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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __









72.
Las historias bajo llave (2/2)

Yenkis deslizó el ratón de un lado a otro, infiltrándose en el resto de archivos de Hatori. Puso la palabra “iris” en el buscador interno, pero le mostró cero resultados. Frunció el ceño. Probó a poner “Monte Zou”, o “Asociación”… pero nada. Se quedó pensando unos segundos.

—Cubito —le susurró a su dispositivo sobre la mesa—. Busca en este equipo la ubicación de archivos bloqueados con restricción encriptada.

Una de las líneas de luz que recorrían el cubo cambió de color y parpadeó un poco. A los tres segundos, se abrió una ventana en la pantalla, que solamente contenía una carpeta: “La Caza”.

«¿La Caza?» se sorprendió Yenkis. Con el mismo programa con que había abierto los archivos de su padre, desbloqueó esa carpeta. Y se desplegaron como un centenar de carpetas más.

«“IrisIris Europa… Iris Australia… de África, de Norteamérica, de Sudamérica, Asia occidental, Asia oriental, Japón, Estados Unidos, Alemania, China, Argentina”… ¿Qué? ¿¡Qué!?» se horrorizó, mientras sus ojos navegaban velozmente de una carpeta a otra. «“Caza #19 en Reino Unido… Caza #32 en México… Caza #4 en Japón”… ¡Todos son intentos de caza contra iris de todo el mundo! Carpeta “Cazadores”, ¿qué es esto?» abrió aquella, y comenzó a leer los archivos. Se llevó una mano a la boca para ahogar un respingo. «“Un grupo clandestino de aliados internacionales… formado por policías, políticos, funcionarios y colaboradores de todo el mundo… Fundado por vez primera por Takeshi Nonomiya”. ¡Dios mío, todo esto…! ¡Tienen todo esto! ¡Saben muchas cosas sobre los iris, y las saben desde hace décadas!» pensó, palideciendo, cada vez más asustado.

«“Objetivo y protocolo de actuación. Prioridad mundial. Investigación, persecución y caza de los llamados iris. En caso de capturar a uno… permitido el Protocolo 56… confinamiento para prevención de riesgos… tortura para obtener información… y experimentación para… conocer mejor su biología diferente… con el fin de localizar su sede… abolirla… y erradicar la existencia total de los iris”».

Yenkis separó la mano del ratón. La miró y vio que le temblaba. Todo el cuerpo le temblaba. Pero no podía moverse, no le obedecían los músculos.

He aquí la verdad, toda la verdad. ¿Qué culpa tenía un niño de 12 años por pensar que sería interesante descubrirla, que no podía hacer daño, y que lo más grave que presentaría sería, si acaso, un conflicto entre dos partes que podría resolverse con explicaciones o entendimiento? Nunca lo imaginó, lo alarmantemente grave que era en realidad toda la situación de los iris y su conflicto, no sólo con la policía de Japón, sino también con gente poderosa de todo el mundo que llevaba una operación clandestina al margen de los derechos humanos.

Le temblaba el cuerpo, porque por fin se dio cuenta de que, si Hatori descubría que era un iris… ya nunca regresaría a casa, ya nunca vería la luz del sol. Y en esos archivos dejaban claro que no importaba que fuera un niño.

Se quedó en blanco un momento, sin saber qué hacer, intentando ordenar sus pensamientos, asimilar las cosas… Empezó a cerrar todos los archivos y ventanas a toda prisa.

Sin embargo, se topó con uno que antes había pasado por alto. Sólo el título bastó para hacerle arriesgar unos segundos más. Aquello sí que le causó el mayor desconcierto. Era otro de los archivos de su padre, un informe clasificado de la Asociación, redactado por él mismo.

«Hatori… ¿¡Estuvo en el Monte Zou hace 9 años!?» brincó Yenkis, y leyó más. «“Los dioses ordenaron su captura, para enjuiciamiento y análisis”… ¿Qué? ¿Pero de qué dioses habla esto? ¿Y cómo que enjuiciamiento? “El antecedente se refiere al fallecimiento de… Hatori Nonomiya… Se presume que fue asesinado en acto de servicio por un criminal humano. Según los dioses, estuvo oficialmente muerto al presentarse su espíritu en la Puerta Intermedia… pero… el espíritu desapareció ante los ojos de todos ellos y Hatori despertó en su cuerpo físico, de regreso a la vida sin explicación posible”».

Yenkis parpadeó un par de veces. Pensó que este informe sería algún tipo de broma o de falsedad, porque lo que contaba era sin duda un disparate. «“Como consecuencia, los dioses calificaron esto como un ‘fenómeno prohibido’ y por eso ordenaron a la Asociación la captura de Hatori, de la cual se ocuparon los iris de la ORS de Kanon Yuudai, y su traslado al Monte Zou para ser sometido a un análisis… quedando finalmente sin explicación posible o resultado concluyente. Pero algo no me cuadra. Los dioses cambiaron su comportamiento tras analizar la energía de Hatori y las memorias previas a su muerte. Le dijeron a Alvion que no iniciara ninguna investigación sobre el presunto asesino. Sé que esos dioses vieron algo… y nos lo ocultan… y no me sorprende… No obstante, Hatori Nonomiya fue sometido a un borrado de memoria y devuelto a su vida para no alterar posibles implicaciones de las energías del Equilibrio, quedando este caso como una investigación pendiente hasta el día de hoy sin que los dioses se hayan vuelto a pronunciar sobre ello”».

Yenkis necesitaba respirar. Su cabeza ya no podía más, no sabía qué tipo de locura acababa de leer. Luego se dio cuenta de que, a consecuencia de este estado de pánico y estrés, su ojo izquierdo estaba brillando. Lo vio en su propio reflejo en el otro ordenador apagado que había sobre la mesa. Dando un respingo horrorizado, se tapó el ojo rápidamente con las dos manos.

