2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __
Una media hora después, cuando Jannik por fin llegó a su habitación, cerró la puerta y se puso enseguida a aflojarse la pequeña corbata de su uniforme escolar, a desabrocharse los botones de la camisa, quitarse el jersey y dejar su mochila llena de libros tirada en cualquier rincón. Sentía que se asfixiaba, estaba muy agobiado. Pero no era algo físico, sino su propia mente, sufriendo una agitación que le impedía poner orden en sus pensamientos, y el sólo hecho de no poder poner orden en algo, le ponía más nervioso.
—Callaos... callaos... —murmuraba repetidamente, con las manos en la cabeza y cerrando los ojos—. No tenéis permiso. Fuera de mi mente. Fuera... silencio...
—¿Con quién hablas?
Se oyó de repente esa voz en la habitación, y Jannik abrió los ojos de golpe con gran susto. Por unos segundos, se preguntó si se la acababa de imaginar, pero entonces, divisó algo moverse en una oscura esquina de su habitación y apareció Denzel poniéndose a la luz de la ventana.
—¡Señor Shakespeare! —exclamó el niño con sobresalto, y perplejo—. ¿¡Q... Qué hacéis vos aquí!? ¿Desde cuándo...? ¿Sabéis dónde vivía?
Denzel ignoró sus preguntas. En lugar de responderlas, se puso a escudriñar la habitación con ojos suspicaces detrás de sus gafas negras, fijándose en todo lo que había ahí, por si hallaba algo fuera de lo normal o que considerase inadecuado. Pero todo parecía la habitación normal de un niño, excepto por algunos artilugios en una estantería y libros antiguos de temáticas de alquimia, metafísica, nigromancia... pero esto entraba dentro de lo normal en un Knive.
—¿Con quién hablabas? —repitió Denzel, volviendo a mirar seriamente al niño.
—Yo... Con nadie, maese taimu —respondió nervioso, porque aún no entendía ni esta repentina visita ni la actitud fría que mostraba—. Es mi majin. Un pequeño brote. Hago los ejercicios comunes para callarlo y apaciguarlo.
—¿Y cómo te está funcionando?
—Bueno... acabáis de aparecer dándome un susto, y ahora me domina la sorpresa más que mi majin.
—Tu grado actual —le pidió Denzel.
—El... el quinto.
—Frecuencia de brotes.
—Muy pocos... pese al quinto grado... Tengo mayor control que otros iris por razones obvias. Ahora estaba padeciendo uno... el segundo en un mes.
—Intensidad.
—La propia del quinto grado. Pero mis ejercicios de control son eficaces. Sigo todos los consejos de mi padre. No he tenido mayor problema desde mi conversión en iris. Alvion está muy vigilante conmigo, maese taimu, os lo aseguro. Reconozco que ser un Knive iris es algo nuevo para todos, incluso para mí.
Denzel se quedó callado, guardando un silencio opaco. Jannik sentía sus ojos mirándolo detrás de esas gafas negras muy fijamente. No sabía qué estaba pasando y por qué este interrogatorio. Aunque Jannik no era nada ignorante sobre la desagradable historia que había entre los taimu y los Knive desde hace siglos. Pero se supone que eso es agua pasada, más incluso con los Knive de la rama secundaria, que eran aliados de la Asociación y respetaban a los taimu tanto como a los Zou y a los iris y humanos buenos. Aun así, Jannik, que había crecido en el Monte Zou, siempre había notado que Denzel aún guardaba cierta aversión por el apellido Knive.
—¿Hay algún problema, señor Shakespeare? —preguntó tímido el niño.
—Es “señor Sanders” ahora, en esta época y lugar —le corrigió—. Y sí, hay un problema. Has quebrantado la norma, Jannik.
—¿Eh?
—Le has dado un talismán a Clover Saehara.
—¿Un...? —se sorprendió por cómo lo sabía, pero cayó en la cuenta que fácilmente Denzel podía haberlo visto en el recinto escolar—. Bueno... no es un talismán, es un amuleto...
—Lo mismo.
—Maese taimu, ¡no es lo mismo! —se defendió—. El talismán provoca efectos de la mente al plano real y el amuleto bloquea los efectos del plano real a la mente...
—Cualquier artilugio fabricado por los Knive, ¡está estrictamente prohibido que cualquier persona no Knive los coja o incluso los toque! —le interrumpió Denzel, enfadado—. ¿Por qué le has dado ese artilugio a la hija de Raijin? —dio un paso hacia él.
—P… para protegerla… —dio un paso atrás, estremeciéndose.
—¿De qué?
—De las malas energías...
—¿Sí? ¿Y por qué las malas energías acecharían a una simple niña humana de 5 años? Para necesitar un talismán, deben de ser energías muy importantes. ¿Por qué Clover necesita algo así?
—No puedo...
—¿Qué?
—No puedo decíroslo, maese. No es mi potestad. No tengo derecho. Sólo Clover decide si lo quiere decir...
