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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __









65.
Madurar

Durante el trayecto en coche, Yenkis se pasó la mayor parte charlando con Evie sin parar. Los dos estaban sentados atrás y conversaban sobre las canciones de su grupo.

Hatori, de vez en cuando, echaba ojeadas al muchacho por el reflejo del retrovisor. Puede que fuera por la costumbre que su padre le inculcó desde pequeño o puede que fuera algo que ya llevaba en la sangre, pero no hacía otra cosa que analizarlo todo. Las cosas de las que hablaba con Evie, qué palabras escogía, los tonos de voz, los gestos, las miradas… Hatori tenía el mismo nivel analítico que un iris o al menos muy aproximado. Y no podía no notar pensamientos y sentimientos ocultos. Pero no en Yenkis, sino en Evie. Lo curioso es que, mientras que para Hatori era muy evidente, como un libro abierto, al propio Yenkis parecían escapársele todas esas señales ocultas y no tan ocultas de lo colada que estaba Evie por él.

Hatori entornó aún más sus ojos, suspicaces, discretos, fingiendo estar solamente centrado en conducir por las concurridas calles de Tokio, a las que también echaba meticulosos vistazos en busca de cualquier desorden o delito que pudiera haber.

—Así que… Yenkis —les interrumpió Hatori de repente mientras estaban parados en un semáforo.

El chico calló enseguida su conversación con su amiga y miró los ojos azules del ministro en el retrovisor, poniéndose firme.

—¿Señor?

—Dime. ¿Qué calificaciones sueles sacar?

—Agh… —protestó Evie—. Vamos, tío, no te pongas con los interrogatorios.

—Deja que tu amigo decida libremente por sí mismo si responder o no. No eres su abogada.

—Lo seré si te pones demasiado pesado —refunfuñó la chica.

Yenkis miró a uno y a otro, un poco cohibido. Evie parecía molesta por la interrupción, pero Yenkis sabía que debía cumplir respetuosamente.

—Ahm… Suelo sacar entre 90 y 100 puntos en los exámenes… desde que empecé el colegio.

—¿En todos? —Hatori hizo un gesto sorprendido, mirando con más atención a Yenkis por el espejo, y el chico asintió con la cabeza—. Ya veo… ¿Tienes algún tipo de condición intelectual?

—¿Eh?

—Tío Hatori, esas son preguntas personales —intervino Evie—. Kis no quiere destacar. Sólo quiere tener una vida escolar como los demás chicos. Por eso a veces saca menos de 100 puntos adrede.

—Así que ocultas tu inteligencia por encima de la media —observó Hatori, con un tono interesado.

—Bueno… yo… es que… —se encogió sobre el asiento, nervioso.

—Tranquilo. Eso no es un delito —dijo con calma, volviendo a arrancar el coche al ponerse el semáforo en verde, y frunció el ceño un momento, recordando algo—. Es cierto… ¿No es tu padre el fundador de la gran Hoteitsuba?

—Ehm… Sí, señor.

—Lo sabe medio instituto. El señor Vernoux es un genio famoso —dijo Evie—. Tienes que ponerte más al día. Estás conduciendo uno de sus coches.

—Es curioso que las veces que he ido a la casa de Viernes, nunca me he cruzado con el tal señor Vernoux, viviendo justo en la casa de al lado —comentó Hatori—. Creo que alguna vez llegué a ver desde la distancia a una mujer de cabello oscuro, y a una chica joven pelirroja. Pero nunca ni un atisbo del señor Vernoux.

—Porque es un hombre muy ocupado, tío Hatori —defendió Evie—. Por no decir que tú apenas has venido de visita a mi casa desde que nos mudamos ahí hace tres años.

Hatori se quedó callado el resto del trayecto, como si ya hubiera saciado su curiosidad sobre Yenkis. O como si se hubiera puesto un límite consciente.

La curiosidad de Hatori no tenía límite; si por él fuera, nunca dejaría de preguntar hasta el más mínimo detalle, o dato íntimo o pecado embarazoso, con tal de llegar a conocer la verdad completa sobre alguien que él considerase tres cosas: una amenaza para la sociedad, una valiosa fuente de información para lograr un fin importante, o una persona demasiado cercana a su sobrina.

Por eso, a los iris no les gustaba el hecho de que Hatori hiciera el trabajo que los iris consideraban suyo, así como a Hatori no le gustaba el hecho de que los iris hicieran el trabajo que él consideraba de la policía. Era obvio que él tenía esta característica común con ellos: odiaba a los criminales, las injusticias humanas, y todo aquello que peligrase o perjudicase a la gente inocente, que alterase el orden y la paz social o que pusiese en peligro a un ser querido. La gran discrepancia que había entre medias es que Hatori no consideraba a los iris competidores semejantes, sino otro de tipo más de criminales. A sus ojos, los iris eran unas existencias caóticas, desviadas, alterando u obstaculizando el camino hacia el correcto orden que debería reinar en el mundo humano.

Sabía lo suficiente sobre los iris como para tener en cuenta que literalmente cualquier persona podía ser uno. Cualquiera. Excepto bebés que apenas sabían andar y gente enferma o con discapacidad, claro. Desde la panadera de la esquina de la calle, o el niño pequeño agarrado a la mano de su madre, o el abuelo sentado en el banco del parque, o el emperador de Japón… o incluso el muchacho que se sentaba en la parte de atrás de su coche junto a su sobrina.

No necesitaba que ese alguien le diera un motivo previo. Hatori sospechaba de cualquier persona simplemente por existir. Aunque siempre había indicios más fuertes en unas personas que en otras. Por ejemplo, indicios físicos, como el abuelo sentado en el banco del parque: si se le veía encorvado, débil, caminando temblorosamente con un bastón, pues tenía unas probabilidades de ser iris casi nulas, por lógica. A no ser que fingiera, que también era posible.

O indicios de comportamiento, como el niño pequeño yendo de la mano de su madre: si se le notaba una actitud constantemente atenta a su alrededor en lugar de distraída e ingenua, o una forma de hablar más inteligente o una capacidad de entendimiento más espabilada, pues tenía más probabilidades de ser iris. Aunque un iris pequeño también podía fingir una actitud ingenua e inocente.

La manera de fingir de los iris era un gran inconveniente porque lo hacían muy bien. Por eso, el estado de sospecha de Hatori era continuo, automático, ya formaba parte de él, no podía evitarlo. ¿Cómo saber que ese muchacho de ahí no era un iris? ¿Cómo se averiguaba, por supuesto de manera precavida y disimulada? Porque Hatori no podía atar a Yenkis a una silla y empezar a intimidarlo o torturarlo hasta que confesase, claro. Y era obvio que, si de verdad tuviera a un iris delante, ponerse demasiado interrogador, desconfiado u hostil con él le hacía correr el riesgo de que el iris se alertase, tomara una actitud defensiva y hostil de vuelta, o huyera enseguida. De ahí lo de obligarse a sí mismo a limitarse. Hatori también sabía fingir muy bien.

