2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __
Cleven regresó a casa después de haber tirado la basura. Brey notó que venía bastante callada y seria, como muy sumergida en sus pensamientos, y le pareció raro, porque antes de salir de casa tenía el humor contrario. Al pasar junto al sofá, Cleven cogió la manta, que había estado colgando desordenadamente del reposabrazos y tapando parte de la mesilla que había al lado. Por eso, dejó al descubierto el aparato del teléfono fijo, y Brey divisó que tenía una luz roja parpadeando.
—Mierda… ¿Cuánto tiempo ha estado eso así? —se preguntó—. Cleven, ¿puedes pulsar ese botón amarillo, grande y redondo del teléfono?
Ella, dejando la manta a un lado, se acercó al aparato y señaló con duda dicho botón. Su tío asintió con la cabeza, entonces ella lo pulsó.
—“Tiene un mensaje, recibido a las tres y diez de la tarde” —declaró la voz femenina.
—Uy… eso fue hace como tres horas —dijo Cleven.
—“Reproduciendo mensaje” —dijo la voz del aparato, y se oyó un pitido—. “Hola” —habló una voz masculina—. “Llamo de las oficinas de la Seguridad Social, soy Kori Nakamura.”
Brey se levantó de la banqueta de un brinco y clavó una mirada tensa en el aparato, prestando toda su atención.
—“Este es un recordatorio para Brey Saehara de que la visita de la señorita Riku Ishida no podrá efectuarse el domingo por la tarde por asuntos personales. Por lo que, tal como se le informó por email el pasado jueves, la visita sigue en pie para hoy sábado a las seis y media de la tarde, y acudiré yo en sustitución de la señorita Ishida. Buenas tardes.”
—¿Riku Ishida? —saltó Cleven—. ¿Tu asistente…? ¡Ostras!
—¿¡Qué!? —exclamó Brey, agarrándose de los pelos—. ¿¡Qué cojones…!? ¿¡Pero cuándo…!? No puede ser…
Se fue corriendo hacia la mesa del comedor, donde tenía su ordenador portátil, y se metió en su correo electrónico a toda prisa. Lo que encontró no tenía sentido para él. Resulta que sí, que tenía un email recibido el pasado jueves de las oficinas de la Seguridad Social, informándole de que la visita de Riku del domingo se cancelaba y se sustituía por la visita de un tal Kori Nakamura el sábado por la tarde, y que, de no poder recibirla en la nueva fecha, lo comunicara a las oficinas.
Lo que no le cuadraba, es que el correo le aparecía como “leído”. Él no recordaba haber abierto y leído ese email. Pero si así aparecía, tenía que haber ocurrido en algún momento. Brey no veía otra explicación que la de haberlo pasado por alto. Seguramente, de tantas cosas que tenía metidas en la cabeza y tantas tareas y obligaciones y estrés y falta de sueño, debió de abrir ese correo junto con los demás de ese día y no prestarle atención. Lo mismo que el mensaje en el teléfono, que lo había recibido hace tres horas.
Por lo visto, lo habían avisado con tiempo, así que Brey tenía toda la culpa de haberse enterado a última hora. Esto le podía costar caro. Porque apenas faltaban unos pocos minutos para que llegara el asistente, y si veía algo que no le gustase… podía marcarlo como una falta grave y cumplir así su mayor peor pesadilla.
Brey saltó a lo depredador sobre Daisuke y lo agarró bajo un brazo. Un segundo después, voló hacia la mesita del salón y agarró a Clover bajo el otro, y subió las escaleras como un rayo, para ir a vestir a los niños con sus mejores galas y ordenar todo el piso de arriba. Cleven se quedó ahí paralizada en mitad del salón sin saber qué pasaba.
—¡Cleven, recoge y limpia! —oyó la voz de su tío desde la lejanía—. ¡Recoge y limpia…!
—¿¡Pero qué pasa!?
—¡Va a venir el asistente social y todo debe estar impoluto!
—Ahí va… —se alarmó la joven.
Unos minutos después, los cuatro ya estaban en el salón recuperando el aliento. Cleven había conseguido dejar el piso de abajo bastante decente y se había puesto una ropa más bonita, y Brey se había encargado de todo el piso de arriba, hasta de limpiar los baños, y de asear y vestir a los niños con camisa, blusa, falda y pantalón. No hacía ninguna falta vestirlos como si fueran a asistir a la coronación de un rey, no había nada de malo en que unos niños vistieran con ropas cómodas y poco elegantes en su casa, pero Brey no quería correr ni un solo riesgo.
—Tío… —jadeó Cleven, aprovechando que los niños se pusieron a ver la tele—. ¿Por qué tanta importancia… en dejarlo todo perfecto?
—Cualquier defecto o pega… —jadeó también—. Me quitarán puntos… Si… si me quitan todos los puntos…
No acabó la frase, y Cleven vio auténtico miedo y angustia en sus ojos.
—Pero… no serán tan estrictos como para restarte puntos si ven a los niños en chándal, o un cojín del sofá tirado en el suelo, o la mesa de comedor con algunos vasos sucios, ¿verdad? De hecho, eso sería pasarse de la raya y seguro que ni es legal.
—No se trata de eso —suspiró Brey—. Normalmente, esas nimiedades no son motivos para bajar puntos, pero mi caso es diferente, porque tengo que competir contra “otro lugar familiar mejor”.
—¿“Otro lugar familiar mejor”? —repitió ella—. Oh… ¿Te refieres… a que tienes que competir con los padres de Yue?
—La Seguridad Social siempre, siempre buscará determinar cuál es la vivienda, el entorno y los familiares o tutores más idóneos para los niños. Si comprueban que la casa de Norie y Joji es más limpia, segura, cómoda y ordenada que la mía, ellos ganarían más puntos. Si comprueban que Joji y Norie son mejores cuidadores, más atentos, más mentalmente sanos y estables, más responsables y sin malos hábitos o vicios, ellos ganarían más puntos.
—Pero… ¿puntos para ganar qué premio?
—La custodia completa —contestó Brey, cerrando los ojos—. No sólo tengo que demostrar ser un buen padre, también tengo que demostrar ser mejor opción que Joji y Norie.
Cleven al final comprendió este problema con el que su tío llevaba cinco años lidiando. No debía ser nada fácil mantenerse como la mejor opción para los niños, cuando él era un padre adolescente, y huérfano, y soltero, y Joji y Norie eran un muy respetado matrimonio japonés en una edad idónea y trabajando como funcionarios del Gobierno.
—La única razón por la que me dieron a mí la custodia a los 15 años es por la relación de parentesco, ya que yo soy el progenitor directo y biológico, mientras que Joji y Norie son los abuelos y además no biológicos. Y por la tutoría de Agatha. Si Agatha no se hubiera declarado en el juicio como mi tutora legal y la responsable de enseñarme a cuidar apropiadamente de los niños con su participación directa, no habría nada que hacer. Y a eso había que añadirle la condición irrevocable de recibir periódicas visitas de los asistentes sociales para evaluar si la custodia me la sigo mereciendo yo o no.