—Jannik —lo calló tajante, viendo que el niño no estaba respondiendo claro cuando era su obligación obedecer a un superior. Entonces, levantó su mano derecha, mostrándole al niño el dorso, para que viera el anillo dorado en su dedo—. ¿Sabes qué es esto?
—Su... su anillo de casado...
—¿Sabes... —le volvió a interrumpir, y acercó su mano más a él—... qué es? —Jannik apretó los labios, reacio a contestar—. No me mientas. Lo sabré. ¿Sabes qué es este anillo?
Jannik tragó saliva. Miró el anillo brevemente y volvió a mirar a las gafas del inglés.
—Sí, señor. Sé lo que es.
—¿Quién te lo ha contado?
—Nadie. No hace falta. Sé lo que es con sólo verlo. Cualquier Knive puede reconocer objetos así a simple vista, y esto es algo ya sabíais...
—¿Lo quieres?
—¿Qué?
—¿Quieres quitármelo?
—¡No! ¡No quiero quitaros nada!
—¿Seguro? No sería la primera vez... Al fin y al cabo, varios de vuestros talismanes fueron forjados con partes de nuestro cuerpo. ¿Cuántos Ralentizadores hay con el cabello arrancado de Agatha? ¿Y en manos de quiénes están ahora los dos Drenantes, con mis dos colmillos negros, que me arrancasteis de la boca cuando era niño y pasé 20 años muriendo de hambre porque no podía alimentarme hasta que me volvieran a crecer?
—¡Basta! —le pidió Jannik con ojos húmedos—. ¡Yo no tengo nada que ver con lo que hicieran los primarios! ¡Sabéis que nosotros los odiamos tanto como vos! No es justo...
—¿¡Y Erik!? —Denzel continuó con lo mismo— ¿¡Sigue teniendo ese frasco con mi sangre negra, drenada de mis venas!?
Jannik se tapó los oídos. El propio Denzel estaba perdiendo los estribos y eso le asustaba, y con razón. Y las palabras que le decía eran dolorosas e injustas. Pero Jannik era ahora un iris, y podía detectar lo que antes no podía, y es que Denzel era una mente humana que ahora mismo, por un motivo u otro, estaba muy enfadado. Y podía detectar que estaba enfadado porque estaba dolido. Y estaba dolido porque estaba asustado. Más asustado que él. Denzel estaba teniendo problemas para controlar sus emociones porque estaba muerto de miedo.
Entonces, Jannik volvió a mirarlo, esta vez con análisis y con más calma.
—¿Qué os ha sucedido?
Denzel intentó sosegar su respiración, dándose cuenta de que estaba demasiado alterado y desviándose del tema importante. Dio unas vueltas por la habitación, estresado, impaciente, mientras Jannik lo observaba expectante.
—Una persona, con el exacto aspecto y tamaño físico de Clover Saehara, se coló por la ventana de mi habitación mientras dormía, la noche del lunes de la semana pasada —decidió explicarle Denzel.
—¿Con su aspecto? —repitió Jannik con gran sorpresa e incomprensión.
—Intentaba quitarme el anillo de mi dedo. Desperté a tiempo y la intrusa salió por la ventana, desapareciendo en tres segundos.
Jannik se quedó un momento pensativo. Se le pasaron por la cabeza exactamente las mismas hipótesis que tanto Denzel como Neuval discutieron la semana pasada y sabía que todo tipo de ser o de persona que conocían estaba descartada como posibilidad.
—Pero... eso no es posible... no hay nadie que pueda...
—Sólo hay una opción, Jannik. Te dejaré claro mi punto de vista. Después de que me ocurriera aquello, de repente descubro que estás asistiendo al Colegio Tomonari como alumno.
—Sí, me matriculé este año. Voy a vivir en esta ciudad a partir de ahora como iris y Guardián de la SRS, es normal llevar paralelamente una vida humana cotidiana también, y como soy un niño de 7 años...
—Y no sólo eso, sino que además observo que justo después del incidente, de repente empiezas a hacerte amigo íntimo de Clover, acercándote a ella cada día más, intercambiando objetos con ella...
—¡Objetos inofensivos! ¡Ella los colecciona, es su afición!
—Y un talismán.
—¡Amuleto!
—Y hace un rato, en la salida del colegio, te oigo decirle a Raijin que oyes voces. Esto no me convence, Jannik.
—¡La voz de mi “yo” del majin! —intentó explicarle Jannik, exasperado— ¡Era mi majin, sólo un brote! ¡A cualquier iris enfermo le pasa lo mismo!
—¿Cómo podrías demostrarme que no tuviste un brote de majin aquel lunes, y que usaste un truco visual Knive para intentar robarme mi anillo con el aspecto ilusorio de Clover, y desaparecer fácilmente con tu elemento del Vacío?
—¿Truco visual? —frunció el ceño—. ¿Os referís a la Mirada de Ewah? ¡Yo no sé hacer eso! ¡Ningún Knive menor de 12 años puede hacerlo, es una habilidad que requiere todos esos años de entrenamiento y yo ni siquiera he tomado una sola lección de ello! Mi padre no quiere que la aprenda.