Sin embargo, debía admitir algo. Sabía que todos los iris lo conocían, y que no le tenían gran estima. Sabía que era una amenaza para ellos. Ninguno en su sano juicio se arriesgaría a acercarse a él de esta manera y, mucho menos, irse a su casa. De hecho, quienquiera que dirigiese a los iris, Hatori estaba seguro de que les tenía prohibido acercarse a él y a otras autoridades o políticos poderosos y peligrosos como él. Al fin y al cabo, los policías y políticos no eran el objetivo de los iris, solamente los criminales. El Gobierno no era más que un obstáculo con el que debían convivir y tener cuidado.

Claro que, irónicamente, Hatori estaba llevando a su casa al único iris del mundo que estaba totalmente desligado de la Asociación, de su dirigente y de sus normas. Por eso, no le quedaba más remedio que pensar que las probabilidades de que Yenkis fuese un iris eran casi inexistentes.


Respecto a Yenkis, él también estaba pendiente y consciente de este riesgo. Aunque no tanto como en realidad debería. Su padre le dijo que los iris debían ocultar lo que eran al resto de los humanos porque descubrir su existencia no iba a ser una noticia bien recibida o generalmente aceptada. Y eso era una respuesta lógica, normal e inteligente de los humanos; temer lo desconocido era un instinto sabio que servía para protegerse y sobrevivir. Entender lo de los iris no era fácil, y, por tanto, no iba a ser rápido. Conllevaría bastante tiempo asimilar de dónde venía este fenómeno, para qué, cómo se usaba, quién lo controlaba, etc., y hasta que no se comprendiera del todo, el rechazo y la desconfianza serían las respuestas dominantes contra los iris.

El problema es que Neuval no le había contado a Yenkis que el motivo de ocultarse era mucho más grande que la simple opinión humana. Yenkis no sabía que había cuatro siglos de historia detrás de los iris, cuatrocientos años de actividad por el mundo y muchos humanos que ya lo sabían y no estaban nada contentos con ello, como los Knive y varios políticos de todo el globo, que en su día se unieron al padre de Hatori para iniciar la operación internacional de La Caza de iris.

El tozudo empeño que tenía Neuval por no involucrar a Yenkis en ningún tema relacionado con el resto de iris y la Asociación y su historia tenía su comprensible razón, ya que, por mucho que Alvion dijera que Yenkis tenía un iris, Neuval defendía que Yenkis no era un iris.

Había una importante diferencia. Para la Asociación, un iris era una persona que había sufrido un trauma grave y, con él, desarrollado un poder sobrenatural peligroso si no se entrenaba con un equilibrio entre el control emocional, el control intelectual y la habilidad física, y con un deseo de venganza inequívoco en todos, una necesidad vital por luchar contra el mal y la injusticia humana.

Yenkis no tenía ninguna sed de venganza, ni ninguna necesidad vital de ir a luchar contra criminales y terroristas. Para Neuval, Yenkis era un chico mentalmente sano y normal, pero con la capacidad de dominar el aire. Podría decirse, un medio iris. Tenía el dominio de un elemento y un espíritu bondadoso y justo, pero carecía de la necesidad de trabajar en lo que trabajaban los demás iris, de saciar una inconformidad latente y de un motivo traumático.

Por eso, Neuval se mantenía firme en que Yenkis no necesitaba en absoluto aprender a ser un iris, es decir, aprender la historia de la Asociación, sus secretos, sus normas, sus métodos, su funcionamiento… y su vigente conflicto con el Gobierno.

Como resultado de esta decisión, Yenkis no tenía ni idea de que estaba yendo en un coche con un hombre que había propiciado la muerte de su propio padre para tomar las riendas del poder y dar caza absoluta y sin piedad a cualquier persona que le brillara un ojo.

El riesgo que Yenkis pensaba que corría era que, si Hatori descubría que le brillaba un ojo, se produciría una situación de sorpresa y confusión, incómoda y difícil de explicar, y que, como mucho, se ganaría la desconfianza de Hatori y ya no le dejaría ser amigo de Evie ni acercarse a ella. El joven Fuu no tenía culpa de pecar de esta ingenuidad porque sólo tenía 12 años, pero, si las cosas salían mal, el precio a pagar sería alto.

Aun así, en este tema de su ojo de luz se sentía tranquilo y confiado, porque había estado desde el miércoles pasado hablando más con su padre.


Hace cuatro días, el miércoles pasado…

«—¿Qué cosas le has dicho al tío Sai? —le preguntó Yenkis a su padre con curiosidad cuando ya estaban regresando a casa en coche tras despedirse de los Lao en el cementerio.

—Mmm… Bueno, más que decir, he estado rememorando cosas del pasado —le respondió Neuval.

—¿Sí? ¿Qué cosas?

—Oh, recuerdos muy bonitos y especiales —sonrió Neuval con ojos nostálgicos y cándidos—. Como el día en que le puse ortigas en los calzoncillos en el vestuario del instituto… O el día en que conocí a tu madre y me asesinó con la mirada y me taladró el alma por primera vez…

Neuval ignoró felizmente la cara torcida, confusa y preocupada con la que Yenkis lo miró durante medio minuto, pensando que su padre debía de haberse intoxicado con tanto incienso en el templete. Sin embargo, el chico se quedó callado durante un largo rato, mirando por la ventanilla con aire taciturno, meditabundo, y esto sí lo captó Neuval.

Hey… Tout va bien ?

Eh ? Ah, oui… —balbució el niño—. Bueno, es que… trato de imaginar cómo sería. Pero de sólo imaginarlo… no sé, es una sensación terrible. Se me retuerce la tripa.

—¿Imaginar el qué?

—Pues… lo de que se te muera un hermano.

Neuval hizo un gesto sorprendido, sin apartar la vista de la carretera, pero no dijo nada.

—No puedo evitarlo —decía Yenkis—. Porque, últimamente, no sé… como que me doy cuenta de más cosas que antes. Cosas que antes ni se me pasaban por la cabeza.

—¿De qué cosas te das cuenta últimamente? —trató de entender.

—De lo mucho que he dado por sentado todo lo que me rodea —suspiró alicaído, apoyando la sien en la ventanilla—. Mamá murió siendo yo muy pequeño. Siempre la añoro, pero, a pesar de eso, he tenido una infancia generalmente feliz. No sé si es porque, por mi escasa edad, he sido muy inocente e ingenuo como para que me afectara la pelea entre Lex y tú, o la depresión que casi acaba contigo varias veces y que tan duramente has estado disimulando, o la asfixiante infelicidad de Cleven, y mi escasa capacidad de consolaros y ayudaros…

Neuval se quedó mudo. Su cara perpleja seguía mirando a la carretera. Se preguntó de dónde había salido esto de repente, estos pensamientos tan profundos de Yenkis, esos sentimientos tan complejos y ese autoanálisis tan maduro. Sobre todo, oír de él el hecho de que siempre fue consciente de las cosas graves y tristes que pasaban a su alrededor pese a ser pequeño.

