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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __









91.
El enfado de Agatha

Ya era algo más de mediodía, y en la casa de Denzel sólo estaban Naminé y Owen, sentados en la mesa del comedor jugando una partida de ajedrez en silencio, y James y Lu Kai, arrodillados en el suelo junto a la mesita baja del salón, practicando su Poder de los Sellos, dibujando con sus pinceles de tinta pequeños animales varios en hojas de papel, algunos de los cuales habían cobrado vida, por lo que había pequeñas criaturas de tinta negra correteando o bailando sobre la mesa.

Algunas desaparecían por sí solas, se evaporaban cuando llegaban a su tiempo límite de existencia, que eran los 6 minutos, un tiempo sumamente inferior comparado con la media hora que podían durar las creaciones que dibujaba el brujo Zhen Yu, las cuales, además, adoptaban un aspecto hiperrealista al cobrar vida, mientras que las creaciones del Poder de los Sellos mantenían sus trazos de tinta.

En el comedor, Naminé estaba teniendo un tic nervioso en la pierna bajo la mesa. Sobre la mesa, procuraba estar calmada, con la barbilla apoyada en una mano, sin apartar una mirada inyectada de pura impaciencia de la mano de Owen, que estaba en medio de un movimiento de uno de sus peones, sosteniéndolo a unos milímetros sobre el tablero. Naminé no soportaba esta manía de su hermano menor. Owen ya sabía qué ficha quería mover y dónde moverla, pero siempre hacía ese gesto de cogerla y tardar una eternidad en colocarla en la nueva casilla, porque mientras lo hacía, se ponía a pensar en el siguiente movimiento, en lugar de primero colocar la ficha y pensar después.

La cara de Naminé ya era la de un basilisco. No pudo aguantarlo más. Miró fijamente la mano de Owen, y de repente el brazo del hombre se movió veloz, colocó la ficha en un instante y se acomodó contra el respaldo de la silla con la misma rapidez. Sin embargo, Owen frunció el ceño.

—¿Qué diantres…? ¿¡Me acabas de dar un acelerón!? —le gritó a su hermana.

—No.

—¡No mientas! ¡He visto cómo tus ojos parpadeaban con lentitud mientras colocaba mi ficha, eso significa que has acelerado el tiempo del movimiento de mi cuerpo!

—¡Sólo son tres segundos, Owen! ¡No te puedes pasar un minuto entero con la ficha colgando de tus dedos si ya sabes dónde la vas a poner! ¡Así no me dejas iniciar mi siguiente movimiento, me haces esperar para nada!

—¿¡Cómo te sentaría a ti si uso mi poder espaciotemporal sobre ti!? ¡Fíjate! —Owen miró una de las fichas de su hermana, y tal ficha se deslizó por sí sola tres centímetros sobre el tablero hacia otra casilla—. ¿¡A que fastidia!?

—¡Eso que acabas de hacer es trampa! ¡Yo no hago trampa al acelerarte un movimiento que ya vas a hacer!

—No se puede jugar al ajedrez con esa impaciencia, ¡eres como una niña!

—¡Tenme el debido respeto, te saco cinco años de edad! Voy a empezar a hacer lo mismo que tú haces, a ver si no te desquicia, ya verás…

En ese momento, Denzel y Link llegaron a casa. El ruido de la puerta y de las llaves cayendo en la bandeja sobresaltó a los cuatro taimuki del interior.

—¿Qué p…? —se extrañó Naminé, levantándose de la silla del comedor—. Sé que es raro preguntar esto, pero ¿por qué has usado la puerta ahora si llevas todas las veces apareciéndote directamente aquí? —le preguntó al taimu, pero Denzel pasó de largo, yendo directamente a la mesilla del salón.

—Ha intentado teletransportarse conmigo aquí, pero no le ha salido —le respondió Link, dejando su abrigo y su bufanda prestados sobre la mesa del comedor.

—¿Que no le ha salido? —repitió perpleja.

—Parece que la Corriente del Tiempo está teniendo algunas… interferencias, por así llamarlo. No sabemos si eso es consecuencia natural del nudo latente o si hay alguien provocándolas.

—¿La supuesta taimu?

—Es difícil de saber. Y por desgracia, no hemos dado con ninguna mísera pista sobre nuestras hermanitas. Si Robin decidió por sí mismo irse por su cuenta, lo más seguro es que esté escondido en algún lugar. Pero Chris y An Ju ya deberían de habernos encontrado.