Denzel negó con la cabeza y suspiró cansado, dándole la espalda.
—¡Tenéis que creerme! —le suplicó Jannik.
Esperó que Denzel le respondiera algo, pero el taimu se quedó quieto y callado, de espaldas.
—No es justo... —sollozó Jannik—. Desde que mi padre fue al Monte Zou de joven rogando por poder convertirse en monje, ha pasado todos estos años obligado a demostrar su lealtad y sus honestas intenciones día tras día. Repudiamos lo que nuestros antepasados hacían y lo que hacen ahora los Knive primarios, luchamos contra ellos a muerte, defendemos la Asociación a muerte, me convierto en iris igual que los demás... pero siempre tendremos ese estigma. Hagamos lo que hagamos, nunca será suficiente. Siempre habrá esta desconfianza y mi padre y yo seremos los primeros en sufrirla.
—Tienes 7 años... —murmuró Denzel, casi como consigo mismo.
—¿Eh?
Denzel se giró hacia él y lo miró de nuevo.
—Demasiado poco tiempo para haber aprendido que la confianza no es ni nunca será una habilidad tan fácil. Y no sólo hablo de mí. ¿Te puedes garantizar a ti mismo que tu majin no puede hacerte actuar en contra de tu voluntad?
—Mi majin...
—¿Te puedes garantizar a ti mismo... —le repitió más lentamente—... que tu majin de grado V no puede tomar el control durante unos simples minutos, y después, como es común, no recordar nada?
Esta vez Jannik no dijo nada. Se quedó reflexionando sobre esa cuestión. Aquí, no podía ser necio y acudir a la cómoda y tranquilizadora mentira. Estaba teniendo problemas con su majin y había empezado a escuchar una voz diferente en su cabeza, algo que le había omitido al taimu, pero no porque quisiese ocultarlo, sino porque ni él sabía si era una voz de alguien real o si era una voz que su mente se había inventado por culpa de los desequilibrios que le provocaba su majin. Veía absurda la primera opción. Más que nada, porque la única voz diferente y real que sí podía oír en su cabeza, era la de Alvion, y mientras Alvion estuviera conectado a él, la cosa estaría controlada.
Fuera lo que fuese, Jannik tenía algo muy seguro. Por eso, miró a Denzel con firmeza.
—Puedo garantizarme a mí mismo, a vos y cualquiera de este mundo, que tengo una capacidad totalmente nula de ejecutar la Mirada de Ewah. No hay manera posible de que yo haya tenido algo que ver con esa falsa Clover intrusa que os atacó.
—Lo que vi sólo puede ser obra de un truco visual Knive.
—Pues conmigo no tiene nada que ver.
—No sé, Jannik. Pero ya he visto demasiadas y extrañas coincidencias.
—¿Y qué queréis que haga?
Denzel se acercó nuevamente hacia él, pero esta vez con más calma, entereza y autoridad. Aunque no demasiado cerca. Procuraba mantener esa distancia mínima, porque, con 7 años o no, iris o no, ese niño seguía siendo un Knive para él.
—Mañana a primera hora, cuando entres en el colegio, le dirás a Clover que te devuelva ese talismán y no volverás a entregarle un artilugio Knive a nadie nunca más.
—Pero... ¡Necesita esa protección...!
—Y no sólo eso. No volverás a acercarte a ella ni a hablar con ella.
—¿¡Qué!?
—Por seguridad. Hasta que averigüe qué demonios está pasando aquí conmigo y con mi familia, vas a cumplir estas dos órdenes. ¿Has entendido?
Jannik sabía que no había forma de negociar, discutir o cambiar su opinión. No podía culpar a Denzel del todo, porque el taimu ignoraba que Clover era una niña algo especial y la importancia de protegerla de posibles enemigos que de algún modo se hubieran enterado de su poder y la quisieran utilizar, tal como Jannik ya sospechó que Taiya estuvo haciendo en aquel recreo del lunes de la semana pasada. Jannik no podía decírselo a Denzel. Sólo Clover podía decidir si contarlo o no, y a quién.
Sin embargo, y por otro lado, lo que Denzel le había contado que le sucedió, precisamente la noche del mismo lunes, sobre una intrusa con el aspecto de Clover, le sorprendía y le preocupaba y al mismo tiempo le confundía cómo era posible. Denzel tenía razón, sólo cabía el truco visual como explicación, y de ser así, Jannik pensaba que entonces tenía que tratarse de un Knive primario. Pero es que esto tampoco le cuadraba al niño, no porque no fuera posible, sino porque no tenía sentido. Un Knive primario, o incluso secundario, no tendría ningún interés en absoluto en robarle a Denzel, a este Denzel de 393 años, su anillo. Porque actualmente, era un objeto muerto que perdió lo que solía contener.
De pronto el silencio se cortó con el sonido del móvil de Denzel. Lo sacó del bolsillo y vio que lo llamaba un número desconocido.