—Sé que Lex, Cleven y tú habéis pasado por mucho dolor y muchas dificultades durante estos años —continuó Yenkis—. Y a veces yo me sentía culpable por no sentir el mismo dolor que vosotros, o con la misma intensidad. Entiendo que es por la edad, a mí no me dio tiempo de forjar tantas memorias y experiencias con mamá como vosotros y, además, con 4 o 5 años yo tampoco es que entendiera muy bien qué era la muerte.

»No sé por qué, pero yo… la mayor parte del tiempo, me he sentido feliz y animado. Mi familia estaba rota, pero yo estaba contento de tener un hermano, una hermana, y a ti. Nunca se me pasó por la mente la idea de que alguno de vosotros también podría morirse algún día de repente. Y ahora… no sé si es porque Lex me contó tu historia, o si es porque mi cerebro está cambiando porque voy a cumplir 13 años, pero ahora esa idea me persigue, es un miedo que no se me va.

»¿Y si a Cleven le pasase algo mañana? ¿Y a Lex? ¿Y a ti? No puedo imaginarme a mí mismo viviendo en este mundo aceptando la ausencia de cualquiera de vosotros. ¿Qué tipo de Yenkis sería si pudiera seguir viviendo con normalidad después de perder a alguno de vosotros tres? ¿Un Yenkis débil y conformista, o un Yenkis fuerte que se adapta?

Se produjo un silencio dentro del coche. Neuval entonces detuvo el vehículo un momento a un lado de la carretera de una calle pequeña; puso el freno de mano y se giró sobre su asiento para mirar de frente a Yenkis, que iba de copiloto en el lado izquierdo. Yenkis lo miró confuso. Su padre simplemente lo observó fijamente durante un rato, sin decir nada. Hasta que alargó una mano hacia él y la puso en su mejilla.

—Estás creciendo muy rápido —murmuró Neuval, acariciándolo con el pulgar. Se lo dijo con una sonrisa, pero sus ojos estaban tristes. Después entrelazó las manos, apoyando un codo sobre el volante, acomodándose—. Te debo una disculpa por lo del otro día.

—¿Eh?

—El otro día, cuando te vi en tu cuarto con todas mis herramientas. Te dije que dejaras de indagar de una vez en mis asuntos. Te dije que quería que siguieras siendo mi pequeño genio alegre y feliz. Decirte esto último fue muy egoísta por mi parte. Cuando eres padre, siempre buscas proteger como sea la inocencia y la ignorancia de un hijo, porque sabes que así proteges su felicidad y su tranquilidad. Esa es la prioridad número uno, que tu hijo se sienta feliz y a salvo a toda costa, siempre. Pero, claro… esta sobreprotección solamente es necesaria durante los primeros años de edad y es fácil olvidarnos de nuestro deber de ir soltando la cuerda poco a poco.

»Me costó muchísimo soltar la cuerda con Lex, ¿sabes? Siendo mi primer y único hijo durante nueve largos años, y el que cambió todo mi mundo y toda mi persona y me convirtió literalmente en el más poderoso de mi clase… Pero Lex tuvo suerte. Él necesitaba que yo empezara a ir soltando la cuerda y dejarle crecer y saber cada vez más cosas, dejarle abandonar su inocencia y su ignorancia, y yo no me veía capaz… pero entonces nació Cleven, y toda mi atención sobreprotectora recayó ahora sobre ella. De igual manera, cuando Cleven ya se estaba haciendo mayor, me costaba horrores soltar su cuerda. Tu nacimiento pudo salvarla un poco de mi excesiva atención sobre ella igual que pasó con Lex, pero… tu madre murió… y… —suspiró, mirando de reojo las luces de las farolas de la calle—… quise agarrar todas vuestras cuerdas, la de Lex, la de Cleven, la tuya, y tirar de ellas tan fuerte… atarlas a mí con nudos tan fuertes…

»Ese miedo que dices que te acompaña ahora, Yen, ha venido naturalmente porque te estás haciendo mayor, y debes saber que ya te acompañará el resto de tu vida. Es natural tener este pensamiento constantemente en tu cabeza, temer la posibilidad de perder un día a un ser querido de forma inesperada y preguntarte cómo serías capaz de afrontarlo. El problema está cuando dejas que este temor dirija tu vida y te haga arrastrar a otros a tu agujero sobreprotector.

»Cuando tu madre murió, yo quería meteros a los tres en un agujero donde nada podría pasaros, ni perjudicaros, ni arrancaros de mi lado. Las consecuencias… —se encogió de hombros—… ya las sabes. Lex no aguantó que tirara tanto de la cuerda y él mismo la cortó de una tajada. Cleven ha vivido asfixiada de tanto que apreté su cuerda y casi la pierdo, no físicamente, sino su salud mental. Y contigo iba por el mismo camino, si no fuera por la llamada de atención que Cleven me dio cuando se fugó de casa. Ahí empecé a darme cuenta.

—¿De qué? —preguntó Yenkis, que había estado escuchando absorto a su padre.

Neuval lo miró.

—De que me daba más miedo asfixiaros y destruir quienes realmente sois por tirar de vuestras cuerdas, que exponeros a los peligros del mundo por ir soltándoos.

Yenkis terminó comprendiéndolo. No sólo lo que su padre había estado diciéndole, sino que también se entendió mejor a sí mismo y por qué tenía estos pensamientos últimamente. Se preguntó si en esto consistía crecer y madurar. Ir perdiendo la alegría conforme se iba perdiendo la ignorancia. Pero Yenkis opinaba lo mismo que su padre, que este era el orden natural de las cosas, y que no tenía que ser tan malo como parecía.

El hecho de que con el camino hacia la adultez se iba siendo menos feliz, no quería decir que no se pudiera ser feliz con pequeñas cosas valiosas que uno iba encontrando en su vida adulta. Pero que esas cosas tuvieran valor dependía de que uno mismo le diera ese valor. Y para saber dar valor a las cosas o hacerlas valiosas, había que comprender la realidad de que, en este mundo, las cosas eran temporales, y vulnerables a desaparecer, perderse, cambiar o sufrir. Que no se podía dar nada por sentado.

Abandonar la ignorancia y la inocencia y conocer la cruda realidad de la muerte y la temporalidad hacía que Yenkis valorase aún más lo afortunado que era de seguir teniendo a su padre y a sus hermanos, y no centrarse tanto en el miedo de perderlos, sino en cómo aprovechar su tiempo con ellos lo mejor posible.

—Tu madre estaría muy orgullosa de ti —comentó Neuval.

—¿Sí? —sonrió Yenkis—. ¿Por qué?

