la anchura de la frente.

Cualquiera que viera ahora esta línea de investigación, le diría a Hatori que estaba loco, buscando cuatro agujas en un pajar que ni siquiera tenían certeza de relación con el iris del callejón. Y tendrían razón. Cuando Hatori seguía una de sus corazonadas, lo hacía por su cuenta, de forma personal, porque era consciente de que no podía gastar recursos policiales en algo basado en meros presentimientos y de que al resto de la Policía le podía resultar difícil comprenderlos. Por eso, solamente él estaba buscando a sospechosos en el día del aeropuerto. A los demás departamentos policiales, aquellos pocos que conocían la existencia de los iris, los había mandado a investigar por el resto del país a cualquier persona que cumpliera con los rasgos.

Por tanto, Hatori ahora tenía cuatro sospechosos, pero los demás agentes que trabajaban para él en este caso secreto estaban descubriendo más e investigándolos de cerca igualmente.

«Así que Neuval Vernoux estuvo ese día en el aeropuerto, regresando a Tokio de algún viaje» se puso a pensar. «Siendo quien es y su profesión, es normal que sea alguien que viaja continuamente. Aquí pone que es originario de Francia, pero ciudadano residente en Japón desde hace al menos 25 años, y estableció aquí la sede de su multinacional. ¿Podría un genio tecnológico ser Fuujin? Lo veo demasiado arriesgado. Neuval Vernoux es un hombre muy expuesto al público… y, además, su multinacional colabora con el Gobierno desde siempre, proporcionándonos tecnología de comunicación y seguridad». Miró un momento el logotipo de la marca Hoteitsuba en la parte baja del monitor.

«Por no hablar… de que es el vecino de Viernes. ¿Qué iris en su sano juicio viviría al lado de la hermana y la hija de dos cazadores iris? ¿Y dejaría a su hijo ser amigo de mi sobrina y venir a mi propia casa? Sería demencial. Veo a Neuval Vernoux como la opción menos probable de ser Fuujin». Miró hacia otro lado, poniendo una mueca reflexiva. «Pero no puedo descartarlo. No puedo descartar a nadie. Si algo útil hizo mi padre por mí, fue enseñarme a ser mejor que él en este trabajo».

«A ver… ¿qué hay de los otros tres?» se puso a analizar las otras fichas. «Han-Yun Choi… 51 años, surcoreano, de madre alemana, trabaja de traductor de varios idiomas para el sector comercial… Teruki Yamashita, 48 años, japonés, profesor de la facultad de Bellas Artes de Kioto… y… Jeffrey Kingsley, 39 años, estadounidense, gerente de planta en la sede Hoteitsuba de Boston, Massachusetts».

Hatori se quedó unos segundo con la mente en silencio, sin apartar los ojos de esas palabras de la ficha. «¿Otra casualidad? Este Jeffrey Kingsley resulta ser alguien que trabaja en la Hoteitsuba de Estados Unidos, en un cargo importante… y estuvo en el aeropuerto el mismo día que Neuval Vernoux. ¿Vinieron juntos, tal vez, de un mismo viaje de trabajo? No… según la hora de las grabaciones, Kingsley pasó los controles horas antes de Neuval Vernoux… ¿Debería parecerme raro? ¿Cuántas personas trabajarán en Hoteitsuba, 50 mil, 100 mil, 500 mil? ¿Cuántas de ellas harán continuos viajes de trabajo por todo el mundo? Esta casualidad es perfectamente posible. Aun así, Kingsley entra en el perfil de los otros tres sospechosos por sus rasgos».

El peso de la semana terminó pasándole factura. Tenía intención de investigar hasta la madrugada, pero cuando se frotó los párpados descubrió el cansancio que cargaba. Decidió priorizar su salud mental y dormir debidamente, para así seguir siendo productivo y eficaz al día siguiente, aunque fuera domingo.