—Habla con Denzel Sanders —respondió al teléfono, y escuchó con atención—. ¿Sarah? —repitió con sorpresa.
Jannik se quedó callado, intrigado, preguntándose con quién hablaba. Hasta que Denzel, después de dar un respingo y poner cara de desconcierto, desapareció de ahí en un parpadeo. El niño, viéndose solo de nuevo en su habitación y asumiendo que esa conversación tan tensa y difícil ya había terminado, se apoyó en la cama y dio un largo suspiro apesadumbrado. Las órdenes eran órdenes.
* * * * * *
Poco rato antes...
—¡Wuhuuu! —gritó lleno de euforia, dando un volantazo, y el coche dio un brusco viraje.
El vehículo derrapó las ruedas traseras sobre aquel campo de césped en mitad del Parque Yoyogi, dejando surcos de barro y salpicando tierra por todas partes. Siguió avanzando a toda velocidad entre una arboleda.
—¡Oye, déjame a mí! ¡Me toca a mí! —exclamó el que iba en el asiento izquierdo, de copiloto, tratando de robarle el volante.
—¡No, déjame un poco más!
El copiloto se enfadó y acaparó el volante, dando a la vez otro viraje, y el coche volvió a derrapar y a cambiar bruscamente su dirección.
—Bro, bro! ¡Eso es un río! —señaló el copiloto el riachuelo que había pendiente abajo—. ¡No vamos a poder cruzarlo!
—¡Dibújame un puente, bro! ¡No sé cómo frenar esta cosa!
El copiloto sacó rápidamente de las mangas de su kimono un rollo de pergamino y un pincel húmedo, y se puso a dibujar a toda velocidad lo más parecido a una rampa curva. Después dibujó un extraño sello al lado con algunos símbolos, letras y números, y, acto seguido, deslizó la mano sobre el papel. De manera inmediata, la tinta del dibujo salió disparada hacia delante y una enorme rampa hecha de tinta negra se colocó sobre el río. El coche pasó por encima de ella como si de un elemento físico y real se tratase, y lograron cruzar al otro lado del pequeño río. Aquel puente hecho de tinta se evaporó poco después.
Se adentraron en otra zona de jardines, donde había varios paseantes que se iban apartando a tiempo gritando con susto. El conductor acabó llevando el coche por una escalinata que descendía hacia otro sector ajardinado, y las voces de los dos chicos fueron vibrando conforme bajaban los escalones.
—¡Lu Kai, cuidado, un perrito! —exclamó el copiloto, señalando al inocente animal que se estaba acercando hasta el pie de las escaleras.
—¡Haz algo, James! —se alarmó el conductor.
El copiloto, rápidamente, sacó medio cuerpo por su ventanilla, sujetándose bien, y con una mano, apuntó hacia el perro. De repente ocurrió un fenómeno muy extraño, era como si el aire, o el suelo, o meramente el espacio en sí, se retorciera por un instante en un remolino, para luego volver a la normalidad, justo frente a los ojos del animal. Apenas duró un segundo, pero fue suficiente para aturdir al pobre perro, que salió corriendo a otra parte algo mareado.
—Yeeeah! —celebró el muchacho, y volvió a meterse dentro del coche para agarrarse al asiento de antemano, pues cuando el vehículo llegó al final de las escaleras, sufrió un brusco golpe y el parachoques delantero se desprendió y se quedó colgando.
Esto hizo que el conductor perdiera el control, resbalando por el camino embarrado… y al final el coche se estampó contra un árbol de morro. Los dos ocupantes se estamparon a su vez con los airbags, rebotando. A partir de ahí, silencio. Los dos idénticos muchachos se quedaron inmóviles, con caras perplejas.
—¡Bieeen! —exclamaron de pronto, llenos de júbilo, levantando los brazos con victoria—. ¡Siniestro total! ¡Ha sido increíble, bro! —dijo uno de ellos cuando salieron del coche.
—¡Y que lo digas, bro! —se chocaron las palmas de las manos—. ¡Buen trabajo creando el puente! ¡Y buena puntería con la distorsión del espacio!
—¡Gracias, bro! Por nada en el mundo habría dejado que lastimáramos a ese perrito.
—Hay que repetirlo, bro, pero esta máquina ya no vale, ha quedado destrozada —lamentó, mirando los restos del coche, que estaba echando humo.
—¿Dónde habrá otro carro de estos que podamos tomar prestado? —preguntó su hermano, mirando en derredor.
Ni siquiera les afectó observar el caos que habían formado, ni la gente escandalizada que los miraba desde la lejanía, ni haber dejado el parque hecho una pena.
A los pocos segundos, ya empezaron a oír la sirena de dos coches de policía, que se pararon frente a ellos.
—Mira, ahí hay más máquinas, bro, y tienen lucecitas en la parte de arriba —se alegró.
Antes de que el otro dijera nada, dos policías salieron de cada coche con pistolas eléctricas a mano y se les acercaron rápidamente.
—¡Levantad las manos!
—Oh... Se acabó la juerga —lamentaron los dos chicos.