—Puede que físicamente seas una fotocopia mía y tengas mi inteligencia científica, pero sin duda tienes mucho de su madurez y su autoanálisis magníficamente consciente —se rio, volviendo a arrancar el coche y conduciendo el trayecto final a casa—. Y su nariz.

—¿Sí? ¿Es que tú no tienes la misma madurez y capacidad de autoanálisis? Creía que todos los adultos tenían una imagen y una identidad clara de sí mismos.

—Yenkis, algún día será inevitable que descubras cosas sobre mí que te harán plantearte la idea de encerrarme en un psiquiátrico o no.

—Ah… ¿Y después de decirme eso pretendes que duerma tranquilo esta noche y siga viviendo contigo con normalidad? —dijo con una mezcla de sarcasmo y miedo.

—Hahah… Nooo, tranquilo. No te tienes que preocupar por nada de eso. Mi salud mental está en muy buenas manos.

—Oh… No sabía que estabas visitando a un psicólogo —se sorprendió, mientras ya llegaban al garaje de casa y se bajaban del coche—. ¿Es un buen profesional?

—Me lleva tratando desde que tenía tu edad, y es el mejor del mundo —sonrió su padre, y se paró un momento junto al vehículo para echar un vistazo a los mensajes de trabajo de su móvil.

—Espera, ¿pero él sabe lo de tu ojo? —siguió preguntando Yenkis con curiosidad, apoyándose sobre el capó.

—Mm, hm.

—¿Y yo? ¿También tendré acudir a él algún día para que me trate?

—¿Qué? —Neuval levantó la cabeza, mirándolo sorprendido, y Yenkis se señaló su ojo izquierdo varias veces—. No. Yenkis. Eso no tiene nada que ver. Yo necesito una supervisión de este profesional, no porque me brille el ojo, sino por aquello que causó que brillara. El brillo de tu ojo no está ligado a ningún trauma.

Yenkis se quedó unos segundos pensativo.

—¿Ese profesional… está supervisando tu salud mental por el mismo trauma de hace 35 años? —no pudo evitar preguntar el muchacho. Neuval se quedó callado, preguntándose por qué le hacía esa pregunta—. ¿En todos esos años no te has curado de él? ¿Qué quiere decir eso, que no tiene cura? ¿Tienes que estar supervisado el resto de tu vida?

—Es más complicado que eso, Yen. Hay traumas humanos, y traumas no humanos —se señaló su ojo izquierdo.

—Pero… ¿tú todavía… —preguntó con cuidado—… sufres por tu hermana… con la misma intensidad que hace 35 años?

—No, no, no… No con la misma intensidad —procuró Neuval tranquilizar su preocupación—. Verás, cuando sufres un trauma así, hay una parte de tu mente que al paso de los años consigue forjar una adaptación, una normalización, una estabilidad para seguir con la rutina de tu vida… y se sobrepone a otra parte de tu mente donde el trauma nunca desaparece ni se olvida, manteniéndola a raya, solo que a veces factores externos pueden debilitar este escudo de estabilidad y traer el viejo trauma de nuevo a la superficie y… —se calló cuando vio que Yenkis tenía una mueca de intentar entender con mucha fuerza—. Ay… un Zou sería mejor explicando esto… —murmuró, rascándose la cabeza—. En cualquier caso, Yenkis, como te decía… es un poco más complicado que eso. La muerte de Monique me sigue trayendo tristeza y rabia, y creo que siempre lo hará. Pero, entre medias, puedo conseguir una estabilidad, a través de las cosas que me dan fuerzas. Mi familia adoptiva… mis amigos… tu madre… incluso tus abuelos Hideki y Emiliya… siempre fueron enormes pilares que me sostuvieron. Pero… —miró para otro lado, afligido—. Perder a Hideki y a Emiliya… a Sai… a tu madre…

—Son pilares que se han ido derrumbando y haciéndote perder la estabilidad —comprendió Yenkis.

Neuval volvió a mirarlo, y sonrió tranquilo, asintiendo.

—Entonces ese profesional es el único que puede sostenerte ahora —comentó el chico.

—No —contestó Neuval—. Ese profesional no es un pilar que me sostiene, Yenkis, es sólo una voz que está ahí para recordarme de forma constante que todavía tengo grandes pilares que aún me sostienen.

—Tus padres —afirmó Yenkis.

—Y mis hijos —sonrió Neuval—. ¿Te parece poco?

—¿Y si algún día le pasara algo a Lex, o a Cleven o a mí? ¿Te adaptarías? ¿O te derrumbarías del todo?

Neuval comprendía que Yenkis tuviera estas inquietudes. Pero empezaban a ser preguntas demasiado difíciles de responder. Sinceramente, no quería hablar de esa hipotética situación, ni pensar en ella un ápice. Al menos, Yenkis se dio cuenta de esto cuando percibió cómo a su padre se le encogía un poco el pecho, y cómo sus ojos huían a la pantalla de su móvil, fingiendo revisar correo importante.

—Bueno… —titubeó el chico, retomando el tema de antes—. Vale, yo no tengo un trauma. Pero hoy perdí el control, papá, volé el comedor.

—¿Qué? Claro. Porque estabas enfadado, no traumado. Escucha —volvió a guardar el móvil y se acercó a él, rodeándolo con un brazo—. Tu poder sí está ligado a tus emociones, pero tú tienes unas emociones muy sanas, normales y estables. Te enfadaste esta mañana, pero te frenaste, porque mantienes tu consciencia despierta, y tu juicio. El problema es cuando… pierdes la cabeza por culpa de emociones más graves, insanas, que escapan del límite de lo normal y, por tanto, de tu control.

—¿Eso… es lo que te pasa a ti? —preguntó con tono cauteloso—. ¿Te ha pasado alguna vez? Yo nunca te he visto perder la cabeza ni nada.

Neuval desvió la mirada un momento al techo, respirando hondo, rememorando como una película rápida las no escasas ocasiones en que había perdido el control, especialmente cuando murió Katya.

—Tú no te tienes que preocupar por nada —volvió a sonreírle con calma, frotando su hombro—. Solamente tienes que hacer un necesario pequeño esfuerzo para aprender a controlarte mejor. La persona que va a entrenarte será muy buen guía, ya verás. No te costará mucho, porque como ya he dicho, tienes una mente ya muy sana y estable. Eres un adolescente, tienes todo el derecho a cabrearte por algunas cosas, o que te den rabia otras, o que te duelan otras. Pero tienes que evitar la manifestación involuntaria o accidental de esas emociones a través de tu dominio del aire. Los humanos también aprenden a hacer eso a tu edad. No pocas personas se han cabreado mucho de repente por algo y, por un impulso involuntario, han pegado un puñetazo contra una pared, una mesa o incluso otra persona. Hay que aprender a controlar esos impulsos que pueden hacer daño y asustar a los demás.

Yenkis asintió con la cabeza, entendiendo. Neuval besó su frente y se fue hacia la puerta del fondo del garaje para entrar en casa.»









