2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __
Con la revelación del regreso de Izan se había estado oliendo la preocupación. Con la revelación aún inconclusa sobre los dioses del Yin, se olía el auténtico miedo. Porque no era lo mismo, en absoluto, enfrentarse a un arki como enemigo que enfrentarse a unos dioses. Con el primero tenían posibilidades; con los últimos, no.
Y Neuval volvió a notarlo. Un silencio especial, proviniendo de Agatha. Mientras los demás hablaban y se movían, estaba ella, estática en su silla, con los ojos medio abiertos, apuntando hacia él. Otra vez, esa mirada de sus ojos ciegos, viendo algo que sólo ella sabía. Otra vez, mirándolo a él, a Neuval, con un temor contenido, un nudo en la voz.
Era la segunda vez en esa tarde. Neuval no había olvidado ese breve momento de antes, en la casa de Brey, cuando Yako discutía con Agatha que los dioses nunca harían daño a los taimuki como castigo a ella y a Denzel por no solucionar el nudo latente, diciendo que los dioses no tienen la capacidad de ponerle la mano encima a los humanos libres. La anciana entonces replicó que sí podían hacerlo si enviaban a… Nunca terminó esa frase. Pero miró a Neuval en aquel preciso instante, un gesto demasiado raro que ahora mismo estaba volviendo a manifestar.
Por eso, Neuval empezó a sentir algo incómodo. Una terrible sensación. Lo que quiera que Agatha callaba con tanta fuerza, tenía que ver con él. No lo entendía.
—Mierda… —murmuró Drasik entonces, acordándose de algo de repente, y alzó la cabeza, y su voz—. ¡Tengo algo que decir! ¡Escuchad un momento! —pidió a todos, y los demás guardaron silencio y lo miraron con un interrogante—. Hay algo… algo jodidamente raro que dijo el cabrón de Kaoru anoche mientras me enfrentaba a él. Le pregunté si era de verdad Izan aquel de quien seguían órdenes. Le exigí que lo confesara. Pero me contestó algo diferente, algo que no le encuentro sentido. Se rio cuando le hice esa pregunta, y dijo que un arki no era lo suficientemente poderoso para darles lo que ellos deseaban.
—¿Qué te dijo exactamente? —preguntó Neuval.
—Dijo: “Ahora servimos a otros Señores. Más poderosos que los Zou”.
Los demás compartieron miradas extrañadas, sin encontrarle sentido a eso tampoco. De hecho, sonaba a disparate.
—Hah… ¿Se refería entonces a los dioses? —bufó Effie—. Mira, sigue sin encajarme que…
De pronto les sobresaltó un fuerte ruido. Agatha se había puesto en pie de golpe y había volcado la silla. Su cara expresaba el más puro horror. Estaba blanca como un fantasma.
—¡Agatha, ¿q…?! —se le acercó Denzel, preocupado, pero la anciana lo apartó de un empujón, apartó a todos los que tenía en medio, y la mesa, casi volcándola también, sólo para salir corriendo del local.
Chocó con la puerta, la palpó rápidamente con las manos, buscando el pomo. Por fin la abrió y salió al exterior. Y Denzel fue corriendo detrás.
—¡Agatha, ¿qué pasa?! ¿¡Qué te pasa!? —la alcanzó a mitad del callejón y la agarró de un brazo—. ¿¡Has descubierto algo!? ¡Háblame!
—¡No! ¡No! —la anciana agarró su mano y se soltó de él de una sacudida—. No me sigas… ¡No se te ocurra seguirme!
—¿¡Pero adónde vas!?
—A comprobar algo… —le tembló la voz, respirando aceleradamente—. Te lo advierto. No me sigas.
Finalmente, Agatha desapareció en el aire. Denzel se quedó un rato ahí en el callejón tratando de comprender qué demonios había sido eso. Regresó al local, indicando a los demás con un gesto que no sabía qué pasaba.
Neuval aún miraba a la puerta, escamado.
—Chicos, creo que deberíamos dejarlo por hoy —dijo el taimu—. He visto a una pareja de policías pasando por la calle principal.
—¿En este barrio? ¿Desde cuándo? —se extrañó Nakuru.
—Y hoy están especialmente insoportables con los helicópteros.
—Sí, ¿qué carajos pasa con eso? —protestó Effie.
Neuval puso una mueca todavía más escamada, pero esta vez, por otro motivo, oyendo desde ahí el lejano zumbido de algún helicóptero.
—Seguiremos investigando a toda costa —dijo Pipi—. Necesitamos averiguar dónde podría estar Izan reteniendo a las secuestradas. Si las tiene que mantener con vida, las tiene que tener en alguna casa, algún refugio, y comprar comida. En cuanto a la ARS, no sé si después de lo de anoche seguirán dando la cara en público.
—Si lo hacen, los atrapamos, los reventamos a hostias y les hacemos cantar —dijo Drasik.
—No —lo frenó Neuval—. Cuidado con esas ideas, Dras. Siguen siendo iris enfermos. No son ellos, los verdaderos ellos.
Drasik agachó la cabeza sin decir nada, no muy contento con verlo de esa forma.
—Es más. Aunque los veamos por ahí, no nos conviene ponerles las manos encima —añadió Neuval—. Izan podría hacer daño o algo peor a sus rehenes si lo cabreamos o tocamos a alguno de sus activos.
—Tiene razón —corroboró Pipi, mirando seriamente a todos—. No hagáis nada precipitado. Si vemos a algún miembro de la ARS por ahí, nos conviene mucho más no demostrarles lo mucho que sabemos hasta ahora. Esta no es una situación de lucha a puñetazos, sino de estrategia y espionaje. Y hacer las cosas con cuidado. Porque no sabemos lo que podemos desencadenar si damos un paso donde no debemos.
—Si Izan no nos ha atacado o eliminado ya con el poder que tiene hora y la taimu a su servicio —continuó Neuval—, es porque no somos su objetivo. Él quiere llevar a cabo un plan. Si ve nuestro avance para impedírselo o empieza a vernos como una amenaza para su plan, reaccionará, y eso no nos conviene. Debemos ir averiguando cosas discretamente. Una vez que descubramos el paradero de Clover y las taimuki, hay que idear un plan de rescate adecuado. Ni una humana inocente debe recibir rasguño alguno.
—Nosotros podemos ayudar —dijo Naminé, señalándose con sus hermanos.
—No. Es mejor que vosotros os mantengáis lo más a salvo y menos a la vista posible —les dijo Pipi—. Si capturan a uno de vosotros cinco, o a todos, tendríamos que hacer un rescate más difícil. No deberán despegarse de tu lado, Denzel.
El taimu asintió con la cabeza.
—Brey, lo siento —le dijo Yako, posando una mano en su hombro, levantándose al mismo tiempo que los demás—. No podemos rescatarla hoy.
—No quiero volver a mi casa si no es con ellos sanos y salvos —murmuró.
Yako suspiró apenado. Neuval también cerró los ojos con pesar al oírle decir eso. No podía imaginar algo así. Ni quería.
—¿Y Cleven? —les preguntó a ambos chicos—. ¿Qué va a pasar con ella?
—Antes de irnos, Brey le escribió un mensaje diciéndole que había pasado algo grave, y que fuera a donde Mei Ling o a donde Eliam para que se lo explicaran. Tanto Mei Ling como Eliam tienen instrucciones sobre lo que le tienen que decir. La mantendremos alejada de todo asunto iris.
—Vamos, muchachos, nos iremos a pie —les indicó Denzel a los taimuki que fueran saliendo del local—. Con una taimu desconocida por ahí suelta, no me conviene hacer tantos teletransportes por la ciudad.
