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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __









98.
Un castillo vacío y otra cucaracha

En el instante después de apartarse de Denzel y desaparecer del callejón de Yoho Pub, Agatha reapareció en otro lugar, pero no del mundo humano, sino en otro mundo. Un lugar sin igual. Un lugar al que hacía mucho tiempo que no iba y al que odiaba ir. La urgencia de sus sospechas lo requería.

Si había alguna forma de describir la Dimensión Yin para los sentidos humanos, sería un espacio infinito, de un negro opaco y vacío para la vista, inoloro para el olfato, mudo para el oído, insípido, frío, sin una orientación clara de lo que era arriba, abajo, lejos o cerca y sin una gravedad fija. Aunque no era del todo abstracto.

Era una dimensión hecha de energía Yin primaria, diseñada para albergar infinidad de espíritus de personas que en vida fueron más afines a esta oscuridad, a la maldad, y al morir y separarse del cuerpo físico, los dioses las destinaron a lo que muchos humanos llamarían infierno. Pero aquí no había fuego, ni llamas, ni caos… solamente un vacío oscuro, desértico y callado, donde los espíritus pasaban el resto de su existencia enfrentándose al sufrimiento que era convivir con sus propios pensamientos y su soledad, y con otros humanos iguales o peores que ellos.

Lo que no muchos sabían, es que también habitaban otros seres que a veces sí que convertían este lugar en un infierno tradicional.

Como la creatividad y la imaginación eran habilidades connaturales e inamovibles de la mente humana, los espíritus, que eran energías que conservaban su consciencia, su memoria y su identidad, podían hacer algo extraordinario, tanto en la Dimensión Yin como en la Dimensión Yang, que era exteriorizar lo que imaginaban, siempre que fuera un lugar o un objeto, pero nunca un ser vivo. Si imaginaban a una persona, animal o planta, sólo aparecerían como maniquís, o hechos de material inerte, y no se moverían. Serían como atrezo.

Por eso, los espíritus, en estas dimensiones, podían crear lugares, o, más bien, trozos de lugares –lo que les alcanzara la imaginación–, y tales escenarios se hacían visibles a su alrededor, y sólidos.

Por ejemplo, uno podía imaginar estar en un desierto con un pequeño oasis con una palmera, y este se hacía realidad a su alrededor, al menos en parte, porque un ser vivo como la palmera aparecería irremediablemente hecha de piedra, de papel o de otro material inerte, y porque este trocito de mundo se expandiría a unos cuantos metros a la redonda nada más; sus límites terminaban en algún punto donde uno ya volvía a pisar el espacio negro de la dimensión. La arena y el agua parecerían reales al tacto y a la vista, y sus sonidos, pero sin olor ni sabor, porque no eran reales, sino una ilusión energética temporal. Sucedía lo mismo con las ropas con las que los espíritus se imaginaban ir vestidos, porque, de lo contrario, se presentarían ante los demás en su forma física neutra, que era desnudos.

A pesar de que no existía ninguna fuente de luz allí, todo lo que allí hubiera emitía luz propia, de modo que los espíritus o cualquier persona o ser que estuviera en la dimensión podía ver a los demás y a sí mismos. Por el contrario, el espacio de la dimensión era un negro homogéneo donde no se atisbaban límites, ni paredes, ni siquiera un suelo.

Los espíritus, al igual que cualquier persona viva como Agatha, una vez estaban en este tipo de dimensión, tenían que imaginar la gravedad y el suelo para cumplir con la ilusión de que tenían los pies apoyados en una superficie y que podían caminar por ella. De ahí, fijaban al mismo tiempo lo que para ellos era una dirección, lo que era arriba, abajo, delante, detrás… Y no tenía por qué coincidir con la dirección o perspectiva de otro espíritu. Podía haber un segundo espíritu que, por ejemplo, manifestara de su imaginación a su alrededor un trozo ilusorio de una ciudad, y tal trozo podía aparecer unos metros por encima del oasis. El espíritu que estaba en el oasis, al mirar arriba, vería desde su perspectiva un trozo de ciudad bocabajo y al otro espíritu caminando del revés por ella.

Teniendo en cuenta que los taimu podían venir a la Dimensión Yin y que no dejaban de ser seres físicos, vivos y orgánicos, los dioses ya le aplicaron a la dimensión unos principios básicos de espacio, de tiempo, termodinámica y una atmósfera respirable.

Ella ya estaba acostumbrada. Enseguida, sus pies pisaron un suelo invisible, hipotético. No se veía nada ni a nadie por esa zona. Quizá se atisbaban unos pequeños trozos de diferentes mundos o paisajes en la lejanía, hechos por algunos espíritus que deambulaban por allá. Pero Agatha necesitaba ir a una estructura especial, que se ubicaba en el centro simbólico de la dimensión. Un castillo, inmenso y de arquitectura imposible, de muros negros hechos de energía Yin sólida, pero por los que fluían pequeñas corrientes blancas también, de energía Yang, delatando ante la vista un color más bien gris oscuro, y así, sus formas y volúmenes, en contraste con aquella infinidad oscura.

Al notar esa calma ahí en medio de la nada, Agatha volvió a teletransportarse, y apareció directamente dentro del Castillo Yin, donde los cinco dioses del Yin solían habitar. Primero, se apareció en la Sala de Observación. Estar dentro de esta sala era como estar dentro de una esfera oscura. Justo en su centro, había otra esfera más pequeña flotando, de unos 5 metros de diámetro y de color gris neutro. Su superficie presentaba relieves que trazaban los continentes del planeta Terra y pequeños remolinos de luz negra, más o menos de tamaños similares, girando lentamente en distintas partes. Sólo había un remolino algo más grande que el resto, sobre Japón, representando la anomalía de la Corriente Yin del Tiempo que causaban los ocho hijos de Denzel estando en la época que no les correspondía. Además de verse más grande, emitía un zumbido que Agatha podía oír, y sabía lo que era.

Levitando alrededor de esta esfera de El Mundo, había un gran anillo de sección cuadrada del mismo color gris, sobre el que se podía caminar o sentarse, y desde donde se podía manipular con las manos la esfera de El Mundo para observar cosas de él, del mundo humano real.

Uno podía caminar por la superficie interior de la esférica sala, pero también flotar por su interior para llegar hasta el anillo. Sin embargo, Agatha sólo venía a comprobar si los dioses del Yin estaban ahí, y no estaban.

Se teletransportó entonces a otro lugar del castillo, donde también solía haber espíritus autorizados, encargados de diferentes tipos de tareas. Pero no había nadie. Fue a otras salas, otras estancias, pasillos, torres… Nadie.