Apagó sus equipos y las luces. Al salir de su despacho, encontró mucho silencio y todo a oscuras. Fue al salón. Vio a Yenkis ya dormido sobre el amplio sofá, donde Evie le había colocado cómodas sábanas, manta y almohada. Sin hacer ruido, comprobó que puertas y ventanas estaban bien cerradas y todo en orden. Volvió a meterse en el pasillo. Se asomó a la habitación de Evie y la vio también ya dormida en su cama. Conforme, Hatori se metió en su habitación y no tardó en acostarse.

A la media hora, cuando todo ya estaba tranquilo, Yenkis abrió los ojos. El izquierdo apenas le brilló un microsegundo, porque lo tenía ya bien entrenado. Se sentó sobre el sofá y prestó atención, asegurándose de que no oía ni una mosca por toda la casa. Alargó una mano hacia su mochila, reposando en el suelo junto al sofá. Sacó su cubito con cuidado.









69.
La intuición de Hatori

El cielo estaba despejado y ya oscuro, y no soplaba demasiado viento en esa parte de la terraza. Además, con la estufa, no pasaron frío. Con el ordenador portátil de Yenkis y unas tazas de chocolate caliente, se habían puesto en la mesa baja a trabajar hasta entrada la noche.

—Hm… —cavilaba el chico, tras un rato tranquilo de silencio cuando ya terminaron el trabajo, estando los dos arrodillados sobre unos cojines junto a la mesa—. Tu tío no tiene ninguna planta dentro de la casa. Estas de aquí fuera están bien cuidadas.

—Oh, todas las plantas de la terraza las puso aquí Jorani. Es un buen cocinero y le gusta cultivar sus propios ingredientes vegetales. Donde él vive, no tiene un balcón lo suficientemente grande. Tío Hatori le dejó poner aquí en su terraza sus plantas. A mi tío le da igual. Si por él fuera, viviría en una casa casi vacía, con lo indispensable para una sola persona, porque, de todas formas, pasa la mayor parte del tiempo en la comisaría, o en la calle investigando casos, o ahora en el Ministerio.

—¿Tu tío… vive completamente soltero?

—Sí. Bueno, ha salido con varias mujeres en los últimos años. Con pocas, pero durante bastante tiempo cada una. Llegué a conocer a algunas. Eran unas mujeres muy serias, me daban un poco de miedo. Pero es como a él le gustan. Con unas estuvo dos años, con otras tres años… Pero no ha sentado cabeza con ninguna.

—Hmm… Bueno. Él es todavía muy joven. ¿Tiene veintitantos?

—Ya ha cumplido 30 años. No es tan joven, tu hermano tiene 25 y seguro que querrá casarse pronto con Riku y tener hijos antes de los 30, ¿verdad?

—Lo veo probable. Pero también depende mucho de una cosa, de haber encontrado realmente a la persona adecuada. Lex encontró bastante pronto a la persona adecuada, tuvo mucha suerte. Quizá tu tío aún no vio en sus parejas pasadas a la mujer adecuada. Ya sabes, es una decisión muy importante.

—Sí… —suspiró Evie, mirándolo de reojo con un gran deseo reprimido—. De todas formas, no veo a mi tío interesado en eso. No lo veo como un hombre de familia, la verdad. Y eso me apena. Parece que sólo quiere casarse con su trabajo, pero su trabajo no le deja… vivir la vida.

—A lo mejor es feliz dedicando su vida solamente a su trabajo.

—No… —murmuró Evie, y miró distraídamente el paisaje de la ciudad al otro lado de la barandilla de piedra, apoyando la barbilla en una mano—. Él nunca es feliz. Ni parece interesado en serlo. Es como si hubiera nacido con una misión concreta metida en la cabeza, y no tiene otra cosa en mente que cumplirla. Y el resto de las cosas… no importan.

Yenkis se quedó callado, pensativo. No mucho tiempo atrás, esta descripción de Hatori no le habría parecido muy diferente de cómo era su padre. Ahora ya no le parecía así, porque había visto en su padre un cambio, una mejora en su estado general de ánimo, su comportamiento y personalidad. Aun así… Yenkis todavía sentía que su padre y Hatori podían aún tener algo en común. Esa sensación de tener una misión concreta que cumplir en sus vidas, y no haberlo logrado aún.