—Si a ellas también las han estado persiguiendo iris enfermos como nos ha pasado a nosotros, no tienen manera de confiar en nadie de la Asociación para preguntarles sobre padre o cómo encontrarlo —suspiró Naminé con pesar.

—Padre tenía la esperanza de encontrarlas hoy —lamentó Link, mirando al susodicho—. Va a perder la cabeza.

—¿Qué habéis hecho con mi mapa? —Denzel se puso a apartar las hojas con las que los gemelos habían atestado la mesita—. Quitad estos bichos —fue vaporizando los dibujos vivientes abanicándolos con la mano y rescató el mapa desplegado de Tokio de debajo de tantos papeles—. Como vea que habéis pintado en él, os comeré.

—No hemos tocado tu dichoso mapa —refunfuñó James, salvando sus dibujos antes de que cayeran por el suelo.

—Cuidado con esos comentarios, podríamos creer que nuestro padre de cuatro siglos lo dice de verdad —le espetó Lu Kai.

—¿Por qué crees que os estoy dando tanta comida estos días? Os estoy cebando —siguió Denzel con el sarcasmo, mientras revisaba las zonas del mapa donde ya había investigado y las marcaba con un lápiz.

—¿Es verdad que la sangre y la carne humana saben como las del cerdo? —preguntó James con curiosidad.

—Ni siquiera la carne de un humano de la India sabe igual que la de un humano de Italia o de Canadá. Y ahora callaos y dejad que me centre. Todavía me queda investigar este distrito… No… Ya hemos pasado por aquí…

—¿Qué es “Canadá”? —le susurró Lu Kai a su hermano, y James se encogió de hombros.

Denzel volvió a erguirse y se quedó analizando el mapa sobre la mesita con más perspectiva, mientras Link y Naminé se ponían a su lado a observar también. Sinceramente, no había más opciones.

Sin embargo, fue en ese instante cuando Agatha apareció de la nada en medio del salón, dando un susto de muerte a todos. La anciana se giró un poco para orientarse con los olores y se quedó de cara a ellos.

—¡Abuela! —exclamaron los cinco taimuki con una sonrisa.

Sin embargo, Agatha no estaba ahora para un reencuentro feliz. Denzel era el único que tenía una cara de espanto, sobre todo cuando notó a distancia esa energía Yin palpitante emanando de ella.

—Mier-…

Denzel no pudo terminar la palabra porque Agatha se teletransportó justo ante él, lo agarró de las solapas de su chaqueta bruscamente y un instante después lo hizo desaparecer con ella. Los cinco taimuki dieron un brinco, sorprendidos, quedándose solos de repente en el salón.

—¿Veis? —dijo Naminé—. ¡Por eso le insistí hace cuatro días que llamara a la abuela y le contara lo ocurrido!

—¿Qué esperas? Tienen de tercos lo que tienen de viejos —bufó Owen.

Agatha volvió a aparecerse, unos doce metros más arriba, en la azotea de ese mismo edificio. Soltó a Denzel de un empujón, tirándolo contra el suelo.

—¡Oye! —protestó él.

—¿¡Cuándo pensabas contarme esto!? —le gritó Agatha, dejando salir toda su furia ahora que estaban solos, bajo un cielo nublado y algo lluvioso y el viento que soplaba a esa altura—. ¿¡Por qué no me has llamado desde el primer instante!?

—Espera… ¡tranquila! —le pidió Denzel, estremecido. Hacía mucho tiempo que no la veía u oía así. Intentó ponerse en pie, pero Agatha seguía acercándose a él, mirándolo con los ojos bien abiertos, hasta pararse casi encima de él.

—¡Responde!

—¡Has estado toda la semana ya bastante ocupada con los recados de las RS de otros países…!

—¡Trágate esas burdas excusas! ¡No puedo creerlo, que pretendieras ocultarme esto! Podías llevar tu propia vida, tus asuntos… Podías ignorar mis llamadas, distanciarte de mí, quitarte de encima a la pesada de tu abuela, ¡pero teníamos un trato, Denzel! ¡Cualquier anomalía relacionada con las Corrientes del Espacio y el Tiempo en el mundo humano, cualquier anomalía de nuestro don o problema relacionado con nosotros o nuestros taimuki, tienes que informarme de inmediato! ¡Siempre! ¿¡Por qué no lo has hecho!?

—¡Porque esto lo puedo solucionar yo solo! —respondió enfadado, todavía sentado en el suelo.