No conseguía calmarse ni pensar con claridad; no estaba acostumbrado a esto. Colarse en propiedades privadas de reciclaje para robar algunos aparatos y chatarra y ser perseguido por policías de barrio no era nada comparado. Le ordenó a su cubito con un susurro entrecortado que cerrase todas las ventanas y se desconectara del ordenador, y este lo hizo en un instante. Sin embargo, en el momento de levantarse, coger el cubito y prepararse para apagar el equipo y salir de ahí, no atinó bien. Con un ojo tapado con una mano y casi a oscuras, en lugar de agarrar el cubito, lo tiró de la mesa sin querer y cayó al suelo, haciendo bastante ruido.

El chico, con el corazón en la boca, contuvo la respiración; recogió el cubito de inmediato y corrió hasta la puerta medio cerrada del despacho, asomándose, para comprobar si la había cagado. Y sí. Vio allá al fondo del pasillo que en la habitación de Hatori se encendía una luz. Hatori había oído el ruido. Y era obvio en toda su persona que iba a comprobar de qué había sido.

Yenkis reprimió una exclamación. No le iba a dar tiempo a salir del despacho, cruzar medio pasillo y regresar al salón, Hatori estaba a punto de salir de su habitación y lo iba a ver sin duda. Por eso, volvió a meterse dentro. Reuniendo toda la agilidad que sus nervios le permitieron, cerró la puerta por dentro, acercó una silla y bloqueó la puerta con ella.

Un segundo de tiempo era demasiado valioso, por lo que decidió no perderlo en apagar el ordenador e ir directamente hacia la ventana. No tenía más remedio. Imposible. No había otra opción. El despacho no tenía ningún escondite viable, y aunque lo tuviera, sería muy insultante pensar que Hatori no lo descubriría. Abrió la ventana y se asomó. Como ya se había fijado antes cuando Evie le enseñó la terraza exterior, había una cornisa bajo la ventana que recorría todas las fachadas exteriores del edificio, y era lo suficientemente ancha para caminar por ella, siempre que se mantuviera bien pegado a la pared y diera los pasos correctamente.

Salió por la ventana, con cuidado, pero con prisa. Posó los pies sobre la cornisa, poniéndose de cara a la pared mejor que de cara al precipicio. La calle quedaba muy lejana. Yenkis dudaba de su capacidad de sobrevivir a una caída así, por mucho que su iris reaccionara como cuando se cayó del árbol del jardín.

Procuró tener la mirada fija en la cornisa y en la esquina de allá, donde la pared del edificio terminaba y comenzaba la barandilla de la terraza doblando la esquina. Sólo tenía que llegar hasta la terraza, correr hasta la puerta corredera, forzarla para abrirla desde fuera de algún modo, entrar de vuelta al salón, meterse de cabeza bajo la manta de su sofá cama y fingir estar dormido. Tenía la esperanza de que, al haber bloqueado la puerta del despacho, Hatori, al intentar abrirla sin éxito, se alarmaría lo suficiente para ocupar al menos un par de minutos de tiempo en intentar abrirla, para después gastar más segundos en comprobar el interior del despacho, el ordenador aún encendido, y la ventana abierta. Tiempo que Yenkis esperaba que fuera suficiente para que él regresara al sofá.

En el momento en que Hatori salió de su habitación y se paró en el pasillo con cara extrañada y desconfiada, prestando atención antes de dar un paso, Yenkis ya había llegado hasta la mitad del trayecto por la cornisa. Sin embargo, de repente el viento sopló mucho más fuerte de lo normal, obligándolo a pararse y a agarrarse bien a la pared.

MAIS QU’EST-CE QUE TU FOUS BORDEL ?! —oyó un inesperado alarido a sus espaldas, con una voz tan atronadora y poderosa que Yenkis pensó que un trueno acababa de partir el edificio en dos.

El niño se dio la vuelta inmediatamente, pegando bien la espalda y las manos a la pared, y se le encogieron las pupilas con gran horror. Tenía delante a un hombre levitando en pleno aire, vestido entero con chándal negro deportivo, con la capucha puesta, pero supo enseguida que era su padre por la inconfundible luz blanca que emitía uno de sus ojos, que estaban abiertos con más horror que los suyos.

—¡Pa…! —Yenkis se ahogó en un respingo, porque de la tensión y el susto le temblaron las rodillas y el cuerpo se le fue cayendo hacia delante.

Pero Neuval se posó en la cornisa con él y lo empujó contra la pared, agarrándolo del pijama.

—¿¡Qué significa esto, Yenkis!? —le gritó.

—¡Espera…! ¡No…! —respiró el chico, mirando un momento hacia la ventana por la que había salido, temeroso de que Hatori se asomara por ella en algún momento—. ¡Tienes…! ¡Tienes que irte! ¡Espera! ¡Llévame hasta la terraza, llévame enseguida o estaremos en graves problemas!

—¡Te aseguro que tú ya estás en graves problemas, Yenkis! ¡En mi puta vida me habría esperado encontrarte en una situación así!

—¡Papá, no hay tiempo! —le suplicó—. ¡Te lo explicaré, pero ahora no…!

—¿¡De quién es esta vivienda!? ¿¡Qué haces aquí!?

—¡E-Es la casa de… del tío de Evie! —le tembló la voz, sabiendo que era lo último que su padre querría oír—. El trabajo escolar… no fui a hacerlo con el hijo de los Fujimoto, fui a hacerlo con Evie… porque iba a pasar este fin de semana con su tío… y… por conocerlo, yo…

Neuval se quedó pálido, le costó unos segundos darse cuenta de lo que eso significaba.

—¡Le mentí a Hana, lo siento! —sollozaba Yenkis con lágrimas en los ojos, fruto de la tensión.

—¿Te ha hecho algo…? —murmuró Neuval enseguida, denotando su peor miedo en el temblor de su voz y de sus ojos grises—. ¿¡Te ha hecho algo!? —repitió ansioso.