Cleven resopló y abrazó a su tío, indicándole que entendía lo duro que era y que le apoyaba totalmente. Brey se sorprendió un poco, pero inesperadamente se sintió más relajado. No tenía nada que temer. Habían conseguido dejarlo todo impecable a tiempo, especialmente porque Cleven había estado ahí para ayudar.
—Hah… —suspiró el rubio—. Preferiría que viniese Riku. De todos los asistentes que han venido, ella me pareció la más lógica y comprensiva.
—Mm, hm… ¿Sabes que esa asistente social llamada Riku Ishida es la novia de Lex? —le informó Cleven.
—Querrás decir su prometida.
—¿¡Quééé!? —exclamó con ojos como platos—. ¿¡Que se han prometido!? ¿Y tú cómo sabes eso?
—Oh… Pues Lex me lo dijo, cuando me encontré con él el miércoles de la semana pasada durante la visita universitaria a su hospital que ya te conté. ¿Tú… no sabías eso?
—¡No! ¡Ni idea! ¡Voy a decirle cuatro cosas a ese idiota de hermano por no haberme contado semejante bomba! —gruñó Cleven—. ¡Y luego él se enfada conmigo si no le cuento mis cosas más importantes! ¡Tendrá cara…!
—Creo que se está tomando su tiempo para informárselo a toda la familia, Cleven, no es nada personal contra ti.
—De todas formas, ¿por qué todavía vienen asistentes a supervisarte si con 20 años ya tienes la mayoría de edad?
—Lo alargan un año más, ya que casos como el mío son pocos, especialmente cuando, de los dos progenitores, sólo uno se está haciendo cargo, y siempre miran por la máxima seguridad y bienestar de los niños. Cuando cumpla 21 este próximo abril, por fin dejarán de venir.
En ese momento, sonó el telefonillo, y todos dieron un brinco. Clover y Daisuke apagaron la tele y se fueron a la entrada, y se pusieron juntos y firmes, mostrando su mejor comportamiento, tal como Brey les había enseñado. Después de pulsar el botón del telefonillo para abrirle la puerta del portal al asistente, también se colocó frente a la puerta y respiró hondo.
Pasó un minuto más y sonó el timbre. Cuando Brey abrió la puerta, esperó encontrarse con un hombre de porte serio y elegante, con un ceño fruncido expresando un aire examinador, meticuloso y sosegado. Pero no. Le dio un escalofrío de grima al encontrarse con un señor encorvado, horribles y gruesas gafas que hacían de sus ojos negros dos pozos sin fondo; una nariz como una patata de concurso y una cara de la que las pasas tendrían envidia. Luego, su pelo era similar a la melena de un león africano color negro. Y la cara que tenía era de verdadero nerd. Sujetaba una carpetita en un brazo para tomar apuntes.
El señor miró a Brey amigablemente, espantándolo con una sonrisa de dientes de caballo. «Esto debe de ser una irracional broma de la Madre Naturaleza» pensó Brey, procurando que su cara no hiciera el más mínimo gesto de disgusto.
—Buenas tardes —saludó el viejo con una voz fea y con gallos, pero con un tono muy simpático.
—¡Un trol! —exclamaron los mellizos, apuntándole con el dedo.
—¡Niños! —se enfadó Brey—. ¡Más respeto!
—¡Oh! Estos deben de ser Clover y Daisuke —sonrió el viejo, quitándose los zapatos en el umbral de la entrada y pasando adentro; se inclinó hacia los dos niños para observarlos bien—. ¡Qué niños tan lindos e impecables! Lo veo en vuestros ojos. Sois unos niños muy pero que muy buenos, ¿a que sí?
—¡Sí! —exclamaron ambos—. ¡Somos muy buenos!
El viejo se rio alegremente, pero luego se quedó varios segundos mirando fijamente a Clover, sin pestañear, con esa sonrisa de dientes feos. Ella hizo un gesto tímido, propio de un niño cuando un desconocido le dirigía toda su atención, pero también por otra razón. Clover sintió algo raro, una energía fría e incómoda que no supo descifrar.
—Ehm… —murmuró Brey, cerrando la puerta, y el viejo se irguió de nuevo hacia él.
—Usted, jovencito, debe de ser Brey Saehara. Encantado, soy Kori Nakamura, el asistente que sustituye a Riku Ishida, como ya se le informó —le tendió su identificador, que era como una billetera de cuero donde los asistentes solían mostrar su tarjeta de identidad de las oficinas.
La mayoría de la gente solía mirarla y asentir sin más, pero Brey la cogió para observarla bien. No era porque desconfiase de ese señor, sino porque todos los iris del planeta tenían bien aprendido comprobar siempre y al detalle toda placa, tarjeta o documento que alguien les mostrase. Efectivamente, su tarjeta era auténtica, y se la devolvió.
—Sí, encantado igualmente —contestó Brey—. Pase, por favor.
—Oooh, es una vivienda encantadora, encantadora —apreció el señor Nakamura al adentrarse en el salón, pero cuando se encontró a Cleven ahí de pie, frenó en seco, y por un segundo, se le borró la sonrisa, eclipsada por un fugaz sentimiento de desconcierto y disgusto. No obstante, enseguida recuperó su expresión risueña—. Ah, disculpe el sobresalto. No esperaba que el joven Saehara tuviera otra visita hoy.
—Oh, no se preocupe, señor —se apresuró a saludar Cleven con una inclinación educada—. Soy la sobrina de Brey, Cleventine Vernoux. Estoy actualmente viviendo con él. No os molestaré, haced como si no estuviera…
—Ah, ya veo, ya veo… —caviló el viejo entre dientes, y miró al rubio—. Lo siento. No me habían informado en las oficinas que está usted a cargo de otra menor.
—Ya, sobre eso… —le explicó Brey, un poco nervioso—. Mi sobrina lleva apenas dos semanas aquí con nosotros. Por supuesto, su padre está al corriente y tenemos su permiso.
—Oh, en ese caso, ¡le vendrá de maravilla la compañía de una querida sobrina que lo ayuda! —celebró el viejo.
—Sí, la verdad es que con Cleven en casa, la vida se nos ha vuelto más fácil… y más feliz —afirmó Brey, pero se asustó un poco cuando vio a Cleven dirigiéndole una de sus enormes sonrisas de tarada con ojos llorosos de ternura.
—Me alegra oírlo, joven. Por favor, no esté nervioso. Hoy solamente vengo a realizar una supervisión de la vivienda. Las entrevistas personales a usted y a los niños serán preferiblemente pospuestas a la próxima visita que realice la señorita Riku Ishida, ya que ella es su asignada oficial.
—Oh… De acuerdo. En ese caso… proceda libremente, por favor —le dijo Brey, sintiéndose bastante aliviado de que esta visita al final sólo fuera un análisis del entorno.