Finalmente, se apareció en la Sala de Comunicación. Estar en ella era como estar dentro de un cilindro aplanado. Su entera pared circular era un espejo, que en ese momento reflejaba la misma oscuridad de la sala.

Normalmente, en el centro, solía haber una mesa y una silla ilusorios, imaginados por los espíritus que ahora mismo deberían estar ahí. Siempre solía haber uno o dos espíritus en esta sala, a los que los dioses les habían asignado el cargo de mensajeros, que se ocupaban de comunicarse con la Dimensión Yang a través del Espejo. Pero la sala estaba vacía…

—¿Qué está pasando…? —empezó a temerse Agatha, y rechistó con fastidio, optando por llamarlos, por si estaban en algún lugar al que ella no podía llegar y pudieran oír su voz—. ¡Kero! ¿¡Dónde estáis!? ¡Kero, Vero, Dero, Sero, Tero!

Esperó un rato, pero no oía nada, no percibía nada. Dio unos pasos a un lado y a otro, cada vez más angustiada y alarmada, sin saber qué hacer, oliéndose lo peor. Llevaba demasiados años sin hablarse con sus seis padres, no sabía dónde podían estar…

Las dos únicas posibilidades eran la dimensión física o la Puerta Intermedia. Tanto si estaban en la Puerta Intermedia destinando las almas de los humanos fallecidos a sus correspondientes destinos como si estaban en el mundo humano ocupándose de revisar o arreglar alguna Corriente de Realidad desajustada o quebrada, ambas cosas siempre las hacían en compañía de sus gemelos del Yang porque eran tareas del Equilibrio, que atañían al Yin y al Yang por igual.

Desde luego, no estaban en Japón ocupándose de arreglar el nudo latente en la Corriente del Tiempo provocado por los hijos de Denzel, ni tampoco en el Monte Zou, donde se supone que deberían haber hablado con Alvion, con Denzel y con ella sobre la anomalía. Y la esfera del El Mundo no había presentado ningún otro remolino de desajuste en ningún otro lugar del planeta. Normalmente, los dioses no solían ir al mundo humano si no era por estas razones de peso.

Agatha pensó que debían de estar, entonces, en la Puerta Intermedia. Ella no podía entrar ahí, igual que no podía entrar en la Dimensión Yang. Para poder comprobarlo, tendría que preguntarles a los espíritus del Yang que estuvieran en la Sala de Comunicación de la otra dimensión blanca. Ellos le podían confirmar si los dioses del Yang estaban en la Puerta Intermedia con los dioses del Yin. Así que se acercó corriendo hacia la pared curva de la sala, hacia el Espejo, con las manos por delante para no chocarse. Sólo le bastaba tocarlo con los dedos para activarlo.

Sin embargo, algo la detuvo antes de llegar. Escuchó un sonido. Se quedó quieta, prestando atención, preguntándose si era algún dios o algún espíritu. Ese sonido se hacía cada vez más cercano. Era alguien tarareando una melodía con la boca cerrada. La oía a su izquierda… no… a su derecha… Agatha giraba la cabeza, sin poder ubicarla. Y cuanto más se aproximaba, más clara la oía.

Sintió un escalofrío en la piel. Era alarmantemente familiar. No… no podía ser él… No le estaba permitida la entrada al Castillo desde hace siglos.

La anciana se quedó paralizada cuando de repente escuchó esa melodía junto a su oreja, al mismo tiempo que sintió la cálida presencia de alguien a su espalda, y sus manos sujetando gentilmente sus brazos, y su respiración en su cuello.

—Agatha… Ma chère et ravissante dame… Qué feliz me hace verte por aquí —le habló con una voz de un impresionante tono grave y aterciopelado, al mismo tiempo que la agarraba de una muñeca, la hizo girar grácilmente sobre sus talones y terminó sujetándola de la cintura, inclinado sobre ella.

Ella estaba en shock. Él no debía estar ahí. No podía, lo tenía prohibido. Estaba en su forma humana. Agatha no podía verlo, qué tipo de ojos la observaban desde arriba, qué labios le sonreían, o el color de su largo cabello cayendo por su lado. Pero lo conocía bien, todo de él.

Aquel hombre volvió a enderezarla delicadamente, y se quedó sosteniendo su mano como un caballero, cuyo dorso besó suavemente. Ella notó su sedosa barba corta, sus labios templados. Su cariño.

—¿Por qué estás aquí…? —murmuró Agatha, sabiendo que algo iba terriblemente mal.

—¿Dónde? ¿Aquí, en mi antigua casa? —sonrió él.

—Théo… ¿dónde están los dioses?

Él no respondió. Agatha podía notar que mantenía su sonrisa, tan inquietante como su silencio. Y de repente se dio cuenta de que no estaban ellos dos solos. Más de una docena de presencias rodeaban a la anciana, oscuras, de sombras negras, y ojos de luz plateada.

—Niños… ¿qué habéis hecho? —negó Agatha con la cabeza, retrocediendo poco a poco, notando cómo se iban acercando.

—¿Nos escucharías el tiempo suficiente para descubrir lo mucho que esto es una buena noticia para ti? —habló el hombre de largo cabello, el único que se mantenía quieto donde estaba—. ¿O te vas a dejar llevar por tu lado blando y humanizado?

—Tenéis todos la entrada prohibida al Castillo…

—Voy a recuperar todo lo que me pertenece, Ata. Empezando por mi derecho divino de estar aquí. Y terminando por tener conmigo… a todos los míos.

Agatha dio un respingo de horror. Sabía qué significaba eso. Y eso sí que lo tenía prohibido. Sintió que los demás ya estaban a pocos metros. Era su último segundo, así que desapareció justo a tiempo. Los demás habían estado a punto de rozarla con sus garras negras, perdiéndola en el último instante.

—Sigue siendo esa tu elección, ¿eh? —suspiró aquel hombre, agarrándose las manos por detrás y dando media vuelta tranquilamente—. Encárgate tú, Louis.

Una de aquellas presencias oscuras se marchó de la sala atravesando el techo.


* * * * * *


Era una noche más tranquila de lo habitual en aquel barrio de los suburbios. En él, había una zona, la norte, más habitada, de edificios con apartamentos pequeños, de fachadas ensuciadas por el tiempo y la lluvia, mientras que la zona sur era de casas individuales, unas en estado decente, otras no tanto. Se notaba sobre todo en las que tenían alrededor una parcela de jardín inundado de hierba alta y reseca y maleza.