65.
Madurar

Durante el trayecto en coche, Yenkis se pasó la mayor parte charlando con Evie sin parar. Los dos estaban sentados atrás y conversaban sobre las canciones de su grupo.

Hatori, de vez en cuando, echaba ojeadas al muchacho por el reflejo del retrovisor. Puede que fuera por la costumbre que su padre le inculcó desde pequeño o puede que fuera algo que ya llevaba en la sangre, pero no hacía otra cosa que analizarlo todo. Las cosas de las que hablaba con Evie, qué palabras escogía, los tonos de voz, los gestos, las miradas… Hatori tenía el mismo nivel analítico que un iris o al menos muy aproximado. Y no podía no notar pensamientos y sentimientos ocultos. Pero no en Yenkis, sino en Evie. Lo curioso es que, mientras que para Hatori era muy evidente, como un libro abierto, al propio Yenkis parecían escapársele todas esas señales ocultas y no tan ocultas de lo colada que estaba Evie por él.

Hatori entornó aún más sus ojos, suspicaces, discretos, fingiendo estar solamente centrado en conducir por las concurridas calles de Tokio, a las que también echaba meticulosos vistazos en busca de cualquier desorden o delito que pudiera haber.

—Así que… Yenkis —les interrumpió Hatori de repente mientras estaban parados en un semáforo.

El chico calló enseguida su conversación con su amiga y miró los ojos azules del ministro en el retrovisor, poniéndose firme.

—¿Señor?

—Dime. ¿Qué calificaciones sueles sacar?

—Agh… —protestó Evie—. Vamos, tío, no te pongas con los interrogatorios.

—Deja que tu amigo decida libremente por sí mismo si responder o no. No eres su abogada.

—Lo seré si te pones demasiado pesado —refunfuñó la chica.

Yenkis miró a uno y a otro, un poco cohibido. Evie parecía molesta por la interrupción, pero Yenkis sabía que debía cumplir respetuosamente.

—Ahm… Suelo sacar entre 90 y 100 puntos en los exámenes… desde que empecé el colegio.

—¿En todos? —Hatori hizo un gesto sorprendido, mirando con más atención a Yenkis por el espejo, y el chico asintió con la cabeza—. Ya veo… ¿Tienes algún tipo de condición intelectual?

—¿Eh?

—Tío Hatori, esas son preguntas personales —intervino Evie—. Kis no quiere destacar. Sólo quiere tener una vida escolar como los demás chicos. Por eso a veces saca menos de 100 puntos adrede.

—Así que ocultas tu inteligencia por encima de la media —observó Hatori, con un tono interesado.

—Bueno… yo… es que… —se encogió sobre el asiento, nervioso.

—Tranquilo. Eso no es un delito —dijo con calma, volviendo a arrancar el coche al ponerse el semáforo en verde, y frunció el ceño un momento, recordando algo—. Es cierto… ¿No es tu padre el fundador de la gran Hoteitsuba?

—Ehm… Sí, señor.

—Lo sabe medio instituto. El señor Vernoux es un genio famoso —dijo Evie—. Tienes que ponerte más al día. Estás conduciendo uno de sus coches.

—Es curioso que las veces que he ido a la casa de Viernes, nunca me he cruzado con el tal señor Vernoux, viviendo justo en la casa de al lado —comentó Hatori—. Creo que alguna vez llegué a ver desde la distancia a una mujer de cabello oscuro, y a una chica joven pelirroja. Pero nunca ni un atisbo del señor Vernoux.

—Porque es un hombre muy ocupado, tío Hatori —defendió Evie—. Por no decir que tú apenas has venido de visita a mi casa desde que nos mudamos ahí hace tres años.

Hatori se quedó callado el resto del trayecto, como si ya hubiera saciado su curiosidad sobre Yenkis. O como si se hubiera puesto un límite consciente.

La curiosidad de Hatori no tenía límite; si por él fuera, nunca dejaría de preguntar hasta el más mínimo detalle, o dato íntimo o pecado embarazoso, con tal de llegar a conocer la verdad completa sobre alguien que él considerase tres cosas: una amenaza para la sociedad, una valiosa fuente de información para lograr un fin importante, o una persona demasiado cercana a su sobrina.

Por eso, a los iris no les gustaba el hecho de que Hatori hiciera el trabajo que los iris consideraban suyo, así como a Hatori no le gustaba el hecho de que los iris hicieran el trabajo que él consideraba de la policía. Era obvio que él tenía esta característica común con ellos: odiaba a los criminales, las injusticias humanas, y todo aquello que peligrase o perjudicase a la gente inocente, que alterase el orden y la paz social o que pusiese en peligro a un ser querido. La gran discrepancia que había entre medias es que Hatori no consideraba a los iris competidores semejantes, sino otro de tipo más de criminales. A sus ojos, los iris eran unas existencias caóticas, desviadas, alterando u obstaculizando el camino hacia el correcto orden que debería reinar en el mundo humano.

Sabía lo suficiente sobre los iris como para tener en cuenta que literalmente cualquier persona podía ser uno. Cualquiera. Excepto bebés que apenas sabían andar y gente enferma o con discapacidad, claro. Desde la panadera de la esquina de la calle, o el niño pequeño agarrado a la mano de su madre, o el abuelo sentado en el banco del parque, o el emperador de Japón… o incluso el muchacho que se sentaba en la parte de atrás de su coche junto a su sobrina.

No necesitaba que ese alguien le diera un motivo previo. Hatori sospechaba de cualquier persona simplemente por existir. Aunque siempre había indicios más fuertes en unas personas que en otras. Por ejemplo, indicios físicos, como el abuelo sentado en el banco del parque: si se le veía encorvado, débil, caminando temblorosamente con un bastón, pues tenía unas probabilidades de ser iris casi nulas, por lógica. A no ser que fingiera, que también era posible.

O indicios de comportamiento, como el niño pequeño yendo de la mano de su madre: si se le notaba una actitud constantemente atenta a su alrededor en lugar de distraída e ingenua, o una forma de hablar más inteligente o una capacidad de entendimiento más espabilada, pues tenía más probabilidades de ser iris. Aunque un iris pequeño también podía fingir una actitud ingenua e inocente.

La manera de fingir de los iris era un gran inconveniente porque lo hacían muy bien. Por eso, el estado de sospecha de Hatori era continuo, automático, ya formaba parte de él, no podía evitarlo. ¿Cómo saber que ese muchacho de ahí no era un iris? ¿Cómo se averiguaba, por supuesto de manera precavida y disimulada? Porque Hatori no podía atar a Yenkis a una silla y empezar a intimidarlo o torturarlo hasta que confesase, claro. Y era obvio que, si de verdad tuviera a un iris delante, ponerse demasiado interrogador, desconfiado u hostil con él le hacía correr el riesgo de que el iris se alertase, tomara una actitud defensiva y hostil de vuelta, o huyera enseguida. De ahí lo de obligarse a sí mismo a limitarse. Hatori también sabía fingir muy bien.