Todos se fueron marchando. Algunos esperaron unos minutos detrás de otros, para llamar menos la atención; otros se marcharon por la puerta de atrás, que conducía a las escaleras interiores del edificio, y las subieron para llegar a la azotea.
El local se quedó vacío y reinó el silencio. Hacía ya rato que Cleven se había tumbado sobre sus brazos, bocabajo, totalmente cubierta por su capucha. Por eso no repararon en ella, pensando que era un tipo borracho dormitando sobre la mesa, como los otros dos sujetos de las otras mesas. Ogu seguía ausente. Se oía una televisión encendida por una puerta medio abierta detrás de la barra, debía de estar ahí en un cuartito viendo la tele como si nada, importándole un pepino todo lo demás.
Qué lugar tan deprimente. Con razón se reunían ahí. Cleven estaba ya cansada. Tenía las piernas entumecidas. Pero nada de esto la molestaba, porque estaba totalmente sumergida en su mente, repasando todo lo que había visto y escuchado, y eran tantas cosas de golpe, demasiadas… que no sabía qué pensar al respecto. No es que hubiera descubierto un secreto y de ahí pudiera ir asimilándolo hacia el siguiente. Cien secretos le habían estallado en la cara a la vez. Lo que no se imaginaba, es que apenas era la mitad de todo lo que aún no sabía.
Por un lado, no podía dejar de pensar en que su padre y los demás habían perdido completamente la cabeza y habían formado juntos alguna secta y compartían delirios y creencias cada cual más absurda y disparatada sobre poderes raros, una asociación secreta, unos dioses, saltos en el tiempo…
Pero, por otro, no podía negar lo que habían visto sus ojos. Denzel había desaparecido y reaparecido de la nada antes, con esos objetos que supuestamente estaban en la habitación de los mellizos en su casa. Y ni siquiera eso la asombraba y la trastornaba más que la forma en que había visto a su padre y las cosas que había dicho y cómo hablaba ante los demás. ¿Quién demonios era ese? Un desconocido. Igual que Nakuru. Igual que Denzel. Igual que Brey, Kyo, Sam y Drasik.
Era demasiado. Necesitaba tiempo. Necesitaba quedarse ahí un rato. Si no decidía qué pensar o hacer al respecto, no iba a ser capaz de volver a casa. ¿Les confesaría que los había estado escuchando toda la reunión, o fingiría no tener ni idea para que no se preocupasen por ella? No sabía…
Fuera, en la azotea, ya se habían marchado casi todos, saltando sobre los edificios, tras esperar a que se alejara ese par de helicópteros que volaban por esa zona. Solamente quedaron Neuval, Yako y Brey, viendo desde las alturas que los demás también se alejaban por las calles sin problemas. Excepto Brey, que directamente se había sentado en una pequeña estructura de ventilación en medio de la azotea, sin ganas de nada.
Yako se giró y observó a su amigo, que estaba allá a unos metros. Lo miraba intranquilo. No creía que debiera preocuparse más por ello, pero no le hacía mucha gracia verlo de nuevo en una azotea.
—Yako… ¿Es sobre Brey? —le dijo Neuval, procurando no hablar muy alto, y el chico lo miró sorprendido—. Antes me dijiste que necesitabas hablar conmigo a solas. Y luego en un momento de la reunión me he dado cuenta de que algo te estaba pasando mientras Brey estaba asimilando la noticia de Izan. Dime… ¿qué ha ocurrido?
—Casi ocurre —corrigió Yako—. Neuval, ha estado a punto de… Cuando se llevaron a Daisuke, perdió la cabeza por completo. Casi se tira de un edificio… Jamás habría esperado que él… Nunca en mi vida creí que…
—Te dije que no te separaras de él ni un segundo —le recordó Neuval.
—¡Apenas fueron cinco minutos! —exclamó en voz baja, angustiado—. Fui a hablar con la asistente antes de que se marchara para ganar algo de ventaja con su situación legal y… Alvion me avisó de repente, me dio la alarma, diciendo que él no estaba pudiendo intervenir. Seguramente porque no tiene ya tantas fuerzas… —añadió apesadumbrado—. Llegué a tiempo gracias a eso. Encontré a Brey sobre ese precipicio, y por más que lo llamé y grité, no me oía… Sé que no me estaba ignorando. Es que no me oía…
—¡Y lo frenaste! —lo agarró Neuval de los brazos, horripilado por lo que acababa de oír pero aliviado al mismo tiempo—. ¿Cómo? ¿Llegaste a agarrarlo?
—No… —respiró hondo, volviendo a calmarse—. No sé cómo lo he hecho. Pero… me conecté a su iris. A su mente. Y se lo impedí. Mentalmente.
A Neuval se le abrieron más los ojos y la boca, atónito.
—Yako… —murmuró con una voz más emocionada, casi sonriendo.
—No sé hasta qué punto es lo correcto —discrepó Yako—. Pero, por ahora, mi conexión, estando tan cerca de él, lo mantiene a flote. En la reunión podría haber tenido otra crisis grave, pero…
—Lo has podido mantener a raya —comprendió Neuval, y no pudo esconder una sonrisa de alivio, incluso de orgullo.
—Pero tú lo sabías, maestro —le recordó, contrariado, mirándolo a los ojos—. Por eso me dijiste que no lo perdiera de vista. Sabías que podía hacer algo así, algo tan imposible en un iris sin majin…
—No lo sabía… Solamente me preocupaba la posibilidad…
—¿Por qué creías que había una posibilidad siquiera? Ese acto tan horrible nunca se le pasaría por la cabeza a ningún iris sin majin, mucho menos a Brey. Dijiste que viste un caso similar hace tiempo. Neuval… necesito preguntártelo.
El Fuu no dijo nada por unos segundos. Dudó un poco, pero, a final, vio que Yako lo necesitaba.
—Fue Kei Lian.
—¿Qué? —se quedó pasmado—. No, imposible…
—Cuando Sai murió… durante las horas siguientes a la noticia, vi a Kei Lian morirse por dentro. Nunca lo olvidaré… su rostro ausente, sus ojos vacíos… dejó de ser él. Dejó de estar ahí. Era como un cascarón vacío. Y… en un momento en que nadie estaba cerca… intentó suicidarse. Pero Alvion lo detuvo.
Yako vio que los ojos grises de Neuval empezaron a empañarse. Pero el Fuu se recompuso enseguida.
—Logró hacer que volviera en sí. Restauró su iris. Y cuando mi padre volvió en sí, y se lo conté… se sintió horrible, avergonzado, y sorprendido de sí mismo. Alvion también se asustó ante esto, tanto, que vino inmediatamente desde el Monte Zou a hablar con Kei Lian en persona y analizarlo. Alvion tampoco había visto nada igual, una reacción así en un “soldado ejemplar”, en un iris inmune al majin. Descubrió que no le había invadido ningún Yin, ni siquiera el pequeño Yin normal y corriente que conserva de su antigua parte humana. El Yang de su iris se había estado como… evaporando… desapareciendo… como una planta marchitándose. Lo que sé seguro es que Kei Lian sintió la muerte de Sai, y aún lo sigue sintiendo, como el peor y más imperdonable de los fracasos de su vida. Le afectó mucho más fuerte… que a otros iris que también habían perdido un hijo a manos enemigas. Nos rogó a Alvion y a mí que jamás se lo contáramos a nadie.
—Siento… haberte hecho romper esa promesa —lamentó Yako.
—No. Eso ha sido decisión mía. Porque si sirve para comprender mejor a otro iris que sufra lo mismo y poder verlo y salvarlo a tiempo, eso es más importante.