En esta zona sur, una pequeña calle cerca de las vías del tren seguía estando penosamente iluminada por las mismas farolas viejas de hace décadas; algunas ni siquiera se encendían. La calzada y las aceras también estaban desmejoradas, aunque algunas grietas y hoyos habían sido rellenados chapuceramente a lo largo de los años.

Nada había cambiado. Tantas cosas en el mundo y en la vida podían cambiar radicalmente en un solo mes o un solo día, y este barrio seguía igual que la última vez que estuvo en él hace 35 años, abandonado, marginado. Le resultó muy difícil de creer cuando regresó a él hace dos meses y lo vio. Todo estaba como lo recordaba. Especialmente, su vieja casa.

Nadie había entrado en esa casa en esas tres décadas y media. Había estado precintada, y después, olvidada. Maldita.

Seguía siendo suya. Tuvo que hacer un buen trabajo reponiéndola. Aunque… en realidad… tan sólo le llevó diez minutos segar todo el jardín, arreglar el hormigón y los tablones de madera de una parte del techo derrumbado, reparar la fontanería y el cuadro eléctrico, limpiar el polvo y el moho y vaciarla entera de ratones e insectos. Sin ayuda de nadie. Sin testigos.

Él sólo quería estar tranquilo. No pedía nada, y no esperaba gran cosa. Estaba ya viejo, y solo.

Salió a la calle, con un pantalón de pijama de cuadros, un jersey y en pantuflas, a tirar la basura a los contenedores del final de la calle.

Caminaba ligeramente encorvado, pero seguía viéndose alto, apenas había menguado un par de centímetros de los 192 que antes solía medir, aunque estaba muy delgado, había perdido músculo, algo de esperar ya en la vejez. Su cabello, ya cano, hace poco mejoró de aspecto con un buen corte, tras varios años dejándolo crecer, y ahora lucía bien peinado y aseado, con su barba también arreglada, un par de dedos larga.

Después de tirar la basura, se quedó un momento parado en medio de la acera. La calle estaba desértica y la farola que tenía al lado tintineaba la pobre luz que ofrecía. Se oía el habitual ladrido de un perro de los vecinos más allá. También, a un par de hombres charlando en la lejanía junto a un coche con botellines de cerveza. Algunas casas aún tenían alguna luz encendida. Y también se oyó el tren pasar por las vías cercanas en ese momento.

Miró hacia el cielo. Estaba totalmente negro, sin estrellas. Vacío, insulso, no ofrecía nada.

Entonces, miró hacia el suelo. Sus pantuflas estaban sobre una grieta de la acera, y de ella, de repente, salió una cucaracha.

Caminaba de forma errática. Tenía una pata trasera torcida e inmóvil. Se agachó y extendió la mano sobre el suelo a una distancia. Las cucarachas eran insectos que huían inmediatamente al detectar movimiento, pero esta se quedó quieta un momento. Movió las antenas, detectando algo… señales, sutiles sustancias químicas en el aire. Una comunicación.

Caminó hasta su mano y trepó por ella. El viejo, entonces, alzó el insecto a la altura de sus ojos grises, y con mucha delicadeza, pinzó la pata torcida con dos dedos, haciendo una milimétrica torsión. Cuando la soltó, la pata estaba arreglada, la cucaracha ya podía moverla. Se quedó unos segundos apuntando con sus antenas al rostro cansado del viejo.

—Incluso tú formas parte de mi camino —murmuró este, denotando un poco de curiosidad—. Hm… Me pregunto por qué.

En el momento en que dejó ir a la cucaracha y volvió a levantarse, preparado para volver a casa, fue cuando oyó un lejano ruido, como un batacazo. Miró hacia allá, sobresaltado. Cuando reconoció que venía de la casa de la esquina en la intersección con otra calle, no dudó en ir para allá corriendo. Al mismo tiempo, hizo una leve sacudida con el brazo derecho y de repente apareció agarrando un bastón negro. Al llegar hasta la casa, miró por las ventanas delanteras hacia el interior. Llegó a ver a un anciano, algo bajo y rechoncho, tendido en el suelo al pie de las escaleras junto a la entrada. Se movía, pero parecía dolorido.

—¡Adrien! —exclamó, y fue de inmediato a la puerta delantera.

Sujetando el bastón bajo un brazo, agarró la manilla con una mano, y con la otra hizo un breve gesto raro, como si acariciara con los dedos el aire. De repente, las tres cerraduras que tenía la puerta se movieron y al fin pudo abrirla. Se arrodilló corriendo junto a su vecino.

—Adrien, ¿qué ha pasado?

Este murmuró algún quejido, estaba un poco mareado. Entonces, se dio cuenta de que la silla transportadora de las escaleras, la que solían tener las personas mayores instalada en sus hogares para subir las escaleras automáticamente, se había desencajado de los rieles y había caído con su dueño.

Comprendió lo que había pasado, un simple accidente. Suspiró más tranquilo. Por un momento había pensado que le habían entrado a robar a Adrien. Entonces, el bastón negro desapareció de su mano y, en su lugar, apareció en su muñeca una pulsera de bolas negras.

—Tranquilo, no te muevas —le dijo; cargó con él en brazos y lo llevó escaleras arriba, a pesar de que el cuerpo del rechoncho hombre debía de pesar unos 120 kilos.

Lo llevó a su habitación y lo tumbó en su cama, encendiendo la lamparita de la mesilla de noche.

—Creo que me he caído… —lamentó Adrien, frotándose un lado de la cabeza—. ¿Dónde estoy?

—Estás en tu cama, Adrien. No te preocupes, estás bien —dijo mientras abría las sábanas de la cama, y lo tapó.

—Oh… Hum… ¿Quién eres? —lo miró confuso, agarrando los bordes de la manta bajo su barbilla.

—Nos vemos algunas veces a la semana, Adrien. Antes de ayer me invitaste a un té y jugamos al ajedrez. ¿Ya no te acuerdas? —le sonrió tranquilamente, mientras acercaba una silla junto a la cama y se sentó en ella, y se quedó mirando a su amigo.

Adrien seguía con expresión confusa, y pensativa.

—Oh, ¿sabes a quién me recuerdas? —habló de repente—. A mi amigo. Sí… Yo tenía un amigo cuando era joven. Era… era… Tenía los mismos ojos inusuales que tú.

—Sí, fui contigo a la misma escuela militar, ¿recuerdas?

—¿Cómo se llamaba? —siguió Adrien divagando—. ¿Se llamaba John? ¿O se llamaba Dean? Mi pobre amigo… Cometió algunos errores, ¿sabes? Pero entonces conoció a esta chica, esta… ¿Cómo se llamaba? Qué chica tan extraña, pero tan hermosa y divertida… Un poco loca…

—Sí, era una lunática muy divertida —sonrió con tristeza.