—¿Cómo es que tu tío también tiene una caja como la tuya con utensilios de aseo dentro? —preguntó de repente Yenkis, y su amiga lo miró con un interrogante—. Antes, cuando fui un momento al aseo pequeño, me fijé en que, en el estante junto al lavabo, tu tío tiene una caja de madera forrada de terciopelo por dentro, igual a la que tienes tú en el baño de tu casa. Me ha podido la curiosidad y la he abierto sólo tres segundos… y dentro había lo mismo que en tu caja, unas tijeras grandes y relucientes, otras tijeras más pequeñas y una cuchilla de afeitar de las clásicas.

—¡Ah! —comprendió Evie—. Sí. Verás, eso es algo que tenemos mi tío, mi madre y yo. Fue cosa del abuelo Takeshi. Él ya les dio a mi madre y a mi tío esas cajas cuando eran pequeños. A mí me regaló la mía también cuando era pequeña. El abuelo tenía sus rarezas, ¿sabes? A mi madre, a mi tío y a mí nos dijo… bueno, nos lo exigió, que debíamos usar los utensilios que él nos había dado cada vez que nos cortáramos las uñas o el cabello. Dijo que otras tijeras cualesquiera no serían capaces. No sé… dijo que era algo genético, que teníamos las uñas y el cabello más fuertes de lo normal. Yo lo comprobé una vez. Cogí unas tijeras normales de uñas de una amiga, y unas tijeras normales de mi cocina. Intenté cortar una de mis uñas y un pequeño mechón de mi pelo, pero no pude. Solamente las tijeras que nos regaló el abuelo pueden. Deben de ser de mejor calidad o algo así.

—Bueno, eso es algo muy característico tuyo, Evie.

—¿Eh?

—No sabía que tu cabello y uñas también, pero ya conocí de ti que tu piel sí que es dura como el acero. ¿Cuántas veces te has caído, jugando al baloncesto o montando en bici? Nunca te he visto hacerte una raspadura siquiera.

—Ah, ya… Es verdad, nunca me he hecho una herida en la piel.

—¿Alguna vez te has visto sangrar? Ah, no me refiero a tus cosas femeninas. Me refiero a través de otra cosa.

Evie se puso roja un momento con vergüenza. Pero recordó que Yenkis, incluso hablando de cosas íntimas, lo hacía de una forma muy normal y natural, sin darle importancia.

—Ejem… pues… Sí, por ejemplo, cuando se me cayeron los dientes. También me ha sangrado la nariz algunas veces. La última vez, de hecho, fue hace dos meses, cuando una rival me dio un balonazo en la cara jugando al baloncesto.

—Aaah, ya veo. Entonces es que por dentro eres normal, pero por fuera tienes piel, pelo y uñas muy duros.

La chica se quedó callada un rato, de repente preocupada por esto. Miró a Yenkis de reojo con timidez.

—¿Te parece… algo muy raro?

—¿Eh? Pues claro —sonrió él.

—Oh… —agachó la cabeza unos segundos. Luego volvió a mirarlo de reojo—. Pero… ¿raro como para no gustarte, o…?

—¿Qué dices? —se rio Yenkis—. Es una pasada. No te haces ninguna herida ni aunque te arrastren por un camino lleno de piedras. ¡Ojalá yo tuviera una piel como la tuya! De hecho, aparte de las raspaduras, ¿alguna vez te has hecho un corte en la mano usando un cuchillo o unas tijeras normales?

—No, tampoco —Evie asomó una sonrisa más tranquila, y se ruborizó aún más.

—¿Te preocupaba que me fuera a disgustar? Si a mí me causara rechazo esta rareza tuya, entonces tú sí que tendrías que rechazarme a mí por mi ojo, hahah… —se rio, procurando no decirlo en voz muy alta.