Sin embargo, debía admitir algo. Sabía que todos los iris lo conocían, y que no le tenían gran estima. Sabía que era una amenaza para ellos. Ninguno en su sano juicio se arriesgaría a acercarse a él de esta manera y, mucho menos, irse a su casa. De hecho, quienquiera que dirigiese a los iris, Hatori estaba seguro de que les tenía prohibido acercarse a él y a otras autoridades o políticos poderosos y peligrosos como él. Al fin y al cabo, los policías y políticos no eran el objetivo de los iris, solamente los criminales. El Gobierno no era más que un obstáculo con el que debían convivir y tener cuidado.

Claro que, irónicamente, Hatori estaba llevando a su casa al único iris del mundo que estaba totalmente desligado de la Asociación, de su dirigente y de sus normas. Por eso, no le quedaba más remedio que pensar que las probabilidades de que Yenkis fuese un iris eran casi inexistentes.


Respecto a Yenkis, él también estaba pendiente y consciente de este riesgo. Aunque no tanto como en realidad debería. Su padre le dijo que los iris debían ocultar lo que eran al resto de los humanos porque descubrir su existencia no iba a ser una noticia bien recibida o generalmente aceptada. Y eso era una respuesta lógica, normal e inteligente de los humanos; temer lo desconocido era un instinto sabio que servía para protegerse y sobrevivir. Entender lo de los iris no era fácil, y, por tanto, no iba a ser rápido. Conllevaría bastante tiempo asimilar de dónde venía este fenómeno, para qué, cómo se usaba, quién lo controlaba, etc., y hasta que no se comprendiera del todo, el rechazo y la desconfianza serían las respuestas dominantes contra los iris.

El problema es que Neuval no le había contado a Yenkis que el motivo de ocultarse era mucho más grande que la simple opinión humana. Yenkis no sabía que había cuatro siglos de historia detrás de los iris, cuatrocientos años de actividad por el mundo y muchos humanos que ya lo sabían y no estaban nada contentos con ello, como los Knive y varios políticos de todo el globo, que en su día se unieron al padre de Hatori para iniciar la operación internacional de La Caza de iris.

El tozudo empeño que tenía Neuval por no involucrar a Yenkis en ningún tema relacionado con el resto de iris y la Asociación y su historia tenía su comprensible razón, ya que, por mucho que Alvion dijera que Yenkis tenía un iris, Neuval defendía que Yenkis no era un iris.

Había una importante diferencia. Para la Asociación, un iris era una persona que había sufrido un trauma grave y, con él, desarrollado un poder sobrenatural peligroso si no se entrenaba con un equilibrio entre el control emocional, el control intelectual y la habilidad física, y con un deseo de venganza inequívoco en todos, una necesidad vital por luchar contra el mal y la injusticia humana.

Yenkis no tenía ninguna sed de venganza, ni ninguna necesidad vital de ir a luchar contra criminales y terroristas. Para Neuval, Yenkis era un chico mentalmente sano y normal, pero con la capacidad de dominar el aire. Podría decirse, un medio iris. Tenía el dominio de un elemento y un espíritu bondadoso y justo, pero carecía de la necesidad de trabajar en lo que trabajaban los demás iris, de saciar una inconformidad latente y de un motivo traumático.

Por eso, Neuval se mantenía firme en que Yenkis no necesitaba en absoluto aprender a ser un iris, es decir, aprender la historia de la Asociación, sus secretos, sus normas, sus métodos, su funcionamiento… y su vigente conflicto con el Gobierno.

Como resultado de esta decisión, Yenkis no tenía ni idea de que estaba yendo en un coche con un hombre que había propiciado la muerte de su propio padre para tomar las riendas del poder y dar caza absoluta y sin piedad a cualquier persona que le brillara un ojo.

El riesgo que Yenkis pensaba que corría era que, si Hatori descubría que le brillaba un ojo, se produciría una situación de sorpresa y confusión, incómoda y difícil de explicar, y que, como mucho, se ganaría la desconfianza de Hatori y ya no le dejaría ser amigo de Evie ni acercarse a ella. El joven Fuu no tenía culpa de pecar de esta ingenuidad porque sólo tenía 12 años, pero, si las cosas salían mal, el precio a pagar sería alto.

Aun así, en este tema de su ojo de luz se sentía tranquilo y confiado, porque había estado desde el miércoles pasado hablando más con su padre.


Hace cuatro días, el miércoles pasado…

«—¿Qué cosas le has dicho al tío Sai? —le preguntó Yenkis a su padre con curiosidad cuando ya estaban regresando a casa en coche tras despedirse de los Lao en el cementerio.

—Mmm… Bueno, más que decir, he estado rememorando cosas del pasado —le respondió Neuval.

—¿Sí? ¿Qué cosas?

—Oh, recuerdos muy bonitos y especiales —sonrió Neuval con ojos nostálgicos y cándidos—. Como el día en que le puse ortigas en los calzoncillos en el vestuario del instituto… O el día en que conocí a tu madre y me asesinó con la mirada y me taladró el alma por primera vez…

Neuval ignoró felizmente la cara torcida, confusa y preocupada con la que Yenkis lo miró durante medio minuto, pensando que su padre debía de haberse intoxicado con tanto incienso en el templete. Sin embargo, el chico se quedó callado durante un largo rato, mirando por la ventanilla con aire taciturno, meditabundo, y esto sí lo captó Neuval.

Hey… Tout va bien ?

Eh ? Ah, oui… —balbució el niño—. Bueno, es que… trato de imaginar cómo sería. Pero de sólo imaginarlo… no sé, es una sensación terrible. Se me retuerce la tripa.

—¿Imaginar el qué?

—Pues… lo de que se te muera un hermano.

Neuval hizo un gesto sorprendido, sin apartar la vista de la carretera, pero no dijo nada.

—No puedo evitarlo —decía Yenkis—. Porque, últimamente, no sé… como que me doy cuenta de más cosas que antes. Cosas que antes ni se me pasaban por la cabeza.

—¿De qué cosas te das cuenta últimamente? —trató de entender.

—De lo mucho que he dado por sentado todo lo que me rodea —suspiró alicaído, apoyando la sien en la ventanilla—. Mamá murió siendo yo muy pequeño. Siempre la añoro, pero, a pesar de eso, he tenido una infancia generalmente feliz. No sé si es porque, por mi escasa edad, he sido muy inocente e ingenuo como para que me afectara la pelea entre Lex y tú, o la depresión que casi acaba contigo varias veces y que tan duramente has estado disimulando, o la asfixiante infelicidad de Cleven, y mi escasa capacidad de consolaros y ayudaros…

Neuval se quedó mudo. Su cara perpleja seguía mirando a la carretera. Se preguntó de dónde había salido esto de repente, estos pensamientos tan profundos de Yenkis, esos sentimientos tan complejos y ese autoanálisis tan maduro. Sobre todo, oír de él el hecho de que siempre fue consciente de las cosas graves y tristes que pasaban a su alrededor pese a ser pequeño.