—Qué gran imaginación tenía, cuánta vida en su interior… Sí, ella le cambió la vida a mi amigo… Mi pobre amigo… Le ocurrió una desgracia, ¿sabes? Lloré mucho…

No era culpa de Adrien. Tenía demencia. Pero hablar de estas cosas abría viejas heridas, y no podía seguir intentando volver a cerrarlas, una y otra vez, era agotador.

—No pienses en eso. Piensa en recuerdos alegres, céntrate en ellos para dormir bien. ¿Te has tomado la medicación después de cenar?

—Eh… Sí, sí, la pastilla naranja alargada y la blanca redonda, no se me ha olvidado. Si no, Brigitte me gritará. Tiene mucho carácter.

—Es la enfermera Durand, Adrien. Recuerda que mañana por la mañana vendrá aquí a cuidarte unas horas.

—Ah… Y… ¿dónde está Brigitte? No está aquí aún… —miró al lado vacío de la cama—. La esperaré despierto.

—No, no hace falta que hagas eso. Brigitte no está. Está de viaje. Tendrás que esperar.

—Oh… —entendió, y se quedó un rato pensativo, mirando al techo; luego volvió a mirar a su amigo con ojos vidriosos, como si su corazón supiera bien lo que su mente deteriorada no podía—. ¿Cuándo volveré a verla? ¿Y si no vuelvo a verla? —sollozó.

—Sssh… —lo calmó, y le acarició la frente suavemente—. Volverás a verla. Te lo prometo. Cuando estés preparado. Y será un encuentro muy feliz, en un lugar lleno de luz. Seguro que Brigitte te tiene preparados unos cuantos de sus chistes malos.

—Hahahah… —no pudo evitar reírse Adrien—. Gigi y sus terribles chistes… Me hacían reír, sin embargo. No porque me hicieran gracia, sino… por la cara que ella ponía justo al terminar de contarlos, esa mueca de suspense, esperando mi carcajada. Se quedaba satisfecha cuando yo me reía… pero ella no sabía que me reía de esa cara tan graciosa que ponía…

Viendo que Adrien estaba en mejor estado de ánimo, se levantó de la silla, devolviéndola a su sitio, y se acercó a la cama una vez más.

—Te arreglaré la silla salvaescaleras. Ya te dejo dormir tranquilo. ¿Quieres que te traiga agua?

Adrien movió la cabeza de un lado a otro. Pero se quedó mirando a su amigo un rato, con ojos curiosos.

—Eres un ángel. ¿Verdad?

No sabía por qué, esa pregunta le enterneció. Pero, también, le evocó una sensación agridulce. No quería mentirle diciéndole que no, y tampoco quería mentirle diciéndole que sí. Así que decidió no mentir.

—Buenas noches, Adrien.

Apagó la lamparita y salió de la habitación, dejando la puerta medio cerrada. Cuando llegó al pie de las escaleras, recogió el asiento del salvaescaleras y echó un rápido vistazo, analizando el problema en apenas tres segundos. El soporte de metal se había partido y estaba doblado, y los cables también se habían roto. No le habían instalado la silla adecuada para su peso corporal. Adrien siempre había sido un hombre grandote, pero desde que su mujer Brigitte falleció hace unos años, empezó a ganar algo más de peso.

Antes de volver a encajar el asiento en el soporte del riel, se agachó frente a este y se lo quedó mirando fijamente, así sin más. La barrita de metal partida y doblada de repente se movió sola y volvió a su sitio, para después volver a unir su extremo roto con el resto de la barra, fusionándose molecularmente de nuevo, quedando como si el metal nunca se hubiera partido. Los hilos de cobre de los cables arrancados se trenzaron por sí solos, se unieron con sus otros extremos de cable, y la goma aislante, también, se fusionó de vuelta con el resto de la goma, quedando los cables intactos.

Pero este fenómeno no acabó ahí. De una caja de herramientas que había en el suelo de la cocina, salieron volando varios puñados de tornillos. Mientras se dirigían a donde estaba él, se fundieron en el aire y se mezclaron, formado dos masas de metal líquido incandescente, las cuales, mientras se enfriaban, tomaron la forma de dos barras más gruesas, y se colocaron directamente en el soporte, encajando con su estructura como un puzle.

Finalmente, por fin usó las manos y agarró el asiento, y lo encajó de vuelta al soporte reforzado, apretando bien las tuercas simplemente con los dedos. Una vez probó que la silla funcionaba bien al activarla con el botón, la mandó al piso de arriba, para que Adrien, cuando despertara, pudiera bajar por ella.

Echó un último vistazo al resto de la casa. Todo estaba en orden. Apagó las luces y salió por la puerta. Volvió a acariciarla con un gesto de los dedos, y las tres cerraduras de repente se pusieron solas. Abandonó la vivienda de su vecino y caminó calle arriba de regreso a su casa.

No se cruzó con más cucarachas. Tampoco había muchas en esa época del año. Si esa cucaracha de antes no le hubiera retenido el tiempo suficiente, no habría oído el ruido proveniente de la casa de su amigo.

“Incluso tú formas parte de mi camino. Me pregunto por qué”, fue lo que se dijo antes, al liberar al insecto.

—Ahora entiendo por qué —murmuró para sí mismo, y se le formó una pequeña sonrisa.

Estaba agradecido de que así hubiera sido el “camino”. De lo contrario, se habría despertado a la mañana siguiente con una mala noticia sobre Adrien.

Y no… no estaba para más malas noticias. Mucho menos, para perder lo único bueno que le quedaba de su vida. Tras pasar 35 años entre rejas, recuperar su vieja amistad con Adrien, a pesar de los brotes de demencia que este padecía, había sido la única lucecita brillante en un vasto océano de tinieblas con la que la vida le había obsequiado por primera vez en décadas.

No pedía más. Sólo quería que Adrien, cuando tuviera que irse, se fuera feliz, y sin miedo ni angustia. Sabía que a él le esperaba la luz tras la muerte. No podía decir lo mismo de sí mismo.

Sólo quería estar tranquilo, los meses o años de vida que le quedasen, porque era el único tiempo que tenía para vivir libre. Ahora, con 73 años, era libre por primera vez en toda su vida. Y se sentía extraño para él. De hecho, se sentía incómodo. Toda la vida la había deseado, preguntándose cómo sería, y ahora la libertad le incomodaba. Quizá era porque venía acompañada de una absoluta soledad.