Evie se dio cuenta de que él tenía razón en eso. Ella no era la única rara. Aunque tener el cabello, las uñas y la piel más duros o resistentes de lo normal era raro, todavía cabía dentro de la posible normalidad humana, y no podía compararse con que alguien emitiera una luz de según qué color a través de un ojo. Eso no tenía explicación biológica alguna. Aunque sí tenía explicación energética. Pero la ciencia de las energías Yin-Yang y sus manifestaciones visibles o físicas era una ciencia que sólo se investigaba, se manejaba y se enseñaba en la Asociación.

Los dos niños se trasladaron al salón para ir a ver el estreno de su serie favorita tal como tenían planeado. Hatori salió de su despacho por cuarta vez en esa tarde, tanto para ir a la cocina a coger un botellín de cerveza como para comprobar que sus dos jóvenes huéspedes estaban bien, con todo tranquilo y en orden. Conforme, volvió a meterse en su despacho.

Evie le había descrito a Yenkis que, dentro del pasillo, había cuatro puertas. Una de las del fondo era la habitación grande principal donde Hatori dormía, y enfrente de esta estaba otra habitación más pequeña que él usaba para invitados, donde solía dormir su sobrina. Luego, a mitad de pasillo estaba el baño principal, y, finalmente, había una tercera habitación más pequeña que las otras, que Hatori había reacondicionado como su despacho, donde tenía una pared entera cubierta por una estantería, un escritorio grande con dos ordenadores y un par de cajoneras, atestadas de papeles y carpetas, pero increíblemente colocados en absoluto orden y rectitud. No había ni una hoja de papel con una esquina doblada.

Por desgracia, lo que tenía a Hatori tan ocupado esa noche de sábado era ni más ni menos que la investigación de la masacre del callejón.

Hace poco logró sacar una imagen de Fuujin de una cámara de seguridad de una tienda cercana, no muy clara, aunque lo suficiente para evocarle un presentimiento. Un presentimiento de muy poco fundamento.

Pero Hatori no trabajaba regido por razones sólidas y sospechas con mucho fundamento. Trabajaba con su instinto, su muy peligroso instinto, que ya había sido numerosas veces señalado por los propios iris de Japón cuando habían ido conociendo el trabajo policial de Hatori de los últimos años. Y este presentimiento era el de haber podido, quizá, tal vez, ver en el aeropuerto de Narita una cara parecida a la del Fuujin de la grabación de mala calidad de la masacre del callejón, el día que estuvo investigando un caso de tráfico de drogas y de repente uno de los paquetes de cocaína incautada por los demás policías esparció su polvo blanquecino por toda la zona.

Hatori no recordaba con exactitud que, en aquel momento del incidente, estaba cacheando y revisando la cartera de Neuval, que acababa de llegar del Monte Zou en avión. Ni siquiera sabía que ese hombre era Neuval Vernoux y mucho menos que él causó el incidente de la nube de cocaína con un soplido. Pero estaba ahí, esa sensación, de haber visto en el aeropuerto un rostro similar al del Fuujin del callejón.

Aquel día, en el aeropuerto, durante las tres horas que estuvo allí, cacheó a docenas de personas, demasiadas. Por eso, pidió a su subordinado las grabaciones de las cámaras del aeropuerto, y era lo que llevaba toda la tarde de hoy mirando en su despacho. Tenía sus dos ordenadores de la marca Hoteitsuba encendidos, cada uno con la pantalla dividida en cuatro diferentes ángulos de grabación y de diferentes horas, por lo que estaba observando ocho vídeos diferentes al mismo tiempo.

No tenía más remedio que hacer este trabajo de investigación policial en fin de semana y en su casa, porque los días laborales tenía que estar en su nuevo despacho de ministro haciendo el trabajo que le correspondía como ministro, ya que todavía no había elegido al nuevo jefe de la Policía. Y no era por otra razón que por resolver y terminar él mismo este caso pendiente, para él, el más importante de toda su vida, que había llegado, al fin, en este momento. La primera pista factible de Fuujin. Si eligiera ya al nuevo jefe, tendría que cederle la dirección del caso a él, y no quería eso.