—¡No, no! ¡Él no sabe nada! ¡No me ha hecho nada malo! ¡Sólo soy un invitado, y me llevará mañana de vuelta a casa con Evie! ¡No sospecha de mí, te lo juro! ¡Pero eso se acabará si no me llevas ahora mismo a la terraza! ¡Tengo que volver al sofá cama antes de que él vaya al salón y vea no estoy ahí…!

—¡Ni de coña vas a volver a meterte a esa casa, tengo que alejarte de aquí y de él a toda costa!

—¡Papá, no, lo estropearás todo! ¡Debo seguir fingiendo, debo quedarme aquí!

—¡Yenkis, no eres consciente del peligro que corres con él!

—¡Sí, lo sé, y por eso debo quedarme! ¡Si ve que he desaparecido de su casa, sospechará de inmediato! ¡Papá, te juro que no verá la luz de mi ojo, te juro que estaré a salvo!

—¿¡Pero por qué demonios…!?

—¡¡Te lo explicaré en otro momento, pero si no me llevas ya, los dos estaremos acabados!! ¡YA! —le dio una sacudida en los hombros.

Neuval tuvo un par de segundos para, al menos, leer la situación tan disparatada con la que se había encontrado. En un instante vio aquella ventana abierta, dedujo que Yenkis había escapado por ella por haber estado husmeando donde no debía y que había despertado a Hatori accidentalmente y no había podido huir por el pasillo. Luego miró hacia el otro lado, la terraza a la vuelta de la esquina al final de la cornisa.

Durante ese pequeño rato, Hatori había terminado yendo directo hacia la puerta de su despacho, porque verla cerrada llamó toda su atención, recordando que antes de acostarse la había dejado medio abierta. «¿Pero qué…? ¿Quién ha…?» pensaba desconcertado, y se alarmó cuando intentó abrirla y no pudo, estaba bloqueada. Ya está. Su primer pensamiento es que se había colado un iris en su casa. Porque sólo un iris podría haber entrado por la única vía posible en un ático de un alto edificio cargado de seguridad: una ventana abierta de manera forzada.

Volvió corriendo sobre sus pasos hacia su habitación, pero primero se asomó rápidamente a la de Evie para comprobar que ella seguía dormida y a salvo en su cama. Tras coger de su habitación una pistola cargada, regresó frente a la puerta de su despacho y comenzó a golpearla con el hombro para derribar lo que quiera que la bloquease al otro lado. Intentó hacerlo lo más rápido posible por si lograba pillar al intruso de dentro antes de que huyera por la ventana alertado por los golpes.

Cuando consiguió abrir por fin la puerta, apuntó al instante con su arma al interior, preparado para reaccionar ante el intruso, pero se encontró con el despacho ya vacío y la ventana abierta. Y uno de sus ordenadores encendidos.

—No… —murmuró con rabia, bajando un momento el arma y corriendo hacia el otro lado de su mesa para mirar la pantalla; sin embargo, no descubrió nada abierto, ni rastro de actividad, ningún programa abierto ni ninguna notificación de alarma de su programa de seguridad instalado—. ¡Joder! —blasfemó, y corrió hasta la ventana, asomándose a un lado y a otro, con la pistola preparada, pero no había nadie por ningún lado.

Volvió a meterse dentro del despacho, miró por todas partes, por los rincones, los libros y papeles, por si el intruso se había dejado alguna pista u objeto o lo que fuera. Se pasó una mano por el pelo, frustrado, cabreado y nervioso, sin poder creer que le hubiera pasado algo así por primera vez, ¡en su casa!

—¿Tío? —apareció Evie en la puerta, con cara preocupada—. ¿Qué eran esos golpes?

—Vuelve a tu habitación, rápido —fue hasta ella y la empujó de regreso a su habitación, y la obligó a sentarse en la cama, agarrando sus brazos—. No te muevas de aquí, Evie.

—¿Pero qué pas-…?

—Nada, no te preocupes. Creo que se ha colado un intruso en mi despacho, pero ya se ha ido.

—¿¡Qué!? —Evie sintió que se le paraba el corazón, porque lo primero que pensó fue que Yenkis, finalmente, la había cagado.

—Tranquila, no te va a pasar nada mientras yo esté aquí. Voy a comprobar que tu amigo está bien, pero tú no te muevas de aquí. Enseguida regreso, ¿entendido?

Evie no se atrevió a decir ni una sílaba, le daba miedo que su tío acabara sospechando, o peor, descubriendo a Yenkis con las manos en la masa. No sabía exactamente qué había pasado o si de verdad era cosa de su amigo, pero antes de darse cuenta, su tío ya había salido de su cuarto, cerrando la puerta. La muchacha esperó ahí, paralizada, en tensión.

Cuando Hatori cruzó corriendo el pasillo y llegó hasta el salón, volvió a alzar el arma, preparado para disparar si veía a un intruso. Al mismo tiempo, giró la cabeza para mirar hacia el sofá cama. Suspiró aliviado al ver a Yenkis ahí dormido bajo la manta.

Apenas veinte segundos antes, el niño había entrado por la ventana de la cocina, la cual su padre había logrado forzar y abrir en un instante, allá en la otra punta de la estancia, y había cruzado la cocina, la zona de comedor y el salón más rápido que en toda su vida para acabar saltando de cabeza al sofá cama y meterse bajo la manta, un segundo antes de que Hatori entrara ahí. El ministro no lo veía porque el chico estaba tumbado de costado dándole la espalda, pero Yenkis tenía los ojos cerrados con mucha fuerza y el corazón en la boca.

Había entrado por la ventana de la cocina porque su padre había detectado nada más verlo que las puertas correderas de la terraza tenían instalado el mismo sistema de alarma que la puerta principal, algo lógico y de esperar en la casa del ministro, pero en lo que Yenkis no había caído. Si su padre no hubiera aparecido, Yenkis habría intentado forzar la puerta corredera de la terraza únicamente para hacer saltar la alarma y que Hatori lo acabase pillando ahí fuera.