Yako asintió con la cabeza.
—Espera un momento —Neuval cayó en la cuenta de algo de repente—. ¿Dijiste antes “la señorita Ishida”?
—¿Eh? Sí, la asistente.
—¿Riku Ishida? —quiso asegurarse Neuval.
—¿La conoces? —se sorprendió Yako.
Su maestro se quedó un rato asimilando este dato. No es que fuera una bomba, pero era un detalle más que se añadía a una colosal montaña de cosas que estaban a una brisa de desmoronarse. Era un problema más a tener en cuenta y Neuval necesitó unos segundos para restregarse las manos por la cabeza y la cara y respirar hondo. Yako vio que casi iba a arrancarse la piel de la cara. Solamente era un gesto que manifestaba la necesidad de ahora mismo de apartar a un rinconcito de su mente lo dos mil pensamientos que tenía en la cabeza y quedarse de momento con esta última duda por resolver.
—¿Quieres galabria? —tuvo que preguntarle Yako—. La he mejorado. Te ayudará a descansar.
—Me he metido todo tipo de cosas durante décadas, incluida tu galabria, y ya me he hecho inmune. Hoy lo único que me haría “descansar” es que un pedrusco me caiga en la cabeza —terminó de sosegarse, y se quitó la capucha para revolverse un poco el pelo y estar más cómodo; entonces, se acercó a Brey—. ¿Tú no comiste hace un par de semanas con mi hijo, después de reencontraros de casualidad durante tu visita universitaria a su hos-…? Hmm… —gruñó un momento, incapaz de nuevo de completar esa palabra—. A su lugar de trabajo.
—Sí —contestó, extrañado de que le hiciera esa pregunta. No le sorprendía que ya tuviera noticia de aquel reencuentro, seguramente Lex se lo había contado a Lao y Lao se lo había dicho a Neuval—. ¿Y qué? ¿Tienes alguna pega con que recupere una relación familiar con él también, aparte de con Cleven?
—En ese caso, me parece imposible que no sepas a estas alturas que tu asistente social es su novia.
—¿Qué? —se sorprendió Yako, y miró a su amigo—. Brey, ¿la señorita Ishida es la novia de Lex? ¿Lo sabías?
—Sí, desde mi comida con Lex hace un par de semanas, él me lo confirmó.
—¿Por qué no lo habías dicho antes, criajo? —protestó Neuval—. ¡Te podría haber echado un cable cuando vino a llevarse a Daisuke! Habría ido yo a hablar con ella y…
—Ella no sabe que soy el tío de Lex —terció Brey con un tono cansado. Tanto Yako como Neuval se quedaron callados, sin esperarse ese dato—. Claramente, Lex nunca le ha contado a su novia nada sobre los iris y la Asociación. Y sobre muchas cosas relacionadas con su familia, obviamente porque más de la mitad de ellas están relacionadas con asuntos iris. Y en esa omisión entramos Izan y yo. Si Lex nunca le ha contado a Riku sobre nuestra existencia o no ha querido contarle aún que soy su tío, es porque tendrá sus razones y querrá protegerla y alejarla de todos los temas de la Asociación y de las desgracias de nuestra familia.
—¿Por eso, aun pudiendo habérselo dicho este mediodía mientras se llevaba a tu hijo, has decidido no revelarle a Riku que su novio es tu sobrino? —insistió Neuval.
—¿De qué habría servido? ¿Para poner a una humana inocente en una situación incómoda, o bajo presión? ¿Para condicionar sus decisiones profesionales? ¿Para hacer que se sienta obligada a hacerme favores sólo por ser familiar de su novio?
—Un poquito…
—Los iris no hacemos así las cosas —impugnó Brey, firme en esa postura—. Yako mismo me lo dijo esta tarde y tiene razón, que tenemos que hacer las cosas correctamente, sin perjudicar a más gente, y menos a humanos inocentes.
—Bueno, precisamente yo fui a hablar con Riku antes de que se marchara con Daisuke para pedirle un favor extraoficial —comentó Yako, rascándose la nuca—. Quería pedirle que nos diera un margen de tiempo extra antes de registrar en las Oficinas el incidente de Clover, porque los señores Saitou no pueden iniciar la disputa sobre la custodia hasta que Riku haga el informe oficial del caso y declare a Brey “no apto”. Aunque no me ha dado una respuesta aún… —se encogió de hombros—. No pasa nada por intentar obtener un poco de ventaja de los demás siempre y cuando protejamos a Riku también de las consecuencias. Sobre todo si se trata de no perder a tu hijo.
—No quiero cagarla más —terminó declarando Brey, y su voz sonó algo temblorosa, agachó la mirada al suelo—. S menya khvátit —murmuró.
Neuval y Yako se dieron cuenta, entonces, de que Brey estaba muerto de miedo por la custodia, y con mucha razón, pues ambos recordaron que con quien tenía que pelear por la custodia era con Joji y Norie, dos personas de mucho poder e influencias, y con muy buenos abogados. Por eso Riku no había sido capaz de darle una respuesta a Yako. En otras circunstancias, con otro tipo de personas de a pie, le habría dicho que sí. Pero incluso ella sabía que pelear una custodia con dos personas de la categoría de Joji y Norie era diferente.
El sonido de otro helicóptero que pasó unas manzanas más allá los sobresaltó. Yako descubrió a Neuval poniendo una mueca extraña mientras observaba el vehículo. Como la mueca de un niño que había roto una ventana y todavía no lo habían pillado.
—Deberíamos irnos… —dijo Neuval—. ¡Oye! —brincó cuando de repente Yako le subió la camiseta, y se inclinó hacia un lado de su cadera para mirar bien de cerca, con la luz verde de su ojo iris—. ¿Qué haces? ¿Comprobar lo de la herida? Tranquilo, mira, está perfectamente. ¿Ves? No me dejaste ni cicatriz. ¿Te costó mucho sacarme la bala?
Yako volvió a erguirse, y lo miró con una expresión recelosa. Seguía sin poder entender cómo demonios el cuerpo de Neuval expulsó la bala por sí solo y se le curó la herida por sí sola en cuestión de segundos. Un iris tenía una capacidad de curación o regenerativa algo más rápida que los humanos. Los iris Dobutsu la tenían aún más rápida, pero incluso ellos tardarían unos tres días en cerrar una herida de bala por completo. Los que habían mostrado la mayor capacidad regenerativa eran los Zou, que se curaban de heridas o huesos rotos el triple de rápido que cualquiera. Pero, aun así, tardarían entre doce y veinticuatro horas en curar completo una herida de bala y además sin dejar cicatriz.
Yako se preguntaba si tal vez el estrés de aquel brote de majin impulsó algo en él, acelerando la curación. Pero, ¿también expulsando la bala sin ayuda? «Con razón Alvion lo califica como el iris más raro del mundo, incluso más raro que Brey» pensó el joven Zou.
Neuval se percató de que Yako estaba sospechando, y ya vio venir la pregunta.
—¿Me vas a contar de dónde vino esa bala?
—Nop —contestó de inmediato, y se fue caminando hacia el otro lado de la azotea.
—No, maestro, en serio —lo persiguió—. ¿Qué te pasó anoche, dónde estuviste? Haru dijo algo de algún problema con tu hijo pequeño.
—Está todo bajo control —le aseguró el Fuu, girándose hacia él, haciendo gestos inocentes mientras seguía alejándose marcha atrás—. Nada de lo que debas preocuparte. El incidente está resuelto —perdió una pantufla en el camino, y corrió a ponérsela de nuevo en el pie—. Y ahora es mucho más importante centrarnos en salvar a Clover y a los taimuki y posiblemente al mundo entero de una catástrofe global con una taimu suelta, un arki y unos dioses malignos. Tú… —lo señaló con el dedo, y luego señaló a Brey allá—… ocúpate de que a mi cuñado no se le caiga la cabeza de los hombros. À toute ! —se despidió, echando a volar y alejándose por el cielo, ya oscurecido y nublado.