El Gobierno le había concedido más tiempo de lo normal para zanjar su transición en el nuevo cargo y la elección de su sucesor, tanto porque consideraban a Hatori merecedor de un favor así, como por respetar su tiempo de duelo por la muerte de su padre. Duelo que, por supuesto, Hatori no estaba sintiendo en absoluto. Pero el tiempo se le acababa y tenía que darse prisa en, al menos, alcanzar a un sospechoso certero de ser Fuujin.


Espera, ¿quién era ese? Hatori se inclinó hacia una de las pantallas. La grabación en cuestión lo mostraba a él, a una distancia, cacheando a Neuval en los controles, y a otros policías más haciendo lo mismo con otras personas. Hatori entornó los ojos… otro hombre adulto occidental… Lo anotó rápidamente en su cuaderno, el número de grabación con la hora y el minuto.

Luego pulsó una tecla del otro ordenador y la pantalla le mostró, una vez más, la captura que uno de sus subordinados logró limpiar más o menos, con el rostro borroso, de perfil y en blanco y negro de Fuujin en medio de su brutal ataque a uno de aquellos criminales del callejón. Comparó este rostro con el de Neuval en el control del aeropuerto, a pesar de que este, igualmente, se veía un poco lejano y desde un ángulo alto, pero a color y con más nitidez, ya que las cámaras del aeropuerto eran de mucha calidad.

Concuerdan los rasgos. Pero no era el único. Hatori ya había anotado a otros tres sospechosos del aeropuerto con aspecto muy similar. Hombres adultos, blancos, con una altura estimada entre 1’80 y 1’95 y con cabello claro. Con este último rasgo, no quería descartar la posibilidad de que Fuujin fuera japonés, porque bien podría ser alguien con el pelo teñido. De todas formas, buscar en Japón a un sospechoso con el pelo claro era más fácil de lo que sería buscarlo en otros países con más abundancia de este rasgo.

Igual que había hecho con los otros tres sospechosos, Hatori capturó, encuadró y acercó la imagen de la cara de Neuval y la envió a otro programa que tenía abierto, de reconocimiento facial. Era un programa de extrema precisión y dudosa ética, que sólo algunos gobiernos del mundo tenían autoridad de utilizar, que contenía el registro de millones de personas ciudadanas del mundo.

—¿Qué? —murmuró, y sus ojos azules se abrieron con sorpresa, cuando el programa le mostró la ficha de identificación—. Neuval… Vernoux… ¿No es el padre de este chico?

Le desconcertaba un poco la casualidad, pero terminó de apuntar los datos y juntarlos con los otros tres sospechosos. Se puso en una pantalla las fichas de los cuatro posibles candidatos. Estaba Neuval, con su cabello de color castaño claro; también, un estadounidense de cabello rubio ceniza que se le parecía un poco; un mestizo mitad coreano y mitad alemán con cabello teñido de rubio; y un japonés también teñido. Todos se parecían bastante en los rasgos más notorios que el Fuujin borroso de la grabación del callejón podía ofrecer, como la nariz recta, la mandíbula fuerte y la anchura de la frente.

Cualquiera que viera ahora esta línea de investigación, le diría a Hatori que estaba loco, buscando cuatro agujas en un pajar que ni siquiera tenían certeza de relación con el iris del callejón. Y tendrían razón. Cuando Hatori seguía una de sus corazonadas, lo hacía por su cuenta, de forma personal, porque era consciente de que no podía gastar recursos policiales en algo basado en meros presentimientos y de que al resto de la Policía le podía resultar difícil comprenderlos. Por eso, solamente él estaba buscando a sospechosos en el día del aeropuerto. A los demás departamentos policiales, aquellos pocos que conocían la existencia de los iris, los había mandado a investigar por el resto del país a cualquier persona que cumpliera con los rasgos.