Había tenido una suerte tremenda. Pero ahí no había acabado la cosa, porque en el momento en que Hatori entró en el salón y vio a Yenkis en el sofá, captó por el rabillo del ojo el movimiento veloz de una sombra negra alejándose de la ventana de la cocina, por el exterior, en dirección hacia la terraza. Por eso, el ministro no dudó ni un segundo en correr a por ella. Abrió la puerta corredera y salió a la terraza exterior a tiempo de cruzarse con esa sombra sobrevolándolo unos metros más allá.

«¿¡Vuela!? ¡Fuujin! ¡Es Fuujin!» pensó Hatori con desconcierto, y sus brazos se movieron automáticamente, apuntando con su arma con la impecable agilidad con la que había sido entrenado desde bien pequeño.

¡PUM! El sonido del disparo hizo que Yenkis saltara del sofá y se pusiera en pie, mirando directamente hacia la terraza, horripilado.

—¡Kis! —apareció Evie ahí desde el pasillo, y se puso a mirar con él—. ¿Estás bien? ¿Qué es lo que…?

Yenkis estaba petrificado y dejó de respirar, porque lo que divisó justo después de oír el disparo, fue a aquella figura negra cayendo en picado sobre la pérgola que cubría el pequeño saloncito de la terraza, allá al otro extremo, donde la barandilla.

Neuval había recibido la bala, se le introdujo por encima de la cadera, quedándose muy cerca del riñón. Como estaba acostumbrado a recibir disparos, golpes y dolor desde que era pequeño, no emitió quejido alguno, pero había perturbado la concentración de su iris lo suficiente para hacerle perder el vuelo por un segundo y caer. Estaba entre las piezas destrozadas de la pérgola y su pesada lona de plástico, y oyó los pasos de Hatori, por lo que se dio prisa en levantarse y saltar por la barandilla al vacío.

Al momento llegó Hatori, ansioso, y apuntó nuevamente con su arma por encima de la barandilla. Divisó esa silueta negra volando velozmente sobre las lejanas calles, alzándose después hacia arriba, y finalmente perdiéndose en el cielo nocturno.

—¡Fuujiiiin! —gritó con rabia, dando con el puño sobre la baranda de piedra.

—Tío Hatori… —lo llamó Evie desde la puerta del salón.

Este se dio la vuelta y vio a los dos niños ahí mirándolo con caras de espanto.

—¡Volved adentro! —les ordenó, yendo hasta ellos, y los empujó al interior, alejándolos de la terraza—. Ya ha pasado todo. El intruso se ha ido.

—¿¡Le ha disparado!? —preguntó Yenkis, muerto de preocupación.

—Ha huido. Pero vosotros estáis a salvo. Volved a la cama, yo me encargo de todo, nadie va a volver a acercarse a esta casa, ¿entendido? Podéis estar tranquilos. Vamos, ahora mismo —recogió las almohadas y la manta del sofá y se llevó a los niños por el pasillo hacia la habitación de Evie; sacó del armario de ese cuarto un futón enrollado, lo desplegó sobre el suelo y puso la manta y las almohadas encima—. Chico, dormirás aquí con Evie.

—P-Pero… —balbució Yenkis.

—Hacedme caso. Evie, vamos, obedéceme —señaló su cama. La chica se fue a su cama sin rechistar, y Yenkis también se sentó sobre el futón—. Si tenéis que ir al baño o beber agua, id al baño de aquí del pasillo, no al otro. Quedaos tranquilos esta noche, por la mañana todo estará normal.

Después de asegurarse de que la ventana de esa habitación estaba bien cerrada y de bajar las persianas para mayor seguridad, Hatori salió del cuarto cerrando la puerta. Entonces, Evie giró la cabeza y miró a Yenkis. Su amigo seguía ido, en shock, con la vista estática en la puerta.

—Kis… —se bajó de la cama y se arrodilló a su lado, y le tomó la mejilla para obligarlo a mirarla a los ojos.

Evie no lo atosigó con ninguna pregunta, tan sólo lo observó atentamente, asegurándose de que él se diera cuenta de que ella estaba ahí para ayudarlo y apoyarlo, para que, al menos, su sola presencia lo tranquilizara un poco. El ojo izquierdo de Yenkis no brillaba, pero estaba a punto. Si miraba con mucha atención, Evie podía ver un diminuto destello blanco en su pupila, parpadeante, contenido y tenso.

—Cálmate, Kis.

—P… ¿Puedes…? —tartamudeó el chico—. ¿Puedes traerme… mi móvil… por favor?

Evie asintió y se fue corriendo al salón, después de comprobar que su tío estaba ocupado en su habitación hablando con alguien por teléfono. Se fue y volvió en apenas unos segundos, discreta. Cerró la puerta de nuevo y le dio el teléfono a su amigo. Yenkis lo cogió con manos un poco temblorosas. No quería arriesgarse a hacer una llamada. Le escribió un mensaje a su padre preguntándole si estaba bien. Se quedó largo rato esperando, minutos, un cuarto de hora… No había respuesta. Evie, sentada a su lado, bajó sus manos para que dejara de mirar el teléfono.

—Sé paciente. Sea lo que sea que haya pasado, no me lo cuentes si no quieres, pero necesitas recuperar la calma. No ganas nada estando así toda la noche. No puedes hacer nada más por ahora. Espera a la mañana.

Yenkis sabía que ella tenía razón. Se tumbó sobre el futón, con el teléfono sobre el pecho, y se quedó mirando al techo, respirando hondo. Tenía el cubito en el bolsillo de su pantalón de pijama, pero ahora no quería ni tocarlo. Evie se subió a su cama y se tumbó, pero se quedó vigilando a Yenkis, procurando mantener su preocupación bajo una capa de templanza, preparada para ayudarlo si la necesitaba.