—¡Y una mierda puedes solucionar esto por tu cuenta! ¡Sabes de sobra lo grave que es, un maldito nudo latente! ¿¡Solucionarlo tú solo!? ¿¡Te has vuelto idiota!? —se inclinó hacia él, mostrando sus dientes apretados. Denzel vio sus cuatro colmillos, que ahora estaban alargados y habían cambiado a un pulido color negro, y vio su rostro cubrirse de venas negras bajo su pálida piel—. ¿O te estás desviando hacia el otro lado?

—¡Basta! ¡Eso no es cierto! —se ofendió gravemente por eso último, poniéndose en pie por fin, encarándola—. ¡No te atrevas a pensar eso de mí!

—¿¡Qué otra explicación hay para que no hayas respetado el trato!?

Denzel se quedó callado, todavía respirando nervioso. Entendía el enfado de Agatha, y se lo esperaba en el caso de que ella acabara enterándose. Pero había algo más detrás de esa furia.

—¿Qué te ha pasado?

—No cambies de tema.

—No, Agatha, ha ocurrido algo… ¿Ha muerto alguien?

—La pequeña Clover ha sido secuestrada esta madrugada, Denzel —le respondió entonces—, en su propia habitación mientras dormía, sin que nadie más en la casa se diera cuenta.

—¿La hija de Raijin? —se quedó desconcertado, pero enseguida se le cruzó un pensamiento—. ¿¡Habéis preguntado a Jannik!?

—¿De qué hablas?

—Ese pequeño Knive ha estado entablando una amistad con la hija de Raijin desde hace dos semanas.

—¡Denzel! ¡No puedes hacer una acusación tan grave sólo porque sea un Knive!

—¡No es sólo por eso! El lunes de la semana pasada me ocurrió algo que…

—¿Qué? —se impacientó al ver que no terminaba.

—Oye, no hay tiempo para contártelo ahora, Agatha, ¡y no tengo tiempo de ocuparme de la hija de otra persona, tengo que buscar a las mías propias, que llevan casi una semana perdidas por esta ciudad! ¡Si alguien se ha llevado a Clover sin que su padre iris lo notara y sin dejar rastro, investigad a los Knive!

—¡No ha sido ningún Knive! ¡Neuval y Yako han estado investigando todos los rastros, las cámaras, las huellas, ventanas y puertas! Clover sólo ha podido desaparecer de una manera que sólo es físicamente posible con nuestro poder.

Ese dato descolocó a Denzel. Si eso era verdad, la primera idea que se le pasó por la mente fue la supuesta nueva taimu que existía por ahí.

—Tenías que haberme contado lo del salto en el tiempo de “los ocho”, Denzel. ¡Sólo estamos tú y yo en este mundo para protegerlo de este tipo de catástrofes! ¿Por qué diablos no me has informado desde el principio? ¡No quiero excusas!

—¿¡Qué más te da!? ¡Ya te has enterado, ¿no?!

—¡Denzel! —le dio un empujón rabioso—. ¡No puedo confiar más en ti si ante una crisis como esta decides ocultármelo! ¿¡Cómo sé que no es Kero ordenándote esto en mi contra!?

—¡Llevo décadas sin tener contacto con los amos y viceversa, Agatha, no hay nadie usándome!

—¿¡Entonces por qué, Denzel!? ¿¡Por qué llevas casi una semana ocultándome un mismísimo nudo latente!? ¿¡Por qué!?

—¡¡Porque no vas a estar aquí para siempre!! —le gritó de vuelta, con tanta fuerza que la hizo retroceder dos pasos.

Agatha se quedó muda, sin entender. Denzel tomó un par de respiraciones, intentando sosegarse. Pero no pudo. Acababa de delatarlo. Uno de sus mayores y más recientes pavores.

—Niño…

—Tu cuerpo… ya es anciano, como el de cualquier humano de 80 años —le explicó él, abatido—. No vas a vivir para siempre, Agatha. Un día te irás… y me quedaré yo solo con… con toda esta responsabilidad del don taimu… con todas las decisiones, con toda la carga. Si no puedo solucionar una anomalía espaciotemporal como esta por mí mismo, ¿cómo podré hacerlo cuando tú ya no estés? Tengo que poder resolver estas cosas yo solo, ¿entiendes?

Agatha siguió en silencio. Seguía seria, pero conocer este motivo era algo que no se esperaba.

—¿Cuánto tiempo llevas pensando en eso?

—No sé… ¿100 años? —suspiró cansado, frotándose los ojos tras las gafas negras.