El señor Nakamura fue caminando a un lado y a otro de la casa, comprobando el estado de los muebles, las ventanas, abriendo cajones de los muebles por si había objetos peligrosos, mirando los enchufes de las paredes, los baños, la cocina… Como caminaba encorvado y de vez en cuando mostraba un tic de jugar con los dedos de las manos y los codos encogidos contra el cuerpo, parecía una gamba. Los niños iban detrás de él, persiguiéndolo, retándose el uno al otro para tocarle la espalda, a pesar de que Brey les decía una y otra vez que parasen.
Cuando el señor Nakamura se detuvo ante las escaleras de caracol y se agachó para mirar los escalones, Daisuke pareció echarle valor y acercó el dedo lenta y discretamente hacia él.
—¡Uuh! —exclamó el viejo de repente, girándose hacia ellos con cara de fantasma.
—¡Aaah! —chillaron los pequeños, partiéndose de risa.
—¡Jujujuju! ¡Que tengo ojos en la nuca, pequeñuelos! —se rio el viejo, volviendo a ponerse en pie.
Continuó con su reconocimiento con la carpeta en mano, escribiendo cosas de vez en cuando, y subió a la planta superior, perseguido por los niños otra vez.
—Parece un orco de Mordor, pero es muy simpático y bueno con los niños —opinó Cleven, y subió también con su tío las escaleras.
—Muy bien, muy bien, muy bien… —dijo el viejo una vez más, tras hacer un reconocimiento de todas las habitaciones y baños, más exhaustivo en el dormitorio de los niños—. Tienen los niños una habitación encantadora. Francamente, jovencito, me ha gustado mucho todo lo que he visto por aquí.
Al oír eso, Cleven casi pudo divisar ese par de toneladas de tensión abandonando el cuerpo de su tío y la enorme sensación de alivio que disimuló bajo su habitual semblante serio.
—Gracias, señor.
—¿Dispone la casa de algún sistema de seguridad antirrobo?
—Sí, tengo instalado el mejor sistema de seguridad…
Mientras Brey y el señor Nakamura se ponían a conversar en el pasillo de los últimos aspectos de la vivienda, el edificio y el barrio, Cleven agarró las manos de sus primos y se los llevó escaleras abajo para jugar en el salón y darles algo de privacidad a su tío y al asistente.
—Permítame la indiscreción, jovencito —le dijo el viejo, cambiando a un tono más formal—. No puedo evitar sentir interés por un caso como el suyo. Estoy al tanto de la situación. La madre fallecida… y sus abuelos maternos seguramente en desacuerdo con la custodia actual…
—Hah… sí… —suspiró Brey—. Es… un poco complicado. Pero nada de eso afecta negativamente a los niños, se lo aseguro. Ellos aún son pequeños, sus abuelos y yo todavía no les hemos hablado de… bueno, acerca de su madre y cómo murió… y… en cualquier caso, los señores Saitou y yo no dejamos que los niños perciban en absoluto las tensiones que hay entre nosotros. Al menos ellos y yo estamos de acuerdo en que los niños merecen sentirse queridos, a salvo y sin problemas a su alrededor.
—Bien. Porque eso es lo que deben hacer. Proteger la inocencia y la felicidad de los pequeños —asintió el viejo con vehemencia—. No obstante… a mí me gustaría saber, jovencito, cómo se siente usted realmente por dentro, más allá de su compromiso con el deber.
—¿Sobre qué? —frunció el ceño.
—Sobre toda la situación general. Con este evidente giro de 180 grados que dio su vida a tan temprana edad.
—Ahm… Disculpe… creía que dijo que no haría entrevistas personales… —dijo Brey, algo incómodo.
—No se preocupe por eso. Tan sólo se trata de un capricho mío, de satisfacer mi curiosidad. No quedará registrado nada de lo que digamos en esta conversación. Por supuesto, usted es libre de negarse a tener esta conversación. Le pido disculpas de antemano, pero los asistentes sociales, ya sabe… solemos ser así de directos.
—Ya… entiendo. Entonces…
—Entonces, dígame, querido muchacho —le sonrió con calma, dando un paso hacia él, y Brey se sobresaltó un poco—. Cuénteme. Cómo le hace sentir realmente toda esta situación. ¿Le parece injusta? Un chico de 15 años… con toda la vida por delante y con planes de futuro… se ve de repente destruido por una tragedia y una inesperada carga de la que no podía deshacerse.
—¿Carga? —repitió Brey, no muy contento con ese término.
—No malinterprete. Los niños son una bendición. Pero es que usted también era un niño entonces. Y se le presentó delante una gran carga, una ardua responsabilidad, un azar que la vida le impuso sin previo aviso. No niego lo mucho que usted debe de querer a esos niños. Pero, precisamente, de amar tanto a alguien es de donde viene el sufrimiento. Usted lo sabía mejor que nadie. Y aun así eligió quedarse con los niños, sabiendo que irremediablemente acabaría amándolos, y sabiendo que irremediablemente se arriesgaba, una vez más, al sufrimiento que viene con ello. ¿No era más fácil para todos, incluso para los niños, y sobre todo para usted, rechazar la custodia y cedérsela a los señores Saitou desde el principio? Los niños habrían crecido igualmente felices y a salvo bajo el amor y protección de sus abuelos. Y usted podría haber seguido con su vida, libre, con las pocas preocupaciones de cualquier quinceañero, sin sufrir innecesariamente por esos dos niños.
Brey se quedó en silencio. De repente, se sentía abrumado por todas esas cuestiones que le planteaba el viejo. Realmente estaba siendo muy directo, y Brey no sabía descifrar si estaba siendo acusador, o simplemente tenía genuina curiosidad por cómo alguien, en su piel, optaría por la opción que parecía más dura y no por la otra que parecía más sencilla, en una decisión que a cualquiera le cambiaría la vida radicalmente.
—No… —respondió finalmente—. No creo que hubiese sido más fácil para todos. Elegí la opción que yo quería, que además es la opción que creía, y sigo creyendo firmemente, que es lo que Clover y Daisuke también habrían querido.
—Entonces, no sólo eligió la opción del sufrimiento hace cinco años, sino que usted todavía hoy está decidido a seguir eligiéndola —asintió el señor Nakamura—. Pero eso es desolador, ¿no le parece, jovencito? Recibir el regalo de la vida en este planeta paraíso, con el lazo dorado del libre albedrío, para gastarla entera no haciendo otra cosa que sufrir y sufrir… Nada de lo que haga usted para combatir el sufrimiento y enviarlo lejos será garante de librarse de él por siempre, pues siempre que uno decide atarse emocionalmente a alguien, tiene el sufrimiento garantizado, encontrando siempre su camino de regreso con una nueva tragedia tras otra.
A este punto, Brey estaba convencido de que el señor Nakamura lo estaba sometiendo a algún tipo de prueba moral. Pero Brey consideraba que tenía una moral férrea, por lo que no temió ni un poco expresar sus respuestas con total honestidad.