72.
Las historias bajo llave (2/2)

Yenkis deslizó el ratón de un lado a otro, infiltrándose en el resto de archivos de Hatori. Puso la palabra “iris” en el buscador interno, pero le mostró cero resultados. Frunció el ceño. Probó a poner “Monte Zou”, o “Asociación”… pero nada. Se quedó pensando unos segundos.

—Cubito —le susurró a su dispositivo sobre la mesa—. Busca en este equipo la ubicación de archivos bloqueados con restricción encriptada.

Una de las líneas de luz que recorrían el cubo cambió de color y parpadeó un poco. A los tres segundos, se abrió una ventana en la pantalla, que solamente contenía una carpeta: “La Caza”.

«¿La Caza?» se sorprendió Yenkis. Con el mismo programa con que había abierto los archivos de su padre, desbloqueó esa carpeta. Y se desplegaron como un centenar de carpetas más.

«“IrisIris Europa… Iris Australia… de África, de Norteamérica, de Sudamérica, Asia occidental, Asia oriental, Japón, Estados Unidos, Alemania, China, Argentina”… ¿Qué? ¿¡Qué!?» se horrorizó, mientras sus ojos navegaban velozmente de una carpeta a otra. «“Caza #19 en Reino Unido… Caza #32 en México… Caza #4 en Japón”… ¡Todos son intentos de caza contra iris de todo el mundo! Carpeta “Cazadores”, ¿qué es esto?» abrió aquella, y comenzó a leer los archivos. Se llevó una mano a la boca para ahogar un respingo. «“Un grupo clandestino de aliados internacionales… formado por policías, políticos, funcionarios y colaboradores de todo el mundo… Fundado por vez primera por Takeshi Nonomiya”. ¡Dios mío, todo esto…! ¡Tienen todo esto! ¡Saben muchas cosas sobre los iris, y las saben desde hace décadas!» pensó, palideciendo, cada vez más asustado.

«“Objetivo y protocolo de actuación. Prioridad mundial. Investigación, persecución y caza de los llamados iris. En caso de capturar a uno… permitido el Protocolo 56… confinamiento para prevención de riesgos… tortura para obtener información… y experimentación para… conocer mejor su biología diferente… con el fin de localizar su sede… abolirla… y erradicar la existencia total de los iris”».

Yenkis separó la mano del ratón. La miró y vio que le temblaba. Todo el cuerpo le temblaba. Pero no podía moverse, no le obedecían los músculos.

He aquí la verdad, toda la verdad. ¿Qué culpa tenía un niño de 12 años por pensar que sería interesante descubrirla, que no podía hacer daño, y que lo más grave que presentaría sería, si acaso, un conflicto entre dos partes que podría resolverse con explicaciones o entendimiento? Nunca lo imaginó, lo alarmantemente grave que era en realidad toda la situación de los iris y su conflicto, no sólo con la policía de Japón, sino también con gente poderosa de todo el mundo que llevaba una operación clandestina al margen de los derechos humanos.

Le temblaba el cuerpo, porque por fin se dio cuenta de que, si Hatori descubría que era un iris… ya nunca regresaría a casa, ya nunca vería la luz del sol. Y en esos archivos dejaban claro que no importaba que fuera un niño.

Se quedó en blanco un momento, sin saber qué hacer, intentando ordenar sus pensamientos, asimilar las cosas… Empezó a cerrar todos los archivos y ventanas a toda prisa.

Sin embargo, se topó con uno que antes había pasado por alto. Sólo el título bastó para hacerle arriesgar unos segundos más. Aquello sí que le causó el mayor desconcierto. Era otro de los archivos de su padre, un informe clasificado de la Asociación, redactado por él mismo.

«Hatori… ¿¡Estuvo en el Monte Zou hace 9 años!?» brincó Yenkis, y leyó más. «“Los dioses ordenaron su captura, para enjuiciamiento y análisis”… ¿Qué? ¿Pero de qué dioses habla esto? ¿Y cómo que enjuiciamiento? “El antecedente se refiere al fallecimiento de… Hatori Nonomiya… Se presume que fue asesinado en acto de servicio por un criminal humano. Según los dioses, estuvo oficialmente muerto al presentarse su espíritu en la Puerta Intermedia… pero… el espíritu desapareció ante los ojos de todos ellos y Hatori despertó en su cuerpo físico, de regreso a la vida sin explicación posible”».

Yenkis parpadeó un par de veces. Pensó que este informe sería algún tipo de broma o de falsedad, porque lo que contaba era sin duda un disparate. «“Como consecuencia, los dioses calificaron esto como un ‘fenómeno prohibido’ y por eso ordenaron a la Asociación la captura de Hatori, de la cual se ocuparon los iris de la ORS de Kanon Yuudai, y su traslado al Monte Zou para ser sometido a un análisis… quedando finalmente sin explicación posible o resultado concluyente. Pero algo no me cuadra. Los dioses cambiaron su comportamiento tras analizar la energía de Hatori y las memorias previas a su muerte. Le dijeron a Alvion que no iniciara ninguna investigación sobre el presunto asesino. Sé que esos dioses vieron algo… y nos lo ocultan… y no me sorprende… No obstante, Hatori Nonomiya fue sometido a un borrado de memoria y devuelto a su vida para no alterar posibles implicaciones de las energías del Equilibrio, quedando este caso como una investigación pendiente hasta el día de hoy sin que los dioses se hayan vuelto a pronunciar sobre ello”».

Yenkis necesitaba respirar. Su cabeza ya no podía más, no sabía qué tipo de locura acababa de leer. Luego se dio cuenta de que, a consecuencia de este estado de pánico y estrés, su ojo izquierdo estaba brillando. Lo vio en su propio reflejo en el otro ordenador apagado que había sobre la mesa. Dando un respingo horrorizado, se tapó el ojo rápidamente con las dos manos.