Una media hora después, cuando Jannik por fin llegó a su habitación, cerró la puerta y se puso enseguida a aflojarse la pequeña corbata de su uniforme escolar, a desabrocharse los botones de la camisa, quitarse el jersey y dejar su mochila llena de libros tirada en cualquier rincón. Sentía que se asfixiaba, estaba muy agobiado. Pero no era algo físico, sino su propia mente, sufriendo una agitación que le impedía poner orden en sus pensamientos, y el sólo hecho de no poder poner orden en algo, le ponía más nervioso.
—Callaos... callaos... —murmuraba repetidamente, con las manos en la cabeza y cerrando los ojos—. No tenéis permiso. Fuera de mi mente. Fuera... silencio...
—¿Con quién hablas?
Se oyó de repente esa voz en la habitación, y Jannik abrió los ojos de golpe con gran susto. Por unos segundos, se preguntó si se la acababa de imaginar, pero entonces, divisó algo moverse en una oscura esquina de su habitación y apareció Denzel poniéndose a la luz de la ventana.
—¡Señor Shakespeare! —exclamó el niño con sobresalto, y perplejo—. ¿¡Q... Qué hacéis vos aquí!? ¿Desde cuándo...? ¿Sabéis dónde vivía?
Denzel ignoró sus preguntas. En lugar de responderlas, se puso a escudriñar la habitación con ojos suspicaces detrás de sus gafas negras, fijándose en todo lo que había ahí, por si hallaba algo fuera de lo normal o que considerase inadecuado. Pero todo parecía la habitación normal de un niño, excepto por algunos artilugios en una estantería y libros antiguos de temáticas de alquimia, metafísica, nigromancia... pero esto entraba dentro de lo normal en un Knive.
—¿Con quién hablabas? —repitió Denzel, volviendo a mirar seriamente al niño.
—Yo... Con nadie, maese taimu —respondió nervioso, porque aún no entendía ni esta repentina visita ni la actitud fría que mostraba—. Es mi majin. Un pequeño brote. Hago los ejercicios comunes para callarlo y apaciguarlo.
—¿Y cómo te está funcionando?
—Bueno... acabáis de aparecer dándome un susto, y ahora me domina la sorpresa más que mi majin.
—Tu grado actual —le pidió Denzel.
—El... el quinto.
—Frecuencia de brotes.
—Muy pocos... pese al quinto grado... Tengo mayor control que otros iris por razones obvias. Ahora estaba padeciendo uno... el segundo en un mes.
—Intensidad.
—La propia del quinto grado. Pero mis ejercicios de control son eficaces. Sigo todos los consejos de mi padre. No he tenido mayor problema desde mi conversión en iris. Alvion está muy vigilante conmigo, maese taimu, os lo aseguro. Reconozco que ser un Knive iris es algo nuevo para todos, incluso para mí.
Denzel se quedó callado, guardando un silencio opaco. Jannik sentía sus ojos mirándolo detrás de esas gafas negras muy fijamente. No sabía qué estaba pasando y por qué este interrogatorio. Aunque Jannik no era nada ignorante sobre la desagradable historia que había entre los taimu y los Knive desde hace siglos. Pero se supone que eso es agua pasada, más incluso con los Knive de la rama secundaria, que eran aliados de la Asociación y respetaban a los taimu tanto como a los Zou y a los iris y humanos buenos. Aun así, Jannik, que había crecido en el Monte Zou, siempre había notado que Denzel aún guardaba cierta aversión por el apellido Knive.
—¿Hay algún problema, señor Shakespeare? —preguntó tímido el niño.
—Es “señor Sanders” ahora, en esta época y lugar —le corrigió—. Y sí, hay un problema. Has quebrantado la norma, Jannik.
—¿Eh?
—Le has dado un talismán a Clover Saehara.
—¿Un...? —se sorprendió por cómo lo sabía, pero cayó en la cuenta que fácilmente Denzel podía haberlo visto en el recinto escolar—. Bueno... no es un talismán, es un amuleto...
—Lo mismo.
—Maese taimu, ¡no es lo mismo! —se defendió—. El talismán provoca efectos de la mente al plano real y el amuleto bloquea los efectos del plano real a la mente...
—Cualquier artilugio fabricado por los Knive, ¡está estrictamente prohibido que cualquier persona no Knive los coja o incluso los toque! —le interrumpió Denzel, enfadado—. ¿Por qué le has dado ese artilugio a la hija de Raijin? —dio un paso hacia él.
—P… para protegerla… —dio un paso atrás, estremeciéndose.
—¿De qué?
—De las malas energías...
—¿Sí? ¿Y por qué las malas energías acecharían a una simple niña humana de 5 años? Para necesitar un talismán, deben de ser energías muy importantes. ¿Por qué Clover necesita algo así?
—No puedo...
—¿Qué?
—No puedo decíroslo, maese. No es mi potestad. No tengo derecho. Sólo Clover decide si lo quiere decir...