—Pero es que ese no es mi objetivo en la vida. El sentido de mi vida no es tener la vida más sencilla y feliz con el menor sufrimiento posible; es procurar que las demás personas buenas la tengan. Empezando por las personas más cercanas e importantes para mí.
—¿Está entonces diciendo que, a pesar de seguir teniendo en bandeja la opción de cederles la custodia a los Saitou y desatarse física y emocionalmente de los niños y ser libre de sufrimiento, está totalmente dispuesto a sacrificar su propia felicidad y sus propios sueños trabajando en conseguir la felicidad y los sueños de los mellizos?
—Me plantea usted una contradicción —le indicó Brey, sin menguar la firmeza de su voz, que sostenía la firmeza de sus creencias—. Ahí el verbo no es “sacrificar”, es “hacer realidad”.
El señor Nakamura se quedó callado. Su respuesta no pareció satisfacerle. Brey creía que le estaba haciendo estas cuestiones de forma imparcial, pero era como si el propio Nakamura, por dentro, quisiera que Brey reconociera que elegir el sufrimiento era absurdo e irracional. No iba a suceder. Brey era un iris de nacimiento. Sufrir por los buenos humanos, prioritariamente los más cercanos, era su dogma, su ADN.
—¡Espléndido! —exclamó el viejo de repente, y el rubio se llevó un buen susto.
Brey no se había dado cuenta, pero era como si en los últimos minutos el ambiente alrededor de ellos se hubiera estado oscureciendo poco a poco. Y cuando el señor Nakamura volvió a sonreír, era como si ese tono lúgubre desapareciera y el ambiente recuperara su luz y normalidad.
Finalmente, cuando lo despidieron en la puerta, el viejo les dio unos caramelos a los mellizos, deleitó a Brey y a Cleven con una última sonrisa de horrorosos dientes de caballo, y se marchó.
* * * * * *
Quince minutos después, Izan se encontraba sobre la azotea de un edificio de la ciudad. Después de quitarse unas gafas de pasta gruesa, se quitó también la peluca de león negro africano. Lo fue metiendo todo en una maleta negra. Se despegó de la cara la nariz falsa de patata, la máscara de piel arrugada, y las lentillas negras, dejando al descubierto sus ojos verdes. Por último, se quitó la dentadura postiza de dientes de caballo, la guardó en un bote dentro de la maleta y la cerró.
Se quedó un rato ahí arrodillado sobre el suelo de grava de la azotea, mirando al frente las vistas de la ciudad anocheciendo. Se oyeron unos pasos acercándose detrás de él. Esa persona se paró a su lado.
—¿Y bien? —preguntó ella.
—Se ha cumplido mi plan. No hay ni rastro del talismán en toda la casa y Clover tampoco lo lleva encima. Jannik se lo ha pedido de vuelta.
—¿Cómo puedes estar seguro?
—Porque he entrado y salido de la casa ileso. —Izan volvió quedarse un rato en silencio, mientras sus rastas rubias se movían con el viento—. Hmm… —suspiró por la nariz—. Cleventine estaba ahí. Está viviendo con él.
—No sé de quién hablas ni me importa. La cuestión es si será un impedimento.
—No. El propio Brey me ha informado cuando hemos estado charlando. Él se irá a las 8 de la mañana a “hacer un recado importante de la universidad”, es decir, se irá con Drasik a la prefectura de Ibaraki a cumplir su parte de la misión antiterrorista, tal como Kaoru ya me confirmó el otro día. Cleventine tiene práctica de natación y se irá de casa a las 9. Y entonces vendrá Agatha a despertar a los niños y hacerles el desayuno. Esta noche todos dormirán, nadie tiene previsto quedarse despierto estudiando, o viendo la tele o ese tipo de posibilidades. Sólo necesitaré incomodar al pequeño Daisuke lo suficiente para que vaya a pedirle a su querido papá que lo deje dormir con él, y deje así a Clover sola. Bastará con enrarecer el ambiente. Daisuke es un niño extremadamente sensible a las energías. Y necesito que no se interponga. No sé hasta qué punto maneja su poder. Dudo que a su edad lo haya desarrollado mucho, pero enfrentarse al poder de Daisuke, desarrollado o no, es lo último a lo que cualquier criatura de las tres dimensiones querría enfrentarse.
—¿Por qué no me usas a mí para esto? ¿No sería más fácil? Me teletransporto en plena noche y me la llevo.
—Beldara, ya lo hemos hablado. En primer lugar, Agatha vive en ese mismo edificio. Si realizas un teletransporte en casa de Brey, será lo suficientemente cerca para que Agatha lo note desde su casa. Y si decide ir a comprobarlo y te descubre poniéndole las manos encima a esos dos niños, no le va a importar quién seas, te devorará en un instante. Y en segundo lugar, no vas a hacer uso alguno de tu don hasta que recupere la energía de tu último viaje al pasado. Las condiciones del Pacto taimu son un auténtico fastidio, pero son justas. Debo ahorrar cada ápice de energía para volver a enviarte al pasado dentro de unos días, y en la fecha correcta al primer intento, antes de que termine el periodo de alimentación del Denzel de ese pasado y por tanto siga indefenso con su don anulado. Además, ese Denzel del pasado ya está en alerta por culpa de tu cagada y me temo que será inevitable que el Denzel actual le haga saber en algún momento que tu objetivo no es matarlo, sino quitarle el anillo.
—Da igual que sepa que lo que queremos es su anillo. Aunque él quisiera, le es físicamente imposible quitárselo para esconderlo en otro lado. Y sin sus hijos allí y sin su don activo será un simple e indefenso chico ciego como cualquier otro. Ni siquiera podrá decirles a los iris de su ciudad de esa época que lo protejan y lo escolten hasta que termine su alimentación, porque se arriesgará a que la Asociación, y por derivación los dioses, se acaben enterando de la verdad sobre su anillo.
—Trágico… trágico sin duda… —suspiró Izan una vez más, mirando la ciudad—. Y todo por elegir… el camino de portarse bien… de cumplir las normas… de amar a la gente… y tener un miedo constante a perderla…
Beldara se cruzó de brazos con su habitual aire indiferente y frío. Pero, tal vez, fue más bien un gesto involuntario de incomodidad y aprensión, como si esas palabras le provocaran un pequeño conflicto interno. Difícilmente se podía adivinar a través de su rostro, dado que llevaba la cabeza cubierta por un gorro hasta la nariz, como siempre tapando sus ojos por completo. De todas formas, Izan estaba distraído con sus propios pensamientos tras esa visita que le había hecho a Brey. Habían pasado siete años. Pero, para Izan, no significaba nada. No sentía nada. Sólo le importaba su misión, sus intereses, sus beneficios futuros, su propio bienestar y felicidad individual. Para un arki, no había camino más lógico e idóneo que ese.
—Ya veremos si sigues aguantando el sufrimiento que tanto te empeñas en elegir, hermanito —murmuró.