No conseguía calmarse ni pensar con claridad; no estaba acostumbrado a esto. Colarse en propiedades privadas de reciclaje para robar algunos aparatos y chatarra y ser perseguido por policías de barrio no era nada comparado. Le ordenó a su cubito con un susurro entrecortado que cerrase todas las ventanas y se desconectara del ordenador, y este lo hizo en un instante. Sin embargo, en el momento de levantarse, coger el cubito y prepararse para apagar el equipo y salir de ahí, no atinó bien. Con un ojo tapado con una mano y casi a oscuras, en lugar de agarrar el cubito, lo tiró de la mesa sin querer y cayó al suelo, haciendo bastante ruido.

El chico, con el corazón en la boca, contuvo la respiración; recogió el cubito de inmediato y corrió hasta la puerta medio cerrada del despacho, asomándose, para comprobar si la había cagado. Y sí. Vio allá al fondo del pasillo que en la habitación de Hatori se encendía una luz. Hatori había oído el ruido. Y era obvio en toda su persona que iba a comprobar de qué había sido.

Yenkis reprimió una exclamación. No le iba a dar tiempo a salir del despacho, cruzar medio pasillo y regresar al salón, Hatori estaba a punto de salir de su habitación y lo iba a ver sin duda. Por eso, volvió a meterse dentro. Reuniendo toda la agilidad que sus nervios le permitieron, cerró la puerta por dentro, acercó una silla y bloqueó la puerta con ella.

Un segundo de tiempo era demasiado valioso, por lo que decidió no perderlo en apagar el ordenador e ir directamente hacia la ventana. No tenía más remedio. Imposible. No había otra opción. El despacho no tenía ningún escondite viable, y aunque lo tuviera, sería muy insultante pensar que Hatori no lo descubriría. Abrió la ventana y se asomó. Como ya se había fijado antes cuando Evie le enseñó la terraza exterior, había una cornisa bajo la ventana que recorría todas las fachadas exteriores del edificio, y era lo suficientemente ancha para caminar por ella, siempre que se mantuviera bien pegado a la pared y diera los pasos correctamente.

Salió por la ventana, con cuidado, pero con prisa. Posó los pies sobre la cornisa, poniéndose de cara a la pared mejor que de cara al precipicio. La calle quedaba muy lejana. Yenkis dudaba de su capacidad de sobrevivir a una caída así, por mucho que su iris reaccionara como cuando se cayó del árbol del jardín.

Procuró tener la mirada fija en la cornisa y en la esquina de allá, donde la pared del edificio terminaba y comenzaba la barandilla de la terraza doblando la esquina. Sólo tenía que llegar hasta la terraza, correr hasta la puerta corredera, forzarla para abrirla desde fuera de algún modo, entrar de vuelta al salón, meterse de cabeza bajo la manta de su sofá cama y fingir estar dormido. Tenía la esperanza de que, al haber bloqueado la puerta del despacho, Hatori, al intentar abrirla sin éxito, se alarmaría lo suficiente para ocupar al menos un par de minutos de tiempo en intentar abrirla, para después gastar más segundos en comprobar el interior del despacho, el ordenador aún encendido, y la ventana abierta. Tiempo que Yenkis esperaba que fuera suficiente para que él regresara al sofá.

En el momento en que Hatori salió de su habitación y se paró en el pasillo con cara extrañada y desconfiada, prestando atención antes de dar un paso, Yenkis ya había llegado hasta la mitad del trayecto por la cornisa. Sin embargo, de repente el viento sopló mucho más fuerte de lo normal, obligándolo a pararse y a agarrarse bien a la pared.

MAIS QU’EST-CE QUE TU FOUS BORDEL ?! —oyó un inesperado alarido a sus espaldas, con una voz tan atronadora y poderosa que Yenkis pensó que un trueno acababa de partir el edificio en dos.

El niño se dio la vuelta inmediatamente, pegando bien la espalda y las manos a la pared, y se le encogieron las pupilas con gran horror. Tenía delante a un hombre levitando en pleno aire, vestido entero con chándal negro deportivo, con la capucha puesta, pero supo enseguida que era su padre por la inconfundible luz blanca que emitía uno de sus ojos, que estaban abiertos con más horror que los suyos.

—¡Pa…! —Yenkis se ahogó en un respingo, porque de la tensión y el susto le temblaron las rodillas y el cuerpo se le fue cayendo hacia delante.

Pero Neuval se posó en la cornisa con él y lo empujó contra la pared, agarrándolo del pijama.

—¿¡Qué significa esto, Yenkis!? —le gritó.

—¡Espera…! ¡No…! —respiró el chico, mirando un momento hacia la ventana por la que había salido, temeroso de que Hatori se asomara por ella en algún momento—. ¡Tienes…! ¡Tienes que irte! ¡Espera! ¡Llévame hasta la terraza, llévame enseguida o estaremos en graves problemas!

—¡Te aseguro que tú ya estás en graves problemas, Yenkis! ¡En mi puta vida me habría esperado encontrarte en una situación así!

—¡Papá, no hay tiempo! —le suplicó—. ¡Te lo explicaré, pero ahora no…!

—¿¡De quién es esta vivienda!? ¿¡Qué haces aquí!?

—¡E-Es la casa de… del tío de Evie! —le tembló la voz, sabiendo que era lo último que su padre querría oír—. El trabajo escolar… no fui a hacerlo con el hijo de los Fujimoto, fui a hacerlo con Evie… porque iba a pasar este fin de semana con su tío… y… por conocerlo, yo…

Neuval se quedó pálido, le costó unos segundos darse cuenta de lo que eso significaba.

—¡Le mentí a Hana, lo siento! —sollozaba Yenkis con lágrimas en los ojos, fruto de la tensión.

—¿Te ha hecho algo…? —murmuró Neuval enseguida, denotando su peor miedo en el temblor de su voz y de sus ojos grises—. ¿¡Te ha hecho algo!? —repitió ansioso.