—Jannik —lo calló tajante, viendo que el niño no estaba respondiendo claro cuando era su obligación obedecer a un superior. Entonces, levantó su mano derecha, mostrándole al niño el dorso, para que viera el anillo dorado en su dedo—. ¿Sabes qué es esto?
—Su... su anillo de casado...
—¿Sabes... —le volvió a interrumpir, y acercó su mano más a él—... qué es? —Jannik apretó los labios, reacio a contestar—. No me mientas. Lo sabré. ¿Sabes qué es este anillo?
Jannik tragó saliva. Miró el anillo brevemente y volvió a mirar a las gafas del inglés.
—Sí, señor. Sé lo que es.
—¿Quién te lo ha contado?
—Nadie. No hace falta. Sé lo que es con sólo verlo. Cualquier Knive puede reconocer objetos así a simple vista, y esto es algo ya sabíais...
—¿Lo quieres?
—¿Qué?
—¿Quieres quitármelo?
—¡No! ¡No quiero quitaros nada!
—¿Seguro? No sería la primera vez... Al fin y al cabo, varios de vuestros talismanes fueron forjados con partes de nuestro cuerpo. ¿Cuántos Ralentizadores hay con el cabello arrancado de Agatha? ¿Y en manos de quiénes están ahora los dos Drenantes, con mis dos colmillos negros, que me arrancasteis de la boca cuando era niño y pasé 20 años muriendo de hambre porque no podía alimentarme hasta que me volvieran a crecer?
—¡Basta! —le pidió Jannik con ojos húmedos—. ¡Yo no tengo nada que ver con lo que hicieran los primarios! ¡Sabéis que nosotros los odiamos tanto como vos! No es justo...
—¿¡Y Erik!? —Denzel continuó con lo mismo— ¿¡Sigue teniendo ese frasco con mi sangre negra, drenada de mis venas!?
Jannik se tapó los oídos. El propio Denzel estaba perdiendo los estribos y eso le asustaba, y con razón. Y las palabras que le decía eran dolorosas e injustas. Pero Jannik era ahora un iris, y podía detectar lo que antes no podía, y es que Denzel era una mente humana que ahora mismo, por un motivo u otro, estaba muy enfadado. Y podía detectar que estaba enfadado porque estaba dolido. Y estaba dolido porque estaba asustado. Más asustado que él. Denzel estaba teniendo problemas para controlar sus emociones porque estaba muerto de miedo.
Entonces, Jannik volvió a mirarlo, esta vez con análisis y con más calma.
—¿Qué os ha sucedido?
Denzel intentó sosegar su respiración, dándose cuenta de que estaba demasiado alterado y desviándose del tema importante. Dio unas vueltas por la habitación, estresado, impaciente, mientras Jannik lo observaba expectante.
—Una persona, con el exacto aspecto y tamaño físico de Clover Saehara, se coló por la ventana de mi habitación mientras dormía, la noche del lunes de la semana pasada —decidió explicarle Denzel.
—¿Con su aspecto? —repitió Jannik con gran sorpresa e incomprensión.
—Intentaba quitarme el anillo de mi dedo. Desperté a tiempo y la intrusa salió por la ventana, desapareciendo en tres segundos.
Jannik se quedó un momento pensativo. Se le pasaron por la cabeza exactamente las mismas hipótesis que tanto Denzel como Neuval discutieron la semana pasada y sabía que todo tipo de ser o de persona que conocían estaba descartada como posibilidad.
—Pero... eso no es posible... no hay nadie que pueda...
—Sólo hay una opción, Jannik. Te dejaré claro mi punto de vista. Después de que me ocurriera aquello, de repente descubro que estás asistiendo al Colegio Tomonari como alumno.
—Sí, me matriculé este año. Voy a vivir en esta ciudad a partir de ahora como iris y Guardián de la SRS, es normal llevar paralelamente una vida humana cotidiana también, y como soy un niño de 7 años...
—Y no sólo eso, sino que además observo que justo después del incidente, de repente empiezas a hacerte amigo íntimo de Clover, acercándote a ella cada día más, intercambiando objetos con ella...
—¡Objetos inofensivos! ¡Ella los colecciona, es su afición!
—Y un talismán.
—¡Amuleto!
—Y hace un rato, en la salida del colegio, te oigo decirle a Raijin que oyes voces. Esto no me convence, Jannik.
—¡La voz de mi “yo” del majin! —intentó explicarle Jannik, exasperado— ¡Era mi majin, sólo un brote! ¡A cualquier iris enfermo le pasa lo mismo!
—¿Cómo podrías demostrarme que no tuviste un brote de majin aquel lunes, y que usaste un truco visual Knive para intentar robarme mi anillo con el aspecto ilusorio de Clover, y desaparecer fácilmente con tu elemento del Vacío?
—¿Truco visual? —frunció el ceño—. ¿Os referís a la Mirada de Ewah? ¡Yo no sé hacer eso! ¡Ningún Knive menor de 12 años puede hacerlo, es una habilidad que requiere todos esos años de entrenamiento y yo ni siquiera he tomado una sola lección de ello! Mi padre no quiere que la aprenda.