Cleven regresó a casa después de haber tirado la basura. Brey notó que venía bastante callada y seria, como muy sumergida en sus pensamientos, y le pareció raro, porque antes de salir de casa tenía el humor contrario. Al pasar junto al sofá, Cleven cogió la manta, que había estado colgando desordenadamente del reposabrazos y tapando parte de la mesilla que había al lado. Por eso, dejó al descubierto el aparato del teléfono fijo, y Brey divisó que tenía una luz roja parpadeando.
—Mierda… ¿Cuánto tiempo ha estado eso así? —se preguntó—. Cleven, ¿puedes pulsar ese botón amarillo, grande y redondo del teléfono?
Ella, dejando la manta a un lado, se acercó al aparato y señaló con duda dicho botón. Su tío asintió con la cabeza, entonces ella lo pulsó.
—“Tiene un mensaje, recibido a las tres y diez de la tarde” —declaró la voz femenina.
—Uy… eso fue hace como tres horas —dijo Cleven.
—“Reproduciendo mensaje” —dijo la voz del aparato, y se oyó un pitido—. “Hola” —habló una voz masculina—. “Llamo de las oficinas de la Seguridad Social, soy Kori Nakamura.”
Brey se levantó de la banqueta de un brinco y clavó una mirada tensa en el aparato, prestando toda su atención.
—“Este es un recordatorio para Brey Saehara de que la visita de la señorita Riku Ishida no podrá efectuarse el domingo por la tarde por asuntos personales. Por lo que, tal como se le informó por email el pasado jueves, la visita sigue en pie para hoy sábado a las seis y media de la tarde, y acudiré yo en sustitución de la señorita Ishida. Buenas tardes.”
—¿Riku Ishida? —saltó Cleven—. ¿Tu asistente…? ¡Ostras!
—¿¡Qué!? —exclamó Brey, agarrándose de los pelos—. ¿¡Qué cojones…!? ¿¡Pero cuándo…!? No puede ser…
Se fue corriendo hacia la mesa del comedor, donde tenía su ordenador portátil, y se metió en su correo electrónico a toda prisa. Lo que encontró no tenía sentido para él. Resulta que sí, que tenía un email recibido el pasado jueves de las oficinas de la Seguridad Social, informándole de que la visita de Riku del domingo se cancelaba y se sustituía por la visita de un tal Kori Nakamura el sábado por la tarde, y que, de no poder recibirla en la nueva fecha, lo comunicara a las oficinas.
Lo que no le cuadraba, es que el correo le aparecía como “leído”. Él no recordaba haber abierto y leído ese email. Pero si así aparecía, tenía que haber ocurrido en algún momento. Brey no veía otra explicación que la de haberlo pasado por alto. Seguramente, de tantas cosas que tenía metidas en la cabeza y tantas tareas y obligaciones y estrés y falta de sueño, debió de abrir ese correo junto con los demás de ese día y no prestarle atención. Lo mismo que el mensaje en el teléfono, que lo había recibido hace tres horas.
Por lo visto, lo habían avisado con tiempo, así que Brey tenía toda la culpa de haberse enterado a última hora. Esto le podía costar caro. Porque apenas faltaban unos pocos minutos para que llegara el asistente, y si veía algo que no le gustase… podía marcarlo como una falta grave y cumplir así su mayor peor pesadilla.
Brey saltó a lo depredador sobre Daisuke y lo agarró bajo un brazo. Un segundo después, voló hacia la mesita del salón y agarró a Clover bajo el otro, y subió las escaleras como un rayo, para ir a vestir a los niños con sus mejores galas y ordenar todo el piso de arriba. Cleven se quedó ahí paralizada en mitad del salón sin saber qué pasaba.
—¡Cleven, recoge y limpia! —oyó la voz de su tío desde la lejanía—. ¡Recoge y limpia…!
—¿¡Pero qué pasa!?
—¡Va a venir el asistente social y todo debe estar impoluto!
—Ahí va… —se alarmó la joven.
Unos minutos después, los cuatro ya estaban en el salón recuperando el aliento. Cleven había conseguido dejar el piso de abajo bastante decente y se había puesto una ropa más bonita, y Brey se había encargado de todo el piso de arriba, hasta de limpiar los baños, y de asear y vestir a los niños con camisa, blusa, falda y pantalón. No hacía ninguna falta vestirlos como si fueran a asistir a la coronación de un rey, no había nada de malo en que unos niños vistieran con ropas cómodas y poco elegantes en su casa, pero Brey no quería correr ni un solo riesgo.
—Tío… —jadeó Cleven, aprovechando que los niños se pusieron a ver la tele—. ¿Por qué tanta importancia… en dejarlo todo perfecto?
—Cualquier defecto o pega… —jadeó también—. Me quitarán puntos… Si… si me quitan todos los puntos…
No acabó la frase, y Cleven vio auténtico miedo y angustia en sus ojos.
—Pero… no serán tan estrictos como para restarte puntos si ven a los niños en chándal, o un cojín del sofá tirado en el suelo, o la mesa de comedor con algunos vasos sucios, ¿verdad? De hecho, eso sería pasarse de la raya y seguro que ni es legal.
—No se trata de eso —suspiró Brey—. Normalmente, esas nimiedades no son motivos para bajar puntos, pero mi caso es diferente, porque tengo que competir contra “otro lugar familiar mejor”.
—¿“Otro lugar familiar mejor”? —repitió ella—. Oh… ¿Te refieres… a que tienes que competir con los padres de Yue?
—La Seguridad Social siempre, siempre buscará determinar cuál es la vivienda, el entorno y los familiares o tutores más idóneos para los niños. Si comprueban que la casa de Norie y Joji es más limpia, segura, cómoda y ordenada que la mía, ellos ganarían más puntos. Si comprueban que Joji y Norie son mejores cuidadores, más atentos, más mentalmente sanos y estables, más responsables y sin malos hábitos o vicios, ellos ganarían más puntos.
—Pero… ¿puntos para ganar qué premio?
—La custodia completa —contestó Brey, cerrando los ojos—. No sólo tengo que demostrar ser un buen padre, también tengo que demostrar ser mejor opción que Joji y Norie.
Cleven al final comprendió este problema con el que su tío llevaba cinco años lidiando. No debía ser nada fácil mantenerse como la mejor opción para los niños, cuando él era un padre adolescente, y huérfano, y soltero, y Joji y Norie eran un muy respetado matrimonio japonés en una edad idónea y trabajando como funcionarios del Gobierno.
—La única razón por la que me dieron a mí la custodia a los 15 años es por la relación de parentesco, ya que yo soy el progenitor directo y biológico, mientras que Joji y Norie son los abuelos y además no biológicos. Y por la tutoría de Agatha. Si Agatha no se hubiera declarado en el juicio como mi tutora legal y la responsable de enseñarme a cuidar apropiadamente de los niños con su participación directa, no habría nada que hacer. Y a eso había que añadirle la condición irrevocable de recibir periódicas visitas de los asistentes sociales para evaluar si la custodia me la sigo mereciendo yo o no.