—¡No, no! ¡Él no sabe nada! ¡No me ha hecho nada malo! ¡Sólo soy un invitado, y me llevará mañana de vuelta a casa con Evie! ¡No sospecha de mí, te lo juro! ¡Pero eso se acabará si no me llevas ahora mismo a la terraza! ¡Tengo que volver al sofá cama antes de que él vaya al salón y vea no estoy ahí…!

—¡Ni de coña vas a volver a meterte a esa casa, tengo que alejarte de aquí y de él a toda costa!

—¡Papá, no, lo estropearás todo! ¡Debo seguir fingiendo, debo quedarme aquí!

—¡Yenkis, no eres consciente del peligro que corres con él!

—¡Sí, lo sé, y por eso debo quedarme! ¡Si ve que he desaparecido de su casa, sospechará de inmediato! ¡Papá, te juro que no verá la luz de mi ojo, te juro que estaré a salvo!

—¿¡Pero por qué demonios…!?

—¡¡Te lo explicaré en otro momento, pero si no me llevas ya, los dos estaremos acabados!! ¡YA! —le dio una sacudida en los hombros.

Neuval tuvo un par de segundos para, al menos, leer la situación tan disparatada con la que se había encontrado. En un instante vio aquella ventana abierta, dedujo que Yenkis había escapado por ella por haber estado husmeando donde no debía y que había despertado a Hatori accidentalmente y no había podido huir por el pasillo. Luego miró hacia el otro lado, la terraza a la vuelta de la esquina al final de la cornisa.

Durante ese pequeño rato, Hatori había terminado yendo directo hacia la puerta de su despacho, porque verla cerrada llamó toda su atención, recordando que antes de acostarse la había dejado medio abierta. «¿Pero qué…? ¿Quién ha…?» pensaba desconcertado, y se alarmó cuando intentó abrirla y no pudo, estaba bloqueada. Ya está. Su primer pensamiento es que se había colado un iris en su casa. Porque sólo un iris podría haber entrado por la única vía posible en un ático de un alto edificio cargado de seguridad: una ventana abierta de manera forzada.

Volvió corriendo sobre sus pasos hacia su habitación, pero primero se asomó rápidamente a la de Evie para comprobar que ella seguía dormida y a salvo en su cama. Tras coger de su habitación una pistola cargada, regresó frente a la puerta de su despacho y comenzó a golpearla con el hombro para derribar lo que quiera que la bloquease al otro lado. Intentó hacerlo lo más rápido posible por si lograba pillar al intruso de dentro antes de que huyera por la ventana alertado por los golpes.

Cuando consiguió abrir por fin la puerta, apuntó al instante con su arma al interior, preparado para reaccionar ante el intruso, pero se encontró con el despacho ya vacío y la ventana abierta. Y uno de sus ordenadores encendidos.

—No… —murmuró con rabia, bajando un momento el arma y corriendo hacia el otro lado de su mesa para mirar la pantalla; sin embargo, no descubrió nada abierto, ni rastro de actividad, ningún programa abierto ni ninguna notificación de alarma de su programa de seguridad instalado—. ¡Joder! —blasfemó, y corrió hasta la ventana, asomándose a un lado y a otro, con la pistola preparada, pero no había nadie por ningún lado.

Volvió a meterse dentro del despacho, miró por todas partes, por los rincones, los libros y papeles, por si el intruso se había dejado alguna pista u objeto o lo que fuera. Se pasó una mano por el pelo, frustrado, cabreado y nervioso, sin poder creer que le hubiera pasado algo así por primera vez, ¡en su casa!

—¿Tío? —apareció Evie en la puerta, con cara preocupada—. ¿Qué eran esos golpes?

—Vuelve a tu habitación, rápido —fue hasta ella y la empujó de regreso a su habitación, y la obligó a sentarse en la cama, agarrando sus brazos—. No te muevas de aquí, Evie.

—¿Pero qué pas-…?

—Nada, no te preocupes. Creo que se ha colado un intruso en mi despacho, pero ya se ha ido.

—¿¡Qué!? —Evie sintió que se le paraba el corazón, porque lo primero que pensó fue que Yenkis, finalmente, la había cagado.

—Tranquila, no te va a pasar nada mientras yo esté aquí. Voy a comprobar que tu amigo está bien, pero tú no te muevas de aquí. Enseguida regreso, ¿entendido?

Evie no se atrevió a decir ni una sílaba, le daba miedo que su tío acabara sospechando, o peor, descubriendo a Yenkis con las manos en la masa. No sabía exactamente qué había pasado o si de verdad era cosa de su amigo, pero antes de darse cuenta, su tío ya había salido de su cuarto, cerrando la puerta. La muchacha esperó ahí, paralizada, en tensión.

Cuando Hatori cruzó corriendo el pasillo y llegó hasta el salón, volvió a alzar el arma, preparado para disparar si veía a un intruso. Al mismo tiempo, giró la cabeza para mirar hacia el sofá cama. Suspiró aliviado al ver a Yenkis ahí dormido bajo la manta.

Apenas veinte segundos antes, el niño había entrado por la ventana de la cocina, la cual su padre había logrado forzar y abrir en un instante, allá en la otra punta de la estancia, y había cruzado la cocina, la zona de comedor y el salón más rápido que en toda su vida para acabar saltando de cabeza al sofá cama y meterse bajo la manta, un segundo antes de que Hatori entrara ahí. El ministro no lo veía porque el chico estaba tumbado de costado dándole la espalda, pero Yenkis tenía los ojos cerrados con mucha fuerza y el corazón en la boca.

Había entrado por la ventana de la cocina porque su padre había detectado nada más verlo que las puertas correderas de la terraza tenían instalado el mismo sistema de alarma que la puerta principal, algo lógico y de esperar en la casa del ministro, pero en lo que Yenkis no había caído. Si su padre no hubiera aparecido, Yenkis habría intentado forzar la puerta corredera de la terraza únicamente para hacer saltar la alarma y que Hatori lo acabase pillando ahí fuera.