Yako era demasiado inteligente como para no sospechar que esta inusual vigilancia policial por toda la ciudad tenía algo que ver con lo que le pasó a Neuval anoche. Estaba convencido de que, como mínimo, se metió en algún problema con algún policía, seguramente con uno del círculo personal de Hatori, que conocían y guardaban el secreto de los iris a espaldas del resto del Gobierno. Sobre todo, porque la bala era la típica que usaban los agentes especiales de Japón, ya que la policía común no tenía permitido el uso de armas de fuego.
—Vamos, Raijin —lo agarró de un brazo y lo levantó—. Necesitas terminar de asimilar muchas cosas y descansar. Por hoy no podemos hacer más.
* * * * * *
—Padre —lo llamó Link, parándose en mitad de la calle.
Denzel y los otros se detuvieron y se giraron hacia él.
—No me he atrevido a mencionarlo en la reunión por si me metía donde no debía o decía algo que no debía. Pero… Cuando estuve en el local que regenta Yako… al final de la jornada… sólo quedábamos él, yo, el iris rubio y sus mellizos. Y… cuando Yako y Brey estaban ocupados hablando, se me acercó el niño por detrás y cogió directamente de mis bolsillos mis tarjetas de Sellos básicos. Las observó y me dijo que tenían una buena caligrafía y un Código Metafísico muy avanzado. En ese momento, no me entraba en la cabeza cómo ese crío de 5 años sabía lo que contenían mis tarjetas.
Denzel estaba estupefacto escuchando aquello. Le costó un minuto reflexionar.
—¿Cómo… entendiste lo que te dijo, si el pequeño sólo habla japonés?
—Oh… esa es otra sorpresa. Con un pincel de aspecto moderno, se pintó Códigos Comunicativos, aquí en la garganta y en el contorno de una de sus orejas. Cuando lo hizo, de repente me podía hablar en chino, y entenderme. Se pintó el mismo patrón de símbolos que tú plasmaste en el pergamino con la Técnica del Idioma, la misma que Nami y yo hemos usado hoy para entender a los demás en la reunión.
Algo de esa anécdota afligió a Denzel y lo expresó en su rostro. Quién le hubiera dicho que ese niño era el heredero de Zhen Yu… de su mejor y más antiguo amigo.
—Luego el chico me preguntó, así un poco molesto, de dónde había sacado esas tarjetas —continuó Link—. Sentía que me estaba acusando de algo… Le dije que las había elaborado yo. Que se trataba del Poder de los Sellos que mi padre me enseñó. El pequeño me espetó con un gruñido que ese tipo de poder era suyo.
A Denzel se le escapó una risa, entre nerviosa y sorprendida. Los otros taimuki lo miraron sin entender.
—Guau… Parece que no sólo ha heredado su don. También su orgullo.
—Al final se acercó su hermana melliza, obligándolo a callarse y dejar el tema. El muchacho entonces me devolvió las tarjetas y se alejó con su hermana, haciendo como si nada.
—Hahah… —casi rio Denzel, llevándose una mano a la cara—. Por supuesto que su hermana lo mandó callar… Dios, no puedo creerlo. Actúan como ellos… —De repente, volvió a levantar la mirada, dando un respingo, cayendo en la cuenta—. Ellos saben… ¡Son conscientes de sus dones! ¡Saben que los tienen, y lo que hacen! Y Daisuke… ¿de dónde ha aprendido los Códigos Comunicativos? ¿Dónde ha aprendido a reconocer lo que es un Código Metafísico?
—El iris rubio dijo que el niño supo leer una palabra rusa escrita en cirílico sin saber siquiera lo que era o haberlo aprendido previamente —recordó Naminé.
—Forma parte de ellos, desarrollan cosas básicas de sus dones de manera natural, como correr, andar, hablar… —comprendió Denzel, fascinado—. Tienen nociones, memorias… Esto es bueno —miró a sus hijos—. Si son conscientes de sus dones, significa que nadie podrá aprovecharse fácilmente de ellos, porque no son ignorantes. Saben que tienen que protegerlos como un secreto… Espero que Clover no se lo ponga nada fácil a Izan, lo que quiera que él pretenda hacer con su poder.
* * * * * *
No supo cuánto rato más estuvo en esa mesa. Cleven sintió despertar de algún letargo. Fuera en la calle ya era de noche, aunque apenas seguían siendo las siete de la tarde. La taberna se volvió un lugar demasiado silencioso y lóbrego, decidió que era mejor irse.
Cuando se levantó de la silla, algo captó la atención de su ojo. Vio ahí sobre la mesa esa tarjeta de Hoteitsuba que su padre le había dado, con la dirección, dos emails, cuatro teléfonos… todos esos contactos a su disposición, ¿para obtener un empleo allí? ¿Sabiendo que el chico no tenía ni los estudios de secundaria hechos, ni una mente muy espabilada? Cleven pensó que Hoteitsuba podía ofrecer empleos que no eran sólo de oficina, o de pensar o de construir. Por ejemplo, nadie iría a trabajar a un edificio lleno de suciedad si no fuera por el personal de limpieza, o nadie iría a trabajar varias horas a una empresa donde no sirvieran buena comida y bebida en la cafetería, o la labor de los ingenieros no serviría de nada sin la asistencia de técnicos o brazos fuertes para mover o llevar cosas…
«¿Papá suele dar esta tarjeta a gente como ese chico? ¿Así como así? ¿Sin importarle si apestan a alcohol, o de qué barrio son, o qué capacidades tienen?» pensó, cogiendo la tarjeta y observándola. «Pues… qué amable por su parte. Eso… si no está usando su empresa para experimentar con lo que él llama “humanos” o alimentar con ellos a extraterrestres y demonios» ironizó.
Dio un suspiro agotado. No tenía ganas ni de ser sarcástica con todo lo que había pasado hoy. El mundo había dado un vuelco ese domingo frente a sus ojos.
Cumplió su promesa y devolvió el abrigo, el calzado y las gafas al rincón de la calle donde antes le dijo al chico. De su mochila, que la había estado llevando como tripa falsa, sacó un papel y un lápiz y escribió una nota, que luego guardó junto a la tarjeta de Hoteitsuba en uno de los bolsillos del abrigo del chico, indicándole que era la tarjeta de un lugar donde podía encontrar un trabajo digno. Antes de perderse al final de la calle, miró un momento atrás, y vio al chico allá, acercándose a su rincón, abrazándose con frío. Lo vio sonreír cuando encontró de vuelta sus pertenencias y corrió a ponérselas otra vez para abrigarse.
Cleven lo dejó ahí, conforme, y se marchó caminando por las calles, intentando resolver el dilema de si volvía ya a la casa de su tío o se iba a otra parte para no crearle más problemas o preocupaciones… De todas las cosas sin sentido que había oído, al menos tenía una muy clara. Quería ayudar a salvar a su prima. Quería ayudar a su tío, a toda costa. No podía enfrentarse a seres inhumanos, demonios o dioses o a los bichos raros que hubiera por ahí. Pero quizá… podía hablar con su futura cuñada y salvar el derecho de la custodia de su tío.
Se paró un momento, en mitad de la acera. Entornó los ojos con escama. Se le cruzó un pensamiento. «¿Sabe Lex… algo de toda esta mierda secreta de papá?».