Cleven resopló y abrazó a su tío, indicándole que entendía lo duro que era y que le apoyaba totalmente. Brey se sorprendió un poco, pero inesperadamente se sintió más relajado. No tenía nada que temer. Habían conseguido dejarlo todo impecable a tiempo, especialmente porque Cleven había estado ahí para ayudar.
—Hah… —suspiró el rubio—. Preferiría que viniese Riku. De todos los asistentes que han venido, ella me pareció la más lógica y comprensiva.
—Mm, hm… ¿Sabes que esa asistente social llamada Riku Ishida es la novia de Lex? —le informó Cleven.
—Querrás decir su prometida.
—¿¡Quééé!? —exclamó con ojos como platos—. ¿¡Que se han prometido!? ¿Y tú cómo sabes eso?
—Oh… Pues Lex me lo dijo, cuando me encontré con él el miércoles de la semana pasada durante la visita universitaria a su hospital que ya te conté. ¿Tú… no sabías eso?
—¡No! ¡Ni idea! ¡Voy a decirle cuatro cosas a ese idiota de hermano por no haberme contado semejante bomba! —gruñó Cleven—. ¡Y luego él se enfada conmigo si no le cuento mis cosas más importantes! ¡Tendrá cara…!
—Creo que se está tomando su tiempo para informárselo a toda la familia, Cleven, no es nada personal contra ti.
—De todas formas, ¿por qué todavía vienen asistentes a supervisarte si con 20 años ya tienes la mayoría de edad?
—Lo alargan un año más, ya que casos como el mío son pocos, especialmente cuando, de los dos progenitores, sólo uno se está haciendo cargo, y siempre miran por la máxima seguridad y bienestar de los niños. Cuando cumpla 21 este próximo abril, por fin dejarán de venir.
En ese momento, sonó el telefonillo, y todos dieron un brinco. Clover y Daisuke apagaron la tele y se fueron a la entrada, y se pusieron juntos y firmes, mostrando su mejor comportamiento, tal como Brey les había enseñado. Después de pulsar el botón del telefonillo para abrirle la puerta del portal al asistente, también se colocó frente a la puerta y respiró hondo.
Pasó un minuto más y sonó el timbre. Cuando Brey abrió la puerta, esperó encontrarse con un hombre de porte serio y elegante, con un ceño fruncido expresando un aire examinador, meticuloso y sosegado. Pero no. Le dio un escalofrío de grima al encontrarse con un señor encorvado, horribles y gruesas gafas que hacían de sus ojos negros dos pozos sin fondo; una nariz como una patata de concurso y una cara de la que las pasas tendrían envidia. Luego, su pelo era similar a la melena de un león africano color negro. Y la cara que tenía era de verdadero nerd. Sujetaba una carpetita en un brazo para tomar apuntes.
El señor miró a Brey amigablemente, espantándolo con una sonrisa de dientes de caballo. «Esto debe de ser una irracional broma de la Madre Naturaleza» pensó Brey, procurando que su cara no hiciera el más mínimo gesto de disgusto.
—Buenas tardes —saludó el viejo con una voz fea y con gallos, pero con un tono muy simpático.
—¡Un trol! —exclamaron los mellizos, apuntándole con el dedo.
—¡Niños! —se enfadó Brey—. ¡Más respeto!
—¡Oh! Estos deben de ser Clover y Daisuke —sonrió el viejo, quitándose los zapatos en el umbral de la entrada y pasando adentro; se inclinó hacia los dos niños para observarlos bien—. ¡Qué niños tan lindos e impecables! Lo veo en vuestros ojos. Sois unos niños muy pero que muy buenos, ¿a que sí?
—¡Sí! —exclamaron ambos—. ¡Somos muy buenos!
El viejo se rio alegremente, pero luego se quedó varios segundos mirando fijamente a Clover, sin pestañear, con esa sonrisa de dientes feos. Ella hizo un gesto tímido, propio de un niño cuando un desconocido le dirigía toda su atención, pero también por otra razón. Clover sintió algo raro, una energía fría e incómoda que no supo descifrar.
—Ehm… —murmuró Brey, cerrando la puerta, y el viejo se irguió de nuevo hacia él.
—Usted, jovencito, debe de ser Brey Saehara. Encantado, soy Kori Nakamura, el asistente que sustituye a Riku Ishida, como ya se le informó —le tendió su identificador, que era como una billetera de cuero donde los asistentes solían mostrar su tarjeta de identidad de las oficinas.
La mayoría de la gente solía mirarla y asentir sin más, pero Brey la cogió para observarla bien. No era porque desconfiase de ese señor, sino porque todos los iris del planeta tenían bien aprendido comprobar siempre y al detalle toda placa, tarjeta o documento que alguien les mostrase. Efectivamente, su tarjeta era auténtica, y se la devolvió.
—Sí, encantado igualmente —contestó Brey—. Pase, por favor.
—Oooh, es una vivienda encantadora, encantadora —apreció el señor Nakamura al adentrarse en el salón, pero cuando se encontró a Cleven ahí de pie, frenó en seco, y por un segundo, se le borró la sonrisa, eclipsada por un fugaz sentimiento de desconcierto y disgusto. No obstante, enseguida recuperó su expresión risueña—. Ah, disculpe el sobresalto. No esperaba que el joven Saehara tuviera otra visita hoy.
—Oh, no se preocupe, señor —se apresuró a saludar Cleven con una inclinación educada—. Soy la sobrina de Brey, Cleventine Vernoux. Estoy actualmente viviendo con él. No os molestaré, haced como si no estuviera…
—Ah, ya veo, ya veo… —caviló el viejo entre dientes, y miró al rubio—. Lo siento. No me habían informado en las oficinas que está usted a cargo de otra menor.
—Ya, sobre eso… —le explicó Brey, un poco nervioso—. Mi sobrina lleva apenas dos semanas aquí con nosotros. Por supuesto, su padre está al corriente y tenemos su permiso.
—Oh, en ese caso, ¡le vendrá de maravilla la compañía de una querida sobrina que lo ayuda! —celebró el viejo.
—Sí, la verdad es que con Cleven en casa, la vida se nos ha vuelto más fácil… y más feliz —afirmó Brey, pero se asustó un poco cuando vio a Cleven dirigiéndole una de sus enormes sonrisas de tarada con ojos llorosos de ternura.
—Me alegra oírlo, joven. Por favor, no esté nervioso. Hoy solamente vengo a realizar una supervisión de la vivienda. Las entrevistas personales a usted y a los niños serán preferiblemente pospuestas a la próxima visita que realice la señorita Riku Ishida, ya que ella es su asignada oficial.
—Oh… De acuerdo. En ese caso… proceda libremente, por favor —le dijo Brey, sintiéndose bastante aliviado de que esta visita al final sólo fuera un análisis del entorno.