98.
Un castillo vacío y otra cucaracha

En el instante después de apartarse de Denzel y desaparecer del callejón de Yoho Pub, Agatha reapareció en otro lugar, pero no del mundo humano, sino en otro mundo. Un lugar sin igual. Un lugar al que hacía mucho tiempo que no iba y al que odiaba ir. La urgencia de sus sospechas lo requería.

Si había alguna forma de describir la Dimensión Yin para los sentidos humanos, sería un espacio infinito, de un negro opaco y vacío para la vista, inoloro para el olfato, mudo para el oído, insípido, frío, sin una orientación clara de lo que era arriba, abajo, lejos o cerca y sin una gravedad fija. Aunque no era del todo abstracto.

Era una dimensión hecha de energía Yin primaria, diseñada para albergar infinidad de espíritus de personas que en vida fueron más afines a esta oscuridad, a la maldad, y al morir y separarse del cuerpo físico, los dioses las destinaron a lo que muchos humanos llamarían infierno. Pero aquí no había fuego, ni llamas, ni caos… solamente un vacío oscuro, desértico y callado, donde los espíritus pasaban el resto de su existencia enfrentándose al sufrimiento que era convivir con sus propios pensamientos y su soledad, y con otros humanos iguales o peores que ellos.

Lo que no muchos sabían, es que también habitaban otros seres que a veces sí que convertían este lugar en un infierno tradicional.

Como la creatividad y la imaginación eran habilidades connaturales e inamovibles de la mente humana, los espíritus, que eran energías que conservaban su consciencia, su memoria y su identidad, podían hacer algo extraordinario, tanto en la Dimensión Yin como en la Dimensión Yang, que era exteriorizar lo que imaginaban, siempre que fuera un lugar o un objeto, pero nunca un ser vivo. Si imaginaban a una persona, animal o planta, sólo aparecerían como maniquís, o hechos de material inerte, y no se moverían. Serían como atrezo.

Por eso, los espíritus, en estas dimensiones, podían crear lugares, o, más bien, trozos de lugares –lo que les alcanzara la imaginación–, y tales escenarios se hacían visibles a su alrededor, y sólidos.

Por ejemplo, uno podía imaginar estar en un desierto con un pequeño oasis con una palmera, y este se hacía realidad a su alrededor, al menos en parte, porque un ser vivo como la palmera aparecería irremediablemente hecha de piedra, de papel o de otro material inerte, y porque este trocito de mundo se expandiría a unos cuantos metros a la redonda nada más; sus límites terminaban en algún punto donde uno ya volvía a pisar el espacio negro de la dimensión. La arena y el agua parecerían reales al tacto y a la vista, y sus sonidos, pero sin olor ni sabor, porque no eran reales, sino una ilusión energética temporal. Sucedía lo mismo con las ropas con las que los espíritus se imaginaban ir vestidos, porque, de lo contrario, se presentarían ante los demás en su forma física neutra, que era desnudos.

A pesar de que no existía ninguna fuente de luz allí, todo lo que allí hubiera emitía luz propia, de modo que los espíritus o cualquier persona o ser que estuviera en la dimensión podía ver a los demás y a sí mismos. Por el contrario, el espacio de la dimensión era un negro homogéneo donde no se atisbaban límites, ni paredes, ni siquiera un suelo.

Los espíritus, al igual que cualquier persona viva como Agatha, una vez estaban en este tipo de dimensión, tenían que imaginar la gravedad y el suelo para cumplir con la ilusión de que tenían los pies apoyados en una superficie y que podían caminar por ella. De ahí, fijaban al mismo tiempo lo que para ellos era una dirección, lo que era arriba, abajo, delante, detrás… Y no tenía por qué coincidir con la dirección o perspectiva de otro espíritu. Podía haber un segundo espíritu que, por ejemplo, manifestara de su imaginación a su alrededor un trozo ilusorio de una ciudad, y tal trozo podía aparecer unos metros por encima del oasis. El espíritu que estaba en el oasis, al mirar arriba, vería desde su perspectiva un trozo de ciudad bocabajo y al otro espíritu caminando del revés por ella.

Teniendo en cuenta que los taimu podían venir a la Dimensión Yin y que no dejaban de ser seres físicos, vivos y orgánicos, los dioses ya le aplicaron a la dimensión unos principios básicos de espacio, de tiempo, termodinámica y una atmósfera respirable.

Ella ya estaba acostumbrada. Enseguida, sus pies pisaron un suelo invisible, hipotético. No se veía nada ni a nadie por esa zona. Quizá se atisbaban unos pequeños trozos de diferentes mundos o paisajes en la lejanía, hechos por algunos espíritus que deambulaban por allá. Pero Agatha necesitaba ir a una estructura especial, que se ubicaba en el centro simbólico de la dimensión. Un castillo, inmenso y de arquitectura imposible, de muros negros hechos de energía Yin sólida, pero por los que fluían pequeñas corrientes blancas también, de energía Yang, delatando ante la vista un color más bien gris oscuro, y así, sus formas y volúmenes, en contraste con aquella infinidad oscura.

Al notar esa calma ahí en medio de la nada, Agatha volvió a teletransportarse, y apareció directamente dentro del Castillo Yin, donde los cinco dioses del Yin solían habitar. Primero, se apareció en la Sala de Observación. Estar dentro de esta sala era como estar dentro de una esfera oscura. Justo en su centro, había otra esfera más pequeña flotando, de unos 5 metros de diámetro y de color gris neutro. Su superficie presentaba relieves que trazaban los continentes del planeta Terra y pequeños remolinos de luz negra, más o menos de tamaños similares, girando lentamente en distintas partes. Sólo había un remolino algo más grande que el resto, sobre Japón, representando la anomalía de la Corriente Yin del Tiempo que causaban los ocho hijos de Denzel estando en la época que no les correspondía. Además de verse más grande, emitía un zumbido que Agatha podía oír, y sabía lo que era.

Levitando alrededor de esta esfera de El Mundo, había un gran anillo de sección cuadrada del mismo color gris, sobre el que se podía caminar o sentarse, y desde donde se podía manipular con las manos la esfera de El Mundo para observar cosas de él, del mundo humano real.

Uno podía caminar por la superficie interior de la esférica sala, pero también flotar por su interior para llegar hasta el anillo. Sin embargo, Agatha sólo venía a comprobar si los dioses del Yin estaban ahí, y no estaban.

Se teletransportó entonces a otro lugar del castillo, donde también solía haber espíritus autorizados, encargados de diferentes tipos de tareas. Pero no había nadie. Fue a otras salas, otras estancias, pasillos, torres… Nadie.