—Por eso te distanciabas cada vez más de mí —comprendió Agatha—. Empezaste a entender que no ibas a poder depender de mí para siempre. Y querías hacerte a la idea lo antes posible.

—Yo sólo quiero saber proteger este mundo tanto como tú. Quiero usar mi poder en beneficio de los humanos, y de los millones de taimuki que hemos hecho existir, y no en beneficio de los dioses. Pero yo no soy como tú, Agatha. A mí los dioses sí me dan miedo. Les temo desde que tengo uso de razón, desde que aprendí lo mucho que mi existencia depende de ellos y de lo contentos o no que estén conmigo. Podrían un día cansarse de tenernos a ti a mí como un par de objetos molestos u obsoletos y hacernos desparecer con un chasquido de dedos. Y eso es…

—Ellos jamás harían eso contigo, niño. Tú siempre has cumplido sus órdenes, eres medio humano y eres el segundo pilar de la Asociación, los Zou te defenderán a toda costa. Eres alguien que tanto los dioses del Yin como los del Yang están interesados en mantener en este mundo.

—Dejarán de estarlo si después de esto nos consideran un problema grave.

—¿Por qué dices eso?

—El nudo latente… —intentó explicar, respirando hondo—… no ha sido un accidental desajuste de la Corriente, ni ha sido cosa tuya ni de mi “yo” pasado.

—¿Cómo? —se alarmó—. ¿Y quién o qué ha producido el salto temporal de tus hijos sino?

—Hay… una más como nosotros, Agatha. Por lo menos desde hace más de 120 años.

La anciana se quedó horrorizada al oír eso.

—No es posible… No… ¿Estás seguro? ¿Cómo no la hemos detectado? ¿¡De dónde diablos…!?

—¡No lo sé! —se exasperó Denzel, dando vueltas en círculo—. ¡No tengo ni idea de dónde viene! Lo he repasado mil veces, no cuadran las edades, no cuadra la edad aparente de ella, no cuadra a qué descendencia pertenece… Los dioses no se han pronunciado ante esto, así que parece que ellos tampoco tienen idea de que existe. A no ser que sí lo sepan y nos lo hayan estado ocultando… ¿para usarla con propósitos clandestinos? —miró a la anciana de nuevo, alarmado ante esta posibilidad en la que acababa de caer—. Agatha…

—No, no, ¡no! Kero no puede hacer eso.

—¡Es un dios Yin!

—¡Son dioses equilibristas, todos ellos! ¡No son seres con deseos, todos fueron creados como entes que crean las leyes de funcionamiento de nuestra realidad y la mantienen en perfecto equilibrio! ¡No están hechos para desviarse de esos parámetros, son lo contrario al extremismo!

—¿Hasta qué punto eso es cierto, Agatha? ¡Mírate! ¡Eres la prueba viviente del deseo de Kero de crear un ser vivo orgánico!

—No me creó para hacer nada que violara las normas del Equilibro. Denzel, ocultar la existencia de un nuevo taimu ante los dioses del Yang y ante la Asociación de los Zou sí es un acto de deseo antiequilibrista.

—No sé qué decirte —objetó seriamente.

Agatha tampoco supo qué más decir. La verdad, por mucho que odiara a los dioses y defenderlos ante algo, le costaba creer que se salieran de los límites de su propia naturaleza. Era como creer que una piedra podía ladrar como un perro. Lo que sí es cierto es que los dioses tenían muchos secretos. Y había uno en concreto que era el mayor y más grave de todos. Pero se supone que ya quedó zanjado y controlado unos siglos atrás, dejando como único rastro visible las Nubes Rocosas del Monte Zou. Agatha esperaba, con todas sus fuerzas, que nada de lo que estaba pasando actualmente tuviera nada que ver con eso.

De repente les sobresaltó el ruido de un helicóptero volando por ahí cerca. Pero después sonó el móvil de Denzel. El taimu lo miró y descolgó la llamada.

—Nico…

—“Denzel. Estoy con Neuval, hemos estado hablando. Tenemos que darte una mala noticia.”

—¿Qué? —se temió lo peor, palideciendo.

—“Es una mala noticia, pero no es la peor de todas, así que no pierdas la cabeza aún. Neuval y yo hemos convocado una reunión entre la SRS y la KRS ahora. Necesitamos que tú, Agatha y tus taimuki vengáis también al Yoho Pub.”

—¿¡Por qué!? ¿¡Qué habéis descubierto!?

—“Varias cosas. Ya es hora de aclararlo todo.”