Denzel negó con la cabeza y suspiró cansado, dándole la espalda.
—¡Tenéis que creerme! —le suplicó Jannik.
Esperó que Denzel le respondiera algo, pero el taimu se quedó quieto y callado, de espaldas.
—No es justo... —sollozó Jannik—. Desde que mi padre fue al Monte Zou de joven rogando por poder convertirse en monje, ha pasado todos estos años obligado a demostrar su lealtad y sus honestas intenciones día tras día. Repudiamos lo que nuestros antepasados hacían y lo que hacen ahora los Knive primarios, luchamos contra ellos a muerte, defendemos la Asociación a muerte, me convierto en iris igual que los demás... pero siempre tendremos ese estigma. Hagamos lo que hagamos, nunca será suficiente. Siempre habrá esta desconfianza y mi padre y yo seremos los primeros en sufrirla.
—Tienes 7 años... —murmuró Denzel, casi como consigo mismo.
—¿Eh?
Denzel se giró hacia él y lo miró de nuevo.
—Demasiado poco tiempo para haber aprendido que la confianza no es ni nunca será una habilidad tan fácil. Y no sólo hablo de mí. ¿Te puedes garantizar a ti mismo que tu majin no puede hacerte actuar en contra de tu voluntad?
—Mi majin...
—¿Te puedes garantizar a ti mismo... —le repitió más lentamente—... que tu majin de grado V no puede tomar el control durante unos simples minutos, y después, como es común, no recordar nada?
Esta vez Jannik no dijo nada. Se quedó reflexionando sobre esa cuestión. Aquí, no podía ser necio y acudir a la cómoda y tranquilizadora mentira. Estaba teniendo problemas con su majin y había empezado a escuchar una voz diferente en su cabeza, algo que le había omitido al taimu, pero no porque quisiese ocultarlo, sino porque ni él sabía si era una voz de alguien real o si era una voz que su mente se había inventado por culpa de los desequilibrios que le provocaba su majin. Veía absurda la primera opción. Más que nada, porque la única voz diferente y real que sí podía oír en su cabeza, era la de Alvion, y mientras Alvion estuviera conectado a él, la cosa estaría controlada.
Fuera lo que fuese, Jannik tenía algo muy seguro. Por eso, miró a Denzel con firmeza.
—Puedo garantizarme a mí mismo, a vos y cualquiera de este mundo, que tengo una capacidad totalmente nula de ejecutar la Mirada de Ewah. No hay manera posible de que yo haya tenido algo que ver con esa falsa Clover intrusa que os atacó.
—Lo que vi sólo puede ser obra de un truco visual Knive.
—Pues conmigo no tiene nada que ver.
—No sé, Jannik. Pero ya he visto demasiadas y extrañas coincidencias.
—¿Y qué queréis que haga?
Denzel se acercó nuevamente hacia él, pero esta vez con más calma, entereza y autoridad. Aunque no demasiado cerca. Procuraba mantener esa distancia mínima, porque, con 7 años o no, iris o no, ese niño seguía siendo un Knive para él.
—Mañana a primera hora, cuando entres en el colegio, le dirás a Clover que te devuelva ese talismán y no volverás a entregarle un artilugio Knive a nadie nunca más.
—Pero... ¡Necesita esa protección...!
—Y no sólo eso. No volverás a acercarte a ella ni a hablar con ella.
—¿¡Qué!?
—Por seguridad. Hasta que averigüe qué demonios está pasando aquí conmigo y con mi familia, vas a cumplir estas dos órdenes. ¿Has entendido?
Jannik sabía que no había forma de negociar, discutir o cambiar su opinión. No podía culpar a Denzel del todo, porque el taimu ignoraba que Clover era una niña algo especial y la importancia de protegerla de posibles enemigos que de algún modo se hubieran enterado de su poder y la quisieran utilizar, tal como Jannik ya sospechó que Taiya estuvo haciendo en aquel recreo del lunes de la semana pasada. Jannik no podía decírselo a Denzel. Sólo Clover podía decidir si contarlo o no, y a quién.
Sin embargo, y por otro lado, lo que Denzel le había contado que le sucedió, precisamente la noche del mismo lunes, sobre una intrusa con el aspecto de Clover, le sorprendía y le preocupaba y al mismo tiempo le confundía cómo era posible. Denzel tenía razón, sólo cabía el truco visual como explicación, y de ser así, Jannik pensaba que entonces tenía que tratarse de un Knive primario. Pero es que esto tampoco le cuadraba al niño, no porque no fuera posible, sino porque no tenía sentido. Un Knive primario, o incluso secundario, no tendría ningún interés en absoluto en robarle a Denzel, a este Denzel de 393 años, su anillo. Porque actualmente, era un objeto muerto que perdió lo que solía contener.
De pronto el silencio se cortó con el sonido del móvil de Denzel. Lo sacó del bolsillo y vio que lo llamaba un número desconocido.