—Sé que Lex, Cleven y tú habéis pasado por mucho dolor y muchas dificultades durante estos años —continuó Yenkis—. Y a veces yo me sentía culpable por no sentir el mismo dolor que vosotros, o con la misma intensidad. Entiendo que es por la edad, a mí no me dio tiempo de forjar tantas memorias y experiencias con mamá como vosotros y, además, con 4 o 5 años yo tampoco es que entendiera muy bien qué era la muerte.

»No sé por qué, pero yo… la mayor parte del tiempo, me he sentido feliz y animado. Mi familia estaba rota, pero yo estaba contento de tener un hermano, una hermana, y a ti. Nunca se me pasó por la mente la idea de que alguno de vosotros también podría morirse algún día de repente. Y ahora… no sé si es porque Lex me contó tu historia, o si es porque mi cerebro está cambiando porque voy a cumplir 13 años, pero ahora esa idea me persigue, es un miedo que no se me va.

»¿Y si a Cleven le pasase algo mañana? ¿Y a Lex? ¿Y a ti? No puedo imaginarme a mí mismo viviendo en este mundo aceptando la ausencia de cualquiera de vosotros. ¿Qué tipo de Yenkis sería si pudiera seguir viviendo con normalidad después de perder a alguno de vosotros tres? ¿Un Yenkis débil y conformista, o un Yenkis fuerte que se adapta?

Se produjo un silencio dentro del coche. Neuval entonces detuvo el vehículo un momento a un lado de la carretera de una calle pequeña; puso el freno de mano y se giró sobre su asiento para mirar de frente a Yenkis, que iba de copiloto en el lado izquierdo. Yenkis lo miró confuso. Su padre simplemente lo observó fijamente durante un rato, sin decir nada. Hasta que alargó una mano hacia él y la puso en su mejilla.

—Estás creciendo muy rápido —murmuró Neuval, acariciándolo con el pulgar. Se lo dijo con una sonrisa, pero sus ojos estaban tristes. Después entrelazó las manos, apoyando un codo sobre el volante, acomodándose—. Te debo una disculpa por lo del otro día.

—¿Eh?

—El otro día, cuando te vi en tu cuarto con todas mis herramientas. Te dije que dejaras de indagar de una vez en mis asuntos. Te dije que quería que siguieras siendo mi pequeño genio alegre y feliz. Decirte esto último fue muy egoísta por mi parte. Cuando eres padre, siempre buscas proteger como sea la inocencia y la ignorancia de un hijo, porque sabes que así proteges su felicidad y su tranquilidad. Esa es la prioridad número uno, que tu hijo se sienta feliz y a salvo a toda costa, siempre. Pero, claro… esta sobreprotección solamente es necesaria durante los primeros años de edad y es fácil olvidarnos de nuestro deber de ir soltando la cuerda poco a poco.

»Me costó muchísimo soltar la cuerda con Lex, ¿sabes? Siendo mi primer y único hijo durante nueve largos años, y el que cambió todo mi mundo y toda mi persona y me convirtió literalmente en el más poderoso de mi clase… Pero Lex tuvo suerte. Él necesitaba que yo empezara a ir soltando la cuerda y dejarle crecer y saber cada vez más cosas, dejarle abandonar su inocencia y su ignorancia, y yo no me veía capaz… pero entonces nació Cleven, y toda mi atención sobreprotectora recayó ahora sobre ella. De igual manera, cuando Cleven ya se estaba haciendo mayor, me costaba horrores soltar su cuerda. Tu nacimiento pudo salvarla un poco de mi excesiva atención sobre ella igual que pasó con Lex, pero… tu madre murió… y… —suspiró, mirando de reojo las luces de las farolas de la calle—… quise agarrar todas vuestras cuerdas, la de Lex, la de Cleven, la tuya, y tirar de ellas tan fuerte… atarlas a mí con nudos tan fuertes…

»Ese miedo que dices que te acompaña ahora, Yen, ha venido naturalmente porque te estás haciendo mayor, y debes saber que ya te acompañará el resto de tu vida. Es natural tener este pensamiento constantemente en tu cabeza, temer la posibilidad de perder un día a un ser querido de forma inesperada y preguntarte cómo serías capaz de afrontarlo. El problema está cuando dejas que este temor dirija tu vida y te haga arrastrar a otros a tu agujero sobreprotector.

»Cuando tu madre murió, yo quería meteros a los tres en un agujero donde nada podría pasaros, ni perjudicaros, ni arrancaros de mi lado. Las consecuencias… —se encogió de hombros—… ya las sabes. Lex no aguantó que tirara tanto de la cuerda y él mismo la cortó de una tajada. Cleven ha vivido asfixiada de tanto que apreté su cuerda y casi la pierdo, no físicamente, sino su salud mental. Y contigo iba por el mismo camino, si no fuera por la llamada de atención que Cleven me dio cuando se fugó de casa. Ahí empecé a darme cuenta.

—¿De qué? —preguntó Yenkis, que había estado escuchando absorto a su padre.

Neuval lo miró.

—De que me daba más miedo asfixiaros y destruir quienes realmente sois por tirar de vuestras cuerdas, que exponeros a los peligros del mundo por ir soltándoos.

Yenkis terminó comprendiéndolo. No sólo lo que su padre había estado diciéndole, sino que también se entendió mejor a sí mismo y por qué tenía estos pensamientos últimamente. Se preguntó si en esto consistía crecer y madurar. Ir perdiendo la alegría conforme se iba perdiendo la ignorancia. Pero Yenkis opinaba lo mismo que su padre, que este era el orden natural de las cosas, y que no tenía que ser tan malo como parecía.

El hecho de que con el camino hacia la adultez se iba siendo menos feliz, no quería decir que no se pudiera ser feliz con pequeñas cosas valiosas que uno iba encontrando en su vida adulta. Pero que esas cosas tuvieran valor dependía de que uno mismo le diera ese valor. Y para saber dar valor a las cosas o hacerlas valiosas, había que comprender la realidad de que, en este mundo, las cosas eran temporales, y vulnerables a desaparecer, perderse, cambiar o sufrir. Que no se podía dar nada por sentado.

Abandonar la ignorancia y la inocencia y conocer la cruda realidad de la muerte y la temporalidad hacía que Yenkis valorase aún más lo afortunado que era de seguir teniendo a su padre y a sus hermanos, y no centrarse tanto en el miedo de perderlos, sino en cómo aprovechar su tiempo con ellos lo mejor posible.

—Tu madre estaría muy orgullosa de ti —comentó Neuval.

—¿Sí? —sonrió Yenkis—. ¿Por qué?