91.
El enfado de Agatha

Ya era algo más de mediodía, y en la casa de Denzel sólo estaban Naminé y Owen, sentados en la mesa del comedor jugando una partida de ajedrez en silencio, y James y Lu Kai, arrodillados en el suelo junto a la mesita baja del salón, practicando su Poder de los Sellos, dibujando con sus pinceles de tinta pequeños animales varios en hojas de papel, algunos de los cuales habían cobrado vida, por lo que había pequeñas criaturas de tinta negra correteando o bailando sobre la mesa.

Algunas desaparecían por sí solas, se evaporaban cuando llegaban a su tiempo límite de existencia, que eran los 6 minutos, un tiempo sumamente inferior comparado con la media hora que podían durar las creaciones que dibujaba el brujo Zhen Yu, las cuales, además, adoptaban un aspecto hiperrealista al cobrar vida, mientras que las creaciones del Poder de los Sellos mantenían sus trazos de tinta.

En el comedor, Naminé estaba teniendo un tic nervioso en la pierna bajo la mesa. Sobre la mesa, procuraba estar calmada, con la barbilla apoyada en una mano, sin apartar una mirada inyectada de pura impaciencia de la mano de Owen, que estaba en medio de un movimiento de uno de sus peones, sosteniéndolo a unos milímetros sobre el tablero. Naminé no soportaba esta manía de su hermano menor. Owen ya sabía qué ficha quería mover y dónde moverla, pero siempre hacía ese gesto de cogerla y tardar una eternidad en colocarla en la nueva casilla, porque mientras lo hacía, se ponía a pensar en el siguiente movimiento, en lugar de primero colocar la ficha y pensar después.

La cara de Naminé ya era la de un basilisco. No pudo aguantarlo más. Miró fijamente la mano de Owen, y de repente el brazo del hombre se movió veloz, colocó la ficha en un instante y se acomodó contra el respaldo de la silla con la misma rapidez. Sin embargo, Owen frunció el ceño.

—¿Qué diantres…? ¿¡Me acabas de dar un acelerón!? —le gritó a su hermana.

—No.

—¡No mientas! ¡He visto cómo tus ojos parpadeaban con lentitud mientras colocaba mi ficha, eso significa que has acelerado el tiempo del movimiento de mi cuerpo!

—¡Sólo son tres segundos, Owen! ¡No te puedes pasar un minuto entero con la ficha colgando de tus dedos si ya sabes dónde la vas a poner! ¡Así no me dejas iniciar mi siguiente movimiento, me haces esperar para nada!

—¿¡Cómo te sentaría a ti si uso mi poder espaciotemporal sobre ti!? ¡Fíjate! —Owen miró una de las fichas de su hermana, y tal ficha se deslizó por sí sola tres centímetros sobre el tablero hacia otra casilla—. ¿¡A que fastidia!?

—¡Eso que acabas de hacer es trampa! ¡Yo no hago trampa al acelerarte un movimiento que ya vas a hacer!

—No se puede jugar al ajedrez con esa impaciencia, ¡eres como una niña!

—¡Tenme el debido respeto, te saco cinco años de edad! Voy a empezar a hacer lo mismo que tú haces, a ver si no te desquicia, ya verás…

En ese momento, Denzel y Link llegaron a casa. El ruido de la puerta y de las llaves cayendo en la bandeja sobresaltó a los cuatro taimuki del interior.

—¿Qué p…? —se extrañó Naminé, levantándose de la silla del comedor—. Sé que es raro preguntar esto, pero ¿por qué has usado la puerta ahora si llevas todas las veces apareciéndote directamente aquí? —le preguntó al taimu, pero Denzel pasó de largo, yendo directamente a la mesilla del salón.

—Ha intentado teletransportarse conmigo aquí, pero no le ha salido —le respondió Link, dejando su abrigo y su bufanda prestados sobre la mesa del comedor.

—¿Que no le ha salido? —repitió perpleja.

—Parece que la Corriente del Tiempo está teniendo algunas… interferencias, por así llamarlo. No sabemos si eso es consecuencia natural del nudo latente o si hay alguien provocándolas.

—¿La supuesta taimu?

—Es difícil de saber. Y por desgracia, no hemos dado con ninguna mísera pista sobre nuestras hermanitas. Si Robin decidió por sí mismo irse por su cuenta, lo más seguro es que esté escondido en algún lugar. Pero Chris y An Ju ya deberían de habernos encontrado.