—Habla con Denzel Sanders —respondió al teléfono, y escuchó con atención—. ¿Sarah? —repitió con sorpresa.
Jannik se quedó callado, intrigado, preguntándose con quién hablaba. Hasta que Denzel, después de dar un respingo y poner cara de desconcierto, desapareció de ahí en un parpadeo. El niño, viéndose solo de nuevo en su habitación y asumiendo que esa conversación tan tensa y difícil ya había terminado, se apoyó en la cama y dio un largo suspiro apesadumbrado. Las órdenes eran órdenes.
* * * * * *
Poco rato antes...
—¡Wuhuuu! —gritó lleno de euforia, dando un volantazo, y el coche dio un brusco viraje.
El vehículo derrapó las ruedas traseras sobre aquel campo de césped en mitad del Parque Yoyogi, dejando surcos de barro y salpicando tierra por todas partes. Siguió avanzando a toda velocidad entre una arboleda.
—¡Oye, déjame a mí! ¡Me toca a mí! —exclamó el que iba en el asiento izquierdo, de copiloto, tratando de robarle el volante.
—¡No, déjame un poco más!
El copiloto se enfadó y acaparó el volante, dando a la vez otro viraje, y el coche volvió a derrapar y a cambiar bruscamente su dirección.
—Bro, bro! ¡Eso es un río! —señaló el copiloto el riachuelo que había pendiente abajo—. ¡No vamos a poder cruzarlo!
—¡Dibújame un puente, bro! ¡No sé cómo frenar esta cosa!
El copiloto sacó rápidamente de las mangas de su kimono un rollo de pergamino y un pincel húmedo, y se puso a dibujar a toda velocidad lo más parecido a una rampa curva. Después dibujó un extraño sello al lado con algunos símbolos, letras y números, y, acto seguido, deslizó la mano sobre el papel. De manera inmediata, la tinta del dibujo salió disparada hacia delante y una enorme rampa hecha de tinta negra se colocó sobre el río. El coche pasó por encima de ella como si de un elemento físico y real se tratase, y lograron cruzar al otro lado del pequeño río. Aquel puente hecho de tinta se evaporó poco después.
Se adentraron en otra zona de jardines, donde había varios paseantes que se iban apartando a tiempo gritando con susto. El conductor acabó llevando el coche por una escalinata que descendía hacia otro sector ajardinado, y las voces de los dos chicos fueron vibrando conforme bajaban los escalones.
—¡Lu Kai, cuidado, un perrito! —exclamó el copiloto, señalando al inocente animal que se estaba acercando hasta el pie de las escaleras.
—¡Haz algo, James! —se alarmó el conductor.
El copiloto, rápidamente, sacó medio cuerpo por su ventanilla, sujetándose bien, y con una mano, apuntó hacia el perro. De repente ocurrió un fenómeno muy extraño, era como si el aire, o el suelo, o meramente el espacio en sí, se retorciera por un instante en un remolino, para luego volver a la normalidad, justo frente a los ojos del animal. Apenas duró un segundo, pero fue suficiente para aturdir al pobre perro, que salió corriendo a otra parte algo mareado.
—Yeeeah! —celebró el muchacho, y volvió a meterse dentro del coche para agarrarse al asiento de antemano, pues cuando el vehículo llegó al final de las escaleras, sufrió un brusco golpe y el parachoques delantero se desprendió y se quedó colgando.
Esto hizo que el conductor perdiera el control, resbalando por el camino embarrado… y al final el coche se estampó contra un árbol de morro. Los dos ocupantes se estamparon a su vez con los airbags, rebotando. A partir de ahí, silencio. Los dos idénticos muchachos se quedaron inmóviles, con caras perplejas.
—¡Bieeen! —exclamaron de pronto, llenos de júbilo, levantando los brazos con victoria—. ¡Siniestro total! ¡Ha sido increíble, bro! —dijo uno de ellos cuando salieron del coche.
—¡Y que lo digas, bro! —se chocaron las palmas de las manos—. ¡Buen trabajo creando el puente! ¡Y buena puntería con la distorsión del espacio!
—¡Gracias, bro! Por nada en el mundo habría dejado que lastimáramos a ese perrito.
—Hay que repetirlo, bro, pero esta máquina ya no vale, ha quedado destrozada —lamentó, mirando los restos del coche, que estaba echando humo.
—¿Dónde habrá otro carro de estos que podamos tomar prestado? —preguntó su hermano, mirando en derredor.
Ni siquiera les afectó observar el caos que habían formado, ni la gente escandalizada que los miraba desde la lejanía, ni haber dejado el parque hecho una pena.
A los pocos segundos, ya empezaron a oír la sirena de dos coches de policía, que se pararon frente a ellos.
—Mira, ahí hay más máquinas, bro, y tienen lucecitas en la parte de arriba —se alegró.
Antes de que el otro dijera nada, dos policías salieron de cada coche con pistolas eléctricas a mano y se les acercaron rápidamente.
—¡Levantad las manos!
—Oh... Se acabó la juerga —lamentaron los dos chicos.
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