Finalmente, se apareció en la Sala de Comunicación. Estar en ella era como estar dentro de un cilindro aplanado. Su entera pared circular era un espejo, que en ese momento reflejaba la misma oscuridad de la sala.

Normalmente, en el centro, solía haber una mesa y una silla ilusorios, imaginados por los espíritus que ahora mismo deberían estar ahí. Siempre solía haber uno o dos espíritus en esta sala, a los que los dioses les habían asignado el cargo de mensajeros, que se ocupaban de comunicarse con la Dimensión Yang a través del Espejo. Pero la sala estaba vacía…

—¿Qué está pasando…? —empezó a temerse Agatha, y rechistó con fastidio, optando por llamarlos, por si estaban en algún lugar al que ella no podía llegar y pudieran oír su voz—. ¡Kero! ¿¡Dónde estáis!? ¡Kero, Vero, Dero, Sero, Tero!

Esperó un rato, pero no oía nada, no percibía nada. Dio unos pasos a un lado y a otro, cada vez más angustiada y alarmada, sin saber qué hacer, oliéndose lo peor. Llevaba demasiados años sin hablarse con sus seis padres, no sabía dónde podían estar…

Las dos únicas posibilidades eran la dimensión física o la Puerta Intermedia. Tanto si estaban en la Puerta Intermedia destinando las almas de los humanos fallecidos a sus correspondientes destinos como si estaban en el mundo humano ocupándose de revisar o arreglar alguna Corriente de Realidad desajustada o quebrada, ambas cosas siempre las hacían en compañía de sus gemelos del Yang porque eran tareas del Equilibrio, que atañían al Yin y al Yang por igual.

Desde luego, no estaban en Japón ocupándose de arreglar el nudo latente en la Corriente del Tiempo provocado por los hijos de Denzel, ni tampoco en el Monte Zou, donde se supone que deberían haber hablado con Alvion, con Denzel y con ella sobre la anomalía. Y la esfera del El Mundo no había presentado ningún otro remolino de desajuste en ningún otro lugar del planeta. Normalmente, los dioses no solían ir al mundo humano si no era por estas razones de peso.

Agatha pensó que debían de estar, entonces, en la Puerta Intermedia. Ella no podía entrar ahí, igual que no podía entrar en la Dimensión Yang. Para poder comprobarlo, tendría que preguntarles a los espíritus del Yang que estuvieran en la Sala de Comunicación de la otra dimensión blanca. Ellos le podían confirmar si los dioses del Yang estaban en la Puerta Intermedia con los dioses del Yin. Así que se acercó corriendo hacia la pared curva de la sala, hacia el Espejo, con las manos por delante para no chocarse. Sólo le bastaba tocarlo con los dedos para activarlo.

Sin embargo, algo la detuvo antes de llegar. Escuchó un sonido. Se quedó quieta, prestando atención, preguntándose si era algún dios o algún espíritu. Ese sonido se hacía cada vez más cercano. Era alguien tarareando una melodía con la boca cerrada. La oía a su izquierda… no… a su derecha… Agatha giraba la cabeza, sin poder ubicarla. Y cuanto más se aproximaba, más clara la oía.

Sintió un escalofrío en la piel. Era alarmantemente familiar. No… no podía ser él… No le estaba permitida la entrada al Castillo desde hace siglos.

La anciana se quedó paralizada cuando de repente escuchó esa melodía junto a su oreja, al mismo tiempo que sintió la cálida presencia de alguien a su espalda, y sus manos sujetando gentilmente sus brazos, y su respiración en su cuello.

—Agatha… Ma chère et ravissante dame… Qué feliz me hace verte por aquí —le habló con una voz de un impresionante tono grave y aterciopelado, al mismo tiempo que la agarraba de una muñeca, la hizo girar grácilmente sobre sus talones y terminó sujetándola de la cintura, inclinado sobre ella.

Ella estaba en shock. Él no debía estar ahí. No podía, lo tenía prohibido. Estaba en su forma humana. Agatha no podía verlo, qué tipo de ojos la observaban desde arriba, qué labios le sonreían, o el color de su largo cabello cayendo por su lado. Pero lo conocía bien, todo de él.

Aquel hombre volvió a enderezarla delicadamente, y se quedó sosteniendo su mano como un caballero, cuyo dorso besó suavemente. Ella notó su sedosa barba corta, sus labios templados. Su cariño.

—¿Por qué estás aquí…? —murmuró Agatha, sabiendo que algo iba terriblemente mal.

—¿Dónde? ¿Aquí, en mi antigua casa? —sonrió él.

—Théo… ¿dónde están los dioses?

Él no respondió. Agatha podía notar que mantenía su sonrisa, tan inquietante como su silencio. Y de repente se dio cuenta de que no estaban ellos dos solos. Más de una docena de presencias rodeaban a la anciana, oscuras, de sombras negras, y ojos de luz plateada.

—Niños… ¿qué habéis hecho? —negó Agatha con la cabeza, retrocediendo poco a poco, notando cómo se iban acercando.

—¿Nos escucharías el tiempo suficiente para descubrir lo mucho que esto es una buena noticia para ti? —habló el hombre de largo cabello, el único que se mantenía quieto donde estaba—. ¿O te vas a dejar llevar por tu lado blando y humanizado?

—Tenéis todos la entrada prohibida al Castillo…

—Voy a recuperar todo lo que me pertenece, Ata. Empezando por mi derecho divino de estar aquí. Y terminando por tener conmigo… a todos los míos.

Agatha dio un respingo de horror. Sabía qué significaba eso. Y eso sí que lo tenía prohibido. Sintió que los demás ya estaban a pocos metros. Era su último segundo, así que desapareció justo a tiempo. Los demás habían estado a punto de rozarla con sus garras negras, perdiéndola en el último instante.

—Sigue siendo esa tu elección, ¿eh? —suspiró aquel hombre, agarrándose las manos por detrás y dando media vuelta tranquilamente—. Encárgate tú, Louis.

Una de aquellas presencias oscuras se marchó de la sala atravesando el techo.


* * * * * *


Era una noche más tranquila de lo habitual en aquel barrio de los suburbios. En él, había una zona, la norte, más habitada, de edificios con apartamentos pequeños, de fachadas ensuciadas por el tiempo y la lluvia, mientras que la zona sur era de casas individuales, unas en estado decente, otras no tanto. Se notaba sobre todo en las que tenían alrededor una parcela de jardín inundado de hierba alta y reseca y maleza.