—Si a ellas también las han estado persiguiendo iris enfermos como nos ha pasado a nosotros, no tienen manera de confiar en nadie de la Asociación para preguntarles sobre padre o cómo encontrarlo —suspiró Naminé con pesar.

—Padre tenía la esperanza de encontrarlas hoy —lamentó Link, mirando al susodicho—. Va a perder la cabeza.

—¿Qué habéis hecho con mi mapa? —Denzel se puso a apartar las hojas con las que los gemelos habían atestado la mesita—. Quitad estos bichos —fue vaporizando los dibujos vivientes abanicándolos con la mano y rescató el mapa desplegado de Tokio de debajo de tantos papeles—. Como vea que habéis pintado en él, os comeré.

—No hemos tocado tu dichoso mapa —refunfuñó James, salvando sus dibujos antes de que cayeran por el suelo.

—Cuidado con esos comentarios, podríamos creer que nuestro padre de cuatro siglos lo dice de verdad —le espetó Lu Kai.

—¿Por qué crees que os estoy dando tanta comida estos días? Os estoy cebando —siguió Denzel con el sarcasmo, mientras revisaba las zonas del mapa donde ya había investigado y las marcaba con un lápiz.

—¿Es verdad que la sangre y la carne humana saben como las del cerdo? —preguntó James con curiosidad.

—Ni siquiera la carne de un humano de la India sabe igual que la de un humano de Italia o de Canadá. Y ahora callaos y dejad que me centre. Todavía me queda investigar este distrito… No… Ya hemos pasado por aquí…

—¿Qué es “Canadá”? —le susurró Lu Kai a su hermano, y James se encogió de hombros.

Denzel volvió a erguirse y se quedó analizando el mapa sobre la mesita con más perspectiva, mientras Link y Naminé se ponían a su lado a observar también. Sinceramente, no había más opciones.

Sin embargo, fue en ese instante cuando Agatha apareció de la nada en medio del salón, dando un susto de muerte a todos. La anciana se giró un poco para orientarse con los olores y se quedó de cara a ellos.

—¡Abuela! —exclamaron los cinco taimuki con una sonrisa.

Sin embargo, Agatha no estaba ahora para un reencuentro feliz. Denzel era el único que tenía una cara de espanto, sobre todo cuando notó a distancia esa energía Yin palpitante emanando de ella.

—Mier-…

Denzel no pudo terminar la palabra porque Agatha se teletransportó justo ante él, lo agarró de las solapas de su chaqueta bruscamente y un instante después lo hizo desaparecer con ella. Los cinco taimuki dieron un brinco, sorprendidos, quedándose solos de repente en el salón.

—¿Veis? —dijo Naminé—. ¡Por eso le insistí hace cuatro días que llamara a la abuela y le contara lo ocurrido!

—¿Qué esperas? Tienen de tercos lo que tienen de viejos —bufó Owen.

Agatha volvió a aparecerse, unos doce metros más arriba, en la azotea de ese mismo edificio. Soltó a Denzel de un empujón, tirándolo contra el suelo.

—¡Oye! —protestó él.

—¿¡Cuándo pensabas contarme esto!? —le gritó Agatha, dejando salir toda su furia ahora que estaban solos, bajo un cielo nublado y algo lluvioso y el viento que soplaba a esa altura—. ¿¡Por qué no me has llamado desde el primer instante!?

—Espera… ¡tranquila! —le pidió Denzel, estremecido. Hacía mucho tiempo que no la veía u oía así. Intentó ponerse en pie, pero Agatha seguía acercándose a él, mirándolo con los ojos bien abiertos, hasta pararse casi encima de él.

—¡Responde!

—¡Has estado toda la semana ya bastante ocupada con los recados de las RS de otros países…!

—¡Trágate esas burdas excusas! ¡No puedo creerlo, que pretendieras ocultarme esto! Podías llevar tu propia vida, tus asuntos… Podías ignorar mis llamadas, distanciarte de mí, quitarte de encima a la pesada de tu abuela, ¡pero teníamos un trato, Denzel! ¡Cualquier anomalía relacionada con las Corrientes del Espacio y el Tiempo en el mundo humano, cualquier anomalía de nuestro don o problema relacionado con nosotros o nuestros taimuki, tienes que informarme de inmediato! ¡Siempre! ¿¡Por qué no lo has hecho!?

—¡Porque esto lo puedo solucionar yo solo! —respondió enfadado, todavía sentado en el suelo.