Con la revelación del regreso de Izan se había estado oliendo la preocupación. Con la revelación aún inconclusa sobre los dioses del Yin, se olía el auténtico miedo. Porque no era lo mismo, en absoluto, enfrentarse a un arki como enemigo que enfrentarse a unos dioses. Con el primero tenían posibilidades; con los últimos, no.
Y Neuval volvió a notarlo. Un silencio especial, proviniendo de Agatha. Mientras los demás hablaban y se movían, estaba ella, estática en su silla, con los ojos medio abiertos, apuntando hacia él. Otra vez, esa mirada de sus ojos ciegos, viendo algo que sólo ella sabía. Otra vez, mirándolo a él, a Neuval, con un temor contenido, un nudo en la voz.
Era la segunda vez en esa tarde. Neuval no había olvidado ese breve momento de antes, en la casa de Brey, cuando Yako discutía con Agatha que los dioses nunca harían daño a los taimuki como castigo a ella y a Denzel por no solucionar el nudo latente, diciendo que los dioses no tienen la capacidad de ponerle la mano encima a los humanos libres. La anciana entonces replicó que sí podían hacerlo si enviaban a… Nunca terminó esa frase. Pero miró a Neuval en aquel preciso instante, un gesto demasiado raro que ahora mismo estaba volviendo a manifestar.
Por eso, Neuval empezó a sentir algo incómodo. Una terrible sensación. Lo que quiera que Agatha callaba con tanta fuerza, tenía que ver con él. No lo entendía.
—Mierda… —murmuró Drasik entonces, acordándose de algo de repente, y alzó la cabeza, y su voz—. ¡Tengo algo que decir! ¡Escuchad un momento! —pidió a todos, y los demás guardaron silencio y lo miraron con un interrogante—. Hay algo… algo jodidamente raro que dijo el cabrón de Kaoru anoche mientras me enfrentaba a él. Le pregunté si era de verdad Izan aquel de quien seguían órdenes. Le exigí que lo confesara. Pero me contestó algo diferente, algo que no le encuentro sentido. Se rio cuando le hice esa pregunta, y dijo que un arki no era lo suficientemente poderoso para darles lo que ellos deseaban.
—¿Qué te dijo exactamente? —preguntó Neuval.
—Dijo: “Ahora servimos a otros Señores. Más poderosos que los Zou”.
Los demás compartieron miradas extrañadas, sin encontrarle sentido a eso tampoco. De hecho, sonaba a disparate.
—Hah… ¿Se refería entonces a los dioses? —bufó Effie—. Mira, sigue sin encajarme que…
De pronto les sobresaltó un fuerte ruido. Agatha se había puesto en pie de golpe y había volcado la silla. Su cara expresaba el más puro horror. Estaba blanca como un fantasma.
—¡Agatha, ¿q…?! —se le acercó Denzel, preocupado, pero la anciana lo apartó de un empujón, apartó a todos los que tenía en medio, y la mesa, casi volcándola también, sólo para salir corriendo del local.
Chocó con la puerta, la palpó rápidamente con las manos, buscando el pomo. Por fin la abrió y salió al exterior. Y Denzel fue corriendo detrás.
—¡Agatha, ¿qué pasa?! ¿¡Qué te pasa!? —la alcanzó a mitad del callejón y la agarró de un brazo—. ¿¡Has descubierto algo!? ¡Háblame!
—¡No! ¡No! —la anciana agarró su mano y se soltó de él de una sacudida—. No me sigas… ¡No se te ocurra seguirme!
—¿¡Pero adónde vas!?
—A comprobar algo… —le tembló la voz, respirando aceleradamente—. Te lo advierto. No me sigas.
Finalmente, Agatha desapareció en el aire. Denzel se quedó un rato ahí en el callejón tratando de comprender qué demonios había sido eso. Regresó al local, indicando a los demás con un gesto que no sabía qué pasaba.
Neuval aún miraba a la puerta, escamado.
—Chicos, creo que deberíamos dejarlo por hoy —dijo el taimu—. He visto a una pareja de policías pasando por la calle principal.
—¿En este barrio? ¿Desde cuándo? —se extrañó Nakuru.
—Y hoy están especialmente insoportables con los helicópteros.
—Sí, ¿qué carajos pasa con eso? —protestó Effie.
Neuval puso una mueca todavía más escamada, pero esta vez, por otro motivo, oyendo desde ahí el lejano zumbido de algún helicóptero.
—Seguiremos investigando a toda costa —dijo Pipi—. Necesitamos averiguar dónde podría estar Izan reteniendo a las secuestradas. Si las tiene que mantener con vida, las tiene que tener en alguna casa, algún refugio, y comprar comida. En cuanto a la ARS, no sé si después de lo de anoche seguirán dando la cara en público.
—Si lo hacen, los atrapamos, los reventamos a hostias y les hacemos cantar —dijo Drasik.
—No —lo frenó Neuval—. Cuidado con esas ideas, Dras. Siguen siendo iris enfermos. No son ellos, los verdaderos ellos.
Drasik agachó la cabeza sin decir nada, no muy contento con verlo de esa forma.
—Es más. Aunque los veamos por ahí, no nos conviene ponerles las manos encima —añadió Neuval—. Izan podría hacer daño o algo peor a sus rehenes si lo cabreamos o tocamos a alguno de sus activos.
—Tiene razón —corroboró Pipi, mirando seriamente a todos—. No hagáis nada precipitado. Si vemos a algún miembro de la ARS por ahí, nos conviene mucho más no demostrarles lo mucho que sabemos hasta ahora. Esta no es una situación de lucha a puñetazos, sino de estrategia y espionaje. Y hacer las cosas con cuidado. Porque no sabemos lo que podemos desencadenar si damos un paso donde no debemos.
—Si Izan no nos ha atacado o eliminado ya con el poder que tiene hora y la taimu a su servicio —continuó Neuval—, es porque no somos su objetivo. Él quiere llevar a cabo un plan. Si ve nuestro avance para impedírselo o empieza a vernos como una amenaza para su plan, reaccionará, y eso no nos conviene. Debemos ir averiguando cosas discretamente. Una vez que descubramos el paradero de Clover y las taimuki, hay que idear un plan de rescate adecuado. Ni una humana inocente debe recibir rasguño alguno.
—Nosotros podemos ayudar —dijo Naminé, señalándose con sus hermanos.
—No. Es mejor que vosotros os mantengáis lo más a salvo y menos a la vista posible —les dijo Pipi—. Si capturan a uno de vosotros cinco, o a todos, tendríamos que hacer un rescate más difícil. No deberán despegarse de tu lado, Denzel.
El taimu asintió con la cabeza.
—Brey, lo siento —le dijo Yako, posando una mano en su hombro, levantándose al mismo tiempo que los demás—. No podemos rescatarla hoy.
—No quiero volver a mi casa si no es con ellos sanos y salvos —murmuró.
Yako suspiró apenado. Neuval también cerró los ojos con pesar al oírle decir eso. No podía imaginar algo así. Ni quería.
—¿Y Cleven? —les preguntó a ambos chicos—. ¿Qué va a pasar con ella?
—Antes de irnos, Brey le escribió un mensaje diciéndole que había pasado algo grave, y que fuera a donde Mei Ling o a donde Eliam para que se lo explicaran. Tanto Mei Ling como Eliam tienen instrucciones sobre lo que le tienen que decir. La mantendremos alejada de todo asunto iris.
—Vamos, muchachos, nos iremos a pie —les indicó Denzel a los taimuki que fueran saliendo del local—. Con una taimu desconocida por ahí suelta, no me conviene hacer tantos teletransportes por la ciudad.