Había tenido una suerte tremenda. Pero ahí no había acabado la cosa, porque en el momento en que Hatori entró en el salón y vio a Yenkis en el sofá, captó por el rabillo del ojo el movimiento veloz de una sombra negra alejándose de la ventana de la cocina, por el exterior, en dirección hacia la terraza. Por eso, el ministro no dudó ni un segundo en correr a por ella. Abrió la puerta corredera y salió a la terraza exterior a tiempo de cruzarse con esa sombra sobrevolándolo unos metros más allá.

«¿¡Vuela!? ¡Fuujin! ¡Es Fuujin!» pensó Hatori con desconcierto, y sus brazos se movieron automáticamente, apuntando con su arma con la impecable agilidad con la que había sido entrenado desde bien pequeño.

¡PUM! El sonido del disparo hizo que Yenkis saltara del sofá y se pusiera en pie, mirando directamente hacia la terraza, horripilado.

—¡Kis! —apareció Evie ahí desde el pasillo, y se puso a mirar con él—. ¿Estás bien? ¿Qué es lo que…?

Yenkis estaba petrificado y dejó de respirar, porque lo que divisó justo después de oír el disparo, fue a aquella figura negra cayendo en picado sobre la pérgola que cubría el pequeño saloncito de la terraza, allá al otro extremo, donde la barandilla.

Neuval había recibido la bala, se le introdujo por encima de la cadera, quedándose muy cerca del riñón. Como estaba acostumbrado a recibir disparos, golpes y dolor desde que era pequeño, no emitió quejido alguno, pero había perturbado la concentración de su iris lo suficiente para hacerle perder el vuelo por un segundo y caer. Estaba entre las piezas destrozadas de la pérgola y su pesada lona de plástico, y oyó los pasos de Hatori, por lo que se dio prisa en levantarse y saltar por la barandilla al vacío.

Al momento llegó Hatori, ansioso, y apuntó nuevamente con su arma por encima de la barandilla. Divisó esa silueta negra volando velozmente sobre las lejanas calles, alzándose después hacia arriba, y finalmente perdiéndose en el cielo nocturno.

—¡Fuujiiiin! —gritó con rabia, dando con el puño sobre la baranda de piedra.

—Tío Hatori… —lo llamó Evie desde la puerta del salón.

Este se dio la vuelta y vio a los dos niños ahí mirándolo con caras de espanto.

—¡Volved adentro! —les ordenó, yendo hasta ellos, y los empujó al interior, alejándolos de la terraza—. Ya ha pasado todo. El intruso se ha ido.

—¿¡Le ha disparado!? —preguntó Yenkis, muerto de preocupación.

—Ha huido. Pero vosotros estáis a salvo. Volved a la cama, yo me encargo de todo, nadie va a volver a acercarse a esta casa, ¿entendido? Podéis estar tranquilos. Vamos, ahora mismo —recogió las almohadas y la manta del sofá y se llevó a los niños por el pasillo hacia la habitación de Evie; sacó del armario de ese cuarto un futón enrollado, lo desplegó sobre el suelo y puso la manta y las almohadas encima—. Chico, dormirás aquí con Evie.

—P-Pero… —balbució Yenkis.

—Hacedme caso. Evie, vamos, obedéceme —señaló su cama. La chica se fue a su cama sin rechistar, y Yenkis también se sentó sobre el futón—. Si tenéis que ir al baño o beber agua, id al baño de aquí del pasillo, no al otro. Quedaos tranquilos esta noche, por la mañana todo estará normal.

Después de asegurarse de que la ventana de esa habitación estaba bien cerrada y de bajar las persianas para mayor seguridad, Hatori salió del cuarto cerrando la puerta. Entonces, Evie giró la cabeza y miró a Yenkis. Su amigo seguía ido, en shock, con la vista estática en la puerta.

—Kis… —se bajó de la cama y se arrodilló a su lado, y le tomó la mejilla para obligarlo a mirarla a los ojos.

Evie no lo atosigó con ninguna pregunta, tan sólo lo observó atentamente, asegurándose de que él se diera cuenta de que ella estaba ahí para ayudarlo y apoyarlo, para que, al menos, su sola presencia lo tranquilizara un poco. El ojo izquierdo de Yenkis no brillaba, pero estaba a punto. Si miraba con mucha atención, Evie podía ver un diminuto destello blanco en su pupila, parpadeante, contenido y tenso.

—Cálmate, Kis.

—P… ¿Puedes…? —tartamudeó el chico—. ¿Puedes traerme… mi móvil… por favor?

Evie asintió y se fue corriendo al salón, después de comprobar que su tío estaba ocupado en su habitación hablando con alguien por teléfono. Se fue y volvió en apenas unos segundos, discreta. Cerró la puerta de nuevo y le dio el teléfono a su amigo. Yenkis lo cogió con manos un poco temblorosas. No quería arriesgarse a hacer una llamada. Le escribió un mensaje a su padre preguntándole si estaba bien. Se quedó largo rato esperando, minutos, un cuarto de hora… No había respuesta. Evie, sentada a su lado, bajó sus manos para que dejara de mirar el teléfono.

—Sé paciente. Sea lo que sea que haya pasado, no me lo cuentes si no quieres, pero necesitas recuperar la calma. No ganas nada estando así toda la noche. No puedes hacer nada más por ahora. Espera a la mañana.

Yenkis sabía que ella tenía razón. Se tumbó sobre el futón, con el teléfono sobre el pecho, y se quedó mirando al techo, respirando hondo. Tenía el cubito en el bolsillo de su pantalón de pijama, pero ahora no quería ni tocarlo. Evie se subió a su cama y se tumbó, pero se quedó vigilando a Yenkis, procurando mantener su preocupación bajo una capa de templanza, preparada para ayudarlo si la necesitaba.





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