En esta zona sur, una pequeña calle cerca de las vías del tren seguía estando penosamente iluminada por las mismas farolas viejas de hace décadas; algunas ni siquiera se encendían. La calzada y las aceras también estaban desmejoradas, aunque algunas grietas y hoyos habían sido rellenados chapuceramente a lo largo de los años.

Nada había cambiado. Tantas cosas en el mundo y en la vida podían cambiar radicalmente en un solo mes o un solo día, y este barrio seguía igual que la última vez que estuvo en él hace 35 años, abandonado, marginado. Le resultó muy difícil de creer cuando regresó a él hace dos meses y lo vio. Todo estaba como lo recordaba. Especialmente, su vieja casa.

Nadie había entrado en esa casa en esas tres décadas y media. Había estado precintada, y después, olvidada. Maldita.

Seguía siendo suya. Tuvo que hacer un buen trabajo reponiéndola. Aunque… en realidad… tan sólo le llevó diez minutos segar todo el jardín, arreglar el hormigón y los tablones de madera de una parte del techo derrumbado, reparar la fontanería y el cuadro eléctrico, limpiar el polvo y el moho y vaciarla entera de ratones e insectos. Sin ayuda de nadie. Sin testigos.

Él sólo quería estar tranquilo. No pedía nada, y no esperaba gran cosa. Estaba ya viejo, y solo.

Salió a la calle, con un pantalón de pijama de cuadros, un jersey y en pantuflas, a tirar la basura a los contenedores del final de la calle.

Caminaba ligeramente encorvado, pero seguía viéndose alto, apenas había menguado un par de centímetros de los 192 que antes solía medir, aunque estaba muy delgado, había perdido músculo, algo de esperar ya en la vejez. Su cabello, ya cano, hace poco mejoró de aspecto con un buen corte, tras varios años dejándolo crecer, y ahora lucía bien peinado y aseado, con su barba también arreglada, un par de dedos larga.

Después de tirar la basura, se quedó un momento parado en medio de la acera. La calle estaba desértica y la farola que tenía al lado tintineaba la pobre luz que ofrecía. Se oía el habitual ladrido de un perro de los vecinos más allá. También, a un par de hombres charlando en la lejanía junto a un coche con botellines de cerveza. Algunas casas aún tenían alguna luz encendida. Y también se oyó el tren pasar por las vías cercanas en ese momento.

Miró hacia el cielo. Estaba totalmente negro, sin estrellas. Vacío, insulso, no ofrecía nada.

Entonces, miró hacia el suelo. Sus pantuflas estaban sobre una grieta de la acera, y de ella, de repente, salió una cucaracha.

Caminaba de forma errática. Tenía una pata trasera torcida e inmóvil. Se agachó y extendió la mano sobre el suelo a una distancia. Las cucarachas eran insectos que huían inmediatamente al detectar movimiento, pero esta se quedó quieta un momento. Movió las antenas, detectando algo… señales, sutiles sustancias químicas en el aire. Una comunicación.

Caminó hasta su mano y trepó por ella. El viejo, entonces, alzó el insecto a la altura de sus ojos grises, y con mucha delicadeza, pinzó la pata torcida con dos dedos, haciendo una milimétrica torsión. Cuando la soltó, la pata estaba arreglada, la cucaracha ya podía moverla. Se quedó unos segundos apuntando con sus antenas al rostro cansado del viejo.

—Incluso tú formas parte de mi camino —murmuró este, denotando un poco de curiosidad—. Hm… Me pregunto por qué.

En el momento en que dejó ir a la cucaracha y volvió a levantarse, preparado para volver a casa, fue cuando oyó un lejano ruido, como un batacazo. Miró hacia allá, sobresaltado. Cuando reconoció que venía de la casa de la esquina en la intersección con otra calle, no dudó en ir para allá corriendo. Al mismo tiempo, hizo una leve sacudida con el brazo derecho y de repente apareció agarrando un bastón negro. Al llegar hasta la casa, miró por las ventanas delanteras hacia el interior. Llegó a ver a un anciano, algo bajo y rechoncho, tendido en el suelo al pie de las escaleras junto a la entrada. Se movía, pero parecía dolorido.

—¡Adrien! —exclamó, y fue de inmediato a la puerta delantera.

Sujetando el bastón bajo un brazo, agarró la manilla con una mano, y con la otra hizo un breve gesto raro, como si acariciara con los dedos el aire. De repente, las tres cerraduras que tenía la puerta se movieron y al fin pudo abrirla. Se arrodilló corriendo junto a su vecino.

—Adrien, ¿qué ha pasado?

Este murmuró algún quejido, estaba un poco mareado. Entonces, se dio cuenta de que la silla transportadora de las escaleras, la que solían tener las personas mayores instalada en sus hogares para subir las escaleras automáticamente, se había desencajado de los rieles y había caído con su dueño.

Comprendió lo que había pasado, un simple accidente. Suspiró más tranquilo. Por un momento había pensado que le habían entrado a robar a Adrien. Entonces, el bastón negro desapareció de su mano y, en su lugar, apareció en su muñeca una pulsera de bolas negras.

—Tranquilo, no te muevas —le dijo; cargó con él en brazos y lo llevó escaleras arriba, a pesar de que el cuerpo del rechoncho hombre debía de pesar unos 120 kilos.

Lo llevó a su habitación y lo tumbó en su cama, encendiendo la lamparita de la mesilla de noche.

—Creo que me he caído… —lamentó Adrien, frotándose un lado de la cabeza—. ¿Dónde estoy?

—Estás en tu cama, Adrien. No te preocupes, estás bien —dijo mientras abría las sábanas de la cama, y lo tapó.

—Oh… Hum… ¿Quién eres? —lo miró confuso, agarrando los bordes de la manta bajo su barbilla.

—Nos vemos algunas veces a la semana, Adrien. Antes de ayer me invitaste a un té y jugamos al ajedrez. ¿Ya no te acuerdas? —le sonrió tranquilamente, mientras acercaba una silla junto a la cama y se sentó en ella, y se quedó mirando a su amigo.

Adrien seguía con expresión confusa, y pensativa.

—Oh, ¿sabes a quién me recuerdas? —habló de repente—. A mi amigo. Sí… Yo tenía un amigo cuando era joven. Era… era… Tenía los mismos ojos inusuales que tú.

—Sí, fui contigo a la misma escuela militar, ¿recuerdas?

—¿Cómo se llamaba? —siguió Adrien divagando—. ¿Se llamaba John? ¿O se llamaba Dean? Mi pobre amigo… Cometió algunos errores, ¿sabes? Pero entonces conoció a esta chica, esta… ¿Cómo se llamaba? Qué chica tan extraña, pero tan hermosa y divertida… Un poco loca…

—Sí, era una lunática muy divertida —sonrió con tristeza.