Todos se fueron marchando. Algunos esperaron unos minutos detrás de otros, para llamar menos la atención; otros se marcharon por la puerta de atrás, que conducía a las escaleras interiores del edificio, y las subieron para llegar a la azotea.
El local se quedó vacío y reinó el silencio. Hacía ya rato que Cleven se había tumbado sobre sus brazos, bocabajo, totalmente cubierta por su capucha. Por eso no repararon en ella, pensando que era un tipo borracho dormitando sobre la mesa, como los otros dos sujetos de las otras mesas. Ogu seguía ausente. Se oía una televisión encendida por una puerta medio abierta detrás de la barra, debía de estar ahí en un cuartito viendo la tele como si nada, importándole un pepino todo lo demás.
Qué lugar tan deprimente. Con razón se reunían ahí. Cleven estaba ya cansada. Tenía las piernas entumecidas. Pero nada de esto la molestaba, porque estaba totalmente sumergida en su mente, repasando todo lo que había visto y escuchado, y eran tantas cosas de golpe, demasiadas… que no sabía qué pensar al respecto. No es que hubiera descubierto un secreto y de ahí pudiera ir asimilándolo hacia el siguiente. Cien secretos le habían estallado en la cara a la vez. Lo que no se imaginaba, es que apenas era la mitad de todo lo que aún no sabía.
Por un lado, no podía dejar de pensar en que su padre y los demás habían perdido completamente la cabeza y habían formado juntos alguna secta y compartían delirios y creencias cada cual más absurda y disparatada sobre poderes raros, una asociación secreta, unos dioses, saltos en el tiempo…
Pero, por otro, no podía negar lo que habían visto sus ojos. Denzel había desaparecido y reaparecido de la nada antes, con esos objetos que supuestamente estaban en la habitación de los mellizos en su casa. Y ni siquiera eso la asombraba y la trastornaba más que la forma en que había visto a su padre y las cosas que había dicho y cómo hablaba ante los demás. ¿Quién demonios era ese? Un desconocido. Igual que Nakuru. Igual que Denzel. Igual que Brey, Kyo, Sam y Drasik.
Era demasiado. Necesitaba tiempo. Necesitaba quedarse ahí un rato. Si no decidía qué pensar o hacer al respecto, no iba a ser capaz de volver a casa. ¿Les confesaría que los había estado escuchando toda la reunión, o fingiría no tener ni idea para que no se preocupasen por ella? No sabía…
Fuera, en la azotea, ya se habían marchado casi todos, saltando sobre los edificios, tras esperar a que se alejara ese par de helicópteros que volaban por esa zona. Solamente quedaron Neuval, Yako y Brey, viendo desde las alturas que los demás también se alejaban por las calles sin problemas. Excepto Brey, que directamente se había sentado en una pequeña estructura de ventilación en medio de la azotea, sin ganas de nada.
Yako se giró y observó a su amigo, que estaba allá a unos metros. Lo miraba intranquilo. No creía que debiera preocuparse más por ello, pero no le hacía mucha gracia verlo de nuevo en una azotea.
—Yako… ¿Es sobre Brey? —le dijo Neuval, procurando no hablar muy alto, y el chico lo miró sorprendido—. Antes me dijiste que necesitabas hablar conmigo a solas. Y luego en un momento de la reunión me he dado cuenta de que algo te estaba pasando mientras Brey estaba asimilando la noticia de Izan. Dime… ¿qué ha ocurrido?
—Casi ocurre —corrigió Yako—. Neuval, ha estado a punto de… Cuando se llevaron a Daisuke, perdió la cabeza por completo. Casi se tira de un edificio… Jamás habría esperado que él… Nunca en mi vida creí que…
—Te dije que no te separaras de él ni un segundo —le recordó Neuval.
—¡Apenas fueron cinco minutos! —exclamó en voz baja, angustiado—. Fui a hablar con la asistente antes de que se marchara para ganar algo de ventaja con su situación legal y… Alvion me avisó de repente, me dio la alarma, diciendo que él no estaba pudiendo intervenir. Seguramente porque no tiene ya tantas fuerzas… —añadió apesadumbrado—. Llegué a tiempo gracias a eso. Encontré a Brey sobre ese precipicio, y por más que lo llamé y grité, no me oía… Sé que no me estaba ignorando. Es que no me oía…
—¡Y lo frenaste! —lo agarró Neuval de los brazos, horripilado por lo que acababa de oír pero aliviado al mismo tiempo—. ¿Cómo? ¿Llegaste a agarrarlo?
—No… —respiró hondo, volviendo a calmarse—. No sé cómo lo he hecho. Pero… me conecté a su iris. A su mente. Y se lo impedí. Mentalmente.
A Neuval se le abrieron más los ojos y la boca, atónito.
—Yako… —murmuró con una voz más emocionada, casi sonriendo.
—No sé hasta qué punto es lo correcto —discrepó Yako—. Pero, por ahora, mi conexión, estando tan cerca de él, lo mantiene a flote. En la reunión podría haber tenido otra crisis grave, pero…
—Lo has podido mantener a raya —comprendió Neuval, y no pudo esconder una sonrisa de alivio, incluso de orgullo.
—Pero tú lo sabías, maestro —le recordó, contrariado, mirándolo a los ojos—. Por eso me dijiste que no lo perdiera de vista. Sabías que podía hacer algo así, algo tan imposible en un iris sin majin…
—No lo sabía… Solamente me preocupaba la posibilidad…
—¿Por qué creías que había una posibilidad siquiera? Ese acto tan horrible nunca se le pasaría por la cabeza a ningún iris sin majin, mucho menos a Brey. Dijiste que viste un caso similar hace tiempo. Neuval… necesito preguntártelo.
El Fuu no dijo nada por unos segundos. Dudó un poco, pero, a final, vio que Yako lo necesitaba.
—Fue Kei Lian.
—¿Qué? —se quedó pasmado—. No, imposible…
—Cuando Sai murió… durante las horas siguientes a la noticia, vi a Kei Lian morirse por dentro. Nunca lo olvidaré… su rostro ausente, sus ojos vacíos… dejó de ser él. Dejó de estar ahí. Era como un cascarón vacío. Y… en un momento en que nadie estaba cerca… intentó suicidarse. Pero Alvion lo detuvo.
Yako vio que los ojos grises de Neuval empezaron a empañarse. Pero el Fuu se recompuso enseguida.
—Logró hacer que volviera en sí. Restauró su iris. Y cuando mi padre volvió en sí, y se lo conté… se sintió horrible, avergonzado, y sorprendido de sí mismo. Alvion también se asustó ante esto, tanto, que vino inmediatamente desde el Monte Zou a hablar con Kei Lian en persona y analizarlo. Alvion tampoco había visto nada igual, una reacción así en un “soldado ejemplar”, en un iris inmune al majin. Descubrió que no le había invadido ningún Yin, ni siquiera el pequeño Yin normal y corriente que conserva de su antigua parte humana. El Yang de su iris se había estado como… evaporando… desapareciendo… como una planta marchitándose. Lo que sé seguro es que Kei Lian sintió la muerte de Sai, y aún lo sigue sintiendo, como el peor y más imperdonable de los fracasos de su vida. Le afectó mucho más fuerte… que a otros iris que también habían perdido un hijo a manos enemigas. Nos rogó a Alvion y a mí que jamás se lo contáramos a nadie.
—Siento… haberte hecho romper esa promesa —lamentó Yako.
—No. Eso ha sido decisión mía. Porque si sirve para comprender mejor a otro iris que sufra lo mismo y poder verlo y salvarlo a tiempo, eso es más importante.