—¡Y una mierda puedes solucionar esto por tu cuenta! ¡Sabes de sobra lo grave que es, un maldito nudo latente! ¿¡Solucionarlo tú solo!? ¿¡Te has vuelto idiota!? —se inclinó hacia él, mostrando sus dientes apretados. Denzel vio sus cuatro colmillos, que ahora estaban alargados y habían cambiado a un pulido color negro, y vio su rostro cubrirse de venas negras bajo su pálida piel—. ¿O te estás desviando hacia el otro lado?

—¡Basta! ¡Eso no es cierto! —se ofendió gravemente por eso último, poniéndose en pie por fin, encarándola—. ¡No te atrevas a pensar eso de mí!

—¿¡Qué otra explicación hay para que no hayas respetado el trato!?

Denzel se quedó callado, todavía respirando nervioso. Entendía el enfado de Agatha, y se lo esperaba en el caso de que ella acabara enterándose. Pero había algo más detrás de esa furia.

—¿Qué te ha pasado?

—No cambies de tema.

—No, Agatha, ha ocurrido algo… ¿Ha muerto alguien?

—La pequeña Clover ha sido secuestrada esta madrugada, Denzel —le respondió entonces—, en su propia habitación mientras dormía, sin que nadie más en la casa se diera cuenta.

—¿La hija de Raijin? —se quedó desconcertado, pero enseguida se le cruzó un pensamiento—. ¿¡Habéis preguntado a Jannik!?

—¿De qué hablas?

—Ese pequeño Knive ha estado entablando una amistad con la hija de Raijin desde hace dos semanas.

—¡Denzel! ¡No puedes hacer una acusación tan grave sólo porque sea un Knive!

—¡No es sólo por eso! El lunes de la semana pasada me ocurrió algo que…

—¿Qué? —se impacientó al ver que no terminaba.

—Oye, no hay tiempo para contártelo ahora, Agatha, ¡y no tengo tiempo de ocuparme de la hija de otra persona, tengo que buscar a las mías propias, que llevan casi una semana perdidas por esta ciudad! ¡Si alguien se ha llevado a Clover sin que su padre iris lo notara y sin dejar rastro, investigad a los Knive!

—¡No ha sido ningún Knive! ¡Neuval y Yako han estado investigando todos los rastros, las cámaras, las huellas, ventanas y puertas! Clover sólo ha podido desaparecer de una manera que sólo es físicamente posible con nuestro poder.

Ese dato descolocó a Denzel. Si eso era verdad, la primera idea que se le pasó por la mente fue la supuesta nueva taimu que existía por ahí.

—Tenías que haberme contado lo del salto en el tiempo de “los ocho”, Denzel. ¡Sólo estamos tú y yo en este mundo para protegerlo de este tipo de catástrofes! ¿Por qué diablos no me has informado desde el principio? ¡No quiero excusas!

—¿¡Qué más te da!? ¡Ya te has enterado, ¿no?!

—¡Denzel! —le dio un empujón rabioso—. ¡No puedo confiar más en ti si ante una crisis como esta decides ocultármelo! ¿¡Cómo sé que no es Kero ordenándote esto en mi contra!?

—¡Llevo décadas sin tener contacto con los amos y viceversa, Agatha, no hay nadie usándome!

—¿¡Entonces por qué, Denzel!? ¿¡Por qué llevas casi una semana ocultándome un mismísimo nudo latente!? ¿¡Por qué!?

—¡¡Porque no vas a estar aquí para siempre!! —le gritó de vuelta, con tanta fuerza que la hizo retroceder dos pasos.

Agatha se quedó muda, sin entender. Denzel tomó un par de respiraciones, intentando sosegarse. Pero no pudo. Acababa de delatarlo. Uno de sus mayores y más recientes pavores.

—Niño…

—Tu cuerpo… ya es anciano, como el de cualquier humano de 80 años —le explicó él, abatido—. No vas a vivir para siempre, Agatha. Un día te irás… y me quedaré yo solo con… con toda esta responsabilidad del don taimu… con todas las decisiones, con toda la carga. Si no puedo solucionar una anomalía espaciotemporal como esta por mí mismo, ¿cómo podré hacerlo cuando tú ya no estés? Tengo que poder resolver estas cosas yo solo, ¿entiendes?

Agatha siguió en silencio. Seguía seria, pero conocer este motivo era algo que no se esperaba.

—¿Cuánto tiempo llevas pensando en eso?

—No sé… ¿100 años? —suspiró cansado, frotándose los ojos tras las gafas negras.