—Puede que físicamente seas una fotocopia mía y tengas mi inteligencia científica, pero sin duda tienes mucho de su madurez y su autoanálisis magníficamente consciente —se rio, volviendo a arrancar el coche y conduciendo el trayecto final a casa—. Y su nariz.

—¿Sí? ¿Es que tú no tienes la misma madurez y capacidad de autoanálisis? Creía que todos los adultos tenían una imagen y una identidad clara de sí mismos.

—Yenkis, algún día será inevitable que descubras cosas sobre mí que te harán plantearte la idea de encerrarme en un psiquiátrico o no.

—Ah… ¿Y después de decirme eso pretendes que duerma tranquilo esta noche y siga viviendo contigo con normalidad? —dijo con una mezcla de sarcasmo y miedo.

—Hahah… Nooo, tranquilo. No te tienes que preocupar por nada de eso. Mi salud mental está en muy buenas manos.

—Oh… No sabía que estabas visitando a un psicólogo —se sorprendió, mientras ya llegaban al garaje de casa y se bajaban del coche—. ¿Es un buen profesional?

—Me lleva tratando desde que tenía tu edad, y es el mejor del mundo —sonrió su padre, y se paró un momento junto al vehículo para echar un vistazo a los mensajes de trabajo de su móvil.

—Espera, ¿pero él sabe lo de tu ojo? —siguió preguntando Yenkis con curiosidad, apoyándose sobre el capó.

—Mm, hm.

—¿Y yo? ¿También tendré acudir a él algún día para que me trate?

—¿Qué? —Neuval levantó la cabeza, mirándolo sorprendido, y Yenkis se señaló su ojo izquierdo varias veces—. No. Yenkis. Eso no tiene nada que ver. Yo necesito una supervisión de este profesional, no porque me brille el ojo, sino por aquello que causó que brillara. El brillo de tu ojo no está ligado a ningún trauma.

Yenkis se quedó unos segundos pensativo.

—¿Ese profesional… está supervisando tu salud mental por el mismo trauma de hace 35 años? —no pudo evitar preguntar el muchacho. Neuval se quedó callado, preguntándose por qué le hacía esa pregunta—. ¿En todos esos años no te has curado de él? ¿Qué quiere decir eso, que no tiene cura? ¿Tienes que estar supervisado el resto de tu vida?

—Es más complicado que eso, Yen. Hay traumas humanos, y traumas no humanos —se señaló su ojo izquierdo.

—Pero… ¿tú todavía… —preguntó con cuidado—… sufres por tu hermana… con la misma intensidad que hace 35 años?

—No, no, no… No con la misma intensidad —procuró Neuval tranquilizar su preocupación—. Verás, cuando sufres un trauma así, hay una parte de tu mente que al paso de los años consigue forjar una adaptación, una normalización, una estabilidad para seguir con la rutina de tu vida… y se sobrepone a otra parte de tu mente donde el trauma nunca desaparece ni se olvida, manteniéndola a raya, solo que a veces factores externos pueden debilitar este escudo de estabilidad y traer el viejo trauma de nuevo a la superficie y… —se calló cuando vio que Yenkis tenía una mueca de intentar entender con mucha fuerza—. Ay… un Zou sería mejor explicando esto… —murmuró, rascándose la cabeza—. En cualquier caso, Yenkis, como te decía… es un poco más complicado que eso. La muerte de Monique me sigue trayendo tristeza y rabia, y creo que siempre lo hará. Pero, entre medias, puedo conseguir una estabilidad, a través de las cosas que me dan fuerzas. Mi familia adoptiva… mis amigos… tu madre… incluso tus abuelos Hideki y Emiliya… siempre fueron enormes pilares que me sostuvieron. Pero… —miró para otro lado, afligido—. Perder a Hideki y a Emiliya… a Sai… a tu madre…

—Son pilares que se han ido derrumbando y haciéndote perder la estabilidad —comprendió Yenkis.

Neuval volvió a mirarlo, y sonrió tranquilo, asintiendo.

—Entonces ese profesional es el único que puede sostenerte ahora —comentó el chico.

—No —contestó Neuval—. Ese profesional no es un pilar que me sostiene, Yenkis, es sólo una voz que está ahí para recordarme de forma constante que todavía tengo grandes pilares que aún me sostienen.

—Tus padres —afirmó Yenkis.

—Y mis hijos —sonrió Neuval—. ¿Te parece poco?

—¿Y si algún día le pasara algo a Lex, o a Cleven o a mí? ¿Te adaptarías? ¿O te derrumbarías del todo?

Neuval comprendía que Yenkis tuviera estas inquietudes. Pero empezaban a ser preguntas demasiado difíciles de responder. Sinceramente, no quería hablar de esa hipotética situación, ni pensar en ella un ápice. Al menos, Yenkis se dio cuenta de esto cuando percibió cómo a su padre se le encogía un poco el pecho, y cómo sus ojos huían a la pantalla de su móvil, fingiendo revisar correo importante.

—Bueno… —titubeó el chico, retomando el tema de antes—. Vale, yo no tengo un trauma. Pero hoy perdí el control, papá, volé el comedor.

—¿Qué? Claro. Porque estabas enfadado, no traumado. Escucha —volvió a guardar el móvil y se acercó a él, rodeándolo con un brazo—. Tu poder sí está ligado a tus emociones, pero tú tienes unas emociones muy sanas, normales y estables. Te enfadaste esta mañana, pero te frenaste, porque mantienes tu consciencia despierta, y tu juicio. El problema es cuando… pierdes la cabeza por culpa de emociones más graves, insanas, que escapan del límite de lo normal y, por tanto, de tu control.

—¿Eso… es lo que te pasa a ti? —preguntó con tono cauteloso—. ¿Te ha pasado alguna vez? Yo nunca te he visto perder la cabeza ni nada.

Neuval desvió la mirada un momento al techo, respirando hondo, rememorando como una película rápida las no escasas ocasiones en que había perdido el control, especialmente cuando murió Katya.

—Tú no te tienes que preocupar por nada —volvió a sonreírle con calma, frotando su hombro—. Solamente tienes que hacer un necesario pequeño esfuerzo para aprender a controlarte mejor. La persona que va a entrenarte será muy buen guía, ya verás. No te costará mucho, porque como ya he dicho, tienes una mente ya muy sana y estable. Eres un adolescente, tienes todo el derecho a cabrearte por algunas cosas, o que te den rabia otras, o que te duelan otras. Pero tienes que evitar la manifestación involuntaria o accidental de esas emociones a través de tu dominio del aire. Los humanos también aprenden a hacer eso a tu edad. No pocas personas se han cabreado mucho de repente por algo y, por un impulso involuntario, han pegado un puñetazo contra una pared, una mesa o incluso otra persona. Hay que aprender a controlar esos impulsos que pueden hacer daño y asustar a los demás.

Yenkis asintió con la cabeza, entendiendo. Neuval besó su frente y se fue hacia la puerta del fondo del garaje para entrar en casa.»





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