Yako asintió con la cabeza.
—Espera un momento —Neuval cayó en la cuenta de algo de repente—. ¿Dijiste antes “la señorita Ishida”?
—¿Eh? Sí, la asistente.
—¿Riku Ishida? —quiso asegurarse Neuval.
—¿La conoces? —se sorprendió Yako.
Su maestro se quedó un rato asimilando este dato. No es que fuera una bomba, pero era un detalle más que se añadía a una colosal montaña de cosas que estaban a una brisa de desmoronarse. Era un problema más a tener en cuenta y Neuval necesitó unos segundos para restregarse las manos por la cabeza y la cara y respirar hondo. Yako vio que casi iba a arrancarse la piel de la cara. Solamente era un gesto que manifestaba la necesidad de ahora mismo de apartar a un rinconcito de su mente lo dos mil pensamientos que tenía en la cabeza y quedarse de momento con esta última duda por resolver.
—¿Quieres galabria? —tuvo que preguntarle Yako—. La he mejorado. Te ayudará a descansar.
—Me he metido todo tipo de cosas durante décadas, incluida tu galabria, y ya me he hecho inmune. Hoy lo único que me haría “descansar” es que un pedrusco me caiga en la cabeza —terminó de sosegarse, y se quitó la capucha para revolverse un poco el pelo y estar más cómodo; entonces, se acercó a Brey—. ¿Tú no comiste hace un par de semanas con mi hijo, después de reencontraros de casualidad durante tu visita universitaria a su hos-…? Hmm… —gruñó un momento, incapaz de nuevo de completar esa palabra—. A su lugar de trabajo.
—Sí —contestó, extrañado de que le hiciera esa pregunta. No le sorprendía que ya tuviera noticia de aquel reencuentro, seguramente Lex se lo había contado a Lao y Lao se lo había dicho a Neuval—. ¿Y qué? ¿Tienes alguna pega con que recupere una relación familiar con él también, aparte de con Cleven?
—En ese caso, me parece imposible que no sepas a estas alturas que tu asistente social es su novia.
—¿Qué? —se sorprendió Yako, y miró a su amigo—. Brey, ¿la señorita Ishida es la novia de Lex? ¿Lo sabías?
—Sí, desde mi comida con Lex hace un par de semanas, él me lo confirmó.
—¿Por qué no lo habías dicho antes, criajo? —protestó Neuval—. ¡Te podría haber echado un cable cuando vino a llevarse a Daisuke! Habría ido yo a hablar con ella y…
—Ella no sabe que soy el tío de Lex —terció Brey con un tono cansado. Tanto Yako como Neuval se quedaron callados, sin esperarse ese dato—. Claramente, Lex nunca le ha contado a su novia nada sobre los iris y la Asociación. Y sobre muchas cosas relacionadas con su familia, obviamente porque más de la mitad de ellas están relacionadas con asuntos iris. Y en esa omisión entramos Izan y yo. Si Lex nunca le ha contado a Riku sobre nuestra existencia o no ha querido contarle aún que soy su tío, es porque tendrá sus razones y querrá protegerla y alejarla de todos los temas de la Asociación y de las desgracias de nuestra familia.
—¿Por eso, aun pudiendo habérselo dicho este mediodía mientras se llevaba a tu hijo, has decidido no revelarle a Riku que su novio es tu sobrino? —insistió Neuval.
—¿De qué habría servido? ¿Para poner a una humana inocente en una situación incómoda, o bajo presión? ¿Para condicionar sus decisiones profesionales? ¿Para hacer que se sienta obligada a hacerme favores sólo por ser familiar de su novio?
—Un poquito…
—Los iris no hacemos así las cosas —impugnó Brey, firme en esa postura—. Yako mismo me lo dijo esta tarde y tiene razón, que tenemos que hacer las cosas correctamente, sin perjudicar a más gente, y menos a humanos inocentes.
—Bueno, precisamente yo fui a hablar con Riku antes de que se marchara con Daisuke para pedirle un favor extraoficial —comentó Yako, rascándose la nuca—. Quería pedirle que nos diera un margen de tiempo extra antes de registrar en las Oficinas el incidente de Clover, porque los señores Saitou no pueden iniciar la disputa sobre la custodia hasta que Riku haga el informe oficial del caso y declare a Brey “no apto”. Aunque no me ha dado una respuesta aún… —se encogió de hombros—. No pasa nada por intentar obtener un poco de ventaja de los demás siempre y cuando protejamos a Riku también de las consecuencias. Sobre todo si se trata de no perder a tu hijo.
—No quiero cagarla más —terminó declarando Brey, y su voz sonó algo temblorosa, agachó la mirada al suelo—. S menya khvátit —murmuró.
Neuval y Yako se dieron cuenta, entonces, de que Brey estaba muerto de miedo por la custodia, y con mucha razón, pues ambos recordaron que con quien tenía que pelear por la custodia era con Joji y Norie, dos personas de mucho poder e influencias, y con muy buenos abogados. Por eso Riku no había sido capaz de darle una respuesta a Yako. En otras circunstancias, con otro tipo de personas de a pie, le habría dicho que sí. Pero incluso ella sabía que pelear una custodia con dos personas de la categoría de Joji y Norie era diferente.
El sonido de otro helicóptero que pasó unas manzanas más allá los sobresaltó. Yako descubrió a Neuval poniendo una mueca extraña mientras observaba el vehículo. Como la mueca de un niño que había roto una ventana y todavía no lo habían pillado.
—Deberíamos irnos… —dijo Neuval—. ¡Oye! —brincó cuando de repente Yako le subió la camiseta, y se inclinó hacia un lado de su cadera para mirar bien de cerca, con la luz verde de su ojo iris—. ¿Qué haces? ¿Comprobar lo de la herida? Tranquilo, mira, está perfectamente. ¿Ves? No me dejaste ni cicatriz. ¿Te costó mucho sacarme la bala?
Yako volvió a erguirse, y lo miró con una expresión recelosa. Seguía sin poder entender cómo demonios el cuerpo de Neuval expulsó la bala por sí solo y se le curó la herida por sí sola en cuestión de segundos. Un iris tenía una capacidad de curación o regenerativa algo más rápida que los humanos. Los iris Dobutsu la tenían aún más rápida, pero incluso ellos tardarían unos tres días en cerrar una herida de bala por completo. Los que habían mostrado la mayor capacidad regenerativa eran los Zou, que se curaban de heridas o huesos rotos el triple de rápido que cualquiera. Pero, aun así, tardarían entre doce y veinticuatro horas en curar completo una herida de bala y además sin dejar cicatriz.
Yako se preguntaba si tal vez el estrés de aquel brote de majin impulsó algo en él, acelerando la curación. Pero, ¿también expulsando la bala sin ayuda? «Con razón Alvion lo califica como el iris más raro del mundo, incluso más raro que Brey» pensó el joven Zou.
Neuval se percató de que Yako estaba sospechando, y ya vio venir la pregunta.
—¿Me vas a contar de dónde vino esa bala?
—Nop —contestó de inmediato, y se fue caminando hacia el otro lado de la azotea.
—No, maestro, en serio —lo persiguió—. ¿Qué te pasó anoche, dónde estuviste? Haru dijo algo de algún problema con tu hijo pequeño.
—Está todo bajo control —le aseguró el Fuu, girándose hacia él, haciendo gestos inocentes mientras seguía alejándose marcha atrás—. Nada de lo que debas preocuparte. El incidente está resuelto —perdió una pantufla en el camino, y corrió a ponérsela de nuevo en el pie—. Y ahora es mucho más importante centrarnos en salvar a Clover y a los taimuki y posiblemente al mundo entero de una catástrofe global con una taimu suelta, un arki y unos dioses malignos. Tú… —lo señaló con el dedo, y luego señaló a Brey allá—… ocúpate de que a mi cuñado no se le caiga la cabeza de los hombros. À toute ! —se despidió, echando a volar y alejándose por el cielo, ya oscurecido y nublado.