—Por eso te distanciabas cada vez más de mí —comprendió Agatha—. Empezaste a entender que no ibas a poder depender de mí para siempre. Y querías hacerte a la idea lo antes posible.

—Yo sólo quiero saber proteger este mundo tanto como tú. Quiero usar mi poder en beneficio de los humanos, y de los millones de taimuki que hemos hecho existir, y no en beneficio de los dioses. Pero yo no soy como tú, Agatha. A mí los dioses sí me dan miedo. Les temo desde que tengo uso de razón, desde que aprendí lo mucho que mi existencia depende de ellos y de lo contentos o no que estén conmigo. Podrían un día cansarse de tenernos a ti a mí como un par de objetos molestos u obsoletos y hacernos desparecer con un chasquido de dedos. Y eso es…

—Ellos jamás harían eso contigo, niño. Tú siempre has cumplido sus órdenes, eres medio humano y eres el segundo pilar de la Asociación, los Zou te defenderán a toda costa. Eres alguien que tanto los dioses del Yin como los del Yang están interesados en mantener en este mundo.

—Dejarán de estarlo si después de esto nos consideran un problema grave.

—¿Por qué dices eso?

—El nudo latente… —intentó explicar, respirando hondo—… no ha sido un accidental desajuste de la Corriente, ni ha sido cosa tuya ni de mi “yo” pasado.

—¿Cómo? —se alarmó—. ¿Y quién o qué ha producido el salto temporal de tus hijos sino?

—Hay… una más como nosotros, Agatha. Por lo menos desde hace más de 120 años.

La anciana se quedó horrorizada al oír eso.

—No es posible… No… ¿Estás seguro? ¿Cómo no la hemos detectado? ¿¡De dónde diablos…!?

—¡No lo sé! —se exasperó Denzel, dando vueltas en círculo—. ¡No tengo ni idea de dónde viene! Lo he repasado mil veces, no cuadran las edades, no cuadra la edad aparente de ella, no cuadra a qué descendencia pertenece… Los dioses no se han pronunciado ante esto, así que parece que ellos tampoco tienen idea de que existe. A no ser que sí lo sepan y nos lo hayan estado ocultando… ¿para usarla con propósitos clandestinos? —miró a la anciana de nuevo, alarmado ante esta posibilidad en la que acababa de caer—. Agatha…

—No, no, ¡no! Kero no puede hacer eso.

—¡Es un dios Yin!

—¡Son dioses equilibristas, todos ellos! ¡No son seres con deseos, todos fueron creados como entes que crean las leyes de funcionamiento de nuestra realidad y la mantienen en perfecto equilibrio! ¡No están hechos para desviarse de esos parámetros, son lo contrario al extremismo!

—¿Hasta qué punto eso es cierto, Agatha? ¡Mírate! ¡Eres la prueba viviente del deseo de Kero de crear un ser vivo orgánico!

—No me creó para hacer nada que violara las normas del Equilibro. Denzel, ocultar la existencia de un nuevo taimu ante los dioses del Yang y ante la Asociación de los Zou sí es un acto de deseo antiequilibrista.

—No sé qué decirte —objetó seriamente.

Agatha tampoco supo qué más decir. La verdad, por mucho que odiara a los dioses y defenderlos ante algo, le costaba creer que se salieran de los límites de su propia naturaleza. Era como creer que una piedra podía ladrar como un perro. Lo que sí es cierto es que los dioses tenían muchos secretos. Y había uno en concreto que era el mayor y más grave de todos. Pero se supone que ya quedó zanjado y controlado unos siglos atrás, dejando como único rastro visible las Nubes Rocosas del Monte Zou. Agatha esperaba, con todas sus fuerzas, que nada de lo que estaba pasando actualmente tuviera nada que ver con eso.

De repente les sobresaltó el ruido de un helicóptero volando por ahí cerca. Pero después sonó el móvil de Denzel. El taimu lo miró y descolgó la llamada.

—Nico…

—“Denzel. Estoy con Neuval, hemos estado hablando. Tenemos que darte una mala noticia.”

—¿Qué? —se temió lo peor, palideciendo.

—“Es una mala noticia, pero no es la peor de todas, así que no pierdas la cabeza aún. Neuval y yo hemos convocado una reunión entre la SRS y la KRS ahora. Necesitamos que tú, Agatha y tus taimuki vengáis también al Yoho Pub.”

—¿¡Por qué!? ¿¡Qué habéis descubierto!?

—“Varias cosas. Ya es hora de aclararlo todo.”





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