Por tanto, Hatori ahora tenía cuatro sospechosos, pero los demás agentes que trabajaban para él en este caso secreto estaban descubriendo más e investigándolos de cerca igualmente.

«Así que Neuval Vernoux estuvo ese día en el aeropuerto, regresando a Tokio de algún viaje» se puso a pensar. «Siendo quien es y su profesión, es normal que sea alguien que viaja continuamente. Aquí pone que es originario de Francia, pero ciudadano residente en Japón desde hace al menos 25 años, y estableció aquí la sede de su multinacional. ¿Podría un genio tecnológico ser Fuujin? Lo veo demasiado arriesgado. Neuval Vernoux es un hombre muy expuesto al público… y, además, su multinacional colabora con el Gobierno desde siempre, proporcionándonos tecnología de comunicación y seguridad». Miró un momento el logotipo de la marca Hoteitsuba en la parte baja del monitor.

«Por no hablar… de que es el vecino de Viernes. ¿Qué iris en su sano juicio viviría al lado de la hermana y la hija de dos cazadores iris? ¿Y dejaría a su hijo ser amigo de mi sobrina y venir a mi propia casa? Sería demencial. Veo a Neuval Vernoux como la opción menos probable de ser Fuujin». Miró hacia otro lado, poniendo una mueca reflexiva. «Pero no puedo descartarlo. No puedo descartar a nadie. Si algo útil hizo mi padre por mí, fue enseñarme a ser mejor que él en este trabajo».

«A ver… ¿qué hay de los otros tres?» se puso a analizar las otras fichas. «Han-Yun Choi… 51 años, surcoreano, de madre alemana, trabaja de traductor de varios idiomas para el sector comercial… Teruki Yamashita, 48 años, japonés, profesor de la facultad de Bellas Artes de Kioto… y… Jeffrey Kingsley, 39 años, estadounidense, gerente de planta en la sede Hoteitsuba de Boston, Massachusetts».

Hatori se quedó unos segundo con la mente en silencio, sin apartar los ojos de esas palabras de la ficha. «¿Otra casualidad? Este Jeffrey Kingsley resulta ser alguien que trabaja en la Hoteitsuba de Estados Unidos, en un cargo importante… y estuvo en el aeropuerto el mismo día que Neuval Vernoux. ¿Vinieron juntos, tal vez, de un mismo viaje de trabajo? No… según la hora de las grabaciones, Kingsley pasó los controles horas antes de Neuval Vernoux… ¿Debería parecerme raro? ¿Cuántas personas trabajarán en Hoteitsuba, 50 mil, 100 mil, 500 mil? ¿Cuántas de ellas harán continuos viajes de trabajo por todo el mundo? Esta casualidad es perfectamente posible. Aun así, Kingsley entra en el perfil de los otros tres sospechosos por sus rasgos».

El peso de la semana terminó pasándole factura. Tenía intención de investigar hasta la madrugada, pero cuando se frotó los párpados descubrió el cansancio que cargaba. Decidió priorizar su salud mental y dormir debidamente, para así seguir siendo productivo y eficaz al día siguiente, aunque fuera domingo.

Apagó sus equipos y las luces. Al salir de su despacho, encontró mucho silencio y todo a oscuras. Fue al salón. Vio a Yenkis ya dormido sobre el amplio sofá, donde Evie le había colocado cómodas sábanas, manta y almohada. Sin hacer ruido, comprobó que puertas y ventanas estaban bien cerradas y todo en orden. Volvió a meterse en el pasillo. Se asomó a la habitación de Evie y la vio también ya dormida en su cama. Conforme, Hatori se metió en su habitación y no tardó en acostarse.

A la media hora, cuando todo ya estaba tranquilo, Yenkis abrió los ojos. El izquierdo apenas le brilló un microsegundo, porque lo tenía ya bien entrenado. Se sentó sobre el sofá y prestó atención, asegurándose de que no oía ni una mosca por toda la casa. Alargó una mano hacia su mochila, reposando en el suelo junto al sofá. Sacó su cubito con cuidado.





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