El señor Nakamura fue caminando a un lado y a otro de la casa, comprobando el estado de los muebles, las ventanas, abriendo cajones de los muebles por si había objetos peligrosos, mirando los enchufes de las paredes, los baños, la cocina… Como caminaba encorvado y de vez en cuando mostraba un tic de jugar con los dedos de las manos y los codos encogidos contra el cuerpo, parecía una gamba. Los niños iban detrás de él, persiguiéndolo, retándose el uno al otro para tocarle la espalda, a pesar de que Brey les decía una y otra vez que parasen.
Cuando el señor Nakamura se detuvo ante las escaleras de caracol y se agachó para mirar los escalones, Daisuke pareció echarle valor y acercó el dedo lenta y discretamente hacia él.
—¡Uuh! —exclamó el viejo de repente, girándose hacia ellos con cara de fantasma.
—¡Aaah! —chillaron los pequeños, partiéndose de risa.
—¡Jujujuju! ¡Que tengo ojos en la nuca, pequeñuelos! —se rio el viejo, volviendo a ponerse en pie.
Continuó con su reconocimiento con la carpeta en mano, escribiendo cosas de vez en cuando, y subió a la planta superior, perseguido por los niños otra vez.
—Parece un orco de Mordor, pero es muy simpático y bueno con los niños —opinó Cleven, y subió también con su tío las escaleras.
—Muy bien, muy bien, muy bien… —dijo el viejo una vez más, tras hacer un reconocimiento de todas las habitaciones y baños, más exhaustivo en el dormitorio de los niños—. Tienen los niños una habitación encantadora. Francamente, jovencito, me ha gustado mucho todo lo que he visto por aquí.
Al oír eso, Cleven casi pudo divisar ese par de toneladas de tensión abandonando el cuerpo de su tío y la enorme sensación de alivio que disimuló bajo su habitual semblante serio.
—Gracias, señor.
—¿Dispone la casa de algún sistema de seguridad antirrobo?
—Sí, tengo instalado el mejor sistema de seguridad…
Mientras Brey y el señor Nakamura se ponían a conversar en el pasillo de los últimos aspectos de la vivienda, el edificio y el barrio, Cleven agarró las manos de sus primos y se los llevó escaleras abajo para jugar en el salón y darles algo de privacidad a su tío y al asistente.
—Permítame la indiscreción, jovencito —le dijo el viejo, cambiando a un tono más formal—. No puedo evitar sentir interés por un caso como el suyo. Estoy al tanto de la situación. La madre fallecida… y sus abuelos maternos seguramente en desacuerdo con la custodia actual…
—Hah… sí… —suspiró Brey—. Es… un poco complicado. Pero nada de eso afecta negativamente a los niños, se lo aseguro. Ellos aún son pequeños, sus abuelos y yo todavía no les hemos hablado de… bueno, acerca de su madre y cómo murió… y… en cualquier caso, los señores Saitou y yo no dejamos que los niños perciban en absoluto las tensiones que hay entre nosotros. Al menos ellos y yo estamos de acuerdo en que los niños merecen sentirse queridos, a salvo y sin problemas a su alrededor.
—Bien. Porque eso es lo que deben hacer. Proteger la inocencia y la felicidad de los pequeños —asintió el viejo con vehemencia—. No obstante… a mí me gustaría saber, jovencito, cómo se siente usted realmente por dentro, más allá de su compromiso con el deber.
—¿Sobre qué? —frunció el ceño.
—Sobre toda la situación general. Con este evidente giro de 180 grados que dio su vida a tan temprana edad.
—Ahm… Disculpe… creía que dijo que no haría entrevistas personales… —dijo Brey, algo incómodo.
—No se preocupe por eso. Tan sólo se trata de un capricho mío, de satisfacer mi curiosidad. No quedará registrado nada de lo que digamos en esta conversación. Por supuesto, usted es libre de negarse a tener esta conversación. Le pido disculpas de antemano, pero los asistentes sociales, ya sabe… solemos ser así de directos.
—Ya… entiendo. Entonces…
—Entonces, dígame, querido muchacho —le sonrió con calma, dando un paso hacia él, y Brey se sobresaltó un poco—. Cuénteme. Cómo le hace sentir realmente toda esta situación. ¿Le parece injusta? Un chico de 15 años… con toda la vida por delante y con planes de futuro… se ve de repente destruido por una tragedia y una inesperada carga de la que no podía deshacerse.
—¿Carga? —repitió Brey, no muy contento con ese término.
—No malinterprete. Los niños son una bendición. Pero es que usted también era un niño entonces. Y se le presentó delante una gran carga, una ardua responsabilidad, un azar que la vida le impuso sin previo aviso. No niego lo mucho que usted debe de querer a esos niños. Pero, precisamente, de amar tanto a alguien es de donde viene el sufrimiento. Usted lo sabía mejor que nadie. Y aun así eligió quedarse con los niños, sabiendo que irremediablemente acabaría amándolos, y sabiendo que irremediablemente se arriesgaba, una vez más, al sufrimiento que viene con ello. ¿No era más fácil para todos, incluso para los niños, y sobre todo para usted, rechazar la custodia y cedérsela a los señores Saitou desde el principio? Los niños habrían crecido igualmente felices y a salvo bajo el amor y protección de sus abuelos. Y usted podría haber seguido con su vida, libre, con las pocas preocupaciones de cualquier quinceañero, sin sufrir innecesariamente por esos dos niños.
Brey se quedó en silencio. De repente, se sentía abrumado por todas esas cuestiones que le planteaba el viejo. Realmente estaba siendo muy directo, y Brey no sabía descifrar si estaba siendo acusador, o simplemente tenía genuina curiosidad por cómo alguien, en su piel, optaría por la opción que parecía más dura y no por la otra que parecía más sencilla, en una decisión que a cualquiera le cambiaría la vida radicalmente.
—No… —respondió finalmente—. No creo que hubiese sido más fácil para todos. Elegí la opción que yo quería, que además es la opción que creía, y sigo creyendo firmemente, que es lo que Clover y Daisuke también habrían querido.
—Entonces, no sólo eligió la opción del sufrimiento hace cinco años, sino que usted todavía hoy está decidido a seguir eligiéndola —asintió el señor Nakamura—. Pero eso es desolador, ¿no le parece, jovencito? Recibir el regalo de la vida en este planeta paraíso, con el lazo dorado del libre albedrío, para gastarla entera no haciendo otra cosa que sufrir y sufrir… Nada de lo que haga usted para combatir el sufrimiento y enviarlo lejos será garante de librarse de él por siempre, pues siempre que uno decide atarse emocionalmente a alguien, tiene el sufrimiento garantizado, encontrando siempre su camino de regreso con una nueva tragedia tras otra.
A este punto, Brey estaba convencido de que el señor Nakamura lo estaba sometiendo a algún tipo de prueba moral. Pero Brey consideraba que tenía una moral férrea, por lo que no temió ni un poco expresar sus respuestas con total honestidad.