—Qué gran imaginación tenía, cuánta vida en su interior… Sí, ella le cambió la vida a mi amigo… Mi pobre amigo… Le ocurrió una desgracia, ¿sabes? Lloré mucho…

No era culpa de Adrien. Tenía demencia. Pero hablar de estas cosas abría viejas heridas, y no podía seguir intentando volver a cerrarlas, una y otra vez, era agotador.

—No pienses en eso. Piensa en recuerdos alegres, céntrate en ellos para dormir bien. ¿Te has tomado la medicación después de cenar?

—Eh… Sí, sí, la pastilla naranja alargada y la blanca redonda, no se me ha olvidado. Si no, Brigitte me gritará. Tiene mucho carácter.

—Es la enfermera Durand, Adrien. Recuerda que mañana por la mañana vendrá aquí a cuidarte unas horas.

—Ah… Y… ¿dónde está Brigitte? No está aquí aún… —miró al lado vacío de la cama—. La esperaré despierto.

—No, no hace falta que hagas eso. Brigitte no está. Está de viaje. Tendrás que esperar.

—Oh… —entendió, y se quedó un rato pensativo, mirando al techo; luego volvió a mirar a su amigo con ojos vidriosos, como si su corazón supiera bien lo que su mente deteriorada no podía—. ¿Cuándo volveré a verla? ¿Y si no vuelvo a verla? —sollozó.

—Sssh… —lo calmó, y le acarició la frente suavemente—. Volverás a verla. Te lo prometo. Cuando estés preparado. Y será un encuentro muy feliz, en un lugar lleno de luz. Seguro que Brigitte te tiene preparados unos cuantos de sus chistes malos.

—Hahahah… —no pudo evitar reírse Adrien—. Gigi y sus terribles chistes… Me hacían reír, sin embargo. No porque me hicieran gracia, sino… por la cara que ella ponía justo al terminar de contarlos, esa mueca de suspense, esperando mi carcajada. Se quedaba satisfecha cuando yo me reía… pero ella no sabía que me reía de esa cara tan graciosa que ponía…

Viendo que Adrien estaba en mejor estado de ánimo, se levantó de la silla, devolviéndola a su sitio, y se acercó a la cama una vez más.

—Te arreglaré la silla salvaescaleras. Ya te dejo dormir tranquilo. ¿Quieres que te traiga agua?

Adrien movió la cabeza de un lado a otro. Pero se quedó mirando a su amigo un rato, con ojos curiosos.

—Eres un ángel. ¿Verdad?

No sabía por qué, esa pregunta le enterneció. Pero, también, le evocó una sensación agridulce. No quería mentirle diciéndole que no, y tampoco quería mentirle diciéndole que sí. Así que decidió no mentir.

—Buenas noches, Adrien.

Apagó la lamparita y salió de la habitación, dejando la puerta medio cerrada. Cuando llegó al pie de las escaleras, recogió el asiento del salvaescaleras y echó un rápido vistazo, analizando el problema en apenas tres segundos. El soporte de metal se había partido y estaba doblado, y los cables también se habían roto. No le habían instalado la silla adecuada para su peso corporal. Adrien siempre había sido un hombre grandote, pero desde que su mujer Brigitte falleció hace unos años, empezó a ganar algo más de peso.

Antes de volver a encajar el asiento en el soporte del riel, se agachó frente a este y se lo quedó mirando fijamente, así sin más. La barrita de metal partida y doblada de repente se movió sola y volvió a su sitio, para después volver a unir su extremo roto con el resto de la barra, fusionándose molecularmente de nuevo, quedando como si el metal nunca se hubiera partido. Los hilos de cobre de los cables arrancados se trenzaron por sí solos, se unieron con sus otros extremos de cable, y la goma aislante, también, se fusionó de vuelta con el resto de la goma, quedando los cables intactos.

Pero este fenómeno no acabó ahí. De una caja de herramientas que había en el suelo de la cocina, salieron volando varios puñados de tornillos. Mientras se dirigían a donde estaba él, se fundieron en el aire y se mezclaron, formado dos masas de metal líquido incandescente, las cuales, mientras se enfriaban, tomaron la forma de dos barras más gruesas, y se colocaron directamente en el soporte, encajando con su estructura como un puzle.

Finalmente, por fin usó las manos y agarró el asiento, y lo encajó de vuelta al soporte reforzado, apretando bien las tuercas simplemente con los dedos. Una vez probó que la silla funcionaba bien al activarla con el botón, la mandó al piso de arriba, para que Adrien, cuando despertara, pudiera bajar por ella.

Echó un último vistazo al resto de la casa. Todo estaba en orden. Apagó las luces y salió por la puerta. Volvió a acariciarla con un gesto de los dedos, y las tres cerraduras de repente se pusieron solas. Abandonó la vivienda de su vecino y caminó calle arriba de regreso a su casa.

No se cruzó con más cucarachas. Tampoco había muchas en esa época del año. Si esa cucaracha de antes no le hubiera retenido el tiempo suficiente, no habría oído el ruido proveniente de la casa de su amigo.

“Incluso tú formas parte de mi camino. Me pregunto por qué”, fue lo que se dijo antes, al liberar al insecto.

—Ahora entiendo por qué —murmuró para sí mismo, y se le formó una pequeña sonrisa.

Estaba agradecido de que así hubiera sido el “camino”. De lo contrario, se habría despertado a la mañana siguiente con una mala noticia sobre Adrien.

Y no… no estaba para más malas noticias. Mucho menos, para perder lo único bueno que le quedaba de su vida. Tras pasar 35 años entre rejas, recuperar su vieja amistad con Adrien, a pesar de los brotes de demencia que este padecía, había sido la única lucecita brillante en un vasto océano de tinieblas con la que la vida le había obsequiado por primera vez en décadas.

No pedía más. Sólo quería que Adrien, cuando tuviera que irse, se fuera feliz, y sin miedo ni angustia. Sabía que a él le esperaba la luz tras la muerte. No podía decir lo mismo de sí mismo.

Sólo quería estar tranquilo, los meses o años de vida que le quedasen, porque era el único tiempo que tenía para vivir libre. Ahora, con 73 años, era libre por primera vez en toda su vida. Y se sentía extraño para él. De hecho, se sentía incómodo. Toda la vida la había deseado, preguntándose cómo sería, y ahora la libertad le incomodaba. Quizá era porque venía acompañada de una absoluta soledad.





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