Yako era demasiado inteligente como para no sospechar que esta inusual vigilancia policial por toda la ciudad tenía algo que ver con lo que le pasó a Neuval anoche. Estaba convencido de que, como mínimo, se metió en algún problema con algún policía, seguramente con uno del círculo personal de Hatori, que conocían y guardaban el secreto de los iris a espaldas del resto del Gobierno. Sobre todo, porque la bala era la típica que usaban los agentes especiales de Japón, ya que la policía común no tenía permitido el uso de armas de fuego.
—Vamos, Raijin —lo agarró de un brazo y lo levantó—. Necesitas terminar de asimilar muchas cosas y descansar. Por hoy no podemos hacer más.
* * * * * *
—Padre —lo llamó Link, parándose en mitad de la calle.
Denzel y los otros se detuvieron y se giraron hacia él.
—No me he atrevido a mencionarlo en la reunión por si me metía donde no debía o decía algo que no debía. Pero… Cuando estuve en el local que regenta Yako… al final de la jornada… sólo quedábamos él, yo, el iris rubio y sus mellizos. Y… cuando Yako y Brey estaban ocupados hablando, se me acercó el niño por detrás y cogió directamente de mis bolsillos mis tarjetas de Sellos básicos. Las observó y me dijo que tenían una buena caligrafía y un Código Metafísico muy avanzado. En ese momento, no me entraba en la cabeza cómo ese crío de 5 años sabía lo que contenían mis tarjetas.
Denzel estaba estupefacto escuchando aquello. Le costó un minuto reflexionar.
—¿Cómo… entendiste lo que te dijo, si el pequeño sólo habla japonés?
—Oh… esa es otra sorpresa. Con un pincel de aspecto moderno, se pintó Códigos Comunicativos, aquí en la garganta y en el contorno de una de sus orejas. Cuando lo hizo, de repente me podía hablar en chino, y entenderme. Se pintó el mismo patrón de símbolos que tú plasmaste en el pergamino con la Técnica del Idioma, la misma que Nami y yo hemos usado hoy para entender a los demás en la reunión.
Algo de esa anécdota afligió a Denzel y lo expresó en su rostro. Quién le hubiera dicho que ese niño era el heredero de Zhen Yu… de su mejor y más antiguo amigo.
—Luego el chico me preguntó, así un poco molesto, de dónde había sacado esas tarjetas —continuó Link—. Sentía que me estaba acusando de algo… Le dije que las había elaborado yo. Que se trataba del Poder de los Sellos que mi padre me enseñó. El pequeño me espetó con un gruñido que ese tipo de poder era suyo.
A Denzel se le escapó una risa, entre nerviosa y sorprendida. Los otros taimuki lo miraron sin entender.
—Guau… Parece que no sólo ha heredado su don. También su orgullo.
—Al final se acercó su hermana melliza, obligándolo a callarse y dejar el tema. El muchacho entonces me devolvió las tarjetas y se alejó con su hermana, haciendo como si nada.
—Hahah… —casi rio Denzel, llevándose una mano a la cara—. Por supuesto que su hermana lo mandó callar… Dios, no puedo creerlo. Actúan como ellos… —De repente, volvió a levantar la mirada, dando un respingo, cayendo en la cuenta—. Ellos saben… ¡Son conscientes de sus dones! ¡Saben que los tienen, y lo que hacen! Y Daisuke… ¿de dónde ha aprendido los Códigos Comunicativos? ¿Dónde ha aprendido a reconocer lo que es un Código Metafísico?
—El iris rubio dijo que el niño supo leer una palabra rusa escrita en cirílico sin saber siquiera lo que era o haberlo aprendido previamente —recordó Naminé.
—Forma parte de ellos, desarrollan cosas básicas de sus dones de manera natural, como correr, andar, hablar… —comprendió Denzel, fascinado—. Tienen nociones, memorias… Esto es bueno —miró a sus hijos—. Si son conscientes de sus dones, significa que nadie podrá aprovecharse fácilmente de ellos, porque no son ignorantes. Saben que tienen que protegerlos como un secreto… Espero que Clover no se lo ponga nada fácil a Izan, lo que quiera que él pretenda hacer con su poder.
* * * * * *
No supo cuánto rato más estuvo en esa mesa. Cleven sintió despertar de algún letargo. Fuera en la calle ya era de noche, aunque apenas seguían siendo las siete de la tarde. La taberna se volvió un lugar demasiado silencioso y lóbrego, decidió que era mejor irse.
Cuando se levantó de la silla, algo captó la atención de su ojo. Vio ahí sobre la mesa esa tarjeta de Hoteitsuba que su padre le había dado, con la dirección, dos emails, cuatro teléfonos… todos esos contactos a su disposición, ¿para obtener un empleo allí? ¿Sabiendo que el chico no tenía ni los estudios de secundaria hechos, ni una mente muy espabilada? Cleven pensó que Hoteitsuba podía ofrecer empleos que no eran sólo de oficina, o de pensar o de construir. Por ejemplo, nadie iría a trabajar a un edificio lleno de suciedad si no fuera por el personal de limpieza, o nadie iría a trabajar varias horas a una empresa donde no sirvieran buena comida y bebida en la cafetería, o la labor de los ingenieros no serviría de nada sin la asistencia de técnicos o brazos fuertes para mover o llevar cosas…
«¿Papá suele dar esta tarjeta a gente como ese chico? ¿Así como así? ¿Sin importarle si apestan a alcohol, o de qué barrio son, o qué capacidades tienen?» pensó, cogiendo la tarjeta y observándola. «Pues… qué amable por su parte. Eso… si no está usando su empresa para experimentar con lo que él llama “humanos” o alimentar con ellos a extraterrestres y demonios» ironizó.
Dio un suspiro agotado. No tenía ganas ni de ser sarcástica con todo lo que había pasado hoy. El mundo había dado un vuelco ese domingo frente a sus ojos.
Cumplió su promesa y devolvió el abrigo, el calzado y las gafas al rincón de la calle donde antes le dijo al chico. De su mochila, que la había estado llevando como tripa falsa, sacó un papel y un lápiz y escribió una nota, que luego guardó junto a la tarjeta de Hoteitsuba en uno de los bolsillos del abrigo del chico, indicándole que era la tarjeta de un lugar donde podía encontrar un trabajo digno. Antes de perderse al final de la calle, miró un momento atrás, y vio al chico allá, acercándose a su rincón, abrazándose con frío. Lo vio sonreír cuando encontró de vuelta sus pertenencias y corrió a ponérselas otra vez para abrigarse.
Cleven lo dejó ahí, conforme, y se marchó caminando por las calles, intentando resolver el dilema de si volvía ya a la casa de su tío o se iba a otra parte para no crearle más problemas o preocupaciones… De todas las cosas sin sentido que había oído, al menos tenía una muy clara. Quería ayudar a salvar a su prima. Quería ayudar a su tío, a toda costa. No podía enfrentarse a seres inhumanos, demonios o dioses o a los bichos raros que hubiera por ahí. Pero quizá… podía hablar con su futura cuñada y salvar el derecho de la custodia de su tío.
Se paró un momento, en mitad de la acera. Entornó los ojos con escama. Se le cruzó un pensamiento. «¿Sabe Lex… algo de toda esta mierda secreta de papá?».
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