—Pero es que ese no es mi objetivo en la vida. El sentido de mi vida no es tener la vida más sencilla y feliz con el menor sufrimiento posible; es procurar que las demás personas buenas la tengan. Empezando por las personas más cercanas e importantes para mí.
—¿Está entonces diciendo que, a pesar de seguir teniendo en bandeja la opción de cederles la custodia a los Saitou y desatarse física y emocionalmente de los niños y ser libre de sufrimiento, está totalmente dispuesto a sacrificar su propia felicidad y sus propios sueños trabajando en conseguir la felicidad y los sueños de los mellizos?
—Me plantea usted una contradicción —le indicó Brey, sin menguar la firmeza de su voz, que sostenía la firmeza de sus creencias—. Ahí el verbo no es “sacrificar”, es “hacer realidad”.
El señor Nakamura se quedó callado. Su respuesta no pareció satisfacerle. Brey creía que le estaba haciendo estas cuestiones de forma imparcial, pero era como si el propio Nakamura, por dentro, quisiera que Brey reconociera que elegir el sufrimiento era absurdo e irracional. No iba a suceder. Brey era un iris de nacimiento. Sufrir por los buenos humanos, prioritariamente los más cercanos, era su dogma, su ADN.
—¡Espléndido! —exclamó el viejo de repente, y el rubio se llevó un buen susto.
Brey no se había dado cuenta, pero era como si en los últimos minutos el ambiente alrededor de ellos se hubiera estado oscureciendo poco a poco. Y cuando el señor Nakamura volvió a sonreír, era como si ese tono lúgubre desapareciera y el ambiente recuperara su luz y normalidad.
Finalmente, cuando lo despidieron en la puerta, el viejo les dio unos caramelos a los mellizos, deleitó a Brey y a Cleven con una última sonrisa de horrorosos dientes de caballo, y se marchó.
* * * * * *
Quince minutos después, Izan se encontraba sobre la azotea de un edificio de la ciudad. Después de quitarse unas gafas de pasta gruesa, se quitó también la peluca de león negro africano. Lo fue metiendo todo en una maleta negra. Se despegó de la cara la nariz falsa de patata, la máscara de piel arrugada, y las lentillas negras, dejando al descubierto sus ojos verdes. Por último, se quitó la dentadura postiza de dientes de caballo, la guardó en un bote dentro de la maleta y la cerró.
Se quedó un rato ahí arrodillado sobre el suelo de grava de la azotea, mirando al frente las vistas de la ciudad anocheciendo. Se oyeron unos pasos acercándose detrás de él. Esa persona se paró a su lado.
—¿Y bien? —preguntó ella.
—Se ha cumplido mi plan. No hay ni rastro del talismán en toda la casa y Clover tampoco lo lleva encima. Jannik se lo ha pedido de vuelta.
—¿Cómo puedes estar seguro?
—Porque he entrado y salido de la casa ileso. —Izan volvió quedarse un rato en silencio, mientras sus rastas rubias se movían con el viento—. Hmm… —suspiró por la nariz—. Cleventine estaba ahí. Está viviendo con él.
—No sé de quién hablas ni me importa. La cuestión es si será un impedimento.
—No. El propio Brey me ha informado cuando hemos estado charlando. Él se irá a las 8 de la mañana a “hacer un recado importante de la universidad”, es decir, se irá con Drasik a la prefectura de Ibaraki a cumplir su parte de la misión antiterrorista, tal como Kaoru ya me confirmó el otro día. Cleventine tiene práctica de natación y se irá de casa a las 9. Y entonces vendrá Agatha a despertar a los niños y hacerles el desayuno. Esta noche todos dormirán, nadie tiene previsto quedarse despierto estudiando, o viendo la tele o ese tipo de posibilidades. Sólo necesitaré incomodar al pequeño Daisuke lo suficiente para que vaya a pedirle a su querido papá que lo deje dormir con él, y deje así a Clover sola. Bastará con enrarecer el ambiente. Daisuke es un niño extremadamente sensible a las energías. Y necesito que no se interponga. No sé hasta qué punto maneja su poder. Dudo que a su edad lo haya desarrollado mucho, pero enfrentarse al poder de Daisuke, desarrollado o no, es lo último a lo que cualquier criatura de las tres dimensiones querría enfrentarse.
—¿Por qué no me usas a mí para esto? ¿No sería más fácil? Me teletransporto en plena noche y me la llevo.
—Beldara, ya lo hemos hablado. En primer lugar, Agatha vive en ese mismo edificio. Si realizas un teletransporte en casa de Brey, será lo suficientemente cerca para que Agatha lo note desde su casa. Y si decide ir a comprobarlo y te descubre poniéndole las manos encima a esos dos niños, no le va a importar quién seas, te devorará en un instante. Y en segundo lugar, no vas a hacer uso alguno de tu don hasta que recupere la energía de tu último viaje al pasado. Las condiciones del Pacto taimu son un auténtico fastidio, pero son justas. Debo ahorrar cada ápice de energía para volver a enviarte al pasado dentro de unos días, y en la fecha correcta al primer intento, antes de que termine el periodo de alimentación del Denzel de ese pasado y por tanto siga indefenso con su don anulado. Además, ese Denzel del pasado ya está en alerta por culpa de tu cagada y me temo que será inevitable que el Denzel actual le haga saber en algún momento que tu objetivo no es matarlo, sino quitarle el anillo.
—Da igual que sepa que lo que queremos es su anillo. Aunque él quisiera, le es físicamente imposible quitárselo para esconderlo en otro lado. Y sin sus hijos allí y sin su don activo será un simple e indefenso chico ciego como cualquier otro. Ni siquiera podrá decirles a los iris de su ciudad de esa época que lo protejan y lo escolten hasta que termine su alimentación, porque se arriesgará a que la Asociación, y por derivación los dioses, se acaben enterando de la verdad sobre su anillo.
—Trágico… trágico sin duda… —suspiró Izan una vez más, mirando la ciudad—. Y todo por elegir… el camino de portarse bien… de cumplir las normas… de amar a la gente… y tener un miedo constante a perderla…
Beldara se cruzó de brazos con su habitual aire indiferente y frío. Pero, tal vez, fue más bien un gesto involuntario de incomodidad y aprensión, como si esas palabras le provocaran un pequeño conflicto interno. Difícilmente se podía adivinar a través de su rostro, dado que llevaba la cabeza cubierta por un gorro hasta la nariz, como siempre tapando sus ojos por completo. De todas formas, Izan estaba distraído con sus propios pensamientos tras esa visita que le había hecho a Brey. Habían pasado siete años. Pero, para Izan, no significaba nada. No sentía nada. Sólo le importaba su misión, sus intereses, sus beneficios futuros, su propio bienestar y felicidad individual. Para un arki, no había camino más lógico e idóneo que ese.
—Ya veremos si sigues aguantando el sufrimiento que tanto te empeñas en elegir, hermanito —murmuró.
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